Club de Pensadores Universales

No necesito donaciones. Este Blog se produce de manera gratuita, y se realiza sin fines de lucro.Gracias.

sábado, 9 de mayo de 2026

El Pozo y el Pendulo de Edgar Allan Poe

     El Pozo y el Péndulo, es un cuento del escritor estadounidense, Edgar Allan Poe, perteneciente al género de terror. Se publicó por primera vez en 1842, en la antología literaria, El Regalo: Un regalo de Navidad y Año Nuevo, de 1843.

     La historia narra los tormentos sufridos por un prisionero de la Inquisición española, y se ambienta, de forma muy libre, en la Guerra de la Independencia entre España y la Francia napoleónica (1808-1814), aunque evoca la temida Inquisición de siglos anteriores.
    El narrador describe su experiencia de tortura. El relato infunde temor en el lector, mediante su fuerte énfasis en los sentidos, como el oído, lo que subraya la ineludible realidad de la inminente fatalidad. En esto se diferencía de otros cuentos de Poe, que recurren a lo sobrenatural. El cuento ha sido adaptado al cine en varias ocasiones.

Resumen de la Trama

     El narrador anónimo es llevado a juicio ante los siniestros jueces de la Inquisición española, acusado de delitos que nunca se especifican. Mientras siete altas velas blancas sobre una mesa se consumen lentamente, el narrador siente que sus esperanzas de sobrevivir, también se desvanecen.

     Es condenado a muerte, tras lo cual, se desmaya y despierta en una habitación completamente oscura. Al principio, el prisionero cree estar encerrado en una tumba, pero luego descubre que se encuentra en una celda. Decide explorar la celda, colocando un trozo de su túnica contra la pared, para contar los pasos alrededor de la habitación, pero se desmaya antes de poder medir todo el perímetro.

    Al despertar, encuentra comida y agua cerca. Intenta medir la celda de nuevo, y descubre que el perímetro mide cien pasos. Mientras cruza la habitación en la oscuridad, tropieza con el dobladillo de su túnica, y cae, golpeándose la barbilla en el borde de un profundo pozo. Se da cuenta de que, de no haber tropezado, habría caído en él.

    Tras perder el conocimiento de nuevo, el narrador descubre que la prisión está ligeramente iluminada, y que está atado a una estructura de madera boca arriba, mirando al techo. Sobre él, hay una imagen del Padre Tiempo, sosteniendo un péndulo afilado, como una navaja que mide, "un pie de largo, de cuerno a cuerno".
     El péndulo se balancea de un lado a otro, y desciende lentamente, diseñado para acabar con la vida del narrador. Sin embargo, éste unta sus ataduras con la carne que le han dejado para comer, lo que atrae a las ratas. Las ratas roen las correas, y él se libera justo antes de que el péndulo comience a cortarle el pecho.

     El péndulo se retrae hacia el techo, las paredes se ponen al rojo vivo, y comienzan a contraerse, empujándolo lentamente hacia el centro de la habitación y hacia el abismo del pozo.
   Al perder el último punto de apoyo, acorralado por los muros que se mueven, y empezar a caer, oye un estruendo de voces y trompetas, las paredes se retraen, y un brazo lo rescata. El ejército francés, ha capturado la ciudad de Toledo, y la Inquisición ha caído en manos de sus enemigos.

Publicación y Respuesta

    El Pozo y el Péndulo, se incluyó en, El Regalo: Un Presente de Navidad y Año Nuevo de 1843, editado por Eliza Leslie, y publicado por Carey & Hart. Fue ligeramente revisado para su reedición en el número del 17 de mayo de 1845, del, Broadway Journal.

     William Butler Yeats criticaba a Poe en general, calificándolo de “vulgar”. De, El Pozo y el Péndulo, en particular, dijo que, “no me parece que tenga ningún valor literario permanente... Analicen El Pozo y el Péndulo y encontrarán una apelación a los nervios mediante grotescos sustos físicos”.

