El Filtro es un cuento del escritor francés, Stendhal, publicado originalmente, alrededor e 1830, que narra un drama de amor apasionado, disfunctional, y extremo.
La historia aborda enamoramientos que desafían la razón y la moral, destacando por su análisis picológico, el romanticismo, y un estilo directo. En cuanto a la trama y los temas abordados, el cuento, a veces vinculado a historias como la de Nina Vanghel, explora la obsesión, y la incapacidad de odiar, a pesar de la traición, sugiriendo que el amor actúa como un "filtro" mágico, o una poción que anula la voluntad. La obra se sitúa en el siglo XIX, y muestra personajes con pasiones intensas, característicos de la narrativa de Stendhal. El relato esta relacionado con el cuento, Il Filtro, de Silvio Malaperta, adaptado por Stendhal.de Stendhal
En una taberna, un grupo de soldados de alto rango jugaban baraja. Uno de los generales pensó, mientras veía sus barajas, “Parece que hoy se ha empeñado en serme adversa, pero tengo que reponerme, aún me queda dinero.” Era más de media noche, pero no todos los habitantes de la ciudad de Burdeos, en Francia, se encontraban entregados al descanso.
Otro de los apostadores dijo, “Al parecer, esta no es tu noche de suerte, teniente.” El teniente, cuyo nombre era Rene, dijo, “No, pero confío que desde éste momento las cosas se me den favorables.” A pesar de que la razón le indicaba retirarse, René continuó apostando, y pensando, “Pediré otra carta…ojalá sea un as, necesito un as.” Pero las cosas no fueron asi. René se te levantó, y dijo, “Bien…creo que por ésta noche ha sido bastante…” Uno de los hombres dijo, “Esperamos verte pronto por aquí otra vez.” Otro de los hombres dijo, “Quizá la próxima vez, te vaya mejor.” René, ya con su sombrero puesto, volteó y dijo, “Pues, la próxima vez tendra que esperar. Me he quedado sin un centavo.” Cuando el hombre salió del lugar, camino bajo la lluvia, pensando, “Soy un tonto, debí detenerme cuando comencé a perder…no solo jugué mi sueldo, sino también el dinero que me envió mi padre. Ahora tendré que pedir prestado, o me quedaré sin comer. Merezco pasar hambre por bruto. ¿A quien podré recurrir? Casi todos mis compañeros se encuentran en mi misma situación. El sueldo apenas alcanza. No me atrevo a acudir al banquero que mi padre me recomendó, por si tenía una emergencia…” Enseguida, el René escuchó algo, y pensó, “Alguien grita con desesperación.” “Nooooo! Ahhhhh!” En ese instante, una mujer chocó con el teniente, y exclamó, “Ayyy!” Un hombre venía tras ella, y la mujer cayó al suelo. El teniente René pensó, “Es una mujer, y me parece que ese hombre la persigue. Esto no me gusta, pero si intervengo, me meteré en un lio, y ya tengo bastantes problemas.” Por su mente pasó la idea de alejarse rápidamente, pero el hombre que perseguía a la mujer, se detuvo y se fué. El teniente pensó, “El hombre húye…” La mujer exclamó, “Por favor…ayúdeme…” La voz suave y armoniosa, le hizo olvidar la idea de marcharse. El teniente René asistió a la mujer, y dijo, “Señora, permítame que la siente en el umbral de la puerta que tenemos enfrente.” La mujer dijo, “No…! Vayamos más lejos…quiero alejarme de aquí…” La mujer se incorporó, y el teniente le dijo, “Esta usted temblando…¿De frío o de miedo?” La mujer dijo, “Por las dos causas, pero más de miedo…por favor, vámonos de aquí…” El teniente le dijo, “¿A quién le teme?” La mujer dijo, “Me han robado…pero, ahora me doy cuenta que me queda una sortija de brillantes…quizá pueda pagar un alojamiento.” Tras una pausa, la mujer agregó, “Pero, ¿Como presentarme vestida como estoy en una en una hosteria, solo llevando un camizón? ¿Que pensarían de mi?” La mujer agregó, “No quiero abusar de su bondad, pero si pudiera comprar para mi un vestido sencillo, yo le aguardaría…no se dónde…¡Oh todo es tan terrible!” El teniente le dijo, “Señora, la voy a ayudar. Antes de nada, debe envolverse en mi capa.” El teniente la cubrió con su capa, y le dijo, “La voy a llevar a la habitación que yo rento, y allí pasara la noche.” La mujer dijo, “Caballero…pero…” El teniente René le dijo, “No se angustie. Por mi honor le júro que la dejaré dueña de mi cuarto, y no regresaré hasta mañana con la ropa que necesita.” La mujer dijo, “Dios se ha apiadado de mí, a pesar de que no lo merezco, y lo puso en mi camino.” Ambos llegaron a la casa, y cuando entraron, la mujer tropezó al intentar subir la escalera. René dijo, “Cuidado!” Entonces, se escuchó la voz de una mujer decir, “¿Que sucede? ¿Quién hace tanto escandalo?” Mientras asistía a la mujer, el teniente pensó, “Maldición, tenía que despertarse la bruja de la dueña.” Casi de inmediato, ésta apareció con una lámpara de mano, y dijo, “Vaya teniente, que atrevimiento traer mujeres a mi casa!” El teniente René le dijo, “¡Silencio, señora Saucede, o mañana me voy de aqui! Ésta señora es la esposa del coronel, y yo vuelvo a salir enseguida.” La señora Saucede exclamó, “Pero…” El teniente dijo, “Vamos, no se preocupe. Agregaré diez francos al págo de este mes, por