Club de Pensadores Universales

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domingo, 21 de febrero de 2016

Literatura Inglesa el Renacimiento Céltico

     Los escritores irlandeses, que hasta entonces se habían integrado en la corriente principal de la literatura inglesa, al declinar el siglo XIX e intensificarse el sentimiento nacionalista, crean un movimiento literario basado en una especie de misticismo poético que se supone de origen céltico. Continúan empleando el idioma ingles, pero con locuciones irlandesas y términos dialectales. El centro de este movimiento es el famoso Teatro de la Abadía Dublín, y su exponente más alto es William Butler Yeats (1839-1939), uno de los mayores poetas de su tiempo e importante dramaturgo.
     La tendencia simbolista de su obra influye considerablemente en la poesía inglesa moderna: Deidre, La Tierra del Deseo del Corazón, El Viento entre las Cañas.
     John Millington Synge (1871-1909), dramaturgo, une la inclinación hacia lo maravilloso y lo extraño, con realismo y una actitud iconoclasta: La Calavera del Mundo Occidental y, Jinetes Hacia el Mar, tragedia campeona llena de belleza.
     Forman parte del grupo Sean  O’Casey (1884-1965), Juno y el Pavo Real, El Arado y las Estrellas, que combina con audacia lo amargo y lo trágico con la riqueza y el ingenio de la comedia vernácula. Entre los novelistas se distingue Liam O’Flaherty (1897-1984): Hambre.
     Tres grandes escritores irlandeses abandonan Irlanda en su juventud, y se incorporan a la corriente  principal de la literatura inglesa.
     George Moore (1852-1933) es un novelista agresivamente realista que derriba muchos tabúes victorianos: Esther Waters, Las Confesiones de un Joven.
     George Bernard Shaw (1856-1950), dramaturgo, critico y ensayista, es uno de los autores más celebrados y discutidos de las primeras décadas del siglo XX. Sus obras se caracterizan por la fantasía, el ingenio, la sátira, la iconoclastia y la visión del panorama social. Sus ataques se dirigen principalmente en contra de los prejuicios sociales, la ortodoxia ética y religiosa, el esnobismo y, sobre todo, la política y la diplomacia de Gran Bretaña: Cándida, Hombre y Superhombre, Santa Juana, etc.
     James Joyce (1882-1941), uno de los mayores talentos del siglo XX, ha influido considerablemente en la literatura contemporánea. Sus experimentos en la estructura de la novela lo llevan a desarrollar una técnica narrativa, la de la “corriente de la conciencia,” que emplea un monologo interior como medio de poner al descubierto los rincones más íntimos del alma humana. Asumen también inmensa importancia, tanto en la prosa como en la poesía inglesa de nuestros días, sus innovaciones lingüísticas, que imparten extraordinaria brillantez a su estilo; aunque a veces dificultan su lectura: Ulises, El Velatorio de Finegan.
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 473 y 475.                                                                       

