El cuento,
La Cerilla Sueca, fue publicado originalmente, en la revista, Almanaque
de La Libélula, en enero de 1884;
La Cerilla Sueca
de Antón Chéjov
Una mañana de octubre de 1885, un hombre irrumpió en el despacho del comisario de policia, de una pequeña ciudad rusa. El hombre exclamó, “¡Señor comisario, ha sucedido algo terrible…! ¡Imagínese que…!” El comisario lo interrumpió, y dijo, “¡Un momento! Antes de que continúe, quiero saber quién es usted.” El hombre dijo, “Me llamo, Psekov, y soy administrador del señor, Mark Ivanovich Kliausov.” El comisario le dijo, “¡Ah, vaya! Ya me habia hablado Mark Ivanovich, que tomaría un nuevo administrador; asi que es usted.”
Psekov dijo, “Sí, señor comisario. Y nunca imaginé que apenas después de cuatro meses de servir al señor Kliausov…” El comisario dijo, “¡Cuatro meses ya! ¡Cómo pasa el tiempo! No me parece que hiciera tanto que no visitaba a Mark Ivanovich. Por eso, no le conocía a usted…¿Me dirá usted a que ha venido?” Psekov le dijo, “Es lo que tráto de hacer…señor comisario. ¡El señor Mark Ivanovich Kliausov, oficial del guardia retirado, ha sido asesinado!” El comisario le dijo, “¿Y porque no lo dijo cuando entró? ¡Hemos perdido un tiempo precioso en charla insulsa!” Psekov dijo, “Pero si yo…” El comisario dijo molesto, “¡Pero nada! ¿Dónde lo asesinaron?” Psekov dijo, “En la casa, creo que…” El comisario dijo, “Usted no crea nada. ¡Dimitri, Astrov, vamos al lugar de los hechos! Avisen a cinco o seis policías más, podríamos necesitarlos.” El comisario se apresuró a salir, y luego volteó, y mirando a Psekov, dijo, “¿Por qué se queda allí? Venga con nosotros, usted es el principal testigo de éste asunto.” Poco después, llegaban a la casa, donde había ya mucha gente. El comisario dijo, “Y toda esa gente, ¿de dónde es?” Psekov, dijo, “Son vecinos. Cuando yo salí, venían llegando. La noticia de la muerte del señor Kliausov, ya se habia propagado.” Ignorando a los curiosos, el comisario entró a la casa. Psekov dijo, señalando hacia una puerta cerrada, “Ésta es la recámara del señor, la puerta está cerrada por llave por dentro.” El comisario dijo, “Él debe haberla cerrado. ¿Quién más?” Psekov dijo, “En ese caso, es evidente que los bandidos, entraron por la ventana.” El comisario dijo, “Entonces la ventana debe estar abierta. ¡Vamos a ver!” Salieron de la casa, y el comisario dijo a un humilde hombre que se acercó, junto a la ventana de afuera, “¡Vaya, está cerrada! ¡Ha mirado a alguien por la ventana?” El humilde hombre dijo, “No, señor. ¿A quién se le iba a ocurrir? ¡Todos temblamos de miedo!” El comisario dijo, “¿Y usted quién es?” El hombre dijo, “¿Ya no me recuerda, señor comisario? Soy Efrem, el jardinero.” El comisario dijo, “¡Oh, sí…claro!” Enseguida, el comisario dijo para sí, “¡Ah, Mark Ivanovich, ya te lo decía yo que acabarías mal! Pero no me escuchaste. La vida licenciosa no conduce a nada bueno.” Entonces, Psekov dijo, “Comisario, gracias a Efrem, nos dimos cuenta de que algo le habia ocurrido al señor Kliausov.” El comisario dijo, “A ver, ¿Cómo fue eso?” Psekov dijo, “Ésta mañana, Efrem me dijo, ‘¿Le sucede algo al ámo? Hace dos días que no sale de su habitación.’ Entonces caí en la cuenta de que no le veía desde el domingo en la noche, y hoy es miércoles.” El comisario dijo, “¡Pobre Mark Ivanovich!¡Tan culto, tan inteligente, tan bueno! En la vida social destacó entre todos, hay que reconocerlo. Pero tan depravado. ¡Dios lo haya perdonado! No me sorprende lo ocurrido…Dimitri, ve a donde el jefe de policia. Dile lo que sucede. Luego le dices al sub oficial del gendarme, que venga. Y tú, Astrov, ve por el juez de instrucción.” Cuando los dos policías, Dimirti y Astrov, se marcharon, el comisario y Psekov, se sentaron en el comedor de la residencia del recien fallecido. El comisario dijo, “Mientras esperamos, creo que no me vendría mal, un poco de té.” Psekov dijo, “Haré que se sirvan. No faltaba más.” Minutos despues, el comisario dijo, “Qué sorpresas nos depara la vida: un hombre rico, noble, un privilegiado de los dioses, y de qué forma acabó. Borracheras, jaranas, y al fin termina asesinado. Y yo tantas veces se lo advertí; ‘Esta vida no te conducirá a nada bueno, Mark Ivanovich.’ Le aconsejé que se casára, que formára un hogar, con una buena mujer…pero él prefería andar en amoríos, y esas son las consecuencias.” Al cabo de una hora, entró el juez de instrucción y su ayudante. El juez dijo, “Es increíble, señores, me dijeron que Mark Ivanovich ha sido asesinado.” El comisario le dijo, “Desgraciadamente es la verdad, señor juez.” El juez dijo, “Es muy difícil aceptarlo. El viernes pasado, en la Feria de Taranbkovo, estuve platicando y bebiendo vodka con él.” El comisario le dijo, “Pues ya ve…hoy está muerto, y bien muerto...” Despues de expresar la indignación con suspiros y lamentaciones, el comisario dijo, “La puerta de la alcoba está cerrada por dentro. Lo esperaba para recibir sus instrucciones.” El juez dijo, “Lo primero es entrar en esa habitación. ¡Vamos!” El juez