Club de Pensadores Universales

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jueves, 30 de abril de 2020

Tomóchic, de Heriberto Frías

     Heriberto Frías Alcocer, nació en Querétaro, en 1870, y murió en Ciudad de México, en 1925, a la edad de 55 años. Heriberto Frías fue un militarperiodista y novelista mexicano, quien se caracterizó por su interés social, y su crítica política, social, y económica, de sus escritos, siendo testigo y crítico de excepción del Porfiriato, y la Revolución mexicana. 
Biografia 
     Nacido en QuerétaroHeriberto Frías pasó su infancia en la Ciudad de México, en el seno de una familia burguesa. A la muerte de su padre, sin embargo, la familia experimentó dificultades económicas, y Frías se unió al ejército, a la temprana edad de 19 años, en pleno apogeo del Porfiriato. Participó como militar en la represión de la rebelión de Tomóchic, pueblo chihuahuense donde la población compuesta de criollos y mestizos, se levantaron en armas contra el gobierno de México, a causa de problemas económicos (las expropiaciones de tierras y su concesión a empresas extranjeras), y religiosos, (la adopción de una santa no católica Teresa UrreaLa Santa de Cábora, como patrona del pueblo). 
     El subsiguiente aplastamiento de la rebelión, con el exterminio de casi toda la población y la destrucción física del pueblo, dejó honda huella en Frías, quien reflejó estos sucesos en la novela, Tomóchic, publicada por entregas en el efímero periódico, El Demócrata (1893-1895) de su amigo, Joaquín Clausell. La novela no aparecería con su nombre, hasta 1906. 
     Aunque Heriberto Frías publicó el libro de forma anónima, el ejército descubrió su autoría, y lo sometió a un consejo de guerra, al término del cual, fué expulsado del ejército mexicano. Se dedicó entonces al periodismo y la crítica social, interrumpidos más tarde al reeditarse, Tomóchic, y ser de nuevo encarcelado (El Mundo IlustradoEl ImparcialEl CombatienteRevista Moderna). En 1896, se mudó a MazatlánSinaloa, donde encabezó el periódico local, El Correo de la Tarde. 
     Heriberto Frías abrazó la causa del antirreeleccionismo, y la lucha contra el régimen de Porfirio Díaz, por lo que apoyó la campaña de Madero, para la presidencia, y ocupó diferentes puestos en los gobiernos revolucionarios, y posrevolucionarios. Fue miembro del Comité Central del Partido Constitucional Progresista, subsecretario, y cónsul. 
      Aumentado su prestigio periodístico, se mudó a la Ciudad de México, donde dirigió el periódico, El Constitucional de México (1910), y más tarde el periódico político, La Convención (1914-1915). Después del golpe de estado de Victoriano Huerta, se estableció en HermosilloSonora, donde fue editor del diario, La Voz de Sonora. 
     Tras el triunfo del gobierno convencionista, fue editor de la gaceta de la, Convención de Aguascalientes, simplemente llamada, La Convención. Después del triunfo de los partidarios de Carranza, fue condenado a muerte, y permaneció preso en Santiago Tlatelolco, hasta que fue liberado en 1918, por indulto presidencial de Carranza. 
     Álvaro Obregón lo nombró cónsul de México en CádizEspaña, de 1921 a 1923, donde escribió ¿Águila o sol? Novela histórica mexicana . Para entonces Frías padecía una ceguera que lo mantuvo casi incapacitado, aunque siguió escribiendo libros y colaborando con diversos periódicos hasta su muerte, acaecida en 1925. (Wikipedia)
Teresa Urrea
     Teresa Urrea, la Santa de Cábora, nació en Ocoroni, Sinaloa, México, el 15 de octubre de 1873, y murió el 15 de enero, de 1906, en Clifton, Arizona, Estados Unidos, a la edad de 32 años. Teresa Urrea fue una mística mexicana, famosa en su época por sus supuestos dones curativos y santidad. Fue un personaje decisivo, en eventos políticos e insurrecciones en Chihuahua y Sonora, a finales del siglo XIX.
Origen
     Teresa Urrea era hija natural de un poderosos hacendado, Tomás Urrea, entonces residente en Sinaloa, pero cuyo origen y principales propiedades, se encontraban en la ciudad de Álamos, Sonora. Su madre era una indígena tehueco, Cayetana Chávez. A su nacimiento, fue bautizada como, García Nona María Rebeca Chávez, pues no fue inicialmente reconocida como hija de Tomás Urrea. Teresa pasó gran parte de su niñéz, en el pueblo de Aquihuiquichi, Sonora, en compañía de su madre y una tía, en las inmediaciones de Cábora, donde su padre y la esposa de éste, se habían trasladado a residir en 1880.  
Poderes Milagrosos 
     En 1888, cuando tenía 14 años, murió su madre, y buscando la protección de su padre, Teresa se trasladó a Cábora en su búsqueda. Tomás Urrea no solo la recibió de buen grado, sino que la reconoció legalmente como hija suya, siendo su nombre a partir de ese momento, Teresa Urrea. Dos años después, en 1890, ocurrió el evento que supondría una inflexión en su vida. y sobre todo en su fama de santa. Teresa sufrió un ataque de catalepsia, estado en el que quedó sumida durante catorce días, ante la creencia de que había muerto. Su padre preparó su funeral, y cuando era velada volvió en sí. La noticia de su "resurrección," causó estupor, y se extendió rápidamente por toda la comarca cercana, tanto de Sonora como de Chihuahua.
     Teresa pronto comenzó a manifestar dones de profecía y éxtasis.Llegaron a entrevistarla periodistas mexicanos y estadounidenses que a través de periódicos de la época, tales como, "El Monitor" y, "El Tiempo," propagaron su fama más allá del pequeño pueblo de Cábora, y pronto comenzaron a llegar cientos de peregrinos de Sonora, Sinaloa y Chihuahua. Su fama fue sobre todo creciente entre los indígenas yaquis y mayos, y entre muchos habitantes serranos. Era sobre todo conocida por sus supuestas curaciones milagrosas, pero también por sus frecuentes discursos en contra de la injusticia contra los grupos oprimidos. Este hecho pronto despertó recelos del gobierno de Porfirio Díaz, y también simpatías entre los grupos que sentían la opresión oficial.
Sublevaciones
     La influencia de Teresa Urrea fue decisiva para cuando menos dos sublevaciones, la primera de ellas, la de los habitantes de TomóchicChihuahua, que la habían visitado en 1890, buscando la cura para la enfermedad mortal de uno de sus habitantes. Sin embargo, volvieron convencidos de la santidad de la joven y de la justicia de sus postulados. El líder de los tomochitecos, Cruz Chávez, tendría correspondencia con ella hasta 1891, cuando fue muerto por el ejército que aplastó la Rebelión de Tomóchic. Un año después, en 1892, fueron los indios mayos los que se rebelaron contra el gobierno, y para no dejar lugar a dudas sobre su inspiración, su grito de guerra fue ¡Viva la Santa de Cábora!. 
Exilio
     Ante esto, el gobierno de Porfirio Díaz la acusó formalmente de ser la instigadora de las rebeliones, y junto con su padre, fue aprehendida, pero en consideración al nivel social de su padre, y ante la necesidad de alejarla de sus partidarios, fue deportada a Estados Unidos, por NogalesArizona, donde permaneció hasta su muerte en 1906, en el pueblo de Clifton.  (Wikipedia)

Tomóchic 
     Tomóchic (en TarahumaraDonde esta el piojo) es un pueblo del estado mexicano de Chihuahua, localizado en la Sierra Madre Occidental, en el Municipio de Guerrero, que es famoso por la insurrección de sus habitantes contra el gobierno de Porfirio Díaz en 1891, que culminó con la masacre de sus habitantes. 
Historia 
     Tomóchic fue fundado en 1688 como un pueblo de misión con el nombre de, Purísima Concepción de Tomóchic, por padres de la Compañía de Jesús. Durante la época de la colonia, tuvo lugar una insurrección de indígenas tarahumaras, liderados por el caudillo Teporaca, o Gabriel Teporame. El pueblo fue arrasado, posteriormente a su derrota por el ejército español. Teporaca fue ahorcado en las cercanías de Tomóchic, para que sirviera de escarmiento a los demás indígenas. 
