Club de Pensadores Universales

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viernes, 4 de marzo de 2016

Literatura Norteamericana Fines del siglo XIX

     En los años de la posguerra, se consuma la unión con varios nuevos estados, y la sociedad norteamericana se vuelve aún mas bulliciosa y pujante. El rápido desarrollo de la industria, la extensión del ferrocarril hasta el Pacifico, y las nuevas perspectivas de prosperidad, relegan a segundo plano las antiguas inquietudes filosóficas. Un signo de los tiempos, es el súbito interés que despierta todo lo relativo al “Oeste,” y con este nombre se designaba entonces cualquier territorio situado mas allá de los Montes Alleghany.
     El escritor más importante de esas tierras fue, sin duda, Samuel Langhorne Clemens (1835-1910), que se dio a conocer mejor como, “Mark Twain” (el apodo se vincula con la navegación en el Misisipi: fue la señal que gritaban en el barco-guía para indicar la profundidad de agua). Nacido en Misuri, Twain, como Withman, es aprendiz de impresor; luego recorre el Misisipi como piloto, escribe para los periódicos, se convierte en popular conferencista, y finalmente se radica en Nueva Inglaterra. Sus mejores libros tratan de la primera parte de su vida en el Misisipi: Las Aventuras de Huckleberry Finn.
     Son cuentos emocionantes y llenos de vida, basados en los recuerdos de una adolescencia libre y despreocupada, en las pequeñas ciudades a orillas del gran rio.
     En otros libros y en numerosos cuentos, Twain exhibe agudo sentido del humor que llega a la sátira. Tanto sus rudos compatriotas como los europeos con sus aires de superioridad, son blanco de sus bromas, pero casi siempre es el sagaz norteamericano el que triunfa. Inocentes en el Extranjero; Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo. Una de las mayores contribuciones de Mark Twain a las letras de su país, fue el empleo del idioma oral norteamericano, usando el lenguaje diario de la gente común como medio literario, deleitándose con su realismo y espontaneidad, y rompiendo definitivamente con las decorosas tradiciones británicas de Boston.
     En el sur también, después de las amargas experiencias de la guerra, surgen los humoristas; Joel Chandler Harris (1848-1908), aunque blanco, elige temas del folclor negro sureño.
     La tendencia hacia el realismo se manifiesta primero en el análisis de los aspectos más sórdidos de la nueva prosperidad. Su representante mas distinguido fue William Dean Howells (1837-1920). Nacido en el oeste e hijo de un impresor pobre fue en gran parte autodidacta. Sin embargo, logró convertirse en una de las figuras literarias más prominentes de América. Como editor, crítico, y novelista, ejerció su dominio en el mundo de las letras durante casi medio siglo. El Ascenso de Silas Lapham, describe la vida de los nuevos ricos, sorprendidos, sin preparación alguna, en la posición privilegiada que les otorga su fortunas. Un Riesgo de las Nuevas Fortunas, introduce por primera vez en la novela norteamericana, el tema del movimiento obrero y de una huelga.
     Otros importantes escritores de tendencia realista fueron: Frank Norris (1870-1902), quien implacablemente, expuso los monopolios que dominaban la economía norteamericana, y Jack London (1876-1916), quien explotó sus experiencias de periodista en narraciones llenas de vida y de un socialismo sentimental.
     El creciente interés de los lectores por los problemas sociales y económicos se evidencio mejor en el éxito comercial de, Mirando Atrás, que alcanzó ventas sin precedente.
     Se trataba de una fantasía utópica de Edward Bellamy (1850-1898) sobre la vida en una sociedad que se fundára en principios racionales en vez de la ley de la jungla.
     Las dos figuras más importantes de esta época, desafían cualquier intento de clasificación. Emily Dickinson (1830-1886) vivió recluida en la casa paterna en Amherst, Massachusetts. Casi todos sus poemas quedaron inéditos hasta muchos años después de su muerte, pero, al publicarse, sorprendieron por su modernismo. Escribió versos breves, forjados admirablemente, aunque con desafío consiente de las reglas de la prosodia, usando imágenes audaces.
     El novelista Henry James (1843-1916) fue en cambio un escritor muy prolífico. Perteneció  a una familia culta y adinerada de Nueva York, pero pronto se trasladó a Boston, donde, junto con su hermano, el filosofo William James, integró los famosos “Braminos.”
     Pasó gran parte de su vida adulta en Europa, y cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se hizo súbdito británico como señal de protesta por la tardanza de los Estadios Unidos en ayudar a los aliados.
     Sus numerosas novelas y relatos breves, constituyen variaciones sobre sus temas predilectos: el carácter norteamericano contrastado con el europeo, y la influencia del ambiente sobre el comportamiento moral del individuo. En su intento de explorar hasta el fondo los misterios de la conciencia humana, discerniendo los más finos matices y sutilezas, James es el precursor de los autores de novelas psicológicas.
     Desarrolló un estilo fluido y sinuoso, que se adapta admirablemente a su pensamiento, y dio prueba de su gran preocupación por la estructura de sus novelas. Sus ensayos sobre éste género literario, se consideran hoy como clásicos. Entre sus obras más conocidas figuran: El Retrato de Una Dama, Lo Que Sabia Maitise, Los Embajadores, El Tazón de Oro.
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 480 y 481.                                                                       

