Club de Pensadores Universales

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sábado, 2 de mayo de 2026

Los Winter y los Palmeley de Thomas Hardy

   Cuentos de Wessex, es una colección de cuentos de 1888, escritos por el novelista y poeta inglés, Thomas Hardy, muchos de los cuales transcurren antes de su nacimiento, en 1840.

   En sus diversos relatos, Hardy describe la verdadera naturaleza del matrimonio del siglo XIX, y sus restricciones inherentes, el uso de la gramática como una forma diluida de pensamiento, las disparidades creadas por el rol de la clase, en la determinación del rango social, la posición de la mujer en la sociedad, y la gravedad de incluso, enfermedades menores, que causan la rápida aparición de síntomas fatales, antes de la introducción de suficientes prácticas medicinales.
    Un punto central de todos los relatos, es el de las restricciones sociales que actúan para disminuir la satisfacción personal en la vida, obligando a matrimonios no deseados, la represión de las emociones genuinas, y la sucumbencia a la melancolía, debido a la constricción dentro de los confines de la normalidad percibida del siglo XIX.

Contenido

     Inicialmente, en 1888, la colección contenía cinco relatos, todos publicados previamente en revistas:

"Los Tres Desconocidos" (1883).

"El Brazo Marchito" (1888).

"Compañeros de Ciudad" (1880).

"Intrusos en el Knap" (1884).

"El Predicador Distraído" (1879).

    Para la reimpresión de 1896, Hardy añadió un sexto...

"Una Mujer Imaginativa" (1894).

   Sin embargo, en 1912 revirtió esa decisión, trasladando, "Una Mujer Imaginativa," a otra colección, Pequeñas Ironías de la Vida (1894), al mismo tiempo que transfirió dos de los relatos de ésta última colección, "Una Tradición de Mil Ochocientos Cuatro" (1882) y "El Húsar Melancólico de la Legión Alemana" (1890) a, Cuentos de Wessex, para un total final de siete. historias.

   Las Pequeñas Ironías de la Vida, es una colección de cuentos escritos por Thomas Hardy, publicados originalmente en 1894, y republicados con una colección de historias ligeramente diferente, para la Edición Uniforme en 1927/8.

Contenido de la Edición de 1927

Una Mujer Imaginativa.

El Veto del Hijo.

Por Motivos de Conciencia.

Una Tragedia de Dos Ambiciones.

En el Circuito del Oeste.

Para Complacer a su Esposa.


El Violinista de los Carretes.

Algunos Personajes Costrosos

Introducción.

Tony Kytes, el Archiengañador.

La Historia de los Hardcomes.

La Historia del Hombre Supersticioso

Andrey Satchel y el Párroco y el Secretario.

La Experiencia del Viejo Andrey como Músico.

La Distracción en un Coro Parroquial.

Los Winters y los Palmley.

Incidente en la Vida del Sr. George Crookhill.

La Estantería de Copias de Netty Sargent.

     Hay una nota introductoria a la edición revisada, escrita por el autor, que dice lo siguiente sobre el contenido anterior: “De la siguiente colección, el primer relato, ‘Una Mujer Imaginativa’, originalmente se encontraba en los, Cuentos de Wessex, pero se incluyó en este volumen, por estar más cerca de su lugar, girando como lo hace sobre un truco de la naturaleza, por así decirlo, una posibilidad física que puede adjuntar a una esposa de vívidas imaginaciones, como bien saben los médicos, y otros observadores de tales manifestaciones.
  Los dos relatos titulados «Una Tradición de Mil Ochocientos Cuatro» y «El Húsar Melancólico de la Legión Alemana», que anteriormente se imprimieron en esta serie, también se transfirieron a, Cuentos de Wessex, donde pertenecen de forma más natural. Las modificaciones mencionadas se realizaron por primera vez en la Edición Uniforme de 1927. Las presentes narraciones y bocetos, aunque publicados por separado en diversas fechas anteriores, se recopilaron y publicaron por primera vez, en un volumen en 1894.
T.H.

La colección original se publicó como edición de bolsillo, en 1907, (reimpresa nueve veces); la revisión de 1927 se reajustó y se publicó en 1928 (reimpresa en 1929, 1937 y 1953). Seis de los relatos (excepto, “Para Complacer a su Esposa” y “Algunos Personajes Costrosos”,) aparecieron en el clásico de Penguin, El Violinista de los Carretes y Otros Cuentos.