     El pueblo fue reconstruido, y pronto constituyó una importante población, durante el Siglo XIX. Los pueblos de ésta región de Chihuahua, y sus correspondientes del éste de Sonora, con los cuales tenían mucha relación, adquirieron una identidad propia muy desarrollada, que tenía como característica principal, sus afanes autonomistas, en todos los sentidos, tanto político, económico y religioso. Los habitantes de ésta zona, recibieron por ello el nombre de, Rancheros del Noroeste. 
Rebelión de Tomóchic 
     La rebelión de Tomóchic, ocurrida en 1891, fue una de varias insurrecciones ocurridas en esta zona de Chihuahua y Sonora a fines del Siglo XIX, sin embargo fue la que mayores consecuencias tuvo, y por ello la más conocida. Los habitantes de Tomóchic resentían enormemente las políticas que llevaba a cabo el gobierno de Porfirio Díaz, destinadas a limitar y eliminar cualquier autonomía en los pueblos, tanto política como económica.
     En este último punto, Tomóchic estaba en contra de las concesiones de explotación forestal y minera que el gobierno entregaba a intereses extranjeros, particularmente ingleses y estadounidenses. Una característica particular de la rebelión de Tomóchic, es que en ella prácticamente no tuvieron participación elementos indígenas, pues los tomochitecos eran en su mayoría, mestizos y criollos. 
     Sin embargo, el primer punto de conflicto de los tomochitecos con el gobierno, fue por un problema religioso. Los habitantes de Tomóchic, como lo de muchos otros pueblos de la región, eran fervientes creyentes y seguidores de Teresa Urrea, llamada La Santa de Cábora, una joven sonorense que según sus seguidores, obraba milagros. Los tomochitecos, que no tenían un párroco permanente en su iglesia, y solo recibían visitas periódicas, pusieron una imagen de Urrea en el altar del templo. Cuando el sacerdote llegó, demandó que lo retiraran, los habitantes se negaron rotundamente, ante lo cual el párroco se negó a su vez a realizar cualquier oficio y se fue del pueblo. Entonces el párroco solicitó la ayuda de las autoridades civiles para devolver a la obediencia a los tomochitecos, iniciándose así el conflicto. 
   El gobierno, que ya había sufrido varias revueltas en la zona, y sabía de los conflictos que los habitantes de Tomóchic habían causado sobre las concesiones extranjeras, resolvió actuar terminantemente contra los insurrectos, que ya para entonces, estaban liderados por Cruz Chávez. Por lo tanto, el gobierno envió a una partida del ejército, para hacer cumplir las órdenes tanto civiles como religiosas. Los tomochitecos se negaron una vez más, y armados, levantaron barricadas y se propusieron resistir el ataque armado.
     Al considerarlo una insurrección formal, el gobierno ordenó el ataque y muerte de los rebeldes. La mayor parte de los hombres murieron defendiendo la casa de Cruz Chávez, donde se habían parapetado, mientras que gran parte de las mujeres y niños, que se habían refugiado en la iglesia, murieron cuando esta fue incendiada. El pueblo quedó arrasado y solo algunos pocos de sus habitantes, sobre todo algunas mujeres, niños y ancianos pudieron sobrevivir. 
     La historia de la Rebelión de Tomóchic, ha sido relatada en la película, Longitud de Guerra, dirigida por Gonzalo Martínez Ortega, así como en varias obras de teatro, donde destacan "Tomóchic: la voluntad de un pueblo," de Humberto Robles, y "Tomóchic," de Joaquín Cosío. La novela, Tomóchic (1906) de Heriberto Frías, relata la experiencia del autor durante la represión a los tomochitecos. 
Actualidad 
     En reconocimiento a la gesta de los habitantes de Tomóchic, el 25 de octubre, de 2011, el Congreso de Chihuahua le otorgó el título de, Pueblo Heroico, siendo su nombre oficial, Heróico Pueblo de Tomóchic. 
Localización 
     Tomóchic es actualmente un pueblo de 2,404 habitantes, según el Conteo de Población y Vivienda 2005, realizado por el INEGI, es una Sección municipal del Municipio de Guerrero, tiene importancia turística por estar localizado camino de la Cascada de Basaseachi, uno de los principales atractivos turísticos de Chihuahua, y la cascada más alta de México. Se encuentra comunicado por la Carretera Federal 16, que hacia el oeste conduce a HermosilloSonora y hacia el este a La Junta y ChihuahuaChihuahua. Cuenta con un museo comunitario dedicado a la insurrección de 1891. (Wikipedia) 
La Rebelión de Tomóchic 
     La Rebelión de Tomóchi fue un conflicto entre 1891 y 1892, en un poblado de la Sierra Madre Occidental. Los pobladores, mayormente mestizos, inconformes con los abusos de los caciques locales, y la pérdida de autonomía frente al proyecto centralista del porfiriato, declararon su autonomía el 1 de diciembre de 1891. Los enfrentamientos con el ejército, que buscaba restablecer el orden, terminaron con el exterminio del pueblo. A pesar de haberse detonado por una cuestión religiosa, el escenario político de 1892, año en que se llevaron a cabo las elecciones gubernamentales, fue decisivo para el resultado del levantamiento. Aunque tiende a ubicarse como un antecedente de la Revolución Mexicana, los tomochitecos nunca buscaron un cambio político fuera su localidad. 
Causas 
Conflictos con Caciques Locales. 
     Los poblados de la Sierra Tarahumara, gozaron de mucha autonomía con respecto al gobierno federal, debido el aislamiento geográfico de esas localidades, y los constantes enfrentamientos con los apaches, lo que obligaba a los habitantes a organizarse en milicias cívicas para defenderse. Con el fin de la guerras apaches, la cohesión social en la región se debilitó. La imposición de autoridades impulsada durante el porfiriáto, afectó al municipio de Tomóchic, al nombrar a Juan Ignacio Chávez, procedente de Hidalgo del Parral, como presidente seccional, a pesar de que tradicionalmente el cargo lo ocupaban hombres pertenecientes a la cabecera municipal. Las repercusiones fueron inmediatas, porque éste sólo protegió los intereses del cacique regional, Joaquín Chávez, y del cacique local, Reyes Domínguez. 
     Los tomochitecos tuvieron varias fricciones con ellos, por cuestiones de terrenos y por daños causados que causaban los animales de lo caciques en los sembrados, y que se negaban a pagar. Además, cuando su labor agrícola lo permitía, preferían buscar trabajo en los minerales del Distrito Rayón, en vez de emplearse con Reyes Domínguez, o Joaquín Chávez, por las condiciones brutales que ofrecían. Estos últimos los calificaron de "vagos perniciosos". Gracias a su influencia con el Jefe Político de Ciudad Guerrero, se tomó por cierta ésta acusación, y se amenazó a los tomochitecos con consignarlos al servicio forzoso del Ejército.  
     El 28 de enero de 1891, se asaltó en el Puerto de las Manzanillas, una comisión destinada a pagar los salarios de los trabajadores de la Compañía Minera de Pinos Altos. Los asaltantes fueron posteriormente capturados, y se les aplicó la ley fuga. A pesar de que ninguno era de Tomóchic, Joaquín Chávez decidió eludir el paso por el pueblo. Esto causó que se acentuarán significativamente las tensiones con los caciques porque por un lado, se dudó del honor de hombres que siempre se mostraron orgullosos de defender la región de los apaches como "agentes civilizadores" y, por otro, se privó a los habitantes de una de sus fuentes de ingreso en tiempos de miseria, pues el paso de la comisión permitía el intercambio de bienes.  
