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sábado, 9 de mayo de 2026

Ligeia de Edgar Allan Poe

    Ligeia, es un relato corto de la primera época del escritor estadounidense, Edgar Allan Poe, publicado por primera vez en 1838. La historia sigue a un narrador anónimo, y a su esposa Ligeia, una mujer hermosa e inteligente, de cabello negro. Ella enferma, compone, El Gusano Conquistador, y cita versos atribuidos a Joseph Glanvill, que sugieren que la vida solo se sostiene mediante la fuerza de voluntad, poco antes de morir.

Tras su muerte, el narrador se casa con Lady Rowena. Rowena enferma, y también muere. El desconsolado narrador, permanece junto a su cuerpo durante la noche, y observa cómo Rowena regresa lentamente de entre los muertos, aunque transformada en Ligeia. El relato podría ser una alucinación del narrador, inducida por el opio, y existe debate sobre si se trata de una sátira. Tras su primera publicación, en, The American Museum, el relato fue ampliamente revisado y reimpreso, a lo largo de la vida de Poe.

Resumen de la Trama

   La historia es narrada por un narrador anónimo, que describe las cualidades de Ligeia: una mujer hermosa, apasionada, e intelectual, de cabello negro azabache, y ojos oscuros. Cree recordar haberla conocido, "en alguna gran ciudad antigua y decadente, cerca del Rin". No recuerda nada de la historia de Ligeia, ni siquiera el apellido de su familia, pero sí recuerda su hermosa apariencia. Sin embargo, su belleza no es convencional. La describe como demacrada, con cierta, "extrañeza". Describe su rostro con detalle, desde su frente, "impecable," hasta los, "orbes divinos" de sus ojos. Se casan, y Ligeia impresiona a su esposo con su inmenso conocimiento de las ciencias físicas y matemáticas, y su dominio de las lenguas clásicas. Comienza a mostrarle a su esposo, su conocimiento de la sabiduría metafísica y "prohibida".

Tras un tiempo indeterminado, Ligeia enferma, lucha internamente con la mortalidad humana, y finalmente, muere. Poco antes de su muerte, compone un poema titulado, El Gusano Conquistador, que describe su estado mental, y la resignación ante su condición mortal. A continuación, el narrador, afligido, compra y restaura una abadía en Inglaterra.

El narrador contrae matrimonio sin amor con, “la bella y de ojos azules Lady Rowena Trevanion de Tremaine.” En el segundo mes de matrimonio, Rowena comienza a sufrir de ansiedad y fiebre, cada vez mayores. Una noche, cuando está a punto de desmayarse, el narrador le sirve una copa de vino. Bajo los efectos del opio, ve, o cree ver, gotas de, “un líquido brillante color rubí” caer en la copa. Su estado empeora rápidamente y, pocos días después, muere, y su cuerpo es embalsamada para el entierro.

Mientras el narrador vela a su lado, durante la noche, nota un breve rubor en las mejillas de Rowena. Ella muestra repetidamente signos de recuperación, antes de recaer en una aparente muerte. Mientras intenta reanimarla, los renacimientos se vuelven cada vez más fuertes, pero las recaídas, más definitivas. Al amanecer, mientras el narrador se encuentra emocionalmente exhausto tras la lucha de la noche, el cuerpo cubierto con un sudario, revive una vez más, se pone de pie, y camina hacia el centro de la habitación. Al tocar la figura, las vendas de su cabeza se desprenden, dejando al descubierto una abundante cabellera negra y unos ojos oscuros: Rowena se ha transformado en Ligeia.

Historia de la Publicación

    Ligeia, se publicó por primera vez, en la edición del 18 de septiembre de 1838, del, American Museum, una revista editada por dos amigos de Poe, el Dr. Nathan C. Brooks, y el Dr. Joseph E. Snodgrass. La revista le pagó a Poe 10 dólares por, Ligeia.

El relato fue revisado extensamente, a lo largo de su historia de publicación. Se reimprimió en el primer volumen de, Tales of the Grotesque and Arabesque (1840), en el único volumen de, Phantasy Pieces (1842), en Tales by Edgar Allan Poe (1845), en, The New World (15 de febrero de 1845) y en Broadway Journal (27 de septiembre de 1845). El poema, The Conqueror Worm, se incorporó por primera vez al texto, como poema compuesto por Ligeia, en, The New World.

