Club de Pensadores Universales

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lunes, 3 de agosto de 2026

El Beso, de Gustavo Adolfo Bécquer

    El Beso, es una de las, Leyendas, de, Gustavo Adolfo Bécquer, ambientada en Toledo. Se publicó en por primera vez en la revista, La América, el 27 de julio, de 1863.

Relación con Otras Obras

   Esta trágica leyenda está relacionada con la, Rima LXXVI, del mismo autor. En ella hablan de la llegada de un grupo de soldados franceses a la conquistada Toledo, y que no habían podido encontrar un alojamiento, y fueron a dormir a una vieja y abandonada iglesia.

   Al día siguiente, el capitán del grupo, estuvo hablando con otros colegas que se encontraban en Toledo y les comentó que esa noche había estado con una mujer bellísima, y que esa mujer era una estatua de mármol de una tumba. Entonces sus amigos se burlaron de él, por lo que él les invitó esa noche a tomar unas botellas de champán y a que vieran la estatua.

   Cuando por la noche llegaron a la vieja iglesia, estuvieron bebiendo y emborrachándose, y el capitán comentó que habían descifrado un poco de las escrituras de la lápida, que esa estatua era la de Doña Elvira, y que la estatua de hombre que había al lado era la de su marido.
   Él se acercó a la estatua del hombre y le escupió la bebida en la cara, diciéndole que era para que bebiese, y dijo estar enamorado de la mujer, y se quiso acercar para besarla. Cuando ya lo iba a hacer, cayó al suelo, sangrando por los ojos, la boca, la nariz, y la cara completamente destrozada. Algunos de los que había allí dicen que vieron a la estatua del hombre dándole un guantazo con su guante de mármol para que no besase los labios de Doña Elvira.

Punto de Vista

   Bécquer se presenta como narrador omnisciente en primera persona: ...el suceso que voy a referir.... Aunque en alguna ocasión aparece tras un plural de modestia: Pero nuestro héroe...Según dejamos dicho...

Los sucesos de la primera noche son narrados en primera persona por el propio oficial protagonista de la historia, y el auditorio son los oficiales que le escuchan expectantes.

Personajes

   En Bécquer los personajes no suelen presentar una psicología trabajada, más bien sirven al propósito del tema tratado: los celos, la traición, la venganza, la pasión sin freno, la belleza, la idea obsesiva, la búsqueda de perfección y la transgresión de las leyes divinas o humanas.

  • El joven oficial francés
  • La estatua que representa a Doña Elvira de Castañeda
  • La estatua del esposo (Pedro López de Ayala y Guzmán: I Señor de Fuensalida)
  • Como secundarios: Los compañeros del oficial francés.

Tiempo

   Es interno ya que ocurre en la guerra de la Independencia Española contra los franceses en el siglo XIX.

Espacio

   Se nombran varios edificios o espacios públicos fácilmente reconocibles en la actualidad como son: El Alcázar de Carlos V (conocido en la actualidad como Alcázar de Toledo), el monasterio de San Juan de los Reyes,

la Puerta del Sol o la plaza de Zocodover. Algunos de estos lugares aparecen en otras leyendas de Bécquer como La Ajorca de Oro, o El Cristo de la Calavera.

   Sin embargo, ninguno de estos espacios es protagonista en la historia. El convento donde sucede la acción principal es imaginario, si bien Bécquer lo describe con elementos de estilo gótico-mudéjar.

   Bécquer es maestro en la creación de ambientes inquietantes. De entrada, los hechos ocurren durante la noche; esto permite al autor crear una atmósfera fantasmagórica de luces y sombras. El lugar se describe como si hubiese sido arrasado, y se hace especial hincapié en la presencia de losas mortuorias con escudos nobiliarios, estatuas de mármol, cortinajes rasgados, hornacinas vacías... Algunos detalles como el revoloteo de las aves que entran por las vidrieras rotas ayudan a sugerir la altura y el espacio gélido y oscuro.

Rima LXXVI

    Rima LXXVI: En la imponente nave/ del templo bizantino,/ vi la gótica tumba a la indecisa/ luz que temblaba en los pintados vidrios./ Las manos sobre el pecho,/ y en las manos un libro,/ una mujer hermosa reposaba/ sobre la urna, del cincel prodigio./ Del cuerpo abandonado,/ al dulce peso hundido,/ cual si de blanda pluma y raso fuera,/ se plegaba su lecho de granito./ De la sonrisa última/ el resplandor divino/ guardaba el rostro, como el cielo guarda/ del sol que muere el rayo fugitivo./

Del cabezal de piedra/ sentados en el filo,/ dos ángeles, el dedo sobre el labio,/ imponían silencio en el recinto./ No parecía muerta:/ de los arcos macizos/ parecía dormir en la penumbra,/ y que en sueños veía el paraíso./ Me acerqué de la nave/ al ángulo sombrío/ con el callado paso que llegamos/ junto a la cuna donde duerme un niño./ La contemplé un momento,/ y en aquel resplandor tibio,/ aquel lecho de piedra que ofrecía/ próximo al muro otro lugar vacío,/ en el alma avivaron/ la sed de lo infinito,/ el ansia de esa vida de la muerte/ para la que un instante son los siglos…/
Cansado en el combate/ en el que luchando vivo,/ alguna vez me acuerdo con envidia/ de aquel rincón oscuro y escondido./ De aquella muda y pálida/ mujer me acuerdo y digo:/ -¡ Oh, qué amor tan callado, el de la muerte!/¡ Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!

(Wikipedia en Español)

El Beso

de Gustavo Adolfo Bécquer

    El 2 de diciembre de 1804, una importante ceremonia se efectuaba en la catedral de Notre Dame. Napoleón Bonaparte era consagrado, Emperador de los Franceses. Paris entero se volcó a las calles para aclamarlo. La gente gritaba, “¡Viva el Emperador! ¿Viva la emperatriz!”

