Club de Pensadores Universales

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domingo, 8 de noviembre de 2026

El Vampiro de los Cápatos, de Alejandro Dumas.

 

El Vampiro de los Cárpatos

de Alejandro Dumas

La dramática y tenebrosa historia que vamos a narrar, comenzó a principios del siglo pasado, en un lugar de Polonia, cercano a los Cárpatos. En el interior de un magnífico castillo, la joven princesa, Hedwigd, y sus damas de compañía, bordaban e hilaban en medio de un triste y sereno silencio. Una de sus damas, le dijo, “¿No te han llegado noticias de tus hermanos, o de tu padre, princesa?” Hubo un silencio, la dama agregó, “Ésta mañana escuché decir a unos campesinos, que las tropas del Zar, han llegado ya muy cercas de la aldea” Un joven paje, entró en ese momento, y dijo, “¡Mensaje para la princesa Hedwigd, del frente de batalla!” Al leer la misiva, el rostro de la hermosa Hedwigd, hija del señor de aquel castillo, se demudó. Hedwigd exclamó, “¡Oh, Dios mío, no!” La mujer se desvaneció. La dama exclamó, “¡Se ha desmayado!” El paje dijo, “¡Pobre chiquilla!” Al tomar la carta y leerla, la dama dijo, “Sus dos hermanos han muerto luchando contra los rusos, que intentan invadir nuestras tierras. ¡Ah, bien se ve que nacer en Polonia, es nacer para sufrir!” El paje la cargó, y dijo, “La llevaré a su aposento.” La dama solo dijo, “¡Dios proteja a su padre, nuestro señor! ¡Pues es el único miembro de su familia que le queda en el mundo, desde que la madre murió!” Esa misma noche, se escuchó un fuerte ruido que las despertó. Hedwing exclamó, “¿Q-Qué fue eso?” Una de las damas, llegó con una vela encendida, y dijo, “¡Princesa!¡Lo que escuchas son cañonazos rusos!¡Nuestras tropas se repliegan, y pronto el combate se llevará a cabo alrededor del castillo!” De pronto, el propio padre de Hedwing, entró en el ala principal del edificio, exclamando, “¿Dónde está mi hija?”  Hedwigd, se abalanzó hacia él, para abrasarlo, diciendo, “¡Padre!” Hedwigd le dijo, “¡Llegué a creer que habías muerto, como mamá y mis hermanos!” Su padre le dijo, “¡Solo vine a dar órdenes a la servidumbre, para que desaloje el castillo! ¡Los rusos caerán de un momento a otro sobre él, y tú sabes que eso significa horror, saqueo, y…¡La destrucción total!” Su padre le tomó las manos, y dijo, “¡Vamos!¡No hay tiempo que perder! Vístete porque partirás enseguida al monasterio de Sastru, donde estarás segura. Mis diez mejores guerreros, te escoltarán.” Hedwigd le dijo, “¿Y tú, padre? ¿no vendrás conmigo?” Su padre le dijo, “No, Hedwigd. Volveré al campo de batalla. ¡No puedo huir ante el enemigo, cuando éste asalta mi propio castillo, las tierras que heredé de mis padres y abuelos! ¡Debo luchar!¡Aunque hacerlo sea inútil! ¡Al meno moriré con honor!” Hedwigd le dijo, abrazándolo, “¡No! Yo tampoco me iré. ¡Moriré contigo, que eres el único ser amado que me queda en el mundo!” Su padre dijo, enojado, “¡Escucha, Hedwigd! Verte caer en manos de los cerdos zaristas, seria insoportable para mí. ¿Imaginas siquiera lo que harían contigo? ¡Huye, hija mía!¡Te lo suplico!¡Da ese último placer a tu padre!” Sin decir una sola palabra más, el señor del castillo, puso en las manos de Hedwigd, sus dos pistolas cargadas. Minutos después, su padre se despedía, “¡Que Dios te bendiga, hija mía!” Hedwigd con su escolta guerrera, se internó en el oscuro bosque. Poco después, comenzaban a avanzar en terreno montañoso. Y durante el ocaso del día que siguió a la huida, el líder de los escoltas dijo, “Princesa, en éste pequeño valle, podríamos acampar para que descanséis un rato.” Aquella fue para Hedwigd, una de las noches mas amargas, pensando, “¡Lo he perdido todo, padres, hermanos, heredad! ¿Qué va a ser de mí, ahora?” Con los primeros rayos del sol, se reanudó la cabalgata, por terrenos cada vez más escarpados. Aquella noche, descansaron en las tétricas ruinas de Niantzo, una antigua fortaleza. El guía explicó a Hedwigd, “Princesa, mañana tendremos a la vista la cumbre del monte Pión, en cuyas laderas, como sabéis, está el monasterio al que os conducimos. Para llegar a él, seguiremos el curso del rio Bistrita.” Asi lo hicieron. El perfume de las flores que flotaban en el lecho del sereno rio, inundó el corazón de Hedwigd, de una naciente esperanza. El guía dijo, “¡Mirad, Princesa! ¡Allí está vuestro futuro hogar!” Aquello dio algo de calor, al terriblemente triste ánimo de la joven. Hedwigd pensó, “¡Al menos estaré a salvo allí, y podre orar a Dios por la suerte de mi Padre!” El monte Pión, era de los más elevados de la cordillera, y para llegar al monasterio, había que cruzar puentes de roca, y abismales precipicios. El guía comenzó a cantar, “♪ ¡Arriba la mirada, camaradas! ♫ ¡Venced al ruso invasor! ♪ ¡Nadie pondrá su bota, en nuestra Polonia amada! ♫” De pronto, un balazo proveniente del algún escondrijo entre las rocas, interrumpió la cancion del guía polaco. El hombre con su caballo cayó al abismo, con un grito. “¡AUXILIOOO!” Uno de los escoltas que iba atrás de la princesa, le gritó, “¡Cuidado con la rienda, princesa! Si vuestro caballo se espanta, caeréis con él al barranco sin remedio. No puedo ayudaros, porque en éste pasillo de roca, solo cabemos de uno en fondo.” No tuvieron más remedio que seguir por la estrecha senda, ignorando de dónde había provenido, aquel fatal disparo. Y llegaron a un diminuto valle, encerrado entre las masas montañosas. El escolta líder dijo, “Debemos buscar enseguida donde guarecernos. Sospécho que seremos victimas de un ataque, por parte de los salteadores que abundan en ésta región.” Súbitamente, Hedwigd ahogó un grito de horror. Una bandada de, por lo menos, treinta feroces salteadores, les rodeaban amenazantes. Su joven jefe gritó, “¡Son nuestros! ¡Yijaaaaa! ¡Matad a los hombres, y dejadme a esa hermosa polaca!” Obligaron a los escoltas, a bajar de sus cabalgaduras. El joven jefe gritó, “¡Cuidado con los caballos! ¡Que no reciban ningun rasguño!” Hedwigd gritó, “¡Por el amor de Dios, no hagan daño a estos nobles hombres!” El jefe de la banda de ubicó, de un salto, junto a ella. Tomándola de los hombros, dijo, “Vendrás conmigo, hermosa.” Hedwigd gritó, “¡Suéltame!” Un joven enérgico y rubio, apareció entonces, en su caballo, e hizo oír a la horda, su autoritaria voz. “¡Deja en paz a esa joven, Kostaki!” Kostaki, el jefe de los bandidos dijo, “El castillo de Brankovan es tuyo, hermano, pero acordamos que yo sería el soberano en la montaña y el bosque.” El hombre rubio, cuyo nombre era Gregor, le dijo, “¡Soy el mayor, Kostaki, y debo poner freno a tus vilezas! ¡No permitiré que derrames mas sangre inocente, ni en el castillo, ni fuera de él!” Kostaki, que aún tenía sujeta a Hedwigd, le dijo, “¡Puedes impedir que los hombres máten a los polacos, si es que logras hacerte obedecer por ellos, pero la cautiva será para mí!” Entonces, Gregor se dirigió a los asaltantes, y gritó, “¡Eh, pillos! ¡Si os atrevéis a hacer daño a un solo de estos soldados, mis hombres os colgarán, uno a uno, de cada arbol de mi huerto!”  Atemorizados, los secuaces de Kostaki, solaron a los miembros del escolta, sin hacerles daño. Gregor dijo, “¡Ahora retiraos a vuestras madrigueras, donde no pueda veros!” Enseguida, Gregor dijo a Kostaki, “¿Lo ves? ¡Ni siquiera tus asesinos han dejado de reconocer que soy el amo!” Luego, Gregor miró a Hedwing, y dijo, “Ésta joven, a juzgar por la escolta que lleva, debe ser de sangre noble, hermano. Llevémosla al castillo, donde nuestra madre decidirá, lo mejor para nosotros y para ella.” Kostaki dijo, “Esta bien, Gregor. Que nuestra madre decida.” Poco después, en sus hermosos caballos, ambos hermanos galopaban dirigiéndose hacia un soberbio castillo. Cuando entraron al patio del castillo, Gregor dio la orden, a uno de sus sirvientes, “¡Que vengan tres o cuatro doncellas!” El sirviente dijo, “¡Sí, mi señor!” Cuando las doncellas llegaron, Gregor dijo, “Lleven a esta dama al mejor aposento de la casa, y avisa a mi madre que Kostaki y yo deseamos verla.” Hedwigd entró a una enorme y solemne alcoba, amueblada al estilo austriaco del siglo XIV. Una doncella dijo, “Descanse y no tema. ¡Aquí está segura!” A pesar de las amables palabras de la doncella, Hedwigd no estaba tranquila, y pensó, “¡Que extraño! Hay en el ambiente de éste dormitorio, algo que me hace estremecer, como si tuviera frio. ¡Un frio incesante que proviene de mi interior!” De pronto, escuchó en la puerta, y eso removió sus nervios agotados, haciéndole sentir un gran temor. Hedwigd exclamó, “¡Oh! ¿Q-Quién es?” El rubio señor de aquella agreste comarca, entró, sin más preámbulos, y dijo, “Solo quiero saber si se encuentra usted bien instalada.” Hedwigd dijo, “¡Oh, señor! Le estoy a usted tan agradecida…por haber salvado a mi gente…y haberme rescatado a mí, de…” Gregor exclamó, “¡De mi hermano Kostaki! ¡Ese bandido!” Tras una pausa, Gregor dijo, “¡Su conducta salvaje, es una vergüenza para mí, y para la memoria de los Brankovan!” Ella trató de cambiar el rumbo de la conversación. “Me llamo Hedwigd. Mi padre me obligo a abandonar su castillo, que estaba a punto de ser asaltado por los rusos.” Gregor le dijo, “¡Vaya! Si usted ha padecido bajo la bota rusa, le será, sin duda, muy simpática a mi madre, que los odia.” Hedwigd dijo, “Debo presentarme enseguida ante ella.” Gregor dijo, “¡Espére! Antes debo decirle algo…Mi madre es una gran señora, pero debo advertir a usted, que ella ama a su hijo menor, producto de un segundo matrimonio, con un conde griego, mucho más que a mí, que soy el primogénito. Sin embargo, Kostaki la respeta por sobre todas las cosas. Asi que usted estará segura, mientras permanezca bajo su protección.” Y asi, cuando la señora Branvokan, vio a Hedwigd, exclamó, “¡Oh, qué criatura más angelical y hermosa ha traído Dios, a visitar nuestro castillo!” La primera cena de Hedwigd, en aquel extraño y sombrío castillo medieval, transcurrió en silencio. La mirada penetrante y ferozmente sensual de Kostaki, hacía sentir en constante peligro a la joven recien llegada. Terminada la cena, pasaron a un saloncito a tomar el té. Gregor dijo a Hedwigd, “Ha resistido usted la cena con increíble serenidad, princesa.”  Hedwigd dijo, “¡Oh, solo trataba de darme ánimos! La verdad es que aún tiemblo.” Gregor dijo, “Hace usted bien, en temblar, pues mi hermano aún está empeñado en raptarla. Por lo tanto, le suplíco que no inténte siquiera dejar el castillo.” Hedwigd dijo, “¡Como! Entonces…¿No podré llegar hasta el monasterio de Sastru, a donde me dirigía…?” Gregor dijo, “Por el momento seria mas sensato permanecer aquí, pues en cuanto cruzára las puertas de ésta mansión, Kostaki se apoderaría de usted, y yo no podría hacer nada para impedirlo.” Desde aquella primera noche, Hedwigd presintió que había caído en una especie de trampa o prisión, y que aquella fortaleza señorial, se erigía imponente entre sus mas nobles esperanzas de libertad, y un destino trágico siempre cercano. Hedwigd se acostó en su cama, cerro los ojos, y pensó, “¡Oh, padre, padre mío! ¡Solo tu podrías rescatarme!” Pero, días más tarde, uno de sus soldados polacos, que la intervencion de Gregor habia salvado de la muerte, a manos de la banda de Kostaki, trajo a la desdichada Hedwigd, las mas amarga de las noticias. Hedwigd rompió en llanto, y exclamó, “¡No!