Club de Pensadores Universales

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lunes, 7 de mayo de 2018

Las Aventuras de Barry Lindon de M. Thackeray



Las Aventuras de Barry Lindon
de M. Thackeray

     Una mañana de 1746,  en un solitario paraje londinense, tras un duelo de armas de caballeros, un hombre caía desplomado al suelo, después de escucharse un disparo de arma. Un hombre se acercó al cuerpo tendido, y dijo, “El señor Harry Barry está muerto.” Un hombre, aun con su arma en la mano, dijo, “Ofendió mi honor y las ofensas se lavan con sangre.”
     Una semana después, un niño le decía a su madre, “¿Por qué tenemos que irnos de Londres, madre?” Ella le dijo, “Edmond, ahora que tu padre no está con nosotros, no podemos sostener el nivel de vida que él nos daba.” La mujer hizo una pausa, y añadió, “Iremos a Irlanda. Mi hermano me ha ofrecido protección para ambos. Desgraciadamente, Harry no fue muy previsor.” La mujer tomó al niño por los hombros, y dijo, “Tu tío nos dará una casa cerca de la suya y se ocupará de tu educación. Quiero que seas todo un caballero. Nunca debes olvidar que eres un Barry, hijo mío.”
     Transcurrieron los años, y Edmond creció junto a su prima Nora, llegando a cumplir veinte años. Un día, estando en el jardín de la hermosa mansión de su tío, el señor Brady, Edmond charlaba con su prima Nora, diciendo, “Eres muy hermosa, Nora.” Nora le dijo, “Siempre repites lo mismo.” Él dijo, “Es que te quiero.” Ella dijo, “Yo también.” Edmond le dijo, “¿Lo dices en serio?” Ella dijo, “Claro que sí. ¿Acaso no eres mi primo, el único hijo de tía Bell?” Edmond le dijo, “Nora, yo deseo más que eso. Te ámo.” Ella le dijo, “¿Amarme? Bueno, eso me agrada. Eres tan…tan buen mozo, tan simpático y tan joven.” Edmond le dijo, “No digas eso. Ya cumplí veinte años, solo cinco menos que tu. No me trates como un chiquillo.”
     Ella le dijo, “No te enojes. Te voy a dar algo como prueba de mi cariño.” Nora le dio un listón. Edmond lo tomó, y dijo, “¡Nora! Lo guardaré como el más preciado tesoro.” Ella le dijo, “Gracias, querido Edmond. Me da gusto verte contento.” Él le preguntó, “¿Irás al baile de los oficiales?” Ella le dijo, “¡Por supuesto! Mis hermanos me acompañarán. Tu también iras, ¿Verdad?” Él le dijo, “Sí, pero me gustaría que solo bailáras conmigo.” Ella le dijo, “Pides demasiado. Te prometo que te reservaré varias piezas.” Edmond la tomó de la cintura y le dijo, “¿De verdad, Nora?” Ella le dijo, “Sí, ya te he dicho que te quiero mucho.”

      Ya en la tarde del baile de los oficiales, Edmond llegó con uno de sus primos, hermano de Nora, como acompañante. Entonces cuando Edmond observó el ambiente, dijo, “¿Quién es el personaje que esta con Nora, James?” James le dijo, “El capitán Quin. Un hombre excelente.” Entonces Edmond dijo, “Tu hermana ha bailado todas las piezas con él. Eso no está correcto.” James le dijo, “¿Por qué? Es todo un caballero. Ve a divertirte y no te preocupes por ella.”
     Edmond pensó, “Es una coqueta. Desde que llegó, no se ha separado de ese tipo.” Edmond no pudo ocultar su tristeza. Enseguida llegó Mick, otro de sus primos, hermano de Nora, quien le dijo, “¿Te sucede algo, Edmond? Tienes una cara como si quisieras comerte a alguien.”
     Edmond dijo, “No me pasa nada, Mick.” Mick le dijo, “Qué buena pareja hace el capitán Quin con Nora, ¿Verdad?” Edmond le dijo, “Tú y tu hermano no deberían permitir que estuviera tato tiempo con él. Se puede prestar a habladurías.” Mick le dijo, “¿Estás loco? Estando nosotros aquí, nadie se atreverá a decir una palabra en contra ella.” Edmond dijo, “Pero…” Mick dijo, “No te preocupes…No te he visto bailar, y si miras a tu alrededor, hay muchas jóvenes bellas.” Edmond se quedó solo, y al observar a Nora platicar con otro hombre, pensó, “Nora juró que me amaba. Me dió la cinta con el camafeo como prueba de su cariño, y ahora ni se acuerda de mi.”
     Días después, Nora recibía a Edmond en su casa, diciendo, “¿Porqué no habías venido, Edmond? Te he extrañado. Tienes una semana sin visitarnos.” Edmond le dijo, “¿Para qué iba a venir?” Nora le tomó de los hombros acercándose y le dijo, “Sabes que esta es como tu casa. Mi padre te considera otro hijo.” Edmond le dijo, “Y tú, un hermano, ¿verdad?” Nora le dijo, “¿Estás molesto conmigo?¿Qué te he hecho?” Edmond le dijo, “Casi nada. ¿Ya te olvidaste del día del baile?” Nora revisó las flores que ella misma había cortado, y dijo, “No. Estuvo muy bonito. Me divertí mucho.” Edmond le dijo, “Ya lo sé, con el capitán Quin.”
      Ella le dijo, “Edmond, te estás portando como un niño.” Edmond le dijo, “Eso es lo que piensas de mi. ¡Que soy un niño! Pues te equivocas.” Ella le dijo, “Solo tienes veinte años…no dispones de un centavo.” Edmond le dijo, “Ahora soy pobre, pero llegaré a tener tanto dinero, que podre comprar una casa mucho más grande que la de ustedes.” Ella dijo, “Pues ya deberías empezar a luchar para conseguirlo.” Él le dijo, “Y mientras tú, coqueteas con el capitán Quin.” Nora le dijo, “Eres insoportable. Me has ofendido. No te volveré a dirigir la palabra a menos que te disculpes.” Edmond le dijo, “Ni lo sueñes. La que debe disculparse eres tú.”
