Club de Pensadores Universales

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domingo, 7 de julio de 2019

El Romanticismo Español

     Considerado como fenómeno histórico, el Romanticismo rebasa ampliamente los límites de éste trabajo, puesto que es su aspecto español no fuera más que refléjo de un vasto fenómeno común a las clases cultas de todos los países, y no únicamente literario. Tampoco fue una teoría concreta ni una doctrina sistematizada, puesto que no presentó caractéres homogéneos en los diversos países, cuyos medios intelectuales le fueron propicios para su desarrollo.
     En el orden literario y social, el Romanticismo no representó, en sus variadas manifestaciones nacionales, unas mismas ideas o sentimientos. De ahí que o pueda convenirle una definición estrecha, ni que pueda explicárselo desde el ángulo particular de una literatura, o de un país determinado. A semejanza del Renacimiento, fue un estado de espíritu o de conciencia que, al propagarse de uno a otro ambiente, de uno a otro pueblo, de una a otras actividades, cristalizó en formas y contenidos peculiares. Hubo un Romanticismo alemán, distinto del inglés, del francés o del italiano; todos ellos distintos entre sí y diferentes, a su vez, del Romanticismo español.
     Rasgo común a todas sus manifestaciones fue el predominio de la sensibilidad y de la imaginación sobre el frio academicismo, encarcelado en rígidas disciplinas.
     El nombre de romántico apareció por primera vez en la literatura alemana, para designar un género de poesía cuyo origen habían sido los cantos de los viejos Minnesinger, trovadores cuyo lirismo exaltaba el sentimiento cristiano, y el espíritu caballeresco.
    En Inglaterra y en Alemania, el Romanticismo fue, pura y sencillamente, la expresión de unos genios nacionales que ignoraban las coacciones “clasicistas” del siglo XVIII. En Francia y en Italia constituyó una rebelión  contra el academicismo derivado de la hipertrofia neoclásica.
     Los románticos franceses, por reacción contra esa hipertrofia que había llegado a reglamentar todas las bellezas y conquistas del Renacimiento hasta convertirlas en una colección  de fríos manuales, buscaron nuevas y exaltadas formas en su imaginación, en el color local (hay que decir , de pasada, que los románticos franceses abusaron un poco del “color local” español), en el lirismo de las literaturas nórdicas, pobladas de fantasmas extravagantes, en el seno misterioso del mundo medieval y, muy especialmente, en la propia fantasía creadora.
    El estilo, o más bien, la actitud independiente y subjetiva que había de caracterizar el Romanticismo, ya había aparecido con Goethe y Schiller en Alemania; con Macpherson, el genial mistificador de los Cantos de Ossian, Lord Byron, Young, Wordsworth y Coleridge en Inglaterra; con Alejandro Manzoni en Italia. Otro gran precursor había sido Rousseau, tipo cabal del escritor individualista, apasionado de la naturaleza y algunas de cuyas obras, Julia o la Nueva Eloísa; Las Confesiones, ya contienen los rasgos sentimentales que caracterizan el Romanticismo francés; rebeldía, amor a la naturaleza en libertad, sensibilidad exaltada, culto del yo.
     Estos pródromos del movimiento romántico francés, en el que conviene insistir porque fue el que influyó más directamente en el español, se concretan a principios del siglo XIX en la obra de Madame de Staël, que define el nuevo movimiento literario, y en la que Chateaubriand, que ya formula su teoría.
     Fue, en efecto, la autora de, De la Alemania, la iniciadora del romanticismo en Francia. Este libro, publicado en 1810, en plena dictadura napoleónica, llama la atención de los literatos franceses sobre la necesidad de renovar el espíritu de las letras, proponiendo como inspiración más fuerte y profunda las literaturas graves y apasionadas del Norte y preconizado, como Chateaubriand, el predominio de la sensibilidad y de la imaginación sobre el razonamiento y las disciplinas clásicas.
     Mas que una reacción contra estrechez de las leyes “clásicas,” más que una conquista de la libertad imaginativa, mas de una evasión ilusoria hacia las apetencias del ensueño, la poesía románticas constituye un progreso de esa sensibilidad que capta los matices de la conciencia y de la vida, aprehendiendo, como por sorpresa, lo que dormitaba en las zonas oscuras de lo inconsciente.
Romanticismo fue en España sinónimo de libertad. Y el movimiento lo mismo convino a las letras y al arte, que a los sistemas de gobierno.
     Todos los románticos de los primeros años fueron profundamente liberales. La musa hispánica cobra nuevos bríos e inaugura otro brillante periodo, sobre todo en la poesía y en la dramática, aunque por otra parte, una sola figura, la de Mariano José de Larra, basta para que la prosa también ocupe un puesto eminente.
Los Poeta Líricos.
Uno de los poetas más representativos del Romanticismo fue José de Espronceda (1808-1842), cuya vida resultó un breve, pero intenso resumen de inquietudes, de aventuras y de grandes ideales.
La juventud intelectual de la época conspira contra los viejos sistemas, padece persecuciones, conoce la cárcel y la emigración. En plena adolescencia, Espronceda se ve obligado a expatriarse. Pasa a Gibraltar, de transito para Inglaterra, y llega hasta Lisboa.
     De Inglaterra, donde se entregó al estudio de Shakespeare, Milton, y Lord Byron, marchó a Paris, tomando parte como combatiente en la llamada, Revolución de Julio. Vuelto a España, merced a la amnistía de 1833 (nótese que solo contaba Espronceda veintitrés años), se mezcló a los movimientos revolucionarios de 1835 y 1837, sufrió nuevos destierros, secretario de embajada y diputado a Cortes, distinguiéndose por su exaltación en el seno del partido progresista, donde se hizo el campeón de la democracia. Una inflamación de faringe concluyó con su tempestuosa existencia a los treinta y tres años.
