El Beso, es una de las, Leyendas, de, Gustavo Adolfo Bécquer, ambientada
en Toledo.
Se publicó en por primera vez en la revista, La
América, el 27 de julio, de 1863.
Relación con Otras Obras
Esta trágica leyenda está relacionada con
la, Rima LXXVI, del mismo autor. En ella hablan de la llegada de un grupo de soldados
franceses a la conquistada Toledo, y que no habían podido encontrar un
alojamiento, y fueron a dormir a una vieja y abandonada iglesia.
Al día siguiente, el capitán del grupo, estuvo hablando con otros colegas que se encontraban en Toledo y les comentó que esa noche había estado con una mujer bellísima, y que esa mujer era una estatua de mármol de una tumba. Entonces sus amigos se burlaron de él, por lo que él les invitó esa noche a tomar unas botellas de champán y a que vieran la estatua.
Cuando por la noche llegaron a la vieja iglesia, estuvieron bebiendo y emborrachándose, y el capitán comentó que habían descifrado un poco de las escrituras de la lápida, que esa estatua era la de Doña Elvira, y que la estatua de hombre que había al lado era la de su marido. Él se acercó a la estatua del hombre y le escupió la bebida en la cara, diciéndole que era para que bebiese, y dijo estar enamorado de la mujer, y se quiso acercar para besarla. Cuando ya lo iba a hacer, cayó al suelo, sangrando por los ojos, la boca, la nariz, y la cara completamente destrozada. Algunos de los que había allí dicen que vieron a la estatua del hombre dándole un guantazo con su guante de mármol para que no besase los labios de Doña Elvira.
Punto de Vista
Bécquer se presenta como narrador
omnisciente en primera persona: ...el suceso que voy a referir.... Aunque
en alguna ocasión aparece tras un plural de modestia: Pero nuestro
héroe..., Según dejamos dicho...
Los sucesos de la primera noche son
narrados en primera persona por el propio oficial protagonista de la historia,
y el auditorio son los oficiales que le escuchan expectantes.
Personajes
En Bécquer los personajes no suelen
presentar una psicología trabajada, más bien sirven al propósito del tema
tratado: los celos, la traición, la venganza, la pasión sin freno, la belleza,
la idea obsesiva, la búsqueda de perfección y la transgresión de las leyes divinas
o humanas.
- El
joven oficial francés
- La
estatua que representa a Doña Elvira de Castañeda
- La
estatua del esposo (Pedro López de Ayala y Guzmán: I
Señor de Fuensalida)
- Como
secundarios: Los compañeros del oficial francés.
Tiempo
Es interno ya que ocurre en la guerra de la Independencia Española contra
los franceses en el siglo XIX.
Espacio
Se nombran varios edificios o espacios públicos fácilmente reconocibles en la actualidad como son: El Alcázar de Carlos V (conocido en la actualidad como Alcázar de Toledo), el monasterio de San Juan de los Reyes,
la Puerta del Sol o la plaza de Zocodover. Algunos de estos lugares aparecen en otras leyendas de Bécquer como La Ajorca de Oro, o El Cristo de la Calavera.Sin embargo, ninguno de estos espacios es protagonista en la historia. El convento donde sucede la acción principal es imaginario, si bien Bécquer lo describe con elementos de estilo gótico-mudéjar.
Bécquer es maestro en la creación de ambientes inquietantes. De entrada, los hechos ocurren durante la noche; esto permite al autor crear una atmósfera fantasmagórica de luces y sombras. El lugar se describe como si hubiese sido arrasado, y se hace especial hincapié en la presencia de losas mortuorias con escudos nobiliarios, estatuas de mármol, cortinajes rasgados, hornacinas vacías... Algunos detalles como el revoloteo de las aves que entran por las vidrieras rotas ayudan a sugerir la altura y el espacio gélido y oscuro.
Rima LXXVI
Rima LXXVI: En la imponente nave/ del templo bizantino,/ vi la gótica tumba a la indecisa/ luz que temblaba en los pintados vidrios./ Las manos sobre el pecho,/ y en las manos un libro,/ una mujer hermosa reposaba/ sobre la urna, del cincel prodigio./ Del cuerpo abandonado,/ al dulce peso hundido,/ cual si de blanda pluma y raso fuera,/ se plegaba su lecho de granito./ De la sonrisa última/ el resplandor divino/ guardaba el rostro, como el cielo guarda/ del sol que muere el rayo fugitivo./
Del cabezal de piedra/ sentados en el filo,/ dos ángeles, el dedo sobre el labio,/ imponían silencio en el recinto./ No parecía muerta:/ de los arcos macizos/ parecía dormir en la penumbra,/ y que en sueños veía el paraíso./ Me acerqué de la nave/ al ángulo sombrío/ con el callado paso que llegamos/ junto a la cuna donde duerme un niño./ La contemplé un momento,/ y en aquel resplandor tibio,/ aquel lecho de piedra que ofrecía/ próximo al muro otro lugar vacío,/ en el alma avivaron/ la sed de lo infinito,/ el ansia de esa vida de la muerte/ para la que un instante son los siglos…/ Cansado en el combate/ en el que luchando vivo,/ alguna vez me acuerdo con envidia/ de aquel rincón oscuro y escondido./ De aquella muda y pálida/ mujer me acuerdo y digo:/ -¡ Oh, qué amor tan callado, el de la muerte!/¡ Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
(Wikipedia en Español)
El Beso
de Gustavo Adolfo
Bécquer
El 2 de diciembre de 1804, una importante ceremonia se efectuaba en la catedral de Notre Dame. Napoleón Bonaparte era consagrado, Emperador de los Franceses. Paris entero se volcó a las calles para aclamarlo. La gente gritaba, “¡Viva el Emperador! ¿Viva la emperatriz!”
