Club de Pensadores Universales

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miércoles, 22 de mayo de 2019

Renacimiento Literario del Siglo XV

     Éste Renacimiento literario, coincide con el verdadero nacimiento nacional, puesto que es en ésta misma época, cuando se realizan  la formación del reino de España.
     A mediados de ese siglo, la Península Ibérica se hallaba dividida, sin contar a Portugal y al reino moro de Granada, en tres otros reinos, todos éstos cristianos; Navarra, Aragón, y Castilla. El rey de Aragón poseía, además, el reino de Nápoles desde 1435.
     Alfonso el Magnánimo había sucedido su hermano  Juan II, muerto en 1479. En 1484, Navarra pasaba, por matrimonio, a la familia de Albret y, en cuanto a Castilla, ésta, después de prolongados disturbios, y contiendas civiles, acabó por pertenecer a Isabel, hermana de Enrique IV de Castilla.
     Con el reinado de doña Isabel de Castilla, y de don Fernando de Aragón, comienza propiamente la historia de España, pues el enláce de los Reyes Católicos, trajo la constitución definitiva de la nacionalidad española, y del molde y forma en que había de desarrollarse, durante el tiempo más memorable de su existencia.
     La unión de Aragón y Castilla, el triunfo sobre Portugal, el restablecimiento de la paz interior, la conquista de Granada, el dominio de Nápoles, el abatimiento del poder francés en los Pirineos y en Italia, el comienzo de la hegemonía española en Europa, el descubrimiento de América, etc., tales son, en síntesis, los hechos que iban a abrir una nueva era.
     El siglo XV es el alba de los grandes clásicos, anunciada en las letras españolas por la aparición de los, Libros de Caballerías, el renacimiento de la poesía dramática, y la expansión de la poesía lirica, que ya empieza a dar figuras de tanto relieve, como el Marqués de Santillana, Juan de Mena, Gómez Manrique, y Jorge Manrique.
     Junto a ellas, una poesía popular muy tersa y caudalosa, romances anónimos en su mayoría. Hay también una prosa que cultiva la crónica, la didáctica y la novela sentimental, como La Cárcel del Amor, de Diego Fernández de San Pedro. Pero los grandes autores del siglo XV, son los poetas liricos.
Poesía Lirica
     El Marqués de Santillana, don Íñigo López de Mendoza, señor de Hita y de Buitrago, nació en Carrión de los Condes en 1398 y murió en Guadalajara en 1458. Era uno de los más nobles y poderosos caballeros de la época, e intervino como político y guerrero, en las luchas de su tiempo que es, en la historia política, el del rey don Juan II, y del condestable don Álvaro de Luna.
     El Marqués de Santillana, había reunido en su señorío de Hita, una biblioteca de gran riqueza, donde figuraban todas las obras importantes de la época y, entre ellas, las de Dante, Petrarca, Boccaccio y de los trovadores provenzales. El Marqués de Santillana, fue un erudito  de espíritu muy cultivado y, al propio tiempo, un poeta embebido de sustancia popular.
     Por la nobleza de su nacimiento, y el rango aristocrático que supo mantener, Santillana estuvo en relaciones amistosas o epistolares, con los intelectuales más eminentes de su época, y su renombre de poeta lo puso en comunicación con todos los personajes que se interesaban por la poesía. Su obra fue extensa, y de gran variedad: la, Carta-Proemio al Condestable de Portugal; los, Refranes que Dicen las Viejas Tras el Fuego, complicación folclórica de gran valor documental; los, Proverbios de Gloriosa Doctrina y Fructuosa Enseñanza; el, Dialogo de Bias contra Fortuna; la, Comedieta de Ponza, etc.
     Pero el gran renombre del Marqués de Santillana como poeta se basa en sus Serranillas, poemas cortos de sabor bucólico, en que no tiene rival por su tersura y elegancia.
     Poeta de mayores vuelos que el Marqués de Santillana fue su contemporáneo y amigo, Juan de Mena (1411-1456), aunque la naturaleza de su inspiración resulta menos variada y sugestiva. El Marques ha quedado como el tipo de prócer literario de siglo XV. Juan de Mena, por el contrario, fue puro hombre de letras.
Poco se sabe de su vida. Quedó huérfano en muy temprana edad. Empezó a estudiar en su ciudad natal, pasando después, a Salamanca y Roma, y a su regreso se lo nombró secretario de cartas latinas y cronista del Rey Don Juan II, que lo tenía en grande estima. Murió en Torrelaguna.
     Aparte de varias sátiras políticas, canciones amorosas y poesías de los géneros peculiares de la época, Juan de Mena compuso, El Laberinto de Fortuna, su obra capital, donde inspirándose en Lucano, Virgilio, y Dante, crea en ésta obra, la poesía histórica nacional.