     El Pozo y el Péndulo, es un estudio del efecto que el terror tiene en el narrador, comenzando con la línea inicial, que sugiere que ya está sufriendo de ansiedad ante la muerte. "Estaba enfermo, enfermo hasta la muerte con esa larga agonía".
     Sin embargo, hay una ironía implícita en la referencia a los jueces de túnica negra con labios, "más blancos que la sábana sobre la que trazo estas palabras", lo que muestra que ha sobrevivido, y está escribiendo la historia después de los eventos. A diferencia de gran parte de la obra de Poe, esta historia no tiene elementos sobrenaturales.
     El "realismo" de la historia, se ve realzado por el enfoque de Poe, en informar sensaciones: la mazmorra está sin aire, y sin luz; el narrador está sujeto a la sed, y al hambre; está rodeado de ratas; el péndulo afilado como una navaja, amenaza con cortarlo; y las paredes que se cierran, están al rojo vivo.
     El narrador experimenta la hoja principalmente a través del sonido cuando, "silba," mientras se balancea. Poe enfatiza este elemento sonoro con palabras como “surcingle”, “cesación”, “creciente” y, “cimitarra”, y diversas formas de consonancia literaria.

      Poe seguía un modelo establecido de escritura de terror de su época, frecuente en la revista, Blackwood's Magazine, una fórmula que ridiculiza en su cuento humoristico, “A Predicament”.
    Sin embargo, esos relatos solían centrarse en sucesos fortuitos, o en la venganza personal como fuente de terror. Es posible que Poe se inspirara, en parte, para centrarse en la tortura impersonal y deliberada en la, Historia de la Inquisición Española, de Juan Antonio Llorente, publicada por primera vez, en 1817.
    También se ha sugerido que, el, “pozo” de Poe, se inspiró en una traducción del Corán, de George Sale. Poe también había hecho referencia al Corán en, Al Aaraaf, e Israfel.
     Poe conocía a Sale, e incluso lo mencionó por su nombre en una nota de su relato, The Thousand-and-Second Tale of Scheherazade.
     La traducción de Sale, formaba parte de un comentario y, en una de esas notas, se refiere a una supuesta forma común de tortura y ejecución, que consistía en, “arrojar [a las personas] a un pozo de fuego ardiente, de donde provenía el oprobioso apodo de Señor del Pozo”.
     En el Corán mismo, en la Sura (Capítulo) 85, Los Signos Celestiales, un pasaje dice: “...malditos fueron los artífices del pozo, del fuego provisto de combustible... y los afligieron sin otra razón, que porque creían en el Dios todopoderoso y glorioso”.
     Poe pudo haber sido influenciado para incluir una cámara de encogimiento, por, El Sudario de Hierro, de William Mudford, un cuento sobre una cámara de tortura de hierro, que finalmente aplasta a la víctima en su interior.
El Cuento de Mudford, se publicó en la revista, Blackwood's, en 1830.


Autenticidad Histórica

     Poe no intenta describir con precisión las operaciones de la Inquisición Española, y se toma considerables libertades dramáticas con el contexto histórico general, en el que se basa este relato.

     Los rescatadores, están liderados por el general napoleónico, Antoine Charles Louis de Lasalle, quien, sin embargo, no estaba al mando de la ocupación francesa de Toledo, lo que sitúa la acción durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1814), siglos después del apogeo de la Inquisición.
      Las elaboradas torturas descritas en este relato, no tienen paralelismos históricos con la actividad de la Inquisición española en ningún siglo, y mucho menos en el XIX, cuando bajo los reinados de Carlos III, y Carlos IV, solo cuatro personas fueron condenadas.
     La Inquisición, no obstante, fue abolida durante el período de la intervención francesa (1808-1813).

     La fuente original del método de tortura del péndulo, es un párrafo del prefacio del libro, de 1826, Historia de la Inquisición de España, del sacerdote, historiador, y activista español, Juan Antonio Llorente, que relata un testimonio indirecto de un prisionero liberado de las mazmorras de la Inquisición, en Madrid, en 1820, quien supuestamente describió dicho método.
     La mayoría de las fuentes modernas, lo descartan como una fantasía. Una teoría sugiere que Llorente malinterpretó el relato; el prisionero se refería en realidad, a otra tortura común de la Inquisición, la garrucha, en la que se ata al prisionero de manos a la espalda, y se le iza del suelo con una cuerda atada a las manos. Este método también se conocía como, “péndulo”.

     Poe coloca un epígrafe en latín, antes del relato, describiéndolo como “una cuarteta compuesta para las puertas de un mercado, que se construiría en el emplazamiento del Club Jacobino de París”.
     El epígrafe, no fue invención de Poe; se informó que una inscripción similar, no más tarde de 1803, había sido compuesta con la intención, posiblemente jocosa, de colocarla en el sitio, y había aparecido, sin atribución, como una curiosidad en el, Southern Literary Messenger de 1836, una publicación periódica para la que Poe colaboraba.
Sin embargo, no parece que el mercado se haya construido tal como se planeó.
     Charles Baudelaire, poeta francés que tradujo las obras de Poe al francés, y que lo consideraba una fuente de inspiración, dijo que el edificio en el sitio del, Old Jacobin Club, no tenía puertas y, por lo tanto, no tenía inscripción.