     Los días siguientes fueron un verdadero martirio para Edmond Barry, quien pensaba, “No debí comportarme así. Fui un tonto. Iré a verla y le pediré que me perdóne.” Y mientras él se dirigía a casa de su tío, el capitán Quin hablaba a Nora en su jardín, diciendo, “Nora, eres la mujer más admirable que he conocido.” Nora le dijo, “Ustedes los hombres siempre dicen lo mismo. En cambio, nosotras las mujeres…somos como una planta. Nace en nuestros corazones una sola flor, y después morimos.” Quin le dijo, “¿Quieres decir que nunca has amado a otro?” Nora lo abrazó, y le dijo, “No, John. Solo a ti.” John le dijo, “Mi adorada Nora.”
     Mientras tato, Mick y James conversaban, “Creo que pronto habrá boda, Mick.” Mick dijo, “Eso espero. Quin es muy rico, y yo le debo una gran suma de dinero que perdí en el juego.” Un hombre se acercó a ellos, y les dijo, “¿De qué platican?” Mick dijo, “Oh, de nada importante, capitán Fagan.” Fagan les dijo, “Al parecer, Quin está enamorado. Nunca antes lo vi tan interesado en una dama.” Mick dijo, “¡Aja! Eso nos da mucho gusto.” Fagan dijo, “Me lo imagino. Quin tiene una gran fortuna.” James dijo, “Lo que nos importa es la felicidad de nuestra hermana.” En ese momento, del otro lado del jardín, Edmond sorprendía a los enamorados, diciendo, “¡Nora!” Nora dijo, al verlo, “¡Edmond, me da gusto verte!”
     Enseguida Nora dijo, “John, mi primo Edmond.” Quin dijo, “¿Qué tal, jovencito?” Edmond, enfurecido, lanzó la cinta con el camafeo, diciendo, “¡Embustera! Tú me regalaste esto en prueba de amor. Te lo devuelvo.” Nora le dijo, “¡Edmond, estás loco!” Quin le dijo a Nora, “Nora, cuando las damas dan regalos a otros caballeros, lo mejor es no estorbarles.” Nora dijo, “John, te equivocas. Edmond no es para mí, más que mi loro o mi perro faldero.” Quin dijo, “¡Ah, sí! En Inglaterra no suelen tener las señoritas dos novios. Con tu permiso.” Nora le gritó, “John, escucha.” Nora corrió tras él, “¡John…John…!”
     Edmond le gritó, “NORAAA!” En ese momento, Mick detuvo a Edmond, diciendo, “¡Detente, estúpido!” Edmond se sacudió, y dijo, “¡Déjame!” Mick le dijo, “¿Qué derecho tienes, sinvergüenza entrometido, para intervenir en la vida de mi hermana?” Edmond le contestó, “El de amarla. Y óyelo bien: El que se quiera casar con ella, tendrá que matarme a mi primero.” James le contestó, “¡Idiota!¿Pretendes compararte con el capitán Quin? Él es un hombre rico y con gran futuro.”
     Edmond le dijo, “¡Ah, es eso! Pues mantengo lo dicho. Nadie se casará con ella porque antes lo máto.” Fagan se unió a los hermanos, diciendo, “A fé mía que lo creo muy capaz de cumplir su palabra.” James dijo, “Así es, capitán Fagan, pero Mick y yo no lo vamos a permitir.”
  Poco después, Mick veía asombrado, cómo su hermana Nora platicaba con el capitán Quin, en la sala de su casa, pensando, “Nora es más inteligente de lo que creía. No tardó mucho en convencer a John.” Era una comida entre varios presentes, y se preparaba una gran noticia. El señor Brady, padre de Nora, y tío de Edmond llegó y dijo, “¿Y Edmond? Lo vi llegar. ¿No se quedará a comer?” Mick, su hijo, le dijo, “No lo sé, quizá regresó a su casa.” El señor Brady dijo, “Bueno, empecemos. Deseo comunicarles algo.” En ese momento llegaba al recinto Edmond, diciendo, “Buenas Tardes.”
      El señor Brady dijo, “Hijo, por ti estaba preguntando. Siéntate. Hoy es un gran día en ésta familia, y me da gusto que Edmond lo comparta. Antes de pasar al comedor, el capitán Quin me pidió la mano de Nora. Brindemos por la próxima boda." Enseguida, el señor Brady se dirigió al capitan Quin, y dijo, "Puedes besarla John, te llevas un verdadero tesoro.” En ese momento, Edmond se levantó de la mesa con su vaso en mano y dijo, “Yo también voy a hacer un brindis…” Nora lo tomó del brazo y dijo, “Siéntate y cállate, bestia.” Edmond arrojó el vino de su vaso de cristal, a la cara de Quin, diciendo, “¡A su salud, capitán!” El señor Brady, se levantó, diciendo, “¡Edmond!¿Qué significa esto?” Nora agregó, “¡Animal, más que animal!” Quin dijo, mientras se secaba la cara, “Señor Barry, he sido insultado gravemente y exijo una satisfacción.” Edmond dijo, “Cuando quera y donde quiera. Espero sus noticias.”
