Club de Pensadores Universales

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martes, 1 de septiembre de 2020

La Piedra Lunar de Wilkie Collings


     La Piedra Lunar (1868), de Wilkie Collins, es una novela epistolar británica del siglo XIX. La novela es un ejemplo moderno temprano de la novela policíaca, y estableció muchas de las reglas básicas del género moderno. La historia fue publicada en la revista, All the Year Round, de Charles Dickens. Collins adaptó, The Moonstone, para el escenario en 1877.

Etimología

     La piedra lunar del título, es un diamante (que no debe confundirse con la piedra lunar semipreciosa), y se explica su nombre por su asociación con el dios hindú de la Luna, Chandra. La piedra está protegida por tres guardianes hereditarios por orden de Vishnu, y crece y decrece en brillo junto con la luz de la Luna.

Argumento

     Rachel Verinder, una joven inglesa, hereda un gran diamante hindú en su decimoctavo cumpleaños. Es un legado de su tío, un oficial corrupto del ejército británico, que sirvió en la India. El diamante es de gran importancia religiosa, y extremadamente valioso, y tres sacerdotes hindúes, han dedicado sus vidas a recuperarlo. La historia incorpora elementos de los orígenes legendarios del Diamante Hope (o quizás el Diamante Orloff o el Diamante Koh-i-Noor). El decimoctavo cumpleaños de Rachel se celebra con una gran fiesta, en la que entre los invitados se encuentra su primo Franklin Blake. Esa noche, Rachel lleva la piedra lunar en su vestido, para que todos la vean, incluidos algunos malabaristas hindúes, que han venido a la casa. Más tarde esa noche, el diamante es robado del dormitorio de Rachel, y sobreviene un período de confusión, infelicidad, malentendidos y mala suerte. Contada por una serie de narraciones de algunos de los personajes principales, la compleja trama traza los esfuerzos posteriores para explicar el robo, identificar al ladrón, rastrear la piedra y recuperarla.

Resumen de la Trama

     El coronel Herncastle, un ex soldado desagradable, trae consigo la piedra lunar de la India, donde la adquirió por robo y asesinato durante el asedio de Seringapatam. Enojado con su familia, que lo rechaza, deja la piedra en su testamento como regalo de cumpleaños para su sobrina Rachel, exponiéndola así al ataque de los guardianes hereditarios de la piedra, quienes no se detendrán ante nada para recuperarla.

     Rachel usa la piedra para su fiesta de cumpleaños, pero esa noche desaparece de su habitación. La sospecha recae sobre tres malabaristas hindúes que han estado cerca de la casa; en Rosanna Spearman, una sirvienta que comienza a actuar de manera extraña, y luego se ahoga en una arena movediza local; y sobre la propia Rachel, que también se comporta de manera sospechosa, y de repente se enfurece con Franklin Blake, de quien anteriormente parecía estar enamorada, cuando él dirige los intentos de encontrarlo. A pesar de los esfuerzos del Sargento Cuff, un detective de renombre, la fiesta en la casa termina con el misterio sin resolver y los protagonistas se dispersan.

     Durante el año siguiente, hay indicios de que el diamante fue retirado de la casa, y puede estar en la bóveda de un banco de Londres, después de haber sido prometido como garantía a un prestamista. Los malabaristas hindúes todavía están cerca, mirando y esperando. El dolor y el aislamiento de Rachel aumentan, especialmente después de la muerte de su madre, y primero acepta y luego rechaza una propuesta de matrimonio de su primo Godfrey Ablewhite, un filántropo que también estuvo presente en la cena de cumpleaños, y cuyo padre es dueño del banco cerca de la antigua casa familiar de Rachel. Finalmente, Franklin Blake regresa de viajar al extranjero, y decide resolver el misterio. Primero descubre que el comportamiento de Rosanna Spearman, se debe a que ella se enamoró de él. Rosanna encontró pruebas: una mancha de pintura en su ropa de dormir, que la convencieron de que él era el ladrón, y las ocultó para salvarlo, confundiendo el rastro de las pruebas, y arrojándose sospechas sobre ella. Desesperada por su incapacidad para que él la reconociera, a pesar de todo lo que había hecho por él, se suicidó, dejando atrás la túnica manchada, y una carta que él no recibió en ese momento, debido a su apresurada partida al extranjero.

     Ahora, creyendo que Rachel lo sospecha del robo de las pruebas de Rosanna, Franklin organiza una reunión y le pregunta. Para su asombro, ella le dice que en realidad lo vio robar el diamante, y que ha estado protegiendo su reputación, a costa de la suya propia, a pesar de que cree que él es un ladrón e hipócrita. Con la esperanza de redimirse, Franklin regresa a Yorkshire a la escena del crimen y se hace amigo del asistente del Sr. Candy, el Sr. Ezra Jennings. Se unen para continuar las investigaciones y se enteran de que a Franklin le dieron láudano en secreto, durante la noche de la fiesta (por el médico, el Sr. Candy, que quería vengarse de Franklin por criticar la medicina); parece que esto, además de su ansiedad por Rachel y el diamante y otras irritaciones nerviosas, hizo que tomára el diamante en un trance narcótico, para trasladarlo a un lugar seguro.
     Una recreación de los eventos de la noche lo confirma, pero cómo la piedra terminó en un banco de Londres, sigue siendo un misterio resuelto solo un año después de la fiesta de cumpleaños, cuando se redime la piedra. Franklin y sus aliados rastrean al reclamante hasta una sórdida posada junto al agua, solo para descubrir que los hindúes llegaron primero: el reclamante está muerto y la piedra no está. Bajo el disfraz del muerto se encuentra nada menos que Godfrey Ablewhite, quien se descubre que ha malversado el contenido de un fondo fiduciario a su cuidado y que ha estado expuesto poco después de la fiesta de cumpleaños. El misterio de lo que Blake hizo mientras estaba drogado está resuelto: se encontró con Ablewhite en el pasillo fuera de la habitación de Rachel y le dio la piedra lunar para que la guardara en el banco de su padre, del cual se había retirado la mañana de la fiesta. para ser entregado a Rachel. Al ver su salvación, Ablewhite se guardó la piedra en el bolsillo y la prometió como garantía para un préstamo para salvarse temporalmente de la insolvencia. Cuando fue asesinado, se dirigía a Ámsterdam para que le cortaran la piedra; luego se habría vendido para reponer el fondo fiduciario saqueado antes de que el beneficiario lo heredara.

     El misterio se resuelve, Rachel y Franklin se casan, y en un epílogo del Sr. Murthwaite, un destacado aventurero, el lector se entera de la restauración de la piedra lunar en el lugar donde debería estar, en la frente de la estatua del dios en India.

Personajes

Rachel Verinder: la heroína de la historia, una joven heredera; en su decimoctavo cumpleaños hereda la piedra lunar

Lady Verinder: su madre, una viuda adinerada, dedicada a su hija

Coronel Herncastle: hermano de Lady Verinder, sospechoso de fechorías en India; ganó la piedra lunar por medios ilegales

Gabriel Betteredge: un hombre venerable, el sirviente principal de los Verinders, primer narrador

Penélope Betteredge: su hija, también sirvienta en el hogar

Rosanna Spearman: segunda criada, una vez en una penitenciaría por robo, sospechosa del robo del diamante

Drusilla Clack: prima pobre de Rachel Verinder, una evangelista y entrometida cristiana hipócrita y desagradable, segunda narradora

Franklin Blake: un aventurero, también primo y pretendiente de Rachel

Godfrey Ablewhite: filántropo, otro primo y pretendiente de Rachel

Mr. Bruff: abogado de familia, tercer narrador

Sargento Cuff: un famoso detective aficionado a las rosas.

