Club de Pensadores Universales

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sábado, 9 de mayo de 2026

El Pozo y el Pendulo de Edgar Allan Poe

     El Pozo y el Péndulo, es un cuento del escritor estadounidense, Edgar Allan Poe, perteneciente al género de terror. Se publicó por primera vez en 1842, en la antología literaria, El Regalo: Un regalo de Navidad y Año Nuevo, de 1843. La historia narra los tormentos sufridos por un prisionero de la Inquisición española, y se ambienta, de forma muy libre, en la Guerra de la Independencia entre España y la Francia napoleónica (1808-1814), aunque evoca la temida Inquisición de siglos anteriores. El narrador describe su experiencia de tortura. El relato infunde temor en el lector, mediante su fuerte énfasis en los sentidos, como el oído, lo que subraya la ineludible realidad de la inminente fatalidad. En esto se diferencía de otros cuentos de Poe, que recurren a lo sobrenatural. El cuento ha sido adaptado al cine en varias ocasiones.

Resumen de la Trama

El narrador anónimo es llevado a juicio ante los siniestros jueces de la Inquisición española, acusado de delitos que nunca se especifican. Mientras siete altas velas blancas sobre una mesa se consumen lentamente, el narrador siente que sus esperanzas de sobrevivir, también se desvanecen. Es condenado a muerte, tras lo cual, se desmaya y despierta en una habitación completamente oscura. Al principio, el prisionero cree estar encerrado en una tumba, pero luego descubre que se encuentra en una celda. Decide explorar la celda, colocando un trozo de su túnica contra la pared, para contar los pasos alrededor de la habitación, pero se desmaya antes de poder medir todo el perímetro.

Al despertar, encuentra comida y agua cerca. Intenta medir la celda de nuevo, y descubre que el perímetro mide cien pasos. Mientras cruza la habitación en la oscuridad, tropieza con el dobladillo de su túnica, y cae, golpeándose la barbilla en el borde de un profundo pozo. Se da cuenta de que, de no haber tropezado, habría caído en él.

Tras perder el conocimiento de nuevo, el narrador descubre que la prisión está ligeramente iluminada, y que está atado a una estructura de madera boca arriba, mirando al techo. Sobre él, hay una imagen del Padre Tiempo, sosteniendo un péndulo afilado, como una navaja que mide, "un pie de largo, de cuerno a cuerno". El péndulo se balancea de un lado a otro, y desciende lentamente, diseñado para acabar con la vida del narrador. Sin embargo, éste unta sus ataduras con la carne que le han dejado para comer, lo que atrae a las ratas. Las ratas roen las correas, y él se libera justo antes de que el péndulo comience a cortarle el pecho.

El péndulo se retrae hacia el techo, las paredes se ponen al rojo vivo, y comienzan a contraerse, empujándolo lentamente hacia el centro de la habitación y hacia el abismo del pozo. Al perder el último punto de apoyo, acorralado por los muros que se mueven, y empezar a caer, oye un estruendo de voces y trompetas, las paredes se retraen, y un brazo lo rescata. El ejército francés, ha capturado la ciudad de Toledo, y la Inquisición ha caído en manos de sus enemigos.

Publicación y Respuesta

El Pozo y el Péndulo, se incluyó en, El Regalo: Un Presente de Navidad y Año Nuevo de 1843, editado por Eliza Leslie, y publicado por Carey & Hart. Fue ligeramente revisado para su reedición en el número del 17 de mayo de 1845, del, Broadway Journal.

William Butler Yeats criticaba a Poe en general, calificándolo de “vulgar”. De, El Pozo y el Péndulo, en particular, dijo que, “no me parece que tenga ningún valor literario permanente... Analicen El Pozo y el Péndulo y encontrarán una apelación a los nervios mediante grotescos sustos físicos”.

El Pozo y el Péndulo, es un estudio del efecto que el terror tiene en el narrador, comenzando con la línea inicial, que sugiere que ya está sufriendo de ansiedad ante la muerte. "Estaba enfermo, enfermo hasta la muerte con esa larga agonía". Sin embargo, hay una ironía implícita en la referencia a los jueces de túnica negra con labios, "más blancos que la sábana sobre la que trazo estas palabras", lo que muestra que ha sobrevivido, y está escribiendo la historia después de los eventos. A diferencia de gran parte de la obra de Poe, esta historia no tiene elementos sobrenaturales. El "realismo" de la historia, se ve realzado por el enfoque de Poe, en informar sensaciones: la mazmorra está sin aire, y sin luz; el narrador está sujeto a la sed, y al hambre; está rodeado de ratas; el péndulo afilado como una navaja, amenaza con cortarlo; y las paredes que se cierran, están al rojo vivo. El narrador experimenta la hoja principalmente a través del sonido cuando, "silba," mientras se balancea. Poe enfatiza este elemento sonoro con palabras como “surcingle”, “cesación”, “creciente” y, “cimitarra”, y diversas formas de consonancia literaria.

Poe seguía un modelo establecido de escritura de terror de su época, frecuente en la revista, Blackwood's Magazine, una fórmula que ridiculiza en, “A Predicament”. Sin embargo, esos relatos solían centrarse en sucesos fortuitos, o en la venganza personal como fuente de terror. Es posible que Poe se inspirara, en parte, para centrarse en la tortura impersonal y deliberada en la, Historia de la Inquisición Española, de Juan Antonio Llorente, publicada por primera vez, en 1817. También se ha sugerido que, el “pozo»” de Poe, se inspiró en una traducción del Corán, de George Sale. Poe también había hecho referencia al Corán en, Al Aaraaf, e Israfel. Poe conocía a Sale, e incluso lo mencionó por su nombre en una nota de su relato, The Thousand-and-Second Tale of Scheherazade. La traducción de Sale, formaba parte de un comentario y, en una de esas notas, se refiere a una supuesta forma común de tortura y ejecución, que consistía en, “arrojar [a las personas] a un pozo de fuego ardiente, de donde provenía el oprobioso apodo de Señor del Pozo”. En el Corán mismo, en la Sura (Capítulo) 85, Los Signos Celestiales, un pasaje dice: “...malditos fueron los artífices del pozo, del fuego provisto de combustible... y los afligieron sin otra razón, que porque creían en el Dios todopoderoso y glorioso”. Poe pudo haber sido influenciado para incluir una cámara de encogimiento, por, El Sudario de Hierro, de William Mudford, un cuento sobre una cámara de tortura de hierro, que finalmente aplasta a la víctima en su interior. El Cuento de Mudford, se publicó en la revista, Blackwood's, en 1830.

Autenticidad Histórica

Poe no intenta describir con precisión las operaciones de la Inquisición española, y se toma considerables libertades dramáticas con el contexto histórico general, en el que se basa este relato. Los rescatadores, están liderados por el general napoleónico, Antoine Charles Louis de Lasalle, quien, sin embargo, no estaba al mando de la ocupación francesa de Toledo, lo que sitúa la acción durante la Guerra de la Independencia Española (1808-1814), siglos después del apogeo de la Inquisición. Las elaboradas torturas descritas en este relato, no tienen paralelismos históricos con la actividad de la Inquisición española en ningún siglo, y mucho menos en el XIX, cuando bajo los reinados de Carlos III, y Carlos IV, solo cuatro personas fueron condenadas. La Inquisición, no obstante, fue abolida durante el período de la intervención francesa (1808-1813).

La fuente original del método de tortura del péndulo, es un párrafo del prefacio del libro, de 1826, Historia de la Inquisición de España, del sacerdote, historiador, y activista español, Juan Antonio Llorente, que relata un testimonio indirecto de un prisionero liberado de las mazmorras de la Inquisición, en Madrid, en 1820, quien supuestamente describió dicho método. La mayoría de las fuentes modernas, lo descartan como una fantasía. Una teoría sugiere que Llorente malinterpretó el relato; el prisionero se refería en realidad, a otra tortura común de la Inquisición, la garrucha, en la que se ata al prisionero de manos a la espalda, y se le iza del suelo con una cuerda atada a las manos. Este método también se conocía como, “péndulo”.

Poe coloca un epígrafe en latín, antes del relato, describiéndolo como “una cuarteta compuesta para las puertas de un mercado, que se construiría en el emplazamiento del Club Jacobino de París”. El epígrafe, no fue invención de Poe; se informó que una inscripción similar, no más tarde de 1803, había sido compuesta con la intención, posiblemente jocos, de colocarla en el sitio, y había aparecido, sin atribución, como una curiosidad en el, Southern Literary Messenger de 1836, una publicación periódica para la que Poe colaboraba. Sin embargo, no parece que el mercado se haya construido tal como se planeó. Charles Baudelaire, poeta francés que tradujo las obras de Poe al francés, y que lo consideraba una fuente de inspiración, dijo que el edificio en el sitio del, Old Jacobin Club, no tenía puertas y, por lo tanto, no tenía inscripción.

(Wikipedia en Ingles)

El Pozo y el Péndulo

de Edgar Allan Poe

    Pocos hombres y pocos escritores han sondeado la inmensidad del alma humana como, Edgar Allan Poe, pocos han explorado tan a fondo el éxtasis, o la desesperación que pueden conocer los hombres. Exploremos el escalofriante universo de misterio y terror de Edgar Allan Poe.

 Un hombre se encontraba atado de cuerdas, ante un tribunal inquisidor. El hombre pensó, “Estaba acabado, acabado hasta mas no poder, tras aquella agonía tan larga, me desataron las manos y me pude sentar, y sentí que me desvanecía, allí, en plena sala de juicios de la inquisición, la ultima frase que escuché con claridad, fue la horrible sentencia de muerte. Y de súbito deje de oír. Ya solo pude ver, con una terrible torturante exageración. Sí, y vi los labios de aquellos jueces vestido de negro. Me parecieron finos, blancos. Labios adelgazados por su dura expresión. ¡Por su absoluto desprecio hacia el dolor humano! ¡Nos los escuchaba, pero aquellas bocas formulaban mi destino! Sus labios formaron las silabas de mi nombre. ¡Pero no oía nada! Vi, presa de espanto frenético, las siete velas colocadas bajo la mesa. Al principio me parecieron símbolos de caridad, y de pronto imaginé que eran blancos ángeles dispuestos a salvarme. Mas de repente me invadió una nausea letal, y las formas angelicales, se volvieron vacuos espectros de cabezas llameantes. Entonces, como magnificas notas musicales, en mi imaginación visualice el dulce reposo que debe esperarnos en el sepulcro. Pero, poco a poco, a mi alrededor todo fue abismándose en la nada. Poco a poco, todo fue perdiéndose en las tinieblas. Todas mis sensaciones se precipitaron hacia un abismo, ¡Como si mi alma cayera al hades! Y luego pareció que todo el universo se habia convertido en quietud…silencio…¡Noche!" Me habia desmayado, aunque me parece que no perdí del todo la conciencia. No se cuanto tiempo pasó, pero finalmente volví de aquella tenebrosa noche…descubrí extraños palacios, recordé rostros fantásticamente familiares, tuve melancólicas visiones. Saliendo de aquel estado de aparente vacío, por brevísimos momentos vislumbré el triunfo. ¡La libertad! Aromas de flores desconocidas, melodías que jamás habia escuchado. Mas aquellos recuerdos se confundían con la imagen de tenebrosas figuras que me llevaban hacia abajo, siempre hacia abajo en lo que parecía un descenso infinito. Finalmente, a aquel fantástico despertar de mi conciencia, siguió el despertar de mi cuerpo, la conciencia de existir, el tumultuoso latir de mi corazón. No quería abrir los ojos, por temor a lo que encontraría. Peri si los cerraba, corría por mi mente el recuerdo del proceso, de la sentencia de mi desmayo. Por fin, con el corazón lleno de atroz angustia, ¡Abrí los ojos de golpe! Me rodeaba la oscuridad de una noche eterna. Entonces pensé. “No estoy muerto…pero, ¿Dónde estoy? Me devolvieron a mi celda, para esperar el sacrificio. ¿Cuánto tendré que esperar…días, semanas, meses? ¡No! Mi calabozo anterior tenía luz, veía las calles de Toledo…¡Dios! ¿Y si ya estoy en una tumba, enterrado vivo?” La agonía de la incertidumbre se volvió insoportable y traté de entender en donde me encontraba, y pensé, “¿Por qué siento que me reservaron el mas espantoso de los destinos? ¡Ah! Por fin…¡Un muro!” Recordé los mil vagos rumores escuchados sobre los horrores de Toledo. Se contaban cosas inauditas, abominables, sobre las cárceles de la inquisición, y pensé, “Sí…no hay duda. Me trajeron aquí para morir…” No podía dejar de preocuparme, de enloquecer, y desesperado pensé, “Pero…¿Cómo…y cuándo he de morir? Encajaré aquí ésta tela, y dando a tientas la vuelta al lugar, cuando vuelva a encontrarla, tendré una idea de sus dimensiones…” Y asi seguí. Pero la humedad y mi debilidad conspiraban contra mi…el sueño no tardó en dominarme…al despertar, me esperaban un pan y un cántaro con agua. Ávidamente traté de reponer mis agotadas fuerzas, y ésta vez con éxito, reanudé mi exploración. Y pensé, "¡Ah, le di vuelta al calabozo, aquí está la tela!” Sin embargo, aún no tenia una idea clara de aquel tenebroso sitio, y pensé, “Ahora trataré de cruzar de lado a lado, con cuidado. El piso está cubierto de limo…de agua…” De pronto, la tela desgarrada de mis ropas me hizo tropezar, y caí violentamente, y algo sorprendente llamó mi atención, y exclamé, “Pero…¿Cómo?” ¡Ante mi ya no habia piso!  Entonces exclamé, “¿Qué es esto? ¡Qué olor a hongos podridos! Oh, Dios…” ¡Me estremecí de pies a cabeza! Y pensé, “Estoy…al borde de un pozo circular…si no tropiezo. ¡Me voy al abismo!” Aventando una roca, pensé, “¿Qué profundidad puede tener?” Escuché durante varios segundos. Finalmente, se oyó un lúgubre chapoteo seguido de pesados ecos. En eso, me pareció que una puerta se abría arriba, a mis espaldas. Escuché un crujido de puerta. Por un instante, débiles rayos de luz invadieron el diabólico recinto, y después, nuevamente la más tenebrosa oscuridad. Exclamé, “¡Oh Dios! Ya entiendo…” Pensé, “No me queda más alternativa que a muerte. La inquisición jamás perdona. Mi muerte será una agonía física, comparada con la peor tortura mortal...¡Querían que yo cayera al pozo, que yo muriera allá abajo! Si tuviera valor, quizá me arrojaría al pozo para acabar con ésta miseria de una vez…pero no…¡NO ENCONTARÉ LA MUERTE INMEDIATA! De eso se habrán asegurado mis torturadores. ¡Lo sé! Sí en el pozo solo me espera alguna tortura abominable. ¡No el reposo de la muerte! Me he convertido en el más perfecto de los cobardes…” Entonces grité, “¡Oh Dios!” Y el eco repitió mi voz. Luego exclamé, “¡Aaaay!” Bastaba el sonido de mi propia voz para hacerme temblar. Tal era el abatimiento de todo mi sistema nervioso. De nuevo acabé por dormirme. Al despertar, pensé, “Ah…tengo una sed abrazadora…” Vacié el cántaro de un solo trago. ¡Aquella agua debía contener alguna terrible droga! Su sabor amargo me hizo exclamar, “¡AFFAGH!” Y cayó sobre mí, un sueño profundo, semejante al de la misma muerte. Jamás he podido deducir cuanto duró. Pero cuando por fin abrí los ojos, una sulfurosa claridad iluminaba mi carcel. Pensando dije, “Y es más pequeña de lo que pensé. Y los muros parecen planchas de hierro o algún otro metal." Las superficies metálicas estaban pintarrajeadas groseramente con diversos emblemas horrorosos y repulsivos, nacidos de la sepulcral superstición de los frailes inquisidores. ¡Demonios con amenazadores gestos, tenebrosos esqueletos! ¡Monstruosidades que recubrían y desfiguraban os muros! Vi tambien que el suelo era de piedra, y vi en el centro, el pozo maldito, de cuyas fauces había logrado escapar. Pero, aunque ahora veía gracias a aquella luz difusa de procedencia inexplicable, sentí un terror más agudo que antes. Pensé, “¡Oh!¿Pero qué pasa?” Mientras dormía, los inquisidores habían cambiado mi situación física. Una larga tira, un cíngulo, me mantenía inmóvil sobre un bastidor de madera muy bajo. Solo con un violento esfuerzo, alcanzaba un plato de barro con comida, puesto en el suelo. Probé el alimento, y estaba cruelmente condimentado. Pensé, “¡Ah! Seguramente quieren que muerta torturado por la sed.” Habia algo singular pintado en el techo de mi prisión. Pensé, “Una representación del tiempo. Y en vez de guadaña, tiene un…péndulo como el de un reloj antiguo." Entonces algo me movió a observar a aquella extraña maquina con más detenimiento. Pensé, “¿Será posible?” Se hallaba exactamente sobre mí, y tuve la más insólita impresión, y pensando dije, “Sí…¡Sí! Se mueve…” Su balanceo era lento y breve y, con cierta desconfianza y extrañeza observé aquel péndulo durante un rato…hasta que, exclamé, “¿Qui…Quién anda allí…?” Del pozo salían unas tras otras, ratas enormes de afilados     dientes. Pensé dentro de mi, “¡Las atrae mi comida!” Solo con gran trabajo y atención pude ahuyentarlas. Quizá media hora después, cuando volví a fijarme en el péndulo, pensé, “¡Oh! Ahora oscila más, y a mayor velocidad…y además, el péndulo baja, ¡No hay duda!” Y entonces observé algo más con un horror indecible. Pensando me dije, “La parte inferior del péndulo…¡Tiene filo! Es…en realidad…una enorme navaja…ya veo…me salvé del pozo, pero ahora mis torturadores me deparan esto…” Durante largas, interminables horas, conté las oscilaciones de la hoja de acero…creo que asi pasaron días, hasta que el péndulo quedo tan cerca, que me abanicaba el rostro. Entonces pensé, “¡Oh, Dios! ¡Por qué no baja más rápido! ¿Cuánto mas tengo que soportar esta tortura?” Finalmente se apoderó de mi una extraña calma, y me quedé contemplando una espantosa cimitarra, como si fuese un hermoso juguete, y yo fuera un niño…y, a pesar de que la muerte se acercaba por segundos, por minutos, pensé en alimentarme para sustentar mis fuerzas. Fue entonces que sentí un informe pensamiento de esperanza, de extraña alegría. Entonces, pensé, dentro de mí, “¿Por qué…cómo siento algo como esperanza?” Pero el pensamiento nunca llego a completarse, y me dije a mi mismo, en el pensamiento, “Ah, mis facultades mentales estan casi aniquiladas, parezco imbécil, ¡idiota!” Tras una pausa, pensé, “¿Qué es lo que estaba a punto de ocurrírseme?”