¡Mi padre no puede haber muerto!” Gregor dijo a su madre y a Kostaki, “Los rusos destruyeron completamente el castillo, e incendiaron las aldeas que pertenecían al señor. La pobre muchacha se ha quedado desposeída, y completamente desamparada.” La señora Brankovan dijo, “¡Nosotros seremos, desde ahora, su única familia! Y la cuidaremos bien, ¿Eh, Kostaki?”  Kostaki dijo, “Sí, madre ¡Lo haremos!” Gregor se acercó a la doliente Hedwigd, quien aún lloraba, y le dijo, “Hedwigd querida…no estará sola. Nosotros le brindaremos toda nuestra devoción y cariño.” La señora Brankovan dijo, “¡Gregor! Ve a ocuparte de tus deberes, como señor del castillo Brankovan. Kostaki acompañará a nuestra pequeña, a sus habitaciones” Kostaki la acompañó, diciendo, “¿Vamos, princesa?” Hedwigd se había dejado llevar por Kostaki, como un autómata, sin tener conciencia clara de donde, o con quien se hallaba. Al llegar a la puerta de su dormitorio, el hijo menor de la princesa Smerade, la miró intensamente, casi diabólicamente. Kostaki le dijo, “Mía…¡Serás solo mía!” Y le dio un largo beso en el cuello, mientras ella sentía una extraña corriente de íntimo pavor, que paralizaba su voluntad, y detenía sus más leves movimientos. Solo cuando Kostaki se alejó, Hedwigd recuperó el dominio de su entumecido cuerpo. Hedwigd pensó, “¡Dios mío! ¿Qué extraño poder tiene ese hombre satánico cobre mí!” En los minutos siguientes, la princesa Smerade rodeó a la joven polaca de mimos y extremadamente finas atenciones. Smerade le llevó a su recamara, una charola con una tetera, y le dijo, “Toma té caliente, querida. Calmará en algo tus nervios, y te ayudará a dormir.” En aquel instante, Hedwigd hizo un terrorífico descubrimiento. Hedwigd pensó, “¡Dios mío!¡Las sombras!” ¡El cuerpo joven y esbelto de Kostaki Koproli, no proyectaba sombra alguna sobre el suelo de baldosas! La taza de té escapó de las manos temblorosas de la joven, y se rompió en pedazos. Kostaki volteó y dijo, “¿Que le ocurre, señorita Hedwigd?” Ella sintió que todo se volvía nebuloso, y que el suelo se movía perversamente bajo sus pies. Después de sentarla en un sillón, Kostaki dijo, “¡Espera, Gregor! ¡Yo la llevaré a su habitación!” Gregor dijo, “Hazlo enseguida, Kostaki ¡La pobre esta todavia muy sensible y nerviosa!” Kostaki la recostó en su cama. La misteriosa paralización se apoderó otra vez de Hedwing, en cuanto Kostaki la miro intensa, hipnóticamente. Kostaki dijo, “¡Pronto, muy pronto serás mía para siempre!” Mientras Kostaki se retiraba, Hedwing pensó, “¡Lo odio! ¡Me inspira una pavorosa repugnancia, y sin embargo, no puedo rechazarle! ¡Tiene un poder diabólico ante el cual, me siento completamente desvalida!” Agotada por tantas emociones, Hedwing se quedó profundamente dormida. Un sueño obsesivo y angustioso, la atormentó durante toda la noche. Se veía a si misma flotando sobre un yermo de cuya reseca tierra emergían manos crispadas que intentaban tocarla. Un hombre poderoso y desconocido la esperaba en la oscuridad. De pronto, y cuando ella estaba a punto de alcanzarlo, el desconocido levantaba una enorme espada brillante que la deslumbraba, causándole un tremendo dolor en las pupilas. Hedwing despertó, gritando, “¡Noooo!¡Apártala de mí!¡No quiero verla!” La princesa Smerade entró en ese momento a su recamara, diciendo, “¿Te ocurre algo, querida? ¡Pareces muy asustada, y tiemblas!” Hedwing dijo, “Tuve una pesadilla…¡Pero ya me siento mejor, señora. ¡Gracias!” La princesa se acerco a su cama y le dijo, tranquilamente, “¡Te cuidare siempre como una hija! Ahora descansa.” Besó maternalmente a Hedwing, pero antes de irse, murmuró, “¡Kostaki te ama!” Para la joven polaca, los días que siguieron, fueron de mimos y cuidados, por parte de dueños y siervos. Sentada en un jardin del castillo, Hedwing pensó, “Les debería estar agradecida…¡Y sin embargo, me estremezco con solo pensar en las intenciones reales de ese malvado Kostaki! Me convendría tal vez aceptar sus galanteos, que al parecer, son vistos con empatía por la princesa…¡Y hasta intentaría amarle!...si no me lo impidiera ese profundo sentimiento, que su hermano y noble caballero, Gregor, hizo nacer en mi corazón, desde el primer momento que le vi…” En ese instante, una an poderosa se apoyó suavemente en su hombro. Hedwing volteó, y exclamó, “¡Oh, es usted, señor Brankovan!” Gregor le dijo, “¡No se levante! Solo voy a pedirle que esta noche, al retirarse a su dormitorio, y apagar las velas, espere media hora y me abra la puerta. Hay algo urgente que deseo decirle.” Dicho esto, se retiró, como si temiera ser sorprendido cerca de la muchacha. Hedwing pensó, al verlo marchar, “¿Qué ocurrió, o esta a punto de ocurrir? ¡Presiento que se trata de algo muy grave!” Hedwing hizo lo que Gregor le habia indicado. Media hora despues, Hedwing le dijo, “¿Qué ocurre, Gregor? ¡Por que tanto misterio!” Gregor le dijo, “¡La vida de usted y la mía, corren peligro!” Gregor la tomó de los brazos, y le dijo, “¡La amo, y no soportaría que nada ni nadie le causara dañó!” Hedwing le dijo, “¡Oh, yo tambien te amo, Gregor! ¡Junto a ti, no temo nada!” Los labios de ambos se unieron como sellando un pacto. Gregor le dijo, “¿Te casarías conmigo, princesa?” Hedwing le dijo, “¡Oh, sí, Gregor, amor mío! ¡Pero llévame lejos de este sombrío lugar, y aléjame de la maldad de tu hermano! ¡Cerca de él, jamás podría vivir tranquila!” Gregor le dijo, “Lo he dispuesto todo, para que podamos fugarnos hacia Paris, ciudad que conozco bien, pues hice estudios allí, en vida de mi noble padre. Los frailes del monasterio de Hango, me han pagado un millón de monedas de oro por algunas de mis tierras.” Grego la abrazó, y le dijo, “¡Solo eso podre ofrecerte! Un millón, y una vida en Paris, además de mi compañía.” Ella le dijo, “¡Amor mío! ¡Solo tu me importas, y eres toda la fortuna que ambicióno!” Gregor le dijo, “Mañana entonces, harás lo mismo que esta noche. Espérame alrededor de una hora después de apagar las velas. Yo vendré por ti, y te enviaré al monasterio de Hango, donde los monjes tendrán listos para nosotros caballos y provisiones.” La mas completa dicha iluminaba el rostro de Hedwing, y pensó, “¡Esto es lo mas hermoso que me ha ocurrido!” A la mañana siguiente, Hedwing se presentó a desayunar. Hedwing saludó, “¡Buenos días!” La princesa le dijo, “¡Oh, querida! Me alegra ver que te has recuperado de tus males.” Durante el desayuno, Hedwing notó que Kostaki, la miraba concierta malévola suspicacia. Hedwing pensó, “¿Sabrá algo respecto al plan de Gregor?” Aquella comida se le hizo eterna. Entonces Gregor dio una orden al mayordomo, y dijo, “Ensilla el mejor de mis caballos, Mans.” La princesa dijo, “¿Vas a salir del castillo?” Gregor dijo, “Iré a confesarme con el Padre Basil, al monasterio de Hango.” Gregor se levantó, y dijo, “Señorita Hedwing, espero encontrar a mi vuelta, tan serena y gentil compañía.” Al terminar su desayuno, Hedwing salió al jardin. A Hedwing de pronto todo le pareció nuevo: la luz del sol, el perfume de las flores, y el susurro de sus propios pasos, por la senda del bellísimo jardin. Hedwing pensó, “¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Gregor me ama!” Durante la comida y despues de ella, Smerade casi no habló a su protegida, aunque parecía tranquila y amable como era usual. Entonces, Kostaki entró al saloncito, en el que la princesa y Hedwing, Tomaban el té. Kostaki dijo, “¡Saldré a caminar un rato, madre!” La joven polaca advirtió sorpresivamente, que el hijo menor de Smerade…¡No se reflejaba en el espejo! Smerade dijo, “Te esperaremos, querido.” En cuanto el bandido salió, Hedwing se levantó, y dijo, “Os pido permiso para retirarme a descansar a mi habitacion, señora.” Smerade dijo, “Puedes hacerlo, hija mía, pero no lo olvides, ¡Kostaki te ama!” Era la segunda vez que la imponente dama pronunciaba tales palabras, y esto llenó el corazón de Hedwing, de angustiosos presagios. Hedwing pensó, “¡Ella secundará a su hijo menor en todo!” Solo le quedaba una esperanza, Hedwing pensó, “¡Ojalá que Gregor regrése pronto!” Pero para su mayor desazón, observó desde la ventana, que Kostaki cabalgaba furiosamente…¡En dirección al monasterio de Hango! Y cuando comenzaban a encenderse los candelabros, aunque faltaba mas de una hora para la cena, bajó al saloncito de té. Entonces, Smerade le dijo, “¿Te sucede algo, hijita? ¿Los recuerdos de tu vida, en el castillo polaco, aun te siguen atormentando?” Hedwing debía tener más cuidado y disimular su inquietud. Hedwing dijo, “¡Oh, me sentía sola en el dormitorio…¡Eso es todo, princesa!” Smerade dijo, “La soledad es mala consejera. Deberías casarte pronto, jovencita. Hablare con Kostaki al respecto.” Y sin que Hedwing hallara las palabras para hacerle desistir de sus propósitos, Smerade exclamó, “Por cierto…ya debería estar aquí. Pronto servirán la cena.” Hedwing solo atino a decir en un murmullo, “Gregor tampoco ha llegado.” Ya bien avanzada la noche, el ruido de los cascos de un caballo que entraba en el primer patio, interrumpió los pensamientos de las dos mujeres. Smerade fue hacia la puerta y dijo, “¿Eres tú, Kostaki?” Hedwing, antes de distinguir al recien llegado, cerró los ojos, presa de un miedo atroz. Hedwing pensó, “¡No!¡No puede ser él!¡No!” Cuando volvió a abrirlos, vio claramente a Gregor saludando a su madre. Smerade dijo a Gregor, “¿Te has encontrado con tu hermano? Salio por la tarde.” Gregor respondió como secretamente avergonzado. “N-No, madre…¡No lo he visto!” Hedwing sintió una dolorosa punzada en el corazón, y pensó, “¡Miente! ¡Lo puedo ver en sus ojos!” Smerade dijo, “Ordenaré que sirvan la cena.” Hedwing se acercó a Gregor y le dijo, en voz baja, “¿Qué ha pasado, Gregor?” Gregor no contestó, y Hedwing lo tomó del brazo y le dijo, “¿Por qué no respondes? ¿Ni siquiera deseas mirarme a los ojos!” Con horror, Hedwing se miró la mano con la que habia acariciado al joven. Hedwing exclamó, “¡Sangre!” Gregor dijo, “Ire a lavarme. Ve, por favor, con mi madre. Ahora te necesita.” Aquella cena prometía ser tan silenciosa y sombría, como ninguna otra. El tiempo parecía haberse detenido. Hasta que, por segunda vez, se escuchó claramente entrar un caballo a galope, en el primer patio del castillo. Smerade exclamó, “¡Debe ser tu hermano Kostaki, Gregor! Ahora podrá decirme qué lo ha detenido, al grado de faltar a su palabra.” Hubo un silencio que siguió. Smerade dijo, “¿Por qué no seguirá enseguida? ¡Iré a ver…!” Gregor exclamó, “¡No madre! ¡Espera!” Smerade dijo, “¡Siempre tuviste celos de Kostaki! Esperaré solo unos minutos…tal vez se esté lavando.” Segundos despues, Kostaki no aparecía. Dos sirvientes llegaron. Smerade dijo, “¡Que ocurre, Vejov? Escuché los cascos del caballo de mi hijo.” Vejov dijo, “Nosotros tambien creímos que se trataba del señorito, pero…pero solo era el caballo que ha venido en loca carrera, agotado, y como perseguido como por el mismo diablo.” Smerade, sin perder la cordura, examinó al animal. Smerade exclamó, “¡Tiene una herida en el cuello! Mi hijo ha sido atacado por el frente.” Smerade agregó, “Tal vez