     Descolló en la lirica: La Canción del Pirata; El Canto del Cosaco; El Himno al Sol; y el soberbio, Canto a Teresa, entre una abundancia de composiciones admirables. En la épica tiene fragmentos del, Pelayo, en los primeros y vigorosos vagidos de su musa: la leyenda. El Estudiante de Salamanca, segundo don Juan Tenorio, y El Diablo Mundo, poema filosófico de grandes alientos y muchas bellezas que no llego a terminar. Cultivó la tragedia, aunque con poca fortuna, en Doña Blanca de Borbón y la novela histórica de Sancho Saldaña o El Castellano de Cuéllar. Pero es en la lírica donde no admite punto de comparación con ninguno de los románticos españoles.
     Una mujer extraordinariamente dotada para las letras, Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), comparte con Espronceda el principado de la lirica española en su época. La Avellaneda, sincera, elocuente y fervorosa poetisa romántica, nació en la ciudad cubana de Puerto Príncipe, cuando Cuba pertenecía a España; era hija de padre español y en España vivió la mayor parte de su vida, principalmente en Madrid, teatro de sus triunfos literarios.
     Representa la fusión del arte neoclásico de Quintana y de Gallego, con el lirismo de los románticos ingleses y franceses. Ente sus poesías, citase como las mejores: La Pesca en el Mar; La Venganza; Amor y Orgullo; A la Poesía. También sobresalió en la dramática. La mejor de sus obras teatrales es Balastar, y la que sigue en importancia, Alfonso Munio, drama histórico basado en la leyenda del famoso caudillo castellano del siglo XII, que con tan singular fortuna peleó contra los moros andaluces; Saúl; El Príncipe de Viana; La Verdad Vence Apariencias, y La Hija del Rey René, todas ellas de forma acabadamente romántica y muy celebradas en su tiempo. Cultivó, además, la novela de tipo histórico y social: Guatimotzín; Dos Mujeres, aunque no fue éste el género adecuando a su temperamento.
    Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), escritor elegante  y discreto, cuya pluma recorrió todos los géneros, era natural de Granada y a los veinte años ya desempeñaba una cátedra de filosofia moral que tuvo que abandonar, por agitaciones políticas al estallar la independencia. Comisionado a Gibraltar y a Londres para solicitar el apoyo de Inglaterra en ésta lucha contra la invasión napoleónica, Martínez regresó a Cádiz en 1811, y figuró como miembro de las Constituyentes de 1812.  Fernando VII lo persiguió después, como a todos los liberales españoles, desterrándolo a África.
     En 1820, Martínez de la Rosa fue elegido otra vez diputado, y en 1823 tuvo que huir a Francia, donde residió ocho años. En 1834 presidió uno de los gobiernos de María Cristina, siendo más delante embajador en París, embajador en Roma, ministro de Relaciones Exteriores, presidente del Congreso, y Presidente del Consejo de Estado. Como escritor, trató de introducir en España el matiz francés del Romanticismo con sus dramas, Aben Humeya y La Conjuración de Venecia. Es el más apagado de los románticos.
     Juan Arolas (1805-1849), valenciano, brilló en la poesía amorosa, caballeresca y oriental. Versificaba con facilidad, y se inspiró en todos los grandes románticos del momento, desde Lord Byron a Zorrilla, pasando por Lamartine y el Duque de Rivas, sin que sus obras dejáran de tener un sello de originalidad y acento propios. Arolas, que era sacerdote, pulsó sin embargo una lira sensual y voluptuosa, en la que obtuvo grandes efectos coloristas, particularmente en las, Orientales  y en las Leyendas.
Los Poetas Dramáticos.
     El grupo mas numerosos de los románticos españoles, obtuvo sus más sonados triunfos en el género dramático. Cierto que, en general, el drama romántico español exasperó, todavía más, los defectos del drama romántico francés, pero nadie puede discutir las cualidades admirables que resplandecen en algunas de sus obras señeras: la ejecución franca y vigorosa del Don Álvaro, el aliento caballeresco de El Trovador, el hechizo lírico y la fuerza dramática del Don Juan Tenorio, la sobriedad literaria y la intensidad sentimental de, Los Amantes de Teruel.
     Ángel de Saavedra, duque de Rivas (1791-1865), empezó imitando a Quintana según se advierte en algunas de las odas patrióticas de su primera época como: A la Victoria de Bailén; Napoleón Destronado, etc. Y en sus tragedias: Ataúlfo; Aliatar; Doña Blanca, obras también de primera juventud, y todas ellas de gusto y de forma neoclásicos. Al terminar sus primeros estudios, que cursó en su ciudad natal de Córdoba, abrazó la carrera de las armas y cuando estalló la guerra de la Independencia, intervino en ella como guardia de corps, siendo gravemente herido en la batalla de Ocaña. Más tarde pasó a Cádiz, ya con el grado de coronel, y en 1822 fue diputado a Cortes, formando entre los más exaltados prohombres liberales.
     Habiendo pronunciado un violento discurso contra las tendencias absolutistas de Fernando VII, tuvo que emigrar, primero a Gibraltar, y luego a Inglaterra. En 1825 pasó a Italia y no pudiendo establecerse en los Estados de la Iglesia, se refugió en Malta, donde permaneció hasta que pocos meses antes de la Revolución de Julio, se decidió partir para Francia. La modestia de sus recursos lo obligó a dar lecciones de pintura y de dibujo. Al ascender al trono María Cristina, ésta promulgó una amnistía y volvió a España en 1834, con un volumen de versos impreso en París y el manuscrito de Don Álvaro.
     El volumen de versos contenía la leyenda de, El Moro Expósito y varios Romances Históricos; y tanto la leyenda como los romances iban a quedar como instrumentos de la poesía española del siglo XIX.
     El Moro Expósito, obra romántica  al modo inglés, de argumento tradicional y legendario, puede considerarse como novela en verso y fue la primera victoria de las nuevas tendencias literarias. Se refiere a la trágica muerte de los Siete Infantes de Lara, y en esa obra campea la figura del bastardo Mudarra, el vengador de su familia, toscamente bosquejada por los cronistas o juglares antiguos.