Vibrante de entusiasmo, ante aquel pequeño gran hombre, que habia vencido a una buena parte de Europa. Desde el más humilde poblador, hasta los grandes señores, cada cual, a su manera, celebraron el acontecimiento. En un salón se daba una celebración entre aristocratas. Dentro de la reunion, tres aristocratas brindaban y conversaban. Uno de ellos, llevaba una insignia de capitán en sus hombros. Uno de los aristocratas dijo, “¡Salud por nuestro Emperador!” Otro de ellos dijo, “¡Salud!” El mismo aristocrtata agregó, “Napoleón ha hecho de Francia, una nación grade y poderosa.” Entonces, el capitán dijo, “Toda Europa nos respeta. ¡Nuestro ejército es invencible!” Dos señoritas los veían desde un sofá, y conversaban entre ellas. Una de ellas, Carmen, dijo, “¿Quién es ese apuesto militar, con insignia de capitán?” La otra joven mujer, Alicia, le dijo, “Alfredo de Bourgoin. Acaba de llegar de Italia.” Carmen, le dijo, “¿Es pariente del General Marcel Bourgoin?” Alicia dijo, “Sobrino, Alfredo es un elegido de los dioses; buen mozo, rico, y con un gran futuro en su carrera.” Carmen dijo, “Me agrada…me agrada mucho…” Alicia le dijo, “Querida Carmen, te recomiendo que no te entusiasmes con él.” Carmen preguntó, “¿Por qué? ¿Acaso tiene novia o está casado?” Alicia dijo, “Ninguna de las dos cosas, aunque no ha faltado quien trate de hacerlo caer en sus redes, pero sin éxito.” Alicia agregó “Según mi primo, que está en su mismo regimiento, no tiene el menor interés en formalizar un compromiso.” Carmen dijo, “Quizá no se ha enamorado, y por eso…” Alicia le dijo, “Si piensas que tú podrás lograrlo, inténtalo, pero te las tendrás que ver con una rival de péso.” Entonces Carmen dijo, “¡Cómo! ‘No has dicho que es libre?” Alicia le dijo, “Sí, pero corteja a la señora de Covoir, cuyo marido, o se hace el tonto, o no se da cuenta. Yo creo más bien que lo primero.” Carmen se levantó del sofá, y dijo, “¡Esa mujer es mayor que él!” Alicia dijo, “¿Y qué importa? No se va a casar con ella. Para los hombres como Alfredo, una mujer con compromiso es ideal.” Carmen dijo, “Claro, no puede exigirle nada, y él sigue libre…de todas formas, ella tiene casi cuarenta años.” En ese momento, las dos mujeres notaron que la señora Covoir llegaba con Alfredo, entonces Alicia agregó, “Y una belleza espectacular…mírala, acaba de llegar.” Carmen dijo, “Debo reconocer que es muy hermosa y atractiva.” Alicia dijo, “La pobrecita está loca por Alfredo, que se deja querer, como lo hace con todas.” Carmen dijo, “No me dirás que no es la única para él.” Alicia dijo, “¡Claro que no! Susana es una más de sus muchos amoríos. Figúrate que tambien…” Entre tanto, Alfredo de Bourgoin, ajeno a los comentarios que despertaba su persona, dijo a Susana, “Susana, antes de tu llegada, el salón no tenía luz para mí; tu belleza…” Susana dijo, “¡Por favor, no sigas! Guarda tus palabras para la señorita Fouchet.” Alfredo dijo, “¿Qué tiene que ver esa dama conmigo?” Susana le dijo, “Imagino que mucho. Supe que anoche, en el baile de los condes de Clemont, no te separaste ni un momento de su lado.” Alfredo dijo, “¡Ah, ya sé a quién te refieres? A esa jovencita pálida y si gracia sobrina del conde.” Alfredo continuó, “Es cierto, estuve con ella. La condesa me pidió que la atendiera. ¡No te imagina cómo me aburrí! Tú no pudiste ir. Yo estaba triste. No me importaba la mujer que estuviera a mi lado. ¡Te juro que pensé en ti toda la noche! Esa jovencita ni siquiera hablaba, por lo tanto, era como si no existiera.” Susana dijo, “¿Me dices la verdad, Alfredo?” Alfredo la tomó de los hombros, y le dijo “¿Acaso no te he demostrado lo mucho que te amo? ¿Cantas veces te he dicho que mi mayor felicidad seria que pudiéramos casarnos?” Susana volteó la mirada y dijo, “Querido, eso es imposible, mi esposo jamás me dará el divorcio. Pero estoy dispuesta a huir contigo. No me importa que la sociedad me rechace.” Alfredo le dijo, “¡No! Yo no podría aceptar un sacrificio asi de tu parte. Te amo demasiado para permitirlo.” Ella le dijo, “Prefiero ser señalada por todos antes que perderte. Deseo estar siempre a tu lado. ¡Vámonos juntos, Alfredo!” Alfredo le dijo, “Mi amor, yo en cualquier momento tendré que partir a la guerra y te dejaría sola. ¡No, no debes dejar a tu esposo!” Tras una pausa, Alfredo agregó, “No puedo morir