   Vibrante de entusiasmo, ante aquel pequeño gran hombre, que habia vencido a una buena parte de Europa. Desde el más humilde poblador, hasta los grandes señores, cada cual, a su manera, celebraron el acontecimiento. En un salón se daba una celebración entre aristocratas. Dentro de la reunion, tres aristocratas brindaban y conversaban. Uno de ellos, llevaba una insignia de capitán en sus hombros. Uno de los aristocratas dijo, “¡Salud por nuestro Emperador!” Otro de ellos dijo, “¡Salud!” El mismo aristocrtata agregó, “Napoleón ha hecho de Francia, una nación grade y poderosa.” Entonces, el capitán dijo, “Toda Europa nos respeta. ¡Nuestro ejército es invencible!” Dos señoritas los veían desde un sofá, y conversaban entre ellas. Una de ellas, Carmen, dijo, “¿Quién es ese apuesto militar, con insignia de capitán?” La otra joven mujer, Alicia, le dijo, “Alfredo de Bourgoin. Acaba de llegar de Italia.” Carmen, le dijo, “¿Es pariente del General Marcel Bourgoin?” Alicia dijo, “Sobrino, Alfredo es un elegido de los dioses; buen mozo, rico, y con un gran futuro en su carrera.” Carmen dijo, “Me agrada…me agrada mucho…” Alicia le dijo, “Querida Carmen, te recomiendo que no te entusiasmes con él.” Carmen preguntó, “¿Por qué? ¿Acaso tiene novia o está casado?” Alicia dijo, “Ninguna de las dos cosas, aunque no ha faltado quien trate de hacerlo caer en sus redes, pero sin éxito.” Alicia agregó “Según mi primo, que está en su mismo regimiento, no tiene el menor interés en formalizar un compromiso.” Carmen dijo, “Quizá no se ha enamorado, y por eso…” Alicia le dijo, “Si piensas que tú podrás lograrlo, inténtalo, pero te las tendrás que ver con una rival de péso.” Entonces Carmen dijo, “¡Cómo! ‘No has dicho que es libre?” Alicia le dijo, “Sí, pero corteja a la señora de Covoir, cuyo marido, o se hace el tonto, o no se da cuenta. Yo creo más bien que lo primero.” Carmen se levantó del sofá, y dijo, “¡Esa mujer es mayor que él!” Alicia dijo, “¿Y qué importa? No se va a casar con ella. Para los hombres como Alfredo, una mujer con compromiso es ideal.” Carmen dijo, “Claro, no puede exigirle nada, y él sigue libre…de todas formas, ella tiene casi cuarenta años.” En ese momento, las dos mujeres notaron que la señora Covoir llegaba con Alfredo, entonces Alicia agregó, “Y una belleza espectacular…mírala, acaba de llegar.” Carmen dijo, “Debo reconocer que es muy hermosa y atractiva.” Alicia dijo, “La pobrecita está loca por Alfredo, que se deja querer, como lo hace con todas.” Carmen dijo, “No me dirás que no es la única para él.” Alicia dijo, “¡Claro que no! Susana es una más de sus muchos amoríos. Figúrate que tambien…” Entre tanto, Alfredo de Bourgoin, ajeno a los comentarios que despertaba su persona, dijo a Susana, “Susana, antes de tu llegada, el salón no tenía luz para mí; tu belleza…” Susana dijo, “¡Por favor, no sigas! Guarda tus palabras para la señorita Fouchet.” Alfredo dijo, “¿Qué tiene que ver esa dama conmigo?” Susana le dijo, “Imagino que mucho. Supe que anoche, en el baile de los condes de Clemont, no te separaste ni un momento de su lado.” Alfredo dijo, “¡Ah, ya sé a quién te refieres? A esa jovencita pálida y si gracia sobrina del conde.” Alfredo continuó, “Es cierto, estuve con ella. La condesa me pidió que la atendiera. ¡No te imagina cómo me aburrí! Tú no pudiste ir. Yo estaba triste. No me importaba la mujer que estuviera a mi lado. ¡Te juro que pensé en ti toda la noche! Esa jovencita ni siquiera hablaba, por lo tanto, era como si no existiera.” Susana dijo, “¿Me dices la verdad, Alfredo?” Alfredo la tomó de los hombros, y le dijo “¿Acaso no te he demostrado lo mucho que te amo? ¿Cantas veces te he dicho que mi mayor felicidad seria que pudiéramos casarnos?” Susana volteó la mirada y dijo, “Querido, eso es imposible, mi esposo jamás me dará el divorcio. Pero estoy dispuesta a huir contigo. No me importa que la sociedad me rechace.” Alfredo le dijo, “¡No! Yo no podría aceptar un sacrificio asi de tu parte. Te amo demasiado para permitirlo.” Ella le dijo, “Prefiero ser señalada por todos antes que perderte. Deseo estar siempre a tu lado. ¡Vámonos juntos, Alfredo!” Alfredo le dijo, “Mi amor, yo en cualquier momento tendré que partir a la guerra y te dejaría sola. ¡No, no debes dejar a tu esposo!” Tras una pausa, Alfredo agregó, “No puedo morir en combate. ¿Qué sería de ti?” Susana exclamó, “¡No digas eso!” Alfredo dijo, “Existe la posibilidad, y si asi ocurriera, quedarías sola y desamparada. Debemos resignarnos a ocultar nuestro amor.” Susana dijo, “¡Oh, que cruel es la vida! Nos amamos tanto, y tenemos que seguir separados.” Alfredo le dijo, “Pero nuestros corazones estan unidos, y asi será siempre.” Susana dijo, “Nunca dejaremos de querernos. ¡Nunca!” Al experto conquistador, no le era difícil convencer a la enamorada mujer. Pasadas las festividades, Napoleón decidió reanudar las conquistas militares. Estando con un grupo de lideres militares, en su salón de consejo, Napoleon dijo, “Austria, Alemania, Prusia e Italia, han sido vencidas por nuestro ejército, y estan supeditadas a Francia…” Napoleón hizo una pausa, y agregó, “En este momento, nuestra preocupación debe ser Inglaterra, que se ha aliado con Rusia. Haremos la guerra a Inglaterra. Ya es hora de que los ingleses, reciban una lección.” Nuevamente el ejército francés se preparó para la lucha contra una nación que resista tenazmente a Bonaparte. Dos capitanes del ejército francés, platicaban, eran Alfredo y Víctor, quien le dijo, “Lamento tener que partir ahora. Pensaba casarme dentro de dos meses.” Alfredo dijo, “En cambio a mí, esta guerra me viene de perlas. Ya no soporto a Susana, y qué mejor pretexto para dejarla.” Víctor le dijo, “Me parece que no es solo Susana tu problema.” Alfredo dijo, “No. La condesa de Clemont insiste en que formalice mis relaciones con su sobrina. ¡Imagínate que lío!” Víctor le dijo, “Alfredo, ¿Cuándo vas a sentar cabeza? No me parece justo lo que haces.” Alfredo le dijo, “Yo no tengo la culpa de que las mujeres se enamoren de mí, y crean todo lo que les dijo.” Víctor le dijo, “¿No re remuerde la conciencia por hacerlas haces sufrir?” Alfredo dijo, “No, porque también las hago felices. ¡Si vieras la cara de Susana, cuando le digo que es la única mujer que he amado!” Víctor dijo, “Pobre, se quedará con el corazón destrozado, y tambien la sobrina de la condesa.” Alfredo dijo, “Pero ambas convencidas de que, si muero, será su nombre lo único que pronunciaré.” Días después, el ejército napoleónico marcho a enfrentar a los ingleses. Pero Napoleón no habia contado con el poderío naval de Inglaterra. Los cañonazos de la escuadra inglesa, hacían estragos en los barcos franceses. Los soldados inglese abordaos los barcos franceses, gritando, “¡Al abordaje, en el nombre de su majestad!” “¡Viva Inglaterra!” En la batalla naval de Trafalgar, los franceses sufrieron una de las mayores derrotas. Y con ello, Napoleon perdió toda posibilidad de invadir Inglaterra. Pero una derrota no era suficiente para detener al Emperador. Napoleon dijo a sus generales, “Inglaterra no nos impedirá dominar Europa. Nuestro próximo objetivo, es Portugal.” Napoleon agrego, “El rey de España está dispuesto a ser nuestro aliado en esta contienda. Tendremos paso libre por su territorio.” No tardó el pequeño país, en verse invadido por el ejército francés, dejando muerte y destrucción por donde pasaba. A pesar de la tenaz resistencia de los portugueses, el país cayó en manos del enemigo. Pero aún no era suficiente para el gran Napoleon. En los jardines de Versalles, Napoleón platicaba con uno de sus generales. Napoleon le dijo, “Hay un grave desacuerdo, entre el Rey Carlos IV, y el príncipe heredero Fernando.” Tras una pausa, Napoleón agregó, “La inestabilidad de España, es un peligro para Francia.” El general le dijo, “Hasta ahora, Carlos IV ha cooperado con nosotros, pero el Principe Fernando no parece muy de acuerdo.” Napoleón le dijo, “España necesita un monarca que sea incondicional a los intereses de Francia. Asi como Austria, Italia, Prusia, y Alemania se han doblegado.sl imperio. Tambien lo hará la península ibérica.” Valiéndose de ese pretexto, Napoleón declaró la guerra a los que habían sido sus aliados. En un campamento, sentados bajo un arbol, Víctor y Alfredo dialogaban. Alfredo dijo, “Ni imagine que los españoles pondrían tanta resistencia. Se niegan a aceptar al rey que impulsó nuestro emperador.” Víctor dijo, “Creo que Jose Bonapare, no tiene el carácter para imponerse, y más en un pueblo difícil como éste.” Alfredo le dijo, “Me habría gustado quedarme en Portugal. Sus mujeres son muy amables.” Víctor le dijo, “¡Nuca cambiaras! Aunque a veces hasta te envidio. ¡Tienes una suerte! En todas partes haces conquistas, Alfredo.” Alfredo le dijo, “No te creas, aquí no me ha ido muy bien. Parece que las españolas, no estan dispuestas a ser amables con nosotros.” Víctor dijo, “Ya cambiaran. No tardaremos en dominar este país y entonces tendrán que reconocernos como os amos.” Pero los españoles no estaban dispuestos a ceder su territorio al invasor. Cada día los franceses caían en emboscadas. Al verlos pasar en sus caballos y soldados, la gente gritaba, “¡Mueran los franceses!