Club de Pensadores Universales

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miércoles, 11 de marzo de 2026

El Filtro de Stendhal

   El Filtro es un cuento del escritor francés, Stendhal, publicado originalmente, alrededor e 1830, que narra un drama de amor apasionado, disfunctional, y extremo.

    La historia aborda enamoramientos que desafían la razón y la moral, destacando por su análisis picológico, el romanticismo, y un estilo directo.
   En cuanto a la trama y los temas abordados, el cuento, a veces vinculado a historias como la de Nina Vanghel, explora la obsesión, y la incapacidad de odiar, a pesar de la traición, sugiriendo que el amor actúa como un "filtro" mágico, o una poción que anula la voluntad.
    La obra se sitúa en el siglo XIX, y muestra personajes con pasiones intensas, característicos de la narrativa de Stendhal.
   El relato esta relacionado con el cuento, Il Filtro, de Silvio Malaperta, adaptado por Stendhal.

El Filtro

de Stendhal

     En una taberna, un grupo de soldados de alto rango jugaban baraja. Uno de los generales pensó, mientras veía sus barajas, “Parece que hoy se ha empeñado en serme adversa, pero tengo que reponerme, aún me queda dinero.” Era más de media noche, pero no todos los habitantes de la ciudad de Burdeos, en Francia, se encontraban entregados al descanso.