en combate. ¿Qué sería de ti?” Susana exclamó, “¡No digas eso!” Alfredo dijo, “Existe la posibilidad, y si asi ocurriera, quedarías sola y desamparada. Debemos resignarnos a ocultar nuestro amor.” Susana dijo, “¡Oh, que cruel es la vida! Nos amamos tanto, y tenemos que seguir separados.” Alfredo le dijo, “Pero nuestros corazones estan unidos, y asi será siempre.” Susana dijo, “Nunca dejaremos de querernos. ¡Nunca!” Al experto conquistador, no le era difícil convencer a la enamorada mujer. Pasadas las festividades, Napoleón decidió reanudar las conquistas militares. Estando con un grupo de lideres militares, en su salón de consejo, Napoleon dijo, “Austria, Alemania, Prusia e Italia, han sido vencidas por nuestro ejército, y estan supeditadas a Francia…” Napoleón hizo una pausa, y agregó, “En este momento, nuestra preocupación debe ser Inglaterra, que se ha aliado con Rusia. Haremos la guerra a Inglaterra. Ya es hora de que los ingleses, reciban una lección.” Nuevamente el ejército francés se preparó para la lucha contra una nación que resista tenazmente a Bonaparte. Dos capitanes del ejército francés, platicaban, eran Alfredo y Víctor, quien le dijo, “Lamento tener que partir ahora. Pensaba casarme dentro de dos meses.” Alfredo dijo, “En cambio a mí, esta guerra me viene de perlas. Ya no soporto a Susana, y qué mejor pretexto para dejarla.” Víctor le dijo, “Me parece que no es solo Susana tu problema.” Alfredo dijo, “No. La condesa de Clemont insiste en que formalice mis relaciones con su sobrina. ¡Imagínate que lío!” Víctor le dijo, “Alfredo, ¿Cuándo vas a sentar cabeza? No me parece justo lo que haces.” Alfredo le dijo, “Yo no tengo la culpa de que las mujeres se enamoren de mí, y crean todo lo que les dijo.” Víctor le dijo, “¿No re remuerde la conciencia por hacerlas haces sufrir?” Alfredo dijo, “No, porque también las hago felices. ¡Si vieras la cara de Susana, cuando le digo que es la única mujer que he amado!” Víctor dijo, “Pobre, se quedará con el corazón destrozado, y tambien la sobrina de la condesa.” Alfredo dijo, “Pero ambas convencidas de que, si muero, será su nombre lo único que pronunciaré.” Días después, el ejército napoleónico marcho a enfrentar a los ingleses. Pero Napoleón no habia contado con el poderío naval de Inglaterra. Los cañonazos de la escuadra inglesa, hacían estragos en los barcos franceses. Los soldados inglese abordaos los barcos franceses, gritando, “¡Al abordaje, en el nombre de su majestad!” “¡Viva Inglaterra!” En la batalla naval de Trafalgar, los franceses sufrieron una de las mayores derrotas. Y con ello, Napoleon perdió toda posibilidad de invadir Inglaterra. Pero una derrota no era suficiente para detener al Emperador. Napoleon dijo a sus generales, “Inglaterra no nos impedirá dominar Europa. Nuestro próximo objetivo, es Portugal.” Napoleon agrego, “El rey de España está dispuesto a ser nuestro aliado en esta contienda. Tendremos paso libre por su territorio.” No tardó el pequeño país, en verse invadido por el ejército francés, dejando muerte y destrucción por donde pasaba. A pesar de la tenaz resistencia de los portugueses, el país cayó en manos del enemigo. Pero aún no era suficiente para el gran Napoleon. En los jardines de Versalles, Napoleón platicaba con uno de sus generales. Napoleon le dijo, “Hay un grave desacuerdo, entre el Rey Carlos IV, y el príncipe heredero Fernando.” Tras una pausa, Napoleón agregó, “La inestabilidad de España, es un peligro para Francia.” El general le dijo, “Hasta ahora, Carlos IV ha cooperado con nosotros, pero el Principe Fernando no parece muy de acuerdo.” Napoleón le dijo, “España necesita un monarca que sea incondicional a los intereses de Francia. Asi como Austria, Italia, Prusia, y Alemania se han doblegado.sl imperio. Tambien lo hará la península ibérica.” Valiéndose de ese pretexto, Napoleón declaró la guerra a los que habían sido sus aliados. En un campamento, sentados bajo un arbol, Víctor y Alfredo dialogaban. Alfredo dijo, “Ni imagine que los españoles pondrían tanta resistencia. Se niegan a aceptar al rey que impulsó nuestro emperador.” Víctor dijo, “Creo que Jose Bonapare, no tiene el carácter para imponerse, y más en un pueblo difícil como éste.” Alfredo le dijo, “Me habría gustado quedarme en Portugal. Sus mujeres son muy amables.” Víctor le dijo, “¡Nuca cambiaras! Aunque a veces hasta te envidio. ¡Tienes una suerte! En todas partes haces conquistas, Alfredo.” Alfredo le dijo, “No te creas, aquí no me ha ido muy bien. Parece que las españolas, no estan dispuestas a ser amables con nosotros.” Víctor dijo, “Ya cambiaran. No tardaremos en dominar este país y entonces tendrán que reconocernos como os amos.” Pero los españoles no estaban dispuestos a ceder su territorio al invasor. Cada día los franceses caían en emboscadas. Al verlos pasar en sus caballos y soldados, la gente gritaba, “¡Mueran los franceses!