¡Fuera de nuestra patria!” Pero, a pesar de las hostilidades y la resistencia de los españoles, las tropas de Napoleon avanzaban apoderándose de la ciudad de Toledo. Una vez dueños de las ciudades, los franceses tenían que resolver muchos problemas. Entonces, uno de los soldados francese se reportó con su general, y le dijo, “General, la población se ha encerrado en sus casas, a piedra y lodo. Los soldados estan agotados y necesitan descansar. ¿Los obligamos a que los reciban en sus casas?” El general le dijo, “No. Habilitaremos como cuarteles, los mejores y más grandes edificios de la ciudad.” De inmediato se ocupó el Alcazar y la Casa de Consejo. Mientras se hacían las maniobras de acondicionamiento, uno d ellos solados dijo a otro, “¡Es el colmo! Quieren que aquí durmamos 50 hombres.” El otro solado dijo, “Agradece que estamos bajo techo. Por lo que yo vi, no creo que haya lugar para todo el regimiento.” Minutos después, un soldado avisaba a un capitán, “Capitan, ya no cabe nadie más y aún quedan muchos soldados y oficiales que acomodar.” El capitán le dijo, “Y aún falta el grupo que venía a la retaguardia, y que llegará mañana.” El soldado cabo dijo, “Hay dos conventos, capitán. Podríamos instalarlos ahí.” El capitán le dijo, “De ser necesario, ocupen hasta las iglesias.” Impotentes, los habitantes de la pacifica ciudad de Toledo, tuvieron que aceptar la presencia del enemigo. Con el paso de los días, un grupo de oficiales comenzaron a quejarse, “¿Hasta cuándo tenderemos que estar aquí? Si no nos marchamos, moriremos de aburrimiento.” Otro de los oficiales dijo, “Por lo menos, en Madrid habia donde divertirse, pero en este lugar no hay nada que hacer.” Otro oficial dijo, “La gente nos trata como apestados, nadie nos dirige la palabra.” Otro dijo, “Hoy le hable a un hombre, y me miro con tal indiferencia y desprecio, que me dieron ganas de matarlo.”  Otro oficial dijo, “Al parecer, aquí no existen las mujeres. No he visto ninguna desde que llegamos.” Otro dijo, “Están encerradas en sus casas y de seguro, no saldrán, hasta que nos hallamos marchado.” Otro dijo, “Y para colmo, hace un frio de los mil demonios.” Otro oficial dijo, “Estamos en otoño, imagínese si tenemos que pasar aquí el invierno.” Asi como los oficiales pasaban el tiempo platicando en el Alcazar, los soldados se dedicaban a destruir la ciudad. Mientras un grupo de soldados rompían una puerta de madera, uno de ellos dijo, “Es madera seca y dura, no nos helaremos mientras hacemos guardia.” Una noche, después de dos meses en la ciudad, Víctor y Alfredo cabalgaban juntos de noche. Víctor dijo, “Ya falta poco, capitán. Ha sido una larga jornada.” Alfredo dijo, “Lo único que quiero es descansar. Creo que dormiré dos días seguidos. Espero nos den un buen alojamiento.” De repente fueron detenidos por una guardia de soldados. “¡Alto! ¿Quién vive?” Víctor gritó, “¡Dragones de su majestad, el Emperador Bonaparte!” El soldado gritó, “¡Identifíquese por su nombre y grado!” Alfredo gritó, “Capitan, Alfredo Bourgoin.” El soldado se cuadró, y le dijo, “Bienvenido, mi capitán. Muy tarde legan ustedes. Esos picaros españoles, se aprovechan cuando…” Alfredo lo interrumpió, y dijo, “¡Ya se, ya se!” Hemos cabalgado 14 leguas, y queremos descansar. Lleve nos al lugar en que nos alojaremos.” De inmediato el soldado montó en un caballo, y los guió por las oscuras y solitarias callejuelas de la ciudad. El soldado dijo, “No es mucho lo que se les podrá ofrecer, capitán. Tendrán que acomodarse en una iglesia lo mejor posible.” Víctor preguntó, “¿Qué dices? ¿Ni siquiera tendremos un camastro? Daria lo mismo que nos quedáramos en el campo, a cielo raso.” El soldado dijo, “¿Y qué quiere, mi capitán? En el alcázar, no cabe ya ni un grano de trigo. Mucho menos un hombre.” El soldado agregó, “En el convento de San Juan de los Reyes, hay celdas en las que duermen hasta quince húsares, apenas pueden respirar. Estaba el otro convento, y no es mal local. Pero hace tres días llego un contingente que no esperábamos. Tuvimos que acomodarlos allí. Hay que dar gracias que cupieron en el claustro, y dejaron libre la Iglesia.” Víctor dijo, “Bueno, ¡Qué vamos a hacer! Me parece que pronto lloverá, y por lo menos estaremos a resguardo.” El soldado apuntó y dijo, “Esa es la Iglesia.” Alfredo ordenó detenerse a la tropa y echo pie en tierra. Entonces, Alfredo dijo a Víctor, “Dame el farol, voy a inspeccionar.” Ya dentro de la iglesia, Alfredo dijo a Víctor, “Realmente no es un lugar muy cómodo. Pero si no hay otra cosa, de alguna forma nos arreglaremos.” Víctor dijo, “Le aseguro que si tarde un día más en llegar, capitán ni esto se le podría ofrecer. Por aqui pasan las tropas que van a Madrid.” Acto seguido, entraron sus hombres, en sus caballos. Alfredo dijo, “Amarren los caballos a los pilares, y ubíquense como mejor les acomode.” Un soldado dijo, “¿Aquí vamos a dormir, mi capitán?” Alfredo dijo, “Asi es. Coloca un saco de forraje al pie de esas granadas. Me servirá de cama.” Alfredo se quitó su zarape, y pensó, “Y pensar que cuando me ordenaron venir a Toledo, me alegré. ¡De todos los lugares en que he estado, éste es el peor!” Poco después, unas soldados se disponían a acostarse en el piso de la iglesia. Uno de ellos dijo, “¡No es justo! Un hombre tiene derecho a un buen descanso. Los caballos estan mejor que nosotros.” Otro soldado dijo, “¡Deja de reclamar! ¿Aun no has aprendido que la vida en campaña es asi? ¿Qué pensabas que era la guerra?” Pronto, el sueño venció a los soldados, y solo el gemido del viento, rompía el profundo silencio…Al día siguiente, el grupo de oficiales conversaba en una de las calles de Toledo. Uno de los oficiales dijo, “Me dijo mi ordenanza, que anoche llegó un destacamento de dragones.” Otro de los oficiales, dijo, “¿Quién vendrá a su mando?” El oficial dijo, “El capitán, Alfredo de Bourgoin.” El oficial Luis dijo, “¡Alfredo! ¡Que gusto me da saberlo! Es uno de mis mejores amigos.” Uno de los oficiales le pregunto a Luis, “¿Qué tal es como persona? Espero que más agradable que el oficial que llego hace cuatro días. ¡Qué tipo más antipático!” Luis dijo, “¡No se preocupen! Alfredo es muy agradable. Estando con él, uno nunca se aburre.” Enseguida, hubo una pausa, y Luis agregó, “Tiene un solo defecto, si se le puede llamar asi. Es el hombre más mujeriégo que he conocido.” Uno de los oficiales dijo, “¡Pero eso no es defecto, es virtud!” Todos soltaron una sonora carcajada. Luis dijo, “Al parecer en él sí, porque todas las mujeres caen rendidas en sus brazos. Hasta esas que se consideran inalcanzables.” Un oficial le dijo, “¡No me digas! ¿Y cómo lo logra?” Luis dijo, “Tiene muchas cualidades: apuesto, simpático, poseedor de una gran fortuna; justo lo que les agrada a las damas.” Un oficial dijo, “Lo que se dice un hombre con suerte. Has despertado mi curiosidad, Luis, y ardo en deseos de conocerle.” Otro oficial dijo, “¡Y la mía! Pocos hombres tienen tantas virtudes.” Otro oficial dijo, “¿Sabes dónde se aloja? Vamos a buscarle, y nos lo presentas.” Luis dijo, “No será necesario. ¡Alla viene!” Poco después, Alfredo hacia acto de presencia, diciendo, “¡Luis, que agradable sorpresa, no esperaba encontrarte aquí!” Luis lo abrazó, y le dijo, “Ni yo que vinieras. Me dio un gran gusto cuando lo supe.” Después de las presentaciones y saludos, Luis dijo a Alfredo, “¿Qué tal estan las cosas en Madrid?” Alfredo dijo, “Bastante problemáticas. Los españoles estan decididos a enfrentarnos. Es imposible que un francés vaya solo por la calle, porque es hombre muerto.” Un oficial dijo, “Eso es en todo el país. Aquí tambien debemos tener extremo cuidado.” Luis dijo, “Esta guerra está resultando más difícil de los que pensábamos.” Alfredo dijo, “No solo exponemos la vida, sino que, además, tenemos que pasar por todo tipo de penalidades.” Luis dijo, “Falta comida, lugar donde alojarnos…y a propósito, ¿Qué tal pasaste la noche?” Alfredo dijo, “La verdad, no dormí gran cosa, pero la razón de mi vigilia valio la pena.” Tras una pausa, Alfredo agregó, “El insomnio junto a una mujer hermosa, no es el peor de los males.” Luis dijo, “¿Qué dices? ¿Una mujer? Pero si desde que llegamos a Toledo, no hemos visto ninguna.” Alfredo dijo, “¡Eso es lo que se llama, besar un santo!” Un oficial dijo, “Tenía razón Luis al decirnos que tu suerte no la iguala nadie.” Luis dijo, “Seguramente alguna dama te siguió hasta aquí, para hacerte más soportable la estancia.” Otro oficial dijo, “¿Es madrileña, o la trajiste de Francia?” Alfredo dijo, “Se equivocan. Les juro que no la conocía, y que nunca creí encontrar una dama tan bella en este lugar.” Alfredo agregó, “Viví, lo que se llama, una verdadera aventura.” Otro oficial dijo, “¡Cuéntala!¡Vamos, queremos escucharla!” El capitán no se hizo del rogar. Alfredo dijo, “Dormía yo en el pesado sueño de un hombre que ha cabalgado largas horas, cuando…escuche las campanas de una iglesia.” Desperté, diciendo, “¿Qué pasa?” Pensé, “¡Es una campana!¡Qué manera de tocarla! No hay respeto para los que necesitan reposo.” Cesado el estruendoso ruido, iba a volverme a dormir, cuando, observe una silueta de una mujer hincada en el altar, en posición de estar rezando. Entonces exclamé, “¡Oh!” Enseguida, pensé, “¡Por todos los santos, nunca vi belleza igual!” Alfredo, continuó narrando, “No podrían imaginarse algo semejante a aquella fantástica visión que se divisaba en la penumbra de la iglesia. Su rostro, de ovalo perfecto, sus facciones llenas de una suave y melancólica dulzura. En ese momento me creía juguete de una alucinación, y no me atrevía a respirar, temiendo que un soplo desvaneciera el encanto. Ella permanecía inmóvil. Se me antojaba que era un ángel. No comprendía como podía existir algo tan etéreo y maravilloso.” Entonces, Luis dijo, “Pero…¿Cómo estaba allí esa mujer? ¿No te explico su presencia en la iglesia?” Otro de los oficiales dijo, “¡No nos dirás que no se lo preguntaste!” Alfredo dijo, “No, no le hablé.” Entonces Luis dijo, “¡Queeeeeéé! ¿La dejaste ir sin dirigirle la palabra? ¿Tú? No te creo.” Alfredo dijo, “No lo hice porque estaba seguro de que no me contestaria ni me vería.” Un oficial le dijo, “¿Acaso era sorda, ciega, o muda?” Alfredo dijo, “Todo eso a la vez, porque…es una estatua de mármol.” Los oficiales dejaron escapar una sonora carcajada. Un oficial exclamó, “¡Sí que es una buena historia! ¡Ja, Ja, Ja!” Louis exclamó, “Y nosotros creyendo que realmente habías pasado la noche con una hermosa dama!” Otro oficial dijo, “Si se trata de mujeres de mármol, en el convento donde yo me alojo, hay varias.” Otro oficial dijo, “Estan a tu disposición, pues parece que te da lo mismo, una de carne y hueso, o de piedra.” Las risas se dejaron escuchar. El capitán no se alteró, por las burlas de que era objeto, y dijo, “Pueden reírse cuanto