esté herido cerca de aquí. ¡Vamos! ¡Todos a buscarlo! ¡Y no vuelvan si no es con él!” Enseguida Smerade dijo a Hedwing y a Gregor, “¡Esta es igual a aquella terrible noche en que entró sola al castillo, la yegua favorita de del conde Kroproll, mi segundo esposo, bañada en sangre. Cuando encontramos el cuerpo entre las breñas, estaba materialmente despedazado.” Varias horas despues, estando Smerade arriba de una terraza mezanine del castillo, escucho desde abajo en el patio, la voz de un sirviente que le dijo, “Princesa Brankovan…el joven amo Kostaki…” Ella no espero a oír una palabra más, y se apresuró a descender hacia el patio. Mientras destapaba la manta que cubria el cuerpo inerte de su hijo, la princesa pensó, “¡Mi hijo ha sido muerto por una sola persona! ¡Esa única herida en su pecho, es una espada de dos filos!” La princesa no esperó, y dijo, “¡Gregor! ¡Ven enseguida!” Mientras eso sucedía, Hedwing pensó, “¡Estoy segura de que fue Gregor quien mató a su hermano, pero…¿Lo sabrá tambien Smerade?” Pero la gran dama lo ignoraba. Smerade dijo, estando ante los sirvientes y Hedwing, “¡Eres tú, como hermano de Kostaki, y gran señor de estas tierras y heredades, quien debe vengarlo! ¡Dedícate a hallar al asesino! Y cuando lo encuentres…¡Mátalo a él, a su esposa, a sus hijos, a su padre y a su madre, a los sirvientes de su casa!” Gregor musitó, lleno de dolor y vergüenza, “Sí, madre, me encargaré de vengarlo.” El cuerpo inerte fue colocado sobre una gran mesa, en el interior de un cuarto vacía, y Smerade limpió el rostro de su amado hijo, con estremecedora dedicación, y trágica serenidad. Finalizada esa tarea, besó la frente helada del hombre muerto. Y salio sin haber derramado ni siquiera una lagrima. Por su parte, Hedwing juntó sus manos, y dijo unas palabras en su mente, ante el cuerpo de Kostaki, “Nunca te deseé la muerte, Kostaki, pero me alegro que hayas sido tú, y no mi amado Gregor, quien perdieras la vida. Aunque este trágico incidente ha destruido mis mejores esperanzas de felicidad, pues, sabiendo a Gregor el autor de la muerte de su propio hermano, ya no podré casarme con él.” De pronto, el muerto se incorporó, y de sus ojos inertes, surgió un resplandor extraño. Kostaki exclamó, “Tú…eres…mía…recibirás…pronto…el…beso…de…Kostaki…” Hedwing, aterrada, más allá de cualquier medida, salio corriendo del fúnebre recinto. Hedwing exclamó, “¡Nooooo! ¡Él esta muerto! ¡No puede haberme hablado!” Cuando llegó a la puerta de su dormitorio, se encontró allí a Smerade, Smerade le dijo, “Mi querida niña…te esperaba para darte las buenas noches…” Mientras Smerade la abrazaba, Hedwing sintió con una ráfaga interna de horror helado, el beso que la dama le dio en la frente. Smerade murmuró, con voz extrañamente ronca y profunda, un brillo pavoroso en las pupilas. “No olvides, Hedwing, Kostaki…te ama.” Segundos después, le parecía que todo aquello habia sido producto de su imaginación. Hedwing exclamó, “Esto tiene que ser una pesadilla.” Gregor, entre tanto, se refugiaba en la pequeña capilla privada del castillo, su gran fuerza parecía haber desaparecido. Al amanecer, Gregor decidió confiar su tormento interior al Padre Basil, prior del monasterio de Hango, quien habia sido gran amigo y confesor de su padre. Esa noche, mientras Hedwing caja en un profundo sopor del que le era imposible despertar. Un misterioso resplandor iluminaba su rostro. Unos dedos fríos, cadavéricos, desnudaron su cuello. Y el muerto en vida, se dispuso a darse un gran festín. Kostaki exclamó, “¡Ahora serás mía! ¡Mi beso significará tu muerte!” Hedwing sucumbió aquella noche, a la voracidad del vampiro. Hasta que los primeros rayos primeros rayos del sol, derrotaron a la sombría noche. Hedwing al fin pudo abrir los ojos, aunque sus parpados parecían pesar demasiado, y todo su cuerpo adolecía de una gran debilidad. Con un sobrehumano esfuerzo, logro sentarse en la orilla de la gran cama. Hedwing pensó, “¡M-Me siento muy mal! ‘O que me ocurre? ¡La cabeza me da vueltas!” En ese momento llegó Smerade a su habitacion. “Señorita, ¿Esta usted enferma? ¡Tiene el rostro blanco, como la cera, y si no creyera que es imposible, diría que en solo una noche, ha adelgazado diez kilos!” En pocas horas, la princesa Smerade fue avisada de inmediato, y abrazó a Hedwing, y le dijo, “¡Querida Hedwing, luces muy mal! ¡Cuánto siento que no puedas acompañarme en el entierro de mi hijo! Partirá enseguida el cortejo que conducirá sus restos a nuestra cripta familiar del monasterio de Hango. Tú quédate aquí y descansa…¡No pensé que la muerte de tu esposo, te afectara tanto, pobrecita mía.” Hedwing se dejo caer en su cama, y exclamó, cerrando sus ojos, “¿M-Mi…e-esposo?” Una voz extraña salió de la garganta de Smerade, “Tu esposo Kostaki aun te ama.” Entonces, un remolino de luz intensa, se apodero de la mente de la joven, atrayéndola hacia un abismo mortal, donde los ojos brillantes de Kostaki, eran la única guía. “¡Mi esposa…sí…mi esposa, que ha recibido el beso de la muerte!” Enseguida Smerade dijo a su sirvienta, “Se ha desmayado. Pobrecita mía. Cuídala mucho, Tanya.” Unas horas después, terminaba el ceremonial fúnebre. El cuerpo de Kostaki reposaba dentro de su ataud, en la cripta de los Brankovan, y los Waivadi. Hedwing, por lo tanto, trataba de beber un poco de agua, pues una terrible repugnancia por cualquier clase de alimento, se habia apoderado de ella, y le impedía comer.  Pero era inútil. Hedwing se llevó la mano a su garganta y exclamó, “¡No puedo! Me duele mucho la garganta.” Cuando se quedó sola, en el espejo de mano que habia pedido observó algo que le erizó los cabellos. Hedwing exclamó, “¡D-Dios mío!” Hedwing se acostó. El cansancio que sentía era tan enorme, que a pesar del miedo, no hacia sino dormitar. Llegada la noche, un soplo helado la obligo a entre abrir los ojos. Un espantoso murciélago, planeaba sobre la cama. Hedwing despertó, y gritó, “¡Noooo!¡Vete!¡Vete!”  El animal, lejos de irse, se transformó en algo que paralizó de miedo a la muchacha. Ese algo, pesaba horriblemente sobre su cuerpo, inmovilizándola. Trato de gritar, pero ningun sonido salio de su garganta lastimada. A la mañana siguiente, Gregor volvió al castillo. Al verlo, Hedwing se alegró sobre manera, y le dijo, “¡Oh! ¡Por fin, Gregor querido!” Gregor exclamó, “¡Santo Dios! ¿Qué te han hecho, Hedwing?” Ambos se abrazaron. Hedwing dijo, “¡Por lo que más quieras, Gregor! ¡Ayúdame a salir de aquí ¡Me estan matando! ¡Sálvame!” Ella no podía tenerse en pie. Gregor la sostenía. Hedwing dijo, “Tu hermano ha v-vuelto…Gregor…¡Es un v-vampiro! ¡Y quiere llevarme al infierno con él!” La voz del joven amo del castillo, sonó lejana y llena de sincero pesar. Gregor dijo, “Lo sabía…es producto...de una antigua maldición.” Gregor agregó “Un antepasado de los Waivadi, mi familia materna, dio muerte a un sacerdote. Éste lo maldijo antes de morir. Y desde entonces, uno de los descendientes resulta vampiro. ¡En la nuestra fue Kostaki!” Gregor la recostó, y le dijo, “¡No te dejes vencer por el horror y la fatiga, Hedwing!¡Te lo suplico! Yo te salvare, aunque me vea obligado a sacrificar cualquier cosa.” Gregor agregó, “Tendrás que soportarlo, todo una vez más…¡Esta noche, mantén los ojos abiertos! Haz un esfuerzo…¡Y venceremos al mal, te lo prometo!” Al anochecer, Gregor llevó en brazos a Hedwing, hasta la capilla, donde esperaba al padre Basil. Se celebró entonces una extrañamente breve y urgente ceremonia de bodas. “Hedwing, ¡Aceptas a Gregor Brankovan Eaivadi como esposo?” Hedwing dijo, “Lo acepto.” Al terminar éste, Gregor dijo, con aire atormentado y misterioso, “Padre Basail, ¿Trajo usted del monasterio la espada bendita?” El padre fue por ella y la mostró, diciendo, “Perteneció a uno de mis más remotos antepasados, quien luchó en las cruzadas, junto al caudillo cristiano, Villemar Douin, y hace siglos, un santo sacerdote y ermitaño la bendijo.” Gregor la tomó, y dijo, “¡Con ella derrotaremos todo lo que te amenaza, amor mío! ¡Solo mi sangre, y el profundo amor que siento por ti, te salvaran de la muerte!” Enseguida, Gregor coloco una cadenita en el cuello de Hedwing, y dijo, “Ésta pequeña cruz de plata, que perteneció a mi abuela, te protegerá.” Enseguida el padre alistó los dos caballos, y Gregor dijo, “¡Tenemos que irnos antes de que mi madre te éche de menos!” Los tres jinetes se alejaron rápidamente del castillo. Alrededor de una hora despues, en un recodo del camino, Gregor se detuvo abruptamente, y dijo, “¡Éste es el lugar!” Un escalofrío de horror recorrió el cuerpo desfallecido de ella. Gregor se bajó del caballo, y señalando un pedazo de suelo, dijo, “¡Aquí fue donde murió mi hermano!” Hedwing obedeció las instrucciones de Gregor, y temblando de pánico, se tendió a lo largo del camino, tapando con sus manos la pequeña cruz de plata, y con el cuerpo bañado por la fría luz de la luna. Súbitamente Kostaki apareció entre las sombras y se aproximó a la joven con expresión de vampírica voracidad. Cuando, como las dos noches anteriores, se disponía a morderla en el cuello, Hedwing se levantó, y exclamó, “¡Mira, engendro!¡Ahora no estoy desprotegida!” Entonces Gregor se le enfrentó abiertamente. “¡Deten tu carrera de horrores, Kostaki! ¡Ahora, menos que nunca, tengo que obedecerte, fratricida!¡Asesino! ¡Me tendiste una emboscada en este sitio, y al arrojarte contra mí, te clavaste mi espada en el pecho! ¡Tu propio odio te mató!” Konstaki dijo, “Es verdad…pero ahora debes dejarme en paz. ¡Esta mujer me pertenece! ¡Ha recibido mi beso, y lleva mi marca! ¡Ni siquiera tu podrás arrebatármela!” Entonces Gregor dijo, “¡Me he encargado de destruir, los horrendos vínculos que la unían a ti, haciéndola mi esposa!” Toda la ira de Kostaki estalló, exclamando, “¡Te despedazaré, maldito!” Fue entonces cuando Gregor desenvainó su espada. Hedwing exclamó, llena de horror, “¡Dios santo! ¡Es como la visión de mi sueño!” Gregor lanzó un espadazo, diciendo, “Vuelve a tu tumba!” Kostaki, retorciéndose y echando espumarajos por la boca, cayo en el sitio donde muriera unas noches atrás. Gregor alzó su espada, frente a Kostaki, quien yacía en el suelo, y dijo, “¡En este lugar has muerto, y en este lugar debes dejar de existir para siempre!” Haciendo un esfuerzo gigantesco por no sucumbir a la piedad filial, Gregor descargó un golpe mortal de la espada santa, y atravesó con ella el corazón del vampiro. El cuerpo de Kostaki, que habia vuelto al sepulcro, desapareció quedando clavada a la tierra, solamente su oscura capa. Hedwing sintió que recuperaba sus fuerzas. El amo del castillo de Brankovan, expiró agotado, segundos despues, en los brazos de su amada. El padre dijo a Hedwing, “Gregor sabía que solo renunciando a ti, podría destruir la maligna fuerza que ha atormentado por siglos a su familia. Como él y Kostaki han muerto, sin dejar herederos, termina, con ellos termina ésta estirpe de vampiros.” Poco despues, Hedwing marchó a Paris, para tomar posesión del millón de monedas de oro, y la casa señorial que Gregor habia dejado en su testamento para ella, en aquella ciudad. Smerade sola, trágica, permaneció hasta su muerte, recluida en el pavoroso castillo de Brankovar.