Dr. Candy: el médico de familia, pierde la capacidad de hablar coherentemente después de recuperarse de una fiebre.

Ezra Jennings: asistente impopular y de aspecto extraño del Dr. Candy, sufre de una enfermedad incurable y usa opio para controlar el dolor, cuarto narrador

Sr. Murthwaite: un destacado aventurero que ha viajado con frecuencia a la India; proporciona el epílogo de la historia

Los Malabaristas Hindúes: tres brahmanes hindúes disfrazados que están decididos a recuperar el diamante.

Importancia Literaria

     Algunos consideran que el libro es el precursor de la novela de misterio moderna, y la novela de suspenso. T.S. Eliot, la llamó, "la primera, la más larga, y la mejor de las novelas de detectives inglesas modernas, en un género inventado por Collins, y no por Poe",  y Dorothy L. Sayers la elogió como, "probablemente la mejor historia de detectives de la historia escrita.” 

En, The Victorian Age in Literature, G. K. Chesterton lo llama, "probablemente el mejor cuento de detectives del mundo." Fue publicada en 1868, después de los cuentos de misterio de Poe, "Los Asesinatos en la Calle Morgue" (1841) (que introdujo el famoso paradigma de la habitación cerrada), "El Misterio de Marie Rogêt" (1842) y "La Carta Robada". (1845).
     La trama también muestra algunos paralelismos con, The Hermitage (1839), una historia anterior de misterio de asesinato, de la novelista inglesa, Sarah Burney: por ejemplo, el regreso de una compañera de infancia, el simbolismo sexual de la desfloración implícita en el crimen, y las reacciones casi catatónicas. de la heroína. Sin embargo, La Piedra Lunar, introdujo una serie de elementos que se convirtieron en atributos clásicos de la historia de detectives del siglo XX en forma de novela, a diferencia de la forma del cuento de Poe. Éstos incluyen:

• Un robo en una casa de campo inglesa.

• Un  “Trabajo Interno” o sea, delito cometido por o con la ayuda de una persona que vive o trabaja en las instalaciones donde ocurrió.

• Pistas falsas.

• Un investigador profesional célebre, capacitado

• Una policía local chapucera.

• Investigaciones de detectives.

• Una gran cantidad de falsos sospechosos.

• El "sospechoso menos probable."

• Una reconstrucción del crimen.

• Un giro final en la trama.

     Franklin Blake, el talentoso aficionado a detective, es un ejemplo temprano del detective caballero. El altamente competente sargento Cuff, el policía llamado desde Scotland Yard, de quien Collins se basó en el inspector de la vida real Jonathan Whicher que resolvió el asesinato cometido por Constance Kent, no es miembro de la nobleza, y no puede romper la reticencia de Rachel Verinder, sobre lo que sabe Cuff, es un, “trabajo interno.” La Piedra Lunar también se ha descrito como quizás el procedimiento policial más antiguo, debido a la representación de Cuff.  La diferencia social entre los dos detectives de Collins, se muestra en sus relaciones con la familia Verinder: el sargento Cuff se hace amigo de Gabriel Betteredge, el mayordomo de Lady Verinder, su sirviente principal, mientras que Franklin Blake, finalmente se casa con su hija Rachel.

    Varios críticos han sugerido que Charles Felix, seudónimo de Charles Warren Adams, en su Notting Hill Mystery (1862-1863), utilizó por primera vez técnicas que llegaron a definir el género.

     La Piedra Lunar, representa la única represalia completa de Collins del popular método de, "narración múltiple," que había utilizado anteriormente con gran efecto en, La Mujer de Blanco. Las secciones de Gabriel Betteredge, administrador de la casa Verinder, y Miss Clack, un pariente pobre y maniático religioso, ofrecen humor y patetismo, a través de su contraste con el testimonio de otros narradores, al mismo tiempo que construyen, y avanzan la trama de la novela.

     Una de las características que hizo que, La Piedra Lunar, fuera un éxito, fue la descripción sensacionalista de la adicción al opio. Sin que sus lectores lo supieran, Collins estaba escribiendo desde su experiencia personal. En sus últimos años, Collins se volvió severamente adicto al láudano y, como resultado, sufrió delirios paranoicos, siendo el más notable su convicción, de que estaba constantemente acompañado por un doppelganger, a quien apodó "Ghost Wilkie".

     La novela fue el último gran éxito de Collins, llegando al final de un período extraordinariamente productivo en el que cuatro novelas sucesivas se convirtieron en bestsellers. Después de, La Piedra Lunar, Collins escribió novelas que contenían comentarios sociales más abiertos que no alcanzaron la misma audiencia.

     Un relato muy ficticio de la vida de Collins mientras escribía, La Piedra Lunar, forma gran parte de la trama de la novela, Drood, de Dan Simmons (2009).

Adaptaciones de Cine, Radio y Televisión

En 1934, el libro se convirtió en una película estadounidense aclamada por la crítica, La Piedra Lunar, por Monogram Pictures Corporation. Adaptada a la pantalla por Adele S. Buffington, la película fue dirigida por Reginald Barker y protagonizada por David Manners, Charles Irwin y Phyllis Barry. 

     El 11 de marzo de 1945, "La Piedra Lunar" fue el episodio número 67 de la serie de radio estadounidense, The Weird Circle.  El 15 de abril de 1947, una adaptación de "La Piedra Lunar" fue el episodio # 47 de la serie de radio NBC Favorite Story presentado por Ronald Colman. El 16 de noviembre y el 23 de noviembre de 1953, "La Piedra Lunar", protagonizada por Peter Lawford, se emitió en un episodio de dos partes del drama de radio estadounidense "Suspense". 

     En 1959, la BBC adaptó la novela como una serie de televisión protagonizada por James Hayter. En 1972 se rehizo la serie, con Robin Ellis. Esta segunda versión fue transmitida en los Estados Unidos en Masterpiece Theatre de PBS.

     En 1974 se mostró una versión alemana, Der Monddiamant

     En 1996, La Piedra Lunar, fue realizada para televisión por la BBC y Carlton Television en asociación con WGBH de Boston, Massachusetts, y se emitió nuevamente en Masterpiece Theatre. Fue protagonizada por Greg Wise como Franklin Blake y Keeley Hawes como Rachel Verinder.


     En 2011, BBC Radio 4 serializó la historia en episodios de cuatro horas de duración en la ranura Classic Serial con Eleanor Bron como Lady Verinder, Paul Rhys como Franklin Blake, Jasmine Hyde como Rachel Verinder y Kenneth Cranham como Sergeant Cuff.

     En 2016, la BBC adaptó la novela para una serie de televisión vespertina de cinco capítulos, La Piedra Lunar, a partir del 31 de octubre de 2016.

     En diciembre de 2018, Screen 14 Pictures adaptó la novela como una serie web literaria serializada en YouTube, modernizada y adaptada para transmedia en múltiples plataformas, incluidas Twitter e Instagram.

     En abril de 2020, la novela fue leída en forma serializada, por Phoebe Judge, una periodista de Criminal (podcast), en su, Phoebe Reads a Mystery Podcast. (Wikipedia en Ingles)

La Piedra Lunar

de Wilkie Collings

     Un delito, un detective, varios sospechosos, una serie de datos y circunstancias que conducirán a…son los ingredientes de la novela policiaca, genero creado coincidentálmente por el norteamericano Edgar Allan Poe, y el inglés, Wilkie Collings. Y es de Wilkie Collings, de quien les presentamos una obra que puede considerarse como la primera novela policiaca. Así que, descubrámos juntos, quien robó: “La Piedra Lunar”.