quieran. Si hubieran visto lo que yo, no dudo que estarían igualmente impresionados. Por un milagro de la escultura parece que tuviera vida.” Entonces Luis dijo, “Alfredo, yo creo que la guerra y el cansancio, te estan afectando demasiado, y empiezas a ver visiones.” Entonces Alfredo dijo, “¡Te equivocas! ¡No estoy loco! Les juro que…” Luis lo interrumpió, y dijo, “¡No te preocupes, te creemos! Supongo que no tendrás inconveniente en presentarnos a tan maravillosa dama.” Otro oficial dijo, “Tenemos que conocerla. Por mi parte, no estaré tranquilo, hasta que la vea.” Louis dijo, “¡Ni yo! Vamos ahora mismo a verla.” Se iban a poner en marcha, pero la actitud seria de Alfredo, los detuvo. Entonces un oficial dijo, “¿Qué diantres te sucede? ¿Acaso te niegas a presentarla?” Otro oficial, incrédulo, dijo, “¡Que bueno sería que estuvieras celoso!” Mas risas se escucharon. Entonces Alfredo dijo, “De ustedes no…pero…bueno, se los diré aunque me tilden de extravagante…” Tras una pausa, Alfredo agregó, “Junto a esa mujer, hay un guerrero tambien de mármol, y que semeja tener vida como ella. Su marido, sin duda…tuve que hacer un gran esfuerzo para contenerme y no hacerlo pedazos.” Entonces, un oficial dijo, “¡Esto es demasiado! ¡Celoso de una estatua de piedra! ¡Ja, Ja, Ja!” Las risas generales se soltaron, nuevamente. Entonces, Luis dijo, “¡Alfredo, creo que exageras! ¿No me dirás que te has enamorado de una estatua?” Alfredo dijo, “Aunque se burlen, desde que la vi, no he dejado de pensar en ella.” Louis dijo, “A cada minuto, aumentas nuestra curiosidad. Es preciso que la veamos.” Otro oficial dijo, “Tenemos que comprobar si es digna de tan ardiente pasión.” Otro oficial dijo, “Supongo que no temerás que alguno de nosotros la conquiste.” Alfredo dijo, “Está bien. Ésta noche nos reuniremos en la iglesia. He traído muchas botellas de champaña, con las que brindaremos.” Luis dijo, “¿Champaña verdadera?” Alfredo dijo, “¡Por supuesto! Fue un regalo que le hicieron a mi tío, el general, el general Bourgoin.” Un oficial dijo, “¡Bravo por ti, y tu tío!” Otro oficial agregó, “Y por la hermosa dama que nos dará la oportunidad de saborear esa bebida.” Alfredo dijo, “Ahora os dejo. Tengo que presentarme ante el general. ¡Hasta la noche!” Un oficial le dijo, “Ten la seguridad de que no faltaremos.” Transcurrió el día, y los habitantes de Toledo, se encerraron en sus antiguos caserones. Cuando las campanas anunciaron las diez de la noche, uno de los oficiales que esperaba a Alfredo, exclamo, “¡Por fin llegas!” Luis dijo, “El coronal me mandó llamar cuando salía. Creí que no me dejaría marchar.” Entonces un oficial dijo, “Luis, se te olvidó decirnos que Alfredo, entre sus cualidades, tambien tiene la de ser bastante extravagante.” Otro oficial dijo, “Supongo que cree que, hasta una estatua, es capaz de enamorarse de él. ¿No estará un poco loco?” Asi platicando llegaron hasta la iglesia. Cuando los oficiales llegaron, Luis dijo, “Ya estamos aquí, dispuestos a no dejar una gota de champaña y ser jueces de la belleza de esa dama.” Alfredo los recibió, y dijo, “Pasen. Ya verán que no he exagerado nada.” A sorpresa de los oficiales, Alfredo los habia citado en una iglesia de la localidad. Entonces, uno de los oficiales dijo, “¡Qué lugar tan tétrico! Es lo menos apropiado para una fiesta.” Otro de los oficiales dijo, “Nos invitaste a conocer a una dama, y con dificultad distingo los dedos de mi mano.” Luis dijo, “Lo peor es que hace un frio, que parece que estamos en Siberia.” Alfredo dijo, “No se preocupen, todo se arreglará. Acabo de llegar, pero en unos minutos tendremos luz.” Enseguida, Alfredo dio la orden a un soldado, “¡Eh, tú, consigue un poco de leña y enciende una fogata, después puedes irte!” El soldado se cuadró, y dijo, “A la orden, mi capitán.” El soldado no dudó, en complacer a su superior. Minutos después, los hermosos bancos de la iglesia, ardían llenando de claridad el recinto. Mientras Alfredo alimentaba con los trozos de madera a la fogata, un oficial dijo, “Así está mejor.” Luis agregó, “Ya dudábamos de tu calidad de anfitrión.” Alfredo dijo, “Si gustan pasar, de inmediato abriremos la Champaña.” Luis dijo, “Encantados. Un buen trago nos caerá de perlas.” Entonces Alfredo dijo, “Les voy a presentar a la dama de mis pensamientos…” Alfredo los guió hacia dos estatuas de la iglesia, y dijo, “Creo que estarán de acuerdo, en que no he exagerado en cuanto a la belleza de esa maravillosa mujer.” Todos exclamaron a unísono, “¡Ohh!” Un oficial dijo, “¡En realidad parece algo extraordinario!” Luis dijo, “¡Lastima que sea de mármol!” Alfredo exclamó, “No hay duda que estar cerca de una mujer asi, es para no pegar los ojos en toda la noche.” Luis se acercó a la estatua de la mujer, y dijo, “¿Y no sabes quien es?” Alfredo dijo, “Recordando un poco el latín que aprendí cuando niño, a duras penas he podido descifrar la inscripción de la tumba.” Alfredo agregó, “Él era un famoso guerrero de Castilla. Ella se llamaba, Elvira de Castañeda.” Luis agregó, “Si la copia se parece al original, debió ser la mujer mas notable de su siglo.” Después de esa explicación, los oficiales se apresuraron a destapar algunas botellas. A medida que se consumía la champaña, crecía la animación. Las risas generales se escuchaban. Uno de los oficiales decía, “¡Que buena historia! ¡Abran otra botella…!” Entonces, ya borracho, Alfredo se dirigió a la estatua de un fraile, y dijo, “Y tú, ¿Qué miras? ¡Nadie te invitó a ésta fiesta!” Alfredo cacheteó la estatua, y dijo, “¡Bien! ¡Asi dejará de espiarnos!” Alfredo, indiferente al escandalo que hacían sus compañeros, bebía sin apartar los ojos de doña Elvira, pensando, Es real. La veo entreabriendo los labios como si murmurara una oración. A través del confuso velo de la embriaguez, a Alfredo le parecía que la estatua cobraba vida. Alfredo pensó, “Sus mejillas estan cubiertas de rubor, y eso la hace parecer aun mas bella.” Entonces, uno de los oficiales dijo, “¡Miren a Alfredo! No aparta los ojos de su amada.” Otro oficial dijo, “Creo que esta vez sí se ha enamorado.” Entonces Luis y otro oficial se acercaron a Alfredo para ofrecerle más licor. Luis dijo, “¡Vamos brinda! Eres el único que no lo ha hecho.” Otro oficial dijo, “¡No te portas muy amable con los invitados!” Sin hacer caso, el apuesto militar se acercó con paso inseguro a las estatuas, diciendo, “Brindo por el Emperador, y por la fortuna de sus armas, gracias a las cuales, pudimos venir hasta el fondo de Toledo, a cortejar a su mismísima tumba, a la mujer de un famoso y valiente guerrero.” Luis exclamó, “¡Bravo por esas palabras!” El capitán ignoró a sus camaradas, y continuó su discurso, pero ahora dirigiéndose a la estatua del guerrero. “No creas que te guardo rencor, ni veo en ti a un rival…al contrario, te admiro.” Alfredo agregó, “¡Te admiro como marido paciente, y quiero ser generoso contigo!” Alfredo llevaba un vaso de champaña en la mano, entonces continuó hablando con la estatua del guerreo, y le dijo, “Como soldado debes haber sido bebedor…no se dirá que te he dejado morir de sed. ¡Toma!” Alfredo lanzó champaña a la cara de la estatua. Ante el asombro de los oficiales, uno de ellos dijo, “¡Capitan, cuidado con lo que haces! Las bromas a la gente de piedra, suelen costar caras.” Luis dijo, “Acuérdate de lo que cuentan que aconteció en el monasterio de Poblet. Según dicen, los guerreros de ese claustro, desenvainaron una noche sus espadas de piedra, y dijeron qué hacer a los que me molestaban. Se entretenían pintándoles bigotes con carbón. Y ellos se vengaron de tal irreverencia.” Otro de los oficiales dejo escapar una risa, “¡Ja, Ja, Ja! ¡Que broma tan buena!¡Ja, Ja, Ja!” Alfredo parecía no escuchar las palabras y risas de los oficiales, y dijo, “¿Creen que yo le hubiera dado vino sin estar seguro de que se tragaba al menos el que le cayó en la boca? ¡Oh, no! Yo no creo como ustedes, que esas estatuas son un pedazo de mármol inerte. El artista que es casi un Dios, le da a su obra un soplo de vida, que no logra hacer que ande y se mueva…pero si le infunde una vida incomprensible y extraña, que no me explico, pero la siento, sobre todo cuando bebo.” Uno de los oficiales dijo, levantando su copa, “¡Magnifico!¡Bebe y prosigue!” Alfredo se dirigió a la estatua del guerrero y dijo, “¡Mírenla! ¿No ven su cara cubierta de rubor? ¿No parece que por debajo de su piel de alabastro circula un fluido de luz? ¿Quieren mas vida? ¿Quieren más realidad?” Los oficiales dijeron, “¡Sí! ¡Quisiéramos que fuera de carne y hueso!” Alfredo dijo, “¡Carne y hueso…! ¡Miseria, podredumbre!” Luis dijo, “Pero mejor que una estatua de mármol, fría como la nieve.” Alfredo dijo, “¿Fria? ¿Estan ciegos? ¿Acaso en alguna mujer han encontrado mayor belleza, mayor atracción que esta? ¡He conocido a tantas y me han hastiado! ¡Las he apartado de mi lado con disgusto, hasta con asco!” Enseguida, Alfredo volteo hacia la estatua de la mujer, y dijo, “Ésta; blanca, hermosa, fría, me incita con su fantástica hermosura y me provoca abriendo sus labios, ofreciéndome su amor…ofreciéndome sus labios…¡Tengo que besarla! Solo un beso suyo podrá calma el amor que me consume. ¡Un beso, si, un beso!” Alfredo iba hacia la estatua de la mujer, pero Luis lo detuvo, y dijo, “¡Detente, Alfredo! ¿Qué locura vas a hacer?” Alfredo gritó, “¡Suéltame!” Luis dijo, “¡Basta de bromas! ¡Deja a los muertos en paz!” Alfredo insistió, “¡Que me sueltes, he dicho! ¡Nadie ha pedio tu opinión!” Luis le gritó, “¡Alfredo, no lo hagas!” un oficial dijo, “Luis tiene razón, no vale la pena besar un pedazo de mármol.” Pero Alfredo no escuchó, y yendo hacia la estatua de la mujer, dijo, “Se que sus labios estarán tibios, llenos de pasión…” Alfredo se inclinó para besarla. Pero después de besarla, la estatua del guerreo lanzó un gran golpe con su mamo de mármol, en la cabeza de Alfredo, quien se desplomó. Petrificados de espanto, vieron caer al apuesto oficial, quien con la vida pago el precio de un ansiado y enigmático beso.

