Club de Pensadores Universales

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viernes, 4 de noviembre de 2016

En Las Minas de Falum de E.T.A. Hoffman.


En Las Minas de Falum
E.T.A. Hoffman.
    Aquella hermosa mañana de julio, a fines del siglo 18, los habitantes de Gotaborg, Suecia, acudían al muelle de Masthugget. Ansiosos esperaban el arribo de los tripulantes de un barco que regresaba de una travesía por las Indias Orientales.  Los cañones del puerto saludaban con gran estruendo a los recién llegados. Sus ecos se perdían en la inmensidad del mar. Los dueños de la compañía naviera, con rostros de satisfacción, se acercaban entre la gente, que les saludaba amablemente, pues gracias a ellos el comercio de Gotaborg florecía. Entre los marineros que desembarcaban, se encontraba Elis Frobom. Uno de los marineros le decía, “¡Tranquilízate Elis! Pronto la tendrás entre tus brazos.”
     Todos rieron. Mientras iban en el bote, sus ojos recorrían ansioso a la muchedumbre. Elis pensó, “¡No la veo!¿Porqué no habrá venido a recibirme? Tal vez me espere en casa. Ya imagino su cara de felicidad cuando sepa que podre quedarme con ella por mucho tiempo.” Su corazón latía repetidas veces con ansiedad mal contenida. Mientras tocaba la puerta, pensó, “¡Qué felicidad tenerte de nuevo entre mis brazos!” Cuando la puerta se abrió, la sonrisa de Elis desapareció. Una anciana le dijo, “¿Qué quieres?” Elis titubeó, “Y-yo, di-disculpe, s-soy Elis Frobrom, vengo a ver a mi madre y…” la anciana dijo, “¡Bah!¡Qué fastidio! Tu madre murió hace tres meses. Ahora yo soy la nueva inquilina.” Elis dijo, “¡N-no puede ser!” La mujer dijo, “Pasa al ayuntamiento, ahí te darán las cosas que dejó.” Elis dijo, “¿Mi madre muerta?” La mujer dijo, “Sí, ¡Vete y deja de molestar!”
     La mujer cerró la puerta, y Elis dejó escapar una lagrima, pensando, “¡Oh, madre!¿Porqué ahora que podía acompañarte y darte comodidades?” De pronto Elis se sintió muy solo, y un frio intenso recorrió todo su cuerpo. Pensó, “¡Oh, madre!¡Cuanto has de haber sufrido!” Un complejo de culpa oprimía su corazón, y un dolor le atenazaba la garganta impidiéndole casi respirar. Elis se llevó la mano al corazón, diciendo, “¡No puedo creerlo!¡No!” En su deambular, se topó con los marineros que celebraban el Honsning. Fiestas que celebran las marinerías. La alegría contrastaba con la tristeza del joven, quien como autómata se dejaba conducir. Varios cantaban diciendo, “♫Todos beberemos y bailaremos, hasta que el sol vuelva a salir…♪” Enseguida, el festejo dio inicio. La cerveza corría a torrentes. “¡Salud!” “Ja, Ja, Ja!” Solo Elis permanecía ausente a todo cuanto le rodeaba. Entonces, dos marineros se acercaron a él, “¡Elis Frobom!¡La tristeza no cabe en este lugar!” Otro marinero le dijo, “¡Anda hombre, vamos a divertirnos! Si no disfrutas del Honsning, más vale que no vuelvas al barco, pues nunca serás un marinero completo.” Otro marinero le dijo, poniendo su mano en su hombro, y dándole un tarro de cerveza, “No niego que eres valiente, pero…no sabes beber, y a tacaño nadie te gana. Prefieres guardar un ducado en el bolsillo, que gastarlo con la gente de la tierra.” El otro marinero le dijo, “¡Anda!¡Bébelo de un trago!” Elis tomó el tarro de cerveza y engulló de un solo intento. El marinero, junto con su dama dijo, “¡Que buena garganta tienes!” Entonces, Elis se enojó, y tomando al marinero por su ropa le dijo, “¡Se beber como cualquiera de ustedes! Y ahora, ¡Lárguense!¡Que lo que me pasa no les importa!” El marinero dijo, “Vaya, vaya, eres de Nerica. Todos ahí son melancólicos, no le tienen amor a la vida del mar…” Enseguida, el marinero dijo en tono pícaro, “Te mandaré a alguien que te haga abandonar ese maldito banco al que los malos espíritus te tienen atado.”
     Poco después, una hermosa dama llegaba con Elis, diciendo, “Dime, ¿No te da gusto haber regresado sano y salvo, después de todos los peligros que sortearon?” La chica pronunció las palabras con tal ternura que hizo reaccionar a Elis, quien la vio como despertando de un sueño, diciendo, “¿Eh?” Él le dijo, “¡Ay!¡He perdido mi alegría!¿Cómo puedo unirme y tomar parte de la algarabía de mis compañeros? Anda, déjame aquí, solo serviría pare entristecerte…pero, espera…” Elis alargó su mano ofreciendo unas monedas con billetes, diciendo, “Toma esto para que te acuerdes de mi, cuando ya esté en el mar.” Ella dejo escapar unas lagrimas diciendo, “Guarda tu dinero solo me quedo con tu pañuelo que usaré en recuerdo tuyo. ¡Ten por seguro que si vuelves, no me encontraras aquí!” La chica no volvió a la posada. Avergonzada, se alejó seguida por la mirada de Elis. Entonces Elis dijo, “¿Por qué no me habrá tragado el mar?¡No hay nada en el mundo que me pueda dar alegría!” Un enigmático hombre hizo su aparición, diciendo, “Muy grande ha de ser tu pena, para que siendo tan joven, aborrezcas la vida, clamando por la muerte.” Elis, enjugado en lagrimas, dijo, “¿He?” Elis, al advertir la presencia de aquel hombre, sintió que en medio de su soledad, surgía una figura amiga y consoladora.
     Momentos después, el joven con gran dolor le narró su vida. “Mi niñez transcurrió feliz, al lado de mis padres y dos hermanos. Mi padre era piloto de un barco, y cierto día, se desató una tormenta. Luchó desesperado por controlar la nave que parecía juguete de las grandes olas. Pero la fatalidad intervino, y…mi hermana y yo nadamos a prisa, para que el hundimiento del barco no nos jalara. Mi padre nunca salió del barco. Así pereció mi padre y yo escapé milagrosamente. Años más tarde, mis hermanos se enrolaron en el ejército. Mis hermanos perecieron en campaña, y yo quedé como único sostén de mi madre.” El joven prosiguió su relato. “Desde niño, mi destino fue ser marino, y con lo que ganaba en mis viajes a la India, sostenía a mi ancana madre. En este viaje, además del sueldo, nos dieron una jugosa recompensa. Feliz y con los bolsillos repletos de ducados, llegue a buscarla. Pero ha fallecido, y estoy con el corazón destrozado. Ahora soy como una roca aislada, sin mínimo consuelo. Me horroriza el pensar que murió sola, sin cuidados…¿Por qué no me quedé a cuidarla y a amarla?” El hombre intervino, diciendo, “Calma.”
     Tras una pausa, el hombre agregó, “Cuando vuelvas al mar, olvidarás tu pena en poco tiempo. Los viejos tienen que morir, no hay otro remedio. Tú mismo reconoces que tu madre ya estaba vieja y achacosa.” Elis dijo, “¡Ay! Lo que me hace aborrecer el mundo es que nadie cree en mi dolor…No volveré a embarcarme. Me asquea la vida del mar. Fui feliz, y me emociona ver un barco con las velas desplegadas, deslizarse sobre las olas. Ansiaba regresar de mis viajes, porque mi madre me aguardaba, ansiosa y emocionada abría los regalos que le traía. Después de entregarle el dinero de mis ganancias, íbamos a tomar parte en la fiesta, se sentía muy orgullosa de mí, cuando bailaba conmigo. Por la noche me sentaba a su lado y le platicaba lo ocurrido en el viaje, y ella me escuchaba atenta, pero ahora…¿Quién me dará esa alegría? No, no volveré a embarcarme. ¿Cómo voy a encontrar satisfacción en un trabajo que ahora me es un verdadero suplicio?”
     El hombre dijo, “Te he escuchado, joven Frobrom. Y noto que eres de sentimientos nobles. Abandona el mar…Eres joven y fuerte. Sigue mi consejo, ve a Falum y hazte minero. Se que pronto prosperarás. Tienes dinero, compra acciones.” Elis le dijo, “¿Qué dice?¿Me Aconseja que abandone la luz del día, para meterme bajo la tierra?¿Quiere que haga un trabajo de topo, arrancando a la tierra sus tesoros por vil ganancia?” El hombre le dijo, “¡Qué estúpida es la gente…!¡Desprecia lo que no comprende! La laboriosidad y sabiduría del minero tienen como recompensa el desentrañar los secretos de la naturaleza. Se adquiere agudeza visual y se descubren las piedras preciosas y las maravillas que arriba se ocultan. Acabo de llegar de las minas de Falum, en las que trabajé desde muy joven, y…” Tal era la vehemencia de las palabras del viejo, que el joven se sintió transportado al centro mismo de la mina. En si viaje imaginario, Elis exclamaba, “¡Oh!¡Esto es maravilloso!¡Jamás vi algo parecido!” Con su relato le viejo lo transportó al fondo de la tierra, y un podre sobrenatural lo aprisionaba allí. Aún en su fantasía, Elis exclamó, “Es un jardín encantado que desde niño presentí existía.” El hombre dijo, “Te he descrito las maravillas que la naturaleza ha creado alla abajo. Ahora piénsalo y decídete.”
     Si despedirse el anciano se alejo. Al verlo por la ventana, Elis pensó, “Es asombros lo que puede haber en las entrañas de la tierra.” Más tarde pidió un cuarto en la posada, la fiesta había terminado. Apenas se echó en la cama, el sueño lo venció de inmediato, transportándolo a regiones ignotas. De pronto, el cielo se convirtió en una bóveda oscura, cubierta de diamantes. Elis se veía a si mismo viajando en una barco de noche. De repente, dijo en el sueño, “¡Oh no!¡Tengo que regresar al puerto!” De las olas nacían flores caprichosas de metal refulgente. Se sumergió en una especia de espiral. Elis se sentía empujado por una fuerza desconocida. La angustia lo dominaba, pero…pronto se vio rodeado de hermosas mujeres suspendidas, junto a él. Elis pensó, “¡Q-Qué maravilla!” Al ver la sonrisa de las jóvenes, Elis pensó, “Es extraño, tengo una sensación inexplicable de dolor y de bienestar.” Dentro de su alma veía un mundo de amor, de ansiedad y deseos ardientes. Elis pensó, “¿Se-Será esto el paraíso?” Y cuando llegó al suelo, éste cedió a su peso, y de pronto…un voz dijo, “¿Qué te parecen estas maravillas Elis Frobom?” El terror se apoderó de él, al ver al minero convertido en un gigante e intentó huir, pero…una hermosa mujer apareció. Elis dijo, “Cielos, ¡Qué belleza! Fascinado por aquella mujer, intentó acercarse, mas el encanto se convirtió en angustia. Elis exclamó, “¡O-Oh, no!” El minero le dijo, “¡Cuidado Elis Frobom! Ella es la reina de las minas…¡Mira hacia afuera!”
