Club de Pensadores Universales

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sábado, 29 de septiembre de 2012

La Filosofía del siglo XX y XXI


     En el siglo XX, la mayoría de los filósofos más importantes trabajaron desde dentro de las universidades, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo, durante el periodo conocido como guerra fría. Algunos de los temas mas discutidos fueron la relación entre el lenguaje y la filosofía, así como las importantes implicaciones filosóficas de los enormes desarrollos en lógica a lo largo de todo el siglo. Las tradiciones filosóficas más significativas y abarcadoras del siglo XX fueron dos:
     La filosofía analítica se desarrolló principalmente en el mundo anglosajón y debe su nombre al énfasis que al principio puso en el análisis del lenguaje por medio de la lógica formal. En la segunda mitad del siglo, sin embargo, la filosofía analítica dejo de centrarse solo en el lenguaje, y la unidad de la tradición recayó en la exigencia de claridad y rigor en la argumentación, en la atención en los detalles y en la desconfianza hacia los grandes sistemas filosóficos. Algunos pensadores tempranos que se asocian a la tradición analítica son Gottlob Frege, G.E. Moore, Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y los integrantes del circulo de viena, y más adelante Willard van Orman Quine, Saul Kripke, John Searle y Donald Davison, entre otros. En su obra Principia Mathematica de 1910-1913, Russell y Whitehead intentaron establecer una base lógica de la aritmética, pero su intento se vio anulado en 1931 por el descubrimiento de Gödel: Sobre Proposiciones Formalmente Indecidibles en Principia Mathematica y Sistemas Relacionados.  
     La filosofía analítica se entiende como un programa filosófico especifico que usualmente se fecha entre 1900 aproximadamente y 1960. Se fecha ordinariamente con el trabajo de los filósofos ingleses Bertrand Russell y G.E.Moore a principios del siglo XX. Ellos se alejaron de las entonces formas dominantes de hegelianismo, objetando en particular su idealismo y su obscuridad y comenzaron a desarrollar un nuevo tipo de análisis conceptual, basado en los nuevos desarrollos de la lógica.
     En la actualidad y principalmente en las escuelas de la gran mayoría de los países de habla inglesa en el siglo XX, emplearon el término Filosofía Analítica, y continua empleándose. En países como los Estados Unidos, el Reino Unido, Canada, Escandinavia, Australia y Nueva Zelanda, la gran mayoría de los departamentos de filosofía de las universidades se identifican a sí mismos como departamentos “analíticos.”
     El término “Filosofía Analítica” puede referirse a:
a)     Una tradición de hacer filosofía caracterizada por un énfasis en la claridad y la argumentación, comúnmente alcanzadas a través de la lógica y el análisis del lenguaje, y por un gran respeto por las ciencias naturales.
b)     Algunos desarrollos en la filosofía de inicio del siglo XX, tales como el trabajo de Bertrand Russell y Gottlob Frege, aunados con el Positivismo Lógico. En este sentido, la filosofía analítica tiene compromisos filosóficos específicos, algunos rechazados por filósofos analíticos contemporáneos, en concreto:
1)    La visión del positivista que considera que n hay verdades específicamente filosóficas, y que el objeto de a filosofía es la clarificación lógica de los pensamientos. Esto se puede contrastar con el fundacionismo tradicional, derivado de Aristóteles, que mira a la filosofía como un tipo especial de ciencia, la más alta, que investiga las razones fundamentales y los principios de todo. Como resultado, muchos filósofos analíticos han considerado a sus investigaciones como continuas con, o subordinadas a, las de las ciencias naturales.
2)    La visión de que la aclaración lógica de los pensamientos solo puede ser alcanzada a través del análisis de la forma lógica de proposiciones filosóficas. La forma lógica de una proposición, es una formas de representarla , normalmente usando la gramática formal y el simbolismo de un sistema lógico, para mostrar su similaridad con todas las otras proposiciones del mismo tipo. Sin embargo, los filósofos analíticos disienten ampliamente sobre cuál es la lógica formal correcta del lenguaje ordinario.
3)    El rechazo de sistemas filosóficos que lo abarcan todo, en favor de la atención en los detalles, el sentido común, y el lenguaje ordinario.
     La segunda tradición principal del siglo XX resulta aun más difícil de caracterizar que la filosofía analítica. La Filosofía Continental se desarrollo principalmente en la Europa Continental, de ahí su nombre, y se caracterizó por ser más especulativa y por dar más importancia a la historia que la filosofía analítica. La fenomenología, el existencialismo, el estructuralismo, el posestructuralismo, y la posmodernidad, son algunas de las escuelas que caen dentro de esta tradición. Algunos de sus autores más influyentes fueron Edmund Hussrel, Martín Heidegger, Jean Paul Sartre, y José Ortega y Gasset, en la primera mitad del siglo XX, seguidos por Michel Foucault, Jacques Derrida, Hannah Arendt y Gilles Deleuze, en la segunda.
     Después de la Segunda Guerra Mundial, se inicia el período de la historia que también suele llamarse Guerra Fría. Durante todo ese tiempo,  entre 1945 y 1989 o durante la Guerra Fría, la humanidad vivía con el temor de que en cualquier momento se desataría una conflagración con el uso de las armas nucleares, por parte de cualquiera de las dos potencias: La Unión Soviética o los Estados Unidos. Sin embargo, al mismo tiempo, se inicia una revolución tecnológica en electrónica, física, y química, con una mayor disponibilidad de mano de obra, producto de  la paz y del aumento demográfico, ocasionando u incremento de la producción industrial. Para mantener y aumentar el nivel de ganancias de los empresarios, fue necesario elevar el consumo, para lo cual se incorporó a los asalariados medios y bajos, en el mercado consumidor de productos antes reservados a las clases privilegiadas, tales como electrodomésticos, automóviles, etc.