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año VIII. No. 138. septiembre 15, de 1990. Adaptación: Remy Bastien. Guión: Herwigd Comte. Segunda Adaptacion: José Escobar.       



jueves, 16 de julio de 2026

Historia de un Muerto Contada por Él Mismo, de Alejandro Dumas

  "Historia de un Muerto Contada por Él Mismo" , o, "Histoire d'un Mort Racontée par Lui-même" de Alejandro Dumas, se publicó originalmente en 1844, en Francia.

    Posteriormente, en 1849, Dumas integró este relato de terror, dentro de una famosa antología de cuentos sobrenaturales, titulada, Los Mil y un Fantasmas, o, Les Mille et un Fantômes, donde aparece como la tercera parte de la obra.

Historia de un Muerto Contada por Él Mismo

Alejandro Dumas

    Una noche de noviembre de 1840, una fuerte tormenta se abatía sobre Paris. Ya era media noche, y parecía que toda la ciudad dormía, pero en una elegante mansion del barrio de Saint Germaine, Henry platicaba con dos amigos al calor de las copas.

   Su amigo Jean, dijo, mientras se servía más licor, “Acabo de leer un relato de Hoffman. Definitivamente es demasiado fantasioso.” Henry dijo, “Yo lo encuentro admirable, más aún, cuando es evidente que creía en lo que escribía.” Su otro amigo, Louise, dijo, “En lo que a mi respecta, de pequeño leí un cuento de él, y les aseguro que durante dos noches no pude dormir. Recuerdo que al ir a mi recamara, lo hacía temblando y sin atreverme a mirar detrás de mí.”
    Henry le dijo, “Quizá escribió sus propias vivencias, y por ello, al leerlas, nos parecen tan reales.” Jean dijo, “¡Bah! A nadie le suceden cosas tan fantásticas como a Hoffman.” Henry le dijo, “Querido amigo, aunque lo dudes, a mí sí. Es algo tan extraordinario, que, si lo escribiera, nadie lo creería.” Jean le dijo, “Vamos, Henry. Estas bromeando. ¿Verdad?” Henry dijo, “En lo absoluto. Jamás lo he contado, porque seguramente, todos dudarían de la veracidad de mi historia.”
   Jean le dijo, “Pero esta vez, tendrás que hacerlo. No nos vas a dejar con la curiosidad.” Louis agregó, “Por supuesto. No permitiremos que te muevas de aquí, si no nos cuentas ese caso tan increíble.” Henry dijo, “Está bien, los complaceré, y les aseguro que no inventare una palabra de lo que escucharán.” Louis dijo, “Deja de dar vueltas al asunto, y empieza. Somos todo oídos.”