Los Winter y los Palmley

de Thomas Hardy

     Longdpuddle, era un tranquilo pueblo inglés, en el que sus habitantes vivían en perfecta armonía. Dos mujeres se encontraban en el pueblo. Una llevaba a una niña de la mano. La otra mujer dijo, “Margarita, tu hija está cada vez más hermosa. Parece un ángel, es la niña más bella que he visto en toda mi vida.” Margarita dijo, “Aunque esté mal decirlo, porque soy su madre, no puedo dejar de reconocer que asi es.” La mujer dijo, “Todo el pueblo se siente orgulloso de ella. No hay en cien leguas a la redonda, nadie que se le pueda comparar.” Margarita dijo, “Espero que su belleza le ayude en el futuro, a encontrar un buen marido.” La mujer dijo, “No lo dudes. Amelia tendrá tantos pretendientes que podrá elegir al más rico, al más apuesto, o al que reúna esas dos cualidades.” Margarita, la madre de Amelia, dijo, “Solo deseo que la quiera mucho, y le dé, una buena vida.” La niña Amelia al crecer, fue aumentando la belleza. Un día, en la tienda de abarrotes, la dueña dio la bienvenida a la pequeña niña, y le dijo, “Toma esto, preciosa. Me agrada tanto que vengas a comprar. Es un regalo a tu presencia.” Dos señoras del pueblo, vieron aquello. Ya la niña tenía algo de fama en el pueblo. Entonces, una de las señoras comentó, “Esa criatura tiene los ojos más azules que el mismo cielo. ¡Y sus pelos! Son verdaderas hebras de oro.” Todos se deshacían en alabanzas, al ver a la pequeña Amelia, y ésta ya acostumbrada, lo tomaba como algo natural. Otra de las señoras que veían a Amelia en los abarrotes, dijo, “Amelia no tendrá rival cuando llegue a la edad de tener novio. Podrá casarse con el muchacho que decida.” Pero meses después, tres señoras tomaban el té, y conversaban sobre las cosas del pueblo. Una de ellas dijo, “Me enteré ayer que llegó una nueva familia al pueblo. Un matrimonio con una hija.” Otra de las señoras dijo, “Se instalaron en la casa que está a media cuadra de a mía. Esa que permaneció tanto tiempo desocupada.” La primera señora, quien era la anfitriona, dijo, “¿Ya hablaste con ellos? ¿Qué tipo de gente es?” La segunda dama, que tambien estaba enterada, dijo, “Al parecer son personas tranquilas. Se apellidan Brönte, y heredaron la casa. Era de la tía del señor Brönte.” Tras una pausa, la señora agregó, “Estoy segura que los padres no darán de qué hablar, pero la hija sí. Tiene diez años, y es tan hermosa, que uno se queda sin aliento al verla.” Otra de las señoras dijo, “¡Cómo!...No me dirás que es más bonita que Amelia…” La anfitriona dijo, “Para mi gusto, sí. La pequeña Brönte tiene el pelo negro como el ébano, los ojos de un verde intenso, y sus facciones son perfectas.” La otra dama dijo, “No dudo que sea bonita, pero de ahí a ser mejor que Amelia, lo veo difícil.” La dama anfitriona dijo, “Ya la verán, hasta el momento todos los que la han conocido, han quedado impactados.” La otra señora dijo, “Seguramente asistirá a la iglesia, y ahí podremos darnos cuenta si realmente es rival para Amelia.” Al día siguiente, al salir de la iglesia, las tres damas comentaron entre sí. Una de ellas dijo, “Tenias razón, es una niña preciosa, mucho más que Amelia.” Pero otra de las damas dijo, “No estoy de acuerdo. Yo la considero bonita, pero nada más.” Desde ese momento se formaron dos bandos en el pueblo. En la escuela, las alumnas que compartían el aula con Amelia, comenzaron a comentar. Una de las niñas dijo, “Amelia está furiosa. Ya no puede presumir de ser la más bonita de Longpuddle y sus alrededores.” Otra niña dijo, “Me alegra tanto. Es tan antipática.” Enseguida, otra de las niñas dijo, “Vengan, le preguntaremos que opina de Leonora.” La otra niña dijo, “Estoy seguro que la odia. ¿Se han fijado que ni la mira? Bueno, por lo menos cuando sabe que la estan observando.” A continuación, las alumnas se acercaron a Amelia. Una de ellas dijo, “Hola Amelia. ¿Cómo te sientes ahora que llego al pueblo una niña más hermosa que tú?” Amelia dijo, “Eso no es verdad. Leonora no es fea pero nunca se podrá comprar conmigo. Mucha gente me lo ha dicho.” Otra de las niñas dijo, “Pues mucha otra opina diferente. Leonora además de bonita, es amable y buena amiga.” Amelia dijo, “No me importa lo que ustedes digan, siempre me han envidiado. Déjenme tranquila.” La niña dijo, “Sí, dejémosla. Alla esta Leonora, vamos con ella. La invitare a jugar a mi casa.” Otra niña dijo, “Es muy divertida. Yo la invite ayer, y la pase muy bien en su compañía.” Amelia dijo, “Las oigo y odio a Leonora. Desde que llegó, ya nada es lo mismo para mí.” Una amiga de Amelia le dijo, “No les hagas caso. Tú eres la más bonita.” Amelia dijo, “Lo sé, pero algunos dicen lo contrario, solo para mortificarme.” Su amiga le dijo, “Son los menos. Yo que tu, no me preocuparía.” En los años siguientes, Amelia y Leonora se transformaron en rivales irreconciliables. Un día, en una reunion social, Leonora bailaba con un apuesto caballero. Amelia dijo a su amiga, “Mírala, se siente la reina. Desde que se hizo novia de Ricardo, no hay nadie que la soporte.” Su amiga le dijo, “Ricardo es el mejor partido de este lugar, y esa tonta lo conquistó.” Su amiga le dijo, “Tú tienes la culpa. Aprovechó que te marchaste a casa de tus tíos, y te quedaste allá durante un año.” Amelia dijo, “Pero ya estoy de regreso, Clara.” Clara le dijo, “Un poco tarde. Ya tienen fecha para la boda. Sera dentro de seis meses.” Entre tanto, la pareja hablaba entre ellos, en la terraza, frente a una luna llena. Ricardo dijo, “Eres tan hermosa, Leonora, que no me canso de mirarte. Aun no puedo creer que seas mi novia, y nos vayamos a casar.” Leonora le dijo, “Amor mío, yo te adoro, eres toda mi vida y lo que más deseo en el mundo es ser tu esposa. Vamos a ser tan felices.” Eran jovenes llenos de ilusiones, y se amaban. Cuando los enamorados regresaron al salón. Al verlos llegar, Clara dijo a Amelia, “Mira a esa pareja. Deben haber estado jurándose amor eterno a la luz de la luna.” Amelia dijo, “Creo que ese es el momento de ir a saludar a Ricardo. Seguramente le agradará ver que regresé. Era uno de mis admiradores.” Amelia rápidamente se acercó a la pareja, y dijo, “¡Ricardo, ¿Cómo estás? Espero que te acuerdes de mí.” Ricardo dijo, “¡Amelia! Pero, como voy a olvidar a una mujer tan bella.” Amelia se molestó, y dijo, “Sigues tan adulador. Siempre decías que no existía nadie más hermosa que yo.” Ricardo dijo, “Y no mentía, y tampoco ahora, al decir que lo estas más aún.” Amelia dijo, “Ricardo, quizá