Tomado de, Novelas Inmortales, Año VIII. No. 395. Junio 12 de 1985. Guión: Dolores Plaza.  Adaptación: Rémy Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.

       

sábado, 31 de octubre de 2026

Avatar, de Teófilo Gautier

  Avatar, es un relato breve del escritor francés, Théophile Gautier, publicado en doce folletines, del 29 de febrero, al 3 de abril, de 1856 en, Le Moniteur Universelle.

Resumen de la Trama

   Octave de Saville, se ha enamorado de la condesa lituana, "Prascovie Labinska". Por desgracia, ella rechaza su cortejo, y permanece fiel a su esposo, el Conde Olaf. Octave se vuelve poco a poco más apático, y su alma lo abandona gradualmente.
   Los amigos y familiares de Octave, que no logran comprender el origen de su enfermedad, recurren a un médico bastante misterioso, que estuvo varios años en la India. El médico, Balthazar Cherbonneau, como remedio, propone intercambiar la mente de Octave, por la de Olaf, usando la magia que aprendió en la India. Para hacerlo, engaña a Olaf, mientras está de visita, e intercambia las mentes de Octave, y el Conde.

   Prascovie está asustada, por lo que parece ser un cambio en la personalidad de su esposo, sintiendo el deseo de Octave por ella, en el rostro de su esposo. Mientras tanto, Olaf está confundido por el repentino cambio de cuerpos. Se da cuenta de que alguien se hace pasar por él, cuando se le niega la entrada a su residencia.

   Olaf, en el cuerpo de Octave, desafía a éste a un duelo a muerte. No estando dispuestos a dañar sus cuerpos originales, los dos hombres acuerdan ir a Cherbonneau, y arreglar el intercambio. Octave, habiendo renunciado a toda esperanza de ser amado por Prascovie, no regresa a su cuerpo, y muere. Olaf se reúne con su esposa. Cherbonneau, por su parte, decide apoderarse del cadáver de Octave, y finge su propia muerte.