     El Laberinto, es un poema escrito en forma alegórica, y consta de trescientas estrofas: el poeta es transportado al palacio de la fortuna en el Carro de Belona, tirado por dragones. Guiado por la providencia visita la “máquina de mundo.” Hay en ella tres ruedas: dos inmóviles, las del pasado y el porvenir, y una que gira sin descanso, la del presente.
     En cada rueda hay siete círculos: el de Diana, morada de los castos; el de Mercurio, de los malvados; el de Venus, donde se castigan los pecados sensuales: el de Febo, retiro de los humanista y poetas; el de Marte, panteón de los héroes muertos por la patria; el de Júpiter, morada de los reyes y príncipes; y el de Saturno, ocupado por los gobernantes sabios y justos de la republica. Esos círculos encierran a los principales personajes de la historia y de su tiempo; pero cuando el poeta se dispone a descifrar los secretos del porvenir, la providencia se lo prohíbe.
     Después del Marqués de Santillana y de Juan de Mena, el poeta más importante del siglo XV es Gómez Manrique (1412?-1490?), nacido en Amusco tierra de Campos, de noble familia. Era sobrino del autor de las “serranillas” y tío carnal, por línea paterna, de otro plan lirico de la época: el famoso Jorge Manrique, del que trataremos a continuación. Intervino activamente en las luchas políticas de su tiempo, época de Enrique IV de Castilla, gozó luego luego de la confianza de los Reyes Católicos, y ocupó altos cargos de gobierno, caracterizándose por su entereza, su austeridad, su espíritu tolerante, y sus ideas democráticas.
     Como poeta cultivó todos los géneros, sobresaliendo en la didáctica. Compuso copias, decires y otras piezas trovadorescas y ligeras. Pero las obras en que se apoya la fama de Gómez Manrique son aquellas que el poeta nutre de graves enseñanzas orales como: el Regimiento de Príncipes, dedicado a los Reyes Católicos; las Coplas del Mal Gobierno de Toledo; la poesía dedicada a la muerte del Marqués de Santillana y las Coplas a Diego Arias de Ávila, su obra maestra, por la pureza de estilo y la elevación de pensamiento al considerar la inestabilidad de las cosa humanas.
     Gómez Manrique es así mismo, uno de los precursores de la dramática española, por su, Representación de Nacimiento de Nuestro Señor, antecedente casi inmediato de las églogas de Juan de Encina. Más adelante volveremos a encontrarnos con su nombre.
     Jorge Manrique (1440-1478), su sobrino, era hijo de Don Rodrigo Manrique, conde de Paredes, llamado el segundo Cid por sus altos hecho de armas, contra los moros y penúltimo maestre de la orden de Santiago. Había seguido la carrera de militar, como su padre, y era ardiente partidario de la Reina Católica doña Isabel frente a las diversas fracciones que le disputaban la corona. Jorge Manrique tomó parte en numerosos hechos de guerra, tales como la defensa del Campo de Calatrava, y el sitio de Uclés. Murió de resultas de una herida, recibida frente al Castillo de Garci-Muñoz, y se le dio sepultura en la iglesia de Uclés.
     Su obra de poeta fue breve y de circunstancias; pero una sola de sus composiciones, las Coplas a la Muerte de su Padre, incomparablemente superior a todo cuanto escribió, por la belleza de la forma y la profundidad de pensamiento, ha bastado para que la posteridad lo colocase junto a los grandes liricos de la lengua castellana.
     Otros notables ingenios de siglo XV fueron: Fernán Pérez de Guzmán (1376?-1460?) señor de Batres, tío del Marqués de Santillana. Cultivó la poesía de carácter amoroso y patriótico, pero su fama la debe a sus trabajos de historiador y de moralista, tales como la traducción de dos series de biografías tituladas, Mar de Historias, y una tercera serie original: Generaciones y Semblanzas.
     Las tres series constituyen una obra de conjunto. La primera trata de, “los emperadores e de sus vidas, e de los príncipes gentiles e católicos”; la segunda, "de los sanctos e sabios, e de sus vidas, e de los libros de ficieron.” Estas primeras dos partes son traducciones como decimos, y en ellas solo el estilo pertenece a Fernán Pérez de Guzmán; pero la tercera serie es original, y está vivida y meditada por su autor. Heredó las tradiciones didácticas del siglo XIV, y las trasmitió íntegramente al siglo XV. Su espíritu de observación y de análisis, renovó el carácter que hasta él había tenido el cultivo de la historia,  y la hizo pasar del estado de crónica, al de estudio psicológico que principalmente ha tenido en los tiempos modernos.
