El Vampiro de los
Cárpatos
de Alejandro Dumas
La dramática y tenebrosa historia que vamos
a narrar, comenzó a principios del siglo pasado, en un lugar de Polonia,
cercano a los Cárpatos. En el interior de un magnífico castillo, la joven
princesa, Hedwigd, y sus damas de compañía, bordaban e hilaban en medio de un
triste y sereno silencio. Una de sus damas, le dijo, “¿No te han llegado
noticias de tus hermanos, o de tu padre, princesa?” Hubo un silencio, la
dama agregó, “Ésta mañana escuché decir a unos campesinos, que las tropas
del Zar, han llegado ya muy cercas de la aldea” Un joven paje, entró en ese
momento, y dijo, “¡Mensaje para la princesa Hedwigd, del frente de batalla!”
Al leer la misiva, el rostro de la hermosa Hedwigd, hija del señor de aquel
castillo, se demudó. Hedwigd exclamó, “¡Oh, Dios mío, no!” La mujer se desvaneció.
La dama exclamó, “¡Se ha desmayado!” El paje dijo, “¡Pobre chiquilla!”
Al tomar la carta y leerla, la dama dijo, “Sus dos hermanos han muerto
luchando contra los rusos, que intentan invadir nuestras tierras. ¡Ah, bien se
ve que nacer en Polonia, es nacer para sufrir!” El paje la cargó, y dijo, “La
llevaré a su aposento.” La dama solo dijo, “¡Dios proteja a su padre,
nuestro señor! ¡Pues es el único miembro de su familia que le queda en el mundo,
desde que la madre murió!” Esa misma noche, se escuchó un fuerte ruido que
las despertó. Hedwing exclamó, “¿Q-Qué fue eso?” Una de las damas, llegó
con una vela encendida, y dijo, “¡Princesa!¡Lo que escuchas son cañonazos rusos!¡Nuestras
tropas se repliegan, y pronto el combate se llevará a cabo alrededor del
castillo!” De pronto, el propio padre de Hedwing, entró en el ala principal
del edificio, exclamando, “¿Dónde está mi hija?” Hedwigd, se abalanzó hacia él, para abrasarlo,
diciendo, “¡Padre!” Hedwigd le dijo, “¡Llegué a creer que habías
muerto, como mamá y mis hermanos!” Su padre le dijo, “¡Solo vine a dar órdenes
a la servidumbre, para que desaloje el castillo! ¡Los rusos caerán de un
momento a otro sobre él, y tú sabes que eso significa horror, saqueo, y…¡La destrucción
total!” Su padre le tomó las manos, y dijo, “¡Vamos!¡No hay tiempo que
perder! Vístete porque partirás enseguida al monasterio de Sastru, donde estarás
segura. Mis diez mejores guerreros, te escoltarán.” Hedwigd le dijo, “¿Y
tú, padre? ¿no vendrás conmigo?” Su padre le dijo, “No, Hedwigd. Volveré
al campo de batalla. ¡No puedo huir ante el enemigo, cuando éste asalta mi
propio castillo, las tierras que heredé de mis padres y abuelos! ¡Debo luchar!¡Aunque
hacerlo sea inútil! ¡Al meno moriré con honor!” Hedwigd le dijo, abrazándolo,
“¡No! Yo tampoco me iré. ¡Moriré contigo, que eres el único ser amado que me
queda en el mundo!” Su padre dijo, enojado, “¡Escucha, Hedwigd! Verte caer
en manos de los cerdos zaristas, seria insoportable para mí. ¿Imaginas siquiera
lo que harían contigo? ¡Huye, hija mía!¡Te lo suplico!¡Da ese último placer a
tu padre!” Sin decir una sola palabra más, el señor del castillo, puso en
las manos de Hedwigd, sus dos pistolas cargadas. Minutos después, su padre se despedía,
“¡Que Dios te bendiga, hija mía!” Hedwigd con su escolta guerrera, se internó
en el oscuro bosque. Poco después, comenzaban a avanzar en terreno montañoso. Y
durante el ocaso del día que siguió a la huida, el líder de los escoltas dijo, “Princesa,
en éste pequeño valle, podríamos acampar para que descanséis un rato.”
Aquella fue para Hedwigd, una de las noches mas amargas, pensando, “¡Lo he
perdido todo, padres, hermanos, heredad! ¿Qué va a ser de mí, ahora?” Con
los primeros rayos del sol, se reanudó la cabalgata, por terrenos cada vez más
escarpados. Aquella noche, descansaron en las tétricas ruinas de Niantzo, una
antigua fortaleza. El guía explicó a Hedwigd, “Princesa, mañana tendremos a
la vista la cumbre del monte Pión, en cuyas laderas, como sabéis, está el
monasterio al que os conducimos. Para llegar a él, seguiremos el curso del rio
Bistrita.” Asi lo hicieron. El perfume de las flores que flotaban en el
lecho del sereno rio, inundó el corazón de Hedwigd, de una naciente esperanza.
El guía dijo, “¡Mirad, Princesa! ¡Allí está vuestro futuro hogar!”