su atención. Hasta mañana.” Dejaron a la mujer refunfuñando, y subieron las escaleras. Minutos después, el teniente abría la puerta de su habitación, y dijo, “Éntre, señora, en la mesa hay un candelabro y cerillos. Cierre la puerta por dentro, y acuéstese a descansar. Yo vendré mañana. Buenas noches.” La mujer dijo, “No tengo palabras para agradecerle…” Mientras el teniente René se retiraba, pensó, “No sé si he hecho bien, o mal, pero no podía dejar a esa mujer en la calle. Por su voz y sus actitudes, debe ser muy joven…y quizá hermosa, pero mañana veremos en que termina ésta extraña aventura.” Al día siguiente, el teniente regresó a su habitación, y tocó la puerta al llegar. Una voz desde el interior preguntó, “¿Quién es?” El teniente René dijo, “Yo, señora, le traigo la ropa…” La mujer dijo desde dentro, “Le suplíco la déje en la puerta, y se retíre. Cuando lo oiga bajar la recogeré. Si puede, regrese dentro de media hora.” El teniente René le dijo, “Haré lo que me pide.” Cuando transcurrió el tiempo convenido, el teniente entró a su habitación, y a mujer le dijo, “Es usted mi salvador, y no tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mí.” El teniente René pensó al verla, “Es bellísima. La mujer más hermosa que he visto en mi vida.” El teniente la besó en su mano, y dijo, “Señora, para mí es un honor servirle, me doy cuenta que es usted una gran dama.” La mujer le dijo, “Gracias por sus palabras, me hace mucho bien escucharlas.” El teniente René le dijo, “He alquilado una habitación a nombre de señora Lieven, mi mujer.” La mujer dijo, “¿Su mujer? ¿Es usted casado?” El teniente dijo, “No, pero pensé que dando ese nombre, era mejor para usted. Nadie la molestará.” La mujer dijo, “Tiene razón, estoy tan angustiada, que no se me había ocurrido. Necesito esconderme, que no me encuentren…” El teniente René dijo, “Si lo desea, podemos irnos ahora mismo. No confío mucho en mi casera, es bastante chismosa.” La mujer dijo, “Si, vamos. Laménto darle tantas molestias. Si no es por usted, no sé qué habría sido de mí.” Poco después, la mujer dijo, llena de pena, “Ha sido para mí, un hombre muy generoso. Si quiere, déjeme y olvidese de que me ha conocido. Yo siempre recordaré lo que ha hecho por mí.” El teniente René le dijo, “Señora, si ese es su deseo, la obedeceré. Pero me parece que aún me necesita.” La hermosa mujer lo miró un instante, y luego se dejó caer en un sillón, llorando desconsolada. El teniente René dijo, “Por favor, si dije algo que la ofendiera, perdóneme.” La mujer dijo, desesperada, “No…no se trata…de eso…” La mujer lo miró con ojos llorosos, y dijo, “No quiero abusar más de su bondad…pero tiene razón…necesito a un amigo…estoy tan sola, tan desesperada…” El teniente René dijo, “No la abandonaré mientras le pueda ser ùtil. Iré a buscar algo de comida. Ya verá que después que se alimente, se sentirá mejor.” En los días siguiente, René se ocupó del bienestar de la mujer, cuyo nombre era Leonor, visitándola todas las tardes. Mientras reposaba en su cama, René pensaba, “Estoy locamente enamorado de ella. Hace apenas una semana que al conozco, pero sé que es la única mujer que podré amar. No sé nada de ella, solo que es hermosa, dulce, sensible, y que ha sufrido mucho. Pero no me importa su pasado, y lo que en el sucediera. Creo que he logrado, si no su amor, su confianza, su cariño. Le pediré que sea mi esposa, y la cuidaré y protegeré el resto de mi vida.” René no podía sacarla ni un minuto de su mente. Y el solo imaginarla, le hacía templar de emoción. Rene pensaba, “Leonor, eres la dueña de mi corazón, de mi alma, de mi vida.” René soñaba despierto con una dicha que creía tener al alcánce de la mano. Una noche, antes de acostarse, René pensaba, “Mañana mismo le declarare mi amor. Me aceptara y lograre que me ame tanto como yo a ella.” Al día siguiente, René se presentó ante Leonor con un ramo de flores, y dijo, “Buenas tardes, me dijo ayer que le gustaban las rosas amarillas. Desgraciadamente solo encontré éste tono de rosa.” Leonor le dijo agradecida, “Es usted muy amable. Nunca podre agradecerle lo suficiente todas sus atenciones.” Leonor tomó las flores y las puso en un jarrón con agua. Enseguida dijo, “Creo que ya he abusado demasiado de su bondad. He pasado la noche pensado en lo que debo hacer…” Entonces Rene dijo, “Yo también pasé la noche en vela…porque…estoy locamente enamorado de usted…le suplíco acceda a ser mi esposa…” Leonor le dijo, “No…no siga…!” Rene le dijo, “Por favor. Escúcheme. Seré su esclavo. Solo pido que me deje adorarla, protegerla, tratar de ganarme su amor…” Leonor le dijo, “No merezco su cariño. No soy digna de ese amor…olvidese de mí. Me iré. Yo no quise causarle daño, ni hacerle sufrir.” Leonor se dio la vuelta, y mirándolo a los ojos, le dijo, “No puedo…soy casada.” René le tomó de los hombros, y le dijo, “¡No! Lo dice para que no insista.” Leonor dijo, “Ojalá así fuera, pero no. Le voy a contar mi historia. No lo hice antes por que sentía vergüenza. No quería que me despreciára. Pero, lo