Análisis

  Avatar es una novela fantástica, basada en la metempsicosis. La palabra metempsicosis procede del griego, es una doctrina religiosa y filosófica, de varias escuelas orientales, y renovada por otras de Occidente, según la cual, las almas transmigran después de la muerte, a otros cuerpos más o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados, en la existencia anterior. (Wikipedia en Español)

Avatar

de Teofilo Gautier

    El criado entró sigilosamente a la habitacion, y se acercó a la gran cama. “Señor, le he traído el desayuno.” El hombre en cama dijo, “Llévatelo, Jean. No deseo comer.” Jean le dijo, “Su señora madre me encargó que lo cuide. Yo hago lo posible, pero…” El hombre dijo, “No tengo hambre, por favor retírate.” Jean le dijo, “Pero ayer solo tomó una taza de caldo en todo el día.” El hombre dijo, “Mi buen Jean, nada puedes hacer por mí. ¡Déjame solo!” El criado lo miró tristemente, y luego salió tan silenciosamente como habia entrado.
  Jean pensó, “¡Mi pobre señor! No es justo que esté asi. Era tan alegre, tan lleno de vida…¿Qué mal lo estará matando? ¡Que desgracia para él y su familia! No comprendo porque le sucede esto.” Como el criado, nadie entendía qué enfermedad padecía Octave de Saville. Cuatro hombres bebían y jugaban baraja. Uno de ellos dijo, “¿Has visto a Octave, Alfred?” Alfred dijo, “Si, ayer pasé por su casa. Sigue igual, aunque los médicos no encuetaran nada malo en su organismo. Es muy extraño.” Alfred agregó “No tóse, no tiene fiebre, su corazón marcha bien, pero la vida se le va escapando.”
    Un tercer hombre dijo, “Es increíble que un hombre como él, apuesto y con fortuna, con todo para ser feliz, se consuma miserablemente.” El primer hombre dijo, “¡Si pudiéramos hacer algo por él! ¿Pero qué? Cuando lo visitamos, apenas habla. Se niega a salir. Lo único que desea es estar solo.” Alfred dijo, “Su madre esta desesperada. Hable con ella hace unos días, y me conmovió su tristeza.”
   Efectivamente, la baronesa de Saville vivía momentos de gran angustia, ante el estado de su hijo, a quien le decía, “Octave, tienes que ver a otro médico. No puedes permanecer asi, hijo.” Octave dijo, “Madre, ya me han revisado tantos. ¿Para que visitar otros? Nada podrán hacer por mí.” La baronesa le dijo, “Se de uno que hace milagros. Acaba de llegar de la india, donde estuvo durante muchos años.” Octave dijo, “Si las eminencias que hay en Paris, no han conseguido nada, él mucho menos, madre. No lo iré a ver.”
   Su madre le dijo, “Octave, el doctor Balthazar Cherbonneau, vendrá a visitarte. No fue fácil conseguir que accediera…” Octave dijo, desesperado, “No. No estoy dispuesto a…” Pero los ruegos y lágrimas de la dama, le hicieron ceder. Al día siguiente, el hombre medico llegó a casa de Octave, y el médico dijo al verlo, “Buenas tardes, señor Barón.” Al verlo, Octave pensó, “No me gusta su aspecto, parece sacado de un cuento fantástico.”
   Después de revisarlo, el médico le dijo, “Veo que no esta tan mal, como me dijo su señora madre, salvo por su mirada opaca y triste, y su actitud de cansancio, yo diría que está sano. Su caso no es el de un enfermo vulgar,  y no será necesario recetar ninguna medicina.” Octave le dijo, “Me da gusto oír eso. Me han hecho tomar tal cantidad de medicamentos, que ya no soporto uno más.”
   El medico dijo, “No se alegre tan pronto de no tener problemas en el hígado y en el corazón, porque no he dicho que esté sano. Deme su mano.” Octave se la tendió y el anciano la tomó entre sus dedos,  que semejaban pinzas de cangrejo. Octave pensó, “A pesar de que su rostro y su cuerpo delatan que es un anciano, sus ojos tienen la vida y frescura de los 20 años.” Después de que miró, palpó y apretó la mano, el hombre dijo, “Querido señor, su situación es mas grave de lo que piensa y la medicina, tal como la practican en Europa, no puede curarlo.”
  Hubo una pausa, y el hombre agregó, “Usted no tiene voluntad de vivir,  y su alma se va separando insensiblemente de su cuerpo. Pero fui llamado a tiempo, pues su espíritu permanece unido a la carne solo por un hilo. Pero no se preocupe, haremos un buen nudo.” Octave dijo, “Doctor, no sé si podrá curarme, pero la verdad no tengo ningun interés en ello.”
    El doctor dijo, “El pensamiento es una fuerza que puede matar. ¿Qué le ha sumido en éste estado? ¿Acaso ha sido engañado por una mujer?” Octave dijo, “No, no tengo ese problema.” El doctor dijo, “Sin embargo, leo en sus ojos, en su actitud, el nombre de la enfermedad: pesar por un amor perdido.” Octave permaneció silencioso, y por un momento, sus mejillas enrojecieron. Sentados uno frente al otro, el doctor le dijo, “Vamos, abra su corazón. Soy el médico de las almas, haga su confesión.” Octave le dijo, “¿Para qué? El contarle mis padecimientos, no los va a aliviar.”
    Tras una pausa, Octave agregó, “Ningún poder humano, incluyendo el suyo, puede curarme.” El doctor dijo, “¡Quien sabe! Hay muchas cosas que la mayoría de los mortales ignoran. Vamos, desahogue su alma.” Y el médico se acomodó en una silla de madera, 
como dispuesto a escuchar una larga historia. Octave dijo, “Esta bien, si insiste se lo diré, pero no espere nada extraordinario. Es algo sencillo y común.” El doctor le dijo, “Mi querido joven, solamente lo normal es extraordinario para mí. ¿Cuál es la verdad de ese asunto?”