(Wikipedia en Ingles)

El Pozo y el Péndulo

de Edgar Allan Poe

    Pocos hombres y pocos escritores han sondeado la inmensidad del alma humana como, Edgar Allan Poe, pocos han explorado tan a fondo el éxtasis, o la desesperación que pueden conocer los hombres. Exploremos el escalofriante universo de misterio y terror de Edgar Allan Poe.

    Un hombre se encontraba atado de cuerdas, ante un tribunal inquisidor. El hombre pensó, “Estaba acabado, acabado hasta mas no poder, tras aquella agonía tan larga, me desataron las manos y me pude sentar, y sentí que me desvanecía, allí, en plena sala de juicios de la inquisición, la ultima frase que escuché con claridad, fue la horrible sentencia de muerte. Y de súbito deje de oír. Ya solo pude ver, con una terrible torturante exageración. Sí, y vi los labios de aquellos jueces vestido de negro.
     Me parecieron finos, blancos. Labios adelgazados por su dura expresión. ¡Por su absoluto desprecio hacia el dolor humano! ¡Nos los escuchaba, pero aquellas bocas formulaban mi destino! Sus labios formaron las silabas de mi nombre. ¡Pero no oía nada! Vi, presa de espanto frenético, las siete velas colocadas bajo la mesa. Al principio me parecieron símbolos de caridad, y de pronto imaginé que eran blancos ángeles dispuestos a salvarme.
     Mas de repente me invadió una nausea letal, y las formas angelicales, se volvieron vacuos espectros de cabezas llameantes. Entonces, como magnificas notas musicales, en mi imaginación visualice el dulce reposo que debe esperarnos en el sepulcro.
   Pero, poco a poco, a mi alrededor todo fue abismándose en la nada. Poco a poco, todo fue perdiéndose en las tinieblas. Todas mis sensaciones se precipitaron hacia un abismo, ¡Como si mi alma cayera al hades! Y luego pareció que todo el universo se habia convertido en quietud…silencio…¡Noche!"
     Me habia desmayado, aunque me parece que no perdí del todo la conciencia. No sé cuánto tiempo pasó, pero finalmente volví de aquella tenebrosa noche…descubrí extraños palacios, recordé rostros fantásticamente familiares, tuve melancólicas visiones. Saliendo de aquel estado de aparente vacío, por brevísimos momentos vislumbré el triunfo. ¡La libertad! Aromas de flores desconocidas, melodías que jamás habia escuchado.
    Mas aquellos recuerdos se confundían con la imagen de tenebrosas figuras que me llevaban hacia abajo, siempre hacia abajo en lo que parecía un descenso infinito. Finalmente, a aquel fantástico despertar de mi conciencia, siguió el despertar de mi cuerpo, la conciencia de existir, el tumultuoso latir de mi corazón.
     No quería abrir los ojos, por temor a lo que encontraría. Pero si los cerraba, corría por mi mente el recuerdo del proceso, de la sentencia de mi desmayo. Por fin, con el corazón lléno de atroz angustia, ¡Abrí los ojos de golpe! Me rodeaba la oscuridad de una noche eterna.
    Entonces pensé.
“No estoy muerto…pero, ¿Dónde estoy? Me devolvieron a mi celda, para esperar el sacrificio. ¿Cuánto tendré que esperar…días, semanas, meses? ¡No! Mi calabozo anterior tenía luz, veía las calles de Toledo…¡Dios! ¿Y si ya estoy en una tumba, enterrado vivo?”
     La agonía de la incertidumbre se volvió insoportable y traté de entender en donde me encontraba, y pensé,
“¿Por qué siento que me reservaron el mas espantoso de los destinos? ¡Ah! Por fin…¡Un muro!” Recordé los mil vagos rumores escuchados sobre los horrores de Toledo. Se contaban cosas inauditas, abominables, sobre las cárceles de la inquisición, y pensé, “Sí…no hay duda. Me trajeron aquí para morir…”
     No podía dejar de preocuparme, de enloquecer, y desesperado pensé,
“Pero…¿Cómo…y cuándo he de morir? Encajaré aquí ésta tela, y dando a tientas la vuelta al lugar, cuando vuelva a encontrarla, tendré una idea de sus dimensiones…”
     Y asi seguí. Pero la humedad y mi debilidad conspiraban contra mi…el sueño no tardó en dominarme…al despertar, me esperaban un pan y un cántaro con agua. Ávidamente traté de reponer mis agotadas fuerzas, y ésta vez con éxito, reanudé mi exploración. Y pensé, "¡Ah, le di vuelta al calabozo, aquí está la tela!” Sin embargo, aún no tenia una idea clara de aquel tenebroso sitio, y pensé,
“Ahora trataré de cruzar de lado a lado, con cuidado. El piso está cubierto de limo…de agua…”
     De pronto, la tela desgarrada de mis ropas me hizo tropezar, y caí violentamente, y algo sorprendente llamó mi atención, y exclamé,
“Pero…¿Cómo?” ¡Ante mi ya no habia piso!  Entonces exclamé, “¿Qué es esto? ¡Qué olor a hongos podridos! Oh, Dios…” ¡Me estremecí de pies a cabeza! Y pensé, “Estoy…al borde de un pozo circular…si no tropiezo. ¡Me voy al abismo!” Aventando una roca, pensé, “¿Qué profundidad puede tener?”