     Juan Álvarez Gato (1430?-1496?), madrileño, con sus copias profanas, de franca inspiración popular, y sus poesías religiosas, de hondo fervor sagrado.
Pero Guillen de Segovia (1413-1474?), autor de, Discurso de los Doce Estados del Mundo, y de otras composiciones, así como del, Diccionario de Rimas, más antiguo de cuantos se conservan en lengua castellana, y cuyo título dice: La Gaya Segovia o Silva Copiosísima de Consonantes para alivio de Trovadores.
Antón de Montoro (1404-1480?), judío converso cordobés, que ejerció en su tierra el oficio de “ropero” o sastre, y cuyas poesías burlescas gozaron de cierto renombre.
Juan de Padilla (1468-1522), monje cartujo, conocido por el sobrenombre de, El Cartujano, autor del poema Dantesco los, Doce Triunfos de los Doce Apóstoles, y en forma mas popular, El Retablo.
Los Cancioneros
     Numerosos son, además, los poetas cuya obra nos ha sido conservada, aunque parcialmente, por los Cancioneros, colecciones que recogieron la casi totalidad de las poesías liricas castellanas y galaicoportuguesas que nos quedan en los siglos XIII, XIV y VX. Entre estas colecciones de obritas liricas, las que presentan mayor interés en el aspecto erudito e histórico son:
El Cancionero de Ajuda, de lengua galaicoportuguesa, compuesto de poesías derivadas de la lirica provenzal, remedada por las clases cultas y aristocráticas.
El Cancionero Portuguez da Vaticana, en la misma lengua, pero con poesías inspirada por la lirica popular.
El Cancionero Portoghese de Colocci-Brancuti, del mismo carácter que el anterior,  y así llamado por haberlo poseído el humanista italiano del siglo XVI, Angelo Colocci, y encontrarse en la biblioteca del marqués Brancuti de Cagli.
El Cancionero de Baena, muy antiguo por su contenido, pues aunque dedicado al rey Don Juan II, nos ha conservado, mucho más que la poesía de su corte, la de los tres reinados anteriores, toda vez que reúne poesías de Pedro Ferrús, Álvarez de Villasandino, Garci Ferrandes de Jerena, fray Diego de Valencia, Macías, micer Francisco Imperial y otros  poetas que florecieron  en tiempo de Enrique II, de Juan I, y de Enrique III.
El Cancionero Stúñiga, colección hecha probablemente en Nápoles y donde figura el pequeño grupo poético que acompañó a dicho reino a don Alfonso V de Aragón. Hay en él poesías del mismo Stúñiga, de Carvajal, de Pedro de Santafé, de Juan de Villalpando, de Juan de Dueñas, etc.
El Cancionero de Hernando de Castillo, que es el más voluminoso. Abarca unos doscientos autores, y contiene 964 composiciones entre las que se destacan obras de Garci Sánchez de Badajoz, Diego de San Pedro, Rodrigo de Cota; y numerosos romances, firmados por Soria, Núnez, Proaza, Juan del Encina, Alonso de Cardona, y otros.
El Cancionero de Resénde, compilación de poesías de autores portugueses hecha por el poeta  García de Resénde, publicada en Lisboa en1516, y en la que figuran 286 autores, de los cuales 29 tienen obras ya en castellano.
     Tales son las colecciones de poesía sueltas que han permitido a los historiadores de la lirica española, bosquejar el rico cuadro correspondiente a los orígenes de esa poesía.
El Romancero
Pero a fin de contemplar éste rápido resumen, resulta indispensable una mención de los Romances Viejos, obra inestimable y auténtica del pueblo.
     Al aludir en paginas anteriores a los romances populares que enriquecieron la leyenda del Cid Campeador, ya indicamos que el Romancero, parte fundamentalmente de la epopeya, ofrece una idea concreta de lo que fue la civilización medieval en España. Es otro de los monumentos de la literatura castellana, y de los más originales. Pocos son los países que poseen una colección semejante de poemas, acervo que los siglos han ido acumulando, y donde si bien, la inspiracion, las fechas, y los valores de los romances son diversos, todos están sujetos, sin embargo, a una misma forma y a unas mismas leyes métricas.
     El romance es una poesía generalmente corta, de carácter narrativo a veces lirico de inspiración muy varia y sujeta, a la misma forma métrica: versos octosílabos de rima asonantada.
    Los Romances Viejos, es decir, los romances tradicionales y primitivos que fijaron el género, parece que fueron en su origen fragmentos desprendidos de los cantares de gesta. Compusiéronse luego otros, para que siguieran recitándolos los juglares en los castillos de los nobles, y el género logró espléndida boga. El pueblo los cantaba con vihuela; pero también agradaban a todas las clases sociales y conmovían el corazón de una mujer como Isabel la Católica.