¡Fuera de nuestra patria!” Pero, a pesar de las hostilidades y la resistencia de los españoles, las tropas de Napoleon avanzaban apoderándose de la ciudad de Toledo. Una vez dueños de las ciudades, los franceses tenían que resolver muchos problemas. Entonces, uno de los soldados francese se reportó con su general, y le dijo, “General, la población se ha encerrado en sus casas, a piedra y lodo. Los soldados estan agotados y necesitan descansar. ¿Los obligamos a que los reciban en sus casas?” El general le dijo, “No. Habilitaremos como cuarteles, los mejores y más grandes edificios de la ciudad.” De inmediato se ocupó el Alcazar y la Casa de Consejo. Mientras se hacían las maniobras de acondicionamiento, uno d ellos solados dijo a otro, “¡Es el colmo! Quieren que aquí durmamos 50 hombres.” El otro solado dijo, “Agradece que estamos bajo techo. Por lo que yo vi, no creo que haya lugar para todo el regimiento.” Minutos después, un soldado avisaba a un capitán, “Capitan, ya no cabe nadie más y aún quedan muchos soldados y oficiales que acomodar.” El capitán le dijo, “Y aún falta el grupo que venía a la retaguardia, y que llegará mañana.” El soldado cabo dijo, “Hay dos conventos, capitán. Podríamos instalarlos ahí.” El capitán le dijo, “De ser necesario, ocupen hasta las iglesias.” Impotentes, los habitantes de la pacifica ciudad de Toledo, tuvieron que aceptar la presencia del enemigo. Con el paso de los días, un grupo de oficiales comenzaron a quejarse, “¿Hasta cuándo tenderemos que estar aquí? Si no nos marchamos, moriremos de aburrimiento.” Otro de los oficiales dijo, “Por lo menos, en Madrid habia donde divertirse, pero en este lugar no hay nada que hacer.” Otro oficial dijo, “La gente nos trata como apestados, nadie nos dirige la palabra.” Otro dijo, “Hoy le hable a un hombre, y me miro con tal indiferencia y desprecio, que me dieron ganas de matarlo.” Otro oficial dijo, “Al parecer, aquí no existen las mujeres. No he visto ninguna desde que llegamos.” Otro dijo, “Están encerradas en sus casas y de seguro, no saldrán, hasta que nos hallamos marchado.” Otro dijo, “Y para colmo, hace un frio de los mil demonios.” Otro oficial dijo, “Estamos en otoño, imagínese si tenemos que pasar aquí el invierno.” Asi como los oficiales pasaban el tiempo platicando en el Alcazar, los soldados se dedicaban a destruir la ciudad. Mientras un grupo de soldados rompían una puerta de madera, uno de ellos dijo, “Es madera seca y dura, no nos helaremos mientras hacemos guardia.” Una noche, después de dos meses en la ciudad, Víctor y Alfredo cabalgaban juntos de noche. Víctor dijo, “Ya falta poco, capitán. Ha sido una larga jornada.” Alfredo dijo, “Lo único que quiero es descansar. Creo que dormiré dos días seguidos. Espero nos den un buen alojamiento.” De repente fueron detenidos por una guardia de soldados. “¡Alto! ¿Quién vive?” Víctor gritó, “¡Dragones de su majestad, el Emperador Bonaparte!” El soldado gritó, “¡Identifíquese por su nombre y grado!” Alfredo gritó, “Capitan, Alfredo Bourgoin.” El soldado se cuadró, y le dijo, “Bienvenido, mi capitán. Muy tarde legan ustedes. Esos picaros españoles, se aprovechan cuando…” Alfredo lo interrumpió, y dijo, “¡Ya se, ya se!” Hemos cabalgado 14 leguas, y queremos descansar. Lleve nos al lugar en que nos alojaremos.” De inmediato el soldado montó en un caballo, y los guió por las oscuras y solitarias callejuelas de la ciudad. El soldado dijo, “No es mucho lo que se les podrá ofrecer, capitán. Tendrán que acomodarse en una iglesia lo mejor posible.” Víctor preguntó, “¿Qué dices? ¿Ni siquiera tendremos un camastro? Daria lo mismo que nos quedáramos en el campo, a cielo raso.” El soldado dijo, “¿Y qué quiere, mi capitán? En el alcázar, no cabe ya ni un grano de