Club de Pensadores Universales

No necesito donaciones. Este Blog se produce de manera gratuita, y se realiza sin fines de lucro.Gracias.

sábado, 5 de marzo de 2016

Literatura Norteamericana el Siglo XX

     El realismo continua dominando la novela norteamericana al entrar el siglo XX.
     A pesar de su pesimismo y de un estilo tosco, se destaca, Theodore Dreisser (1871-1945) por la fuerza y la honestidad que revisten sus obras: La Hermana Carrie, Una Tragedia Americana
     Upton Sinclair (1878-1968) adquirió fama con su amarga novela, La Jungla, inspirada por los mataderos de Chicago.
     Los irónicos cuentos de O. Lewis, seudónimo de, William Sidney Porter (1862-1910), tienen como fondo la ciudad de Nueva York.
     Varias mujeres se han distinguido como novelistas: Edith Wharton (1862-1937), gran amiga de Henry James y casi su igual en cuanto la percepción psicológica de sus obras: Ethan Frome, La Edad de la Inocencia.
     Willa Cather (1876-1947), procedente del oeste, describe su tierra natal con honestidad intransigente en: ¡Oh Pioneros! La Muerte Viene Por El Arzobispo.
     Ellen Glasgow (1874-1945), sureña que observa con ironía la antigua aristocracia de su comarca en vana lucha contra los tropiezos del mundo moderno.
    Pero los primeros indicios de un renacimiento que iba a llevar la literatura norteamericana por nuevos rumbos, comienza a evidenciarse en la poesía. En 1912, Harriet Munro, al fundar en Chicago la revista, Poetry, proporcionó al movimiento un impulso inicial.
     Edgar Lee Masters (1896-1950),
     Vachel Lindsay (1896-1931) y, sobre todo,
     Carl Sandburg (1878-1967) se dieron a conocer en las páginas de esta revista. Estos jóvenes poetas del Medio Oeste, usan todos, el verso suelto y palabras sencillas del habla diaria, para cantar de gente sencilla en la tradición de Withman.
      El corresponsal de la revista en Europa era Ezra Pound (1885-1972), un poeta expatriado y de enormes dotes, de desbordante entusiasmo y eclécticos gustos. Fundó la escuela imaginísta; se vinculó con una de las corrientes futuristas conocida como el Vorticismo; más tarde, se dejo impresionar por unas extrañas teorías económicas, y su admiración por Mussolini, lo indujo a permanecer en la Italia hasta terminar la Segunda Guerra Mundial.
     Por sus ensayos de nuevas técnicas y formas poéticas, por su gran erudición y por sus ritmos seguros y sutiles de su verso, se lo reconoce como uno de los grandes maestros del siglo. Muchos otros poetas contemporáneos, en primer lugar T. S. Eliot, reconocen su deuda literaria con Pound.
     Thomas Stearns Eliot (1888-1965), también oriundo de Medio Oeste, estudió en la Universidad de Harvard, pero muy pronto pasó a Inglaterra y se naturalizó británico. La obra de Eliot, a pesar de la influencia que ejerció en este lado del Atlántico, pertenece más bien a la corriente de la literatura inglesa, y allí se la comenta.
     El poeta Wystan Hugh Auden (1907-1973), por lo contario, llegó a los Estados Unidos de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial y adoptó la ciudadanía norteamericana. En su juventud, encabezó en Inglaterra un grupo vanguardista, conocido como “los poetas de Cambridge.” Sus obras posteriores muestran el impacto del idioma y de los ritmos norteamericanos.
     Un poeta que se mantuvo fuera de los movimientos modernistas, pero que adquirió considerable renombre, fue Robert Frost (1875-1966). Encuentra su inspiración en las experiencias sencillas de la vida campestre en Nueva Inglaterra.
     Entre los poetas más recientes, cuya reputación crece constantemente, son dignos de mención: Wallace Stevens (1879-1966), próspero hombre de negocios y a la vez refinado poeta simbolista; escribió versos llenos de sensibilidad, que se destacan por su técnica.
