Club de Pensadores Universales

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domingo, 8 de noviembre de 2026

El Vampiro de los Cápatos, de Alejandro Dumas.

 

El Vampiro de los Cárpatos

de Alejandro Dumas

La dramática y tenebrosa historia que vamos a narrar, comenzó a principios del siglo pasado, en un lugar de Polonia, cercano a los Cárpatos. En el interior de un magnífico castillo, la joven princesa, Hedwigd, y sus damas de compañía, bordaban e hilaban en medio de un triste y sereno silencio. Una de sus damas, le dijo, “¿No te han llegado noticias de tus hermanos, o de tu padre, princesa?” Hubo un silencio, la dama agregó, “Ésta mañana escuché decir a unos campesinos, que las tropas del Zar, han llegado ya muy cercas de la aldea” Un joven paje, entró en ese momento, y dijo, “¡Mensaje para la princesa Hedwigd, del frente de batalla!” Al leer la misiva, el rostro de la hermosa Hedwigd, hija del señor de aquel castillo, se demudó. Hedwigd exclamó, “¡Oh, Dios mío, no!” La mujer se desvaneció. La dama exclamó, “¡Se ha desmayado!” El paje dijo, “¡Pobre chiquilla!” Al tomar la carta y leerla, la dama dijo, “Sus dos hermanos han muerto luchando contra los rusos, que intentan invadir nuestras tierras. ¡Ah, bien se ve que nacer en Polonia, es nacer para sufrir!” El paje la cargó, y dijo, “La llevaré a su aposento.” La dama solo dijo, “¡Dios proteja a su padre, nuestro señor! ¡Pues es el único miembro de su familia que le queda en el mundo, desde que la madre murió!” Esa misma noche, se escuchó un fuerte ruido que las despertó. Hedwing exclamó, “¿Q-Qué fue eso?” Una de las damas, llegó con una vela encendida, y dijo, “¡Princesa!¡Lo que escuchas son cañonazos rusos!¡Nuestras tropas se repliegan, y pronto el combate se llevará a cabo alrededor del castillo!” De pronto, el propio padre de Hedwing, entró en el ala principal del edificio, exclamando, “¿Dónde está mi hija?”  Hedwigd, se abalanzó hacia él, para abrasarlo, diciendo, “¡Padre!” Hedwigd le dijo, “¡Llegué a creer que habías muerto, como mamá y mis hermanos!” Su padre le dijo, “¡Solo vine a dar órdenes a la servidumbre, para que desaloje el castillo! ¡Los rusos caerán de un momento a otro sobre él, y tú sabes que eso significa horror, saqueo, y…¡La destrucción total!” Su padre le tomó las manos, y dijo, “¡Vamos!¡No hay tiempo que perder! Vístete porque partirás enseguida al monasterio de Sastru, donde estarás segura. Mis diez mejores guerreros, te escoltarán.” Hedwigd le dijo, “¿Y tú, padre? ¿no vendrás conmigo?” Su padre le dijo, “No, Hedwigd. Volveré al campo de batalla. ¡No puedo huir ante el enemigo, cuando éste asalta mi propio castillo, las tierras que heredé de mis padres y abuelos! ¡Debo luchar!¡Aunque hacerlo sea inútil! ¡Al meno moriré con honor!” Hedwigd le dijo, abrazándolo, “¡No! Yo tampoco me iré. ¡Moriré contigo, que eres el único ser amado que me queda en el mundo!” Su padre dijo, enojado, “¡Escucha, Hedwigd! Verte caer en manos de los cerdos zaristas, seria insoportable para mí. ¿Imaginas siquiera lo que harían contigo? ¡Huye, hija mía!¡Te lo suplico!¡Da ese último placer a tu padre!” Sin decir una sola palabra más, el señor del castillo, puso en las manos de Hedwigd, sus dos pistolas cargadas. Minutos después, su padre se despedía, “¡Que Dios te bendiga, hija mía!” Hedwigd con su escolta guerrera, se internó en el oscuro bosque. Poco después, comenzaban a avanzar en terreno montañoso. Y durante el ocaso del día que siguió a la huida, el líder de los escoltas dijo, “Princesa, en éste pequeño valle, podríamos acampar para que descanséis un rato.” Aquella fue para Hedwigd, una de las noches mas amargas, pensando, “¡Lo he perdido todo, padres, hermanos, heredad! ¿Qué va a ser de mí, ahora?” Con los primeros rayos del sol, se reanudó la cabalgata, por terrenos cada vez más escarpados. Aquella noche, descansaron en las tétricas ruinas de Niantzo, una antigua fortaleza. El guía explicó a Hedwigd, “Princesa, mañana tendremos a la vista la cumbre del monte Pión, en cuyas laderas, como sabéis, está el monasterio al que os conducimos. Para llegar a él, seguiremos el curso del rio Bistrita.” Asi lo hicieron. El perfume de las flores que flotaban en el lecho del