Aquello dio algo de calor, al terriblemente triste ánimo de la joven. Hedwigd pensó,
“¡Al menos estaré a salvo allí, y podre orar a Dios por la suerte de mi
Padre!” El monte Pión, era de los más elevados de la cordillera, y para
llegar al monasterio, había que cruzar puentes de roca, y abismales precipicios.
El guía comenzó a cantar, “♪ ¡Arriba la mirada, camaradas! ♫ ¡Venced al ruso
invasor! ♪ ¡Nadie pondrá su bota, en nuestra Polonia amada! ♫” De pronto,
un balazo proveniente del algún escondrijo entre las rocas, interrumpió la
cancion del guía polaco. El hombre con su caballo cayó al abismo, con un grito.
“¡AUXILIOOO!” Uno de los escoltas que iba atrás de la princesa, le gritó,
“¡Cuidado con la rienda, princesa! Si vuestro caballo se espanta, caeréis
con él al barranco sin remedio. No puedo ayudaros, porque en éste pasillo de
roca, solo cabemos de uno en fondo.” No tuvieron más remedio que seguir por
la estrecha senda, ignorando de dónde había provenido, aquel fatal disparo. Y
llegaron a un diminuto valle, encerrado entre las masas montañosas. El escolta líder
dijo, “Debemos buscar enseguida donde guarecernos. Sospécho que seremos
victimas de un ataque, por parte de los salteadores que abundan en ésta región.”
Súbitamente, Hedwigd ahogó un grito de horror. Una bandada de, por lo menos, treinta
feroces salteadores, les rodeaban amenazantes. Su joven jefe gritó, “¡Son
nuestros! ¡Yijaaaaa! ¡Matad a los hombres, y dejadme a esa hermosa polaca!”
Obligaron a los escoltas, a bajar de sus cabalgaduras. El joven jefe gritó, “¡Cuidado
con los caballos! ¡Que no reciban ningun rasguño!” Hedwigd gritó, “¡Por
el amor de Dios, no hagan daño a estos nobles hombres!” El jefe de la banda
de ubicó, de un salto, junto a ella. Tomándola de los hombros, dijo, “Vendrás
conmigo, hermosa.” Hedwigd gritó, “¡Suéltame!” Un joven enérgico y
rubio, apareció entonces, en su caballo, e hizo oír a la horda, su autoritaria
voz. “¡Deja en paz a esa joven, Kostaki!” Kostaki, el jefe de los
bandidos dijo, “El castillo de Brankovan es tuyo, hermano, pero acordamos
que yo sería el soberano en la montaña y el bosque.” El hombre rubio, cuyo
nombre era Gregor, le dijo, “¡Soy el mayor, Kostaki, y debo poner freno a
tus vilezas! ¡No permitiré que derrames mas sangre inocente, ni en el castillo,
ni fuera de él!” Kostaki, que aún tenía sujeta a Hedwigd, le dijo, “¡Puedes
impedir que los hombres máten a los polacos, si es que logras hacerte obedecer
por ellos, pero la cautiva será para mí!” Entonces, Gregor se dirigió a los
asaltantes, y gritó, “¡Eh, pillos! ¡Si os atrevéis a hacer daño a un solo de
estos soldados, mis hombres os colgarán, uno a uno, de cada arbol de mi huerto!”
Atemorizados, los secuaces de Kostaki, solaron
a los miembros del escolta, sin hacerles daño. Gregor dijo, “¡Ahora retiraos
a vuestras madrigueras, donde no pueda veros!” Enseguida, Gregor dijo a
Kostaki, “¿Lo ves? ¡Ni siquiera tus asesinos han dejado de reconocer que soy
el amo!” Luego, Gregor miró a Hedwing, y dijo, “Ésta joven, a juzgar por
la escolta que lleva, debe ser de sangre noble, hermano. Llevémosla al castillo,
donde nuestra madre decidirá, lo mejor para nosotros y para ella.” Kostaki
dijo, “Esta bien, Gregor. Que nuestra madre decida.” Poco después, en
sus hermosos caballos, ambos hermanos galopaban dirigiéndose hacia un soberbio
castillo. Cuando entraron al patio del castillo, Gregor dio la orden, a uno de
sus sirvientes, “¡Que vengan tres o cuatro doncellas!” El sirviente
dijo, “¡Sí, mi señor!” Cuando las doncellas llegaron, Gregor dijo, “Lleven
a esta dama al mejor aposento de la casa, y avisa a mi madre que Kostaki y yo
deseamos verla.” Hedwigd entró a una enorme y solemne alcoba, amueblada al
estilo austriaco del siglo XIV. Una doncella dijo, “Descanse y no tema. ¡Aquí
está segura!” A pesar de las amables palabras de la doncella, Hedwigd no
estaba tranquila, y pensó, “¡Que extraño! Hay en el ambiente de éste
dormitorio, algo que me hace estremecer, como si tuviera frio. ¡Un frio incesante
que proviene de mi interior!” De pronto, escuchó en la puerta, y eso removió
sus nervios agotados, haciéndole sentir un gran temor. Hedwigd exclamó, “¡Oh!
