El Pozo y el Péndulo, es un cuento del escritor estadounidense, Edgar
Allan Poe, perteneciente al género de terror. Se publicó por primera vez en
1842, en la antología literaria, El Regalo: Un regalo de Navidad y Año Nuevo,
de 1843.
La historia narra los tormentos sufridos por un prisionero de
la Inquisición española, y se ambienta, de forma muy libre, en la Guerra de la
Independencia entre España y la Francia napoleónica (1808-1814), aunque evoca
la temida Inquisición de siglos anteriores. El narrador describe su experiencia
de tortura. El relato infunde temor en el lector, mediante su fuerte énfasis en
los sentidos, como el oído, lo que subraya la ineludible realidad de la
inminente fatalidad. En esto se diferencía de otros cuentos de Poe, que
recurren a lo sobrenatural. El cuento ha sido adaptado al cine en varias
ocasiones.
Resumen de la Trama
El narrador anónimo
es llevado a juicio ante los siniestros jueces de la Inquisición española,
acusado de delitos que nunca se especifican. Mientras siete altas velas blancas
sobre una mesa se consumen lentamente, el narrador siente que sus esperanzas de
sobrevivir, también se desvanecen.
Es condenado a muerte, tras lo cual, se
desmaya y despierta en una habitación completamente oscura. Al principio, el
prisionero cree estar encerrado en una tumba, pero luego descubre que se
encuentra en una celda. Decide explorar la celda, colocando un trozo de su
túnica contra la pared, para contar los pasos alrededor de la habitación, pero
se desmaya antes de poder medir todo el perímetro.
Al despertar,
encuentra comida y agua cerca. Intenta medir la celda de nuevo, y descubre que
el perímetro mide cien pasos. Mientras cruza la habitación en la oscuridad,
tropieza con el dobladillo de su túnica, y cae, golpeándose la barbilla en el
borde de un profundo pozo. Se da cuenta de que, de no haber tropezado, habría
caído en él.
Tras perder el
conocimiento de nuevo, el narrador descubre que la prisión está ligeramente
iluminada, y que está atado a una estructura de madera boca arriba, mirando al
techo. Sobre él, hay una imagen del Padre Tiempo, sosteniendo un péndulo
afilado, como una navaja que mide, "un pie de largo, de cuerno a
cuerno". El péndulo se balancea de un lado a otro, y desciende
lentamente, diseñado para acabar con la vida del narrador. Sin embargo, éste
unta sus ataduras con la carne que le han dejado para comer, lo que atrae a las
ratas. Las ratas roen las correas, y él se libera justo antes de que el péndulo
comience a cortarle el pecho.

El péndulo se retrae
hacia el techo, las paredes se ponen al rojo vivo, y comienzan a contraerse,
empujándolo lentamente hacia el centro de la habitación y hacia el abismo del
pozo. Al perder el último punto de apoyo, acorralado por los muros que se
mueven, y empezar a caer, oye un estruendo de voces y trompetas, las paredes se
retraen, y un brazo lo rescata. El ejército francés, ha capturado la ciudad de
Toledo, y la Inquisición ha caído en manos de sus enemigos.
Publicación y Respuesta
El Pozo y el Péndulo, se incluyó en, El Regalo: Un Presente de Navidad y
Año Nuevo de 1843, editado por Eliza Leslie, y publicado por Carey &
Hart. Fue ligeramente revisado para su reedición en el número del 17 de mayo de
1845, del, Broadway Journal.
William Butler Yeats
criticaba a Poe en general, calificándolo de “vulgar”. De, El Pozo
y el Péndulo, en particular, dijo que, “no me parece que tenga ningún
valor literario permanente... Analicen El Pozo y el Péndulo y encontrarán una
apelación a los nervios mediante grotescos sustos físicos”.

El Pozo y el Péndulo,
es un estudio del efecto que el terror tiene en el narrador, comenzando con la
línea inicial, que sugiere que ya está sufriendo de ansiedad ante la muerte. "Estaba
enfermo, enfermo hasta la muerte con esa larga agonía". Sin embargo,
hay una ironía implícita en la referencia a los jueces de túnica negra con
labios, "más blancos que la sábana sobre la que trazo estas
palabras", lo que muestra que ha sobrevivido, y está escribiendo la
historia después de los eventos. A diferencia de gran parte de la obra de Poe,
esta historia no tiene elementos sobrenaturales. El "realismo"
de la historia, se ve realzado por el enfoque de Poe, en informar
sensaciones: la mazmorra está sin aire, y sin luz; el narrador está sujeto a la
sed, y al hambre; está rodeado de ratas; el péndulo afilado como una navaja,
amenaza con cortarlo; y las paredes que se cierran, están al rojo vivo. El
narrador experimenta la hoja principalmente a través del sonido cuando, "silba,"
mientras se balancea. Poe enfatiza este elemento sonoro con palabras
como “surcingle”, “cesación”, “creciente” y, “cimitarra”,
y diversas formas de consonancia literaria.