Recepción Critica

Charles Eames, de, The New World, comentó: “La fuerza y ​​la audacia de la concepción, así como la gran habilidad artística, con la que el autor plasma su propósito, son igualmente admirables.” Thomas Dunn English, en un artículo publicado en el, Aristidean de octubre de 1845, afirmó que, Ligeia era, “la más extraordinaria de sus obras”.

El crítico y dramaturgo, George Bernard Shaw, declaró: “La historia de Lady Ligeia, no es simplemente una de las maravillas de la literatura: es inigualable e insuperable”.

Análisis

El narrador confía en Ligeia, como si fuera un niño, mirándola con una, “confianza infantil”. Tras su muerte, se convierte en, “un niño a tientas, perdido en la oscuridad”, con una, “perversidad infantil”. El biógrafo de Poe, Kenneth Silverman, señala que, a pesar de ésta dependencia, el narrador siente un deseo simultáneo de olvidarla, lo que quizás le impide amar a Rowena. Éste deseo de olvidar, se ejemplifica en su incapacidad para recordar el apellido de Ligeia. Sin embargo, el relato nos revela que el narrador jamás supo su apellido.

Ligeia, según el narrador, era extremadamente inteligente, “como nunca antes había conocido en una mujer”. Y lo que es más importante, fue su maestra en la, “investigación metafísica”, transmitiéndole una, “sabiduría demasiado divinamente preciosa como para no estar prohibida”. Así pues, su conocimiento del misticismo, combinado con un intenso deseo de vivir, pudo haber propiciado su resurrección. El epígrafe inicial, que se repite a lo largo del relato, se atribuye a Joseph Glanvill, aunque ésta cita no se ha encontrado en la obra conservada de Glanvill. Es posible que Poe inventara la cita, y le añadiera el nombre de Glanvill, para vincularlo con su creencia en la brujería.

Ligeia y Rowena funcionan como opuestos estéticos: Ligeia es de cabello negro, y proviene de una ciudad a orillas del Rin, mientras que Rowena, que se cree que recibió su nombre del personaje de Ivanhoe, es una rubia anglosajona. Esta oposición simbólica, implica el contraste entre el romanticismo alemán, e inglés.

Se ha debatido con exactitud, qué pretendía representar Poe en la escena de la metamorfosis, en parte debido a una de sus cartas personales, en la que niega que Ligeia, renaciera en el cuerpo de Rowena, una afirmación que posteriormente retracta. Si Rowena se hubiera transformado realmente en la difunta Ligeia, ésto solo se evidencía en las palabras del narrador, lo que deja margen para cuestionar su veracidad. El narrador ya ha sido establecido como adicto al opio, lo que lo convierte en un narrador poco fiable. Al principio del relato, el narrador describe la belleza de Ligeia, como, “el resplandor de un sueño de opio”. También nos dice que, “en la excitación de mis sueños de opio, gritaba su nombre en el silencio de la noche... como si... pudiera devolverla al camino que había abandonado... sobre la tierra”. Esto puede interpretarse como prueba de que el regreso de Ligeia, no fue más que una alucinación inducida por las drogas. Si el regreso de Ligeia de entre los muertos, es literal, parece derivarse de su afirmación, de que una persona muere solo por una voluntad débil. Esto implica, entonces, que una voluntad fuerte, puede mantener a alguien con vida. Sin embargo, no está claro si es la voluntad de Ligeia, o la de su esposo, es la que la trae de vuelta de entre los muertos. Su enfermedad pudo haber sido tuberculosis.

El profesor Paul Lewis señala los estrechos paralelismos entre Ligeia y Wake Not the Dead (1822) de Ernst Raupach, afirmando que ambos relatos tratan, “material casi idéntico de maneras radicalmente diferentes”. Lewis concluye que, si bien no existen fuentes que confirmen que Poe leyera el cuento de Raupach, ésto no es concluyente, ya que Poe, “siempre ocupado acusando a otros de plagio, se cuidaba de ocultar sus propios préstamos”. La erudita, Heide Crawford, escribe que es probable que Poe, haya tomado prestado, o se haya visto influenciado por, Wake Not the Dead, o,  No Despiertes a los Muertos, tal como se tradujo al inglés, en, Popular Tales and Romances of the Northern Nations (1823) o Legends of Terror! (1826), ambas publicaciones que publicaron el relato sin atribución, lo que podría explicar por qué Poe, no menciona a nadie, como inspiración para, Ligeia.