     Escuché durante varios segundos. Finalmente, se oyó un lúgubre chapoteo seguido de pesados ecos. En eso, me pareció que una puerta se abría arriba, a mis espaldas. Escuché un crujido de puerta. Por un instante, débiles rayos de luz invadieron el diabólico recinto, y después, nuevamente la más tenebrosa oscuridad. Exclamé,
“¡Oh Dios! Ya entiendo…”
     Pensé,
“No me queda más alternativa que a muerte. La inquisición jamás perdona. Mi muerte será una agonía física, comparada con la peor tortura mortal...¡Querían que yo cayera al pozo, que yo muriera allá abajo! Si tuviera valor, quizá me arrojaría al pozo para acabar con ésta miseria de una vez…pero no…¡NO ENCONTARÉ LA MUERTE INMEDIATA! De eso se habrán asegurado mis torturadores. ¡Lo sé! Sí en el pozo solo me espera alguna tortura abominable. ¡No el reposo de la muerte! Me he convertido en el más perfecto de los cobardes…” Entonces grité, “¡Oh Dios!”
     Y el eco repitió mi voz. Luego exclamé,
“¡Aaaay!” Bastaba el sonido de mi propia voz para hacerme temblar. Tal era el abatimiento de todo mi sistema nervioso. De nuevo acabé por dormirme. Al despertar, pensé, “Ah…tengo una sed abrazadora…” Vacié el cántaro de un solo trago. ¡Aquella agua debía contener alguna terrible droga! Su sabor amargo me hizo exclamar, “¡AFFAGH!” Y cayó sobre mí, un sueño profundo, semejante al de la misma muerte. Jamás he podido deducir cuanto duró. Pero cuando por fin abrí los ojos, una sulfurosa claridad iluminaba mi carcel. Pensando dije, “Y es más pequeña de lo que pensé. Y los muros parecen planchas de hierro o algún otro metal." Las superficies metálicas estaban pintarrajeadas groseramente con diversos emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la sepulcral superstición de los frailes inquisidores. ¡Demonios con amenazadores gestos, tenebrosos esqueletos! ¡Monstruosidades que recubrían y desfiguraban os muros! Vi tambien que el suelo era de piedra, y vi en el centro, el pozo maldito, de cuyas fauces había logrado escapar. Pero, aunque ahora veía gracias a aquella luz difusa de procedencia inexplicable, sentí un terror más agudo que antes. Pensé, “¡Oh!¿Pero qué pasa?” Mientras dormía, los inquisidores habían cambiado mi situación física. Una larga tira, un cíngulo, me mantenía inmóvil sobre un bastidor de madera muy bajo. Solo con un violento esfuerzo, alcanzaba un plato de barro con comida, puesto en el suelo. Probé el alimento, y estaba cruelmente condimentado. Pensé, “¡Ah! Seguramente quieren que muerta torturado por la sed.” Habia algo singular pintado en el techo de mi prisión. Pensé, “Una representación del tiempo. Y en vez de guadaña, tiene un…péndulo como el de un reloj antiguo." Entonces algo me movió a observar a aquella extraña maquina con más detenimiento. Pensé, “¿Será posible?” Se hallaba exactamente sobre mí, y tuve la más insólita impresión, y pensando dije, “Sí…¡Sí! Se mueve…” Su balanceo era lento y breve y, con cierta desconfianza y extrañeza observé aquel péndulo durante un rato…hasta que, exclamé, “¿Qui…Quién anda allí…?” Del pozo salían unas tras otras, ratas enormes de afilados    
dientes. Pensé dentro de mi, “¡Las atrae mi comida!” Solo con gran trabajo y atención pude ahuyentarlas. Quizá media hora después, cuando volví a fijarme en el péndulo, pensé, “¡Oh! Ahora oscila más, y a mayor velocidad…y además, el péndulo baja, ¡No hay duda!” Y entonces observé algo más con un horror indecible.
     Pensando me dije, “La parte inferior del péndulo…¡Tiene filo! Es…en realidad…una enorme navaja…ya veo…me salvé del pozo, pero ahora mis torturadores me deparan esto…” Durante largas, interminables horas, conté las oscilaciones de la hoja de acero…creo que asi pasaron días, hasta que el péndulo quedo tan cerca, que me abanicaba el rostro. Entonces pensé, “¡Oh, Dios! ¡Por qué no baja más rápido! ¿Cuánto mas tengo que soportar esta tortura?” Finalmente se apoderó de mi una extraña calma, y me quedé contemplando una espantosa cimitarra, como si fuese un hermoso juguete, y yo fuera un niño…y, a pesar de que la muerte se acercaba por segundos, por minutos, pensé en alimentarme para sustentar mis fuerzas. Fue entonces que sentí un informe pensamiento de esperanza, de extraña alegría. Entonces, pensé, dentro de mí, “¿Por qué…cómo siento algo como esperanza?” Pero el pensamiento nunca llego a completarse, y me dije a mi mismo, en el pensamiento, “Ah, mis facultades mentales estan casi aniquiladas, parezco imbécil, ¡idiota!” Tras una pausa, pensé, “¿Qué es lo que estaba a punto de ocurrírseme?”