¿Q-Quién es?” El rubio señor de aquella agreste comarca, entró, sin más preámbulos,
y dijo, “Solo quiero saber si se encuentra usted bien instalada.” Hedwigd
dijo, “¡Oh, señor! Le estoy a usted tan agradecida…por haber salvado a mi
gente…y haberme rescatado a mí, de…” Gregor exclamó, “¡De mi hermano
Kostaki! ¡Ese bandido!” Tras una pausa, Gregor dijo, “¡Su conducta
salvaje, es una vergüenza para mí, y para la memoria de los Brankovan!”
Ella trató de cambiar el rumbo de la conversación. “Me llamo Hedwigd. Mi
padre me obligo a abandonar su castillo, que estaba a punto de ser asaltado por
los rusos.” Gregor le dijo, “¡Vaya! Si usted ha padecido bajo la bota
rusa, le será, sin duda, muy simpática a mi madre, que los odia.” Hedwigd
dijo, “Debo presentarme enseguida ante ella.” Gregor dijo, “¡Espére!
Antes debo decirle algo…Mi madre es una gran señora, pero debo advertir a usted,
que ella ama a su hijo menor, producto de un segundo matrimonio, con un conde
griego, mucho más que a mí, que soy el primogénito. Sin embargo, Kostaki la
respeta por sobre todas las cosas. Asi que usted estará segura, mientras permanezca
bajo su protección.” Y asi, cuando la señora Branvokan, vio a Hedwigd,
exclamó, “¡Oh, qué criatura más angelical y hermosa ha traído Dios, a
visitar nuestro castillo!” La primera cena de Hedwigd, en aquel extraño y
sombrío castillo medieval, transcurrió en silencio. La mirada penetrante y
ferozmente sensual de Kostaki, hacía sentir en constante peligro a la joven
recien llegada. Terminada la cena, pasaron a un saloncito a tomar el té. Gregor
dijo a Hedwigd, “Ha resistido usted la cena con increíble serenidad,
princesa.” Hedwigd dijo, “¡Oh, solo
trataba de darme ánimos! La verdad es que aún tiemblo.” Gregor dijo, “Hace
usted bien, en temblar, pues mi hermano aún está empeñado en raptarla. Por lo
tanto, le suplíco que no inténte siquiera dejar el castillo.” Hedwigd dijo,
“¡Como! Entonces…¿No podré llegar hasta el monasterio de Sastru, a donde me dirigía…?”
Gregor dijo, “Por el momento seria mas sensato permanecer aquí, pues en
cuanto cruzára las puertas de ésta mansión, Kostaki se apoderaría de usted, y
yo no podría hacer nada para impedirlo.” Desde aquella primera noche,
Hedwigd presintió que había caído en una especie de trampa o prisión, y que aquella
fortaleza señorial, se erigía imponente entre sus mas nobles esperanzas de
libertad, y un destino trágico siempre cercano. Hedwigd se acostó en su cama,
cerro los ojos, y pensó, “¡Oh, padre, padre mío! ¡Solo tu podrías rescatarme!”
Pero, días más tarde, uno de sus soldados polacos, que la intervencion de
Gregor habia salvado de la muerte, a manos de la banda de Kostaki, trajo a la
desdichada Hedwigd, las mas amarga de las noticias. Hedwigd rompió en llanto, y
exclamó, “¡No!¡Mi padre no puede haber muerto!” Gregor dijo a su madre y
a Kostaki, “Los rusos destruyeron completamente el castillo, e incendiaron
las aldeas que pertenecían al señor. La pobre muchacha se ha quedado desposeída,
y completamente desamparada.” La señora Brankovan dijo, “¡Nosotros
seremos, desde ahora, su única familia! Y la cuidaremos bien, ¿Eh, Kostaki?”
Kostaki dijo, “Sí, madre ¡Lo haremos!”
Gregor se acercó a la doliente Hedwigd, quien aún lloraba, y le dijo, “Hedwigd
querida…no estará sola. Nosotros le brindaremos toda nuestra devoción y cariño.”
La señora Brankovan dijo, “¡Gregor! Ve a ocuparte de tus deberes, como señor
del castillo Brankovan. Kostaki acompañará a nuestra pequeña, a sus
habitaciones” Kostaki la acompañó, diciendo, “¿Vamos, princesa?”
Hedwigd se había dejado llevar por Kostaki, como un autómata, sin tener
conciencia clara de donde, o con quien se hallaba. Al llegar a la puerta de su
dormitorio, el hijo menor de la princesa Smerade, la miró intensamente, casi diabólicamente.