Literatura Norteamericana La Guerra Civil

     El grande y sangriento conflicto que desgarro la nación entre 1861 y 1865 origino sobre todo escritos polémicos. Desde el punto de vista literario, poco resulta de interés.
     Harriet Beecher Stowe (1811-1898), con su novela, La Cabaña del Tío Tom, logro influir poderosamente sobre la opinión pública a favor de la causa abolicionista.
     Sin embargo, la desdichada guerra dejo un gran monumento literario: el Mensaje de Gettysburg, improvisado por el presidente Lincoln en el campo de batalla. El breve discurso constituye una pieza clásica sobre los principios de la democracia y la generosidad de los victoriosos para con los vencidos.
  
 
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 480.                                                                       

domingo, 28 de febrero de 2016

Literatura Norteamericana Orígenes de la Literatura Nacional

     Washington Irving (1783-1859), seguido de cerca por James Fenimore Cooper, es el primer escritor norteamericano que logra reputación internacional. Irving, hijo de un próspero comerciante nació en Nueva York. Comenzó a estudiar derecho, pero pronto fue atraído por las letras. Obtuvo el primero de los grandes éxitos con Una Historia de Nueva York, que figura relatada por un tal Diedrick Knickerbocker, un cuento en que la leyenda popular y la invención se combina con rasgos de humor, anunciando ya a Mark Twain. Su, Libro de Apuntes del Caballero Geoffrey Crayon también explora las antiguas leyendas en los famosos cuentos del valle del Hudson: Rip Van Vinkle e Ichabod Crane. Viajó largamente por Europa, donde gozó de la amistad y el aprecio de sus colegas extranjeros. En 1826, nombrado secretario de la legación de su país en Madrid, se interesó en la historia y leyendas de España. Escribió, Vidas y Viajes de Colon y, Crónica de la Conquista de Granada. La Alhambra, conjunto de relatos basados en las leyendas del palacio moro, es también fruto de su estancia en España. 
     James Fenimore Cooper (1789-1851), aunque también desciende, de una familia del estado de Nueva York, por su nacimiento y educación perteneció a la clase de los terratenientes. Ingresó a la Universidad de Yale, pero antes de graduarse, optó por seguir sus estudios como oficial de la Armada norteamericana. Como Irving, vivió varios años en Europa, pero sus viajes no lograron afectar su profundo patriotismo, y en todas sus principales obras usó, como fondo el escenario norteamericano: El Espía, es un cuento histórico de tiempos de la guerra de independencia. El Piloto, tiene por tema las luchas por mar y tierra, sostenidas por Paul Jones a lo largo de la costa inglesa de Yorkshire, durante la guerra de 1812. Sus novelas más conocidas son: Los Pioneros, El Último de los Mohicano, La Pradera, El Explorador, El Cazador de Venados. En estos cuentos, Natty Bumbo, el valiente, bondadoso e ignorante “pelaina de cuero,” y sus amigos los indios Chingachook y Uncas, prototipos del noble piel roja, luchan por conservar su mundo virgen y salvaje ante el inexplorable avance de la civilización. Aunque Cooper tuvo pocos contactos directos con los indios y con el desierto, estos relatos encantaron a sus contemporáneos europeos, como los prueban los elogios de Balzac, y aún siguen encantando a los lectores jóvenes de todos los países. Estas agitadas aventuras del desierto, pueden considerarse como predecesoras de los moderno cuentos de “cowboys” (vaqueros).
     Edgar Allan Poe (1809-1849) no fue tan apreciado en su tiempo, pero su fama resultó más duradera. Hijo de actores ambulantes y huérfano a los dos años, fue prohijado por un comerciante adinerado en Virginia, con el que riñó más tarde. Su educación fue algo errática; estuvo breve tiempo en la Universidad de Virginia, luego fue admitido como cadete en el colegio militar de West Point, donde deliberadamente provocó su expulsión. En lo sucesivo, vivió de su pluma, escribiendo para diversas revistas y llevando una existencia bohemia. La muerte de su esposa, en 1848, lo afectó profundamente, y su desequilibrio mental se hizo cada vez más patente. Murió en Baltimore, donde lo hallaron delirante, echado en la calle.
     El renombre de Poe se funda en lo poemas: Tamerlán, Al Aaraaf, Poemas, y en sus cuentos, que aparecieron primero en los periódicos y en los ensayos de crítica literaria.