     El 25 de noviembre de 1891, las fuerzas de Seguridad Pública sitiaron y catearon la casa de Jorge Domínguez, quien había participado en las quejas por motivo del paso de la comitiva por el pueblo. Los tomochitecos interpretaron esto como el cumplimiento de la amenaza de consignarlos al servicio forzoso del Ejército. Se organizaron, y el 30 de noviembre se dirigieron a la casa del presidente seccional, quien no les abrió. Fue hasta el día siguiente, cuando Cruz Chávez, que los encabezaba, manifestó que querían independizarse de toda autoridad que no procediera de la Virgen.  
Fiebre de Santos 
     La Iglesia católica nunca tuvo mucha fuerza en el norte del país, por la ausencia de sacerdotes permanentes, dada la lejanía de las localidades. Esto propició el surgimiento de "santos," a quienes los habitantes regionales, atribuían habilidades milagrosas, y la capacidad de comunicarse con Dios directamente. La oposición a la Iglesia católica estaba amparada por la libertad de culto, por lo que el gobierno no podía intervenir en favor del clero. El único medio para combatir la divulgación de prácticas religiosas alternativas al catolicismo, era por medio de las prédicas sacerdotales, poco frecuentes en la Sierra Tarahumara. Sin embargo, la disidencia religiosa se unió a la social, porque los "santos" pretendían proporcionar guía y consuelo a los habitantes, afligidos por las precarias condiciones socioeconómicas. Fue entonces cuando el gobierno intentó sofocarla.  
     Los tomochitecos eran seguidores de la Santa de Cábora, una joven sonorense de nombre Teresa Urrea, quien años después participó en varios movimientos insurgentes que no estuvieron relacionados con Tomóchic. Los tomochitecos nunca tuvieron contacto directo con la santa. Manuel Castelo, un sacerdote que esporádicamente visitaba Tomóchic, predicó un discurso en el que satanizaba a Teresa Urrea.
     Los habitantes del pueblo se mostraron ofendidos por las declaraciones del cura. Aprovecharon la ocasión para acusar al clero de explotarlos económicamente. El sacerdote los excomulgó, y los tomochitecos respondieron expulsándolo del templo. Manuel Castelo informó a las autoridades regionales que tuvo huir de la persecución religiosa. No mencionó la problemática socioeconómica. Esto contribuyó a que se calificara la rebelión de Tomóchic exclusivamente como un movimiento de, "fanatismo salvaje". 
Elecciones Gubernamentales de 1892. 
     En 1892, por ser año de elecciones estatales, se intensificó la pugna entre los dos grupos, económica y políticamente más poderosos del estado. El primer grupo, conocido como los terracistas, era encabezado por Luis Terrazas, uno de los más grandes terratenientes del país. Porfirio Díaz, en un intento de someter a Chihuahua a la autoridad central, nombró al general Carlos Pacheco como gobernador. Éste se unió a modestos terratenientes del valle de Guerrero, para contrarrestar la influencia de Terrazas en el gobierno.
     El gobernador Lauro Carrillo, que intentaba reelegirse, pertenecía al grupo guerrerista, también conocido como pachequista. Los terracistas aprovecharon la rebelión de Tomóchic para desprestigiarlo, y poder recuperar la gobernatura. Con este fin, utilizaron la prensa para propagar noticias exageradas de los hechos. Por otra parte, Lauro Carrillo no corroboró los informes antes de informar al presidente Díaz. Todo esto determinó la actitud de extrema violencia que adoptó el gobierno frente a los tomochitecos. 
Conflicto 
Primer Enfrentamiento: 7 de diciembre 1891. 
El 7 de diciembre de 1891, el jefe político del distrito, Silvano Gónzallez, con cuarenta y cinco hombres a cargo del capitán Francisco Castro, se aproximó a Tomóchic, para intentar restablecer el orden. Una ceremonia, en la que Cruz Chávez bendecía las armas de los tomochitecos, se desarrollaba en el pueblo en ese momento. El ejército la interpretó como una preparación de guerra, por lo que ordenó atacar. La batalla terminó con la retirada de los tomochitecos a la sierra, dónde el ejército no podía perseguirlos por desconocer el terreno. En el pueblo, sólo quedaron mujeres y niños. 
Derrota del Ejercito: 2 de septiembre de 1892. 
Luego de la derrota, los tomochitecos se dirigieron a Sonora para visitar a Teresa Urrea, la Santa de Cábora, pero al no encontrarla en su hacienda, emprendieron el viaje de regreso a su pueblo. A pesar de enfrentarse a las fuerzas de gobierno en algunas ocasiones durante el trayecto, éstas no les impidieron su regreso al pueblo en agosto de 1892. Permanecieron ahí sin enfrentarse a nadie hasta septiembre, mes en que el ejército federal volvió a atacar.
     Ochocientos hombres a cargo del general José María Rangel se enfrentaron a los tomochitecos, que formaban un grupo de cuarenta. Algunos de los soldados eran voluntarios a cargo de Santana Pérez. Cuando inició el combate, éstos dispararon a las fuerzas del éjercito, y después desaparecieron. Los tomochitecos mostraron su superioridad táctica, resultado de su experiencia enfrentándose a los apaches, y para mediodía, ya habían derrotado completamente al ejército. 
Holocausto: Octubre de 1892. 
     Luego de la derrota del general Rangel, se nombró en su lugar al general Felipe Cruz, cuya expedición, a causa de su alcoholismo, nunca llegó a Tomóchic, aunque éste informó a sus superiores de la derrota absoluta de los serranos. Cuando la Secretaría de Guerra y Marina descubrió lo sucedido, lo destituyó y envió al general de división Rosendo Márquez. Ochocientos hombres bien armados comenzaron el asedio a Tomóchic, el 20 de octubre de 1892. A los tomochitecos se les unieron algunos hombres de los alrededores, también inconformes con la situación socioeconómica de la región, para formar un total de poco menos de cien hombres. El enfrentamiento duró diez días. Gracias a la superioridad numérica y de armamento, el ejército ganó terreno frente a los tomochitecos.
     La mayoría de las mujeres y los niños se ocultaron en la Iglesia, mientras los hombres se refugiaban en el cuartel rebelde. El 26 de octubre los soldados llegaron hasta el templo, e incendiaron la puerta principal. Los que estaban dentro, intentaron salir por la única ventana, pero casi todos los que lo lograron, fueron alcanzados por las balas antes de llegar al cuartel. El día 29 del mismo mes, el ejército tomó el cuartel. De los combatientes, ya sólo quedaban doce heridos, entre ellos Cruz Chávez. Todos fueron fusilados inmediatamente, sin que jamás se aclararan los motivos de la rebelión. Los únicos sobrevivientes de Tomóchic, fueron cuarenta y un mujeres, y setenta y tres niños. No quedó más del pueblo que en el censo de 1890, registró un total de doscientos setenta y nueve habitantes. 
Controversia 
     Puesto que los hechos que tuvieron lugar dentro de Tomóchic, en 1892, fueron exagerados y tergiversados para fines políticos y económicos, las verdaderas causas nunca quedaron claras. Las fuentes oficiales calificaron la rebelión como un acto de fanatismo religioso, para descalificar las reclamaciones socioeconómicas de la región. La verdadera influencia de creencias religiosas, nunca quedó clara, puesto que todos los combatientes murieron, y casi la totalidad del pueblo fue incendiado, en el último enfrentamiento con el ejército, destruyendo toda la evidencia que pudo haber proporcionado más información. (Wikipedia)
Tomochic
de Heriberto Frías
     Aquel mediodía, la fonda de Cuca, en Ciudad Guerreo, Chihuahua, estaba llena de oficiales y soldados. El subteniente Miguel Mercado, acudió a ese lugar, buscando como todos, carne asada y aguardiente.  Uno de los soldados dijo, "¡Mercado, ven a sentarte con nosotros!" Presidía aquella mesa el subteniente Castorena, un joven bromista y aficionado a festejar con coplas cualquier ocasión, alegre o triste. Entonces, uno de los soldados dijo, "Échate unos versos, Castorena." Y otro propúso, "Si nos gustan, te pagamos dos aguardientes."