     Cuando Edmond salió afuera de la casa, con el fin de retirarse, uno de los capitanes presentes en la mesa le dio alcance, diciendo, “¡EDMOND!” Edmond le dijo, “¿Qué desea capitán?” El capitán  le dijo, “Acompañárte. Estas muy alterado. ¡Buena la hiciste!” Edmond dijo, “Solo defiendo lo que me pertenece.” El capitan le dijo, “¿Te refieres a Nora? Sabes muy bien que ella no puede ser para ti.” Edmond le preguntó, “¿Por qué?” El capitán le explicó, “Es mayor que tú, además, ambos son pobres. Tu tío está lleno de deudas. Yo lo sé, aunque ha tratado de ocultarlo. Ese matrimonio es la salvación de la familia, y tú no tienes derecho a impedirlo. ¿Acaso tu tío no ha velado por ti? Así le pagas sus cuidados y desvelos.”
     El capitan lo miró a los ojos y le dijo, “Lo que has hecho se llama desagradecimiento.” Edmond, le dijo, “Yo soy el ofendido, capitán. Nora me dio un regalo en prueba de amor.” El capitán le dijo, “Eso demuestra lo inexperto  y joven que eres. Las mujeres son así, ya lo aprenderás con el tiempo.” Edmond le dijo, “Pues páse lo que páse, me batiré con Quin y con todo el que pretenda casarse con ella.” El capitan le dijo, “No he visto a un joven mas sediento de sangre que tú. Te advierto que Quin tiene excelente puntería.” Edmond dijo, “Será su sangre o la mía. Ya veremos quién queda con vida.”
        Dos días después, al alba, el padrino de armas de Quin, entregaba las pistolas, diciendo, “Sus pistolas dispararán cuando yo cuente tres.” Ambos tomaron distancia, y el caballero gritó, “UNO…DOS…TRES…” ¡BANG! ¡BANG! “¡AGHHH!” El capitán Quin cayó al suelo. El padrino de Edmond, quien era su primo, lo revisó, y dijo, “Esta muerto.” El padrino de Quin dijo, “Ha empezado bien, el jovencito. Ahora tendrás que esconderte o te irá mal.” Edmond se acercó, al hombre caído y dijo, “¿De verdad está muerto?” Su primo dijo, asustado, “¡Míralo! Edmond, ponte a salvo. Has matado a un capitán del ejército.” Enseguida, su primo se levantó, y dijo, “Ven, yo te acompañaré y le explicaré a tía Bell. Será muy duro para ella.” Edmond le dijo, “No me arrepiento de lo que hice, ese tipo merecía morir.”
     Poco después, la tía Bell, quien era la madre de Edmond, decía, “Me duele que tengas que marcharte, hijo; pero estoy orgullosa. Te has portado como todo un Barry.” El primo de Edmond dijo, “Tía Bell, creo que lo mejor es que se vaya a Dublín, y espere allí el desarrollo de los acontecimientos. Quizá haya muchos problemas. No hay que olvidar que Inglaterra está en  guerra con Francia. Prusia e Irlanda se han unido a los ingleses y por lo tanto, la muerte del capitán Quin puede traer serias consecuencias.” La tía Bell, dijo, “Tu primo tiene razón, hijo…no sé porque siento que esta separación será muy larga.” Edmond dijo, “No, madre. Regresaré en cuanto se hayan aquietado las cosas.”
     Bell tomó una bolsa de dinero, y dijo, “Te daré todo lo que tengo. Si eres cuidadoso con este dinero, podrás vivir por un buen tiempo.” Edmond tomó su caballo, se subió en él y se alejó, dejando a su madre y a su primo. Su madre le dijo, “Adiós, hijo querido. Que Dios te proteja.” Mientras galopaba, Edmond pensó, “Regresaré, pero triunfador. Haré que Nora se arrepienta de su actitud conmigo.”
     Cuando se encontraba a pocas millas de Dublín, Edmond fue interceptado por unos bandoleros armados, uno de los cuales bajó de su caballo, y con armas en mano, lo detuvo. Edmond dijo, “Perdón señor…” El hombre le dijo, “¡Bájese del caballo!” Otro de los bandoleros, salió de entre las ramas, y dijo, “Obedezca, no nos gusta derramar sangre, solo lo hacemos cuando nos obligan.” El otro bandolero dijo, “¿Qué espera, amigo?” Cuando el otro bandolero lo esculcó, dijo, “¡Una bolsa con dinero!” Y enseguida dijo, “¡Una excelente pistola!” Edmond, quien tenía levantadas sus manos, dijo, “Por favor, no me la quite. Era de mi padre.” El hombre dijo, “Pues ahora es nuestra. En este trabajo no caben los sentimentalismos.”
     Mientras ambos bandoleros apuntaban a Edmond, el otro hombre dijo, “Debes dar gracias por haberte encontrado con nosotros. Te dejamos lomas preciado, la vida. Puedes irte.” Edmond dijo, “¿Y mi caballo?” El hombre dijo, “Olvídalo. Empieza a caminar. No tengo mucha paciencia.”
     Mientras caminaba por la floresta, Edmond pensó, “¡Malditos! Si hubieran sido uno solo, las cosas habrían sido diferentes. ¿Qué voy a hacer ahora? Me dejaron sin un centavo. Bueno, ya veré cuando llegue a Dublín.”
     Horas más tarde, un soldado británico, leía un edicto, ante una multitud, “El regimiento de infantería necesita hombres para ocupar los cargos de los veteranos que pasaron a la reserva. Todos aquellos jóvenes que deseen alcanzar la nobleza por las armas, recibirán al engancharse una guinea y media…”
     Una semana después, Edmond no había encontrado más solución que enrolarse en la dura vida del ejercito. Ya con su paga, Edmond entro a una taberna. Una vez que fue atendido, dijo al muchacho, “Eh, muchacho! Dame otro tarro! Este está sucio!” Pero uno de los parroquiano presentes dijo, en voz alta y en tono de burla, “¡Y sopa de tortuga para el caballero!¡Ja, Ja, Ja!” Otro de los parroquianos, que estaba cercas de Edmond, le dijo, en tono amistoso, “No le hagas caso. Pregúntale a Lewis por su mujer. Todos saben que le tiene pánico y que se enroló para escapara de ella.” Edmond se acercó al hombre que se había burlado de él, y le dijo, “Oiga, ¿Así se ríe cuando su mujer le tira de las orejas?” Lewis se encolerizó, y dijo, levantándose de su mesa, “¡Maldito!” Uno de los presentes, quien también era un soldado, que tampoco estaba en servicio, dijo, “¡Un momento! Si quieren pelear, lo harán como corresponde!”