El poema dentro del relato, The Conqueror Worm, o, El Gusano Conquistador, también plantea interrogantes sobre la supuesta resurrección de Ligeia. El poema muestra esencialmente una admisión de su propia mortalidad inevitable. La inclusión de éste amargo poema, podría haber tenido una intención irónica, o parodiar las convenciones de la época, tanto en la literatura, como en la vida. A mediados del siglo XIX, era común enfatizar la sacralidad de la muerte, y la belleza del morir, (piénsese en el personaje de, Little Johnny, en, Our Mutual Friend, o, Nuestro Amigo Común, de Charles Dickens, o, la muerte de Helen Burns, en, Jane Eyre, de Charlotte Brontë. En cambio, Ligeia habla del miedo personificado en la, “cosa roja como la sangre”. Sin embargo, se han sugerido otras interpretaciones.

Philip Pendleton Cooke, amigo de Poe y también escritor sureño, sugirió que la historia habría sido más artística, si la posesión de Rowena por Ligeia, hubiera sido más gradual; Poe estuvo de acuerdo posteriormente, aunque ya había utilizado una posesión más lenta, en, Morella. Poe también escribió que debería haber hecho que Rowena, poseída por Ligeia, recuperára su verdadera forma, para poder ser enterrada como Rowena, “una vez que las alteraciones corporales se hubieran desvanecido gradualmente”. Sin embargo, en una carta posterior se retractó de ésta afirmación.

Como Sátira

Se ha debatido si Poe pretendía que, Ligeia, fuera una sátira de la literatura gótica. El año de su publicación, Poe solo publicó otras dos obras en prosa: Siope—Una Fábula, y, La Psique Zenobia, ambas sátiras de estilo gótico. Entre las pruebas que respaldan ésta teoría, se encuentra la implicación de que Ligeia es alemana, una de las principales fuentes de la literatura gótica del siglo XIX, y que su descripción insinúa mucho, pero no dice nada, especialmente en la descripción de sus ojos. El narrador describe su, "expresión", que él mismo admite que es una, “palabra sin sentido”. El relato también sugiere que Ligeia es trascendentalista, un grupo de personas que Poe criticaba con frecuencia.

Temas Principales.

Muerte de una bella mujer. Véase también: Berenice, La Caída de la Casa Usher, Morella.

Resurrección. Véase también: La Caída de la Casa Usher, Morella, Metzengerstein.

Abuso de sustancias. Véase también: El Gato Negro, Hop-Frog. (Wikipedia en Ingles)

Ligeia

De Edgar Allan Poe

“El Hombre no se rinde a los ángeles, ni se entrega por entero a la muerte. Como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.”