     El subteniente Castorena aceptó el reto y, luego de pensarlo unos segundos, se levantó y recitó con voz guasona, "Voy a lanzar éste brindis, por vuestra patria, y en ello, por la república y su emblema liberal. ¡Brindemos pues por el éxito de esa campaña que irá, hasta Tomóchic, y ahí, combatirá al fanatismo, y la razón impondrá!" Castorena concluyó, "¡A Tomóchic, a triunfar, compañeros!"
     Todos unieron sus copas, y Mercado dijo, "¡Viva el noveno regimiento de la república!" Otro soldado dijo, "¡Viva el general Porfírio Díaz, nuestro máximo jefe!" A continuación, una señora hizo acto de presencia, con un plato humeante y oloroso, diciendo, "Aquí tienen su cecina y sus tortillas, jóvenes. Ya déjense de bravatas y coman; que buena falta les van a hacer las fuerzas para luchar como los Tomoches." Uno de los soldado preguntó, mientras los demás comían y se servían, "¿Son tan feroces los de Tomóchic, como dice la gente de por acá, Doña Cuca?" Doña Cuca dijo, "Cruz Chávez es el hombre fuerte de ésta religión; maneja la carabina como nadie. Donde pone el ojo, pone la bala. Por algo es el jefe de la rebelión."
     Doña Cuca continuó, "Con sus hermanos, los hermanos Carranza, y los demás de ese pueblo, siempre han sido ariscos y malencarádos, pero se han hecho respetar porque demostraron, muchas veces su hombría y su decencia. Desde chiquillos, los Tomoches se han sabido defender, tanto de los abusos de  los alcaldes y los enviados del gobierno federal, como de los apaches que cruzaban la frontera, y saqueaban los pueblos. Ellos no pidieron ayuda a los soldados ni a nadie, solos pelearon contra los apaches, para defender sus familias y propiedades. Luego de pelear duro en el monte y arrojar a los invasores, rezaban toda la noche para dar gracias a Dios. Porque eso si, los tomoches son muy religiosos. Llevan a los santos en peregrinaciones por el monte.
     Les cantan. Les ofrecen sus mejores animalitos, y sus mayores cosechas; rezan a todas horas. No son gente pobre, pues todos trabajan su tierra, y hacen producir; cuidan sus granjas y sus milpas, y viven tranquila y modestamente. Los sacerdotes que han vivido allí, se han hecho ricos, por los continuos regalos de la gente. la abundancia los ha corrompido, y no se han ocupado casi de enseñar a los serranos la doctrina cristiana. Y como los padrecitos no les inculcan bien la doctrina, los tomoches han ido formando sus propias creencias y su propia fe." Doña Cuca continuó narrando, "Y eso era cierto, pues, yo recuerdo cómo un padre de familia tomochiteco, narró la historia a sus hijos, mientras comía en su casa, 'La Santísima Trinidad vendrá a salvarnos del Diablo, que nos quiere asar en sus calderas de pecado.' Entonces, uno de sus hijos se acercó, y le preguntó, '¿Y cómo sabremos que la santísima trinidad viene, papá?' 
     Su padre le dijo, 'Por su mensajera, hijo, la Santa Teresita de Caborca.' El niño le dijo, 'Cuéntanos la historia de Teresita, papá.' El hombre dijo, 'Todo comenzó en Ocoroni, Sonora, el año de 1893. Teresita era hija de Urrea, un ranchero pobre, como nosotros. Hasta los dieciocho años de edad, fue una muchacha sencilla que ayudaba a sus padres, en los quehaceres hogareños. Pero una mañana, Teresita llegó ofuscada a su casa. Su padre Urrea le dijo, '¿Qué te ocurre, hija?' Pero antes que nadie pudiera auxiliarla, cayó sin sentido al suelo. Su padre la trasladó enseguida con el boticario del pueblo, quien le dio a oler sales de amoniaco.
     Después de verla y revisarla, el boticario dijo, '¡Qué extraño, Urrea!Son sales de amoniaco y no le producen ningún efecto.' Enseguida, el boticario puso su oído en el pecho de Teresita, y dijo, '¡Le ha dejado de latir el corazón!' El boticario se incorporó, y dijo, 'Lo siento Urrea. Tu hija ha muerto.' Urrea exclamó, '¡Oh, Dios, ten piedad de mi!' La velaron por tres días y tres noches. Entonces Urrea dijo a su esposa, '¿Crees que debemos enterarla ya, mujer?' Su mujer le dijo, 'Ay, no sé, viejo. Acuérdate del susto que nos dio, cuando era chiquita. Creímos que había muerto de fiebre, y despertó cuando íbamos a meterla al ataúd.' Decidieron esperar una noche más, y de repente, mientras la velaban, escucharon una voz, diciendo, 'Papá...papá, venga, déme la mano.'
     Urrea despertó, y volteando exclamó, '¿Eh?' Teresita había vuelto del mas allá, diciendo, '¡Papá!' Una de las mujeres ancianas presentes dijo, '¡Ave María Purísima!' Otra de las ancianas dijo, '¡Esto es cosa del demonio!' La madre de Teresita estaba jubilosa, diciendo, '¡Gracias, gracias Señor, porque atendiste mis plegarias y me devolviste a mi hija muerta!¡Ella se consagrará a ti desde hoy!' Desde entonces se conoció a Teresa Urrea como santa. Sentada y con una corona de flores en la cabeza, su padre le decía, 'Estáte quieta, hija. Pronto llegarán los fieles.' Y su madre llegaba con una bolsa de tierra, diciendo, 'Toma la tierra y no olvides que esta bendita.' Día tras día, desde el amanecer, gente de todos los pueblos de Sonora acudían a pedirle favores. Una de sus fieles le decía, 'Ruega por mí, Teresita. Mi hija tuvo un mal parto, y se está muriendo.' Teresita le dijo, 'Ponle la tierra bendita en el vientre y se curará, mujer.' Los fieles agradecidos, colmaron de obsequios a Urrea.
     Muchos hubo que recuperaron la salud y la alegría, gracias a ella. Así que pronto, su estado natal, le rindió culto a la nueva santa. Mientras la levaban en hombros en una silla, el pueblo gritaba, '¡Viva la Virgen!¡Viva nuestra Niña Milagrosa!¡VIVAAA!' La humildad de la niña milagrosa, la hizo aún más apreciada por todos, pues ella misma decía, 'No soy una santa, solo soy una mensajera del señor, depositaria de su poder en la tierra.' Y el padre de familia Tomochiteco terminó diciendo, 'Nosotros en Tomochic, amámos a Teresita y le debemos prodigios. ¡Por tanto seremos soldados de la verdadera fe, como ella lo predica!'" Con éstas últimas palabras, Doña Cuca había terminado su relato.
     Entonces un soldado dijo, "De modo que los Tomóches, deben su fanatismo a la Santa de Cábora, ¿Eh, Cuca?" Doña Cuca le dijo, "Ellos se revelaron porque las autoridades eclesiásticas y federales quisieron obligarlos a aceptar sus reglamentos cuando ya no era tiempo. Si hubieran enviado maestros y buenos curas, y el alcalde no se hubiera dedicado a esquilmarlos...ahora el gobierno no mandaría la tropa a Tomochic, y no se derramaría la sangre." Cuando se fue doña Cuca, Miguel Mercado dijo, "No entiendo porqué piensa ésta mujer, que las mismas autoridades, propiciaron la rebelión de los de Tomóchic."
     El subteniente Castorena tenia su propia versión de la historia, y dijo, "Se refiere a lo que sucedió cuando el gobernador, Lauro Carrillo, pasó por ese pueblo, Miguel. Luego de cambiar impresiones con el alcalde, se le ocurrió al funcionario porfirísta, visitar la iglesia. Ya una vez adentro, no se le ocurrió al funcionario otra cosa que decir, 'Esa pintura es excelente. La gente ignorante de aquí, no puede apreciarla. La llevaré a mi casa.' Inmediatamente su secretario dijo, '¡Muchachos!¡Bajen ese cuadro y métanlo al coche del gobernador!' Pero llegaron unos hombres armados, e interrumpiendo la acción, uno de ellos, quien era Cruz, dijo, '¡Esa es la imagen de la Santísima Trinidad de Tomóchic, y nadie la toca!' El secretario se interpúso diciendo, 'El gobernador Carrillo es la máxima autoridad en nuestro estado de Chihuahua, Cruz. ¡El puede disponer de las obras artísticas!'