    Otro de los apostadores dijo, “Al parecer, esta no es tu noche de suerte, teniente.” El teniente, cuyo nombre era Rene, dijo, “No, pero confío que desde éste momento las cosas se me den favorables.” A pesar de que la razón le indicaba retirarse, René continuó apostando, y pensando, “Pediré otra carta…ojalá sea un as, necesito un as.” Pero las cosas no fueron asi. René se te levantó, y dijo, “Bien…creo que por ésta noche ha sido bastante…” Uno de los hombres dijo, “Esperamos verte pronto por aquí otra vez.” Otro de los hombres dijo, “Quizá la próxima vez, te vaya mejor.” René, ya con su sombrero puesto, volteó y dijo, “Pues, la próxima vez tendra que esperar. Me he quedado sin un centavo.”
   Cuando el hombre salió del lugar, camino bajo la lluvia, pensando, “Soy un tonto, debí detenerme cuando comencé a perder…no solo jugué mi sueldo, sino también el dinero que me envió mi padre. Ahora tendré que pedir prestado, o me quedaré sin comer. Merezco pasar hambre por bruto. ¿A quien podré recurrir? Casi todos mis compañeros se encuentran en mi misma situación. El sueldo apenas alcanza. No me atrevo a acudir al banquero que mi padre me recomendó, por si tenía una emergencia…” Enseguida, el René escuchó algo, y pensó, “Alguien grita con desesperación.” “Nooooo! Ahhhhh!”
   En ese instante, una mujer chocó con el teniente, y exclamó, “Ayyy!” Un hombre venía tras ella, y la mujer cayó al suelo. El teniente René pensó, “Es una mujer, y me parece que ese hombre la persigue. Esto no me gusta, pero si intervengo, me meteré en un lio, y ya tengo bastantes problemas.” Por su mente pasó la idea de alejarse rápidamente, pero el hombre que perseguía a la mujer, se detuvo y se fué. El teniente pensó, “El hombre húye…” La mujer exclamó, “Por favor…ayúdeme…”
    La voz suave y armoniosa, le hizo olvidar la idea de marcharse. El teniente René asistió a la mujer, y dijo, “Señora, permítame que la siente en el umbral de la puerta que tenemos enfrente.” La mujer dijo, “No…! Vayamos más lejos…quiero alejarme de aquí…” La mujer se incorporó, y el teniente le dijo, “Esta usted temblando…¿De frío o de miedo?” La mujer dijo, “Por las dos causas, pero más de miedo…por favor, vámonos de aquí…” El teniente le dijo, “¿A quién le teme?” La mujer dijo, “Me han robado…pero, ahora me doy cuenta que me queda una sortija de brillantes…quizá pueda pagar un alojamiento.” Tras una pausa, la mujer agregó, “Pero, ¿Como presentarme vestida como estoy en una en una hosteria, solo llevando un camizón? ¿Que pensarían de mi?” La mujer agregó, “No quiero abusar de su bondad, pero si pudiera comprar para mi un vestido sencillo, yo le aguardaría…no se dónde…¡Oh todo es tan terrible!”
    El teniente le dijo, “Señora, la voy a ayudar. Antes de nada, debe envolverse en mi capa.” El teniente la cubrió con su capa, y le dijo, “La voy a llevar a la habitación que yo rento, y allí pasara la noche.” La mujer dijo, “Caballero…pero…” El teniente René le dijo, “No se angustie. Por mi honor le júro que la dejaré dueña de mi cuarto, y no regresaré hasta mañana con la ropa que necesita.” La mujer dijo, “Dios se ha apiadado de mí, a pesar de que no lo merezco, y lo puso en mi camino.” Ambos llegaron a la casa, y cuando entraron, la mujer tropezó al intentar subir la escalera. René dijo, “Cuidado!”
    Entonces, se escuchó la voz de una mujer decir, “¿Que sucede? ¿Quién hace tanto escandalo?” Mientras asistía a la mujer, el teniente pensó, “Maldición, tenía que despertarse la bruja de la dueña.” Casi de inmediato, ésta apareció con una lámpara de mano, y dijo, “Vaya teniente, que atrevimiento traer mujeres a mi casa!” El teniente René le dijo, “¡Silencio, señora Saucede, o mañana me voy de aqui! Ésta señora es la esposa del coronel, y yo vuelvo a salir enseguida.” La señora Saucede exclamó, “Pero…” El teniente dijo, “Vamos, no se preocupe. Agregaré diez francos al págo de este mes, por su atención. Hasta mañana.”
    Dejaron a la mujer refunfuñando, y subieron las escaleras. Minutos después, el teniente abría la puerta de su habitación, y dijo, “Éntre, señora, en la mesa hay un candelabro y cerillos. Cierre la puerta por dentro, y acuéstese a descansar. Yo vendré mañana. Buenas noches.” La mujer dijo, “No tengo palabras para agradecerle…” Mientras el teniente René se retiraba, pensó, “No sé si he hecho bien, o mal, pero no podía dejar a esa mujer en la calle. Por su voz y sus actitudes, debe ser muy joven…y quizá hermosa, pero mañana veremos en que termina ésta extraña aventura.”
   Al día siguiente, el teniente regresó a su habitación, y tocó la puerta al llegar. Una voz desde el interior preguntó, “¿Quién es?” El teniente René dijo, “Yo, señora, le traigo la ropa…” La mujer dijo desde dentro, “Le suplíco la déje en la puerta, y se retíre. Cuando lo oiga bajar la recogeré. Si puede, regrese dentro de media hora.” El teniente René le dijo, “Haré lo que me pide.” Cuando transcurrió el tiempo convenido, el teniente entró a su habitación, y a mujer le dijo, “Es usted mi salvador, y no tengo palabras para agradecerle todo lo que ha hecho por mí.”
    El teniente René pensó al verla, “Es bellísima. La mujer más hermosa que he visto en mi vida.” El teniente la besó en su mano, y dijo, “Señora, para mí es un honor servirle, me doy cuenta que es usted una gran dama.” La mujer le dijo, “Gracias por sus palabras, me hace mucho bien escucharlas.” El teniente René le dijo, “He alquilado una habitación a nombre de señora Lieven, mi mujer.” La mujer dijo, “¿Su mujer? ¿Es usted casado?” El teniente dijo, “No, pero pensé que dando ese nombre, era mejor para usted. Nadie la molestará.” La mujer dijo, “Tiene razón, estoy tan angustiada, que no se me había ocurrido. Necesito esconderme, que no me encuentren…” El teniente René dijo, “Si lo desea, podemos irnos ahora mismo. No confío mucho en mi casera, es bastante chismosa.”
    La mujer dijo, “Si, vamos. Laménto darle tantas molestias. Si no es por usted, no sé qué habría sido de mí.” Poco después, la mujer dijo, llena de pena, “Ha sido para mí, un hombre muy generoso. Si quiere, déjeme y olvidese de que me ha conocido. Yo siempre recordaré lo que ha hecho por mí.” El teniente René le dijo, “Señora, si ese es su deseo, la obedeceré. Pero me parece que aún me necesita.” La hermosa mujer lo miró un instante, y luego se dejó caer en un sillón, llorando desconsolada. El teniente René dijo, “Por favor, si dije algo que la ofendiera, perdóneme.”
    La mujer dijo, desesperada, “No…no se trata…de eso…” La mujer lo miró con ojos llorosos, y dijo, “No quiero abusar más de su bondad…pero tiene razón…necesito a un amigo…estoy tan sola, tan desesperada…” El teniente René dijo, “No la abandonaré mientras le pueda ser ùtil. Iré a buscar algo de comida. Ya verá que después que se alimente, se sentirá mejor.” En los días siguiente, René se ocupó del bienestar de la mujer, cuyo nombre era Leonor, visitándola todas las tardes. Mientras reposaba en su cama, René pensaba,
“Estoy locamente enamorado de ella. Hace apenas una semana que al conozco, pero sé que es la única mujer que podré amar. No sé nada de ella, solo que es hermosa, dulce, sensible, y que ha sufrido mucho. Pero no me importa su pasado, y lo que en el sucediera. Creo que he logrado, si no su amor, su confianza, su cariño. Le pediré que sea mi esposa, y la cuidaré y protegeré el resto de mi vida.” René no podía sacarla ni un minuto de su mente. Y el solo imaginarla, le hacía templar de emoción. Rene pensaba, “Leonor, eres la dueña de mi corazón, de mi alma, de mi vida.” René soñaba despierto con una dicha que creía tener al alcánce de la mano.
   Una noche, antes de acostarse, René pensaba, “Mañana mismo le declarare mi amor. Me aceptara y lograre que me ame tanto como yo a ella.” Al día siguiente, René se presentó ante Leonor con un ramo de flores, y dijo, “Buenas tardes, me dijo ayer que le gustaban las rosas amarillas. Desgraciadamente solo encontré éste tono de rosa.” Leonor le dijo agradecida, “Es usted muy amable. Nunca podre agradecerle lo suficiente todas sus atenciones.” Leonor tomó las flores y las puso en un jarrón con agua. Enseguida dijo, “Creo que ya he abusado demasiado de su bondad. He pasado la noche pensado en lo que debo hacer…”
   Entonces Rene dijo, “Yo también pasé la noche en vela…porque…estoy locamente enamorado de usted…le suplíco acceda a ser mi esposa…” Leonor le dijo, “No…no siga…!” Rene le dijo, “Por favor. Escúcheme. Seré su esclavo. Solo pido que me deje adorarla, protegerla, tratar de ganarme su amor…” Leonor le dijo, “No merezco su cariño. No soy digna de ese amor…olvidese de mí. Me iré. Yo no quise causarle daño, ni hacerle sufrir.” Leonor se dio la vuelta, y mirándolo a los ojos, le dijo, “No puedo…soy casada.” René le tomó de los hombros, y le dijo, “¡No! Lo dice para que no insista.”
   Leonor dijo, “Ojalá así fuera, pero no. Le voy a contar mi historia. No lo hice antes por que sentía vergüenza. No quería que me despreciára. Pero, lo que ha dicho me ha indicado que es mejor que sepa toda la verdad. Eso curará el amor que dice sentir por mí.” Rene le dijo, “Nada hará que la deje de amar. Ya le he dicho que no me importa su pasado.” Leonor le dijo, “Espére a escuchar lo que voy a decirle, y ya verá que entre usted y yo, no puede haber nada, porque soy una mujer indigna, despreciable.”
    Leonor se sentó, y comenzó su historia, estando Rene junto a ella, “Yo soy española. Mis padres eran ricos terratenientes, y me educaron como una gran dama, digna de brillar en la córte. Hasta mis quince años, mi vida fué la de una joven cuyos padres se esmeran en complacer todos sus caprichos. Entonces, en España estalló la Revolución de las Cortes. Se luchaba, no solo en el campo de batalla, sino también en las calles. Olvidándose de que todos los españoles son hermanos. Muy pronto, el conflicto que se inició en Madrid, se extendió por toda España.
   Cuando volvió la paz, mi familia se encontraba prácticamente en la miseria. Nos fuimos a Sevilla, donde teníamos una pequeña propiedad.”
Entonces mi madre me dijo, “No es justo. Perdimos nuestras tierras, las casas. Lo único que nos quedó, fué ésta, la más miserable.” Yo le dije, “Madre, debemos dar gracias porque tenemos dónde vivir, y que pudimos salvar algunos muebles.” Mi madre me dijo, “¡Dar gracias! ¡Eres igual a tu padre! Si él me hubiéra hecho caso, no estaríamos en esta espantosa situación.” Yo le dije, “Él se puso de parte de lo que creía…”
    Pero mi madre me dijo, “Y mira lo que ganó. Veremos si ahora es capaz de sacarnos de la pobreza, a la que nos han llevado sus brillantes ideas. Jamás podre mirar a la cara a nuestras amistades, como invitarlas a este lugar. Mira cómo se ven nuestros hermosos muebles.” Yo le dije, “Quizá sería mejor venderlos, y comprar algunos más de acuerdo a la casa.” Mi madre dijo, “¡Jamás! Muchos de ellos los heredé de mis padres. Además, espero que vivamos aquí por poco tiempo.” Yo pensé, “¡Pobre mama! No quiere darse cuenta de que esta es nuestra nueva vida.” Mi madre nunca se conformó con nuestra vida de pobreza. Mi padre hacía lo que podía, pero era muy poco. Un día, mientras bordábamos, sentadas una frente a la otra, mi madre me dijo, “Hoy me enteré de que se casa la hija de Josefa del Valle, con el hijo del conde De la Mora.” Yo le dije, “Me da gústo por ella. Siempre estuvo enamorada de él. Seguramente harán una gran boda.” Mi madre dijo, “En lugar de alegrarte, deberías pensar en tí. Con tu belleza, podrías casarte con alguien importante y rico. ¡Ah, si yo hubiera escuchado a mi madre! Quería que me casára con un marqués, pero yo preferí a tu padre. Y ya ves. ¿Qué gané con casarme enamorada? Si hubiera sabido lo que me aguardaba…” Enseguida, mi madre se refirió a mi padre, y me dijo, “Jamás ha escuchado mis consejos. Mi dote se esfumó. Tu padre es un perdedor.” Yo le dije, “Pero te casaste enamorada, papa y tu se amaban. El amor es más importante que todo el oro de la tierra.” Ella me dijo, “¡Amor!  De que sirve cuando hay pobreza. Mírame a mí, y aprende.” Yo le dije, “Pues yo quisiera vivir un gran romance. Casarme con un hombre al que adorára con todo mi ser.” Esos eran mis sueños, pero, un día, mi padre almorzaba con nosotros, cuando mi madre le dijo, “¿Pudiste conseguir el dinero de la hipoteca de la casa?” Mi padre dijo, “No, ninguno de mis conocidos está en posibilidad de facilitarme la cantidad que necesitamos.” Mi madre dijo, “¡Qué vamos a hacer! Perdemos lo único que tenemos, es ésta miserable vivienda. Si me hubieras hecho caso. Te dije que no te metieras en ese negocio.” Mi padre se disgustó, y dijo, “¡Basta, mujer! Nada ganamos ahora con recriminaciones…” Mi madre le dijo, “¿No pretenderás que te felicite? Estoy cansada de contar los centavos, de arreglar una y otra vez los vestidos viejos…” Mi padre dijo, “Aún no está todo perdido. Mer quedan dos semanas de plazo para juntar el dinero.” Mi madre dijo, “Y crees que lo que no has logrado en meses, lo conseguirás en quince días?” Mi padre dijo, “Al menos trataré, o prefieres que permanezca cruzado de brazos?” Y así era siempre cuando discutían. Yo estaba segura de que en el fondo se querían, pero la pobreza los hacía discutir y distanciarse. Y yo pensaba, “No quiero esto para mí. Deseo una vida en que el amor supere todos los obstáculos.” Una semana después, mi padre llegaba a casa, cuando mi madre le dijo, “¿Como te fue?” Mi padre dijo, “Bien, me van a prestar el dinero.” Mi madre se levantó del sofá, y dijo, “¡Eso es magnífico! ¿Quién…quién te lo facilitará?” Mi padre dijo, “Don Gutier Ferrandez.” Entonces, mi madre le dijo, “¿Qué estás diciendo? ¿Te atreviste a pedirle a ese noble e importante caballero?” Mi padre dijo, “No tuve que hacerlo. Él me lo ofreció.” Mi madre dijo, “¿Te burlas de mí? Solo falta que me digas que te buscó para darte el dinero.”
    Mi padre dijo, “Pues asi fue. Iba yo por la calle, y él pasó con su coche, lo hizo detener y me pidió que subiéra. Yo muy sorprendido obedecí. Me dijo que se había enterado que necesitaba dinero, y que él estaba dispuesto a facilitármelo.” Mi madre dijo, “¡No puedo creerlo! Jamás me habíra imaginado algo igual. ¿Y cuando te dará el dinero?” Mi padre dijo, “Dijo que vendría él mismo a traelo esta noche.” Mi madre le dijo angustiada, “Él aquí…! Pero…eso si que es extráño…a menos que…Oh, no me atrevo ni a pensarlo!” Mi padre dijo, “¿Qué estas imaginando, mujer?” Mi madre dijo, “Nada…Leonor, deja ese bordado, y ayúdame a arreglar un poco. Hay que poner unas flores…se puede ser pobre, pero con dignidad.”  Esa noche nos visitó, regresó al día siguiente, y luego diariamente. Recuerdo que en una de sus visitas, mi madre le dijo, “Varias veces ha dicho que se siente solo, Don Gutier. Quizá debería casarse. Una mujer y varios hijos son la mejor compañía.”  Don Gutier dijo, “No lo dudo, mi señora. Estuve casado hace muchos años. Mi esposa murió al dar a luz un hijo que tampoco sobrevivió.” Mi madre dijo, “Comprendo. Seguramente la amó mucho, y aun venéra su memoria.” Don Gutier dijo, “La quise mucho, si. Pero el verdadero amor lo he conocí hace un año, el día que vi pasar a la mujer de mis sueños.” Mi madre dijo, “Oh, está usted enamorado…” Don Gutier dijo, “Como un jovencito, y lo que más deseo es poner mi fortuna y mi vida, a los pies de mi amada.” No sé por qué en ese momento experimenté un extráño temor. Mi madre dijo, “Qué afortunada es esa dama.” Don Gutier dijo, “Si me acepta, será la reina de mi hogar, de mi corazón. No habrá nada que desée, que yo no me apresúre a complacerla.” Días más tarde, en una ocasión en que estaba con mis padres en la sala, mi madre le dijo, “Desde que entraste, no has dicho una palabra, y tienes una cara muy extraña, ¿Te sucede algo?” Mi padre dijo, “Es que…aún no salgo de mi asómbro…el señor Fernadez me pidió la mano de Leonor.” Mi madre exclamó, “¡Queee…! ¡Oh, Dios, es increíble…maravilloso! ¡Qué suerte, qué suerte!” Mi madre dijo, “Le dijiste que sí, ¿verdad? Que nos sentimos muy honrados.” Entonces mi padre dijo, “Le dije que hablaría con Leonor, y si ella acepta…” Mi madre dijo, “¿Estás loco? ¡Por supuesto que acepta! Una oportunidad así no se repite en la vida, y nuestra hija no la va a desperdiciar.” Yo les dije, “Madre, yo no ámo a Don Gutier…” Mi madre dijo, “¿Y quién está hablando de amor? Tu futuro y el de tus padres, dependen de esa boda. Te casarás con él!” No tuve la fuerza de oponerme a mi madre, y accedí. Cuando Don Gutier me visitó, dijo, “Querida Leonor. No tengo palabras para decirte lo feliz que me siento. No habrá en el mundo una mujer más mimada, más amada que tú.” Don Gutier agregó, “Se que te llévo treinta años, pero me siento tan joven como un muchacho, pues eres tú quien me da esa juventud. Pero como solo deseo tu felicidad, si por mi edad no deseas ese casamiento, asumiré ante tus padres, toda la culpa de la ruptura.” Estuve a punto de decirle que no quería casarme, pero recordé a mi madre, y no fui capaz, y le dije, “Yo…yo me casaré con usted.” Don Gutier se arrodilló, beso mi mano, y dijo, “Querida Leonor, no te arrepentirás. Te lo prometo. Pídeme el cielo y te lo daré.” Yo pensé dentro de mí, “Señor, ayúdame. Él es bueno, y merece mi cariño, pero como obligar a mi corazón, a que le áme.” Gutier me colmó de regalos, como a una reina. Un día mi madre me dijo, “Éste collar es algo extraordinario. Ni en mis mejores tiempos, tuve algo igual. Y los trajes, todos bordados con hilos de oro, plata, y perlas…” Me quedé callada, y mi madre me dijo, “¿No dices nada?¡Eres muy tonta! Cualquier otra estaría loca de alegría. Te casas con un hombre riquísimo, y te adora. Imagínate que ayer le dijo a tu padre, que no podemos continuar seguir viviendo aquí, y pondrá a nuestro nombre, una gran casa.” Yo le dije, “Pero madre, no pueden aceptarla.” Mi mare dijo, “¿Por qué no? ¿Acaso tu padre no tiene derecho a participar de tu suerte? ¿Quieres vivir como reina, y que nosotros continuemos en la miseria?” Yo le dije, “No, no dio eso, pero…” Mi madre dijo, “Pero nada. Hoy cuando venga le darás las gracias por preocuparse por nosotros.” Yo le dije, “Asi lo haré, madre.” El día de la boda, fue para mí, el del entiérro de todas mis ilusiones y esperanzas. Ante el altar, yo pensé, “Señor, dame las fuerzas para ser una buena esposa, para hacerle feliz, para resignarme a mi destíno.” Desde el primer día, Gutier se mostró, como el esposo más cariñoso, amable y generoso que pudiera existir. Pero dos meses después, una noche Gutier llegó, y me dijo, “Leonor, anoche en la reunión de los condes de Castellón, estuviste platicando mucho con un grupo de jovenes, y eso no está bién.” Yo le dije, “Pero si era la hija de los condes, dos amigas y sus hermanos.” Gutier dijo, “Lo sé, pero no debiste estar tanto tiempo separada de mí.” Yo le dije, “Está bien, no volverá a suceder…ah, ésta tarde iré a visitar a mi madre.” Gutier me dijo, “Lo haces con demasiada frecuencia. No me gusta estar en la casa solo, y hoy no voy a salir.” Yo le dije, “Entonces iré mañana.” Gutier dijo, “No, espera a que yo pueda acompañarte. Ay, Leonor de mi alma, aunque parezca egoísta, te quiero solo para mí” Yo pensé, “Está celoso. Jamás le he dado motivo, pero tiene celos hasta de mis padres.” Así era, poco a poco me fué apartando de la gente, pero no le era suficiente, y un día, Gutier llegó muy entusiasmado, y me dijo, “Leonor, querida mía, te traigo una maravillosa noticia. ¡Vamos a vivir a Francia!” Yo dije, “¡A Francia!” Gutier dijo, “Si, mis múltiples negocios me obligan a residir un larga temporada allá. Nos instalaremos en Burdeos.” Yo le dije, “Pero…me voy a sentir muy sola…aquí estan mis padres. ¿No podrías tener allá, a una persona que se hiciéra cargo de tí…?” Gutier me dijo, “¡De ninguna manera! Por tus padres no te preocupes. Viven muy bien en la casa que les regalé, y me ocuparé de que no les fálte nada.” Un mes después, dejamos Sevilla, y nos instalamos aquí, en Burdeos. El primer día que llegamos, Gutier me dijo, “¿Qué te parece tu nuevo hogar? No escatimé en nada para que te sientas como una reina.” Yo le dije, “Es una casa muy hermosa. Tan grande y elegante que parece un palacio.” Gutier me dijo, “Me alegra que te gúste, pues aquí viviremos solos, tú y yo. No deseo que nadie nos moléste. Te quiero exclusivamente para mí.” Yo le dije, “¿Eso significa que no veremos a nadie, que no tendremos amistades…?” Gutier dijo, “¿Para qué? Tú me bastas a mí, y yo debo bastarte a ti. Leonor, te ámo tanto, que me dan celos hasta del aire que respiras. Con mayor razón de los jovenes que asisten a los bailes y reuniones. Súfro espantosamente, cómo te observan y admiran tu belleza.” Yo le dije, “Jamás he dado motivos para que dudes de mí.” Gutier me dijo, “Lo sé, lo sé. Querida mía, no es tu culpa, sino de esos insolentes que osan mirarte. Por ello no permitiré que lo vuelvan a hacer. Estás de acuerdo, ¿verdad?” Yo le dije, “Yo…yo haré lo que tu desées.” Mi marido era el más generosos de los hombres, el más cariñoso y atento, pero yo me moría de aburrimiento. Así trancurrió un año, y un día pensé, “Si me atreviera a pedirle que aceptáramos de vez en cuando alguna invitación, que me permitiera tener amigas. Pero cuando nada sacaría, cuando se lo he insinuádo, se niega. Que triste existencia la mía. Vivo en una prisión dorada.” Después de dos meses, un día estando desayunando juntos, yo le dije, “Siempre me has dicho que te agrada mucho el teatro. A mí también. ¿Porque no tómas un palco?” Él pensó, “Eso significaría permitir que la vieran…pero no puedo negarme…ésta vez tendré que ceder.” Y dijo, “Está bién. Adquiriré un palco. Se está presentando una compañía de caballistas napolitanos que dicen son una sensación.” Yo pensé, “Me alégro que se haya entusiasmado. Tenía tanto miedo que se negára.”
