Club de Pensadores Universales

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lunes, 14 de noviembre de 2011

Pigmalión y Galatea de Ovidio

       Publio Ovidio Naso nació el 20 de marzo del año 43 antes de Cristo, y murió en el año 17 o 18 después de Cristo, aproximadamente a la edad de 60 años.
       Ovidio fue un poeta romano que es mejor conocido por ser el autor de las tres colecciones más importantes de la poesía erótica: Heroidas, Amores, y Arte de Amar.
       Ovidio también es bien conocido por Las Metamorfosis, un poema mitológico hexámetro...
       ...el poema Fastos, sobre el calendario romano, Tristes, cinco libros de poesía elegiaca,  y Epistulae ex Ponto (Cartas del Mar Negro), dos colecciones de poemas escritos en el exilio en el Mar Negro.
       Ovidio fue también el autor de varias piezas más pequeñas, el Remedia Amoris (Remedios del Amor), el Femineae Medicamina Faciei (Cosmeticos Para Una Cara Femenina, también conocido como el Arte de la Belleza) , y el largo poema-maldición Ibis.
       También fue autor de una tragedia perdida: Medea. Es considerado un maestro del Dístico Elegiaco, y tradicionalmente se le clasificó junto a Virgilio y Horacio, como uno de los tres poetas canónicos de la literatura latina.
        El erudito Quintiliano lo consideraba el último de los elegíacos canónicos del amor latino.
            Su poesía, muy imitada en la Antigüedad tardía y la Edad Media, influyó decisivamente en el arte y la literatura europeos y se mantiene como una de las fuentes más importantes de la mitología clásica.(Wikipedia)
     Metamorfosis (del griego meta y morphe, que significa “cambio de forma”) es un poema narrativo Latino escrito en quince libros por el poeta romano Ovidio que describe la historia del mundo desde su creación, hasta la deificación de Julio César dentro de un marco de referencia mítico-histórico.
    Completado en el año 8 después de Cristo, Metamorfosis es reconocida como una obra maestra del Siglo de Oro la literatura latina. La más leída de todas las obras clásicas de la Edad Media, Las Metamorfosis continúa ejerciendo una profunda influencia en la cultura occidental. También sigue siendo la obra favorita de referencia de la mitología griega sobre la que Ovidio basó sus cuentos, aunque a menudo con adaptaciones estilísticas.
       Ovidio elabora sus obras a través de su tema, a menudo aparentemente de una manera arbitraria, saltando de un cuento de transformación a otro. Algunas veces re narrando los que habían llegado a ser vistos como eventos centrales en el mundo de la mitología griega y, algunas otras veces alejándose en direcciones extrañas.
        El poema es a menudo catalogado como una mofa épica. Está escrito en hexámetros dactílicos, la forma de los grandes poemas épicos heroicos y nacionalistas, tanto los de la antigua tradición (la Ilíada y la Odisea) como los de la época de Ovidio (la Eneida de Virgilio).
       El libro Metamorfosis inicia con el ritual de “La Invocación de las Musas,” y hace uso de epítetos tradicionales y circunloquios; pero en lugar de seguir y ensalzar las hazañas de un héroe humano, salta de una historia a otra con poca conexión.
       De hecho, los otros Dioses Romanos son repetidamente dejados perplejos, humillados, y en ridículo por Cupido, un dios, por otra parte, relativamente menor del panteón, que es la cosa más cercana que esta putativa mofa épica tiene de un héroe.
       Apolo se presenta en el ridículo particular en lo que Ovidio muestra cómo el amor irracional puede confundir al dios fuera de la razón.
       La obra, como una completa inversión del orden establecido, eleva lo humano y las pasiones humanas al tiempo que hace de los dioses, sus deseos y conquistas objetos del humor bajo.
       La Metamorfosis, se puede decir, es la única comedia épica que tiene un epílogo. Este epílogo (Libro 15, líneas 871-879) es la manera en que Ovidio le dice a sus lectores que todo está en proceso de cambio, pero que la única excepción a esto es su obra la Metamorfosis,  “ahora mi tarea está cumplida, una obra que ni la ira de Júpiter, ni el fuego, ni la espada, ni los devoradores años pueden destruir.” La idea que esto implica es que los autores obtienen la “inmortalidad” a través de la supervivencia de sus obras. (Wikipedia)
       Pigmalión es una figura legendaria de Chipre. A pesar de esto, Pigmalión es la versión griega del nombre fenicio real Pumayyaton, que es el más familiar del libro X de Metamorfosis de Ovidio. Allí, Pigmalión era un escultor que se enamoró de una estatua que había tallado.
       En el relato de Ovidio, Pigmalión era un escultor chipriota que esculpió una mujer de marfil.
          La Propétides son en la mitología Griega las hijas de Propétus originario de la cuidad de Amathus, en la isla de Chipre.
        Según Ovidio, después de ver a las Propétides prostituirse ellas mismas (más exactamente, ellas negaban la divinidad de Venus, y por lo tanto Venus las “redujo” a la prostitución), Pigmalión no estaba ya interesado en las mujeres, pero su estatua era tan exacta y real que se enamoró de ella.
       Con el tiempo, el festival del día de Afrodita vino, y Pigmalión hizo ofrendas en el altar de Venus. Allí, en voz baja, deseó que su escultura de marfil se cambiase a una mujer real. Cuando regresó a casa, besó a su estatua de marfil y encontró que sus labios se sentían calientes. Él la besó de nuevo y le tocó el pecho con la mano y encontró que el marfil había perdido su dureza. Venus había concedió el deseo de Pigmalión.
       Pigmalión se casó con la escultura de marfil transformada en mujer bajo la bendición de Venus. Juntos tuvieron un hijo, Pafos, de quien se deriva el nombre de la isla.
       La historia del aliento de vida en una estatua tiene paralelos en los ejemplos de Dédalo, que utiliza mercurio líquido para instalar una voz en sus estatuas. Otro paralelo está en Hefesto, que creó un autómata para su taller. Otro ejemplo es Talos, un hombre artificial de bronce, y, según Hesíodo, Pandora, que fue hecha de barro, a instancias de Zeus.
      