tu acompañante se sienta poco halagada al escucharte, aunque sea verdad lo que dices.” Ricardo dijo, “Leonora de ninguna manera se sentirá ofendida, pues para mí, ella es la más perfecta de las mujeres.” Leonora dijo, “Ricardo y yo nos vamos a casar. Estoy tan segura de su amor, que nada de lo que diga, me puede ofender.” Amelia dijo, “Nunca se debe estar segura de nada, La vida a veces da sorpresas inesperadas.” Amelia agregó, “Me imagino que no te importara que baile con Ricardo. Él y yo somos viejos amigos…y tu estas tan segura de su amor…” Leonora dijo, “No, no me importa. Pueden bailar. No está bien que Ricardo rechazara tu invitación…” Mientras Ricardo y Amelia bailaban, llegaron dos conocidas de Leonora. Una de ellas dijo, “Si yo fuera tú, no hubiera permitido que Ricardo bailara con esa arpía. No me extrañaría que tratara de quitártelo.” Leonora dijo, “Si lo intenta, perderá su tiempo. Ricardo me ama tanto como yo a él.” Mientras tanto, Amelia decía a Ricardo, “Durante todo el tiempo que estuve ausente, siempre te recordé Ricardo. En cambio, tú nunca pensaste en mi ¿Verdad?” Ricardo dijo, “No lo creas, tú eres de las mujeres inolvidables.” Amelia le dijo, “Quizá, pero no para ti. En un tiempo me pretendiste, pero…ahora estas comprometido con Leonora.” Ricardo dijo, “Sí…nos vamos a casar…” Amelia le dijo, “¿Estas…realmente enamorado?” Ricardo dijo, “Quiero mucho a Leonora, estoy seguro que será una magnifica esposa.” En ese instante se detuvo la musica. Amelia llevo a Ricardo con Leonora. Y le dijo, “Te devuelvo a tu novio, Leonora…espero que me inviten a la boda.” Horas después, Amelia se arreglaba el pelo junto a su espejo tocador, pensando, “No voy a permitir que Leonora se case con Ricardo. Él es el mejor partido del pueblo. Siempre me gusto. Lo quiero para mí. Si habrá una boda, dentro de seis meses, pero será la mía. Leonora me pagara lo que sufrí de niña, cuando ella llegó al pueblo. Yo, era la reina, la única. Todos me admiraban y de pronto aparece Leonora, y todo cambio para mí. Ahora demostraré a todos quien es la más hermosa, quien es la más fuerte y quien es la m as poderosa.” Desde ese día, prácticamente acoso al joven, apareciendo ante el a todas horas. Un día Amelia lo encontró caminando en el pueblo, y le dijo, “Me alegro de haberte encontrado. Se que eres un experto en todo lo que se trata de rosas.” Ricardo le dijo, “Bueno, es un hobby apara mí. Me he dedicado a cultivarlas y he logrado algunas especies muy hermosas.” Amelia le dijo, “Son mis flores preferidas. Cuido con especial esmero las que hay en el jardin de mi casa, pero no florean como desearía.” Ricardo le dijo, “Quizá necesitan abono, o estan plantadas en un lugar inadecuado.” Amelia dijo, “Ricardo, ¿Irías a ver mis plantas? Asi me podrías aconsejar sobre el cuidado que debo darles.” Ricardo dijo, “Lo hare encantado. Esta isma tarde pasare por tu casa.” El joven no acudió solo esa tarde. Con uno u otro pretexto, Amelia lograba que fuera a visitarla con frecuencia. Un día, Amelia lo recibió en su jardin y le dijo, “Gracias a tus indicaciones los rosales estan llenos de flores, menos este. ¿No comprendo por qué?” Ricardo le dijo, “Quizá esta triste porque su linda dueña, no le da la atención que él desea.” En tanto, dos amigas de Leonora tomaban el té con ella. Una de sus amigas dijo, “Cuando venía para acá, pase por la casa de Amelia, y estaban ella y Ricardo en el jardín.” La otra amiga dijo, “Leonora, no deberías permitir que el la visite. Amelia es una descarada, y no dudo que tratando de quitártelo.” Leonora dijo, “Tengo confianza en mi novio. Se que me quiere. Lo ofendería si le mostrara que dudo de él.” Su amiga le dijo, “Tu sabrás lo que haces pero yo no estaría tan confiada.” Cuando Leonor quedo sola, pensó, “Tienen razón. Ricardo visita con demasiada frecuencia a Amelia, con el pretexto de darle consejos sobre rosales. Le pediré que no vaya más. Amelia y yo nunca nos hemos querido, y no sería extraño que trate de hacerme una mala jugada.” Leonora no podía imaginar lo que estaba sucediendo en ese mismo instante. Sentados en una banca del jardin de Amelia, Ricardo decía a Amelia, “Hoy te he notado triste. Tú siempre eres tan alegre. No te he visto reír ni una vez desde que llegue.” Amelia dijo, “Es que cuando se estar sufriendo es difícil reír, Ricardo.” Ricardo le dijo, “¿Qué te sucede? ¿Quieres contármelo?” Amelia dijo, “Desearía hacerlo…pero…la verdad es que estoy enamorada, y el hombre que amo no es libre.” Ricardo dijo, “¿Está casado?” Amelia dijo, “No, pero quizá sería mejor que asi fuera, porque entonces sabría que no tengo la menor esperanza.” Ricardo dijo, “No comprendo.” Amelia le dijo, “No quieres comprender. El hombre que amo eres tú, que ni siquiera te das cuenta de mi existencia.” Amelia se levantó. Ricardo exclamó “Amelia…yo…” Amelia dijo, “Por favor, no digas nada y vete…me siento0 tan avergonzada…jamás debí decírtelo…nunca podré volver a mirarte a la cara.” Amelia comenzó a llorar. Ricardo se acercó y le dijo, “No llores, no soporto verte asi…Amelia, no debes sentir vergüenza…yo haría cualquier cosa por hacerte feliz…” Amelia dijo, “Ricardo, lo único que me haría feliz seria tu amor…” Antes de que el pudiera responder, Amelia lo beso, en un largo beso. Amelia, teniéndolo abrazado del cuello, dijo, “Ricardo, dime que me amas, dime que me quieres tanto como yo a ti. ¡Por favor dímelo!” Ricardo dijo, “Amelia…yo…si, te quiero. Me enloqueces, te has adueñado de mi voluntad, de mi corazón…” Con desesperación, Ricardo unió sus labios a los de la mujer que habia despertado en él, una loca pasión. Entretanto, la madre de Leonora hablaba con su hija, “Hija, ¿No ha venido Ricardo a visitarte? Ya es tarde.” Leonora dijo, “No madre, creo que tenía algo que hacer, cosas de sus negocios.” Su madre le dijo, “Es un hombre muy trabajador y responsable. No podría pedir mejor esposo para ti, hijita.” Leonora pensó, “No puedo decirle que tengo miedo. No sé por qué, pero temo que mi felicidad está amenazada.” Al día siguiente, Ricardo visito a Leonora su prometida. Leonora lo recibió y preparo una silla para que ambos estuvieran uno frente al otro. Leonora le dijo, “Ricardo, ¿Qué te sucede? Últimamente te noto muy extraño, preocupado, triste…” Ricardo le dijo, “Son figuraciones tuyas…no tengo nada…” Leonora le dijo, “Imagino que, como yo, estas nervioso por la boda…pero aún faltan algunos meses, amor…¡Ah1 Deseo pedirte algo.” Ricardo se levantó e su