Ligeia, es un relato corto de la primera época del escritor
estadounidense, Edgar Allan Poe, publicado por primera vez en 1838. La
historia sigue a un narrador anónimo, y a su esposa Ligeia, una mujer hermosa e
inteligente, de cabello negro. Ella enferma, compone, El Gusano Conquistador,
y cita versos atribuidos a Joseph Glanvill, que sugieren que la vida solo
se sostiene mediante la fuerza de voluntad, poco antes de morir.
Tras su
muerte, el narrador se casa con Lady Rowena. Rowena enferma, y también muere.
El desconsolado narrador, permanece junto a su cuerpo durante la noche, y
observa cómo Rowena regresa lentamente de entre los muertos, aunque
transformada en Ligeia. El relato podría ser una alucinación del narrador,
inducida por el opio, y existe debate sobre si se trata de una sátira. Tras su
primera publicación, en, The American Museum, el relato fue ampliamente
revisado y reimpreso, a lo largo de la vida de Poe.
Resumen de la Trama
La historia es
narrada por un narrador anónimo, que describe las cualidades de Ligeia: una
mujer hermosa, apasionada, e intelectual, de cabello negro azabache, y ojos
oscuros. Cree recordar haberla conocido, "en alguna gran ciudad antigua
y decadente, cerca del Rin". No recuerda nada de la historia de
Ligeia, ni siquiera el apellido de su familia, pero sí recuerda su hermosa
apariencia. Sin embargo, su belleza no es convencional. La describe como
demacrada, con cierta, "extrañeza". Describe su rostro con
detalle, desde su frente, "impecable," hasta los, "orbes
divinos" de sus ojos. Se casan, y Ligeia impresiona a su esposo con su
inmenso conocimiento de las ciencias físicas y matemáticas, y su dominio de las
lenguas clásicas. Comienza a mostrarle a su esposo, su conocimiento de la
sabiduría metafísica y "prohibida".
Tras un tiempo
indeterminado, Ligeia enferma, lucha internamente con la mortalidad humana, y
finalmente, muere. Poco antes de su muerte, compone un poema titulado, El Gusano
Conquistador, que describe su estado mental, y la resignación ante su
condición mortal. A continuación, el narrador, afligido, compra y restaura una
abadía en Inglaterra.
El narrador
contrae matrimonio sin amor con, “la bella y de ojos azules Lady Rowena
Trevanion de Tremaine.” En el segundo mes de matrimonio, Rowena comienza a
sufrir de ansiedad y fiebre, cada vez mayores. Una noche, cuando está a punto
de desmayarse, el narrador le sirve una copa de vino. Bajo los efectos del
opio, ve, o cree ver, gotas de, “un líquido brillante color rubí” caer
en la copa. Su estado empeora rápidamente y, pocos días después, muere, y su
cuerpo es embalsamada para el entierro.
Mientras el
narrador vela a su lado, durante la noche, nota un breve rubor en las mejillas
de Rowena. Ella muestra repetidamente signos de recuperación, antes de recaer
en una aparente muerte. Mientras intenta reanimarla, los renacimientos se
vuelven cada vez más fuertes, pero las recaídas, más definitivas. Al amanecer,
mientras el narrador se encuentra emocionalmente exhausto tras la lucha de la
noche, el cuerpo cubierto con un sudario, revive una vez más, se pone de pie, y
camina hacia el centro de la habitación. Al tocar la figura, las vendas de su
cabeza se desprenden, dejando al descubierto una abundante cabellera negra y
unos ojos oscuros: Rowena se ha transformado en Ligeia.
Historia de la Publicación
Ligeia, se publicó por primera vez, en la edición del 18 de
septiembre de 1838, del, American Museum, una revista editada por dos
amigos de Poe, el Dr. Nathan C. Brooks, y el Dr. Joseph E. Snodgrass. La
revista le pagó a Poe 10 dólares por, Ligeia.
El relato fue
revisado extensamente, a lo largo de su historia de publicación. Se reimprimió
en el primer volumen de, Tales of the Grotesque and Arabesque (1840), en
el único volumen de, Phantasy Pieces (1842), en Tales by Edgar
Allan Poe (1845), en, The New World (15 de febrero de 1845) y en Broadway
Journal (27 de septiembre de 1845). El poema, The Conqueror Worm, se
incorporó por primera vez al texto, como poema compuesto por Ligeia, en, The
New World.
