Cuentos de Wessex, es una colección de
cuentos de 1888, escritos por el novelista y poeta inglés, Thomas Hardy,
muchos de los cuales, transcurren antes de su nacimiento, en 1840.
En sus diversos relatos, Hardy describe la verdadera naturaleza del matrimonio del siglo XIX, y sus restricciones inherentes, el uso de la gramática, como una forma diluida de pensamiento, las disparidades creadas por el rol de clase, en la determinación del rango social, la posición de la mujer en la sociedad, y la gravedad de incluso, enfermedades menores, que causan la rápida aparición de síntomas fatales, antes de la introducción de suficientes prácticas medicinales. Un punto central de todos los relatos, es el de las restricciones sociales, que actúan para disminuir la satisfacción personal en la vida, obligando a matrimonios no deseados, la represión de las emociones genuinas, y la sucumbencia a la melancolía, debido a la constricción, dentro de los confines de la normalidad percibida, del siglo XIX.
Inicialmente, en 1888, la colección
contenía cinco relatos, todos publicados previamente en revistas:
Para la reimpresión de 1896, Hardy añadió un sexto...
Sin embargo, en 1912 revirtió esa
decisión, trasladando, "Una Mujer Imaginativa," a otra
colección, Pequeñas Ironías de la Vida (1894), al mismo tiempo que
transfirió dos de los relatos de ésta última colección, "Una Tradición
de Mil Ochocientos Cuatro" (1882) y "El Húsar Melancólico de
la Legión Alemana" (1890) a, Cuentos de Wessex, para un total
final de siete. historias.
Las Pequeñas Ironías de la Vida, es una colección de cuentos escritos por Thomas Hardy, publicados originalmente en 1894, y republicados con una colección de historias ligeramente diferente, para la Edición Uniforme en 1927/8.
Contenido de la Edición de 1927
Una Mujer Imaginativa.
El Veto del Hijo.
Por Motivos de Conciencia.
En el Circuito del Oeste.
Para Complacer a su Esposa.
Algunos Personajes Costrosos
Tony Kytes, el Archiengañador.
La Historia de los Hardcomes.
Andrey Satchel y el Párroco y el
Secretario.
La Distracción en un Coro Parroquial.
Incidente en la Vida del Sr. George
Crookhill.
La Estantería de Copias de Netty Sargent.
Hay una nota introductoria a la edición revisada, escrita por el autor, que dice lo siguiente sobre el contenido anterior: “De la siguiente colección, el primer relato, ‘Una Mujer Imaginativa’, originalmente se encontraba en los, Cuentos de Wessex, pero se incluyó en este volumen, por estar más cerca de su lugar, girando como lo hace sobre un truco de la naturaleza, por así decirlo, una posibilidad física que puede adjuntar a una esposa de vívidas imaginaciones, como bien saben los médicos, y otros observadores de tales manifestaciones. Los dos relatos titulados «Una Tradición de Mil Ochocientos Cuatro» y «El Húsar Melancólico de la Legión Alemana», que anteriormente se imprimieron en esta serie, también se transfirieron a, Cuentos de Wessex, donde pertenecen de forma más natural. Las modificaciones mencionadas se realizaron por primera vez en la Edición Uniforme de 1927. Las presentes narraciones y bocetos, aunque publicados por separado en diversas fechas anteriores, se recopilaron y publicaron por primera vez, en un volumen en 1894. T.H.
La colección original se publicó como edición de bolsillo, en 1907, (reimpresa nueve veces); la revisión de 1927 se reajustó y se publicó en 1928 (reimpresa en 1929, 1937 y 1953). Seis de los relatos (excepto, “Para Complacer a su Esposa” y “Algunos Personajes Costrosos”,) aparecieron en el clásico de Penguin, El Violinista de los Carretes y Otros Cuentos.
de Thomas Hardy
Longdpuddle, era un tranquilo pueblo inglés, en el que sus habitantes vivían en perfecta armonía. Dos mujeres se encontraban en el pueblo. Una llevaba a una niña de la mano. La otra mujer dijo, “Margarita, tu hija está cada vez más hermosa. Parece un ángel, es la niña más bella que he visto en toda mi vida.” Margarita dijo, “Aunque esté mal decirlo, porque soy su madre, no puedo dejar de reconocer que asi es.”