      En eso, una dulce voz pronunciaba su nombre con acento dolorido…era la voz de su madre. “Elis, mi querido Elis.” A través de la grieta creyó ver la figura de su madre, pero no era ella. La mujer suplicaba, “Elis, Eliiis. ¡Sácame de aquí. Quiero regresar al mundo y disfrutar de su hermoso cielo!” El minero dijo, “Ten cuidado Elis, sé fiel a la reina!” Al ver nuevamente a la reina, un grito desgarrador brotó de su garganta, repercutiendo en las profundidades. “¡NOOOO!”
     Elis despertó con la angustia dibujada en su rostro, y el corazón parecía salirse de su pecho, diciendo, “¡Qué pesadilla tan espantosa! El minero llenó mi cabeza de fantasías, jamás había sentido tanto pavor. ¡Saldré a caminar, el aire fresco del mar me calmará!”
     El bullicio y la alegría del Honsing aún reinaba, pero Elis permanecía indiferente a todo aquello, y pensaba, “Nada me interesa, no tengo ningún aliciente para permanecer aquí. Aunque tal vez si viera nuevamente a la chica de anoche, fue tan amable conmigo que…ojalá la encontrara…¡No! De seguro se convertiría en el viejo minero y…es extraño, ese hombre me inspira terror y sin embargo deseo encontrarlo para que me siga platicando las maravillas de las minas.” Atormentado por contradictorios pensamientos, quedó contemplando el vaivén de las olas cuando, vio de nuevo la imagen del rostro de una mujer. Elis dijo, “¡Oh, noooo!¡Aun estoy soñando!” Sus compañeros le arrancaron de su sueño, pero él creía escuchar voces por doquier que le decían, “¿Qué vas a hacer aquí? ¡Vete, vete! Las minas de Falum son tu patria. Allí encontrarás todas las delicias.” Elis dijo, “Esto es un sueño horrible.”
     El joven deambuló por las calles y al cuarto día, estaba en la salida del camino a Gefle, cuando, vio pasar al viejo minero, y entonces pensó, “Es el viejo minero, pero, ¿Por qué no me habló?” Una fuerza extraña lo impulsó a seguirlo. Elis pensó, “Este camino conduce a Falum.” Cuando el camino se hacía dudoso, el anciano se aparecía para desaparecer enseguida. Elis pensaba, “¡Allá va!” Observando desde una elevación, Elis pensó, “¡Estas tierras son imponentes!¿Serán las que el viejo descubrió?” Nuevamente el viejo hizo su aparición, y después de llamarle, volvió a desaparecer entre las piedras. Elis pensó al verlo, “¿ya habré llegado a Falum?” El joven aguardó a que se acercaran unas personas, y les hizo una pregunta, “¿Cómo se llaman esos lagos?” Uno de los personajes que parecía predicador, le dijo, “Son los lagos Rumm y Warpan, y ahí está situada la ciudad de Falum. En la cumbre del Gruffis veras la gran cima." Los hombres siguieron su camino Elis continuó en sentido contrario, pensando, “¡Al fin! Ahí está el objetivo de mi viaje.”
Cuando se encontró delante de aquella tétrica abertura, la sangre se heló en sus venas. Elis dijo, “¡Oh, Dios, Que desolación!” Sin pestañear, y mudo de estupor, contemplaba la sima de Falum. Elis dijo, “¡Por Neptuno, esta es la entrada del infierno!” Elis vivía una pesadilla, y permanecía petrificado, sin poder pronunciar palabra. Un temblor cimbraba su cuerpo y su mente se desquiciaba representando el fondo de la mina como un abismo infernal. Cuando los mineros con trajes de faena salieron, Elis los confundió con figuras irreales, pensando, “¡El mal brota del averno!” Se mareó, sintiendo un vértigo y le pareció que unas manos fantasmales lo arrastraban al abismo. Elis gritó, “¡Noooo!¡Dejenmeee!” Y con un esfuerzo sobrehumano, se alejó tambaleante de la boca de la mina. Y cuando volvió a bajar por el monte, libre ya de aquel terror, Elis levantó sus manos al cielo, y dijo, “¡Dios mío!¿Que son todos los horrores del mar comparados con esto? Por muy fuerte que sea la tormenta, por negras que aparezcan las nubes uniéndose con las encrespadas olas, no tarda en renacer la claridad. ¡No, no me mezclaré con esos gusanos de la tierra, no podrías habituarme a esa vida triste!”
     El joven se encaminó a la plaza del mercado de Helsingtorget. Era una hermosa ciudad. Elis pensó, “Pasaré aquí la noche, y mañana regresaré a Gotaborg. Al parecer los mineros celebran una fiesta.” Elis observó que un hombre que parecía el líder de ellos, se disponía a decirles unas palabras. Elis pensó, “De seguro ese hombre es de Dalarne. ¿Quién será?” Todos los mineros querían darle la mano, y él tenía una palabra amable para cada uno. El Hombre dijo, “¡Los felicito!¡Este año han realizado un magnífico trabajo!” Elis preguntó, “¿Quién es ese individuo?” Un hombre le dijo, “Es Pehrson Dahlsjö, propietario de un Bergsfralse, terrenos dedicados a la explotación de minas de cobre y plata, en Stora Koppaberg.” El joven Elis Frobom, contemplaba aquella gente de rostro y costumbres nobles, olvidando sus pesadillas, pensando al verlos, “¡Que distinta esta alegría a la de los marineros. ¡Me agrada!” No pudo contener las lágrimas, cuando un chico entonó una canción en la que elogiaba las delicias de la vida del minero. Entonces sobre la escalinata que daba a un palacio, Pehrson dijo, “¡Pasen todos!¡Sean bienvenidos!” Uno de los del publico, dijo, “¡Bravo por el señor Pehrson Dahlsjö!” Otra pareja dijo, “¡Dios lo conserve por muchos años!” Sin darse cuenta, Elis siguió a los mineros, hasta el umbral del palacio, donde permaneció estático.
De pronto, al abrirse una puerta, hizo su presencia una joven hermosísima. Elis pensó, “¡Oh!¡Qué joven tan hermosa!” La joven estrechó las manos de todos. Mientras un hombre besaba su mano, dijo, “¡Bienvenida seas, Ulda Dahlsjö!” Otro de los caballeros dijo, “¡Eres la bendición que el cielo ha enviado a nuestro jefe!” El corazón de Elis palpitaba frenético al ver a la chica, no apartaba los ojos de ella, pensando, “¡Es tan hermosa, tan dulce!” Una chispa repentina encendía su ser, desertando todas sus ansias de amar, pensando, “Siento que la conozco…y la amo…sí, ¡La amo!” De pronto recordó, y pensó, “¡Es ella! La chica del sueño que me tendía los brazos. ¡Bendito sueño!¡Ahora comprendo su significado! Pero, ¿Cómo va a fijarse en un extraño, miserable y triste como yo? Hubiera sido preferible morir antes de conocerla, ¡Ya no podre vivir sin verla!” La cercanía de la chica lo hizo pronunciar su nombre en un susurro, “Ulda” Ella dijo, “¿Eh?” Lo vio, se acercó y le dijo, “Eres forastero, ¿Verdad?” Elis temeroso dijo, “S-Sí.” Ulda le dijo, “Pero no te quedes ahí, pasa. Ven, alégrate con nosotros, ¿Cómo te llamas?” Elis dijo tímidamente, “Y-Yo soy E-Elis Frobom.” Ulda le acercó una botella y le dijo, “¡Bébe, amigo mío y sé bienvenido!” Elis tomó un vaso, diciendo, “Gra-Gracias.”
     Elis se sentía trasladado al quinto cielo en un delicioso sueño, y pensó, “Si estoy soñando, no quiero despertar, pues me sentiría más desgraciado aún.” La bebida reconfortante y la presencia de Pehrson, le hicieron sentir bien. Pehrson le preguntó, “¿De dónde vienes?¿Qué te trajo a Falum?” Le narró toda su vida, y al concluir, “Por lo que ahora siento horror por la vida del mar. Algo desconocido me atrajo a las minas y quiero entrar de obrero.” Elis se sorprendió de sus propias palabras, pero le parecía que estaba obligado a presentar tal actitud ante Pehrson. El hombre meditó unos instantes y enseguida dijo, “No puedo permitir que por una ligereza te apartes del camino que has seguido hasta ahora. Primero conoce las dificultades y los trabajos de los mineros, antes de decidir a compartir su vida. Hay una vieja creencia entre nosotros. Los elementos con los que ha de luchar el minero lo aniquilan, si no se esfuerza por dominarlos, si deja que otras ideas lo distraigan, si se debilitan sus fuerzas, si flaquea en el trabajo entre la tierra y el fuego. Pero si estás seguro de tu vocación, no puedes llegar a mejor hora. Puedes quedarte aquí, mañana el capataz te indicará lo que debes hacer.”
     Elis ya no pensaba en el terror que le causara el gran pozo donde viera la imagen infernal. Pensó, “Veré a Ulda todos los días, viviré bajo su mismo techo.” Pehrson acompañó a Elis frente a unos caballeros y dijo, “Les presento a Elis Frobom, pretende entrar como obrero en minas.” Los caballeros dijeron, “¡Bravo!” aplaudiendo. Uno de los caballeros dijo, “Es fuerte y parece hábil.” Otro dijo, “Seguramente será un buen obrero.” Uno de los caballero se acercó a Elis, estrechó su mano y dijo, “Soy capataz en el tajo de la mina de Dahlsjö, me pongo a tu disposición, te enseñaré de todo lo que necesites saber.” Elis dijo, “Gracias señor.” Entre trago y trago, el viejo le habló de los primeros trabajos que tenía que realizar. El hombre dijo, “Si tienes duda, consúltame antes de actuar.” De pronto, Elis recordó las enseñanzas del viejo minero de Gotaborg, y las repitió punto por punto. El hombre dijo, “¡Increíble!¿De dónde has sacado todos esos conocimientos, Elis From? Te pronostíco que pronto serás uno de los mejores operarios.” Elis le dijo, “Ese es mi deseo.”
Ulda iba de un lado para otro atendiendo a los invitados, pero cuando pasaba junto a él, le dijo, “Ya no eres un extraño sino uno de la casa. Tu patria ya no será el mar traidor, sino Falum, con sus ricos montes.” Elis dijo, “¡Así será Ulda!” La chica lo ataba en forma especial Una mutua simpatía había nacido entra ambos, ante la complacencia de Dahlsjö. Al día siguiente Elis recibió fuerte impresión al encontrarse de nuevo en la boca de la mina. Elis pensó, “¡Oh Dios, tengo que sobreponerme por Ulda!” El humo le oprimía el pecho, se sentía asfixiar. Elis Pensó, “¡Debo resistir!¡Tengo que hacerlo!” Mientras bajaba una inmensa escalera pensó, “En este pozo, toda mi agilidad de marinero no me sirve para nada.” Y cuando por fin se detuvieron, el viejo le dijo, “Ya te indiqué lo que tienes que hacer, adelante, inicia tu labor.” Elis dijo, “Si.” Elis inició su trabajo, y al recordar a Ulda, olvidó todos sus temores y las dificultades de la penosa labor. Elis pensó, “¡Pronto te veré, querida Ulda! Le demostraré a Pehrson mi capacidad y resistencia en el trabajo. Solo así podre acariciar la esperanza de pretender a Ulda.”