      Edward Estlin Cummings (1894-1962) anarquista romántico, quien incluso, inventa una serie de recursos tipográficos para expresar su brillante fantasía.
    Marianne Moore (1887-1972) cuya poesía aborda complicados problemas intelectuales de vívidas imágenes.
     William Carlos William (1883-1963), médico y poeta, que cultiva en sus versos un tono directo, conversacional, y relata sus experiencias diarias.
     Después de la Primer Guerra Mundial y antes de la Gran Depresión, nuevos valores convierten la novela en un medio para poner el tela de juicio la sociedad norteamericana.
     Sinclair Lewis (1885-1951) emplea un estilo directo, despojado, para exponer la hipocresía de la clase media en los Estados Unidos: Calle Mayor, Babitt, Arrowsmith.
     John Dos Passos (1896-1970) cultiva una técnica nueva, entre mezclando a lo largo de su narración, relámpagos de pura poesía con irónicos relatos sobre la vida de figuras públicas, y citas tomadas de periódicos. Sus novelas ponen al desnudo la corrupción que engendra una sociedad materialista: Traslado a Manhattan, y la trilogía U.S.A.
     Francis Scott Fitzgerald (1890-1940) describe la sociedad de los cafés en la era del jazz, y los desconciertos y frustraciones de sus personajes que en medio del alborozo les trae su inútil vida: El Gran Gatsby, Tierna es la Noche.
     Thomas Wolfe (1900-1938), en cuatro torrenciales novelas autobiografías, revela su propia búsqueda del significado de la vida y del alma de su país: ¡Mira Hacia Casa, Ángel! El Tiempo y el Rio.
     John Steinbeck (1902-1968) escribe un emotivo relato sobre los sufrimientos de los pobres, durante la crisis económica de los treinta: Ratones y Hombres, Viñas de la Ira.
     En cambio, Ernest Hemingway (1898-1961) se sitúa en un plano más personal. El individuo le interesa más que la sociedad, y su tema preferido, es el empeño del hombre para forjar su propio destino, en un mundo esencialmente hostil. La obra de Hemingway, reviste importancia especial por sus grandes aportes al arte de la novela. Los protagonistas, procuran expresarse en la acción, y no a través de los comentarios del autor. Su lenguaje es sobrio en extremo, utilizando un lenguaje de verbos casi exentos de adjetivos, tal como el habla de úso corriente entre gente sencilla. El Sol También Sale, Adiós a las Armas, Por Quién Doblan Las Campanas, El Viejo y el Mar.
     William Faulkner (1897-1962), otro gran novelista de la época, emplea un estilo exactamente opuesto al de Hemingway: complejo, lleno de circunlocuciones y ricamente adjetivado. Sureño, dedica su obra, casi por entero, a su región natal, este sur de los terratenientes, aún curando las heridas de su derrota de la Guerra Civil, aún buscando una forma de convivencia con los negros, por un lado, y por otro, con los blancos de las clases bajas, que ajenos a la tradición sureña e incultos, constantemente desacreditan su raza. Pero sería un error clasificar las novelas de Faulkner como estudios regionales. A fin de cuentas, sus personajes caen vencidos por su propia tortuosa conciencia y por su violenta naturaleza, más bien que por las circunstancias. Una atmosfera de catástrofe pesa sobre esas tragedias modernas, aunque de vez en cuando, Faulkner las ilumina con destellos de humor: El Sonido y la Furia, Luz de Agosto, ¡Absalón!¡Absalón!, La Ciudad.
     Otros escritores, cuya fama se funda en solidas bases, son: Katherine Annie Porter (1890-1980), una verdadera maestra del cuento: La Torre Inclinada y El Barco de la Locura, su única extensa novela, en el fondo una serie de cuentos disimiles, que se entrelazan y forman una compacta trama.
Thorntorn Wilder (1897-1975), cosmopolita, cuyas obras, El Puente de San Luis Rey, Los Idus de Marzo, revisten un sentido filosófico.