ordenó echar la puerta abajo, y al entrar a la habitación, encontraron un desorden. El juez dijo, “¡Miserables asesinos!” Su ayudante, cuyo nombre era Lisevich, dijo, “Pero ¿Dónde está Mark Ivanovich?” El juez se molestó, y dijo, “Le he dicho que no intervenga cuando no le pidan su opinión. Haga el favor de revisar el suelo.” El ayudante Lisevich dijo, “Sí, señor juez.” Entonces, el juez de instrucción, le dijo al comisario, “Es el segundo caso de éste género, en mi carrera. En 1870, tuve un asunto parecido: la muerte del comerciante Portretov.” Tras una pausa, el juez de instrucción agregó, “Los bandidos lo mataron y…¡Se llevaron el cadaver por la ventana!” Como si una luz hubiese iluminado su cerebro, el juez se dirigió por la ventana, y tras revisarla, dijo, “Cuando se abre, es que no está cerrada…” El comisario dijo, “Eso es lo que se llama una deducción brillante, señor juez.” El juez siguió revisando, y dijo, “¡Hum!...hay huellas del algo en la parte baja. Son trazas de rodillas. Alguien ha pasado por aquí.” Entonces Lisevich dijo, “Señor, en el suelo no hay nada particular, ni manchas de sangre, ni arañázos, lo único que encontré, es…¿Ésta cerilla sueca! Véala, Mark Ivanovich no fumaba, y en ésta casa, se usan cerillas de azufre, no suecas. ¡Ésta cerilla es una prueba importante!” El juez dijo, “¡Cállese! ¡Es ridículo construir una trama con una cerilla! No puedo soportar a los imaginativos. ¡En vez de dedicarse a buscar cerillas, más valdría que examinase bien la cama!” Lisevich dijo, “Sí, señor juez.” Después de revisar la cama detenidamente, Lisevich dijo, “No hay manchas de sangre, ni de ninguna otra clase. Tampoco hay nada roto. En la almohada se observan marcas de dientes…por el aspecto general de la cama, dá la impresión, de que hubo una lucha en ella.” El juez dijo, “Eso lo sé, sin que usted me lo diga. Por lo tanto, no se lo estoy preguntando. En vez de hablar de lucha, mejor sería que…” Entonces, Lisevich notó algo, y dijo, “Hay una sola bota. Falta la otra.” El juez dijo, “¿Y qué?” Lisevich dijo, “Pues que lo han estrangulado, mientras se las quitaba. No han tenido el tiempo de quitarle la otra que…” El juez dijo, “Ya está usted lanzado. ¿Cómo sabe que lo estrangularon?” Lisevich dijo, “Hay marcas de dientes en la almohada.” El juez le dijo, “¡Basta de hablar tonterías! Mejor vaya al jardin, y examínelo bien, en lugar de revolver aquí.” Obedientemente Lisevich se dirigió a jardin, y mirando unas plantas bajo la ventana, dijo, “¿De qué color era el traje que llevaba la última vez que lo vieron?” El juez dijo, “Verde oscuro.” Lisevich mostró unas hebras en su mano, y dijo, “Los asesinos vestían de azul marino. Éstas hebras son la prueba.” En tanto Lisevich continuaba observando, cada centímetro del jardin, llegaron el jefe de policia, y el médico. Despues de que los recien llegados revisaron la escena, el comisario dijo, “Y asi estan las cosas. Lo único claro hasta el momento, es que Mark Ivanovich Kliausov, ha sido alevosamente asesinado.” Entonces, Lisevich llegó, y dijo, “¡Señor juez, venga! ¡He encontrado pistas muy importantes!” El juez de instrucción dijo a los presentes, “Ya conocen a mi ayudante…el pobre, siempre habla demasiado. Acompáñenme a ver qué fue lo tan importante que encontró.” Minutos después, la comitiva estaba en una de las esquinas, afuera de la residencia de campo. Lisevich apuntó con su pulgar hacia una bota tirada, y dijo, “He aquí la bota que faltaba, pero eso no es todo, esa mancha que ven ahí…¡Es sangre coagulada!” El jefe de la policia dijo, “Doctor, haga el favor de comprobar si es cierto.” El médico echó un rápido vistazo, y dijo, “Sí, es sangre.” El juez dijo, “Si hay restos de sangre, significa que no ha sido estrangulando. ¿No le parece, Lisevich?” El juez habló con infinito sarcasmo, pero Lisevich no se dio por aludido. “Lo estrangularon en la habitación, pero el señor Kliausov quedó vivo. Y cuando recobraba el conocimiento, lo golpearon con algún objeto puntiagudo.” A continuación, Lisevich se inclinó al suelo, y dijo, “La mancha debajo del matorral de lilas, prueba que ha permanecido allí algún tiempo, mientras buscaban el medio de llevárselo del jardin.” El comisario dijo, “¿Y la bota?” Lisevich dijo, “Esa bota confirma mi tesis. Lo atacaron en el momento en que se descalzaba, antes de meterse a la cama, cuando se habia quitado ya una bota.” Luego, Lisevich apuntó hacia la bota, y dijo, “En cuanto a esa, no tuvo tiempo de quitársela, sino a medias, por lo que la sacudida y la caída del cuerpo, la han hecho salirse sola.” El juez de instrucción dijo, “¡Qué imaginación! ¿Cuándo perderá la costumbre de fastidiarme con sus razonamientos?” Hubo una pausa, y enseguida el juez dijo a Lisevich, “Mejor será que recoja un poco de hierba ensangrentada, para hacer el análisis.” Lisevich dijo, “Lo haré de inmediato, señor.” Después de haber examinado todo, la comisión investigadora decidió que era hora de comer, y pasaron al comedor. Cuando ya todos estaban sentados a la mesa, el juez