"Historia de un Muerto Contada por Él Mismo" , o, "Histoire d'un Mort Racontée par Lui-même" de Alejandro Dumas, se publicó originalmente en 1844, en Francia.
Posteriormente, en 1849, Dumas integró este relato de terror, dentro de una famosa antología de cuentos sobrenaturales, titulada, Los Mil y un Fantasmas, o, Les Mille et un Fantômes, donde aparece como la tercera parte de la obra.
Alejandro Dumas
Una noche de noviembre de 1840, una fuerte tormenta se abatía sobe Paris. Ya era media noche, y parecía que toda la ciudad dormía, pero en una elegante mansion del barrio de Saint Germaine, Henry platicaba con dos amigos al calor de las copas.
Su amigo Jean, dijo, mientras se servía más licor, “Acabo de leer un relato de Hoffman. Definitivamente s demasiado fantasioso.” Henry dijo, “Yo lo encuentro admirable, más aún, cuando es evidente que creía en lo que escribía.” Su otro amigo, Louise, dijo, “En lo que a mi respecta, de pequeño leí un cuento de él, y les aseguro que durante dos noches no pude dormir. Recuerdo que al ir a mi recamara, lo hacía temblando y sin atreverme a mirar detrás de mí.” Henry le dijo, “Quizá escribió sus propias vivencias, y por ello, al leerlas, nos parecen tan reales.” Jean dijo, “¡Bah! A nadie le suceden cosas tan fantásticas como a Hoffman.” Henry le dijo, “Querido amigo, aunque lo dudes, a mí sí. Es algo tan extraordinario, que, si lo escribiera, nadie lo creería.” Jean le dijo, “Vamos, Henry. Estas bromeando. ¿Verdad?” Henry dijo, “En lo absoluto. Jamás lo he contado porque seguramente todos dudarían de la veracidad de mi historia.” Jean le dijo, “Pero esta vez tendrás que hacerlo. No nos vas a dejar con la curiosidad.” Louis agregó, “Por supuesto. No permitiremos que te muevas de aquí, si no nos cuentas ese caso tan increíble.” Henry dijo, “Está bien, los complaceré, y les aseguro que no inventare una palabra de lo que escucharán.” Louis dijo, “Deja de dar vueltas al asunto, y empieza. Somos todo oídos.”Hace un año, la vida me sonreía. Largos años de dedicación al estudio, empezaban a dar sus frutos. Uno de mis mejores maestros de la universidad me entrevistaba en su oficina. Era el doctor Sampellier, quien me dijo, “Doctor Dauvalier, lo felicito. Es usted, a pesar de su juventud, toda una eminencia.” Yo le dije, “Gracias señor, esas palabras son un gran elogio, especialmente si vienen de usted.” El doctor Sampellier dijo, “Solo digo la verdad. El consejo ha decidido nombrarle jefe del departamento de cardiología.” Yo le dije, “Doctor, agradezco tal honor…espero no defraudar a los que han puesto su confianza en mí.” El doctor me dijo, “Estoy seguro de que no lo hará. Sé que tiene una amplia clientela particular, pero tambien he visto su dedicación en el Hospital.” Yo le dije, “Para mí, todos los enfermos, tiene la misma importancia. Siempre estoy dispuesto a atender al que me necesita, no importa la hora.” No me podía sentir más satisfecho, y fue entonces cuando conocí a Antonieta. Ella me dijo, “Asi que es usted el famoso doctor Henry Dauvalier.” Yo le dije, “Solo estoy empezando a hacerme un nombre como médico. No creo merecer que se me diga famoso.” Antonieta dijo, “¿Por qué no? Ha logrado en poco tiempo lo que muchos demoran en años en conseguir. Una clientela números, y un puesto importante en el Hospital.” Antonieta hizo una pausa, y luego agregó, “He escuchado hablar mucho de usted, doctor.” Yo le dije, “¿Y puedo saber qué se dice de mi persona?” Antonieta dijo, “Que fue usted un brillante alumno. Que tiene una inteligencia privilegiada, y un gran amor a su profesión. Que atiende con la misma paciencia y dedicación, a pobres y a ricos.” Yo le dije, “Los que le han dado esos informes, deben estimarme mucho. ¿Podría saber quiénes son?” Entonces el padre de Antonieta se acercó, y dijo, “Yo he sido, Henry.” Entonces dije, “¡Usted aquí, profesor! Ésta si que es una sorpresa. Nunca asiste a eventos sociales, y mucho menos a un baile.” El profesor dijo, “Esta vez he hecho una excepción, y me parece que tu tambien. Tampoco eres muy dado a las diversiones de este tipo.” Le dije, “Últimamente he decidido frecuentar un poco los salones. Antes prefería estudiar. Todo el tiempo me parecía poco para hacerlo.” El profesor me dijo, “Me alegra escuchar eso. Eres joven y no todo debe ser trabajo y estudio. Siempre te lo dije.” Yo dije, “Ya ve que le estoy haciendo caso…pero, dígame, profesor. ¿Cómo