sereno rio, inundó el corazón de Hedwigd, de una naciente esperanza. El guía dijo, “¡Mirad, Princesa! ¡Allí está vuestro futuro hogar!” Aquello dio algo de calor, al terriblemente triste ánimo de la joven. Hedwigd pensó, “¡Al menos estaré a salvo allí, y podre orar a Dios por la suerte de mi Padre!” El monte Pión, era de los más elevados de la cordillera, y para llegar al monasterio, había que cruzar puentes de roca, y abismales precipicios. El guía comenzó a cantar, “♪ ¡Arriba la mirada, camaradas! ♫ ¡Venced al ruso invasor! ♪ ¡Nadie pondrá su bota, en nuestra Polonia amada! ♫” De pronto, un balazo proveniente del algún escondrijo entre las rocas, interrumpió la cancion del guía polaco. El hombre con su caballo cayó al abismo, con un grito. “¡AUXILIOOO!” Uno de los escoltas que iba atrás de la princesa, le gritó, “¡Cuidado con la rienda, princesa! Si vuestro caballo se espanta, caeréis con él al barranco sin remedio. No puedo ayudaros, porque en éste pasillo de roca, solo cabemos de uno en fondo.” No tuvieron más remedio que seguir por la estrecha senda, ignorando de dónde había provenido, aquel fatal disparo. Y llegaron a un diminuto valle, encerrado entre las masas montañosas. El escolta líder dijo, “Debemos buscar enseguida donde guarecernos. Sospécho que seremos victimas de un ataque, por parte de los salteadores que abundan en ésta región.” Súbitamente, Hedwigd ahogó un grito de horror. Una bandada de, por lo menos, treinta feroces salteadores, les rodeaban amenazantes. Su joven jefe gritó, “¡Son nuestros! ¡Yijaaaaa! ¡Matad a los hombres, y dejadme a esa hermosa polaca!” Obligaron a los escoltas, a bajar de sus cabalgaduras. El joven jefe gritó, “¡Cuidado con los caballos! ¡Que no reciban ningun rasguño!” Hedwigd gritó, “¡Por el amor de Dios, no hagan daño a estos nobles hombres!” El jefe de la banda de ubicó, de un salto, junto a ella. Tomándola de los hombros, dijo, “Vendrás conmigo, hermosa.” Hedwigd gritó, “¡Suéltame!” Un joven enérgico y rubio, apareció entonces, en su caballo, e hizo oír a la horda, su autoritaria voz. “¡Deja en paz a esa joven, Kostaki!” Kostaki, el jefe de los bandidos dijo, “El castillo de Brankovan es tuyo, hermano, pero acordamos que yo sería el soberano en la montaña y el bosque.” El hombre rubio, cuyo nombre era Gregor, le dijo, “¡Soy el mayor, Kostaki, y debo poner freno a tus vilezas! ¡No permitiré que derrames mas sangre inocente, ni en el castillo, ni fuera de él!” Kostaki, que aún tenía sujeta a Hedwigd, le dijo, “¡Puedes impedir que los hombres máten a los polacos, si es que logras hacerte obedecer por ellos, pero la cautiva será para mí!” Entonces, Gregor se dirigió a los asaltantes, y gritó, “¡Eh, pillos! ¡Si os atrevéis a hacer daño a un solo de estos soldados, mis hombres os colgarán, uno a uno, de cada arbol de mi huerto!”  Atemorizados, los secuaces de Kostaki, solaron a los miembros del escolta, sin hacerles daño. Gregor dijo, “¡Ahora retiraos a vuestras madrigueras, donde no pueda veros!” Enseguida, Gregor dijo a Kostaki, “¿Lo ves? ¡Ni siquiera tus asesinos han dejado de reconocer que soy el amo!” Luego, Gregor miró a Hedwing, y dijo, “Ésta joven, a juzgar por la escolta que lleva, debe ser de sangre noble, hermano. Llevémosla al castillo, donde nuestra madre decidirá, lo mejor para nosotros y para ella.” Kostaki dijo, “Esta bien, Gregor. Que nuestra madre decida.” Poco después, en sus hermosos caballos, ambos hermanos galopaban dirigiéndose hacia un soberbio castillo. Cuando entraron al patio del castillo, Gregor dio la orden, a uno de sus sirvientes, “¡Que vengan tres o cuatro doncellas!” El sirviente dijo, “¡Sí, mi señor!” Cuando las doncellas llegaron, Gregor dijo, “Lleven a esta dama al mejor aposento de la casa, y avisa a mi madre que Kostaki y yo deseamos verla.” Hedwigd entró a una enorme y solemne alcoba, amueblada al estilo austriaco del siglo XIV. Una doncella dijo, “Descanse y no tema. ¡Aquí está segura!” A pesar de las amables palabras de la doncella, Hedwigd no estaba tranquila, y pensó, “¡Que extraño! Hay en el ambiente de éste dormitorio, algo que me hace estremecer, como si tuviera frio. ¡Un frio incesante que proviene de mi interior!” De pronto, escuchó en la