      La anécdota moral del “Apega de Nabis,” narrada por el historiador Polibio, describe un instrumento de tortura, (El Apega de Nabis) simulando a la esposa del tirano. Las víctimas del tirano eran engañadas, y por su estado de ebriedad, pensaban que daban un abrazo a una mujer, pero en realidad era una máquina que empalaba por medio de un resorte a las víctimas quedando atrapadas entre brazos de madera con largas púas, ocultas en un vestido. La máquina era una réplica o duplicado de la esposa real de Nabis, rey de Esparta.
    Por otra parte, el descubrimiento del mecanismo de Anticitera, que se dió en las costas del Mar Egeo frente a la isla griega de Anticitera, sugiere que había una tecnología mecánica contemporánea para dar base a tales rumores de estatuas animadas. El mecanismo de Anticera era una calculadora mecánica. 
    Por otro lado, la isla de Rodas, isla griega del mar Egeo, era conocida sobre todo por sus muestras de ingeniería mecánica y autómatas. Píndaro, uno de los nueve poetas líricos de la antigua Grecia, dijo esto de Rodas, en su séptima Oda Olímpica:

“Las figuras animadas permanecen
adornando todas las calles públicas
Y parece que respiran en piedra, o
mueven sus pies de mármol.”

  El tropo, o lenguaje figurativo de una escultura tan real que parecía estar a punto de moverse, era un tema común en los escritores de obras de arte en la Antigüedad que fue heredado por los escritores en el arte posteriores al Renacimiento.
       La historia básica de Pigmalión ha sido ampliamente transmitida y re-presentada en las artes a través de los siglos. En una fecha desconocida, autores posteriores dieron a la estatua el nombre de Galatea, quien era una ninfa del mar. Goethe la llama Elisa, basado en variantes de la historia de Elisa (Dido) primera reina griega de Cartago (Hoy Túnez).
     Pigmalión en la Edad Media, fue presentado como un ejemplo de los excesos de la idolatría, probablemente estimulado por Clemente de Alejandría, quien sugirió que Pigmalión había tallado una imagen de la misma Afrodita (Venus).
   Sin embargo, en el siglo 18 fue una historia de amor altamente influente, vista como tal en la obra musical de Rousseau sobre la historia de Pigmalión.
     