Recepción Critica
Charles Eames,
de, The New World, comentó: “La fuerza y la audacia de la
concepción, así como la gran habilidad artística, con la que el autor plasma su
propósito, son igualmente admirables.” Thomas Dunn English, en un artículo
publicado en el, Aristidean de octubre de 1845, afirmó que, Ligeia era, “la
más extraordinaria de sus obras”.
El crítico y
dramaturgo, George Bernard Shaw, declaró: “La historia de Lady Ligeia, no es
simplemente una de las maravillas de la literatura: es inigualable e
insuperable”.
Análisis
El narrador
confía en Ligeia, como si fuera un niño, mirándola con una, “confianza
infantil”. Tras su muerte, se convierte en, “un niño a tientas, perdido
en la oscuridad”, con una, “perversidad infantil”. El biógrafo de Poe,
Kenneth Silverman, señala que, a pesar de ésta dependencia, el narrador siente
un deseo simultáneo de olvidarla, lo que quizás le impide amar a Rowena. Éste
deseo de olvidar, se ejemplifica en su incapacidad para recordar el apellido de
Ligeia. Sin embargo, el relato nos revela que el narrador jamás supo su
apellido.
Ligeia, según el narrador, era extremadamente inteligente, “como
nunca antes había conocido en una mujer”. Y lo que es más importante, fue
su maestra en la, “investigación metafísica”, transmitiéndole una, “sabiduría
demasiado divinamente preciosa como para no estar prohibida”. Así pues, su
conocimiento del misticismo, combinado con un intenso deseo de vivir, pudo
haber propiciado su resurrección. El epígrafe inicial, que se repite a lo largo
del relato, se atribuye a Joseph Glanvill, aunque ésta cita no se ha encontrado
en la obra conservada de Glanvill. Es posible que Poe inventara la cita, y le
añadiera el nombre de Glanvill, para vincularlo con su creencia en la brujería.
Ligeia y
Rowena funcionan como opuestos estéticos: Ligeia es de cabello negro, y
proviene de una ciudad a orillas del Rin, mientras que Rowena, que se cree que
recibió su nombre del personaje de Ivanhoe, es una rubia anglosajona. Esta
oposición simbólica, implica el contraste entre el romanticismo alemán, e
inglés.
Se ha debatido
con exactitud, qué pretendía representar Poe en la escena de la
metamorfosis, en parte debido a una de sus cartas personales, en la que niega
que Ligeia, renaciera en el cuerpo de Rowena, una afirmación que posteriormente
retracta. Si Rowena se hubiera transformado realmente en la difunta Ligeia, ésto
solo se evidencía en las palabras del narrador, lo que deja margen para
cuestionar su veracidad. El narrador ya ha sido establecido como adicto al
opio, lo que lo convierte en un narrador poco fiable. Al principio del relato,
el narrador describe la belleza de Ligeia, como, “el resplandor de un sueño
de opio”. También nos dice que, “en la excitación de mis sueños de opio,
gritaba su nombre en el silencio de la noche... como si... pudiera devolverla
al camino que había abandonado... sobre la tierra”. Esto puede
interpretarse como prueba de que el regreso de Ligeia, no fue más que una
alucinación inducida por las drogas. Si el regreso de Ligeia de entre los
muertos, es literal, parece derivarse de su afirmación, de que una persona
muere solo por una voluntad débil. Esto implica, entonces, que una voluntad
fuerte, puede mantener a alguien con vida. Sin embargo, no está claro si es la
voluntad de Ligeia, o la de su esposo, es la que la trae de vuelta de entre los
muertos. Su enfermedad pudo haber sido tuberculosis.
El profesor
Paul Lewis señala los estrechos paralelismos entre Ligeia y Wake Not
the Dead (1822) de Ernst Raupach, afirmando que ambos relatos tratan, “material
casi idéntico de maneras radicalmente diferentes”. Lewis concluye que, si
bien no existen fuentes que confirmen que Poe leyera el cuento de
Raupach, ésto no es concluyente, ya que Poe, “siempre ocupado acusando a
otros de plagio, se cuidaba de ocultar sus propios préstamos”. La erudita,
Heide Crawford, escribe que es probable que Poe, haya tomado prestado, o
se haya visto influenciado por, Wake Not the Dead, o, No Despiertes a los Muertos, tal como
se tradujo al inglés, en, Popular Tales and Romances of the Northern Nations
(1823) o Legends of Terror! (1826), ambas publicaciones que publicaron
el relato sin atribución, lo que podría explicar por qué Poe, no
menciona a nadie, como inspiración para, Ligeia.