La filosa media luna pasaba por encima de mi corazón. Ahora, sus oscilaciones eran de casi diez metros, y cada vez silbaba con mayor violencia. Entonces pensé, “Durante algunos minutos cortará mis ropas, y después…después…¡YA NO QUIERO PENSAR!?NO!” Y la hoja mortal descendía ineludible, ¡Inevitablemente!” Pensé, “¿Por qué no baja de golpe, por que no puedo morir…ya? Pronto en una diez o doce oscilaciones, ¡tocará mi ropa!” Entonces, de pronto me invadió una gran calma, nacida quizá de mi horrenda desesperación… Por primera vez en días…me puse a pensar, “La cuerda…el cíngulo que me ata, es una sola pieza…el primer corte de la cuchilla, bastara para desatar la cuerda…pero la hoja ya está tan cerca…¿Sería posible desatarme a tiempo al cortarse la cuerda? ¿Será posible que éste detalle haya escapado a los inquisidores?¡Ya veo! Estaba equivocado…¡La hoja no cortará la cuerda! Debí saberlo…”  Pero entonces, de alguna manera, se completo aquella vaga idea que antes no pude concretar. Pensé, “¡Oh, Dios sí…siiii!” Durante las últimas horas, el número de ratas habia aumentado considerablemente. Me rodeaban por completo, fijando en mí, sus rojas pupilas centelleantes. Pensé, “Solo mis movimientos han impedido que se lancen sobre mi a devorarme…¿A qué tipo de comida se han acostumbrado…en el pozo?” A pesar de mis continuos esfuerzos, habían devorado casi todo el contenido de mi plato, incontables veces en su voracidad, habían mordido mis dedos, mi mano. Pensé, “Tengo el tiempo contado. ¡Tengo que poner en marcha mi…idea!” Cogí los restos de la picante carne bañada en aceite, y pensé, “Sí…¡Tengo que darme prisa!” Y hasta donde me fue posible, froté con ellas mis ataduras. Entonces, reteniendo la respiración, traté de guardar una absoluta inmovilidad. Para sorpresa mía, al dejar de moverme, las ratas se asustaron. Con asombro, pensé al verlas, “Oh, no, vuelven al pozo…” Pero, poco a poco, los voraces roedores comenzaron a regresar. Al verlos subir a mi cuerpo, pensé, “Dos…tres…¡Adelante!” Aquello fue el preludio de otro abominable tropel, y exclamé, “¡Allí vienen!” ¡Por centenares cubrieron mi cuerpo inmóvil. Comencé a sentir que me sofocaba. ¡Me impedían respirar! Pero…esquivando el siniestro péndulo, al fin, las ratas comenzaron a mordisquear las aceitosas ligaduras que me mantenían prisionero. Aguanté…a pesar de un asco espantoso que me llenaba el pecho, y me helaba el corazón…¡Aguante! De pronto, sentí perfectamente como algunas cuerdas iban cediendo. ¡Pero ya la hoja mortal rasgaba mi, mi ropa! De pronto, tras dos oscilaciones, mas, sentí un agudísimo dolor. Mas se acercaba tambien el momento de escapar. Con las manos libres ahuyenté a mis horrendas libertadoras. Tuve que soportar nuevamente el paso de la filosísima hoja. Y entonces, con un movimiento lento, tranquilo y decidido, me deslicé mas allá del paso de la abominable cimitarra. Exclamé, “¡LIBRE, ESTOY LIBRE!” Apenas habia dado unos pasos alejándome de la fatal cuchilla, cuando ésta se detuvo. Entonces pensé, “¡Oh Dios, me han estado espiando todo el tiempo!” Una fuerza indivisible la hizo ascender y ¡Desapareció! Pensé, “Para estos momentos ya me habría comenzado a partir en dos…” Vi entonces que la sulfurosa luz de mi prisión provenía de una grieta al pie de las paredes de hierro. Y sentí que algo cambiaba en la formación de mi detestable prisión. Pensé, “¿Qué es lo que pasa…? No entiendo…” Comenzaron a cambiar los contornos de las diabólicas figuras que decoraban las paredes, sus colores se iban alterando, adquiriendo una feroz y siniestra viveza. Pensé, “Todo…adquiere un extraño resplandor…como de fuego…” Ah, ¡Mi tormento estaba lejos de terminar! Pensé, “¡Fuego eso es! Estan calentando los muros de hierro…” Entonces dije, “¡Ah, no hay hombres más diabólicos ni implacables en toda la tierra! ¡Ah, el calor aumenta, y las paredes se van cerrando!” Ante el avance del metal ardiente, la frescura del pozo, se me antojaba un dulce bálsamo, y dije, “En cosa de minutos moriré asado…¡Cof, cof!” A la luz de los muros casi en llamas, mire hacia abajo del pozo. Pude ver las cavidades más recónditas de aquel abismo infernal, exclamando, “¡DIOS!” Pero, durante segundos de absoluto desvarío, mi espíritu se negó a comprender la significación de lo que veía. Ma sal fin, lo que vi, se abrió paso hasta mi alma para grabarse, como con fuego, en mi estremecida razón. ¡Oh, espanto indecible! Y pensé, “Cualquier horror, cualquier muerte, menos eso, al fondo del pozo. ¡Jamás!” Pero mi celda se cerraba a mi alrededor, adquiriendo ahora una forma romboidal. ¡Ya los muros estaban al rojo vivo! Entonces pensé, primero me escapé de caer al pozo…luego pude evitar quedar cortado por el péndulo…pero ahora…” ¡Los muros ardientes tenían por objeto hacerme saltar al pozo! Pensé, “¡Ah! Aunque me queme el cuerpo entero, resistiendo, me acabaran empujando al horrendo abismo…” Por fin, ya casi no me quedó piso en donde posar mi chamuscado cuerpo. Ya no podía luchar…pero la agonía de todo mi ser se vertió en un larguísimo alarido de desesperación. “¡AAAAAAAY!” Se acercaba el final de mi inhumana tortura. Desvié la mirada. Me di cuenta de que me tambaleaba irremediablemente sobre la orilla del brocal. ¡Y escuche entonces un discordante clamor de voces humanas! ¡Resonó algo como una explosión, oí un huracán de trompetas, un rugido como de mil truenos! ¡Los terribles muros ardientes retrocedieron! Me sentí suspendido en el aire. Y cuando ya me precipitaba al abismo diabólico. ¡Una mano tendida amarro mi brazo! Era la mano del general LaSalle, quien exclamó, “¡Amigo!” El ejército francés habia entrado a Toledo. El ejército francés habia triunfado. ¡La inquisición estaba en manos de sus enemigos!

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año, IV. No. 41. Septiembre 1º. de 1986. Adaptación: Remy Bastien. Guión: M. A. Barrera. Segunda Adaptación: Jose Escobar.                                             


Ligeia de Edgar Allan Poe

    Ligeia, es un relato corto de la primera época del escritor estadounidense, Edgar Allan Poe, publicado por primera vez en 1838. La historia sigue a un narrador anónimo, y a su esposa Ligeia, una mujer hermosa e inteligente, de cabello negro. Ella enferma, compone, El Gusano Conquistador, y cita versos atribuidos a Joseph Glanvill, que sugieren que la vida solo se sostiene mediante la fuerza de voluntad, poco antes de morir.

Tras su muerte, el narrador se casa con Lady Rowena. Rowena enferma, y también muere. El desconsolado narrador, permanece junto a su cuerpo durante la noche, y observa cómo Rowena regresa lentamente de entre los muertos, aunque transformada en Ligeia. El relato podría ser una alucinación del narrador, inducida por el opio, y existe debate sobre si se trata de una sátira. Tras su primera publicación, en, The American Museum, el relato fue ampliamente revisado y reimpreso, a lo largo de la vida de Poe.

Resumen de la Trama

   La historia es narrada por un narrador anónimo, que describe las cualidades de Ligeia: una mujer hermosa, apasionada, e intelectual, de cabello negro azabache, y ojos oscuros. Cree recordar haberla conocido, "en alguna gran ciudad antigua y decadente, cerca del Rin". No recuerda nada de la historia de Ligeia, ni siquiera el apellido de su familia, pero sí recuerda su hermosa apariencia. Sin embargo, su belleza no es convencional. La describe como demacrada, con cierta, "extrañeza". Describe su rostro con detalle, desde su frente, "impecable," hasta los, "orbes divinos" de sus ojos. Se casan, y Ligeia impresiona a su esposo con su inmenso conocimiento de las ciencias físicas y matemáticas, y su dominio de las lenguas clásicas. Comienza a mostrarle a su esposo, su conocimiento de la sabiduría metafísica y "prohibida".

Tras un tiempo indeterminado, Ligeia enferma, lucha internamente con la mortalidad humana, y finalmente, muere. Poco antes de su muerte, compone un poema titulado, El Gusano Conquistador, que describe su estado mental, y la resignación ante su condición mortal. A continuación, el narrador, afligido, compra y restaura una abadía en Inglaterra.

El narrador contrae matrimonio sin amor con, “la bella y de ojos azules Lady Rowena Trevanion de Tremaine.” En el segundo mes de matrimonio, Rowena comienza a sufrir de ansiedad y fiebre, cada vez mayores. Una noche, cuando está a punto de desmayarse, el narrador le sirve una copa de vino. Bajo los efectos del opio, ve, o cree ver, gotas de, “un líquido brillante color rubí” caer en la copa. Su estado empeora rápidamente y, pocos días después, muere, y su cuerpo es embalsamada para el entierro.

Mientras el narrador vela a su lado, durante la noche, nota un breve rubor en las mejillas de Rowena. Ella muestra repetidamente signos de recuperación, antes de recaer en una aparente muerte. Mientras intenta reanimarla, los renacimientos se vuelven cada vez más fuertes, pero las recaídas, más definitivas. Al amanecer, mientras el narrador se encuentra emocionalmente exhausto tras la lucha de la noche, el cuerpo cubierto con un sudario, revive una vez más, se pone de pie, y camina hacia el centro de la habitación. Al tocar la figura, las vendas de su cabeza se desprenden, dejando al descubierto una abundante cabellera negra y unos ojos oscuros: Rowena se ha transformado en Ligeia.

Historia de la Publicación

    Ligeia, se publicó por primera vez, en la edición del 18 de septiembre de 1838, del, American Museum, una revista editada por dos amigos de Poe, el Dr. Nathan C. Brooks, y el Dr. Joseph E. Snodgrass. La revista le pagó a Poe 10 dólares por, Ligeia.

El relato fue revisado extensamente, a lo largo de su historia de publicación. Se reimprimió en el primer volumen de, Tales of the Grotesque and Arabesque (1840), en el único volumen de, Phantasy Pieces (1842), en Tales by Edgar Allan Poe (1845), en, The New World (15 de febrero de 1845) y en Broadway Journal (27 de septiembre de 1845). El poema, The Conqueror Worm, se incorporó por primera vez al texto, como poema compuesto por Ligeia, en, The New World.

Recepción Critica

Charles Eames, de, The New World, comentó: “La fuerza y ​​la audacia de la concepción, así como la gran habilidad artística, con la que el autor plasma su propósito, son igualmente admirables.” Thomas Dunn English, en un artículo publicado en el, Aristidean de octubre de 1845, afirmó que, Ligeia era, “la más extraordinaria de sus obras”.

El crítico y dramaturgo, George Bernard Shaw, declaró: “La historia de Lady Ligeia, no es simplemente una de las maravillas de la literatura: es inigualable e insuperable”.