que ha dicho me ha indicado que es mejor que sepa toda la verdad. Eso curará el amor que dice sentir por mí.” Rene le dijo, “Nada hará que la deje de amar. Ya le he dicho que no me importa su pasado.” Leonor le dijo, “Espére a escuchar lo que voy a decirle, y ya verá que entre usted y yo, no puede haber nada, porque soy una mujer indigna, despreciable.” Leonor se sentó, y comenzó su historia, estando Rene junto a ella, “Yo soy española. Mis padres eran ricos terratenientes, y me educaron como una gran dama, digna de brillar en la córte. Hasta mis quince años, mi vida fué la de una joven cuyos padres se esmeran en complacer todos sus caprichos. Entonces, en España estalló la Revolución de las Cortes. Se luchaba, no solo en el campo de batalla, sino también en las calles. Olvidándose de que todos los españoles son hermanos. Muy pronto, el conflicto que se inició en Madrid, se extendió por toda España. Cuando volvió la paz, mi familia se encontraba prácticamente en la miseria. Nos fuimos a Sevilla, donde teníamos una pequeña propiedad.” Entonces mi madre me dijo, “No es justo. Perdimos nuestras tierras, las casas. Lo único que nos quedó, fué ésta, la más miserable.” Yo le dije, “Madre, debemos dar gracias porque tenemos dónde vivir, y que pudimos salvar algunos muebles.” Mi madre me dijo, “¡Dar gracias! ¡Eres igual a tu padre! Si él me hubiéra hecho caso, no estaríamos en esta espantosa situación.” Yo le dije, “Él se puso de parte de lo que creía…” Pero mi madre me dijo, “Y mira lo que ganó. Veremos si ahora es capaz de sacarnos de la pobreza, a la que nos han llevado sus brillantes ideas. Jamás podre mirar a la cara a nuestras amistades, como invitarlas a este lugar. Mira cómo se ven nuestros hermosos muebles.” Yo le dije, “Quizá sería mejor venderlos, y comprar algunos más de acuerdo a la casa.” Mi madre dijo, “¡Jamás! Muchos de ellos los heredé de mis padres. Además, espero que vivamos aquí por poco tiempo.” Yo pensé, “¡Pobre mama! No quiere darse cuenta de que esta es nuestra nueva vida.” Mi madre nunca se conformó con nuestra vida de pobreza. Mi padre hacía lo que podía, pero era muy poco. Un día, mientras bordábamos, sentadas una frente a la otra, mi madre me dijo, “Hoy me enteré de que se casa la hija de Josefa del Valle, con el hijo del conde De la Mora.” Yo le dije, “Me da gústo por ella. Siempre estuvo enamorada de él. Seguramente harán una gran boda.” Mi madre dijo, “En lugar de alegrarte, deberías pensar en tí. Con tu belleza, podrías casarte con alguien importante y rico. ¡Ah, si yo hubiera escuchado a mi madre! Quería que me casára con un marqués, pero yo preferí a tu padre. Y ya ves. ¿Qué gané con casarme enamorada? Si hubiera sabido lo que me aguardaba…” Enseguida, mi madre se refirió a mi padre, y me dijo, “Jamás ha escuchado mis consejos. Mi dote se esfumó. Tu padre es un perdedor.” Yo le dije, “Pero te casaste enamorada, papa y tu se amaban. El amor es más importante que todo el oro de la tierra.” Ella me dijo, “¡Amor! De que sirve cuando hay pobreza. Mírame a mí, y aprende.” Yo le dije, “Pues yo quisiera vivir un gran romance. Casarme con un hombre al que adorára con todo mi ser.” Esos eran mis sueños, pero, un día, mi padre almorzaba con nosotros, cuando mi madre le dijo, “¿Pudiste conseguir el dinero de la hipoteca de la casa?” Mi padre dijo, “No, ninguno de mis conocidos está en posibilidad de facilitarme la cantidad que necesitamos.” Mi madre dijo, “¡Qué vamos a hacer! Perdemos lo único que tenemos, es ésta miserable vivienda. Si me hubieras hecho caso. Te dije que no te metieras en ese negocio.” Mi padre se disgustó, y dijo, “¡Basta, mujer! Nada ganamos ahora con recriminaciones…” Mi madre le dijo, “¿No pretenderás que te felicite? Estoy cansada de contar los centavos, de arreglar una y otra vez los vestidos viejos…” Mi padre dijo, “Aún no está todo perdido. Mer quedan dos semanas de plazo para juntar el dinero.” Mi madre dijo, “Y crees que lo que no has logrado en meses, lo conseguirás en quince días?” Mi padre dijo, “Al menos trataré, o prefieres que permanezca cruzado de brazos?” Y así era siempre cuando discutían. Yo estaba segura de que en el fondo se querían, pero la pobreza los hacía discutir y distanciarse. Y yo pensaba, “No quiero esto para mí. Deseo una vida en que el amor supere todos los obstáculos.” Una semana después, mi padre llegaba a casa, cuando mi madre le dijo, “¿Como te fue?” Mi padre dijo, “Bien, me van a prestar el dinero.” Mi madre se levantó del sofá, y dijo, “¡Eso es magnífico! ¿Quién…quién te lo facilitará?” Mi padre dijo, “Don Gutier Ferrandez.” Entonces, mi madre le dijo, “¿Qué estás diciendo? ¿Te atreviste a pedirle a ese noble e importante caballero?” Mi padre dijo, “No tuve que hacerlo. Él me lo ofreció.” Mi madre dijo, “¿Te burlas de mí? Solo falta que me digas que te buscó para darte el dinero.” Mi padre dijo, “Pues asi fue. Iba yo por la calle, y él pasó con su coche, lo hizo detener y me pidió que subiéra. Yo muy sorprendido obedecí. Me dijo que se había enterado que necesitaba