Literatura Inglesa la Era Victoriana

     Al comenzar el largo reinado de Victoria y aprobarse el Acta de Reforma, en 1832, que rectificaba las injusticias políticas mas visibles, el Romanticismo, como movimiento revolucionario, se extingue, aunque su influencia siguiera manifestándose en el sentido de responsabilidad social. La nueva era se caracteriza por su prosperidad material y por su progreso científico, así como por la creencia en la perfectibilidad de la naturaleza humana. La preocupación moral y la fe en el progreso quedan demostradas por la importancia que asumen los ensayistas y los historiadores de la vida literaria.
     Thomas Babington Macaulay (1800-1859) escribe una Historia de Inglaterra, intensa, dramática. Sus Ensayos reflejan su optimismo, su gozo, su facilidad para escribir.
     Muy distinto es Thomas Carlyle (1795-1881), que ataca con apasionada violencia el punto de vista mecanicista de la vida. Solo cree en un “gobierno de los mejores” y en las virtudes del trabajo. Escribe en estilo germánico pomposo: Historia de la Revolución Francesa: Los Héroes y el Culto del Héroe.
     John Ruskin (1819-1900) se interesa más por el arte que por la literatura, sin embargo, su punto de vista es más ético que estético. Su estilo es muy romántico y ornamental, Piedras de Venecia.
     Matthew Arnold (1822-1888), escritor escéptico, contribuye a la crítica literaria, tanto como Ruskin contribuyera a la crítica de arte, protestando contra el materialismo de la época: Ensayos de Critica, Discursos sobre América.  
     El poeta que mejor representa la época es Alfred Tennyson (1809-1892), sucesor de Wordsworth como “poeta laureado,” melódico, elegante, sentimental, que canta en poemas de rara perfección las virtudes y los anhelos de su tiempo: In Memoriam, Idilios de Rey, Enoch Arden. Es asombroso el contraste que ofrece con respecto a ellos la producción de otro gran poeta victoriano,
     Robert Browning (1812-1889): Pippa Passes, La Sortija y el Libro. Cerebral e impetuoso, se preocupa más por la claridad de los conceptos que por la perfección de los versos.
     Su esposa, Elizabeth Barret Browning (1806-1861), es una excelente poetisa menor, Sonetos Traducidos del Portugués.
    A mediados del siglo, Dante Gabriel Rossetti (1828-1882), poeta y pintor, La Doncella Bienaventurada, Casa de la Vida, funda el movimiento prerrafaelista, que promueve en la pintura una vuelta a los primitivos italianos y en poesía a los isabelinos y a la traición caballeresca, todo ello adornado con los ideales victorianos.
     Algernon Charles Swinburne (1832-1909) surge de este movimiento, pero el simbolismo francés, y sobre todo Shelley, influyen en él. Su poesía posee fácil musicalidad verbal: Atalanta en Calydon y Canciones Antes de Amanecer. Francis Thompson (1859-1907), católico ardiente, emplea los ritmos de las canciones litúrgicas: El Sabueso del Cielo.
     La novela, que desde los tiempos de Scott es el género favorito del público, alcanza en la era victoriana gran perfección y variedad de formas. Los novelistas abundan. Entre ellos se destacan Dickens y Thackeray, ambos surgidos de la clase media y ambos impregnados de hondo sentimiento humanitario.
     Charles Dickens (1817-1870) es, en gran parte, autodidacto. A la edad de doce años debió emplearse en una fábrica, mientras su padre era recluído en la prisión por deudas, y la familia se debatía en la miseria. Así llegó a conocer la vida de los barrios bajos de Londres y las injusticias sociales que después denunció en sus escritos, y cuya supresión se debe, en gran parte, a las cruzadas de Dickens.
     Aspirando a ser autor, entró a trabajar como taquígrafo en un periódico, y en 1835, comenzó a publicar, bajo el pseudónimo de Boz, sus primeros artículos. Al año siguiente, aparecieron los, Documentos del Club Picwick, aclamados por el público como obra maestra del humor ingles. Desde este momento, pudo dedicarse enteramente a la literatura. Sus numerosas novelas, y las lecturas públicas de sus obras, le granjearon enorme popularidad y considerable fortuna. Su obra es esencialmente narrativa, y la pintura de las clases populares, llena casi todos sus libros: Cuentos de Navidad, Oliverio Twist, Nicolás Nickleby, Tiempos Difíciles, David Copperfield, en gran parte novela autobiográfica, e Historia de Dos Ciudades, que se desarrolla en los tiempos de la Revolución Francesa. 
     Es fácil encontrarle a Dickens defectos como escritor: la intriga es poco coherente, los desenlaces son artificiosos, las negligencias de estilo abundan, y las situaciones a menudo se tornan melodramáticas. Pero todas estas deficiencias, están ampliamente compensadas por su gran talento para crear personajes inolvidables. Los protagonistas y la figuras secundarias de sus novelas, forman un amplia galería de tipos, a veces inverosímiles, pero siempre vivos y originales, y en toda su obra se refleja su atrayente personalidad, con su sano humor, encantadora naturalidad, y su mensaje de bondad y esperanza.