     Ya afuera, alrededor de una multitud curiosa, ambos contendientes, ya sin camisa, se preparaban para la lucha. El improvisado mediador, dijo, “No se permiten mordiscos, patadas, ni arañazos. El que quede en pie, será el vencedor.” Al comenzar la pelea, la gente se arengó, “¡Vamos Edmond, dale!” “¡Que no se te escape, Lewis!” “¡Dale Edmond, dale!” “¡Cuidado Lewis!” Tras la pelea, Edmond fue levantado en hombros. “¡Bravo Edmond! Le diste su merecido a ese matón.” Mientras Edmond se enjuagaba la cara, uno de sus simpatizantes le dijo, “Te felicito, Edmond. Nadie había puesto a Edmond en su sitio.” Edmond dijo, “Yo no permito insolencias.”
     Desde ese día, nadie se atrevió a molestar a Edmond. Dos semanas después…Edmond limpiaba su fusil, junto con otro compañero, quien le dijo, “Hoy llega un nuevo regimiento que se nos une para marchar al frente.” Edmond le dijo, “Lo prefiero. Estos dos meses, de entrenamiento ya me tienen cansado.” Esa tarde, Edmond observó a un general a caballo, y pensó, “¡El Capitán Fagan!”
     Esa noche, ambos cenaron juntos, y Fagan le dijo, “¡Nunca imaginé que te encontraría aquí! ¿Porqué te enrolaste?” Edmond dijo, “Fue absoluta necesidad. No tuve otra alternativa.” Edmond le contó todo lo que le había sucedido. Fagan dijo, “De verdad, tuviste mala suerte. Pero ahora yo te ayudare. Nada te faltará mientras esté cercas de ti.” Edmond dijo, “Gracias capitán. ¿Cómo…cómo está Nora?” Fagan dijo, “Si hubieras escrito a tu pobre madre alguna vez, sabrías que se encuentra felizmente casada.” Edmond dijo, “¡Casada!¿Quien es su marido?” Fagan dijo, “El capitán Quin. No lo mataste. Todo fue una idea de los Brady. Yo la apoye porque pensé que era lo mejor para ti.” Edmond dijo, “¡Pero si yo lo muerto!” Fagan dijo, “Pusieron en tu pistola una bala de estopa. Solo lo heriste en el cuello, y él se hizo el muerto. Mientras estuvieras allí, crearías problemas, y era la única forma de alejarte.” Edmond dijo, “Entiendo, fui un tonto. Me engañaron, como a un niño.” Fagan dijo, “No lo lamentes. Eres muy joven. Nora no te convenía. Fue lo mejor para ti.” Edmond dijo, “Pues le juro que nuca nadie me volverá a engañar. Llegaré a ser rico y poderoso a costa de lo que sea.” Fagan dijo, “Vamos, arriba ese ánimo. Lo importante ahora es salir con vida de esta guerra.”
     Al día siguiente, partieron al frente, y las batallas se sucedieron una tras otra. En una de las batallas, Fagan cayó herido, y Edmond tuvo que cargarlo para llevarlo a un lugar seguro. Fagan le dijo, “Me muero…cuídate…Edmond…” Edmond dejo escapar un llanto y dijo, cerrando los ojos de Fagan, “Mi amigo…mi buen amigo…” Después de enterrar y acampar, en una tregua, Edmond pensó, “Esta es la realidad de la guerra, no los honores y la gloria. Me iré de aquí. Escaparé de este infierno.” Desde ese momento, buscó la oportunidad para desertar sin despertar sospecha. En una oportunidad que se presentó, Edmundo escuchó la conversación de dos soldados que se bañaban en unas aguas, y que dejaron atados sus caballos. Edmond escuchó a uno de los soldados decir, “Tengo que partir esta tarde. Debo llevar un importante documento a Bremen.”
     Edmond pensó, “Esta es mi oportunidad. A pocas millas esta la zona ocupada por los aliados prusianos.” Enseguida, Edmond tomó el lugar del soldado mensajero, y partió en su caballo. Cuando llegó a uno de los retenes, un soldado prusiano lo recibió, diciendo, “Buenas tardes. Soy el capitán Potzdorff. ¿Con quién tengo el honor de hablar?” Edmond dijo, “Teniente Foster, del regimiento de Gales.” El capitán dijo, “¿A dónde se dirige?” Edmund dijo, “A Bremen. Llevo importantes documentos para el…general Williams.” El capitán dijo, “¿Percival Williams?”
     Edmond dijo, “Exactamente. Me dio gusto saludarlo, capitán, pero no quiero retrasarme más. Continuaré mi camino.” El capitán dijo, “Usted no va a ninguna parte. ¡Soldados, detengan a este hombre!” Edmond dijo, “¿Detenerme? Soy un oficial ingles.” El capitán dijo, “Es un mentiroso, y un impostor. Usted ha desertado del ejercito ingles.” Edmond dijo, “Se equivoca, yo…” El capitán dijo, “No, no me equivoco; dice llevar un mensaje para un general que murió hace diez meses. El alto mando ingles lo sabe.” Edmond reconoció su sorpresa y exclamó, “¡Oh!” El capitán continuó, “Tiene dos alternativas: enrolarse en el ejercito prusiano, o la cárcel.” Edmond dijo, “Esta bien, me enrólo.”