trigo. Mucho menos un hombre.” El soldado agregó, “En el convento de San Juan de los Reyes, hay celdas en las que duermen hasta quince húsares, apenas pueden respirar. Estaba el otro convento, y no es mal local. Pero hace tres días llego un contingente que no esperábamos. Tuvimos que acomodarlos allí. Hay que dar gracias que cupieron en el claustro, y dejaron libre la Iglesia.” Víctor dijo, “Bueno, ¡Qué vamos a hacer! Me parece que pronto lloverá, y por lo menos estaremos a resguardo.” El soldado apuntó y dijo, “Esa es la Iglesia.” Alfredo ordenó detenerse a la tropa y echo pie en tierra. Entonces, Alfredo dijo a Víctor, “Dame el farol, voy a inspeccionar.” Ya dentro de la iglesia, Alfredo dijo a Víctor, “Realmente no es un lugar muy cómodo. Pero si no hay otra cosa, de alguna forma nos arreglaremos.” Víctor dijo, “Le aseguro que si tarde un día más en llegar, capitán ni esto se le podría ofrecer. Por aqui pasan las tropas que van a Madrid.” Acto seguido, entraron sus hombres, en sus caballos. Alfredo dijo, “Amarren los caballos a los pilares, y ubíquense como mejor les acomode.” Un soldado dijo, “¿Aquí vamos a dormir, mi capitán?” Alfredo dijo, “Asi es. Coloca un saco de forraje al pie de esas granadas. Me servirá de cama.” Alfredo se quitó su zarape, y pensó, “Y pensar que cuando me ordenaron venir a Toledo, me alegré. ¡De todos los lugares en que he estado, éste es el peor!” Poco después, unas soldados se disponían a acostarse en el piso de la iglesia. Uno de ellos dijo, “¡No es justo! Un hombre tiene derecho a un buen descanso. Los caballos estan mejor que nosotros.” Otro soldado dijo, “¡Deja de reclamar! ¿Aun no has aprendido que la vida en campaña es asi? ¿Qué pensabas que era la guerra?” Pronto, el sueño venció a los soldados, y solo el gemido del viento, rompía el profundo silencio…Al día siguiente, el grupo de oficiales conversaba en una de las calles de Toledo. Uno de los oficiales dijo, “Me dijo mi ordenanza, que anoche llegó un destacamento de dragones.” Otro de los oficiales, dijo, “¿Quién vendrá a su mando?” El oficial dijo, “El capitán, Alfredo de Bourgoin.” El oficial Luis dijo, “¡Alfredo! ¡Que gusto me da saberlo! Es uno de mis mejores amigos.” Uno de los oficiales le pregunto a Luis, “¿Qué tal es como persona? Espero que más agradable que el oficial que llego hace cuatro días. ¡Qué tipo más antipático!” Luis dijo, “¡No se preocupen! Alfredo es muy agradable. Estando con él, uno nunca se aburre.” Enseguida, hubo una pausa, y Luis agregó, “Tiene un solo defecto, si se le puede llamar asi. Es el hombre más mujeriégo que he conocido.” Uno de los oficiales dijo, “¡Pero eso no es defecto, es virtud!” Todos soltaron una sonora carcajada. Luis dijo, “Al parecer en él sí, porque todas las mujeres caen rendidas en sus brazos. Hasta esas que se consideran inalcanzables.” Un oficial le dijo, “¡No me digas! ¿Y cómo lo logra?” Luis dijo, “Tiene muchas cualidades: apuesto, simpático, poseedor de una gran fortuna; justo lo que les agrada a las damas.” Un oficial dijo, “Lo que se dice un hombre con suerte. Has despertado mi curiosidad, Luis, y ardo en deseos de conocerle.” Otro oficial dijo, “¡Y la mía! Pocos hombres tienen tantas virtudes.” Otro oficial dijo, “¿Sabes dónde se aloja? Vamos a buscarle, y nos lo presentas.” Luis dijo, “No será necesario. ¡Alla viene!” Poco después, Alfredo hacia acto de presencia, diciendo, “¡Luis, que agradable sorpresa, no esperaba encontrarte aquí!” Luis lo abrazó, y le dijo, “Ni yo que vinieras. Me dio un gran gusto cuando lo supe.” Después de las presentaciones y saludos, Luis dijo a Alfredo, “¿Qué tal estan las cosas en Madrid?” Alfredo dijo, “Bastante problemáticas. Los españoles estan decididos a enfrentarnos. Es imposible que un francés vaya solo por la calle, porque es hombre muerto.” Un oficial dijo, “Eso es en todo el país. Aquí tambien debemos tener extremo cuidado.” Luis dijo, “Esta guerra está resultando más difícil de los que pensábamos.” Alfredo dijo, “No solo exponemos la vida, sino que, además, tenemos que pasar por todo tipo de penalidades.” Luis dijo, “Falta comida, lugar donde alojarnos…y a propósito, ¿Qué tal pasaste la noche?” Alfredo dijo, “La verdad, no dormí gran cosa, pero la razón de mi vigilia valio la pena.” Tras una pausa, Alfredo agregó, “El insomnio junto a una mujer hermosa, no es el peor de los males.” Luis dijo, “¿Qué dices? ¿Una mujer? Pero si desde que llegamos a Toledo, no hemos visto ninguna.” Alfredo dijo, “¡Eso es lo que se llama, besar un santo!” Un oficial dijo, “Tenía razón Luis al decirnos que tu suerte no la iguala nadie.” Luis dijo, “Seguramente alguna dama te siguió hasta aquí, para hacerte más soportable la estancia.” Otro oficial dijo, “¿Es madrileña, o la trajiste de Francia?” Alfredo dijo, “Se equivocan. Les juro que no la conocía, y que nunca creí encontrar una dama tan bella en este lugar.” Alfredo agregó, “Viví, lo que se llama, una verdadera aventura.” Otro oficial dijo, “¡Cuéntala!