     Pero Cruz respondió, '¡En lo que se refiere a propiedades de la iglesia, el gobernador es un don nadie, y no toleraremos que toque siquiera esa imagen.'  La fiereza de aquellos hombres y mujeres, y sus carabinas Winchester, forzaron que el gobernador desistiera de su propósito, y abandonára el recinto, con el rabo entre las piernas. Desde entonces, los funcionarios federales, fueron considerados por los tomoches, como, según lo dijo Cruz, '¡Unos impíos, unos hijos de Lucifer que no respetan nada, esos son!' Y uno de sus fieles seguidores le dijo, 'Es verdad, Cruz. Cerrémosles la entrada al pueblo.'
     Poco tiempo después, dos mujeres del pueblo veían la llegada de un funcionario. Una de ellas dijo, 'Ahí viene otro de esos empleados del gobierno.' La otra dijo, 'Seguro que va a causar algún problema.' El hombre fue directamente hacia la alcaldía, y se presentó al alcalde, diciendo, 'Vengo de Guerreo, señor alcalde, para encargarme de las diligencias judiciales que usted solicitó.' El alcalde le dijo, 'Bienvenido Licenciado.' Pero aquel federal no tardó en advertir que las tomochitecas eran bellas y graciosas, pensando, 'En este lugar no hay nadie quien las cuide.' Y detuvo a una que iba a lavar al rió, diciendo, '¡Hola, muchacha chula!¿Porque tan sola?'
    La mujer le dijo, '¡Ay que susto me dió!' Pero el funcionario la tomó de los brazos, diciendo, 'No tienes porqué espantarte, solo deseo darte un beso, ahora que nadie nos ve.' Ella le dijo, '¡Suélteme!¿Está usted loco?' El empleado federal hizo caso omiso de los retobos y las súplicas de la muchacha y la forzó. Ella, tratando de zafarse decía, '¡Por favor!¡No quiero, déjeme!' Pero el funcionario le dijo, 'Cállate ya; aquí te encuentras a mi merced.' Por la noche, un hombre llegaba con una mujer a la casa de Cruz, diciendo, '¡Cruz!¡El maldito federal abusó de mi hija!'
     Cruz los hizo pasar, y tras enterarse de la situación, tomó su revolver, y dijo, '¿Lo ven? Les dije que esos federales son enviados del demonio. Hay que combatirlos a sangre y fuego, como el arcángel Gabriel lo hizo con las huestes de Lucifer, valga la comparación.' Enseguida, tras varios disparos, el violador salvó de milagro la vida, huyendo en su caballo. No faltó quien informára al gobernador interino, que sustituía por entonces a Lauro Carrillo, de los sucedido, aunque exagerando los hechos, diciendo al gobernador
, 'Mi sobrino estuvo a punto de morir a manos de esos fanáticos tomoches; odian al gobierno y pretenden que su pueblo no sea parte de nuestra república, ni esté bajo la jurisdicción de Don Porfirio.'"
     El subteniente Castorena terminó su relato, y entonces Miguel le dijo, "Por consiguiente, despacharon varios regimientos contra Tomochic, y ahora vamos nosotros a tratar de tomar el pueblo e imponer el orden..." Castorena le dijo, "Por ello, y por otras causas que aún no te cuento, Miguel." En ese momento de la platica, entró una bella mujer al mesón, y Miguel dijo, "Luego le seguimos, déjame admirar esa belleza que entra." Miguel Mercado quedo fascinado con la imagen de la joven rancherita, que salió de allí tan silenciosa y tranquilamente como había entrado. Miguel Mercado pensó, "¡Que Linda!" La voz maternal de Cuca, la pondera, lo sacó de su embeleso para informar. "Se llama Julia Carranza, es de Tomóchic." Miguel iba a preguntar a Cuca porqué una chica de Tomóchic se hallaba en Ciudad Guerrero, pero el festivo Castorena se lo impidió, y dijo, "¡Doña Cuca, alquíleme su guitarra!¡Necesito cantar una canción!" De pronto, sonó la corneta llamando al cuartel a los oficiales y soldados. Castorena se levantó y dijo, "¡Vamos Miguel, tocan la 'Llamada de Honor,' apurémonos." 
     A la mañana siguiente, la "Diana" anunció a los soldados y oficiales del ejército federal, la hora de la formación. Miguel Mercado había abusado del alcohol la noche anterior y comido poco, así que se sentía friolento y débil, y pensó, "¡Ah, daría cualquier cosa por un café bien caliente!" A la salida del pueblo, y mientras el regimiento marchaba, Miguel divisó un modesto jacalito, y pensó, "Ahí conseguiré algo de café." El jacal estaba habitado por un viejo sucio, una anciana no menos sucia, y una muchacha. Las dos mujeres trabajaban, mientras el viejo yacía perezosamente. Miguel entró y dijo, "Me llamo Miguel Mercado, soy subteniente del ejercito. ¿Serían ustedes tan amables de venderme algo de café?"
     El anciano se levantó, y dijo, "Por veinticinco centavos, tendrá todo el café que quiera, patrón." Miguel dijo, "¡Trato hecho!" Enseguida el anciano dijo, "Déselos a esa, para que me traiga un pomo de sotol." Intempestivamente, Miguel Mercado reconoció en aquella jovencita a la tomochiteca que había visto en la  fonda el día anterior, pensando "¡Es ella!" Mientras Miguel veía a la mujer partir, pensó, "¿Será hija de éste hombre?" El anciano dijo, "Siéntese usted. Ella no tarda, mientras se prepara su cafecito."
     Tras unos minutos, Julia, la mujer joven que ya había regresado, le sirvió en una tasa hecha de barro, y le dijo, "Tómeselo, le quitará el frió. Si gusta, le ponemos un chorrito de Sotol." Enseguida, el anciano dijo, "El alcohol y el café lo entonan a uno para aguantar el día, ¿No cree usted, jefe?" Miguel dijo, "¿Eh?¡Oh, si!" Mientras bebía su café, Miguel miraba a Julia, y ella buscaba algo entre las almohadas de la cama, diciendo, "¿No ha visto mi pañuelo, tía Mariana? Lo dejé aquí anoche, al acostarme, y no aparece." Miguel no pudo esconder su sorpresa y pensó, "No es la hija del viejo, sino...¡Su mujer!" Miguel se bebió de un trago su café con sotol, cuando escuchó decir al anciano, "Voy a dar una vuelta, mujeres. Atiendan bien al señor, ¿Eh?" Julia se acercó a Miguel y dijo, "¿Más cafecito?" Miguel le dijo, "Sí, por favor. ¿Puede responderme cómo es que una joven tan linda como usted tiene un esposo casi anciano?"
     Julia dijo, "No es mi esposo, señor. Es mi tío. Doña Mariana es quien está casada con él. Sin embargo, soy su mujer porque así lo decidió mi padre, San José, y las decisiones de mi padre son santas." Miguel dijo, "¿Santas?" Enseguida Miguel observó algo, y le preguntó, "Y los moretones se los hizo él, ¿No?" Julia dijo, "S-Sí...cuando toma se pone violento si no le obedecemos." Miguel le dijo, "¡Pues abandónelo! es una infamia lo que está haciendo con usted. Recurra al alcalde de Ciudad Guerreo, ¡Acúselo si es preciso!" Julia dijo. "¡Oh, no señor, no! Soy incapaz..." Miguel preguntó, "¿Porqué?" Julia le dijo, "Porque a mi padre lo santificó Teresita de Cabora. Le reveló que él era San José, y que sus palabras eran divinas. Mi padre decidió que me uniera a mi tío Bernardo y a mi tía Mariana, y nos bendijo; aseguró que se la había revelado que formaríamos la santísima trinidad, y nada podría separarnos."