Los Romances Históricos son famosos y constituyen un extenso panorama de la antigua historia española. Algunos pintan con gran fuerza de colores los sucesos culminantes de una época, como, El Alcázar de Sevilla; La Victoria de Pavía; Don Álvaro de Luna; El Conde de Villamediana y El Fraticida. Otros presentan un carácter típico, juntando en él los caracteres todos de la especie, como en Amor, Honor y Valor (Don Alonso de Córdoba, genuina representación de la antigua nobleza castellana) y Un Castellano Leal, sobre el conde de Benavente, que incendia su casa por haber tenido que hospedar en ella al condesable de Borbon, puesto al servicio de Carlos Quinto contra Francia, su patria.
     Don Álvaro o la Fuerza del Sino, el principal de los dramas del Duque de Rivas, se estrenó en Madrid el 2 de marzo de 1835. Su autor lo había compuesto en París, enteramente en prosa, y aspiraba a realizar algo análogo a lo que acababa de hacer Víctor Hugo con su Hernani. Alcalá Galiano lo había traducido al francés, y luego el mismo autor había versificado algunas partes, corrigiéndolo en el conjunto y entregándolo para el estréno. Un público ávido de sensaciones, entre el que figuraban  numerosos literatos y artistas admiradores de Byron y de Hugo, aplaudió con frenesí las “rebeldes” escenas de Don Álvaro. Otra parte de ese público, habituado a los estrechos moldes de las tragedias neoclásicas, titubeó, ofreciendo resistencia al éxito. Pero el triunfo de la historia de la obra, y de género, acabo imponiéndose clamorosamente.
     Otro de los principales autores románticos fue Antonio García Gutiérrez (1813-1884), poeta gaditano que había acudido a Madrid desde muy joven con la esperanza de realizar la conquista de la escena. García Gutiérrez recorrió el conocido calvario de todos los autores noveles y, acuciado por la miseria, sentó plaza de soldado. En el espacio de unas horas, éste poeta adquirió la celebridad, conoció la abundancia y saboreó la gloria gracias al éxito de su “drama caballeresco” El Trovador, primer caso en que un público español solicitó la presencia del autor en el escenario para aplaudirlo y vitorearlo. Este éxito valió a García Gutiérrez la licencia absoluta, por lo que pudo dedicarse de lleno al teatro. En 1844 emprendió un viaje a América, residiendo sucesivamente en Cuba y en Mérida de Yucatán para volver, cinco años después, a la Península. Exceptuando el tiempo en que estuvo en Londres como empleado de Comisión de Hacienda, de 1854 a 1857, dedicó el resto de su vida a las tareas literarias.
     Otros dramas de éste autor, menos espontáneos, menos juveniles que el dé su primer éxito, son: Simón Bocanegra; Venganza Catalana; El Encubierto de Valencia y Juan Lorenzo, citados entre una producción muy copiosa donde también figuran muchas comedias y varias traducciones del teatro romántico francés, entre ellas: Margarita de Borgoña; Calígula y Don Juan de Mañara, de Alejandro Dumas padre.

    También la primera obra, la obra “juvenil” de Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), es la que descuella entre todas las suyas, la que procuró a su autor, joven desconocido y de modesto origen, súbita y duradera notoriedad. Esta obra dramática que, Los Amantes de Teurel, basada en la célebre leyenda de Isabel de Segura y Diego Marsilla, dos amantes desgraciados, separados por la suerte y reunidos demasiado tarde, leyenda que ya había servido de tema a varios escritores españoles : Pedro de Alventosa (1553); Rey de Artieda (1581); Bartolomé de Villalba (1587); Juan Yagüe de Salas (1616); Tirso de Molina (1627) y Pérez de Montalbán (1638). La obra de Hartzenbusch data de 1837, un año después del estreno de El Trovador.
     Los Amantes de Teurel excitaron igual o más tumultuoso clamoreo. El poeta, antes oscuro, adquirió celebridad en una noche, siendo así mismo consagrado por el fallo de Larra, el crítico mas autorizado entonces en España, el cual habló de Hartzenbusch con entusiasmo en el último artículo que escribió, pocos días antes de suicidarse.
     Hartzenbusch, hijo de un ebanista alemán y de madre española, llegó a ser, en virtud de su esfuerzo y amor al estúdio, uno de los mejores castizos españoles, un letrado de vasta erudición. Alentado por el éxito de Los Amantes de Teurel, siguió cultivando el drama histórico, con formas poéticas muy puras y respetuosas de los hechos reales. A este género pertenecen: La Ley de la Raza (época visigótica); Alfonso de Castro; La Jura en Santa Gadea (episodio del Cid); Vida por Honor (época de Felipe IV); etc.
     Otras e sus comedias (llamadas por la critica moratinianas, porque acusan la influencia del autor de El Sí de las Niñas) son: La Visionaria; La Coja y el Encogido y Un Sí y Un No. También sobresale entre la vasta y variada labor dramática de Hartzenbusch, dos comedias de magias muy notables; La Redoma Encantada; Los Polvos de la Madre Celestina.
     Es el escritor dramático de mejor plan entre todos los de su época. Tenía temperamento reflexivo aplicado a estilo de severa elegancia. Refundió muchas obras de los clásicos españoles (Lope, Tirso, Calderón, Rojas) así como los extranjeros  Alfieri, Dumas, Molière, y Voltaire. Escribió excelentes artículos de costumbres y de crítica literaria; y ordenó y preparó la edición moderna de numerosos autores del Siglo de Oro.
     José Zorrilla (1817-1893), nacido en Valladolid, es, ante todo, el poeta de la leyenda nacional. Sobresale en la poesía narrativa y es, además, el padre del más popular y vibrante de todos los “don Juan”; Don Juan Tenorio, muy discutidos por la crítica de entonces y de ahora; pero obra hermosísima por la musicalidad de sus versos, y por el arrogante carácter de su protagonista: difícilmente se encontraría en el teatro español, una obra más aplaudida y representada y con personajes tan característicos y tan bien dibujados, como don Juan, don Luis Mejía, doña Inés, el comendador, Ciutti o Brígida. Entre las producciones dramáticas de Zorrilla, sobresalen: El Puñal del Godo; El Zapatero y el Rey; Traidor, Inconfeso y Mártir.