     En la remota y misteriosa India, había un templo dedicado al Dios Lunar, una de las muchas deidades de aquel lejano país. El ídolo tenía adornada la frente con un diamante que se ganó el nombre de la Piedra Lunar, por su gran tamaño y belleza. Pero en 1709, la ciudad sagrada del Dios Lunar fue atacada por Tipóo, el sultán de Seringatapán, quien gritaba, “¡Adelante guerreros!¡La ciudad es nuestra!”
     La ciudad era, ante todo, un centro de oración, por lo que el ejército del sultán no halló mucha resistencia. El sultán dio órdenes a su ejército de saquear la ciudad, diciendo, “¡Que no quede ningún edificio sin revisar!” Los soldados no dudaron en atacar el templo principal. Así que uno de ellos dijo al sacerdote guardián, “¡Pronto sacerdote, entréganos tus tesoros!” Pero éste dijo, “¡Jamás!” Uno de los atacantes le clavó un puñal, diciendo, “¡Más te hubiera valido no negarte!” El otro guardián, levantó sus manos en señal de rendirse, y dijo, “¡Tomen las joyas que gusten, pero no toquen la Piedra Lunar!”
     El militar preguntó, “¿Por qué?” Incrédulo, el militar escuchó las razones del sacerdote, “Es la joya favorita del Dios. Si se la llevan, caerá sobre ustedes una maldición terrible.” Pero el militar dijo, “¡Tonterías! Salzahr, quítale el diamante el ídolo.” El hombre obedeció, diciendo, “Lo haré, señor.” El hombre se subió a la enorme estátua, y se dirigió a la frente del ídolo, donde estaba la valiosa gema. Mientras tanto, el sacerdote gritaba, “¡No, espera!¡Sacrílego! ¡Sacrílego!” De nada valieron las advertencias del sacerdote. El ídolo fue despojado del diamante. El militar tomó la gema en sus manos, y dijo, “¡Adiós, viejo! ¡Le daremos nuestro saludo a nuestro sultán!”

     Y esa noche, un grupo de sacerdotes se inclinaban ante el ídolo exclamando plegarias en oración. “¡Oh, gran Dios! Te han despojado de tu piedra preciosa.” “¡Los profanadores deben pagar! Imploramos tu ayuda.” Las leyendas cuentan que casi al rayar el alba, una voz profunda salió de la boca de piedra del dios. “¡Su voz llego hasta mí! ¡Oh, Sacerdotes! Mi venganza será implacable. La muerte y la desolación serán la marca de los poseedores la piedra lunar. ¡La maldición seguirá hasta que la joya vuelva a mí!” La voz continuó, “Elijan a tres sacerdotes. Ellos tendrán la misión de devolverme la piedra. Si mueren, que sus descendientes los sustituyan. ¡El Dios Lunar ha hablado!” Uno de los sacerdotes dijo, “¡Cumpliremos tus órdenes!”

     Tipoó volvió a Seringapatán, y colocó el diamante en una primorosa daga de oro, que era el orgullo del tesoro de la ciudad. Mientras tanto los tres sacerdotes del Dios lunar llegaban a la ciudad. Uno de ellos decía, “Hemos llegado a la ciudad, ahora debemos obrar con mucha cautela. Nuestra empresa no debe fallar.” Los años pasaron y Tipoó murió tras una larga y penosa enfermedad.
     Mientras lo velaban su esposa pensaba, “¿Será cierto que murió víctima de la venganza del Dios lunar?” A pesar de no tener oportunidad de recuperar la gema, los sacerdotes siguieron fieles a su misión. Y al morir, en su lecho de muerte, uno de ellos, dijo a su hijo, “Pronto moriré, hijo. ¡Jura que continuarás con la misión encomendada!” Su hijo dijo, con dolor, “¡Sí, padre!”

     En 1799, una noche de primavera, el ejército inglés esperaba órdenes para atacar Seringapatán, que para entonces se había ganado la fama de tener en sus arcas un fabuloso tesoro. Entre las filas se hallaba el joven y ambicioso coronel John Herncastle, quien pensaba, “¡Si llegó a la cámara del tesoro, seré rico!” Su primo Jack Verinder, también servía en aquel regimiento. John, estando frente a una fogata, miraba las llamas. Entonces Jack se acercó, y le dijo, “¡Traigo buenas noticias, John! Se acabó la espera. Mañana atacaremos la ciudad.” John le dijo, “¡Excelente!¡El botín de guerra será grandioso!” Pero Jack le dijo, “Primo, el general ordenó no tocar el tesoro.” John le dijo, “¿Y eso qué importa? Seré discreto y solo me llevaré una joya pequeña. Nunca se darán cuenta.”
Al salir el sol, los ingleses comenzaron el sitio de la ciudad. El general dio la orden, “¡Todos a paso veloz, ya!” En las murallas de la ciudad, sus habitantes se preparaban para el ataque lo mejor que podían, gritando, “¡Pronto, traigan más flechas!” Los hindúes se defendieron con valor, pero sus armas eran menos efectivas que las de sus enemigos. Los defensores de la ciudad tenían la superioridad numérica a su lado, sin embargo, esta ventaja poco sirvió ante el arrójo del ejército bretón, El general gritaba, “¡Adelante, el triunfo es nuestro!” Los ingleses acribillaron sin misericordia a los soldados de Serigapatán. La victoria parecía inminente. Ya frente a las murallas, el general gritó, “¡Traigan las escaleras!¡Cruzaremos la muralla!” No obstante, pasar por encima de la muralla, habría de ser una tarea difícil, pues los hindúes tumbaban las escaleras.
     Pero los ingleses disponían de métodos para franquear la fortaleza; poderosas balas de cañón hirieron las murallas. Aunque la batalla estaba a punto de concluir con la derrota de los hindúes, éstos resistieron gallardamente hasta el fin, diciendo mientras disparaban con sus arcos, “¡Ningúna flecha se desperdiciará!” El general Baird, quien dirigió el ataque, intentó mantener a sus tropas en orden, diciendo, “¡Eviten la violencia al tomar la ciudad!¡Tomen en cuenta que no tolerare el saqueo!” La mayoría de los soldados ingleses eran honrados; Herncastle pertenecía a otra categoría, y pensaba, “¿Dónde estará la cámara del tesoro?” Mientras tanto, tres personas aprovechaban la confusión, y uno de ellos dijo, “¡Tomemos la piedra lunar, hermanos!”
      Sin embargo, detrás de ellos escucharon una voz, “¡Alto!” Eran nada menos que los sacerdotes de la Piedra Lunar, cuya misión estaba a punto de cumplirse. Otro de los sacerdotes dijo, “¡Tuvimos que esperar tres generaciones, pero estamos cercas de cumplir nuestra divina misión!” Tras una breve lucha con los guardias de la sala del tesoro, los sacerdotes llegaron hasta la joya, la cual estaba ya incrustada en una daga que descansaba sobre una almohadilla. El sacerdote que se acercó hacia la gema dijo, “¡Al fin, ahí está!” Admirando su belleza, el sacerdote exclamó, “¡Oh, gran Dios Lunar, tu preciada joya pronto regresará a ti!” En eso, un dispáro segó la vida del sacerdote. BANG. Los dos sacerdotes voltearon viendo al agresor, y uno de ellos dijo, “¡Un infiel!¡No se saldrá con la suya!”
     Pero una vez más, la perversidad triunfaba sobre la fe de inocentes. Herncastle disparó al segundo sacerdote. El ultimo sacerdote exclamó, “Maldito asesino. Pagarás con tu vida lo que has hecho.” Sin embargo, Herncastle lo traspasó con su espada, y dijo, “¡Ja! Éste maravilloso tesoro será mío, y nadie lo evitará.”  Así, el general Herncastle, sin tentarse el corazón, gozó su victoria, sin importarle las muertes que había causado, diciendo, “¡Qué hermosa daga!¡Y es mía, solo mía!” De improviso, un sacerdote que agonizaba profirió unas ominosas palabras, “¡Disfruta tu efímero triunfo!¡La maldición del Dios Lunar caerá sobre ti!” Luego de proferir esas palabras, el sacerdote expiró. Herncastle pensó, “¿Una maldición?¡Qué tontería!” Herncastle se disponía a salir de la sala del tesoro, cuando una voz salió de entre las sombras. “¡Alto John!¡Lo vi todo!¡Asesino!” John volteó y dijo, “¿Qué te pasa Jack?” Jack le dijo, “¡No seas cínico! No solo ignoraste la orden de no saquear la ciudad, sino que mataste sin piedad a estos hombres. Yo mismo te acusaré ante nuestros superiores. ¡Pagarás tus crímenes!” John le dijo, “¡Ah, maldito delator!” Jack fue firme y dijo a dos de sus soldados, “¡Arréstenlo!” John pensó, “No deben ver que tengo la joya.”