     Fue el primer critico de distinción en su país, y mostró una agudeza descubriendo, antes que nadie, la calidad de Hawthorne y Tennyson. Como poeta, Poe se distingue, sobre todo, por la maestría de su versificación.
     Su fama de cuentista se basa en fundamentos más sólidos. Poe adorna a menudo sus cuentos con elementos de la novela gótica, tan popular en la Europa de sus tiempos, pero siempre los eleva por encima del vulgar melodrama, por su lúcido trato de los caracteres y por la lógica con que desarrolla el tema. Se concede a Poe el mérito de haber desarrollado la forma original de la novela policial con, Los Crímenes de la Calle Morgue, y La Carta Robada.
     Entre tanto, la ciudad de Boston, y Nueva Inglaterra en general, se convierten otra vez en el centro cultural del país. La antigua disciplina puritana, y las preocupaciones teológicas, ceden el paso a muchas corrientes de horizontes más amplios.
     Pero la asídua búsqueda de un ideal filosófico continúa,  especialmente dentro de un movimiento conocido como el “trascendentalismo” y cuyo guía fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Hijo y nieto de ministros protestantes, también abrazó la carrera eclesiástica; pero pronto renunció a ella y se retiró al pueblo de Concord, para dedicarse a escribir ensayos y algunos poemas. Las conferencias que daba frecuentemente sobre los diferentes aspectos del trascendentalismo, gozaban de gran popularidad. Sostenía que el hombre y su mundo formaban un armonioso universo, y que solo se necesitaba una intuición bien afinada para percibirlo. La vida en conjunto era bella, y el pecado más grande es la indiferencia: El Hombre Pensante.
     Las obras de Emerson se leen poco en nuestros días. En cambio, las de su joven amigo y vecino Henry David Thoreau (1817-1862) gozan de una nueva ola de popularidad, tanto por su estilo como por su pensamiento. Como Emerson, Thoreau predicaba el evangelio del individualismo y de un universo perfecto. Pero la vida de Thoreau, en grado aún mayor, ofrece un ejemplo de fidelidad a las convicciones que profesaba. Con sus propias manos, construyó una cabaña junto a la laguna de Walden, donde acampó contemplando la naturaleza y observando la vida salvaje que lo rodeaba: Walden o La Vida en los Bosques, se negó a pagar impuestos a un gobierno que consideraba injusto, aunque esto le costó la cárcel: Desobediencia Civil, y fue un antiesclavista militante.
     Sin embargo, esa rebelión contra la sociedad nunca tomó forma estridente, ni buscó apoyo popular. Fiel a su doctrina, Thoreau se mantuvo apartado de las masas, siempre individualista. El estilo de sus obras, sobrio, punzante, y lleno de tranquila ironía, refleja la personalidad del autor.
     El novelista Nathaniel Hawthorne (1804-1864) fue otro de los vecinos de Emerson en Concord. Pero, preso de aquellas viejas inquietudes puritanas sobre el pecado, el infierno y la predestinación, Hawthorne no fue capaz de aceptar la doctrina optimista del trascendentalismo con sus ideas sobre el hombre y la naturaleza en unísono perfecto.
     Novelista con temperamento reconocido hoy, como uno de los grandes maestros del género. Para seguir con su vocación, rompe con todas las tradiciones de Nueva Inglaterra; “¡…un escritor de cuentos!...¡Qué manera de glorificar a Dios o servir a la humanidad!” escribe en el prefacio de, La Letra Escarlata. Trató pues de conciliar su afición, con los dictados de la conciencia, escribiendo cuentos y novelas en los que el pecado y su expiación es el tema dominante, aunque lo desarrolla e ilumina con reiterado vuelos de fantástica invención, y abundante uso de símbolos. Sus cuatro novelas más importantes son: La Letra Escarlata, La Casa de los Siete Tejados, La Aventura de Blithdale, y El Fauno de Mármol. Es también autor de numerosos cuentos y algunos ensayos.
     Pero el miembro del grupo de Concord, cuyas obras lograron mayor difusión, no fue un filosofo, sino un mujer joven, Luisa May Alcott (1832-1888), cuyas novelas para muchachas: Mujercitas, Hombrecitos, y Los Chicos de Io, hallan lectores en todas las partes del mundo.