dinero, y que él estaba dispuesto a facilitármelo.” Mi madre dijo, “¡No puedo creerlo! Jamás me habíra imaginado algo igual. ¿Y cuando te dará el dinero?” Mi padre dijo, “Dijo que vendría él mismo a traelo esta noche.” Mi madre le dijo angustiada, “Él aquí…! Pero…eso si que es extráño…a menos que…Oh, no me atrevo ni a pensarlo!” Mi padre dijo, “¿Qué estas imaginando, mujer?” Mi madre dijo, “Nada…Leonor, deja ese bordado, y ayúdame a arreglar un poco. Hay que poner unas flores…se puede ser pobre, pero con dignidad.” Esa noche nos visitó, regresó al día siguiente, y luego diariamente. Recuerdo que en una de sus visitas, mi madre le dijo, “Varias veces ha dicho que se siente solo, Don Gutier. Quizá debería casarse. Una mujer y varios hijos son la mejor compañía.” Don Gutier dijo, “No lo dudo, mi señora. Estuve casado hace muchos años. Mi esposa murió al dar a luz un hijo que tampoco sobrevivió.” Mi madre dijo, “Comprendo. Seguramente la amó mucho, y aun venéra su memoria.” Don Gutier dijo, “La quise mucho, si. Pero el verdadero amor lo he conocí hace un año, el día que vi pasar a la mujer de mis sueños.” Mi madre dijo, “Oh, está usted enamorado…” Don Gutier dijo, “Como un jovencito, y lo que más deseo es poner mi fortuna y mi vida, a los pies de mi amada.” No sé por qué en ese momento experimenté un extráño temor. Mi madre dijo, “Qué afortunada es esa dama.” Don Gutier dijo, “Si me acepta, será la reina de mi hogar, de mi corazón. No habrá nada que desée, que yo no me apresúre a complacerla.” Días más tarde, en una ocasión en que estaba con mis padres en la sala, mi madre le dijo, “Desde que entraste, no has dicho una palabra, y tienes una cara muy extraña, ¿Te sucede algo?” Mi padre dijo, “Es que…aún no salgo de mi asómbro…el señor Fernadez me pidió la mano de Leonor.” Mi madre exclamó, “¡Queee…! ¡Oh, Dios, es increíble…maravilloso! ¡Qué suerte, qué suerte!” Mi madre dijo, “Le dijiste que sí, ¿verdad? Que nos sentimos muy honrados.” Entonces mi padre dijo, “Le dije que hablaría con Leonor, y si ella acepta…” Mi madre dijo, “¿Estás loco? ¡Por supuesto que acepta! Una oportunidad así no se repite en la vida, y nuestra hija no la va a desperdiciar.” Yo les dije, “Madre, yo no ámo a Don Gutier…” Mi madre dijo, “¿Y quién está hablando de amor? Tu futuro y el de tus padres, dependen de esa boda. Te casarás con él!” No tuve la fuerza de oponerme a mi madre, y accedí. Cuando Don Gutier me visitó, dijo, “Querida Leonor. No tengo palabras para decirte lo feliz que me siento. No habrá en el mundo una mujer más mimada, más amada que tú.” Don Gutier agregó, “Se que te llévo treinta años, pero me siento tan joven como un muchacho, pues eres tú quien me da esa juventud. Pero como solo deseo tu felicidad, si por mi edad no deseas ese casamiento, asumiré ante tus padres, toda la culpa de la ruptura.” Estuve a punto de decirle que no quería casarme, pero recordé a mi madre, y no fui capaz, y le dije, “Yo…yo me casaré con usted.” Don Gutier se arrodilló, beso mi mano, y dijo, “Querida Leonor, no te arrepentirás. Te lo prometo. Pídeme el cielo y te lo daré.” Yo pensé dentro de mí, “Señor, ayúdame. Él es bueno, y merece mi cariño, pero como obligar a mi corazón, a que le áme.” Gutier me colmó de regalos, como a una reina. Un día mi madre me dijo, “Éste collar es algo extraordinario. Ni en mis mejores tiempos, tuve algo igual. Y los trajes, todos bordados con hilos de oro, plata, y perlas…” Me quedé callada, y mi madre me dijo, “¿No dices nada?¡Eres muy tonta! Cualquier otra estaría loca de alegría. Te casas con un hombre riquísimo, y te adora. Imagínate que ayer le dijo a tu padre, que no podemos continuar seguir viviendo aquí, y pondrá a nuestro nombre, una gran casa.” Yo le dije, “Pero madre, no pueden aceptarla.” Mi mare dijo, “¿Por qué no? ¿Acaso tu padre no tiene derecho a participar de tu suerte? ¿Quieres vivir como reina, y que nosotros continuemos en la miseria?” Yo le dije, “No, no dio eso, pero…” Mi madre dijo, “Pero nada. Hoy cuando venga le darás las gracias por preocuparse por nosotros.” Yo le dije, “Asi lo haré, madre.” El día de la boda, fue para mí, el del entiérro de todas mis ilusiones y esperanzas. Ante el altar, yo pensé, “Señor, dame las fuerzas para ser una buena esposa, para hacerle feliz, para resignarme a mi destíno.” Desde el primer día, Gutier se mostró, como el esposo más cariñoso, amable y generoso que pudiera existir. Pero dos meses después, una noche Gutier llegó, y me dijo, “Leonor, anoche en la reunión de los condes de Castellón, estuviste platicando mucho con un grupo de jovenes, y eso no está bién.” Yo le dije, “Pero si era la hija de los condes, dos amigas y sus hermanos.” Gutier dijo, “Lo sé, pero no debiste estar tanto tiempo separada de mí.” Yo le dije, “Está bien, no volverá a suceder…ah, ésta tarde iré a visitar a mi madre.” Gutier me dijo, “Lo haces con demasiada frecuencia. No me gusta estar en la casa solo, y hoy no voy a salir.” Yo le dije, “Entonces iré mañana.” Gutier dijo, “No, espera a que yo pueda