es que le ha hablado de mi a la señorita?” El profesor me dijo, “Muy simple. Antonieta es mi hija.” Yo exclamé, “¡Su hija…!” El profesor me dijo, “Exactamente. ¿No recueras que te conté que vivía con una tía en Pointers, desde que mi esposa murió?” Le dije, “Sí…creía que era una niña…usted se refería a ella como si fuera pequeña.” El profesor me dijo, “Para los padres, los hijos jamás crecen. Espero que sean buenos amigos.” Entonces le dije, “Doctor, su hija es la mujer mas dulce que he conocido. Además, es muy hermosa.” El profesor dijo, “Reconozco que asi es. Quizá está mal decirlo porque soy su padre, pero no puedo dejar de reconocerlo.” Antonieta dijo, “Papá, no sigas, que harás que me sonroje.” Yo les dije, “El profesor dice la verdad, señorita. A veces exagera, pero no en este caso, lo digo por mi…” El profesor dijo, “Espera, jamás he comentado nada que no sea la más completa verdad sobre ti. Que has sido el mejor alumno que he tenido. Me siento orgullosos de ello, por lo que no debe extrañarte que le hablara a Antonieta de ti.” Yo le dije, “Gracias por hacerlo tan elogiosamente, profesor.” En ese momento llegó un hombre de la fiesta, y dijo, “Doctor, es tan difícil que acepte una invitación, y nos priva de su compañía. Venga conmigo, todos queremos platicar con usted.” Cuando el profesor se fue, invité a Antonieta a bailar, y le dije, “¿Bailamos? Podemos seguir platicando al compás de la musica.” Ella me dijo, “Encantada.” Creo que cuando la tomé en mis brazos, ya estaba enamorada de ella. Yo siempre habia visitado al doctor Sampellier, pero desde ese día, lo hice más asiduamente. Un día, que llegué a la casa del doctor Sampellier, Antonia me recibió, y dijo, “Mi padre no ha llegado, pero estoy segura que no tardará.” Entonces le dije, “Ya sabía que no lo iba a encontrar. Lo vi en el Hospital cuando me marchaba, y me dijo que aún iba a tardar en retirarse.” Antonieta se llenó de sorpresa, y entonces le dije, “Comprendo su sorpresa, por lo que acabo de decir…Antonieta. Vine porque deseo decirle algo, y ya no puedo esperar ´para hacerlo.” Hubo una pausa de silencio, y entonces le dije, “Antonieta, yo…yo te amo…tengo la ilusión de que no te soy indiferente…¿Podrías llegar a quererme, tanto como yo a ti…?” Entonces ella me dijo, “Henry, no podre llegar a quererte, porque ya te amo con todo mi corazón.” Al besar sus labios, creí que mi corazón estallaría de dicha. Yo le dije, “Te amo…estoy seguro que jamás podre querer a nadie como a ti. Eres la luz de mi vida.” Ella me dijo, “Henry, querido mío, como se puede ser tan feliz, tan inmensamente feliz.” Cuando llegó el padre de Antonieta, nos dijo, “Esta de mas que les diga lo que me satisface la noticia que me han dado. Ustedes son las dos personas que más amo en el mundo.” Antonieta dijo, “Papá, gracias por aceptar nuestro noviazgo.” El doctor Sampellier dijo, “Y como no, siempre he considerado a Henry como a un hijo. Lo conozco bien, y no podría pedir un mejor esposo para ti.” Yo le dije, “Querido profesor, dedicaré el resto de mi vida, a hacer feliz a mi adorada Antonieta.” El doctor Sampellier dijo, “Lo sé. Ustedes estan hechos el uno para el otro.” Antonieta dijo, “Me parece estar soñando tanta felicidad.” Los siguientes tres meses fueron los mas dichosos de mi vida. Cada día me sentía más enamorado. Un dia, sentados ambos en una banca de un parque yo le dije, “Querida, ya llevamos cuatro meses de noviazgo. Hoy hablare con tu padre, para que fijemos la fecha de la boda. No quiero esperar más. Por mí, me casaría mañana mismo contigo. Sé que eres la mujer con quien quiero pasar el resto de mi vida.” Antonieta me dijo, “Henry, te amo tanto que mi sueño dorado es ser tu esposa.” Entre los preparativos de la boda y mi trabajo, el tiempo pasó con rapidez. Un día, que atendía a un paciente en cama, le dije, “En unos días podrá marcharse a casa totalmente recuperado.” Pero el paciente me dijo, “Doctor, usted ha sido un ángel. No tengo con que pagarle, lo que ha hecho por mí. Dios lo colme de bendiciones.” Yo le dije, “Agradezco sus buenos deseos. Vendrá la enfermera a darle sus medicinas. Mañana pasare a verle.” El paciente me dijo, “Gracias, váyase a descansar, doctor. Ya es muy tarde.” Ese buen hombre tenía razón. Llevaba muchas horas en el Hospital, pero no podía desatender a los que confiaban en mí. Cuando me disponía a retirarme del