Al día siguiente, Herncastle fue sometido a un juicio marcial. Un juez general dictó su sentencia, “¡…y así por sus crímenes cometidos, Charles Herncastle será expulsado del ejercito!” Enseguida se dirigió a Jack, “Usted, Verinder, tomará el rango que perteneció a su primo. Queda ascendido a coronel.” Jack dijo, “¡Sí señor!” Así, Herncastle sufrió la humillación de volver a Inglaterra deshonrado. Tomó un barco hacia su tierra, y durante la travesía, si cinísmo le hizo olvidar la maldición encerrada en el diamante, pensando, “No importa que me hayan expulsado; viviré tranquilo gracias a la fortuna gracias a la fortuna de mi familia, esta joya la guardaré bien.” Pero una amarga sorpresa le esperaba en su natal Inglaterra. Sin embargo, cuando arribó y entró a un bar de la ciudad, se dispuso a saludar a uno de sus conocidos, “¡Walt Simonson, viejo amigo! ¿Cómo estás?” El hombre le dijo, “¡Yo no soy amigo de ladrones!” Las noticias de su reprochable conducta, precedieron a Herncastle.
     Su vida social estuvo marcada por el repudio de la gente. John lo intentó con otra persona, “¡Frank Miller, hace mucho que no te veía!” El hombre respondió, “Me confunde, yo no lo conozco.” John le dijo, “¿Qué te pasa, Frank? ¡Soy John Herncastle!” El hombre respondió, “Yo conocí a otro Herncastle; aquel era un hombre honrado.” Repudiado primero por sus antiguos amigos, y luego por su propia familia, Herncastle terminó su vida como un ermitaño amargado. Un día pensó, “Redactaré mi testamento. ¡Será mi venganza contra mi familia!” A finales de 1847, Herncastle murió: Él mismo mandó a hacer su epitafio para una tumba que nunca sería visitada: “Aquí yace John Herncastle, un hombre solitario aún más allá de la muerte.”

     Pasaron unos meses, y a finales de mayo de 1848, un hombre bajaba de un carruaje. “¡Por fin llegue! Yorkshire ha cambiado mucho desde que me fui a estudiar a Francia.” El recién llegado era Franklin Blake, sobrino nieto del finado Herncastle. El hombre pensó, “¿Por qué me elegiría mi tío como su albacea? Sus razones son hoy lo de menos. Debo cumplir con su última voluntad.” Un hombre abrió la puerta y dijo, “¿Diga?” Franklin dijo, “Busco a Lady Verinder…” Tras dudar un momento, el mayordomo exclamó, “¡Señorito Blake!¡Ha cambiado tanto que casi ya no lo reconocí! Pase, por favor.” Enseguida, el mayordomo dijo, “Rosanna, lleve al joven al recibidor.” Rosanna dijo, “Sí. Señor Betteredge.”
     La apostura de Franklin impresionó a Rosanna, quien dijo, “E-Espere un momento, ya baja Lady Verinder.” Rosanna pensó, “¡Qué guapo es! Pero nunca se fijará en mí, soy muy fea.” Un poco después, Franklin hacía un ademán, diciendo, “¡Querida tía!” La señora recibía una gran sorpresa y dijo, “¡Franklin, qué agradable sorpresa! ¿Qué te trae a Yorkshire?” Franklin explicó, “Vine a hacer cumplir el testimonio de nuestro tío Herncastle. Pero también pasar unos días aquí, si no dices otra cosa.” La tía dijo, “Quédate el tiempo que gustes, Franklin.”  En eso, una criatura angelical hizo su aparición en el salón. La tía dijo, “¡Ah, Rachel! Espero que recuerdes a tu primo Franklin.” Rachel dijo, “¿Cómo no hacerlo?¡Bienvenido primo!” Franklin dijo, “Rachel, ya no eres la niña que conocí; te has convertido en una hermosa mujer.”
     Desde ese día, Franklin no se separó de la joven. Mientras daban un paseo en el campo, Franklin dijo, “Me encanta salir contigo, Rachel.” Rachel dijo, “A mí también. Solo hay un destalle en ti que me disgusta.” Franklin dijo, “Dímelo por favor. Lo corregiré, si están en mis manos hacerlo.” Rachel dijo, “No soy nadie para influir en ti. ¡Fumas demasiado, Franklin!” Franklin dijo, “¿Te parece?” Franklin agregó, “¡No se hable más! Hoy dejaré de fumar.” Rachel dijo, “No te sacrifiques por mí, Franklin…” Pero Franklin dijo, “Si es por ti, nada es sacrificio. Regresemos a tu casa, que se hace tarde.” Rachel dijo, “Tienes razón, volvamos.”

     Con ese detalle, Rachel se dio cuenta del secreto afecto que Franklin se profesaba, y que a la larga sería correspondido. Pero otra mujer había posado sus ojos en Franklin. Rosanna, la institutriz, pensaba, “¡Oh, señorito Franklin!¡Si tan solo pudiera decirle lo que guarda mi corazón para usted!” Obligada por las costumbres, Rosanna no podía revelar a nadie sus sentimientos, y pensaba, “¡Yo le daría más amor que la señorita Rachel!” La actitud de Rosanna no pasaba desapercibida para el resto de la servidumbre. El mayordomo mayor y la ama de llaves dialogaban. “¡Cada día está más rara ésta niña!” Ella dijo, “¿Será que la atormenta su pasado?”
     En efecto, era un secreto a voces que Rosanna había sido en niñez una landronzuéla, y que Lady Verinder la recogió y la educo como una obra de caridad. Así, la conducta reciente de Rosanna era explicable para algunos, y explicable para otros más. Dos institutrices jóvenes la veían y decían entre ellas, “¡Rosanna está llorando en su cuarto!” “¡Déjala! ¿Qué nos importa a nosotros?” Rosanna pensó, “¡Eso es, déjenme sola! Nunca sabrán la razón de mi llanto. ¡Señorito Franklin, qué no daría porque usted me amára!”