Poe seguía un modelo establecido de escritura de terror de
su época, frecuente en la revista, Blackwood's Magazine, una fórmula que
ridiculiza en su cuento humoristico, “A Predicament”. Sin embargo, esos relatos solían
centrarse en sucesos fortuitos, o en la venganza personal como fuente de
terror. Es posible que Poe se inspirara, en parte, para centrarse en la
tortura impersonal y deliberada en la, Historia de la Inquisición Española,
de Juan Antonio Llorente, publicada por primera vez, en 1817. También se ha
sugerido que, el, “pozo” de Poe, se inspiró en una traducción del Corán,
de George Sale. Poe también había hecho referencia al Corán en, Al
Aaraaf, e Israfel. Poe conocía a Sale, e incluso lo mencionó
por su nombre en una nota de su relato, The Thousand-and-Second Tale of
Scheherazade. La traducción de Sale, formaba parte de un comentario y, en
una de esas notas, se refiere a una supuesta forma común de tortura y ejecución,
que consistía en, “arrojar [a las personas] a un pozo de fuego
ardiente, de donde provenía el oprobioso apodo de Señor del Pozo”. En el
Corán mismo, en la Sura (Capítulo) 85, Los Signos Celestiales, un pasaje
dice: “...malditos fueron los artífices del pozo, del fuego provisto de
combustible... y los afligieron sin otra razón, que porque creían en el Dios
todopoderoso y glorioso”. Poe pudo haber sido influenciado para
incluir una cámara de encogimiento, por, El Sudario de Hierro, de
William Mudford, un cuento sobre una cámara de tortura de hierro, que
finalmente aplasta a la víctima en su interior. El Cuento de Mudford, se
publicó en la revista, Blackwood's, en 1830.

Autenticidad Histórica
Poe no intenta describir con precisión las operaciones de la
Inquisición Española, y se toma considerables libertades dramáticas con el
contexto histórico general, en el que se basa este relato.
Los rescatadores,
están liderados por el general napoleónico, Antoine Charles Louis de Lasalle, quien,
sin embargo, no estaba al mando de la ocupación francesa de Toledo, lo que
sitúa la acción durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1814),
siglos después del apogeo de la Inquisición. Las elaboradas torturas descritas
en este relato, no tienen paralelismos históricos con la actividad de la
Inquisición española en ningún siglo, y mucho menos en el XIX, cuando bajo los
reinados de Carlos III, y Carlos IV, solo cuatro personas fueron condenadas. La
Inquisición, no obstante, fue abolida durante el período de la intervención
francesa (1808-1813).

La fuente original
del método de tortura del péndulo, es un párrafo del prefacio del libro, de
1826, Historia de la Inquisición de España, del sacerdote, historiador,
y activista español, Juan Antonio Llorente, que relata un testimonio indirecto
de un prisionero liberado de las mazmorras de la Inquisición, en Madrid, en
1820, quien supuestamente describió dicho método. La mayoría de las fuentes
modernas, lo descartan como una fantasía. Una teoría sugiere que Llorente
malinterpretó el relato; el prisionero se refería en realidad, a otra tortura
común de la Inquisición, la garrucha, en la que se ata al prisionero de manos a
la espalda, y se le iza del suelo con una cuerda atada a las manos. Este método
también se conocía como, “péndulo”.

Poe coloca un epígrafe en latín, antes del relato,
describiéndolo como “una cuarteta compuesta para las puertas de un mercado,
que se construiría en el emplazamiento del Club Jacobino de París”. El
epígrafe, no fue invención de Poe; se informó que una inscripción
similar, no más tarde de 1803, había sido compuesta con la intención, posiblemente
jocosa, de colocarla en el sitio, y había aparecido, sin atribución, como una
curiosidad en el, Southern Literary Messenger de 1836, una publicación
periódica para la que Poe colaboraba. Sin embargo, no parece que el
mercado se haya construido tal como se planeó. Charles Baudelaire, poeta
francés que tradujo las obras de Poe al francés, y que lo consideraba
una fuente de inspiración, dijo que el edificio en el sitio del, Old Jacobin
Club, no tenía puertas y, por lo tanto, no tenía inscripción.