Hospital, uno de los doctores me dijo, “Henry. ¿Tú nunca descansas? Atiendes en tu consultorio, vienes al Hospital, y luego visitas a los enfermos en sus casas.” Yo le dije, “Solo cumplo con mi obligación, como todos los que nos dedicamos a esta profesión.” El doctor me dijo, “Yo creo que exageras. Estoy de acuerdo en que tenemos una gran responsabilidad, pero no a costa de nuestra propia salud.” Entonces le dije, “Te aseguro que me siento perfectamente. Además, pronto me tomaré unas vacaciones.” El doctor me dijo, “Muy merecidas. Supongo que se deberán a tu viaje de bodas.” Yo le dije, “Sí, Antonieta y yo, iremos a Italia. Será un mes en que me olvidaré de todo lo que no sea mi adorada mujercita.” El doctor me dijo, “Eres un hombre de mucha suerte. La hija del doctor Sampellier, es una joven perfecta, hermosa, comprensiva, dulce, inteligente…” Yo le dije, “Sí, tiene todas esas cualidades y más. Decirte que la adóro es poco…Bueno, me marcho. Nos vemos mañana.” Cuando salí del Hospital vi que caía un gran aguacero, y pensé, “Lo que me faltaba. Estaré totalmente mojado, antes de llegar al coche.” A pesar de estar agotado, no dejé de visitar a Antonieta, quien me dijo al llegar a su casa, “Henry, mi amor, mira como vienes, mi vida. Te ves tan cansado.” Le dije, “La verdad estoy exhausto. Pero o quería dejar de verte, aunque fuera unos minutos.” Ella me dijo, “Me haces tan feliz. Gracias por amarme tanto, pero necesitas descansar.” Yo le dije, “Lo sé, solo vine a darte un beso. Me voy de inmediato, o me quedaré dormido aqui parado.” Ella me abrazó, y me dijo, “Por suerte ya solo faltan dos meses para nuestra boda, deseo tanto poder cuidarte, no tener que separarnos nunca.” Yo le dije, “Yo tambien. Será maravilloso llegar a casa, y saber que tu estarás ahí.” El amor y la dulzura de Antonieta, eran para mí la mejor medicina, en contra del cansancio y las preocupaciones. Cuando llegué a mi casa, em acosté de inmediato, y no tarde en quedarme profundamente dormido. Me pareció que recien habia cerrado los ojos cuando llego mi mayordomo a despertarme, diciendo, “Señor…señor…” Yo desperté y dije, “Qué…qué sucede…” El mayordomo me dijo, “Lo buscan con urgencia. Quieren que vaya a visitar a una dama que se está muriendo.” Me incorporé de la cama y le dije, “Juan, estoy agorado…me parece que hace unos minutos que me acosté…” Juan, el mayordomo me dijo, “Ha dormido tres horas. Señor, si quiere digo que busquen a otro médico. Usted necesita descansar.” Me levanté y le dije, “No, ante todo soy médico. Mi obligación es atender al que lo necesita. Voy a vestirme de inmediato.” Juan me dijo, “Entonces le diré al hombre que le aguarda, que irá con él.” Minutos después, un hombre me daba la bienvenida, diciendo, “Gracias doctor por haberse levantado. Mi señora está enferma.” Le dije, “Entonces no perdamos mas tiempo y vamos.” Para mi gran sorpresa nos dirigimos a un palacio digno de reyes. Mientras subíamos una escalinata, el hombre me dijo, “Doctor, le suplico me siga. Le conduciré a las habitaciones de la señora.” Yo pensé, “Debe ser una dama de la alta aristocracia, y muy rica, por cierto.” Me condujeron al segundo piso, y allí, encontré a una mujer recostada en su cama, quien me dijo, “Gracias por haber venido doctor…Ema, puedes retirarte.” Al mirarla, pensé, “Nunca, ni en mis más caros sueños, pude imaginar que existiera una mujer asi. Es…es…no hay palabras para describirla.” No podía moverme de la impresión, sus maravillosos ojos, de un verde jamás visto antes, me tenia hipnotizado. Ella me dijo, “Por favor…ayúdeme…sufro mucho…” Me acerqué y le dije, “¡Oh! Perdón…yo…haré todo lo que pueda por aliviarla.” Tras una pausa, le dije, “¿Que le sucede, señora? ... ¿Cuál es su padecimiento?” Ella me dijo, “Tengo fiebre, padezco fuertes palpitaciones…me siento tal débil que no soy capaz de levantarme…me es imposible dormir…” Por primera vez en mi vida profesional, tuve que hacer un esfuerzo para que el medico se impusiera al hombre. Al tomarle el puslo, pensé, “No parece real. Su perfume embriaga y enloquece. Tocar su piel, es una delicia, tan blanca, tan suave.” Ella me dijo, “¿Estoy muy grave, doctor?” Le dije, “No, solo tiene los nervios alterados, y eso la debilita físicamente. Le daré una medicina que la hará dormir. La necesita.” Ella me dijo, “Por favor, no se marche hasta que yo este tranquila.” Le dije, “No, no lo