     Hace un año, la vida me sonreía. Largos años de dedicación al estudio, empezaban a dar sus frutos. Uno de mis mejores maestros de la universidad, me entrevistaba en su oficina. Era el doctor Sampellier, quien me dijo, “Doctor Dauvalier, lo felicito. Es usted, a pesar de su juventud, toda una eminencia.” Yo le dije, “Gracias señor, esas palabras son un gran elogio, especialmente si vienen de usted.” El doctor Sampellier dijo, “Solo digo la verdad. El consejo ha decidido nombrarle, jefe del departamento de cardiología.” Yo le dije, “Doctor, agradezco tal honor…espero no defraudar a los que han puesto su confianza en mí.”
   El doctor me dijo, “Estoy seguro de que no lo hará. Sé que tiene una amplia clientela particular, pero tambien he visto su dedicación en el Hospital.” Yo le dije, “Para mí, todos los enfermos, tiene la misma importancia. Siempre estoy dispuesto a atender al que me necesita, no importa la hora.”
    No me podía sentir más satisfecho, y fue entonces cuando conocí a Antonieta, en un baile de salón. Ella me dijo, “Asi que es usted el famoso doctor Henry Dauvalier.” Yo le dije, “Solo estoy empezando a hacerme un nombre como médico. No creo merecer que se me diga famoso.”
   Antonieta dijo, “¿Por qué no? Ha logrado en poco tiempo, lo que muchos demoran años en conseguir. Una clientela numerosa, y un puesto importante en el Hospital.” Antonieta hizo una pausa, y luego agregó, “He escuchado hablar mucho de usted, doctor.” Yo le dije, “¿Y puedo saber, qué se dice de mi persona?” Antonieta dijo, “Que fue usted un brillante alumno. Que tiene una inteligencia privilegiada, y un gran amor a su profesión. Que atiende con la misma paciencia y dedicación, a pobres y a ricos.” Yo le dije, “Los que le han dado esos informes, deben estimarme mucho. ¿Podría saber quiénes son?”
    Entonces el padre de Antonieta se acercó, y dijo, “Yo he sido, Henry.” Entonces dije, “¡Usted aquí, profesor! Ésta si que es una sorpresa. Nunca asiste a eventos sociales, y mucho menos a un baile.” El profesor dijo, “Esta vez he hecho una excepción, y me parece que tú también. Tampoco eres muy dado a las diversiones de este tipo.” Le dije, “Últimamente he decidido frecuentar un poco los salones. Antes prefería estudiar. Todo el tiempo me parecía poco para hacerlo.” El profesor me dijo, “Me alegra escuchar eso. Eres joven y no todo debe ser trabajo y estudio. Siempre te lo dije.” Yo dije, “Ya ve que le estoy haciendo caso…pero, dígame, profesor. ¿Cómo es que le ha hablado de mi a la señorita?”
   El profesor me dijo, “Muy simple. Antonieta es mi hija.” Yo exclamé, “¡Su hija…!” El profesor me dijo, “Exactamente. ¿No recuerdas que te conté que vivía con una tía en Pointers, desde que mi esposa murió?” Le dije, “Sí…creía que era una niña…usted se refería a ella como si fuera pequeña.” El profesor me dijo, “Para los padres, los hijos jamás crecen. Espero que sean buenos amigos.”
    Entonces le dije, “Doctor, su hija es la mujer mas dulce que he conocido. Además, es muy hermosa.” El profesor dijo, “Reconozco que asi es. Quizá está mal decirlo porque soy su padre, pero no puedo dejar de reconocerlo.” Antonieta dijo, “Papá, no sigas, que harás que me sonroje.” Yo les dije, “El profesor dice la verdad, señorita. A veces exagera, pero no en este caso, lo digo por mi…” El profesor dijo, “Espera, jamás he comentado nada que no sea la más completa verdad sobre ti. Que has sido el mejor alumno que he tenido. Me siento orgullosos de ello, por lo que no debe extrañarte que le hablara a Antonieta de ti.” Yo le dije, “Gracias por hacerlo tan elogiosamente, profesor.”
   En ese momento llegó un hombre de la fiesta, y dijo, “Doctor, es tan difícil que acepte una invitación, y nos priva de su compañía. Venga conmigo, todos queremos platicar con usted.” Cuando el profesor se fue, invité a Antonieta a bailar, y le dije, “¿Bailamos? Podemos seguir platicando al compás de la musica.” Ella me dijo, “Encantada.” Creo que cuando la tomé en mis brazos, ya estaba enamorada de ella. Yo siempre habia visitado al doctor Sampellier, pero desde ese día, lo hice más asiduamente.
   Un día, que llegué a la casa del doctor Sampellier, Antonia me recibió, y dijo, “Mi padre no ha llegado, pero estoy segura que no tardará.” Entonces le dije, “Ya sabía que no lo iba a encontrar. Lo vi en el Hospital cuando me marchaba, y me dijo que aún iba a tardar en retirarse.” Antonieta se llenó de sorpresa, y entonces le dije, “Comprendo su sorpresa, por lo que acabo de decir…Antonieta. Vine porque deseo decirle algo, y ya no puedo esperar para hacerlo.”
    Hubo una pausa de silencio, y entonces le dije, “Antonieta, yo…yo te amo…tengo la ilusión de que no te soy indiferente…¿Podrías llegar a quererme, tanto como yo a ti…?” Entonces ella me dijo, “Henry, no podre llegar a quererte, porque ya te amo con todo mi corazón.” Al besar sus labios, creí que mi corazón estallaría de dicha. Yo le dije, “Te amo…estoy seguro que jamás podre querer a nadie como a ti. Eres la luz de mi vida.”
   Ella me dijo, “Henry, querido mío, como se puede ser tan feliz, tan inmensamente feliz.” Cuando llegó el padre de Antonieta, nos dijo, “Esta de mas que les diga lo que me satisface la noticia que me han dado. Ustedes son las dos personas que más amo en el mundo.” Antonieta dijo, “Papá, gracias por aceptar nuestro noviazgo.”
   El doctor Sampellier dijo, “Y como no, siempre he considerado a Henry como a un hijo. Lo conozco bien, y no podría pedir un mejor esposo para ti.” Yo le dije, “Querido profesor, dedicaré el resto de mi vida, a hacer feliz a mi adorada Antonieta.” El doctor Sampellier dijo, “Lo sé. Ustedes estan hechos el uno para el otro.” Antonieta dijo, “Me parece estar soñando tanta felicidad.”
     Los siguientes tres meses fueron los mas dichosos de mi vida. Cada día me sentía más enamorado. Un dia, sentados ambos en una banca de un parque yo le dije, “Querida, ya llevamos cuatro meses de noviazgo. Hoy hablare con tu padre, para que fijemos la fecha de la boda. No quiero esperar más. Por mí, me casaría mañana mismo contigo. Sé que eres la mujer con quien quiero pasar el resto de mi vida.” Antonieta me dijo, “Henry, te amo tanto que mi sueño dorado es ser tu esposa.” Entre los preparativos de la boda y mi trabajo, el tiempo pasó con rapidez. Un día, que atendía a un paciente en cama, le dije, “En unos días podrá marcharse a casa totalmente recuperado.”
    Pero el paciente me dijo, “Doctor, usted ha sido un ángel. No tengo con que pagarle, lo que ha hecho por mí. Dios lo colme de bendiciones.” Yo le dije, “Agradezco sus buenos deseos. Vendrá la enfermera a darle sus medicinas. Mañana pasare a verle.” El paciente me dijo, “Gracias, váyase a descansar, doctor. Ya es muy tarde.” Ese buen hombre tenía razón. Llevaba muchas horas en el Hospital, pero no podía desatender a los que confiaban en mí.
    Cuando me disponía a retirarme del Hospital, uno de los doctores me dijo, “Henry. ¿Tú nunca descansas? Atiendes en tu consultorio, vienes al Hospital, y luego visitas a los enfermos en sus casas.” Yo le dije, “Solo cumplo con mi obligación, como todos los que nos dedicamos a esta profesión.” El doctor me dijo, “Yo creo que exageras. Estoy de acuerdo en que tenemos una gran responsabilidad, pero no a costa de nuestra propia salud.” Entonces le dije, “Te aseguro que me siento perfectamente. Además, pronto me tomaré unas vacaciones.”
   El doctor me dijo, “Muy merecidas. Supongo que se deberán a tu viaje de bodas.” Yo le dije, “Sí, Antonieta y yo, iremos a Italia. Será un mes, en que me olvidaré de todo lo que no sea mi adorada mujercita.” El doctor me dijo, “Eres un hombre de mucha suerte. La hija del doctor Sampellier, es una joven perfecta, hermosa, comprensiva, dulce, inteligente…” Yo le dije, “Sí, tiene todas esas cualidades y más. Decirte que la adóro es poco…Bueno, me marcho. Nos vemos mañana.”
   Cuando salí del Hospital vi que caía un gran aguacero, y pensé, “Lo que me faltaba. Estaré totalmente mojado, antes de llegar al coche.” A pesar de estar agotado, no dejé de visitar a Antonieta, quien me dijo al llegar a su casa, “Henry, mi amor, mira como vienes, mi vida. Te ves tan cansado.” Le dije, “La verdad estoy exhausto. Pero no quería dejar de verte, aunque fuera unos minutos.” Ella me dijo, “Me haces tan feliz. Gracias por amarme tanto, pero necesitas descansar.” Yo le dije, “Lo sé, solo vine a darte un beso. Me voy de inmediato, o me quedaré dormido aqui parado.”
   Ella me abrazó, y me dijo, “Por suerte, ya solo faltan dos meses para nuestra boda, deseo tanto poder cuidarte, no tener que separarnos nunca.” Yo le dije, “Yo tambien. Será maravilloso llegar a casa, y saber que tu estarás ahí.” El amor y la dulzura de Antonieta, eran para mí la mejor medicina, en contra del cansancio y las preocupaciones. Cuando llegué a mi casa, me acosté de inmediato, y no tarde en quedarme profundamente dormido.
   Me pareció que recien habia cerrado los ojos, cuando llego mi mayordomo a despertarme, diciendo, “Señor…señor…” Yo desperté, y dije, “Qué…qué sucede…” El mayordomo me dijo, “Lo buscan con urgencia. Quieren que vaya a visitar a una dama que se está muriendo.” Me incorporé de la cama, y le dije, “Juan, estoy agotado…me parece que hace unos minutos que me acosté…” Juan, el mayordomo me dijo, “Ha dormido tres horas. Señor, si quiere, digo que busquen a otro médico. Usted necesita descansar.”
    Me levanté y le dije, “No, ante todo soy médico. Mi obligación es atender al que lo necesita. Voy a vestirme de inmediato.” Juan me dijo, “Entonces le diré al hombre que le aguarda, que irá con él.” Minutos después, un hombre me daba la bienvenida, diciendo, “Gracias doctor por haberse levantado. Mi señora está enferma.” Le dije, “Entonces no perdamos mas tiempo y vamos.” Para mi gran sorpresa, nos dirigimos a un palacio digno de reyes.
     Mientras subíamos una escalinata, el hombre me dijo, “Doctor, le suplico me siga. Le conduciré a las habitaciones de la señora.” Yo pensé, “Debe ser una dama de la alta aristocracia, y muy rica, por cierto.” Me condujeron al segundo piso, y allí, encontré a una mujer recostada en su cama, quien era cuidada por una mujer. La dama dijo, “Gracias por haber venido, doctor…Ema, puedes retirarte.” Al mirarla, pensé, “Nunca, ni en mis más caros sueños, pude imaginar que existiera una mujer asi. Es…es…no hay palabras para describirla.”
    No podía moverme de la impresión, sus maravillosos ojos, de un verde jamás visto antes, me tenian hipnotizado. Ella me dijo, “Por favor…ayúdeme…sufro mucho…” Me acerqué y le dije, “¡Oh! Perdón…yo…haré todo lo que pueda por aliviarla.” Tras una pausa, le dije, “¿Que le sucede, señora? ... ¿Cuál es su padecimiento?” Ella me dijo, “Tengo fiebre, padezco fuertes palpitaciones…me siento tan débil, que no soy capaz de levantarme…me es imposible dormir…” Por primera vez en mi vida profesional, tuve que hacer un esfuerzo, para que el medico, se impusiera al hombre.
    Al tomarle el puslo, pensé, “No parece real. Su perfume embriaga y enloquece. Tocar su piel, es una delicia, tan blanca, tan suave.” Ella me dijo, “¿Estoy muy grave, doctor?” Le dije, “No, solo tiene los nervios alterados, y eso la debilita físicamente. Le daré una medicina que le hará dormir. La necesita.” Ella me dijo, “Por favor, no se marche, hasta que yo este tranquila.” Le dije, “No, no lo haré.” Me quedé hasta que el sueño la venció. No podía moverme.
    Era como si un imán me detuviera junto a su lecho. Sentado en un sillon, junto a su cama, pensé, “Cuanta voluptuosidad. Cuanto amor y pasión hay alrededor de ella. Si hay algo del cielo, en esta tierra, debe ser el amor de esta mujer. Es maravillosa despierta, y lo es tambien dormida. Podría permanecer contemplándola el resto de mi vida. Es como un ángel dormido, y yo tengo la fortuna de estar a su lado.” Entonces, me levanté de mi asiento, y pensé, “Debo marcharme. No puedo permanecer aquí. Pero regresaré mañana, con el pretexto de ver como sigue.”
    Llegué a mi casa como en un trance. Todos mis sentidos estaban llenos de aquella extraordinaria mujer. Mientras me desvestía para acostarme, pensé, “No puedo pensar en nada, que no sea ella. Tengo sus ojos, su cara, su aroma, clavados en mí.”  Por más que traté conciliar el sueño, no pude, y pensé, “El amor de esa mujer debe ser un encantamiento eterno, hecho de ensoñación y pasión. Estoy seguro que es púdica, como una santa, y apasionada, como una cortesana. Es de esas mujeres que oculta al mundo, todos los tesoros de su belleza. En cambio, a su amado se entrega, desnuda y con todo su ser.”