    Gutier elegió un palco casi metido en el escenario, para que no me viéran los jovenes de la ciudad. Recuerdo que Gutier decía, “Es un espectáculo magnífico. Y aún falta que se presénte el mejor de todos, el famosos Mayral. Todo Burdeos habla de su destreza.” Cuando salió al escenario, me quedé sin aliento. Pensé, “Nunca vi a un hombre más apuesto, y no ha dejado de mirarme. Sus ojos son como espadas que me traspasan el alma.” Desde ese momento, en mi diario vivir, su imagen no me abandonó un instante. Yo pensé. “Esto es una locura. ¿Cómo es posible que yo piense en ese hombre? Un caballista…si alguien lo supiera. ¡Qué vergüenza!”
    El espectáculo no era siempre el mismo, y mi esposo me llevó cada noche. Pero una noche, en una oportunidad que el salió del palco, el caballista se me acercó, y me dijo, “Señora, soy un hombre de bien quien la adora, desde la primera vez que la vi.” Estuve a punto de desmayarme de la impresión. Por mucho que traté de disimular, mi esposo notó mi turbación. Gutier me dijo, “¿Que te sucede, querida? Estás muy pálida.” Yo le dije, “Creo que…hace demasiado calor aquí…si no te importa. Preferiría que nos marcháramos.” Con uno u otro pretexto, logré que no regresáramos al teatro, pero mi corazón sangraba de dolor. Yo pensé, “Me ama, y yo a él, con todo mi corazón, pero no debo verlo más, aunque me cueste la vida.”
    Me enamoré con una pasión que no me creía capaz de experimentar. Llorando pensé, “No debo recordarlo, pero es imposible. Está grabado en mi mente, en mi alma, como si me hubiera dado un filtro mágico.” Una semana después, la domestica llego con una carta, y me dijo, “Mi señora, trajeron ésta carta para usted…léala tranquila, el señor salió, y yo nada diré.” Antes que pudiera reaccionar, la criada se marchó. Yo casi sin pensarlo, tomé la carta y la abrí.
   Pensé, “Es de Mayral, dice que ha tenido que dedicarse a éste oficio por necesidad. Pues tuvo un altercado con su padre, quien le niega toda ayuda. Su nombre es Rodrigo Pimenel, y pertenece a una importante familia española, con la que se reconciliaría por mí.” Cuando terminé de leerla, presioné la carta en mi pecho, y pensé, “Me áma, me áma de verdad. Siento una alegría tan grande, que me parece que el corazón me va a estallar.”
     Volví al teatro. Disimuládamente le sonreí, le dí a entender que no me era indiferente. Así, al verlo en su actuación, pensaba, “Lo adóro, si el fuera mi marido…viviría a su lado siempre. Sentiría sus caricias, sus besos…” Empezó a mandarme cartas cada día, y yo acabé por contestarle. Yo pensaba, “Insíste en que le conceda una entrevista. Yo la deseo tanto como él, pero es imposible. Gutier siempre está en casa y cuando sale, regresa en el momento menos pensado, y ni soñar que yo pueda salir sola.”
    Estaba desesperada, pensando que jamás podría hablar con él, verle de cerca, cuando, Gutier llegó un día y me dijo, “Mi querida Leonor, he recibido pésimas noticias. Uno de mis barcos encalló cerca de Royan.” Yo le dije, “¡Oh, lo lamento mucho! Pero no debes preocuparte tanto. Seguramente se salvará la carga, y luego sacarán el barco…” Gutier me dijo, “No es eso lo que me angustia, sino que tendré que ir a Royan. Partiré mañana temprano, tendré que dejarte.” Yo pensé, “Es un milagro. ¡La oportunidad que tanto he esperado!” Gutier me tomó de las manos, y me dijo, “Te quiero tanto que es un suplicio pensar en separarme de ti. Serán por lo menos tres días que estaré lejos.”
   Pero yo pensé, “Enviaré un recado a Mayral. Le diré que venga mañana por la noche. Me siento tan feliz. ¡Es un regalo que jamás esperé!” Al día siguiente, Gutier se despidió, y le dijo, “No quiero que salgas ni veas a nadie en mi ausencia. Regresaré lo antes posible.” Yo le dije, “Ve tranquilo. Por supuesto que no saldré. ¿A dónde podría ir?” Gutier me dijo, “¡Ah, mujercita mía! Como desearía poder llevarte conmigo. Pero es un viaje pesado y…aunque, si quisieras…” Yo le dije, “Es mejor que te espére aquí. Nunca me ha gustado viajar, y prefiero quedarme. Bien sabes que no soy fuerte y…” Gutier me dijo, “Tienes razón. El amor me vuelve egoísta. Quédate y descansa. No dejes de pensar en mí, ni un minuto.” Yo le dije, “No, no lo haré. Aguardaré ansiosa tu regreso.”
   Mentí con la mayor tranquilidad. Lo único que quería era que se marchára. Esa noche, dije a la criada, “Rosa, hace demasiado calor. Voy a dormir en la habitación de la planta que da al jardín. Aquí me sofocaría.” Rosa, la criada le dijo, “Tiene mucha razón, mi señora, abriré las ventanas para que esté más fresca.” El día se hizo eterno, y cuando llegó la noche, yo se arreglaba frente al espejo, pensando, “A las doce termina la función. Vendrá como a la una. Me parece que toda mi vida he esperado este momento.” Poco después de haberme acostado, escuché un ruido en la casa, me incorporé en la cama, y exclamé, “Gutier!”
    Gutier me dijo, “Querida mía, a medio camino me avisaron que fue una equivocación. Mi barco navega sin novedad, y mañana estará en Burdeos.” Gutier se acercó a la cama y a mí, y me dijo, “No sabes qué alivio sentí, no por el barco, sino por poder regresar y darte la sorpresa. Estás contenta, ¿verdad?” Yo le dije, turbada, “Sí…si…claro que…sí.” Enseguida, Gutier se dirigió a la puerta que daba al jardín, y dijo, “Tuviste una magnífica idea en dormir en esta recamara, es la más fresca de la casa. Voy a acostarme, estoy muy cansado.” Yo pensé, “¿Qué voy a hacer? Mayral se presentará en cualquier momento. Gutier es capaz de matarlo.” Sin notar mi terror, Gutier se acostó junto a mí, y no tardó en quedarse profúndamente dormido. Yo pensé, “¡Estoy perdida! Le expliqué muy bien a Mayral, de qué habitación se trataba, y cuando vea la ventana, quizá golpée el vidrio.” Mi desesperación aumentaba con el correr de los minutos, y de pronto, pensé, “¡Dios santo, escúcho pasos por el vestidor…! Es él…dejé la puerta abierta…Sí…debe ser él…!” Y no me equivocaba.
    Él entró, y me dijo, “Llégo tarde, ¿verdad? Tu amante me ganó la mano. Te divertía dar esperanzas, y burlarte de un caballísta, pero te equivocaste conmigo.” Yo le dije turbada, “Por favor, no sigas. ¡Es mi marido!” Pero Mayral me dijo, “Miéntes. Yo lo ví partir a medio día. Levántate y ven a la otra habitación. Si no lo haces, despiérto a éste tipo.” Yo le dije desesperada, “No, por favor, créeme. Él regresó hace poco…es muy celoso…” Mayral me dijo, “No me importa. Levántate o lo sáco a él de la cama, y lo párto en dos con mi puñal. Yo seré tu único amante!”
    Entonces Gutier despertó, y dijo, “¿Qué pasa? ¿Quién habla de amante?” Yo pensé, “¡Por todos los santos, estoy perdida!” Yo no respondí, y mi esposo, creyendo que soñaba, volvió a dormirse. Mayral por suerte se agachó. Entonces le dije, “Por favor vete…te lo ruego.” Mayral dijo, “No, levantate y ven a la otra habitación. No me iré si no lo haces.” Yo le dije, “Está bién. Iré. Espérame ahí. Debo tener cuidado…si se vuelve a despertar…” Mayral dijo, “Date prisa, o regréso a buscarte y haré cuanto ruido se me venga en gana.” No tenía alternativa. Temblando, salí de cama, y cuando llegué a la otra habitación, le dije, “¡Te lo júro por lo más sagrado, es mi marido!” Mayral me dijo, “¡No me importa, no por eso déjo de hacer el papel de idiota! Vengo porque tu me citaste. Me expongo a ser descubierto, y tratado como un ladrón, y cuando llégo, me dices que me márche!” Yo le dije, “Sí, yo te cité, porque tú me pediste en todas tus cartas una entrevista.” Mayral me dijo, “Pensaba que me amabas como yo a tí. Pero veo que me equivoqué. Solo querías burlarte de mí. La gran dama fijarse en un pobre caballísta.” Yo le tomé los brazos, y le dije, “No digas eso. ¡Te ámo…más que a mi vida…más que a nada en el mundo!” Desesperada, me colgué en su cuello, y le ofrecí mis labios, sedientos por la caricia. Aunque parezca increíble, su comportamiento, en lugar de apagar mi amor, lo aumentó. Después del beso, Mayral me dijo, “¿Cuándo nos volveremos a ver? Quiero estar a solas contigo. Dime, ¿Qué día nos reuniremos?” Yo le dije, “No lo sé. Yo te avisaré. Debo buscar un momento en que mi marido esté ausénte. Él es muy celoso, y no me deja ni a sol ni a sombra.” Mayral me dijo, “Pues no demores mucho, porque no soy paciente.” Por más que traté, no encontraba la oportunidad para darle la cita que le había prometido.  Tras leer una de sus cartas, pensé, “Está furioso. Me acusa de no querer verlo. ¡Cómo puede pensarlo siquiera, si yo lo adóro! Sus cartas ahora estan llenas de reproches, ni una palabra de amor, y yo lo necesíto como el agua al sediento.” Trataba de ir todas las noches al teatro, pero, mientras el aparecía, yo pensaba, “No me mira. Lo hace para castigarme. Ya no puedo soportar más esta situación. Prefiero morir, a perder su amor.” Así transcurrieron quince días, durante los cuales padecí las penas del infierno. Finalmente tomé una decisión, y pensé, “Me marcharé. Me iré con él. Tengo derecho a ser felíz. Solo junto a Mayral, tendré la dicha que jamás he conocido. Me llevare mis alhajas, las venderemos, y con ese dinero, empezaremos una nueva vida. Si no quiere dejar su oficio, no me importa. Seré su esclava. Y si cuando seamos viejos, estamos en la miseria, viviré mísera a su lado. Y no habrá porqué compadecerme, porque habré vivido felíz. De qué valen todas las riquezas, si no se tiene amor.” Esa noche, le dí un somnífero a mi marido, y me marché. Cuando llegué a la morada de mi amado, el abrió la puerta, y exclamó al verme, “¡Tú, aquí!” Yo le dije, “He dejado a mi marido. Desde éste instante soy tuya para siempre. Ya no podrás dudar que te ámo!” Me hizo pasar. Se veía sorprendido, asombrado. Yo estaba radiante de felicidad. Entonces me dijo, “Nunca imaginé que te atreviéras a hacer algo así…” Yo le dije, “¡Por ti soy capaz de todo, ya lo vez! Vamos a ser tan felices, podemos irnos a París…!” Pero él me dijo, “¿Te olvidas de que yo vivo de mi trabajo? Tu marido es rico, pero yo no. ¿Con qué quieres que vayamos a París?” Entonces, mostrándole las alhajas, le dije, “Yo tengo con qué…mira…” Puse las alhajas envueltas en un pañuelo sobre una mesa, y abriendo el pañuelo, le dije, “Éstas son mis alhajas, collares, diademas, pulseras, anillos, de oro, brillantes, esmeraldas, perlas…” Él me dijo, “¡Vaya querida, eres maravillosa!” Yo le dije, “Además, traje estos cartuchos con francos de oro. Aquí sería peligroso vender las alhajas, por lo que pensé que era mejor esperar llegar a París.” Él me dijo, “Tienes toda la razón. Dentro de cuatro días termina la temporada, entonces me separare del grupo, y nos iremos por nuestro lado.” Entonces, el me tomo de los hombros y me dijo, “Mi vida, no puedo dejarlos antes, bien sabes que soy el numero principal. Les haría un daño, son solo cuatro días.” Yo le dije, “Pero tengo miedo de que mi marido me encuentre. Por eso quería que nos marcháramos ésta misma noche.” Él me abrazó, y me dijo, “Aquí jamás se le ocurriría buscarte. Confía en mí, yo te protegeré y te cuidaré.” Yo le dije, “¡Oh, Mayral, soy tan feliz! Me parece mentira que esté junto a tí, y que jamás nos volveremos a separar.” Cuando nos besamos, sentía que mi corazón me iba a estallar de dicha. Habría deseado no separar jamás sus labios de los míos. Entonces le dije, “Te ámo tanto, desde la primera vez que te ví, te entregué mi corazón y mi vida entera.” Mayral me dijo, “A mí me sucedió lo mismo. Al verte en el palco, me pareció que contemplaba a una diosa.” Poco después, las caricias de Mayal me transportaron al cielo. Pasé tres días en casa de Mayral. Mi amor por él, aumentaba a medida que transcurrían las horas, los minutos. Una mañana, dije a Mayral, “Hoy es tu último día de trabajo. Por fin, mañana podremos marcharnos. Estoy ansiosa que llegue ese momento.” Mayral me dijo, “Quizá hoy por ser la última función me retrase un poco. No te preocupes, acuéstate y duerme.” Lo abracé del cuello, y le dije, “Se me hacen tan largas las horas que está ausente. Por favor, trata de regresar cuanto antes.” Mayral me dijo, “Lo haré, pero seguramente querrán brindar por fin de temporada, y si me niego a participar, podría crear sospechas, y eso no nos conviene.” Yo le dije, “No, tienes razón. No me sentiré realmente libre, hasta que nos encontremos muy lejos de aquí. Seguro mi marido debe de haber pagado para que me busquen, y lo harán por todas partes.” Mayral me dijo, “Pues quédate tranquila. Ya te he dicho que este sería el último lugar al que se les ocurriría venir.”
    Cuando se marchó, sentí una extraña sensación que traté de ignorar, y pensé, “Estoy nerviosa, y por ello, me siento asustada, llena de funestos presentimientos. No debo dejarme llevar por ellos. Mañana ya todo habrá pasado. Le pediré que no nos quedemos en Paris, preferiría un lugar más tranquilo, una casa en la campiña.” Pasé el resto del día haciendo planes, y saboreando mi dicha futura. Poco antes de medianoche, me acosté. Ya empezaba a dormirme cuando, escuché un ruido, y pensé, “Alguien acaba de entrar. Es él, que ha regresado. No me moveré hasta que esté a mi lado, y sienta sus besos.”
    Pero cuando se abrió la puerta de la habitación, y ver a una silueta, pensé, “No es Mayral…¿Quién es ese hombre?...¿Sera un ladrón?” Siempre he tenido la precaución de dejar un puñal cerca de mi por las noches. Así que lo tomé y salté de la cama, y dije, “¿Quién es usted? ¿Cómo se ha atrevido a entrar aquí? ¡Háble, o le entierro éste puñal!” Pero el hombre me dijo, “Espére señora, No me máte. Si lo hace, irá a la guillotina. Yo…vine porque me lo pidieron.” Yo levanté mi puñal, y le dije, “¿Quién? Háble o llamaré a la guardia, diré que entró a robar…”
   El hombre levantó las manos, y me dijo, “No, no, por favor…yo no he robado nada. Estoy aquí por Mayral, me lo pidió, él me pagó…” Entonces le dije, “¿Mayral? ¿Qué tiene que ver con esto?” El hombre me dijo, “Bueno…él se marchó con la hija de nuestro director. Desde hace más de un año que se aman, y…”  Entonces yo le dije, “Eso no puede ser verdad, él me ama a mí, hoy nos íbamos a marchar. Le di mis alhajas, mi oro…todo lo que tenía…” El hombre me dijo, “Vaya, ahora comprendo de dónde sacó tanto dinero. Al director le dió una buena cantidad, y a mi, diez luises porque vinera aquí.” Yo le dije, “¿Para qué?”
   El hombre me dijo, “Para que ocupára su sitio. Me dijo que usted era bonita, y que en la oscuridad, no se daría cuenta de que no era usted, quien la abrazaba y besaba.” Yo le dije, “No, no puede ser. Usted miente, el llegará en cualquier momento. Usted entró a robar e inventó toda ésta historia.” El hombre dijo, “Le júro que digo la verdad. Mayal se fue a las seis de la tarde. Ya debe estar muy lejos.” Yo le dije, “¿A dónde se fué? ¿A España? ¿Vuelve junto a su familia?” El hombre me dijo, “¿España? Él nunca ha estado ahí, nació en Santo Domingo, de donde huyó después de robar a su ámo.”
    Entonces le dije, “Un ladrón. Un mentiroso. Un hombre de la peor calaña, es de quien estoy enamorada, y a pesar de lo que sé, no puedo dejar de amarlo.” Pero el hombre me dijo, “Mayral es un pillo con suerte. Todas las mujeres lo adoran, pero él solo quiere a Elena, la hija del director. En Italia enamoró a una condesa que trató de suicidarse porque la despreció. Dicen que en Santo Domingo, la esposa de su ámo estaba loca por él.” Entonces sentí que me volvía loca, y comencé a gritarle, “Basta, no quiero saber más…Basta, por piedad…!” El hombre al darse cuenta de mi desesperación, perdió el miedo, y abalanzándose hacia mí, me dijo, “Vamos, usted y yo la podemos pasar muy bién. Yo la haré olvidar a Mayral.” Pero yo me lancé hacia atrás, y le grite, “¡Noooo! ¡No me toque…!”
 Cuando me tomó, le grite, “¡Suélteme!” Pero me dijo, “Con Mayral no eras tan esquiva, verdad? Yo tambien te voy a hacer feliz…” El sentir sus repugnantes manos sobre mi cuerpo, me dió fuerza, y le lancé una bofetada, safándome de él, y huyendo, me gritó, “¡Maldita, no escaparás y me cobraré con creces lo que me has hecho!” Asi, Leonora terminó su narración, y dijo, “Logré huír, y fue cuando me encontré con usted. Como ve, no soy digna de ese amor que me ofrece. Soy una mujer miserable y mala!” René le dijo, “¡No, usted fue víctima de las circunstancias. Yo la ámo y nada me importa lo pasado!” Asombrada, Leonora le preguntó, “¿Es posible que usted perdóne mis locuras?” René le dijo, “Tan posible que me casaría con usted, y pasaría el resto de mi vida a su lado, considerándome al más afortunado de los hombres.”
   Leonora le dijo, “Yo…no puedo aceptar…porque si encuentro a Mayral, sé que lo abandonaría a usted, y me arrastaría suplicándole que me llevára con él. No me explíco cómo aún lo ámo, después de todo lo que me hizo. Quizá me dio un filtro, pues no puedo odiarlo, y cada día siento que lo quiero más!” Leonora hizo una pausa, y finalmente dijo, “Por ello he tomado una decisión. Voy a ingresar en el convento de las ursulinas. Allí, entregada a la oración, trataré de expiar mis culpas.”
   René pensó tristemente, “Nada de lo que le diga, la convencerá. Está hechizada por ese hombre. Él no necesitó de ningún filtro, solo su apostura, y la inocencia de ella.” Leonor profesó como religiosa. Transcurrieron los años, y René nunca pudo pasar frente a un convento, sin que su corazón latiera más aprisa, pues en su interior, habia un lugar para esa mujer, a la que tanto amó.