haré.” Me quedé hasta que el sueño la venció. No podía moverme. Era como si un imán me detuviera junto a su lecho. Sentado a en un sillon, junto a su cama, pensé, “Cuanta voluptuosidad. Cuanto amor y pasión hay alrededor de ella. Si hay algo en el cielo en esta tierra, debe ser el amor de esta mujer. Es maravillosa despierta y lo es tambien dormida. Podría permanecer contemplándola el resto de mi vida. Es como un ángel dormido y yo tengo la fortuna de estar a su lado.” Entonces, me levanté de mi asiento, y pensé, “Debo marcarme. No puedo permanecer aquí. Pero regresaré mañana, con el pretexto de ver como sigue.” Llegué a mi casa como en un trance. Todos mis sentidos estaban llenos de aquella extraordinaria mujer. Mientras me desvestía para acotarme, pensé, “No puedo pensar en nada que no sea ella. Tengo sus ojos, su cara, su aroma, clavados en mí.” Por más que tráte de conciliar el sueño, no pude, y pensé, “El amor de esa muje4r debe ser un encantamiento eterno, hecho de ensoñación y pasión. Estoy seguro que es púdica como una santa, y apasionada como una cortesana. Es de esas mujeres que oculta al mundo, todos los tesoros de su belleza. En cambio, a su amado, se entrega desnuda y con todo su ser.” Su pensamiento me quemó, toda a noche. Y cuando llegó, la mañana, me levanté, y dije, “Esto es una locura, pero no puedo evitarlo. Estoy enamorado de esa mujer. La ámo con una pasión que jamás antes conocí. ¿Cómo podía imagina que existía algo como lo que hora siento? Es como si me estuviera quemando por dentro. Y solo ella, con su presencia, con su mirada, y con la delicadeza de su voz, puede apagar el incendio que me consume.” Mas, sin embargo, tras esos pensamientos locos, llegaron las reflexiones, y pensé, “Qué insensato soy, un abismo infranqueable me separa de esa mujer. Yo no soy nadie para poder pretenderla. Ella es demasiado hermosa como para no tener un marido, un amante, un hombre a su lado, al que dé su amor, sus caricias. Odio a ese hombre a quien Dios da suficiente felicidad en este mundo. Espero que pueda sufrir sin murmurar, una eternidad de dolores.” Ya en el hospital, ese día fue eternamente largo. Prácticamente no supe lo que hacía. No podía apartar a esa mujer de mi mente. Ya por la tarde, el doctor me dijo, “Henry, ¿Te sucede algo? Te veo muy demacrado.” Yo le dije, “No tengo nada…solo un poco de cansancio.” El doctor me dijo, “Trabajas demasiado. Antonieta esta muy preocupada por ti. Tomate la tarde y llévala a pasear, se pondrá muy contenta.” Entonces, pensé, “Antonieta…me habia olvidado de ella.” El doctor me dijo, “¿Qué te sucede? ¿No me escuchaste?” Yo le dije, “Sí…sí…claro…yo…no podre ir hoy. Tengo que visitar a un paciente…está muy mal…me preocupa…por favor, dígaselo…” El doctor me dijo, “Lo haré, no te preocupes…mi hija, sabe comprender…recuerda que yo tambien soy médico.” Yo le dije, “Gracias, profesor…mañana…mañana ire a visitarla.” Sali casi corriendo. Huía de la franca mirada de mi maestro, de mi mentira, de mí mismo. Mientras me arreglaba para ir a visitar a mi paciente, pensé, “¿Qué voy a hacer? Antonieta no se merece que la hiera…pero ya no la amo.” Pero no pensé mucho en ello. Estaba ansioso por que llegara el momento de visitar a la bella mujer que me tenía enloquecido. Mientras me arreglaba frente al espejo, pensé, “Dentro de poco estaré frente a ella. Podre admirar su cara, su cuerpo, escuchar su aterciopelada voz. Me envolverá ese perfume misterioso que emana de ella, y que hace dudar si es ángel o demonio.” Por fin llegó la hora de presentarme en su casa, y cuando llegué, un mayordomo me recibió, diciendo, “Buenas noches, doctor, La señora le espera. Sígame, por favor.” Yo pensé, “Me espera…ella me espera.” Cuando llegue a la sala, ella me esperaba sentada en un sofá, con una chimenea encendida. Ella me dijo, “Doctor, cuanto agradezco su visita. Ha sido tan amable, por favor acérquese y siéntese a mi lado.” Yo pensé, “Es más hermosa de lo que recordaba. No parece real., es tanta su belleza.” Como en trance, caminé hacia ella, y me senté a su lado. Entonces le dije, “Señora, no debió levantarse. Le dije a los criados que le advirtieran que debe guardar reposo.” Ella me dijo, “Me siento muy bien. He dormido perfectamente…la medicina que me dio es milagrosa…La verdad, mi enfermedad es más del pensamiento que del cuerpo.” Yo le dije, “¿Ler aqueja alguna pena?” Ella me