acompañarte. Ay, Leonor de mi alma, aunque parezca egoísta, te quiero solo para mí” Yo pensé, “Está celoso. Jamás le he dado motivo, pero tiene celos hasta de mis padres.” Así era, poco a poco me fué apartando de la gente, pero no le era suficiente, y un día, Gutier llegó muy entusiasmado, y me dijo, “Leonor, querida mía, te traigo una maravillosa noticia. ¡Vamos a vivir a Francia!” Yo dije, “¡A Francia!” Gutier dijo, “Si, mis múltiples negocios me obligan a residir un larga temporada allá. Nos instalaremos en Burdeos.” Yo le dije, “Pero…me voy a sentir muy sola…aquí estan mis padres. ¿No podrías tener allá, a una persona que se hiciéra cargo de tí…?” Gutier me dijo, “¡De ninguna manera! Por tus padres no te preocupes. Viven muy bien en la casa que les regalé, y me ocuparé de que no les fálte nada.” Un mes después, dejamos Sevilla, y nos instalamos aquí, en Burdeos. El primer día que llegamos, Gutier me dijo, “¿Qué te parece tu nuevo hogar? No escatimé en nada para que te sientas como una reina.” Yo le dije, “Es una casa muy hermosa. Tan grande y elegante que parece un palacio.” Gutier me dijo, “Me alegra que te gúste, pues aquí viviremos solos, tú y yo. No deseo que nadie nos moléste. Te quiero exclusivamente para mí.” Yo le dije, “¿Eso significa que no veremos a nadie, que no tendremos amistades…?” Gutier dijo, “¿Para qué? Tú me bastas a mí, y yo debo bastarte a ti. Leonor, te ámo tanto, que me dan celos hasta del aire que respiras. Con mayor razón de los jovenes que asisten a los bailes y reuniones. Súfro espantosamente, cómo te observan y admiran tu belleza.” Yo le dije, “Jamás he dado motivos para que dudes de mí.” Gutier me dijo, “Lo sé, lo sé. Querida mía, no es tu culpa, sino de esos insolentes que osan mirarte. Por ello no permitiré que lo vuelvan a hacer. Estás de acuerdo, ¿verdad?” Yo le dije, “Yo…yo haré lo que tu desées.” Mi marido era el más generosos de los hombres, el más cariñoso y atento, pero yo me moría de aburrimiento. Así trancurrió un año, y un día pensé, “Si me atreviera a pedirle que aceptáramos de vez en cuando alguna invitación, que me permitiera tener amigas. Pero cuando nada sacaría, cuando se lo he insinuádo, se niega. Que triste existencia la mía. Vivo en una prisión dorada.” Después de dos meses, un día estando desayunando juntos, yo le dije, “Siempre me has dicho que te agrada mucho el teatro. A mí también. ¿Porque no tómas un palco?” Él pensó, “Eso significaría permitir que la vieran…pero no puedo negarme…ésta vez tendré que ceder.” Y dijo, “Está bién. Adquiriré un palco. Se está presentando una compañía de caballistas napolitanos que dicen son una sensación.” Yo pensé, “Me alégro que se haya entusiasmado. Tenía tanto miedo que se negára.” Gutier elegió un palco casi metido en el escenario, para que no me viéran los jovenes de la ciudad. Recuerdo que Gutier decía, “Es un espectáculo magnífico. Y aún falta que se presénte el mejor de todos, el famosos Mayral. Todo Burdeos habla de su destreza.” Cuando salió al escenario, me quedé sin aliento. Pensé, “Nunca vi a un hombre más apuesto, y no ha dejado de mirarme. Sus ojos son como espadas que me traspasan el alma.” Desde ese momento, en mi diario vivir, su imagen no me abandonó un instante. Yo pensé. “Esto es una locura. ¿Cómo es posible que yo piense en ese hombre? Un caballista…si alguien lo supiera. ¡Qué vergüenza!” El espectáculo no era siempre el mismo, y mi esposo me llevó cada noche. Pero una noche, en una oportunidad que el salió del palco, el caballista se me acercó, y me dijo, “Señora, soy un hombre de bien quien la adora, desde la primera vez que la vi.” Estuve a punto de desmayarme de la impresión. Por mucho que traté de disimular, mi esposo notó mi turbación. Gutier me dijo, “¿Que te sucede, querida? Estás muy pálida.” Yo le dije, “Creo que…hace demasiado calor aquí…si no te importa. Preferiría que nos marcháramos.” Con uno u otro pretexto, logré que no regresáramos al teatro, pero mi corazón sangraba de dolor. Yo pensé, “Me ama, y yo a él, con todo mi corazón, pero no debo verlo más, aunque me cueste la vida.” Me enamoré con una pasión que no me creía capaz de experimentar. Llorando pensé, “No debo recordarlo, pero es imposible. Está grabado en mi mente, en mi alma, como si me hubiera dado un filtro mágico.” Una semana después, la domestica llego con una carta, y me dijo, “Mi señora, trajeron ésta carta para usted…léala tranquila, el señor salió, y yo nada diré.” Antes que pudiera reaccionar, la criada se marchó. Yo casi sin pensarlo, tomé la carta y la abrí. Pensé, “Es de Mayral, dice que ha tenido que dedicarse a éste oficio por necesidad. Pues tuvo un altercado con su padre, quien le niega toda ayuda. Su nombre es Rodrigo Pimenel, y pertenece a una importante familia española, con la que se reconciliaría por mí.” Cuando terminé de leerla, presioné la carta en mi pecho, y pensé, “Me áma, me áma de verdad. Siento una alegría tan grande, que me parece que el corazón me va a estallar.” Volví al teatro. Disimuládamente le sonreí, le dí a entender que