¡Vamos, queremos escucharla!” El capitán no se hizo del rogar. Alfredo dijo, “Dormía yo en el pesado sueño de un hombre que ha cabalgado largas horas, cuando…escuche las campanas de una iglesia.” Desperté, diciendo, “¿Qué pasa?” Pensé, “¡Es una campana!¡Qué manera de tocarla! No hay respeto para los que necesitan reposo.” Cesado el estruendoso ruido, iba a volverme a dormir, cuando, observe una silueta de una mujer hincada en el altar, en posición de estar rezando. Entonces exclamé, “¡Oh!” Enseguida, pensé, “¡Por todos los santos, nunca vi belleza igual!” Alfredo, continuó narrando, “No podrían imaginarse algo semejante a aquella fantástica visión que se divisaba en la penumbra de la iglesia. Su rostro, de ovalo perfecto, sus facciones llenas de una suave y melancólica dulzura. En ese momento me creía juguete de una alucinación, y no me atrevía a respirar, temiendo que un soplo desvaneciera el encanto. Ella permanecía inmóvil. Se me antojaba que era un ángel. No comprendía como podía existir algo tan etéreo y maravilloso.” Entonces, Luis dijo, “Pero…¿Cómo estaba allí esa mujer? ¿No te explico su presencia en la iglesia?” Otro de los oficiales dijo, “¡No nos dirás que no se lo preguntaste!” Alfredo dijo, “No, no le hablé.” Entonces Luis dijo, “¡Queeeeeéé! ¿La dejaste ir sin dirigirle la palabra? ¿Tú? No te creo.” Alfredo dijo, “No lo hice porque estaba seguro de que no me contestaria ni me vería.” Un oficial le dijo, “¿Acaso era sorda, ciega, o muda?” Alfredo dijo, “Todo eso a la vez, porque…es una estatua de mármol.” Los oficiales dejaron escapar una sonora carcajada. Un oficial exclamó, “¡Sí que es una buena historia! ¡Ja, Ja, Ja!” Louis exclamó, “Y nosotros creyendo que realmente habías pasado la noche con una hermosa dama!” Otro oficial dijo, “Si se trata de mujeres de mármol, en el convento donde yo me alojo, hay varias.” Otro oficial dijo, “Estan a tu disposición, pues parece que te da lo mismo, una de carne y hueso, o de piedra.” Las risas se dejaron escuchar. El capitán no se alteró, por las burlas de que era objeto, y dijo, “Pueden reírse cuanto quieran. Si hubieran visto lo que yo, no dudo que estarían igualmente impresionados. Por un milagro de la escultura parece que tuviera vida.” Entonces Luis dijo, “Alfredo, yo creo que la guerra y el cansancio, te estan afectando demasiado, y empiezas a ver visiones.” Entonces Alfredo dijo, “¡Te equivocas! ¡No estoy loco! Les juro que…” Luis lo interrumpió, y dijo, “¡No te preocupes, te creemos! Supongo que no tendrás inconveniente en presentarnos a tan maravillosa dama.” Otro oficial dijo, “Tenemos que conocerla. Por mi parte, no estaré tranquilo, hasta que la vea.” Louis dijo, “¡Ni yo! Vamos ahora mismo a verla.” Se iban a poner en marcha, pero la actitud seria de Alfredo, los detuvo. Entonces un oficial dijo, “¿Qué diantres te sucede? ¿Acaso te niegas a presentarla?” Otro oficial, incrédulo, dijo, “¡Que bueno sería que estuvieras celoso!” Mas risas se escucharon. Entonces Alfredo dijo, “De ustedes no…pero…bueno, se los diré aunque me tilden de extravagante…” Tras una pausa, Alfredo agregó, “Junto a esa mujer, hay un guerrero tambien de mármol, y que semeja tener vida como ella. Su marido, sin duda…tuve que hacer un gran esfuerzo para contenerme y no hacerlo pedazos.” Entonces, un oficial dijo, “¡Esto es demasiado! ¡Celoso de una estatua de piedra! ¡Ja, Ja, Ja!” Las risas generales se soltaron, nuevamente. Entonces, Luis dijo, “¡Alfredo, creo que exageras! ¿No me dirás que te has enamorado de una estatua?” Alfredo dijo, “Aunque se burlen, desde que la vi, no he dejado de pensar en ella.” Louis dijo, “A cada minuto, aumentas nuestra curiosidad. Es preciso