puerta, y eso removió sus nervios agotados, haciéndole sentir un gran temor. Hedwigd exclamó, “¡Oh! ¿Q-Quién es?” El rubio señor de aquella agreste comarca, entró, sin más preámbulos, y dijo, “Solo quiero saber si se encuentra usted bien instalada.” Hedwigd dijo, “¡Oh, señor! Le estoy a usted tan agradecida…por haber salvado a mi gente…y haberme rescatado a mí, de…” Gregor exclamó, “¡De mi hermano Kostaki! ¡Ese bandido!” Tras una pausa, Gregor dijo, “¡Su conducta salvaje, es una vergüenza para mí, y para la memoria de los Brankovan!” Ella trató de cambiar el rumbo de la conversación. “Me llamo Hedwigd. Mi padre me obligo a abandonar su castillo, que estaba a punto de ser asaltado por los rusos.” Gregor le dijo, “¡Vaya! Si usted ha padecido bajo la bota rusa, le será, sin duda, muy simpática a mi madre, que los odia.” Hedwigd dijo, “Debo presentarme enseguida ante ella.” Gregor dijo, “¡Espére! Antes debo decirle algo…Mi madre es una gran señora, pero debo advertir a usted, que ella ama a su hijo menor, producto de un segundo matrimonio, con un conde griego, mucho más que a mí, que soy el primogénito. Sin embargo, Kostaki la respeta por sobre todas las cosas. Asi que usted estará segura, mientras permanezca bajo su protección.” Y asi, cuando la señora Branvokan, vio a Hedwigd, exclamó, “¡Oh, qué criatura más angelical y hermosa ha traído Dios, a visitar nuestro castillo!” La primera cena de Hedwigd, en aquel extraño y sombrío castillo medieval, transcurrió en silencio. La mirada penetrante y ferozmente sensual de Kostaki, hacía sentir en constante peligro a la joven recien llegada. Terminada la cena, pasaron a un saloncito a tomar el té. Gregor dijo a Hedwigd, “Ha resistido usted la cena con increíble serenidad, princesa.”  Hedwigd dijo, “¡Oh, solo trataba de darme ánimos! La verdad es que aún tiemblo.” Gregor dijo, “Hace usted bien, en temblar, pues mi hermano aún está empeñado en raptarla. Por lo tanto, le suplíco que no inténte siquiera dejar el castillo.” Hedwigd dijo, “¡Como! Entonces…¿No podré llegar hasta el monasterio de Sastru, a donde me dirigía…?” Gregor dijo, “Por el momento seria mas sensato permanecer aquí, pues en cuanto cruzára las puertas de ésta mansión, Kostaki se apoderaría de usted, y yo no podría hacer nada para impedirlo.” Desde aquella primera noche, Hedwigd presintió que había caído en una especie de trampa o prisión, y que aquella fortaleza señorial, se erigía imponente entre sus mas nobles esperanzas de libertad, y un destino trágico siempre cercano. Hedwigd se acostó en su cama, cerro los ojos, y pensó, “¡Oh, padre, padre mío! ¡Solo tu podrías rescatarme!” Pero, días más tarde, uno de sus soldados polacos, que la intervencion de Gregor habia salvado de la muerte, a manos de la banda de Kostaki, trajo a la desdichada Hedwigd, las mas amarga de las noticias. Hedwigd rompió en llanto, y exclamó, “¡No!¡Mi padre no puede haber muerto!” Gregor dijo a su madre y a Kostaki, “Los rusos destruyeron completamente el castillo, e incendiaron las aldeas que pertenecían al señor. La pobre muchacha se ha quedado desposeída, y completamente desamparada.” La señora Brankovan dijo, “¡Nosotros seremos, desde ahora, su única familia! Y la cuidaremos bien, ¿Eh, Kostaki?”  Kostaki dijo, “Sí, madre ¡Lo haremos!” Gregor se acercó a la doliente Hedwigd, quien aún lloraba, y le dijo, “Hedwigd querida…no estará sola. Nosotros le brindaremos toda nuestra devoción y cariño.” La señora Brankovan dijo, “¡Gregor! Ve a ocuparte de tus deberes, como señor del castillo Brankovan. Kostaki acompañará a nuestra pequeña, a sus habitaciones” Kostaki la acompañó, diciendo, “¿Vamos, princesa?” Hedwigd se había dejado llevar por Kostaki, como un autómata, sin tener conciencia clara de donde, o con quien se hallaba. Al llegar a la puerta de su dormitorio, el hijo menor de la princesa Smerade, la miró intensamente, casi diabólicamente. Kostaki le dijo, “Mía…¡Serás solo mía!” Y le dio un largo beso en el cuello, mientras ella sentía una extraña corriente de íntimo pavor, que paralizaba su voluntad, y detenía sus más leves movimientos. Solo cuando Kostaki se alejó, Hedwigd recuperó el dominio de su entumecido cuerpo. Hedwigd pensó, “¡Dios mío! ¿Qué extraño poder tiene ese hombre satánico cobre mí!” En los minutos siguientes, la princesa Smerade rodeó a la joven polaca de mimos y extremadamente finas atenciones. Smerade le llevó a su recamara, una charola con una tetera, y le dijo, “Toma té caliente, querida. Calmará en algo tus nervios, y te ayudará a dormir.” En aquel instante, Hedwigd hizo un terrorífico descubrimiento. Hedwigd pensó, “¡Dios mío!