El poema
dentro del relato, The Conqueror Worm, o, El Gusano Conquistador,
también plantea interrogantes sobre la supuesta resurrección de Ligeia. El
poema muestra esencialmente una admisión de su propia mortalidad inevitable. La
inclusión de éste amargo poema, podría haber tenido una intención irónica, o
parodiar las convenciones de la época, tanto en la literatura, como en la vida.
A mediados del siglo XIX, era común enfatizar la sacralidad de la muerte, y la
belleza del morir, (piénsese en el personaje de, Little Johnny, en, Our
Mutual Friend, o, Nuestro Amigo Común, de Charles Dickens, o, la
muerte de Helen Burns, en, Jane Eyre, de Charlotte Brontë. En cambio,
Ligeia habla del miedo personificado en la, “cosa roja como la sangre”. Sin
embargo, se han sugerido otras interpretaciones.
Philip
Pendleton Cooke, amigo de Poe y también escritor sureño, sugirió que la
historia habría sido más artística, si la posesión de Rowena por Ligeia,
hubiera sido más gradual; Poe estuvo de acuerdo posteriormente, aunque
ya había utilizado una posesión más lenta, en, Morella. Poe
también escribió que debería haber hecho que Rowena, poseída por Ligeia,
recuperára su verdadera forma, para poder ser enterrada como Rowena, “una
vez que las alteraciones corporales se hubieran desvanecido gradualmente”.
Sin embargo, en una carta posterior se retractó de ésta afirmación.
Como Sátira
Se ha debatido
si Poe pretendía que, Ligeia, fuera una sátira de la literatura
gótica. El año de su publicación, Poe solo publicó otras dos obras en
prosa: Siope—Una Fábula, y, La Psique Zenobia, ambas sátiras de
estilo gótico. Entre las pruebas que respaldan ésta teoría, se encuentra la
implicación de que Ligeia es alemana, una de las principales fuentes de la
literatura gótica del siglo XIX, y que su descripción insinúa mucho, pero no
dice nada, especialmente en la descripción de sus ojos. El narrador describe su,
"expresión", que él mismo admite que es una, “palabra sin
sentido”. El relato también sugiere que Ligeia es trascendentalista, un
grupo de personas que Poe criticaba con frecuencia.
Temas Principales.
Muerte de una
bella mujer. Véase también: Berenice, La Caída de la Casa Usher, Morella.
Resurrección.
Véase también: La Caída de la Casa Usher, Morella, Metzengerstein.
Abuso de
sustancias. Véase también: El Gato Negro, Hop-Frog. (Wikipedia en Ingles)
Ligeia
De Edgar Allan Poe
“El Hombre no se rinde a los ángeles, ni
se entrega por entero a la muerte. Como no sea por la flaqueza de su débil
voluntad.”
Joseph Glanvill
Juro por mi alma, que no recuerdo ni como
ni cuando, ni siquiera donde conocí a Lady Ligeia. Los sufrimientos han
debilitado mi memoria, y han transcurrido tantos años desde entonces. Pero creo
que la conocí por vez primera, en una vieja ciudad cerca del Rhin.
¡LIGEIA!¡LIGEIA! Con solo tu dulce nombre acude tu imagen a los ojos de mi
fantasía. Amor mío, un espíritu fatídico presidió nuestro matrimonio.