     El tiempo pasó, Elis trabajaba con ahínco y en poco tiempo estuvo a la altura de los obreros más experimentados. Al mirar el producto de su trabajo, el viejo dijo, “Ya lo decía, eres de los mejores.” El joven también se había ganado el cariño de Pehrson Dahlsjö, a quien le dijo, “Realmente es fascinante mi trabajo, señor.” El cariño de los jóvenes también se acrecentaba, y ese día Ulda dijo, “Papá me dijo que harás un trabajo peligroso.” Elis dijo, “Sí, lograré llegar al fondo del túnel nuevo.” Ulda se preocupó, y le dijo, “Sé cauteloso Elis, y evita una desgracia, por favor.” Elis le dijo, “No te aflijas y sonríe, que pronto estaré de regreso.” Y cuando el joven se marchó, Ulda pensó, “¡Dios, protégelo! Lo amo tanto que no soportaría que algo le pasara.” Elis por su parte pensó, “¡La amo, la amo más que a mi vida! Las horas me parecen siglos cuando no la veo, pero…¿Sentirá ella lo mismo por mi?”
     Y ese día, al terminar las labores de la mina, Ulda lo recibió, diciendo, “¡Elis, que alegría!¿Estás bien?” Elis dijo, “Sí, te dije que no había de que preocuparse.” Dahlsjö pensó al verlos, “¡Mmmmh! Me da gusto que los chicos se lleven bien.” Ulda dijo, “Señor Dahlsjö, todo salió perfecto, el capataz le dará el informe.” El tiempo pasó, y un día, Dahlsjö brindando con Elis con copas de vino, dijo, “Elis, tu trabajo te ha brindad una gran cantidad de ducados. Creo que ahora estas en condición de tener participación en alguna mina, además, estoy seguro de que…¡Hum! Cualquier minero se consideraría muy honrado…si te quisieras casar con alguna de sus hijas.” Elis estuvo a punto de confesarle su amor por Ulda, pero una invencible timidez lo detuvo. Elis pensó, “Debo aprovechar y pedir la mano de su hija…pero, ¿Y si ella no me ama?” Entonces dijo, “Yo quiero A-Agradecerle todo el afecto y bondad que tiene para mí y…” Dahlsjö le dijo, “¿Y qué, hijo? Anda, dime, ¿Qué más deseas?” Elis le dijo, tímidamente, “Que…que me acepte usted en sociedad…” Dahlsjö le dijo, “¡Claro que sí!¡Tenlo por seguro!”
Un día cuando estaba trabajando en lo más profundo del pozo, Elis escuchó un ruido: ¡TRACK!¡TRACK! Elis dijo, “¿Eh?” Elis pensó, “¿Y ese ruido? Proviene de la galería de abajo, pero…nadie a excepción mía ha bajado hoy.” Elis avanzó con su linterna y con mucha atención escucho los golpes que se acercaban mas. Elis pensó, “¿Quién podrá ser? ¿Qué es esto? ¡Oh!” El viejo hizo su aparición, diciendo, “Muy bien, muy bien, Elis Frobrom, así me gusta verte trabajar aquí. ¿Qué te parece esta vida?” Elis quiso preguntarle en qué forma había llegado hasta ahí, pero…el viejo minero siguió picando piedra, diciendo, “Mira qué hermoso filón de ferrilita, pero tú, obrero inútil, no te fijas en ello, como si se tratara de escoria de plata. Aquí no eres más que un topo ciego, marchas detrás del cobre puro. Tú aspiras a conquistar a la hija de Dahlsjö, por eso no pones entusiasmo en el trabajo. ¡Ten cuidado, no desprecies al príncipe de los metales o te hará caer contra las piedras!¡Ulda no será nunca tuya, te lo aseguro!”
Sin poder contenerse ante las palabras del viejo, Elis se alteró, diciendo, “¿Qué haces aquí? Vete por donde has venido o veremos quién de los dos sale vivo de este pozo.” El viejo soltó una sonora carcajada, “¡Ja, Ja, Ja!” El viejo se perdió en los oscuros túneles. Tras seguir su trabajo, Elis pensó, “No puedo ni sostener el martillo. Es mejor que suba con los demás.” Cuando llego a la boca del pozo, en la superficie, dentro de la mina, subiendo por la escalera, uno de los mineros le dijo, “¡Dios mío!¿Qué te ha ocurrido, Elis? ¡Pareces un cadáver. Ven y tomate un trago, seguramente el vapor de azufre te afecto.” Elis contó lo que le había sucedido, así como la forma en la que conociera al viejo de Gotaborg. Uno de los mineros dijo, “¡Increíble!” Y comenzó a contar la historia, “El viejo Tornberg trabajó aquí hace cien años, era el más experimentado, laboraba días enteros sin salir del pozo. Lograba contagiar su entusiasmo a la gente, pero profetizaba grandes desgracias, diciendo, ‘El que no sienta verdadero amor por las piedras y los metales sufrirá las consecuencias.’ En el año de 1687, el día de San Juan, ocurrió un terrible terremoto. No se supo más de Torbern, tal vez pereció en el fondo del pozo, pero nunca se encontró su cadáver. Muchos como tu aseguran haberlo visto dándoles útiles consejos.” Elis dijo, “Me mostró un buen filón de ferrilita.” El minero dijo, “¡Bien! Debe tratarse de una vena de hierro que mañana trataremos de descubrir. Por ahora, vete a descansar.”
Al llegar a la mansión, a Elis le extrañó que Ulda no fuera a su encuentro como todos los días, y pensó, “¿Porqué no ha venido?” Elis quedó paralizado al ver a su amada junto a otro, no podía apartar la vista de ellos. Entonces escuchó la voz de Dahlsjö, quien dijo, “¡Elis ven, quiero hablar contigo!” Elis, contrariado, se dejó conducir. Su cerebro se negaba a coordinar sus ideas, pensando, “¡No, no puede ser cierto!¡Nooo!” Dentro de la mansión, Dahlsjö dijo a Elis, “Elis, ahora podrás demostrarme tu cariño y fidelidad. Te he considerado un hijo y ahora lo vas a ser de verdad. El joven que viste, es Erico Olawsen, de Gotaborg. Le he concedido la mano de mi hija, se la llevará y tú te quedarás conmigo como mi único sostén de mi vejez. Espero que no se te ocurra dejarme ahora que Ulda me abandona…espera…oigo que me llama Olawsen.” Elis pensó, “¡Oh, ella se casa!” Elis sintió que le destrozaban el corazón con mil puñales, era tanta su pena que no podía llorar. Elis pensó, “¿Por qué tiene que ser así?¿Por qué?” Sin poder resistir tal tortura, salió de la casa desesperado. Ulda le gritó, “¡ELIS, ELIIIS!” Sin pensar en el peligro, Elis penetró a la mina, gritando, “¡TORBERN, TORBERN!” Después de prender una lámpara, se dirigió al pozo en que estaba esa tarde, sin que el viejo se presentara. Elis gritaba, “¿Porqué no vienes, Torbern?” Y cuando llegó al fondo, dijo, “¡Oh! ¡El filón!¡Es grandísimo!¡Esto es fantástico!¡Maravilloso!” Una inmensa claridad iluminó la mina y entonces, un grupo de mujeres hermosas desnudas aparecieron ante su vista. Elis dijo, “¡El sueño que tuve en Gotaborg se hace realidad!” Una mujer se acercó y lo besó. A Elis le invadió una deliciosa sensación y se dejaba arrastrar por ella cuando, escuchó gritar su nombre, “¡ELIS FROBOM!¡ELIS FROBROM!” Las voces eran de Pehrson y el capataz que iba en su busca. Cuando el grupo localizó a Elis, Dahlsjö le dijo, “¿Qué haces aquí, insensato?” el capataz dijo, “¿Acaso ignoras el peligro al que te expusiste?” Elis dijo, “¿Eh?” El joven en silencio siguió a Dahlsjö, quien dijo, “¡Loco!¡Tuviste suerte de que te vieran entrar aquí!” Ulda nerviosa aguardaba impaciente hasta que, al verlo llegar dijo, “¡Gracias a Dios son ellos!” Sin poder controlar la emoción, la chica salió al encuentro del joven, diciendo, “¡Eliis!¡Mi amor!” Dahlsjö dijo, “¡Tonto! Yo sabía desde hace tiempo que amabas a mi hija y por eso trabajabas con tanto ahínco. No puedo desear nada mejor que tener un yerno como tú, trabajador y honrado.” Elis dijo, “Pero…yo…” Ulda dijo, “¡Oh, Padre, ahora sé que él me ama tanto como yo!” Dahlsjö dijo, “Elis, porque no te explayaste conmigo y me hablaste del amor que sentías por Uldv ca?” Entonces Elis le dijo, “Pero usted dijo que Olawsen…”  dijo, “Yo inventé esa historia porque quería probar si los sentimientos de mi hija eran firmes. Olawsen solo me ayudó en el plan…te daré a mi hija, Elis Frobrom, lo repito, no podría encontrar yerno mejor.” Elis le dijo, “Gracias señor Dahlsjö, ¡Es tanta  dicha que creo estar soñando!” Ulda lo abrazó, diciendo, “¡No cariño, es una hermosa realidad!”
Pehrson Dahlsjö invitó a los mineros a comer para darles la noticia de la próxima boda. Uno de los invitados dijo, “¡Que novia más linda se lleva Elis Frobrom!” El capataz dijo, “¡Que el cielo bendiga a la pareja!”
A pesar de la felicidad que le embargaba, las emociones de la noche anterior lo apartaban de todo. Ulda le dijo, “Elis, ¿No estás contento?” Elis la abrazó y dijo, “Sí, ¡Claro! Todo se ha arreglado, ¡Seremos felices!” Ulda dijo, “¡Desde luego que si, amor mío! No lo dudes.” Cuando Elis quedó solo en su habitación, sentía una mano de hielo que lo oprimía. Era el viejo Torbern, quien le dijo, “¿Es posible que toda tu aspiración sea conseguir a Ulda?” Una angustia indecible se apoderaba de él. Torbern le insistió, “¿No has contemplado el rostro de la reina?” Elis le dijo, “¡De-Déjeme en paz!” Torbern lo tomó por la fuerza y llevándolo le dijo, “¡Insensato! Debes ser fiel a la reina, no puedes despreciarla.” Elis gritó, “¡Nooo!¡Auxilioo!”