¡Las sombras!” ¡El cuerpo joven y esbelto de Kostaki Koproli, no proyectaba sombra alguna sobre el suelo de baldosas! La taza de té escapó de las manos temblorosas de la joven, y se rompió en pedazos. Kostaki volteó y dijo, “¿Que le ocurre, señorita Hedwigd?” Ella sintió que todo se volvía nebuloso, y que el suelo se movía perversamente bajo sus pies. Después de sentarla en un sillón, Kostaki dijo, “¡Espera, Gregor! ¡Yo la llevaré a su habitación!” Gregor dijo, “Hazlo enseguida, Kostaki ¡La pobre esta todavia muy sensible y nerviosa!” Kostaki la recostó en su cama. La misteriosa paralización se apoderó otra vez de Hedwing, en cuanto Kostaki la miro intensa, hipnóticamente. Kostaki dijo, “¡Pronto, muy pronto serás mía para siempre!” Mientras Kostaki se retiraba, Hedwing pensó, “¡Lo odio! ¡Me inspira una pavorosa repugnancia, y sin embargo, no puedo rechazarle! ¡Tiene un poder diabólico ante el cual, me siento completamente desvalida!” Agotada por tantas emociones, Hedwing se quedó profundamente dormida. Un sueño obsesivo y angustioso, la atormentó durante toda la noche. Se veía a si misma flotando sobre un yermo de cuya reseca tierra emergían manos crispadas que intentaban tocarla. Un hombre poderoso y desconocido la esperaba en la oscuridad. De pronto, y cuando ella estaba a punto de alcanzarlo, el desconocido levantaba una enorme espada brillante que la deslumbraba, causándole un tremendo dolor en las pupilas. Hedwing despertó, gritando, “¡Noooo!¡Apártala de mí!¡No quiero verla!” La princesa Smerade entró en ese momento a su recamara, diciendo, “¿Te ocurre algo, querida? ¡Pareces muy asustada, y tiemblas!” Hedwing dijo, “Tuve una pesadilla…¡Pero ya me siento mejor, señora. ¡Gracias!” La princesa se acerco a su cama y le dijo, tranquilamente, “¡Te cuidare siempre como una hija! Ahora descansa.” Besó maternalmente a Hedwing, pero antes de irse, murmuró, “¡Kostaki te ama!” Para la joven polaca, los días que siguieron, fueron de mimos y cuidados, por parte de dueños y siervos. Sentada en un jardin del castillo, Hedwing pensó, “Les debería estar agradecida…¡Y sin embargo, me estremezco con solo pensar en las intenciones reales de ese malvado Kostaki! Me convendría tal vez aceptar sus galanteos, que al parecer, son vistos con empatía por la princesa…¡Y hasta intentaría amarle!...si no me lo impidiera ese profundo sentimiento, que su hermano y noble caballero, Gregor, hizo nacer en mi corazón, desde el primer momento que le vi…” En ese instante, una an poderosa se apoyó suavemente en su hombro. Hedwing volteó, y exclamó, “¡Oh, es usted, señor Brankovan!” Gregor le dijo, “¡No se levante! Solo voy a pedirle que esta noche, al retirarse a su dormitorio, y apagar las velas, espere media hora y me abra la puerta. Hay algo urgente que deseo decirle.” Dicho esto, se retiró, como si temiera ser sorprendido cerca de la muchacha. Hedwing pensó, al verlo marchar, “¿Qué ocurrió, o esta a punto de ocurrir? ¡Presiento que se trata de algo muy grave!” Hedwing hizo lo que Gregor le habia indicado. Media hora despues, Hedwing le dijo, “¿Qué ocurre, Gregor? ¡Por que tanto misterio!” Gregor le dijo, “¡La vida de usted y la mía, corren peligro!” Gregor la tomó de los brazos, y le dijo, “¡La amo, y no soportaría que nada ni nadie le causara dañó!” Hedwing le dijo, “¡Oh, yo tambien te amo, Gregor! ¡Junto a ti, no temo nada!” Los labios de ambos se unieron como sellando un pacto. Gregor le dijo, “¿Te casarías conmigo, princesa?” Hedwing le dijo, “¡Oh, sí, Gregor, amor mío! ¡Pero llévame lejos de este sombrío lugar, y aléjame de la maldad de tu hermano! ¡Cerca de él, jamás podría vivir tranquila!” Gregor le dijo, “Lo he dispuesto todo, para que podamos fugarnos hacia Paris, ciudad que conozco bien, pues hice estudios allí, en vida de mi noble padre. Los frailes