asiento, y dijo, “¿Qué cosa?” Leonora dijo con voz firme, “No quiero que vuelvas a visitar a Amelia. Ella y yo nunca nos hemos llevado bien y…” Ricardo le dio la espalda y dijo, “Leonora, no me agrada que me des órdenes.” Leonora le dijo, “Ricardo, ¿Qué dices? Yo solo te estoy pidiendo que no veas a Amelia. Eres mi novio, y no está bien que frecuentes a otra mujer…además, ella siempre ha sido una coqueta, me odia y es capaz de cualquier cosa por hacerme daño…” Ricardo le dijo, “¿Insinúas que hasta sería capaz de tratar de conquistarme?” Leonora le dijo, “Si, Amelia no se detiene ante nada para…” Ricardo dijo, “¡Basta! No voy a permitir que sigas hablando de ella.” Leonora le dijo, “¡Ricardo, te pones de su parte! Yo soy tu novia, la mujer con la que te vas a casa, y creo tener derecho a…” Ricardo dijo, “Leonora, creo que es mejor aclarar las cosas de una vez. Ya no te quiero. Deseo terminar nuestro compromiso.” Leonora le dijo, “¿Qué estás diciendo? No puede ser…Te has enojado por eso…” Ricardo le dijo, “No…lo lamento, yo pensaba que te amaba, pero…me he dado cuenta que no es asi…por favor, perdóname.” Leonora dijo, “¿Perdonarte? ¿Cómo puedo perdonar que me destroces el corazón, mi vida entera? ¿Qué te hizo dejar de amarme…? ¿Amelia?” Ricardo dijo, “Ella no tiene la culpa…solo yo…la amo, Leonora, y por eso no me puedo casar contigo, por favor, compréndeme.” Leonora se encolerizó, y dijo, “Ricardo, vete, vete con ella, y ojalá no tengas que arrepentirte algún día.” Ricardo dijo, “Adiós Leonora.” Leonora se quedó llorando, y dijo, en su soledad, “No, no puede ser…él es toda mi vida…no puedo creer que lo he perdido, perdido para siempre.” Con el pasar de los días, y las semanas, el sufrimiento fue cambiando a Leonora. Un dia, una de sus amigas la visito, y le dijo, “Es una descarada, y el un sinvergüenza. Se pasean juntos por todas partes. Creo que ya fijaron la fecha de la boda.” Leonora dijo, “Por favor, no digas nada más. Me hace mucho daño saber de ellos.” Pero fue imposible que Leonora no se enterará del día en que su amado y su peor enemiga se unieron para el resto de la vida, y pensaba recostada en su cama, “No puedo soportar el dolor que siento. En este momento ya deben estar casados.” Y asi era. La feliz pareja estaba convertida en marido y mujer. Al salir de la iglesia, acompañada de su nuevo esposo, Amelia pensó, “Ricardo es mío, ya nadie me lo podrá quitar.” Meses después, Amelia y Leonora se encontraron en el pueblo. Al ver Amelia que Leonora no la saludo, Amelia le dijo, “¡Leonora espera!” Leonora le dijo, “¿Qué deseas?” Amelia le dijo, “Creo que ya no deberías guardarme rencor. En el corazón no se manda, y tu deberías comprender que el de Ricardo se inclinó por mí.” Leonora dijo, “No se inclinó por ti, tú lo embabucaste. Te propusiste quitármelo, y lo lograste, ahora déjame tranquila.” Amelia dijo, “Como quieras, no te voy a discutir. Soy demasiado feliz, especialmente hoy, y por eso deseo hacer las paces contigo.” Leonora dijo, “Ojalá te dure la felicidad que tanto alardeas, Amelia, porque todo se paga en esta vida.” Amelia dijo, “Eres una amargada, por eso Ricardo te dejo. Asi te quedaras solterona, Leonora, debes cambiar ese terrible carácter.” Leonora dijo, “No te estoy pidiendo consejos, y no me vuelvas a dirigir la palabra.” Amelia dijo, “Como desees. Yo solo quería decirte que voy a tener un hijo. Me siento tan dichosa. Espero sea igual a Ricardo.” Leonora dijo, “Mejor desea que el no pague las culpas de sus padres. La vida da muchas vueltas, Amelia, muchas.” Asi transcurrió el tiempo, y un día una amiga de Leonora la visito, y le dijo, “¿Ya te enteraste que Amelia tuvo un niño? Nació ayer.” Leonora, quien estaba recostada en un sillón de su sala, le dijo, “No lo sabía y no me interesa. Mi mayor preocupación ahora es mi padre. No está bien de salud, y el medico no se muestra nada optimista.” El señor Brönte padeció una larga enfermedad que finalmente lo llevo a la tumba, dejando solas a su hija y esposa. Un día, la viuda de Brönte le dijo Leonora, su hija, “Leonora, hemos quedado casi en la miseria. En estos últimos años gastamos casi todos los ahorros que teníamos.” Leonora le dijo, “No te preocupes, mamá, nos adaptaremos a vivir en forma modesta. Realmente no tenemos muchos gastos ni necesidades.” Su madre dijo, “Hija, no lo lamento por mí, sino por ti. Tu pobre parte habia guardado ese dinero para dejártelo cuando nosotros faltáramos.” Leonora dijo con tristeza, “Era necesario ocuparlo durante la enfermedad. Fueron cinco largos años. Pobre papa, por fin Dios se apiadó de él. Sufrió tanto.” Entretanto, en el hogar de Ricardo, un niño que ya andaba, jugaba en la sala, Amelia bordaba, y Ricardo, estaba sentado en un sillón. Amelia dijo, “¿Qué te sucede ahora? Llevas más de una hora sentado allí, y no has dicho una palabra.” Ricardo se molestó, y dijo, “¿Y qué quieres que diga? ¿No me puedes dejar nunca tranquilo? Si hablo, ye molesta, y si estoy en silencio, también.” Amelia dijo, “Porque siempre que me hablas, es para reprocharme algo, y si estas callado, pienso que piensas en esa.” Rica redo dijo, “Por favor, Amelia, me case contigo, ¿No? Y no me gusta discutir delante del niño, asi que mejor me voy a la calle.” Mientras lo veía partir, Amalia pensó, “Siempre lo mismo. Que feliz hubiera sido yo si no existiera esa maldita Leonora. Ella es una sombra eterna en mi vida.” Tras una pausa, Leonora pensó para sí, “Siempre he sentido entre Ricardo y yo, una barrera y es por Leonora. No sé si la ama, pero no la ha olvidado.”  