   
Octave dijo, “La verdad es que me muero de amor. Todo empezó en Florencia. Hace un año, yo me encontraba allí de vacaciones. Era entonces un joven alegre, y solo quería divertirme…” Octave comenzó a narrar, “Por la mañana, visitaba museos, iglesias, galerías de arte, empapándome de las obras maestras.
  Por las tardes, acudía a Cascina, donde se reunía toda la sociedad florentina a platicar. Y por las noches, iba a los bailes y cenas, donde era invitado con gran frecuencia. Una tarde, que platicaba en Cascina, con un conde ruso que habia recorrido todos los salones de Europa, ambos dabamos un paseo a caballo.
  Entonces, ambos vimos una calesa, y , exclamé, ‘Qué magnifica calesa! Debe pertenecer a algún noble importante.’ Antes de que el conde pudiera contestarme, vi a su ocupante. Yo pregunté, ‘¿Quién es esa dama? Nunca vi tanta belleza reunida en una sola mujer.’ El conde me dijo, ‘Asi opinan todos los que la conocen. Es la condesa Prascovia Labinski, de origen lituano. Acaba de llegar a Florencia, y ha alquilado una villa donde pasará el verano.’ Yo le pregunté, ‘¿Vive sola?’
   El conde me dijo, ‘Sí, su marido, un conde polaco, se encuentra luchando en la guerra del Cáucaso.’ Yo le dije, ‘Me gustaría conocerla. ¿Será posible ser recibido en su casa?’ El conde me dijo, ‘La condesa hace una vida muy retirada, pero los martes recibe a algunas personas, entre ellas a mí.’ Hubo una pausa, y luego el conde me dijo, ‘Mañana es martes. Le invíto a que me acompáñe, si no tiene otro compromiso.’
   Yo le dije, ‘Iré encantado con usted.’ Con una ansiedad desconocida para mí, aguardé que llegára el momento de ir a la villa de la beldad. Al ingresar a la residencia, la bella mujer nos recibió. El conde dijo, ‘Condesa, permítame presentarle al Barón, Octave de Saville.’ La condesa me dijo, ‘Bienvenido, Barón, considere ésta su casa.’ Yo permanecía absorbido, deslumbrado, extático en la contemplación de su belleza, encantado con el sonido de su voz. Al verla, pensé, ‘Es perfecta. No hay en ella el menor defecto.’
   Si la radiante belleza de Prascovia, me habia seducido, me sorprendió también por su inteligencia. Recuerdo que el conde me dijo, ‘¿Qué opina usted, barón, acerca de lo que dice la duquesa?’ y le dije, titubeante, ‘Yo…perdón, estaba distraído. No escuché...’ Sabía que actuaba como un tonto, pero no podía evitarlo, y pensé, ‘Tengo que decirle cuanto la ámo, todo lo que significa para mí. No puedo callarlo más.’ Pero cuando la tenía frente a mí, me encontraba sin ideas, sin fuerzas, sin valor.
   Mientras me retiraba de su residencia caminando, pensaba, ‘Hoy perdí una gran oportunidad. Nos quedamos solos en el salón, y solo me limite a mirarla.’ Asi transcurrió un mes. Un día que mi desesperación llegó su limite, me presenté en su casa. Ella me dijo, ‘¡Barón, que sorpresa! No esperaba hoy visitas. Siéntese, nos quedaremos aquí. Adentro hace demasiado calor.’ Yo le dije, ‘Gracias, condesa.’ Un silencio embarazoso reinó por unos segundos entre nosotros.
  Yo pensé, ‘Es el momento. Se lo diré, y ella me llevará al cielo, o me hundirá en el infierno.’ Tras una pausa, le dije, ‘Condesa, he venido porque necesito decirle…’ Ella me dijo, ‘Por favor, calle. Sé lo que va a decir. Usted me ama, lo sé…No tengo nada contra usted, porque el amor es involuntario. Otra mujer, se sentiría ofendida, yo no. A mí me da tristeza, porque no puedo amarlo, y no me agrada ser la causa de su sufrimiento. Esperaba que mi frialdad, le haría alejarse, pero el verdadero amor, no se desanima ante nada. Yo adóro a mi esposo, y jamás podría amar a otro hombre.’
   Sentí que se quebraba el resorte de mi vida. Ella me dijo, ‘Sé que esto pasará. Piense en otras cosas. Imagine que me he marchado para siempre, que he muerto. Viaje, trabaje, y me olvidará.’ Yo le dije, ‘Yo sé que jamás podre olvidarla. Nunca dejare de amarla.’ Entonces, ella me dijo, “’Si cree que sufrirá menos viéndome, venga y siempre lo recibiré. Sin embargo, la ausencia es un remedio más seguro. Ya verá como dentro de un tiempo, podremos estrecharnos las manos sin peligro para usted.’ Yo le dije, ‘¡Ah, condesa, dentro de un mes, un año, un siglo, la seguiré amando tanto, o más que hoy!’”
   Octave terminó su narración, y dijo, “Al día siguiente, abandoné Florencia. Ni el estudio, ni los viajes, ni el tiempo han conseguido disminuir mi sufrimiento.” Octave bajó la mirada, y agregó, “Aguardo la muerte como una liberación, por eso, le suplico que no trate de impedirla, doctor.” El doctor le dijo, “¿Ha vuelto a ver a la condesa?” Octave dijo, “No, pero sé que está en Paris, con su esposo. Llegaron hace unas semanas.” El doctor le dijo, “Su narración me demuestra, que no hay para usted esperanzas. La condesa nunca le dará su amor.”
   Octave le dijo, “¿Ya ve cuánta razón tengo, al no querer seguir viviendo?” El doctor dijo, “¡Un momento! He dicho que no hay esperanzas con los medios ordinarios, pero existen poderes ocultos, que la ciencia moderna no conoce.” El doctor agregó, “Son secretos que yo obtuve en la India. Allí aprendí, que no somos más que formas. Es el espíritu, el que agita la materia.” Éste preámbulo, excitaba hasta el límite, la atención de Octave, y no comprendía, qué tenía que ver con su amor por Prascovia.
   El doctor le dijo, “Durante muchos años, estuve en ese maravilloso país. Estudie los idiomas cultos y vulgares. Pude conversar con los brahmanes. Estudie las esculturas simbólicas, en las cámaras interiores de las pagodas, que ningun ojo profano ha visto. Leí misterios cosmogónicos. Todo ello, me permitió conocer al penitente que había llegado, al más alto grado de perfección, el Brahma-Logum.” El doctor comenzó su narración.
“Un sacerdote del templo de Tiranumalay me indico el lugar donde podía encontrarlo. Ingrese a una cueva, y encontré a un hombre, en posición de loto. Al mirarlo, pensé, ‘Ese hombre parece no estar vivo. Es solo un esqueleto.’ Me acerqué y le dije, ‘¡BRAHMA-LOGUM! ¡BRAHMA-LOGUM!’
   Lo moví, le llamé, no reaccionó, y me dispuse a alejarme, creyendo que era solo un cuerpo sin vida, cuando, vi una bola de luz, que hacia un ruido. Yo exclamé, ‘¿Qué es esto?’ La pequeña llama, pasó ante mis ojos, con la fulgurante rapidez de un rayo, y entró en su boca.
   De inmediato,  el Brahma-Logum pareció salir de su letargo, y me dijo, ‘Lo que has visto, es mi alma. He conseguido separarla de mi cuerpo, cuando yo quiera. Sale y entra de éste, como una abeja. He mortificado mi cuerpo de forma tan severa con ayunos, rezos y meditaciones. Hasta que por fin logre desatar los lazos terrestres que encadenaban mi anima. Vishnu, el dios de las diez encarnaciones, me ha revelado la palabra misteriosa que lo guía en su avatares, encarnaciones o cambios, a través de las distintas formas.
   Si después de haber hecho los gestos consagrados, pronunciase esa palabra, tu alma volaría para animar al hombre o animal que le designase. Acércate. Te voy a legar ese secreto. Soy el único que lo posee. Yo he de partir, y agradezco que hayas venido. Escucha…”
El doctor terminó su narración, y dijo, “El bramhan me susurró con voz débil unas palabras. Era el último hálito de un moribundo.” Octave le dijo, “Doctor, no me atrevo a sondear en las profundidades de su pensamiento. ¿Qué quiere decirme?”
   El doctor le dijo, “Que no he olvidado las palabras del Brahma, ni la fórmula mágica que me enseñó.” Hubo una pausa, y enseguida el doctor dijo, “La condesa Prascovia necesitaría ser muy hábil para reconocer el alma de Octave de Saville, en el cuerpo de Olaf Labinski.” Octave dijo, “Pero…¿Resultará?” El doctor dijo, “Sí. El conde ha pedido una cita para verme. Se que le guía la curiosidad de las cosas que yo hago.”
    Octave se levantó, y dijo, “Doctor, si realmente lo consiguiera, de solo imaginarlo…” El doctor dijo, “Amigo mío, aunque será la primera vez que lo intente, no tengo dudas. Espere mi llamada. Tendrá a la condesa.” Efectivamente, la reputación del doctor Cherbonneau, habia despertado el interés del conde Labinski, y deseaba conocerlo. Dos días despues, el doctor Cherbonneau lo recibió, “Señor conde, me honra su visita. Seguramente le habrán hablado de mis juegos de manos, y quiere tener una prueba de mi habilidad.”
    El conde le dijo, “Mi curiosidad no es tan frívola, doctor. Tengo mucho respeto por usted y lo considero un sabio.” El doctor le dijo, “No lo soy en sentido normal que se da esa palabra. Mis estudios estan dedicados al espíritu. Me ocupo de cosas que la ciencia desdeña, y me he hecho dueño de las fuerzas ocultas, logrando asi efectos maravillosos.” El conde le dijo, “¿Cómo cuales?” Cherbonneau le dijo, “Le daré un ejemplo. Piense en la persona que quiere ver y luego inclínese sobre la fuente de cristal que está en la mesa…”
   El conde obedeció, y vio que el agua perdía su trasparencia, adquiriendo matices opalinos. El conde pensó, “Deseo ver a mi amada Prascovia.” Cuando Cherbonneau vio la imagen del rostro en el agua, dijo, “Veo que pensó en su esposa.” El conde exclamó, “¡Es…maravilloso!” Enseguida, Cherbonneau tomó un tubo, y dijo, “Le mostraré todavia algo aún más curioso. Toque este tubo.” Apenas el conde toco el metal, sintió un fuerte escalofrió, y exclamó, “¡AHHHH!”
   El conde cayó al suelo. Cherbonneau pensó, “Bueno, ya está hecho. Ahora enviaré por Octave de Saville.” Despues de levantar al conde, empezó algunos preparativos. Lo recostó en un sillon, y pensó, “Tiene que resultar. Es una oportunidad única para comprobar que puedo hacer uso de ese poder enorme.” Una hora despues, Cherbonneau decía a Octave, “He aquí su disfraz. Estoy seguro que se sentirá cómodo con él.”
   Enseguida, Octave pensó, “¿Seré capaz de cambiar su cuerpo por el mío para apoderarme de su esposa?” Cherbonneau le dijo, “Lo noto indeciso. Si no se decide, despertaré al conde que se marchara tal y como vino.” Octave dijo, “Doctor, estoy listo cuando quiera.” Cherbonneau le puso su mano en el hombro, y dijo, “Su pasión no retrocede ante nada, y eso me agrada. Si no logra la felicidad, no será culpa mía. Tiéndase en el diván.” Ambos hombres, tanto Octave como el conde, se tendieron cada uno en su diván, uno frente al otro.
A continuación, Cherbonneau comenzó a conjurar, “Las nociones del tiempo y el espacio se pierden. La conciencia del Yo, se borra. Los hilos que retienen el alma, se desatan.” Durante largo rato, estuvo haciendo varios pases, y murmurando palabras. “Estos dos cuerpos se estan saturando de efluvios, bañándose de rayos mágicos…¡Ya lo tengo! Ahora ambos deberán obedecer a las palabras que voy a pronunciar…” Apenas las habia formulado, cuando de los labios de los dos hombres, salio una pequeña llamita. Cherbonneau exclamó, “Vayan a ocupar sus nuevas residencias.” De inmediato el alma de Octave.”
   De inmediato, el alma de Octave, entró en el cuerpo del conde, y la del conde en el de Octave. El avatar se habia realizado. Cherbonneau exclamó, “¡Lo logre!¡Nadie más en el mundo es capaz de hacerlo!” Cherbonneau pensó, “Ahora a despertarlos. Octave estará feliz, pero no creo que al conde le agrade mucho el cambio.” Cherbonneau hizo varios pases, y Octave, en el cuerpo del conde, se irguió. Cherbonneau le dijo, “¿Qué le parece su nueva morada? ¿Su alma se siente cómoda, en el cuerpo del esposo de la mujer más bella del mundo?”