Resultaría vano querer describir la majestad de su porte, o la amada musica de
su dulce y profunda voz. Ninguna mujer igualó jamás la belleza de su faz. Era
una visión etérea y arrebatadora, ardorosamente divina. Bacon, el filósofo,
dijo alguna vez, “No hay belleza exquisita, sin algo extraño en la
proporción.” Pero, aunque su belleza era exquisita, en vano intenté
descubrir la irregularidad que le confería aquella suprema condición. Su frente
era impecable, alta, pálida; su piel competía con el marfil más puro. Sus
cabellos eran negros como ala de cuervo, lustrosos y exuberantes. Las delicadas
líneas de su nariz, eran de una perfección acabada, con una tendencia aguileña,
que revelaba su espíritu libre. ¡Su dulce boca! Allí se encerraba el triunfo de
todas las cosas celestiales. Poseía las más radiante, la más triunfal de las
sonrisas. Y sus ojos. ¡Más grades que los ojos de las gacelas! ¡Sí, lo “extraño”
que volvía exquisita su belleza, estaba en sus ojos! No en su forma, su color,
o su brillo, sino en su “expresión.” Ah ¡Qué misterio encerraban
aquellas divinas pupilas!” Cuantas veces al examinarlos, sentí que me acercaba
al conocimiento de su profundo misterio, pero siempre, al último momento. ¡Se
me escapaba esa extraña verdad! En el universo material, por momentos,
encontraba analogías con esa sublime expresión. A veces, en la belleza de una
viña, en el vuelo de una mariposa, en el movimiento de un arroyo, en la
majestad del océano, en la caída de un meteoro. Y tambien, ese sentimiento me
era provocado por un insólito pasaje de un libro del filósofo, Joseph Glanvill,
“Y allí, adentro, se halla la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los
misterios de la voluntad y de su energía? Dios es una gran voluntad que penetra
todas las cosas por obra de su intensidad. El Hombre no se rinde a los Ángeles,
ni se entrega por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil
voluntad.” Ahora sé que en Ligeia, aquella voluntad era inmensa,
gigantesca, revelada en la intensidad de su pensamiento, de su voz. ¡De su
mirada! Sí, y de todas las mujeres que he conocido, ella, la tranquila y serena
Ligeia, sufría mas que ninguna el desgarramiento de la pasión cruel. Recuerdo
que me decía, “¿Me amarás?” Yo, “¡Siempre!” Ella, “¿Lo juras?”
Yo, “¡Sí.” Ella, “¿Podrías amar a otra mujer?” Yo, “¡Nunca!”
Ella, “Jamás soportaría que amáras a otra!” Yo, “¡Ligeia, Ligeia, no
hables asi!” ¡Ah, cuantos años felices pasamos juntos, en profundos
estudios metafísicos, que yo solo pude llevar a cabo ayudado por sus
conocimientos gigantescos, pasmosos! Jamás pude engañarme. Su sabiduría, su
comprensión de los misterios divinos y terrenales, fueron siempre superiores a mí.
Por eso, sin ella yo quedé como un niño que anda a tientas en la noche, pues un
infausto día, Ligeia cayó enferma. Tomé su mano, en su cama, y le dije, “Mi
vida.” Ella me dijo, “No temas.” Mas a pesar de sus ánimos, comprendí
que iba a morir. ¡Con qué ferocidad luchó contra la muerte, contra la eterna
sombra! Mientras limpiaba el sudor de su frente por la fiebre, pensé, “A pesar
de su mal, sigue dulce, profundamente en todos sus pensamientos.” Y solo en
aquellas negras horas me di cuenta de toda la magnitud de su amor. Recuerdo que
me abrazó, y me dijo, “Quisiera vivir, para amarte más…” Mientras la
veía en su lecho, pensaba, “Soy indigno. Soy indigno de tanto amor. ¿Por qué
me arrebatan a Ligeia, en las horas de mi mayor felicidad? No hay palabras para
expresar su amor, sus ansias de vivir…” ¿Cómo olvidar la noche en que murió?
Me pidió que leyera algunos versos, que ella misma habia escrito días antes.
Con una mano tomé su mano, y con la otra las hojas del poema y le dije, “Sí,
aquí estan…” Ella me dijo, “Por favor…” Y comencé, “Es de gala la
función, en la escena de un suntuoso, imponente teatro, ante un público de
ángeles tristes. Conmovidos y absortos los ánimos, se representa un trágico
drama de desdicha, de luto y de espanto; mientras la orquesta nerviosa suspira
en acordes luctuosos y extraños. Unos mimos, de Dios propia imagen, sobre el
vasto, revuelto tablado, vienen y van, agitándose murmuran, prorrumpiendo ora
en risa, ora en llanto. Cual incidentes figuras movidas por el impulso de
incógnita mano; en aquel variable escenario, el tramoyista invisible es el
hado. ¡Ah, ese drama de espanto y de duelo, jamás podrá la memoria borrarlo!