     En el siglo 19, la historia a menudo se convierte una en donde la amada despierta rechazando a Pigmalión. A pesar de estar llena de vida, al principio es fría e inalcanzable.
       Otra variante de este tema puede verse también en la historia de Pinocho, donde una marioneta de madera se transforma en un niño de verdad, aunque en este caso el títere posee sensibilidad antes de su transformación, pues es el títere, y no el (escultor) tallador de madera quien suplica el milagro.
       William Shakespeare, en la escena final de El Cuento de Invierno (The Winter’s Tale) (1611), presenta lo que parece ser una efigie de la tumba de Hermione que se revela como Hermione misma, brindando a la obra de teatro la conclusión de la conciliación.
     George Bernard Shaw escribió una obra titulada “Pigmalión.” En la obra de teatro de Shaw, la niña es traida a la vida por dos hombres en el discurso. El objetivo de la obra de teatro de Shaw es para ella para casarse y convertirse en duquesa. La obra cuenta con un giro interesante de la historia original y tiene un sutil toque de feminismo.
Pigmalión y Galatea
de Ovidio
     Nuestra historia comienza en la isla de Chipre, en el callado Mar Mediterráneo, hace muchos, muchos años. En aquella colonia griega vivía el escultor más talentoso de su tiempo. Nadie podía darle vida al mármol, al bronce, o al marfil como él: Pigmalión.
        Pigmalión era además joven y apuesto, y no había una mujer soltera en Chipre que no lo admirara. Pero Pigmalión parecía vivir solo para su trabajo. Cuando las muchachas pasaban por su estudio y lo veían trabajando desde la ventana, decían, “Míralo, distraído como siempre.” Incluso le preguntaban al mismo Pigmalión, “Pigmalión, ¿Cuándo saldrás de tu estudio? Pareces ermitaño.” Pigmalión solo les decía, “¡Bah! ¡Vamos, aléjense y déjenme trabajar!” Una de sus admiradoras le decía, “No te enojes guapo.” Después, cuando ambas admiradoras se retiraban, se decían la una a la otra, “Nunca se fija en nosotras” La otra decía, “Y cuando lo hace, ¡Se enoja!”
       Si. Pigmalión vivía solo para su arte, y salvo por el contacto indispensable con sus congéneres, rehuía de la compañía humana. Las mujeres intentaban acercarse a él y seducirlo.
        Un día que Pigmalión salió de compras, una mujer hermosa con una bandeja de frutas en la cabeza se le acercó, y le dijo, “¿No quieres uvas Pigmalión?” Pigmaleón solo dijo, “¿Eh…? No gracias.” Enseguida la joven tiró su bandeja con frutas frente a él, diciendo, “¿No me ayudas?” pero Pigmalión continuaba caminando ignorándola, solo pensando, “Hoy empezaré una nueva estatua.”
           Una de las amigas de la joven enamorada le dijo, “¡Te falló la treta Helena!” Helena solo dijo, “Pigmalión está loco. ¡Otro se moriría por ayudarme!” Al ir avanzando, Pigmalión solo pensaba, “Ah, que mujeres. Son ruidosas, frívolas, entrometidas.”
     Cuando llegó  su estudio, Pigmalión se dispuso a trabajar, estando frente al bloque de mármol, pensando, “En general la gente es odiosa y solo sirve para quitarle el tiempo a uno ¡Bah!” Pigmalión continuó en sus pensamientos, “Y además, la mayoría de la gente es fea.” Pigmalión se dispuso a comenzar a golpear el mármol con su cincel, pensando, “La verdadera belleza solo existe en el arte, y yo soy el más fiel adorador de la belleza.” Y lo cierto es que cualquier cosa que esculpiera Pigmalión resultaba hermosa, imponente.
       Sus obras parecían tener más vida que las mismas cosas vivas. Mientras esculpía Pigmalión pensaban “Este Júpiter le dará gusto al rey que lo encargó en el mejor mármol del mundo.” Así vivía Pigmalión entregado día y noche a la creación de las más perfectas estatuas del mundo griego. Una vez que terminó el Júpiter, Pigmalión pensó, “Quedó mejor que mi obra anterior, pero la siguiente será aún más perfecta.”
        Un día Pigmalión salió y vio a dos enamorados y pensó, “Humm…allí van dos enamorados. Dicen que es hermoso el amor pero creo que jamás me casaré.” Pigmalión continuó meditando, “No soporto a las mujeres aunque reconozco que la forma femenina encierras una belleza única y misteriosa.”
        Al llegar la noche, Pigmalión se acostó y siguió pensando, “Ahora esculpiré a una mujer más hermosa que todas las que viven sobre la tierra, para que vean lo que es la verdadera belleza, lo que debería ser.” Pigmalión concluyó, “Si. Mañana empezaré. ¡Será mi obra maestra!” Al rayar el alba Pigmaleón comenzó a picar el mármol con su cincel, pensando, “Esta mujer de mármol mostrará a las de carne y hueso sus horrendas deficiencias.” Inclusive Pigmalión pensó, “Si no resulta ser mi obra suprema, dejaré el cincel para siempre.”
       Aquella estatua lo absorbió como ninguna otra. Pigmalión perdió toda noción del tiempo y de sus alrededores. Nada parecía importarle más que alcanzar la perfección que tanto soñaba. Pigmalión solo pensaba conforme esculpía a la mujer, “¡Cómo te quiero conforme naces bajo mis dedos!” Y finalmente llegó el día en que ya no pudo agregar nada a aquella perfección marmórea. Pigmaleón dijo, “Ya…¡Estas absolutamente terminada!”
             Pero al paso de los días había nacido en él la más extraña de las obsesiones, al mirarla, Pigmalión pensó, “Creo que estoy enamorado de ti.” Pigmalión finalmente pensó, “Si, te amo, te adoro, y te llamaré ¡Galatea!” La estatua no parecía estatua. No parecía hecha de mármol, de fría piedra. Pigmalión solo pensaba, “No hay mujer o escultura que se te parezca. No hay nada en este mundo como tú.” Y a través de la escultura, el sexo débil de vengó cruelmente del desdén de Pigmaleón hacia las mujeres. Pigmalión al verla solo dijo, “¡No hay hombre más infeliz que yo!” Pigmalión le besaba los labios pero ella no respondía. La acariciaba con inmensa ternura pero sin obtener respuesta alguna.
          Pigmalión la abrazaba y la cubría de desesperadas lágrimas, pero ella permanecía fría e inmóvil, desesperadamente distante. Más que nunca, Pigmaleón parecía vivir con la cabeza en las nubes. Cuando las mujeres lo veían caminar, le decían, “¡Pigmalión! ¿A dónde vas?” Después, las mujeres se decían una a otra, “Esta…¡Completamente perdido, loco!” La otra contestaba, “¡Ja, Ja, Ja! ¡Siempre lo ha estado!”  
 
     Mientras tanto, Pigmalión recogía flores y las ponía en un canasto, pensado, “Flores, necesito muchas flores.” A su vez, enjaulaba algunas aves pensando, “También necesito estos pajarillos candros.” Enseguida, se levantaba y capturando a una mariposa en su vuelo decía, “¡Y tú, frágil mariposa!” Mientras Pigmalión caminaba con su cargamento, las mujeres le decían al verlo pasar, “¿Ya dejaste la escultura, Pigmalión?” y la otra agregaba, “¿Ahora comes flores y mariposas?¡Ja, Ja, Ja!”
        Pero todo aquello no eran sino obsequios para su inmóvil adoración. Mientras Pigmalión depositaba las ofrendas frente a la estatua, decía, “Te traigo flores que perfumen este lugar. Pajarillos para que te canten. Mariposas para que te alegren el día amor mío.”
            Pero día tras día las flores se marchitaban, y los pajarillos y las mariposas cantaban y revoloteaban sin producir reacción alguna en la deslumbrante estatua. Pigmalión solo sufría diciendo, “¡Ay de mi!” Y poco a poco el genial escultor fue consumiéndose de amor y pena, víctima de su propio arte. Poco a poco se hundió en un abismo de irremediable desesperanza y miseria. Así pasaron sus días y sus noches, y parecía que jamás volvería a empuñar las herramientas de su noble oficio. Sin embargo, ocurrió que llegó el día de la fiesta de Venus, la Diosa de la Belleza y del Amor, y toda la cuidad se vistió de gala para el magno evento.
            En Chipre Venus era objeto de especial adoración, puesto que según la leyenda, la isla era el primer lugar que la Diosa había visitado después de nacer de la espuma del mar.
       El bullicio que llenaba las calles sacó a Pigmalión de su negro ensimismamiento, y dijo, “La…fiesta de Venus, reina de la Belleza…Tengo que ir a rendirle culto, como todos los años, ya que ella es la Diosa de la belleza y solo he vivido para crear la belleza con mi cincel.”
        Y así, distraído como siempre, se unió a las multitudes que llevaban ofrendas a la diosa. Terneras blancas con los cuernos recubiertos de oro adornados con guirnaldas de flores, y ofrendas de vino, aceite e incienso, telas bordadas. Pigmalión pensaba, “Si. Toda mi vida he rendido culto a Venus, y hoy no puedo faltar.”
       También la diosa recibía estatuillas con su imagen y esculturas pequeñas de oro, marfil, y plata, y frutos y flores, de manos de ricos y de pobres pero nadie dejaba de rendirle culto. Pigmalión se arrodilló frente a la estatua de Venus y pensó, “Yo, oh, te reitero mi absoluta adoración y vengo a ti con una súplica. ¡Concédeme una gracia. Concédeme encontrar una doncella como Galatea, para que mi vida tenga sentido! ¡Tú, oh diosa, que todo lo puedes, concédele a tu más fiel esclavo ese favor!” Sin embargo, nada indicó que la estatua le escuchara, al igual que Galatea, la estatua de Venus permaneció fría e inmóvil.
        Aún así, extrañamente y sin explicación, una llama del altar saltó ante el atónito escultor. Pigmalión pensó en ese momento, “¡Ah¡ ¿Será alguna señal?” Finalmente Pigmalión regresó a su casa, más triste que nunca, pensando, “¡Ah, diosa! ¿Quién soy yo para pedirte lo imposible? Sin embargo, ¿qué significa aquel inexplicable salto de las llamas ante tu altar?”
          Suspirando, Pigmalión volvió al sitio de sus maravillosas creaciones; al estudio donde estaba la cosa que había creado con todo su amor y que ahora era causa de toda su miseria. Allí seguía la escultura, embrujadoramente hermosa, pero fría y distante a la vez, como las más lejanas estrellas.

     Pigmalión acercó su mano para tocarla pensado, “Que mis caricias pudieran darte calor…” Entonces al acercar su mano, le pareció que por un instante, los párpados marmóreos se movieron. Pigmalión dijo, “No puede ser. Ya mi desesperación me hace ver cosas.” Después agregó, “Por lo menos no te burlas tu de mi, ¿verdad?” Pigmalión quiso acariciar la fría mejilla y retiró su mano al momento, como si acabara de tocar la más candente de las brasas. Pigmalión dijo, “¡Imposible! Me pareció sentir calor…calor humano…” Temblando de pies a cabeza, Pigmalión tomó la mano de piedra en la suya. Pigmalión dijo, “Pero no puede ser. Estoy soñando. ¡Pero sus dedos aprietan los míos!” Pigmalión ya no tuvo dudas. Miro su creación y dijo, “¡Oh, dioses, te estás moviendo! ¡TE MUEVES!”
        Pigmalión continuó mirando asombrado, y dijo, “Tus ojos…brillan, me miran dotados de entendimiento. Tus labios se tornan rojos, ¡Tus mejillas se sonrojan!” Sintiéndose enloquecer de felicidad, beso los labios que ahora estaban tibios y que le contestaron tiernamente la caricia. Pigmalión dijo, “Diríase que el mármol se suaviza como la cera bajo el sol. Diríase que comienza a corre sangre por tus venas.” Presa de una felicidad inexpresable, avasalladora, abrazó a su creación, diciendo, “¡Adquieres vida. Siento el latir de tu corazón!”
Pigmalión le dijo, “Mi amor, mi vida, ¡Te has convertido en una doncella viviente! ¡La diosa escuchó mis ruegos!” Perdido en un océano de éxtasis, por fin pudo abrazar al objeto de su adoración para expresarle su amor sin límites.
       Al día siguiente, al alba, recorrieron ambos las calles desiertas para dar su agradecimiento a la diosa del amor. Pigmalión le dijo a Galatea, “Serás la más amada de las mujeres.” Galatea le dijo a Pigmalión, “Existo solo para ti, Pigmalión.” Y cuenta la leyenda que la misma diosa habría de oficiar su matrimonio, allí mismo en su templo, en Chipre. Pigmalión le dijo, “Gracias, oh Venus, por esta felicidad…¡Jamás hubiera podido amar a otra! Gracias, oh diosa, por el don de la existencia."
 
       Se dice que Pigmalión y Galatea vivieron felices, y que un día, Galatea dio a luz a un hijo, Pafos, quien habría de dar su nombre a la ciudad predilecta de la diosa del amor.              
Tomado de Novelas Inmortales, Año X, No. 501. Junio 24 de 1987. Adaptación: Remy Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.