A la mañana siguiente Torbern despertó sudando. Después de arreglarse salió al patio y pensó, “¿Por qué el viejo Torbern es mi enemigo?¿Qué relación hay entre las minas y mi amor por Ulda?” Dahlsjö lo veía desde la mansión a través de la ventana y pensó, “Seguramente su trastorno se debe a lo que creyó ver en la mina…sí, pronto se le pasará.” Ulda tranquila trataba intentaba que su novio le dijera la causa de su inquietud, diciéndole, “¿Qué te sucede?¿Que es lo que te aleja de mi?¡Dime por favor!” Elis iba a hablar, pero algo misteriosos se lo impidió. Todas las delicias que viera en el pozo, se convertían en un tormento indecible. Ulda insistía, ante la mirada perdida de Elis, diciendo, “¡Elis!¡Elis!” Dahlsjö propuso que Elis no bajara por un tiempo a la mina, por lo que los jóvenes vieron a plenitud su noviazgo. Ulda decía, “¡Que feliz me siento Elis!” Elis le dijo, “Tu amor ha hecho el milagro de borrar la pesadilla que me consumía, ahora ya nada ni nadie vendrá a destruir nuestra dicha.” Ulda lo abrazó, y dijo, “¡Sí, mi amor!”
Cuando por fin volvió a la mina, Elis volvió a encontrarse con la mágica mujer, y al tenerla en sus brazos, pensaba, “¡Oh, siento de nuevo esta angustia! Ulda, la mina…¿Que es lo que quiero?” A partir de ese día, su actitud volvió a cambiar. Ulda, recargada en su hombro le dijo, “Dentro de pocos días se hará realidad nuestro sueño.” Elis le dijo, “Si pudieras ver las maravillas que existen debajo de la tierra. No hay nada que se compare a la belleza de las profundidades…” Ulda dijo, “¡Oh, No! Otra vez ese delirio.” Al verlo vagante, con la mirada perdida, el capataz dijo, “¡Pobre muchacho!¡Ha debido encontrarse con el malvado Torbern!” Dahlsjö le dijo, “No creas en tales cuentos, lo que lo tiene trastornado es la proximidad de la boda.”
     Semanas después, Ulda le decía muy contenta a su padre, “Padre, me siento muy feliz. Elis está más tranquilo. Ya no habla de la mina ni de los fantasmas.” Dahlsjö dijo, “Se los dije, estaba trastornado por su amor a Ulda.” Por fin llegó el día de San Juan, fecha fijada para la boda. Era muy de mañana cuando Elis tocó a la puerta de la mansión. Ulda abrió la puerta y al ver la expresión de su prometido, retrocedió asustada. Su cara estaba demacrada. Tenía ojeras negras, y su mirada era maligna. Ulda exclamó, “¡Oooh!” Elis le dijo, “Vengo a decirte, que estamos al borde de la mayor dicha que pueden alcanzar los mortales. Esta noche me ha sido revelado todo. En el fondo del pozo, encerrado en clorito y mica, está el granate cereza en el que residirá nuestra dicha, y que te he de dar como regalo de boda. Si nos miramos en el, unidos por amor fiel, estaremos unidos para siempre…solo falta que saque a la luz esa piedra. Iré por ella ahora mismo. ¡Adiós mi amada Ulda, pronto volveré!” Ulda le dijo, desesperada, “¡Espera Elis!¡No te vayas por favor!” Ulda lo tomó del cuello, y le dijo, “¡No te vayas Elis, te lo suplico!” Elis le dijo, “Tengo que hacerlo o no tendré un momento de tranquilidad. No temas, pronto estaré contigo.” Poco después, en ese mismo día, la gente iba llegando a la iglesia. Una de las personas dijo, “¡La ceremonia será hermosa!” Otro dijo, “¡Claro, se casa nada menos que la hija del patrón!” Todos aguardaban impacientes en el atrio de la iglesia de Kopparberg. Ulda pensaba, “Dios mío, Elis no regresa.”
     Era ya el mediodía cuando un minero alguien llegó gritando, “¡Hubo un hundimiento en la mina grande!” Otro gritó también, “Al parecer, alguien estaba ahí.” Ulda gritó llena de angustia, “¡NOOO!¡ELIS…MI ELIS!” Y se desmayó. Dahlsjö dijo, “¡Hija!”
Por la boda, nadie había ido a trabajar. Dahlsjö dijo, sosteniendo a su hija, “¡No es posible!” El capataz dijo, “Solo Elis pudo estar ahí. Nadie se atrevería a estar solo.”
     Cuando Ulda recobró el conocimiento, platicó a su padre lo que Elis le dijera, todos acudieron al rescate pero fue inútil. Pehrson Dahlsjö pensó, “¡Qué desgracia!¡Ahora que todo iba a ser felicidad!” Los años pasaron, Pehrson murió y Ulda desapareció de Falum, sin dejar ningún rasto. Cincuenta años después, el día de San Juan, los mineros encontraron un cuerpo. Uno de los mineros dijo, “¡Es un cadáver!¡Saquémoslo a la superficie!” Otro dijo, “Sí, ¿Quién será?” El tiempo había respetado a Elis; sus ropas y aun las flores que llevaba en el pecho se conservaban bien. Los mineros improvisaron una camilla para cargarlo, y una vez lista, con el cadáver en ella, uno de los mineros dijo, “¡Vamos a llevarlo a Falum!” Pero en ese instante escucharon la voz de una mujer decir, “¡Esperen!¡Aguarden por favor!” Era la viejita de San Juan, así le conocían, pues cada año iba a la sima y después de llorar desconsolada, desaparecía. Y cuando estuvo frente al cadáver, Ulda exclamó, “¡ELIS FROBOM!¡MI ELIS!” 
     Entonces, Ulda miró a su alrededor, y dijo, “Yo soy Ulda Dahlsjö, y hace 50 años en este día iba a casarme con él. Cuando me marche a Ornas, Torbern me consoló diciéndome que, volvería a ver a Elis, por eso he venido año tras año, llena de amor y esperanza, hoy le vuelvo a ver. ¡Elis mío…mi amado!” Todos los presentes contemplaban la escena, el llanto desgarrador de la anciana los conmovía. Un minero dijo, “¡Pobre mujer!” Y otro, “¡Qué destino tan cruel!” Los sollozos de la anciana se hicieron inteligibles y cuando trataron de separarla del cadáver, el minero exclamó, “¡Oh No!¡La mujer ha fallecido!” Entonces al mismo tiempo, otro minero dijo, “¡Miren!¡El cadáver se convierte en polvo!” En la iglesia de Kopparberg, donde cincuenta años antes debía casarse la feliz pareja, fue enterrado el cuerpo del joven y el despojo mortal de Ulda, la novia que había sido fiel hasta la muerte.
Tomado de Novelas Inmortales. Año XIV. No. 706. Mayo 29 de 1991. Guion: Guadalupe Liévano. Adaptación: C.M. Lozada. Segunda Adaptación: José Escobar.                                               

martes, 27 de septiembre de 2016

Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll

     Las Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas, comúnmente abreviada como, Alicia en el País de las Maravillas, es una novela de 1865 escrita por el matemático inglés, Charles Lutwidge Dodgson, bajo el seudónimo de, Lewis Carroll. Habla de una chica llamada Alicia, que cae a través de un agujero de conejo en un mundo de fantasía poblado por criaturas antropomórficas peculiares.
    El cuento juega con la lógica, dando a la historia una duradera popularidad, tanto con adultos como con niños. Está considerada como uno de los mejores ejemplos del género de la literatura de lo absurdo. Su curso narrativo y la estructura, los personajes, y las imágenes, han sido enormemente influyentes, tanto en la cultura popular y la literatura, especialmente en el género de la fantasía.
     Alice se publicó en 1865, tres años después de que Charles Lutwidge Dodgson y el reverendo Robinson Duckworth remaron un barco por el Isis, parte del rio Támesis, el 4 de julio 1862, (esta fecha popular de la "tarde de oro" podría ser una confusión o incluso otro cuento de Alicia, porque ese día en particular era fresco, nublado y lluvioso) con las tres jóvenes hijas de Henry Liddell, el Rector de la Universidad de Oxford y Decano de la iglesia de Cristo: Lorina Charlotte Liddell, de 13 años, nacida en 1849, “Prima” en el verso introductorio del libro; Alice Pleasance Liddell, de 10 años, nacida en 1852, “Secunda” en el verso introductorio; Edith María Liddell, de 8 años de edad, nacida en 1853, “Tertia” en el verso introductorio.
     El viaje comenzó en el puente Folly en Oxford y terminó 3 millas (5 km) al noroeste de la localidad de Godstow. Durante el viaje, Dodgson narró a las niñas una historia que protagonizó una niña aburrida llamada Alice quien va en busca de aventuras. A las niñas les encantó, y Alice Liddell pidió a Dodgson que lo escribiera para ella. Comenzó a escribir el manuscrito de la historia al día siguiente, a pesar de que la versión más antigua ya no existe. Las niñas y Dodgson tomaron otro viaje en barco en un mes después, cuando se elaboró ​​la trama de la historia de Alice, y en noviembre comenzó a trabajar en el manuscrito formalmente.
     Para agregarle los toques finales, se dedicó a investigar la historia natural de los animales que se presentan en el libro, y luego hizo que el libro fuera examinado por otros niños, en particular por los hijos de George MacDonald. Dodgson añadió sus propias ilustraciones, pero se acercó a John Tenniel para ilustrar el libro para su publicación, diciéndole que la historia había sido muy querida por los niños.
     El 26 de noviembre de 1864, Dodgson dio a Alice el manuscrito de, Las Aventuras de Alicia Bajo Tierra, con ilustraciones del propio Dodgson, dedicándolo como, “un regalo de Navidad a un estimado niño en la memoria de un día de verano.” Algunos académicos, incluyendo a Martin Gardner, especulan que hubo una versión anterior que fue destruida más tarde por Dodgson, cuando escribió una copia más elaborada a mano.
     Pero antes de que Alicia recibiera su copia, Dodgson ya se estaba preparando el original para su publicación, y expandiéndolo de 15 500 palabras a 27 500 palabras, añadiendo más notablemente a los episodios sobre el Gato de Cheshire y la Merienda de Locos.
Alicia en el País de las Maravillas
 de Lewis Carroll 
     Un universo en el que hablan los animales y las figuras de la baraja adquieren  vida…Una aventura donde el suspenso, los personajes insólitos y lo increíble se multiplican, deslumbrando a la imaginación, tanto del lector como del personaje principal, una hermosa niña, ¡Reducida de tamaño! Todos este nos lo brinda Lewis Carroll, en éste clásico inglés, sinónimo de fantasía y diversión.
     Aquella calurosa tarde de verano, Alicia, dando muestras de aburrimiento, escuchaba a su hermana leer un viejo libro de historia sin ponerle mucha atención. Su mente se encontraba lejos, en el maravilloso mundo de sus fantasías, en donde todo lo increíble se hacía realidad. Por eso no podía permanecer quieta; sentía la necesidad de correr, ver un mundo distinto. Mientras ambas estaban a campo abierto, en la naturaleza, su hermana le dijo a Alicia, “¿Qué te pasa Alicia? ¿Por qué estás tan intranquila?” Ella le dijo, “Quiero disfrutar del campo, oír el canto de las aves y no escuchar tus aburridas lecciones. ¡Todo aquí me invita a soñar! ¿Qué pasaría si pudiera convivir con los animalito del bosque?”