Kostaki le dijo, “Mía…¡Serás solo mía!” Y le dio un largo beso en el
cuello, mientras ella sentía una extraña corriente de íntimo pavor, que
paralizaba su voluntad, y detenía sus más leves movimientos. Solo cuando
Kostaki se alejó, Hedwigd recuperó el dominio de su entumecido cuerpo. Hedwigd pensó,
“¡Dios mío! ¿Qué extraño poder tiene ese hombre satánico cobre mí!” En
los minutos siguientes, la princesa Smerade rodeó a la joven polaca de mimos y
extremadamente finas atenciones. Smerade le llevó a su recamara, una charola
con una tetera, y le dijo, “Toma té caliente, querida. Calmará en algo tus
nervios, y te ayudará a dormir.” En aquel instante, Hedwigd hizo un terrorífico
descubrimiento. Hedwigd pensó, “¡Dios mío!¡Las sombras!” ¡El cuerpo
joven y esbelto de Kostaki Koproli, no proyectaba sombra alguna sobre el suelo
de baldosas! La taza de té escapó de las manos temblorosas de la joven, y se rompió
en pedazos. Kostaki volteó y dijo, “¿Que le ocurre, señorita Hedwigd?” Ella
sintió que todo se volvía nebuloso, y que el suelo se movía perversamente bajo
sus pies. Después de sentarla en un sillón, Kostaki dijo, “¡Espera, Gregor!
¡Yo la llevaré a su habitación!” Gregor dijo, “Hazlo enseguida, Kostaki ¡La
pobre esta todavia muy sensible y nerviosa!” Kostaki la recostó en su cama.
La misteriosa paralización se apoderó otra vez de Hedwing, en cuanto Kostaki la
miro intensa, hipnóticamente. Kostaki dijo, “¡Pronto, muy pronto serás mía
para siempre!” Mientras Kostaki se retiraba, Hedwing pensó, “¡Lo odio!
¡Me inspira una pavorosa repugnancia, y sin embargo, no puedo rechazarle!
¡Tiene un poder diabólico ante el cual, me siento completamente desvalida!”
Agotada por tantas emociones, Hedwing se quedó profundamente dormida. Un sueño obsesivo
y angustioso, la atormentó durante toda la noche. Se veía a si misma flotando
sobre un yermo de cuya reseca tierra emergían manos crispadas que intentaban
tocarla. Un hombre poderoso y desconocido la esperaba en la oscuridad. De pronto,
y cuando ella estaba a punto de alcanzarlo, el desconocido levantaba una enorme
espada brillante que la deslumbraba, causándole un tremendo dolor en las
pupilas. Hedwing despertó, gritando, “¡Noooo!¡Apártala de mí!¡No quiero
verla!” La princesa Smerade entró en ese momento a su recamara, diciendo, “¿Te
ocurre algo, querida? ¡Pareces muy asustada, y tiemblas!” Hedwing dijo, “Tuve
una pesadilla…¡Pero ya me siento mejor, señora. ¡Gracias!” La princesa se
acerco a su cama y le dijo, tranquilamente, “¡Te cuidare siempre como una
hija! Ahora descansa.” Besó maternalmente a Hedwing, pero antes de irse,
murmuró, “¡Kostaki te ama!” Para la joven polaca, los días que
siguieron, fueron de mimos y cuidados, por parte de dueños y siervos. Sentada
en un jardin del castillo, Hedwing pensó, “Les debería estar agradecida…¡Y
sin embargo, me estremezco con solo pensar en las intenciones reales de ese
malvado Kostaki! Me convendría tal vez aceptar sus galanteos, que al parecer,
son vistos con empatía por la princesa…¡Y hasta intentaría amarle!...si no me
lo impidiera ese profundo sentimiento, que su hermano y noble caballero,
Gregor, hizo nacer en mi corazón, desde el primer momento que le vi…” En
ese instante, una an poderosa se apoyó suavemente en su hombro. Hedwing volteó,
y exclamó, “¡Oh, es usted, señor Brankovan!” Gregor le dijo, “¡No se
levante! Solo voy a pedirle que esta noche, al retirarse a su dormitorio, y
apagar las velas, espere media hora y me abra la puerta. Hay algo urgente que
deseo decirle.” Dicho esto, se retiró, como si temiera ser sorprendido
cerca de la muchacha. Hedwing pensó, al verlo marchar, “¿Qué ocurrió, o esta
a punto de ocurrir? ¡Presiento que se trata de algo muy grave!” Hedwing
hizo lo que Gregor le habia indicado. Media hora despues, Hedwing le dijo, “¿Qué
ocurre, Gregor? ¡Por que tanto misterio!” Gregor le dijo, “¡La vida de
usted y la mía, corren peligro!” Gregor la tomó de los brazos, y le dijo, “¡La
amo, y no soportaría que nada ni nadie le causara dañó!” Hedwing le dijo, “¡Oh,
yo tambien te amo, Gregor! ¡Junto a ti, no temo nada!” Los labios de ambos
se unieron como sellando un pacto. Gregor le dijo, “¿Te casarías conmigo, princesa?”
Hedwing le dijo, “¡Oh, sí, Gregor, amor mío! ¡Pero llévame lejos de este sombrío
lugar, y aléjame de la maldad de tu hermano! ¡Cerca de él, jamás podría vivir tranquila!”
Gregor le dijo, “Lo he dispuesto todo, para que podamos fugarnos hacia
Paris, ciudad que conozco bien, pues hice estudios allí, en vida de mi noble
padre. Los frailes del monasterio de Hango, me han pagado un millón de monedas
de oro por algunas de mis tierras.” Grego la abrazó, y le dijo, “¡Solo
eso podre ofrecerte! Un millón, y una vida en Paris, además de mi compañía.”