Análisis

El narrador confía en Ligeia, como si fuera un niño, mirándola con una, “confianza infantil”. Tras su muerte, se convierte en, “un niño a tientas, perdido en la oscuridad”, con una, “perversidad infantil”. El biógrafo de Poe, Kenneth Silverman, señala que, a pesar de ésta dependencia, el narrador siente un deseo simultáneo de olvidarla, lo que quizás le impide amar a Rowena. Éste deseo de olvidar, se ejemplifica en su incapacidad para recordar el apellido de Ligeia. Sin embargo, el relato nos revela que el narrador jamás supo su apellido.

Ligeia, según el narrador, era extremadamente inteligente, “como nunca antes había conocido en una mujer”. Y lo que es más importante, fue su maestra en la, “investigación metafísica”, transmitiéndole una, “sabiduría demasiado divinamente preciosa como para no estar prohibida”. Así pues, su conocimiento del misticismo, combinado con un intenso deseo de vivir, pudo haber propiciado su resurrección. El epígrafe inicial, que se repite a lo largo del relato, se atribuye a Joseph Glanvill, aunque ésta cita no se ha encontrado en la obra conservada de Glanvill. Es posible que Poe inventara la cita, y le añadiera el nombre de Glanvill, para vincularlo con su creencia en la brujería.

Ligeia y Rowena funcionan como opuestos estéticos: Ligeia es de cabello negro, y proviene de una ciudad a orillas del Rin, mientras que Rowena, que se cree que recibió su nombre del personaje de Ivanhoe, es una rubia anglosajona. Esta oposición simbólica, implica el contraste entre el romanticismo alemán, e inglés.

Se ha debatido con exactitud, qué pretendía representar Poe en la escena de la metamorfosis, en parte debido a una de sus cartas personales, en la que niega que Ligeia, renaciera en el cuerpo de Rowena, una afirmación que posteriormente retracta. Si Rowena se hubiera transformado realmente en la difunta Ligeia, ésto solo se evidencía en las palabras del narrador, lo que deja margen para cuestionar su veracidad. El narrador ya ha sido establecido como adicto al opio, lo que lo convierte en un narrador poco fiable. Al principio del relato, el narrador describe la belleza de Ligeia, como, “el resplandor de un sueño de opio”. También nos dice que, “en la excitación de mis sueños de opio, gritaba su nombre en el silencio de la noche... como si... pudiera devolverla al camino que había abandonado... sobre la tierra”. Esto puede interpretarse como prueba de que el regreso de Ligeia, no fue más que una alucinación inducida por las drogas. Si el regreso de Ligeia de entre los muertos, es literal, parece derivarse de su afirmación, de que una persona muere solo por una voluntad débil. Esto implica, entonces, que una voluntad fuerte, puede mantener a alguien con vida. Sin embargo, no está claro si es la voluntad de Ligeia, o la de su esposo, la que la trae de vuelta de entre los muertos. Su enfermedad pudo haber sido tuberculosis.

El profesor Paul Lewis, señala los estrechos paralelismos entre, Ligeia y, Wake Not the Dead (1822), de Ernst Raupach, afirmando que ambos relatos tratan, “material casi idéntico de maneras radicalmente diferentes”. Lewis concluye que, si bien no existen fuentes que confirmen que Poe leyera el cuento de Raupach, ésto no es concluyente, ya que Poe, “siempre ocupado acusando a otros de plagio, se cuidaba de ocultar sus propios préstamos”. La erudita, Heide Crawford, escribe que es probable que Poe, haya tomado prestado, o se haya visto influenciado por, Wake Not the Dead, o,  No Despiertes a los Muertos, tal como se tradujo al inglés, en, Popular Tales and Romances of the Northern Nations (1823) o Legends of Terror! (1826), ambas publicaciones que publicaron el relato sin atribución, lo que podría explicar por qué Poe, no menciona a nadie, como inspiración para, Ligeia.

El poema dentro del relato, The Conqueror Worm, o, El Gusano Conquistador, también plantea interrogantes sobre la supuesta resurrección de Ligeia. El poema muestra esencialmente una admisión de su propia mortalidad inevitable. La inclusión de éste amargo poema, podría haber tenido una intención irónica, o parodiar las convenciones de la época, tanto en la literatura, como en la vida. A mediados del siglo XIX, era común enfatizar la sacralidad de la muerte, y la belleza del morir, (piénsese en el personaje de, Little Johnny, en, Our Mutual Friend, o, Nuestro Amigo Común, de Charles Dickens, o, la muerte de Helen Burns, en, Jane Eyre, de Charlotte Brontë. En cambio, Ligeia habla del miedo personificado en la, “cosa roja como la sangre”. Sin embargo, se han sugerido otras interpretaciones.

Philip Pendleton Cooke, amigo de Poe, y también escritor sureño, sugirió que la historia habría sido más artística, si la posesión de Rowena por Ligeia, hubiera sido más gradual; Poe estuvo de acuerdo posteriormente, aunque ya había utilizado una posesión más lenta, en, Morella. Poe también escribió que debería haber hecho que Rowena, poseída por Ligeia, recuperára su verdadera forma, para poder ser enterrada como Rowena, “una vez que las alteraciones corporales se hubieran desvanecido gradualmente”. Sin embargo, en una carta posterior, se retractó de ésta afirmación.

Como Sátira

Se ha debatido si Poe pretendía que, Ligeia, fuera una sátira de la literatura gótica. El año de su publicación, Poe solo publicó otras dos obras en prosa: Siope—Una Fábula, y, La Psique Zenobia, ambas sátiras de estilo gótico. Entre las pruebas que respaldan ésta teoría, se encuentra la implicación de que Ligeia es alemana, una de las principales fuentes de la literatura gótica del siglo XIX, y que su descripción insinúa mucho, pero no dice nada, especialmente en la descripción de sus ojos. El narrador describe su, "expresión", que él mismo admite que es una, “palabra sin sentido”. El relato también sugiere que Ligeia es trascendentalista, un grupo de personas que Poe criticaba con frecuencia.

Temas Principales.

Muerte de una bella mujer. Véase también: Berenice, La Caída de la Casa Usher, Morella.

Resurrección. Véase también: La Caída de la Casa Usher, Morella, Metzengerstein.

Abuso de sustancias. Véase también: El Gato Negro, Hop-Frog. (Wikipedia en Ingles)

Ligeia

De Edgar Allan Poe

“El Hombre no se rinde a los ángeles, ni se entrega por entero a la muerte. Como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.”

Joseph Glanvill

Juro por mi alma, que no recuerdo ni como ni cuando, ni siquiera donde conocí a Lady Ligeia. Los sufrimientos han debilitado mi memoria, y han transcurrido tantos años desde entonces. Pero creo que la conocí por vez primera, en una vieja ciudad cerca del Rhin. ¡LIGEIA!¡LIGEIA! Con solo tu dulce nombre acude tu imagen a los ojos de mi fantasía. Amor mío, un espíritu fatídico presidió nuestro matrimonio. Resultaría vano querer describir la majestad de su porte, o la amada musica de su dulce y profunda voz. Ninguna mujer igualó jamás la belleza de su faz. Era una visión etérea y arrebatadora, ardorosamente divina. Bacon, el filósofo, dijo alguna vez, “No hay belleza exquisita, sin algo extraño en la proporción.” Pero, aunque su belleza era exquisita, en vano intenté descubrir la irregularidad que le confería aquella suprema condición. Su frente era impecable, alta, pálida; su piel competía con el marfil más puro. Sus cabellos eran negros como ala de cuervo, lustrosos y exuberantes. Las delicadas líneas de su nariz, eran de una perfección acabada, con una tendencia aguileña, que revelaba su espíritu libre. ¡Su dulce boca! Allí se encerraba el triunfo de todas las cosas celestiales. Poseía las más radiante, la más triunfal de las sonrisas. Y sus ojos. ¡Más grades que los ojos de las gacelas! ¡Sí, lo “extraño” que volvía exquisita su belleza, estaba en sus ojos! No en su forma, su color, o su brillo, sino en su “expresión.” Ah ¡Qué misterio encerraban aquellas divinas pupilas!” Cuantas veces al examinarlos, sentí que me acercaba al conocimiento de su profundo misterio, pero siempre, al último momento. ¡Se me escapaba esa extraña verdad! En el universo material, por momentos, encontraba analogías con esa sublime expresión. A veces, en la belleza de una viña, en el vuelo de una mariposa, en el movimiento de un arroyo, en la majestad del océano, en la caída de un meteoro. Y tambien, ese sentimiento me era provocado por un insólito pasaje de un libro del filósofo, Joseph Glanvill, “Y allí, adentro, se halla la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y de su energía? Dios es una gran voluntad que penetra todas las cosas por obra de su intensidad. El Hombre no se rinde a los Ángeles, ni se entrega por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.” Ahora sé que en Ligeia, aquella voluntad era inmensa, gigantesca, revelada en la intensidad de su pensamiento, de su voz. ¡De su mirada! Sí, y de todas las mujeres que he conocido, ella, la tranquila y serena Ligeia, sufría mas que ninguna el desgarramiento de la pasión cruel. Recuerdo que me decía, “¿Me amarás?” Yo, “¡Siempre!” Ella, “¿Lo juras?” Yo, “¡Sí.” Ella, “¿Podrías amar a otra mujer?” Yo, “¡Nunca!” Ella, “Jamás soportaría que amáras a otra!” Yo, “¡Ligeia, Ligeia, no hables asi!” ¡Ah, cuantos años felices pasamos juntos, en profundos estudios metafísicos, que yo solo pude llevar a cabo ayudado por sus conocimientos gigantescos, pasmosos! Jamás pude engañarme. Su sabiduría, su comprensión de los misterios divinos y terrenales, fueron siempre superiores a mí. Por eso, sin ella yo quedé como un niño que anda a tientas en la noche, pues un infausto día, Ligeia cayó enferma. Tomé su mano, en su cama, y le dije, “Mi vida.” Ella me dijo, “No temas.” Mas a pesar de sus ánimos, comprendí que iba a morir. ¡Con qué ferocidad luchó contra la muerte, contra la eterna sombra! Mientras limpiaba el sudor de su frente por la fiebre, pensé, “A pesar de su mal, sigue dulce, profundamente en todos sus pensamientos.” Y solo en aquellas negras horas me di cuenta de toda la magnitud de su amor. Recuerdo que me abrazó, y me dijo, “Quisiera vivir, para amarte más…” Mientras la veía en su lecho, pensaba, “Soy indigno. Soy indigno de tanto amor. ¿Por qué me arrebatan a Ligeia, en las horas de mi mayor felicidad? No hay palabras para expresar su amor, sus ansias de vivir…” ¿Cómo olvidar la noche en que murió? Me pidió que leyera algunos versos, que ella misma habia escrito días antes. Con una mano tomé su mano, y con la otra las hojas del poema y le dije, “Sí, aquí estan…” Ella me dijo, “Por favor…” Y comencé, “Es de gala la función, en la escena de un suntuoso, imponente teatro, ante un público de ángeles tristes. Conmovidos y absortos los ánimos, se representa un trágico drama de desdicha, de luto y de espanto; mientras la orquesta nerviosa suspira en acordes luctuosos y extraños. Unos mimos, de Dios propia imagen, sobre el vasto, revuelto tablado, vienen y van, agitándose murmuran, prorrumpiendo ora en risa, ora en llanto. Cual incidentes figuras movidas por el impulso de incógnita mano; en aquel variable escenario, el tramoyista invisible es el hado. ¡Ah, ese drama de espanto y de duelo, jamás podrá la memoria borrarlo! Con su turba efímera de quimeras perseguida, más. ¡Ay! Siempre en vano, por enjambre insistente de ilusos en un eterno circulo girando, y en el fondo, el alma de todo, el horror, la locura, y el pecado. Pero miren: engendro de las sombras, surge un monstruo espantoso, que arrastra su rojiza, turgente forma, y el proscenio al ganar. Sanguinario de los trémulos cuerpos caídos de los mimos, voraz, hará pasto; y sollozan los ángeles viendo de tan cruel catástrofe el cuadro. ¡Y las luces se apagan todas! Sobre aquel horrendo escenario baja al fin con solemne estruendo el telón, con su fúnebre manto; y los ángeles dicen llorando al salir de solemne teatro: La tragedia se titula, el Hombre, y el héroe triunfante es el gusano.” Incorporándose de un salto, con gesto espasmódico, Ligeia gritó, “¡Oh, Dios!” Ligeia se incorporó, y con lagrimas dijo, “¡Oh, Dios mío, Padre Celestial! ¿Es inevitable que sucedan estas cosas?” Mientras yo secaba sus lágrimas con un pañuelo, Ligeia dijo, “¿No será vencido nunca ese vencedor? ¿No somos una parcela de ti? ¿Quién puede conocer la los misterios de la voluntad y de su vigor?” Agotada por la emoción, Ligeia volvió a caer en su lecho de muerte. Y llegó el momento de sus últimos suspiros, con los cuales repitió aquel pasaje de Glanvill: “El hombre no se rinde a los ángeles, ni se entrega por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad…” Al verla cerrar sus ojos, exclamé, “¡Oh, Ligeia!” Murió. Pulverizado por el dolor, ya no soporté la solitaria desolación de mi casa, junto al Rhin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Mientras me alejaba del cementerio, pensé, “No volveré jamás…” Y asi, tras meses de tediosos vagabundeos, adquirí y reparé una abadía en una de las regiones más selváticas y solitaria de la hermosa Inglaterra. Y pensé, “Aquí, quizá pueda olvidar mi desdicha…” Me dediqué a decorar mi abadía de la manera más fantástica y suntuosa, mi vida y mis planes tomaron el color de mis sueños. Y ninguna estancia era más insólita que aquella a la que un día llevé a mi nueva esposa. ¡Ah, estancia por siempre maldita! ¿Por qué llevé ahí a la sucesora de la inolvidable Ligeia…a lady Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules? Aquella habitación donde nos amábamos, ocupaba una alta torre de la abadía. En cada esquina habia una copia de un sarcófago egipcio, y los muros quedaban completamente cubiertos con tapices que representaban una procesión continua de espantosas formas salidas de alguna pesadilla gótica. Allí pasmos el primer mes de nuestro matrimonio. Desde un principio, sabía que la familia de Rowena, solo habia permitido nuestra unión debido a mi riqueza. En el fondo, el nuestro era un matrimonio por conveniencia. En realidad, apenas me amaba, y extrañamente eso me complacía. Por momentos la odiaba, y pensaba, “Ah, si pudiera volver a ver a Ligeia…” Siempre mis recuerdos volaban hacia Ligeia, la amada, la hermosa, la enterrada. Mientras bebía, me acerqué a la ventana y grité al aire, “¡Ligeia!¡Ligeia! ¿Qué podría hacer para que…volvieras a ésta tierra?” Entonces, al segundo mes de nuestro agridulce matrimonio, lady Rowena fue atacada por una dolencia repentina. El mal duró algunos días, y de pronto, pareció restablecerse. Mas días después, un segundo ataque volvió a postrarla en el lecho de dolor. El medico solo le dijo, “Tiene que descansar.” Yo solo pensé, “Ni el medico sabe lo que tiene…” Conforme avanzó su mal, pareció caer presa de sus alucinaciones, pues decía ver y oír cosas que yo no percibía. De repente, ella decía, “¿Quién está allí?” Yo la tomaba y le decía, “¡Nadie, solo yo, Rowena!” Durante aquel sombrío mes de septiembre, su enfermedad progresó, asi como sus inexplicables visiones. Y ella insistía, “¡Allí, hay alguien allí!” Yo le decía, “Es solo el viento que mueve los tapices, estamos solos…” Ella dijo, insistiendo, “¡No! Hay alguien más…¡Lo sé!” Yo le dije, “¡Calma mi vida!” Pero entonces, cuando le llevaba una copa de vino dulce, yo sentí que algo pasó junto a mí. Y pensé, “¿Yo tambien empiezo a sufrir alucinaciones?” Rowena tomó la copa y dijo, “Gracias, yo puedo sola…” ¡Y volví a sentir que algo pasaba a mi lado! Y pensé, “Pero no veo nada…¿Estoy soñando, qué pasa?” Como si salieran de algún frasco invisible, tres o cuatro gotas de un líquido carmesí cayeron en la copa de Rowena. Yo pensé, “No puede ser, fue una visión…¡Solo eso!” Sin embargo, fue obvio que, tras haber apurado esa copa, lady Rowena, empeoró visiblemente. Mientras limpiaba el sudor de su frente, la sirvienta dijo, “Oh, señor, creo que morirá…” Yo pensé dentro de mi corazón, “Así es…” Tres días después, se habia cumplido el fatal destino de mi segunda esposa, y sus sirvientas la amortajaron. Y la cuarta noche pase solo, con su cuerpo ya envuelto en el sudario, en aquella fantástica estancia que la recibiera recien casada. Mi dolor era indecible, pues a la pena de perder a lady Rowena, se unía un flujo ineludible de recuerdos de Ligeia, pensando, “En verdad, el destino me castiga.” Quizá fuera media noche, cuando algo me despertó de mi ensueño. “¡Ahhh!” Exclamé, “No puede ser, escuché claramente un suspiro. Y entonces, tras varios minutos de sepulcral silencio, al acercarme a revisar su rostro parte amortajado, pensé, “¡Ah! Hay un color en sus mejillas, débil. ¡Pero allí está!” Seti un terror absoluto, pensé que el corazón se me paralizaría, y pensé, “Rowena, no está muerta. ¡Vive!” Entonces exclamé, “Sus labios tiemblan, aletean sus parpados…¡Oh, Dios!” La servidumbre estaba lejos en el otro extremo de la abadía, y no me atreví a dejar sola a Rowena. Le tomé el pulso y dije, “Tengo que hacer algo por revivirla.” Pero mis frenéticos esfuerzos fueron en vano. Al cabo de algun tiempo, el cuerpo del sudario volvió a su estado anterior. Yo pensé, “¿Habrá sido todo, otra alucinación?” Mas de pronto, escuché un gemido, “¡Aaaah!” Asombrado exclamé, “¡Vu˗vuelve a suspirar, sí está viva!” El horror de aquella noche fue indecible. Una y otra vez se repitió aquel horrible drama de la resurrección. Tocándole el pulso, pensé, “¡Cuantas veces, ‘vivirá’ o ‘morirá!’ ¡Oh, Dios!” Y entonces, cerca del alba, cuando descansaba por un instante, escuché que se levantaba, y exclamé, “¡A˗aah! Ya no hay duda…” Con débiles pasos, avanzando a tientas, Rowena se liberaba por completo de las cadenas de la muerte. Y al verla, pensé, “A˗avanza…hacia mi…” El más loco desorden mental dominó mis pensamientos. ¿Por qué dudaba que la figura que lentamente avanzaba hacia mi, fuera lady Rowena de Tremaine, la de rubios cabellos y azules ojos? ¿Qué inexpresable demencia se apoderó de mí, cuando me hinqué a sus pies? Ella sacudió la cabeza, aflojó las terribles mortajas que la envolvían. Y entonces, en el aire, impregnado de exótico incienso, se desbordó, una enorme masa de cabellos desordenados…¡Mas negros que las alas de un cuervo a media noche! Y, lentamente, la figura que se erguía ante mí, abrió los ojos. Mi ronco gríto recibió el alba lejana. “¡POR FIN LOS VEO! ¡EN ESTO, NUNCA, NUNCA PODRÉ EQUIVOCARME! ¡SON LOS NEGROS OJOS, LOS ARDIENTES OJOS DE MI PERDIDO AMOR, LOS DE LADY, LOS DE LADY LIGEIA!”