     Fue Zorrilla poeta extraordinariamente fácil, improvisador bohemio y genial; El Puñal del Godo, lo escribió en dos días y por apuesta. El célebre Tenorio en veintiún días.
     Entre sus libros de versos, citemos, Cantos del Trovador; Recuerdos y Fantasías; Granada; Flor de los Recuerdos; Leyenda del Cid. Simbolizó la llamada postrera de la poesía romántica que en él ya acabó siendo pura declamación adornada con incomparables riquezas musicales, no igualadas ni de lejos por ninguno de sus émulos. Las grandes cualidades de Zorrilla prolongaron arterialmente la vida del Romanticismo, que ya vivió agonizante hasta la terminación del siglo XIX.
Críticos, Escritores de Costumbres, Novelistas.
Si al reseñar en Romanticismo español hubiéramos atendido a un orden cronológico riguroso, la primera figura que se nos habría impuesto en la de Mariano José de Larra (1809-1837), que hizo celebre su seudónimo de Fígaro.
     Nació en Madrid en plena invasión napoleónica. A los veinte años publicó, El Pobrecillo Hablador, periódico satírico redactado íntegramente por él con el seudónimo de “El Bachiller Juan Pérez de Munguía.” Éste ensayo (critica ingeniosa y amarga de la sociedad española) fue breve, el eco ruidosísimo, y El Pobrecillo Hablador, no tardó en sucumbir a las persecuciones del gobierno.
Larra preservó en la ruta del periodismo, y ya con el seudónimo de “Fígaro” hizo critica en diferentes publicaciones de la época, alternando las flechas certeras, de sus artículos satíricos con producciones de índole diversa.
     Mientras tanto, la vida intima de Larra, que siempre ha sido amarga, se agria más aún. “Fígaro” casado y con hijos, sustenta una pasión amorosa al margen de su hogar. Ésta pasión parece dominarlo en absoluto. La mujer amada deja de corresponderle. Lo rechaza una y otra vez. Larra intenta un supremo esfuerzo de conciliación. La entrevista es negativa. Y el gran escritor, dándolo todo por perdido, vuelve a su casa, se refugia en su despacho y se mata. Este final absurdo, exacerbación de un temperamento y de un ambiente que resolvía a pistoletazos los conflictos del corazón, arrebata a la España del siglo XIX su mentalidad más poderosa. La obra comenzada bajo tan hermosos auspicios se interrumpe cuando se anuncia lo más robusto de su fluir. Ni siquiera alcanza el genio de Larra su plena madurez. ¡El pistoletazo romántico le quita la vida a los veintiocho años!
     Junto a Larra, en su aspecto de escritor costumbrista, reclaman un puesto otros dos escritores que representan el antecedente inmediato de la nueva novela de costumbres que iba a hacer su repatriación en la literatura española: Mesonero Romanos  y Estébanez Calderón.
     Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), madrileño colaboró en la revista Cartas Españolas, y en 1836 fundó y dirigió el famosos Semanario Pintoresco Español. Sus cuadros de Madrid, muy elogiados por Larra, están coleccionados en sus libros: Panorama Matritense; Escenas Matritense; y Tipos y Caracteres. Fue también historiador notable en, El Antiguo Madrid, donde describe y evoca muchos lugares y sucesos de la Villa y Corte, y en sus interesantes, Memorias de un Setentón, de gran amenidad y valor anecdótico. Utilizó el seudónimo, que popularizó, de “El Curiosos Parlante.”
     A Serafín Estébanez Calderón, que se hizo conocer con el seudónimo de “El Solitario” (1799-1867), debemos una serie de Escenas Andaluzas que son admirables por la brillantez, la fidelidad y la gracia con que pintan el ambiente popular de aquella región española.
     Los representantes de la novela de costumbres en el periodo romántico, aunque algo al margen de ese movimiento literario que dominó a su época, fueron Fernán Caballero y Antonio de Trueba.
     Fernán Caballero (1796-1877), seudónimo de doña Cecilia Bohl de Fáber, era hija del erudito hispanista alemán de igual apellido y de madre gaditana. Nació en Suiza; pero pasó casi toda su vida en Andalucía y, por sus gustos y educación, fue una verdadera andaluza. Creó nuevamente en España la novela de costumbres, eclipsada desde el siglo XVII, dándole un tinte religioso y moralizador. Casi todas sus obras son trasunto admirable del ambiente andaluz y abundan en escenas trazadas con encantadora naturalidad. Entre sus novelas descuellan: La Gaviota; Clemencia; La Familia de Alvareda; Dos Almas de Dios. También coleccionó cuentos y poesías populares: Cuadros de Costumbres: Cuentos Oraciones y Adivinas; Cuentos Populares. Es escritora vigorosa y colorista que ejerció indudable influencia en el resurgimiento de la novela.
     Antonio de Trueba (1819-1889), natural de Montellano, escribió a estilo de Fernán Caballero cuentos y narraciones en donde describe en prosa o en verso y con emoción intensa, aunque siempre con sencillez y delicadeza, paisajes y tipos de las provincias vascongadas, su país: El Libro de los Cantares; Fabulas de la Educación; Covadonga; Cantos Infantiles. En prosa compuso varias series de cuentos: Cuentos Populares; Nuevos Cuentos Populares; Cuentos Campesinos; Cuentos del Hogar; Cuentos de color de Rosa; etc., de lectura fácil y amena y de sencilla composición.
     Pero el Romanticismo español tuvo también su gran torrente literario, su Alejandro Dumas, que tal fue Manuel Fernández y González (1821-1888). También tenía “fabrica” de novelas. Los ayudantes de don Manuel eran jóvenes amanuenses que seguían muy de cerca el dictado del maestro y que si alguna vez añadían algo de su cuenta (como hubo de hacerlo Blasco Ibáñez siendo muchacho) era cuando el novelista cabeceaba unos sueñecitos, rendido por el cansancio, abrumado por una vida  imaginativa desordenada y portentosa.