Ella le dijo, “¡Amor mío! ¡Solo tu me importas, y eres toda la fortuna que
ambicióno!” Gregor le dijo, “Mañana entonces, harás lo mismo que esta
noche. Espérame alrededor de una hora después de apagar las velas. Yo vendré
por ti, y te enviaré al monasterio de Hango, donde los monjes tendrán listos
para nosotros caballos y provisiones.” La mas completa dicha iluminaba el
rostro de Hedwing, y pensó, “¡Esto es lo mas hermoso que me ha ocurrido!” A
la mañana siguiente, Hedwing se presentó a desayunar. Hedwing saludó, “¡Buenos
días!” La princesa le dijo, “¡Oh, querida! Me alegra ver que te has
recuperado de tus males.” Durante el desayuno, Hedwing notó que Kostaki, la
miraba concierta malévola suspicacia. Hedwing pensó, “¿Sabrá algo respecto
al plan de Gregor?” Aquella comida se le hizo eterna. Entonces Gregor dio
una orden al mayordomo, y dijo, “Ensilla el mejor de mis caballos, Mans.”
La princesa dijo, “¿Vas a salir del castillo?” Gregor dijo, “Iré a
confesarme con el Padre Basil, al monasterio de Hango.” Gregor se levantó,
y dijo, “Señorita Hedwing, espero encontrar a mi vuelta, tan serena y gentil
compañía.” Al terminar su desayuno, Hedwing salió al jardin. A Hedwing de
pronto todo le pareció nuevo: la luz del sol, el perfume de las flores, y el
susurro de sus propios pasos, por la senda del bellísimo jardin. Hedwing pensó,
“¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Gregor me ama!” Durante la comida y despues de
ella, Smerade casi no habló a su protegida, aunque parecía tranquila y amable
como era usual. Entonces, Kostaki entró al saloncito, en el que la princesa y Hedwing,
Tomaban el té. Kostaki dijo, “¡Saldré a caminar un rato, madre!” La
joven polaca advirtió sorpresivamente, que el hijo menor de Smerade…¡No se
reflejaba en el espejo! Smerade dijo, “Te esperaremos, querido.” En
cuanto el bandido salió, Hedwing se levantó, y dijo, “Os pido permiso para
retirarme a descansar a mi habitacion, señora.” Smerade dijo, “Puedes
hacerlo, hija mía, pero no lo olvides, ¡Kostaki te ama!” Era la segunda vez
que la imponente dama pronunciaba tales palabras, y esto llenó el corazón de Hedwing,
de angustiosos presagios. Hedwing pensó, “¡Ella secundará a su hijo menor en
todo!” Solo le quedaba una esperanza, Hedwing pensó, “¡Ojalá que Gregor
regrése pronto!” Pero para su mayor desazón, observó desde la ventana, que
Kostaki cabalgaba furiosamente…¡En dirección al monasterio de Hango! Y cuando
comenzaban a encenderse los candelabros, aunque faltaba mas de una hora para la
cena, bajó al saloncito de té. Entonces, Smerade le dijo, “¿Te sucede algo,
hijita? ¿Los recuerdos de tu vida, en el castillo polaco, aun te siguen
atormentando?” Hedwing debía tener más cuidado y disimular su inquietud. Hedwing
dijo, “¡Oh, me sentía sola en el dormitorio…¡Eso es todo, princesa!”
Smerade dijo, “La soledad es mala consejera. Deberías casarte pronto,
jovencita. Hablare con Kostaki al respecto.” Y sin que Hedwing hallara las
palabras para hacerle desistir de sus propósitos, Smerade exclamó, “Por
cierto…ya debería estar aquí. Pronto servirán la cena.” Hedwing solo atino
a decir en un murmullo, “Gregor tampoco ha llegado.” Ya bien avanzada la
noche, el ruido de los cascos de un caballo que entraba en el primer patio,
interrumpió los pensamientos de las dos mujeres. Smerade fue hacia la puerta y
dijo, “¿Eres tú, Kostaki?” Hedwing, antes de distinguir al recien
llegado, cerró los ojos, presa de un miedo atroz. Hedwing pensó, “¡No!¡No
puede ser él!¡No!” Cuando volvió a abrirlos, vio claramente a Gregor
saludando a su madre. Smerade dijo a Gregor, “¿Te has encontrado con tu
hermano? Salio por la tarde.” Gregor respondió como secretamente
avergonzado. “N-No, madre…¡No lo he visto!” Hedwing sintió una dolorosa
punzada en el corazón, y pensó, “¡Miente! ¡Lo puedo ver en sus ojos!”