     Miguel se exacerbó y exclamó, "¿Qué está usted diciendo, criatura?¡Eso es una blasfemia! La han engañado. La religión cristiana no enseña tamañas barbaridades. la Santísima Trinidad esté muy lejos de nosotros, los humanos; es Dios mismo, y ninguno de nosotros podría comparársele." Pero Julia insistió, diciendo, "Pues Cruz Chávez es nuestro papá, en Tomochic, y él también nos bendijo. Todos adoramos a la Santa de Cabora. Así es nuestra religión, y nadie podrá quitárnosla." Miguel se impacientó, y dijo, "¡Pero Criatura!¡Usted no ha de compartir semejantes locuras!" La mujer le dijo, "Las comparto y las defenderé, como cualquier tomochiteco, señor oficial." Miguel le dijo, "Los de Tomóchic han retado a la iglesia y al gobierno del general Díaz. Por eso estamos nosotros aquí, para obligarlos a retornar al orden."
     Y aquella criatura que momentos antes parecía tan dócil y tranquila, dijo fieramente, "¡Cruz, nuestro papá, exterminará cuanto soldado mánde el gobierno, si es necesario; pero no lo obligarán a renegar de sus creencias!" La mujer agregó, tras una pausa, "¡Si usted quiere seguir viviendo, no vaya a Tomochic, señor." Miguel iba a continuar su intensa platica con Julia, cuando Bernardo reapareció, diciendo, "¡Qué bueno que todavía está usted aquí, jefe! Le pido un favor." Miguel le dijo, "¿Qué favor?" Bernardo le dijo, "Me han dicho que el regimiento tiene un cañón. Yo nunca he visto ninguno, y si voy con usted me dejarán admirarlo." 

     Miguel aceptó llevar a Bernardo Carranza al campamento; pero antes dijo a Julia, "Señorita, acépte usted estos pesos, y por favor prepáreme algo de comida. la fonda del pueblo es terrible." Antes de que los dos partieran, Bernardo dijo, "Fíjate lo que cocinas para el patrón, Julia. Y ténlo todo listo para la una de la tarde." Ya en el campo, frente al cañón, Miguel dijo, "Es un 'Hotchkiss' y lo llevarémos montado en un caballo, o sobre sus ruedas. Con él puede dispararse a regular distancia y sus balas penetran muros de piedra." Bernardo le dijo, "¡Gracias jefe!¡Me alegra que ustedes vayan y pongan orden, por fin en Tomochic! Los de allá están locos, y requieren de la mano dura del ejército. ¡Hasta pronto!" Mientras Miguel caminaba, pensó, "¡Qué extraño que Bernardo se exprese así, siendo parte de esa fantástica 'Santísima Trinidad' de que me habló Julia! ¿Pensará traicionar al tal San José, y a sus coterráneos?"
     Al mediodía, Miguel comió en el jacal, pensando ,"¡Ojalá logre yo librar a la lindísima muchachas de las manos de éste borracho!" Pero Bernardo, el borracho en cuestión, guardaba sus propias preocupaciones, pensando, "Tengo que averiguar cuándo parte la tropa para tomar Tomochic, y avisarle a Cruz, para que estén prevenidos." Pero esa noche, en la cantina del pueblo, doña Cuca decía a Miguel, "Creo que es demasiado alcohol para usted solo, subteniente. ¿Porqué no se retira a dormir?" Miguel le dijo, "Déme la otra, doña Cuca. No quiero dormir, porque soñaría cosas horribles." Las imágenes que Miguel llevaba en el corazón y en el cerebro, le invadieron con el alcohol de igual manera, pensando, "Julia...¡Mi Linda!"
    Le obsesionaba aquella jovencita fresca y suave, sometida a la lujuria caprichosa de su propio pariente. Salió de la cantina poseído por una terrible furia, pensando, "¡Ella no merece ser de ese hombre!" Tras caminar un poco, pensó, "¡Ahí está la casucha donde se alberga tanta ignominia!¡No puedo soportarla!¡Amo a esa mujer! Ninguna me había conmovido como ella. Únicamente por un beso suyo sería capaz de dar la vida." Miguel se fue acercando a la casa, pensando, "¡Tengo que estar cerca de Julia! Si he de batirme con el viejo sátiro, lo haré." Al llegar, la suerte dispuso que viera a Bernardo Carranza, "durmiendo la mona," en la banca de un tendajón. Y pensó, "¡Al menos no está con ella!" En efecto, la muchacha dormía tranquila.
     Pero, de repente, Miguel tocó la puerta, y ella despertó y pensó, "¡Oh!¡Tocan!¿Quién podrá ser a estas horas? Bernardo, quizá...olvidó la llave." Al levantarse y abrir la puerta, Julia exclamó, "¡Usted!" Miguel le dijo, "Julia, sea buena, déjeme pasar. Estoy muy enfermo. ¡No puedo mas!" Miguel entró y la abrazó, pero ella le dijo, con lagrimas, "¡Por Dios, por la Virgen, sea bueno!¡No insista!¡Váyase!¡Suélteme! ¿Lo ve? Casi llegué a creer que usté traía buena intención; que no era como el resto de los hombres; que se interesaba de veras por mi...¡Pero solo ha venido a aprovecharse!" Aquel repróche desesperado conmovió a Miguel, y le dijo, "No, no llore. ¡Me casaré con usted, Julia! En cuanto vuelva de Tomochic, la apartaré de su tío, y la llevaré lejos, donde él no la importune más. Será mi esposa, se lo juro." Miguel abarcó con su boca ansiosa la de la bella tomochiteca, quien le respondió con pasión. Se entregaron dulce, dichosamente en el mismo lecho que Julia compartía cada noche con su repugnante tío. 
     Al amanecer, el noveno regimiento del ejército federal, destacado en Chihuahua, abandonaba Ciudad Guerrero. Miguel Mercado sintió una punzada de melancolía y arrepentimiento en el corazón al pasar cerca del jacal de Julia, pensando, "¡Julia, regresaré por ti!" Pero Miguel ignoraba que en aquel jacal, ya no había nadie. Desde la madrugada, Bernardo había ordenado a las dos mujeres, que recogieran todo, y se marchó con ellas por un atajo, usando tres mulas compradas en el pueblo. Y mientras partían, Julia pensó, "¡Miguel amado mío! ¡Vamos los dos en la misma dirección, pero llegaremos a Tomochic como enemigos!" Julia no pudo evitar una lagrima, y pensó, "Presiento que Tomochic será la tumba de nuestro amor. Y, ¿Quién sabe? Quizá de nuestras personas también." 
    El recorrido de la tropa federal fue lento, principalmente al cruzar las cordilleras de la Sierra Madre. Los miembros de la "Santísima Trinidad" sin pertrechos, ni gente a pie que les retrasara, avanzaron rápido, aunque no sin enfrentar un esfuerzo agotador. Mientras avanzaban a pie, Julia dijo, "¡Tío Bernardo, Doña Mariana ya no aguanta!¡Se va a caer sin sentido!" Pero Bernardo les dijo, "¡No empiecen con sus quejas, mujeres!¡Vamos!¡Si alguna de ustedes se rinde, la dejo tirada!" Por fin, unas cuantas horas adelante, Bernardo dijo, "¡Ahí está Tomóchic!" Sí, ahí estaba Tomóchic, y no parecía sino un pueblito pacífico, situado en un valle; con su iglesia, su palacio municipal, su cementerio y sus calles pedregosas.
     Sin embargo, en ese instante, Cruz Chávez arengába a su gente. "¡Ahí están la carabinas gringas que compre en la frontera, con el dinero que nos produjo la venta de buena cantidad de nuestro ganado, hermanos!¡Con ellas y con los pertrechos que hemos venido reuniendo, nos defenderemos de quienes pretenden atropellarnos hurtar nuestros bienes, y obligarnos a renegar de nuestras creencias! A ver, levante su mano aquel que no se halle dispuesto a empuñar un arma y a ofrendar su vida por su pueblo natal, por su familia y por la santa, Teresita de Cabora." Nadie osó levantar la mano. Cruz dijo, "¡Magnífico hermanos! No esperaba menos de ustedes." Cruz se dedicó enseguida a repartir las armas, y dijo, "Las bendeciremos después del santo rosario."