     William Makepeace Thackeary (1811-1863) contemporáneo y amigo personal de Dickens, es también humorista, reformador, y excelente observador, pero su realismo es más sobrio. Nacido en Calcuta, India, aún niño fue llevado a Inglaterra, donde recibió excelente educación y se inició en el estudio de derecho, pero optó por el arte y pasó a París, donde comenzó a trabajar en el periodismo, escribiendo ensayos, críticas literarias y poesías. Desde 1837, volvió a instalarse en Londres, y se dedicó a escribir cuentos y novelas; Feria de Vanidades, publicada en 1847, lo coloca entre los grandes novelistas de la literatura mundial. El libro relata con fino humorismo, las intrigas de una talentosa aventurera en la Inglaterra del siglo XVIII, y constituye una brillante exposición de los vicios y bajezas de la vida de sociedad de todos los tiempos: revela a Thackeary como un profundo conocedor de la naturaleza humana.
     A esta obra, siguieron otras no menos famosas; Esmond y los Virginianos, cuya acción también se desarrolla, en la época hannoveriana; Pendennis, que en cierto grado puede considerarse como una autobiografía, etc. Algunos contemporáneos de Thackeary, le han reprochado su tono de sabiduría mundana que adopta a veces como recurso. Sin embargo, en el fondo, Thackeary tiene autentica sensibilidad, y aunque no escatima sus puntos de humorística, tampoco niega a sus caracteres honda comprensión, sin falsedades sentimentales.
     Varias mujeres se distinguen en la novela: sin embargo, algunas creen conveniente presentar al público sus primeras obras con un pseudónimo masculino, Charlotte Bronte (1816-1855) publica bajo el nombre de Currer Bell; Jane Eyre, Shirley, Villette. Le preocupa la injusticia social, como a Dickens, pero, de carácter sombrío y apasionado, carece del sentido del humor.
     Su hermana, Emily Bronte (1818-1848), produce con Cumbres Borrascosas, una de las importantes novelas románticas.
     Mary Ann Evans, conocida como George Eliot (1819-1880), escribe Adam Bede y varias novelas sobre la gente de campo: El Molino Sobre el Floss, Silas Marner. Le interesaban no solo los problemas sociales, sino también los morales y filosóficos, y sus novelas ejercen, en su hora, gran influencia.
     Anthony Trollope (1815-1882), Las Torres de Barchester, pinta amablemente a la burguesía campesina y al alto clero.
     Elizabeth Cleghorn Gaskell (1810-1865) deja también un cuadro encantador de la vida provinciana en, Granford.
     Entre los novelistas menores que explotan temas especiales deben mencionarse, Wilkie Collings (1824-1889), autor de las primeras novelas policiales: La Piedra Lunar, La Dama de Blanco, y
Charles L. Dodgson, profesor de matemáticas de Oxford que escribe, con el seudónimo de Lewis Carrol (1832-1898), cuentos fantásticos para niños, Alicia en el País de las Maravillas, A Través del Espejo, en que se advierte cierta amarga sabiduría, escondida entre ingeniosas fantasías.
     El novelista que domina la segunda mitad del periodo victoriano es George Meredith (1828-1909), Las Ordalías de Ricardo Feverel, Diana de las Encrucijadas. Su obra se caracteriza por cruel ironía y gran profundidad psicológica, su estilo es ágil e impresionista.
     Thomas Hardy (1840-1928) es, quizá, un novelista aún más importante, pero escandaliza a sus contemporáneos con su pesimismo. Al declinar el siglo, abandona la novela y se dedica a la poesía. Se distingue por la desnudez y fuerza de su estilo, y sus profundos estudios realistas sobre la desamparada campiña inglesa: El Regreso del Vecino, Jud la Oscura.
     Samuel Butler (1835-1902) es otro pesimista, que juzga las bases de la sociedad victoriana: Erewhon, El Camino de Toda Carne.
     Robert Louis Stevenson (1850-1894), al contrario, aunque inválido, escribe con espíritu romántico, siempre joven. Sus novelas de aventuras son notables por su encantadora imaginación y por su estilo depurado: La Isla del Tesoro, El Dr. Jekill y el Sr. Hide, Kidnapped.
     El culto a la belleza degeneró hacia fines del siglo, convirtiéndose en un movimiento de esteticísmo puro, de hedonísmo, bajo la dirección de Walter Pater (1839-1894), Mario el Epicúreo.
     Oscar Wilde (1856-1900), es un amigo de Pater. Hoy se recuerdan principalmente sus delicadas y deliciosas comedias: El Abanico de Lady Windermere, La Importancia de Llamarse Ernesto, y dos profundos y conmovedores poemas escritos en la cárcel: De Profundis, y Balada de la Cárcel de Reading.
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 472 y 473.                                                                       