     Servir en el ejercito prusiano era peor que en el ingles. Para ser aceptado en el ejercito, Edmond tuvo que desfilar sin camisa, y ser golpeado por una fila de soldados compañeros. Allí, Edmond Barry, con astucia, tuvo que aprender a sobrevivir. La numerosas batallas en que tuvo que participar lo endurecieron. En la batalla, Edmund se desempeñó de una manera heróica salvando a varios soldados heridos. Días después, Edmond fue condecorado.
     Mientras un general colocaba una insignia en su uniforme, de Edmond, dijo, “Cabo Barry, es usted un valiente. Usted salvó la vida del capitán Potzdorff y de muchos de sus compañeros. Pero, desgraciadamente, también es holgazán y carece de principios. Estoy seguro de que acabará mal.”
Edmond dijo, “Espero que el coronel se equivoque. Iría al infierno por servir al regimiento.”
     Terminada la guerra, el regimiento de Edmond Barry fue enviado a la capital de Prusia. Allí Edmond continuó a las órdenes del capitán Potzdorff, quien le dispensaba un favor especial, y le dijo, “Barry, quiero que conozca a mi tío, el ministro de policía.” Edmond dijo, “Buenas tardes, señor ministro.” Potzdorff dijo, “Le he hablado de ti a mi tío. Hemos decidido sacarte del ejercito, y destinarte al buró de policía. Es una gran oportunidad para ti. Con el tiempo podrás moverte en esferas más altas.” Edmond dijo, “Gracias capitán Potzdorff.”
     Potzdorff continuó, “Tu lealtad hacia mí me ha complacido. Ahora tienes una nueva ocasión de ayudarnos.” Edmond dijo, “Estoy a sus órdenes, señor.” Potzdorff le dijo, “Ha llegado a Berlín un caballero que está al servicio de la Emperatriz de Austria. Se hace llamar Chevalier de Balibari. Realmente es irlandés y sospechamos que se encuentra aquí como espía. Habla francés y alemán. Sabemos que busca un servidor. Tú te presentarás con recomendaciones que hemos preparado. Dirás que eres húngaro.”
     El ministro de policía dijo, “¿Te interesa la misión?” Edmond dijo, “Señor ministro, me interesa todo lo que pueda ser útil a usted, y al capitán Potzdorff.” El Primer Ministro le dijo, “Bien, por ningún motivo vayas a decir que eres irlandés. Te diremos lo que tienes que hacer.”  
     Al día siguiente, Edmond se presentaba ante Chevalier de Balibari, quien le dijo, “¿Es usted el joven que me recomendó el duque de Salford?” Edmond dijo, tras entregar una carta, “Así es, excelencia.” Mientras Balibari leía la carta, Edmond pensó, “No puedo traicionarlo. Es irlandés igual que yo. Él podría ayudarme a salir del yugo prusiano.” Tras leer la carta, Balibari le dijo, “Sus cartas de recomendación son excelentes. Le tómo a mi servicio.” Edmond dijo, “Señor…yo debo decir algo. No soy húngaro; soy irlandés, y me llamo Edmond Barry. El capitán Potzdorff y su tío, el ministro de policía, me han enviado aquí a espiarlo. Pero usted es un compatriota, un caballero, y no puedo hacerle esto.” Balibari dijo, “Agradezco tu sinceridad. Quedas a mi servicio, y ambos nos burlaremos de los prusianos.”
     No en vano, Edmond Barry se había hecho astuto en el ejército y junto con su nuevo ámo, trazó un plan. Cuando Edmond informó a el Capitán Potzdorff, y el ministro de policía, dijo, “Balibari es muy religioso; va a misa todas las mañanas. Luego desayuna. Por las tardes juega a las cartas.” Edmond daba regularmente informes al ministro, ateniéndose a la verdad, pero de cosas sin mayor importancia. Edmond continuó, “Es un gran jugador. Casi siempre gana. Todos los nobles acuden al hotel en donde se aloja.” Entre Barry y Chevelier habías un perfecto acuerdo. Balibari dijo, “No olvides que si ofreces vino, es que el contrario tiene corazones; si es ponche, son diamantes.” Edmond agregó, “Si muevo una silla, tréboles. No se preocupe. Hasta el momento no ha fallado.”
     Esa noche, el plan fue puesta en marcha. Edmond llegó a la sala de apuestas, y dijo a  Balibari, “Desea vino, señor?” Balibari entendió, y contestó, “No, gracias.” Tras la presentación de cartas, Balibari dijo, “Le he vuelto a ganar. Ya me debe 15 mil monedas de oro.” Potzdorff se levantó de la mesa y dijo, “¡Quince mil! ¡Chevalier! ¡Aunque no puedo decirle cómo, le asegúro que usted me ha hecho trampa!” Balibari le contestó, “Alteza, eso es una ofensa. He jugado limpiamente.” Potzdorff se dispuso a retirarse, no sin antes decir, en tono amenazante, “Si quiere su dinero, tendrá que luchar por él. Buenas noches.”
     Enseguida, uno de los acompañantes de Potzdorff hizo la pregunta a Edmond, “¿Engañó Chevalier al príncipe?” Edmond le dijo, “No, señor. Jugó limpiamente.” El ministro de policía, quien era el tío de Potzdorff, dijo a su acompañante, “No podemos permitir que el príncipe se bata con este hombre. Sería un escándalo en la corte.” Su acompañante dijo, “No hay que olvidar que es sobrino de su alteza real. Me costaría el puesto, y quizá la cabeza.” Enseguida, el ministro se dirigió a Edmond y le dijo, “Barry, Chevalier será expulsado del país. Mañana cuando vaya a misa lo esperarán dos soldados y lo conducirán a la frontera. Su equipaje lo seguirá después. Tú me esperarás en sus habitaciones, pues quiero revisarlo antes de que se despache.” Edmond dijo, “Como usted ordene, Capitán.”   