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año, IV. No. 41. Septiembre 1º. de 1986. Adaptación: Remy Bastien. Guión: M. A. Barrera. Segunda Adaptación: Jose Escobar.                                              


viernes, 8 de mayo de 2026

El Corazon Delator de Edgar Allan Poe

   El Corazón Delator, es un cuento del escritor estadounidense, Edgar Allan Poe, publicado por primera vez en 1843. Está narrado por un narrador anónimo, que intenta convencer al lector de su cordura, mientras describe un asesinato que él mismo cometió. La víctima era un anciano, con un ojo pálido y opaco, de un color azul pálido, como el que el narrador describe. El narrador enfatiza la meticulosidad del asesinato, buscando el crimen perfecto, incluyendo el desmembramiento del cuerpo en la bañera, y su posterior ocultamiento bajo las tablas del suelo. Finalmente, sus acciones provocan que el narrador escuche un sonido sordo, que interpreta como los latidos del corazón del difunto.

    El cuento se publicó por primera vez en la revista, The Pioneer, de James Russell Lowell, en enero de 1843. El Corazón Delator, es considerado un clásico del género gótico, y uno de los cuentos más conocidos de Poe.

   Más allá del odio del narrador, hacia el ojo del anciano, la relación entre ambos, el género del narrador, y otros detalles, permanecen sin esclarecer. El narrador niega sentir odio o resentimiento hacia el hombre, que, según afirma, “nunca le había hecho daño”. También niega haber matado por avaricia.

Algunos críticos han especulado que el anciano podría ser una figura paterna, el casero del narrador, o que éste trabaja para él como sirviente, y que quizás su, “ojo de buitre” represente un secreto velado, o un poder oculto. La ambigüedad y la falta de detalles sobre los dos personajes principales, contrastan con los detalles específicos de la trama que conducen al asesinato.

Trama

El Corazón Delator, es una narración en primera persona contada por un narrador anónimo. A pesar de insistir en su cordura, el narrador padece una enfermedad, (nerviosismo), que le provoca una hipersensibilidad.

El anciano con quien vive, tiene un ojo nublado, pálido y azulado, como el de un buitre, que lo angustia y manipula tanto, que planea asesinarlo, a pesar de insistir en que lo ama, y nunca se ha sentido agraviado por él. El narrador insiste en que ésta meticulosa precisión al cometer el asesinato, demuestra que es imposible que esté loco. Durante siete noches, abre la puerta de la habitación del anciano, para iluminar con un rayo de luz el, “mal de ojo”. Sin embargo, el ojo del anciano permanece cerrado, lo que le impide llevar a cabo su plan, y lo sume aún más en la angustia.

En la octava noche, el anciano despierta cuando la mano del narrador resbala, y hace ruido, interrumpiendo su ritual nocturno. El narrador no retrocede y, después de un rato, decide encender la linterna. Un único y tenue rayo de luz, ilumina con precisión el, "mal de ojo", revelando que está completamente abierto. El narrador oye los latidos del corazón del anciano, que se vuelven cada vez más fuertes. Esto aumenta su ansiedad, hasta el punto, de que decide actuar. Salta a la habitación, y el anciano grita una vez, antes de ser asesinado. El narrador desmembra el cuerpo, y esconde los pedazos bajo las tablas del suelo, asegurándose de ocultar cualquier rastro del crimen. Aun así, el grito del anciano durante la noche, hace que un vecino llame a la policía, a la que el narrador invita a entrar para que investigue. El narrador afirma que el grito que oyó, fue el suyo propio, en una pesadilla, y que el anciano no está en el campo. Confiado en que no encontrarán ninguna prueba del asesinato, el narrador les trae sillas, y se sientan en la habitación del anciano. La silla del narrador, se coloca justo donde está oculto el cuerpo; la policía no sospecha nada, y el narrador se muestra tranquilo y relajado.

El narrador comienza a sentirse incómodo, y nota un zumbido en los oídos. A medida que el zumbido se intensifica, el narrador concluye que es el latido del corazón del anciano, que proveniente de debajo de las tablas del suelo. El sonido aumenta progresivamente para el narrador, aunque los agentes parecen no oírlo. Aterrorizado por los violentos latidos del corazón, y convencido de que los agentes no solo son conscientes del latido, sino también de su culpabilidad, el narrador se derrumba y confiesa. El narrador les pide que levanten las tablas del suelo, para descubrir los restos del cuerpo del anciano.

Historia de la Publicación

Poe escribió el cuento en Filadelfia, donde residió en diferentes lugares, entre 1838, y 1844.

El Corazón Delator, se publicó por primera vez, en enero de 1843, en el número inaugural de, The Pioneer: A Literary and Critical Magazine, una revista de corta duración, de Boston, editada por James Russell Lowell, y Robert Carter, quienes figuraban como los, “propietarios” en la portada. La revista fue publicada en Boston, por Leland and Whiting, y en Filadelfia, por Drew and Scammell.

Poe probablemente recibió 10 dólares, equivalentes a 346 dólares en 2025, por el cuento. Su publicación original, incluía un epígrafe que citaba el poema, Un Salmo de Vida, de Henry Wadsworth Longfellow. El cuento fue ligeramente revisado, al ser republicado el 23 de agosto de 1845, en la edición del, Broadway Journal. Dicha edición, omitió el poema de Longfellow, porque Poe creía que era un plagio. "El Corazón Delator" se reimprimió varias veces más, durante la vida de Poe.

Análisis

El Corazón Delator, utiliza un narrador poco fiable. La exactitud con la que relata el asesinato del anciano, como si la sigilosa manera en que ejecutaron el crimen, fuera prueba de su cordura, revela su monomanía y paranoia. El foco de la historia, es el perverso plan para cometer el crimen perfecto. Una interpretación es que Poe creó al narrador, de tal forma, que, “permite al lector, identificarse con él”.

Generalmente, se asume que el narrador de, El Corazón Delator, es un hombre. Sin embargo, algunos críticos han sugerido que podría ser una mujer; no se utilizan pronombres para aclararlo. La historia comienza, in medias res, o, en medio de las cosas, con una conversación ya en curso, entre el narrador y otra persona no identificada. Se ha especulado que el narrador se confiesa ante un alcaide, un juez, un periodista, un médico, o un psiquiatra. En cualquier caso, el narrador relata la historia con gran detalle. Lo que sigue es un estudio del terror, pero, más específicamente, del recuerdo del terror, mientras el narrador relata sucesos del pasado. La primera palabra del relato, “¡Cierto!”, es una admisión de culpabilidad, así como una garantía de veracidad. Ésta introducción, también sirve para captar la atención del lector. Cada palabra, contribuye al propósito de hacer avanzar la historia, ejemplificando las teorías de Poe, sobre la escritura de cuentos.

La historia no se basa en la insistencia del narrador en su “inocencia”, sino en su insistencia en su cordura. Sin embargo, esto es autodestructivo, porque al intentar demostrar su cordura, admite plenamente su culpabilidad en el asesinato. Su negación de la locura, se fundamenta en sus acciones sistemáticas, y su precisión, ya que proporciona una explicación racional, para un comportamiento irracional. Ésta racionalidad, sin embargo, se ve socavada por su falta de motivo. "No había objeto alguno. No había pasión alguna". A pesar de esto, dice, la idea del asesinato, "me atormentaba día y noche". Es difícil comprender plenamente, las verdaderas emociones del narrador hacia el hombre de ojos azules, debido a ésta contradicción. Se dice que, "Al mismo tiempo, reveló una profunda confusión psicológica", refiriéndose al narrador, y al comentario de que, "No había objeto alguno. No había pasión alguna" y que la idea del asesinato, "me atormentaba día y noche".

La escena final del relato, muestra el resultado de los sentimientos de culpa del narrador. Como muchos personajes de la ficción gótica, permite que sus nervios dicten su naturaleza. A pesar de sus mejores esfuerzos, por defender sus acciones, su, "hiperagudeza sensorial", que le permite oír el corazón latiendo bajo las tablas del suelo, es prueba de que está realmente loco. La ​​culpa del narrador se hace evidente, cuando confiesa a la policía que el cuerpo del anciano estaba bajo las tablas del suelo. Aunque el anciano estaba muerto, el cuerpo y el corazón del difunto, parecían seguir atormentando al narrador, y condenándolo por el acto. "Dado que tales procesos de razonamiento, tienden a condenar al narrador por locura, no parece extraño que se vea impulsado a confesar", según el erudito Arthur Robinson. Los contemporáneos de Poe, bien podrían haber recordado la controversia sobre la defensa por locura, en la década de 1840. La confesión puede deberse a un concepto llamado, “ilusión de transparencia”. Según la, Enciclopedia de Psicología Social, “el personaje de Poe, cree erróneamente que algunos policías pueden percibir su culpa y ansiedad, por un crimen que ha cometido, un temor que finalmente lo domina, y lo lleva a entregarse innecesariamente”.

El narrador afirma padecer una enfermedad que le causa hipersensibilidad. Un motivo similar, se utiliza para Roderick Usher, en, La Caída de la Casa Usher, (1839) y en, El Coloquio de Monos y Una (1841). Sin embargo, no está claro si el narrador realmente posee sentidos muy agudos, o si se trata simplemente de una imaginación. Si se cree que ésta condición es cierta, lo que se oye al final del relato, podría no ser el corazón del anciano, sino escarabajos de la muerte. El narrador admite por primera vez, haber oído escarabajos de la muerte en la pared, tras despertar sobresaltado al anciano. Según la superstición, los escarabajos del reloj de la muerte, son un presagio de muerte inminente. Una variedad de este escarabajo, golpea su cabeza contra las superficies, presumiblemente como parte de un ritual de apareamiento, mientras que otros emiten tictacs. Henry David Thoreau, observó en un artículo de 1838, que los escarabajos del reloj de la muerte, emiten sonidos similares a los latidos del corazón. La discrepancia con ésta teoría, radica en que los escarabajos del reloj de la muerte, emiten un tictac uniformemente débil, que habría mantenido un ritmo constante, pero a medida que el narrador se acercaba al anciano, el sonido se volvía más rápido y fuerte, lo cual no habría sido causado por los escarabajos. El latido podría incluso ser el sonido del propio corazón del narrador. Alternativamente, si el latido es producto de su imaginación, es esa imaginación descontrolada, la que conduce a su propia destrucción.

También es posible que el narrador padezca esquizofrenia paranoide. Los esquizofrénicos paranoides, experimentan con frecuencia alucinaciones auditivas. Éstas alucinaciones suelen ser voces, pero también pueden ser sonidos. Las alucinaciones no tienen por qué provenir de una fuente específica, más allá de la propia mente, lo que constituye otro indicio de que el narrador, padece este trastorno psicológico.

La relación entre el anciano y el narrador, es ambigua. No se mencionan sus nombres, ocupaciones, ni lugares de residencia, lo que contrasta con la meticulosa atención al detalle en la trama. El narrador podría ser un sirviente del anciano o, como se suele suponer, su hijo. En ese caso, la mirada penetrante del anciano, como figura paterna, podría simbolizar la vigilancia parental, o los principios paternos del bien y del mal. El asesinato de la mirada, entonces, representa la aniquilación de la conciencia. El ojo también puede representar el secreto: solo cuando se encuentra abierto en la última noche, traspasando el velo del secreto, se lleva a cabo el asesinato.