dijo, “El reloj, el dinero, y lo demás, todo está intacto. El robo no ha sido pues, el móvil del crimen, tan cierto como que dos más dos son cuatro.” Lisevich dijo, “Ha sido cometido por un hombre de posición social elevada.” El juez dijo, “¿Qué le hace pensar eso?” Lisevich dijo, “¡La cerilla sueca! Los campesinos de ésta región, no las usan, solo los propietarios nobles, se sirven de ellas, y no todos. Por lo demás, pienso que los asesinos eran por lo menos tres. Dos para inmovilizarlo, y un tercero para estrangularlo. Los criminales debieron saber que Kliausov, era un hombre fuerte.” El juez de instrucción dijo, “¡Basta Lisevich! Ponga un freno a su imaginación, y siga comiendo.” Entonces, Efrem, el jardinero, dijo, “Si me permite, excelencia, a mi juicio, el autor del crimen no puede ser otro que Nikolachka.” Lisevich dijo, “Es muy posible.” El juez de instrucción dijo, “¿Quién es ese Nikolatchka?” Efrem dijo, “El ayuda de cámara del ámo. Ningun otro habría podido hacerlo. ¡Es un bandido, un borracho, un depravado como hay pocos! Un día dijo que mataría al ámo. Y todo por causa de Akoulka. Nikolachka iba a visitarla con frecuencia. Pero le ámo la vio, y le gustó, y la tomó a su ‘servicio.’ Nikolachka se enfureció. Ahora, el muy hipócrita, está en la cocina, borracho perdido. Y llora simulando sentir la muerte del ámo.” Lisevich dijo, “La verdad es que Akoulka es muy bella…y no es difícil perder la cabeza por ella. Tiene algo…un atractivo especial…” El comisario dijo, “¡Ejem…ejem…! Ya sé. La conozco.” El juez de instrucción dijo, “¡Que venga ese Nikolachka! Veremos qué dice al respecto.” Efrem dijo, “Yo iré por él, señor.” No tardó en aparecer Nikolachka. Entonces el juez de instrucción le dijo, “¡Dónde está tu señor?” Nikolachka dijo, estando borracho, “Lo han asesinado, excelencia…” El juez de instrucción le dijo, “Sabemos quien lo ha matado, pero ¿Dónde se halla ahora su cuerpo?” Nikolachka dijo, “Parece que lo sacaron por la ventana…y lo enterraron en el jardin…” Entonces, uno de los investigadores, el jefe de policia, y dijo, con su vaso de vodka en mano, “En la concina se conoce ya, el resultado de las pesquisas…¡Malo, malo!” El juez dijo a Nikolachka, “Dime, ¿Dónde pasaste la noche en que mataron a tu señor?” El sirviente reflexionó un momento, y dijo, “No sé, excelencia…estaba borracho y no me acuerdo…” Lisevich dijo, “¡Que buena coartada!” Entonces, el juez de instrucción dijo, “Dime ¿Por qué hay sangre en el jardin?” Nikolachka dijo, “Estaba matando un pollo, se me escapó, y salio corriendo. De él es la sangre que encontraron.” Lisevich exclamó, “¡Ja, Ja, Ja! ¡Esa sí que es una coartada estúpida!” El juez de instrucción dijo, “¡Usted cállese! Cuando quiera su opinión, se la pediré, pero no creo que eso suceda.” El juez se acercó a Nikolachka, y le dijo, “¿Tuviste algo que ver con Akoulka?” Nikolachka dijo, “Si, excelencia.” El juez dijo, “¿Te la quitó tu señor?” Nikolachka dijo, “Nada de eso, el que me la birló, fue el señor Psekov. El ámo se la quitó a él. Así fue como sucedió.” El juez dijo, “Vaya, vaya…puedes retírate...” Nikolachka dijo, “Gracias, excelencia… quería a mi ámo…palabra…jamás me negó un poco de vodka…era un buen ámo…” Apenas el criado se marchó, el juez dijo, “Señor Psekov, permítame que le haga una pregunta. Usted estaba aquí, seguramente la noche del domingo al lunes.” Psekov dijo, “Sí, a la diez cené con el señor Kliausov.” El juez dijo, “¿Y luego?” Psekov dijo, “Luego…luego…con toda franqueza, no me acuerdo. Habia bebido bastante…no recuerdo en dónde me dormí.” Tras una pausa, Psekov dijo, “¿Por qué me miran asi…? Como si yo fuese el asesino…” El juez dijo, “¿Dónde despertó usted?” Psekov dijo, “En la cocina, tendido frente al horno. Todo el mundo puede confirmarlo. ¿Cómo llegué allí? no tengo la menor idea.” El juez de instrucción le dijo, “Tranquilícese…¿Tuvo algo que ver, con Akoulka?” Psekov dijo, “No hay en eso nada en particular.” El juez dijo, “¿Lo dejó a usted esa mujer, por el señor Kliausov?” Psekov se puso nervioso, y dijo, “Sí…Efrem, recoge los platos…¿Desean un poco más de te?” El juez de instrucción dijo, “No…por lo menos yo no, gracias.” Siguió un penoso silencio, Psekov, con el rostro lívido, aguardaba. Por fin, después de largos minutos, el juez dijo, “Creo que iré a hablar con María Ivanova, la hermana del difunto. Quizá ella pueda proporcionarnos alguna información.” Entonces, el comisionado dijo, “Nosotros nos retiraremos, ya es muy tarde.” Otro de los hombres, el jefe de policia, dijo, “Casi está oscureciendo. Creo que es mejor irnos a descansar, y mañana seguiremos con éste asunto.” El juez de instrucción dijo, “Sí, háganlo. Yo tambien me iré luego a casa. Mañana continuaremos con las pesquisas, vamos, Lisevich.” Media hora después, el juez hablaba con una mujer, en la casa de ella. “Le ruego me disculpe por venir a molestarla, pero se supone que su hermano fue asesinado, y quizá usted sabe algo que nos ayude a…” La mujer dijo, “Por favor, no me pregúnte…no puedo decir