     El grupo más numeroso es el de los romances históricos castellanos, inspirados en la historia, en las tradiciones legendarias, en los grandes héroes nacionales: el Cid, Álvar Faِñez, el rey Don Rodrigo, Munio Alfonso, el conde Rodrigo González, los caballeros Hinojosas, Bernardo del Carpio, Fernán González, el Conde Garci Fernández, los Infantes de Lara, el rey Don Pedro…
     Vienen después los Romances Fronterizos, “joya incomparable de la poesía castellana,” dice Milá y Fontanals, “hijos de una sociedad todavía heroica y ya no bárbara, inspirado por el más vivo espíritu nacional, reflejan al mismo tiempo algo de las costumbres, de los trajes y edificios, y aún, si bien en pocos casos, de la poesía del pueblo moro. Por otra parte, conservan, a diferencia de los derivados de los antiguos ciclos, una forma igual o aproximada a la que recibieron al nacer. Algunos de ellos se debieron a la impresión inmediata de los hechos, o a una tradición poco lejana; y en el campamento de los Reyes Católicos, se cantaban sin duda numerosos romances fronterizos, los cuales contribuían a inspirar nuevos actos caballerosos, que fueron a su vez, no mucho mas tarde, objeto de nuevos cantos.”
    A los romances fronterizos siguen en importancia los romances histórico de temas no castellanos, incursiones que la poesía narrativa española, castellana por esencia, realizó en los hechos y gestas de los otros reinos peninsulares: los que tienen por héroes a Ramiro de Aragón; al gran Alfonso V, conquistador de Nápoles, o a su solitaria esposa, doña María; a la desventurada doña Inés de Castro; a la duquesa de Braganza, y otros personajes de distintas épocas y lugares.
     Vienen después los romances caballerescos, inspirados por gestas extranjeras y principalmente por el caudillo Rolando y su esposa doña Alda; por el sin par caballero don Gaiferos, al que están dedicados, los más antiguos y mejores romances del “cielo carolingio;” por “la linda Melisendra;” por el paladín franco Valdovinos; por el noble marqués de Mantúa; por los grandes personajes del “ciclo bretón:” los caballeros de la Mesa Rendonda y el Rey Arturo, o Artús, Lanzarote del Lago, el Sabio Merlín, Tristán e Isolda, etc.
    Personajes que aun debían de llevar después su poderosa savia legendaria a nuestros libros de caballerías. Y, finalmente, hay también los romances novelescos, no comprendidos en los géneros antes enumerados, y cuyos temas se inspiran en asuntos de mitología o de historia clásica, como el del Juicio de Paris; el de Dido y Eneas; el de, Troco, Hijo de Mercurio y Venus; el del poeta “Vergilios;” en tradiciones o leyendas moriscas, como el de la bella Moraima, o el de la garrida Fátima; o en leyendas domesticas y escenas familiares.
    Y éste género literario, que nace en las fuentes de muestras letras primitivas, no perdió vigor ni lozanía a lo largo de toda la historia literaria española, hasta llegar a nuestros días, y ofrecer su forma y su ritmo castizo a creaciones tan admirables como el, Romancero Gitano de Federico García Lorca.
     En el Siglo de Oro, el romance, en manos de los más grandes genios de la literatura española, Quevedo, Góngora, Lope de Vega, Cervantes, se extiende a todos los asuntos; históricos, legendarios, pastoriles, descriptivos, morales, filosóficos, religiosos. Toma todos los tonos: sublime, grave, anacreóntico, satírico, alegre, búfo. Los siglos XVIII y XIX, tampoco desdeñaron el romance, no obstante pesar sobre ellos la influencia de la escuela clasicista francesa, bien ajena a esta forma tan popular y espontánea. Y tanto los Moratín como los Quintana y otros poetas de la época, compusieron más de un romance, e hicieron entusiastas elogios del género y de sus producciones.
     La escuela romántica, estimulada por los eruditos de comienzo del siglo XIX, dio al romance esplendor inusitado. Una de las mas solidas glorias de los dos principales representantes del Romanticismo Español, el Duque de Rivas, y Zorrilla, estriba principalmente en haber vivificado la musa esclava y anemiada del siglo XVIII, empapándola en la vieja poesía popular de los romances, cuyos temas y formas adoptaron, según hemos de ver más adelante.    

La Prosa del Siglo XV.
    La prosa del siglo XV estuvo representada, principalmente por la historia y las obras didácticas.