Tomado de. Joyas de la Literatura. Año XI, Numero 227, Junio 1, de 1994. Guion: Herwigd Comte. Adaptacion: Emmanuel Hass. Segunda Adaptacion: José Escobar.

viernes, 24 de octubre de 2025

El Caballero Doble, de Teófilo Gautier

     Jules Pierre Théophile Gautier, nacido en Tarbes el 30 de agosto de 1811, y fallecido en Neuilly-sur-Seine, el 23 de octubre de 1872, fue un poeta, novelista y crítico de arte francés.

    Miembro activo de la escuela literaria conocida como Parnaso, es autor de, Esmaltes y Camafeos, Mademoiselle de Maupin, El Romance de la Momia, y, El Capitán Fracasse.

Biografía

    Nacido en el seno de una familia de origen alpino, la familia Gautier, Teófilo era hijo de Jean-Pierre Gautier, y Adélaïde Cocard. Théophile Gautier, nacido el 30 de agosto de 1811, en Tarbes, en los Altos Pirineos, conservaría durante mucho tiempo el recuerdo de las siluetas de las montañas azules.

    Tenía tres años, cuando su familia se mudó a París (8, place des Vosges). A pesar de su corta edad, sentía nostalgia, y le costó adaptarse a su nuevo entorno. Sorprendentemente precoz, solo tenía cinco años cuando empezó a leer.
    Sus primeras grandes pasiones, fueron, Robinson Crusoe, y Paul y Virginia, que le causaron una profunda impresión; luego soñó con ser marinero, antes de desarrollar una pasión por el teatro, en particular por la pintura de decorados. Tenía dos hermanas, nacidas en París: Émilie-Henriette-Adélaïde (1817-1880) y Zoé-Louise-Françoise (1820-1885).

    En 1820, a los nueve años, pasó un breve periodo como alumno interno en el, Lycée Louis-le-Grand.
     Sus padres tuvieron que retirarlo después de un trimestre, porque se estaba consumiendo allí. Más feliz como alumno externo en el, Collège Charlemagne, Gautier conoció allí al joven, Gérard Labrunie, el futuro Gérard de Nerval.
    Por esta época, comenzó a mostrar un gusto particular por los poetas latinos tardíos, cuyo extraño lenguaje le fascinaba.

     Durante su infancia, Théophile Gautier pasó numerosas estancias en la comuna de Mauperthuis, especialmente en el castillo de Mauperthuis, donde su madre, Adelaïde Cocard, era ama de llaves.

    Los numerosos paisajes que descubrió en este pequeño pueblo, enclavado en el corazón de Brie, inspiraron algunos de sus escritos, como, Mademoiselle de Maupin, y Le Capitaine Fracasse.
     Estas numerosas estancias, le permitieron desarrollar una mentalidad artística, ya que inicialmente sintió vocación por la pintura. De hecho, Théophile Gautier se formó pintando retratos de los habitantes de la comuna de Mauperthuis.

   Cursaba el primer año de secundaria, cuando comenzó a asistir al taller del pintor, Louis-Édouard Rioult, (1790-1855), en la rue Saint-Antoine, y durante esa época, descubrió que padecía miopía.

    Conoció a Gérard de Nerval, en el, Collège Charlemagne, y luego a Victor Hugo, en 1829, a quien reconoció como su maestro.
   Participó activamente en el movimiento romántico, y tomó parte en la batalla de Hernani, el 25 de febrero de 1830, período que recordó con humor en, Les Jeunes-France (1833).

    Su poesía temprana, publicada entre 1831, y 1832, pasó desapercibida, pero se distinguió de sus amigos románticos, por sus inquietudes formalistas, criticando las visiones moralistas, o utilitaristas de la literatura en el famoso prefacio de su novela epistolar, Mademoiselle de Maupin (1835).
   También escribió sus primeros relatos, como, La Cafetera (1831), en una línea fantástica que desarrollaría en otras obras, Avatar, en 1856, El Romance de la Momia, en 1858.

    En 1836, a petición de Balzac, colaboró ​​ con relatos y críticas de arte en el periódico, La Chronique de Paris. Posteriormente, colaboró ​​extensamente con otros periódicos, en particular con, La Presse, de Emile de Girardin: algunos de estos textos, se recopilarían posteriormente en volúmenes (Les Grotesques, Souvenirs Littéraires, etc.).
    También publicó poemas, (La Comédie de la Mort, 1838, o La Comedia de la Muerte) y se aventuró en el teatro (Une Larme du Diable, 1839, o Una Lagrima del Diablo).
   Entre mayo y octubre de 1840, realizó un largo viaje más allá de los Pirineos, con el fotógrafo, Eugène Piot. Envió sus impresiones al periódico, La Presse.
     Gautier trajo consigo un cuaderno de impresiones (Voyage en Espagne) y nuevos poemas (España, 1845). En 1846, regresó a España, invitado por Luis Felipe, para la boda del duque de Montpensier con la infanta.
   La novela romántica, Militona, se publicó en 1847. La trama transcurre en Madrid. Otros viajes a Argelia, Italia, Grecia y Egipto, también aportarán material para diversas publicaciones.

   En 1852, se publicó, Esmaltes y Camafeos, una colección de versos que completó hasta 1872 y que consagró a su autor como líder de una escuela:
Baudelaire dedicó sus, Fleurs du Mal, al, “poeta impecable.” y Théodore de Banville elogió al defensor del arte por el arte, precursor de los parnasianos en la búsqueda de la belleza frente a las efusiones líricas de los románticos y en la valoración del trabajo de la forma, (“Esculpir, limar, cincelar”, escribió Gautier en su poema, “Arte”, la última pieza de, Esmaltes y Camafeos, edición de 1872).

   En 1855, Gautier dejó la redacción del periódico, La Presse, y se incorporó a, Le Moniteur Universel. Crítico de arte y espectáculos, el autor publicaba numerosos artículos mensuales, sobre pintura y vida cultural, así como avances de sus obras.
    La egiptología había estado de moda, desde que Champollion descubrió los secretos de la escritura jeroglífica.
   Théophile Gautier cautivó a sus lectores, ya el 11 de marzo de 1857 con, Le Roman de la Momie, una historia de amor ambientada en la época de los faraones.
   Otra novela es la publicada en 1848 en, La Presse, bajo el título, Les Deux Étoiles, una novela en la que unos aventureros ingleses, intentan liberar a Napoleón I, de la isla de Santa Elena, se publicó a partir del 24 de junio de 1865 en, L’Univers Illustré. Entonces se tituló, La Belle Jenny.

    Continuó publicando artículos y poemas, así como una biografía de Honoré de Balzac, y obras de ficción, como su novela de capa y espada, Le Capitaine Fracasse (1863).
   Fue nombrado bibliotecario de la princesa Matilde, y frecuentó los salones literarios del Segundo Imperio, así como el mundo del arte, interesándose por músicos, Escribió sobre Berlioz, Gounod, Wagner y escribió el libreto del ballet, Giselle, y pintores, como, Eugène Delacroix, Édouard Manet, Gustave Doré, Théodore Chassériau.

   Falleció en 1872, dejando tras de sí la imagen de un testigo de la vida literaria y artística de su tiempo, cuyas concepciones artísticas, fueron significativas, y cuya obra diversa aún se reconoce.

La Gran Boutique …romántica

    El 27 de junio de 1829, Gautier conoció a quien se convertiría en su, "maestro" literario, Víctor Hugo, a quien le presentaron Gérard y Pétrus Borel.

   Este acontecimiento impulsó su carrera como escritor. El 25 de febrero de 1830, participó en la famosa Batalla de Hernani, luciendo un chaleco rojo que dejaría una huella imborrable. Esa misma noche, este ferviente hernanista abandonó el estudio de su maestro de pintura, Rioult.

   Lideró, "todas las grandes campañas románticas" contra los guardianes del clasicismo, "todas esas larvas del pasado y la rutina, todos esos enemigos del arte, del ideal, de la libertad y de la poesía, que intentan con sus manos débiles y temblorosas, mantener cerrada la puerta del futuro".
   Al mismo tiempo, escribió su primera colección de versos, cuya publicación, a cargo de Mary, financió su padre. La obra se publicó en 1830, y pasó completamente desapercibida.  

     Estos primeros poemas, sin embargo, revelan a un joven poeta de gran talento, que ya había adquirido el estilo de sus ilustres predecesores. Gautier, no obstante, demuestra una genuina originalidad mediante un sentido innato de la forma, y una expresión clara y precisa.

    Continuó relacionándose con Victor Hugo y sus allegados. Fue en este círculo, donde conoció a Célestin Nanteuil, quien, tres años después, cuando Gautier reimprimió sus primeros versos en una nueva colección, Albertus, lo elogió por su, “grabado ultraexcéntrico”. 
   También conoció al editor romántico Eugène Renduel, quien acababa de publicar, Soirées de Walter Scott, de Paul Lacroix.
    A petición suya, en 1833, escribió, Les Jeunes-France, un colorido relato de las vidas de los artistas que formaron el círculo. En esta obra, "barroca", Gautier sirve de testigo lúcido e irónico de estas, "Preciosas ridiculeces del Romanticismo". Dos años más tarde, también publicó, Mademoiselle de Maupin (1835) con Renduel, lo que causó un verdadero escándalo.

   Tras abandonar la casa familiar, en la Place des Vosges, Théophile Gautier se mudó al, Impasse du Doyenné, cerca del lugar donde hoy se encuentra, la Place du Carrousel, a una mansión en ruinas, donde convivió con Camille Rogier, Arsène Houssaye y Nerval. Compartió apartamento con Eugène Piot.

Los Inicios del Crítico y el Cuentista

    Honoré de Balzac, quien apreciaba a estos jóvenes talentos, envió a Jules Sandeau para sugerirles que colaboraran con el periódico, La Chronique de Paris en 1836. “Balzac, quien se dignó encontrar talento en mí y decirlo, me mandó llamar a través de Jules Sandeau”.

    Gautier publicó allí relatos como, La Muerta Enamorada, y, La Cadena de Oro, así como crítica de arte. Quedó profundamente impresionado por el, “maestro” y posteriormente contribuyó a su leyenda, con retratos biográficos de Honoré de Balzac.

    También trabajó para la revista de Charles Malo, La France Littéraire, y para el diario de Émile de Girardin, La Presse. En este periódico, Gautier inicialmente se encargó de la crítica de arte. Se estima que escribió más de 2.000 seriales y artículos para este periódico.
   Un pequeño número de estos artículos, están recopilados en volúmenes: Les Grotesques, L'Histoire des Peintres, l'Art Moderne, Les Beaux-Arts en Europe, L'Histoire de l'art Dramatique depuis vingt-cinq ans, Trésors d'art de la Russie, Portraits Contemporains, Histoire du Romantique, Souvenirs Littéraires, etc. O, Los Grotescos, Historia de los Pintores, Arte moderno, Bellas Artes en Europa, Historia del Arte Dramático en los últimos Veinticinco Años, Tesoros Artísticos de Rusia, Retratos Contemporáneos, Historia del Romanticismo, Memorias Literarias. Todos estos artículos están escritos alegremente en un lenguaje claro, flexible, impecable y brillante.
    Gautier inventó a su manera una forma de crítica de arte, que apuntaba no solo al juicio y al análisis, sino también a recrear la precisión del sentimiento estético. Buscó transmitir, a través de la palabra, la sensación visual y musical que produce la percepción directa de una obra de arte. Esta tarea de cronista, lo ocupó toda su vida.

“Trabajé en, La Presse, Le Figaro, La Caricature, el Museo de las Familias, la Revista de París, la Revista de los Dos Mundos, en todos los lugares donde se escribía en aquel momento”.
   A menudo pesada, esta tarea diaria no le impidió practicar deportes, (boxeo y navegación), y seguir creando obras poéticas y dramáticas.
   Así, en 1838, se publicó, La Comédie de la Mort, o La Comedia de la Muerte, un poemario muy diferente de sus anteriores, en el que, influenciado por Shakespeare, Goethe y Dante, Gautier esculpió vigorosamente el espectro de la Muerte.