Amalia tomo a su hijo en sus brazos, y pensó, “En cambio yo, lo amo con toda el alma. Por eso adoro a este pequeño que es parte de él y mía.” Cuatro años después, la madre de Leonora yacía en cama enferma. Entonces, la madre de Leonora dijo, “Hija, aunque trates de hacerme creer lo contrario, me queda poca vida, bien lo sé y lo único que lamento es que te dejare sola.” Leonora dijo, “Mamá, no hables asi. Te curaras, el doctor dijo…” Su madre la interrumpió, “No sigas, Leonora, el señor Carlos Palmely te pretende desde hace un año, es un buen hombre…tranquilo…silencioso…te quiere…cásate con el…ya has cumplido treinta años…yo moriría tranquila. Él te cuidará, te protegerá.” Leonora exclamó, “Pero, madre, yo…” Su madre dijo, “Hija, aunque no lo ames, tendrás una buena vida a su lado.” Leonora dijo, “Tienes razón…me casare con el…no lo amo, pero se ha ganado mi cariño…” Su madre dijo, “Gracias hija, podre ir a reunirme tranquila con tu padre, sabiendo que no quedaras sola.” Leonora llevaba seis meses de casada con Carlos Palmely, cuando su madre dejo este mundo. Mientras era enterrada, Leonora pensó, “Madre adorada, como te voy a extrañar. No conocerás al hijo que espero, tú que tanto deseabas tener nietos.” Meses después, Leonora veía a su hijo recien nacido en su cuna, y pensaba, “Hijito, serás la luz de mi vida. No habrá en el mundo un niño más amado que tú.” Entre mimos y cuidados, el pequeño fue creciendo. Una mañana, Leonora tenía a su hijo en sus brazos, en su recamara, entonces Carlo llego y Leonora le dijo, “¿Ocurre algo, Carlos? Estos últimos días te he notado preocupado.” Carlos le dijo, “Las cosas no van bien, Leonora, creo que no debió poner mi propio negocio y gastar el dinero de la venta de la casa de sus padres.” Leonora le dijo, “Pero, no lo invertiste todo. Me dijiste que solo ocuparías la mitad.” Carlos dijo, “Eso pensaba, pero tuve que tomar el resto para gastos que se fueron presentando.” Leonora dijo, “¿Eso significa que nos hemos quedado sin nada?” Carlos dijo, “Desgraciadamente asi es, pero te juro que voy a trabajar día y noche para recuperar ese dinero.” Leonora dijo, “No me importaría si no tuviéramos a Jorgito. Es para el para quien deseaba ahorrar lo único que me dejaron mis padres.” Carlos dijo, “Perdóname, Leonora, cometí un gran error del que ahora me arrepiento.” Pero por más que trató, las cosas fueron de mal en peor, y cuatro años después la pareja se encontraba en la ruina total. Entonces, un día, Carlos dijo a Leonora, “Perdí el negocio. Mis acreedores se quedaron con él. Leonora, no tenemos nada y aun debo mucho dinero.” Leonora dijo, “¿Dios santo! ¿Qué será de nuestro hijo? Yo que soñaba con darle una buena educación.” Carlos dijo, “Yo tambien, Leonora. Tú y el son lo más importante para mí. Nunca te lo dije, pero te amo mucho, siempre te he amado.” Dos días después, Carlos murió mientras dormía. Entonces, Leonora, fue a la recamara de su hijo, quien dormía, y pensó, “¡Que solos hemos quedado, hijito mío! Tu padre no soporto tanta desventura, y nos dejó. Fue un buen marido, lamento tanto no haberle dicho nunca que lo quería, porque si llegue a quererlo, y mucho. Ahora deberé preocuparme de ti, yo sola, hijo. No sé qué va a ser de nosotros. Ojalá Dios me ayude.” Un año después, Leonora lavaba ropa en un lavadero comunitario. Entonces, una mujer que lavaba junto a ella, le dijo, “Doña Leonora, ¿Ya se enteró de la noticia? Anoche murió Don Ricardo Winter.” Leonora dijo, “¿Murió Ricardo? No puede ser…pero si era fuerte…sano…” La mujer dijo, “Pues, ya ve. La muerte no respeta nada. Dicen que le dio un ataque al corazón. Mañana lo van a enterrar.” Leonora pensó, “Tambien Ricardo se ha marchado para siempre. Cuanto le ame, siempre en mi corazón hubo un lugar para el y siempre lo habrá.” Después del sepelio de Ricardo Winter, dos señoras fueron a visitar a Amelia, ya viuda. Una de las señoras dijo, “Comprendemos tu inmenso dolor, pero tienes a tu hijo, y él te ayudara a sobre ponerte.” Amelia dijo, “Mi Edgar es todo para mi en el mundo. Es la mejor herencia que pudo dejarme Ricardo.” La otra mujer dijo, “Y tambien te dejo con que vivir, sin tener que preocuparte del futuro. En cambio, otras viudas quedan en la más completa miseria.” La primera mujer dijo, “Sin ir más lejos, la pobre Leonora, su marido no era un mal hombre, pero si un completo fracaso en loa negocios.” Amelia les dijo, “Ya me enteré que está en pésima situación.” La segunda mujer le dijo, “La pobre trabaja planchando ropa ajena y aun asi apenas le alcanza para ella y su hijo.” La primera mujer dijo, “El niño acaba de cumplir doce años. Si por lo menos pudiera trabajar para ayudarla, pero es demasiado pequeño aún.” La segunda mujer dijo, “La verdad es que Leonora no ha tenido suerte en la vida, en cambio tú no te puedes quejar, Amelia.” Amelia dijo, “No crean, tambien he tenido que soportar grandes pesares como la muerte de mis padres, y ahora la de mi marido.” La primera mujer le dijo, “Es verdad, pero te casaste con el hombre que amabas y él te adoraba. Fuero veintiún años de feliz matrimonio para ti.” La segunda mujer dijo, “Leonora no puede decir lo mismo. Ricardo la dejo casi al pie del altar.” Amelia se preocupó, y dijo, “Por favor, hace tanto tiempo de eso. No quiero recordarlo ahora que mi esposo se marchó para siempre.” Cuando Amelia quedo sola, pensó, “Si supieran que mi matrimonio no fue todo lo feliz que soñé, porque la sombra de Leonora no lo permitió. Jamás pude evitar sentirme celosa, por más que el me juraba que era a mí a quien amaba. Creo que nuca quedare tranquila hasta que la vea humillada ante mí, siempre se muestra tan orgullosa y altanera.” Dos meses después, Amelia encontró la oportunidad que esperaba. Amelia vio por la ventana que Leonora pasaba por su casa, y entonces Amelia salio y le dijo, “Leonora, quiero hablar contigo. Por favor, pasa un momento. Creo que ya es hora de que olvidemos el pasado.” Leonora le dijo, “Yo hace mucho que lo olvidé, Amelia.” Como para demostrar que no mentía, Leonora entro en la casa. Entonces, Amelia le dijo, “Me he enterado que pasas por una situación económica difícil, y deseo proponerte algo.” Leonora dijo, “No veo porque te preocupas por mí. No te he pedido ayuda.” Amelia le dijo, “Por favor, escúchame, ahora ambas somos viudas y madres. Se que tu hijo no va a la escuela, porque no te es posible darle una educación. Yo necesito un muchacho para los mandados. Déjalo que venga a trabajar conmigo, y tambien lo enviare al colegio.” Leonora dijo, “¿Pretendes que mi hijo sea tu empleado?” Amelia le dijo, “No lo tomes a mal. El vivirá aquí. No te niegues, podría estudiar y a la vez ganar dinero.” Leonora dijo, “Lo pensaré…” Dos días estuvo dando vueltas a la proposición de Amelia. Mientras planchaba, Leonora pensó, “Tendré que aceptar. Con lo que gano apenas me alcanza para vivir. Aún estoy pagando deudas que Carlos dejo. No quiero que mi pequeño sea un ignorante. Me tragare el orgullo, y lo enviare a casa de Amelia.” Asi, el niño fue a instalarse a la casa de la viuda rica. Transcurrieron dos meses, y una tarde, Amelia dijo al niño, dándole un paquete, “Jorge, ve al pueblo vecino, y lleva este paquete a la señora Ellen Smith.” Pero Jorge le dijo, “Señora, ¿No podría ir mañana? Ya es tarde y no alcanzare a regresar antes de que oscurezca. Me da miedo cruzar el bosque…” Pero Amelia le dijo, “¿Acaso no eres un