Richard Wilbur, sugirió que el relato es una representación alegórica, del poema de Poe, A la Ciencia, que describe una lucha entre la imaginación, y la ciencia. En, El Corazón Delator, el anciano podría representar la mente científica y racional, mientras que el narrador, podría representar la mente imaginativa. (Wikipedia en Ingles).

El Corazón Delator

de Edgar Allan Poe

     Sí, admito que soy muy nervioso, que una extraña enfermedad, ha agudizado mis sentidos. ¡He oído todas las cosas del cielo, y de la tierra…y algunas del infierno! Pero…¡No estoy loco! Solicité alquilar una habitación. Cuando el arrendador me recibió, le dije, “Me interesa…” El hombre me dijo, “Pase…” Yo quería al pobre viejo, y él jamás me hizo mal alguno. Tampoco codiciaba su oro. Eso no fue lo que me llevó a matarlo. Ah, pero uno de sus ojos parecía de buitre. Al mirarlo, pensaba, “Cada vez que lo veo, se me hiela la sangre.” Sí, aquella mirada insoportable, fue la que finalmente me llevo al crimen. ¡Que bien traté a mi victima en la semana del asesinato! Al invitarlo a comer, me dijo, “Gracias, amigo...” Yo le dije, “No es nada, hombre.” Y por la noche, al subir la escalera de su habitacion con una linterna cubierta con un pañuelo, pensé, “Ésta lámpara sorda es ideal.” Abrí la puerta de su habitación, y pensé, “Puedo espiarlo sin que se dé cuenta…” Asi fue durante siete noches, siete noches en las que espere el momento oportuno. ¿Acaso un loco hubiera sido tan prudente? Y a octava noche, al entrar a su habitacion le escuché decir, “¿Quién anda allí?” Permanecí inmóvil, sin suspirar siquiera. Me die cuenta que el viejo estaba sobrecogido de espanto. Yo pensé, “Ah, oigo todo. Oigo las pisadas de una araña en la pared. ¿Y que mas oigo? ¿Y que mas oigo? ¿Qué es…eso?” POM POM POM. “Es el latido del corazón del viejo! Tiene miedo. ¡Y sus latidos son cada vez mas fuertes!” De pronto, quizá porque soy tan nervioso, aquel ruido me produjo, una horrenda angustia, y pensé, “Algún vecino podría escuchar esos latidos…” No dudé más. La hora del viejo habia llegado. Abrí la linterna, y di un alarido, “¡AAAJAAA!” El viejo gritó, “¡NOOOO!” En un instante, tiré al viejo al piso, y le eché todo el peso aplastador de la cama. Cumplida la obra, me pareció que su corazón siguió latiendo, pero al fin…¡Se hizo el silencio! Y pensé, “Ese ojo de buitre ya no me atormentará…¡Nunca más!” A un loco no se le hubiera ocurrido lo que a mí, para ocultar el resultado de mi crimen. Entrada la noche, comencé a trabajar. El cuerpo quedo en piezas, y no dejé huella alguna de lo sucedido…¿Quién iba a sospechar algo? Levanté tres tablas del entarimado de la sala. Y allí abajo, hábil y diestramente escondí los restos del horrendo viejo…Por eso, ¡Yo no tenía nada que temer! Y, cuando tocaron la puerta, por la tarde, baje a abrir con el corazón tranquilo. Al abrir la puerta, dije a mis visitantes, “Muy buenas tardes…” Eran un inspector y dos policías. El inspector me dijo, “Somos, obviamente agentes de policía.” Les dije, “Pasen, pasen. ¿En qué puedo servirles?” Después que nos sentamos, el inspector dijo, “Un vecino avisó que anoche escuchó un gríto. Y venimos a hacer una investigación de rutina en estos casos…” Exclamé, “Ah, claro…” Después de un silencio, exclamé, “¡HMMM! Yo grité anoche en mi sueño, tuve una pesadilla. Estoy solo, el viejo dueño de la casa está de viaje.” Finalmente, los policías parecieron convencidos de que todo estaba en orden. Era tal mi confianza, que los invité a descansar un momento, y disfrutar un café. Y pensé, “Mi tranquilidad ha borrado cualquier sospecha…” Pero entonces, me pareció escuchar un extráño zumbido. Dentro de mi pensamiento exclamé, “¿Eh? Solo yo parezco escucharlo...” Y entonces el horrendo ruido se definió. POM POM POM. Me levanté de la mesa y dije, “¡Que buen café! ¿Verdad?” Comencé a caminar, y a hablar ruidosamente, para que nadie mas se fijara en él. Pensé, “¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer?”

    Entonces, mientras tapaba los oídos con mis manos, el inspector dijo, “Pero…¿Qué le pasa, amigo?” Yo les dije, “¿Acaso no lo oyen?” El inspector dijo, “¿Oír…qué?” Les dije, “¡Ah! Se burlan de mí, lo saben todo!” El inspector dijo, ¿Todo?” Cualquier cosa era preferible a soportar su burla. No soporté más. No soporte más su hipocresía, ¡Grité! “¡MISERABLES! YA NO FINJAN ¡LO CONFIESO TODO! AQUÍ, DEBAJO DE ÉSTAS TABLAS ESTÁ…¡SU HORRIBLE CORAZÓN! ¡YO LO MATÉ! ¡YO…YO LO MATÉ!”

Mientras el hombre era escoltado por los policías, iba diciendo, “¡Sí, he oído todas las cosas del cielo y de la tierra…y algunas del infierno! Pero…¡No estoy loco!¡No!” El inspector pensó, “Ninguno de nosotros escuchó algo…¿Qué lo llevó a confesar?”

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año, IV. No. 41. Septiembre 1º. de 1986. Adaptación: Remy Bastien. Guión: M. A. Barrera. Segunda Adaptación: Jose Escobar.                                              

sábado, 2 de mayo de 2026

Los Winter y los Palmeley de Thomas Hardy

   Cuentos de Wessex, es una colección de cuentos de 1888, escritos por el novelista y poeta inglés, Thomas Hardy, muchos de los cuales transcurren antes de su nacimiento, en 1840.

   En sus diversos relatos, Hardy describe la verdadera naturaleza del matrimonio del siglo XIX, y sus restricciones inherentes, el uso de la gramática como una forma diluida de pensamiento, las disparidades creadas por el rol de la clase, en la determinación del rango social, la posición de la mujer en la sociedad, y la gravedad de incluso, enfermedades menores, que causan la rápida aparición de síntomas fatales, antes de la introducción de suficientes prácticas medicinales.
    Un punto central de todos los relatos, es el de las restricciones sociales que actúan para disminuir la satisfacción personal en la vida, obligando a matrimonios no deseados, la represión de las emociones genuinas, y la sucumbencia a la melancolía, debido a la constricción dentro de los confines de la normalidad percibida del siglo XIX.

Contenido

     Inicialmente, en 1888, la colección contenía cinco relatos, todos publicados previamente en revistas:

"Los Tres Desconocidos" (1883).

"El Brazo Marchito" (1888).

"Compañeros de Ciudad" (1880).

"Intrusos en el Knap" (1884).

"El Predicador Distraído" (1879).

    Para la reimpresión de 1896, Hardy añadió un sexto...

"Una Mujer Imaginativa" (1894).

   Sin embargo, en 1912 revirtió esa decisión, trasladando, "Una Mujer Imaginativa," a otra colección, Pequeñas Ironías de la Vida (1894), al mismo tiempo que transfirió dos de los relatos de ésta última colección, "Una Tradición de Mil Ochocientos Cuatro" (1882) y "El Húsar Melancólico de la Legión Alemana" (1890) a, Cuentos de Wessex, para un total final de siete. historias.

   Las Pequeñas Ironías de la Vida, es una colección de cuentos escritos por Thomas Hardy, publicados originalmente en 1894, y republicados con una colección de historias ligeramente diferente, para la Edición Uniforme en 1927/8.

Contenido de la Edición de 1927

Una Mujer Imaginativa.

El Veto del Hijo.

Por Motivos de Conciencia.

Una Tragedia de Dos Ambiciones.

En el Circuito del Oeste.

Para Complacer a su Esposa.


El Violinista de los Carretes.

Algunos Personajes Costrosos

Introducción.

Tony Kytes, el Archiengañador.

La Historia de los Hardcomes.

La Historia del Hombre Supersticioso

Andrey Satchel y el Párroco y el Secretario.

La Experiencia del Viejo Andrey como Músico.

La Distracción en un Coro Parroquial.

Los Winters y los Palmley.

Incidente en la Vida del Sr. George Crookhill.

La Estantería de Copias de Netty Sargent.

     Hay una nota introductoria a la edición revisada, escrita por el autor, que dice lo siguiente sobre el contenido anterior: “De la siguiente colección, el primer relato, ‘Una Mujer Imaginativa’, originalmente se encontraba en los, Cuentos de Wessex, pero se incluyó en este volumen, por estar más cerca de su lugar, girando como lo hace sobre un truco de la naturaleza, por así decirlo, una posibilidad física que puede adjuntar a una esposa de vívidas imaginaciones, como bien saben los médicos, y otros observadores de tales manifestaciones.
  Los dos relatos titulados «Una Tradición de Mil Ochocientos Cuatro» y «El Húsar Melancólico de la Legión Alemana», que anteriormente se imprimieron en esta serie, también se transfirieron a, Cuentos de Wessex, donde pertenecen de forma más natural. Las modificaciones mencionadas se realizaron por primera vez en la Edición Uniforme de 1927. Las presentes narraciones y bocetos, aunque publicados por separado en diversas fechas anteriores, se recopilaron y publicaron por primera vez, en un volumen en 1894.
T.H.

La colección original se publicó como edición de bolsillo, en 1907, (reimpresa nueve veces); la revisión de 1927 se reajustó y se publicó en 1928 (reimpresa en 1929, 1937 y 1953). Seis de los relatos (excepto, “Para Complacer a su Esposa” y “Algunos Personajes Costrosos”,) aparecieron en el clásico de Penguin, El Violinista de los Carretes y Otros Cuentos.