     Fue, además, poeta muy desordenado. Pero su fecundidad era asombrosa, pues escribió o dictó unas 300 novelas, Men Rodríguez de Sanabria; El Alcalde Ronquillo; Los Monfíes de la Alpujarras; El Cocinero del Rey; etc., además de algunos dramas y poesías.   
     Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 364 y 368.                                                                                      

lunes, 1 de julio de 2019

El Siglo XVIII Español


     Como obedeciendo a la ley biológica universal que implica la fatiga después de esfuerzo violento, así parece que la España del siglo XVIII se resiente de la plétora y del dinamismo de los dos siglos anteriores. Su originalidad y su influencia se anemian; y esta decadencia se convierte en tributaria intelectual del país que después de haberse nutrido del pensamiento y del arte español hace rebotar sobre España, lo mismo que sobre el resto de Europa, su poderío creciente y su cultura.
    El siglo XVI había sido el de la acción. El siglo XVIII es el del pensamiento, el de la formación del espíritu filosófico. Todo concurre para que sea Francia el portaestandarte de los nuevos ideales. Una serie de grandes estadistas, Richelieu, Mazarino, Luis XIV, han hecho de ese país, la encrucijada de Europa. A  París afluye el pensamiento de todo el mundo, y es Paris quien va a abrir violentamente las puertas de una nueva era, desencadenando la Revolución más trascendental de los tiempos modernos.
     Al reformarse la cultura española del siglo XVII por su contacto con los modelos extranjeros, el movimiento de reforma se orientó en el sentido dominante entonces en el mundo, es decir, en el sentido neoclásico, cuyos principales y más rígidos representantes eran los literatos y retóricos franceses: Corneille, Racine, Moliere, Voltaire, etc.
     El siglo XVIII francés trae, además, la literatura política, en su más amplio sentido social y popular. Esta literatura se dedica a estudiar especialmente la vida de los pueblos, los sistemas de gobierno, las instituciones, y aspira a que todo sea sometido a las investigaciones de la razón. Tras de un largo sometimiento a todo, la razón quiere discutirlo todo. Ya el siglo XVII francés había proclamado por medio de sus grandes escritores el principio renacentista de la soberanía de la razón. Ahora extrae nuevas conclusiones de ese principio.
     Los escritores, acuciados por afanes más directos, van a desviarse de los estudios psicológicos y de las pinturas de alma humana, así como de sus pasiones y sentimientos. Se engolfan en la crítica, cada vez más violenta y agresiva, de las instituciones y de las creencias religiosas. Pululan las teorías y los sistemas.
La Poesía
     El siglo XVIII español es muy parco en grandes poetas. Y muy contados son los que sobresalen entre los valores de una generación que reservó para la prosa casi todas las cumbres literarias. Entre esos poetas hay que citar en primer término a los dos Moratín, padre e hijo, don Nicolás y don Leandro.
     El primero en el orden al tiempo, Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780), recorrió casi todos los géneros y compuso obras excelentes entre las que sobresalen las de sabor popular y nacional como su, Fiesta de Toros en Madrid, y el canto épico a, Las Naves de Cortes. La primera de esas composiciones, escrita en quintillas, está considerada como la poesía más perfecta que se escribió en castellano en el siglo XVIII.
     También son famosos algunos de sus romances y de sus letrilla, llenas de suavidad.
     Menos fortuna tuvo como poeta dramático, aunque debe reconocerse que su obra marca un fecha importante en la evolución de teatro español porque representó la entronización de la tendencia dramática francesa, intentando la imitación de esa tendencia después del periodo de las traducciones. 
     Su Hormesinda, estrenada en 1770, fue la primera “tragedia regular” de la escena española, inspirada en los supuestos amores de Hormesinda, hermana de don Pelayo, y en la muerte de Munuza, caudillo musulmán.
    La Lucrecia está tomada de la historia  y Guzmán el Bueno, recoge el célebre episodio de la defensa de Tarifa. También compuso una comedia de costumbres: La Petimetra.
     Mucho mayores fueron os vuelos literarios de su hijo, Leandro Fernández de Moratín, (1760-1828), que desde muy niño vivió en un medio saturado de letras y de arte. A los siete años ya componía versos y a los dieciocho obtuvo un premio oficial de la Academia Española. Éste éxito afianzó su vocación por la carrera literaria, vocación que Moratón hacia compatible con la práctica de un oficio puesto que, al quedar huérfano de padre, cuando contaba veinte años de edad, trabajaba como oficial aventajado en un taller de joyería.
     Desde muy joven había sentido gran afición por el teatro, el cual, tras el auge y de la brillantez que había conocido en el siglo anterior, yacía en el lastimoso estado en que el mismo, describió mas tarde en el discurso preliminar de sus Comedias.
     Protegida más adelante por el ilustre Melchor Gaspar de Jovellanos, que lo distinguía con su amistad, Moratín pudo abandonar el taller de joyería y marchar a París como secretario del conde de Cabalrrús, que, a la sazón, se hallaba desempeñando una misión diplomática en la capital francesa . Cerca de un año duro esta estancia en París de Moratín, de abril d 1787, a enero de 1788, y luego, protegido a su vez por Godoy, el omnipotente favorita de María Luisa y de Carlos IV, pudo entregarse de lleno al cultivo de las letras. Un primer resultado de estos trabajos fueron dos de sus comedias, El Viejo y la Niña, La Comedia Nueva o El Café, y la magnífica sátira literaria, La Derrota de los Pedantes.
     Poco después emprendió Moratín un viaje de estudios por Europa, también con el apoyo de Godoy, y volvió a Francia al producirse los primeros disturbios de la Revolución que iba a llevar a la guillotina a Luis XVI y a María Antonieta. Acababa de llegar a París, el tres de septiembre de 1792, cuando advirtió un gran alboroto callejero, y al asomarse a la ventana del hotel, vio ;la cabeza de la princesa de Lamballe que, clavada en una pica, iba paseando en triunfo una furiosa muchedumbre. Impresionado por el peligroso cariz que iba tomando la Revolución, Moratín pidió inmediatamente pasaporte para Inglaterra y marchó a Londres donde recogió curiosos apuntes de literatura y especialmente de teatro. Producto de estos estudios fue, entre otros trabajos, su traducción posterior de Hamlet.