     Barry regresó al Hotel con la muerte en el alma. Entonces se entrevistó con Balibari y le explicó lo que había sucedido. Balibari dijo, “No te preocupes. Ya tengo deseos de largarme de aquí, pero no te dejaré a tu suerte. Ya verás.” Al día siguiente, dos soldados llegaron en un carruaje, al hotel mansión donde se hospedaba Balibari, e invitaron cortésmente a Balibari a que los acompañára, y se subiera al carruaje. Balibari dijo, “¿Qué significa esto?” Uno de los soldados dijo, “Tengo orden de conducirlo a la frontera. Obedezca o usaremos la fuerza.” Mientras Balibari subía al carruaje, dijo, “Esto es un insulto. Me quejaré a mi embajador…nunca mas volveré a poner los pies en este país.” Sin embargo, a media mañana, cuando ya se suponía que el carruaje estaba muy lejos, Potzdorff llegó al hotel mansión; entró enseguida, deliberadamente y dijo, “Barry, ¿Dónde estás? Ese bandido debe encontrarse por aquí holgazaneando. Ya verá cuando lo tenga enfrente.”
     En ese momento, inesperadamente llegó Balibari y asestó un golpe en la cabeza con un jarrón, rompiéndolo y gritando, “¡Ladrones…ladrones!¡Socorroooo!¡Auxilioooo!” Dos sirvientes de la casa se acercaron y uno de ellos dijo, “¿Qué sucede, señor?” Balibari dijo, “Este individuo entró a robarme. Creí que esto era un hotel decente. Toda Europa se enterará de ésto.” Otro de los sirvientes dijo, “Pero señor, yo lo vi a usted marcharse hace tres horas.” El otro sirviente dijo, “Debe haber sido el criado. Se vistió con las ropas de su excelencia.” Balibari dijo, “Ese criado que mencionas, y además éste hombre aquí, deben haber estado de acuerdo. Llamen a la policía.” Uno de los sirvientes dijo, “Señor…éste caballero es el capitán Potzdorff, sobrino del ministro de policía.” Fue tal el escándalo que se armó, que el propio ministro acudió al Hotel, y dijo a Balibari, “Señor, le pido disculpas. Se le darán 5 mil luises de oro, pero le suplico que abandone el país y se olvide de este asunto.” Balibari dijo, “Por supuesto que me marcho, y de olvidarlo, ya veremos.”
     Días mas tarde, Balibari y Edmond celebraban bebiendo en una mesa. Balibari dijo, “Y ahora hijo mío, ya conoces todos los secretos de un buen jugador. Juntos seremos invencibles.” Pronto ambos fueron conocidos en todas las cortes de Europa y se codeaban con la más rancia nobleza. Si alguien se atrevía a negarse a pagar las deudas de juego, Barry lo solucionaba con un duelo de espadas. Y cuando un deudor estaba a punto de morir, el hombre se rendía, diciendo, “Le pagaré hoy mismo.” Entonces  Edmond guardaba su espada, y decía, “Me complace escuchar eso.” Una vida tal exigía talento y determinación por parte de ambos, y tal vida, los obligaba a vivir errantes y sin raíces.
     Aunque frecuentaban las cortes, todo su esfuerzo se traducía en ropas finas y algunas alhajas. Durante diez años fueron de un lado al otro, y un verano, encontrándose en Inglaterra, desayunado en un restaurante público, Edmund dijo a Balibari, “¿Quién es esa mujer?” Balibari le dijo, “La condesa de Lyndon. Acaba de enviudar. El niño es su hijo Charles, y el hombre, el preceptor del pequeño.” Edmond dijo, “Es impresionantemente bella.” Balibari dijo, “No solo eso, sino que es una de las mujeres más ricas de Inglaterra.” Edmond le dijo, “Chevalier, tengo que conocerla…¿Quién me la puede presentar?” Balibari dijo, “Eso es fácil. Irá esta noche a casa de Lady Prescott.”
     Esa noche, Balibari hizo la presentación en la gran residencia, “Mi querida Hellen, te presento al señor Edmond Barry.” Edmund dijo, “A sus pies Milady.” Dos meses más tarde, una mujer dialogaba con Hellen, “¡Estás loca! Enamorarte de ese hombre! Es un vividor. Tiene los peores antecedente.” Hellen dijo, “No me importa. Lo amo y me casare con él. Tía, te suplico que no trates de disuadirme.” Con su apostura y personalidad, Edmond Barry consiguió lo que muchos nobles habían tratado de lograr.
     No había pasado un año desde que conociera a lady Lyndon, cuando la condujo al altar, llegando así a la cúspide de sus sueños. Con el permiso del rey, Edmond añadió a su nombre, el de su esposa, llamándose desde ese momento, Barry Lyndon. Sin embargo, Balibari notó la tristeza del hijo de Hellen, y dijo, “Lord Bullinger, ¿Qué le sucede? Debería estar contento de que su madre se haya casado.” Lord Bullinger dijo, “No con ese hombre. Es un oportunista. No ama a mi madre y me duele ver cómo se deja engañar por él.”
     Un año después, Hellen tenía a un pequeño en brazos, y Edmond dijo, acariciando la frente del pequeño, “Bryan Patrick Barry Lyndon, mi hijo. El heredero de mi nombre.” Barry ya había obtenido todo lo que deseaba, y se dispuso a gozarlo. Lady Lyndon estaba tan enamorada, que prefería no darse por enterada del desamor e indiferencia de su marido. Su hijo pensaba al verlo, “Pobre madre. Y ese hombre gastando nuestro dinero en mujeres y fiestas.”