     De pronto, un Conejo Blanco de ojos rojizos pasó corriendo cerca de ella, diciendo, “¡Me voy, me voy, se me ha hecho tarde hoy!” De momento, a Alicia no le pareció extraño ver un conejo parlante, y menos aún que vistiera chaqueta y tuviera un reloj. Pero cuando se dio cuenta que jamás había visto cosa igual, se lanzó tras él. “¡Señor conejo, señor conejo!¡Espere!”
     Sin ponerse a pensar en cómo podría salir después de ahí, Alicia se coló por la boca de la madriguera, diciendo, “¡Tengo que alcanzarlo!” Y antes de que pudiera evitarlo, sintió que caía en un profundo pozo, gritando, “¡AYYY!¡AUXILIOO DINAH…ME VOOOYYY!”
     Siguió cayendo por largo tiempo, junto con su gatita, como si el pozo fuera muy profundo, o ella cayera lentamente, y del susto pasó a la reflexión, diciendo, “Después de ésta caída, no me importaría rodar por las escaleras. ¿Cuántos kilómetros habré recorrido? Seguramente habré llegado al centro de la Tierra.” Alicia seguía cayendo y decía, “¡Quizá atraviese la Tierra! Sería divertido aparecer entre la gente que camina con la cabeza hacia abajo. Se llaman los antipatas, me parece.” Alicia siguió cayendo y razonando, “¡Cómo me gustaría que Dinah estuviera aquí, conmigo! Pero no podría cazar ratones en el aire, aunque si murciélagos.”
     De pronto, ¡PUM, CATAPUM! Alicia aterrizó sobre un montón de hojas secas. Sin embargo, saliendo del agujero de tierra, el conejo se internó en un pasillo lleno de puertas, diciendo, “¡Por mis orejas y mis bigotes!¡Qué tarde se está haciendo ya!” Alicia al verlo dijo, “¡Ahí está!¡Debo alcanzarlo para preguntarle qué hace, y a donde va!” Pero el conejo volvió a desparecer, y Alicia se encontró inspeccionando las puertas de una larga galería. Alicia dijo, “¿Por dónde se habrá ido el conejito?” Entonces descubrió una cortina que no había visto antes, y tras ellas, una puertecita de unos cuarenta centímetros de altura. Alicia dijo, “¡Yo no podré salir por aquí!”
     Una mesita de cristal apareció a su espalda. Alicia dijo, “Ni siquiera puedo meter la cabeza. ¡Si pudiera encogerme como un telescopio!” Le habían pasado tantas cosas extraordinarias, que ya no habría nada imposible para ella. Alicia vio una mesa de cristal con un frasquito, y dijo, “Esa mesita no estaba aquí. ¿Qué contendrá éste frasco?” Alicia tomó el frasquito y dijo, “Seguramente esa es la llavecita de la puerta. Este frasquito dice: ‘Bébeme.’ Pero antes veré si no tiene escrita la palabra: ‘Veneno.’” Después de tomar esa precaución, probó el contenido del frasquito; y como tenia sabor a fresa, a piña, a caramelo, lo apuró de un solo trago.
     Alicia dijo, “¡Qué curiosa sensación!¡Me encogí! Ahora tengo la estatura justa para pasar por la puerta pequeña.” Pero, ¡Ay! Pobre Alicia, había olvidado la pequeña llave de oro. Alicia vio la llavecita arriba de la mesa de cristal y dijo, “¡Oh, no!¡Jamás la podre alcanzar!” Al recorrer la altura de la mesa, su mirada cayó en una cajita que tenia escrita la palabra: ‘Cómeme.’ Alicia dijo, “Me comeré el contenido.” Y rápidamente apuró el pastelillo que encontró en el interior. Alicia dijo, “No sé qué va a ocurrir, pero algo tiene que pasarme. ¡Oh, es curiosífico y rarífico, me estoy alargando!” Estaba tan sorprendida, que no se fijó ni en lo que decía. Había crecido tres metros de altura. Al chocar con el techo, Alicia dijo, “¡Ayyy!¡Ahora si tomaré la llavecita y correré hacia la puertecita!” ¡Pobre Alicia! Ya que la puerta estaba abierta, lo único que pudo hacer fue sentarse en el suelo y empezar a llorar.
     Y derramó tantos litros de lagrimas, que al cabo de un rato, se formó una laguna a su alrededor. Alicia dijo, “¡Ay! Adiós pies, ahora ya no habrá quien les ponga los zapatos.” Y de pronto, Alicia dijo, “Las cosas van de mal en peor. ¡Me estoy empequeñeciendo de nuevo, y si sigo así, me voy a ahogar!¿Por qué habré llorado tanto?” Sus lagrimas habían formado aquel mar en el que algo se zambulló junto a ella. Alicia dijo, “Es un ratón. ¿Servirá de algo hablarle? Todo es tan raro aquí que quizá me conteste.” Nadando se acercó al animalito que en ese momento la miró con curiosidad. Alicia dijo, “¡Ratón, ratoncito!¿Puedes decirme como salir de aquí? Anda contéstame…” Alicia pensó, “Tal vez no entiende. ¿Y si le hablára en otro idioma?” Entonces recordó la primera frase de su libro de francés, y repitió sin darse cuenta de que lo ofendería. “Ou’ est ma chatte?” (“¿Dónde está mi gatita?”)
     Al escucharla, el ratón nadó desesperadamente, temblando de miedo. Alicia lo tomó de la cola y dijo, “¡Perdón! Olvidé que a los ratones no les gustan los gatos.” El gato dijo, “En mi familia siempre se ha odiado a los gatos, seres vulgares, groseros y sucios, igual que los perros. ¡No vuelvas a pronunciar su nombre delante de mí!” Alicia dijo, “Está bien. No hablaremos de gatos ni de perros, te lo prometo.” El  ratón le dijo, “Vamos a la orilla, ahí te contaré mi historia y comprenderás porque los odio.” Mientras nadaban, habían caído toda clase de animales a la laguna, quienes formaron un cortejo siguiéndolo hasta la orilla. El ratón dijo, “Bien, ahora lo primero será secarnos. Siéntense todos y escúchenme, pronto estaremos secos. He aquí lo más secante que conozco.”
     Dándose aires de gran personaje, el ratón inició a contar su historia: “Guillermo el Conquistador, cuya causa apoyaba el papa, sometió rápidamente a los ingleses, que estaban faltos de jefe, y que, desde hacía algún tiempo, se habían acostumbrado a la usurpación y a la conquista.” Alicia no comprendía cómo es que aquellas palabras, iban a poder secarlos. Alicia pensó, “Si no me seco pronto, voy a resfriarme.” El ratón dijo, “¿Cómo va eso, querida?” Alicia dijo, “Sigo tan mojada como antes. Opino que tu historia no nos secará.” Solemnemente, el Pájaro-Bobo tomó la palabra, y dijo, “Propongo algo nuevo para poder secarnos. Creo que lo mejor para secarnos es, organizar una carrera improvisada.” Alicia preguntó, “¿Qué es una carrera improvisada?” El Pájaro-Bobo dijo, “Todos correrán en círculo, alrededor de ésta pista imaginaria.” Cada cual empezó a correr cuando quiso, de manera que no era fácil decir como terminaría. El Pájaro-Bobo dijo, “Ésta es la carrera en que todos ganarán, empezó mañana pero acabará ayer.”
Después de media hora, todos estaba completamente secos. El Pájaro-Bobo dijo, “¡ALTO!¡Terminó la carrera!” Todos gritaron al unísono, “¿Quién ganó?” El Pájaro-Bobo, con una pluma de su ala en la frente, los miró por largo tiempo, mientras todos esperaban su fallo. “Todos ganaron. Se merecen un premio.” Los pájaros gritaron, “¡Viva!¿Pero quién va a dar los premios?” El Pájaro-Bobo dijo, señalando a Alicia, “Ella, naturalmente.” Sin saber qué hacer, Alicia metió la mano en su bolsita y sacó una caja de almendras dulces, y las repartió tocándoles una a cada uno. Todos gritaban, “¡Los premios, los premios!” El ratón tomó la palabra, “Pero ella también debe recibir un premio.” El Pájaro-Bobo dijo, “¡Por supuesto!¿Qué más tienes en la bolsita?” Alicia dijo, “Solamente un dedal.” El Pájaro-Bobo dijo, “Dámelo, haremos la entrega con toda ceremonia.” Todo aquello le parecía absurdo a Alicia, pero todos estaban tan serios, que Alicia no se atrevió a reír: así que, después de un breve discurso coreado por un aplauso general, y haciendo una reverencia, tomó el dedal. El Pájaro-Bobo dijo, “…le rogamos que acepte este elegante presente.”
     Después de comerse las almendras como cada uno pudo, se sentaron alrededor del ratón. Alicia dijo, “Acuérdate que prometiste contarme tu historia. Ibas a explicarme porque odias tanto a los G…y a los P…” El ratón dijo, “Mi historia es larga y triste…” El ratón empezó a narrar su historia, pero nadie le prestó atención. El ratón dijo encolerizado, “¡NO ME ESTAN ESCUCHANDO!” Dando una media vuelta, se alejó refunfuñando. Alicia dijo, “¡Oh, perdón!¡Por favor regresa a terminar tu historia!” Los demás dijeron, “¡Siii! ¡Que regrese!” Pero el ratón se limitó a mover con impaciencia la cabeza y a caminar más de prisa. Alicia se lamentó, “¡Ah!¡Si Dinah estuviera aquí, lo habría hecho volver al ratón enseguida!” El Pájaro-Bobo dijo, “¿Y quién es Dinah?” Alicia dijo, “Dinah es nuestra gatita. ¡Si vieran cómo persigue a los pájaros!” Sus palabras causaron un extraño malestar, y las aves se apresuraron a levantar el vuelo. Pronto Alicia se quedó completamente sola, y dijo, “¡Ojalá no hubiera mencionado a Dinah!¡Oh, querida gatita!¡No sé si te volveré a ver algún día!”
     Alicia empezó a llorar de nuevo, porque se sentía muy sola, pero al cabo de un rato, oyó ruidos de pasos a distancia. Era el conejo blanco que buscaba con desesperación sus guantes y su abanico, diciendo, “¡Ay, la duquesa!¡Ahora si me degollará! Por vida de mis queridas patitas, ¿Dónde se me caerían?” Curiosa, Alicia buscaba tras él; cuando de pronto, el Conejo Blanco se volvió y la miro irritado, diciendo, “¡AVE MARIA! ¿Qué haces ahí parada? Corre y tráeme mis guantes de cabritilla y un abanico. ¡Date prisa!” Alicia hizo aquello, pensando, “Me está confundiendo con su sirvienta.”