     Su padre, Amos Bronson Alcott (1799-1888), fue también trascendentalista, y hoy se lo recuerda sobre todo por el fallido intento de fundar una nueva Utopía (Brooke Farm), en el pedregoso suelo de Nueva Inglaterra.
     Mientras el pueblo de Concord albergaba este austero e idealista grupo, en Boston y en la cercana Cambridge, en la sombra de la Universidad  de Harvard, se reúne y florece otro círculo de escritores, más  refinados y urbanos. Entre ellos, el poeta, Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) logró mayor renombre: fue tan conocido y amado en Inglaterra, que se colocó su busto en el Rincón de los Poetas, en la Abadía de Westminster en Londres. Su popularidad ha sufrido al pasar de moda el romanticismo, pero su verso fácil y melodioso, y su bondadoso mensaje, hacen aún una lectura amena. Su estilo es el de los poetas románticos ingleses, pero escribe principalmente sobre temas americanos: Evangeline narra la deportación a Luisiana de los franceses establecidos en Acadia; Hiawatha es un poema sobre la vida de los indios norteamericanos (con los que no tuvo contacto directo); El Cortejo de Miles Standish, describe el primer asentamiento de los puritanos en Massachusetts.
     Oliver Wendel Holmes (1809-1894) y James Russell Lowell (1796-1891) eran brillantes y prolíficos miembros del grupo de escritores de Boston, que llegó a ser conocido como los “Braminos de Boston.” Poemas, ensayos, y ataques satíricos en contra de la esclavitud, fluyeron de sus plumas. En 1857, se fundó, The Atlantic Monthley, una revista literaria que aun se publica, con Lowell como su primer editor. Por primera vez en su historia, los Estados Unidos tenían un circulo literario: aún se consideraba Europa como el último el árbitro de estilo y gusto, pero ya nadie dudaba  que una nueva Atenas podía levantarse a orillas del rio Charles.
     Otro miembro del grupo, William Hickling Prescott (1796-1859), señaló nuevos rumbos, explorando la historia de la conquista española de América. Aunque su interpretación de los hechos a la luz de investigaciones modernas sea a veces discutible, las obras, Conquista de México y, Conquista del Perú, siguen siendo monumentos literarios por el dramatismo que el autor infunde en el relato y la rítmica fuerza de su prosa.
     Sí, con el paso del tiempo, la reputación de estos escritores ha menguado, la de Herman Melville no ha dejado de crecer. Al quebrar el negocio de su padre, en Nueva York, Melville se hizo marinero y después de muchas aventuras por mares y tierras, regresó para dedicarse a escribir.
     Sus primeras novelas: Typee, y Omoo, sobre las islas Marquesas, fueron bien recibidas. Sus novelas siguientes, Redburn, La Chaqueta Blanca, y en particular, Moby Dick, es considerada hoy una de las grandes novelas de la literatura mundial. Aparentemente, es la historia de una enorme ballena blanca (Moby Dick), perseguida con odio extraño por Ahab, el enloquecido capitán de una barco ballenero.
     Pero abajo la pluma de Melville, esta leyenda del Pacifico adquiere sentido más profundo, y se convierte en una alegoría de la eterna lucha entre el hombre y el mal y el trágico dualismo de todas las cosas. Su estilo tiene extraordinaria fuerza; la acción se desarrolla con vividez y absorbe la atención del lector.
     Otro escritor de esa época, que ha gozado de sostenida fama, es Walt Withman (1819-1892). Nació también en Nueva York y, como Melville, estuvo dotado de una energía y dinamismo que no encontramos en los escritores de Nueva Inglaterra. De origen modesto, recibió poca educación formal, ganándose el sustento como impresor, periodista, carpintero, maestro de escuela, y durante la guerra civil, como enfermero. En 1855 publicó su primera colección de poemas, Hojas de Hierba, que revisará y ampliará en ediciones posteriores. La calidad de su obra es muy desigual, pero se oye en ella un nuevo acento.
     Withman es el iniciador de una forma poética muy personal, que puede considerarse particularmente norteamericana, y no solo en razón de su ardiente patriotismo. El ritmo de sus versos, tiene la cadencia del habla norteamericana; su tema es un nuevo tipo de hombre, producto de los vastos horizontes americanos, y su mensaje: la libertad.  
                     Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 478 y 480.                                                                       