     De Londres pasó a Bélgica, Holanda, Alemania, Suiza, e Italia. En el país del arte pasó una larga temporada recorriendo sus principales ciudades y estudiando sus innumerables bellezas. En 1796 regresó a Madrid; obtuvo un destino de “secretario en la interpretación de lenguas,” y poco después fue nombrado, “Director de Teatros,” cargo creado por el gobierno de Carlos IV, con el propósito de que se acometiera con autoridad oficial un serio intento de regeneración del teatro español, caído en el estragamiento y el extravío.
     En enero 1803 estrenó la zarzuela El Barón, convertida luego en comedia. Zarzuela era el nombre que se daba a las obras mixtas de la declamación y de canto, compuestas al estilo de los “vaudevilles” franceses. Y en mayo de 1804, se estrenó la nueva comedia, La Mojigata.
     El genio humano y la naturaleza satírica de Moratín, unidos a los celos que despertaban entre la grey literaria sus brillantes éxitos, le habían suscitado numerosos enemigos. En enero de 1806, dio a la escena, “El Sí de las Niñas,” considerada como la mejor de sus comedias. El triunfo fue ruidoso, y este nuevo éxito enconó más aún la enemistad de sus adversarios.
     Mientras tanto, se iban precipitando en la península los históricos acontecimientos que torcerían el curso de la existencia de Moratín, y llenarían de sobresaltos y sinsabores el resto de sus días. Al ocurrir la trágica caída de Manuel Godoy, Moratín, que había sido su amigo y protegido, sintió la inseguridad de una situación que lo exponía a ser víctima de numerosas represalias.
     Tuvo que esconderse y, más tarde, figuró entre la clase de los “afrancesados,” es decir, que llevado de una inercia muy generalizada entre los funcionarios de su tiempo, a la entrada de los franceses permaneció en su empleo oficial, siendo uno de los muchos funcionarios españoles que colaboraron pasivamente con las nuevas autoridades, mientras el pueblo escribía la gloriosa gesta de la independencia. Llegó  aceptar de José Bonaparte el nombramiento de “Bibliotecario mayor” y, al retirarse de España las fuerzas napoleónicas, tuvo que emigrar, enfermo y falto de recursos.
     Pasó en Montpellier la primavera de 1818, trasladándose después a París y, en 1820, a Bolonia, donde ya había residido durante su anterior viaje por Europa. Una amnistía lo devolvió a España. Propúsose instalarse en Barcelona y proseguir allí sus tareas de poeta dramático; pero al poco tiempo de encontrarse en la ciudad condal, nuevas calamidades políticas, unidas a la aparición de una terrible epidemia de fiebre amarilla, lo obligaron a volverse a Francia, siendo esta su expatriación definitiva. Moratín acabo sus días en Paris, donde lo sorprendió la muerte cuando corregía un gran trabajo histórico sobre, Los Orígenes del Teatro Español.
    Las cualidades esenciales de Moratín son la corrección y el buen gusto, propios de su talento equilibrado y cultísimo. Es muy notable como pota lirico y como escritor satírico; pero su labora mas considerable es la de género teatral. Además de las  comedias  ya citadas, de la zarzuela, El Barón, y de la traducción de Hamlet, tradujo dos comedias de Molière: La Escuela de los Maridos, y El Médico a Palos. Las sátiras de Moratín influyeron poderosamente en las costumbres de su tiempo, y su labor teatral introdujo la orientación moderna en la escena española.
     La época de los dos Moratín abarca un cuadro de poetas de variadas tendencias entre las que se incluyen dos viejas escuelas, tan ilustres en el Siglo de Oro: la salamantina y la sevillana; pero de las cuales solo la primera merece mencionarse. A esta fase de la escuela salamantina pertenece le obra poética de Cadalso y de Jovellanos, de quienes trataremos principalmente como prosistas, y del vate más popular y estimado entre sus contemporáneos., el delicado Juan Meléndez y Valdés (1754-1817). También fué éste “afrancesado” y tuvo que retirarse a Francia cuando el pueblo español arrojó de sus lares a los ejércitos napoleónicos; murió en Montpellier.
      Como lirico, Meléndez Valdés reflejó el clasicismo del siglo XVI en sus anacreónticas, églogas y odas. También compuso deliciosas letrillas, romances y algunas composiciones de carácter filosófico como, La Gloria de las Artes, que es la mejor oda de su época.
     Cienfuegos, Quintana y Gallego son, junto con Meléndez, los principales poetas de la escuela salamantina en la segunda época del siglo XVIII. Los tres preceden muy de cercas al Romanticismo, aunque distan de él por el carácter neoclásico de su obra.
     Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764-1809) se caracteriza por el arrebato  de su lira, tan distinta de la pulsación suave de Meléndez. Este arrebato lo hizo caer en la afectación. Varias de sus composiciones reflejaron las tendencias filosóficas del enciclopedismo francés y, por el sentimentalismo de algunas de sus poesías de la última época, La Escuela del Sepulcro; Paseo Solitario en Primavera; La Rosa del Desierto, se lo considera como un inmediato precursor de los románticos.
     Aunque la vida de Manuel José Quintana (1772-1857) participa casi por igual de los dos siglos, del siglo XVIII y del XIX, su modalidad artística pertenece al primero, tanto por sus ideas, como por el carácter neoclásico de su obra, ya que el siglo XIX español es esencialmente romántico.
     Quintana fue la encarnación más perfecta del clasicismo español en su decadencia. Nació en Madrid y cursó los estudios de segunda enseñanza en Córdoba, de donde pasó a Salamanca terminando su carrera con Meléndez y Cienfuegos.