nada, se lo suplíco, váyase, ¿Qué puedo saber yo…?” La mujer comenzó a llorar. El juez dijo, “Comprendo su dolor, pero es indispensable que nos ayude. Cualquier información puede ser valiosa, y…” La mujer dijo, “¡No! No diré ni una palabra acerca de mi hermano. Prefiero morir…” Anegada en lágrimas, la mujer salio casi corriendo de la habitación. El juez de instrucción, dijo a una mujer anciana, “No creo haber dicho nada para que…” La mujer anciana le dijo, “Es mejor que se vayan. Mi señora está muy nerviosa. No está bien que vengan a importunarla.” El juez de instrucción le dijo, “En háras de la justicia, yo debo…” La anciana insistió, y dijo, “Mi señorita no ha hecho nada. Voy a ir a atenderla, asi que…” Era una clara invitación a que se retiráran, Y eso tuvieron que hacer. Cuando iban en el carruaje, el ayudante Lisevich dijo al juez de instruccion, “¡Diablo de mujer! No me cabe duda de que sabe algo que quiere ocultar, y a la criada anciana, se le ve tambien un secreto escrito en el rostro.” El juez no contestó, he hicieron gran parte del camino en silencio. Sin embargo, poco antes de llegar, Lisevich no pudo contenerse más, y dijo, “A Nikolachka se le ve en la cara, la clase de pájaro que es. ¡Su coartada lo entrega atado de pies y manos! No cabe duda, tampoco, de que él no es el instigador del asunto, sino un simple instrumento del que se han servido. Psekov tambien tiene lo suyo. Su pantalón es azul, y yo encontré unas hebras de ese color entre los matorrales. Además, su turbación, su asunto con Akoulka…” El juez de instrucción le dijo, “O sea que basta ser el amante del Akoulka, para ser el asesino. Recuerde que usted también anduvo con ella. Asi que podría ser considerado culpable.” Lisevich dijo, “Si es por eso, ella estuvo como cocinera en su casa. Si no hubiésemos estado jugando, usted y yo, baraja la noche del crimen, se podría sospechar de usted.” El juez le dijo, “¿Cómo se atreve…?” Lisevich dio, “Solo es una suposición, como la suya. El crimen lo cometieron Nikolachka y Psekov. De eso no hay la menor duda.” El juez dijo, “¿De dónde saca eso?” Lisevich dijo, “De que ambos fueron despreciados por culpa del ámo, y no se lo perdonaron. Nikolachka y Psekov lo sostuvieron, pero, ¿Quién lo estrangulo? El administrador es temeroso y cobarde. Nikolachka es del tipo de matar con un hacha. ¿Quién fue el tercero…?¿Quién?” El juez de instrucción le dijo, “Déjese de hablar tonterías. Por suerte, ya llegamos a casa. Vamos, bájese.” El ayudante Lisevich, vivía en la casa del juez. Esa noche, mientras ambos cenaban, Lisevich dijo, “¡Eureka!¡Ya sé quién es el tercero!” El juez dijo, “¡No grite! ¿No ve que me asusta? ¿Cállese y siga comiendo!” Pero Lisevich estaba tan excitado, que no lo escuchó, y dijo, “Sepa usted que el tercero, el que asfixió la víctima, es una mujer. ¡La hermana del difunto, María Ivanova!” El juez dijo, “¡Usted está loco! Carece absolutamente de juicio. ¿No le duele la cabeza?” Lisevich dijo, “Está bien, estoy loco si asi lo quiere. Pero, ¿Cómo explicar la confusión de María, ante nuestra llegada? Supongamos que eso no tiene importancia…Pero recuerde que ella nunca se llevó bien con el hermano. Ella es una santurrona, y él un ateo libertino. Ahí es donde se incuba el odio. Parece ser que él, habia logrado hacerle creer que era un agente del diablo, dedicándose a prácticas de espiritismo en su presencia.” El juez dijo, “¿Y qué prueba eso?” Lisevich dijo, “Pero si está muy claro. La santurrona lo ha matado por fanatismo. Al suprimir un libertino, ha librado al mundo del anticristo.” Lisevich junto sus manos, y dijo, “¿No estaba ella delante de los iconos rezando cuando entramos? Con el único fin de engañarnos. Seguramente pensó, ‘Voy a ponerme de rodillas, para que piensen que estoy tranquila, y que no les temo.’ Y asi lo hizo. Es el método de todos los criminales. Señor juez. Déjeme conducir la investigación. Le asegúro que la llevaré a buen término.” El juez dijo, “No necesito su ayuda. Limítese a tomar las notas que le dicte, y nada más. Su única misión es no meterse en lo que no le importa.” Lisevich enrojeció, y haciendo un esfuerzo por contenerse, se retiró del comedor. El juez pensó, “Es inteligente éste pícaro…muy inteligente, pero debo tener cuidado de que no se ínfle demasiado.” Al día siguiente, apenas el juez de instrucción habia llegado a su oficina, cuando un campesino pidió verle. El juez le dijo, “¿Qué es eso tan urgente que quieres decirme?” El hombre dijo, “El domingo por la noche, eran más de las doce, cuando regresaba a mi casa, después de haber estado en el pueblo con unos amigos, y…de pronto, vi por la orilla del rio, avanzar a dos hombres que cargaban un bulto bastante grande. ‘¡Hey!’ les grité. Al oírme, echaron a correr. ¡Que Dios me condene si no transportaban al señor Kliausov!” El juez dijo, tranquilamente, “¿Usted habia bebido?” El hombre dijo, “Sí, bastante. Pero le asegúro que no estoy exagerando. Vi lo que le acabo de decir. Aunque no pude distinguir sus rostros.” El juez lo