   Su pensamiento me quemó, toda a noche. Y cuando llegó la mañana, me levanté, y dije, “Esto es una locura, pero no puedo evitarlo. Estoy enamorado de esa mujer. La ámo con una pasión, que jamás antes conocí. ¿Cómo podía imagina que existía algo, como lo que hora siento? Es como si me estuviera quemando por dentro. Y solo ella, con su presencia, con su mirada, y con la delicadeza de su voz, puede apagar el incendio que me consume.”
    Mas, sin embargo, tras esos pensamientos locos, llegaron las reflexiones, y pensé, “Qué insensato soy, un abismo infranqueable me separa de esa mujer. Yo no soy nadie, para poder pretenderla. Ella es demasiado hermosa, como para no tener un marido, un amante, un hombre a su lado, al que dé su amor, sus caricias. Odio a ese hombre, a quien Dios da suficiente felicidad en este mundo. Espero que pueda sufrir sin murmurar, una eternidad de dolores.”
    Ya en el hospital, ese día fue eternamente largo. Prácticamente no supe lo que hacía. No podía apartar a esa mujer de mi mente. Ya por la tarde, el doctor me dijo, “Henry, ¿Te sucede algo? Te veo muy demacrado.” Yo le dije, “No tengo nada…solo un poco de cansancio.” El doctor me dijo, “Trabajas demasiado. Antonieta esta muy preocupada por ti. Tomate la tarde y llévala a pasear, se pondrá muy contenta.”
   Entonces, pensé, “Antonieta…me habia olvidado de ella.” El doctor me dijo, “¿Qué te sucede? ¿No me escuchaste?” Yo le dije, “Sí…sí…claro…yo…no podre ir hoy. Tengo que visitar a un paciente…está muy mal…me preocupa…por favor, dígaselo…” El doctor me dijo, “Lo haré, no te preocupes…mi hija, sabe comprender…recuerda que yo tambien soy médico.” Yo le dije, “Gracias, profesor…mañana…mañana ire a visitarla.”
    Sali casi corriendo. Huía de la franca mirada de mi maestro, de mi mentira, de mí mismo. Mientras me arreglaba para ir a visitar a mi paciente, pensé, “¿Qué voy a hacer? Antonieta no se merece que la hiera…pero ya no la amo.” Pero no pensé mucho en ello. Estaba ansioso por que llegara el momento de visitar a la bella mujer que me tenía enloquecido.
    Mientras me arreglaba frente al espejo, pensé, “Dentro de poco, estaré frente a ella. Podre admirar su cara, su cuerpo, escuchar su aterciopelada voz. Me envolverá ese perfume misterioso, que emana de ella, y que hace dudar, si es ángel o demonio.” Por fin llegó la hora de presentarme en su casa, y cuando llegué, un mayordomo me recibió, diciendo, “Buenas noches, doctor, La señora le espera. Sígame, por favor.” Yo pensé, “Me espera…ella me espera.”
    Cuando llegué a la sala, ella me esperaba sentada en un sofá, con una chimenea encendida. Ella me dijo, “Doctor, cuanto agradezco su visita. Ha sido tan amable, por favor acérquese, y siéntese a mi lado.” Yo pensé, “Es más hermosa de lo que recordaba. No parece real., es tanta su belleza.” Como en trance, caminé hacia ella, y me senté a su lado. Entonces le dije, “Señora, no debió levantarse. Le dije a los criados que le advirtieran que debe guardar reposo.”
    Ella me dijo, “Me siento muy bien. He dormido perfectamente…la medicina que me dio, es milagrosa…La verdad, mi enfermedad es más del pensamiento, que del cuerpo.” Yo le dije, “¿Le aqueja alguna pena?” Ella me dijo, “Sí, muy profunda. Afortunadamente también Dios es médico, y ha encontrado la panacea universal: el olvido.” Yo le dije, “Pero hay dolores que matan.” Ella dijo, “La muerte, o el olvido. ¿No es lo mismo? La una es la tumba del cuerpo, lo otro, la tumba del corazón, eso es todo.” Yo le dije, “Señora, ¿Cómo pudo usted tener una pena? Esta demasiado alta, para que estas la alcancen.”
   Ella me dijo, “Por favor, no me diga señora, llámeme simplemente Eloísa…usted me ve con demasiada benevolencia, doctor.” Yo le dije, “Solo digo la verdad…Eloísa…lo hago como médico y como hombre.” Ella dijo, “Gracias, si pudiera olvidar, si pudiera superar esta enorme tristeza…” Yo le dije, “Cuando la herida es demasiado profunda para cerrarse sin ayuda, envía al camino de aquella a la que quiere consolar…otra alma que la comprende; porque sabe que se sufre mejor sufriendo en compañía. Y llega el momento en que el corazón vacío, se llena de nuevo, y en que la herida cicatriza.”
   Entonces ella me dijo, “¿Sera usted esa persona? ¿Me ayudará a olvidar y a cicatrizar la herida?” Yo le dije, “Nada podría hacerme más dichoso, que poder hacerla olvidar el pasado y esperar el futuro.” Entonces ella me dijo, “Gracias…presiento que, con su ayuda, podre volver a sonreír.” Ella se veía radiante con su triple corona de belleza, de pasión y de dolor…y ya no fui dueño de mi voluntad. Nos besamos. Entonces Eloísa dijo, Por favor, no debimos…”
  Yo le dije, “Perdóneme…yo…yo no pude contenerme…” Ella se levantó, y me dijo, “Es mejor que se marche. Me ha dicho que debo descansar.” Yo le dije, “Sí, tiene razón…pero deseo volver a verla…¿Puedo venir mañana?” Ella me dijo, “¿No es usted mi medico’ ¿El que me curará mi cuerpo y mi alma? Le espero mañana, después de las diez de la noche.” Cuando regresé a mi casa, era casi de madrugada.
   Mientras me desvestía, pensé, “Me siento embriagado de amor, de pasión por esa mujer. Todo ha perdido importancia, después de conocerla. Solo deseo estar a su lado. Que largo se me hará el tiempo, hasta poder regresar a su lado.” Esa tarde en el hospital, el profesor me dijo, “Henry, que bueno que te encuentro. Me pidió Antonieta que te dijera que te espera a cenar.” Entonces Le dije, “No será posible, yo…” Entonces el doctor me dijo, “Te advierto que no admitirá excusas…Henry, ella esta preocupada por ti.” Yo le dije, “No hay razón…no pensé que Antonieta fuera una mujer posesiva y…” El doctor me dijo, “Henry, a ti te sucede algo. Nunca esperé escucharte hablar asi de mi hija…”
    Yo le dije, “Perdóne, no supe lo que dije…yo…creo que estoy agotado…He trabajado mucho últimamente…” El doctor dijo, “Sí, estoy seguro que es eso. Hijo, yo tambien soy médico, y le he dado amor y dedicación a mi profesión…pero nunca permití que el trabajo impidiera mi felicidad, y la de mis seres queridos.” Yo le dije, “Tiene razón…yo…iré esta noche a cenar con ustedes…” Pero hubiera sido mejor que no hubiera acudido.
   Mientras cenaba con el doctor y Antonieta, mi mente estaba con Eloísa, y pensaba, “Pronto darán las diez…ella me estará esperando…casi pudo sentir su perfume, escuchar su voz.” Antonieta interrumpió mis pensamientos, diciendo, “¡Henry! Henry, ¡No me escuchas!” Yo le dije, “Perdón, ¿Me decías algo?” Antonieta dijo, “Sí, te decía que hace dos semanas quedamos que mañana te tomarías la tarde libre, y que la pasaríamos juntos.” Yo le dije, “¡Oh! Lo olvidé. Me temo que será imposible.”
     La cena transcurrió en un ambiente tenso. Cuando nos levantamos de la mesa, Antonieta me dijo, “Henry, mi amor, ¿Qué te sucede?” Yo le dije, “Nada, absolutamente nada. ¿Por qué supones que me ocurre algo?”  Ella me dijo, “Porque ya no vienes a verme. Hoy no has dicho más de tres palabras, desde que llegaste. Da la impresión que tus pensamientos estan muy lejos de aquí.” Yo le dije, “Antonieta, tú sabes que mi profesión es absorbente, que debo entregarme a ella, pues se trata de vidas que hay que salvar.”
    Ella me dijo, “Lo comprendo, pero me gustaría que me dedicáras un poco de tiempo. No te pido mucho, solo un poco. Hasta hace unos días, venias a visitarme a diario, platicábamos, me contabas de tus enfermos, compartía tu preocupación por ellos. Eso es lo que extraño, mi amor, formar parte de tu vida. Ahora me siento fuera de ella.” Yo le dije, “Exageras …no siempre tengo deseos de hablar de enfermedades, y otras ni siquiera quiero hablar.” Ella dijo, “Tienes razón, quizá exagero, pero es por lo mucho que te amo. Te prometo no volver a decirte nada.”
   Tras una pausa, ella me dijo, “Bueno, hablemos de otra cosa. Estaba pensado que durante nuestro viaje de bodas…” Yo la interrumpí, y dije, “Antonieta, me lo dirás otro día, ya debo marcharme.” Ella me dijo, “¿Tan pronto? Pero si aún no son ni las once…” Yo le dije, “Mañana tengo un día muy duro. Por favor, despídeme de tu padre.”
   Sali casi corriendo. Solo deseaba llegar junto a Eloísa. Cuando llegué, ella me dijo, “Hace mucho que lo espero, doctor.” Yo le dije, “No pude venir antes, perdóneme.” Entonces ella me dijo, “Sentémonos. Hágalo a mi lado, hay tantas cosas que deseo que platiquemos.” Nos sentamos en el sofá, y ella me dijo, “Usted, más que médico del cuerpo, es médico de almas, para mí. No me dejará ¿verdad? No me abandonará cuando tanto lo necesito.” Yo le dije, “Nunca, Estaré siempre a su lado, como un esclavo, como un siervo.”
     Desde ese día, no deje de visitarla todas las noches, sin importar nada más que estar a su lado. Mientras cenábamos en su gran mesa, yo pensaba, “Es tan hermosa. Si me lo pidiera, dejaría todo por ella, y me dedicaría a complacer cada uno de sus caprichos.” Platicamos durante horas, pero jamás me permitía ir más allá que darle un beso, que me dejaba lleno de angustia y deseo. Una noche, mientras platicábamos en el sofá, yo le dije, “¿Eloísa, ¿Por qué jamás permites que venga a otra hora que no sea de noche?”
   Ella me dijo, “Por qué es cuando puedo recibirte.” Yo le dije, “Estoy enamorado de ti. Desde que te conocí, solo tú llenas mis pensamientos, mi vida entera.” Ella me dijo, “Por favor, no sigas. Yo tengo que sanar la herida que llevo en mi corazón, antes de poder corresponder a un amor como el que tú me ofreces.” Entonces le dije, “¿Por qué no me dices, que es lo que te hace sufrir? Háblame de ello.” Ella me dijo, “No, no podría…no ahora…quizá otro día…” Yo le dije, “Está bien, como quieras, solo deseo ayudarte.” Ella dijo, “Lo se…debo dar un baile. Hace mucho que mis amistades lo esperan….asistirás, ¿Verdad?” Yo le dije, “Sí, pero creo que sería mejor esperar un poco tu salud…”
     Ella dijo, “Me siento bien. Tú has logrado ese milagro. Tu compañía es confortable. Creo que ya no podría prescindir de ella.” Cuando me marchaba, sentía como si dejara el Paraiso, para entrar al Infierno. Y mientras iba en el carruaje, pensaba, “No puedo pensar en nada que no sea ella, en volver a verla. Me tiene embrujado.” Casi sin darme cuenta, habia dejado de comer, de dormir. Entonces, el doctor vino a visitarme, y me dijo, “Henry, es necesario que hablemos seriamente. Ésta última semana has estado evitándome, y hace mas de diez días que no vas por la casa.” Yo le dije, “Es el trabajo…he estado muy ocupado y…”
    El doctor me dijo, “Por favor no sigas. No es el trabajo lo que te ha hecho cambiar. A ti te pasa algo. Dímelo, quizá pueda ayudarte.” Yo le dije, “No tengo absolutamente nada…perdóneme, pero debo ver a un enfermo y…” El doctor me dijo, “Creo que el que esta enfermo eres tú. Te ves muy mal, has adelgazado, estas pálido, algo te sucede.” Hubo una pausa, y luego el doctor me dijo, “Henry, se franco conmigo. ¿Se trata de Antonieta? ¿Ya no la amas? Si es eso lo que te tiene asi, dímelo.” Tras una pausa, el doctor agrego, “Sé que mi hija te quiere mucho, que sufriría si el compromiso se rompe, pero yo la ayudaré, y con el tiempo olvidará.” Yo le dije, “Maestro…yo…no sé…por favor, déjeme solo, se lo suplico.”
    El doctor se levantó, y me dijo, “Entonces es eso. ¡Pobre hija mía…! Por mi parte, te libero de todo compromiso, sé que Antonieta hará lo mismo.” Yo le dije, “Le suplico me comprenda…quisiera explicarle, pero no me siento bien…creo que me iré a casa…mañana lo buscaré y hablaremos…” El doctor me dijo, “Ya no hay mucho que decir, pero siempre estaré dispuesto a escucharte.” Yo le dije, “Gracias, maestro.” Desde la mañana me sentía con fiebre. Llegué a mi casa y me acosté, poco después, estaba delirando. En mis delirios, veía a Eloísa en una jardin, y le decía, “Ven te lo suplico. Te necesito…eres dueña de mi vida, de mi ser…” Pero cuando ella huía de mi riendo, yo le gritaba, “¡No me dejes!....¡Eloísaaaa!” El mayordomo me vio inconsciente en mi cama, y dijo, “Dios santo, el señor se ve muy mal. Esto es lo que ha ganado por trabajar tanto. Ahora él es quien tendrá que ser atendido por un médico.”