     En Quintana cupieron dos figuras literarias, grandes ambas, el historiados y el poeta. Como poeta es el maestro supremo de la oda patriótica y filosófica y, en este aspecto, no conoce rival. Su musa es majestuosa, y ya cante grandeza o llore amores, ya impreque o alabe, su frase siempre mantiene el grado de perfección que lo consagra como el vate más inspirado de su tiempo. Como historiador escribió sus, Vidas de Españoles Célebres, colección de biografías considerada como obra clásica desde su publicación, iniciada en 1806.
     El apunte sobre la fisionomía moral de Quintana quedaría falseado si faltaran en él los vigorosos trazos de su patriotismo y de su encendido sentimiento liberal. Fueron España y la libertad las que inspiraron sus mejores cantos y lo actos capitales de su existencia. Cuando, en 1808, los ejércitos de Napoleón trataron de conquistar a España a sangre y fuego, Quintana se hallaban en su plenitud de sus facultades y todas las consagró a defender la independencia de su patria atropellada.
     Sus versos inflamaron el ardor popular y, con un puñado de intelectuales, tan patriotas como viriles, excitó y mantuvo la resistencia. Su influencia en la marcha de aquellos acontecimientos  fue enorme y muy directa. Escribió casi todos los manifiestos de las Juntas insurreccionales y la mayoría de los documentos  de las primeras Cortes Constituyentes. Sus ideales liberales le acarrearon, a la venida de Fernando VII en 1814, la persecución y el destierro.
Padeció estrechísima prisión en la ciudadela de Pamplona durante seis años, hasta 1820, y estuvo desterrado en Extremadura hasta 1828.
     A lo largo de los años, ya anciano, conoció Quintana las reparaciones y honores que tanto merecía. Desempeñó durante mucho tiempo el Ministerio de Instrucción Pública, considerándoselo como legitima gloria nacional, y en 1855 las Cortes del Reino se reunieron ex profeso en el Palacio del Senado para que la Reina Isabel II colocara en las sienes del poeta a un laurel de oro.
     Entre la sodas de Quintana, descuellan las tituladas: Al Combate de Trafalgar; A España Después de la Revolución de de Marzo; Al Sueño; Al Mar; A Cienfuegos, Convidándole a Gozar del Campo; A la Invención de la Imprenta; Al Armamento de las Provincias Españolas contra los Franceses.
     También escribió dos tragedias: El Duque de Viseo, imitación de otra compuesta en ingles por Mateo Lewis y en la que ya se advierte un germen del drama romántico, y el Pelayo, de viriles acentos patrióticos.
     Juan Nicasio Gallego (1777-1853) estuvo unido por gran amistad, primero con Meléndez, que lo animó al cultivo de las letras, después con Cienfuegos y quintana, cuyas opiniones liberales compartió. También sobresale en la nota patriótica.
     Era natural de Zamora e hizo sus estudios en Salamanca, donde se ordenó de sacerdote, pasando mas tarde a Madrid con el cargo de “Director de los Pajes del Rey.” En la corte frecuentó, como otros muchos escritores, la tertulia literaria de Quintana; pero no se dio a conocer como poeta hasta 1807 en que compuso su oda, A la Defensa de Buenos Aires.
     Más tarde, Gallego fue diputado en la cortes de Cádiz, perseguido por sus ideas liberales y desterrado a Francia hasta 1828, en que ya pudo regresar a la Península. En 1830 ingresó en la Academia Española y fue secretario perpetuo de esta corporación.
Cuatro o cinco composiciones, las primeras que salieron de su poco fecunda pluma, bastaron para granjearle el renombre duradero de que goza; la ya citada oda, A la Defensa de Buenos Aires, y las elegías: Al Dos de Mayo; Elegía a la Reina Isabel; A la Muerte de la Duquesa de Frías. También escribió varios Sonetos purísimos de forma y tradujo, Los Novios, de Manzoni.
El Teatro
     Además de Leandro Fernández de Moratín, el teatro español de este siglo tuvo como autores de relieve a García de la Huerta y, sobre todo, a Ramón de la Cruz.
     Vicente García de la Huerta (1734-1787) cultivo la tragedia, sobresaliendo en su obra Raquel, que obtuvo el mayor éxito teatral de su tiempo. Se singularizó con su celo en defender las concepciones de la literatura clásica nacional frente a la invasión de la literatura francesa. Noble empeño para el que, sin embargo, le faltó acierto y prestigio literario.
     En apoyo de su firme y dilatada campaña de nacionalismo dramático, García de la Huerta publicó con el título genérico de Teatro Español una serie de quince volúmenes, coleccionando obras del siglo XVII, pero faltos de plan al extremo de que en esas extensa colección no hay ninguna obra de Lope, de Tirso, ni de Luis de Alarcón, esto es, tres de las cumbres.
     Consideración muy especial merece entre los escritores del siglo XVIII el madrileño don Ramón de la Cruz (1731-1794), padre del sainete español. Empezó traduciendo o adaptando tragedias y comedias extranjeras como el, Aecio Triunfante de Roma, de Metastasio; La Escocesa, de Voltaire; la Eugenia de Beaumarchais; el Hamlet de Ducis, adaptada a su vez por éste de Shakespeare; el Amor Médico, de Molière, etc. Pero lo que dio verdadera fama a don Ramón de la Cruz fue el género que se puso a cultivar en la segunda mitad de su carrera literaria, una multitud de sainetes, obras breves, alegres, e ingeniosas, verdaderos cuadros populares de aquel Madrid tan vivaz y pintoresco con sus majos, manolas, abates, castañeras, petimetres, tonadilleras, lechuguinos, cantadores, pintados pintados en sus medios naturales: botillerías, fandangos, ferias, fiestas típicas, etc. Éste género ligero, gracioso, y riquísimo de ambiente, hizo escuela y ha llegado a formar una parte muy robusta y original del teatro español.
     El sainete es genero interesantísimo, tanto por su historia como por su caracteres intrínsecos. Aunque conocido con el nombre de sainete desde el siglo XVII, su abolengo literario resulta tan antiguo como ilustre. Es, como lo ha definido Cotarelo, drama sin argumento reducido a un simple dialogo en que predomina el elemento cómico. Elige sus personajes y sus ambientes entre las clases más populares, adopta el estilo y el lenguaje correspondiente y así, lleno de malicia y desenfado, satiriza alegremente los vicios y las ridiculeces de su época.