Smerade dijo, “Ordenaré que sirvan la cena.” Hedwing se acercó a Gregor
y le dijo, en voz baja, “¿Qué ha pasado, Gregor?” Gregor no contestó, y Hedwing
lo tomó del brazo y le dijo, “¿Por qué no respondes? ¿Ni siquiera deseas
mirarme a los ojos!” Con horror, Hedwing se miró la mano con la que habia
acariciado al joven. Hedwing exclamó, “¡Sangre!” Gregor dijo, “Ire a
lavarme. Ve, por favor, con mi madre. Ahora te necesita.” Aquella cena prometía
ser tan silenciosa y sombría, como ninguna otra. El tiempo parecía haberse
detenido. Hasta que, por segunda vez, se escuchó claramente entrar un caballo a
galope, en el primer patio del castillo. Smerade exclamó, “¡Debe ser tu
hermano Kostaki, Gregor! Ahora podrá decirme qué lo ha detenido, al grado de
faltar a su palabra.” Hubo un silencio que siguió. Smerade dijo, “¿Por
qué no seguirá enseguida? ¡Iré a ver…!” Gregor exclamó, “¡No madre! ¡Espera!”
Smerade dijo, “¡Siempre tuviste celos de Kostaki! Esperaré solo unos minutos…tal
vez se esté lavando.” Segundos despues, Kostaki no aparecía. Dos sirvientes
llegaron. Smerade dijo, “¡Que ocurre, Vejov? Escuché los cascos del caballo
de mi hijo.” Vejov dijo, “Nosotros tambien creímos que se trataba del señorito,
pero…pero solo era el caballo que ha venido en loca carrera, agotado, y como
perseguido como por el mismo diablo.” Smerade, sin perder la cordura, examinó
al animal. Smerade exclamó, “¡Tiene una herida en el cuello! Mi hijo ha sido
atacado por el frente.” Smerade agregó, “Tal vez esté herido cerca de aquí.
¡Vamos! ¡Todos a buscarlo! ¡Y no vuelvan si no es con él!” Enseguida
Smerade dijo a Hedwing y a Gregor, “¡Esta es igual a aquella terrible noche
en que entró sola al castillo, la yegua favorita de del conde Kroproll, mi
segundo esposo, bañada en sangre. Cuando encontramos el cuerpo entre las breñas,
estaba materialmente despedazado.” Varias horas despues, estando Smerade arriba
de una terraza mezanine del castillo, escucho desde abajo en el patio, la voz
de un sirviente que le dijo, “Princesa Brankovan…el joven amo Kostaki…”
Ella no espero a oír una palabra más, y se apresuró a descender hacia el patio.
Mientras destapaba la manta que cubria el cuerpo inerte de su hijo, la princesa
pensó, “¡Mi hijo ha sido muerto por una sola persona! ¡Esa única herida en
su pecho, es una espada de dos filos!” La princesa no esperó, y dijo, “¡Gregor!
¡Ven enseguida!” Mientras eso sucedía, Hedwing pensó, “¡Estoy segura de
que fue Gregor quien mató a su hermano, pero…¿Lo sabrá tambien Smerade?” Pero
la gran dama lo ignoraba. Smerade dijo, estando ante los sirvientes y Hedwing, “¡Eres
tú, como hermano de Kostaki, y gran señor de estas tierras y heredades, quien
debe vengarlo! ¡Dedícate a hallar al asesino! Y cuando lo encuentres…¡Mátalo a
él, a su esposa, a sus hijos, a su padre y a su madre, a los sirvientes de su
casa!” Gregor musitó, lleno de dolor y vergüenza, “Sí, madre, me
encargaré de vengarlo.” El cuerpo inerte fue colocado sobre una gran mesa,
en el interior de un cuarto vacía, y Smerade limpió el rostro de su amado hijo,
con estremecedora dedicación, y trágica serenidad. Finalizada esa tarea, besó la
frente helada del hombre muerto. Y salio sin haber derramado ni siquiera una
lagrima. Por su parte, Hedwing juntó sus manos, y dijo unas palabras en su
mente, ante el cuerpo de Kostaki, “Nunca te deseé la muerte, Kostaki, pero
me alegro que hayas sido tú, y no mi amado Gregor, quien perdieras la vida.
Aunque este trágico incidente ha destruido mis mejores esperanzas de felicidad,
pues, sabiendo a Gregor el autor de la muerte de su propio hermano, ya no podré
casarme con él.” De pronto, el muerto se incorporó, y de sus ojos inertes, surgió
un resplandor extraño. Kostaki exclamó, “Tú…eres…mía…recibirás…pronto…el…beso…de…Kostaki…”
Hedwing, aterrada, más allá de cualquier medida, salio corriendo del fúnebre
recinto. Hedwing exclamó, “¡Nooooo! ¡Él esta muerto! ¡No puede haberme
hablado!” Cuando llegó a la puerta de su dormitorio, se encontró allí a
Smerade, Smerade le dijo, “Mi querida niña…te esperaba para darte las buenas
noches…” Mientras Smerade la abrazaba, Hedwing sintió con una ráfaga interna
de horror helado, el beso que la dama le dio en la frente. Smerade murmuró, con
voz extrañamente ronca y profunda, un brillo pavoroso en las pupilas. “No
olvides, Hedwing, Kostaki…te ama.” Segundos después, le parecía que todo
aquello habia sido producto de su imaginación. Hedwing exclamó, “Esto tiene
que ser una pesadilla.” Gregor, entre tanto, se refugiaba en la pequeña
capilla privada del castillo, su gran fuerza parecía haber desaparecido. Al
amanecer, Gregor decidió confiar su tormento interior al Padre Basil, prior del
monasterio de Hango, quien habia sido gran amigo y confesor de su padre. Esa
noche, mientras Hedwing caja en un profundo sopor del que le era imposible
despertar. Un misterioso resplandor iluminaba su rostro. Unos dedos fríos, cadavéricos,
desnudaron su cuello. Y el muerto en vida, se dispuso a darse un gran festín.