     Los días pasaron, y el cumpleaños de Rachel estaba cada vez más próximo. Rachel dijo, “Mañana será mi fiesta. ¿Qué vas a regalarme, Franklin?” Franklin dijo, “Es una sorpresa. Hasta mañana sabrás lo que es.” Rachel dijo, “¡No seas malo! Dime qué me darás.” Franklin dijo, “No seas curiosa, eso es muy feo en una chica como tú. Mejor deja que vea tu cuadro.” Ella dijo, “Míralo. ¿Qué te parece?” Franklin dijo, aburrido, “¡Qué lindo!¡A-Ahum!” Mientras veía su propio cuadro, Rachel dijo, “Franklin, tengo que hablar contigo seriamente. Sé que sufres de insomnio desde que dejaste de fumar.” Franklin dijo, “Será algo pasajero. No te preocupes.” Rachel dijo, “¿Tanto represento para ti?” Franklin dijo, “Si, no hay nada que no haría por ti.” Franklin no pudo soportar tener tan cerca a su amada, y olvidando la recia moral de su época, posó sus labios sobre los de Rachel. En eso se escuchó un ruido. CRASH. Rachel dijo, “¿Qué pasa?” La institutriz había tirado la vajilla, y dijo, “Disculpe, señorita. Me tropecé y se me cayó la vajilla de plata para su fiesta. No volverá a suceder.” Rachel dijo, “Descuida Rosanna.” Mientras recogía la vajilla, Rosanna lloraba, y pensó, “¡Lo vi todo! El señor٩to jamás me amará. ¡Qué desdichada me siento!”

     Por fin llegó el 2, día del cumpleaños de Rachel. La tía estaba bien complacida, y dijo a los novios, “La fiesta será ésta noche. ¡Vamos, pónganse sus mejores galas!” Rachel dijo, “¿Ya me darás mi sorpresa, Franklin?” Franklin le dijo, “Me permití ponerla en tu tocador. Sube a tu cuarto y la hallarás.” Rachel dijo, “¡Gracias!” Poco después, los invitados a la fiesta empezaron a llegar. A continuación, la tía procedió con las presentaciones. “Franklin, te presento a Godfrey Ablewhite, un buen amigo de la familia.” Franklin dijo, “Encantado.” Aunque Franklin lo desconocía, Godfrey, tiempo atrás, había sido pretendiente de Rachel.  Godfrey dijo, “Estoy seguro que seremos excelentes amigos.” Lady Verinder dejó a los dos jóvenes, y Godfrey hizo gala de indiscreción. “Supe que John Herncastle te hizo su albacea. ¿Te dejó a ti la Piedra Lunar?” Franklin dijo, “Espera un poco; Yo no soy dueño del diamante, pero pronto sabrás a quien lo heredó mi tío.”
     Un poco después, Rachel bajó de su cuarto, luciendo en su pecho un broche que tenía engarzada la Piedra Maldita. Franklin pensó, “¡Qué linda se ve Rachel!” Godfrey se inclinó y besó la mano de Rachel, diciendo, “Feliz cumpleaños, Rachel. Tu belleza opaca el diamante de tu broche.” Rachel dijo, “¡Oh, Godfrey, tú siempre tan galante!” Todos los presentes quedaron deslumbrados ante la joya, a excepción de Lady Verinder, quien dijo, “Franklin, quiero hablar contigo en privado.” Franklin dijo, “Co-Como gustes, tía.” Ambos se dirigieron al estudio de la casa, entonces Lady Verinder dijo, “¿Qué broma es ésta, Franklin? ¿Por qué le diste ese diamante a Rachel?” Franklin dijo, “Solo cumplo las ordenes de nuestro tío…” Lady Verinder dijo, “Sé que actúas de buena fe, y quizá no lo sepas, pero esa gema causo que mi padre, Jack Verinder, rompiera con nuestro tío.” Franklin dijo, “Ahora ambos están muertos. No tiene caso recordar viejas rencillas.” Lady Verinder dijo, “Perdona mi actitud, creo que me sobresalté demasiado. Volvamos a la fiesta.” Franklin dijo, “Bueno.”
     Al llegar la dama al salón principal, el mayordomo le dijo, “Señora, en la puerta están unos malabaristas hindúes que piden su venia para actuar para usted y sus invitados.” Rachel dijo, “¡Quiero verlos, mamá!¡Deja que entren!” Así, los malabaristas entraron, e hicieron su presentación. Rachel dijo, “Madre, son fantásticos estos artistas.” Lady Verinder dijo, “Me alegro que te gusten, hija.” Momentos después, un grito interrumpió la actuación. “¡ALTO, ESTOS HOMBRES SON UNOS FARSANTES!”
     Uno de los caballeros presentes, había hecho la advertencia. Lady Verinder dijo, “¿Por qué lo dice, señor ?” El señor Murthwaithe dijo, “¡Yo sé la historia de la Piedra Lunar, y también que estos son los sacerdotes que quieren recuperarla!” Lady Verinder dijo, “Si es así, ¡Váyanse de mi casa, impostores, o llamo a la policía!” Uno de los sacerdotes dijo, “Está bien, pero vimos la joya, y le advierto que vendremos por ella.” La amenaza impactó a Franklin, quien pensó, “¿En qué peligro puse a Rachel? ¡No debí aceptar el cargo de albacea!” Cuando los malabaristas se fueron, Lady Verinder dijo, “Olviden este penosos incidente, amigos. ¡Que siga la fiesta!” La fiesta llegó a su fin más allá de la media noche. Un caballero se despidió, “Buenas noches, Lady Verinder, fue una fiesta maravillosa.”
Cuando llegó el turno de despedirse de Godfrey, Lady Verinder dijo, “Godfrey, es peligrosos que regreses tan tarde a tu casa en Londres. ¿Quieres pasar la noche aquí?” Godfrey dijo, “¡Oh, si! ¡Gracias, señora!” Lady Verinder dijo, “Ocuparás la habitación contigua a la de Franklin. Pero debo advertirte que tiene el sueño muy tranquilo.” Godfrey dijo, “¿Ah, sí? ¿Por qué?” Franklin dijo, “Hace poco dejé de fumar, y aún no me acostumbro a la falta de tabaco.” Godfrey dijo, “Creo que puedo ayudarte. Tuve un problema similar, y un doctor me dio ésta medicina. Pon un par de gotas en un vaso, y bébelo antes de acostarte. Dormirás como un bebe.” Franklin dijo, “¡Gracias!”

    
     Todos se retiraron a sus cuartos, pero Lady Verinder quiso ver a su hija ante de acostarse; entró a su cuarto y dijo, “Rachel, deberías poner tu broche en la caja fuerte.” Rachel se estaba arreglando frente al espejo, para prepararse antes de dormir, y le dijo, “¡No te preocupes, mamá! Nadie entrará en la casa, además, quiero dormir cerca de la Piedra Lunar.” Lady Verinder dijo, “Como tú gustes; solo recuerda que yo te lo advertí. No te quejes si te roban tu broche.”  La casa quedó en silencio. El sueño atrapó a quienes se albergaban en ella. Sin embargo, unos pies cruzaron el corredor que llevaba a la habitación de Rachel. La casa quedó en silencio. El sueño atrapó a quienes se albergaban en ella. Sin embargo, unos pies cruzaron el corredor que llevaba a la habitación de Rachel. A tientas, una mano encontró el lugar en que se hallaba la Piedra Lunar. Con el mismo sigilo con que entró al cuarto de la joven, el intruso salió sin hacer ruido. En el corredor, su cómplice, lo esperaba ansiosamente. El hombre que la recibiría, dijo, “¿Traes la piedra?” El otro hombre dijo, “Sí, ponla en un lugar seguro.” El hombre que la recibió, dijo, “No te preocupes. Ya verás que todo estará muy bien.” Después que la revisó, el hombre dijo, “En verdad que es muy bella esta joya.”