     Así transcurrieron los meses, y una tarde, Edmond llegó a casa diciendo, “¿Cómo está mi hijo adorado? ¿Qué tal, Charles?” Hellen dijo, “Charles, saluda a tu padre.” Charles dijo, “Él no es nada mío.” Su madre le dijo, “¡Cómo te atreves a hablar así! Le estas faltando al respeto a tu padre.” Charles dijo a su madre en tono de reclamo, “No, usted se lo faltó al casarse con ese hombre.” Hellen bajó la mirada en señal de dolor y dijo, “¡Oh! Dios mío.”
     Edmond dijo, “Calma, querida. Yo arreglare esto. Ven conmigo, Charles, tenemos que hablar en privado.” Ya en privado Edmond castigo a Charles propinándole una serie de fuetazos, “…cinco…seis…” Cuando terminó, Charles lloraba, y entonces Edmond dijo, “Siempre quise que viviéramos como amigos, pero tú te has negado a ello, a pesar de mis esfuerzos. Nunca antes te había golpeado, pero si me obligas, me acostumbrare muy pronto a hacerlo cada vez que me faltes al respeto.”
     Ocho años después, Edmond hablaba con su hijo en su recamara, “¿Te gustó tu fiesta de cumpleaños, mi pequeño?” El pequeño dijo, “Si papá. Gracias. Te quiero mucho.” Edmond lo abrazó y le dijo, “Y yo a ti, Bryan. Eres lo más preciado que tengo. Lo único que he querido y quiero en la vida.” Durante esos años, Barry Lyndon había dispuesto con gran derroche de la fortuna de su esposa.
     En uno de esos días, el mayordomo de Hellen, trajo a ella la correspondencia y le dijo, “Milady, mas facturas, pienso que…” Hellen dijo, interrumpiendo, “Déjelas allí, señor Runt. Esta tarde enviaré a pagarlas.” Pero Runt dijo, “Disculpe que se lo diga, pero su esposo ha gastado ya gran parte de su dinero y si continúa así…” Hellen lo interrumpió, “Basta, puede retirarse.” Mientras se retiraba, Runt pensó, “He tratado de advertirla, pero está ciega. No tardará en encontrarse en la ruina.”
     Todos estaban consciente de lo que sucedía y más que nadie Charlie, quien pensaba, “He talado los bosque de casi todas nuestras propiedades para vender la madera y mi madre lo permite. Ese hombre la tiene completamente dominada, pero en cuanto yo pueda, lo pondré en su sitio.” Así transcurrieron dos años más.
     Una noche que Barry ofrecía una reunión a gran parte de la nobleza, Charles presentó a su pequeño hermanito ante los asistentes, “¿No creen que le quedan bien mis zapatos? Que lastima que yo no haya muerto. ¿Verdad?” Charles continuó su discurso ante el asombro de todos, “Los Lyndon tendrían un digno representante en la ilustre sangre de los Barry, ¿No es así, señor Edmond Barry?” El pequeño se acercó a sus padres, y entonces su madre contestó, “Como quiero a este hijo te querría a ti, si merecieras mi afecto.”
     Charles dijo, “Señora, he soportado hasta el límite a este irlandés insolente con quien usted se casó. No es lo bajo de su origen, ni su brutalidad lo que me disgusta, sino el modo como la trata a usted. Es grosero, vulgar, le ha sido infiel a ojos de todos y ha malversado nuestra fortuna. Y puesto que no puedo soportar más a ese rufián, he decidido marcharme y no regresaré mientras él siga aquí.” Hellen exclamó, “¡Oh, Dios!” Edmond se abalanzó contra Charles y le dio un puñetazo, derribándolo. Varios de los presentes intentaron detener a Edmond, quien decía, mientras lo inmovilizaban, “¡Lo voy a matar, a matar!”
     Esa misma noche, la noticia de los sucedido se supo en todo Londres. Edmond notó un cambio de actitud de la gente, en las reuniones sociales. En una de esas reuniones, Edmond saludó a uno de los presentes, “Buenas tardes, Sir Chester.” Sir Chester le respondió, “¿Cómo esta?” Edmond dijo, “Hemos extrañado su presencia en nuestra casa. El 8 de este mes ofreceremos una fiesta y nos gustaría que asistiera.” Pero Chester contestó, “Lo siento, pero ya  tengo un compromiso.” Edmond dijo, “Bueno, para otra vez será.” Chester dijo, “Claro, con su permiso.” Edmond pensó, “Todos dicen lo mismo, pero ya nadie nos visita.  Ese maldito Charles tiene la culpa.” Para Barry Lyndon el desprecio de la nobleza fue un duro golpe. Por lo tanto Barry trató de superarlo, dedicándose a su hijo. Barry solía entretenerse enseñando a su hijo el arte del esgrima.
     El día en que el niño cumplió once años, su padre le dio una gran sorpresa. Patrick dijo, “¡Papá, el caballo que tanto te pedí!” Edmond le dijo, “Sí, hijo. Pero, prométeme que no lo montaras sin que yo te acompañe.” Patrick le dijo, “Te lo prometo, pero, ¿Cuándo podre salir en él?” Barry le dijo, “Ésta tarde podremos salir a dar un paseo en él.” Patrick acarició al corcel, pensando, “Es hermoso. Tal como yo lo quería…no esperaré hasta la tarde. Sé montar. Daré una sorpresa a papá.” Él mismo le puso la montura y se alejó a galope. Sin embargo el caballo tropezó, y lanzó al joven por los aires, quien murió de forma instantánea debido al fuerte golpe. En el funeral de su hijo Barry lloraba abrazando al féretro, diciendo, “Hijo, hijito adorado…”
     Después del entierro, la casa permaneció sumida en un velo de tristeza. La institutriz a menudo insistía con Hellen, “Milady, debe comer algo. Si continua así, se va a enfermar.” Hellen le dijo, “Déjame sola, Betty. Es tan grande mi dolor, que creo que me volveré loca.” Barry, por su parte, solo encontraba consuelo en el alcohol. Durante varios meses los sirvientes, vieron como la casa se derrumbaba. Un día, Betty dijo al mayordomo, “¿Qué vamos a hacer, señor Runt? Cada día llegan mas y mas facturas y no hay con que pagarlas. Lady Lyndon está enferma. Sumida en su pena, no escucha ni le importa nada.” Runt agregó, “El señor Barry bebe sin parar. Esto es un caos, pero le pondré remedio.”