   Octave exclamó, “¡Es increíble! Doctor…¿Tiene usted el poder de Dios o del…demonio?” Cherbonneau le dijo, acompañándolo a la puerta, “No tema. No hay nada satánico en esto. Si no fuera yo quien cambio las almas, creería que no ha ocurrido nada…y es que usted es el verdadero conde Olaf Labinski. Ahora debe ir a su casa. Son más de las diez. Seguro que Prascovia lo espera.” Octave, enfundado en el cuerpo de Labinski, salio a la calle, y pensó “Allí está el carruaje del conde. Desde ahora, todo lo de él, me pertenece.”
   Decidido, subió al vehículo que el cochero se apresuró a poner en marcha. Cuando llegaron a la mansion, Octave pensó, “Esta es mi casa, y no la conozco. Solo a unos pasos, estas, Prascovia. Su amor que creía imposible, será para mí.” Subió la gran escalera de la entrada, y, dijo a la institutriz, “Buenas noches. ¿Dónde está la condesa?” La mujer dijo, “Haciendo su toilette nocturna, señor conde. Le avisare que ha llegado.” Entre tanto, el conde en el cuerpo de Octave despertaba, y decía, “¿Qué ha sucedido? Me siento mareado…”
   Cherbonneau le dijo, “Espero que estará satisfecho con los experimentos que he realizado ante usted.” El conde apenas comprendía lo que sucedía. Su mente estaba confusa, y le era difícil coordinar las ideas. Cherbonneau puso sus manos sobre la espalda del conde, y le dijo, “Ahora no dudará que todo lo que le expliqué, acerca del magnetismo, es verdad. Venga, lo acompañaré a la salida.” Casi sin darse cuenta se dejó guiar, y subió al coche que le esperaba en la puerta, sin darse cuenta de que no era el suyo. Al mirar al cochero, dijo, “¡A casa!”
   El cochero dijo, “Si, señor.” Al entrar dentro del coche, el conde pensó, “Que extraña voz la de mi cochero. No es la de siempre…” Enseguida el conde exclamó, “¿Qué es esto? ¿Por qué visto esta ropa?” El cocheo exclamó, “¡Señor, hemos llegado!” Iba a descender del carruaje, cuando, exaltado, dijo al cochero, “¿A dónde me has traído, animal? ¿Es esta acaso la residencia del conde Labisnki?”
    El cochero dijo, “Perdón, no entendí que quería ir allí, señor.” El cochero encamino al caballo a la dirección indicada. Durante el trayecto, el conde no dejaba de hacerse preguntas. “¿Por qué estoy en un coche extraño? ¿Qué me sucede? Siento que mi cabeza va a estallar.” Cuando llegaron al palacete de los Labinski, el mayordomo no dejó entrar al conde, diciendo, “Los señores no reciben ésta noche. El conde y la condesa ya se han retirado a sus habitaciones.”
    El conde le dijo, “¿Estás loco o borracho?” El conde lo empujó y entró. Entonces el mayordomo dijo, “Oiga, ¿Qué hace? ¡El loco o borracho es usted!” El conde le dijo, enfurecido, “¡Miserable, estas despedido! ¡Lárgate ahora mismo!” El mayordomo lo sujetó, y dijo, “¡No inténte dar un paso mas o lo sacaré a patadas!” El conde le gritó, “¿Cómo te atreves a ponerme las manos encima?” Al escuchar el escándalo, acudieron varios criados.
   El conde gritaba, “¡Suéltame, infame!” El mayordomo gritaba, “¡Ayúdenme! ¡Este joven ha bebido más de la cuenta! ¿Vamos a sacarlo de aqui!” El conde dijo, “¿Ustedes permiten que este canalla insulte a su señor, el honorable conde Labenski?” El mayordomo exclamó, “¡Ja, Ja, Ja!¡Cree ser el conde!¡No hay duda de que está borracho!” El conde sintió que un sudor frio le bañaba todo el cuerpo, y dijo, mientras lo empujaban, “¿Por qué no me reconocen? ¿Es que han cambiado mi cuerpo, como mi traje y el coche?”
    Entonces, uno de los criados dijo, “Allí viene el señor conde. El escándalo que se armó le ha traído.” Casi sin dar crédito, el conde vio acercarse su propio cuerpo. Octave dijo, “Caballero, haga el favor de retirarse. Si desea hablar conmigo, puede hacerlo en cualquier tarde, de las 12 a las 2.” Tras estas palabras, el falso conde se retiró con paso tranquilo, y el verdadero caería desmayado. Cuando volvió en sí, se encontró en una habitación en la que no recordaba haber estado jamás.
    Al despertar, el criado de Octave le dijo, “¿Se encuentra mejor el señor? ¡Qué susto me lleve al ver que lo traían desmayado!” Apenas el criado se retiró, el conde saltó de la cama. Al mirarse en el espejo, pensó, “¡Este no soy yo!¡Con razón mis criados no me reconocen!¡Otro hombre ha tomado mi lugar! ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Quién soy ahora? ¿Cómo podré demostrar mi verdadera identidad? ¡Nadie me creerá!”
   El conde se sentó en la cama, y se llevó las manos a la cara, pensando, “Y Prascovia…¿Qué va a suceder con ella? No, no es posible que ese falso conde se apodére de mi esposa.” El conde se acostó y siguió pensando en su terrible situación, hasta que cayó en un pesado sueño, parecido a la muerte. Entre tanto, apenas se llevaron al verdadero conde desmayado, Octave subió las escaleras, y una criada le dijo, “La señora condesa le aguarda, señor.”
   El corazón casi se le salía del pecho, cuando entró en un elegante y femenino saloncito. Una institutriz peinaba a Prascovia, en el tocador. Prascovia dijo, “¡Que tarde has llegado hoy, Olaf!” De rodillas ante ella, Octave tomo la delicada mano de Prascovia, y la besó con todo el ardor de su pasión contenida. Prascovia pensó, “Los labios de Olaf, tienen un fuego desconocido. Algo inquietante y desagradable.” Por su parte, Octave pensó, “¡Por fin, ahora es mía, mía!”
   Embelesado, observó cómo su amada daba los últimos toques a su toilette nocturna. A través del espejo, ella lo miro sentado, y pensó, “¿Por qué me mira asi? Sus ojos tienen algo extraño. La pasión que veo en ellos, es ofensiva. Me siento incomoda ante él.” Cuando la doncella se retiró, Prascovia tuvo la sensación de estar con un desconocido, y se llenó de terror. Octave dijo, “¡Amor, te necesito, quiero amarte como nunca!”
   Ella dijo, “Olaf, creo que…por favor, retírate, estoy cansada. Mañana hablaremos.” Sin darle tiempo a replicar, Prascovia entro a su recamara, y cerro la puerta. Prascovia pensó, “Algo le sucede, no es el Olaf de siempre. Si lo hubiera dejado entrar, sentiría que me entrégo a un desconocido.” Por su parte, Octave sentado en el saloncito de tocador, pensaba, “¿Es que jamás va a ser mía? Mañana tendré más cuidado…quizá hice, o dije algo que le molestó… Soy el conde y algo le impidió aceptarme. Me rechazó como amante, y ahora lo hace como marido.”
   Al día siguiente, Octave llegó al comedor a desayunar. Prascovia dijo, “Buenos días, Olaf.” Octave dijo, “Espero que hayas tenido agradables sueños, Prascovia.” Ella, fijando sus ojos en el que creía su marido, respondió en polaco, idioma que utilizaban ante los criados. Entonces, Prascovia pensó, “¿Qué le sucede? ¿Por qué no me responde?” Octave pensó, “Está hablando en una lengua desconocida para mí.”
   Prascovia volvió a repetir la frase, pero viendo que el no comprendía, habló en francés. “Olaf, ¿No me oyes, o no comprendes?” Octave dijo, “Es que esa endiablada lengua es tan difícil.” Prascovia dijo, “¡Difícil! ¡Como puedes decir eso, si la hablas desde que naciste!” Octave le dijo, “Sí…pero hay momentos en que se me olvida.” Prascovia se alteróٕ y dijo, “¡Eso es imposible! No puedes olvidar el idioma de tus padres, de tu patria…” Octave dijo, “No creo que tenga tanta importancia.” Prascovia se levantó de la mesa, y dijo, “¡Olaf, no doy crédito a lo que escucho! ¿Cómo saludaras a tu madre cuando regresemos a Polonia? ¿Cómo responderás a tus vasallos…?” Entonces, Octave pensó, “Jamás se me ocurrió, que al robar su cuerpo al conde, tendría estos problemas.”
    La condesa ofendida, abandonó el comedor. Octave pensó, “Renuncié a mi yo, por ella, y ni siquiera con este aspecto me acepta. ¿Es que nunca me amara?” Sin saber que hacer, decidió salir. Entretanto, el mayordomo de Octave dijo al conde, quien aún no se levantaba de la cama, “Señor, ya son más de las once. Le traigo los periódicos y el correo.” El conde pensó, “No era una pesadilla. Yo ya no soy yo, soy otro hombre.” Sin una palabra, dejo que le criado le ayudara a vestirse. Se dispuso a abrir la correspondencia, y pensó, “Veré si en estas cartas encuentro alguna indicación de quien soy yo.”
   Despues de revisar la correspondencia, pensó, “El dueño de esta casa, se llama Octave de Saville, por lo que dice aquí el que le escribe, que es su notario.” Decidido a averiguar mayores datos, empezó a registrar cuanto mueble encontró. El conde pensó, “Según esto, Octave de Saville es un barón de buena posición.” Entonces el criado llegó, y dijo, “El señor Alfred desea verlo.” Iba a contestar, pero ya el visitante habia entrado. “¡Que tal, Octave! Vengo a buscarte y no aceptaré la excusa de que estas enfermo. Iremos a casa de Gabriel Monterer.”
   El conde le dijo, “Gracias, pero no me siento bien. Te prometo que mañana…” Alfred le dijo. “¿Mañana? Eso es más de lo que esperaba. Lo has prometido, vendré por ti.” El conde dijo, “Está bien. No me negaré.” El joven salió con el mismo ímpetu con que había entrado. El conde pensó, “Todos me toman por Octave de Saville, pero yo soy el conde Labinski, aunque mi aspecto sea el de ese desconocido.” El conde continuó registrando los cajones y de repente encontró algo que llamó su atención. El conde exclamó, “¡Un dibujo de Prascovia! ¿Por qué esta aquí? ¿Quién lo hizo?”
  El conde revisó el dibujo, y dijo, “Aquí dice: ’Nunca me amará, y yo la adóro. Qué grande es mi desdicha.’” Entonces, el conde pensó, “Octave de Saville ama a mi esposa…entonces él tiene mi cuerpo. ¿Habrá hecho un pacto con el Diablo, para apoderarse de ella?” El conde exclamó furioso, “¡Ese maldito médico tiene la culpa! Él tendrá que explicarme lo que sucede.” Sin dudarlo se dirigió a casa del médico. Cherbonneau dijo, al verlo, “¡Que gusto de verlo, Octave! Pensaba ir a visitarlo, pero es buen síntoma que el enfermo acuda al médico.”
   El conde le dijo, “¡No me diga Octave! Sabe perfectamente que soy el Conde Labisnki. ¡Ayer usted me robó mi cuerpo, y quiero que me lo devuelva!”
  Cherbonneau dejó escapar una   sonora carcajada, “¡Ja, Ja, Ja!” El conde se molestó, y dijo, “Modére su alegría, o tendrá que arrepentirse, y no háblo en broma, lo voy a…” Cherbonneau le dijo, “¡Basta! Se va, o llámo, para que lo encierren en un manicomio. Todos saben que está enfermo, y nadie hará caso a sus tonterías.” El conde le dijo, “Es capaz de encerrarme sabiendo que soy el conde y que estoy cuerdo…¡Maldito!” Sabía que nada podía hacer, y abandonó la casa del médico.
    Mientras subía a su coche, el conde pensó, “Iré a mi palacio. Obligaré a ese hombre a que diga la verdad. ¡Tiene que devolverme mi cuerpo!”  En esos mismos momentos, Octave ingresaba a un saloncito donde Prascovia leía. Octave exclamó, “Prascovia…” Prascovia le dijo, “Espero que ya hayas recobrado la memoria, Olaf.” Octave le dijo, “Querida, tengo algo que decirte respecto a eso. Ayer fui a ver a ese médico, del que se habla tanto.”