jueves, 25 de febrero de 2016

Literatura Norteamericana el Periodo Revolucionario

     En la Segunda Mitad del Siglo XVIII, al crece la agitación por las diferencias económicas y políticas con Inglaterra, la producción literaria adquiere tono polémico.
     Aún en ese momento la exaltación religiosa subiste: John Adams (1735-1826), segundo presidente de los Estados Unidos, sostiene en su, Disertación Sobre los Cánones y la Ley Feudal, que aquellas leyes son instrumento del pasado y del tiranía, fuente de males que la Reforma protestante había tratado de desterrar; y que, al luchar contra Inglaterra, los patriotas se han comprometido en la misma campaña contra el error, tal como sus padres puritanos.”
     No menos apasionado, aunque en plano puramente político, es Thomas Paine (1737-1809), un sureño autor de folletos y gran orador: “¡Dénme la libertad o dénme la muerte!”
     La Declaración de la Independencia (1776), cuya prosa se debe en su mayor parte a Thomas Jefferson (1748-1826), es uno de los grandes monumentos de la historia y también de la literatura. Los principios que enuncia anticipan en quince años la Declaración de los Derechos del Hombre francesa y sus sonoras y significativas frases aún son modelo de oratoria política.
     Fue en esa época también cuando surgió la figura de Benjamín Franklin (1706-1790). Sus obras más conocidas son la Autobiografía y el Almanaque del Pobre Ricardo, importantes no tanto desde el punto de vista literario, sino porque fueron las primeras en presentar a sus contemporáneos europeos y a las generaciones futuras de norteamericanos el retrato de un yankee, sencillo y sagas, alegre y amistoso y, sobre todo, lleno de sentido común.
     Las cartas de Abigail Adams (1744-1818), esposa del segundo presidente de los Estados Unidos y madre del sexto, pintan un interesante cuadro de la vida en estos turbulentos años. Son notables por su fis observación y vivido estilo y también por una visión intima de los importantes sucesos políticos que tanto gravitaron en su vida personal.
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 477 y 478.                                                                       