     Al otro día, Lady Verinder enfrentaba a Godfrey, “Me decepcionas Godfrey. ¡Y pensar que llegué a considerarte un buen partido para mi hija! Tus deudas de juego son tan grandes que tus acreedores vieron aquí a buscarte. ¡Vete de mi casa, y no vuelvas hasta que tu vida sea honrada!” Godfrey se despidió, “¡Adiós, Franklin! No hace falta que te de explicaciones, lo oíste todo.” A continuación, Franklin se sentó a desayunar, y cuando estaba a punto de terminar sus alimentos, escuchó un grito, “¡Mamá!” Franklin dijo, “¡Es Rachel, algo le sucede!” Sin tardanza, Lady Verinder y Franklin llegaron hasta la joven, quien dijo con lágrimas, “¡Mi broche, alguien robó mi broche!” Lady Verinder le dijo, “Te lo advertí, Rachel. He ahí las consecuencias de tu obstinación.”
     Franklin se acercó a consolarla, y le dijo, “¿Ya buscaste bien entre tus cosas?” Rachel dijo, “Sí, y mi diamante no está en ningún lado. ¡Se lo han robado!” Franklin dijo, “No te preocupes Rachel, me comprometo a hallar al culpable.” Rachel le dijo, “¡Qué feliz me harás si lo logras!” Al salir del cuarto, Franklin descubrió una pista. Franklin dijo, “Rachel, el ladrón rozó tu cuadro aún fresco. Revisemos la ropa de todos. El culpable puede estar aquí.”

    Mientras tanto, Rossana divagaba cercas del mar, pensando, “El señorito no me ama; mi vida no tiene sentido. ¡Ojalá que con la muerte, mi alma encuentra la paz que tanto ansía!” La mujer amarraba una cadena a un árbol, y el otro extremo de la cadena se perdía enterrado en la arena cercana a la playa. Rosanna pensó, “Solo espero que el señorito me recuerde con un poco de cariño.” La mujer se amarró a la cadena, y avanzó hacia el mar. El agua estaba fría como el toque de la muerte, pero Rosanna no se detuvo. Avanzó sin temor hacia el fondo del mar, que fue su gigantesca tumba. Pero solo quedó una cadena atada a un extremo de un árbol, con el otro enterrado en la arena, como mudo testigo del último capítulo en la vida de aquella desdichada joven.

     En casa de Lady Verinder, las pesquisas continuaban. Tras revisar la mayoría de los cuartos, Lady Verinder dijo, “Solo nos falta revisar el cuarto de Rosanna.” Después de entrar y revisar, Franklin encontró algo en la cama, y dijo, “Rosanna no está, pero me dejó una nota.” Lady Verinder dijo, “¿Qué dice, Franklin?” Tras leer la nota, el joven palideció, y dijo, “¡D-Dios! No es posible. Dice que se suicidó.” Franklin agregó, “¡S-Se suicidó por mi culpa, y me pide que vaya a la playa! Iré inmediatamente.” Rachel dijo, “Esto debe ser una broma de Rosanna. ¡N-No lo puedo creer!” Franklin llegó hasta el lugar que indicaba la nota, y encontró una cadena amarrada a un árbol. Franklin pensó, “¡Una cadena! ¿Qué secreto ocultará? ¡No veo a Rosanna por ningún lado!” Franklin hincó sus dedos en la arena, hasta que desenterró una caja atada a la cadena. Arriba de la caja Franklin encontró algo, “¡Otra nota!” Rápidamente, Franklin desdobló el papel y lo leyó intrigado. “Señorito. A pesar de que nuestras almas son afines, sé que usted jamás me amará, por eso busqué la muerte. Nunca lo olvidaré. Rosanna.” Franklin pensó, al tiempo que abrió la caja, “¿Almas afines? ¿Qué quiso decir?” El pasmo de Franklin no tuvo limites al ver el contenido de la caja. Franklin exclamó, “¡Mi ropa de dormir, manchada de pintura!¡Pe-Pero si yo no robé la joya!” Con un sentimiento mezcla de horror e intriga, Franklin arrojó la caja al mar, diciendo, “¡No! ¡Yo no soy un ladrón!” De inmediato volvió a la casa de su tía asaltado por la duda. “Yo nunca he sido sonámbulo, así que no puedo ser el culpable…¡Hallaré al ladrón cueste lo que cueste!”

Al cabo de un par de minutos Franklin regresó a la casa y Rachel dijo, “No hallamos nada en el cuarto de Rosana.” Franklin dijo, “Ella no robó la joya, estoy seguro. Iré a Londres. El ladrón la debe haber llevado ahí para venderla.” Lady Verinder dijo, “¡Que dios te ayude, hijo!” Esa misma noche Franklin Blake llegó a la capital de Inglaterra, pensando, “Hoy no podré hacer nada, ya es muy tarde. Mañana empezaré mi búsqueda.” Al otro día, Blake puso manos a la obra, y pensó, “Visitaré a joyeros y prestamistas, quizás alguno me de una pista que me indique el paradero de la Piedra Lunar.” Pero el empeño del joven no fue fructífero. Las respuestas fueron las mismas, “No, no sé nada. Lo siento.” “Nadie me ha ofrecido tal joya.” El día trascurrió, y Franklin empezó a perder la esperanza, y pensó, “Solo me quedan dos hombres por visitar. Espero que los anteriores hayan sido sinceros conmigo.” Entonces Franklin llegó con un prestamista y le dijo, “¿Alguien le ofreció un diamante del tamaño del huevo de un ganso, señor Septimus Luker?” La alegría de Blake no pudo ser mayor, al oír la respuesta del prestamista. “Ayer, un caballero barbado me trajo una gema como la que usted describe. Le presté cinco mil libras por ella como garantía.” Franklin dijo, “¿Tiene usted la joya? ¿Puedo verla?” Luker dijo, “Lo siento pero la metí al banco, y la sacaré hasta mañana. Oiga, ¿Qué interés tiene usted en ese diamante?” Franklin le dijo, “Esa gema es robada e intento recuperarla. Apreciaré toda la ayuda que usted me brinde.” Luker dijo, “Se la daré. Vaya mañana al mediodía al banco que le indíco. ¡Ahí atrapará al ladrón con las manos en la masa!” Concluida su entrevista con Luker, Franklin visitó al abogado Matthew Bruff, quien era su mejor amigo. “…y esa es la historia, Matt. Quiero que seas testigo cuando me encare con el truhán.” El abogado dijo, “Lo haré con gusto.” A continuación, el abogado agregó, “Para mayor fuerza de nuestro testimonio, nos acompañará mi secretario aquí presente. ¿Estás de acuerdo, Jerry?” Tras una pausa, Matt, el abogado dijo, “Franklin, ¿No tienes idea de quién es el hombre barbado del que me hablas?” Franklin dijo, “No, no me imagino quien es.” Matt dijo, mientras acompañaba a Franklin a la puerta, “Ni modo. Iremos a la buena de Dios; ojalá tengamos suerte.” Franklin dijo, “Bueno Matt, hasta mañana. Apreciaré tu puntualidad.”