Con su turba efímera de quimeras perseguida, más. ¡Ay! Siempre en vano, por
enjambre insistente de ilusos en un eterno circulo girando, y en el fondo, el
alma de todo, el horror, la locura, y el pecado. Pero miren: engendro de las
sombras, surge un monstruo espantoso, que arrastra su rojiza, turgente forma, y
el proscenio al ganar. Sanguinario de los trémulos cuerpos caídos de los mimos,
voraz, hará pasto; y sollozan los ángeles viendo de tan cruel catástrofe el
cuadro. ¡Y las luces se apagan todas! Sobre aquel horrendo escenario baja al fin
con solemne estruendo el telón, con su fúnebre manto; y los ángeles dicen
llorando al salir de solemne teatro: La tragedia se titula, el Hombre, y el
héroe triunfante es el gusano.” Incorporándose de un salto, con gesto
espasmódico, Ligeia gritó, “¡Oh, Dios!” Ligeia se incorporó, y con
lagrimas dijo, “¡Oh, Dios mío, Padre Celestial! ¿Es inevitable que sucedan
estas cosas?” Mientras yo secaba sus lágrimas con un pañuelo, Ligeia dijo, “¿No
será vencido nunca ese vencedor? ¿No somos una parcela de ti? ¿Quién puede
conocer la los misterios de la voluntad y de su vigor?” Agotada por la emoción,
Ligeia volvió a caer en su lecho de muerte. Y llegó el momento de sus últimos
suspiros, con los cuales repitió aquel pasaje de Glanvill: “El hombre no se
rinde a los ángeles, ni se entrega por entero a la muerte, como no sea por la
flaqueza de su débil voluntad…” Al verla cerrar sus ojos, exclamé, “¡Oh,
Ligeia!” Murió. Pulverizado por el dolor, ya no soporté la solitaria
desolación de mi casa, junto al Rhin. No me faltaba lo que el mundo llama
fortuna. Mientras me alejaba del cementerio, pensé, “No volveré jamás…”
Y asi, tras meses de tediosos vagabundeos, adquirí y reparé una abadía en una
de las regiones más selváticas y solitaria de la hermosa Inglaterra. Y pensé, “Aquí,
quizá pueda olvidar mi desdicha…” Me dediqué a decorar mi abadía de la
manera más fantástica y suntuosa, mi vida y mis planes tomaron el color de mis
sueños. Y ninguna estancia era más insólita que aquella a la que un día llevé a
mi nueva esposa. ¡Ah, estancia por siempre maldita! ¿Por qué llevé ahí a la
sucesora de la inolvidable Ligeia…a lady Rowena Trevanion de Tremaine, la de
rubios cabellos y ojos azules? Aquella habitación donde nos amábamos, ocupaba
una alta torre de la abadía. En cada esquina habia una copia de un sarcófago
egipcio, y los muros quedaban completamente cubiertos con tapices que
representaban una procesión continua de espantosas formas salidas de alguna
pesadilla gótica. Allí pasmos el primer mes de nuestro matrimonio. Desde un
principio, sabía que la familia de Rowena, solo habia permitido nuestra unión
debido a mi riqueza. En el fondo, el nuestro era un matrimonio por
conveniencia. En realidad, apenas me amaba, y extrañamente eso me complacía. Por
momentos la odiaba, y pensaba, “Ah, si pudiera volver a ver a Ligeia…” Siempre
mis recuerdos volaban hacia Ligeia, la amada, la hermosa, la enterrada. Mientras
bebía, me acerqué a la ventana y grité al aire, “¡Ligeia!¡Ligeia! ¿Qué
podría hacer para que…volvieras a ésta tierra?” Entonces, al segundo mes de
nuestro agridulce matrimonio, lady Rowena fue atacada por una dolencia
repentina. El mal duró algunos días, y de pronto, pareció restablecerse. Mas
días después, un segundo ataque volvió a postrarla en el lecho de dolor. El
medico solo le dijo, “Tiene que descansar.” Yo solo pensé, “Ni el
medico sabe lo que tiene…” Conforme avanzó su mal, pareció caer presa de
sus alucinaciones, pues decía ver y oír cosas que yo no percibía. De repente,
ella decía, “¿Quién está allí?” Yo la tomaba y le decía, “¡Nadie,
solo yo, Rowena!” Durante aquel sombrío mes de septiembre, su enfermedad
progresó, asi como sus inexplicables visiones. Y ella insistía, “¡Allí, hay
alguien allí!” Yo le decía, “Es solo el viento que mueve los tapices,
estamos solos…” Ella dijo, insistiendo, “¡No! Hay alguien más…¡Lo sé!”