Entre los historiadores de la época, es decir, entre los numerosos autores de Anales y Crónicas, ya generales, ya particulares, hay que consignar, además de Fernán Pérez de Guzmán, ya mencionado entre otros poetas,
a pablo de Santamaría (1350-1432), autor de, Las Siete Edades del Mundo; al príncipe de Viana (1421-1461), que escribió Crónica de los Reyes de Navarra;
a Hernando del Pulgar, secretario de los Reyes Católicos, que compuso la crónica de estos monarcas además de otras obras de mayor interés, como lo son sus Claros Varones de Castilla, colección donde describe 24 retratos de la nobleza de Enrique IV.
    Otras crónicas que ofrecen particular interés son, La Crónica de Don Álvaro de Luna (1546), de autor anónimo; La Crónica de Don Pedro Miño o Victorial, por Gutiérrez de Gámez, y
la Historia del Gran Tamerlán, por Ruy González de Clavijo.
La prosa satírica está representada por Alonso Martínez de Toledo, más conocido como, el Arcipreste de Talavera, que nació hacia 1398 y vivió largo tiempo en los reinos de la corona de Aragón, principalmente en Barcelona. Fue capellán del rey don Juan II, y Arcipreste de Talavera.
Escribió unas, Vidas de San Isidro y de San Idelfonso, y la obra histórica, Atalaya de las Crónicas. Pero su obra maestra es, El Corbacho o Libro de las Malas Mujeres, escrito con exuberante lozanía y cuyo estilo, cáustico, desenfadado y popular, ya anuncia la prosa de la novela picaresca. Murió alrededor de 1470.
    La prosa didáctica tiene un cultivador vario y abundante en don Enrique de Villena, (1384-1434), importante personaje de la corte de Don Juan II, descendiente por línea paterna de la casa de Aragón y por línea materna de la Casa de Castilla, pero cuyas extravagantes actividades literarias y un poco sentido de la vida real, le hicieron sentar plaza de estrafalario y quedar poco menos que en la miseria.
Cultivó la poesía, la magia.
Escribió un, Tratado de Arqueología, otro de Aojamiento o Fascinología, y otro sobre, La Lepra, e de Cómo Está en las Vestiduras e Paredes; una obra de moral: Los Doce Trabajos de Hércules, que casi puede considerarse como una tentativa de novela mitológica;
un Arte Cisoria o Tratado del Arte de Cortar el Cuchillo, ameno y pintoresco libro de cocina;
un Arte de Trovar; e hizo además, las traducciones de, La Eneida, y La Divina Comedia.
   Don Álvaro de Luna, el gran estadista castellano del siglo XV, hizo versos galantes, de circunstancias, y El Libro de las Virtuosas e Claras Mujeres.
Alfonso de la Torre, otro de los prosistas castellanos del siglo XV, escribió, La Visión Deleitable de la Filosofia y Artes Liberales, obra de carácter científico-enciclopédico.
Orígenes de la Poesía Dramática.
     Al examinar los orígenes de la poesía dramática, se observa que, en las literaturas modernas, el teatro se fue gestando sin utilizar ninguno de los elementos que podía haberles infundido la maravillosa cosecha escénica de la antigüedad clásica.
     Y es que en realidad, Esquilo, Aristófanes, Eurípides, Sófocles, Plauto, Terencio, Séneca, etc., cuyas obras resultan familiares para el hombre culto de nuestros días, no resucitaron a la vida de la fama hasta el Renacimiento; y solo en los siglos XVI, época de los grandes clásicos, empezaron a ejercer influencia en las culturas occidentales.
     Fue la liturgia cristiana, o más bien la católica, cuyos ritos pueden considerarse como verdaderas representaciones simbólicas, lo que inspiró el teatro primitivo de los pueblos modernos.
    Y España no solo no constituyó una excepción a ésta regla general, sino que, más apasionadamente católica que ningún otro pueblo de la Edad Media, crea los Dramas Litúrgicos, primeros elementos históricos de su teatro, los cuales aparecen entre los siglos XI y XIII y que, escritos al principio en lengua latina, los propios clérigos los representan en el interior de las iglesias como ilustración artística y escénica de los temas, o argumentos sagrados.
     Este teatro religioso del Medioevo es propio de todos los países cristianos, aunque en alguno, como Francia, pronto tendió a la irreverencia; y su evolución, en tres fases principales, viene a ser análoga.
1)   El Drama litúrgico propiamente dicho.
2)   Los Juegos o Representaciones escolares.
3)   Las Obras escritas en lengua popular. 
     En España, los dramas religiosos primitivos recibieron el nombre de Autos, y son el género correspondiente al que en Francia tomó el nombre de mystère, miracle-plays, en Inglaterra, sacre rappresentazioni en Italia, y Geistliche Schauspiele en Alemania.