     Alicia corrió en la dirección que le indicára el Conejo Blanco, sin siquiera pensar en sacarlo de su error. Pronto llegó a una hermosa casita, en cuya puerta estaba el nombre de su propietario. Alicia pensó, “Es verdaderamente curioso que yo esté haciendo los encargos de un conejo, pero trataré de llevarle sus guantes de cabritilla y su abanico…antes de que, la verdadera Ana María me arroje de la casa.” Y con paso apresurado, llegó hasta una linda habitación, y dijo, “¡Qué suerte!¡Ahí están!” Alicia tomó las cosas que el conejo le había pedido, e iba a salir del lugar cuando sus ojos descubrieron aquella botellita. Ésta no tenía ninguna indicación que dijera ‘Bébeme.’ Alicia la bebió, y dijo, “No importa, de todos modos la tomaré a ver qué pasa.” En unos instantes, Alicia empezó a crecer más rápido de lo que esperaba; y aunque se agachó, su cabeza tocó el techo. Cuando dejó de crecer, se encontraba en una posición muy incómoda, y como no halló la manera de salir de ahí, se sintió muy desdichada. Alicia dijo, “¿Porqué me metí en ésta conejera? En mi casa estaría mucho mejor. Cuando leía cuentos de hadas, creía que estas cosas nunca pasaban.”
     Al cabo de unos minutos, se escuchó la colérica voz del Conejo, diciendo, “¡PAT!¡PAT!¿Dónde estás?” Pat, quien era un simio, dijo, “Aquí estoy, cavando las patatas, excelencia.” El conejo dijo, “Ven y dime, ¿Qué está ahí en la ventana?” Pat dijo, “Excelencia, juraría que es un…brazo.” El Conejo dijo, “¿Un brazo?...bueno, ve y quítalo de ahí. ¡Haz lo que te digo cobarde!” Pat dijo, “De veras excelencia, esto no me gusta nada nadita, nadita.” El Conejo se dirigió a Bill, quien era una lagartija, y dijo, “¡Bill! Trae la escalera y ponla aquí, muchacho. Tú me descolgarás por la chimenea.”
     Alicia pensó, “Con que sí, ¿Eh? Creo que puedo mover rápido el pie para dar un buen golpe.” Así se mantuvo alerta Alicia, hasta que escuchó que algo pequeño se deslizaba por la chimenea; cuando lo sintió, tiró un rápido puntapié, pensando, “Es Bill.” Cuando las voces se volvieron a escuchar, Bill, que era un lagarto, salió disparado volando por el tiro de la chimenea. El conejo gritó, “¡Allá va Bill!¡Agárrenlo!¡Caerá cerca del seto!” El simio y el Conejo fueron a su auxilio. El simio le dijo, “¿Cómo  sientes, viejo?” El Conejo agregó, “¿Qué te sucedió?¡Cuéntanos!” Bill, el lagarto dijo, “Lo único que sé es que algo se disparó allá en la chimenea.” El Conejo dijo, “¡Prendamos fugo a la casa!” Alicia dijo, sacando un brazo por la ventana, “¡Si hacen eso, les echaré encima a Dinah!”
     Después de un prolongado silencio, Alicia volvió a escuchar la voz del Conejo, “Para empezar bastará una carretillada.” Alicia pensó, “¿De qué?” Una granizada de piedrecillas, lanzadas por Pat, Bill y el conejo, pasó a través de la ventana, golpeando a Alicia, y sacándola de dudas. Alicia les dijo, “¡Les aconsejo que no vuelvan a hacerlo!” Entonces notó con cierta sorpresa que las piedrecitas se convertían en pastelillos al tocar el suelo. Alicia pensó, “Si me cómo uno de ellos, seguramente ocurrirá el cambio en mi estatura, y lo más probable es que empequeñézca.” Tal como lo pensó, cuando volvió a reducirse tras comer los pastelitos, salió corriendo de la casa, y la multitud de animalitos que estaba afuera, se lanzó tras ella. Sin embargo pronto se encontró a salvo, en medio de un espeso bosque. Alicia dijo, “Ahora tengo que crecer de nuevo y encontrar el camino de regreso a casa.” Enseguida, Alicia pensó, “Es una magnífica idea, pero, ¿Cómo podré llevarla a la práctica?”
     De pronto, escuchó unos ladridos que la sacaron de sus pensamientos. Un cachorrito de enorme tamaño la miraba y trataba de tocarla con una de sus patitas. Alicia trató de silbarle, pero, el perro empezó a ladrar. Alicia pensó, “¡Pobrecito!¿Pero si tiene hambre y lo que quiere es comerme?¡Mejor trataré de alejarlo!”
Y cogiendo una varita del suelo, se la lanzó. El perrillo dio un brinco en el aire y fue tras ella. Alicia pensó, “Me esconderé tras esa mata de cardos.” El cachorro regresó y dejó la varita frente a la mata donde estaba refugiada Alicia, ladrándole ruidosamente. El perro daba pequeños saltos, y se revolcaba patas arriba. ¡GUAU!¡GUAU! Alicia pensó, “Parece que quiere jugar. Si yo tuviera mi estatura normal, podría hacerlo.” Cansado, el cachorro al fin se quedó jadeante, con la lengua colgante, y los ojos entrecerrados. Alicia dijo, “Esta es mi oportunidad para escapar.” Alicia corrió hasta que le faltó el aliento y los ladridos del perro se oían a gran distancia. Alicia dijo, “Y ahora, ¿Cómo recuperaré mi estatura normal? Debo comer o beber algo, pero, ¿qué?”
     Cerca de ella, se encontraba un hermoso hongo, y decidió echarle una ojeada. Sus ojos tropezaron con los de una oruga azul que, con los brazos cruzados, fumaba una larga pipa oriental sin preocuparse ni de Alicia ni de nada. Los dos se quedaron mirando por un rato sin decir nada, hasta que la oruga le habló lánguidamente. “¿Quién eres tú?” Alicia dijo, “Este…yo…yo…no estoy muy segura en estos momentos, señor. Sé quien era ésta mañana, pero he cambiado tantas veces.” La oruga se enojó y dijo, “¿Qué quieres decir? ¡Explícate!” Alicia dijo, “No creo que me sea posible, porque yo no soy yo. ¿Comprende?” La oruga dijo, “No veo porqué. ¿Quién eres tú?” Alicia le dijo, “Habiendo tenido tantas estaturas durante el día, ahora todo es muy confuso.”
     Alicia se sintió molesta porque habían vuelto al principio de la conversación. Alicia dijo, “¡Usted es quien debería decirme quien es!” La oruga dijo, “¿Por qué?” Como a Alicia no se le ocurrió alguna respuesta razonable, y la oruga estaba de pésimo humor, optó por irse. La oruga le gritó, “Regresa. Tengo algo importante que decirte.” Alicia regresó, y entonces la oruga le dijo, “De manera que crees haber cambiado varias veces, ¿Eh?” Alicia dijo, “Así es, señor. No lógro recordar ciertas cosas ni conservar mi estatura.” La oruga le preguntó, “¿Qué cosa no puedes recordar?” Alicia dijo, “He tratado de recitar ‘La Abejita’ pero no me acuerdo de las palabras, y me salen unas por otras.” La oruga dijo, “A ver…recita: ‘Eres Viejo Papá Guillermo’” Alicia recitó, “Eres viejo, papá Guillermo y te blanquea el mostacho, pero sobre la cabeza te paras. Pregunto: A tu edad, ¿Es sensato eso? Tu gordura es colosal, pero te empeñas en dar saltos mortales al entrar. Ruégote: ¿Cuál es la razón de tal? Apenas dientes te quedan, solo cosas blandas pues morder; pero puesto a comer, con todo y huesos un pato embaulas. ¿Cómo tal proeza puedes hacer? Ya casi no ves, uno puede suponerlo, pero a una anguila mantienes en vilo en la punta de la nariz, ¿Cómo puedes, dí, hacerlo? ¡…Basta!¡Largo, mas no te resisto!-dijo el padre-¡Largo o un puntapié te endilgo!”
     Al terminar Alicia su poema, la oruga le dijo, “Eso estuvo mal de principio al fin.” Después de un momento de silencio, la oruga cambió de tema, “¿Qué tamaño te gustaría tener?” Alicia le dijo, “Desearía ser un poquito más grande, señor, nadie se siente bien con solo 10 centímetros de estatura.” La oruga se incorporó muy enojada. “¡Es una magnifica estatura! Eso mido yo. ¿Cómo te atreves a quejarte?” Alicia le dijo, “Es que yo no estoy acostumbrado a este tamaño.” La oruga le dijo, “Con el tiempo te acostumbrarás.” Después de unos minutos, aburrida la oruga se arrastró para bajar del hongo, pero antes de retirarse, la oruga le dijo, retirándose, “Un lado del hongo te hará grande y el otro te hará pequeña.” Y antes de que Alicia pudiera preguntarle más, desapareció. Alicia se preguntó ante el hongo demasiado gigante para ella, “Pero, ¿Cuáles son los dos lados, si el hongo es totalmente redondo?¡Que problema tan difícil! Bueno, cortaré un pedacito de este lado y de este otro, ahora sabré cual es uno y cual es otro.”
     Mordisqueó un pedacito del hongo que tenía en la mano derecha, y al momento sintió un violento golpe en la barbilla, ésta había chocado con sus pies. Tanto se asustó, pues temía desaparecer, que de inmediato y con muchos trabajos tragó un pedacito del hongo que tenía en la mano izquierda, de inmediato empezó a crecer con tal rapidez, que el alivio que sintió se convirtió en alarma, pues su cuello se había estirado tanto que no alcanzaba a ver sus hombros, ni sus manos y mucho menos sus pies. Alicia dijo, “Al fin mi cabeza está libre, pero…¿Qué será todo este verde follaje? Y ¿Dónde está el resto de mi cuerpo?” Alicia no pudo encontrarse a simple vista, pero miró que algo se movía en el lejano follaje, y dobló fácilmente su cuello como si fuera una serpiente. Y sumergida en aquel mar de hojas, que no era otra cosa que las copas de los arboles, una paloma le golpeó el rostro con las alas.
     La paloma le dijo, “¡Serpiente!¡Serpiente!¡Lo he probado todo y es inútil!¡Nada se puede contra ustedes! Bastante trabajo tengo con empollar los huevos. ¡Y además, velar noche y día por causa de las serpientes!¡Y precisamente ahora que había escogido el árbol más alto, para librarme por fin de ustedes…¡Bajan del cielo retorciéndose en el aire!¡Asquerosas serpientes!” Alicia le dijo, “Siento que haya sufrido tantas molestias, pero yo no soy una serpiente. Soy una niñita.” La paloma dijo, “¡Vaya historia inverosímil! Yo sé cómo son las niñas y ninguna tiene el cuello como el tuyo.” La paloma se le abalanzó picándole el pelo, y diciendo, “¿Acaso me vas a decir que nunca has comido huevo?” Alicia dijo, “¡AAY! Claro que sí. Las niñas también los comemos.” La paloma le dijo, “No lo creo, pero si lo hacen, entonces se parecen a las serpientes, y tú estás buscando huevos.” Alicia se enfureció y dijo, “¡No, no, eso no es cierto! Y si los quisiera, no serian los tuyos, porque no me gustan crudos.” La paloma dijo, “¡Entonces vete!¡Vete y no vuelvas por aquí!”