    Henry se incorporó a su narración, y dijo, “El mayordomo llamó al médico, pero ya era tarde para mí. Esa noche yo estaba muerto.” Jean exclamó, “¡Quéeee!” Louis dijo, “¡Muerto!” Henry le dijo, “Asi como lo escuchan. Yo estaba muerto, y bien muerto.” Jean dijo, “Pero eso es imposible.” Henry dijo, “Ya ven por qué les dije que era algo increíble. Les voy a contar el resto, si es que estan dispuestos a escucharlo.” Louis dijo, “Por supuesto que queremos escucharlo. Y habla, ya que, si no, seremos nosotros los que moriremos, pero de curiosidad.” Henry continuó, “Aunque la vida habia huido de mí, me daba cuenta de todo lo que sucedía alrededor.” Antonieta lloraba diciendo a su padre, “Padre, no puedo creerlo. Mi amado, mi adorado Henry. Ahora comprendo su extraña conducta. Él estaba enfermo.” El doctor dijo, “Hija, me parte el alma verte sufrir asi. Tienes que conformarte.” Antonieta dijo, “No, nunca me conformare. Cómo pude dudar de él, pensar que ya no me amaba. Debí darme cuenta que algo terrible le sucedía.”

   Yo experimentaba solo una conmoción fría, mientras me llevaban al cementerio, y me ponían en la fosa. No se cuanto tiempo estuve sepultado, y de pronto, escuché una voz, que decía, “¡Henryyyyy…Henryyyy!” Yo pensé, “Alguien me llama.” Seguía escuchando la voz, entonces abrí el ataúd, y pensé, “Debo ir. Tengo que ir a ese llamado…”

   Vestido en una túnica yo mismo, y sintiéndome ligero, avancé a través del cementerio. Siempre recordaré el espanto sombrío de que estaba rodeado. Cuando vi, sentado en una tumba al mismo Diablo. Y dije, “¿Tú eras quien me llamaba?” El misterioso personaje me dijo, “Sí, voy a prestarte un servicio.” Yo le dije, “¿Quién eres?” El me dijo, “Un amigo.” Sentí preocupación, y le dije, “Estoy cansado. Vete y déjame en mi sueño.” El hombre me dijo, “Espera, ¿Te acuerdas de la Tierra?” Yo dije, “No.” El me dijo, “¿Sabes desde cuando duermes?” Le dije, “Lo ignoro.”
   El hombre me dijo, “Yo te lo diré. Estas muerto desde hace dos días. Y tu ultima palabra ha sido el nombre de una mujer, en lugar del del Señor.” El hombre agregó, “Si Satán quisiera, podría apoderarse de ti. Pero tienes suerte, y se te dará otra oportunidad, ¿Quieres vivir?” Yo le dije, “¿Tu eres Satán?” El hombre me dijo, “Satán o no, ¿Quieres vivir y volver a ver a Eloísa?” Entonces dije, “Eloísa…ahora recuerdo…sí. Deseo volver a verla. ¿Qué pides a cambio de permitírmelo?”
    El hombre dijo, “Nada, aunque no lo creas. De vez en cuando, soy capaz de hacer el bien. Esta noche, ella da un baile.” Yo dije, “Vamos, le prometí asistir. Me está esperando.” Me tomó de la mano para guiarme. Sentí un frio terrible que apenas me permitía moverme. El hombre dijo, “No saldremos por la puerta principal, pues el portero no te dejaría pasar. Una vez aquí, no se sale jamás. ¡Ja, Ja, Ja!” El hombre agregó, “Veo que pese al servicio que te hago, no te soy agradable. Asi son los hombres, ingratos con sus amigos. No es que censure la ingratitud, es un vicio que yo inventé, y uno de los más difundidos, pero me gustaría verte menos triste.”
   Yo le seguía, blanco y frio como una estatua de mármol, que un resorte oculto hace moverse. El hombre me continuó diciendo, “Yo me siento muy contento, porque hoy han ocurrido en el mundo cosas que me encantan. He tenido, desde ayer, 622 suicididas… dos mil trescientos cuarenta y seis asesinatos, y esto ha sucedido solo en Europa. En las demás partes del mundo, ni llevo la cuenta. Con ellas me pasa lo que a los mayores capitalistas. No puedo enumerar mi fortuna. Haciendo una media de tres millones de almas que se pierden al día, calcula en cuánto tiempo el mundo entero será mío. Me veré obligado a comprarle a Dios el Paraiso para agrandar el Infierno.” Yo le dije, “Comprendo tu alegría.”
   El hombre continuó, “Lo dices con aire sombrío. No te agrádo, ¿Verdad? Pues deberías estimarme. Piensa qué sería del mundo sin mí. Todos morirían de aburrimiento. ¿Quién inventó el oro, el juego, el amor, los negocios? Yo. No comprendo entonces, porqué  todos parecen odiarme tanto.” Yo, sintiéndome intranquilo, le dije, “¿Nos falta mucho? Tengo la sensación que caminamos sin avanzar.”  
    El hombre dijo, “Estoy tratando de abreviar la ruta, pero no podemos pasar por la puerta. Hay una gran cruz que es mi aduana. Tendría que santiguarme. Y eso sí que no. Puedo hacer un crimen, pero no cometería sacrilegio. Además, como ya te dije, no te dejarían ir. Ten paciencia.” Había en toda esta ironía de mi siniestro compañero, algo de fatal que me paralizaba. Por fin llegamos ante mi casa. Entonces le dije, ¿Cómo vamos a entrar? Todo está cerrado.” El hombre me dijo, “No te preocupes, yo inventé el robo. Tengo una segunda llave de todas las puertas, excepto, la del Paraiso, por supuesto.”
    Entramos, no habia nadie en la casa. Nos dirigimos a mi recámara, prendí las velas de un candelabro, y dije, “Pusieron sello en los muebles. ¿Cómo podre sacar mi ropa?” El hombre me dijo, “Rómpelos, toma lo que te vas a poner, y el oro que tengas guardado, sobre todo eso. Deja los cajones abiertos.” Entonces, yo le dije, “¿El oro? ¿Y para qué?” El hombre me dijo, “Porque mañana la justicia pensará que fue un robo, y encontrará forma de condenar a un pobre diablo. Esa será mi pequeña ganancia.”
    Obedecí, solo pensaba en Eloísa, y cada momento, mis deseos de verla, aumentaba. Una vez vestido apropiadamente para ir a una reunion, dije, “Estoy listo.” El hombre dijo, “Entonces vamos. Ya veras que yo no hago las cosas a medias.” Poco después, estábamos ya en el salón con los invitados. El hombre dijo, “Si que ha organizado una gran fiesta, la dama de tus sueños. Todo se ve deslumbrante.” Yo le dije, “¿Dónde esta ella?” El hombre me dijo, “En el salón principal. Ve a buscarla.”
   Al caminar hacia al salón, vi reflejada en un espejo, mi imagen pálida y sombría. Y pensé, “No, no estoy muerto. Éste no es el cementerio, es un baile, y voy hacia el amor.” Entré en el salón, y la vi en todo el esplendor de su belleza cuando me acerqué. Ella me dijo, “Temí que hubieras olvidado la invitación.” Yo le dije, “Nunca, nada me hubiera impedido asistir…” Eloísa dijo, “El baile es un éxito, y esa actitud me complace. Me siento mejor, la tristeza que me consumía, está desapareciendo.” Yo le dije, “Te ves hermosa, maravillosamente bella.” Entonces, Eloísa me dijo, “Vamos a bailar, no he querido hacerlo con nadie, porque te esperaba.” Entonces pensé, “¿Me amara como yo a ella? Por sus miradas, por sus palabras, creo que no me equivoco.”
   Bailamos una y otra vez. La música nos arrastraba en un torbellino lascivo y rápido. Los invitados se fueron retirando, y finalmente, nos quedamos solos. Mientras bailábamos, Eloísa me dijo, “Si supieras cuánto te ámo.” Yo le dije, “Lo sé, yo también te quiero.” Nos detuvimos de bailar, y le dije, “Daría mi vida por una hora de amor contigo, y mi alma por una noche.” Ella me dijo, “La tendrás…te he esperado tanto…tanto…”
    Me condujo a su recámara, y una vez allí, me dijo, “Espérame aquí, no tardaré” Pero no pude contenerme, y con desesperación, besé esos labios que me enloquecían. Entonces ella me dijo, “Espera, no seas impaciente, vendré en unos minutos.” Antes que pudiera impedirlo, habia desaparecido.
    En la recámara, había un perfume de misteriosa voluptuosidad, imposible de describir. Sentado en un sillón, esperando, pensé, “En toda la habitación, en cada rincón, esta latente su presencia, como si se encontrara aquí. No sé si estoy vivo, o muerto. No sé si esto es el Infierno, o el Paraíso, pero quiero permanecer en éste lugar para siempre.”
   Los minutos que ella estuvo ausente, me parecieron siglos. De pronto entró, y vestida en una bata, me dijo, “Ven, amado mío, ven a mis brazos.” Fue una noche imposible de contar, con placeres desconocidos, jamás imaginados. Eloísa se mostró ardiente, como una Mesalina, casta, como una madona, flexible, como una tigresa, con besos, que quemaban los labios, con palabras, que incendiaban el corazón.
   Cuando amaneció, estando junto a ella, en su lecho, ella me dijo, “Debes marcharte, ya llega el día, y no puedes quedarte aquí, pero por la tarde, cuando empiece a oscurecer, te espero.” Caminé al azar por el campo, durante todo el día. Al anochecer, me presenté en el palacio, para ver a mi amada.
   Cuando el mayordomo me abrió la reja de la propiedad, me dijo, “Señor, ¿A dónde va?” Le dije, “Usted debe de ser nuevo. Y por eso no me conoce. Vengo a visitar a la señora Eloísa Boumillier. Ella me esta aguardando.” El mayordomo se sobresaltó, y me dijo, “¡La señora Boumillier! Ella murió hace tres meses. Éste palacio pertenece ahora al conde de Montparnasse.” Yo exclamé, “¡Noooo!”

   Henry volvió a su narración, y les dijo, “Creo que mi alarido se escuchó en todo Paris. Luego caí desvanecido.” Jean dijo, sobresaltado, "¿Y después?" Henry dijo, sonriendo, "¿Después...? Después desperté, porque todo eso no fue mas que un sueño, que tuve una semana, antes de casarme con mi adorada Antonieta.”    

  Tomado de. Joyas de la Literatura. Año XI. No. 210. Septiembre 15 de 1993. Guión: Herwigd Comte. Adaptación: Emmanuel Hass. Segunda Adaptación: José Escobar.