no me era indiferente. Así, al verlo en su actuación, pensaba, “Lo adóro, si el fuera mi marido…viviría a su lado siempre. Sentiría sus caricias, sus besos…” Empezó a mandarme cartas cada día, y yo acabé por contestarle. Yo pensaba, “Insíste en que le conceda una entrevista. Yo la deseo tanto como él, pero es imposible. Gutier siempre está en casa y cuando sale, regresa en el momento menos pensado, y ni soñar que yo pueda salir sola.” Estaba desesperada, pensando que jamás podría hablar con él, verle de cerca, cuando, Gutier llegó un día y me dijo, “Mi querida Leonor, he recibido pésimas noticias. Uno de mis barcos encalló cerca de Royan.” Yo le dije, “¡Oh, lo lamento mucho! Pero no debes preocuparte tanto. Seguramente se salvará la carga, y luego sacarán el barco…” Gutier me dijo, “No es eso lo que me angustia, sino que tendré que ir a Royan. Partiré mañana temprano, tendré que dejarte.” Yo pensé, “Es un milagro. ¡La oportunidad que tanto he esperado!” Gutier me tomó de las manos, y me dijo, “Te quiero tanto que es un suplicio pensar en separarme de ti. Serán por lo menos tres días que estaré lejos.” Pero yo pensé, “Enviaré un recado a Mayral. Le diré que venga mañana por la noche. Me siento tan feliz. ¡Es un regalo que jamás esperé!” Al día siguiente, Gutier se despidió, y le dijo, “No quiero que salgas ni veas a nadie en mi ausencia. Regresaré lo antes posible.” Yo le dije, “Ve tranquilo. Por supuesto que no saldré. ¿A dónde podría ir?” Gutier me dijo, “¡Ah, mujercita mía! Como desearía poder llevarte conmigo. Pero es un viaje pesado y…aunque, si quisieras…” Yo le dije, “Es mejor que te espére aquí. Nunca me ha gustado viajar, y prefiero quedarme. Bien sabes que no soy fuerte y…” Gutier me dijo, “Tienes razón. El amor me vuelve egoísta. Quédate y descansa. No dejes de pensar en mí, ni un minuto.” Yo le dije, “No, no lo haré. Aguardaré ansiosa tu regreso.” Mentí con la mayor tranquilidad. Lo único que quería era que se marchára. Esa noche, dije a la criada, “Rosa, hace demasiado calor. Voy a dormir en la habitación de la planta que da al jardín. Aquí me sofocaría.” Rosa, la criada le dijo, “Tiene mucha razón, mi señora, abriré las ventanas para que esté más fresca.” El día se hizo eterno, y cuando llegó la noche, yo se arreglaba frente al espejo, pensando, “A las doce termina la función. Vendrá como a la una. Me parece que toda mi vida he esperado este momento.” Poco después de haberme acostado, escuché un ruido en la casa, me incorporé en la cama, y exclamé, “Gutier!” Gutier me dijo, “Querida mía, a medio camino me avisaron que fue una equivocación. Mi barco navega sin novedad, y mañana estará en Burdeos.” Gutier se acercó a la cama y a mí, y me dijo, “No sabes qué alivio sentí, no por el barco, sino por poder regresar y darte la sorpresa. Estás contenta, ¿verdad?” Yo le dije, turbada, “Sí…si…claro que…sí.” Enseguida, Gutier se dirigió a la puerta que daba al jardín, y dijo, “Tuviste una magnífica idea en dormir en esta recamara, es la más fresca de la casa. Voy a acostarme, estoy muy cansado.” Yo pensé, “¿Qué voy a hacer? Mayral se presentará en cualquier momento. Gutier es capaz de matarlo.” Sin notar mi terror, Gutier se acostó junto a mí, y no tardó en quedarse profúndamente dormido. Yo pensé, “¡Estoy perdida! Le expliqué muy bien a Mayral, de qué habitación se trataba, y cuando vea la ventana, quizá golpée el vidrio.” Mi desesperación aumentaba con el correr de los minutos, y de pronto, pensé, “¡Dios santo, escúcho pasos por el vestidor…! Es él…dejé la puerta abierta…Sí…debe ser él…!” Y no me equivocaba. Él entró, y me dijo, “Llégo tarde, ¿verdad? Tu amante me ganó la mano. Te divertía dar esperanzas, y burlarte de un caballísta, pero te equivocaste conmigo.” Yo le dije turbada, “Por favor, no sigas. ¡Es mi marido!” Pero Mayral me dijo, “Miéntes. Yo lo ví partir a medio día. Levántate y ven a la otra habitación. Si no lo haces, despiérto a éste tipo.” Yo le dije desesperada, “No, por favor, créeme. Él regresó hace poco…es muy celoso…” Mayral me dijo, “No me importa. Levántate o lo sáco a él de la cama, y lo párto en dos con mi puñal. Yo seré tu único amante!” Entonces Gutier despertó, y dijo, “¿Qué pasa? ¿Quién habla de amante?” Yo pensé, “¡Por todos los santos, estoy perdida!” Yo no respondí, y mi esposo, creyendo que soñaba, volvió a dormirse. Mayral por suerte se agachó. Entonces le dije, “Por favor vete…te lo ruego.” Mayral dijo, “No, levantate y ven a la otra habitación. No me iré si no lo haces.” Yo le dije, “Está bién. Iré. Espérame ahí. Debo tener cuidado…si se vuelve a despertar…” Mayral dijo, “Date prisa, o regréso a buscarte y haré cuanto ruido se me venga en gana.” No tenía alternativa. Temblando, salí de cama, y cuando llegué a la otra habitación, le dije, “¡Te lo júro por lo más sagrado, es mi marido!” Mayral me dijo, “¡No me importa, no por eso déjo de hacer el papel de idiota! Vengo porque tu me citaste. Me expongo a ser descubierto, y tratado como un ladrón, y cuando llégo, me dices que me márche!” Yo le