La mujer dijo, “Todo el pueblo se siente orgulloso de ella. No hay en cien leguas a la redonda, nadie que se le pueda comparar.” Margarita dijo, “Espero que su belleza le ayude en el futuro, a encontrar un buen marido.” La mujer dijo, “No lo dudes. Amelia tendrá tantos pretendientes que podrá elegir al más rico, al más apuesto, o al que reúna esas dos cualidades.” Margarita, la madre de Amelia, dijo, “Solo deseo que la quiera mucho, y le dé, una buena vida.” La niña Amelia al crecer, fue aumentando la belleza. Un día, en la tienda de abarrotes, la dueña dio la bienvenida a la pequeña niña, y le dijo, “Toma esto, preciosa. Me agrada tanto que vengas a comprar. Es un regalo a tu presencia.” Dos señoras del pueblo, vieron aquello. Ya la niña tenía algo de fama en el pueblo. Entonces, una de las señoras comentó, “Esa criatura tiene los ojos más azules que el mismo cielo. ¡Y sus pelos! Son verdaderas hebras de oro.” Todos se deshacían en alabanzas, al ver a la pequeña Amelia, y ésta ya acostumbrada, lo tomaba como algo natural. Otra de las señoras que veían a Amelia en los abarrotes, dijo, “Amelia no tendrá rival cuando llegue a la edad de tener novio. Podrá casarse con el muchacho que decida.” Pero meses después, tres señoras tomaban el té, y conversaban sobre las cosas del pueblo. Una de ellas dijo, “Me enteré ayer que llegó una nueva familia al pueblo. Un matrimonio con una hija.” Otra de las señoras dijo, “Se instalaron en la casa que está a media cuadra de la mía. Esa que permaneció tanto tiempo desocupada.” La primera señora, quien era la anfitriona, dijo, “¿Ya hablaste con ellos? ¿Qué tipo de gente es?” La segunda dama, que tambien estaba enterada, dijo, “Al parecer son personas tranquilas. Se apellidan Brönte, y heredaron la casa. Era de la tía del señor Brönte.” Tras una pausa, la señora agregó, “Estoy segura que los padres no darán de qué hablar, pero la hija sí. Tiene diez años, y es tan hermosa, que uno se queda sin aliento al verla.” Otra de las señoras dijo, “¡Cómo!...No me dirás que es más bonita que Amelia…” La anfitriona dijo, “Para mi gusto, sí. La pequeña Brönte tiene el pelo negro como el ébano, los ojos de un verde intenso, y sus facciones son perfectas.” La otra dama dijo, “No dudo que sea bonita, pero de ahí a ser mejor que Amelia, lo veo difícil.” La dama anfitriona dijo, “Ya la verán, hasta el momento todos los que la han conocido, han quedado impactados.” La otra señora dijo, “Seguramente asistirá a la iglesia, y ahí podremos darnos cuenta si realmente es rival para Amelia.” Al día siguiente, al salir de la iglesia, las tres damas comentaron entre sí. Una de ellas dijo, “Tenias razón, es una niña preciosa, mucho más que Amelia.” Pero otra de las damas dijo, “No estoy de acuerdo. Yo la considero bonita, pero nada más.” Desde ese momento se formaron dos bandos en el pueblo. En la escuela, las alumnas que compartían el aula con Amelia, comenzaron a comentar. Una de las niñas dijo, “Amelia está furiosa. Ya no puede presumir de ser la más bonita de Longpuddle y sus alrededores.” Otra niña dijo, “Me alegra tanto. Es tan antipática.” Enseguida, otra de las niñas dijo, “Vengan, le preguntaremos que opina de Leonora.” La otra niña dijo, “Estoy seguro que la odia. ¿Se han fijado que ni la mira? Bueno, por lo menos cuando sabe que la estan observando.” A continuación, las alumnas se acercaron a Amelia. Una de ellas dijo, “Hola Amelia. ¿Cómo te sientes ahora que llego al pueblo una niña más hermosa que tú?” Amelia dijo, “Eso no es verdad. Leonora no es fea pero nunca se podrá comprar conmigo. Mucha gente me lo ha dicho.” Otra de las niñas dijo, “Pues mucha otra opina diferente. Leonora además de bonita, es amable y buena amiga.” Amelia dijo, “No me importa lo que ustedes digan, siempre me han envidiado. Déjenme tranquila.” La niña dijo, “Sí, dejémosla. Alla está Leonora, vamos con ella. La invitaré a jugar a mi casa.” Otra niña dijo, “Es muy divertida. Yo la invite ayer, y la pase muy bien en su compañía.” Mientras tanto, Amelia hablaba con