Joseph Glanvill

Juro por mi alma, que no recuerdo ni como ni cuando, ni siquiera donde conocí a Lady Ligeia. Los sufrimientos han debilitado mi memoria, y han transcurrido tantos años desde entonces. Pero creo que la conocí por vez primera, en una vieja ciudad cerca del Rhin. ¡LIGEIA!¡LIGEIA! Con solo tu dulce nombre acude tu imagen a los ojos de mi fantasía. Amor mío, un espíritu fatídico presidió nuestro matrimonio. Resultaría vano querer describir la majestad de su porte, o la amada musica de su dulce y profunda voz. Ninguna mujer igualó jamás la belleza de su faz. Era una visión etérea y arrebatadora, ardorosamente divina. Bacon, el filósofo, dijo alguna vez, “No hay belleza exquisita, sin algo extraño en la proporción.” Pero, aunque su belleza era exquisita, en vano intenté descubrir la irregularidad que le confería aquella suprema condición. Su frente era impecable, alta, pálida; su piel competía con el marfil más puro. Sus cabellos eran negros como ala de cuervo, lustrosos y exuberantes. Las delicadas líneas de su nariz, eran de una perfección acabada, con una tendencia aguileña, que revelaba su espíritu libre. ¡Su dulce boca! Allí se encerraba el triunfo de todas las cosas celestiales. Poseía las más radiante, la más triunfal de las sonrisas. Y sus ojos. ¡Más grades que los ojos de las gacelas! ¡Sí, lo “extraño” que volvía exquisita su belleza, estaba en sus ojos! No en su forma, su color, o su brillo, sino en su “expresión.” Ah ¡Qué misterio encerraban aquellas divinas pupilas!” Cuantas veces al examinarlos, sentí que me acercaba al conocimiento de su profundo misterio, pero siempre, al último momento. ¡Se me escapaba esa extraña verdad! En el universo material, por momentos, encontraba analogías con esa sublime expresión. A veces, en la belleza de una viña, en el vuelo de una mariposa, en el movimiento de un arroyo, en la majestad del océano, en la caída de un meteoro. Y tambien, ese sentimiento me era provocado por un insólito pasaje de un libro del filósofo, Joseph Glanvill, “Y allí, adentro, se halla la voluntad que no muere. ¿Quién conoce los misterios de la voluntad y de su energía? Dios es una gran voluntad que penetra todas las cosas por obra de su intensidad. El Hombre no se rinde a los Ángeles, ni se entrega por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad.” Ahora sé que en Ligeia, aquella voluntad era inmensa, gigantesca, revelada en la intensidad de su pensamiento, de su voz. ¡De su mirada! Sí, y de todas las mujeres que he conocido, ella, la tranquila y serena Ligeia, sufría mas que ninguna el desgarramiento de la pasión cruel. Recuerdo que me decía, “¿Me amarás?” Yo, “¡Siempre!” Ella, “¿Lo juras?” Yo, “¡Sí.” Ella, “¿Podrías amar a otra mujer?” Yo, “¡Nunca!” Ella, “Jamás soportaría que amáras a otra!” Yo, “¡Ligeia, Ligeia, no hables asi!” ¡Ah, cuantos años felices pasamos juntos, en profundos estudios metafísicos, que yo solo pude llevar a cabo ayudado por sus conocimientos gigantescos, pasmosos! Jamás pude engañarme. Su sabiduría, su comprensión de los misterios divinos y terrenales, fueron siempre superiores a mí. Por eso, sin ella yo quedé como un niño que anda a tientas en la noche, pues un infausto día, Ligeia cayó enferma. Tomé su mano, en su cama, y le dije, “Mi vida.” Ella me dijo, “No temas.” Mas a pesar de sus ánimos, comprendí que iba a morir. ¡Con qué ferocidad luchó contra la muerte, contra la eterna sombra! Mientras limpiaba el sudor de su frente por la fiebre, pensé, “A pesar de su mal, sigue dulce, profundamente en todos sus pensamientos.” Y solo en aquellas negras horas me di cuenta de toda la magnitud de su amor. Recuerdo que me abrazó, y me dijo, “Quisiera vivir, para amarte más…” Mientras la veía en su lecho, pensaba, “Soy indigno. Soy indigno de tanto amor. ¿Por qué me arrebatan a Ligeia, en las horas de mi mayor felicidad? No hay palabras para expresar su amor, sus ansias de vivir…” ¿Cómo olvidar la noche en que murió? Me pidió que leyera algunos versos, que ella misma habia escrito días antes. Con una mano tomé su mano, y con la otra las hojas