que la veamos.” Otro oficial dijo, “Tenemos que comprobar si es digna de tan ardiente pasión.” Otro oficial dijo, “Supongo que no temerás que alguno de nosotros la conquiste.” Alfredo dijo, “Está bien. Ésta noche nos reuniremos en la iglesia. He traído muchas botellas de champaña, con las que brindaremos.” Luis dijo, “¿Champaña verdadera?” Alfredo dijo, “¡Por supuesto! Fue un regalo que le hicieron a mi tío, el general, el general Bourgoin.” Un oficial dijo, “¡Bravo por ti, y tu tío!” Otro oficial agregó, “Y por la hermosa dama que nos dará la oportunidad de saborear esa bebida.” Alfredo dijo, “Ahora os dejo. Tengo que presentarme ante el general. ¡Hasta la noche!” Un oficial le dijo, “Ten la seguridad de que no faltaremos.” Transcurrió el día, y los habitantes de Toledo, se encerraron en sus antiguos caserones. Cuando las campanas anunciaron las diez de la noche, uno de los oficiales que esperaba a Alfredo, exclamo, “¡Por fin llegas!” Luis dijo, “El coronal me mandó llamar cuando salía. Creí que no me dejaría marchar.” Entonces un oficial dijo, “Luis, se te olvidó decirnos que Alfredo, entre sus cualidades, tambien tiene la de ser bastante extravagante.” Otro oficial dijo, “Supongo que cree que, hasta una estatua, es capaz de enamorarse de él. ¿No estará un poco loco?” Asi platicando llegaron hasta la iglesia. Cuando los oficiales llegaron, Luis dijo, “Ya estamos aquí, dispuestos a no dejar una gota de champaña y ser jueces de la belleza de esa dama.” Alfredo los recibió, y dijo, “Pasen. Ya verán que no he exagerado nada.” A sorpresa de los oficiales, Alfredo los habia citado en una iglesia de la localidad. Entonces, uno de los oficiales dijo, “¡Qué lugar tan tétrico! Es lo menos apropiado para una fiesta.” Otro de los oficiales dijo, “Nos invitaste a conocer a una dama, y con dificultad distingo los dedos de mi mano.” Luis dijo, “Lo peor es que hace un frio, que parece que estamos en Siberia.” Alfredo dijo, “No se preocupen, todo se arreglará. Acabo de llegar, pero en unos minutos tendremos luz.” Enseguida, Alfredo dio la orden a un soldado, “¡Eh, tú, consigue un poco de leña y enciende una fogata, después puedes irte!” El soldado se cuadró, y dijo, “A la orden, mi capitán.” El soldado no dudó, en complacer a su superior. Minutos después, los hermosos bancos de la iglesia, ardían llenando de claridad el recinto. Mientras Alfredo alimentaba con los trozos de madera a la fogata, un oficial dijo, “Así está mejor.” Luis agregó, “Ya dudábamos de tu calidad de anfitrión.” Alfredo dijo, “Si gustan pasar, de inmediato abriremos la Champaña.” Luis dijo, “Encantados. Un buen trago nos caerá de perlas.” Entonces Alfredo dijo, “Les voy a presentar a la dama de mis pensamientos…” Alfredo los guió hacia dos estatuas de la iglesia, y dijo, “Creo que estarán de acuerdo, en que no he exagerado en cuanto a la belleza de esa maravillosa mujer.” Todos exclamaron a unísono, “¡Ohh!” Un oficial dijo, “¡En realidad parece algo extraordinario!” Luis dijo, “¡Lastima que sea de mármol!” Alfredo exclamó, “No hay duda que estar cerca de una mujer asi, es para no pegar los ojos en toda la noche.” Luis se acercó a la estatua de la mujer, y dijo, “¿Y no sabes quien es?” Alfredo dijo, “Recordando un poco el latín que aprendí cuando niño, a duras penas he podido descifrar la inscripción de la tumba.” Alfredo agregó, “Él era un famoso guerrero de Castilla. Ella se llamaba, Elvira de Castañeda.” Luis agregó, “Si la copia se parece al original, debió ser la mujer mas notable de su siglo.” Después de esa explicación, los oficiales se apresuraron a destapar algunas botellas. A medida que se consumía la champaña, crecía la animación. Las risas generales se escuchaban. Uno de los oficiales decía, “¡Que buena historia! ¡Abran otra botella…!” Entonces, ya borracho, Alfredo se dirigió a la estatua de un fraile, y dijo, “Y tú, ¿Qué miras? ¡Nadie te invitó a ésta fiesta!” Alfredo cacheteó la estatua, y dijo, “¡Bien! ¡Asi dejará de espiarnos!” Alfredo, indiferente al escandalo que hacían sus compañeros, bebía sin apartar los ojos de doña Elvira, pensando, Es real. La veo entreabriendo los labios como si murmurara una oración. A través del confuso velo de la embriaguez, a Alfredo le parecía que la estatua cobraba vida. Alfredo pensó, “Sus mejillas estan cubiertas de rubor, y eso