(Wikipedia en Ingles)
El Pozo y el
Péndulo
de Edgar Allan Poe
Pocos hombres y pocos escritores han
sondeado la inmensidad del alma humana como, Edgar Allan Poe, pocos han
explorado tan a fondo el éxtasis, o la desesperación que pueden conocer los
hombres. Exploremos el escalofriante universo de misterio y terror de Edgar
Allan Poe.

Un
hombre se encontraba atado de cuerdas, ante un tribunal inquisidor. El hombre
pensó, “Estaba acabado, acabado hasta mas no poder, tras aquella agonía tan
larga, me desataron las manos y me pude sentar, y sentí que me desvanecía,
allí, en plena sala de juicios de la inquisición, la ultima frase que escuché
con claridad, fue la horrible sentencia de muerte. Y de súbito deje de oír. Ya
solo pude ver, con una terrible torturante exageración. Sí, y vi los labios de
aquellos jueces vestido de negro. Me parecieron finos, blancos. Labios
adelgazados por su dura expresión. ¡Por su absoluto desprecio hacia el dolor
humano! ¡Nos los escuchaba, pero aquellas bocas formulaban mi destino! Sus
labios formaron las silabas de mi nombre. ¡Pero no oía nada! Vi, presa de
espanto frenético, las siete velas colocadas bajo la mesa. Al principio me
parecieron símbolos de caridad, y de pronto imaginé que eran blancos ángeles dispuestos
a salvarme. Mas de repente me invadió una nausea letal, y las formas
angelicales, se volvieron vacuos espectros de cabezas llameantes. Entonces,
como magnificas notas musicales, en mi imaginación visualice el dulce reposo
que debe esperarnos en el sepulcro. Pero, poco a poco, a mi alrededor todo fue
abismándose en la nada. Poco a poco, todo fue perdiéndose en las tinieblas.
Todas mis sensaciones se precipitaron hacia un abismo, ¡Como si mi alma cayera
al hades! Y luego pareció que todo el universo se habia convertido en
quietud…silencio…¡Noche!" 
Me habia desmayado, aunque me parece que no perdí del
todo la conciencia. No sé cuánto tiempo pasó, pero finalmente volví de aquella
tenebrosa noche…descubrí extraños palacios, recordé rostros fantásticamente
familiares, tuve melancólicas visiones. Saliendo de aquel estado de aparente vacío,
por brevísimos momentos vislumbré el triunfo. ¡La libertad! Aromas de flores
desconocidas, melodías que jamás habia escuchado. 
Mas aquellos recuerdos se
confundían con la imagen de tenebrosas figuras que me llevaban hacia abajo,
siempre hacia abajo en lo que parecía un descenso infinito. Finalmente, a aquel
fantástico despertar de mi conciencia, siguió el despertar de mi cuerpo, la
conciencia de existir, el tumultuoso latir de mi corazón. 
No quería abrir los
ojos, por temor a lo que encontraría. Pero si los cerraba, corría por mi mente
el recuerdo del proceso, de la sentencia de mi desmayo. Por fin, con el corazón
lléno de atroz angustia, ¡Abrí los ojos de golpe! Me rodeaba la oscuridad de
una noche eterna. 
Entonces pensé. “No estoy muerto…pero, ¿Dónde estoy? Me devolvieron a mi celda, para esperar el sacrificio.
¿Cuánto tendré que esperar…días, semanas, meses? ¡No! Mi calabozo anterior tenía
luz, veía las calles de Toledo…¡Dios! ¿Y si ya estoy en una tumba, enterrado
vivo?” La agonía de la incertidumbre se volvió
insoportable y traté de entender en donde me encontraba, y pensé, “¿Por qué
siento que me reservaron el mas espantoso de los destinos? ¡Ah! Por fin…¡Un
muro!” Recordé los mil vagos rumores escuchados sobre los horrores de
Toledo. Se contaban cosas inauditas, abominables, sobre las cárceles de la
inquisición, y pensé, “Sí…no hay duda. Me trajeron aquí para morir…” No
podía dejar de preocuparme, de enloquecer, y desesperado pensé, “Pero…¿Cómo…y
cuándo he de morir? Encajaré aquí ésta tela, y dando a tientas la vuelta al
lugar, cuando vuelva a encontrarla, tendré una idea de sus dimensiones…” Y
asi seguí. Pero la humedad y mi debilidad conspiraban contra mi…el sueño no
tardó en dominarme…al despertar, me esperaban un pan y un cántaro con agua.