dije, “Sí, yo te cité, porque tú me pediste en todas tus cartas una entrevista.” Mayral me dijo, “Pensaba que me amabas como yo a tí. Pero veo que me equivoqué. Solo querías burlarte de mí. La gran dama fijarse en un pobre caballísta.” Yo le tomé los brazos, y le dije, “No digas eso. ¡Te ámo…más que a mi vida…más que a nada en el mundo!” Desesperada, me colgué en su cuello, y le ofrecí mis labios, sedientos por la caricia. Aunque parezca increíble, su comportamiento, en lugar de apagar mi amor, lo aumentó. Después del beso, Mayral me dijo, “¿Cuándo nos volveremos a ver? Quiero estar a solas contigo. Dime, ¿Qué día nos reuniremos?” Yo le dije, “No lo sé. Yo te avisaré. Debo buscar un momento en que mi marido esté ausénte. Él es muy celoso, y no me deja ni a sol ni a sombra.” Mayral me dijo, “Pues no demores mucho, porque no soy paciente.” Por más que traté, no encontraba la oportunidad para darle la cita que le había prometido. Tras leer una de sus cartas, pensé, “Está furioso. Me acusa de no querer verlo. ¡Cómo puede pensarlo siquiera, si yo lo adóro! Sus cartas ahora estan llenas de reproches, ni una palabra de amor, y yo lo necesíto como el agua al sediento.” Trataba de ir todas las noches al teatro, pero, mientras el aparecía, yo pensaba, “No me mira. Lo hace para castigarme. Ya no puedo soportar más esta situación. Prefiero morir, a perder su amor.” Así transcurrieron quince días, durante los cuales padecí las penas del infierno. Finalmente tomé una decisión, y pensé, “Me marcharé. Me iré con él. Tengo derecho a ser felíz. Solo junto a Mayral, tendré la dicha que jamás he conocido. Me llevare mis alhajas, las venderemos, y con ese dinero, empezaremos una nueva vida. Si no quiere dejar su oficio, no me importa. Seré su esclava. Y si cuando seamos viejos, estamos en la miseria, viviré mísera a su lado. Y no habrá porqué compadecerme, porque habré vivido felíz. De qué valen todas las riquezas, si no se tiene amor.” Esa noche, le dí un somnífero a mi marido, y me marché. Cuando llegué a la morada de mi amado, el abrió la puerta, y exclamó al verme, “¡Tú, aquí!” Yo le dije, “He dejado a mi marido. Desde éste instante soy tuya para siempre. Ya no podrás dudar que te ámo!” Me hizo pasar. Se veía sorprendido, asombrado. Yo estaba radiante de felicidad. Entonces me dijo, “Nunca imaginé que te atreviéras a hacer algo así…” Yo le dije, “¡Por ti soy capaz de todo, ya lo vez! Vamos a ser tan felices, podemos irnos a París…!” Pero él me dijo, “¿Te olvidas de que yo vivo de mi trabajo? Tu marido es rico, pero yo no. ¿Con qué quieres que vayamos a París?” Entonces, mostrándole las alhajas, le dije, “Yo tengo con qué…mira…” Puse las alhajas envueltas en un pañuelo sobre una mesa, y abriendo el pañuelo, le dije, “Éstas son mis alhajas, collares, diademas, pulseras, anillos, de oro, brillantes, esmeraldas, perlas…” Él me dijo, “¡Vaya querida, eres maravillosa!” Yo le dije, “Además, traje estos cartuchos con francos de oro. Aquí sería peligroso vender las alhajas, por lo que pensé que era mejor esperar llegar a París.” Él me dijo, “Tienes toda la razón. Dentro de cuatro días termina la temporada, entonces me separare del grupo, y nos iremos por nuestro lado.” Entonces, el me tomo de los hombros y me dijo, “Mi vida, no puedo dejarlos antes, bien sabes que soy el numero principal. Les haría un daño, son solo cuatro días.” Yo le dije, “Pero tengo miedo de que mi marido me encuentre. Por eso quería que nos marcháramos ésta misma noche.” Él me abrazó, y me dijo, “Aquí jamás se le ocurriría buscarte. Confía en mí, yo te protegeré y te cuidaré.” Yo le dije, “¡Oh, Mayral, soy tan feliz! Me parece mentira que esté junto a tí, y que jamás nos volveremos a separar.” Cuando nos besamos, sentía que mi corazón me iba a estallar de dicha. Habría deseado no separar jamás sus labios de los míos. Entonces le dije, “Te ámo tanto, desde la primera vez que te ví, te entregué mi corazón y mi vida entera.” Mayral me dijo, “A mí me sucedió lo mismo. Al verte en el palco, me pareció que contemplaba a una diosa.” Poco después, las caricias de Mayal me transportaron al cielo. Pasé tres días en casa de Mayral. Mi amor por él, aumentaba a medida que transcurrían las horas, los minutos. Una mañana, dije a Mayral, “Hoy es tu último día de trabajo. Por fin, mañana podremos marcharnos. Estoy ansiosa que llegue ese momento.” Mayral me dijo, “Quizá hoy por ser la última función me retrase un poco. No te preocupes, acuéstate y duerme.” Lo abracé del cuello, y le dije, “Se me hacen tan largas las horas que está ausente. Por favor, trata de regresar cuanto antes.” Mayral me dijo, “Lo haré, pero seguramente querrán brindar por fin de temporada, y si me niego a participar, podría crear sospechas, y eso no nos conviene.” Yo le dije, “No, tienes razón. No me sentiré realmente libre, hasta que nos encontremos muy lejos de aquí. Seguro mi marido debe de haber pagado para que me busquen, y lo harán por todas partes.” Mayral me dijo, “Pues quédate tranquila. Ya te he dicho que este sería el último lugar al que se les ocurriría venir.” Cuando se marchó, sentí una extraña sensación que traté de ignorar, y pensé, “Estoy nerviosa, y por ello, me siento asustada, llena de funestos presentimientos. No debo dejarme llevar por ellos. Mañana ya todo habrá pasado. Le pediré que no nos quedemos en Paris, preferiría un lugar más tranquilo, una casa en la campiña.” Pasé el resto del día haciendo planes, y saboreando mi dicha futura. Poco antes de medianoche, me acosté. Ya empezaba a dormirme cuando, escuché un ruido, y pensé, “Alguien acaba de entrar. Es él, que ha regresado. No me moveré hasta que esté a mi lado, y sienta sus besos.” Pero cuando se abrió la puerta de la habitación, y ver a una silueta, pensé, “No es Mayral…¿Quién es ese hombre?...