una amiga de ella. Amelia dijo, “Las oigo y odio a Leonora. Desde que llegó, ya nada es lo mismo para mí.” Una amiga de Amelia le dijo, “No les hagas caso. Tú eres la más bonita.” Amelia dijo, “Lo sé, pero algunos dicen lo contrario, solo para mortificarme.” Su amiga le dijo, “Son los menos. Yo que tu, no me preocuparía.” En los años siguientes, Amelia y Leonora se transformaron en rivales irreconciliables. Un día, en una reunion social, Leonora bailaba con un apuesto caballero. Amelia dijo a su amiga, “Mírala, se siente la reina. Desde que se hizo novia de Ricardo, no hay nadie que la soporte.” Su amiga le dijo, “Ricardo es el mejor partido de este lugar, y esa tonta lo conquistó.” Su amiga le dijo, “Tú tienes la culpa. Aprovechó que te marchaste a casa de tus tíos, y te quedaste allá durante un año.” Amelia dijo, “Pero ya estoy de regreso, Clara.” Clara le dijo, “Un poco tarde. Ya tienen fecha para la boda. Sera dentro de seis meses.” Entre tanto, la pareja hablaba entre ellos, en la terraza, frente a una luna llena. Ricardo dijo, “Eres tan hermosa, Leonora, que no me canso de mirarte. Aun no puedo creer que seas mi novia, y nos vayamos a casar.” Leonora le dijo, “Amor mío, yo te adoro, eres toda mi vida y lo que más deseo en el mundo es ser tu esposa. Vamos a ser tan felices.” Eran jovenes llenos de ilusiones, y se amaban. Cuando los enamorados regresaron al salón. Al verlos llegar, Clara dijo a Amelia, “Mira a esa pareja. Deben haber estado jurándose amor eterno a la luz de la luna.” Amelia dijo, “Creo que ese es el momento de ir a saludar a Ricardo. Seguramente le agradará ver que regresé. Era uno de mis admiradores.” Amelia rápidamente se acercó a la pareja, y dijo, “¡Ricardo, ¿Cómo estás? Espero que te acuerdes de mí.” Ricardo dijo, “¡Amelia! Pero, como voy a olvidar a una mujer tan bella.” Amelia se molestó, y dijo, “Sigues tan adulador. Siempre decías que no existía nadie más hermosa que yo.” Ricardo dijo, “Y no mentía, y tampoco ahora, al decir que lo estas más aún.” Amelia dijo, “Ricardo, quizá tu acompañante se sienta poco halagada al escucharte, aunque sea verdad lo que dices.” Ricardo dijo, “Leonora de ninguna manera se sentirá ofendida, pues para mí, ella es la más perfecta de las mujeres.” Leonora dijo, “Ricardo y yo nos vamos a casar. Estoy tan segura de su amor, que nada de lo que diga, me puede ofender.” Amelia dijo, “Nunca se debe estar segura de nada, La vida a veces da sorpresas inesperadas.” Amelia agregó, “Me imagino que no te importara que baile con Ricardo. Él y yo somos viejos amigos…y tu estas tan segura de su amor…” Leonora dijo, “No, no me importa. Pueden bailar. No está bien que Ricardo rechazara tu invitación…” Mientras Ricardo y Amelia bailaban, llegaron dos conocidas de Leonora. Una de ellas dijo, “Si yo fuera tú, no hubiera permitido que Ricardo bailara con esa arpía. No me extrañaría que tratara de quitártelo.” Leonora dijo, “Si lo intenta, perderá su tiempo. Ricardo me ama tanto como yo a él.” Mientras tanto, Amelia decía a Ricardo, “Durante todo el tiempo que estuve ausente, siempre te recordé Ricardo. En cambio, tú nunca pensaste en mi ¿Verdad?” Ricardo dijo, “No lo creas, tú eres de las mujeres inolvidables.” Amelia le dijo, “Quizá, pero no para ti. En un tiempo me pretendiste, pero…ahora estas comprometido con Leonora.” Ricardo dijo, “Sí…nos vamos a casar…” Amelia le dijo, “¿Estas…realmente enamorado?” Ricardo dijo, “Quiero mucho a Leonora, estoy seguro que será una magnifica esposa.” En ese instante se detuvo la musica. Amelia llevo a Ricardo con Leonora. Y le dijo, “Te devuelvo a tu novio, Leonora…espero que me inviten a la boda.” Horas después, Amelia se arreglaba el pelo junto a su espejo tocador, pensando, “No voy a permitir que Leonora se case con Ricardo. Él es el mejor partido del pueblo. Siempre me gusto. Lo quiero para mí. Si habrá una boda, dentro de seis meses, pero será la mía. Leonora me pagara lo que sufrí de niña, cuando ella llegó al pueblo. Yo, era la reina, la única. Todos me admiraban y de