   En 1839, Gautier sucumbió a la tentación del teatro, que siempre había admirado, y escribió, Une Larme du Diable (Una Lágrima del Diablo), seguida de, Le Tricorne Enchanté (El Sombrero de Tres Picos Encantado) y Pierrot Posthume.
   Se trata de fantasías, pastorales de cuentos de hadas, un teatro lírico, imposible, e imaginario, que aún hoy se plasma en los libretos de varios ballets, el más famoso de los cuales es el de, Giselle, interpretado el día de su 22.º cumpleaños de ella, por la bailarina, Carlotta Grisi, en la Ópera, el 28 de junio de 1841, con un éxito prodigioso.

Los Viajes

    En julio de 1836, Gautier y Nerval viajaron a Bélgica y Holanda. Tres años después, Gautier presentó un serial al periódico, La Presse: La Toison d'Or, o El Vellocino de Oro, una hermosa historia de amor romántica. Un relato también aparecería en el volumen de 1865: Loin de Paris.

   El 5 de mayo de 1840, partió con Eugène Piot hacia España, país que había conocido a través de los, Cuentos de España e Italia, de Alfred de Musset, y las Orientales, de Victor Hugo.
   Su Voyage en Espagne, una especie de vigoroso cuaderno de impresiones, se caracteriza por una perspectiva fresca, una visión sorprendente, y una constante preocupación por la precisión de las palabras. Estas visiones dieron origen a nuevos versos, España, que aparecieron en la colección de, Poemas Completos, en 1845.

   Este primer viaje pronto dio lugar a otros. En 1845, visitó Argelia, en 1850, Italia, en 1852, Grecia y Turquía, en 1858, Rusia, y en 1869, Egipto, enviado por el Diario Oficial para la inauguración del Canal de Suez. Cada uno de estos viajes, dio lugar a publicaciones: Italia, Constantinopla, pero sobre todo, nutrieron su obra literaria, novelas, cuentos y poesía.
   Aunque hoy en día apenas se lee, Constantinopla tuvo un gran éxito tras su publicación; la obra se incorporó a la moda del orientalismo, al redefinir sus códigos.

    Profundamente interesado en el reciente medio fotográfico, se incorporó a la, Société Héliographique, en 1851.

   En la revista, L'Artiste, del 8 de marzo de 1857, Théophile Gautier, al presentar un resumen de la exposición de fotografía de París, expresó sus ideas sobre este reciente descubrimiento. Según él, no competiría con la pintura:

“Se ha afirmado que la fotografía perjudica al arte y lo rebaja. Nunca una acusación ha sido más infundada. La fotografía es, por el contrario, la humilde sirvienta, la devota esclava del arte; toma notas para él, realiza estudios de la naturaleza para él; para él, se encarga de todas las tareas tediosas y penosas; con su caja a cuestas, recorre el valle y la montaña, el desierto y la ciudad, el viejo y el nuevo mundo, cubriéndose la cabeza con el velo de lustre negro ante cada hermoso lugar, ante cada curioso edificio, ante cada ruina que narra los secretos del pasado;
al paisajista, le evoca grupos de árboles, montones de rocas extrañas, lagos de aguas diáfanas, estanques dormidos bajo el manto de plantas acuáticas, chalets en las montañas, olas rompiendo en la orilla e incluso archipiélagos de nubes fijas con sus juegos de luz; al arquitecto y al decorador, le proporciona secciones, alzados y perspectivas de monumentos que el más hábil y avanzado artista jamás podría igualar, templos de Egipto y Grecia,
catedrales románicas y góticas... para el erudito, aporta paneles jeroglíficos copiados sin errores, inscripciones de autenticidad indiscutible; pues lo descifra todo con fluidez, esta fotografía, acusada de estúpida... para el erudito, representa, desproporcionadamente magnificada y atravesada por la luz eléctrica, la infinitud de la pequeñez que el microscopio revela como el telescopio la infinitud de lo enorme...”

La Pasión

    En 1840, Théophile Gautier visitó el, Théâtre de la Renaissance de París, donde actuaba la bailarina, Carlotta Grisi, y la reseñó con cierta tibieza. Un año después, ella estaba en la Ópera, y él quedó cautivado por su gracia, que elogió en numerosos artículos críticos.  

   La situó entre las más grandes bailarinas de su época: “Roza el suelo sin tocarlo. Parece una rosa mecida por la brisa.” Se deshizo en elogios a sus pies, que, “llevarían a la desesperación a una maja andaluza.”
   Se enamoró, ella se convirtió en su musa, y le dedicó su admiración y su inquebrantable lealtad emocional, durante toda su vida. Todo en ella lo cautivaba; además de su talento, elogió sus otras cualidades: “Su tez es de una frescura tan pura, que nunca ha llevado maquillaje que no sea para expresar su emoción”.
    Tras el ballet, Giselle y los Willis, para el cual escribió el libreto junto a Jules-Henri Vernoy de Saint-Georges, con música de Adolphe Adam y coreografía de Jean Coralli y Jules Perrot, en 1841, una obra considerada la apoteosis del ballet romántico, concluyó: “Este papel es ahora imposible para cualquier otro bailarín, y el nombre Carlotta se ha vuelto inseparable del de Giselle.”

    En esta época se forjó una estrecha amistad entre Gautier y Carlotta, que probablemente se intensificó durante una gira a Londres, para el estreno inglés de, Giselle, en 1842, a pesar de la presencia de su entonces amante, Jules Perrot; Gautier y Carlotta regresaron juntos a Francia.

    Escribió otros libretos de ballet para ella, incluyendo, La Péri en 1843, con música de, Friedrich Burgmüller, que no alcanzó el éxito esperado, quizás debido a la controversia en torno a la, "apología de las costumbres orientales," en el movimiento orientalista de la época. En su poema, "A Una Joven Italiana", de marzo de 1843, Gautier piensa en Carlotta:

Febrero temblaba de blanco con la nieve y la escarcha […]

Tus ojos azules siguen siendo las únicas violetas,

¡Y la primavera ríe solo en tu mejilla floreciente!

    Gautier frecuentaba con regularidad y discreción el vestíbulo de la Ópera, pero poco después, parece haber transferido sus sentimientos frustrados a la cantante Ernesta Grisi, con quien tuvo dos hijas, hermana mayor de Carlotta. Se mudó con Ernesta, en 1844, para formar parte permanente del círculo familiar de la bailarina. Aunque fueron amantes durante un tiempo, su pasión por la bailarina recibió poco apoyo;
   Ya de avanzada edad para la época, cuando Carlotta le dijo que lo amaba, él respondió: "¿Qué debo hacer para conquistar tu corazón por completo? ¿Qué palabras debo decir, qué poción debo usar? ¡Te he amado por tanto tiempo! No esperes a que muera para apiadarte de mí... déjame imaginar que te sostengo en mis brazos contra mi corazón, que te chupo el alma de los labios y que tú no rechazas la mía".

En 1845 y 1846, Carlotta recibió la visita de Théophile Gautier, acompañado de Ernesta, en Londres. A principios de la década de 1850, el escritor viajero siguió a su musa, quien actuaba como primera bailarina en los grandes teatros imperiales de San Petersburgo, Rusia.

    Los apasionados sentimientos de Gautier por su, "querida alma" fueron innegables a lo largo de su vida, y hasta su muerte, en sus cartas solía firmar como, "tu fiel esclavo". "Aunque no puedo expresarte mis sentimientos, sientes que te amo, que no tengo otros pensamientos que los tuyos, que eres mi vida, mi alma, mi eterno deseo, mi adoración que nada puede cansar ni repeler, y que tienes en tus manos mi desgracia y mi felicidad".

   La bailarina se retiró en 1856 a Saint-Jean, en Ginebra, donde crio a su hija, a quien, Théophile Gautier colmó de atenciones y regalos cuando no la visitaba.

    En 1861, la familia de Gautier se alojó con su hermana y tía Carlotta Grisi, mientras Gautier viajaba a Rusia. A su regreso, su amistad se reavivó y se mantuvo gracias a una animada correspondencia y una larga estancia anual, que dio lugar a reuniones de admiradores de Gautier en la villa de Saint-Jean, donde Gautier se quejaba de no tener suficiente tiempo a solas con ella.
Le recordaba imágenes de su pasado, cuando triunfaba en el escenario: “Fresca como una flor, ligera como una mariposa, alegre como la juventud, luminosa como la gloria...”. Le escribió hasta sus últimos días en 1872, ella a los 53 años, y él a los 61, siempre con pasión y admiración, aún implorando una mirada, un beso.

La Madurez

    Paralelamente a su labor crítica, que continuó en el, Moniteur Universel, Gautier siempre conservó una predilección por la poesía: esta siguió siendo, como atestiguaron amigos como Émile Bergerat y Maxime du Camp, por ejemplo, su pasión, su distracción, su ejercicio diario.

   Así, el 17 de julio de 1852, mientras Gautier se encontraba en Constantinopla, E. Didier publicó la primera versión de Émaux et Camées,o, Esmaltes y Camafeos, una colección que se enriqueció con nuevos poemas hasta 1872.

   En 1857, tras abandonar la rue de la Grange-Batelière (París), Gautier se mudó con su pareja, Ernesta Grisi (hermana de la bailarina Carlotta Grisi, de quien se convertiría en amante), sus hijas,
Judith Gautier (que se casaría con Catulle Mendès y sería la amante de Victor Hugo) y Estelle (que se casaría con Émile Bergerat), así como sus dos hermanas, al número 32 de la rue de Longchamp en Neuilly-sur-Seine,
en una pequeña casa donde disfrutaba recibiendo a sus amigos: Baudelaire, a quien veía regularmente, Dumas hijo, Ernest Feydeau, Gustave Flaubert, Puvis de Chavannes y Gustave Doré. La casa sufrió daños en 1871, durante la Comuna de París, y Théophile Gautier residió un tiempo en Versalles, antes de trabajar en la renovación del edificio ese mismo año.
   Una placa y un busto del escritor, obra de Albert-Ernest Carrier-Belleuse, antiguamente colocados en un nicho de la fachada, conmemoran su memoria.

   De su romance con Eugénie Fort, una mujer muy bella, más joven que él, y de origen español, tuvo un hijo, Théophile Gautier, nacido el 29 de noviembre de 1836, quien reemplazaría a su padre varias veces en el, Moniteur Universel.

   En los salones literarios de la princesa Mathilde, de quien fue nombrado bibliotecario, Gautier también conoció a escritores como Taine, Sainte-Beuve, Prosper Mérimée y los hermanos Goncourt; pintores como, Paul Baudry, Gustave Boulanger, Jean-Léon Gérôme y Frédérique O'Connell, quien pintó su retrato en 1857;
   escultores como Jean-Baptiste Carpeaux; y eruditos como Claude Bernard, Louis Pasteur, y Marcellin Berthelot. En aquella época, Gautier era considerado líder de una escuela. Baudelaire se declaró su discípulo, le dedicó, Les Fleurs du Mal, calificándolo de, “poeta impecable”, y Théodore de Banville le dedicó sus versos.

   En 1844, Théophile Gautier fundó el, Club des Hashischins con Jacques Joseph Moreau, un club dedicado al estudio del cannabis. Este club era frecuentado por muchos artistas de la época, entre ellos Charles Baudelaire.

Presidente de la Sociedad Nacional de Bellas Artes

   Elegido en 1862 presidente de la Société Nationale des Beaux-Arts, estuvo rodeado por un comité compuesto por los pintores más prestigiosos: Eugène Delacroix, Pierre Puvis de Chavannes, Édouard Manet, Albert-Ernest Carrier-Belleuse y Gustave Doré.

   Esta elección a un puesto destacado, despertó la envidia de algunos escritores menos conocidos, y no logró ser admitido en la, Académie Française, a pesar de cuatro solicitudes (en 1856, 1867, 1868 y 1869).

Últimos Días y Muerte

    Profundamente conmovido por los acontecimientos militares de 1870, Gautier regresó a París, donde terminó sus días, consumido por una enfermedad cardíaca, pero consciente de su deber de enseñar y dar ejemplo a las generaciones más jóvenes.

   Victor Hugo obtuvo ayuda financiera del gobierno, y lo invitó a su casa en Guernsey.

    Sin embargo, la noche del 23 de octubre de 1872, su corazón dejó de latir. Sus yernos, Catulle Mendès, considerado un hombre de mala reputación por Gautier, y Émile Bergerat, fueron testigos y firmantes de su certificado de defunción.

   Hugo, Stéphane Mallarmé y Théodore de Banville le ofrecieron un último brindis fúnebre. Edmond de Goncourt relató su pomposo funeral, durante el cual Alexandre Dumas hijo, leyó el panegírico.
    Está enterrado en París, en el cementerio de Montmartre (3.ª división, al final de la avenida).
   Su tumba, esculpida por Cyprien Godebski, está coronada por una Calíope, la musa de la poesía, que sostiene una palma y una lira, apoyada en un escudo con la efigie de Gautier; debido a su ubicación, este monumento permanece casi constantemente en la sombra.

(Wikiedia en Frances)

   En 1863, Gautier publicó una colección en, Novelas y Cuentos, “El Caballero Doble.”

El Caballero Doble

de Teófilo Gautier

   En el siglo VX, los caballeros pasaban gran parte de su vida en guerras que a veces duraban años. Luchaban por aumentar sus posesiones, por odios ancestrales, por reparar ofensas. Jamás faltaba un motivo que les hacía partir a la lucha.