del monasterio de Hango, me han pagado un millón de monedas de oro por algunas de mis tierras.” Grego la abrazó, y le dijo, “¡Solo eso podre ofrecerte! Un millón, y una vida en Paris, además de mi compañía.” Ella le dijo, “¡Amor mío! ¡Solo tu me importas, y eres toda la fortuna que ambicióno!” Gregor le dijo, “Mañana entonces, harás lo mismo que esta noche. Espérame alrededor de una hora después de apagar las velas. Yo vendré por ti, y te enviaré al monasterio de Hango, donde los monjes tendrán listos para nosotros caballos y provisiones.” La mas completa dicha iluminaba el rostro de Hedwing, y pensó, “¡Esto es lo mas hermoso que me ha ocurrido!” A la mañana siguiente, Hedwing se presentó a desayunar. Hedwing saludó, “¡Buenos días!” La princesa le dijo, “¡Oh, querida! Me alegra ver que te has recuperado de tus males.” Durante el desayuno, Hedwing notó que Kostaki, la miraba concierta malévola suspicacia. Hedwing pensó, “¿Sabrá algo respecto al plan de Gregor?” Aquella comida se le hizo eterna. Entonces Gregor dio una orden al mayordomo, y dijo, “Ensilla el mejor de mis caballos, Mans.” La princesa dijo, “¿Vas a salir del castillo?” Gregor dijo, “Iré a confesarme con el Padre Basil, al monasterio de Hango.” Gregor se levantó, y dijo, “Señorita Hedwing, espero encontrar a mi vuelta, tan serena y gentil compañía.” Al terminar su desayuno, Hedwing salió al jardin. A Hedwing de pronto todo le pareció nuevo: la luz del sol, el perfume de las flores, y el susurro de sus propios pasos, por la senda del bellísimo jardin. Hedwing pensó, “¡Oh! ¡Qué feliz soy! ¡Gregor me ama!” Durante la comida y despues de ella, Smerade casi no habló a su protegida, aunque parecía tranquila y amable como era usual. Entonces, Kostaki entró al saloncito, en el que la princesa y Hedwing, Tomaban el té. Kostaki dijo, “¡Saldré a caminar un rato, madre!” La joven polaca advirtió sorpresivamente, que el hijo menor de Smerade…¡No se reflejaba en el espejo! Smerade dijo, “Te esperaremos, querido.” En cuanto el bandido salió, Hedwing se levantó, y dijo, “Os pido permiso para retirarme a descansar a mi habitacion, señora.” Smerade dijo, “Puedes hacerlo, hija mía, pero no lo olvides, ¡Kostaki te ama!” Era la segunda vez que la imponente dama pronunciaba tales palabras, y esto llenó el corazón de Hedwing, de angustiosos presagios. Hedwing pensó, “¡Ella secundará a su hijo menor en todo!” Solo le quedaba una esperanza, Hedwing pensó, “¡Ojalá que Gregor regrése pronto!” Pero para su mayor desazón, observó desde la ventana, que Kostaki cabalgaba furiosamente…¡En dirección al monasterio de Hango! Y cuando comenzaban a encenderse los candelabros, aunque faltaba mas de una hora para la cena, bajó al saloncito de té. Entonces, Smerade le dijo, “¿Te sucede algo, hijita? ¿Los recuerdos de tu vida, en el castillo polaco, aun te siguen atormentando?” Hedwing debía tener más cuidado y disimular su inquietud. Hedwing dijo, “¡Oh, me sentía sola en el dormitorio…¡Eso es todo, princesa!” Smerade dijo, “La soledad es mala consejera. Deberías casarte pronto, jovencita. Hablare con Kostaki al respecto.” Y sin que Hedwing hallara las palabras para hacerle desistir de sus propósitos, Smerade exclamó, “Por cierto…ya debería estar aquí. Pronto servirán la cena.” Hedwing solo atino a decir en un murmullo, “Gregor tampoco ha llegado.” Ya bien avanzada la noche, el ruido de los cascos de un caballo que entraba en el primer patio, interrumpió los pensamientos de las dos mujeres. Smerade fue hacia la puerta y dijo, “¿Eres tú, Kostaki?” Hedwing, antes de distinguir al recien llegado, cerró los ojos, presa de un miedo atroz. Hedwing pensó, “¡No!¡No puede ser él!