tomó del hombro, y le dijo, “Está bien. Dime cómo eran esos hombres. ¿Altos, bajos, robustos…?” El hombre dijo, “Uno era más alto que otro. Tambien era robusto…sí, eso es…” El juez dio la espalda, y tocando su barbilla, en actitud pensativa, dijo, “Bien, puedes retirarte.” Después de que el campesino se marchó, el juez de instrucción dijo a Lisevich, “La cosa está muy clara. Desde el principio lo sospeché. Pero no me gusta adelantarme a los hechos.” Tras una pausa, el juez de instrucción dijo, “Daré orden de detener a Psekov, y a Nikolachka. Esos son los asesinos.” Lisevich dijo, “Yo se lo dije, y…” El juez de instrucción dijo, “¿Usted decirme a mí? Es lo que faltaba. ¿Mi ayudante cree que sabe más que yo, que llevo años en esta profesión!” Lisevich dijo, “No se trata de eso, señor, sino de que anoche, yo…” El juez lo interrumpió, y le dijo, “Usted vaya donde el jefe de policia, y dígale de mi parte que detenga a Psekov, y a Nikolachka. Eso es todo.” Lisevich dijo, “Está bien, señor.” Dos horas despues, dos guardias llevaban detenidos y conducidos a Psekov y a Nikolachka. Dos hombres miraban como los llevaban presos. Uno de ellos dijo al otro, “¡Son los que mataron al señor Kliausov!” El otro dijo, “¡Deberían mandarlos a la horca, para que mueran como su víctima!” A su vez, dos señoras hablaban entre sí. Una de ellas dijo a la otra, “La perdición de ese par, fue Akoulka. ¡Tendrían que castigarla también!” La otra mujer dijo, “Estoy de acuerdo. ¡Es una descarada sinvergüenza! Aún no se ha encontrado el cuerpo, ¿Verdad?” la mujer contestó, “No. ¿Qué habrán hecho con él?” Dos días después, el juez de instrucción y Lisevich trabajaban. Mientras el juez revisaba unos papeles, dijo a Lisevich, “Definitivamente no hemos podido sacarle nada a ese par de pillos. Ambos niegan su participación en el crimen.” Lisevich dijo, “No son ellos los únicos culpables. ¿Por qué no quiere creer que María Ivanova tambien tuvo parte en el asunto?” El juez dijo, “Yo no he dicho nunca que no estuviera convencido. Lo estoy. Pero carecemos de pruebas tangibles.” Lisevich dio, “Voy a conseguir esas pruebas, y María Ivanova irá a Siberia. Solo necesito un poco de tiempo, y le demostraré que tengo la razón.” El juez de instrucción le dijo, “¿Y se puede saber, ¿Cómo va a encontrar las pruebas incriminatorias?” Lisevich dijo, “Con la cerilla sueca. Usted la ha olvidado. Yo no. Averiguaré quién la encendió en la habitación del muerto. No fueron Psekov, ni Nikolachka…Por lo tanto, tiene que haber sido María. Permítame tan solo dar una vuelta para indagar.” El juez de instrucción dijo, “Está bien, pero antes voy a volver a interrogar a los detenidos. Dé orden de que los traigan.” Poco después, Nikolachka se presentaba. El juez le dijo, “¿Continúas negando tu participación en el crimen?” Nikolachka dijo, “Ya he jurado muchas veces que no fui. ¡Por favor créame! Nunca he tenido problemas con la justicia, y...” El juez lo interrumpió, “¡Mientes! En 1879 y 1882 fue condenado y encarcelado por robo. Sabemos todo. Asi que no trate de negarlo.” Nikolachka dijo, “Yo…sí. Es verdad. Robé. ¡Pero no soy un asesino!” El hombre, temblando como una hoja, empezó a llorar desconsoladamente. Entonces el juez de instrucción dijo, “¡Lo que faltaba…lágrimas! Lisevich, que se lo lleven y lo traigan cuando se le haya pasado el ataque de llanto. Que éntre Psekov.” Lisevich dijo, “¡Al momento, señor!” En pocas horas, Psekov parecía haber envejecido diez años. El juez dijo, “Siéntese, Psekov. Espero que hoy sea usted más razonable, y no mienta como las otras veces. Usted niega su participación en el crimen, a pesar de todas las pruebas que lo acusan. Es mejor que diga la verdad.” Psekov dijo, “No sé nada, ni conozco las pruebas de que me habla.” Lisevich dijo, “¡Pues yo le voy a refrescar la memoria! Permítame que le cuente, cómo ocurrieron las cosas, y porqué mató al señor Kliausov.” Lisevich comenzó a narrar. “Nikolachka les servía, un poco después de media noche. Entonces Kliausov dijo, ‘Ésta será la última copa, ya tengo mucho sueño, y me iré a dormir. Tú deberías hacer lo mismo, Psekov.’ Entonces, usted dijo, ‘Sí, señor, mañana tengo que madrugar.’ Kliausov se marchó a su habitación, y usted no tardó en seguirlo. Mientras Kliausov se quitaba una bota, sentado en su cama, usted entró a su habitacion. Entonces Kliausov le dijo, ‘¿Qué quieres, Psekov? Vete. Mañana hablamos de lo que sea. Me caigo de muerto.’ Cuando Kliausov lanzó la bota, dijo, ‘¿Qué esperas para marcharte…?’ Cuando Kliausov vio a Nikolachka, dijo, ‘Y tú, ¿Qué haces aquí, Nikolachka? No te he llamado…’ Entonces, usted se acercó, y le dijo, ‘Ya lo sé, pero…’ Entonces, antes de que el pobre Mark Ivanovich pudiera evitarlo, ustedes lo sujetaron, y apagaron la luz. Kliausov debió haber dicho, ‘¿He, que hacen! Se han vuelto locos…¡Déjenmeee!’ En ese momento, llegó María Ivanova, y les dijo, ‘¡Malditos! ¿Qué se proponen?’ Nikolachka dijo, ‘¿Por fin aparece! Apúrese que está a punto de soltarse.’ Kliausov gritó, ‘¡Quieren matarme! ¡Son unos traidores…! ¡Canallas!’ Mientras María Ivanova colocaba una almohada en la cara de Kliausov, al mismo tiempo decía, ‘Sujétale bien, Nikolachka…¿Está a punto de soltarse! ¿Tiene la misma fuerza del Diablo!’ En medio del forcejeo, se apagó la vela. Psekov dijo, ‘¿Quién apagó la vela?’ Nikolachka dijo, ‘Se apagó sola. El ámo ya casi no patalea.’ Psekov dijo, ‘Creo que lo logramos. Prendan la vela, para ver si es cierto, o solo se quedó inmóvil para engañarnos.’ Cuando la luz iluminó la habitación, Psekov dijo, ‘Esta bien muerto. Ahora, a sacarlo de aqui. Nikolachka y yo, nos encargaremos de eso.’ María Ivanova dijo, ‘Yo voy a ir a rezar por su alma.’ Cuando la mujer se marchó, Psekov tomó la llave de la habitación, y yendo hacia la puerta, dijo, ‘Voy a cerrar la puerta con llave. Mientras más difícil hagamos las investigaciones que vendrán, mejor.’ Despues de echar llave, a la puerta, se dispusieron a sacar el cuerpo. Nikolachka decía, ‘Como pesa el maldito.’ Usted le dijo, ‘¡Cállate! Tenemos que hacer el menor ruido posible. No nos vaya a escuchar alguien.’ Una vez que lograron sacarlo, lo arrastraron por el jardin. Mientras tú y Nikolachka arrastraban al cadáver, tú dijiste, ‘Es mejor que no lo enterremos, sino que lo tiremos al rio.’ Nikolachka dijo, ‘Es verdad, será más rápido.’ Cuando llegaron a la mata de Lilas, Nikolachka dijo, ‘Creo…que se está moviendo…’ Usted le dijo, ‘No te asustes. Eso lo arreglo de inmediato.’ Y le pegó en la cabeza con un tubo. Luego usted dijo, ‘¡Ya está! Después de esto, no creo que se vuela a mover.’ Nikolachka dijo, ‘Le partiste la cabeza’ Luego, ambos descansaron un momento, y fue cuando la sangre mancho la hierba. Enseguida, usted dijo, ‘¡Vámonos! Tenemos que darnos prisa en llegar al rio.’ Nikolachka dijo, ‘Por suerte, a ésta hora, todo el mundo ya está en sus casas.’ Pero cuando se acercaban al rio, alguien los vió, y les gritó, ‘¡Hey, ustedes…!’ Usted dijo, ‘¡Maldición! Ese hombre nos ha visto. Corramos antes de que se acerque.’” Lisevich terminó su narrativa, y dijo, “¿Por qué tiembla? ¿Acaso le ha impresionado que sepamos exactamente cómo mataron a Mark Ivanovich Kliausov?” Psekov dijo, espantado, “No…yo…no comprendo de dónde sacó usted todo eso…yo…” Lisevich le dijo, “Comprendo su sorpresa. Creía que jamás los iba a descubrir. Pero ya ve, la justicia siempre triunfa…” Psekov dijo, “Pero si yo…” Lisevich dijo, “No trate de disculparse. ¿Su confusión, su temor, son la mejor prueba de su culpabilidad!” El juez de instrucción dijo, “¡Basta, Lisevich! Éste hombre está a punto de desmayarse.” Lisevich dijo, “Asi son los criminales. Muy valientes cuando atacan a sus víctimas, y unos cobardes al enfrentar su falta.” El juez dijo, “Que se lo lleven.” Cuando Psekov desapareció, el juez de instrucción dijo a Lisevich, “¡Por fin confesó! Sin que dijera una palabra, se ha traicionado.” Lisevich dijo, “No negó la existencia de la mujer vestida de negro…voy a salir en busca de la prueba más contundente contra esos tres.” El juez dijo, “¿De qué está hablando?” Lisevich dijo, “De la cerilla sueca. Ella nos llevará a terminar de aclarar el asunto. Me voy. Tengo que hacer algunas averiguaciones.” Y sin más, se marchó. En tanto, el juez de instrucción mandó llamar a Akoulka, quien al presentarse dijo, “No comprendo por qué pidieron que me presentára aquí. Yo no he cometido ninguna falta.” El juez de instrucción le dijo, “Se trata de aclarar el asesinato de Mark Ivanovich Kliausov, y tu nombre aparece en las declaraciones de algunos testigos.” Akoulka dijo, “¿Mi nombre? ¿Qué tengo que ver con ese Kliausov?” El juez le dijo, “Pues se dice que dejaste a su sirviente Nikolachka, por Psekov, y luego a éste por Mark Ivanovich.” Akoulka le dio la espalda, y dijo con tristeza, “¡No es cierto! Solo he vivido con usted, con nadie más. Se lo juro. Soy una mujer honrada.” El juez de instrucción puso su mano en el hombro de Akoulka, y le dijo, “Cálmate. Si los hombres se pelean por ti, no es tu culpa…” Akoulka volteó, y dijo, “Gracias, como me ven sola, creen que pueden calumniarme. Si yo tuviera a alguien que me protegiera…” El juez de instrucción dijo, “Sabes que puedes contar conmigo…yo te estimo mucho, Akoulka…cuando páse todo éste lío, ve a visitarme. He extrañado la época en que trabajabas en mi casa…ahora tengo otra cocinera, pero tú puedes ir a verme, una o dos veces por semana.” Akoulka dijo, “Me agradará mucho…usted siempre ha sido muy bueno conmigo.” Despues que la mujer se marchó, el juez de instrucción pensó dentro de sí, “¡Es una buena pieza, pero tan hermosa! Ahora, al menos por un tiempo, volverá a mí.” Transcurrieron las horas, y de repente, Lisevich entró al despacho, y dijo exaltado, “¡He vencido! Tengo todas las pruebas que necesitamos. ¡Todas, todas!” El juez le dijo, “¡Tranquilícese, hombre! Se diría que se ha vuelto loco.” Lisevich dijo, “Es que no es para menos. ¡Palabra de honor que empiezo a creer en mi genio! ¡Escúche, noble anciano, y asómbrese!” Lisevich puso su dedo en la