     Pearl Buck (1892-1973), hija de misioneros, educada en China, y autora de numerosos libros de este país, La Buena Tierra.
     Richard Wright (1908-1960) novelista negro, describe con franqueza, aunque sin rencor, la dramática situación de su raza, Hijo Nativo, Muchacho Negro.
     John Hersey (1914-1993), cuyas obras, Hiroshima, y El Muro, evocan con onda compasión el sufrimiento humano, describiendo dos de los más horribles holocaustos de la Segunda Guerra Mundial, el aniquilamiento de la ciudad japonesa, y la destrucción del ghetto de Varsovia.
     La obra de Norman Mailer (1923-2007) Los Desnudos y los Muertos, constituye una de las mejores novelas escritas sobre esa guerra.
     Entre los nuevos valores aclamados como maestros por la generación de escritores más jóvenes, cabe mencionar a Jerome David Salinger (1919-2010) cuyos protagonistas son adolecentes que juzgan al mudo adulto con intransigente honestidad: El Cazador Oculto.
     Jack Kerouac (1920-1969), héroe del mundo afiebrado de los “beats” o pseudoexistencialistas norteamericanos, que persiguen la sensación del momento para huit de la vida: Vagabundos.
     Saúl Bellow (1915-2005), cuyas obras emplean tramas absurdas y situaciones grotescas, para recalcar el problema del hombre moderno en busca de su identidad: Las Aventuras de Augie March, Henderson, El Rey de la Lluvia.
     El teatro norteamericano tiene una historia poco distinguida, hasta la aparición de Eugene O’Neill (1888-1953), quien renueva fundamentalmente el arte drámático, no solo en los Estados Unidos, sino también en otros países. Deliberadamente combina un dialogo llano y realista, con los más atrevidos recursos de la escenografía expresionista. Sus tema resultan siempre importantes, ya sean psicológicos, sociales, incluso religiosos, todos en sus manos alcanzan un sentido universal: Mas Allá del HorizonteTodos los Hijos de Dios Tienen Alas, Extraño Interludio, El Luto le Sienta Bien a Electra.
     De los contemporáneos de O’Neill, ninguno alcanzó su estatura. La abundante producción se orienta hacia el teatro de diversión.
     Constituyen notables excepciones: La Máquina de Sumar, de Elmer Rice (1892-1967) en que el actor ensaya técnicas expresionistas, y Nuestra Ciudad, una comedia de Thornton Wilder, también experimental, basada en los recuerdos de juventud. Durante la crisis económica de los treinta, los problemas sociales llegan a la escena.
     El autor más significativo de este periodo fue Clifford Odets (1906-1963), autor de, Esperando a Lety y Despiertate, y Canta, en 1935.
     Desde la Segunda Guerra Mundial, dos dramaturgos han dominado la escena norteamericana.
     Arthur Miller (1915-2005) y
     Tennessee Williams (1914-1983). La Muerte de Un viajero, de Miller, donde el autor pone al desnudo la mediocridad y las frustraciones del hombre corriente, sigue siendo su mejor obra. En sus obras posteriores, Las Brujas de Salem, y Panorama Desde el Puente, cultiva una proyección más poética y simbólica, con menoscabo para la veracidad y para el intenso dramatismo de su primer gran éxito.
     Williams, en casi todas sus obras, emplea temas del sur. La degradación social y moral de sus personajes que aun se apegan a las apariencias, y la pesadilla de las aberraciones sexuales en que se refugian ellos ante la realidad, pudiera interpretarse como símbolo de los problemas y males que agobian la vida contemporánea. Sin embargo, la impresión inmediata que deja el espectáculo, es molesta: El Zoo de Cristal, Un Tranvía Llamado Deseo, El Gato Sobre el Tejado de Cine Caliente.      
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 481 y 482.                                                                       