     La filosa media luna pasaba por encima de mi corazón. Ahora, sus oscilaciones eran de casi diez metros, y cada vez silbaba con mayor violencia. Entonces pensé, “Durante algunos minutos cortará mis ropas, y después…después…¡YA NO QUIERO PENSAR!?NO!” Y la hoja mortal descendía ineludible, ¡Inevitablemente!” Pensé, “¿Por qué no baja de golpe, por que no puedo morir…ya? Pronto en una diez o doce oscilaciones, ¡tocará mi ropa!” Entonces, de pronto me invadió una gran calma, nacida quizá de mi horrenda desesperación… Por primera vez en días…me puse a pensar, “La cuerda…el cíngulo que me ata, es una sola pieza…el primer corte de la cuchilla, bastara para desatar la cuerda…pero la hoja ya está tan cerca…¿Sería posible desatarme a tiempo al cortarse la cuerda? ¿Será posible que éste detalle haya escapado a los inquisidores?¡Ya veo! Estaba equivocado…¡La hoja no cortará la cuerda! Debí saberlo…”  Pero entonces, de alguna manera, se completo aquella vaga idea que antes no pude concretar. Pensé, “¡Oh, Dios sí…siiii!” Durante las últimas horas, el número de ratas habia aumentado considerablemente. Me rodeaban por completo, fijando en mí, sus rojas pupilas centelleantes. Pensé, “Solo mis movimientos han impedido que se lancen sobre mi a devorarme…¿A qué tipo de comida se han acostumbrado…en el pozo?” A pesar de mis continuos esfuerzos, habían devorado casi todo el contenido de mi plato, incontables veces en su voracidad, habían mordido mis dedos, mi mano.
     Pensé, “Tengo el tiempo contado. ¡Tengo que poner en marcha mi…idea!” Cogí los restos de la picante carne bañada en aceite, y pensé, “Sí…¡Tengo que darme prisa!” Y hasta donde me fue posible, froté con ellas mis ataduras. Entonces, reteniendo la respiración, traté de guardar una absoluta inmovilidad. Para sorpresa mía, al dejar de moverme, las ratas se asustaron. Con asombro, pensé al verlas, “Oh, no, vuelven al pozo…”
     Pero, poco a poco, los voraces roedores comenzaron a regresar. Al verlos subir a mi cuerpo, pensé, “Dos…tres…¡Adelante!” Aquello fue el preludio de otro abominable tropel, y exclamé, “¡Allí vienen!” ¡Por centenares cubrieron mi cuerpo inmóvil. Comencé a sentir que me sofocaba. ¡Me impedían respirar! Pero…esquivando el siniestro péndulo, al fin, las ratas comenzaron a mordisquear las aceitosas ligaduras que me mantenían prisionero.
     Aguanté…a pesar de un asco espantoso que me llenaba el pecho, y me helaba el corazón…¡Aguante! De pronto, sentí perfectamente como algunas cuerdas iban cediendo. ¡Pero ya la hoja mortal rasgaba mi, mi ropa! De pronto, tras dos oscilaciones, mas, sentí un agudísimo dolor. Mas se acercaba tambien el momento de escapar.
     Con las manos libres ahuyenté a mis horrendas libertadoras. Tuve que soportar nuevamente el paso de la filosísima hoja. Y entonces, con un movimiento lento, tranquilo y decidido, me deslicé mas allá del paso de la abominable cimitarra. Exclamé, “¡LIBRE, ESTOY LIBRE!” Apenas habia dado unos pasos alejándome de la fatal cuchilla, cuando ésta se detuvo.