Yo le dije, “¡Calma mi vida!” Pero entonces, cuando le llevaba una copa
de vino dulce, yo sentí que algo pasó junto a mí. Y pensé, “¿Yo tambien
empiezo a sufrir alucinaciones?” Rowena tomó la copa y dijo, “Gracias,
yo puedo sola…” ¡Y volví a sentir que algo pasaba a mi lado! Y pensé, “Pero
no veo nada…¿Estoy soñando, qué pasa?” Como si salieran de algún frasco
invisible, tres o cuatro gotas de un líquido carmesí cayeron en la copa de
Rowena. Yo pensé, “No puede ser, fue una visión…¡Solo eso!” Sin embargo,
fue obvio que, tras haber apurado esa copa, lady Rowena, empeoró visiblemente. Mientras
limpiaba el sudor de su frente, la sirvienta dijo, “Oh, señor, creo que
morirá…” Yo pensé dentro de mi corazón, “Así es…” Tres días después,
se habia cumplido el fatal destino de mi segunda esposa, y sus sirvientas la
amortajaron. Y la cuarta noche pase solo, con su cuerpo ya envuelto en el
sudario, en aquella fantástica estancia que la recibiera recien casada. Mi dolor
era indecible, pues a la pena de perder a lady Rowena, se unía un flujo
ineludible de recuerdos de Ligeia, pensando, “En verdad, el destino me
castiga.” Quizá fuera media noche, cuando algo me despertó de mi ensueño. “¡Ahhh!”
Exclamé, “No puede ser, escuché claramente un suspiro. Y entonces, tras varios
minutos de sepulcral silencio, al acercarme a revisar su rostro parte
amortajado, pensé, “¡Ah! Hay un color en sus mejillas, débil. ¡Pero allí
está!” Seti un terror absoluto, pensé que el corazón se me paralizaría, y pensé,
“Rowena, no está muerta. ¡Vive!” Entonces exclamé, “Sus labios
tiemblan, aletean sus parpados…¡Oh, Dios!” La servidumbre estaba lejos en el
otro extremo de la abadía, y no me atreví a dejar sola a Rowena. Le tomé el
pulso y dije, “Tengo que hacer algo por revivirla.” Pero mis frenéticos esfuerzos
fueron en vano. Al cabo de algun tiempo, el cuerpo del sudario volvió a su
estado anterior. Yo pensé, “¿Habrá sido todo, otra alucinación?” Mas de
pronto, escuché un gemido, “¡Aaaah!” Asombrado exclamé, “¡Vu˗vuelve a
suspirar, sí está viva!” El horror de aquella noche fue indecible. Una y
otra vez se repitió aquel horrible drama de la resurrección. Tocándole el
pulso, pensé, “¡Cuantas veces, ‘vivirá’ o ‘morirá!’ ¡Oh, Dios!” Y
entonces, cerca del alba, cuando descansaba por un instante, escuché que se
levantaba, y exclamé, “¡A˗aah! Ya no hay duda…” Con débiles pasos,
avanzando a tientas, Rowena se liberaba por completo de las cadenas de la
muerte. Y al verla, pensé, “A˗avanza…hacia mi…” El más loco desorden
mental dominó mis pensamientos. ¿Por qué dudaba que la figura que lentamente
avanzaba hacia mi, fuera lady Rowena de Tremaine, la de rubios cabellos y
azules ojos? ¿Qué inexpresable demencia se apoderó de mí, cuando me hinqué a
sus pies? Ella sacudió la cabeza, aflojó las terribles mortajas que la
envolvían. Y entonces, en el aire, impregnado de exótico incienso, se desbordó,
una enorme masa de cabellos desordenados…¡Mas negros que las alas de un cuervo
a media noche! Y, lentamente, la figura que se erguía ante mí, abrió los ojos.
Mi ronco gríto recibió el alba lejana. “¡POR FIN LOS VEO! ¡EN ESTO, NUNCA,
NUNCA PODRÉ EQUIVOCARME! ¡SON LOS NEGROS OJOS, LOS ARDIENTES OJOS DE MI PERDIDO
AMOR, LOS DE LADY, LOS DE LADY LIGEIA!”
Tomado de, Joyas de la Literatura. Año,
IV. No. 41. Septiembre 1º. de 1986. Adaptación: Remy Bastien. Guión: M. A.
Barrera. Segunda Adaptación: Jose Escobar.
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