Al día siguiente, Jerry Robinson, el asistente de Bruff, fue el primeo en llegar al banco, pensando, “¿Dónde estará el señor Bruff?” Enseguida, Jerry observo la llegada de un hombre, y pensó, “Según las señas que me dieron, ese debe ser Luker, el prestamista.” Luker entró al banco, y se dirigió a la caja principal. Discretamente Jerry observó todos sus movimientos. Al notar que portaba algo, Jerry pensó, “¡En esa caja debe estar el diamante!” En eso, hizo su aparición el sospechoso hombre barbado. Jarry pensó, “¡Ya llegó!¡Cielos! Y el señor Bruff no aparece.” El prestamista y su cliente hablaron en voz baja. El hombre barbado dijo, “Hallará su dinero en donde acordamos. ¡Déme la caja!” El prestamista dijo, “To-Tome.” Luker, aunque acostumbrado a tratar con ladrones, se alegró de haber terminado su trato con aquel hombre, quien se retiró con la caja. Jerry Robinson se echó a correr, tras el presunto ladrón de la Piedra Lunar, no sin antes amenazar gravemente al prestamista, diciendo, “¡Lo ví todo!¡Usted es el comprador del ladrón! ¡Irá a juicio, Luker!” Ya en la calle, Robinson advirtió que el sospechoso abordaba un carruaje de alquiler, pensando, “¡Rayos!¡No puedo permitir que escape!” Jerry trepó al carruaje, sin hacer el menor ruido, mientras pensaba, “Solo espero que el cochero y el ladrón, no se hayan dado cuenta de que estoy aquí.” Al doblar la esquina, un peatón reparó en el pasajero adicional. Eran el abogado Bruff y Baker, quien dijo, “¿Ya viste el joven que va ahí subido?” El abogado Bruff dijo, “¡Era Jerry!” Baker dijo, “¡Pero si se suponía que estaría en el banco!” El abogado dijo, “¡Vamos al banco!¡Seguro que allí hallaremos varias sorpresas!” Los amigos llegaron justo a tiempo, e inmediatamente el abogado dijo a Luker, “¿Dónde está la joya, Luker?” Luker le dijo, “Yo…este…ya no la tengo.” Baker dijo, “¡Vamos a la estación de policía! Usted tiene muchas cosas que explicar.” Mientras el carruaje se perdía entre las calles de Londres, Jerry iba aun encaramado en el carruaje, pensando, “¿Hacia dónde irá éste tipo?” En ese momento, el carruaje se detuvo, y Robinson corrió a esconderse. Dentro del carruaje se escuchó una voz, “Aquí me bajo. Gracias.” El hombre barbado siguió caminando, sin darse cuenta de su perseguidor. Jerry pensó, “El aire se siente pesado…estamos cercas del muelle.” Jerry no se equivocó. El extraño se dirigió hacia un barco de pasajeros.

Mientras tanto, en la estación de policía, un general jefe de policía interrogaba a Luker, “¡No quiera hacerse el inocente conmigo, Luker!¡No es la primera vez que trato con ladrones!” Luker dijo, “¡No sé nada, se lo juro!” Luker agregó, “Solo puedo decirles que ese hombre me pidió 5 mil libras, dejando el diamante en garantía de su pago, con la promesa de devolverme el dinero al día siguiente.” El inspector dijo, “¿Lo amenazó?” Luker dijo, “No, pero había algo en sus ojos maléficos que me obligo a darle el dinero. Temí por mi vida e hice lo que me ordenó.” El capitán de policía llevo aparte a los acusadores de Luker, donde éste no los oyera, y Baker dijo, “El tipo está aterrado. Si dicen que un amigo suyo anda tras el sospechoso, creo que lo más prudente es esperarlo. Mientras tanto, en el muelle, el hombre barbado hablaba con un marinero, diciendo, “Tengo un boleto para ir a Holanda en este barco. ¿Puedo pasar la noche en mi camarote?” El marinero le dijo, “Lo siento, es imposible. Las reglas de la compañía lo impiden.” El hombre de barba dijo, “Como diga. Hasta mañana, amigo.” El marinero le dijo, “Espero que halle un lugar donde dormir, esta noche.”

Los minutos pasaron, y tras vigilarlo, Jerry empezó a desesperarse. El hombre barbado, pensaba, “¡Qué contrariedad! Iré a comer y luego buscaré un hotel.” Las sombras envolvieron las callejuelas de Londres. El joven Robinson, picado más por la curiosidad que por la lealtad de su jefe, no se separó del extraño. De pronto, Jerry volteó, y pensó, “Ese un hombre nos sigue desde hace un par de calles. ¡Esto se complica!” En la cuadra siguiente el barbado se introdujo a un restaurante. Jerry pensó, “¡Qué bueno! Tengo un poco de hambre…” Desde su asiento, Jerry no perdió de vista al sospechoso, y dijo al mesero, “Tráigame salchichas, medio pato asado, pepinos, pastel y café.” Mientras comía, Jerry pensó, “Cuando menos, parece que nos perdió de vista el hombre vestido de mecánico que nos seguía.” Tras su breve estancia en el restaurante, Jerry reanudó su persecución, que lo llevó a un hotel de mala muerte. Jerry observó el nombre del hotel y pensó, “’La Rueda de la Fortuna’ ¡Qué nombre tan irónico para éste hotelúcho!” El hombre barbado se presentó en el mostrador y dijo, “Quiero un cuarto.” El hotelero le dijo, “Le daré la habitación número 10, en el segundo piso.” Jerry esperó a que el hombre subiera a su cuarto, y cuando se disponía a volver con su patrón, notó la presencia de un hombre, y pensó, “¡El mecánico dio con nosotros! ¡Mejor me apúro para llegar con el señor Bruff!”

Mientras tanto, en Yorkshire, Rachel pensaba en su cuarto, “¡Oh, Franklin!¡Cómo te extráño!” En eso, la hija del finado Lord Verinder, reparó en un detalle que no había visto antes en el cuarto, y pensó, “¿‘Laudanum’?¿Qué será esto?” Momentos después Rachel bajó con su madre, que tenía como invitado al doctor John Candy, un renombrado químico, diciendo, “Mira mamá, Franklin dejó ésta botellita. ¿Es medicina?” El químico intervino con una extraña revelación. “El Laudanum es un poderoso analgésico, aunque tiene otros úsos no terapéuticos…” Entonces Rachel tuvo una duda, y pensó “¿Para qué se usaba, Franklin?”