Los Winter y los Palmley

de Thomas Hardy

     Longdpuddle, era un tranquilo pueblo inglés, en el que sus habitantes vivían en perfecta armonía. Dos mujeres se encontraban en el pueblo. Una llevaba a una niña de la mano. La otra mujer dijo, “Margarita, tu hija está cada vez más hermosa. Parece un ángel, es la niña más bella que he visto en toda mi vida.” Margarita dijo, “Aunque esté mal decirlo, porque soy su madre, no puedo dejar de reconocer que asi es.” La mujer dijo, “Todo el pueblo se siente orgulloso de ella. No hay en cien leguas a la redonda, nadie que se le pueda comparar.” Margarita dijo, “Espero que su belleza le ayude en el futuro, a encontrar un buen marido.” La mujer dijo, “No lo dudes. Amelia tendrá tantos pretendientes que podrá elegir al más rico, al más apuesto, o al que reúna esas dos cualidades.” Margarita, la madre de Amelia, dijo, “Solo deseo que la quiera mucho, y le dé, una buena vida.” La niña Amelia al crecer, fue aumentando la belleza. Un día, en la tienda de abarrotes, la dueña dio la bienvenida a la pequeña niña, y le dijo, “Toma esto, preciosa. Me agrada tanto que vengas a comprar. Es un regalo a tu presencia.” Dos señoras del pueblo, vieron aquello. Ya la niña tenía algo de fama en el pueblo. Entonces, una de las señoras comentó, “Esa criatura tiene los ojos más azules que el mismo cielo. ¡Y sus pelos! Son verdaderas hebras de oro.” Todos se deshacían en alabanzas, al ver a la pequeña Amelia, y ésta ya acostumbrada, lo tomaba como algo natural. Otra de las señoras que veían a Amelia en los abarrotes, dijo, “Amelia no tendrá rival cuando llegue a la edad de tener novio. Podrá casarse con el muchacho que decida.” Pero meses después, tres señoras tomaban el té, y conversaban sobre las cosas del pueblo. Una de ellas dijo, “Me enteré ayer que llegó una nueva familia al pueblo. Un matrimonio con una hija.” Otra de las señoras dijo, “Se instalaron en la casa que está a media cuadra de a mía. Esa que permaneció tanto tiempo desocupada.” La primera señora, quien era la anfitriona, dijo, “¿Ya hablaste con ellos? ¿Qué tipo de gente es?” La segunda dama, que tambien estaba enterada, dijo, “Al parecer son personas tranquilas. Se apellidan Brönte, y heredaron la casa. Era de la tía del señor Brönte.” Tras una pausa, la señora agregó, “Estoy segura que los padres no darán de qué hablar, pero la hija sí. Tiene diez años, y es tan hermosa, que uno se queda sin aliento al verla.” Otra de las señoras dijo, “¡Cómo!...No me dirás que es más bonita que Amelia…” La anfitriona dijo, “Para mi gusto, sí. La pequeña Brönte tiene el pelo negro como el ébano, los ojos de un verde intenso, y sus facciones son perfectas.” La otra dama dijo, “No dudo que sea bonita, pero de ahí a ser mejor que Amelia, lo veo difícil.” La dama anfitriona dijo, “Ya la verán, hasta el momento todos los que la han conocido, han quedado impactados.” La otra señora dijo, “Seguramente asistirá a la iglesia, y ahí podremos darnos cuenta si realmente es rival para Amelia.” Al día siguiente, al salir de la iglesia, las tres damas comentaron entre sí. Una de ellas dijo, “Tenias razón, es una niña preciosa, mucho más que Amelia.” Pero otra de las damas dijo, “No estoy de acuerdo. Yo la considero bonita, pero nada más.” Desde ese momento se formaron dos bandos en el pueblo. En la escuela, las alumnas que compartían el aula con Amelia, comenzaron a comentar. Una de las niñas dijo, “Amelia está furiosa. Ya no puede presumir de ser la más bonita de Longpuddle y sus alrededores.” Otra niña dijo, “Me alegra tanto. Es tan antipática.” Enseguida, otra de las niñas dijo, “Vengan, le preguntaremos que opina de Leonora.” La otra niña dijo, “Estoy seguro que la odia. ¿Se han fijado que ni la mira? Bueno, por lo menos cuando sabe que la estan observando.” A continuación, las alumnas se acercaron a Amelia. Una de ellas dijo, “Hola Amelia. ¿Cómo te sientes ahora que llego al pueblo una niña más hermosa que tú?” Amelia dijo, “Eso no es verdad. Leonora no es fea pero nunca se podrá comprar conmigo. Mucha gente me lo ha dicho.” Otra de las niñas dijo, “Pues mucha otra opina diferente. Leonora además de bonita, es amable y buena amiga.” Amelia dijo, “No me importa lo que ustedes digan, siempre me han envidiado. Déjenme tranquila.” La niña dijo, “Sí, dejémosla. Alla esta Leonora, vamos con ella. La invitare a jugar a mi casa.” Otra niña dijo, “Es muy divertida. Yo la invite ayer, y la pase muy bien en su compañía.” Amelia dijo, “Las oigo y odio a Leonora. Desde que llegó, ya nada es lo mismo para mí.” Una amiga de Amelia le dijo, “No les hagas caso. Tú eres la más bonita.” Amelia dijo, “Lo sé, pero algunos dicen lo contrario, solo para mortificarme.” Su amiga le dijo, “Son los menos. Yo que tu, no me preocuparía.” En los años siguientes, Amelia y Leonora se transformaron en rivales irreconciliables. Un día, en una reunion social, Leonora bailaba con un apuesto caballero. Amelia dijo a su amiga, “Mírala, se siente la reina. Desde que se hizo novia de Ricardo, no hay nadie que la soporte.” Su amiga le dijo, “Ricardo es el mejor partido de este lugar, y esa tonta lo conquistó.” Su amiga le dijo, “Tú tienes la culpa. Aprovechó que te marchaste a casa de tus tíos, y te quedaste allá durante un año.” Amelia dijo, “Pero ya estoy de regreso, Clara.” Clara le dijo, “Un poco tarde. Ya tienen fecha para la boda. Sera dentro de seis meses.” Entre tanto, la pareja hablaba entre ellos, en la terraza, frente a una luna llena. Ricardo dijo, “Eres tan hermosa, Leonora, que no me canso de mirarte. Aun no puedo creer que seas mi novia, y nos vayamos a casar.” Leonora le dijo, “Amor mío, yo te adoro, eres toda mi vida y lo que más deseo en el mundo es ser tu esposa. Vamos a ser tan felices.” Eran jovenes llenos de ilusiones, y se amaban. Cuando los enamorados regresaron al salón. Al verlos llegar, Clara dijo a Amelia, “Mira a esa pareja. Deben haber estado jurándose amor eterno a la luz de la luna.” Amelia dijo, “Creo que ese es el momento de ir a saludar a Ricardo. Seguramente le agradará ver que regresé. Era uno de mis admiradores.” Amelia rápidamente se acercó a la pareja, y dijo, “¡Ricardo, ¿Cómo estás? Espero que te acuerdes de mí.” Ricardo dijo, “¡Amelia! Pero, como voy a olvidar a una mujer tan bella.” Amelia se molestó, y dijo, “Sigues tan adulador. Siempre decías que no existía nadie más hermosa que yo.” Ricardo dijo, “Y no mentía, y tampoco ahora, al decir que lo estas más aún.” Amelia dijo, “Ricardo, quizá tu acompañante se sienta poco halagada al escucharte, aunque sea verdad lo que dices.” Ricardo dijo, “Leonora de ninguna manera se sentirá ofendida, pues para mí, ella es la más perfecta de las mujeres.” Leonora dijo, “Ricardo y yo nos vamos a casar. Estoy tan segura de su amor, que nada de lo que diga, me puede ofender.” Amelia dijo, “Nunca se debe estar segura de nada, La vida a veces da sorpresas inesperadas.” Amelia agregó, “Me imagino que no te importara que baile con Ricardo. Él y yo somos viejos amigos…y tu estas tan segura de su amor…” Leonora dijo, “No, no me importa. Pueden bailar. No está bien que Ricardo rechazara tu invitación…” Mientras Ricardo y Amelia bailaban, llegaron dos conocidas de Leonora. Una de ellas dijo, “Si yo fuera tú, no hubiera permitido que Ricardo bailara con esa arpía. No me extrañaría que tratara de quitártelo.” Leonora dijo, “Si lo intenta, perderá su tiempo. Ricardo me ama tanto como yo a él.” Mientras tanto, Amelia decía a Ricardo, “Durante todo el tiempo que estuve ausente, siempre te recordé Ricardo. En cambio, tú nunca pensaste en mi ¿Verdad?” Ricardo dijo, “No lo creas, tú eres de las mujeres inolvidables.” Amelia le dijo, “Quizá, pero no para ti. En un tiempo me pretendiste, pero…ahora estas comprometido con Leonora.” Ricardo dijo, “Sí…nos vamos a casar…” Amelia le dijo, “¿Estas…realmente enamorado?” Ricardo dijo, “Quiero mucho a Leonora, estoy seguro que será una magnifica esposa.” En ese instante se detuvo la musica. Amelia llevo a Ricardo con Leonora. Y le dijo, “Te devuelvo a tu novio, Leonora…espero que me inviten a la boda.” Horas después, Amelia se arreglaba el pelo junto a su espejo tocador, pensando, “No voy a permitir que Leonora se case con Ricardo. Él es el mejor partido del pueblo. Siempre me gusto. Lo quiero para mí. Si habrá una boda, dentro de seis meses, pero será la mía. Leonora me pagara lo que sufrí de niña, cuando ella llegó al pueblo. Yo, era la reina, la única. Todos me admiraban y de pronto aparece Leonora, y todo cambio para mí. Ahora demostraré a todos quien es la más hermosa, quien es la más fuerte y quien es la m as poderosa.” Desde ese día, prácticamente acoso al joven, apareciendo ante el a todas horas. Un día Amelia lo encontró caminando en el pueblo, y le dijo, “Me alegro de haberte encontrado. Se que eres un experto en todo lo que se trata de rosas.” Ricardo le dijo, “Bueno, es un hobby apara mí. Me he dedicado a cultivarlas y he logrado algunas especies muy hermosas.” Amelia le dijo, “Son mis flores preferidas. Cuido con especial esmero las que hay en el jardin de mi casa, pero no florean como desearía.” Ricardo le dijo, “Quizá necesitan abono, o estan plantadas en un lugar inadecuado.” Amelia dijo, “Ricardo, ¿Irías a ver mis plantas? Asi me podrías aconsejar sobre el cuidado que debo darles.” Ricardo dijo, “Lo hare encantado. Esta isma tarde pasare por tu casa.” El joven no acudió solo esa tarde. Con uno u otro pretexto, Amelia lograba que fuera a visitarla con frecuencia. Un día, Amelia lo recibió en su jardin y le dijo, “Gracias a tus indicaciones los rosales estan llenos de flores, menos este. ¿No comprendo por qué?” Ricardo le dijo, “Quizá esta triste porque su linda dueña, no le da la atención que él desea.” En tanto, dos amigas de Leonora tomaban el té con ella. Una de sus amigas dijo, “Cuando venía para acá, pase por la casa de Amelia, y estaban ella y Ricardo en el jardín.” La otra amiga dijo, “Leonora, no deberías permitir que el la visite. Amelia es una descarada, y no dudo que tratando de quitártelo.” Leonora dijo, “Tengo confianza en mi novio. Se que me quiere. Lo ofendería si le mostrara que dudo de él.” Su amiga le dijo, “Tu sabrás lo que haces pero yo no estaría tan confiada.” Cuando Leonor quedo sola, pensó, “Tienen razón. Ricardo visita con demasiada frecuencia a Amelia, con el pretexto de darle consejos sobre rosales. Le pediré que no vaya más. Amelia y yo nunca nos hemos querido, y no sería extraño que trate de hacerme una mala jugada.” Leonora no podía imaginar lo que estaba sucediendo en ese mismo instante. Sentados en una banca del jardin de Amelia, Ricardo decía a Amelia, “Hoy te he notado triste. Tú siempre eres tan alegre. No te he visto reír ni una vez desde que llegue.” Amelia dijo, “Es que cuando se estar sufriendo es difícil reír, Ricardo.” Ricardo le dijo, “¿Qué te sucede? ¿Quieres contármelo?” Amelia dijo, “Desearía hacerlo…pero…la verdad es que estoy enamorada, y el hombre que amo no es libre.” Ricardo dijo, “¿Está casado?” Amelia dijo, “No, pero quizá sería mejor que asi fuera, porque entonces sabría que no tengo la menor esperanza.” Ricardo dijo, “No comprendo.” Amelia le dijo, “No quieres comprender. El hombre que amo eres tú, que ni siquiera te das cuenta de mi existencia.” Amelia se levantó. Ricardo exclamó “Amelia…yo…” Amelia dijo, “Por favor, no digas nada y vete…me siento0 tan avergonzada…jamás debí decírtelo…nunca podré volver a mirarte a la cara.” Amelia comenzó a llorar. Ricardo se acercó y le dijo, “No llores, no soporto verte asi…Amelia, no debes sentir vergüenza…yo haría cualquier cosa por hacerte feliz…” Amelia dijo, “Ricardo, lo único que me haría feliz seria tu amor…” Antes de que el pudiera responder, Amelia lo beso, en un largo beso. Amelia, teniéndolo abrazado del cuello, dijo, “Ricardo, dime que me amas, dime que me quieres tanto como yo a ti. ¡Por favor dímelo!” Ricardo dijo, “Amelia…yo…si, te quiero. Me enloqueces, te has adueñado de mi voluntad, de mi corazón…” Con desesperación, Ricardo unió sus labios a los de la mujer que habia despertado en él, una loca pasión. Entretanto, la madre de Leonora hablaba con su hija, “Hija, ¿No ha venido Ricardo a visitarte? Ya es tarde.” Leonora dijo, “No madre, creo que tenía algo que hacer, cosas de sus negocios.” Su madre le dijo, “Es un hombre muy trabajador y responsable. No podría pedir mejor esposo para ti, hijita.” Leonora pensó, “No puedo decirle que tengo miedo. No sé por qué, pero temo que mi felicidad está amenazada.” Al día siguiente, Ricardo visito a Leonora su prometida. Leonora lo recibió y preparo una silla para que ambos estuvieran uno frente al otro. Leonora le dijo, “Ricardo, ¿Qué te sucede? Últimamente te noto muy extraño, preocupado, triste…” Ricardo le dijo, “Son figuraciones tuyas…no tengo nada…” Leonora le dijo, “Imagino que, como yo, estas nervioso por la boda…pero aún faltan algunos meses, amor…¡Ah1 Deseo pedirte algo.” Ricardo se levantó e su asiento, y dijo, “¿Qué cosa?” Leonora dijo con voz firme, “No quiero que vuelvas a visitar a Amelia. Ella y yo nunca nos hemos llevado bien y…” Ricardo le dio la espalda y dijo, “Leonora, no me agrada que me des órdenes.” Leonora le dijo, “Ricardo, ¿Qué dices? Yo solo te estoy pidiendo que no veas a Amelia. Eres mi novio, y no está bien que frecuentes a otra mujer…además, ella siempre ha sido una coqueta, me odia y es capaz de cualquier cosa por hacerme daño…” Ricardo le dijo, “¿Insinúas que hasta sería capaz de tratar de conquistarme?” Leonora le dijo, “Si, Amelia no se detiene ante nada para…” Ricardo dijo, “¡Basta! No voy a permitir que sigas hablando de ella.” Leonora le dijo, “¡Ricardo, te pones de su parte! Yo soy tu novia, la mujer con la que te vas a casa, y creo tener derecho a…” Ricardo dijo, “Leonora, creo que es mejor aclarar las cosas de una vez. Ya no te quiero. Deseo terminar nuestro compromiso.” Leonora le dijo, “¿Qué estás diciendo? No puede ser…Te has enojado por eso…” Ricardo le dijo, “No…lo lamento, yo pensaba que te amaba, pero…me he dado cuenta que no es asi…por favor, perdóname.” Leonora dijo, “¿Perdonarte? ¿Cómo puedo perdonar que me destroces el corazón, mi vida entera? ¿Qué te hizo dejar de amarme…? ¿Amelia?” Ricardo dijo, “Ella no tiene la culpa…solo yo…la amo, Leonora, y por eso no me puedo casar contigo, por favor, compréndeme.” Leonora se encolerizó, y dijo, “Ricardo, vete, vete con ella, y ojalá no tengas que arrepentirte algún día.” Ricardo dijo, “Adiós Leonora.” Leonora se quedó llorando, y dijo, en su soledad, “No, no puede ser…él es toda mi vida…no puedo creer que lo he perdido, perdido para siempre.” Con el pasar de los días, y las semanas, el sufrimiento fue cambiando a Leonora. Un dia, una de sus amigas la visito, y le dijo, “Es una descarada, y el un sinvergüenza. Se pasean juntos por todas partes. Creo que ya fijaron la fecha de la boda.” Leonora dijo, “Por favor, no digas nada más. Me hace mucho daño saber de ellos.” Pero fue imposible que Leonora no se enterará del día en que su amado y su peor enemiga se unieron para el resto de la vida, y pensaba recostada en su cama, “No puedo