     Formas de sainete, brevedad, desenfado, agudeza, satírica, cuadros de costumbres, fueron los mimos griegos tan encomiados por Platón; las atalanas del teatro latino; los autos de Juan del Encina; las Farsas de Gil Vigente; los pasos de Lope de Rueda, y los entremeses de Cervantes.
     Fue don Ramón de la Cruz un autor muy fecundo, pues escribió mas de trescientos sainetes y unas cincuenta obras de de otros géneros entre comedias, tragedias, y zarzuelas. Entre los sainetes se destacan los que pintan costumbres típicas de la Corte: El Rastro por la Mañana; El Prado por la Noche; Los Bandos del Avapiés; los de costumbres teatrales e intimidades de bastidores: El Teatro por Dentro; La Comedia de Maravillas; El Sainete Interrumpido; los que son parodia grotesca de obras trágicas: Manolo; Teresilla la de Pinto; El Muñuelo.
     Otros sainetes notables de este autor son: Las Castañeras Picadas; El Fandango de Candil; La Petra y la Juana o La Casa de Tócame Roque; El Careo de los Majos; Las Tertulias de Madrid, y muchos otros que, aparte sus meritos literarios presentan gran interés para el estudio de la vida intima de España en el último tercio del siglo XVIII.
Los Fabulistas
     Los dos nombres que en el género de la fabula han pasado a la posteridad son los de Samaniego e Iriarte.
    Félix María de Samaniego (1745-1801), rico hidalgo rojiano, dedicó su existencia a las letras y a propagar la instrucción entre las clases populares. Como escritor descuella por sus Fabulas.
Samaniego, muy francés por el pensamiento, discípulo de La Fontaine en cuanto al asunto de muchas de sus fabulas, es muy español en la ejecución, pues su estilo se aparta del gran clásico francés y más bien se asemeja al Lope de Vega de La Gatomaquia.
     El otro de los fabulistas indicados, Tomás de Iriarte (1750-1791), era natural de, La Orotava, Canarias, y se educó en Madrid. Empezó su carrera literaria traduciendo algunas comedias y tragedias francesas. En 1771 fue nombrado traductor en la Secretaria de Estado y en 1776, archivero del Consejo Supremo de Guerra. Puso en verso el, Arte Poética, de Horacio y escribió numerosos folletos satíricos, Los Literatos de Cuaresma; Donde las Dan, las Toman, poemas y fabulas, genero éste que constituye a la verdadera prenda de su fama.
     En 1786, Irarte fue acusado ante la Inquisición de haber compuesto varias sátiras contra la religión y de compartir las opiniones de los enciclopedistas franceses. Tuvo que adjurar de levi, es decir, sobre las sospechas reconocidas como leves, y someterse a una penitencia secreta. También compuso Iriarte tres bonitas comedias: La Señora Malcriada; El Señorito Mimado; El Don de Gentes. Pero fueron sus fábulas, como decimos, aquellas de sus obras que gozaron en todo tiempo de gran celebridad. Iriarte, espíritu equilibrado y culto, se empeñó en cultivar el arte docente, con exclusión e otro alguno.  
La Prosa
     Escritor de carácter didáctico y de verdadero alcance enciclopédico fue fray Benito Jerónimo Feijoó (1676-1764). Nació en una aldea de Galicia, Casdemiro, provincia de Orense, y a los catorce años ingresó a un monasterio de la orden de San Benito. Cursó estudio en Salamanca y pasó luego al profesorado, que ejerció durante cuarenta años, y sus Cartas Eruditas y Curiosas, que continúan y complementan el Teatro Crítico, consagran la magnitud y variedad de sus conocimientos, su erudición vasta y profunda en casi todos los ramos del saber.
     Fue un sabio, gran difusor de la cultura, que trató de poner la ciencia española en contacto con la extranjera y d extirpar ciertas supersticiones. No fue propiamente un gran hablista. El lenguaje de Feijoó suele ser desaliñado; pero su amor a la ciencia y las cualidades excelsas de su entendimiento critico lo colocan entre los primeros escritores de su época.
     Entre los escritores políticos se distingue el Conde de Campomanes (1723-1802), que desempeño altos cargos de gobierno durante el reinado de Carlos III, y cuyos escritos sobre economía y educación alcanzaron gran notoriedad. También descolló en los estudios históricos: Disertaciones Sobre el Orden y Caballería de los Templarios.
     La novela, casi inexistente en este siglo, tiene sin embargo un buen representante en Fray Gerundio de Campazas, narración satírica del padre jesuita José Francisco de Isla (1703-1781). Fray Gerundio, obra a la que se ha llamado, “el Quijote de los malos predicadores,” alcanzó gran popularidad y controversias. Fue, además, el padre Isla el que introdujo en España el célebre, Gil Blas de Santillana, de Lesage.
     La obra en prosa del coronel José Cadalso (1741-1782), muerto por un casco de granada  en el bloqueo de Gibraltar, tiene marcado sabor critico. Los Eruditos a la Violeta, es una admirable sátira donde expone un “curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones para los siete días de la semana” y dedicado “a los que pretenden saber mucho estudiando poco.”
     Cerraremos el ciclo con don Melchor  Gaspar de Jovellanos (1744-1811), cuya pluma recorrió con gran talento y elegancia la pedagogía, la historia, el derecho, la filología y otras materias. Fue polígrafo eminente y el mejor prosista de su tiempo. Ocupo altos cargo políticos y sufrió persecuciones por su espíritu patriótico y liberal. Además de figurar entre los mejores poetas liricos del siglo XVIII, dio al teatro la comedia El Delincuente Honrado, y la tragedia Pelayo, compuesta en romance encadesílabo. Entre las obras en prosa de Jovellanos descuella su Informe Sobre la Ley Agraria, monumento d la literatura política.                                          
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 360 y 364.