Ávidamente traté de reponer mis agotadas fuerzas, y ésta vez con éxito, reanudé
mi exploración. Y pensé, "¡Ah, le di vuelta al calabozo, aquí está la tela!” Sin
embargo, aún no tenia una idea clara de aquel tenebroso sitio, y pensé, “Ahora
trataré de cruzar de lado a lado, con cuidado. El piso está cubierto de limo…de
agua…” De pronto, la tela desgarrada de mis ropas me hizo tropezar, y caí
violentamente, y algo sorprendente llamó mi atención, y exclamé, “Pero…¿Cómo?”
¡Ante mi ya no habia piso! Entonces
exclamé, “¿Qué es esto? ¡Qué olor a hongos podridos! Oh, Dios…” ¡Me
estremecí de pies a cabeza! Y pensé, “Estoy…al
borde de un pozo circular…si no tropiezo. ¡Me voy al abismo!” Aventando una
roca, pensé, “¿Qué profundidad puede tener?” Escuché durante varios
segundos. Finalmente, se oyó un lúgubre chapoteo seguido de pesados ecos. En
eso, me pareció que una puerta se abría arriba, a mis espaldas. Escuché un crujido
de puerta. Por un instante, débiles rayos de luz invadieron el diabólico
recinto, y después, nuevamente la más tenebrosa oscuridad. Exclamé, “¡Oh
Dios! Ya entiendo…” Pensé, “No me queda más alternativa que a muerte. La
inquisición jamás perdona. Mi muerte será una agonía física, comparada con la
peor tortura mortal...¡Querían que yo cayera al pozo, que yo muriera allá
abajo! Si tuviera valor, quizá me arrojaría al pozo para acabar con ésta
miseria de una vez…pero no…¡NO ENCONTARÉ LA MUERTE INMEDIATA! De eso se habrán
asegurado mis torturadores. ¡Lo sé! Sí en el pozo solo me espera alguna tortura
abominable. ¡No el reposo de la muerte! Me he convertido en el más perfecto de
los cobardes…” Entonces grité, “¡Oh Dios!” Y el eco repitió mi voz.
Luego exclamé, “¡Aaaay!” Bastaba el sonido de mi propia voz para hacerme
temblar. Tal era el abatimiento de todo mi sistema nervioso. De nuevo acabé por
dormirme. Al despertar, pensé, “Ah…tengo una sed abrazadora…” Vacié el cántaro
de un solo trago. ¡Aquella agua debía contener alguna terrible droga! Su sabor
amargo me hizo exclamar, “¡AFFAGH!” Y cayó sobre mí, un sueño profundo,
semejante al de la misma muerte. Jamás he podido deducir cuanto duró. Pero
cuando por fin abrí los ojos, una sulfurosa claridad iluminaba mi carcel.
Pensando dije, “Y es más pequeña de lo que pensé. Y los muros parecen planchas
de hierro o algún otro metal." Las superficies metálicas estaban pintarrajeadas
groseramente con diversos emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la
sepulcral superstición de los frailes inquisidores. ¡Demonios con amenazadores
gestos, tenebrosos esqueletos! ¡Monstruosidades que recubrían y desfiguraban os
muros! Vi tambien que el suelo era de piedra, y vi en el centro, el pozo
maldito, de cuyas fauces había logrado escapar. Pero, aunque ahora veía gracias
a aquella luz difusa de procedencia inexplicable, sentí un terror más agudo que
antes. Pensé, “¡Oh!¿Pero qué pasa?” Mientras dormía, los inquisidores habían
cambiado mi situación física. Una larga tira, un cíngulo, me mantenía inmóvil
sobre un bastidor de madera muy bajo. Solo con un violento esfuerzo, alcanzaba
un plato de barro con comida, puesto en el suelo. Probé el alimento, y estaba
cruelmente condimentado. Pensé, “¡Ah! Seguramente quieren que muerta torturado
por la sed.” Habia algo singular pintado en el techo de mi prisión. Pensé, “Una
representación del tiempo. Y en vez de guadaña, tiene un…péndulo como el de un
reloj antiguo." Entonces algo me movió a observar a aquella extraña maquina con
más detenimiento. Pensé, “¿Será posible?” Se hallaba exactamente sobre mí, y
tuve la más insólita impresión, y pensando dije, “Sí…¡Sí! Se mueve…” Su
balanceo era lento y breve y, con cierta desconfianza y extrañeza observé aquel
péndulo durante un rato…hasta que, exclamé, “¿Qui…Quién anda allí…?” Del pozo
salían unas tras otras, ratas enormes de afilados dientes. Pensé dentro de mi, “¡Las atrae
mi comida!” Solo con gran trabajo y atención pude ahuyentarlas. Quizá media
hora después, cuando volví a fijarme en el péndulo, pensé, “¡Oh! Ahora oscila
más, y a mayor velocidad…y además, el péndulo baja, ¡No hay duda!” Y entonces
observé algo más con un horror indecible. Pensando me dije, “La parte inferior
del péndulo…¡Tiene filo! Es…en realidad…una enorme navaja…ya veo…me salvé del
pozo, pero ahora mis torturadores me deparan esto…” Durante largas,
interminables horas, conté las oscilaciones de la hoja de acero…creo que asi
pasaron días, hasta que el péndulo quedo tan cerca, que me abanicaba el rostro.