¡No!” Cuando volvió a abrirlos, vio claramente a Gregor saludando a su madre. Smerade dijo a Gregor, “¿Te has encontrado con tu hermano? Salio por la tarde.” Gregor respondió como secretamente avergonzado. “N-No, madre…¡No lo he visto!” Hedwing sintió una dolorosa punzada en el corazón, y pensó, “¡Miente! ¡Lo puedo ver en sus ojos!” Smerade dijo, “Ordenaré que sirvan la cena.” Hedwing se acercó a Gregor y le dijo, en voz baja, “¿Qué ha pasado, Gregor?” Gregor no contestó, y Hedwing lo tomó del brazo y le dijo, “¿Por qué no respondes? ¿Ni siquiera deseas mirarme a los ojos!” Con horror, Hedwing se miró la mano con la que habia acariciado al joven. Hedwing exclamó, “¡Sangre!” Gregor dijo, “Ire a lavarme. Ve, por favor, con mi madre. Ahora te necesita.” Aquella cena prometía ser tan silenciosa y sombría, como ninguna otra. El tiempo parecía haberse detenido. Hasta que, por segunda vez, se escuchó claramente entrar un caballo a galope, en el primer patio del castillo. Smerade exclamó, “¡Debe ser tu hermano Kostaki, Gregor! Ahora podrá decirme qué lo ha detenido, al grado de faltar a su palabra.” Hubo un silencio que siguió. Smerade dijo, “¿Por qué no seguirá enseguida? ¡Iré a ver…!” Gregor exclamó, “¡No madre! ¡Espera!” Smerade dijo, “¡Siempre tuviste celos de Kostaki! Esperaré solo unos minutos…tal vez se esté lavando.” Segundos despues, Kostaki no aparecía. Dos sirvientes llegaron. Smerade dijo, “¡Que ocurre, Vejov? Escuché los cascos del caballo de mi hijo.” Vejov dijo, “Nosotros tambien creímos que se trataba del señorito, pero…pero solo era el caballo que ha venido en loca carrera, agotado, y como perseguido como por el mismo diablo.” Smerade, sin perder la cordura, examinó al animal. Smerade exclamó, “¡Tiene una herida en el cuello! Mi hijo ha sido atacado por el frente.” Smerade agregó, “Tal vez esté herido cerca de aquí. ¡Vamos! ¡Todos a buscarlo! ¡Y no vuelvan si no es con él!” Enseguida Smerade dijo a Hedwing y a Gregor, “¡Esta es igual a aquella terrible noche en que entró sola al castillo, la yegua favorita de del conde Kroproll, mi segundo esposo, bañada en sangre. Cuando encontramos el cuerpo entre las breñas, estaba materialmente despedazado.” Varias horas despues, estando Smerade arriba de una terraza mezanine del castillo, escucho desde abajo en el patio, la voz de un sirviente que le dijo, “Princesa Brankovan…el joven amo Kostaki…” Ella no espero a oír una palabra más, y se apresuró a descender hacia el patio. Mientras destapaba la manta que cubria el cuerpo inerte de su hijo, la princesa pensó, “¡Mi hijo ha sido muerto por una sola persona! ¡Esa única herida en su pecho, es una espada de dos filos!” La princesa no esperó, y dijo, “¡Gregor! ¡Ven enseguida!” Mientras eso sucedía, Hedwing pensó, “¡Estoy segura de que fue Gregor quien mató a su hermano, pero…¿Lo sabrá tambien Smerade?” Pero la gran dama lo ignoraba. Smerade dijo, estando ante los sirvientes y Hedwing, “¡Eres tú, como hermano de Kostaki, y gran señor de estas tierras y heredades, quien debe vengarlo! ¡Dedícate a hallar al asesino! Y cuando lo encuentres…¡Mátalo a él, a su esposa, a sus hijos, a su padre y a su madre, a los sirvientes de su casa!” Gregor musitó, lleno de dolor y vergüenza, “Sí, madre, me encargaré de vengarlo.” El cuerpo inerte fue colocado sobre una gran mesa, en el interior de un cuarto vacía, y Smerade limpió el rostro de su amado hijo, con estremecedora dedicación, y trágica serenidad. Finalizada esa tarea, besó la frente helada del hombre muerto. Y salio sin haber derramado ni siquiera una lagrima. Por su parte, Hedwing juntó sus manos, y dijo unas palabras en su mente, ante el cuerpo de Kostaki, “Nunca te deseé la muerte, Kostaki, pero me alegro que hayas sido tú, y no mi amado Gregor, quien perdieras la vida. Aunque este trágico incidente ha destruido mis mejores esperanzas de felicidad, pues, sabiendo a Gregor el autor de la muerte de su propio hermano, ya no podré casarme con él.” De pronto, el muerto se incorporó, y de sus ojos inertes, surgió un resplandor extraño. Kostaki exclamó, “Tú…eres…mía…recibirás…pronto…el…beso…de…Kostaki…” Hedwing, aterrada, más allá de cualquier medida, salio corriendo del fúnebre recinto. Hedwing exclamó, “¡Nooooo! ¡Él esta muerto! ¡No puede haberme hablado!” Cuando llegó a la puerta de su dormitorio, se encontró allí a Smerade, Smerade le dijo, “Mi querida niña…te esperaba para darte las buenas noches…” Mientras Smerade la abrazaba, Hedwing sintió con una ráfaga interna de horror helado, el beso que la dama le dio en la frente. Smerade murmuró, con voz extrañamente ronca y profunda, un brillo pavoroso en las pupilas. “No olvides, Hedwing, Kostaki…te ama.” Segundos después, le parecía que todo aquello habia sido producto de su