del poema y le dije, “Sí, aquí estan…” Ella me dijo, “Por favor…” Y comencé, “Es de gala la función, en la escena de un suntuoso, imponente teatro, ante un público de ángeles tristes. Conmovidos y absortos los ánimos, se representa un trágico drama de desdicha, de luto y de espanto; mientras la orquesta nerviosa suspira en acordes luctuosos y extraños. Unos mimos, de Dios propia imagen, sobre el vasto, revuelto tablado, vienen y van, agitándose murmuran, prorrumpiendo ora en risa, ora en llanto. Cual incidentes figuras movidas por el impulso de incógnita mano; en aquel variable escenario, el tramoyista invisible es el hado. ¡Ah, ese drama de espanto y de duelo, jamás podrá la memoria borrarlo! Con su turba efímera de quimeras perseguida, más. ¡Ay! Siempre en vano, por enjambre insistente de ilusos en un eterno circulo girando, y en el fondo, el alma de todo, el horror, la locura, y el pecado. Pero miren: engendro de las sombras, surge un monstruo espantoso, que arrastra su rojiza, turgente forma, y el proscenio al ganar. Sanguinario de los trémulos cuerpos caídos de los mimos, voraz, hará pasto; y sollozan los ángeles viendo de tan cruel catástrofe el cuadro. ¡Y las luces se apagan todas! Sobre aquel horrendo escenario baja al fin con solemne estruendo el telón, con su fúnebre manto; y los ángeles dicen llorando al salir de solemne teatro: La tragedia se titula, el Hombre, y el héroe triunfante es el gusano.” Incorporándose de un salto, con gesto espasmódico, Ligeia gritó, “¡Oh, Dios!” Ligeia se incorporó, y con lagrimas dijo, “¡Oh, Dios mío, Padre Celestial! ¿Es inevitable que sucedan estas cosas?” Mientras yo secaba sus lágrimas con un pañuelo, Ligeia dijo, “¿No será vencido nunca ese vencedor? ¿No somos una parcela de ti? ¿Quién puede conocer la los misterios de la voluntad y de su vigor?” Agotada por la emoción, Ligeia volvió a caer en su lecho de muerte. Y llegó el momento de sus últimos suspiros, con los cuales repitió aquel pasaje de Glanvill: “El hombre no se rinde a los ángeles, ni se entrega por entero a la muerte, como no sea por la flaqueza de su débil voluntad…” Al verla cerrar sus ojos, exclamé, “¡Oh, Ligeia!” Murió. Pulverizado por el dolor, ya no soporté la solitaria desolación de mi casa, junto al Rhin. No me faltaba lo que el mundo llama fortuna. Mientras me alejaba del cementerio, pensé, “No volveré jamás…” Y asi, tras meses de tediosos vagabundeos, adquirí y reparé una abadía en una de las regiones más selváticas y solitaria de la hermosa Inglaterra. Y pensé, “Aquí, quizá pueda olvidar mi desdicha…” Me dediqué a decorar mi abadía de la manera más fantástica y suntuosa, mi vida y mis planes tomaron el color de mis sueños. Y ninguna estancia era más insólita que aquella a la que un día llevé a mi nueva esposa. ¡Ah, estancia por siempre maldita! ¿Por qué llevé ahí a la sucesora de la inolvidable Ligeia…a lady Rowena Trevanion de Tremaine, la de rubios cabellos y ojos azules? Aquella habitación donde nos amábamos, ocupaba una alta torre de la abadía. En cada esquina habia una copia de un sarcófago egipcio, y los muros quedaban completamente cubiertos con tapices que representaban una procesión continua de espantosas formas salidas de alguna pesadilla gótica. Allí pasmos el primer mes de nuestro matrimonio. Desde un principio, sabía que la familia de Rowena, solo habia permitido nuestra unión debido a mi riqueza. En el fondo, el nuestro era un matrimonio por conveniencia. En realidad, apenas me amaba, y extrañamente eso me complacía. Por momentos la odiaba, y pensaba, “Ah, si pudiera volver a ver a Ligeia…” Siempre mis recuerdos volaban hacia Ligeia, la amada, la hermosa, la enterrada. Mientras bebía, me acerqué a la ventana y grité al aire, “¡Ligeia!