soportar el dolor que siento. En este momento ya deben estar casados.” Y asi era. La feliz pareja estaba convertida en marido y mujer. Al salir de la iglesia, acompañada de su nuevo esposo, Amelia pensó, “Ricardo es mío, ya nadie me lo podrá quitar.” Meses después, Amelia y Leonora se encontraron en el pueblo. Al ver Amelia que Leonora no la saludo, Amelia le dijo, “¡Leonora espera!” Leonora le dijo, “¿Qué deseas?” Amelia le dijo, “Creo que ya no deberías guardarme rencor. En el corazón no se manda, y tu deberías comprender que el de Ricardo se inclinó por mí.” Leonora dijo, “No se inclinó por ti, tú lo embabucaste. Te propusiste quitármelo, y lo lograste, ahora déjame tranquila.” Amelia dijo, “Como quieras, no te voy a discutir. Soy demasiado feliz, especialmente hoy, y por eso deseo hacer las paces contigo.” Leonora dijo, “Ojalá te dure la felicidad que tanto alardeas, Amelia, porque todo se paga en esta vida.” Amelia dijo, “Eres una amargada, por eso Ricardo te dejo. Asi te quedaras solterona, Leonora, debes cambiar ese terrible carácter.” Leonora dijo, “No te estoy pidiendo consejos, y no me vuelvas a dirigir la palabra.” Amelia dijo, “Como desees. Yo solo quería decirte que voy a tener un hijo. Me siento tan dichosa. Espero sea igual a Ricardo.” Leonora dijo, “Mejor desea que el no pague las culpas de sus padres. La vida da muchas vueltas, Amelia, muchas.” Asi transcurrió el tiempo, y un día una amiga de Leonora la visito, y le dijo, “¿Ya te enteraste que Amelia tuvo un niño? Nació ayer.” Leonora, quien estaba recostada en un sillón de su sala, le dijo, “No lo sabía y no me interesa. Mi mayor preocupación ahora es mi padre. No está bien de salud, y el medico no se muestra nada optimista.” El señor Brönte padeció una larga enfermedad que finalmente lo llevo a la tumba, dejando solas a su hija y esposa. Un día, la viuda de Brönte le dijo Leonora, su hija, “Leonora, hemos quedado casi en la miseria. En estos últimos años gastamos casi todos los ahorros que teníamos.” Leonora le dijo, “No te preocupes, mamá, nos adaptaremos a vivir en forma modesta. Realmente no tenemos muchos gastos ni necesidades.” Su madre dijo, “Hija, no lo lamento por mí, sino por ti. Tu pobre parte habia guardado ese dinero para dejártelo cuando nosotros faltáramos.” Leonora dijo con tristeza, “Era necesario ocuparlo durante la enfermedad. Fueron cinco largos años. Pobre papa, por fin Dios se apiadó de él. Sufrió tanto.” Entretanto, en el hogar de Ricardo, un niño que ya andaba, jugaba en la sala, Amelia bordaba, y Ricardo, estaba sentado en un sillón. Amelia dijo, “¿Qué te sucede ahora? Llevas más de una hora sentado allí, y no has dicho una palabra.” Ricardo se molestó, y dijo, “¿Y qué quieres que diga? ¿No me puedes dejar nunca tranquilo? Si hablo, ye molesta, y si estoy en silencio, también.” Amelia dijo, “Porque siempre que me hablas, es para reprocharme algo, y si estas callado, pienso que piensas en esa.” Rica redo dijo, “Por favor, Amelia, me case contigo, ¿No? Y no me gusta discutir delante del niño, asi que mejor me voy a la calle.” Mientras lo veía partir, Amalia pensó, “Siempre lo mismo. Que feliz hubiera sido yo si no existiera esa maldita Leonora. Ella es una sombra eterna en mi vida.” Tras una pausa, Leonora pensó para sí, “Siempre he sentido entre Ricardo y yo, una barrera y es por Leonora. No sé si la ama, pero no la ha olvidado.”  Amalia tomo a su hijo en sus brazos, y pensó, “En cambio yo, lo amo con toda el alma. Por eso adoro a este pequeño que es parte de él y mía.” Cuatro años después, la madre de Leonora yacía en cama enferma. Entonces, la madre de Leonora dijo, “Hija, aunque trates de hacerme creer lo contrario, me queda poca vida, bien lo sé y lo único que lamento es que te dejare sola.” Leonora dijo, “Mamá, no hables asi. Te curaras, el doctor dijo…” Su madre la interrumpió, “No sigas, Leonora, el señor Carlos Palmely te pretende desde hace un año, es un buen hombre…tranquilo…silencioso…te quiere…cásate con el…ya has cumplido treinta años…yo moriría tranquila. Él te cuidará, te protegerá.” Leonora exclamó, “Pero, madre, yo…” Su madre dijo, “Hija, aunque no lo ames, tendrás una buena vida a su lado.” Leonora dijo, “Tienes razón…me casare con el…no lo amo, pero se ha ganado mi cariño…” Su madre dijo, “Gracias hija, podre ir a reunirme tranquila con tu padre, sabiendo que no quedaras sola.” Leonora llevaba seis meses de casada con Carlos Palmely, cuando su madre dejo este mundo. Mientras era enterrada, Leonora pensó, “Madre adorada, como te voy a extrañar. No conocerás al hijo que espero, tú que tanto deseabas tener nietos.” Meses después, Leonora veía a su hijo recien nacido en su cuna, y pensaba, “Hijito, serás la luz de mi vida. No habrá en el mundo un niño más amado que tú.” Entre mimos y cuidados, el pequeño fue creciendo. Una mañana, Leonora tenía a su hijo en sus brazos, en su recamara, entonces Carlo llego y Leonora le dijo, “¿Ocurre algo, Carlos? Estos últimos días te he notado preocupado.” Carlos le dijo, “Las cosas no van bien, Leonora, creo que no debió poner mi propio negocio y gastar el dinero de la venta de la casa de sus padres.” Leonora le dijo, “Pero, no lo invertiste todo. Me dijiste que solo ocuparías la mitad.” Carlos dijo, “Eso pensaba, pero tuve que tomar el resto para gastos que se fueron presentando.” Leonora dijo, “¿Eso significa que nos hemos quedado sin nada?” Carlos dijo, “Desgraciadamente asi es, pero te juro que voy a trabajar día y noche para recuperar ese dinero.” Leonora dijo, “No me importaría si no tuviéramos a Jorgito. Es para el para quien deseaba ahorrar lo único que me dejaron mis padres.” Carlos dijo, “Perdóname, Leonora, cometí un gran error del que ahora me arrepiento.” Pero por más que trató, las cosas fueron de mal en peor, y cuatro años después la pareja se encontraba en la ruina total. Entonces, un día, Carlos dijo a Leonora, “Perdí el negocio. Mis acreedores se quedaron con él. Leonora, no tenemos nada y aun debo mucho dinero.” Leonora dijo, “¿Dios santo! ¿Qué será de nuestro hijo? Yo que soñaba con darle una buena educación.” Carlos dijo, “Yo tambien, Leonora. Tú y el son lo más importante para mí. Nunca te lo dije, pero te amo mucho, siempre te he amado.” Dos días después, Carlos murió mientras dormía. Entonces, Leonora, fue a la recamara de su hijo, quien dormía, y pensó, “¡Que solos hemos quedado, hijito mío! Tu padre no soporto tanta desventura, y nos dejó. Fue un buen marido, lamento tanto no haberle dicho nunca que lo quería, porque si llegue a quererlo, y mucho. Ahora deberé preocuparme de ti, yo sola, hijo. No sé qué va a ser de nosotros. Ojalá Dios me ayude.” Un año después, Leonora lavaba ropa en un lavadero comunitario. Entonces, una mujer que lavaba junto a ella, le dijo, “Doña Leonora, ¿Ya se enteró de la noticia? Anoche murió Don Ricardo Winter.” Leonora dijo, “¿Murió Ricardo? No puede ser…pero si era fuerte…sano…” La mujer dijo, “Pues, ya ve. La muerte no respeta nada. Dicen que le dio un ataque al corazón. Mañana lo van a enterrar.” Leonora pensó, “Tambien Ricardo se ha marchado para siempre. Cuanto le ame, siempre en mi corazón hubo un lugar para el y siempre lo habrá.” Después del sepelio de Ricardo Winter, dos señoras fueron a visitar a Amelia, ya viuda. Una de las señoras dijo, “Comprendemos tu inmenso dolor, pero tienes a tu hijo, y él te ayudara a sobre ponerte.” Amelia dijo, “Mi Edgar es todo para mi en el mundo. Es la mejor herencia que pudo dejarme Ricardo.” La otra mujer dijo, “Y tambien te dejo con que vivir, sin tener que preocuparte del futuro. En cambio, otras viudas quedan en la más completa miseria.” La primera mujer dijo, “Sin ir más lejos, la pobre Leonora, su marido no era un mal hombre, pero si un completo fracaso en loa negocios.” Amelia les dijo, “Ya me enteré que está en pésima situación.” La segunda mujer le dijo, “La pobre trabaja planchando ropa ajena y aun asi apenas le alcanza para ella y su hijo.” La primera mujer dijo, “El niño acaba de cumplir doce años. Si por lo menos pudiera trabajar para ayudarla, pero es demasiado pequeño aún.” La segunda mujer dijo, “La verdad es que Leonora no ha tenido suerte en la vida, en cambio tú no te puedes quejar, Amelia.” Amelia dijo, “No crean, tambien he tenido que soportar grandes pesares como la muerte de mis padres, y ahora la de mi marido.” La primera mujer le dijo, “Es verdad, pero te casaste con el hombre que amabas y él te adoraba. Fuero veintiún años de feliz matrimonio para ti.” La segunda mujer dijo, “Leonora no puede decir lo mismo. Ricardo la dejo casi al pie del altar.” Amelia se preocupó, y dijo, “Por favor, hace tanto tiempo de eso. No quiero recordarlo ahora que mi esposo se marchó para siempre.” Cuando Amelia quedo sola, pensó, “Si supieran que mi matrimonio no fue todo lo feliz que soñé, porque la sombra de Leonora no lo permitió. Jamás pude evitar sentirme celosa, por más que el me juraba que era a mí a quien amaba. Creo que nuca quedare tranquila hasta que la vea humillada ante mí, siempre se muestra tan orgullosa y altanera.” Dos meses después, Amelia encontró la oportunidad que esperaba. Amelia vio por la ventana que Leonora pasaba por su casa, y entonces Amelia salio y le dijo, “Leonora, quiero hablar contigo. Por favor, pasa un momento. Creo que ya es hora de que olvidemos el pasado.” Leonora le dijo, “Yo hace mucho que lo olvidé, Amelia.” Como para demostrar que no mentía, Leonora entro en la casa. Entonces, Amelia le dijo, “Me he enterado que pasas por una situación económica difícil, y deseo proponerte algo.” Leonora dijo, “No veo porque te preocupas por mí. No te he pedido ayuda.” Amelia le dijo, “Por favor, escúchame, ahora ambas somos viudas y madres. Se que tu hijo no va a la escuela, porque no te es posible darle una educación. Yo necesito un muchacho para los mandados. Déjalo que venga a trabajar conmigo, y tambien lo enviare al colegio.” Leonora dijo, “¿Pretendes que mi hijo sea tu empleado?” Amelia le dijo, “No lo tomes a mal. El vivirá aquí. No te niegues, podría estudiar y a la vez ganar dinero.” Leonora dijo, “Lo pensaré…” Dos días estuvo dando vueltas a la proposición de Amelia. Mientras planchaba, Leonora pensó, “Tendré que aceptar. Con lo que gano apenas me alcanza para vivir. Aún estoy pagando deudas que Carlos dejo. No quiero que mi pequeño sea un ignorante. Me tragare el orgullo, y lo enviare a casa de Amelia.” Asi, el niño fue a instalarse a la casa de la viuda rica. Transcurrieron dos meses, y una tarde, Amelia dijo al niño, dándole un paquete, “Jorge, ve al pueblo vecino, y lleva este paquete a la señora Ellen Smith.” Pero Jorge le dijo, “Señora, ¿No podría ir mañana? Ya es tarde y no alcanzare a regresar antes de que oscurezca. Me da miedo cruzar el bosque…” Pero Amelia le dijo, “¿Acaso no eres un hombre? Di mejor que tienes flojera. Ponte ya en camino y déjate de disculpas tontas.” Jorge dijo, “Por favor. No me obligue. Le prometo que partiré bien tempranito…” Pero de nada valieron las suplicas del niño. Amelia fue implacable, y pensó, “Es un holgazán, esto le servirá de lección. Lo mando al colegio, le pago, ¿Qué más quiere? Le tengo demasiadas contemplaciones.” Por más que Jorge corrió a cumplir el mandato, no logro regresar antes de que cayera la noche. Mientras Jorge caminaba en el bosque a oscuras, pensó, “Tengo tanto miedo…muchas veces he escuchado que hay animales terribles en este bosque y que salen cuando oscurece.” Apenas podía caminar de terror cuando, un animal se le abalanzó. Jorge exclamó, “¡Aaaaah!” El niño perdió todo control, y su imaginación afiebrada, le hizo ver espantosos monstruos que le rodeaban. Se lanzó en loca carrera, hasta que cayo dando un espantoso alarido. “¡Aaaaah!” Al día siguiente, un hombre se presentó, con un niño en brazos, a casa de Leonora, quien, al verlo llegar, exclamó, “¡Mi hijo! ¿Qué le ha sucedido a mi hijo?” El hombre, quien iba acompañado de una mujer, dijo, “Lo encontramos en el bosque, Leonora. Está muerto.” El niño fue enterrado, y Leonora quedo sumida en un terrible dolor, pensando, “¡Maldita sea Amelia! Primero me quito al hombre que amaba, y ahora a mi hijo, mi adorado pequeño. Ella lo mato. Me voy a vengar, aunque sea lo último que haga. Me las pagara. Tambien llorara lágrimas de sangre, como yo ahora.” Entretanto, Amelia atendía a un grupo de señoras, en su dispendio, quienes hablaban sobre la muerte del niño. Una de las presentes dijo, “Ayer vi a Leonora. La pobrecilla esta inconsolable.” Amelia dijo, “Es comprensible. Fue una lástima que su hijo muriera en ese lamentable accidente.” Pero la señora le dijo, “Creo que Leonora está perdiendo la razón. La culpa a usted de la muerte del niño.” Entonces Amelia dijo, “¿A mí? ¿Por qué? No falleció en mi casa. Yo nada tuve que ver, y tengo la conciencia muy tranquila.” Otra de las señoras presentes dijo, “Tiene razón. Usted solo le daba trabajo. Jorge era un muchachito nervioso y débil. Yo siempre pensé que moriría joven.” Amelia dijo, “Leonora nunca me ha querido. Hice mal en tratar de ayudarla. No se puede ser buena en este mundo.” La vida en el pueblo continuó sin novedades, y dos años después, de la trágica muerte de Jorgito Palmley, una tía de Amelia, la recibía en su residencia, diciendo, “Querida Amelia Harriet, lamento mucho lo de tu madre, pero me satisface que vengas a vivir conmigo. Estoy tan sola.” Amelia le dijo, “Ella ante de morir, me dijo que viniera a tu lado. A pesar de que eres mi tío Carlos, no tengo otra parienta.” Su tía le dijo, “Hizo bien tu madre en pensar en mí. Era la única hermana de Carlos, y él la quería mucho. Soy muy pobre, pero procuraré que seas muy feliz aquí.” Amelia le dijo, “No te preocupes por eso. Mis padres me dejaron un poco de dinero, y tambien algo para ti.” Acto seguido, la joven le entregó un montoncito de guineas de oro. La tía dijo, “No puedo creerlo…las guardaré para tener en que vivir en mi vejez. Aun puedo trabajar, por el momento no las necesito.” Amelia le dijo, “Como quieras, tía. Lo importantes es que sepas que cuentas con ese dinero.” No tardo en saberse en el pueblo de la llegada de Amelia Harriet, transformándose en el tema de moda. Unas señoras que tomaban el té, en el pueblo, hablaban del tema. Una de ellas dijo, “Es bellísima. Mucho más que Leonora y Amelia cuando eran jovenes.” Otra de las señoras dijo, “¡Pero tan orgullosa! Se siente superior a todos los habitantes de este pueblo. Nos mira como si nos hiciera un favor con vivir aquí.”  