     Alicia buscó entre los árboles, hasta encontrar su cuerpo, y entonces recordó que aún tenía los pedacitos de hongo. Entonces se puso a mordisquearlos, primero uno y luego el otro, de manera que iba creciendo y disminuyendo hasta que alcanzó su estatura normal. Alicia dijo, “¡Que extraños han sido todos estos cambios! Nunca estoy segura de los que sucederá. Lo importante es que ya tengo mi tamaño. El paso siguiente será encontrar el camino de regreso a casa, pero ¿Cómo?” Pensando en esto, Alicia llegó a un claro del bosque, en cuyo centro había una casita de un metro de altura, aproximadamente. Alicia dijo, “Quien quiera que viva ahí, se morirá del susto si me ve de éste tamaño. Morderé un pedacito de hongo de mi mano derecha para reducirme un poco.” Con una estatura como de 25 centímetros, Alicia se acercó a la casita en el momento en que un criado de librea salió del bosque rumbo a la puerta de la casa.
     Éste tenía cara de pez y llamó a la puerta violentamente, la cual fue abierta por otro criado de librea con cara de rana. El Criado-Pez entregó un sobre que traía el Criado-Rana. El Criado-Pez dijo, “Para la duquesa. Es una invitación de la reina para jugar al criquet.” Al hacer una profunda reverencia, los rizos de sus pelucas se entrelazaron y Alicia no pudo contener la risa. “JIJI” Cuando Alicia se tranquilizó, el Criado-Pez ya se había ido, y Alicia se aproximó al Criado-Rana que murmuraba tristemente. “Es inútil…La reina invita a la duquesa a jugar Criquet, y yo no puedo entrar a avisarle, porque los dos estamos del mismo lado de la puerta…y adentro hace tanto ruido que sería imposible que nos oyeran.” Alicia dijo, “Pero, entonces…¿Cómo podré entrar?” En efecto, en el interior había gran bullicio: alaridos, estornudos y el estrepito de un plato o tetera al romperse de cuando en cuando. El Criado-Rana dijo, “Tal vez si usted llamara, y estuviera adentro, yo le abriría desde aquí afuera para que saliera, pero como no es así, permaneceré aquí sentado hasta mañana.” Al ver la puerta abierta, Alicia se dirigió al interior. El Criado-Rana dijo, “O hasta pasado mañana. Estaré aquí por días y días. ¿Es preciso que entre?” Alicia dijo, “¡Es horrible la manera como hablan y piensan todos!¡Es como para volverse loca!¿Eh?¿Quien estará en la cocina y que estará haciendo?”
     Alicia llegó hasta una gran cocina llena de humo, donde se encontraba la duquesa sentada, con un niño en los brazos…¿O no era un niño? Una cocinera preparaba la sopa, pero lo que más le llamó la atención fue un enorme gato que le sonreía de oreja a oreja. Alicia preguntó, “¿Por qué sonríe ese gato de tal manera? Yo no sabía que los gatos pudieran sonreír. No conozco a ninguno que lo haga.” La reina dijo, “Tú sabes muy poco, pero los gatos de Chester si sonríen. ¡Y tú, deja de chillar!¡Cerdo! No te soporto.” ¡UUAAAH! Alicia se dio cuenta que aquella violenta expresión no iba dirigida a ella, sino al pequeño que lloraba. La reina le dijo, “Toma, ahora mécelo tú.” Alicia cogió al bebe en brazos con dificultad, y al mirarlo se sintió alarmada, sobre todo cuando le chilló, “¡OINK!” Alicia lo soltó llena de sorpresa y dijo, “¡Esto no es un niño, es un…cerdito! Con razón se veía feísimo. ¿Los niños podrán convertirse en cerditos? Me gustaría saber cómo?”
     Alicia abandonó aquel extraño lugar, y se volvió a internar en el bosque. Ahí, a unos cuantos pasos, volvió a encontrar al gato de Chester arriba de un árbol. Alicia le preguntó, “Minino, ¡Quieres decirme qué camino debo tomar para salir de aquí?” El gato le dijo, “Todo depende de a donde quieras ir.” Alicia le dijo, “Poco me preocupa a donde ir, con tal de llegar a alguna parte.” El gato le dijo, “Entonces poco importa el camino que tomes, porque llegarás a algún lado.” Alicia vio que el camino se dividía en dos, y señalando con su índice dijo, “¿Quién vive en esa dirección?”
     El gato dijo, “El Sombrerero Loco, y en aquella otra encontrarás a la Liebre de Marzo. Ambos están igualmente locos. Todos aquí estamos locos. Tú estás loca, si no, no estarías aquí. Nos veremos en el juego de croquet de la reina. Adiós.” Alicia se fue diciendo, “¡Vaya! He visto gatos sin sonrisa, pero una sonrisa sin gato, jamás. Iré a ver a la liebre de marzo, como estamos en mayo, puede ser interesante.”
Pronto se encontró Alicia con aquellos singulares personajes. La Liebre de Marzo, y el Sombrerero Loco, tomaban el té apoyados sobre el Lirón  que dormía profundamente. Alicia se sentó a la mesa, pero en cuanto la vieron, el sombrerero gritó, “¡No hay sitio!¡No hay sitio!” Alicia dijo, “¡Hay sitio de sobra!” La liebre dijo, “¿Quieres un poco de vino?” Alicia dijo molesta, “No veo que haya vino. Es muy descortés que me lo hayas ofrecido, si no hay.” El sombrerero dijo, “Tampoco es muy cortes que te hayas sentado sin que te invitára.” Alicia dijo, “Bueno, la mesa está puesta para más de tres personas, y yo pensé que…” El sombrerero vio su reloj de bolsillo y dijo, “¿En que día del mes estamos?” Alicia dijo, “Me parece que…a cuatro.” El sombrerero observó su reloj y dijo, “¡Error de dos días! Te dije que la mantequilla no servía para componer mi reloj.” La liebre dijo, “¡Pero si la mantequilla era de la mejor calidad!”
     El sombrerero dijo, “Pero deben haberle caído migajas, porque usaste el cuchillo del pan para arreglarlo.” Alicia dijo, “¡Que reloj tan raro! Indica el día del mes y la hora.” El sombrerero dijo, “Porque habría de decir la hora, si reñí con el tiempo el pasado mes de marzo. Desde entonces no hace lo que le pido y siempre son las seis en mi reloj.” Alicia dijo desconcertada, “¿Por eso tienen tantos servicios de té en la mesa?” El Sombrerero dijo, “Sí, porque siempre es la hora del té y no tenemos tiempo de lavar los platos.” Alicia dijo, “¿Así que dan la vuelta alrededor de la mesa  para tomarlo en tasas limpias?” El Sombrerero dijo, “Así es. Cuando las tasas se ensucian, cambiamos de puesto.”
     Alicia preguntó, “Y qué sucede cuando ya dieron la vuelta completa a la mesa?” La Liebre dijo, “Mejor cambiemos de tema. Toma un poco mas de té.” Alicia dijo molesta, “¡Si no he tomado nada todavía! Por tanto, no puedo tomar mas.” El Sombrerero dijo, “Quiero una tasa limpia, avancemos de lugar.” Alicia dijo, “Pero usted es el único que sale ganando tasa limpia, porque a mí me tocó una tasa sucia.” El Sombrerero dijo, “¡A callar! Es hora de tomar el té.” Alicia se levantó y pensó, “Esto es lo mas que puedo soportar, será mejor que me vaya de aquí en este mismo momento.” Alicia se alejó y volvió la cabeza para ver si la llamaban aquellos, pero lo último que vio fue como ellos trataban de meter al lirón en la tetera.
    Enseguida, Alicia llegó a un árbol con una puerta de casa en el tronco, y dijo, “Jamás volveré allí! Es la merienda más absurda a la que he asistido en mi vida. ¡Qué extraño! Hay una puertecilla en el tronco de ese árbol. Creo que entraré.”
     Después de caminar por un estrecho pasadizo, entró a un maravilloso jardín de hermosos rosales de flores rojas; sin embargo, cerca de la entrada, había un jardín de rosas blancas que tres jardineros, con cuerpos de cartas de baraja, pintaban de rojo. Uno de ellos, quien era dos de corazones negros, dijo, “¡Mira lo que haces, Cinco! Me estas salpicando.” Cinco dijo, “No es mi culpa, Siete me está moviendo.” Siete dijo, “¡Vaya Cinco!¡Siempre estas echándole la culpa a los demás!” Cinco dijo, “¡Cállate! Ayer oí decir a la reina que te cortaría la cabeza.” Dos de Corazones Negros dijo, “¿Por qué?” Siete dijo, “Ese no es asunto tuyo.” Alicia entonces dijo, “Podrían decirme, ¿Porqué están pintando las rosas?” Cinco dijo, “El caso es que este rosal debería ser rojo, pero plantamos uno blanco, por equivocación; y si la reina lo descubre, no cortará la cabeza.” En ese momento, Cinco empezó a gritar ansiosamente, “¡La Reina, la Reina…!” Alicia volteó y dijo, “¿Quién es esa a quien tanto temen?”
     Alicia volvió y miró que diez soldados marchaban hacia ellos, seguidos de diez personajes de la corte; tras ellos, diez infantes reales, que jugaban y bailaban en una procesión. Enseguida estaban los invitados, casi todos reyes y reinas; entre ellos, el conejo blanco que no la reconoció a Alicia. Detrás, estaba la sota de corazones llevando la corona real. Por último, cerrando el cortejo, venían el rey y la reina de corazones. La reina habló y dijo, “¿Quién es ésta?¿Cómo te llamas niña?” Alicia dijo, “Me llamo Alicia, majestad.” Alicia pensó, “Pero si son solo un mazo de cartas, no tengo por qué temer.” Los tres jardineros ya estaban tirados en el suelo boca abajo. La reina dijo, “¿Y quiénes son aquellos?” Alicia le contestó, “¿Cómo puedo saberlo? Y tampoco me importa quienes sean.” La reina se puso roja de indignación, y señalando a Alicia dijo, “¡Que le corten la cabeza!” El rey dijo, “Reflexiona querida, solo es una niña.” Alicia dijo, “Esto es ridículo.” La reina le dio la espalda y se dirigió a la sota, “¡Voltéenlos!¡Que se pongan de pie!¿Qué estaban haciendo aquí?” Cinco dijo, “Solo estábamos tratando de complacer a su majestad y…” La reina dijo, “Ya lo creo, ¡Que les corten la cabeza!” Alicia dijo en actitud de defensa, “¡No los decapitarán!”
     Los infortunados jardineros imploraron la protección de Alicia y ésta los escondió, y aunque los soldados los buscaron, no los encontraron. Así que los soldados de nuevo se presentaron ante la reina, quien les dijo, “¿Les cortaron la cabeza?” Uno de los solados que eran barajas de rombos, dijo, “Sus cabezas ya no están allí, como deseaba su majestad.” La reina dijo, “Esta bien. ¿Niña, sabes jugar croquet?” Alicia dijo, “Sí” El conejo dijo, “¡Hace un día esplendido!” La reina dijo, “Ven entonces.” Alicia peguntó al conejo, “¿Dónde está la duquesa? La reina la invitó a jugar.” El conejo dijo, “¡Chist!¡Chist! La duquesa está condenada a muerte porque abofeteó a la reina.”