viernes, 4 de marzo de 2016

Literatura Norteamericana Fines del siglo XIX

     En los años de la posguerra, se consuma la unión con varios nuevos estados, y la sociedad norteamericana se vuelve aún mas bulliciosa y pujante. El rápido desarrollo de la industria, la extensión del ferrocarril hasta el Pacifico, y las nuevas perspectivas de prosperidad, relegan a segundo plano las antiguas inquietudes filosóficas. Un signo de los tiempos, es el súbito interés que despierta todo lo relativo al “Oeste,” y con este nombre se designaba entonces cualquier territorio situado mas allá de los Montes Alleghany.
     El escritor más importante de esas tierras fue, sin duda, Samuel Langhorne Clemens (1835-1910), que se dio a conocer mejor como, “Mark Twain” (el apodo se vincula con la navegación en el Misisipi: fue la señal que gritaban en el barco-guía para indicar la profundidad de agua). Nacido en Misuri, Twain, como Withman, es aprendiz de impresor; luego recorre el Misisipi como piloto, escribe para los periódicos, se convierte en popular conferencista, y finalmente se radica en Nueva Inglaterra. Sus mejores libros tratan de la primera parte de su vida en el Misisipi: Las Aventuras de Huckleberry Finn.
     Son cuentos emocionantes y llenos de vida, basados en los recuerdos de una adolescencia libre y despreocupada, en las pequeñas ciudades a orillas del gran rio.
     En otros libros y en numerosos cuentos, Twain exhibe agudo sentido del humor que llega a la sátira. Tanto sus rudos compatriotas como los europeos con sus aires de superioridad, son blanco de sus bromas, pero casi siempre es el sagaz norteamericano el que triunfa. Inocentes en el Extranjero; Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo. Una de las mayores contribuciones de Mark Twain a las letras de su país, fue el empleo del idioma oral norteamericano, usando el lenguaje diario de la gente común como medio literario, deleitándose con su realismo y espontaneidad, y rompiendo definitivamente con las decorosas tradiciones británicas de Boston.
     En el sur también, después de las amargas experiencias de la guerra, surgen los humoristas; Joel Chandler Harris (1848-1908), aunque blanco, elige temas del folclor negro sureño.
     La tendencia hacia el realismo se manifiesta primero en el análisis de los aspectos más sórdidos de la nueva prosperidad. Su representante mas distinguido fue William Dean Howells (1837-1920). Nacido en el oeste e hijo de un impresor pobre fue en gran parte autodidacta. Sin embargo, logró convertirse en una de las figuras literarias más prominentes de América. Como editor, crítico, y novelista, ejerció su dominio en el mundo de las letras durante casi medio siglo. El Ascenso de Silas Lapham, describe la vida de los nuevos ricos, sorprendidos, sin preparación alguna, en la posición privilegiada que les otorga su fortunas. Un Riesgo de las Nuevas Fortunas, introduce por primera vez en la novela norteamericana, el tema del movimiento obrero y de una huelga.
     Otros importantes escritores de tendencia realista fueron: Frank Norris (1870-1902), quien implacablemente, expuso los monopolios que dominaban la economía norteamericana, y Jack London (1876-1916), quien explotó sus experiencias de periodista en narraciones llenas de vida y de un socialismo sentimental.
     El creciente interés de los lectores por los problemas sociales y económicos se evidencio mejor en el éxito comercial de, Mirando Atrás, que alcanzó ventas sin precedente.
     Se trataba de una fantasía utópica de Edward Bellamy (1850-1898) sobre la vida en una sociedad que se fundára en principios racionales en vez de la ley de la jungla.
     Las dos figuras más importantes de esta época, desafían cualquier intento de clasificación. Emily Dickinson (1830-1886) vivió recluida en la casa paterna en Amherst, Massachusetts. Casi todos sus poemas quedaron inéditos hasta muchos años después de su muerte, pero, al publicarse, sorprendieron por su modernismo. Escribió versos breves, forjados admirablemente, aunque con desafío consiente de las reglas de la prosodia, usando imágenes audaces.
     El novelista Henry James (1843-1916) fue en cambio un escritor muy prolífico. Perteneció  a una familia culta y adinerada de Nueva York, pero pronto se trasladó a Boston, donde, junto con su hermano, el filosofo William James, integró los famosos “Braminos.”
     Pasó gran parte de su vida adulta en Europa, y cuando estalló la Primera Guerra Mundial, se hizo súbdito británico como señal de protesta por la tardanza de los Estadios Unidos en ayudar a los aliados.
     Sus numerosas novelas y relatos breves, constituyen variaciones sobre sus temas predilectos: el carácter norteamericano contrastado con el europeo, y la influencia del ambiente sobre el comportamiento moral del individuo. En su intento de explorar hasta el fondo los misterios de la conciencia humana, discerniendo los más finos matices y sutilezas, James es el precursor de los autores de novelas psicológicas.
     Desarrolló un estilo fluido y sinuoso, que se adapta admirablemente a su pensamiento, y dio prueba de su gran preocupación por la estructura de sus novelas. Sus ensayos sobre éste género literario, se consideran hoy como clásicos. Entre sus obras más conocidas figuran: El Retrato de Una Dama, Lo Que Sabia Maitise, Los Embajadores, El Tazón de Oro.
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 480 y 481.                                                                       

Literatura Norteamericana La Guerra Civil

     El grande y sangriento conflicto que desgarro la nación entre 1861 y 1865 origino sobre todo escritos polémicos. Desde el punto de vista literario, poco resulta de interés.
     Harriet Beecher Stowe (1811-1898), con su novela, La Cabaña del Tío Tom, logro influir poderosamente sobre la opinión pública a favor de la causa abolicionista.
     Sin embargo, la desdichada guerra dejo un gran monumento literario: el Mensaje de Gettysburg, improvisado por el presidente Lincoln en el campo de batalla. El breve discurso constituye una pieza clásica sobre los principios de la democracia y la generosidad de los victoriosos para con los vencidos.
  