pronto aparece Leonora, y todo cambio para mí. Ahora demostraré a todos quien es la más hermosa, quien es la más fuerte y quien es la mas poderosa.” Desde ese día, prácticamente acosó al joven, apareciendo ante el a todas horas. Un día Amelia lo encontró caminando en el pueblo, y le dijo, “Me alegro de haberte encontrado. Se que eres un experto en todo lo que se trata de rosas.” Ricardo le dijo, “Bueno, es un hobby apara mí. Me he dedicado a cultivarlas y he logrado algunas especies muy hermosas.” Amelia le dijo, “Son mis flores preferidas. Cuido con especial esmero las que hay en el jardin de mi casa, pero no florean como desearía.” Ricardo le dijo, “Quizá necesitan abono, o estan plantadas en un lugar inadecuado.” Amelia dijo, “Ricardo, ¿Irías a ver mis plantas? Asi me podrías aconsejar sobre el cuidado que debo darles.” Ricardo dijo, “Lo haré encantado. Esta misma tarde pasaré por tu casa.” El joven no acudió únicamente esa tarde. Con uno u otro pretexto, Amelia lograba que fuera a visitarla con frecuencia. Un día, Amelia lo recibió en su jardin y le dijo, “Gracias a tus indicaciones los rosales estan llenos de flores, menos este. ¿No comprendo por qué?” Ricardo le dijo, “Quizá esta triste porque su linda dueña, no le da la atención que él desea.” En tanto, dos amigas de Leonora tomaban el té con ella. Una de sus amigas dijo, “Cuando venía para acá, pase por la casa de Amelia, y estaban ella y Ricardo en el jardín.” La otra amiga dijo, “Leonora, no deberías permitir que él la visite. Amelia es una descarada, y no dudo que esté tratando de quitártelo.” Leonora dijo, “Tengo confianza en mi novio. Se que me quiere. Lo ofendería si le mostrara que dudo de él.” Su amiga le dijo, “Tu sabrás lo que haces pero yo no estaría tan confiada.” Cuando Leonor quedo sola, pensó, “Tienen razón. Ricardo visita con demasiada frecuencia a Amelia, con el pretexto de darle consejos sobre rosales. Le pediré que no vaya más. Amelia y yo nunca nos hemos querido, y no sería extraño que trate de hacerme una mala jugada.” Leonora no podía imaginar lo que estaba sucediendo en ese mismo instante. Sentados en una banca del jardin de Amelia, Ricardo decía a Amelia, “Hoy te he notado triste. Tú siempre eres tan alegre. No te he visto reír ni una vez desde que llegue.” Amelia dijo, “Es que cuando se esta sufriendo, es difícil reír, Ricardo.” Ricardo le dijo, “¿Qué te sucede? ¿Quieres contármelo?” Amelia dijo, “Desearía hacerlo…pero…la verdad es que estoy enamorada, y el hombre que amo, no es libre.” Ricardo dijo, “¿Está casado?” Amelia dijo, “No, pero quizá sería mejor que asi fuera, porque entonces sabría que no tengo la menor esperanza.” Ricardo dijo, “No comprendo.” Amelia le dijo, “No quieres comprender. El hombre que amo eres tú, que ni siquiera te das cuenta de mi existencia.” Amelia se levantó. Ricardo exclamó “Amelia…yo…” Amelia dijo, “Por favor, no digas nada y vete…me siento tan avergonzada…jamás debí decírtelo…nunca podré volver a mirarte a la cara.” Amelia comenzó a llorar. Ricardo se acercó y le dijo, “No llores, no soporto verte asi…Amelia, no debes sentir vergüenza…yo haría cualquier cosa por hacerte feliz…” Amelia dijo, “Ricardo, lo único que me haría feliz, seria tu amor…” Antes de que él pudiera responder, Amelia lo besó, en un largo beso. Amelia, teniéndolo abrazado del cuello, dijo, “Ricardo, dime que me amas, dime que me quieres, tanto como yo a ti. ¡Por favor dímelo!” Ricardo dijo, “Amelia…yo…si, te quiero. Me enloqueces, te has adueñado de mi voluntad, de mi corazón…” Con desesperación, Ricardo unió sus labios a los de la mujer que habia despertado en él, una loca pasión. Entretanto, la madre de Leonora hablaba con su hija, “Hija, ¿No ha venido Ricardo a visitarte? Ya es tarde.” Leonora dijo, “No madre, creo que tenía algo que hacer, cosas de sus negocios.” Su madre le dijo, “Es un hombre muy trabajador y responsable. No podría pedir mejor esposo para ti, hijita.” Leonora pensó, “No puedo decirle que tengo miedo. No sé por qué, pero temo que mi felicidad está