    Como en todas las guerras, las batallas estaban llenas de crueldad, y no habia compasión para los enemigos. Para cerrar las victorias, se hacían grandes festejos, entre ellos, el principal eran los torneos.
  Un caballero dialogaba con su ciervo. “Gastón, acabo de ver a la mujer más bella que han contemplado mis ojos y quiero saber quién es.” Gastón le dijo, “¡Indíqueme donde se encuentra, mi señor, y yo averiguare acerca de ella!” El caballero dijo, “Se encuentra junto a las hijas del duque de Hermantal. Su cabello es como hebras de oro, y sus ojos guardan todo el verde del mar.”
   Gastón dijo, “Mi señor, no es necesario que vaya a preguntar. Sé el nombre de esa hermosa dama.” El caballero dijo, “¿Cuál es? ¿Quién es ella?” Gastón dijo, “La hija del conde de Moldegauf. Se llama Edwige, y tiene fama de hermosa y admirada por los más connotados caballeros.” Tras una pausa, Gastón agregó, “Pero ella no da esperanza a ninguno, a pesar de que varios han pedido su mano.”
   El caballero dijo, “Me llena de felicidad lo que dices. Temía que estuviera casada, o comprometida.” Tras una pausa, el caballero dijo, “Gastón, llévale la cinta con mi escudo bordado, para que sepa que le ofrezco mi participación.” Gastón, dijo, “Gustoso cumpliré su encargo, mi señor.” A la bella joven que inquietaba el corazón del conde de Lodborg, éste no le habia pasado inadvertido.
   Una dama que estaba sentada junto a Edwige, le dijo, “Acaba de regresar triunfante de la guerra. Con la lanza y la espada, es invencible. Ya lo veras.” Edwige dijo, “Es muy apuesto, pero eso no es lo que me ha impresionado de él…tiene algo, que no sé cómo explicar…” Una tercera dama dijo, “No nos dirás que por fin apareció el hombre capaz de despertar en ti el amor.”
   Edwige dijo, “No lo sé, sentí algo muy extraño cuando sus ojos se quedaron observándome. Jamás antes habia experimentado algo igual.” En ese momento, Gastón se acercó a Edwige, diciendo, “Con todo el respeto que una dama tan principal merece, mi señor, el conde Lodborg, le suplica acepte esta cinta, en señal de admiración.” El hombre agregó, “Y le hace saber, que luchara con todo su valor para lograr un triunfo que, desde ya, le ofrece.”
   Edwige le dijo, “Me dará un gran gusto entregar al conde de Lodbrog la corona de campeón, y desde ya, hago votos por que sea el ganador.” La tercera dama dijo, “Te ha enviado la cinta. Eso significa que te ha elegido como su dama.”  La segunda dama dijo, “Tienes mucha suerte, pero te aseguro que te has ganado la envidia de muchas de las damas presentes.”
    Al empezar el combate, el conde iba guiado por el inmenso deseo de poner a los pies de Edwige, una victoria absoluta. Mientras galopaba hacia su rival, el conde pensó, “Ella me está mirando. Tiene mi cinta en sus manos, tengo que vencer.” En medio del campo, se encontraron los adversarios, y el choque de sus lanzas en los escudos, retumbó en todo el bosque.
    Después de tres intentos, en que ninguno logró derribar a su enemigo, echaron mano de las espadas. Llevaban unos minutos luchando, y de pronto…uno de los guerreros, cayó de su caballo al suelo. Terminado el torneo, Renato de Lodbrog fue declarado triunfador.
   Cuando Edwige coronó a Lodborg, con una corona de laurel, dijo, “Es un orgullo para mí, tener el honor de coronar a quien hizo frente a tantos valientes caballeros.” Desde ese momento, fue como si un imán atrajera el uno hacia el otro.
   Un día que ambos platicaban dando un paseo, Lodbrog dijo, “Estoy muy agradecido de que tu padre me invitara a permanecer una temporada en sus posesiones, pero debo regresar a mi castillo.” Edwige dijo, “Pero apenas llevas dos semanas con nosotros…” Lodborg la miro a los ojos, y le dijo, “Hace mucho tiempo que falto en mis tierras. Estuve tres largos años en la guerra. Apenas volví, partí al torneo…donde tuve la gran suerte de conocerte…Edwige, no quisiera irme…”
    Edwige dijo, “Pero lo harás. Me lo acabas de decir. Quizás nunca nos volveremos a ver.” Lodborg dijo, “No, eso no sucederá porque yo te amo. No podría vivir sin ti. Edwige, si me correspondieras yo…” Edwige le dijo, “Renato, yo tambien te quiero…te quiero con toda mi alma…mi corazón se destroza al solo pensar que te marcharas.” No fue necesario aguardar la respuesta. Los ojos de ella le dijeron lo que tanto anhelaba escuchar. Lodborg la beso.
   Luego le dijo, “Te adoro. Ahora mismo iré a hablar con tu padre, y le pediré tu mano. Nos casaremos amada mía.” Edwige dijo, “Sí, seré tu esposa y eso me convertirá en la más feliz de las mujeres.” Una semana después, Lodborg partía en su caballo, y desde la ventana de una torre, su amada Edwige pensaba, “Adiós, amor mío. Aquí estaré aguardando ansiosa el momento en que vengas a buscarme, y me lleves contigo para siempre.”
   Mientras Edwige lloraba, su madre le dijo, “Edwige querida, seca esas lágrimas. Dentro de seis meses, tú y Renato se casarán. El tiempo pasará más rápido de lo que imaginas.” Edwige dijo, enjugándose las lágrimas, “¡Seis meses! Me parecen seis siglos.” Su madre le dijo, “En cambio a mí se me hará muy corto. Eres nuestra única hija, y aunque estamos contentos de que un hombre como Renato sea tu esposo…nos da una enorme tristeza que te vayas, pero lo que nos conforma, es que tú serás dichosa.”
   Edwige dijo, “Tambien yo los extrañaré. Madre, si no amára tanto a Renato, jamás los dejaría. Pero siento que él es mi vida entera.” Su madre le dijo, “Querida hija, yo deje a mis padres por seguir a mi esposo. He sido muy feliz a su lado, y no me arrepiento.” Tras una pausa, su madre agregó, “Tendrás hijos que te llenaran de ilusión, de dicha, como tu a nosotros.” Edwige dijo, “Hijos…no habia pensado en ello. Me gustaría tener varios, y que el mayor fuera un niño igual a su padre.”
    Su madre le dijo, “Yo deseaba lo mismo. Pero Dios solo quiso enviarnos a ti, y hemos agradecido a diario por una hija tan maravillosa.” Edwige dijo, “Y Dios me premió a mí, por darme unos padres como ustedes.” Transcurrieron los meses, y por fin llego el gran día.
    Las palabras del sacerdote se hicieron escuchar en la gran iglesia. “Por el sagrado sacramento del matrimonio, quedan unidos, hasta que la muerte los separe.” Un gran banquete siguió a la ceremonia, y luego, los novios se retiraron a las habitaciones que les habían preparado. Una vez dentro de la habitación, Lodborg tomó por la cintura a Edwige, y le dijo, “Mi adorada Edwige, te amo tanto…dedicare el resto de mi vida a hacerte feliz.”
  Edwige dijo, “Renato, te adoro. Me parece un sueño que ya soy tu esposa, que ya nada ni nadie nos podrá separar.” Renato le dijo, “Amor mío, siempre ha sido mi deseo tener un hijo que herede mi nombre y posesiones. Pero ahora quisiera una niña igual a ti. Con tu misma sonrisa, esos ojos que de tan verdes parecen transparentes, tu dulzura, tu enorme calidez…”
   Edwige dijo, “A mí me gustaría que nuestro primogénito fuera hombre, y una copia fiel de su padre, el hombre más maravilloso de la tierra.” Dos semanas después, en una mañana, Lodborg dijo a Edwige, “Edwige, éste es tu hogar desde ahora. Deseo que aquí tu felicidad sea completa.” Edwige dijo, “Se que cada día que viva en este hermoso castillo, será la continuación de la dicha que he sentido desde el momento que te conocí.” No tardo Edwige en ganarse el cariño de todos los súbditos del condado.
    Edwige solía visitar hogares pobres. Una mujer llena de hijos despedía a Edwige, y decía, “Dios la bendiga, condesa. Es usted tan bondadosa con la difunta madre de nuestro señor.” Edwige le dijo, “Nada me puede dar mayor alegría, que ser comparada con alguien que sé, es venerada en estas tierras.” Edwige agregó, “Ya viene el invierno, y los niños no tienen ropa de lana para cubrirse del frio.”
   Enseguida, Edwige dijo a una de sus sirvientes, “Por favor, entréguele un paquete.” La humilde mujer dijo, “El señor la colme de alegrías y satisfacciones, señora condesa. Cada día lo pido en mis oraciones.”  Se preocupaba de los desposeídos, tratando de aliviar sus sufrimientos. En otra ocasión, Edwige visito a una mujer que estaba enferma en cama, y le dijo, “Enviare comida para tus hijos, y vere que los cuiden hasta que puedas levantarte.” La mujer le dijo, “Señora condesa, es usted un ángel.”
    Todos en el condado se deshacían en alabanzas sobre ella. Un día, su esposo Renato le dio una sorpresa y le dijo, “Adorada esposa, esto es para usted.” Edwige dijo, “Renato, me consientes demasiado. Siempre encuentras pretextos para darme hermosos regalos. ¿Qué me traes ahora?” Renato le dijo, “Simplemente deseo dar a mi gran amor, un recuerdo por los primeros meses de nuestro matrimonio.” Edwige dijo, “Querido mío, muchas veces durante estos meses me he preguntado que hice para merecerte.”
    Renato le dijo, “Edwige. Tu mereces mucho más de lo que yo pueda darte. Eres la belleza, la bondad, la alegría, el amor personificado…” Renato agregó, “Si yo alguna vez pensé que era feliz antes de conocerte, quiero decir que no sabía lo que era la felicidad.” Edwige dijo, “Yo tambien tengo algo para ti. Te lo pensaba dar durante la cena, pero creo que te lo daré ahora mismo.” Minutos después, Renato entregaba un collar a Edwige, diciendo, “Edwige, es una verdadera obra de arte.”
    Edwige dijo, “Renato, que collar tan maravilloso.” Renato le dijo, “Pedí que todos los brillantes fueran en forma de corazón. Quisiera tener tantos como en el collar, para adorarte más.” Edwige dijo, “Qué generosos eres. Mi obsequio es más simple.” Edwige entregó un manto bordado a Renato, y le dijo, “Tu nombre está bordado con mis cabellos. Debí hacerlo con hilos de oro.”
    La pareja se profesaba un amor sin límites. No habia nubes en su vida, pero los meses transcurrían. Pero un día, Edwige oraba hincada frente al altar de la Iglesia, pensando, “Padre amado, porque hasta el momento se nos ha negado la dicha del hijo que tanto deseamos tener. Ya hemos cumplido un año de casados y no puedo dar a mi esposa la noticia que tanto anhela escuchar. Él nada me dice. Me quiere demasiado para hacerlo, pero sé que le entristece el que no tengamos descendencia. Perdóname señor no debo quejarme. Mi debe es aceptar tu voluntad, pero…te lo suplico, mándame un hijo.”
    Pero el tiempo continuó transcurriendo, y un día, Edwige bordaba con sus dos hayas. Entonces Edwige les dijo, “Dentro de una semana cumpliré cuatro años de matrimonio. Que dichosa me sentiría si pudiera decirle que espero un hijo.” Su haya le dijo, “Mi señora, ¿No saldrá hoy a dar un paseo por el parque?” Edwige dijo, “No…no estoy de ánimo…me siento muy triste…nada saco con ocultarles lo que acongoja, ustedes bien lo saben.”
    La joven ayudante de la haya dijo, “Sí, señora, es poque no ha llegado el hijo que tanto desea…pero usted es joven, y el día que menos lo espere…” Edwige dijo, “He vivid con esa esperanza todos estos años, y solo mi fe no me permite perderla, pero cada día me es más difícil no desesperarse.” Su haya le dijo, “Todos hemos rezado y suplicado a nuestro señor, para que envíe al heredero.”
    Edwige dijo, “Se que lo han hecho. Lo mismo me dicen las campesinas. Pero al parecer Dios ha decidido no escuchar los ruegos de este condado.” Su haya le dijo, “Lo hará, señora. Él que es justo y bueno, le premiara con un hijo.” Edwige comenzó a llorar y dijo, “Ojalá tengas razón. Renato ha prometido a nuestro señor un altar de plata maciza y un copón de oro al Iglesia de Saint Eithbert, que entregara cuando bauticemos al tan aguardado heredero, pero transcurre el tiempo y no siento dentro de mí a la criatura.”
   La haya le dijo, “Señora, alguna razón tendrá el señor para no enviarle aun a la criatura. Pero le dará hermosos hijos, pues usted que es toda bondad y amor, hacia cuantos la conocen, se los merece.” Edwige dijo, “Ojalá asi sea, yo podría conformarme, y aceptar su voluntad, pero Renato desea tanto a un sucesor."
    Días después, Edwige decía sobresaltada a su esposo, “¿Dices que partes a la guerra?” Renato le dijo, “El conde de Hemertager está invadiendo mis dominios, y los del barón de Ruggernoff, y debemos impedirlo.” Renato continuó, “Desde hace muchos meses, su gente tala mis bosques y maltrata a los campesinos que viven en los linderos de las tierras del conde.” Edwige dijo, “Pero, ¿No es mejor llegar a un arreglo? Mandar un mensajero. Quizá él no está enterado de lo que sucede, y es su gente la que actúa asi.”
     Renato dijo, “Ya lo envié y el conde le hizo azotar. El barón recibió el a su emisario aun con la cuerda que lo ahorcaron del cuello.” Edwige le dijo, “¿Y no hay otra forma de hacerlo entrar en razón que no sea la guerra?” Renato dijo, “No, el conde de Hemertager desea agrandar sus dominios y la hará a sangre y fuego si es preciso. Durante el tiempo que estuve en la guerra, se apoderó de una parte de bosque que me pertenecía. Nada hice porque al regresar te conocí. Los preparativos de nuestra boda y poner el orden todo lo que estaba pendiente desde mi larga ausencia, ocupó todo mi tiempo. Durante todos estos años no volvió a molestar. Pero al parecer, ahora ha decidido volver a correr sus límites y no lo voy a permitir.”
     Edwige dijo, “Amor, temo por ti. Si algo te sucede…” Renato dijo, “No te angusties. Voy a regresar sano y salvo, porque tú me estarás esperando, y yo te amo más que a mi vida.” Edwige dijo, “Gracias, pero no merezco tu cariño. No he sido capaz de darte un hijo…” Renato dijo, “No vuelvas a decir eso. Sí deseo mucho un heredero, pero tú estás primero para mí. Tenerte es mi mayor felicidad.” Renato la abrazó y dijo, “Mi amor, no estés triste. Porque a tu lado he sido hasta ahora, el hombre más dichoso sobre la tierra. Y sé que asi será el resto de mi vida.”
    Edwige dijo, “Renato, eres tan bueno, tan comprensivo. Cada día te amo más.” Un amor sin límites los unía con lazos que nada ni nadie podía romper. Un mes después, Edwige veía partir a su amado desde la ventana de una torre, pensando, “Regresa a mi lado, amor mío. Te necesito, eres como el aire que respiro.”
 