hombre? Di mejor que tienes flojera. Ponte ya en camino y déjate de disculpas tontas.” Jorge dijo, “Por favor. No me obligue. Le prometo que partiré bien tempranito…” Pero de nada valieron las suplicas del niño. Amelia fue implacable, y pensó, “Es un holgazán, esto le servirá de lección. Lo mando al colegio, le pago, ¿Qué más quiere? Le tengo demasiadas contemplaciones.” Por más que Jorge corrió a cumplir el mandato, no logro regresar antes de que cayera la noche. Mientras Jorge caminaba en el bosque a oscuras, pensó, “Tengo tanto miedo…muchas veces he escuchado que hay animales terribles en este bosque y que salen cuando oscurece.” Apenas podía caminar de terror cuando, un animal se le abalanzó. Jorge exclamó, “¡Aaaaah!” El niño perdió todo control, y su imaginación afiebrada, le hizo ver espantosos monstruos que le rodeaban. Se lanzó en loca carrera, hasta que cayo dando un espantoso alarido. “¡Aaaaah!” Al día siguiente, un hombre se presentó, con un niño en brazos, a casa de Leonora, quien, al verlo llegar, exclamó, “¡Mi hijo! ¿Qué le ha sucedido a mi hijo?” El hombre, quien iba acompañado de una mujer, dijo, “Lo encontramos en el bosque, Leonora. Está muerto.” El niño fue enterrado, y Leonora quedo sumida en un terrible dolor, pensando, “¡Maldita sea Amelia! Primero me quito al hombre que amaba, y ahora a mi hijo, mi adorado pequeño. Ella lo mato. Me voy a vengar, aunque sea lo último que haga. Me las pagara. Tambien llorara lágrimas de sangre, como yo ahora.” Entretanto, Amelia atendía a un grupo de señoras, en su dispendio, quienes hablaban sobre la muerte del niño. Una de las presentes dijo, “Ayer vi a Leonora. La pobrecilla esta inconsolable.” Amelia dijo, “Es comprensible. Fue una lástima que su hijo muriera en ese lamentable accidente.” Pero la señora le dijo, “Creo que Leonora está perdiendo la razón. La culpa a usted de la muerte del niño.” Entonces Amelia dijo, “¿A mí? ¿Por qué? No falleció en mi casa. Yo nada tuve que ver, y tengo la conciencia muy tranquila.” Otra de las señoras presentes dijo, “Tiene razón. Usted solo le daba trabajo. Jorge era un muchachito nervioso y débil. Yo siempre pensé que moriría joven.” Amelia dijo, “Leonora nunca me ha querido. Hice mal en tratar de ayudarla. No se puede ser buena en este mundo.” La vida en el pueblo continuó sin novedades, y dos años después, de la trágica muerte de Jorgito Palmley, una tía de Amelia, la recibía en su residencia, diciendo, “Querida Amelia Harriet, lamento mucho lo de tu madre, pero me satisface que vengas a vivir conmigo. Estoy tan sola.” Amelia le dijo, “Ella ante de morir, me dijo que viniera a tu lado. A pesar de que eres mi tío Carlos, no tengo otra parienta.” Su tía le dijo, “Hizo bien tu madre en pensar en mí. Era la única hermana de Carlos, y él la quería mucho. Soy muy pobre, pero procuraré que seas muy feliz aquí.” Amelia le dijo, “No te preocupes por eso. Mis padres me dejaron un poco de dinero, y tambien algo para ti.” Acto seguido, la joven le entregó un montoncito de guineas de oro. La tía dijo, “No puedo creerlo…las guardaré para tener en que vivir en mi vejez. Aun puedo trabajar, por el momento no las necesito.” Amelia le dijo, “Como quieras, tía. Lo importantes es que sepas que cuentas con ese dinero.” No tardo en saberse en el pueblo de la llegada de Amelia Harriet, transformándose en el tema de moda. Unas señoras que tomaban el té, en el pueblo, hablaban del tema. Una de ellas dijo, “Es bellísima. Mucho más que Leonora y Amelia cuando eran jovenes.” Otra de las señoras dijo, “¡Pero tan orgullosa! Se siente superior a todos los habitantes de este pueblo. Nos mira como si nos hiciera un favor con vivir aquí.”  Otra señora dijo, “Debe ser porque recibió una excelente educación, y es más elegante y refinada que las mujeres de aqui. Eso hay que reconocerlo.” La segunda señora dijo, “Me enteré de que su madre era maestra, por eso ella está tan preparada. Romperá muchos corazones.” Las damas no se equivocaban, pues cuando Amelia Harriet salía a caminar por el pueblo, los hombres murmuraban, diciendo, “Alla va Harriet. Nunca vi una mujer más hermosa y soberbia. Nos mira a todos como si fuéramos sus criados.” Otro hombre dijo, “Cuando recien llegó, pensé en cortejarla, pero a mis primeras insinuaciones, me trató con tanto desprecio, que desistí.” Otro de los hombres dijo, “Yo no de mare por vencido, porque me he enamorado de Harriet, y no descansaré hasta que se case conmigo.” El primer hombre dijo, “No olvides que es sobrina de doña Leonora, y ella y tu madre nunca han sido, digamos, amigas, por lo que tienes menos posibilidades.” El primer hombre dijo, “¡Bah, eso no tiene nada que ver! Es cierto que no se hablan desde hace años, pero tampoco se molestan.” El primer hombre dijo, “Alla tú. En todo caso te deseo suerte. La necesitaras.” En un pueblo tan pequeño, era imposible que Harriet y Edgard no se encontraran, lo que dio al joven la oportunidad de cortejarla. El joven le dijo el encontrarse, “Harriet, eres la mujer más hermosa que he conocido. Podría estar mirándote toda la vida.” Harriet le dijo, “No exageres, Edgard, como todo en la vida, pronto te aburrirás de estar contemplándome.” Edgard le dijo, “Nunca. Yo te amo, Harriet. Estoy perdidamente enamorado de ti. Te suplico que me des una esperanza, o no podre seguir viviendo.” Harriet le dijo, “Casi no nos conocemos. ¿Cómo puedo haber despertado ese inmenso amor en mí, Edgard? Quizá confundes atracción con amor.” Edgard le dijo, “No, te juro que te adoro. Desde que te vi por primera vez, te apoderaste de mi corazón Harriet. ¿No me puedes querer un poquito?” Harriet dijo, “No se…es mejor que volvamos con los demás, no quiero desertar habladurías.” Las suplicas de Edgard, sus constantes obsequios no podían menos que halagar a Harriet, que empezó a reunirse con él, en las tardes. Una tarde, Edgard le dijo, dándole un regalo, “Esto es para ti, quería darte algo verdaderamente hermoso, pero no hay nada que tu belleza no sea capaz de opacar.” Harriet le dijo, “Es muy bonito, pero no sé si debo aceptar algo tan valioso. Un corazón de oro con brillantes es el regalo que se da a una prometida.” Edgard le dijo, “Y eso deseo que seas para mí. Por favor, acepta ser mi novia.” Harriet dijo, “No, no puede ser. Tú me caes bien, eres amable, pero…no puede ser.” Edgard dijo, “¿Por qué? Yo podría darte una buena vida, mi madre posee dinero, yo soy hijo único, y por lo tanto, su heredero.” Harriet dijo, “No quiero depender de