amenazada.” Al día siguiente, Ricardo visitó a Leonora, su prometida. Leonora lo recibió, y preparó una silla para que ambos estuvieran uno frente al otro. Leonora le dijo, “Ricardo, ¿Qué te sucede? Últimamente te noto muy extraño, preocupado, triste…” Ricardo le dijo, “Son figuraciones tuyas…no tengo nada…” Leonora le dijo, “Imagino que, como yo, estas nervioso por la boda…pero aún faltan algunos meses, amor…¡Ah! Deseo pedirte algo.” Ricardo se levantó de su asiento, y dijo, “¿Qué cosa?” Leonora dijo con voz firme, “No quiero que vuelvas a visitar a Amelia. Ella y yo nunca nos hemos llevado bien y…” Ricardo le dio la espalda, y dijo, “Leonora, no me agrada que me des órdenes.” Leonora le dijo, “Ricardo, ¿Qué dices? Yo solo te estoy pidiendo que no veas a Amelia. Eres mi novio, y no está bien que frecuentes a otra mujer…además, ella siempre ha sido una coqueta, me odia, y es capaz de cualquier cosa por hacerme daño…” Ricardo le dijo, “¿Insinúas que hasta sería capaz de tratar de conquistarme?” Leonora le dijo, “Si, Amelia no se detiene ante nada para…” Ricardo dijo, “¡Basta! No voy a permitir que sigas hablando de ella.” Leonora le dijo, “¡Ricardo, te pones de su parte! Yo soy tu novia, la mujer con la que te vas a casar, y creo tener derecho a…” Ricardo dijo, “Leonora, creo que es mejor aclarar las cosas de una vez. Ya no te quiero. Deseo terminar nuestro compromiso.” Leonora le dijo, “¿Qué estás diciendo? No puede ser…Te has enojado por eso…” Ricardo le dijo, “No…lo lamento, yo pensaba que te amaba, pero…me he dado cuenta que no es asi…por favor, perdóname.” Leonora dijo, “¿Perdonarte? ¿Cómo puedo perdonar que me destroces el corazón, mi vida entera? ¿Qué te hizo dejar de amarme…? ¿Amelia?”Ricardo dijo, “Ella no tiene la culpa…solo yo…la amo, Leonora, y por eso no me puedo casar contigo, por favor, compréndeme.” Leonora se encolerizó, y dijo, “Ricardo, vete, vete con ella, y ojalá no tengas que arrepentirte algún día.” Ricardo dijo, “Adiós Leonora.” Leonora se quedó llorando, y dijo, en su soledad, “No, no puede ser…él es toda mi vida…no puedo creer que lo he perdido, perdido para siempre.” Con el pasar de los días, y las semanas, el sufrimiento fue cambiando a Leonora. Un dia, una de sus amigas la visitó, y le dijo, “Amelia es una descarada, y él, un sinvergüenza. Se pasean juntos por todas partes. Creo que ya fijaron la fecha de la boda.” Leonora dijo, “Por favor, no digas nada más. Me hace mucho daño saber de ellos.” Pero fue imposible que Leonora no se enterará del día en que su amado, y su peor enemiga, se unieron para el resto de la vida, y pensaba recostada en su cama, “No puedo soportar el dolor que siento. En éste momento, ya deben estar casados.” Y asi era. La feliz pareja, estaba convertida en marido y mujer. Al salir de la iglesia, acompañada de su nuevo esposo, Amelia pensó, “Ricardo es mío, ya nadie me lo podrá quitar.” Meses después, Amelia y Leonora se encontraron en el pueblo. Al ver Amelia que Leonora no la saludo, Amelia le dijo, “¡Leonora espera!” Leonora le dijo, “¿Qué deseas?” Amelia le dijo, “Creo que ya no deberías guardarme rencor. En el corazón no se manda, y tu deberías comprender que el de Ricardo, se inclinó por mí.” Leonora dijo, “No se inclinó por ti, tú lo embabucaste. Te propusiste quitármelo, y lo lograste, ahora déjame tranquila.” Amelia dijo, “Como quieras, no te voy a discutir. Soy demasiado feliz, especialmente hoy, y por eso deseo hacer las paces contigo.” Leonora dijo, “Ojalá te dure la felicidad que tanto alardeas, Amelia, porque todo se paga en esta vida.” Amelia dijo, “Eres una amargada, por eso Ricardo te dejó. Asi te quedarás solterona, Leonora, debes cambiar ese terrible carácter.” Leonora dijo, “No te estoy pidiendo consejos, y no me vuelvas a dirigir la palabra.” Amelia dijo, “Como desees. Yo solo quería decirte que voy a tener un hijo. Me siento tan dichosa. Espero sea igual a Ricardo.” Leonora dijo, “Mejor desea que él no pague las culpas de sus padres. La vida da muchas vueltas, Amelia, muchas.”