imaginación. Hedwing exclamó, “Esto tiene que ser una pesadilla.” Gregor, entre tanto, se refugiaba en la pequeña capilla privada del castillo, su gran fuerza parecía haber desaparecido. Al amanecer, Gregor decidió confiar su tormento interior al Padre Basil, prior del monasterio de Hango, quien habia sido gran amigo y confesor de su padre. Esa noche, mientras Hedwing caja en un profundo sopor del que le era imposible despertar. Un misterioso resplandor iluminaba su rostro. Unos dedos fríos, cadavéricos, desnudaron su cuello. Y el muerto en vida, se dispuso a darse un gran festín. Kostaki exclamó, “¡Ahora serás mía! ¡Mi beso significará tu muerte!” Hedwing sucumbió aquella noche, a la voracidad del vampiro. Hasta que los primeros rayos primeros rayos del sol, derrotaron a la sombría noche. Hedwing al fin pudo abrir los ojos, aunque sus parpados parecían pesar demasiado, y todo su cuerpo adolecía de una gran debilidad. Con un sobrehumano esfuerzo, logro sentarse en la orilla de la gran cama. Hedwing pensó, “¡M-Me siento muy mal! ‘O que me ocurre? ¡La cabeza me da vueltas!” En ese momento llegó Smerade a su habitacion. “Señorita, ¿Esta usted enferma? ¡Tiene el rostro blanco, como la cera, y si no creyera que es imposible, diría que en solo una noche, ha adelgazado diez kilos!” En pocas horas, la princesa Smerade fue avisada de inmediato, y abrazó a Hedwing, y le dijo, “¡Querida Hedwing, luces muy mal! ¡Cuánto siento que no puedas acompañarme en el entierro de mi hijo! Partirá enseguida el cortejo que conducirá sus restos a nuestra cripta familiar del monasterio de Hango. Tú quédate aquí y descansa…¡No pensé que la muerte de tu esposo, te afectara tanto, pobrecita mía.” Hedwing se dejo caer en su cama, y exclamó, cerrando sus ojos, “¿M-Mi…e-esposo?” Una voz extraña salió de la garganta de Smerade, “Tu esposo Kostaki aun te ama.” Entonces, un remolino de luz intensa, se apodero de la mente de la joven, atrayéndola hacia un abismo mortal, donde los ojos brillantes de Kostaki, eran la única guía. “¡Mi esposa…sí…mi esposa, que ha recibido el beso de la muerte!” Enseguida Smerade dijo a su sirvienta, “Se ha desmayado. Pobrecita mía. Cuídala mucho, Tanya.” Unas horas después, terminaba el ceremonial fúnebre. El cuerpo de Kostaki reposaba dentro de su ataud, en la cripta de los Brankovan, y los Waivadi. Hedwing, por lo tanto, trataba de beber un poco de agua, pues una terrible repugnancia por cualquier clase de alimento, se habia apoderado de ella, y le impedía comer.  Pero era inútil. Hedwing se llevó la mano a su garganta y exclamó, “¡No puedo! Me duele mucho la garganta.” Cuando se quedó sola, en el espejo de mano que habia pedido observó algo que le erizó los cabellos. Hedwing exclamó, “¡D-Dios mío!” Hedwing se acostó. El cansancio que sentía era tan enorme, que a pesar del miedo, no hacia sino dormitar. Llegada la noche, un soplo helado la obligo a entre abrir los ojos. Un espantoso murciélago, planeaba sobre la cama. Hedwing despertó, y gritó, “¡Noooo!¡Vete!¡Vete!”  El animal, lejos de irse, se transformó en algo que paralizó de miedo a la muchacha. Ese algo, pesaba horriblemente sobre su cuerpo, inmovilizándola. Trato de gritar, pero ningun sonido salio de su garganta lastimada. A la mañana siguiente, Gregor volvió al castillo. Al verlo, Hedwing se alegró sobre manera, y le dijo, “¡Oh! ¡Por fin, Gregor querido!” Gregor exclamó, “¡Santo Dios! ¿Qué te han hecho, Hedwing?” Ambos se abrazaron. Hedwing dijo, “¡Por lo que más quieras, Gregor! ¡Ayúdame a salir de aquí ¡Me estan matando! ¡Sálvame!” Ella no podía tenerse en pie. Gregor la sostenía. Hedwing dijo, “Tu hermano ha v-vuelto…Gregor…¡Es un v-vampiro! ¡Y quiere llevarme al infierno con él!” La voz del joven amo del castillo, sonó lejana y llena de sincero pesar. Gregor dijo, “Lo sabía…es producto...de una antigua maldición.” Gregor agregó “Un antepasado de los Waivadi, mi familia materna, dio muerte a un sacerdote. Éste lo maldijo antes de morir. Y desde entonces, uno de los descendientes resulta vampiro. ¡En la nuestra fue Kostaki!” Gregor la recostó, y le dijo, “¡No te dejes vencer por el horror y la fatiga, Hedwing!