Entonces pensé, “¡Oh, Dios! ¡Por qué no baja más rápido! ¿Cuánto mas tengo que
soportar esta tortura?” Finalmente se apoderó de mi una extraña calma, y me
quedé contemplando una espantosa cimitarra, como si fuese un hermoso juguete, y
yo fuera un niño…y, a pesar de que la muerte se acercaba por segundos, por
minutos, pensé en alimentarme para sustentar mis fuerzas. Fue entonces que
sentí un informe pensamiento de esperanza, de extraña alegría. Entonces, pensé,
dentro de mí, “¿Por qué…cómo siento algo como esperanza?” Pero el pensamiento
nunca llego a completarse, y me dije a mi mismo, en el pensamiento, “Ah, mis
facultades mentales estan casi aniquiladas, parezco imbécil, ¡idiota!” Tras una pausa, pensé, “¿Qué es lo que estaba a punto de ocurrírseme?” 
La filosa
media luna pasaba por encima de mi corazón. Ahora, sus oscilaciones eran de
casi diez metros, y cada vez silbaba con mayor violencia. Entonces pensé, “Durante
algunos minutos cortará mis ropas, y después…después…¡YA NO QUIERO PENSAR!?NO!”
Y la hoja mortal descendía ineludible, ¡Inevitablemente!” Pensé, “¿Por qué no
baja de golpe, por que no puedo morir…ya? Pronto en una diez o doce
oscilaciones, ¡tocará mi ropa!” Entonces, de pronto me invadió una gran calma,
nacida quizá de mi horrenda desesperación… Por primera vez en días…me puse a
pensar, “La cuerda…el cíngulo que me ata, es una sola pieza…el primer corte de
la cuchilla, bastara para desatar la cuerda…pero la hoja ya está tan cerca…¿Sería
posible desatarme a tiempo al cortarse la cuerda? ¿Será posible que éste
detalle haya escapado a los inquisidores?¡Ya veo! Estaba equivocado…¡La hoja no
cortará la cuerda! Debí saberlo…” Pero entonces, de alguna manera,
se completo aquella vaga idea que antes no pude concretar. Pensé, “¡Oh, Dios
sí…siiii!” Durante las últimas horas, el número de ratas habia aumentado
considerablemente. Me rodeaban por completo, fijando en mí, sus rojas pupilas
centelleantes. Pensé, “Solo mis movimientos han impedido que se lancen sobre mi
a devorarme…¿A qué tipo de comida se han acostumbrado…en el pozo?” A pesar de
mis continuos esfuerzos, habían devorado casi todo el contenido de mi plato,
incontables veces en su voracidad, habían mordido mis dedos, mi mano.
Pensé,
“Tengo el tiempo contado. ¡Tengo que poner en marcha mi…idea!” Cogí los restos
de la picante carne bañada en aceite, y pensé, “Sí…¡Tengo que darme prisa!” Y
hasta donde me fue posible, froté con ellas mis ataduras. Entonces, reteniendo
la respiración, traté de guardar una absoluta inmovilidad. Para sorpresa mía, al
dejar de moverme, las ratas se asustaron. Con asombro, pensé al verlas, “Oh,
no, vuelven al pozo…” Pero, poco a poco, los voraces roedores comenzaron a
regresar. Al verlos subir a mi cuerpo, pensé, “Dos…tres…¡Adelante!” Aquello fue
el preludio de otro abominable tropel, y exclamé, “¡Allí vienen!” ¡Por
centenares cubrieron mi cuerpo inmóvil. Comencé a sentir que me sofocaba. ¡Me
impedían respirar! Pero…esquivando el siniestro péndulo, al fin, las ratas
comenzaron a mordisquear las aceitosas ligaduras que me mantenían prisionero.