dijo, “Sí, muy profunda. Afortunadamente también Dios es médico, y ha encontrado la panacea universal: el olvido.” Yo le dije, “Pero hay dolores que matan.” Ella dijo, “La muerte, o el olvido. ¿No es lo mismo? La una es la tumba del cuerpo, lo otro, la tumba del corazón, eso es todo.” Yo le dije, “Señora, ¿Cómo pudo usted tener una pena? Esta demasiado alto para que estas la alcancen.” Ella me dijo, “Por favor, no me diga señora, llámeme simplemente Eloisa…usted me ve con demasiada benevolencia, doctor.” Yo le dije, “Solo digo la verdad…Eloísa…lo hago como médico y como hombre.” Ella dijo, “Gracias, si pudiera olvidar, si pudiera superar esta enorme tristeza…” Yo le dije, “Cuando la herida es demasiado profunda para cerrarse sin ayuda, envía al camino de aquella a la que quiere consolar…otra alma que la comprende; porque sabe que se sufre mejor sufriendo en compañía. Y llega el momento en que el corazón vacío, se llena de nuevo, y en que la herida cicatriza.” Entonces ella me dijo, “¿Sera usted esa persona? ¿Me ayudará a olvidar y a cicatrizar la herida?” Yo le dije, “Nada podría hacerme más dichoso, que poder hacerla olvidar el pasado y esperar el futuro.” Entonces ella me dijo, “Gracias…presiento que, con su ayuda, podre volver a sonreír.” Ella se veía radiante con su triple corona de belleza, de pasión y de dolor…y ya no fui dueño de mi voluntad. Nos besamos. Entonces Eloísa dijo, “Por favor, no debimos…” Yo le dije, “Perdóneme…yo…yo no pude contenerme…” Ella se levantó, y me dijo, “Es mejor que se marche. Me ha dicho que debo descansar.” Yo le dije, “Sí, tiene razón…pero deseo volver a verla…¿Puedo venir mañana?” Ella me dijo, “¿No es usted mi medico’ ¿El que me curará mi cuerpo y mi alma? Le espero mañana, después de las diez de la noche.” Cuando regresé a mi casa, era casi de madrugada. Mientras me desvestía, pensé, “Me siento embriagado de amor, de pasión por esa mujer. Todo ha perdido importancia, después de conocerla. Solo deseo estar a su lado. Que largo se me hará el tiempo, hasta poder regresar a su lado.” Esa tarde en el hospital, el profesor me dijo, “Henry, que bueno que te encuentro. Me pidió Antonieta que te dijera que te espera a cenar.” Entonces Le dije, “No será posible, yo…” Entonces el doctor me dijo, “Te advierto que no admitirá excusas…Henry, ella esta preocupada por ti.” Yo le dije, “No hay razón…no pensé que Antonieta fuera una mujer posesiva y…” El doctor me dijo, “Henry, a ti te sucede algo. Nunca esperé escucharte hablar asi de mi hija…” Yo le dije, “Perdóne, no supe lo que dije…yo…creo que estoy agotado…He trabajado mucho últimamente…” El doctor dijo, “Sí, estoy seguro que es eso. Hijo, yo tambien soy médico, y le he dado amor y dedicación a mi profesión…pero nunca permití que el trabajo impidiera mi felicidad, y la de mis seres queridos.” Yo le dije, “Tiene razón…yo…iré esta noche a cenar con ustedes…” Pero hubiera sido mejor que no hubiera acudido. Mientras cenaba con el doctor y Antonieta, mi mente estaba con Eloísa, y pensaba, “Pronto darán las diez…ella me estará esperando…casi pudo sentir su perfume, escuchar su voz.” Antonieta interrumpió mis pensamientos, diciendo, “¡Henry! Henry, ¡No me escuchas!” Yo le dije, “Perdón, ¿Me decías algo?” Antonieta dijo, “Sí, te decía que hace dos semanas quedamos que mañana te tomarías la tarde libre y que la pasaríamos juntos.” Yo le dije, “¡Oh! Lo olvidé. Me temo que será imposible.” Le cena transcurrió en un ambiente tenso. Cuando nos levantamos de la mesa, Antonieta me dijo, “Henry, mi amor, ¿Qué te sucede?” Yo le dije, “Nada, absolutamente nada. ¿Por qué supones que me ocurre algo?” Ella me dijo, “Porque ya no vienes a verme. Hoy no has dicho más de tres palabras desde que llegaste. Da la impresión que tus pensamientos estan muy lejos de aquí.” Yo le dije, “Antonieta, tu sabes que mi profesión es absorbente, que debo entregarme a ella, pues se trata de vidas que hay que salvar.” Ella me dijo, “Lo comprendo, pero me guisaría que me dedicaras un poco de tiempo. No te pido mucho, solo un poco. Hasta hace unos días, venias a visitarme a diario, platicábamos, me contabas de tus enfermos, compartía tu preocupación por ellos. Eso es lo que extraño, mi amor, formar parte de tu vida. Ahora me siento fuera de ella.” Yo le dije, “Exageras …no siempre tengo deseos de hablar de enfermedades, y otras ni siquiera quiero hablar.” Ella dijo, “Tienes