 
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 480.                                                                       

domingo, 28 de febrero de 2016

Literatura Norteamericana Orígenes de la Literatura Nacional

     Washington Irving (1783-1859), seguido de cerca por James Fenimore Cooper, es el primer escritor norteamericano que logra reputación internacional. Irving, hijo de un próspero comerciante nació en Nueva York. Comenzó a estudiar derecho, pero pronto fue atraído por las letras. Obtuvo el primero de los grandes éxitos con Una Historia de Nueva York, que figura relatada por un tal Diedrick Knickerbocker, un cuento en que la leyenda popular y la invención se combina con rasgos de humor, anunciando ya a Mark Twain. Su, Libro de Apuntes del Caballero Geoffrey Crayon también explora las antiguas leyendas en los famosos cuentos del valle del Hudson: Rip Van Vinkle e Ichabod Crane. Viajó largamente por Europa, donde gozó de la amistad y el aprecio de sus colegas extranjeros. En 1826, nombrado secretario de la legación de su país en Madrid, se interesó en la historia y leyendas de España. Escribió, Vidas y Viajes de Colon y, Crónica de la Conquista de Granada. La Alhambra, conjunto de relatos basados en las leyendas del palacio moro, es también fruto de su estancia en España. 
     James Fenimore Cooper (1789-1851), aunque también desciende, de una familia del estado de Nueva York, por su nacimiento y educación perteneció a la clase de los terratenientes. Ingresó a la Universidad de Yale, pero antes de graduarse, optó por seguir sus estudios como oficial de la Armada norteamericana. Como Irving, vivió varios años en Europa, pero sus viajes no lograron afectar su profundo patriotismo, y en todas sus principales obras usó, como fondo el escenario norteamericano: El Espía, es un cuento histórico de tiempos de la guerra de independencia. El Piloto, tiene por tema las luchas por mar y tierra, sostenidas por Paul Jones a lo largo de la costa inglesa de Yorkshire, durante la guerra de 1812. Sus novelas más conocidas son: Los Pioneros, El Último de los Mohicano, La Pradera, El Explorador, El Cazador de Venados. En estos cuentos, Natty Bumbo, el valiente, bondadoso e ignorante “pelaina de cuero,” y sus amigos los indios Chingachook y Uncas, prototipos del noble piel roja, luchan por conservar su mundo virgen y salvaje ante el inexplorable avance de la civilización. Aunque Cooper tuvo pocos contactos directos con los indios y con el desierto, estos relatos encantaron a sus contemporáneos europeos, como los prueban los elogios de Balzac, y aún siguen encantando a los lectores jóvenes de todos los países. Estas agitadas aventuras del desierto, pueden considerarse como predecesoras de los moderno cuentos de “cowboys” (vaqueros).
     Edgar Allan Poe (1809-1849) no fue tan apreciado en su tiempo, pero su fama resultó más duradera. Hijo de actores ambulantes y huérfano a los dos años, fue prohijado por un comerciante adinerado en Virginia, con el que riñó más tarde. Su educación fue algo errática; estuvo breve tiempo en la Universidad de Virginia, luego fue admitido como cadete en el colegio militar de West Point, donde deliberadamente provocó su expulsión. En lo sucesivo, vivió de su pluma, escribiendo para diversas revistas y llevando una existencia bohemia. La muerte de su esposa, en 1848, lo afectó profundamente, y su desequilibrio mental se hizo cada vez más patente. Murió en Baltimore, donde lo hallaron delirante, echado en la calle.
     El renombre de Poe se funda en lo poemas: Tamerlán, Al Aaraaf, Poemas, y en sus cuentos, que aparecieron primero en los periódicos y en los ensayos de crítica literaria.
     Fue el primer critico de distinción en su país, y mostró una agudeza descubriendo, antes que nadie, la calidad de Hawthorne y Tennyson. Como poeta, Poe se distingue, sobre todo, por la maestría de su versificación.