     Alicia no pudo reprimir una risita mientras seguían a la reina hasta el campo de juego. “¡JIJI!” El conejo dijo, “¡Oh, cállate, puede oírte y…!” La reina dijo, tomando a un flamenco como mazo o bat de juego, “¡Cada uno a su sitio!” Alicia nunca había visto un campo de croquet como aquel. Las pelotas eran erizos vivos; los mazos, flamencos vivos, y los arcos, los mismos soldados-cartas. Así, todos contribuían para que la reina siempre ganára el juego.
     Los jugadores intervenían todos a la vez, sin esperar turno, disputándose los erizos; y Alicia no sabía como manejar su flamenco. Pronto llegó a la conclusión de que era un juego muy difícil, sobre todo porque cuando lograba pegarle al erizo, éste se iba caminando por otro lado. Y los soldados arcos se desplazaban para evitar que el tiro fuera certero. Con la confusión la reina montó en cólera, y dijo, “¡Que le corten la cabeza a éste y a aquel!” Alicia empezó a verse incomoda por aquello, cuando notó una extrañan aparición en el aire: Era una sonrisa. Alicia pensó, “Es el gato de Chester.”
La sonrisa comenzó a formarse en el gato de Chester, quien dijo, “¡Hola!¿Cómo estás?¿Te gusta la reina?” Alicia dijo, “No, no me gusta. Es extremadamente…hábil, me parece que está a punto de ganar el partido.” Al enterarse Alicia que la reina estaba detrás de ella, no quiso dar su verdadera opinión, para no provocar su ira y que la mandára decapitar. El rey vio al gato, y a Alicia, y le dijo, “¿Con quién estás hablando? No me gusta nada su aspecto del gato, deben llevárselo de aquí. Llamaré a la reina.” Alicia replicó, “¡Pero si es mi amigo!”
     El rey se dirigió a la reina y le dijo, “Querida, quisiera que se hiciera desaparecer a ese gato.” Inmediatamente la reina dijo, “¡Que le corten la cabeza!” De inmediato vino el verdugo, y dijo, “Pero si no se puede cortar una cabeza sin cuerpo.” Pero la reina le debatió, “¡Todo lo que tiene cabeza, puede ser decapitado.” El rey agregó, “Si no hacen algo inmediatamente, todos serán decapitados.”
     Aburrida de lo ocurrido, la reina se volvió hacia Alicia, y le dijo, “¿Has visto a la Falsa Tortuga?” Alicia dijo, “No, ni siquiera sé que es eso.” La reina dijo, “Ve, le diré al Grifo que te lleve con ella, para que te cuente su triste historia. Yo regresaré para ocuparme de algunas ejecuciones.” El Grifo era una bestia, mitad León mitad águila, y estaba echado y dormido.
     Pero cuando la reina se alejó, y el Grifo se incorporó, el Grifo dijo a Alicia, “¡Que broma! Todo es imaginación suya. Nadie ha sido ejecutado. Ven.” Pronto encontraron a la Falsa Tortuga, que se sentía muy triste y llorosa, quien, obedeciendo las ordenes de la reina, se dispuso a contarle su historia a Alicia, pero como su historia era tan absurda y complicada, Alicia nunca le entendió. Entonces, Alicia empezó a sentirse aburrida, cuando la Falsa Tortuga comenzó otra historia: la historia de la Danza de las Langostas, pero resultó igual de absurda y sin sentido que la narración anterior.
     Al concluir, el Grifo pidió a Alicia que les contara sus aventuras; y cuando iba a hacerlo, se escuchó un grito que decía, “¡El proceso ha comenzado!” El Grifo tomó de la mano a Alicia y echaron a correr. Cuando llegaron al lugar donde sería el juicio, el rey y la reina presidían la asamblea. Alicia se preguntó, “¿Qué proceso es éste?” En la sala de tribunal, había un juez, que era el mismo rey, y doce criaturas, entre animales y aves que eran el jurado. El Conejo Blanco, quien era quien dirigía el tribunal, o sea, el heraldo, dijo, “¡Silencio en la corte!” El rey dijo, “¡Heraldo!¡Leed la acusación!” La reina dijo, “Y ustedes, preparen en veredicto!” El conejo dijo, “¡Todavía no! Primero hay que llamar a los testigos.”
     Todos guardaron silencio, y el consejo blanco se dispuso a leer. “La sota de corazones se robó los pasteles que la Reina de Corazones había preparado para éste día.” A continuación, se presentó el Sombrerero como primer testigo. “Pido perdón a su majestad por presentarme así, pero estaba tomando mi té cuando me llamaron.” El rey le dijo enojado, “¡Presente su testimonio y no se ponga nervioso, o será ejecutado!” El Sombrerero dijo, “Yo soy un pobre hombre majestad…pero la Liebre de Marzo ha dicho…” En ese momento Alicia experimentó una sensación muy curiosa, pero pronto comprendió el motivo: lentamente, estaba empezando a crecer de nuevo. El perico, que era una de las aves del jurado, dijo, “¡Hazme el favor de no aplastarme!” Alicia dijo, “No tengo la culpa de estar creciendo.”
     Al parecer nadie se sorprendía de que Alicia estuviera creciendo, y el juicio continuó. Entonces, la Liebre de Marzo dijo, “Yo no he dicho nada, lo niego.” El rey dijo, “Si la Liebre de Marzo lo niega, no hay más que hablar.” El Sombrerero dijo, “En todo caso, el Lirón ha dicho…después de aquello me preparé otra rebanada de mantequilla.” El rey dijo, “¿Pero qué ha dicho el Lirón?” El Lirón dormía, y entonces el Sombrerero dijo, “No me acuerdo, y como está dormido, no puedo preguntarle.” El rey dijo, “Pues deberá acordarse, pues de lo contrario, será ejecutado.” Los solados tomaron y condujeron al Sombrerero, quien dijo, “Pero soy un pobre hombre…” El rey dijo, “¡Usted es un pésimo orador! Puede irse…y que afuera le corten la cabeza.” Enseguida, ya más tranquilo, el rey dijo, “¡Que se presente el siguiente testigo!” El heraldo dijo, “Es la cocinera de la duquesa.” La reina dijo, “¡Que presente su testimonio!” La mujer se presentó temerosa. El rey le dijo, “¿De qué están hecho esos pasteles?” La mujer dijo, “De pimienta, principalmente.” El Lirón dijo, “De melaza.” La reina se encolerizó y dijo, “¡Agarren al Lirón por el pescuezo!¡Decapítenlo!¡Sáquenlo de aquí!¡Sofóquenlo!¡Pellízquenlo!¡Agárrenle los bigotes!”
     Después de aquellos minutos de confusión, al restablecerse la calma, la cocinera había desaparecido. El rey dijo, “Que comparezca el siguiente testigo.” Alicia pensó, “¿Quién será el testigo que sigue? Porque por el momento no tienen suficientes pruebas.” El heraldo gritó, “¡Alicia!” Su sorpresa fue mayúscula al oír su nombre. Pero se puso de pie tan violentamente, olvidando su gran estatura, que derribó a todos los que estaban cerca de ella. Alicia dijo, “¡Presente!¡Oh, perdón!” El rey dijo, “¿Qué sabes de éste asunto?” Alicia dijo, “Nada, absolutamente nada.” El rey dijo, “Esto es muy interesante, pero según el artículo cuarenta y dos: Toda persona que mida más de una milla de altura deberá abandonar la sala.” Alicia dijo, “Yo no mido una milla, y de todas maneras no me iré.” El rey dijo, “¡Debes obedecer! Éste es el artículo más antiguo del código.” Alicia dijo, “Entonces debería ser el artículo numero uno.” El rey dijo, “Éste, ¡Deliberen los juradores!” El heraldo dijo, “¡Majestad!¡Hay una nueva prueba condenatoria!”
      El Conejo Blanco mostró un sobre al rey y dijo, “Acabamos de encontrar éste sobre en el suelo.” El rey le preguntó, “¿Qué dice? ¿A quién va dirigido?” El Conejo Blanco dijo, “No hay nada escrito en él, y no lo he abierto todavía, pero parece ser una carta escrita por un prisionero a…alguien.”
El rey desdobló el papel, y dijo, “Esto no es una carta, sino unos versos.” El conejo preguntó, “¿Escritos por el prisionero?” El prisionero se acercó y dijo, “Con la venia de su majestad. Yo no he escrito esa poesía, y nadie puede probar lo contrario porque mi firma no está en ella.” El rey le dijo, “Eso hace más grave tu caso. Demuestra que tus intenciones eran culpables.” La reina dijo, “¡Eso prueba su culpabilidad!” Alicia dijo, “¡Ni siquiera saben lo que dice la poesía!”
     El rey dijo, “¡Que la lea el conejo blanco, desde el principio hasta el final.” Al concluir la lectura, el rey afirmó, “Esta es la prueba más convincente que se ha presentado.” Alicia dijo, “¡Imposible! Nadie podría explicar su significado.” El rey dijo, “Si no tiene sentido, es inútil tratar de descifrar lo indescifrable.” El rey tomó el poema escrito y dijo, “Sin embargo, tiene un profundo sentido esto que dice: ‘Una a ella yo le dí; a él, ellos dos le dijeron.’ Esto es lo que ella hizo con los pasteles.” Enseguida, Alicia tomó el poema escrito y dijo, “Y luego dice: ‘Pero todas al fin regresaron.’” El rey dijo, “Naturalmente, por eso están ahí los pasteles. No puede estar más claro.” Enseguida el rey dijo, “¡Deliberen!” Pero la reina dijo, “¡No!¡No! Primero la sentencia y luego la deliberación.” Alicia dijo, “¡Absurdo!¡Absurdo!” La reina le dijo, “¡Cállese!” Alicia le dijo, “¡No me callaré! Jamás he oído sentenciar primero y luego deliberar.” La reina ordenó, “¡Que le corten la cabeza!” Alicia dijo, “¿Quién le va a hacer caso? Todos ustedes no son más que un mazo de cartas.”
     Alicia habló sin darse cuenta de que había vuelto a empequeñecerse, y en ese momento todas las cartas volaron por el aire cayendo sobre ella. Alicia dio un débil grito de terror y de indignación a la vez, e hizo un gesto para apartar las cartas que se disponían a atacarla. En ese momento abrió los ojos y se encontró con la cabeza apoyada en las rodillas de su hermana, quien dijo, “Despierta, Alicia querida.” Alicia se levantó y dijo, “¡Oh! He tenido un sueño tan extraño. ¡Mira, el Conejo Blanco!” Su hermana le dijo, “Dormiste mucho tiempo y ya es tarde, después me lo contarás. Ahora debemos regresar rápidamente porque se está pasando la hora de tomar el té. Anda, vámonos, que nada te distraiga esta vez.”
Tomado de Joyas Inmortales, Año 7, No. 126, marzo 15 de 1990. Adaptación: R. Bastien. Guion: Silvia Hernández. Segunda Adaptación: José Escobar.