Asi transcurrió el tiempo, y un día, una amiga de Leonora la visitó, y le dijo, “¿Ya te enteraste que Amelia tuvo un niño? Nació ayer.” Leonora, quien estaba recostada en un sillón de su sala, le dijo, “No lo sabía, y no me interesa. Mi mayor preocupación ahora, es mi padre. No está bien de salud, y el medico no se muestra nada optimista.” El señor Brönte padeció una larga enfermedad, que finalmente lo llevó a la tumba, dejando solas a su hija y esposa. Un día, la viuda de Brönte le dijo Leonora, su hija, “Leonora, hemos quedado casi en la miseria. En estos últimos años, gastamos casi todos los ahorros que teníamos.” Leonora le dijo, “No te preocupes, mamá, nos adaptaremos a vivir en forma modesta. Realmente no tenemos muchos gastos, ni necesidades.” Su madre dijo, “Hija, no lo lamento por mí, sino por ti. Tu pobre padre, habia guardado ese dinero para dejártelo, cuando nosotros faltáramos.” Leonora dijo con tristeza, “Era necesario ocuparlo durante la enfermedad. Fueron cinco largos años. Pobre papa, por fin Dios se apiadó de él. Sufrió tanto.” Entretanto, en el hogar de Ricardo, un niño que ya andaba, jugaba en la sala, Amelia bordaba, y Ricardo, estaba sentado en un sillón. Amelia dijo, “¿Qué te sucede ahora? Llevas más de una hora sentado allí, y no has dicho una palabra.” Ricardo se molestó, y dijo, “¿Y qué quieres que diga? ¿No me puedes dejar nunca tranquilo? Si hablo, te molesta, y si estoy en silencio, también.” Amelia dijo, “Porque siempre que me hablas, es para reprocharme algo, y si estas callado, pienso que piensas en esa.” Ricardo dijo, “Por favor, Amelia, me case contigo, ¿No? Y no me gusta discutir delante del niño, asi que mejor me voy a la calle.” Mientras lo veía partir, Amelia pensó, “Siempre lo mismo. Que feliz hubiera sido yo, si no existiera esa maldita Leonora. Ella es una sombra eterna en mi vida.” Tras una pausa, Amelia pensó para sí, “Siempre he sentido, entre Ricardo y yo, una barrera, y es por Leonora. No sé si la ama, pero no la ha olvidado.” Amalia tomó a su hijo en sus brazos, y pensó, “En cambio yo, lo amo con toda el alma. Por eso, adóro a éste pequeño, que es parte de él, y mía.” Cuatro años después, la madre de Leonora yacía en cama enferma. Entonces, la madre de Leonora dijo, “Hija, aunque trates de hacerme creer lo contrario, me queda poca vida, bien lo sé, y lo único que lamento, es que te dejare sola.” Leonora dijo, “Mamá, no hables asi. Te curaras, el doctor dijo…” Su madre la interrumpió, “No sigas, Leonora, el señor Carlos Palmely, te pretende, desde hace un año, es un buen hombre…tranquilo…silencioso…te quiere…cásate con él …ya has cumplido treinta años…yo moriría tranquila. Él te cuidará, te protegerá.” Leonora exclamó, “Pero, madre, yo…” Su madre dijo, “Hija, aunque no lo ames, tendrás una buena vida a su lado.” Leonora dijo, “Tienes razón…me casare con él …no lo amo, pero se ha ganado mi cariño…” Su madre dijo, “Gracias hija, podre ir a reunirme tranquila con tu padre, sabiendo que no quedaras sola.” Leonora llevaba seis meses de casada con Carlos Palmely, cuando su madre dejó éste mundo. Mientras era enterrada, Leonora pensó, “Madre adorada, como te voy a extrañar. No conocerás al hijo que espero, tú que tanto deseabas tener nietos.” Meses después, Leonora veía a su hijo recien nacido en su cuna, y pensaba, “Hijito, serás la luz de mi vida. No habrá en el mundo un niño más amado que tú.” Entre mimos y cuidados, el pequeño fue creciendo. Una mañana, Leonora tenía a su hijo en sus brazos, en su recamara, entonces Carlos llego y Leonora le dijo, “¿Ocurre algo, Carlos? Estos últimos días te he notado preocupado.” Carlos le dijo, “Las cosas no van bien, Leonora, creo que no debi poner en riesgo mi propio negocio, y gastar el dinero de la venta de la casa de tus padres.” Leonora le dijo, “Pero, no lo invertiste todo. Me dijiste que solo ocuparías la mitad.” Carlos dijo, “Eso pensaba, pero tuve que tomar el resto para gastos que se fueron presentando.” Leonora dijo, “¿Eso significa que nos hemos quedado sin nada?” Carlos dijo, “Desgraciadamente asi es, pero te júro que voy a trabajar día y noche para recuperar ese dinero.” Leonora dijo, “No me importaría, si no tuviéramos a Jorgito. Es para él, para quien deseaba ahorrar, lo único que me dejaron mis padres.” Carlos dijo, “Perdóname, Leonora, cometí