una suegra, el hombre con quien yo me cáse, debe tener una situación estable. Además, te voy a ser franca. Tú eres solo un rudo mozo de pueblo, nunca has salido de aqui, y no sabes comportarte como un hombre de mundo. Por lo tanto, no es posible que tú y yo llevemos una relación seria. Lo siento Edgard, porque me agradas, pero…” Edgard le dijo, “Harriet, si me correspondes, yo soy capaz de todo por ti. Promete que te casaras conmigo y me iré de aquí. Marcharé a Monksbury, y allí aprenderé lo que sea necesario para agradarte. A mi regreso, pediré mi parte de herencia a mi madre. Compraré un negocio o una granja, lo que quieras.” Harriet impresionada dijo, “¿De verdad harías eso por mí?” Edgard le dijo, “Eso y más. Te amo tanto que la vida sin ti no vale la pena.” Harriet dijo, “Está bien, vete. Yo estaré aquí esperándote.” El joven sintiendo que el corazón le estallaba de dicha, la tomo entre sus brazos. Ella se dejó besar sin oponer resistencia. Edgard dijo, “Te adoro, me siento el hombre más feliz de la tierra.” Harriet dijo, “Edgard, ya debo regresar. Mi tía se preocupará si me retraso.” Esa noche, la tía y Harriet cenaban juntas. Entonces la tía dijo, “No te habia visto ese corazón de medallón. ¿Era de tu madre?” Harriet dijo, “No, me lo regaló Edgard hoy. Me pidió que me casara con él.” La tía le dijo, “¿Y lo aceptaste?” Harriet dijo, “Le dije que antes debe transformarse en un hombre de mundo, y tener una situación propia, no depender económicamente de su madre. Decidió marcharse a Monksbury por un tiempo, y allí aprender a comportarse como un caballero. Al regreso le pedirá a su madre la herencia que le corresponde. La verdad tía, Edgard es el mejor partido de este lugar.” La tía dijo, “Sí, su padre le dejo mucho dinero, por lo menos en comparación con lo que poseen los demás habitantes de Longpuddle.” Entonces Harriet dijo, “Tu no soportas a la madre de Edgard, ¿Por qué? ¿Qué paso entre ustedes?” La tía dijo, “Nada, hay gente que jamás simpatiza, y eso sucedió entre Amelia y yo, desde que nos conocimos.” Harriet dijo, “Entonces, ¿No te importaría que me casara con Edgard?”  Leonora dijo, “No. Si lo amas y crees que vas a ser feliz con el, no tengo derecho a oponerme.” Harriet dijo, “Me alegro que asi sea. En todo caso, ya veremos que sucede en el futuro.” Leonora pensó, “¿Qué ganaría con oponerme? Al parecer mi destino es siempre ver triunfar sobre mí a Amelia y quitarme todo lo que quiero.” Días después, Edgar se marchó, y Harriet no tardó en empezar a recibir cartas. Harriet pensó, “No es posible que una persona pueda escribir tan mal. Me siento ofendida al tener que leer esto.” En ese momento, Leonor la interrumpió, y dijo, “¿Te sucede algo, hija? ¿Ah! Recibiste otra carta de Edgard...” Harriet dijo, “Sí, tía, y no puedo evitar irritarme al leerlas. No es posible que alguien tenga tan mala ortografía y una letra tan fea.” Harriet se levantó de su sofá, y dijo, “Ni que decir de la redacción. Si Edgar fue al colegio, no aprendió absolutamente nada.” Leonor dijo, “Por lo que escuche, nunca fue un alumno brillante. Me parece que le costaba comprender, por eso no siguió una carrera.” Harriet dijo, “No me extraña. Pues bien, le voy a decir que debe corregir esos defectos, no quiero un marido ignorante.” Leonora pensó, “Si realmente lo quisiera, no le importaría que Edgar escribiera mal o bien…” Y a Leonora no le faltaba razón, porque, un día que ella planchaba, llegó Harriet, con una carta en mano, diciendo, “Tía, esto es el colmo. ¿Qué crees que responde Edgard a mis indicaciones de que mejor su ortografía y letra?” Leonora dijo, “Supongo que está dispuesto a poder el mayor empeño en lograrlo.” Harriet dijo, “No, me dice que soy una remilgada, y que si realmente lo quiero, no deben importarme esos detalles.” Leonora loe dijo, “Eso es cierto, Harriet.” Harriet dijo, “La verdad, ahora que se ha ido, me doy cuenta de que no me interesa en absoluto.” Tras una pausa, Harriet dijo, “Pues bien, voy a cortar por lo sano. Le escribiré diciéndole que no tiene los modales ni la instrucción necesaria para ser mi esposo.” Leonora le dijo, “¿Estás segura? ¿No te arrepentirás después?” Harriet dijo, “No, tía. Fui una tonta al aceptar a Edgard, pero eso lo voy a solucionar ahora mismo.” Entonces Leonora le dijo, “¿En tu decisión tiene algo que ver que te pretenda el joven médico que llego el mes pasado al pueblo?” Harriet dijo, “Sí, es el hombre que siempre soñé, está loco por mí.” Leonora le dijo, “Creo que es un excelente partido. Hija, ahora que ya no te interesa Edgard, voy a decirte porque Amelia y yo nos odiamos.” Cuando Leonora terminó de contar la triste historia de su vida, Harriet le dijo, “Pero tía, debiste decírmelo antes. Jamás ni siquiera lo habría mirado, si hubiera sabido todo esto.” Leonora le dijo, “No quería influir en ti. Al fin las cosas se han dado solas. Te he contado todo esto, simplemente porque ya no hay razón para callar.” Harriet le dijo, “¡Cuánto has sufrido, tía! Amelia Winter deshizo tu vida. Y lo peor es que jamás te has podido vengar de ella.” Leonora dijo, “La vida no me lo ha permitido.  Ella tiene suerte, siempre soy yo quien pierde lo que ama. Ya me he resignado.” Dos semanas después, Edgard leía la carta de Harriet en su mente, “¿Cómo puede ofenderme tanto? Esto significa que nunca me quiso. Me trata de ignorante, de patán, de indigno de acercarme a ella. Por ella deje mi pueblo y traté de cambiar, ya no tiene caso que me siga esforzando. Volveré junto a mi madre.” Días después, Edgard se encontraba nuevamente en Longpuddle. Su madre le dijo, “Esa muchacha no es buena. Siempre me opuse a que te hicieras su novio. Ya sabía yo que te haría sufrir, hijo.” Edgard le dijo, “Ojalá nunca me hubiera enamorado de ella, madre.” Amelia le dijo, “Ahora anda saliendo con el médico que vino a suplir a nuestro doctor que está enfermo.” Edgard dijo, “Ya comprendo porque me desprecio. Un médico está a la altura de sus ambiciones. Harriet se burló de mi…me trato de tonto, e ignorante.” El orgullo de Edgard estaba totalmente destruido y no soportaba la idea de que Harriet tuviera las pruebas de su incultura. Eduard pensaba, “Tengo que recuperar las cartas. Ella es capaz de mostrarlas a su nuevo prometido y ambos reírse.” Edgard no tenía un momento de tranquilidad, pensando en el asunto y finalmente tomó una decisión. Edgard pensó, “Iré a pedirle que me devuelva las cartas. Si ya no hay compromiso entre nosotros, no hay razón para que ella