Aguanté…a pesar de un asco espantoso que me llenaba el pecho, y me helaba el
corazón…¡Aguante! De pronto, sentí perfectamente como algunas cuerdas iban
cediendo. ¡Pero ya la hoja mortal rasgaba mi, mi ropa! De pronto, tras dos
oscilaciones, mas, sentí un agudísimo dolor. Mas se acercaba tambien el momento
de escapar. Con las manos libres ahuyenté a mis horrendas libertadoras. Tuve
que soportar nuevamente el paso de la filosísima hoja. Y entonces, con un
movimiento lento, tranquilo y decidido, me deslicé mas allá del paso de la
abominable cimitarra. Exclamé, “¡LIBRE, ESTOY LIBRE!” Apenas habia dado unos
pasos alejándome de la fatal cuchilla, cuando ésta se detuvo. Entonces pensé, “¡Oh
Dios, me han estado espiando todo el tiempo!” Una fuerza indivisible la hizo
ascender y ¡Desapareció! Pensé, “Para estos momentos ya me habría comenzado a
partir en dos…” Vi entonces que la sulfurosa luz de mi prisión provenía de una
grieta al pie de las paredes de hierro. Y sentí que algo cambiaba en la
formación de mi detestable prisión. Pensé, “¿Qué es lo que pasa…? No entiendo…”

Comenzaron a cambiar los contornos de las diabólicas figuras que decoraban las
paredes, sus colores se iban alterando, adquiriendo una feroz y siniestra
viveza. Pensé, “Todo…adquiere un extraño resplandor…como de fuego…” Ah, ¡Mi
tormento estaba lejos de terminar! Pensé, “¡Fuego eso es! Estan calentando los muros
de hierro…” Entonces dije, “¡Ah, no hay hombres más diabólicos ni implacables
en toda la tierra! ¡Ah, el calor aumenta, y las paredes se van cerrando!” Ante
el avance del metal ardiente, la frescura del pozo, se me antojaba un dulce bálsamo,
y dije, “En cosa de minutos moriré asado…¡Cof, cof!” A la luz de los muros casi
en llamas, mire hacia abajo del pozo. Pude ver las cavidades más recónditas de
aquel abismo infernal, exclamando, “¡DIOS!” Pero, durante segundos de absoluto
desvarío, mi espíritu se negó a comprender la significación de lo que veía. Mas al fin, lo que vi, se abrió paso hasta mi alma para grabarse, como con fuego,
en mi estremecida razón. ¡Oh, espanto indecible! Y pensé, “Cualquier horror,
cualquier muerte, menos eso, al fondo del pozo. ¡Jamás!” Pero mi celda se
cerraba a mi alrededor, adquiriendo ahora una forma romboidal. ¡Ya los muros
estaban al rojo vivo! Entonces pensé, primero me escapé de caer al pozo…luego
pude evitar quedar cortado por el péndulo…pero ahora…” 
¡Los muros ardientes
tenían por objeto hacerme saltar al pozo! Pensé, “¡Ah! Aunque me queme el
cuerpo entero, resistiendo, me acabaran empujando al horrendo abismo…” Por fin,
ya casi no me quedó piso en donde posar mi chamuscado cuerpo. Ya no podía
luchar…pero la agonía de todo mi ser se vertió en un larguísimo alarido de desesperación.
“¡AAAAAAAY!” Se acercaba el final de mi inhumana tortura. Desvié la mirada. Me
di cuenta de que me tambaleaba irremediablemente sobre la orilla del brocal. ¡Y
escuche entonces un discordante clamor de voces humanas! ¡Resonó algo como una
explosión, oí un huracán de trompetas, un rugido como de mil truenos! ¡Los
terribles muros ardientes retrocedieron! Me sentí suspendido en el aire. Y
cuando ya me precipitaba al abismo diabólico. ¡Una mano tendida amarro mi
brazo! Era la mano del general LaSalle, quien exclamó, “¡Amigo!” El ejército
francés habia entrado a Toledo. El ejército francés habia triunfado. ¡La
inquisición estaba en manos de sus enemigos!
Tomado de, Joyas de la Literatura.
Año, IV. No. 41. Septiembre 1º. de 1986. Adaptación: Remy Bastien. Guión: M. A.
Barrera. Segunda Adaptación: Jose Escobar.