razón, quizá exagero, pero es por lo mucho que te amo. Te prometo no volver a decirte nada.” Tras una pausa, ella me dijo, “Bueno, hablemos de otra cosa. Estaba pensado que durante nuestro viaje de bodas…” Yo la interrumpí, y dije, “Antonieta, me lo dirás otro día, ya debo marcharme.” Ella me dijo, “¿Tan pronto? Pero si aún no son ni las once…” Yo le dije, “Mañana tengo un día muy duro. Por favor, despídeme de tu padre.” Sali casi corriendo. Solo deseaba llegar junto a Eloísa. Cuando llegue, ella me dijo, “Hace mucho que lo esper, doctor.” Yole dije, “No pude venir antes, perdóneme.” Entonces ella me dijo, “Sentémonos. Hágalo a mi lado, hay tantas cosas que deseo que platiquemos.” Nos sentamos en el sofá, y ella me dijo, “Usted, más que médico del cuerpo, es médico de almas, para mí. No me dejará ¿verdad? No me abandonará cuando tanto lo necesito.” Yo le dije, “Nunca, Estaré siempre a su lado, como un esclavo, como un siervo.” Desde ese día, no deje de visitarla todas las noches sin importar nada más que estar a su lado. Mientras cenábamos en su gran mesa, yo pensaba, “Es tan hermosa. Si me lo pidiera, dejaría todo por ella, y me dedicaría a complacer cada uno de sus caprichos.” Platicamos durante horas, pero jamás me permitía ir más allá que darle uh beso que me dejaba lleno de angustia y deseo. Una noche, mientras platicábamos en el sofá, yo le dije, “¿Eloísa, ¿Por qué jamás permites que venga a otra hora que no sea de noche?” Ella me dijo, “Por qué es cuando puedo recibirte.” Yo le dije, “Estoy enamorado de ti. Desde que te conocí, solo tú llenas mis pensamientos, mi vida entera.” Ella me dijo, “Por favor, no sigas. Yo tengo que sanar la herida que llevo en mi corazón antes de poder corresponder a un amor como el que tú me ofreces.” Entonces le dije, “¿Por qué no me dices que es lo que te hace sufrir? Háblame de ellos.” Ella me dijo, “No, no podría…no ahora…quizá otro día…” Yo le dije, “Está bien, como quieras, solo deseo ayudarte.” Ella dijo, “Lo se…debo dar un baile. Hace mucho que mis amistades lo esperan….asistirás, ¿Verdad?” Yo le dije, “Sí, pero creo que sería mejor esperar un poco tu salud…” Ella dijo, “Me siento bien. Tú has logrado ese milagro. Tu compañía es confortable. Creo que ya no podría prescindir de ella.” Cuando me marchaba, sentía como si dejara el Paraiso, para entrar al Infierno. Y mientras iba en el carruaje, pensaba, “No puedo pensar en nada que no sea ella, en volver a verla. Me tiene embrujado.” Casi sin darme cuenta, habia dejado de comer, de dormir. Entonces, el doctor vino a visitarme, y me dijo, “Henry, es necesario que hablemos seriamente. Ésta última semana has estado evitándome, y hace as de diez días que no vas por la casa.” Yo le dije, “Es el trabajo…he estado muy ocupado y…” El doctor me dijo, “Por favor no sigas. No es el trabajo lo que te ha hecho cambiar. A ti te pasa algo. Dímelo, quizá pueda ayudarte.” Yo le dije, “No tengo absolutamente nada…perdóneme, pero debo ver a un enfermo y…” El doctor me dijo, “Creo que el que este enfermo eres tú. Te ves muy mal, has adelgazado, estas pálido, algo te sucede.” Hubo una pausa, y luego el doctor me dijo, “Henry, se franco conmigo. ¿Se trata de Antonieta? ¿Ya no la amas? Si es eso lo que te tiene asi, dímelo.” Tras una pausa el doctor agrego, “Sé que mi hija te quiere mucho, que sufriría si el compromiso se rompe, pero yo la ayudaré y con el tiempo olvidará.” Yo le dije, “Maestro…yo…no sé…por favor, déjeme solo, se lo suplico.” El doctor se levantó, y me dijo, “Entonces es eso. ¡Pobre hija mía…! Por mi parte, te libero de todo compromiso, sé que Antonieta hará lo mismo.” Yo le dije, “Le suplico me comprenda…quisiera explicarle, pero no me siento bien…creo que me iré a casa…mañana lo buscaré y hablaremos…” El doctor me dijo, “Ya no hay mucho que decir, pero siempre estaré dispuesto a escucharte.” Yo le dije, “Gracias, maestro.” Desde la mañana me sentía con fiebre. Llegué a mi casa y me acosté, poco después, estaba delirando. En mía delirios, veía a Eloísa en una jardin, y le decía, “Ven te lo suplico. Te necesito…eres dueña de mi vida, de mi ser…” Pero cuando ella huía de mi riendo, yo le gritaba, “¡No me dejes!....¡Eloísaaaa!” El mayordomo me vio inconsciente en mi cama, y dijo, “Dios santo, el señor se ve muy mal. Esto es lo que ha ganado por trabajar tanto. Ahora él es quien tendrá que ser atendido por un médico.”