     Su fama de cuentista se basa en fundamentos más sólidos. Poe adorna a menudo sus cuentos con elementos de la novela gótica, tan popular en la Europa de sus tiempos, pero siempre los eleva por encima del vulgar melodrama, por su lúcido trato de los caracteres y por la lógica con que desarrolla el tema. Se concede a Poe el mérito de haber desarrollado la forma original de la novela policial con, Los Crímenes de la Calle Morgue, y La Carta Robada.
     Entre tanto, la ciudad de Boston, y Nueva Inglaterra en general, se convierten otra vez en el centro cultural del país. La antigua disciplina puritana, y las preocupaciones teológicas, ceden el paso a muchas corrientes de horizontes más amplios.
     Pero la asídua búsqueda de un ideal filosófico continúa,  especialmente dentro de un movimiento conocido como el “trascendentalismo” y cuyo guía fue Ralph Waldo Emerson (1803-1882). Hijo y nieto de ministros protestantes, también abrazó la carrera eclesiástica; pero pronto renunció a ella y se retiró al pueblo de Concord, para dedicarse a escribir ensayos y algunos poemas. Las conferencias que daba frecuentemente sobre los diferentes aspectos del trascendentalismo, gozaban de gran popularidad. Sostenía que el hombre y su mundo formaban un armonioso universo, y que solo se necesitaba una intuición bien afinada para percibirlo. La vida en conjunto era bella, y el pecado más grande es la indiferencia: El Hombre Pensante.
     Las obras de Emerson se leen poco en nuestros días. En cambio, las de su joven amigo y vecino Henry David Thoreau (1817-1862) gozan de una nueva ola de popularidad, tanto por su estilo como por su pensamiento. Como Emerson, Thoreau predicaba el evangelio del individualismo y de un universo perfecto. Pero la vida de Thoreau, en grado aún mayor, ofrece un ejemplo de fidelidad a las convicciones que profesaba. Con sus propias manos, construyó una cabaña junto a la laguna de Walden, donde acampó contemplando la naturaleza y observando la vida salvaje que lo rodeaba: Walden o La Vida en los Bosques, se negó a pagar impuestos a un gobierno que consideraba injusto, aunque esto le costó la cárcel: Desobediencia Civil, y fue un antiesclavista militante.
     Sin embargo, esa rebelión contra la sociedad nunca tomó forma estridente, ni buscó apoyo popular. Fiel a su doctrina, Thoreau se mantuvo apartado de las masas, siempre individualista. El estilo de sus obras, sobrio, punzante, y lleno de tranquila ironía, refleja la personalidad del autor.
     El novelista Nathaniel Hawthorne (1804-1864) fue otro de los vecinos de Emerson en Concord. Pero, preso de aquellas viejas inquietudes puritanas sobre el pecado, el infierno y la predestinación, Hawthorne no fue capaz de aceptar la doctrina optimista del trascendentalismo con sus ideas sobre el hombre y la naturaleza en unísono perfecto.
     Novelista con temperamento reconocido hoy, como uno de los grandes maestros del género. Para seguir con su vocación, rompe con todas las tradiciones de Nueva Inglaterra; “¡…un escritor de cuentos!...¡Qué manera de glorificar a Dios o servir a la humanidad!” escribe en el prefacio de, La Letra Escarlata. Trató pues de conciliar su afición, con los dictados de la conciencia, escribiendo cuentos y novelas en los que el pecado y su expiación es el tema dominante, aunque lo desarrolla e ilumina con reiterado vuelos de fantástica invención, y abundante uso de símbolos. Sus cuatro novelas más importantes son: La Letra Escarlata, La Casa de los Siete Tejados, La Aventura de Blithdale, y El Fauno de Mármol. Es también autor de numerosos cuentos y algunos ensayos.
     Pero el miembro del grupo de Concord, cuyas obras lograron mayor difusión, no fue un filosofo, sino un mujer joven, Luisa May Alcott (1832-1888), cuyas novelas para muchachas: Mujercitas, Hombrecitos, y Los Chicos de Io, hallan lectores en todas las partes del mundo.
     Su padre, Amos Bronson Alcott (1799-1888), fue también trascendentalista, y hoy se lo recuerda sobre todo por el fallido intento de fundar una nueva Utopía (Brooke Farm), en el pedregoso suelo de Nueva Inglaterra.