la hace parecer aun mas bella.” Entonces, uno de los oficiales dijo, “¡Miren a Alfredo! No aparta los ojos de su amada.” Otro oficial dijo, “Creo que esta vez sí se ha enamorado.” Entonces Luis y otro oficial se acercaron a Alfredo para ofrecerle más licor. Luis dijo, “¡Vamos brinda! Eres el único que no lo ha hecho.” Otro oficial dijo, “¡No te portas muy amable con los invitados!” Sin hacer caso, el apuesto militar se acercó con paso inseguro a las estatuas, diciendo, “Brindo por el Emperador, y por la fortuna de sus armas, gracias a las cuales, pudimos venir hasta el fondo de Toledo, a cortejar a su mismísima tumba, a la mujer de un famoso y valiente guerrero.” Luis exclamó, “¡Bravo por esas palabras!” El capitán ignoró a sus camaradas, y continuó su discurso, pero ahora dirigiéndose a la estatua del guerrero. “No creas que te guardo rencor, ni veo en ti a un rival…al contrario, te admiro.” Alfredo agregó, “¡Te admiro como marido paciente, y quiero ser generoso contigo!” Alfredo llevaba un vaso de champaña en la mano, entonces continuó hablando con la estatua del guerreo, y le dijo, “Como soldado debes haber sido bebedor…no se dirá que te he dejado morir de sed. ¡Toma!” Alfredo lanzó champaña a la cara de la estatua. Ante el asombro de los oficiales, uno de ellos dijo, “¡Capitan, cuidado con lo que haces! Las bromas a la gente de piedra, suelen costar caras.” Luis dijo, “Acuérdate de lo que cuentan que aconteció en el monasterio de Poblet. Según dicen, los guerreros de ese claustro, desenvainaron una noche sus espadas de piedra, y dijeron qué hacer a los que me molestaban. Se entretenían pintándoles bigotes con carbón. Y ellos se vengaron de tal irreverencia.” Otro de los oficiales dejo escapar una risa, “¡Ja, Ja, Ja! ¡Que broma tan buena!¡Ja, Ja, Ja!” Alfredo parecía no escuchar las palabras y risas de los oficiales, y dijo, “¿Creen que yo le hubiera dado vino sin estar seguro de que se tragaba al menos el que le cayó en la boca? ¡Oh, no! Yo no creo como ustedes, que esas estatuas son un pedazo de mármol inerte. El artista que es casi un Dios, le da a su obra un soplo de vida, que no logra hacer que ande y se mueva…pero si le infunde una vida incomprensible y extraña, que no me explico, pero la siento, sobre todo cuando bebo.” Uno de los oficiales dijo, levantando su copa, “¡Magnifico!¡Bebe y prosigue!” Alfredo se dirigió a la estatua del guerrero y dijo, “¡Mírenla! ¿No ven su cara cubierta de rubor? ¿No parece que por debajo de su piel de alabastro circula un fluido de luz? ¿Quieren mas vida? ¿Quieren más realidad?” Los oficiales dijeron, “¡Sí! ¡Quisiéramos que fuera de carne y hueso!” Alfredo dijo, “¡Carne y hueso…! ¡Miseria, podredumbre!” Luis dijo, “Pero mejor que una estatua de mármol, fría como la nieve.” Alfredo dijo, “¿Fria? ¿Estan ciegos? ¿Acaso en alguna mujer han encontrado mayor belleza, mayor atracción que esta? ¡He conocido a tantas y me han hastiado! ¡Las he apartado de mi lado con disgusto, hasta con asco!” Enseguida, Alfredo volteo hacia la estatua de la mujer, y dijo, “Ésta; blanca, hermosa, fría, me incita con su fantástica hermosura y me provoca abriendo sus labios, ofreciéndome su amor…ofreciéndome sus labios…¡Tengo que besarla! Solo un beso suyo podrá calma el amor que me consume. ¡Un beso, si, un beso!” Alfredo iba hacia la estatua de la mujer, pero Luis lo detuvo, y dijo, “¡Detente, Alfredo! ¿Qué locura vas a hacer?” Alfredo gritó, “¡Suéltame!” Luis dijo, “¡Basta de bromas! ¡Deja a los muertos en paz!” Alfredo insistió, “¡Que me sueltes, he dicho! ¡Nadie ha pedio tu opinión!” Luis le gritó, “¡Alfredo, no lo hagas!” un oficial dijo, “Luis tiene razón, no vale la pena besar un pedazo de mármol.” Pero Alfredo no escuchó, y yendo hacia la estatua de la mujer, dijo, “Se que sus labios estarán tibios, llenos de pasión…” Alfredo se inclinó para besarla. Pero después de besarla, la estatua del guerreo lanzó un gran golpe con su mamo de mármol, en la cabeza de Alfredo, quien se desplomó. Petrificados de espanto, vieron caer al apuesto oficial, quien con la vida pago el precio de un ansiado y enigmático beso.
Tomado de, Joyas de la Literatura. Año
VIII. No. 138. septiembre 15, de 1990. Adaptación: Remy Bastien. Guión: Herwigd
Comte. Segunda Adaptacion: José Escobar.
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