Henry se incorporó a su narración, y dijo, “El mayordomo llamó al médico, pero ya era tarde para mí. Esa noche yo estaba muerto.” Jean exclamó, “¡Quéeee!” Louis dijo, “¡Muerto!” Henry le dijo, “Asi como lo escuchan. Yo estaba muerto, y bien muerto.” Jean dijo, “Pero eso es imposible.” Henry dijo, “Ya ven por qué les dije que era algo increíble. Les voy a contar el resto, si es que estan dispuestos a escucharlo.” Louis dijo, “Por supuesto que queremos escucharlo. Y habla, ya que, si no, seremos nosotros los que moriremos, pero de curiosidad.” Henry continuó, “Aunque la vida habia huido de mí, me daba cuenta de todo lo que sucedía alrededor.” Antonieta lloraba diciendo a su padre, “Padre, no puedo creerlo. MI amado, mi adorado Henry. Ahora comprendo su extraña conducta. Él estaba enfermo.” El doctor dijo, “Hija, me parte el alma verte sufrir asi. Tienes que conformarte.” Antonieta dijo, “No, nunca me conformare. Cómo pude dudar de él, pensar que ya no me amaba. Debí darme cuenta que algo terrible le sucedía.”
Yo experimentaba solo una conmoción fría, mientras me llevaban al cementerio y me ponían en la fosa. No se cuanto tiempo estuve sepultado, y de pronto, escuché una voz, que decía, “¡Henryyyyy…Henryyyy!” Yo pensé, “Alguien me llama.” Seguía escuchando la voz, entonces abrí el ataúd, y pensé, “Debo ir. Tengo que ir a ese llamado…” Vestido en una túnica yo mismo, y sintiéndome ligero, avancé a través del cementerio. Siempre recordaré el espanto sombrío de que estaba rodeado. Cuando vi, sentado en una tumba am mismo Diablo. Y dije, “¿Tú eras quien me llamaba?” El misterioso personaje me dijo, “Sí, voy a prestarte un servicio.” Yo le dije, “¿Quién eres?” El me dijo, “Un amigo.” Sentí preocupación, y le dije, “Estoy cansado. Vete y déjame en mi sueño.” El hombre me dijo, “Espera, ¿Te acuerdas de la Tierra?” Yo dije, “No.” El me dijo, “¿Sabes desde cuando duermes?” Le dije, “Lo ignoro.” El hombre me dijo, “Yo te lo diré. Estas muerto desde hace dos días. Y tu ultima palabra ha sido el nombre de una mujer, en lugar del del Señor.” El hombre agregó, “Si Satán quisiera, podría apoderarse de ti. Pero tienes suerte, y se te dará otra oportunidad, ¿Quieres vivir?” Yo le dije, “¿Tu eres Satán?” El hombre me dijo, “Satán o no, ¿Quieres vivir y volver a ver a Eloísa?” Entonces dije, “Eloísa…ahora recuerdo…sí. Deseo volver a verla. ¿Qué pides a cambio de permitírmelo?” El hombre dijo, “Nada, aunque no lo creas. De vez en cuando soy capaz de hacer el bien. Esta noche ella da un baile.” Yo dije, “Vamos, le prometí asistir. Me está esperando.” Me tomo de la mano para guiarme. Sentí un frio terrible que apenas me permitía moverme. El hombre dijo, “No saldremos por la puerta principal, pues el portero no te dejaría pasar. Una vez aquí, no se sale jamás. ¡Ja, Ja, Ja!” El hombre dijo, “Veo que pese al servicio que te hago, no te soy agradable. Asi son los hombres, ingratos con sus amigos. No es que censure la ingratitud, es un vicio que yo inventé, y uno de los más difundidos, pero me gustaría verte menos triste.” Yo le seguía, blanco y frio como una estatua de mármol, que un resorte oculto hace moverse. El hombre me continuó diciendo, “Yo me siento muy contento, porque hoy han ocurrido en el mundo cosas que me encantan. He tenido desde ayer 622 suicididas… dos mil trescientos cuarenta y seis asesinatos, y esto ha sucedido solo en Europa. En las demás partes del mundo, ni llevo la cuenta. Con ellas me pasa lo que a los mayores capitalistas. No puedo enumerar mi fortuna. Haciendo una media de tres millones de almas que se pierden al día, calcula en cuanto tiempo el mundo entero será mío. Me vere obligado a comprarle a Dios el Paraiso para agrandar el Infierno.” Yo le dije, “Comprendo tu alegría.” El hombre continuó, “Lo dices con aire sombrío. No te agrado, ¿Verdad? Pues deberías estimarme. Piensa que seria del mundo sin mí. Todos morirían de aburrimiento. ¿Quién inventó el oro, el juego, el amor, los negocios? el juego, el amor, los negocios? Yo. No comprendo entonces porque todos parecen odiarme tanto.” Yo, sintiéndome intranquilo, le dije, “¿Nos falta mucho? Tengo la sensación que caminamos sin avanzar.” El hombre dijo, “Estoy tratando de abreviar la ruta, pero no podemos pasar por la puerta. Hay una gran cruz que es mi aduana. Tendría que santiguarme. Y eso sí que no. Puedo hacer un crimen, pero no cometería sacrilegio. Además, como ya te dije, no te dejarían ir. Ten paciencia.” Habia en toda esta ironía de mi siniestro compañero, algo de fatal que me paralizaba. Por fin