    Entonces pensé, “¡Oh Dios, me han estado espiando todo el tiempo!” Una fuerza indivisible la hizo ascender y ¡Desapareció! Pensé, “Para estos momentos ya me habría comenzado a partir en dos…” Vi entonces que la sulfurosa luz de mi prisión provenía de una grieta al pie de las paredes de hierro. Y sentí que algo cambiaba en la formación de mi detestable prisión. Pensé, “¿Qué es lo que pasa…? No entiendo…”
       Comenzaron a cambiar los contornos de las diabólicas figuras que decoraban las paredes, sus colores se iban alterando, adquiriendo una feroz y siniestra viveza. Pensé, “Todo…adquiere un extraño resplandor…como de fuego…” Ah, ¡Mi tormento estaba lejos de terminar! Pensé, “¡Fuego eso es! Estan calentando los muros de hierro…” Entonces dije, “¡Ah, no hay hombres más diabólicos ni implacables en toda la tierra! ¡Ah, el calor aumenta, y las paredes se van cerrando!” Ante el avance del metal ardiente, la frescura del pozo, se me antojaba un dulce bálsamo, y dije, “En cosa de minutos moriré asado…¡Cof, cof!” A la luz de los muros casi en llamas, mire hacia abajo del pozo. Pude ver las cavidades más recónditas de aquel abismo infernal, exclamando, “¡DIOS!” Pero, durante segundos de absoluto desvarío, mi espíritu se negó a comprender la significación de lo que veía.
     Mas al fin, lo que vi, se abrió paso hasta mi alma para grabarse, como con fuego, en mi estremecida razón. ¡Oh, espanto indecible! Y pensé, “Cualquier horror, cualquier muerte, menos eso, al fondo del pozo. ¡Jamás!” Pero mi celda se cerraba a mi alrededor, adquiriendo ahora una forma romboidal. ¡Ya los muros estaban al rojo vivo! Entonces pensé, primero me escapé de caer al pozo…luego pude evitar quedar cortado por el péndulo…pero ahora…”
     ¡Los muros ardientes tenían por objeto hacerme saltar al pozo! Pensé, “¡Ah! Aunque me queme el cuerpo entero, resistiendo, me acabaran empujando al horrendo abismo…” Por fin, ya casi no me quedó piso en donde posar mi chamuscado cuerpo. Ya no podía luchar…pero la agonía de todo mi ser se vertió en un larguísimo alarido de desesperación. “¡AAAAAAAY!” Se acercaba el final de mi inhumana tortura. Desvié la mirada. Me di cuenta de que me tambaleaba irremediablemente sobre la orilla del brocal. ¡Y escuche entonces un discordante clamor de voces humanas! ¡Resonó algo como una explosión, oí un huracán de trompetas, un rugido como de mil truenos! ¡Los terribles muros ardientes retrocedieron! Me sentí suspendido en el aire. Y cuando ya me precipitaba al abismo diabólico. ¡Una mano tendida amarro mi brazo! Era la mano del general LaSalle, quien exclamó, “¡Amigo!” El ejército francés habia entrado a Toledo. El ejército francés habia triunfado. ¡La inquisición estaba en manos de sus enemigos!

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año, IV. No. 41. Septiembre 1º. de 1986. Adaptación: Remy Bastien. Guión: M. A. Barrera. Segunda Adaptación: Jose Escobar.