Otra señora dijo, “Debe ser porque recibió una excelente educación, y es más elegante y refinada que las mujeres de aqui. Eso hay que reconocerlo.” La segunda señora dijo, “Me enteré de que su madre era maestra, por eso ella está tan preparada. Romperá muchos corazones.” Las damas no se equivocaban, pues cuando Amelia Harriet salía a caminar por el pueblo, los hombres murmuraban, diciendo, “Alla va Harriet. Nunca vi una mujer más hermosa y soberbia. Nos mira a todos como si fuéramos sus criados.” Otro hombre dijo, “Cuando recien llegó, pensé en cortejarla, pero a mis primeras insinuaciones, me trató con tanto desprecio, que desistí.” Otro de los hombres dijo, “Yo no de mare por vencido, porque me he enamorado de Harriet, y no descansaré hasta que se case conmigo.” El primer hombre dijo, “No olvides que es sobrina de doña Leonora, y ella y tu madre nunca han sido, digamos, amigas, por lo que tienes menos posibilidades.” El primer hombre dijo, “¡Bah, eso no tiene nada que ver! Es cierto que no se hablan desde hace años, pero tampoco se molestan.” El primer hombre dijo, “Alla tú. En todo caso te deseo suerte. La necesitaras.” En un pueblo tan pequeño, era imposible que Harriet y Edgard no se encontraran, lo que dio al joven la oportunidad de cortejarla. El joven le dijo el encontrarse, “Harriet, eres la mujer más hermosa que he conocido. Podría estar mirándote toda la vida.” Harriet le dijo, “No exageres, Edgard, como todo en la vida, pronto te aburrirás de estar contemplándome.” Edgard le dijo, “Nunca. Yo te amo, Harriet. Estoy perdidamente enamorado de ti. Te suplico que me des una esperanza, o no podre seguir viviendo.” Harriet le dijo, “Casi no nos conocemos. ¿Cómo puedo haber despertado ese inmenso amor en mí, Edgard? Quizá confundes atracción con amor.” Edgard le dijo, “No, te juro que te adoro. Desde que te vi por primera vez, te apoderaste de mi corazón Harriet. ¿No me puedes querer un poquito?” Harriet dijo, “No se…es mejor que volvamos con los demás, no quiero desertar habladurías.” Las suplicas de Edgard, sus constantes obsequios no podían menos que halagar a Harriet, que empezó a reunirse con él, en las tardes. Una tarde, Edgard le dijo, dándole un regalo, “Esto es para ti, quería darte algo verdaderamente hermoso, pero no hay nada que tu belleza no sea capaz de opacar.” Harriet le dijo, “Es muy bonito, pero no sé si debo aceptar algo tan valioso. Un corazón de oro con brillantes es el regalo que se da a una prometida.” Edgard le dijo, “Y eso deseo que seas para mí. Por favor, acepta ser mi novia.” Harriet dijo, “No, no puede ser. Tú me caes bien, eres amable, pero…no puede ser.” Edgard dijo, “¿Por qué? Yo podría darte una buena vida, mi madre posee dinero, yo soy hijo único, y por lo tanto, su heredero.” Harriet dijo, “No quiero depender de una suegra, el hombre con quien yo me cáse, debe tener una situación estable. Además, te voy a ser franca. Tú eres solo un rudo mozo de pueblo, nunca has salido de aqui, y no sabes comportarte como un hombre de mundo. Por lo tanto, no es posible que tú y yo llevemos una relación seria. Lo siento Edgard, porque me agradas, pero…” Edgard le dijo, “Harriet, si me correspondes, yo soy capaz de todo por ti. Promete que te casaras conmigo y me iré de aquí. Marcharé a Monksbury, y allí aprenderé lo que sea necesario para agradarte. A mi regreso, pediré mi parte de herencia a mi madre. Compraré un negocio o una granja, lo que quieras.” Harriet impresionada dijo, “¿De verdad harías eso por mí?” Edgard le dijo, “Eso y más. Te amo tanto que la vida sin ti no vale la pena.” Harriet dijo, “Está bien, vete. Yo estaré aquí esperándote.” El joven sintiendo que el corazón le estallaba de dicha, la tomo entre sus brazos. Ella se dejó besar sin oponer resistencia. Edgard dijo, “Te adoro, me siento el hombre más feliz de la tierra.” Harriet dijo, “Edgard, ya debo regresar. Mi tía se preocupará si me retraso.” Esa noche, la tía y Harriet cenaban juntas. Entonces la tía dijo, “No te habia visto ese corazón de medallón. ¿Era de tu madre?” Harriet dijo, “No, me lo regaló Edgard hoy. Me pidió que me casara con él.” La tía le dijo, “¿Y lo aceptaste?” Harriet dijo, “Le dije que antes debe transformarse en un hombre de mundo, y tener una situación propia, no depender económicamente de su madre. Decidió marcharse a Monksbury por un tiempo, y allí aprender a comportarse como un caballero. Al regreso le pedirá a su madre la herencia que le corresponde. La verdad tía, Edgard es el mejor partido de este lugar.” La tía dijo, “Sí, su padre le dejo mucho dinero, por lo menos en comparación con lo que poseen los demás habitantes de Longpuddle.” Entonces Harriet dijo, “Tu no soportas a la madre de Edgard, ¿Por qué? ¿Qué paso entre ustedes?” La tía dijo, “Nada, hay gente que jamás simpatiza, y eso sucedió entre Amelia y yo, desde que nos conocimos.” Harriet dijo, “Entonces, ¿No te importaría que me casara con Edgard?”  Leonora dijo, “No. Si lo amas y crees que vas a ser feliz con el, no tengo derecho a oponerme.” Harriet dijo, “Me alegro que asi sea. En todo caso, ya veremos que sucede en el futuro.” Leonora pensó, “¿Qué ganaría con oponerme? Al parecer mi destino es siempre ver triunfar sobre mí a Amelia y quitarme todo lo que quiero.” Días después, Edgar se marchó, y Harriet no tardó en empezar a recibir cartas. Harriet pensó, “No es posible que una persona pueda escribir tan mal. Me siento ofendida al tener que leer esto.” En ese momento, Leonor la interrumpió, y dijo, “¿Te sucede algo, hija? ¿Ah! Recibiste otra carta de Edgard...” Harriet dijo, “Sí, tía, y no puedo evitar irritarme al leerlas. No es posible que alguien tenga tan mala ortografía y una letra tan fea.” Harriet se levantó de su sofá, y dijo, “Ni que decir de la redacción. Si Edgar fue al colegio, no aprendió absolutamente nada.” Leonor dijo, “Por lo que escuche, nunca fue un alumno brillante. Me parece que le costaba comprender, por eso no siguió una carrera.” Harriet dijo, “No me extraña. Pues bien, le voy a decir que debe corregir esos defectos, no quiero un marido ignorante.” Leonora pensó, “Si realmente lo quisiera, no le importaría que Edgar escribiera mal o bien…” Y a Leonora no le faltaba razón, porque, un día que ella planchaba, llegó Harriet, con una carta en mano, diciendo, “Tía, esto es el colmo. ¿Qué crees que responde Edgard a mis indicaciones de que mejor su ortografía y letra?” Leonora dijo, “Supongo que está dispuesto a poder el mayor empeño en lograrlo.” Harriet dijo, “No, me dice que soy una remilgada, y que si realmente lo quiero, no deben importarme esos detalles.” Leonora loe dijo, “Eso es cierto, Harriet.” Harriet dijo, “La verdad, ahora que se ha ido, me doy cuenta de que no me interesa en absoluto.” Tras una pausa, Harriet dijo, “Pues bien, voy a cortar por lo sano. Le escribiré diciéndole que no tiene los modales ni la instrucción necesaria para ser mi esposo.” Leonora le dijo, “¿Estás segura? ¿No te arrepentirás después?” Harriet dijo, “No, tía. Fui una tonta al aceptar a Edgard, pero eso lo voy a solucionar ahora mismo.” Entonces Leonora le dijo, “¿En tu decisión tiene algo que ver que te pretenda el joven médico que llego el mes pasado al pueblo?” Harriet dijo, “Sí, es el hombre que siempre soñé, está loco por mí.” Leonora le dijo, “Creo que es un excelente partido. Hija, ahora que ya no te interesa Edgard, voy a decirte porque Amelia y yo nos odiamos.” Cuando Leonora terminó de contar la triste historia de su vida, Harriet le dijo, “Pero tía, debiste decírmelo antes. Jamás ni siquiera lo habría mirado, si hubiera sabido todo esto.” Leonora le dijo, “No quería influir en ti. Al fin las cosas se han dado solas. Te he contado todo esto, simplemente porque ya no hay razón para callar.” Harriet le dijo, “¡Cuánto has sufrido, tía! Amelia Winter deshizo tu vida. Y lo peor es que jamás te has podido vengar de ella.” Leonora dijo, “La vida no me lo ha permitido.  Ella tiene suerte, siempre soy yo quien pierde lo que ama. Ya me he resignado.” Dos semanas después, Edgard leía la carta de Harriet en su mente, “¿Cómo puede ofenderme tanto? Esto significa que nunca me quiso. Me trata de ignorante, de patán, de indigno de acercarme a ella. Por ella deje mi pueblo y traté de cambiar, ya no tiene caso que me siga esforzando. Volveré junto a mi madre.” Días después, Edgard se encontraba nuevamente en Longpuddle. Su madre le dijo, “Esa muchacha no es buena. Siempre me opuse a que te hicieras su novio. Ya sabía yo que te haría sufrir, hijo.” Edgard le dijo, “Ojalá nunca me hubiera enamorado de ella, madre.” Amelia le dijo, “Ahora anda saliendo con el médico que vino a suplir a nuestro doctor que está enfermo.” Edgard dijo, “Ya comprendo porque me desprecio. Un médico está a la altura de sus ambiciones. Harriet se burló de mi…me trato de tonto, e ignorante.” El orgullo de Edgard estaba totalmente destruido y no soportaba la idea de que Harriet tuviera las pruebas de su incultura. Eduard pensaba, “Tengo que recuperar las cartas. Ella es capaz de mostrarlas a su nuevo prometido y ambos reírse.” Edgard no tenía un momento de tranquilidad, pensando en el asunto y finalmente tomó una decisión. Edgard pensó, “Iré a pedirle que me devuelva las cartas. Si ya no hay compromiso entre nosotros, no hay razón para que ella las conserve.” Asi, Edgard se dirigió a casa de Harriet, y cundo ella abrió la puerta, Edgard dijo, “Vengo a pedirte que me devuelvas las cartas. Ya no hay nada entre nosotros, por lo tanto, no hay razón para que las conserves.” Harriet le dijo, “Tienes razón, pasa. La verdad, no me interesa conservarlas.” Cuando estuvieron en el interior, la joven saco las cartas de un escritorio y mostrándolas a Edgard, dijo, “Aquí estan tus cartas. Francamente no tienes idea como se escribe. Es una vergüenza que te atrevas a hacerlo.” Edgard dijo, “No tienes derecho a humillarme. Yo soy superior a ti. Nunca le he limpiado las botas a nadie. En cambio, tu primo lo hacía, era mi criado.” Harriet explotó, y dijo, “¡¿Cómo te atreves a hablarme asi!? No te entregaré nada…se las mostraré a todo el mundo, para que se rían de ti.” Edgard le gritó, “¡Devuélvemelas! ¡Son mías!” Furioso, trato de arrebatarle la caja, pero ella fue más rápida y las guardo en uno de los cajones del escritorio al que puso llave. Harriet le dijo, “¡Sal de inmediato de aquí! O te atrevas a regresar, no quiero volver a verte, en el resto de mi vida.” Edgard se marchó, pero esa noche, regresó y trató de abrir una de las ventanas de la residencia de Harriet, pensando, “No se reirá de mí. Recuperaré esas cartas. Creo que odio a Harriet tanto como antes la amé.” No le fue difícil forzar la ventana. Y una vez adentro, comenzó a trabajar en la cerradura del escritorio. Edgard pensó, “Aquí guardo la caja, no voy a perder el tiempo en abrirla. Me la llevare, en fin que allí solo deben estar mis cartas.” Una vez que tuvo la caja, regreso corriendo a su casa. Edgard pensó, “Estoy agotado. Mañana temprano destruiré las cartas y la caja.” Al día siguiente, Edgard abrió la caja y, enseguida exclamó, “¡Dios mío! En la caja habia monedas de oro. Me pueden acusar de robo. Fue una locura lo que hice. Tengo que esconder la caja y ver la manera de regresarla a su dueña. Yo solo quería las cartas.” Pero no alcanzó a hacer lo que pensaba, porque en ese momento, un oficial de policía llego acompañado, y dijo, “Edgard Winter, dese preso. Está acusado de robo y allanamiento de morada.” Amelia llego al establo, y dijo, “¡No pueden llevarse a mi hijo! No tienen pruebas. Él no ha robado nada. No necesita dinero, yo puedo darle todo lo que el desee.” Mientras un policía conducía a un alicaído Edgard, el oficial dijo a Amelia, “Señora, aquí está la prueba. Además, hay testigos. Vieron a su hijo salir de la casa de la señora Palmley.” Amelia exclamó, “¡Oh, no! ¡Hijo querido, que hiciste! Esa mujer no tendrá compasión.” Razón tenía Amelia en estar aterrorizada, pues el robo era en aquella epoca una forma de crimen, o sea, un delito capital. Leonora dijo a Harriet, “He esperado este momento más de veinte años. Amelia me pagara todo lo que me hizo.” Harriet dijo, “Según dijeron en el juzgado, solo tu deberás declarar, pues eres tú la afectada.” Leonora dijo, “Exactamente quiero dejarte fuera de este asunto. Yo hice la denuncia y yo crucificare al hijo de esa maldita mujer.” Cuando Harriet se fue, Leonora pensó, “Creí que nunca llegaría mi turno, pero la vida me está haciendo justicia, y voy a disfrutar cada momento.” El juicio se inició una mañana, y la primera declaración de Leonora, fue lapidaria. En la tarde de ese mismo día, alguien se presentó en casa de Leonora. Leonora llego a la sala y dijo, “No podía creer cuando mi sobrina me dijo que estaba aquí. ¿Cómo te atreves a presentarte en mi casa?” Amelia dijo, “Leonora, vengo a suplicarte por mi hijo. Tu eres la única que puedes salvarlo. Retira la demanda y te daré todo lo que tengo.” Leonora dijo, “¿Puedes devolverme a Ricardo y a mi hijo? Me quitaste mi primer amor, luego a mi pequeño. Es tu hora de pagar por ello.” Amelia dijo, “Leonora, te lo imploro. No lo mandes a la horca. Es lo único que tengo en el mundo.  No podre seguir viviendo si el muere.” Amelia lloraba. Leonora le dijo, “Podrás. ¿Acaso no seguí viviendo después viviendo yo después que te casaste con Ricardo, y tambien después de que murió mi hijo, por tu culpa?” Amelia estaba arrodillada, y dijo, suplicando, “Perdóname. Te lo pido de rodillas Mi hijo no te ha hecho nada, por piedad, déjalo que viva.” Leonora le dijo, “Asi quería verte. No me conmueven tus lágrimas ni me importa tu dolor. Lo único que hare por tu hijo es hundirlo. ¡Y ahora, vete de mi casa!” Amelia suplicaba, “Por favor…Por favor…es el hijo de Ricardo, el hombre que tanto amaste…si él, te está mirando desde donde se encuentre…” Leonora dijo, mientras Amelia permanecía de rodillas, “Ojalá que asi sea y que este sufriendo tal como tú. Yo ya he sufrido bastante, y ahora es el momento de mi revancha.” Amelia le dijo, “Leonora, mi hijo no tiene la culpa, véngate de mí.” Pero nada conmovió ese corazón, ese corazón endurecido por el sufrimiento. Y el día del veredicto, el juez exclamó, “Edgard Winter, por haber entrado a la casa de la señora Palmley, y robar e intentar asesinarla, se le condena a morir en la horca.” Amelia exclamó, “¡Noooo!” Leonora en silencio, pensó, “¡Por fin! Se que en lo que le quede de vida, Amelia no tendrá un minuto de felicidad.”  Una semana después se cumplía la sentencia. Horas después, Leonora hacia sus maletas. Entonces, dijo a Harriet, “Vamos, Harriet. Por fin puedo abandonar este pueblo. Ya nada tengo que hacer aquí. Me voy satisfecha, ella es tan desgraciada como yo.” Tres años después, dos señoras de pueblo murmuraban, “Alla va la pobre Amelia. Lleva flores a la tumba de su hijo. Me da lastima, ya no le quedan lágrimas que llorar.” La otra señora dijo, “Aun no puedo creer que Leonora no evitara que ahorcaran al muchacho. Fue muy cruel.” La primera mujer dijo, “Lo hizo por venganza, no la defiendo, pero, si alguien se potro cruel con ella, fue Amelia.” La segunda mujer dijo, “Es cierto…¿Que habrá sido de Leonora y Harriet?” La primera mujer dijo, “Yo me enteré de que viven en Casterbridge. Harriet se casó con el médico y tienen un hijo.” La segunda mujer dijo, “Cómo es el destino. Dos mujeres tan hermosas y esa belleza que tantas envidiamos, fue la perdición de ambas.” Los años, Amelia Winters y Leonora Palmley, no volvieron a verse, pero permanecieron unidas por el hilo invisible del odio que siempre se habían profesado, y que las llevo a ser tan desgraciadas.

Tomado de. Joyas de la Literatura, Año X, No. 205, Julio 1ro. de 1993. Guion: Herwigd Comte. Adaptación: Emmanuel Has. Segunda Adaptación: José Escobar.