     Anochecía cuando Bernardo y las dos mujeres ingresaron en una casa. Bernardo se presentó con Cruz, diciendo, "¡Que San José y el Santo Niño te bendigan, Cruz!" Cruz le dijo, "¡Bienvenido seas a nuestra tierra, buen amigo!" Tras una pausa, Cruz dijo, "¿Qué noticias me traes?" Bernardo le dijo, "Son como trescientos soldados. Nomas hay unos cincuenta en la caballería, son catrines del colegio militar que desconocen la zona. Cargan un cañoncito muy chiquito, y que yo sepa, no contarán con refuerzos." Cruz le dijo, "Pues mandaron a tales muchachos a la muerte, ¡Tomochic será su tumba!" Al escuchar esto, Julia percibió un vuelco en el corazón, y pensó, "¡Oh, Dios mío, libra a Miguel de la matanza que habrá!"
    Julia recordó el momento en que recibió aquella carta de su padre, cuando ella vivía tranquila, con sus padrinos, en la ciudad de Chihuahua. Julia recordó sus pensamientos que tuvo después de leer esa carta, "¡Dicen que Dios lo ha convertido en santo y que debo acudir a su lado para compartir las bendiciones!" Julia tuvo que acatar el mandato de su padre, Jose Carranza, y abandonar el ambiente refinado y tranquilo que había respirado desde niña. A la vez en Tomóchic, un hombre venia gritando, "¡Ahí viene el santo!¡Ahí viene San Jose!" Jose Carranza, quien había sido fusilado por un pelotón de soldados a causa de sus tropelías, sobrevivió milagrosamente y fue luego a agradecer, según él, el milagro de Teresita de Cábora.
     Resolvió entonces volver a su sitio de origen, Tomóchic, y difundir que era San Jose reencarnado. El cura del pueblo desaprobó la bienvenida que los lugareños brindaron al farsante, diciendo, "¡Esto es una blasfemia! Echen a este pillo del pueblo o los ex comulgaré sin excepción." Pero Cruz Chávez afrontó el desafío, y fue el religioso quien se vio obligado a abandonar Tomóchic, siendo corrido por el mismo Cruz, quien dijo, cuando el sacerdote abandonaba el pueblo en su caballo, "¡La divina majestad de Dios no desea réprobos aquí!¡Fuera!" Cuando el sacerdote se fue, Cruz dijo al pueblo, "Desde ahora soy el papa, el guía espiritual de Tomochic, y el guardián de su divina majestad." El pueblo se alegró, y uno gritó, "¡Viva nuestro papa!¡Viva el señor San Jose!"
     Con el papa Cruz, iba siempre su hermano Manuel; y, con el supuesto San Jose, iba Bernardo Carranza, a quien de joven habían corrido del pueblo por ladrón y borracho las mismas personas que ahora lo vitoreaban. La gente gritaba, "¡Viva Tomochic, la Tierra Santa!" En cuanto Julia arribó a Tomochic, su propio padre se la entregó a Bernardo Carranza, para que integrára con él, "La Santísima Trinidad" siendo el mismo San Jose quien los casó, diciendo, "Que el señor nos bendiga, y que mediante ustedes nos colme de bendiciones." "San Jose" y su hermano se encargaron de vender ganado, y comprar armas y municiones a los norteamericanos de las fronteras.
     Mientras ésto se realizaba, el encargado del camino que va del mineral de Pinos Altos a Chihuahua, notó algo extraño en aquellos campesinos que viajaban armados hasta los dientes, y pensó, "Debo avisar a la superioridad." Informado el gobierno envió al undécimo batallón a investigar. Los desmanes de la tropa acabaron por irritar a los tomochitecos. Se retiraron tras saquear, cometer abusos, y deshonrar muchachas de la villa. Poco tiempo transcurrió para que regresáran los Chávez y los Carranza con un campamento de armas que habían adquirido en la frontera. Como revancha, los tomochitecos atacaron, la hacienda más grande de la región, saqueándola.
     Mientras iban rumbo a la hacienda, el líder tomochiteca gritaba arriba de su caballo, "¡Adelante hermanos, Dios nos acompaña!" El producto del saqueo se repartió entre los habitantes del pueblo, y Cruz gritó, "¡Somos fuertes, estamos benditos de Dios!¡Religión e independencia hermanos!" El alcalde optó por emigrar de Tomóchic con su familia. Los federales intentaron someterlos y el undécimo regimiento fue vencido vergonzosamente; perdió numerosos hombres y apresó el enemigo a su teniente, el coronel José M. Ramírez. El quinto regimiento llegó poco después, atravesando las hondas gargantas de la Sierra Madre Pero en una de tales hondanadas, el quinto regimiento fue acribillado por los rebeldes, quienes gritaban, "¡Por la religión y la independencia!" Los sobrevivientes fueron a lavarse al río cercano. Pero los tomochitecos, no tuvieron piedad y los mataron, gritando, "¡Muerte a los incrédulos a los herejes!"
     Cuando las desastrosas novedades llegaron a Palacio Nacional, el general Díaz dispuso: "¡Destáquen lo mejor de nuestra tropa, y borren ese asentamiento de fanáticos que desconoce nuestra autoridad!" Todo ello Julia lo había vivido de cerca. Cruz tenía espías que le informaban de cuanto sucedía en ciudades, y tomaba precauciones, diciendo a sus hombres, "¡Así que ahora es cuando hay que echarles ganas y defender nuestra causa sin ceder, hermanos! Bernardo irá a Ciudad Guerrero, y estará pendiente de la llegada del nuevo regimiento, para avisarnos cuando los soldados emprendan el trayecto hacia acá."
     Esa misma noche, advertido por Bernardo de que los del noveno regimiento se aproximaban, Cruz convocó de nuevo al pueblo, armó inclusive a las mujeres y los niños mayores de diez años, y bendijo las armas para la guerra, diciendo, "¡Que el señor ponga en cada bala su gracia, y haga de cada uno de nosotros uno de sus soldados!" Y el pueblo gritó, "¡Así sea!" Pocas horas después, en la madrugada, el general Rangel, jefe del noveno regimiento, dividía sus fuerzas, diciendo, "¡La primera columna intérnese en la arboleda! Los demás avancen flanqueando a paso redoblado. ¡En silencio! Estamos casi a la entrada de Tomochic." Los de la primera columna perdieron toda visibilidad al adentrarse en el bosque, mientras el general les ordenó, "¡Rompan filas y cobíjense! Disparen a discreción, cuando vean algo sospechoso."
    El batallón de Miguel Mercado formaba parte de aquella avanzada. Miguel dijo, "¡Guarden silencio, repliéguense y manténganse alertas." De pronto una voz ordenó, "¡Primer columna atención!¡Suban por la pendiente a paso veloz, en el acto!" Miguel Mercado pensó, "¡Vaya!" No quedaba más que obedecer la disposición, aunque a todos les pareció absurda. A pesar de eso, Miguel dio la orden y dijo, "¡Vamos soldados, arriba, arriba!" Un tiro rasgó la obscuridad, y fulminó a uno de los hombres de Miguel. BANG. Miguel gritó, "¡Hay tomoches en la loma, cuidado!"
     El anúncio llegó demasiado tarde. Se escuchó la voz de uno de los tomochitecos gritar, "¡Libertad y religión!¡Viva la Santa de Cabora!" Los tomochitecos habían tendido un cerco, y los rociaban a dos fuegos, desde las alturas. De parte de los federales, un hombre gritó, "¡Retrocedan!¡Cuidado, no paren de disparar!" Y de parte de los tomochitecos, uno gritó, "¡Mueran los hijos de Lucifer!" Los federales tuvieron que retirarse humillados de aquella loma. Miguel pensó, "¡Qué desastre! Nuestras autoridades subestiman la astucia y el valor de los tomoches!"