¿Sera un ladrón?” Siempre he tenido la precaución de dejar un puñal cerca de mi por las noches. Así que lo tomé y salté de la cama, y dije, “¿Quién es usted? ¿Cómo se ha atrevido a entrar aquí? ¡Háble, o le entierro éste puñal!” Pero el hombre me dijo, “Espére señora, No me máte. Si lo hace, irá a la guillotina. Yo…vine porque me lo pidieron.” Yo levanté mi puñal, y le dije, “¿Quién? Háble o llamaré a la guardia, diré que entró a robar…” El hombre levantó las manos, y me dijo, “No, no, por favor…yo no he robado nada. Estoy aquí por Mayral, me lo pidió, él me pagó…” Entonces le dije, “¿Mayral? ¿Qué tiene que ver con esto?” El hombre me dijo, “Bueno…él se marchó con la hija de nuestro director. Desde hace más de un año que se aman, y…” Entonces yo le dije, “Eso no puede ser verdad, él me ama a mí, hoy nos íbamos a marchar. Le di mis alhajas, mi oro…todo lo que tenía…” El hombre me dijo, “Vaya, ahora comprendo de dónde sacó tanto dinero. Al director le dió una buena cantidad, y a mi, diez luises porque vinera aquí.” Yo le dije, “¿Para qué?” El hombre me dijo, “Para que ocupára su sitio. Me dijo que usted era bonita, y que en la oscuridad, no se daría cuenta de que no era usted, quien la abrazaba y besaba.” Yo le dije, “No, no puede ser. Usted miente, el llegará en cualquier momento. Usted entró a robar e inventó toda ésta historia.” El hombre dijo, “Le júro que digo la verdad. Mayal se fue a las seis de la tarde. Ya debe estar muy lejos.” Yo le dije, “¿A dónde se fué? ¿A España? ¿Vuelve junto a su familia?” El hombre me dijo, “¿España? Él nunca ha estado ahí, nació en Santo Domingo, de donde huyó después de robar a su ámo.” Entonces le dije, “Un ladrón. Un mentiroso. Un hombre de la peor calaña, es de quien estoy enamorada, y a pesar de lo que sé, no puedo dejar de amarlo.” Pero el hombre me dijo, “Mayral es un pillo con suerte. Todas las mujeres lo adoran, pero él solo quiere a Elena, la hija del director. En Italia enamoró a una condesa que trató de suicidarse porque la despreció. Dicen que en Santo Domingo, la esposa de su ámo estaba loca por él.” Entonces sentí que me volvía loca, y comencé a gritarle, “Basta, no quiero saber más…Basta, por piedad…!” El hombre al darse cuenta de mi desesperación, perdió el miedo, y abalanzándose hacia mí, me dijo, “Vamos, usted y yo la podemos pasar muy bién. Yo la haré olvidar a Mayral.” Pero yo me lancé hacia atrás, y le grite, “¡Noooo! ¡No me toque…!” Cuando me tomó, le grite, “¡Suélteme!” Pero me dijo, “Con Mayral no eras tan esquiva, verdad? Yo tambien te voy a hacer feliz…” El sentir sus repugnantes manos sobre mi cuerpo, me dió fuerza, y le lancé una bofetada, safándome de él, y huyendo, me gritó, “¡Maldita, no escaparás y me cobraré con creces lo que me has hecho!” Asi, Leonora terminó su narración, y dijo, “Logré huír, y fue cuando me encontré con usted. Como ve, no soy digna de ese amor que me ofrece. Soy una mujer miserable y mala!” René le dijo, “¡No, usted fue víctima de las circunstancias. Yo la ámo y nada me importa lo pasado!” Asombrada, Leonora le preguntó, “¿Es posible que usted perdóne mis locuras?” René le dijo, “Tan posible que me casaría con usted, y pasaría el resto de mi vida a su lado, considerándome al más afortunado de los hombres.” Leonora le dijo, “Yo…no puedo aceptar…porque si encuentro a Mayral, sé que lo abandonaría a usted, y me arrastaría suplicándole que me llevára con él. No me explíco cómo aún lo ámo, después de todo lo que me hizo. Quizá me dio un filtro, pues no puedo odiarlo, y cada día siento que lo quiero más!” Leonora hizo una pausa, y finalmente dijo, “Por ello he tomado una decisión. Voy a ingresar en el convento de las ursulinas. Allí, entregada a la oración, trataré de expiar mis culpas.” René pensó tristemente, “Nada de lo que le diga, la convencerá. Está hechizada por ese hombre. Él no necesitó de ningún filtro, solo su apostura, y la inocencia de ella.” Leonor profesó como religiosa. Transcurrieron los años, y René nunca pudo pasar frente a un convento, sin que su corazón latiera más aprisa, pues en su interior, habia un lugar para esa mujer, a la que tanto amó.Tomado de. Joyas de la Literatura. Año XI, Numero 227, Junio 1, de 1994. Guion: Herwigd Comte. Adaptacion: Emmanuel Hass. Segunda Adaptacion: José Escobar.