Mientras tanto, en Londres una acción violenta estaba a punto de ocurrir. El hombre con el overol de mecánico dialogaba con dos hombres de turbante hindú, “¡Lo ví, hermanos! ¡Hoy no fallaremos!” Uno de los hombres con turbante dijo, “¡No podemos cometer más errores!” El otro hombre dijo, “¡Es ahora o nunca!” Los misteriosos varones pusieron manos a la obra, usando una vieja escalera, subieron al techo, del hotel, “La Rueda de la Fortuna” El sueño del hombre barbado fue interrumpido de modo inesperado. El tragaluz del techo se desquebrajó, y uno de los hombres de turbante irrumpió desde ahí, diciendo, “¡Ah infiel!¡Por fin estas en nuestras manos!” El hombre barbado despertó, y dijo, “¿Qué pasa?” Ya había tres hombres de turbante en el cuarto, y uno de ellos tomó al hombre barbado de la ropa y dijo, “¡La piedra! ¿Dónde está?” El hombre barbado dijo, “¿De qué hablan?” El hombre del turbante gritó, “¡Mientes!¡Hermanos, la Piedra Lunar debe estar en este cuarto!” Enseguida dijo, “¡Revisen todo, mientras yo elimíno a este infame!” La vida escapó del ladrón, ahogado por la presión de una almohada, mientras otro hombre dijo, “¡Es inútil, ya quitamos todo de su lugar, y no hallamos la gema!” El hombre que le había quitado la vida al inquilino dijo, “¡De seguro éste infeliz la tiene entre sus ropas!” Otro de los hombres dijo, “Apúrense, oigo que alguien se acerca.” Así, mientras el hombre revisaba las ropas del fallecido, exclamó, “¡La Piedra Lunar!” Otro hombre dijo, “¡Huyamos!” Y mientras los tres trepaban para escapar, alguien llamaba a la puerta, gritando, “¿Qué pasa? ¿Por qué hace tal escándalo?¡Ábra!” Mientras tanto, en la oficina del abogado, Robinson llegaba, diciendo, “¡Señor Bruff, traigo noticias!” El abogado le dijo, “¡Jerry! ¿Dónde te habías metido?” Robinson contó su historia apresuradamente, diciendo, “¡Eso es todo lo que tengo que decirles! ¡Vamos al hotel, antes de que el ladrón huya!” El abogado Bruff dijo, “¡Buen trabajo, Jerry! ¡Lo atraparemos!” Al poco rato, en el hotel, el propietario explicaba, “En efecto, un hombre barbado tomó la habitación 10. Por cierto, que se encerró con llave, y empezó a hacer mucho ruido. Cuando por fin se calló, no respondió a mis llamados. No hice más intentos por llamar su atención, pues no es el primer tipo raro que llega al hotel.” Franklin dijo, “Llévenos al cuarto. Ese hombre es un ladrón.” El propietario del hotel dijo, “No lo dúdo. Síganme, por favor.” En el segundo piso, el propietario intentó sin éxito abrir, diciendo, “Como les dije, se encerró con llave,” Entonces Franklin dijo, “Déjeme intentar abrir la puerta.” Tras un par de intentos frustrados, Franklin por fin logró abrir la puerta, con un fuerte empujón. El propietario dijo, “¡Todo está resuelto!”

Al entrar, vieron al hombre yacer en la cama. Franklin dijo, “Aquí está el ladrón…¡muerto!” El abogado Bruff dijo, “Oye, su cabello y su barba parecen falsos…” Franklin se dispuso a quitarle el disfráz, diciendo, “¡Ahora mismo sabremos quién robó el diamante!” Tras remover el disfraz, Franklin exclamó, “¡Godfrey Ablewhite!” Tras unos segundos de emoción, Franklin dijo, “Llamemos la forense. No podemos hacer más que rogar a Dios por su alma.” El abogado Bruff dijo a Jerry, “Robinson, tuviste muchas emociones por hoy. ¿Qué tal si te vas a descansar?” Jerry dijo, “Perfecto señor. ¡Buenas noches!” Enseguida, Bruff dijo, “Franklin, te conozco. Por tu expresión, sé que aún hay algo que te inquieta.” Franklin dijo, “Tienes razón. Vayamos a tu despacho, ahí hablaremos con tranquilidad.”

Así, un poco más tarde, Franklin explicaba, “Una pieza del rompecabezas no termina por estar en su lugar; yo mismo descubrí evidencias que me señalan como el ladrón.” Bruff dijo, “¿Cómo es eso?” Franklin continuó, “El ladrón rozó su ropa de dormir contra un cuadro que había en la habitación donde estaba la joya en el momento del hurto. ¡Descubrí mi ropa manchada!” Bruff exclamó, “¡Hum!” Y agregó, “Quizás la clave del misterio se halle en Yorkshire. ¡Vayamos allá!” Franklin dijo, “De acuerdo.” Al día siguiente, los dos amigos partieron hacia la casa de Lady Verinder, en un carruaje. Esa misma tarde fueron recibidos en la mansión. Tras recibirlos, Rachel dijo, “¡John, leí todo en el periódico! ¡Cómo lamento la muerte de Godfrey, y descubrir su poca honestidad! También mencionan algo del prestamista Luker.” Franklin dijo, “Rachel, tengo que decirte algo más. Pero primero deja que te presente a mi amigo, Matthew Bruff.” Al abogado besó su mano, y Rachel dijo, “Encantada.” Enseguida, Franklin se dirigió a Rachel y le dijo, “Siéntate. Nada de lo que te diré es agradable.” Rachel dijo, “Habla, por favor. ¡No me dejes así!” Los tres se sentaron, y Franklin comenzó, “Primero, te hablaré de la suerte del prestamista Luker. Fue arrestado, y se le procesará por comerciar con artículos robados. En cuanto a la Piedra Lunar…volvió a ser robada. Lo siento, Rachel, no pude recuperarla.” Rachel dijo, “No te preocupes.” Franklin dijo, “Todo esto empezó por una terrible broma póstuma del tío abuelo Herncastle. La joya está lejos, y su mala influencia ya no nos tocará.” Franklin se levantó del sofá, y dijo, “La última revelación es la más terrible que pueda concebir…” Rachel dijo, “No te detengas. ¿Qué puede ser tan malo?” Franklin dijo, “Yo, Rachel…¡Yo robé la joya! Aún no sé cómo, pero…¡Yo fui el ladrón!” Franklin le había dado la espalda. Rachel se acercó, y poniendo su mano en su hombro, dijo, “Querido, no te juzgues tan duramente…” Bruff se acercó también y dijo, tomándolo de los brazos, “Cálmate, Franklin. Venimos aquí, precisamente para comprobar tu inocencia.” En eso Franklin reparó en un frasco que estaba en la sala, y dijo, “¿Qué hace aquí esa botella?” Rachel tomó la botellita y dijo, “Es tu medicina. Anoche la hallé en el cuarto que ocupaste durante tu estancia aquí.” Franklin dijo, “No es mía. Godfrey me la dio parea ayudarme a dormir bien, la noche del robo.” Entonces Rachel dijo, “¡Eso lo explica todo!” Franklin dijo, “N…No entiendo.” Ante la mirada atónita de Bruff y Franklin, el rostro de Rachel se iluminó, y dijo, “¡Vaya! ¡La respuesta siempre estuvo entre nosotros!” Tras una pausa, Rachel dijo, “Franklin, ahora será tú el que se siente. Te daré la explicación del enigma.” Rachel continuó, “Un medico me dijo que esta medicina hace muy influenciable a quien la toma. Sin duda, Godfrey te indujo a robar la joya, para pagar sus deudas de juego.” Franklin le dijo, “No sabes cuanto me alegra saber que soy inocente.” Rachel dijo, “Yo nunca dudé de ti.” Franklin dijo, “Matt, tengo que hablar con Rachel. ¿Te molestaría dejarnos uh momento a solas?” Bruff dijo, “En absoluto. Con tu permiso, Rachel.” Cuando Matt los dejó solos, Franklin dijo, “Rachel, ahora que todo esta en orden, quiero pedirte que seas mi esposa, ¿Aceptas?” Rachel dijo, “Sí, Franklin. ¡Sí!” Los jóvenes sellaron su amor con un beso. Ya no tendría razón para recordar la maldición de la Piedra Lunar. A partir de ese momento, sus vidas estarían llenas de felicidad.

Y en el corredor, Lady Verinder dialogaba, “Buenas tardes. ¿Usted es Matthew Bruff, amigo de Franklin, ¿Verdad?” Bruff dijo, “A sus pies, señora. Tengo el gusto de informarle, que el asunto de la joya está aclarado.” Lady Verinder dijo, “¿Recuperaron el diamante?” Matt dijo, “No, señora. Pero no dudo que ya está en camino a la India, de donde nunca debió salir.” La predicción de Bruff fue acertada. Un par de semanas después, el ídolo volvía a lucir aquella joya maldita: La bellísima y valiosa Piedra Lunar, que tantas tristezas causára en su paso por Europa…                        

Tomado de, Novelas Inmortales, Año XIII. No. 652, 16 de mayo de 1990. Adaptación Remy Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.