frente, en señal de asombro, y dijo, “¡Es a la vez, cómico y desolador! Yo no podía creer, son sorprendentes las cosas que nos depara la vida.” El juez le dijo, “¡Quiere dejarse de rodeos, y hablar de una vez!” Lisevich dijo, “Está bien, está bien. Teníamos tres culpables: Psekov, Nikolachka, y María Ivanova, ¿No es asi?” El juez de instrucción dijo, “Sí, no veo la novedad.” Lisevich dijo, “Pues aquí le va. He encontrado el cuarto, o más exactamente, la cuarta, pues es una mujer.” El juez le dijo, “¿Qué diablos está diciendo?” El juez de instrucción se levantó de su escritorio, y le dio la espalda. Lisevich dijo, “Que hay un cuarto culpable. Una mujer, ¡Y qué mujer! Solo por rozar sus hombros, daría yo diez años de vida.” El juez de instrucción le dijo, “¡Déjese de hablar tonterías! Si tiene algo inteligente que decir, hágalo, y si no, pues cierre la boca.” Lisevich dijo, “Ya vera si no es interesante lo que descubrí. He estado en todas las tiendas, albergues y lugares en que pudiera encontrar cerillas suecas.” Lisevich comenzó a narrar. “Entré por lo menos en diez, diciendo al hombre del mostrador, ‘Deseo una caja de cerilla suecas.’ El hombre del mostrador me dijo, ‘No tengo. Es un artículo que no tiene gran venta. Muy poca gente las usa.’ En todas partes recibía una respuesta parecida. Entonces pensé, ‘Ya llevo horas buscándolas, y nada, estoy empezando a perder las esperanzas.’ Cuando ya me daba por vencido, y venia de regreso, vi una tienda y entré, diciendo, ‘¿Tiene cerillas suecas?’ La mujer del mostrador me dijo, ‘Sí, me queda un paquete. Contenía diez cajas, pero hace poco vendí una…’ Entonces le dije, ‘¿Quién la compró? ¡Dígamelo!’ La mujer dijo, mostrando una de las cajas, ‘Una señora. La recuerdo bien, pues se trata de una mujer muy hermosa. Le gustaron porque restallan.’” Cuando Lisevich volvió de su narración, dijo, “Cuando me dijo el nombre, casi no lo pude creer. ¡En ese instante, me di cuenta de lo brillante que soy! Desde hoy, comienzo a respetarme más. Soy apenas un muchacho. Imagino las alturas que alcanzaré, cuando tenga más edad. ¡Vámonos!” El juez de instrucción dijo, “¿Irnos? ¿A dónde?” Lisevich dijo, “A la casa de la cuarta. Démonos prisa, que me muero de impaciencia. Estoy seguro que nunca se podrá imaginar quien es la mujer.” El juez de instrucción dijo, “¡Por supuesto que no, y me lo va a decir en este instante!” Entonces, Lisevich dijo, “La esposa de nuestro comisario, Olga Petrovna. ¡Ella compró la caja de cerillas!” El juez de instrucción le dijo, “Ahora sí, no me cabe la duda, de que usted está loco.” Pero Lisevich dijo, “Nunca he estado más cuerdo. Todo la acusa. Olga fuma. Además, siempre ha estado enamorada de Kliausov. Eso lo saben todos, menos su marido. Recuerdo que una vez que fui a casa de Mark Ivanovich, los encontré en el jardin. Él le juraba amor eterno, y ella reía feliz. Olga participó en el crimen por venganza. No le perdonó a Kliausov, que la dejára por Akoulka, pero, ¡Vamos, que se hace tarde!” El juez le dijo, “¡Yo no estoy demente, para ir a molestar a una mujer que es honesta y distinguida, a causa de tus tontas fantasías!” Lisevich le dijo, “¡Señor, usted no puede comportarse como un timorato! Recuerde que representa a la justicia. Además, Olga puede ser distinguida, pero no honesta.” El juez le dijo, “He dicho…” Lisevich dijo, “Se lo ruego. No es por mí, sino por el interés de la justicia. Si me equivóco respecto a esa mujer, tráteme de miserable, y de granuja.” Lisevich agregó, “¡Que hermoso proceso!¡Se hablará de ello en toda Rusia!¡Le encargarán a usted, la instrucción de todos los juicios importantes!” El juez dijo, disgustado, “¡Que el Diablo me lleve!¡Vamos!” Poco despues, ambos hombres bajaron del carruaje, y estaban frente a la vivienda del comisario. El juez dijo, “No, esto no puede ser. No tenemos derecho a venir a inquietar a la gente decente.” Lisevich dijo, “Recuerde que su obligación de impartir justicia es primero.” No muy convencido, el juez finalmente se decidió a entrar. Al poco tiempo, la señora Olga llegó al vestibulo, y dijo, “Me dijo la sirvienta que deseaba verme, señor juez. Me da gusto que haya venido. Pasemos al salón, y les serviré una taza de té.” El juez dijo, “Bueno, en realidad, yo solo he venido porque…” La mujer lo interrumpió, y dijo, “Si busca a mi marido, no está. Llegará algo tarde.” Lisevich susurró al oído del juez, y le dijo, “Vaya al grano, y golpée fuerte.” El juez dijo sin rodeos, “Yo no puedo. Dígalo usted. Es quien ha puesto las castañas en el asador, sáquelas ahora del fuego.” Lisevich dijo, “Lo
haré…señora, venimos a preguntarle dónde se encuentra Mark Ivanovich. Lo
sabemos todo.” Olga dijo alterada, “¿Cómo lo han sabido? ¿Quién se los
contó?” Lisevich dijo, “Cuando se investiga con inteligencia, se llega a
la verdad. Responda, ¿Dónde está Mark Ivanovich?” El juez alentado por la
turbación de la mujer, decidió imponerse. “Conteste la pregunta! La conmíno
a hacerlo, en el nombre de la ley. ¿Dónde está el cuerpo de Mark Ivanovich?”