Kostaki exclamó, “¡Ahora serás mía! ¡Mi beso significará tu muerte!” Hedwing
sucumbió aquella noche, a la voracidad del vampiro. Hasta que los primeros
rayos primeros rayos del sol, derrotaron a la sombría noche. Hedwing al fin
pudo abrir los ojos, aunque sus parpados parecían pesar demasiado, y todo su
cuerpo adolecía de una gran debilidad. Con un sobrehumano esfuerzo, logro
sentarse en la orilla de la gran cama. Hedwing pensó, “¡M-Me siento muy mal!
‘O que me ocurre? ¡La cabeza me da vueltas!” En ese momento llegó Smerade a
su habitacion. “Señorita, ¿Esta usted enferma? ¡Tiene el rostro blanco, como
la cera, y si no creyera que es imposible, diría que en solo una noche, ha
adelgazado diez kilos!” En pocas horas, la princesa Smerade fue avisada de
inmediato, y abrazó a Hedwing, y le dijo, “¡Querida Hedwing, luces muy mal! ¡Cuánto
siento que no puedas acompañarme en el entierro de mi hijo! Partirá enseguida
el cortejo que conducirá sus restos a nuestra cripta familiar del monasterio de
Hango. Tú quédate aquí y descansa…¡No pensé que la muerte de tu esposo, te
afectara tanto, pobrecita mía.” Hedwing se dejo caer en su cama, y exclamó,
cerrando sus ojos, “¿M-Mi…e-esposo?” Una voz extraña salió de la
garganta de Smerade, “Tu esposo Kostaki aun te ama.” Entonces, un remolino
de luz intensa, se apodero de la mente de la joven, atrayéndola hacia un abismo
mortal, donde los ojos brillantes de Kostaki, eran la única guía. “¡Mi
esposa…sí…mi esposa, que ha recibido el beso de la muerte!” Enseguida
Smerade dijo a su sirvienta, “Se ha desmayado. Pobrecita mía. Cuídala mucho,
Tanya.” Unas horas después, terminaba el ceremonial fúnebre. El cuerpo de Kostaki
reposaba dentro de su ataud, en la cripta de los Brankovan, y los Waivadi. Hedwing,
por lo tanto, trataba de beber un poco de agua, pues una terrible repugnancia
por cualquier clase de alimento, se habia apoderado de ella, y le impedía comer.
Pero era inútil. Hedwing se llevó la
mano a su garganta y exclamó, “¡No puedo! Me duele mucho la garganta.” Cuando
se quedó sola, en el espejo de mano que habia pedido observó algo que le erizó
los cabellos. Hedwing exclamó, “¡D-Dios mío!” Hedwing se acostó. El cansancio
que sentía era tan enorme, que a pesar del miedo, no hacia sino dormitar.
Llegada la noche, un soplo helado la obligo a entre abrir los ojos. Un espantoso
murciélago, planeaba sobre la cama. Hedwing despertó, y gritó, “¡Noooo!¡Vete!¡Vete!”
El animal, lejos de irse, se transformó en
algo que paralizó de miedo a la muchacha. Ese algo, pesaba horriblemente sobre
su cuerpo, inmovilizándola. Trato de gritar, pero ningun sonido salio de su
garganta lastimada. A la mañana siguiente, Gregor volvió al castillo. Al verlo,
Hedwing se alegró sobre manera, y le dijo, “¡Oh! ¡Por fin, Gregor querido!”
Gregor exclamó, “¡Santo Dios! ¿Qué te han hecho, Hedwing?” Ambos se
abrazaron. Hedwing dijo, “¡Por lo que más quieras, Gregor! ¡Ayúdame a salir
de aquí ¡Me estan matando! ¡Sálvame!” Ella no podía tenerse en pie. Gregor
la sostenía. Hedwing dijo, “Tu hermano ha v-vuelto…Gregor…¡Es un v-vampiro!