    Semanas después, en un campamento Renato recibía noticias de uno de sus principales soldados, “Conde, mañana de madrugada atacaremos. Muy cara pagara su insolencia el malvado de Hemertager.” Renato le dijo, “Hacer ahorcar a su emisario, varón, y azotar al mío, fue una falta de respeto y consideración a nuestras personas, que debe pagar.” Su Soldado le dijo, “Yo envié a un hombre al que tenía gran estima, y que me habia servido con fidelidad, desde que mi padre me lo dio como escudero.” Renato dijo, “Pues bien, Hemertager aprenderá a vivir en paz con sus vecinos, nos cobraremos con creces el robo de nuestras tierras.”
     Su soldado le dijo, “Ya lo creo que sí. Extenderé mis dominios hasta las mismas puertas de su castillo, si es que a éste le quedan puertas.” Renato dijo, “Y yo recobraré el bosque, y tomaré todo el valle que queda al norte de los límites de mis posesiones.” Pero cuando los atacantes intentaron acercarse al castillo, fueron repelidos por las flechas de los defensores. Pasada la sorpresa, volvieron a la carga.
    En las almenas del castillo, dos soldados defensores dialogaban, “Los malditos pretenden poner escaleras para subir al castillo.” El otro defensor dijo, “Nuestras flechas y lanzas no podrán contra sus escudos, será imposible detenerlos.” El líder dijo, tras escucharlos, “Sí, serán detenidos. Nadie invadirá mi castillo. Derrotaré a ese par que se a atrevido a atacarme. La derrota será tan completa, que el condado de Lodbrog, y el baronato de Ruggernoff pasarán a mi propiedad.”
    Uno de los guardias le dijo, “Ya estan muy cercas, señor. No tardarán en poner las escaleras.” Otro guardia dijo, “¡Los arqueros del enemigo se preparan a disparar!” El líder dijo, “No se preocupen por ellos. Lancen sobre los que pretenden poner las escaleras el aceite hirviendo.” La orden fue cumplida. Durante ese día, fue imposible acercarse al castillo, y al tratar de hacerlo, las consecuencias eran funestas.
    En el campamento, Renato dijo a su hombre de confianza, “Tuvimos muchos heridos y murieron más de cincuenta hombres. Ese Hermetager es un verdadero demonio.” Su soldado de confianza le dijo, “Pero, finalmente será vencido. Vamos a poner un sitio. Nadie podrá entrar y salir del castillo. Veremos cuanto soportan.” Renato dijo, “Esperemos que sea poco tiempo. Aunque me temo que estan preparados para tenernos aqui meses.”
    Y Renato no se equivocaba, porque tres meses después, Edwige pensaba en su amado, “Amor mío, te extraño tanto. ¿Cuándo volverás…? Temo tanto por ti, un terrible presentimiento me tiene lleno de angustia.” Justamente en esos momentos los hombres de Renato estaban teniendo éxito al escalar para entrar al castillo.
   El soldado de confianza de Renato dijo, “Por fin logramos tomarlos por sorpresa. Han reaccionado tarde.” Renato dijo, mientras venía a sus hombres escalando el castillo, “Nuestros hombres lograrán llegar arriba, y podrán abrirnos las puertas.” Después de semanas de intentarlo, por fin el ataque habia tenido éxito. Se trenzaron en una lucha cuerpo a cuerpo, en la que las espadas resonaban anunciando destrucción y muerte.
    Poco a poco los atacantes fueron ganando terreno. Uno de los soldados invasores dijo, “Tenemos que abrir las puertas para que nuestros soldados entren.” Pero un soldado defensor les dijo, “Antes tendrán que pasar por nuestros cadáveres.” No tardaron los soldados del castillo en caer y entonces las puertas fueron abiertas para que entrara los que aguardaban afuera.
    Cuatro meses después, una de las sirvientes de Edwige llegaba dando una noticia, “Mi señora…mi señora…” Edwige dijo, “¿Qué sucede, Brumilda? ¿A que se debe que entres tan alterada? Me asustas...” Brumilda le dijo, “Perdón…pero es que…viene el conde…” Edwige exclamó, “¿Qué dices? Renato ha regresado…” Brumilda dijo, “Sí, mi señora. Me lo acaba de decir un paje, y me pidió que se lo comunicára.” Edwige dijo, “Mi adorado esposo ha regresado. Gracias Dios mío.”
    Poco después, Edwige se encontraba en los brazos del hombre al que amaba más que a su propia vida. Edwige le dijo, “Por fin…por fin estas a mi lado nuevamente…” Renato le dijo, “No quería estar ausente el día en que cumplimos cinco años de matrimonio y eso es mañana.” Edwige le dijo, “Gracias Renato. Eres el hombre mas maravilloso del mundo.” Renato le dijo, “Y tú la mujer más dulce y adorable que existe.” Tras festejar el regreso del conde, todo volvió a la normalidad en el castillo, un año después.
    Mientras Renato colocaba un anillo en la mano de Edwige, le dijo, “Querida, como el día que nos casamos, te entrego este anillo como símbolo de mi gran amor y de unión eterna entre nosotros.” Edwiges le dijo, “En un día como hoy, hace seis años, me transformé en tu esposa, y desde entonces, no he dejado de dar gracias a Dios por ello. Por eso me siento muy orgullosa de poder darte un regalo muy especial esta vez Renato, vamos a ser padres.”
   Renato exclamó, lleno de sorpresa, “¿Qué dices?” Edwige le dijo, “Que estoy esperando un hijo. Lo supe hace una semana y he tenido que hacer un gran esfuerzo para no decírtelo antes.” Renato exclamó, “Edwige, adorada mía. ¡Un hijo tuyo y mío!” Renato la tomó entre sus brazos como si se tratara de un frágil cristal. Edwige dijo, “Dios no ha premiado, amor. Un hijo es lo único que nos faltaba.” Renato dijo, “Es tanta mi felicidad que creo que el corazón me va a estallar de alegría.”
   Para celebrar la buena nueva hicieron grandes festejos en los que se efectuaron torneos, opíparos banquetes en los que se serían las piezas obtenidas durante las cacerías, en las que participaban los invitados. Pasaron los festejos y empezaron a transcurrir lentamente los meses.
   Una noche frente al fuego de una chimenea, Renato dijo a Edwige, “¿Qué piensas, Edwige? Tu cara tiene una expresión tan hermosa, refleja una dulzura especial.” Edwige dijo, “Pensaba en nuestro hijo. Me parecía verlo tan igual a ti, con los ojos azules como los tuyos, el cabello castaño y tu adorada sonrisa.” Renato dijo, “Siempre hablas de un niño, pero tambien puede ser una niña idéntica a su madre.” Edwige dijo, “No, presiento que será hombre, solo falta cuatro meses para que nazca. Ya estaremos en primavera.”
Una tarde en que se haba desencadenado una terrible tormenta, Brumilda dijo a Edwige, “A cada momento la furia del viento aumenta y la lluvia cae como una cortina de agua.” Edwige dijo, “Siempre me han desagradado los truenos y los rayos. Los siento como un mal presagio.” Brumilda le dijo, “No debe dejarse impresionar. Eso no es bueno en su estado.” Edwige dijo, “Tiene razón. Mi angustia afecta a mi hijo. Debo tranquilizar mi espíritu.”
    En ese instante, un sirviente llego con un mensaje, “Señora condesa, un caballero pide hospitalidad, pues dice que le es imposible continuar si viaje con este tiempo.” Edwige dijo, “Por supuesto que puede quedarse. Jamás las puertas de este catillo se han cerrado para quien necesita posada.” Minutos después, un hombre llegaba, diciendo, “Señora condesa, mucho agradezco su hospitalidad.” Edwige, en compañía de sus hayas, dijo, “Mi esposo, el conde, se encuentra ausente, pero en su nombre le doy la bienvenida, señor…”
    El hombre dijo, “Soy Rudolf Dibermann, y voy de regreso a Bohemia, donde se encuentran mis tierras. La tormenta me impidió continuar mi camino.” Edwige le dijo, “Puede usted permanecer aquí, hasta que el tiempo le permita hacerlo sin dificultad.” Enseguida Edwige dijo, “Brumilda, ocúpate de mostrarle al caballero su habitación. La cena se servirá dentro de una hora.” Rudolf dijo, “Será un honor para mi sentarme a su mesa, señora condesa.”
    Poco después, los tres comían a la mesa. Brumilda dijo, “Por lo que cuenta, ha viajado usted por muchos y lejanos países.” Rudolf dijo, “Así es, y aun deseos conocer muchos más. No puedo estar en un solo lugar, muy pronto me aburro de él.” El caballero la miraba fijamente, como si quisiera hipnotizarla, y ella sentía un extraño desasosiego. Rudolf dijo, “Durante mis viajes, he aprendido muchas cosas. Entre otras, a tocar algunos instrumentos y hermosas canciones.”
   Tras una pausa, Rudolf dijo, “Si usted lo permite, después de la cena podría cantar algo.” Brumilda dijo, “Señora condesa, acceda. Desde que el bufón enfermó, hemos pasado veladas sin ninguna distracción.” Cuando pasaron al salón, mientras Rudolf cantaba,
  Edwige pensaba, “No sé qué me sucede, pero desde que llegó, me siento intranquila, como si hubiera algo maligno a mi alrededor.” Al día siguiente, Edwige miraba el paisaje por una ventana. Entonces llegó Rudolf y le dijo, “Buenos días, señora condesa, un criado me dijo que podría encontrarla aquí. Discúlpeme por molestarla.” Al escuchar esa voz, Edwige sintió como si un rayo la traspasara. Edwige le dijo, “No, no me molesta…¿Qué desea usted, caballero?”
    Rudolf le dijo, "Pedirle que me permita permanece aquí hasta que se calme la tormenta. Desgraciadamente durante la noche ha aumentado.” Edwige le dijo, “Justamente observaba que el tiempo empeora. No sería prudente que se aventurara por los caminos en estas circunstancias.” Rudolf dijo, “Todos los viajeros debemos tener paciencia y aguardar. Supongo que lo mismo le estará sucediendo al señor conde.” Edwige dijo, “Sí debería haber regresado ayer. Nunca me han agradado las tormentas, y menos cuando mi esposo esta lejos.”
 