un gran error del que ahora me arrepiento.” Pero por más que trató, las cosas fueron de mal en peor, y cuatro años después, la pareja se encontraba en la ruina total. Entonces, un día, Carlos dijo a Leonora, “Perdí el negocio. Mis acreedores se quedaron con él. Leonora, no tenemos nada, y aun debo mucho dinero.” Leonora dijo, “¿Dios santo! ¿Qué será de nuestro hijo? Yo que soñaba con darle una buena educación.” Carlos dijo, “Yo también, Leonora. Tú y el son lo más importante para mí. Nunca te lo dije, pero te amo mucho, siempre te he amado.” Dos días después... ...Carlos murió mientras dormía. Entonces, Leonora, fue a la recamara de su hijo, quien dormía, y pensó, “¡Que solos hemos quedado, hijito mío! Tu padre no soporto, tanta desventura, y nos dejó. Fue un buen marido, lamento tanto no haberle dicho nunca que lo quería, porque si llegué a quererlo, y mucho. Ahora deberé preocuparme de ti, yo sola, hijo. No sé qué va a ser de nosotros. Ojalá Dios me ayude.” Un año después, Leonora lavaba ropa en un lavadero comunitario. Entonces, una mujer que lavaba junto a ella, le dijo, “Doña Leonora, ¿Ya se enteró de la noticia? Anoche murió Don Ricardo Winter.” Leonora dijo, “¿Murió Ricardo? No puede ser…pero si era fuerte…sano…” La mujer dijo, “Pues, ya ve. La muerte no respeta nada. Dicen que le dio un ataque al corazón. Mañana lo van a enterrar.” Leonora pensó, “Tambien Ricardo se ha marchado para siempre. Cuánto le amé, siempre en mi corazón hubo un lugar para él, y siempre lo habrá.” Después del sepelio de Ricardo Winter, dos señoras fueron a visitar a Amelia, ya viuda. Una de las señoras dijo, “Comprendemos tu inmenso dolor, pero tienes a tu hijo, y él te ayudara a sobre ponerte.” Amelia dijo, “Mi Edgar es todo para mi en el mundo. Es la mejor herencia que pudo dejarme Ricardo.” La otra mujer dijo, “Y tambien te dejo con que vivir, sin tener que preocuparte del futuro. En cambio, otras viudas quedan en la más completa miseria.” La primera mujer dijo, “Sin ir más lejos, la pobre Leonora, su marido no era un mal hombre, pero si un completo fracaso en los negocios.” Amelia les dijo, “Ya me enteré, que está en pésima situación.” La segunda mujer le dijo, “La pobre trabaja planchando ropa ajena, y aun asi, apenas le alcanza para ella y su hijo.” La primera mujer dijo, “El niño acaba de cumplir doce años. Si por lo menos pudiera trabajar para ayudarla, pero es demasiado pequeño aún.” La segunda mujer dijo, “La verdad es que Leonora no ha tenido suerte en la vida, en cambio tú, no te puedes quejar, Amelia.” Amelia dijo, “No crean, tambien he tenido que soportar grandes pesares, como la muerte de mis padres, y ahora, la de mi marido.” La primera mujer le dijo, “Es verdad, pero te casaste con el hombre que amabas, y él te adoraba. Fueron veintiún años de feliz matrimonio para ti.” La segunda mujer dijo, “Leonora no puede decir lo mismo. Ricardo la dejó, casi al pie del altar.” Amelia se preocupó, y dijo, “Por favor, hace tanto tiempo de eso. No quiero recordarlo ahora que mi esposo se marchó para siempre.” Cuando Amelia quedo sola, pensó, “Si supieran que mi matrimonio no fue todo lo feliz que soñé, porque la sombra de Leonora, no lo permitió. Jamás pude evitar sentirme celosa, por más que él me juraba, que era a mí a quien amaba. Creo que nunca quedaré tranquila, hasta que la vea humillada ante mí, siempre se muestra tan orgullosa, y altanera.” Dos meses después, Amelia encontró la oportunidad que esperaba. Amelia vio por la ventana que Leonora pasaba por su casa, y entonces Amelia salió, y le dijo, “Leonora, quiero hablar contigo. Por favor, pasa un momento. Creo que ya es hora de que olvidemos el pasado.” Leonora le dijo, “Yo hace mucho que lo olvidé, Amelia.” Como para demostrar que no mentía, Leonora entró en la casa. Entonces, Amelia le dijo, “Me he enterado que pasas por una situación económica difícil, y deseo proponerte algo.” Leonora dijo, “No veo porque te preocupas por mí. No te he pedido ayuda.” Amelia le dijo, “Por favor, escúchame, ahora ambas somos viudas y madres. Sé que tu hijo no va a la escuela, porque no te es posible darle una educación. Yo necesito un muchacho para los mandados. Déjalo que venga a trabajar conmigo, y también lo envaré al colegio.” Leonora dijo, “¿Pretendes que mi hijo sea tu empleado?” Amelia le dijo, “No