¡Y quiere llevarme al infierno con él!” La voz del joven amo del castillo, sonó
lejana y llena de sincero pesar. Gregor dijo, “Lo sabía…es producto...de una
antigua maldición.” Gregor agregó “Un antepasado de los Waivadi, mi
familia materna, dio muerte a un sacerdote. Éste lo maldijo antes de morir. Y
desde entonces, uno de los descendientes resulta vampiro. ¡En la nuestra fue
Kostaki!” Gregor la recostó, y le dijo, “¡No te dejes vencer por el
horror y la fatiga, Hedwing!¡Te lo suplico! Yo te salvare, aunque me vea
obligado a sacrificar cualquier cosa.” Gregor agregó, “Tendrás que
soportarlo, todo una vez más…¡Esta noche, mantén los ojos abiertos! Haz un
esfuerzo…¡Y venceremos al mal, te lo prometo!” Al anochecer, Gregor llevó
en brazos a Hedwing, hasta la capilla, donde esperaba al padre Basil. Se
celebró entonces una extrañamente breve y urgente ceremonia de bodas. “Hedwing,
¡Aceptas a Gregor Brankovan Eaivadi como esposo?” Hedwing dijo, “Lo
acepto.” Al terminar éste, Gregor dijo, con aire atormentado y misterioso,
“Padre Basail, ¿Trajo usted del monasterio la espada bendita?” El padre fue
por ella y la mostró, diciendo, “Perteneció a uno de mis más remotos antepasados,
quien luchó en las cruzadas, junto al caudillo cristiano, Villemar Douin, y
hace siglos, un santo sacerdote y ermitaño la bendijo.” Gregor la tomó, y
dijo, “¡Con ella derrotaremos todo lo que te amenaza, amor mío! ¡Solo mi
sangre, y el profundo amor que siento por ti, te salvaran de la muerte!”
Enseguida, Gregor coloco una cadenita en el cuello de Hedwing, y dijo, “Ésta
pequeña cruz de plata, que perteneció a mi abuela, te protegerá.” Enseguida
el padre alistó los dos caballos, y Gregor dijo, “¡Tenemos que irnos antes
de que mi madre te éche de menos!” Los tres jinetes se alejaron rápidamente
del castillo. Alrededor de una hora despues, en un recodo del camino, Gregor se
detuvo abruptamente, y dijo, “¡Éste es el lugar!” Un escalofrío de
horror recorrió el cuerpo desfallecido de ella. Gregor se bajó del caballo, y señalando
un pedazo de suelo, dijo, “¡Aquí fue donde murió mi hermano!” Hedwing obedeció
las instrucciones de Gregor, y temblando de pánico, se tendió a lo largo del
camino, tapando con sus manos la pequeña cruz de plata, y con el cuerpo bañado
por la fría luz de la luna. Súbitamente Kostaki apareció entre las sombras y se
aproximó a la joven con expresión de vampírica voracidad. Cuando, como las dos noches
anteriores, se disponía a morderla en el cuello, Hedwing se levantó, y exclamó,
“¡Mira, engendro!¡Ahora no estoy desprotegida!” Entonces Gregor se le
enfrentó abiertamente. “¡Deten tu carrera de horrores, Kostaki! ¡Ahora,
menos que nunca, tengo que obedecerte, fratricida!¡Asesino! ¡Me tendiste una
emboscada en este sitio, y al arrojarte contra mí, te clavaste mi espada en el
pecho! ¡Tu propio odio te mató!” Konstaki dijo, “Es verdad…pero ahora
debes dejarme en paz. ¡Esta mujer me pertenece! ¡Ha recibido mi beso, y lleva
mi marca! ¡Ni siquiera tu podrás arrebatármela!” Entonces Gregor dijo, “¡Me
he encargado de destruir, los horrendos vínculos que la unían a ti, haciéndola
mi esposa!” Toda la ira de Kostaki estalló, exclamando, “¡Te despedazaré,
maldito!” Fue entonces cuando Gregor desenvainó su espada. Hedwing exclamó,
llena de horror, “¡Dios santo! ¡Es como la visión de mi sueño!” Gregor
lanzó un espadazo, diciendo, “Vuelve a tu tumba!” Kostaki, retorciéndose
y echando espumarajos por la boca, cayo en el sitio donde muriera unas noches atrás.
Gregor alzó su espada, frente a Kostaki, quien yacía en el suelo, y dijo, “¡En
este lugar has muerto, y en este lugar debes dejar de existir para siempre!” Haciendo
un esfuerzo gigantesco por no sucumbir a la piedad filial, Gregor descargó un
golpe mortal de la espada santa, y atravesó con ella el corazón del vampiro. El
cuerpo de Kostaki, que habia vuelto al sepulcro, desapareció quedando clavada a
la tierra, solamente su oscura capa. Hedwing sintió que recuperaba sus fuerzas.
El amo del castillo de Brankovan, expiró agotado, segundos despues, en los
brazos de su amada. El padre dijo a Hedwing, “Gregor sabía que solo
renunciando a ti, podría destruir la maligna fuerza que ha atormentado por
siglos a su familia. Como él y Kostaki han muerto, sin dejar herederos, termina,
con ellos termina ésta estirpe de vampiros.” Poco despues, Hedwing marchó a
Paris, para tomar posesión del millón de monedas de oro, y la casa señorial que
Gregor habia dejado en su testamento para ella, en aquella ciudad. Smerade
sola, trágica, permaneció hasta su muerte, recluida en el pavoroso castillo de
Brankovar.
Tomado de, Novelas Inmortales, Año
VIII. No. 395. Junio 12 de 1985. Guión: Dolores Plaza. Adaptación: Rémy Bastien. Segunda Adaptación: José
Escobar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario