Club de Pensadores Universales

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viernes, 12 de octubre de 2018

Las Relaciones Peligrosas de Choderlos de Laclos

     Pierre Ambroise François Choderlos de Laclos, nació el 18 de octubre de 1741 y murió el 5 de septiembre de 1803.  Choderlos de Laclos fue un novelista, oficial, francmasón y general del ejército francés, mejor conocido por escribir la novela epistolar , Les Liaisons Dangereuses (Las Relaciones Peligrosas) (1782).
     Un caso único en la literatura francesa, durante mucho tiempo Laclos fue considerado un escritor tan escandaloso como el Marqués de Sade o Nicolas-Edme Rétif. Era un oficial militar sin ilusiones sobre las relaciones humanas, y un escritor aficionado; sin embargo, su plan inicial era, “escribir una obra que se apartara de lo común, que hiciera un ruido y que permaneciera en la tierra después de su muerte”; desde este punto de vista, logró la mayoría de sus objetivos con la fama de su obra maestra, Les Liaisons Dangereuses.
     Las Relaciones Peligrosas es una de las obras maestras de la literatura novelística del siglo XVIII, que explora las intrigas amorosas de la aristocracia. La novela ha inspirado una gran cantidad de comentarios críticos y analíticos, obras de teatro y películas.
Biografía
    Laclos nació en Amiens en el seno de una familia burguesa. En 1760, Laclos comenzó sus estudios en la, École Royale d'Artillerie de La Fère, antepasada de la, École Polytechnique. Como teniente joven, sirvió brevemente en una guarnición en La Rochelle hasta el final de la Guerra de los Siete Años (1763). Siguieron asignaciones a Estrasburgo (1765–1769), Grenoble (1769–1775) y Besançon (1775–1776).
En 1763, Laclos se convirtió en masón en la logia militar “L'Union” en Toul.
     A pesar de su ascenso al rango de capitán, en1771, Laclos se aburrió cada vez más de sus deberes de guarnición de artillería y de la compañía de soldados. Por lo tanto, Laclos comenzó a dedicar su tiempo libre a la escritura. Sus primeros trabajos, fueron varios poemas de luz, y aparecieron en el, Almanach des Muses. Más tarde, Laclos escribió el libreto para una ópera cómica: Ernestine, inspirada en una novela de Marie Jeanne Riccoboni. La música fue compuesta por el Chevalier de Saint Georges. Su estréno el 19 de julio de 1777, en presencia de la reina María Antonieta, resultó ser un fracaso.
     En el mismo año, Laclos estableció una nueva escuela de artillería en Valence, que incluiría a Napoleón Bonaparte entre sus estudiantes, a mediados de la década de 1780. A su regreso a Besançon en 1778, Laclos fue ascendido a segundo capitán de los Ingenieros. En éste período escribió varias obras que mostraban su gran admiración por Jean-Jacques Rousseau (1712-1778).
     En 1776, Laclos solicitó y recibió la afiliación de la logia, “Enrique IV” en París. Allí ayudó a Luis Felipe II, duque de Orleáns, a la cabeza de la organización masónica, del Gran Oriente de Francia. En 1777, frente a los dignatarios del Gran Oriente, pronunció, el que se considera como el primer discurso feminista de un hombre, que apoyaba la iniciación de la mujer.
     En 1779 fue enviado a, Île-d'Aix, en la actual Charente-Marítimo, para ayudar a Marc René, marqués de Montalembert, en la construcción de fortificaciones allí contra los británicos. Sin embargo, pasó la mayor parte de su tiempo escribiendo su nueva novela epistolar, Les Liaisons Dangereuses, así como una Carta a Madame de Montalembert. Cuando solicitó y recibió seis meses de vacaciones, pasó el tiempo en París escribiendo.
     Durand Neveu publicó, Les Liaisons Dangereuses en cuatro volúmenes el 23 de marzo de 1782; se convirtió en un éxito generalizado; mil copias vendidas en un mes, un resultado excepcional para el momento.
     Laclos recibió la orden inmediata de regresar a su guarnición en Bretaña; en 1783 fue enviado a, La Rochelle para colaborar en la construcción del nuevo arsenal.
     Aquí conoció a Marie-Soulange Duperré, con quien se casaría el 3 de mayo de 1786, y se quedaría con ella durante el resto de su vida. Al año siguiente, comenzó un proyecto de numeración de las calles de París.
     En 1788, Laclos dejó el ejército y entró al servicio de Louis Philippe, duque de Orléans, para quien, tras el estallido de la Revolución Francesa en 1789, continuó con una intensa actividad diplomática. Capturado por los ideales republicanos Laclos dejó al duque de Orleans para obtener un puesto como comisario en el Ministerio de la Guerra. Su reorganización ha sido acreditada por su papel en la victoria del Ejército Revolucionario Francés en la batalla de Valmy, el 20 de septiembre de 1792.
    Más tarde, después de su deserción del general Charles François Dumouriez, en abril de 1793, Laclos fue arrestado como Orleanista, siendo liberado después de la Reacción de Termidor, del 27 de julio de 1794.
     A partir de entonces, Laclos pasó algún tiempo en estudios balísticos, lo que lo llevó a la invención del moderno proyectil de artillería. En 1795, solicitó al Comité de Seguridad Pública su reintegración en el ejército, una solicitud que el Comité ignoró. Sus intentos por obtener una posición diplomática y fundar un banco también fracasaron.
     Finalmente, Laclos se reunió con el joven general y recientemente nombrado el primer cónsul, Napoleón Bonaparte, en noviembre de 1799, y se unió a su partido. El 16 de enero de 1800, Laclos fue reintegrado en el Ejército como General de Brigada en el Ejército del Rin; Tomó parte en la batalla de Biberach  el 9 de mayo de 1800.
     Hecho comandante en jefe de la artillería de reserva en Italia, en1803, Laclos murió poco después en el antiguo convento de San Francisco de Asís, en Taranto, probablemente de la disentería y la malaria. Laclos fue enterrado en el fuerte que todavía lleva su nombre: Forte de Laclos, en la Isola di San Paolo, cerca de la ciudad, construido bajo su dirección. Tras la restauración de la Casa de Borbón en el sur de Italia en 1815, su tumba fue destruida; se cree, que sus huesos fueron arrojados al mar.
     Les Liaisons Dangereuses, o Las Amistades Peligrosas, es una novela epistolar francesa de, Pierre Choderlos de Laclos, publicada por primera vez en cuatro volúmenes por Durand Neveu el 23 de marzo de 1782.
     Es la historia de la Marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, dos rivales, y ex amantes, que usan la seducción como una arma para controlar y explotar socialmente a los demás, mientras que, a la vez, disfrutan de sus juegos crueles y se jactan de sus talentos manipuladores. Se ha afirmado que, Las Relaciones Peligrosas, describe la decadencia de la aristocracia francesa, poco antes de la Revolución Francesa, exponiendo así las perversiones del llamado Antiguo Régimen. Sin embargo, también la novela se ha descrito como una historia amoral.
     Como una novela epistolar, Las Relaciones Peligrosas está compuesta enteramente de cartas escritas por los distintos personajes entre sí. En particular, las cartas entre Valmont y la marquesa conducen la trama, con las de sus víctimas y otros personajes que sirven como figuras contrastantes para darle profundidad a la historia.
Resumen de la Trama
     El Vizconde de Valmont está decidido a seducir a la señora de Tourvel virtuosa, casada y, por lo tanto, inaccesible, quien se queda con la tía de Valmont, mientras que el esposo de la señora de Tourvel, está ausente en un juicio. Al mismo tiempo, la marquesa de Merteuil está decidida a corromper a la joven Cécile de Volanges, cuya madre acaba de sacarla de un convento para casarse, con el amante anterior de Merteuil, quien la ha repudiado de manera grosera. Cécile se enamora del Chevalier Danceny, su joven profesor de música, y Merteuil y Valmont pretenden ayudar a los amantes secretos para ganar su confianza y manipularlos más tarde para beneficio de sus propios planes.
     Merteuil sugiere que el Vizconde Valmont debe seducir a Cécile para poder vengarse del futuro esposo de Cécile, a saber, el señor Gercourt. Valmont se niega, pues encuentra el desafío demasiado fácil, y prefiere dedicarse a seducir a Madame de Tourvel. La marquesa de Merteuil le promete a Valmont que si seduce a Madame de Tourvel, y le proporciona una prueba escrita de seducción, ella pasará la noche con él. Valmont espera lograr un éxito rápido, sin embargo, no encuentra la empresa tan fácil, como sus muchas otras conquistas. Durante el curso de su búsqueda, Valmont descubre que la madre de Cécile, ha escrito a Madame de Tourvel sobre su mala reputación. Para vengarse de esto, Valmont seduce a  Cécile, tal como la marquesa de Merteuil le había sugerido. Mientras tanto, Merteuil toma a Danceny como su amante.
     Para cuando Valmont ha logrado seducir a Madame de Tourvel, parece haberse enamorado de ella. Celosa, la marquesa de Merteuil lo engaña para que abandóne a Madame de Tourvel, y se retracta de su promesa, de pasar la noche con él. En represalia, Valmont le revela a la marquesa que hizo que Danceny se reuniera con Cécile, por lo que Danceny abandona a Merteuil una vez más. A continuación, Merteuil declara la guerra a Valmont, y le revela a Danceny que Valmont ha seducido a Cécile.
    Danceny y Valmont protagonizan un duelo, y Valmont queda herido de muerte. Antes de morir, le entrega a Danceny las cartas que prueban la participación de Merteuil en la conspiración amorosa. Estas cartas son suficientes para arruinar la reputación de Merteuil, por lo que huye al campo, donde contrae viruela. Su rostro queda cicatrizado permanentemente, y queda ciega de un ojo, por lo que pierde su mayor activo: su belleza. Pero los inocentes también sufren las maquinaciones de los protagonistas: desesperados por la culpa y el dolor, Madame de Tourvel sucumbe a la fiebre y muere, mientras que Cécile regresa al convento, deshonrada.
Significado y Crítica Literaria.
     Las Relaciones Peligrosas, es celebrada por su exploración de la seducción, la venganza y la malicia humanas, presentadas en forma de cartas ficticias, recopiladas y publicadas por un autor ficticio.
     El libro fue visto como escandaloso en el momento de su publicación inicial, aunque las intenciones reales del autor siguen siendo desconocidas. Se ha sugerido que la intención de Laclos era la misma que la de su autor ficticio en la novela; escribir un cuento sobre la moral corrupta y escuálida del Antiguo Régimen. Sin embargo, ésta teoría ha sido cuestionada por varios motivos. En primer lugar, Laclos disfrutó del patrocinio del aristócrata más antiguo de Francia: Luis Felipe II, duque de Orléans.
     En segundo lugar, todos los personajes de la historia son aristócratas, incluidas las heroínas virtuosas: Madame de Tourvel y Madame de Rosemonde. Finalmente, muchas figuras ultra-realistas y conservadoras, disfrutaron del libro, incluidos la reina María Antonieta, lo que sugiere que, a pesar de la escandalosa reputación del libro, éste no fue visto como una obra política, hasta que los acontecimientos de la Revolución Francesa, años más tarde, con el beneficio de la retrospectiva, lo hicieron aparecer como tal.
Wayland Young señala que la mayoría de los críticos han visto la obra como:
“... una especie de celebración, o al menos una afirmación neutral, de libertinaje ... pernicioso y condenable ... Casi todos los que han escrito sobre esto, han notado que el costo del pecado es superficial ...”
Argumenta, sin embargo, que:
“... el mero análisis del libertinaje ... llevado a cabo por un novelista con un dominio tan prodigioso de su medio ... fue suficiente para condenarlo y jugar un papel importante en su destrucción.”
     En un conocido ensayo sobre, Las Relaciones Peligrosas, que a menudo se ha utilizado como un prefacio de las ediciones francesas de la novela, André Malraux sostiene que, a pesar de su deuda con la tradición libertina, Les Liaisons Dangereuses cobra un gran significativa por la introducción de un nuevo tipo de personaje en la ficción francesa. La marquesa de Merteuil y el Vizconde de Valmont, escribe Malraux, son creaciones “sin precedentes.” Son, “los primeros en la literatura europea, cuyos actos están determinados por una ideología.”
     En cierto modo, Las Relaciones Peligrosas, es una contra tesis literaria de la novela epistolar, como lo ejemplificado en, Pamela o La Virtud Recompensada, de Richardson. Mientras que Richardson utiliza la técnica de las cartas para proporcionar al lector la sensación de conocer los pensamientos íntimos y verdaderos del protagonista, el uso de este recurso literario por parte de Laclos, es exactamente opuesto: al presentar al lector los puntos de vista tan contradictorios y conflictivos del los autores de las cartas, al dirigirse a los diferentes destinatarios. Haciendo esto así, le queda al lector conciliar la historia, las intenciones, y los personajes detrás de las cartas. El uso de personajes duplicados con una cara virtuosa, puede verse como una crítica compleja de la inmensamente popular y novedosa novela moral epistolar. (Wikipedia Ingles)
Las Relaciones Peligrosas
de Choderlos de Laclos
     En el siglo XVIII, el francés Choderlos de Laclos alcanzó fama con una novela epistolar sobre hechos que, en aquel entonces, todos juzgaban imposibles; sin embargo, la historia le ha dado la razón al autor. Conozcan esta historia recientemente llevada al cine con gran éxito, en la cual los personajes son dominados, principalmente por la pasión y establecen Relaciones Peligrosas.
     Aquella mañana de agosto de 1750, se abría la pesada puerta del convento de las ursulinas, cercano a París, Francia. Cecilia de Volanges, una jovencita de apenas quince años, abandonaba aquella santa casa, donde se había educado desde niña, iba en compañía de su madre. Ambas mujeres escucharon las despedida de la madre superiora, “¡Que Dios te cuide Cecilia!”
     Tiempo después, ya en Paris, la señora de Volanges recibía a su amiga y parienta lejana, la marquesa de Meretuil, quien le decía, “¿Es cierto que la pequeña Cecilia ha regresado del convento? ¡Me muero por verla de nuevo! La última vez que besé su frente era una niña.” La señora Volanges dijo, “Sí, querida marquesa. En unos minutos la llamaré. Pero antes quiero hacerte una confidencia.” La marquesa preguntó, “¿De qué se trata?” La señora Volanges dijo, “He sacado a Cecilia del convento para casarla con el conde de Gercourt, quien me ha pedido su mano.” Aquello pareció confundir a la marquesa de Merteuil, quien dijo, “¿Gercourt, eh?”
     Su mente voló retrocediendo unas semanas en el tiempo y reviviendo los últimos momentos de sus amores con el conde de Gercourt. Le pareció escuchar las palabras del hombre que entonces amaba, “Debemos terminar nuestra relación, querida. Amo a otra mujer. Además, pienso buscar una jovencita rubia, recién salida de un convento, inocente y dulce, con quien casarme y tener hijos.” La marquesa le dijo, “¡Eres un cínico, Gercourt! Sé que has estado coqueteando con la intendenta de Dubois, que hasta hace poco era la amiga intima del vizconde de Valmont. Es ella tu nuevo amor, ¿No?” Gercourt le dijo, “No te pongas así, querida. Sí, en efecto. Es ella la dueña de mis actuales suspiros. Pero a ti, siempre te recordaré.” La marquesa le dijo enfurecida, “¡Claro que siempre me recordarás, puesto que me vengaré de ésta afrenta! ¡Pero anda y vete ya con tu nuevo amor!¡No quiero volverte a ver!”
     Los recuerdos había avasallado la mente de la marquesa a tal punto, que no escuchó lo que la señora de Volanges decía, sino hasta algunos minutos después: “…y Cecilia no lo sabe. Me gustaría que fueras tú, mi buena amiga, quien hablára con ella y la instruyeras sobre los deberes de una mujer casada.” La marquesa le dijo, “Descuida, querida prima; lo haré, no faltaba más.”
     Poco después entró Cecilia. La marquesa la abrazó y la besó, y le dijo, “¡Qué linda se ha puesto!¡Parece realmente un ángel!¡Es un primor!”  Enseguida, la marquesa continuó, “Siéntate junto a mí. Desde este momento considérame tu mejor amiga. ¿Lo harás?” Ella le dijo, “S-sí, señora marquesa. Será un honor.”
     El día siguiente, en casa de la marquesa, la marquesa recibía una visita, “¡Queridísimo vizconde de Valmont, celébro que hayas acudido a mi llamado.” Ambos se sentaron en el sofá, y el vizconde dijo, “Sabes que un llamado tuyo, es una orden para mí. Aquí estoy. ¿Qué enredo es ese sobre Gercourt del que me hablabas en la carta que me enviaste esta mañana?” La marquesa le dijo, “Quiero que seduzcas a Cecilia de Volanges, puesto que es la actual prometida de Gercourt. Si lo haces, nos vengaremos de él, porque a mí me dejó, y a ti te arrebató  la intendenta de Dubois. ¿Qué te parece?”
    El vizconde dijo, “No sé, no sé…es solo una niña. El que caiga a mis pies, rendida de amor, no me dará mayor gloria, pues es una conquista fácil. Además, ahora debo partir al campo para visitar a mi tía Rosamunda.” La marquesa le dijo, “¿Y por visitar a tu anciana tía, desprecias a la preciosa Cecilia?” El vizconde le dijo, “Es que en casa de la señora Rosamunda se hospeda este verano la presidenta de Tourvel, a quien seduciré. Esa mujer lleva dos años de matrimonio y aún le es fiel a su marido. No se le conoce ni el más leve filtreo…¡Es una digna presa para un hombre como yo, que gusta de los retos!”
     La marquesa le dijo, “Ya que no te puedo convencer de las dotes de Cecilia, espero que me escribas y me tengas al tanto de tus progresos con Madame de Tourvel, a quien supongo bastante desabrida. Te deseo suerte, amigo.”
     Algunos días después, la marquesa dió una cena e invitó a algunos de sus amigos, entre ellos a la señora de Volanges y a su hija. Estando todos los comensales en la mesa, la marquesa pensó, “¡Vaya, el joven caballero Danceny parece interesado en Cecilia! Ya que Valmont no quiere cortejar a la joven, quizá éste muchacho pueda servir a mis planes.”
     Hacia el final de la velada, Danceny y Cecilia, cantaron a dúo una hermosa canción que la propia marquesa acompañó al piano. Cuando terminaron, Danceny beso la mano de Cecilia, y la marquesa pensó, “Danceny se ha enamorado de ella, ¡Magnífico!”
     Más tarde, cuando la hermosa marquesa iba a acostarse, encontró una carta en su buró, y dijo, “¡Una carta de Valmont! Veamos qué cuenta.” El vizconde le narraba, con todo detalle, cómo era su vida en el campo, al lado de su tía, Rosamunda, y la circunspecta Madame de Tourvel. Aludía a un paseo en el cual habían tenido que saltar una zanja. Valmont auxilió a su anciana tía. Mientras la ayudaba a cruzar la zanja, Valmont le dijo, “Tenga cuidado.” Enseguida, Valmont extendió su mano a Madame de Tourvel, y dijo, “Vamos, Madame de Tourvel, déme la mano y sálte. Yo evitaré que se caiga.” Después de algunos titubeos, la mujer saltó. Valmont aprovechó el momento para jalarla y atraparla en un abrazo. Valmont dijo, “¿Lo ve? Ahora usted está segura.”
     Valmont pudo sentir como el corazón de Madame de Tourvel latía rápida y desacompasádamente. Valmont pensó, “No creo que sea el miedo sino el amor lo que la pone así.” Pero madame lo separó, diciendo, “¡Su-suélteme!” En ese momento la tía gritó, diciendo, “¡Vamos jóvenes, no se queden ahí, continuemos el paseo!” Madame de Tourvel dijo, enfáticamente, “¡No vuelva a hacer eso, vizconde!”
     Cuando la marquesa terminó de leer la carta, dijo, “¡Bah!¡Valmont está desperdiciando su talento de seductor con esa palurda! Ojalá se aburra pronto de ese juego y vuelva  Paris.”
     Tres días después, Cecilia le hacía una confidencia: “Mi madre me ha dicho que va a casarme con un tal Gercourt. ¡Ni siquiera lo conozco! Estoy muy confundida, marquesa.” La marquesa le dijo, “Gercourt no es un mal tipo, querida. Tampoco es un dulce, pero eso sí, es rico, muy, muy rico.” Cecilia se entristeció, y dijo, “Es que…yo quisiera para marido un hombre amable y bello, como…”
     La marquesa le dijo, “¿Cómo Danceny?” Cecilia bajó los ojos avergonzada, y dijo, “S-Sí, creo que sí.” La marquesa le dijo, “No te avergüences de enamorarte, querida Cecilia. Tampoco te aflijas. El hecho de que vayas a casarte con Gercourt, que por lo que sé, está de viaje, no te impide tener amores con Danceny, si eso quieres.” Cecilia levantó la cara y dijo, “¿Lo cree usted así? Danceny no me ha dicho nada, pero me mira de un modo que…¡Oh, marquesa, es usted maravillosa! ¡Ahora me siento feliz!” La marquesa le dijo, “Me alégro, querida, me alégro.”
     Esa tarde, el joven caballero de Belleroche, llegaba a la casa de la marquesa de Merteuil, con quien sostenía una intensa relación amorosa. Ella le recibió brusca y fría, diciendo, “Es demasiado temprano para citas de amor, ¿No te parece?” El joven caballero le dijo, “Pero…me dijiste que viniera hoy, a ésta hora.” La marquesa le dijo, “Pues ahora te digo que te marches, no estoy de humor para arrumacos.”
     En cuanto la marquesa estuvo sola, pensó, “¡Pobrecillo Belleroche!¡Qué cara de dolor puso! De verdad me áma. No le haré sufrir más.” Y esa misma noche, un sirviente se presentó ante el joven y le dijo, “Señor de Belleroche, mi áma, la marquesa de Merteuil, me ha ordenado que le conduzca en éste carruaje al lugar donde está aguardándolo.” Ya cuando ambos iban dentro del carruaje, Belleroche dijo, “¿Qué lugar es ese?” El sirviente le dijo, “Ya lo verá usted, señor.”
     Llegaron hasta las afueras de Paris, y allí el carruaje se detuvo, ante una preciosa casita. Ambos se bajaron y el sirviente dijo, “Hemos llegado.” Al entrar, el joven vio una mesa con suculentos manjares, y la marquesa le salió al encuentro. “¡Bienvenido a mi refugio, amor mío!” La marquesa se acercó, y le dijo, “Si te despedí hoy por la tarde, fue para venir aquí, y prepararlo todo. ¡Quería darte una sorpresa!” El joven dijo, “Y yo que pensé que ya no me amabas.” Ambos se sentaron y ella lo acarició, diciendo, “Claro que te amo, tonto, y quería tenerte aquí para que a solas pudiera demostrártelo.”
     Aquella noche sería memorable para el enamorado Belleroche, quien la pasó en brazos de la marquesa.
Entre tanto, Danceny aprovechaba un descuido de Madame de Volanges para poner en manos de Cecilia una carta, diciendo, “Lea esto y sea indulgente conmigo, señorita.” En cuanto la joven se vio sola en su recamara la leyó. “¡Dice que me ama! ¡Oh, Cristo Bendito!¡Me ama!” dijo Cecilia. Luego de repasarla varias veces, la guardó en su secreter, pensando, “Aquí no la encontrará mamá.”
     La mañana siguiente, en la casa de campo de la señora Rosamunda, el vizconde de Valmont echaba a andar un plan para convencer a la presidenta. Valmont daba instrucciones a Azolán, su criado, diciendo, “Ve, Azolán, e investiga por la región donde hay una familia pobre y desdichada.” Hacia el mediodía, el hombre regresó, diciendo, “¡Amo, ámo! Ya tengo lo que me pidió." Azolán llevó al vizconde hasta la aldea, para que viera como sacaban los muebles de una cabaña. Azolán dijo, “A esa familia le están embargando casa y muebles por deudas, ámo. Quedarán en la indigencia.” Valmont se acercó y dijo a uno de los hombres que trabajaba, “¡Alto ahí! No saquen una sola cosa mas de esa casa, señores. Yo pagaré las deudas de ésta desdichada gente.” Enseguida dos mujeres se acercaron a besar las manos de Valmont. Una de las mujeres decía llorando, “¡Gracias, gracias, en nombre de Dios, señor!” La otra dijo, “¡Que la virgen le bendiga y le haga santo!”
     Poco después, en la casa de campo, Madame de Tourvel, notó que Azolán lloraba. Entonces le dijo, “¿Qué te ocurre Azolán? ¿Por qué lloras? ¿Le ha ocurrido alguna desgracia a tu ámo?” Azolán le dijo, “¡Dios libre a mi generoso amo de cualquier desgracia, señora! ¡No, no! ¡Por el contrario! Acábo de ser testigo de una hermosa escena." Enseguida, el criado narró a la dama lo sucedido en la villa, “…nosotros pasábamos por ahí, y mi ámo al ver la terrible situación de esa gente, decidió darles todo el dinero que traía, y pagar sus deudas para que no les quitáran la casa.” Azolán agregó, “¡Ese hombre es un santo!¡Un santo!” Madame de Tourvel pensó, “No. Quizá no sea un santo, pero si un corazón generoso, un alma que puede acercarse a Dios por medio de la caridad.”
     Poco después, Madame de Tourvel escribía a su intima amiga, Madame de Volanges, sobre aquel suceso, “Y entonces, el sobrino de la señora Rosamunda, fue tocado por el Espíritu Santo, y realizó una acción magnánima…” Al día siguiente, le llegó la contestación, y después de leer, pensó, “¡Cómo! Madame de Volanges dice que tenga cuidado con Valmont, que es un frívolo y un embaucador de mujeres. Añade que su caridad tiene que ser fingida, y llevar algún propósito malsano que yo ignóro.” Unas horas más tarde, cuando la señora Rosamunda leía, y Madame de Tourvel tejía un tapíz en el salón, Valmot llegó, diciendo, “¿Qué novedades hay, tía?” Mientras Valmont besaba su mano,
     Rosamunda le contestó, “Ninguna, hijo. La vida en el campo es mas bien aburrida. Seguramente extrañarás París.” Valmont le dijo, “De ninguna manera. Gozo aquí como en ninguna otra parte.” Rosamunda se levantó, y dijo, “Pasemos al comedor. Ya debe estar servida la cena.” Valmont contrariado dijo, “Sí, sí, claro.” Madame de Tourvel exclamó, “¡Oh!” Una vez en la mesa, la cena transcurrió en silencio. Madame de Tourvel se retiró enseguida a su habitación, con una carta que le dio Valmont, y tras leerla, pensó, “¡Oh, tiene razón Madame de Volanges! ¡Valmont me escribe una carta de amor!¡Todo ha sido una farsa para embaucarme!”
     A la mañana siguiente, ambos se vieron nuevamente. Entonces, Madame de Tourvel le dijo, “Señor de Valmont, ¿Le gustaría dar hoy un paseo conmigo? La señora Rosamunda está indispuesta.” Valmont contestó, “¡Oh, claro claro, encantado presidenta!” Mientras paseaban por el jardín, Valmont pensó, “Comienza a ceder terreno. ¡Je! Surtió efecto la estratagema.” Cuando se hallaban cerca de un bosquecillo, Madame de Tourvel le dijo, “Quiero advertirle, señor Valmont, que yo soy una mujer honesta, y que el tono que había en su carta, me ofende. Si es verdad que me aprecia usted en algo…” Valmont dijo, “¿Apreciarla? ¡La ámo, la ámo con todo mi corazón, presidenta!” Ella le dijo, “No lo creo, pero si así fuera, seguramente usted accedería a algo que voy a pedirle.”
     Valmont le dijo, “Pida usted lo que quiera, sus deseos son órdenes.” Ella le dijo, “Quiero que se vaya enseguida de aquí.” Valmont asombrado dijo, “¿Co-cómo?” Ella agregó, “Porque si usted no se va, tendré que irme yo.” Valmont le dijo, “Está bien, está bien, presidenta. Regresaré a París. Pero concédame la gracia de permitir que le escriba.” Madame de Tourvel se alejó, diciendo, “Concedido, vizconde, siempre y cuando su tono sea amistoso solamente, y no háble una palabra de amor.”
     Esa misma noche, Valmont hizo que Azolán, su criado, convenciera a la doncella de Madame de Tourvel, con quien sostenía amores, para que ésta le permitiera ver el contenido de la faltriquera de su áma. Pronto Valmont se enteró quien era la persona que había mal informado a Madame de Tourvel, y la había hecho desconfiar de él. Mientras Valmont leía la carta, pensó, “¡Una carta de Madame de Volanges y le habla pestes de mi!” Esa noche, Valmont dejó la finca de su tía Rosamunda, y volvió a París, con Azolán.
     Al día siguiente, Valmont hacia una visita, diciendo, “Diga a la marquesa de Merteuil, que el vizconde de Valmont está aquí, y tiene cosas urgentes que tratar con ella.” En cuanto terminó de contarle a su amiga lo ocurrido, ésta soltó una divertida carcajada. “¡Ja, Ja, Ja!¡Mi pobre Valmont!¡Oh!¡Qué desdichado debes sentirte ahora!” Pero a Valmont aquello no le hacía ninguna gracia. “¡Me voy! Solo vine a decirte que he decidido encargarme de la pequeña Volanges, seduciéndola. Me vengaré de las intrigas de su madre.” Mientras se iba, la marquesa pensó, “¡Vaya, vaya! sin pretenderlo, la presidenta de Tourvel favoreció mis planes.”
     Entre tanto, Cecilia de Volanges leía a escondidas una carta de Danceny, pensando, “¡Oh, qué lindas cosas me dice!” Enseguida, Cecilia escuchó una voz que le decía, “¡Señorita Cecilia! ¡Su señora madre dice que báje a cenar!” Ella le contestó, “¡Sí. Sí!¡Voy enseguida!” Cecilia fue a su secreter a colocar la carta, en donde ya había numerosas cartas, y pensó, “¡Oh, mi Danceny!¡Mi hermoso Danceny!¡Cuanto lo ámo!”
     Por otro lado, en un salón de fiestas, Valmont se proponía a divertirse. Enseguida saludó a una dama, “¡Emilia!” Ella exclamó, “¡Vizconde!” Valmont le dijo, “Vámonos de aquí. Quiero disfrutar de tu compañía.” Ella le dijo, “Pero…¡Es que acabo de casarme!” Mar tarde, mientras ambos subían a un carruaje, Valmont dijo, “¡No me importa! No permitas que algo tan insignificante, te impida pasar unas horas de risa y alegría conmigo.” Ella le dijo, “¡Eres un diablo, Valmont!”
     En la madrugada, Valmont decidió usar la espalda desnuda de su amiga Emilia como pupitre, para escribir una carta, dictándose en voz alta, diciendo, “¡Señora presidenta de Tourvel…!” Emilia reía, “¡Ji, Ji, Ji!” La noche siguiente, Madame de Tourvel leía la misiva, “…y no se imagina usted, querida señora, en qué estado me encuentro al escribir ésta carta. Su ausencia me lacera. El dolor me vence.” Madame tras leer la carta se sentó, y, llena de dudas, se dijo a sí misma, de manera preocupada, “¡No debiera permitirle que me escriba!¡Oh, ya no sé qué hacer!” En ese momento, en París, Valmont se despedía de su amiga la marquesa, quien le decía, “Entonces, haz lo que te he dicho. Conviértete en confidente de Danceny. Yo ya lo soy de Cecilia. Así les manejaremos.” Cuando se quedó sola, la marquesa musitó, “Ahora, para que Valmont tenga éxito, habrá que quitarle obstáculos.”

      Al día siguiente, la marquesa visitó a su prima, “Querida, tengo que hablarte a solas. Hay algo que debes saber sobre tu hija. No puedo callarlo más.” Minutos después, el rostro de Madame de Volanges cambiaba de color, diciendo, “¿Danceny?¿Estás segura?” la marquesa le dijo, “Se escriben a tus espaldas. Y éste romance puede arruinar el proyecto de boda con Gercourt.” Madame se levantó, y le dijo, “¡Te agradezco en el alma que me hayas puesto al tanto! Yo sabré qué hacer.” La marquesa le dijo, “Calma, querida prima, mucha calma.”
     En cuanto despidió a la visita, la señora entró como una tromba en el cuarto de Cecilia, quien dijo, “¡Mamá!¿A dónde vas?” Madame de Volanges levantó la tapa del secreter, y señaló las cartas. “¿Quieres decirme qué es esto, Cecilia?” Cecilia dijo, con temor, “¿Yo?¡Oh!¡No, yo…!” Madame de Volanges tomó las cartas y se retiró, diciendo, “Hablaré con la persona que te ha llenado la cabeza con fantasías, para que te deje en paz.” Cecilia gritó, “¡No mamá!¡No te las lleves!” Su madre le dijo, “¡Te casarás con Gercourt, aunque yo tenga que pasar por lo que sea! Y, si esa boda se frustrára, regresarás al convento.” Cecilia se quedó en soledad, y en lagrimas, pensó, “¡Oh, Danceny!¡Esto es el fin de nuestro amor!”
     Luego de leer las tiernas palabras que contenían, Madame de Volanges arrojó las cartas al fuego, pensando, “Aceptaré el consejo de mi prima, y llevaré a mi hija al campo, a casa de la señora Rosamunda.” Valmont por su parte ofrecía sus servicios a Danceny, quien le decía, “Madame de Volanges me ha prohibido acercarme a Cecilia.” Valmont le dijo, “Escríbale, amigo mío, yo le llevaré las cartas.” Danceny le dijo, “¿Hará usted eso por mi?” Valmont le dijo, “No me costará ningún trabajo, pues pienso volver a casa de mi tía a pasar el resto del verano.”
     Al día siguiente, el vizconde se trasladó a la casa de campo. Al llegar el carruaje, su tía lo recibió, diciendo, “¡Querido sobrino, celébro que regréses!” Ya dentro de la casa de campo, Madame de Tourvel se demudó al ver de nuevo a Valmont. Rosamunda dijo, “Mire quién está aquí, presidenta.” Valmont dijo, “Es un gusto verla de nuevo.” También Madame de Volanges y Cecilia se hallaban en la finca. A la hora de comer, se reunieron todos.
     Valmont se las arregló para quedar junto a Cecilia, y pasarle una carta de Danceny. Ya en privado, Valmont le explicó, “Soy íntimo amigo de Danceny. Téngame confianza. Yo le haré llegar sus mensajes sin que nadie lo sepa.. Para eso, déjeme en la balaustrada de la escalera, una copia de la llave de su cuarto.”
     Esa noche, Cecilia meditaba en su cuarto, después de leer la carta de Danceny, pensó, “Danceny confirma las palabras del vizconde, y me pide que haga lo que él diga.” Cecilia dejó la llave en la balaustrada. La siguiente noche el vizconde penetró sin dificultad, en el aposento de la jovencita. Estando acostada en su cama, Cecilia se alteró, cuando notó la presencia de Valmont, diciendo, “¡Oh, es usted!¿Tiene otra carta que darme?” Valmont le dijo, “Temo que no, querida.” Enseguida, Valmont se recargó en la cabecera de la cama, junto a Cecilia, y le dijo, “Si me das un beso, Cecilia, te diré todo sobre Danceny. Te contaré de su vida en París, y de lo enamorado que está de ti.”
     Cecilia le dio un ingenuo beso en la mejilla. Valmont la tomó de los hombros y le dijo, “¡Oh, no, esa no es la clase de beso que quiero!” El vizconde la besó apasionadamente en los labios. Cecilia trató de resistir, pero poco a poco fue abandonándose a aquél abrazo seductor. Sin embargo, Cecilia reaccionó, y dijo, “¡No, no, esto no puede ser!¡Ya váyase, oh!” A continuación, la pasión entre los dos se consumió. Unas horas después, Valmont se levantaba de la cama, pensando, “Fue más fácil de lo que pensé.”
     Al día siguiente, Madame de Volanges disculpó a su hija, en el desayuno. “Cecilia amaneció algo indispuesta. Permanecerá recostada hasta que se recupére.” Esa noche, Valmont se llevó una sorpresa al ir a la recamara de Cecilia, y pensó, “¡Maldición!¡Ésta vez la estúpida chiquilla ha cerrado la puerta por dentro!”
     Los días que siguieron fueron más bien aburridos. Cecilia continuó recluida, y Madame de Tourvel cuidaba de mantenerse a distancia de Valmont. Hasta que una tarde, Valmont notó que Madame de Tourvel se encerraba en su habitación, y pensó, “Madame de Tourvel se reclúye también en sus habitaciones. ¿Qué está pasando?” Sin embargo, Madame de Tourvel dejó la puerta abierta. Valmont se acercó para observar, y al verla de rodillas, pensó, “¡Está rezando!” Valmont entró, se acercó, y le dijo, “¿Qué le pide usted a Dios con tanto fervor, presidenta?”
     Madame de Tourvel se sorprendió, y exclamó, “¡Oh!” Enseguida, se levantó y dijo, “¿Qué hace usted aquí?” Valmont le dijo, “Vengo a preguntarle por qué se muestra tan hosca y silenciosa conmigo. ¿Acaso le parece tan ofensivo que la áme en silencio?” Ella le dijo, “No…es que, todo hubiera sido más fácil para mí, si usted se hubiera mantenido lejos.” Valmont la tomó de los hombros y le dijo, “¿Mas fácil?¿Por qué?¿Acaso en realidad me áma, y lo que le es difícil es ocultar sus sentimientos?¡Ahora estamos solos! ¡Confiéselo!”
     Madame de Tourvel comenzó a llorar, y dijo, “¡Oh, Dios, perdóname!¡Ten piedad de mi!¡Sí, Valmont, sí!¡Le ámo!¡Ya no puedo más negarlo!” Valmont la abrazó, y dijo, “¡Presidenta!¡Querida presidenta!¡Qué feliz soy! Sienta cómo late mi corazón al escucharla, y al sentirla temblar entre mis brazos.” La mujer estaba fuera de sí, y se arrodilló frente a Valmont, diciendo, “¡Debo estar loca!¡Usted será como mi Dios, desde ahora!¡Oh, Valmont!¡No sé qué será de mí!¡Tenga piedad, se lo suplico!”
     Finalmente se derrumbó presa de un ataque de histeria, llorando y diciendo, “¡No puedo más! ¡No puedo más!” Valmont la levantó en sus brazos y la llevó hasta su lecho. La recostó en su cama. Después de algunos segundos de vacilación, Valmont fue hacia la puerta, y al salir de la habitación, llamó en voz alta, diciendo, “¡Muchacha!¡Madame de Volanges!¡Vengan!¡La señora presidenta de Tourvel se encuentra mal!” Después de arreglar el asunto, Valmont se retiró a un saloncito de estar, y mirando hacia la ventana, pensó, “No era el momento para demostrarle mi amor de otra manera. Ha sido mejor respetarla ahora; eso me elevará ante sus ojos. Mañana iré de nuevo a su alcoba, y será distinto.”
     Pero esa noche un carruaje se alejó rápidamente de la finca. Y por la mañana, recostado en su recamara, Valmont llamó a su criado, y le dijo, “Quiero que entregues esta carta a la presidenta, Azolan, pero con mucho disimulo.” Azolan le dijo, “La presidenta se ha ido, señor.” Valmont se levantó, y dijo, “¿Qué has dicho?¿Por qué no me avisaste?” Azolan le dijo, “Creí que usted sabía.” Valmont le dijo, “Vete enseguida de París. Ponte en contacto con Julia, su doncella, y entérame por carta de todo lo que haga. ¿Entiendes?” Valmont dijo, “Sí, sí.”
     Poco después, una doncella de la casa entregó a la señora Rosamunda la carta que Madame de Tourvel había escrito para ella. Cuando Rosamunda la leyó, pensó, “¡Desdichada criatura! Aquí me confiesa que se ha enamorado de mi sobrino, y que esa es la causa de que se haya alejado.” Enseguida, Rosamunda se dispuso a escribir a su amiga para brindarle su cariño maternal, y asegurarle que no sufriría sola por aquel amor desgraciado. La noche siguiente Valmont logró entrar en el dormitorio de Cecilia. Valmont dijo, “Menos mal que hoy no cerraste con llave.” Cecilia, acostada en su cama, le dijo, “Ya son varias noches que no cierro, vizconde.”
     Enseguida, la jovencita, a pesar de que según aseguró al propio Valmont, le remordía la conciencia por engañar a Danceny y a su prometido, compartió gustosa con el vizconde, algunas horas de pasión.
     Entretanto, Julia informaba a Azolan de las actividades de su ama, diciendo, “La pobre presidenta se pasa el día y parte de la noche rezando. No sale de su recámara sino para ver a su confesor, el padre Anselmo.” Al día siguiente, la marquesa de Merteuil salía de Paris, y se iba a su finca campestre para atender un pleito legal contra los descendientes de su difunto esposo, quienes reclamaban la herencia.
     En el campo, la marquesa se reunió con el caballero de Belleroche. Unas semanas habían bastado, para hartarlos a uno del otro, y enfriar su mutuo amor. Una mañana, mientras ambos desayunaban solos en una amplia mesa de un comedor, la marquesa pensó, “Debo terminar con esta relación.” Por su parte, Belleroche pensó, “Lo divertido que estaría yo ahora en Paris.” En pocos días, Belleroche terminó por abandonar la finca, en su caballo. Entre tanto, su dama escribía a su amigo Valmont: “Le confesaré que voy a sustituir a Belleroche por otro joven, ingenuo y bello: Danceny.”
     Al recibir aquella carta, Valmont montó en cólera, pensando, “¡No puede ser!¡La marquesa de Merteuil no puede hacerme esto! Danceny es solo un muchacho tonto, no la merece.” En la mente del seductor surgieron dulces recuerdos: “Hace algún tiempo, la marquesa y yo nos amábamos con pasión. Podríamos intentarlo de nuevo. La verdad es que no he tenido una amante como ella.” Valmont escribió, “Querida: Dame la oportunidad de demostrarte que ningún otro hombre significará para ti lo que yo signifíco. Amémonos de nuevo.”
     Aquella noche, luego de enviar la carta, Valmont se enteró de algo terrible. Estando en el salón de su estancia, se presentó Cecilia, y le dijo, “¡Oh, Valmont, creo que…estoy embarazada!” Valmont le contestó, “Estarás de acuerdo en que es una enfermedad que necesita una pronta atención, ¿Verdad?” Unos días después, Valmont decidió ir a entrevistarse con el padre Anselmo, en un convento situado en las cercanías de París. Una vez frente al padre, Valmont explicó, “Sé que usted es el confesor del a presidenta de Tourvel, y quiero pedirle algo muy importante para mí, y para ella.” El padre le dijo, “¿Qué es, hijo mío?” Valmont explicó, “Tengo en mi poder algunas cartas que ella me escribió, y quiero devolvérselas para que no haya nada que pueda comprometerla. Haga usted que me reciba.”
     Ya en su casa en París, y esperanzado por la promesa del sacerdote de interceder por él con la presidenta, recibió dos cartas. Entusiasmado al revisarlas, pensó, “Una es de la marquesa y otra de Cecilia.” Cecilia le comunicaba que había perdido al hijo que esperaba de él. Valmont exclamó, “¡Vaya!¡Menos mal que todo salió como deseaba!”  Pero cuando leyó la carta de la marquesa, Valmont exclamó, “¡Esto no puede ser!¡Me rechaza, e insiste en que conquistará a Danceny!” Valmont guardó la carta y pensó, “Ella no puede preferir a ese muchacho. Solo está poniéndome a prueba. Creo que, al menos, luego de triunfar ampliamente con Cecilia, merezco una noche de amor.”
     Unos días más tarde, la presienta de Tourvel accedió a recibirlo. La intercesión del padre Anselmo había resultado un éxito. Valmont esperó en el vestíbulo, y cuando se presentó la presidenta de Tourvel, Valmont le dijo entregando las cartas, “Aquí están sus cartas. En ellas me pedía olvidar el amor que siento por usted. Quiero decirle que eso no es posible, pero no quiero que estos papeles caigan en manos extrañas cuando yo…no esté.” Madame de Tourvel preguntó, “¿Acaso se va de viaje, vizconde?” Valmont le dijo, “Voy a morir.” Ella le dijo, sobresaltada, “¿Cómo? ¡No!¡No puedo creerlo!”
     Valmont le dio la espalda y le dijo, “Usted no me quiere, y yo no puedo continuar así, amándola desesperadamente como la ámo. Así que, dispondré de mi vida. Será lo mejor para los dos.” Madame Tourvel dijo, “¡No!” Enseguida lo abrazó, y le dijo, “¡No permitiré que usted haga eso, Valmont! Si confesándole que le ámo yo también, y entregándole mi vida, sálvo la suya, ¡Sea! Lo haré.” Siguieron a esto los abrazos y los besos apasionados que señalaron la capitulación de ella, y el triunfo de aquel seductor.
     Al día siguiente, la marquesa de Merteuil recibía en su finca una carta en que Valmont le ofrecía realizar cualquier sacrificio que le pidiera, con tal de volver a ser su amante, y además, le contaba pormenorizadamente sobre la presidenta de Tourvel. Ella exclamó, “¡Esto es una burla!” Mientras arrojaba la carta al fuego de la chimenea, la mujer pensó, “Me asegura que soy la mujer de su vida, y al mismo tiempo declara su entusiasmo por la ‘sinceridad’ y el ‘autentico candor apasionado’ de esa timorata.”
     Enseguida, la marquesa se sentó a escribir una carta y pensó, “Ya sé lo que haré. Le exigiré que abandóne a Madame de Tourvel enseguida.” Días mas tarde Valmont sorprendía a la presidenta, diciéndole en tono cínico, “Fuiste un reto para mí, puesto que te mantenías inalcanzable, y eso estimulaba mi imaginación. Ahora que has sido mía, me aburres. ¡Ya no te quiero!” Dicho esto, Valmont salió de esa casa dispuesto a no volver. Madame de Tourvel lo vio partir por la ventana, y derramando una lágrima, pensó, “¡Qué tonta he sido!¡Qué vergüenza siento! Ahora solo me queda un camino: La muerte.”
     Al día siguiente, muy temprano, Madame de Tourvel partió al convento donde se había educado. Cuando la madre superiora se presentó frente a ella, Madame de Tourvel le dijo, “Madre, soy muy desdichada. Deme asilo, por favor.” Dos días después, la marquesa de Merteuil regresaba a Paris, y recibía en secreto a Danceny. La marquesa le dijo, “¡Querido amigo! Nadie sabe que he vuelto, ni siquiera Valmont. Solo a usted quería ver.”
     Danceny no necesitaba más para encenderse. Ambos se sentaron, y Danceny le dijo, “Yo también la he extrañado, marquesa. Ahora sé que la tristeza que me ha embargado estas últimas semanas, era por la lejanía de usted. ¡La ámo!¡La ámo como un loco!” Unas horas después, Valmont observaba, escondido detrás de un árbol, la salida de Danceny, y pensó, “Así que era verdad lo que me habían dicho. Ella ha vuelto, y ha preferido avisar a Danceny, que avisare a mí.”
     Enseguida, Valmont entró a la alcoba de la marquesa, y le dijo, gritando, “¡Así que me has mentido! En tu última carta decías que aún no había fallo en el proceso, y que permanecerías en el campo. ¡Y todo por ese mequetrefe!” La marquesa le dijo, estando aun acostada, “Te encuentro ridículo, Valmont. ¿Sabes? Si no me casé de nuevo al enviudar, fue precisamente para que no hubiera nadie que tuviera el derecho de reprobar mis actos.” Valmont le gritó, “No te burlaras de mi. He renunciado por ti a Madame de Tourvel, a quien sospécho que he herido de muerte. Y ahora…no permitiré que me hagas a un lado. Elige, ¿Qué quieres conmigo?¿La guerra o la paz?” La marquesa le contestó, “¡La guerra!”
 Al día siguiente, Valmont fue a ver a Danceny. Valmont le dijo, “Ya sabía usted que Cecilia de Volanges se encuentra de nuevo en París? Por mi conducto, ella le suplica que vaya a verla ésta noche sin falta, si aún la ama.” Danceny le dijo, “¿Qué si la ámo?¡Claro que si, Valmont! Ella es tan inocente, tan buena…iré a verla.”
     Esa noche, Valmont se presentó con la marquesa, y le dijo, “¿Acaso el dulce Danceny te ha dejado plantada, marquesa? Quiero que sepas que debido a mi, él ahora está en brazos de Cecilia, mientras tú lo esperabas.” Al día siguiente, cuando Danceny fue a darle una disculpa a la marquesa, el mayordomo lo recibió entregando unas cartas, y a la vez diciendo, “Mi áma dice que no lo recibirá más, caballero, y que le envía como regalo estas cartas.”
     Cuando Danceny se quedó solo, y las revisó, pensó, “Son de Valmont. ¿Para qué querrá que…? ¡Oh, Dios! Aquí cuenta cómo sedujo a Cecilia, ¡A mi Cecilia!” Leyó todas las cartas, y lleno de rabia y amargura fue enseguida a casa de Valmont, quien estaba desayunando. Al verlo llegar, Valmont le dijo, “¿Qué hay, Danceny?¿Cómo le trató Cecilia?” Danceny le dijo, “Vengo a decirle que mañana al amanecer le espero en el bosque de Vicennes, para saldar una deuda de honor.”
     Entretanto, Madame de Tourvel, deliraba presa de una intensa fiebre, y era atendida por su amiga, Madame de Volanges, a quien había mandado llamar. Madame de Tourvel, estando en su cama gritaba, “¡Aléjate de mí, Satanás!¡Aléjate!” Madame de Volanges dijo al verla, “¡Pobrecilla!¡Esta muy débil!”
     Al amanecer del día siguiente, dos hombres se batían con espadas. Danceny levantó su espada y dijo, “¡En guardia, Valmont!” Después de sonar el acero de sus armas, Danceny agregó, “¡Es usted un infame! Me enteré por sus cartas a la marquesa, que sedujo también a Madame de Tourvel, y ella está muriéndose por su causa.”
     Valmont le dijo, sobresaltado, “¿Muriéndose?¿Ella?¿Está usted seguro?” Mientras peleaba, Valmont pensó, “Ella es la única mujer auténtica y sincera que he tenido en los brazos. Y, la perdí por un estúpido capricho…¡No valgo nada!” Un instante de distracción bastó para dar la ventaja a Danceny. Valmont exclamó, “¡AHHH!”
     Danceny y sus amigos llevaron a Valmont a su casa, estando malherido. Valmont, ya en cama, dijo a Danceny, “Voy a morir, pero, antes quiero que usted sepa toda la verdad. Tóme esas cartas de mi buró, léalas, son de la marquesa. En ella podrá ver cuán falsa y maligna es.”
     Esa misma mañana en el convento, un mensajero llegó a la habitación donde estaba Madame de Volanges, y dijo a Madame de Tourvel, “Acabo de saber con gran pena, que el vizconde de Valmont murió en un duelo.” La enferma se incorporó al escuchar eso, y exclamó, “¿Muerto él?¡Oh, no!¡Dios mío, ten piedad de su alma!”
     Después de aquel grito, la desdichada mujer expiró. Madame de Tourvel exclamó, “¡Pobrecilla!¡Cuanto debió sufrir por ese desdichado amor!”
    En las fiestas de los salones, Danceny dio a conocer a todos, las cartas en donde la marquesa de Merteuil, tramaba la intriga que costó la vida a Madame de Tourvel y a Valmont, y la felicidad a él mismo y a Cecilia. Poco después, la viruela hizo presa de la marquesa de Merteuil, y aunque no la mató, hizo que perdiera un ojo, y le deformó el rostro para el resto de su vida. Además, perdió el pleito de sucesión, debido al escándalo, y quedó en la ruina. Y mientras la marquesa de Merteuil abandonaba París a escondidas, llena de vergüenza, y llevándose consigo la platería y las joyas que le quedaban, Cecilia de Volanges retornaba al convento, esta vez para no volver a salir.
Tomado de Novelas Inmortales Año XIII No. 637, Enero 31 de 1990. Guión: Dolores Plaza. Adaptación: R. Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.