     En el siglo XIII ya aparece uno de esos autos en la lengua romance: El Auto de los Reyes Magos, primer ensayo significativo del arte escénico español. La evolución es relativamente rápida. Por el códice llamado gerundense o de Gerona, se sabe que en el siglo XIV, hacia el año 1360, se representaba el día de los Santos Inocentes una “farsa burlesca” que debió ser muy popular.
     Algunos años más tarde, en 1394, púsose en escena , en el Palacio Real de Valencia, una “tragedia” de la que solo se conoce el titulo en lengua valenciana: L’om enamorat y la fembra satisfeta, y que su autor fue micer Domingo Mascó.
     En el siglo XV, le poeta Gómez Manrique, ya mencionado entre los liricos de la segunda mitad de ese siglo, se inscribe entre los precursores de la poesía dramática por su, Representación del Nacimiento de Nuestro Señor, compuesta para el monasterio de Calabazanos, cerca de Palencia , donde estaba su hermana María Manrique.
     El asunto de esa “representación” se basa en la natividad de la adoración de los pastores, asunto desarrollado con extrema sencillez y gran unción religiosa. Al mismo género pertenecen unas, Lamentaciones Hechas Para Semana Santa y otras obritas profanas para representar.
     Otro poeta que tuvo tendencia dramática más definida y que dejó un conjunto de obras parecidas a lo que iba ser ese género literario fue Juan del Encina, llamado por esta causa, “el patriarca del teatro español.” Nació en 1468? e hizo sus primeros estudios en Salamanca. Fue poeta y músico. Hizo varios viajes; estuvo en Roma y en Jerusalén. Hacia 1519, hallándose preparando su ordenación de sacerdote, se lo nombró para el priorato de  de la catedral de León. Murió a fines de 1529.
     Como músico, Juan del Encina compuso principalmente villancicos. Como poeta lirico, se distinguió en varios poemas que escribió siguiendo las huellas del Marqués de Santillana y de Juan de Mena.
     También escribió un, Arte de la Poesía Castellana, muestra de la perceptiva del siglo XV. Pero su notoriedad la debe a las obras dramáticas que él tituló églogas, y que escribió para las representaciones privadas que se daban en casa de los nobles.
     Los más ilustres caballeros y damas de la corte, asistieron a esas representaciones en que Juan del Encina era doblemente celebrado como poeta y como actor. Dichas églogas ascienden, entre religiosas y profanas, a 14, siendo las principales; Pasión y Muerte de Jesús; Resurrección; Mingo, Gil y Pascuala; Fileno, Zambardo y Cardonio; Placida y Victoriano; Cristino y Febea.
La Celestina
     La aparición de, La Celestina o Tragicomedia de Calisto y Melibea, planta un jalón decisivo en la historia de las letras españolas, pues ya refleja el alba dorada del siglo XVI, y viene a ser el fundamento de su literatura dramática.
     Durante largo tiempo se ha discutido la paternidad que se indica en el comienzo de la obra misma, en unos versos acrósticos que dicen: “El Bachiller Fernando de Rojas, nacido en la Puebla de Montalbán.” También se supuso que, según unos, Juan de Mena, y según otros, Rodrigo de Cota, fueran autores parciales de ésta obra gloriosa, de importancia pareja, por su elevación y por el ascendiente ejercido, al Poema del Cid. Pero finalmente, los trabajos de la crítica moderna han dejado fuera de duda, que el autor único y verdadero de, La Celestina es Fernando de Rojas.
     Poco dan de si los datos que se poseen sobre este autor ilustre. Nació hacia 1475. Se supone que estudió en Salamanca y que murió en Talavera de la Reina en 1541. No se sabe que escribiera alguna otra obra, ni nada hay que indique nuevas particularidades de su vida.
     Parece que la edición más antigua de, La Celestina, se remonta al año 1499, esto es, a los umbrales mismos del siglo XVI.
Su asunto, brevemente resumido, es el siguiente:
Calisto y Melibea son dos jóvenes de buena familia; aquel quiere ciegamente a Melibea, pero no puede entrevistarse con ella por estorbárselo la vigilancia de los padres.
     Pide el auxilio de la vieja Celestina que, valiéndose de conjuros, logra seducirla. Triunfa Calisto de Melibea. Sucédense multitud de lances, que cada vez se van haciendo más trágicos. Celestina muere a manos de los criados de Calisto por no querer partir con ellos sus ganancias; perseguido Calisto por los criados de Celestina que buscan gente para matarlo, cae de una escala y muere: Melibea se arroja desde un terrado a la vista de sus padres y muere también.