¡Te lo suplico! Yo te salvare, aunque me vea obligado a sacrificar cualquier cosa.” Gregor agregó, “Tendrás que soportarlo, todo una vez más…¡Esta noche, mantén los ojos abiertos! Haz un esfuerzo…¡Y venceremos al mal, te lo prometo!” Al anochecer, Gregor llevó en brazos a Hedwing, hasta la capilla, donde esperaba al padre Basil. Se celebró entonces una extrañamente breve y urgente ceremonia de bodas. “Hedwing, ¡Aceptas a Gregor Brankovan Eaivadi como esposo?” Hedwing dijo, “Lo acepto.” Al terminar éste, Gregor dijo, con aire atormentado y misterioso, “Padre Basail, ¿Trajo usted del monasterio la espada bendita?” El padre fue por ella y la mostró, diciendo, “Perteneció a uno de mis más remotos antepasados, quien luchó en las cruzadas, junto al caudillo cristiano, Villemar Douin, y hace siglos, un santo sacerdote y ermitaño la bendijo.” Gregor la tomó, y dijo, “¡Con ella derrotaremos todo lo que te amenaza, amor mío! ¡Solo mi sangre, y el profundo amor que siento por ti, te salvaran de la muerte!” Enseguida, Gregor coloco una cadenita en el cuello de Hedwing, y dijo, “Ésta pequeña cruz de plata, que perteneció a mi abuela, te protegerá.” Enseguida el padre alistó los dos caballos, y Gregor dijo, “¡Tenemos que irnos antes de que mi madre te éche de menos!” Los tres jinetes se alejaron rápidamente del castillo. Alrededor de una hora despues, en un recodo del camino, Gregor se detuvo abruptamente, y dijo, “¡Éste es el lugar!” Un escalofrío de horror recorrió el cuerpo desfallecido de ella. Gregor se bajó del caballo, y señalando un pedazo de suelo, dijo, “¡Aquí fue donde murió mi hermano!” Hedwing obedeció las instrucciones de Gregor, y temblando de pánico, se tendió a lo largo del camino, tapando con sus manos la pequeña cruz de plata, y con el cuerpo bañado por la fría luz de la luna. Súbitamente Kostaki apareció entre las sombras y se aproximó a la joven con expresión de vampírica voracidad. Cuando, como las dos noches anteriores, se disponía a morderla en el cuello, Hedwing se levantó, y exclamó, “¡Mira, engendro!¡Ahora no estoy desprotegida!” Entonces Gregor se le enfrentó abiertamente. “¡Deten tu carrera de horrores, Kostaki! ¡Ahora, menos que nunca, tengo que obedecerte, fratricida!¡Asesino! ¡Me tendiste una emboscada en este sitio, y al arrojarte contra mí, te clavaste mi espada en el pecho! ¡Tu propio odio te mató!” Konstaki dijo, “Es verdad…pero ahora debes dejarme en paz. ¡Esta mujer me pertenece! ¡Ha recibido mi beso, y lleva mi marca! ¡Ni siquiera tu podrás arrebatármela!” Entonces Gregor dijo, “¡Me he encargado de destruir, los horrendos vínculos que la unían a ti, haciéndola mi esposa!” Toda la ira de Kostaki estalló, exclamando, “¡Te despedazaré, maldito!” Fue entonces cuando Gregor desenvainó su espada. Hedwing exclamó, llena de horror, “¡Dios santo! ¡Es como la visión de mi sueño!” Gregor lanzó un espadazo, diciendo, “Vuelve a tu tumba!” Kostaki, retorciéndose y echando espumarajos por la boca, cayo en el sitio donde muriera unas noches atrás. Gregor alzó su espada, frente a Kostaki, quien yacía en el suelo, y dijo, “¡En este lugar has muerto, y en este lugar debes dejar de existir para siempre!” Haciendo un esfuerzo gigantesco por no sucumbir a la piedad filial, Gregor descargó un golpe mortal de la espada santa, y atravesó con ella el corazón del vampiro. El cuerpo de Kostaki, que habia vuelto al sepulcro, desapareció quedando clavada a la tierra, solamente su oscura capa. Hedwing sintió que recuperaba sus fuerzas. El amo del castillo de Brankovan, expiró agotado, segundos despues, en los brazos de su amada. El padre dijo a Hedwing, “Gregor sabía que solo renunciando a ti, podría destruir la maligna fuerza que ha atormentado por siglos a su familia. Como él y Kostaki han muerto, sin dejar herederos, termina, con ellos termina ésta estirpe de vampiros.” Poco despues, Hedwing marchó a Paris, para tomar posesión del millón de monedas de oro, y la casa señorial que Gregor habia dejado en su testamento para ella, en aquella ciudad. Smerade sola, trágica, permaneció hasta su muerte, recluida en el pavoroso castillo de Brankovar.

Tomado de, Novelas Inmortales, Año VIII. No. 395. Junio 12 de 1985. Guión: Dolores Plaza.  Adaptación: Rémy Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.