las conserve.” Asi, Edgard se dirigió a casa de Harriet, y cundo ella abrió la puerta, Edgard dijo, “Vengo a pedirte que me devuelvas las cartas. Ya no hay nada entre nosotros, por lo tanto, no hay razón para que las conserves.” Harriet le dijo, “Tienes razón, pasa. La verdad, no me interesa conservarlas.” Cuando estuvieron en el interior, la joven saco las cartas de un escritorio y mostrándolas a Edgard, dijo, “Aquí estan tus cartas. Francamente no tienes idea como se escribe. Es una vergüenza que te atrevas a hacerlo.” Edgard dijo, “No tienes derecho a humillarme. Yo soy superior a ti. Nunca le he limpiado las botas a nadie. En cambio, tu primo lo hacía, era mi criado.” Harriet explotó, y dijo, “¡¿Cómo te atreves a hablarme asi!? No te entregaré nada…se las mostraré a todo el mundo, para que se rían de ti.” Edgard le gritó, “¡Devuélvemelas! ¡Son mías!” Furioso, trato de arrebatarle la caja, pero ella fue más rápida y las guardo en uno de los cajones del escritorio al que puso llave. Harriet le dijo, “¡Sal de inmediato de aquí! O te atrevas a regresar, no quiero volver a verte, en el resto de mi vida.” Edgard se marchó, pero esa noche, regresó y trató de abrir una de las ventanas de la residencia de Harriet, pensando, “No se reirá de mí. Recuperaré esas cartas. Creo que odio a Harriet tanto como antes la amé.” No le fue difícil forzar la ventana. Y una vez adentro, comenzó a trabajar en la cerradura del escritorio. Edgard pensó, “Aquí guardo la caja, no voy a perder el tiempo en abrirla. Me la llevare, en fin que allí solo deben estar mis cartas.” Una vez que tuvo la caja, regreso corriendo a su casa. Edgard pensó, “Estoy agotado. Mañana temprano destruiré las cartas y la caja.” Al día siguiente, Edgard abrió la caja y, enseguida exclamó, “¡Dios mío! En la caja habia monedas de oro. Me pueden acusar de robo. Fue una locura lo que hice. Tengo que esconder la caja y ver la manera de regresarla a su dueña. Yo solo quería las cartas.” Pero no alcanzó a hacer lo que pensaba, porque en ese momento, un oficial de policía llego acompañado, y dijo, “Edgard Winter, dese preso. Está acusado de robo y allanamiento de morada.” Amelia llego al establo, y dijo, “¡No pueden llevarse a mi hijo! No tienen pruebas. Él no ha robado nada. No necesita dinero, yo puedo darle todo lo que el desee.” Mientras un policía conducía a un alicaído Edgard, el oficial dijo a Amelia, “Señora, aquí está la prueba. Además, hay testigos. Vieron a su hijo salir de la casa de la señora Palmley.” Amelia exclamó, “¡Oh, no! ¡Hijo querido, que hiciste! Esa mujer no tendrá compasión.” Razón tenía Amelia en estar aterrorizada, pues el robo era en aquella epoca una forma de crimen, o sea, un delito capital. Leonora dijo a Harriet, “He esperado este momento más de veinte años. Amelia me pagara todo lo que me hizo.” Harriet dijo, “Según dijeron en el juzgado, solo tu deberás declarar, pues eres tú la afectada.” Leonora dijo, “Exactamente quiero dejarte fuera de este asunto. Yo hice la denuncia y yo crucificare al hijo de esa maldita mujer.” Cuando Harriet se fue, Leonora pensó, “Creí que nunca llegaría mi turno, pero la vida me está haciendo justicia, y voy a disfrutar cada momento.” El juicio se inició una mañana, y la primera declaración de Leonora, fue lapidaria. En la tarde de ese mismo día, alguien se presentó en casa de Leonora. Leonora llego a la sala y dijo, “No podía creer cuando mi sobrina me dijo que estaba aquí. ¿Cómo te atreves a presentarte en mi casa?” Amelia dijo, “Leonora, vengo a suplicarte por mi hijo. Tu eres la única que puedes salvarlo. Retira la demanda y te daré todo lo que tengo.” Leonora dijo, “¿Puedes devolverme a Ricardo y a mi hijo? Me quitaste mi primer amor, luego a mi pequeño. Es tu hora de pagar por ello.” Amelia dijo, “Leonora, te lo imploro. No lo mandes a la horca. Es lo único que tengo en el mundo.  No podre seguir viviendo si el muere.” Amelia lloraba. Leonora le dijo, “Podrás. ¿Acaso no seguí viviendo después viviendo yo después que te casaste con Ricardo, y tambien después de que murió mi hijo, por tu culpa?” Amelia estaba arrodillada, y dijo, suplicando, “Perdóname. Te lo pido de rodillas Mi hijo no te ha hecho nada, por piedad, déjalo que viva.” Leonora le dijo, “Asi quería verte. No me conmueven tus lágrimas ni me importa tu dolor. Lo único que hare por tu hijo es hundirlo. ¡Y ahora, vete de mi casa!” Amelia suplicaba, “Por favor…Por favor…es el hijo de Ricardo, el hombre que tanto amaste…si él, te está mirando desde donde se encuentre…” Leonora dijo, mientras Amelia permanecía de rodillas, “Ojalá que asi sea y que este sufriendo tal como tú. Yo ya he sufrido bastante, y ahora es el momento de mi revancha.” Amelia le dijo, “Leonora, mi hijo no tiene la culpa, véngate de mí.” Pero nada conmovió ese corazón, ese corazón endurecido por el sufrimiento. Y el día del veredicto, el juez exclamó, “Edgard Winter, por haber entrado a la casa de la señora Palmley, y robar e intentar asesinarla, se le condena a morir en la horca.” Amelia exclamó, “¡Noooo!” Leonora en silencio, pensó, “¡Por fin! Se que en lo que le quede de vida, Amelia no tendrá un minuto de felicidad.”  Una semana después se cumplía la sentencia. Horas después, Leonora hacia sus maletas. Entonces, dijo a Harriet, “Vamos, Harriet. Por fin puedo abandonar este pueblo. Ya nada tengo que hacer aquí. Me voy satisfecha, ella es tan desgraciada como yo.” Tres años después, dos señoras de pueblo murmuraban, “Alla va la pobre Amelia. Lleva flores a la tumba de su hijo. Me da lastima, ya no le quedan lágrimas que llorar.” La otra señora dijo, “Aun no puedo creer que Leonora no evitara que ahorcaran al muchacho. Fue muy cruel.” La primera mujer dijo, “Lo hizo por venganza, no la defiendo, pero, si alguien se potro cruel con ella, fue Amelia.” La segunda mujer dijo, “Es cierto…¿Que habrá sido de Leonora y Harriet?” La primera mujer dijo, “Yo me enteré de que viven en Casterbridge. Harriet se casó con el médico y tienen un hijo.” La segunda mujer dijo, “Cómo es el destino. Dos mujeres tan hermosas y esa belleza que tantas envidiamos, fue la perdición de ambas.” Los años, Amelia Winters y Leonora Palmley, no volvieron a verse, pero permanecieron unidas por el hilo invisible del odio que siempre se habían profesado, y que las llevo a ser tan desgraciadas.

Tomado de. Joyas de la Literatura, Año X, No. 205, Julio 1ro. de 1993. Guion: Herwigd Comte. Adaptación: Emmanuel Has. Segunda Adaptación: José Escobar.