Los Libros de Caballerías
     Es entonces en ésta amplia primavera que los modernos géneros literarios, cuando aparecen y se difunden en España los libros de Caballerías, y puede decirse que casi toda la épica medieval se diluyó en dichos libros, novelas saturadas de ardiente fantasía y que gozaron de inmensa boga. En todas ellas aparece siempre un protagonista que es, en cierto modo, el paladín errante y solitario de la Edad Media que agoniza, dispuesto en todo momento a costa de los mayores riesgos, incluso de la vida, los más puros valores de la época.
     En la época oscura y cruel de aquella edad fue Francia la que imaginó la “caballería,” es decir, una nueva religión del honor y de protección al débil. Y la caballería fue una de las instituciones  más importantes de la época, bajo la forma de una especie de cofradía de la nobleza feudal. Data del siglo XI, y se reveló por un conjunto de sentimientos, de costumbres, y de códigos de gran potencia civilizadora.
     Dos eran los sentimientos caballerescos predominantes: la generosidad, de donde salió la protección al débil, y el culto a la mujer, pero a la mujer considerada como principio de todo bien, de toda elevación moral, que excitaba al hombre a la valentía, dulcificaba y purificaba sus costumbres y exaltaba sus facultades morales.
     Los caballeros se batían para afirmar todas sus fuerzas y sus destreza su culto a una hermosura, por el placer y la fama del combate, por la gloria de sus damas. Las justas y los torneos eran unas peleas sin enemistad entre hombres que se estimaban y a veces se amaban y que solo cruzaban las lanzas por el placer de ejercitar su destreza combativa.
    La delicadeza y la exaltación eran la expresión de los sentimientos caballerescos. La primera se expresaba por medio de una gran cortesía, y elegancia, unidas a la galantería más sutil; la segunda teñida de grandeza de todas las virtudes e hizo una religión del pundonor.
     Estos sentimientos llevados a veces hasta la extravagancia, dieron lugar a la “caballería andante” en la que figuraban unos errantes caballeros dedicados a correr mundo para socorrer a los oprimidos, en aquellos tiempos de anarquía feudal; y éste fenómeno humanitario contribuyó a introducir en la feroces costumbres de la época, el respeto al derecho y a la justicia.
     Muchos eran los deberes a que estaba sujeto todo buen caballero: servir a Dios y a la Iglesia, con entera abnegación; servir al rey con valentía; defender a los desvalidos, y particularmente, a las doncellas, a las viudas y a los huérfanos; no ofender maliciosamente a nadie;
no cometer ninguna usurpación, sino, por el contario, combatir a los usurpadores; inspirar todos sus actos en el culto del honor; lucha únicamente por el bien general; obedecer a sus jefes; respetar y, en caso necesario, defender el honor y los intereses de sus compañeros.
     En los torneos, el caballero siempre tenía que golpear de filo, jamás de punta.  Si resultaba vencido, el honor lo obligaba al riguroso cumplimiento de las condiciones impuestas por el vencedor. Cuando formulaba un voto, ya no podía desprenderse de sus armas, salvo para el reposo de la noche, hasta haber realizado dicho voto. No podía rehusar combate sin motivo justificado y honroso, ni desviarse de su camino para evitar un obstáculo que pudiera obviar un solo hombre.
     Tal es el vasto y poderosos fenómeno social que reflejaron los libros de caballerías, género literario que tuvo su origen en tres núcleos principales de la poesía narrativa del Medioevo: los romances célticos, cuyos temas derivan de las leyendas gálicas y bretonas; los romances de la antigüedad inspirados en la mitología griega y latina; y los romances idílicos o amorosos.  
     El Amadis de Gaula y el Tirante el Blanco, fueron la principal aportación hispánica  a éste género literario; pero una aportación que venía a superar notablemente la calidad de las versiones caballerescas que recibíamos de Italia, Francia, e Inglaterra.
    El Virtuosos y Esforzado Amadís de Gaula, fue un libro popularísimo; él y la, Celestina, compartieron la atención de los lectores del siglo XVI. Poco se sabe acerca de su autor; tan poco se sabe, que no puede asegurarse a ciencia cierta por quien, ni cuando, ni dónde se escribió el original de ese libro famoso. Lo único que puede afirmarse es que su autor fue español.
     La edición más antigua data de 1508, y el relato se divide en cuatro partes, consignándose que Garci Ordóñez de Montalvo corrigió las tres partes primeras, y trasladó y enmendó la parte cuarta, añadiendo la quinta, que contiene, Las Sergas de Esplandián, hijo de Amadís. La boga del primer Amadís fue tan enorme, que ya no se concibió en España caballero andante que no perteneciera a su linaje. Fue un libro imitadísimo.
     Nada tan distante de la realidad, tan fantásticamente imaginario, como las hazañas de Amadís. Su carácter resulta, sin embargo, de tanta nobleza y elevación, y es tal su valor poético, que fue uno de los pocos capaces de resistir el mortífero asalto del Quijote. Amadís, al igual que su digno imitador, el hidalgo manchego, es el prototipo del idealismo caballeresco.