La mujer les dio la espalda y dijo, “Está aquí…pero, por favor, no se lo
vayan a decir a mi marido. No soportaría el golpe. Vengan, los llevaré a donde
se encuentra.” Lisevich pensó, “Ésta mujer es tonta, ¿Cómo podrá
ocultarle a su marido, su participación en el crimen? El juicio conmoverá a
toda Rusia.” La mujer les hizo salir por la parte de atrás de la casa, y
despues de atravesar una amplia extensión arbolada, y un huerto, llegaron a una
cabaña. Cuando entraron, el juez de instrucción dijo, “Aquí no veo ningun
cuerpo. ¿Dónde lo tiene escondido?” La mujer señaló hacia unas escaleras, y
dijo, “Arriba.” El juez de instrucción le dijo, “¿Se quiere burlar de
nosotros?” La mujer los animó, y dijo, “No, lo júro. Suban y verán que
no miento.” El juez y Lisevich se apresuraron a subir a un diván. Una vez
ahí, Lisevich dijo, “Esa mujer se ha burlado de nosotros. Aquí solo esta
acostado un imbécil bien vivo, que ronca como una bestia.” Al aproximarse
todos a la cama, Lisevich movió al hombre, quien estaba tapado con una cobija,
en su cuerpo por completo. Lisevich dijo, “¡Despierte y diga quien es
usted!” El hombre despertó, y dijo, “¿Qué…qué pasa…?” Lisevich jaló
la cobija, y dijo, “¿Qué se levante, he dicho!” El hombre dijo, “¡Maldición,
quien se atreve a despertarme!” El hombre se incorporó furioso, y…Lisevich
exclamó, “¡Usted, Mark Ivanovich, no es posible!” Mark Ivanovich dijo, “¡Sí…yo…!
Vaya, ¿Qué diablos hacen aquí ustedes? ¿Qué buen viento los ha traído?”
Cuando Mark se incorporó, dijo tranquilamente, “¡Me alegro de verlos!
Bajemos y tomemos un trago.” El juez dijo, “¡No entiendo! ¿Por qué está
aquí, vivo?” Mark dijo, “¿Y de que otra forma iba a estar? Qué bueno que
vinieron. Ya me cansé de vegetar, y pensaba marcharme.” Lisevich dijo, “Esto
no tiene sentido. Por el amor de Dios, dígame porque hemos encontrado una de
sus botas en el jardin.” Mark dijo, “La bota. ¡Ja, Ja, Ja! Olga fue a
tocar a mi ventana. Le lancé la bota para que se marchára. Pero se puso
furiosa. Entró, prendió la vela, y se puso a gritar. Al fin, para que se callára,
accedí a salir a pasear con ella. Como estaba medio borracho, no me di cuenta
que me trajo hasta aquí, y me encerró con llave. Me ha dado la gran vida: amor,
vodka, manjares…pero ya me cansé, y hoy mismo regresaré a mi casa.” El comisario dijo, enojado, “¡Vámonos
Lisevich!” Cuando el comisario y Lisevich bajaron del diván, desde arriba, Mark
les gritó, “Esperen, tomemos una copa, no saben que buen vodka me trae Olga…hey,
¿Qué les pasa?” Mark no obtuvo respuesta. El juez, temblando de rabia, llegó
hasta su coche, seguido de un Lisevich, que no sabia donde meterse. Cuando
estaban dentro del coche, el Juez de instrucción dijo, “¡No le perdonaré
esto jamás! ¡Es un bruto, un animal! Hay dos hombres inocentes en la carcel por
su culpa.” Lisevich dijo, “Pero…la cerilla sueca…” El juez de instrucción
le dijo, “¡Puede comerse su cerilla! ¡Seré el hazmerreír de todo el mundo!
Ya que me imagino lo que van a decir Psekov y Nikolachka, cuando salgan libres.”
Lisevich dijo, “Es que parecían culpables, y como la cerilla…” El juez de
instrucción dijo molesto, “¡Si vuelve a nombrar la cerilla, no respondo de mí!
¡Jamás se atreva a dar la mas mínima opinión delante de mí presencia! Aunque
eso no va a suceder, porque me encargaré de no volver a verlo. ¿Cuídese de no
ponerse frente a mí, el resto de su vida!” Lisevich dijo, deprimido, “No
puedo creer que esto me esté sucediendo. Todo embonaba perfectamente, no
comprendo dónde falló…” En tanto, cuando el comisario llegó, dijo a Olga,
su esposa, “Me dijo la criada que habia venido el juez y su ayudante. ¿Qué querían?”
Olga dijo, “¡Oh…! Pasó a comunicarte que ya encontró a Kliausov.” El
comisario dijo, “¿Dónde? ¿Dónde dejaron el cuerpo los asesinos?” Olga
dijo, “¿Asesinos? Kliausov está bien vivo. Imagínate que estaba en casa de
una mujer casada.” El comisionado abrazó a su esposa por la espalda, y le
dijo, cariñosamente, “¡Ah, Mark Ivanovich! ¿Cuándo irá a entender que la
vida licenciosa no conduce a nada bueno? ¿No es verdad, querida?” Olga
dijo, “¡Tienes toda la razón! Pero por lo que me has dicho, ese hombre no
entiende. Nunca ha querido hacer caso a tus consejos.”
Tomado de, Joyas de la Literatura. Año XI. No. 228. Junio 15 de 1994. Guión: Herwigd Comte. Adaptacion: Emmanuel Hass. Segunda Adaptacion: Jose Escobar.























































