   Entonces Rudolf dijo, “En cambio yo agradezco a esta, pues se desencadenó en un momento muy oportuno.” El caballero la observaba fijamente. Su mirada era dulce, sin embargo, encantaba de la misma manera que una serpiente fascina a un pájaro. Edwige dijo, “¿Por qué dice eso?”
    Rudolf dijo, “Porque me ha dado la oportunidad de conocer a la dama mas hermosa, noble y majestuosa que han visto nunca mis ojos…le suplico que no se sienta ofendida por mis palabras, las digo con todo el respeto que se merece quien va a ser madre.” Edwige dijo, “No, no me ha ofendido…” Edwige apenas podía hablar. Se sentía como embrujada por la dulce mirada de tigre, la encantadora sonrisa de víbora del extranjero.
    Rudolf dijo, “¿Y para cuándo será el feliz acontecimiento? Si me permite preguntarlo.” Edwige dijo, “Para tres meses.” Después de diez días, por fin el caballero pudo marchar. Antes de acostarse, en su aposento, Edwige pensó, “Me alegro de que se fuera. Su sonrisa, su mirada me helaban de terror, y me inspiraban el espanto que se siente al inclinarse sobre un abismo. Sin embargo, lo buscaba, platicaba con el, y no podía apartar mis ojos de los suyos, tan negros como la noche. Tengo que olvidarlo. Nada le diré a Renato, solo que estuvo aquí un extranjero, pero ocultare mis miedos y angustias.”
    Esa tarde, regreso Renato, y por la noche, Renato platicaba con Edwige, y entonces le dijo, “¿Querida, te sientes bien? Estas muy pálida, además, te noto como distraída, nerviosa…” Edwige dijo, “No, no tengo nada…supongo que es por mi estado…y porque cada día se acerca mas el momento del nacimiento.” Renato le tomo la mano, y le dijo, “Mi amor, no te angusties. Todo saldrá bien. Hasta hace poco te mostrabas feliz, llena de paz, como has sido siempre.”
    Edwige pensó, “Tienes razón. Fue la presencia de ese extranjero la que me ha hecho cambiar, y aunque trato de ser la de antes, no puedo. Veo sus ojos en todas partes, su sonrisa y…me desespero, no puedo evitarlo, no puedo…” Renato dijo, “Querida, no me estas escuchando. ¿En qué piensas?” Edwige le dijo, “Perdóname, me distraje un momento.”
   Renato dijo, “Esta bien mi vida. Debo comprender tus angustias, y ayudarte a superarlas. No me volveré a ausentar, hasta que nazca nuestro hijo.” Tres meses después, Renato escucho el llanto de un niño recién nacido, y pensó, “¡Mi hijo!¡Es el llanto de mi hijo que acaba de nacer!” Minutos después, Renato hablaba con la recién hecha madre, “Mi adorada Edwige, soy el hombre más feliz de la tierra. Me has dado el hijo que tanto deseaba.”
   Edwige le dijo, “Mi amor, te amo tanto, y nuestro hijo es la mayor prueba de mi cariño.” La partera entro en ese momento con el bebe, y los puso en los brazos de su madre. Renato dijo, “Hermoso como un ángel.” Edwige dijo, “Y espero que asi sea en sus actuaciones en la vida, un hombre fuerte, valiente, pero justo y bondadoso.”
     Renato dijo, “Se llamará Olaf, que es el nombre de un caballero que tuvo una vida llena de éxitos. Fue amado y admirado por quienes lo conocieron.” Edwige dijo, “Nuestro pequeño Olaf, heredará todas las cualidades que adornan a quien le da su nombre.” Se iniciaron los preparativos para celebrar el feliz acontecimiento, y efectuar el bautismo. Su madre, al tenerlo en sus brazos, pensaba, “Tiene los ojos negros…como los del extranjero. No comprendo por qué, no puedo entenderlo.” Asi llegó el día del bautismo.
    Pero mientras en la capilla del castillo, se llevaba a efecto el bautismo del pequeño Olaf, en la torre del castillo, el agorero investigaba el futuro que aguardaba a la criatura, pensando, “Es la tercera vez que hago los trazos, y siempre es el mismo resultado. No me queda ninguna duda. Los condes esperan mis noticias, y tendré que decirles la verdad. Es mejor que lo haga de una vez.”
   Dos horas después, el agorero llego con los condes, y les dijo, “Señores condes, hice la carta astral del pequeño condesito, y he encontrado algo extraordinario en ella.” Renato dijo, “Es bueno, verdad?”
   El agorero dijo, “Solo puedo decir que dos influencias han presidido el nacimiento de la criatura, una buena y una mala. Por eso, he visto en su carta astral dos estrellas, una verde y uno roja, está sometido a un doble ascendente. La estrella verde, es del bien, y la roja, es del mal. Según la que domine, será muy feliz, o muy desdichado, talvez las dos cosas.”
    Renato miró a su hijo y dijo, “La verde será más fuerte, y mi hijo será feliz.” Pero Edwige pensó, “Quisiera tener su confianza, pero temo que la roja sea la que guíe la vida de mi pequeño.” Olaf fue creciendo, era hermoso, pero parecía que habia dos niños diferentes dentro de él. Un día era malvado como un diablo.
   Y en una ocasion, en un ataque de furia del pequeño, su madre le gritaba, “Olaf, hijo, cálmate.” La haya decía, “Señora condesa, de pronto le dio uno de sus ataques de furia.” Olaf pateaba a la haya, diciendo, “La odio, quiero que se vaya…la odio…” Pero otras veces, el pequeño era un verdadero ángel. Un día el niño se acercó a su madre con una rosa, y le dijo, “La corté para ti. Te quiero mucho, madre.”
    Edwige le dijo, “Y yo a ti, mi niño adorado. Me haces tan feliz cuando te muestras bueno y dulce como ahora.” Su hijo la abrazó, y le dijo, “Te prometo, que siempre voy a ser bueno. Ya no gritaré, ni me enojaré con los sirvientes.” Su madre pensó, “Cuantas veces ha prometido lo mismo, y cuan pronto lo olvida.” La pobre madre sufría terriblemente con el carácter tan cambiante de su hijo.
    Edwige pensaba, “Cuando lo miro, me da miedo. Me parece estar viendo al extranjero que estuvo aquí, antes que el naciera. Pero, ¿Por qué se le parece? ¿Por qué?” Un día, Edwige habló con Renato, y le dijo, “Renato, me preocupa mucho nuestro hijo. Desde pequeño, ha mostrado un carácter extraño, belicoso a veces, pacifico otras.”
    Renato le dijo, “Querida, Olaf será un gran guerrero, y por ello, tiene un carácter fuerte y decidido. No debes angustiarte. No te preocupes. Solo tiene quince años. Está lleno de energías y deseos de vivir.” Edwige dijo, “Sí, pero esos cambios de energía, a la furia, de bondad, a la crueldad…tú nunca has sido asi…” Renato dijo, “Nuestro hijo tiene más carácter que yo, eso es todo. Él me supera en muchas cosas. Ven, te lo demostrare.” Edwige dijo, “Mejor que tú no hay nadie. Para mi, eres y serás el hombre perfecto.”
    El conde la llevo a la ventana, donde vieron cabalgar a Olaf. Renato le dijo, “Míralo. Es capaz de domar los caballos salvajes. Nadie es tan diestro con la espada, ni tira el arco como el, y apenas tiene quince años.” Pero Edwige pensó, “Renato no comprende. Solo ve lo que le llena de orgullo de nuestro hijo.”
   El tiempo continuó su curso, y cuando Olaf acababa de cumplir veinte años, el conde murió repentinamente. Durante la ceremonia de sepultura de Renato, Edwige pensó, “Mi adorado Renato, te extrañaré cada momento que me quede de vida. Durante todos estos años, te he amado mas y cada día más.” Inconsolable, Edwige se encerró en el castillo, guardando eterno luto.
    Un día, Edwige le dijo, “Hijo, ya tienes 25 años. ¿No has pensado en casarte? Hay muchas jovenes dignas de ser tu esposa, y que te harían dichoso.” Olaf le dijo, “Madre, yo creo que nunca seré feliz. Cada vez que pretendo a una mujer, solo la mitad de mi siente amor, la otra mitad, manifiesta odio. Es como si mi corazón fuera un lugar hollado por los pies de dos luchadores desconocidos, y cada uno intentara vencer a su adversario.”
   Edwige le dijo, “¿Por qué no me habías contado esto? Cuantas veces te pregunte por tu extraña forma de actuar, y siempre evadías la respuesta.” Olaf se alteró, y le dijo, “¿Y que ganaba con decírtelo? ¿A caso puedes ayudarme? No, no puedes. Entonces, ¿Para qué quieres saberlo?”
    Su madre le dijo, “Olaf, cálmate. Soy tu madre, deseo lo mejor para ti. Me entristece verte sufrir, porque sé que no eres feliz.” La fuerza de la estrella roja, volvía a triunfar sobre la bondad de la verde. Olaf dijo alterado, “Soy feliz porque soy el conde de Lodbrog, dueño de inmensas y ricas tierras, con cientos de vasallos a mi disposición.”
    Edwige le dijo, “Olaf, tu padre, que en paz descanse, te legó el título y las tierras, te suplico que seas como el, a quienes todos amaban con bondad.” Olaf le dijo, “Pues a mi me respetarán y temerán por mi fuerza. No quiero amor, quiero que mi solo nombre, los haga temblar. Madre, te respeto y te quiero, pero no permitiré que trates de dirigir mi vida. Yo sé lo que hago.”
    Edwige pensó llena de dolor, “Voy a llamar al agorero. Debí hacerlo hace mucho tiempo, pero tenía miedo de lo que fuera a decirme. Ahora lo comprendo.” Al día siguiente, el agorero mostraba la carta astral de Olaf, a Edwige, diciendo, “Señora condesa, cuando nació, el ahora conde de Lodbrog, le dije que dos estrellas presidieron su nacimiento, una roja y una verde.”
    Edwige dijo, “Sí, y agregó que podía ser muy feliz, o muy desdichado, según la que triunfara sobre la otra. Pero han pasado 25 años, y la lucha entre ambas no termina…mi hijo no es feliz, pero tampoco totalmente desdichado.”
   El agorero dijo, “Sí, se podría decir que es un caballero doble, el conde lleva sobre su caso, una estrella verde…pero junto a él, siempre está un caballero igual, en cuyo casco se ve una estrella roja, y esta toma el mando a cada momento.” Edwige le dijo, “¿Por qué…porque le sucede esto a mi hijo?” El agorero dijo, “Señora condesa, cuando usted estaba esperando al actual conde, un día llego al castillo un hombre de ojos muy negros, ¿No es asi?” Edwige dijo, “Sí, ¿Cómo lo sabe?”
    El agorero dijo, “Nada esta oculto para quienes podemos conocer el pasado y el porvenir. Ese hombre, era un espíritu del mal.” Edwige dijo alarmada, “¡Oh, no! Con razón yo sentía una terrible desazón en su presencia, como si estuviera bajo los efectos del encantamiento de una víbora.”
    Tras una pausa, Edwige agregó, “Pero a la vez, el se mostraba tan amable, tan encantador, que me hacia sentir culpable por esos sentimientos de temor y rechazo.” El agorero dijo, “Asi es el mal, el funesto espíritu del caballero de la estrella roja, que siempre está con el conde, nació de la mirada de ese extranjero, cuya visita tanto la inquietó, mi señora.” Edwige dijo, “¿Y él se apoderó del alma de mi hijo?”
    El agorero dijo, “No, no lo hizo porque su amor y el del difunto conde, fueron más fuertes, y protegieron al niño por nacer. Pero no pudieron evitar que el maligno espíritu lo acompañe siempre. A eso se debe la doble personalidad de su hijo.”
   Edwige dijo, “Entonces, él nunca va a ser feliz. Él nunca podrá liberarse de ese espíritu que lo posee.”
    El agorero dijo, “Quizá si lograra amar de verdad, si ese sentimiento triunfara sobre la maldad, el orgullo, la soberbia, pero el caballero de la estrella roja, esta siempre alerta para impedirlo. Muchas jovenes se han enamorado del conde, pero ninguna ha conseguido la felicidad, porque el egoísmo de él, ha triunfado siempre sobre los buenos sentimientos.”
    En los años siguientes, la condesa vio que el agorero no habia mentido. Cada día, Olaf se veía más inclinado al mal. Edwige pensaba, “Daria lo que me queda de vida, si con ello pudiera salvar a mi hijo, hacer desaparecer ese espíritu maligno que le acompaña.”
     El dolor fue consumiendo a Edwige, y una noche cerró los ojos para siempre. Fue enterrada junto a la tumba de su amado esposo. Olaf continuó con su vida entre el bien y el mal, donde cada día triunfaba más el segundo. Un día, en una reunion social, unos jovenes hablaban entre sí. “Que hermosa es Brenda, la hija del duque de Murganhausen.”
    Otro de los jovenes dijo, “Yo hace mucho que he intentado ganar su amor, pero ha sido en vano.” Otro de los jovenes dijo, “Hasta el momento, ha rechazado a todos los pretendientes que se le han acercado.” Entonces, Olaf, que escuchaba, pensó “Brenda será para mí. Es la única mujer que realmente me ha impresionado con la que me casaría.” Sin pretenderlo, ni darse cuenta, el caballero se habia enamorado.
    Entonces, Olaf se acercó a Brenda, y le dijo, “Mañana participaré en el torneo, y mi triunfo te lo dedicaré a ti. Te enviaré la cinta con mi escudo.” Brenda dijo, “Agradezco tus atenciones, Olaf, pero si recibo la cinta, significará que acepto ser tu dama.” Olaf le dijo, “Eso es lo que deseo, por que tu eres a quien quisiera hacer mi esposa.”
    Pero Brenda le dijo, “Lo siento Olaf, pero eso no es posible. Yo solo me casaré con un hombre al que respete y ame.” Olaf le dijo, “¿Que quiere decir?” Brenda le dijo, “Que tú no eres el hombre. Hay muchas cosas de ti que no me agradan. A veces eres un hombre amable, generoso, hasta tierno…Otras, te muestras orgulloso, altivo, cruel, como si ningun buen sentimiento anidára en tu alma.”
    Entonces Olaf le dijo, “Brenda, déjame demostrarte que no soy tan malo como crees. Dime que me permites que te visite.” Brenda dijo, “Puedes venir cuando quieras, pero eso no significa que yo acepte ningun compromiso contigo.” Renato le dijo, “Nada pido por el momento. Ya veremos en el futuro.” Transcurrieron seis meses.
     Un dia, Brenda y su prima dialogaban. Su prima dijo, “Mira, aunque tratas de negarlo, tu estas locamente enamorada de Olaf, y él de ti.” Brenda dijo, “Dora, a ti no puedo negártelo. Sí, lo amo mucho, pero a pesar de ello, no puedo evitar sentir miedo a sus ojos, tan negros, tan brillantes.”
   Dora dijo, “Pero Brenda, eso es absurdo. Además, él ha cambiado mucho desde que está tratando de ganarse tu amor.” Brenda dijo, “Sí, es verdad, aunque a veces me parece que es solo una máscara, estoy muy desconcertada, Dora. Lo quiero, pero tengo miedo de ese amor.” Efectivamente, el amor habia hecho que en Olaf, triunfara el caballero de la estrella verde.
   Mirando el fuego de la chimenea, Olaf pensaba, “No puedo vivir sin ella. La amo con locura, con todo mi corazón. Por Brenda soy capaz de todo. Quiero verla, necesito verla.” Entonces Olaf llamó a Dietrich, su fiel escudero, y le dijo, “Ensilla mi caballo. Voy a ir a ver a la duquesa Brenda.” Dietrich dijo, “Mi señor, esta nevando. El viento sopla con furia. ¿No escucha como brama, cual si fuera alma en pena?”
    Olaf dijo, “Ni el viento, ni la nieve, ni mil tempestades, impedirán que yo visite a Brenda. Obedece y prepara mi caballo.” Dietrich le dijo, “Está bien, mi señor.” Poco después, Olaf cabalgaba su caballo, de noche, y pensaba, “Debo resistir esta fuerza, que me hace ser como a Brenda no le agrada. No me dejare dominar por ella. No voy a dejarme vencer. El amor que siento, me dará fuerzas para resistir. Es una espantosa lucha. Pero la ganaré, si, la ganaré.”
   Entonces, en un camino angosto, cuyo un lado daba a un acantilado, y donde no habia lugar para dos cabalgantes, apareció un caballero que iba en sentido contrario al que Olaf se dirigía. El hombre se detuvo, y dijo, “Retroceda, para que yo pueda pasar.” Olaf le contestó con tono calmado, “No, voy a visitar a mi amada, y los enamorados siempre tienen prisa.”
    El hombre empuñó su espada, y le contestó, “El amor siempre es la perdición de los hombres. Pero no será la tuya. Yo lo impediré.” Olaf le contestó, ya alterado, “Con qué derecho te metes en lo que no te importa. Quítate o te destrozare con mi espada.” Olaf rápidamente sacó su espada, y la cruzó con la del desconocido. El hombre golpeó la espada de Olaf, y dijo, “Olaf de Lodborg, seguirás por el camino marcado desde antes que nacieras.”
    Olaf le dijo, “¿Quién te crees que eres para decirme lo que tengo que hacer?” Pronto las espadas, aunque eran de un temple superior, estaban melladas como una sierra. Olaf pensó, “Es extraño, pero cada golpe que descargo sobre ese hombre, lo siento como si me lo diera yo mismo.”
    Era un singular duelo donde los contendientes sufrían por igual. Golpear y recibir golpes, era lo mismo. Después de largo tiempo en que ya se sentía desfallecer, sacando fuerzas de flaqueza, Olaf hizo volar de un revés el yelmo de su enemigo. Al reconocer a su contrincante, Olaf exclamó, “¡Oh, nooo! Me he batido con mi propio espectro.” El contrincante con el aspecto de Olaf, exclamo un gesto de dolor.
   De repente, Olaf pensó, “Ha desaparecido. Lo vencí. Me siento diferente, como si me hubiera librado de un enorme peso.” Una semana después, Brenda recibía a Olaf en su palacio, y lo tomaba de sus manos. Brenda le dijo, “Olaf. Tus ojos ya no son negros. Desde hace unos días, he notado que cada vez se ponen mas azules. Parece un milagro.”
   Olaf le dijo, “Es un milagro, logrado por tu amor. Desde que accediste a ser mi esposa, me siento en el cielo, y mis ojos lo reflejan.” Edwige ya podía descansar en paz, porque su hijo habia vencido al adversario interior, la maligna influencia de la estrella roja, y vivía feliz frente a la hermosa Brenda, su amada esposa.

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año XI. No. 224, abril 15 de 1994. Adaptación:  Emmanuel Hass. Guión: Herwigd Comte. Segunda Adaptación: Jose Escobar.