     A las once de la mañana siguiente, Miguel Mercado y Castorena acompañaron a la segunda columna, la cual se desplazó por entre las rocas, con mayores precauciones. De pronto, un tomoche surgió sobre uno de los riscos, gritando como una fiera, y sin el temor miedo a morir, al mismo tiempo que disparaba, "¡Viva la Santita de Cabora!¡Mueran los endemoniados federales!¡YIIIJAAA!" Su puntería era tan buena que derribó a numerosos federales él solo, desconcertándolos. ¡BANG! ¡BANG! ¡BANG! En cuestión de segundos, no fue un tomoche sino ciento de ellos los que, vociferantes, se lanzaron contra el enemigo, gritando, "¡Duro con ellos!¡Muerte al invasor!¡Al infierno, desgraciados herejes!" Al anochecer, el campamento del novemos regimiento federal se encontraba lleno de heridos y gente desmoralizada. Miguel dijo, "¿Qué opinas de todo esto, Castorena?" Castorena le dijo, "Que si no conseguimos refuerzos, esta región será nuestro sepulcro, Miguel." Simultáneamente en Tomochic, las mujeres oraban, dando gracias a Dios. Y en ese preciso instante, el tomochiteco Pablo Calderón llegaba de Pinos Altos y daba terribles noticias, diciendo,
"¡Hubo una orden terminante del general Diaz, Cruz, y de inmediato un destacamento de quinientos hombres se puso en marcha para acá, desde Sonora." El mensajero se llevó a Cruz aparte, para comunicarle otra noticia. "José Carranza fue hecho prisionero en un pueblo de la sierra donde le ofrecían una fiesta. Los soldados lo reconocieron como el 'San José de Tomochic' y lo fusilaron. En ésta ocasión no resucitó." Cruz había intuído que los federales tratarían de penetrar en el pueblo por el cementerio y acertó. Ahí en el mismo cementerio Cruz y sus hombres los recibieron a balazos. Cruz gritaba, "¡No les permitan pasar!¡Que se queden muertos, con los muertos!" Entre las milpas, corrió también sangre de ambos lados. Algunos tomochitecos huyeron hacia el interior del poblado, perseguidos por los federales. Pero había mujeres apostadas con carabinas de largo alcance en azoteas, torres, y bardas.
     Ellas salvaron la vida de sus, "soldados de Cristo," que se refugiaron rápidamente en la iglesia. Al bajar la tarde, sonó el triste "toque de retreta," y los del noveno regimiento hubieron de dar la media vuelta una vez más, vencidos. El desánimo cundió entre la tropa. Miguel Mercado salió del campamento y se sentó al amparo de un árbol a meditar, y pensó, "Esta es una guerra absurda. ¿Qué defendemos?¿Porqué no dejamos a esa gente con sus locas creencias? La sangre derramada no retornará jamás. Ni la de ellos, ni la nuestra. Dios no puede bendecir tanta injusticia. ¡Julia, mi Julia! Tú sería ahora mi único consuelo, si no estuvieras tan lejos." Pero Julia no estaba tan lejos, sino en el templo de Tomochic, curando heridos y rezando en voz baja. La mañana siguiente fue especialmente amarga. Uno de los soldados dijo a Manuel Chávez, "¡Aparecen más soldados por el rumbo de Pinos Altos!" Manuel dijo, "Arrimen a los heridos juntos al altar, porque nos veremos obligados a disparar desde aquí."
     Y en efecto, los refuerzos de Sonora accedían en esa hora. En pocas horas, la columna rodeó el pueblo y logró penetrar por sus callejuelas. Los tomochitecos disparaban concentrados en la iglesia y en la casa de Cruz, a la cual llamaban "El Cuartelito." El cañón Hotchkiss vomitaba fuego contra los bastiones del enemigo. La torre de la iglesia sufrió impactos. Manuel Chávez cayó gravemente herido. El interior de la iglesia se desbordaba de heridos y muertos. El grupo de mujeres destacadas ahí, hacía lo posible por atenderlos. Al retornar la noche, ya Tomochic era pasto de las llamas, y los soldados saqueaban las viviendas vacías. Al alba, los federales descubrieron que había un grupo de tomoches apostados en el cerro de la cueva. Poco después, solo restaban algunos tomoches cobijados en la torre de la iglesia, copados por federales. Uno de ellos corrió en medio de la balacera, cuando se escuchaba "El Toque de Alto al Fuego," y el capitán Molina, joven y valeroso oficial, ordenaba, "¿No oyeron?¡Ya no disparen!"
     Pero un tomoche se volvió, y entonces disparó, diciendo, "¡Muerte a los hijos del demonio!" BANG. Un soldado federal gritó, "¡El maldito tomoche mató al capitán Molina, justo cuando le perdonaba la vida!" Sin problemas, el asesino de Molina Cayó en manos de la tropa. Al ir llegando al lugar, desde afuera, Miguel Mercado escuchó un "Ay" de dolor.  Al entrar al lugar, Miguel Mercado, reconoció de inmediato al hombre; aunque, cuando llegó, ya la gente del capitán Molina, lo había despedazado a culatazos y punta de bayoneta. Miguel pensó, "¡Pero si es...Bernardo Carranza, el tío y marido de Julia! Entonces...¡Ella está en Tomochic!¡Dios mio! Y quizá una de nuestras balas segó su vida." Al rato, la artillería federal se ensañaba contra "El Cuartelito" de Cruz. El cañón desmoronó la barda, y los soldados prendieron fuego alrededor.
     De entre las ruinas chamuscadas del "Cuartelito" los federales sacaron los cadáveres del propio papa Cruz y sus más cercanos hombres. Los colocaron en una zanja y, para estar seguros de que no resucitarían ni retomarían las armas contra el gobierno...¡Los fusilaron! Miguel, siendo testigo, escuchó la orden del general del pelotón, "¡Pelotón alerta!¡Prepare!¡Apunte!¡Fuego!" Miguel pensó, "¡Esto es inaudito!" Miguel había buscado sin éxito a Julia por entre los escombros de las viviendas  y los restos humeantes del cuartelito, pensando, "¡Debe localizarse aquí!¡Dios mío, que haya sobrevivido!" Enseguida, Miguel escuchó la voz de una mujer decir, "Patrón patrón.Venga. ¡Ayúdenos por favor!" Miguel exclamó, "¡Doña Mariana!" Julia estaba herida. Las esquirlas de una bala, le había lacerado el pecho. Doña Mariana dijo, "Tiene sed, la pobre." Miguel dijo, "Déle agua de mi cantimplora." Julia dijo, "¿E-Eres tú...Miguel?" Temiendo que ella no fuera capaz de deglutir, Miguel mojó solo los labios de Julia con la punta del pañuelo. Julia dijo, "Voy a morir..." Miguel le dijo, "No querída mía, no digas eso. Te pondrás bien. Nos casaremos." La voz de ella sonó, de pronto, enérgica y febril. "¡Mi carabina!¡Hay que matar a los pelones!¡Hay que impedir que profanen el tempo!¡Cruz, Cruz, no te vayas, dame mi carabina!¡Deseo morir por Tomóchic!"
     Dicho lo anterior, y habiendo gastado en ello las pocas fuerzas que le sobraban, expiró en brazos de Miguel, quien exclamó, "¡Julia!¡Oh, no!" Se escuchó en aquel pueblo en ruinas, el toque de guardia, llamando a la formación. Los federales habían limpiado de objetos y dinero el sitio. Doña Mariana y las demás tomochitecas sobrevivientes, fueron llevadas por la tropa en calidad de prisioneras. El ejército federal dejo ese mismo día tras de sí, únicamente las ruinas de lo que fuera Tomochic, un pueblo de hombres y mujeres, que no por su fanatismo y su ignorancia, dejaban de ser admirables en su valentía y en su tesón. Mientras iba en su caballo, Miguel pensó, "¡Julia, que Dios te acoja en su seno, amada mía!¡Nunca te olvidaré!"
Tomado de, Novelas Inmortales, Año, XII. No. 601. Mayo 24 de 1989. Guión: Dolores Plaza. Adaptación: Remy Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.