   Ella le dijo, “¡El doctor Cherbonneau! Dicen que ha pasado largo tiempo en la India, aprendiendo los secretos de sectas desconocidas.” Octave le dijo, “Asi es. Realizó ante mi, un experimento asombroso, y luego me hundió en un sueño magnético, tan profundo que al despertar, me di cuenta que muchas cosas se han ido de mi memoria. El pasado flota como una nebulosa. Solo mi amor por ti permanece intacto.” Prascovia dijo, “No estuvo bien que te sometieras a la influencia de ese doctor. Espero que no vuelvas a hacerlo.” Octave le dijo, “No, por supuesto que no. ¿Comprendes ahora porque no actúo en forma normal en algunas cosas?”
   Prascovia dijo, “Pero supongo que lo que te sucede, será algo pasajero, porque ahora siento como si fueras otra persona.” Octave dijo, “Querida, ¿Cómo puedes decir eso? Soy yo, tu marido que te adora. No me apartes de tu lado, porque…” El criado los interrumpió, “El barón de Octave de Saville.” El falso conde se puso blanco. Sabía que ese encuentro tenía que ocurrir, pero no lo esperaba tan pronto. El conde ingresó, haciendo su actuación, “Señora condesa, es un honor saludarla." Prascovia le dijo, "Ma agrada volver a verlo. Mi marido, el conde Labenski…El Barón de Saville.”
   Los dos hombres se dirigieron salvajes miradas, a través de la máscara de mármol, de la buena educaron. Prascovia dijo, “Me alegro que no olvidara nuestra amistad, y que haya decidido venir a saludarme.” Prascovia agregó, acercándose a el conde, su marido, “Usted sabe que lo estímo, y lo recuerdo con aprecio. Me agradaría escuchar que ya encontró la mujer a la que ama, y que le hará feliz.”
   Esas palabras impresionaron, de muy distinta forma, a los dos hombres. Octave pensó, “Está confirmando lo que siempre he sabido, que nuca me amará.” El conde pensó, “Prascovia no me ha sido infiel. Jamás mirara a otro hombre. Solo un hechizo podría logarlo.” Una súbita ira se apoderó del conde, al solo imaginar esa posibilidad, y exclamó abalanzándose hacia Octave, “¡Ladron, bandido, devuélveme mi cuerpo!” Ante la escena, Prascovia exclamó, “¡Ha enloquecido!”
   A los gritos, acudieron los criados. A continuación, los criados sujetaron al conde, quien gritaba, “¡Canalla, ladron, mi cuerpo! ¡Quiero mi cuerpooo!” Mientras lo llevaban, Prascovia dijo, “¡Pobrecito, perdió la razón!” Octave le dijo, “Sí, se volvió loco de amor. Decididamente eres demasiado bella, Prascovia.”
   Dos horas despues de esta escena, el falso conde recibió una carta. Octave pensó, “Tiene el sello de Octave de Saville, o sea, mi sello.” La abrió con dedos temblorosos y pensó, “Ledia por cualquier otro, esta carta parecería escrita desde un manicomio, pero sé que usted me comprende…Algo inexplicable me obliga a escribirme a mí mismo. No comprendo de que tenebrosa maquinación soy víctima, pero usted si sabe. Mi pistola, o la punta de mi espada, le pedirán que aclare el secreto. Uno debe morir. Estoy dispuesto a matar mi cuerpo, o usted matara el suyo, en el que mi alma se indigna verse prisionera…”
   Octave pensó, “Dice que nombre a mis testigos para que con los de él, se pongan de acuerdo en la hora del duelo, que será mañana. En la habitación del conde, vi en un cajón muchas tarjetas de visitas. Deben ser de sus amigos. Elegiré entre ellas, a quienes pediré sean mis testigos, y también pediré al doctor Cherbonneau que asista.” A la vez, el conde recurriría a los amigos de Octave. Así, una vez enterado, uno de ellos le dijo, “Cuenta conmigo, Octave. Me alegra que ya estés tan bien como para participar en un duelo, aunque quizá podrías solucionarlo de otra…” El conde dijo, “No. He sido ofendido, y solo la espada lavará mi honor.”
   Esa noche, Octave pensaba preocupado, “Quizá mañana estaré muerto, pero si hoy Prascovia viene a mis brazos, recibiré feliz la muerte.” Esperanzado y ansioso, se dirigió a las habitaciones de Prascovia. Octave toco a su puerta, y exclamó, “Está con cerrojo…Prascovia…Prascovia…” Desde el otro lado de la puerta, se escuchó la voz de Prascovia decir, “Regresa cuando sepas polaco. Ahora me parece que no eres mi marido.”
    Octave le dijo, “Prascovia, ¿Cómo puedes decir eso? Soy yo, el conde, el hombre que te adora.” Prascovia dijo, “No, el doctor Cherbonneau te cambió, y hasta que no lea en tus ojos que eres el mismo de antes, no te aceptaré a mi lado.” Al día siguiente, Cherbonneau llego a la residencia del conde y la condesa, y presentándose ante el conde, dijo, “He venido como me pidió. ¿Ya es hora?” El conde dijo, “Sí, vamos.” Mientras marchaban en el coche al campo de honor, Cherbonneau dijo, “Querido Octave, su aventura ya raya en lo trágico. Creo que debí haber dejado al conde durmiendo por lo menos una semana.”
   Tras una pausa, Cherbonneau agregó, “¿Cómo le ha ido con la condesa?” Octave dijo, “Temo que me ha reconocido, a pesar de mi metamorfosis. Me trata como un extraño. No he podido acercarme a ella más de lo que lo hice en Florencia.” Hubo una pausa, y enseguida Octave dijo, “Ya le decía yo, doctor, que no podría hacer nada por mí. Soy más desdichado que cuando me vio la primera vez.” Cherbonneau dijo, “Realmente lo compadezco. Su mal no tiene remedio.”
   Llegaron al bosque, donde el verdadero conde aguardaba. A los pocos minutos, uno de los padrinos dijo, “Señores, tomen sus espadas.” Los primeros ataques fueron parados con presteza por las dos partes. El conde era un hábil espadachin, pero le faltaba la fuerza de su propio brazo. Ahora contaba solo con la débil muñeca de Octave. Por el contrario, Octave, aunque menos hábil, encontraba una fuerza hasta entonces desconocida. La cólera empezó a apoderarse del conde.
   Con riesgo de seguir siendo Octave de Saville, quería matar al impostor. Desesperado trato de atravesar su propio cuerpo y llegar hasta el alma de su rival, pero…la vida de Olaf estaba en las manos de Octave. Cuando creyó llegada su última hora, arrojó su espada aun lado, y dijo, “No se acerquen.” Sin dar explicaciones, Octave tomó a su propio cuerpo del brazo, y lo llevó a la espesura del bosque. El conde le dijo, “¿Por qué no me mató? Sabe que uno de los dos debe morir. Regresemos a terminar el duelo.”
   Octave dijo, “Escuche, su felicidad está en mis manos. Puedo conservar para siempre este cuerpo que le pertenece, lo admito. Si regresamos al duelo lo mataré. El conde es mejor espadachín que Octave. Pero esa muerte desgarraría el corazón de mi madre. Nunca conseguirá, si yo me opongo, volver a tener su individualidad. Nadie creerá lo que usted diga, y lo tomarán por loco. Seguramente habrá revisado mis papeles, y ya sabe que ámo a su esposa, con un amor desesperado.”
   El conde dijo, “Sí.” Octave dijo, “Para acercarme a ella, he usado éste terrible método. El doctor Cherbonneau cambio nuestras almas de envoltura. Pero ha sido inútil. Voy a devolverle su cuerpo. Prascovia no me ama. En la forma del marido ha reconocido el alma del amante. Iremos con el doctor a su laboratorio.” Sin poder articular palabra, el verdadero conde lo siguió.
   Al regresar ambos al grupo, Octave dijo, “Caballeros, hemos intercambiado explicaciones que hacen inútil continuar el duelo. Les agradecemos que hayan venido.” Octave, el conde, y el doctor Cherbonneau, subieron a un carruaje, y Octave dijo, “Doctor, voy a poner a prueba, una vez más su ciencia. Hay que reintegrar nuestras almas a sus domicilios habituales.”
   Tras una pausa, Octave agregó, “Espero que el conde, no le guarde rencor y comprenda…” El conde dijo, “Mi alegría de recobrar mi cuerpo, es mayor que el desagrado de haber sido despojado de él. Nada tiene que temer, doy mi palabra.”
    Poco después, ambos hombres descansaban en sus respectivos divanes. Cherbonneau condujo primero el alma del conde a su cuerpo. Cherbonneau dijo, “Ve a tu morada, que te espera ansiosa.” Mientras, el alma de Octave, empezó a alejarse, feliz de verse libre, y no parecía querer volver a su prisión. Entonces Cherbonneau dijo, “Regresa, entra en el cuerpo que te pertenece.” Pero el pequeño resplandor, se negaba a volver a este valle de miserias.
  Cherbonneau exclamó, “¡No, no te vayas!” A pesar de todos los esfuerzos del médico, la pequeña llama se desvaneció. Cherbonneau pensó, “Se ha marchado. Nada puedo hacer. Ya está fuera del campo de atracción.” Enseguida, Cherbonneau pensó, “Despertaré al conde, y luego veré cómo arreglar éste desgraciado asunto.” En cuanto el conde abrió los ojos, se levantó del diván, y exclamó, “¡Soy yo…soy yo otra vez! ¡Que alivio! Gracias, doctor, gracias.”
    Como temiendo otra mala jugada, el conde salió prácticamente corriendo. Entonces, Cherbonneau miró el cuerpo de Octave sobre el diván, y pensó, “¿Y ahora qué? El alma está tan lejos, que es imposible hacerla regresar, y aquí quédo, yo con éste cuerpo vacío.” Tras una pausa, Cherbonneau pensó, “Puedo disolverlo en un baño corrosivo, pero cuando Octave no aparezca, se harán investigaciones.” De pronto, una idea luminosa atravesó por su mente.
   Tomó un papel y una pluma. Cherbonneau comenzó a escribir mientras hablaba en voz alta, “No teniendo familia, ni herederos, lego todos mis bienes…” Luego miró en el espejo su rostro arrugado y empezó a murmurar las palabras del Brahma-Logun, En un segundo su cuerpo cayó como fulminado por un rayo, y el de Octave se irguió fuerte, alerta, y vivo. Cherbonneau, ya en el cuerpo de Octave, dijo al mirar su cuerpo tendido en el suelo, “Pobre jirón humano, me has sido de gran ayuda, y te abandóno, no sin sentirlo, pero ya estas viejo y gastado.”
   De repente, le llegó una euforia, y exclamó, “Hare tantas cosas sin el temor de morir mañana. ¡Adiós, voy a tomar posesión de mi nueva existencia! Me habia acostumbrado a ti, después de vivir tantos años juntos, pero con esta joven envoltura, podre estudiar, trabajar…” Entre tanto, el conde habia llegado a su palacete. “Querida Prascovia..." Ella le dijo, "¡Olaf, hablas otra vez polaco!" Ella lo abrazo, y le dijo, “Amor mío, eres tu. Tus ojos miran como siempre. Ya no te siento extraño.”
    El conde dijo, “Quizá estaba diferente, pero ya no volverá a suceder, te lo aseguro.” Cuando el amor es verdadero, ni el mejor disfraz puede engañarlo, y esas dos almas habían nacido una para la otra. Dos días después, Octave de Saville, animado por el espíritu del viejo doctor, recibía una esquela.
   Al leer la misiva, pensó, “Me comunican la muerte del doctor Cherbonneau, y me ruegan asista al sepelio. ¡A mi propio entierro!” Revestido de su nueva apariencia, acompañó a su antiguo cuerpo, a su última morada.
    Mientras veía su propio entierro, pensó, “Si supieran que he escuchado todas las alabanzas que me dedicaron, que estoy mirando como me entierran.”
   Al día siguiente, Octave leía el periódico. “Ayer fue enterrado Balthazar Cherbonneau. El eminente medico fue encontrado muerto en su estudio. Su deceso se atribuye a la fatiga intelectual excesiva. Dejo un testamento en el que lega todos sus bienes al señor Octave de Saville…”
   El avatar se habia cumplido hasta el último detalle. “¡Ja, Ja, Ja! Soy joven, soy rico, y cuando Octave envejezca…¡Ja, Ja, Ja!”  

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año XVIII. Numero 147. Febrero 1º, de 1991. Adaptacion: Remy Bastién. Guión: Herwidg Comte. Segunda Adaptacion: José Escobar.