miércoles, 17 de febrero de 2016

Literatura Inglesa Los Románticos

Poesía
     En 1798, Wordsworth y Coleridge, que viven en Cumberland y se conocen como “los poetas de los lagos,” publican las baladas liricas, especie de manifiesto que une todas las nuevas tendencias en una doctrina.
      La sensibilidad ante los fenómenos naturales culmina en Tintern Abbey, de William Wordsworth (1770-1850). En Intimidación de la Inmortalidad, y en otros poemas describe imágenes y sonidos exquisitamente registrados, pero se empeña tanto en evitar la expresión retorica que algunos de sus versos llegan a ser pedestres. Wordsworth defendió con pasión en su juventud los ideales de la Revolución Francesa, pero, a medida que va entrando en años, se vuelve muy conservador. Es “poeta laureado,” El Preludio, La Excursión.
     Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), amigo de Wordsworth durante toda su vida, tiene, quizá, mayores dotes poéticas y emplea con mágica gracia las formas de la balada medieval en la, Balada del Viejo Marinero, y Christabel. En la última mitad de su vida se dedica a la metafísica y a la crítica literaria.
     Pero el que más hizo por popularizar el movimiento romántico fue Walter Scott, que más adelante se tratara como novelista, quien, atraído por las antiguas baladas, reúne algunas de ellas, tales como se conservaban en la tradición oral: Trovadores de la Frontera Escocesa, y luego escribe varias baladas en el mismo estilo, Baladas del Último Trovador, La Dama del Lago.
     La sencilla y emotiva elocuencia de estos poemas, llamó la atención hacia el rico manantial de la literatura popular, no solo en Escocia e Inglaterra, sino también en otros países, contribuyendo en esta forma a una renovación completa del genero poético en toda Europa.
     La segunda generación de poetas románticos lleva más lejos aun que sus mayores la rebelión de las pasiones contra la razón, y la del individuo contra la sociedad. George Gordon, lord Byron (1788-1824), comienza a ser, sobretodo en el continente un símbolo de todo el movimiento romántico. Amargo, apasionado y solitario, sus mejores poemas se caracterizan por su espontaneidad , su vigor y exuberancia: Childe Harold, Don Juan, Manfredo.
     Percy Bysshe Shelly (1792-1821) es un intelectual revolucionario y un poeta lírico muy dotado, que mantiene latente, por debajo de la temblorosa superficie de sus poesías, una vasta cultura: La Reina Mab, Prometeo Desencadenado, Adonais.
John Keats (1795-1821), Endymión, La Vigilia de Santa Ana, Odas, es un poeta sensible a la belleza, un helenista instintivo y pagano que convierte su amor a lo bello en una doctrina. Contribuye al enriquecimiento de la poesía romántica, incorporando elementos del Renacimiento italiano y del periodo isabelino. Sus Cartas, figuran las más sutiles de la crítica en lengua inglesa.  
Ensayo y Novela
     El espíritu romántico no solo transforma la poesía, sino también el ensayo. La crítica literaria se convierte en un monologo pensado, imaginativo y lleno de cálida cordialidad en las manos de Charles Lamb (1775-1834), Ensayos de Elisa. Emplean también esta forma con gracia y fluidez, William Hazlitt (1778-1830) y Thomas de Quincey (1785-1859), Confesiones de un Fumador de Opio
      El novelista romántico más destacado es, sin duda, Walter Scott (1771-1832), creador de la novela histórica y, al mismo tiempo, el primer novelista que convierte el ambiente social en un elemento esencial de la acción. Todas sus novelas tratan de temas escoceses, y aunque son relatos de aventuras, sin mayor profundidad psicológica, varias generaciones las leerán con entusiasmo: La Novela de Waverley, Ivanhoe, Quentin Durward, etc.
     Mary Shelley (1797-1840), esposa del poeta, escribe una novela de terror, hoy clásica: Frankenstein.
      En la quietud de la campiña, sin ser contaminada por la rebelión romántica, Jane Austen (1775-1817), hija de un eclesiástico, teje, en medio de una serenidad casi clásica, sus amenas e irónicas novelas sobre la vida provinciana: Orgullo y Prejuicio, La Abadía de Northanger, Emma, considerada su obra maestra, y muchas otras. 
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 471 y 472.