¡Ligeia! ¿Qué podría hacer para que…volvieras a ésta tierra?” Entonces, al segundo mes de nuestro agridulce matrimonio, lady Rowena fue atacada por una dolencia repentina. El mal duró algunos días, y de pronto, pareció restablecerse. Mas días después, un segundo ataque volvió a postrarla en el lecho de dolor. El medico solo le dijo, “Tiene que descansar.” Yo solo pensé, “Ni el medico sabe lo que tiene…” Conforme avanzó su mal, pareció caer presa de sus alucinaciones, pues decía ver y oír cosas que yo no percibía. De repente, ella decía, “¿Quién está allí?” Yo la tomaba y le decía, “¡Nadie, solo yo, Rowena!” Durante aquel sombrío mes de septiembre, su enfermedad progresó, asi como sus inexplicables visiones. Y ella insistía, “¡Allí, hay alguien allí!” Yo le decía, “Es solo el viento que mueve los tapices, estamos solos…” Ella dijo, insistiendo, “¡No! Hay alguien más…¡Lo sé!” Yo le dije, “¡Calma mi vida!” Pero entonces, cuando le llevaba una copa de vino dulce, yo sentí que algo pasó junto a mí. Y pensé, “¿Yo tambien empiezo a sufrir alucinaciones?” Rowena tomó la copa y dijo, “Gracias, yo puedo sola…” ¡Y volví a sentir que algo pasaba a mi lado! Y pensé, “Pero no veo nada…¿Estoy soñando, qué pasa?” Como si salieran de algún frasco invisible, tres o cuatro gotas de un líquido carmesí cayeron en la copa de Rowena. Yo pensé, “No puede ser, fue una visión…¡Solo eso!” Sin embargo, fue obvio que, tras haber apurado esa copa, lady Rowena, empeoró visiblemente. Mientras limpiaba el sudor de su frente, la sirvienta dijo, “Oh, señor, creo que morirá…” Yo pensé dentro de mi corazón, “Así es…” Tres días después, se habia cumplido el fatal destino de mi segunda esposa, y sus sirvientas la amortajaron. Y la cuarta noche pase solo, con su cuerpo ya envuelto en el sudario, en aquella fantástica estancia que la recibiera recien casada. Mi dolor era indecible, pues a la pena de perder a lady Rowena, se unía un flujo ineludible de recuerdos de Ligeia, pensando, “En verdad, el destino me castiga.” Quizá fuera media noche, cuando algo me despertó de mi ensueño. “¡Ahhh!” Exclamé, “No puede ser, escuché claramente un suspiro. Y entonces, tras varios minutos de sepulcral silencio, al acercarme a revisar su rostro parte amortajado, pensé, “¡Ah! Hay un color en sus mejillas, débil. ¡Pero allí está!” Seti un terror absoluto, pensé que el corazón se me paralizaría, y pensé, “Rowena, no está muerta. ¡Vive!” Entonces exclamé, “Sus labios tiemblan, aletean sus parpados…¡Oh, Dios!” La servidumbre estaba lejos en el otro extremo de la abadía, y no me atreví a dejar sola a Rowena. Le tomé el pulso y dije, “Tengo que hacer algo por revivirla.” Pero mis frenéticos esfuerzos fueron en vano. Al cabo de algun tiempo, el cuerpo del sudario volvió a su estado anterior. Yo pensé, “¿Habrá sido todo, otra alucinación?” Mas de pronto, escuché un gemido, “¡Aaaah!” Asombrado exclamé, “¡Vu˗vuelve a suspirar, sí está viva!” El horror de aquella noche fue indecible. Una y otra vez se repitió aquel horrible drama de la resurrección. Tocándole el pulso, pensé, “¡Cuantas veces, ‘vivirá’ o ‘morirá!’ ¡Oh, Dios!” Y entonces, cerca del alba, cuando descansaba por un instante, escuché que se levantaba, y exclamé, “¡A˗aah! Ya no hay duda…” Con débiles pasos, avanzando a tientas, Rowena se liberaba por completo de las cadenas de la muerte. Y al verla, pensé, “A˗avanza…hacia mi…” El más loco desorden mental dominó mis pensamientos. ¿Por qué dudaba que la figura que lentamente avanzaba hacia mi, fuera lady Rowena de Tremaine, la de rubios cabellos y azules ojos? ¿Qué inexpresable demencia se apoderó de mí, cuando me hinqué a sus pies? Ella sacudió la cabeza, aflojó las terribles mortajas que la envolvían. Y entonces, en el aire, impregnado de exótico incienso, se desbordó, una enorme masa de cabellos desordenados…¡Mas negros que las alas de un cuervo a media noche! Y, lentamente, la figura que se erguía ante mí, abrió los ojos. Mi ronco gríto recibió el alba lejana. “¡POR FIN LOS VEO! ¡EN ESTO, NUNCA, NUNCA PODRÉ EQUIVOCARME! ¡SON LOS NEGROS OJOS, LOS ARDIENTES OJOS DE MI PERDIDO AMOR, LOS DE LADY, LOS DE LADY LIGEIA!”

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año, IV. No. 41. Septiembre 1º. de 1986. Adaptación: Remy Bastien. Guión: M. A. Barrera. Segunda Adaptación: Jose Escobar.                                              


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