llegamos ante mi casa. Entonces le dije, “Como vamos a entrar. Todo está cerrado.” El hombre me dijo, “No te preocupes, yo inventé el robo. Tengo una segunda llave de todas las puertas, excepto la del Paraiso, por supuesto.” Entramos, no habia nadie en la casa. Nos dirigimos a mi recamara, prendí las velas de un candelabro y dije, “Pusieron sello en los muebles. ¿Cómo podre sacar mi ropa?” El hombre me dijo, “Rómpelos, toma lo que te vas a poner, y el oro que tengas guardado, sobre todo eso. Deja los cajones abiertos.” Entonces, yo le dije, “¿El oro? ¿Y para qué?” El hombre me dijo, “Porque mañana la justicia pensará que fue un robo, y encontrará forma de condenar a un pobre diablo. Esa será mi pequeña ganancia.” Obedecí, solo pensaba en Eloísa, y cada momento mis deseos de verla aumentaban. Una vez vestido apropiadamente para ir a una reunion, dijo, “Estoy listo.” El hombre dijo, “Entonces vamos. Ya veras que yo no hago las cosas a medias.” Poco después, estábamos ya en el salón con los invitados. El hombre dijo, “Si que ha organizado una gran fiesta, la dama de tus sueños. Todo se ve deslumbrante.” Yo le dije, “¿Dónde esta ella?” El hombre me dijo, “En el salón principal. Ve a buscarla.” Al caminar hacia al salón, vi reflejada en un espejo mi imagen pálida y sombría. Y pensé, “No, no estoy muerto. Éste no es el cementerio, es un baile y voy hacia el amor.” Entré en el salón y la vi en todo el esplendor de su belleza cuando me acerqué. Ella me dijo, “Temí que hubieras olvidado la invitación.” Yo le dije, “Nunca, nada me hubiera impedido asistir…” Eloísa dijo, “El baile es un éxito y esa me complace. Me siento mejor, la tristeza que me consumía esta desapareciendo.” Yo le dije, “Te ves hermosa, maravillosamente bella.” Entonces Eloísa me dijo, “Vamos a bailar, no he querido hacerlo con nadie porque te esperaba.” Entonces pensé, “¿Me amara como yo a ella? Por sus miradas, por sus palabras, creo que no me equivoco.” Bailamos una y otra vez. La musica nos arrastraba en un torbellino lascivo y rápido. Los invitados se fueron retirando, y finalmente nos quedamos solos. Mientras bailábamos, Eloísa me dijo, “Si supieras cuanto te amo.” Yo le dije, “Lo sé, yo tambien te quiero.” Nos detuvimos de bailar y le die, “Daria mi vida por una hora de amor contigo, y mi alma por una noche.” Ella me dijo, “La tendrás…te he esperado tanto…tanto…” Me condujo a su recamara, y una vez allí, me dijo, “Espérame aquí, no tardaré” Pero no pude contenerme, y con desesperación, besé esos labios que me enloquecían. Entonces ella me dijo, “Espera, no seas impaciente, vendré en unos minutos.” Antes que pudiera impedirlo, habia desaparecido. En la recamara habia un presume de misteriosa voluptuosidad, imposible de describir. Sentado en un sillon, esperando pensé, “En toda la habitacion, en cada rincón esta patente su presencia, como si se encontrara aquí. No sé si estoy vivo o muerto. No sé si esto es el Infierno o el Paraiso, pero quiero permanecer en este lugar para siempre.” Los minutos que estuvo ausente, me parecieron siglos. De pronto entró, y vestida en una bata, me dijo, “Ven, amado mío, ven a mis brazos.” Fue una noche imposible de contar, con placeres desconocidos, jamás imaginados. Eloísa se mostró ardiente, como una Mesalina, casta, como una madona, flexible como una tigresa, con besos que quemaban los labios, con palabras que incendiaban el corazón. Cuando amaneció, estando junto a ella, en su lecho, ella me dijo, “Debes marcharte, ya llega el día y no puedes quedarte aquí, pero por la tarde, cuando empiece a oscurecer, te espero.” Caminé al azar por el campo, durante todo el día. Al anochecer, me presenté en el palacio, para ver a mi amada. Cuando el mayordomo me abrió la reja de la propiedad, me dijo, “Señor, ¿A dónde va?” Le dije, “Usted debe de ser nuevo. Y por eso no me conoce. Vengo a visitar a la señora Eloísa Boumillier. Ella me esta aguardando.” El mayordomo se sobresaltó, y me dijo, “¡La señora Boumillier! Ella murió hace tres meses. Éste palacio pertenece ahora al conde de Montparnasse.” Yo exclamé, “¡Noooo!”Henry volvió a su narración, y les dijo, “Creo
que mi alarido se escuchó en todo Paris. Luego caí desvanecido.” Jean dijo,
sobresaltado, "¿Y después?" Henry dijo, sonriendo, "¿Después...?
Después desperté, porque todo eso no fue mas que un sueño, que tuve una semana,
antes de casarme con mi adorada Antonieta.”
Tomado de. Joyas de la Literatura. Año
XI. No. 210. Septiembre 15 de 1993. Guión: Herwigd Comte. Adaptación: Emmanuel
Hass. Segunda Adaptación: José Escobar.