    El señor Runt buscó a Charles y le explicó la situación, “He venido, Milord, para ponerlo en antecedentes de lo que sucede en el palacio de Londres.” En antiguo preceptor le relató el estado en que estaban las cosas. Charles dijo, “No debí dejar a mi madre sola con ese hombre. Creo que ha llegado el momento de regresar.” Al día siguiente Charles se presentó en el palacio de Londres. “¿Se encuentra aquí el señor Barry?” Uno de los mayordomos le dijo, “Sí, que bueno que viene por él. hace dos días que tratamos que deje de beber y se vaya.”
     Charles pasó a la estancia y encontró a Barry bebiendo y borracho. Charles pensó, “Así tenía que terminar. Es un pobre diablo.” A continuación, Charles se dirigió a él, “Estoy aquí para exigirle una satisfacción por los daños que me causó mientras viví con mi madre.” Barry dijo, “¿Qué…?¿Qué dice?” Charles le contestó, “Creo que entendió perfectamente. Si no es un cobarde, se presentará en el campo de honor.”
     Al otro día, muy temprano, el duelo se preparaba. Uno de los padrinos de armas dijo, “Para decidir quién disparará primero, lanzaré una moneda al aire. ¿Están de acuerdo?” El otro de los padrinos dijo, “Si el que dispara primero falla, corresponderá hacerlo al otro.” Charles dijo, “Bien.” Se lanzó la moneda, y uno de los padrinos dijo, “Lord Bullinger, a usted le corresponde disparar primero.”
     En el momento en que el noble levantó el arma, se escuchó un dispáro: BANG! Charles dijo, “Se disparó sola. Deben darme otra oportunidad.”  Sin embargo, uno de los padrinos dijo, “Lo siento Lord Bullinger, debe permanecer en su puesto. Ese dispáro cuenta como el primero.” El otro padrino dijo, “Señor Barry, su turno.”
     Durante unos segundos, Edmond Barry mantuvo su pistola apuntando a Charles y luego, le dio la espalda y disparó su pistola hacia el suelo. BANG! Uno de los padrinos se acercó a Charles y dijo, “Lord Bullinger, ya que el señor Barry disparó al suelo, ¿Considera haber recibido una satisfacción?” Charles contestó, “¡No!¡No estoy satisfecho!” A continuación, los padrinos volvieron a preparar las pistolas. Después de que los rivales se acomodaron a distancia, uno frente al otro, uno de los padrinos dijo, “Lord Bullinger, dispáre.” A continuación se escuchó un disparo, y un ‘Ay’ de dolor.  
    Una hora después, Edmond despertaba, diciendo, “¿Dónde estoy?” Un médico le dijo, “En una posada. Lo trajeron aquí, después del duelo.” Entonces, Edmond dijo, removiendo las cobijas, “Mi pierna…no siento mi pierna…” El médico le dijo, “Se la tuve que cortar, para salvarle la vida. La bala rompió la arteria.” Edmond exclamó, “¡Noooo!”
     Entretanto, Charles estaba en el palacio de Londres, diciendo, “Runt, informa a mi madre de lo sucedido.” Pero Runt le dijo, “¿Será conveniente? Ella a pesar de todo, lo ama.” Charles dijo, “Sin detalles. Solo lo del duelo, que fue herido, y el lugar donde está. Ella querrá ir a verle. Por lo tanto, cuando esté dentro del coche, se la llevan fuera de Londres.” Runt, inclinó su cabeza y dijo, “Bien, así se hará, señor.” Una semana después, Runt visitaba a Barry, quien aún estaba en cama.
     Runt le dijo, “Señor, vengo porque Lord Bullinger me ha encargado que le ofrezca una pensión de 500 guineas anuales, con la condición de que se vaya para siempre de Inglaterra, sin regresar jamás. Si decide quedarse, el señor Bullinger lo hará detener por deudas que usted ha contraído. ¿Qué respuesta le llevo?” Edmond dijo, “Acépto Runt, no tengo otra alternativa.” Edmond pensó, “Tendré que irme, ¿pero a donde? Ya nada tengo, ni a nadie. Mi madre murió sin que volviera a verla. Me porté como un ingrato. A penas le escribí desde que me marche de su lado. Chevalier también murió. Tampoco con él fui agradecido. Me sentí tan poderosos, que olvide a todos.”
     Totalmente vencido, y en muletas, cuando se sintió con fuerzas, marchó al extranjero. Edmond pensó, “Creo que volveré a mi profesión de jugador. Es lo único que sé hacer.” Así, Edmond volvió a jugar, pero ya sin la suerte de antaño. Lord Bullinger se hizo cargo de lo poco que quedaba de la fortuna familiar, logrando rehacerla. Y así, mientras contaba sus monedas, en una mesa, frente a su madre Hellen, Charles dijo, “Las ganancias este año han sido extraordinarias. Mi padre estaría orgulloso.”
     A continuación, mientras Hellen escribía en un pergamino: “Pagar al señor Edmond Barry, quinientas guineas,” sus ojos derramaban lagrimas.
     Después de haber sido uno de los hombres más ricos de Inglaterra, la vida de Barry Lyndon terminó como empezó: en la miseria.
Tomado de Novelas Inmortales. Año XI No. 561 Agosto 17 de 1988. Guión: H. Comte. Adaptación: R. Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.