Amadís de Gaula
     El “Libro Primero” de la obra es de acción muy nutrida. Empieza con la novelesca narración del nacimiento del héroe, arrojado al rio en un arca embetunada, con una espada y un anillo que habría de servir para su futura identificación: Sigue la infancia de Amadís en casa del caballero Gandales de Escocia; sus amores infantiles con la princesa Oriana, idilio descrito con verdadero primor;
la ceremonia de armarse caballero, según los usos medievales; las primeras empresas del paladín; el reconocimiento por sus padres, Perión y Elisena; el encantamiento de Amadís en el palacio de Arcalaus y la extraña manera cómo dos sabias doncellas discípulas de Urganda la Desconocida lo desencantaron; el fiero combate entre Amadis y don Galaor, su hermano, su hermano, sin conocerse; la liberación de Amadís por Oriana.
     En los “Libros segundo y tercero” descuellan los episodios de los palacios de la Ínsula Firme; la penitencia de Amadís, con el nombre de Beltenebros, en la Peña Pobre; el combate y la victoria del protagonista, que aquí se apellida el Caballero de la verde Espada, sobre Endriago, personaje diabólico, hijo incestuoso del gigante Bandaguido, y símbolo de pecado y del infierno; la derrota del emperador de Occidente, la liberación de la princesa Oriana y el retiro de ambos amantes a la Ínsula Firme para descansar de tantas empresas y peripecias.
     El “libro cuatro” es un doctrinal de caballeros y su acción principal la constituye un capitulo de bodas que debió hacer las delicias de las lectoras de la época: La Boda de Amadís con Oriana, y la de Don Galaor con Briolanja, así como la de otros personajes secundarios con sus amadas respectivas. Al final de esta parte, vemos como surge del mar la propia Urganda, reina de la Ínsula non Fallada, para profetizar los asombrosos destinos de Esplandián, hijo de Amadís, cuyas hazañas o sergas disponíase a describir Garci Ordóñez de Montalvo.
     Estas Sergas de Esplandián, publicadas en Sevilla en 1510, constituyen como hemos dicho, el “libro quinto” de Amadís y son, en realidad, la primera imitación de la famosa novela caballeresca.
A los cuatro libros de Amadís, completados con el quinto libro de Esplandián, siguió una caudalosa producción de novelas de ese género. Un vasto enjambre de caballeros cuya lista sería interminable vinieron como tropel a continuar las hazañas de Amadís y de Esplandián.
     Muy curiosa resulta la crítica que Cervantes hizo en el Quijote de la sobras más difundidas de su tiempo cuando, en el capítulo VI de la primera parte, cura y barbero, ama y sobrina, examinan y sentencian los cien libros, entre grandes y chicos de la librería del ingenioso hidalgo. En el corral contíguo a la casona manchega han preparado auto de fe.
     Al fuego van condenados sin remisión, Las Sergas de Esplandian, el Amadís de Grecia, Don Olivante de Laura, y Florismarte de Hircania. Síguenlos hasta el corral, donde ha de disponerse la hoguera, El Caballero Platir, y El Caballero de la Cruz, junto con el, Palmerín de Oliva, Las Ninfas de Henares, El Pastor de Iberia, El Desengáño de Celos, y otras piezas de, “esa literatura amanerada y frívola.”   
     Hallan gracia el Amadís de Gaula, “el mejor de todos los libros que de éste género se han compuesto; y así, como único en su arte se debe perdonar;” y tambien, la Historia del Famoso Caballero Tirante el Blanco, “tesoro de contento, mina de pasatiempos y, por su estilo, el mejor libro del mundo.”
     Tirante el Blanco lo escribió el caballero valenciano, Juan Martorell, en 1460, y aunque su autor declara en el prólogo de la obra, haberla traducido del inglés, no hay que creerle, pues se han descubierto una gran parte de los autores de tal género de libros, y el mismo Martorell en ese caso, acostumbraban declarar que traducían sus obras de manuscritos extranjeros. Tal vez creyeron los lectores de entonces, ser esa una circunstancia favorable para el interés de la obra. Y algunos autores españoles no vacilaban en dar a entender, falsamente, que se limitaban a importarlas, de otros países.
     El argumento central de esta hermosa novela de aventuras lo constituyen las andanzas y empresas de Tirante el Blanco en Asia y en Grecia, su entrada triunfal en Constantinopla, sus amores con la hija de un emperador bizantino, etc., esto es, un remedo novelesco de las heroicas expediciones almogávares por tierras orientales.   
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 332 y 338.