lo tomes a mal. Él vivirá aquí. No te niegues, podría estudiar, y a la vez ganar dinero.” Leonora dijo, “Lo pensaré…” Dos días estuvo dando vueltas a la proposición de Amelia. Mientras planchaba, Leonora pensó, “Tendré que aceptar. Con lo que gano, apenas me alcanza para vivir. Aún estoy pagando deudas que Carlos dejó. No quiero que mi pequeño sea un ignorante. Me tragare el orgullo, y lo envaré a casa de Amelia.” Asi, el niño fue a instalarse a la casa de la viuda rica. Transcurrieron dos meses, y una tarde, Amelia dijo al niño, dándole un paquete, “Jorge, ve al pueblo vecino, y lleva éste paquete a la señora Ellen Smith.” Pero Jorge le dijo, “Señora, ¿No podría ir mañana? Ya es tarde, y no alcanzare a regresar, antes de que oscurezca. Me da miedo cruzar el bosque…” Pero Amelia le dijo, “¿Acaso no eres un hombre? Di mejor que tienes flojera. Ponte ya en camino, y déjate de disculpas tontas.” Jorge dijo, “Por favor. No me obligue. Le prometo que partiré bien tempranito…” Pero de nada valieron las suplicas del niño. Amelia fue implacable, y pensó, “Es un holgazán, esto le servirá de lección. Lo mando al colegio, le pago, ¿Qué más quiere? Le tengo demasiadas contemplaciones.” Por más que Jorge corrió a cumplir el mandato, no logro regresar antes de que cayera la noche. Mientras Jorge caminaba en el bosque a oscuras, pensó, “Tengo tanto miedo…muchas veces he escuchado que hay animales terribles en éste bosque, y que salen cuando oscurece.” Apenas podía caminar, del terror que sentia, cuando, un animal se le abalanzó. Jorge exclamó, “¡Aaaaah!” El niño perdió todo control, y su imaginación afiebrada, le hizo ver espantosos monstruos que le rodeaban. Se lanzó en loca carrera, hasta que cayó dando un espantoso alarido. “¡Aaaaah!” Al día siguiente, un hombre se presentó, con un niño en brazos, a casa de Leonora, quien, al verlo llegar, exclamó, “¡Mi hijo! ¿Qué le ha sucedido a mi hijo?” El hombre, quien iba acompañado de una mujer, dijo, “Lo encontramos en el bosque, Leonora. Está muerto.” El niño fue enterrado, y Leonora quedo sumida en un terrible dolor, pensando, “¡Maldita sea Amelia! Primero me quito al hombre que amaba, y ahora a mi hijo, mi adorado pequeño. Ella lo mató. Me voy a vengar, aunque sea lo último que haga. Me las pagará. Tambien llorara lágrimas de sangre, como yo ahora.” Entretanto, Amelia atendía a un grupo de señoras, en su dispendio, quienes hablaban sobre la muerte del niño. Una de las presentes dijo, “Ayer vi a Leonora. La pobrecilla está inconsolable.” Amelia dijo, “Es comprensible. Fue una lástima que su hijo muriera en ese lamentable accidente.” Pero la señora le dijo, “Creo que Leonora está perdiendo la razón. La culpa a usted, de la muerte del niño.” Entonces Amelia dijo, “¿A mí? ¿Por qué? No falleció en mi casa. Yo nada tuve que ver, y tengo la conciencia muy tranquila.” Otra de las señoras presentes dijo, “Tiene razón. Usted solo le daba trabajo. Jorge era un muchachito nervioso, y débil. Yo siempre pensé que moriría joven.” Amelia dijo, “Leonora nunca me ha querido. Hice mal en tratar de ayudarla. No se puede ser buena, en este mundo.” La vida en el pueblo continuó sin novedades, y dos años después, de la trágica muerte de Jorgito Palmley, una sobrina de Carlos, era recibída en casa de Leonora. Leonora le dijo, “Querida Amelia Harriet, laménto mucho lo de tu madre, pero me satisface que vengas a vivir conmigo. Estoy tan sola.” Amelia le dijo, “Ella ante de morir, me dijo que viniera a tu lado. A pesar de que eres viuda de mi tío Carlos, no tengo otra parienta.”
Esa noche, la Leonor y Harriet, cenaban juntas. Entonces Leonor dijo, “No te habia visto ese corazón de medallón. ¿Era de tu madre?” Harriet dijo, “No, me lo regaló Edgard hoy. Me pidió que me casára con él.” Leonor le dijo, “¿Y lo aceptaste?” Harriet dijo, “Le dije que antes debe transformarse en un hombre de mundo, y tener una situación propia, no depender económicamente de su madre. Decidió marcharse a Monksbury, por un tiempo, y allí aprender a comportarse como un caballero. Al regreso, le pedirá a su madre la herencia que le corresponde. La verdad tía, Edgard es el mejor partido de éste lugar.”
Tomado de. Joyas de la Literatura, Año X, No. 205, Julio 1ro. de 1993. Guion: Herwigd Comte. Adaptación: Emmanuel Has. Segunda Adaptación: José Escobar.