     Mientras el pueblo de Concord albergaba este austero e idealista grupo, en Boston y en la cercana Cambridge, en la sombra de la Universidad  de Harvard, se reúne y florece otro círculo de escritores, más  refinados y urbanos. Entre ellos, el poeta, Henry Wadsworth Longfellow (1807-1882) logró mayor renombre: fue tan conocido y amado en Inglaterra, que se colocó su busto en el Rincón de los Poetas, en la Abadía de Westminster en Londres. Su popularidad ha sufrido al pasar de moda el romanticismo, pero su verso fácil y melodioso, y su bondadoso mensaje, hacen aún una lectura amena. Su estilo es el de los poetas románticos ingleses, pero escribe principalmente sobre temas americanos: Evangeline narra la deportación a Luisiana de los franceses establecidos en Acadia; Hiawatha es un poema sobre la vida de los indios norteamericanos (con los que no tuvo contacto directo); El Cortejo de Miles Standish, describe el primer asentamiento de los puritanos en Massachusetts.
     Oliver Wendel Holmes (1809-1894) y James Russell Lowell (1796-1891) eran brillantes y prolíficos miembros del grupo de escritores de Boston, que llegó a ser conocido como los “Braminos de Boston.” Poemas, ensayos, y ataques satíricos en contra de la esclavitud, fluyeron de sus plumas. En 1857, se fundó, The Atlantic Monthley, una revista literaria que aun se publica, con Lowell como su primer editor. Por primera vez en su historia, los Estados Unidos tenían un circulo literario: aún se consideraba Europa como el último el árbitro de estilo y gusto, pero ya nadie dudaba  que una nueva Atenas podía levantarse a orillas del rio Charles.
     Otro miembro del grupo, William Hickling Prescott (1796-1859), señaló nuevos rumbos, explorando la historia de la conquista española de América. Aunque su interpretación de los hechos a la luz de investigaciones modernas sea a veces discutible, las obras, Conquista de México y, Conquista del Perú, siguen siendo monumentos literarios por el dramatismo que el autor infunde en el relato y la rítmica fuerza de su prosa.
     Sí, con el paso del tiempo, la reputación de estos escritores ha menguado, la de Herman Melville no ha dejado de crecer. Al quebrar el negocio de su padre, en Nueva York, Melville se hizo marinero y después de muchas aventuras por mares y tierras, regresó para dedicarse a escribir.
     Sus primeras novelas: Typee, y Omoo, sobre las islas Marquesas, fueron bien recibidas. Sus novelas siguientes, Redburn, La Chaqueta Blanca, y en particular, Moby Dick, es considerada hoy una de las grandes novelas de la literatura mundial. Aparentemente, es la historia de una enorme ballena blanca (Moby Dick), perseguida con odio extraño por Ahab, el enloquecido capitán de una barco ballenero.
     Pero abajo la pluma de Melville, esta leyenda del Pacifico adquiere sentido más profundo, y se convierte en una alegoría de la eterna lucha entre el hombre y el mal y el trágico dualismo de todas las cosas. Su estilo tiene extraordinaria fuerza; la acción se desarrolla con vividez y absorbe la atención del lector.
     Otro escritor de esa época, que ha gozado de sostenida fama, es Walt Withman (1819-1892). Nació también en Nueva York y, como Melville, estuvo dotado de una energía y dinamismo que no encontramos en los escritores de Nueva Inglaterra. De origen modesto, recibió poca educación formal, ganándose el sustento como impresor, periodista, carpintero, maestro de escuela, y durante la guerra civil, como enfermero. En 1855 publicó su primera colección de poemas, Hojas de Hierba, que revisará y ampliará en ediciones posteriores. La calidad de su obra es muy desigual, pero se oye en ella un nuevo acento.
     Withman es el iniciador de una forma poética muy personal, que puede considerarse particularmente norteamericana, y no solo en razón de su ardiente patriotismo. El ritmo de sus versos, tiene la cadencia del habla norteamericana; su tema es un nuevo tipo de hombre, producto de los vastos horizontes americanos, y su mensaje: la libertad.  
                     Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 478 y 480.