miércoles, 24 de febrero de 2016

Literatura Norteamericana Periodo Colonial

     La literatura de las trece colonias, que después de una sangrienta guerra de independencia iban a convertirse, en 1783, en los Estados Unidos de América, tiende a emanciparse desde sus orígenes. Naturalmente, posee carácter colonial a causa de cierta torpeza provinciana con que a veces se cultivan el idioma y las formas literarias traídas de la madre patria. Sin embargo, las preocupaciones esenciales de los colonos, tan distintas de sus contemporáneos en la metrópolis, no tardaron en reflejarse en sus escritos. Y estos se diferenciaron cada vez más, tanto por su estilo como por su pensamiento, de la pulida sutileza y de la elegancia que caracterizaron la literatura inglésa de los siglos XVII y XVIII.
     Las descripciones geográficas que ayudaron en la colonización de las tierras vírgenes constituyeron la primera y la mas utilitaria forma de escribir. La más antigua de estas crónicas, y también la que aun goza de merecida fama, es la del capitán John Smith (1579-1631): Verdadera Relación de los Sucesos y Acontecimientos Ocurridos en Virginia, publicada en Londres en 1608. ¡Pero cuan distinto es el tono de estas obras de los emocionantes relatos llenos de maravillas y tesoros que nos dejaron los españoles y los portugueses de sus viajes de exploración más al sur!
     Aquí no hubo metales preciosos; la cultura indígena es de las más primitivas; el clima rudo y el inhóspito paisaje de las colonias norteñas (Nueva Inglaterra) alternaba entre tierras sembradas de rocas y oscuras colinas con bosques de pino. En 1685, William Penn, el fundador de Pennsylvania, resume con estas palabras sus consejos a gente dispuesta a inmigrar, “Sean moderados en sus anhelos; prepárense para el trabajo antes de la cosecha y para el gasto, antes de la ganancia.”
     Pero, excepto los plantadores de tabaco en el sur, la gran mayoría de los colonos no vino de América con miras de hacer fortuna sino en busca de libertad religiosa y, aunque en menor grado, para eludir persecuciones políticas.
     Desde los católicos en Maryland y los cuáqueros en Pennsylvania hasta los puritanos de las diversas sectas en Nueva Inglaterra, el objeto principal de esta gente era fundar una comunidad basada en el concepto particular que tuvieran de los designios de Dios para el hombre.
     Esta preocupación se refleja en los escritos de los colonos, y en ninguna parte más que en Nueva Inglaterra, donde la idea de levantar una nueva Jerusalén, fundada en los principios que aun hoy pudelen ser debatidos, exaltaba los ánimos y proporcionaba un tema estimulante.
     Dos figuras se destacan entre los primeros: Cotton Mather (1663-1728), quien en su, Magnalia Christ Americana, un vasto compendio de biografías y fragmentos históricos relativos a la iglesia de Nueva Inglaterra, escribe “en alabanza de la religión cristiana, que huye de las penurias de Europa hacia las playas americanas.”
     Jonathan Edwards (1703-1758), autor de Tratado Sobre Vocación Religiosa y Sermones, sostiene con sutileza las bases metafísicas del dogma puritano. Su agudeza psicológica y su estilo vigoroso iban a ejercer gran influencia sobre los escritores de las generaciones que siguieron: Emerson, Hawthorne, Melville.
     La novela, desde el punto de vista puritano, constituía un entretenimiento frívolo, pero la poesía se prestaba para servir a Dios, y la época dio algunos distinguidos poetas de inspiración religiosa: Edward Taylor (1644-1729) y Anne Bradstreet (1612-1672), autora de, La Décima Musa Recién Surgida en América, que se publicó en Londres en 1650.
     Esos escritores de Nueva Inglaterra, con sus especulaciones teológicas y metafísica, trataron de abrir con gran audacia nuevos senderos al pensamiento, pero continuaron empleando formas literarias ya pasadas de moda en Europa (el lenguaje de la Versión del Rey Jacobo, de la Biblia se iba a oír en esa región durante largo tiempo). Mientras tanto, los colonos del sur, cuyo espíritu era más conformista, especialmente en Virginia, siguieron dependiendo de Inglaterra para satisfacer sus gustos literarios y produjeron poca cosa, salvo unos divertidos comentarios sobre las anomalías del escenario colonial.
     Entre estos cronistas, el más interesante es William Byrd (1674-1774), cuyas encantadoras narraciones permanecieron sin publicarse hasta 1841 y que, al conocerse, le merecieron el apodo del “Pepys americano.” Sus observaciones con motivo de la fundación del primer poblado de Virginia contrastan vivamente con los relatos de sus contemporáneos puritanos: “…Jamestown, donde, como verdaderos ingleses, construyeron una iglesia, que no costo más de cincuenta libras, y una taberna, que costó quinientas.”   
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 477.