     Además de aumentar el consumo, las mejoras en el nivel de vida de los asalariados hacían disminuir los reclamos y los alejaban de los posibles conflictos sociales. A este modelo basado en el consumo masivo se lo denominó, sociedad de consumo. Dos elementos fundamentales ayudaron a instalar el consumismo: la publicidad y las ventas a crédito.
     Se estimulaba a través del cine, la radio, la televisión, de los diarios y de las revistas, el deseo de acceder a un mundo ideal y fantástico, al cual solo se ingresaba comprando determinadas “marcas” de productos. Para triunfar en la vida, había que manejar tal automóvil, beber determinada gaseosa o vestir la ropa de los famosos. Incluso, las manifestaciones artísticas, como la música, el cine, el teatro, o la literatura, eran impuestas por la propaganda de las de las empresas discográficas, las distribuidoras cinematográficas y por las empresas teatrales o editoriales.  Había nacido la cultura de masas, en la que era más importante la difusión que la creación artística en sí misma. Tenía más valor lo más conocido que lo más creativo o mejor producido. Prevalecía lo comercial sobre lo artístico.
     A partir de los años 50s, la modernización socioeconómica comenzó a expresarse claramente en el arte, la literatura y en otras manifestaciones culturales. A su vez, la expansión de los denominado medios masivos de comunicación, implicó una nueva y compleja relación entre las diferentes culturas. Sobre todo, porque el poder político y económico de los países centrales también iba a mostrarse en un capacidad, hasta ese momento impensable, de difundir sus valores culturales a otros pueblos. A su vez, en el interior de cada sociedad, también existían determinados valores predominantes, es decir, un cuerpo de ideas coherentes que explicaban una particular visión del mundo e impregnaban la vida social y cultural de cada una de estas comunidades. Y en toda sociedad, paralelamente a esta cultura dominante, surgieron grupos que se plantearon otros valores, otras ideas sobre lo que estaba bien y estaba mal, y que cuestionaron los valores, los modos de relación y el sistema político de una época.  
     Esos grupos comenzaron a surgir en los años de posguerra, al calor de la urbanización y el crecimiento de la matricula estudiantil en todos los niveles. Fueron movimientos que cuestionaron la forma en que estaba ordenada la sociedad y que se pronunciaron por alternativas de vida distintas de las formas en que habían sido educados por sus mayores. Estas voces fueron,  a veces, subculturas que expresaron a subgrupos de la sociedad, como pueden ser los jóvenes que utilizaban una manera particular de vestirse, hablar, etc., o auténticas contraculturas, es decir, en corrientes de opinión que planteaban valores contrarios a los predominantes en la sociedad de la que eran parte.
     La complejidad de este proceso de intercambio cultural estuvo dada, también, porque los modernos medios de difusión fueron parte de la Guerra Fría. Estos medios, controlados por países centrales, comenzaron a irradiar a todas partes del mundo sus valores y hábitos culturales, como los que se correspondían con el mundo occidental y cristiano frente al ateísmo socialista. Otro importante elemento de propaganda fueron loso comics, donde héroes dotados de poderes sobrehumanos, como Superman o el Capitán América, lograron proteger al mundo occidental de la constante amenaza de sus enemigos.
     Frente a esta influencia cultural, marcada y guiada por la sociedad de consumo, nacieron en la posguerra pensamientos alternativos a los dominantes, es decir, verdaderos movimientos contraculturales: Todos dieron muestras de inconformismo, rebeldía y resistencia a la imposición cultural a la que se sentían sometidos.
     La denominada cultura beat se originó en los Estados Unidos y fue la expresión de una generación que no creía en los mitos de los adelantos científicos que habían producido la automatización, ni en la elaboración del dinero como medio de satisfacción. Allen Gisnberg y Jack Kerouac fueron, a través de poesías y cuentos que transitaban en revistas subterráneas, underground, sin circulación comercial, típicos representantes de una búsqueda por separarse de una sociedad que consideraban arbitraria y falsa. En ella los hombres, afirmaban ellos, habían perdido la capacidad de comunicarse y vivir, producto todo ello de los bombardeos publicitarios que alentaban únicamente la superficialidad del confort: el auto, la casa, el televisor, etcétera. Para manifestar su disconformidad, alentaron la resistencia al consumo.
     En Europa, junto al desarrollo del estado de bienestar que daba lugar a la “sociedad del ocio,” la resistencia cultural se expresó también en el terreno filosófico: Autores como Hebert Marcuse  o Jean Paul Sartre adquirieron notoriedad en los 50s, aunque sus libros y figuras fueron celebres en los 60s. La búsqueda de lo auténticamente latinoamericano fue parte de ese pensamiento alternativo, y la crítica apuntó a padecimientos de sus habitantes por parte de dictaduras o regímenes que permitían y alentaban el despojo económico, acompañado de la destrucción de la identidad cultural propia. Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Alejo Carpentier, y José María Aguedas entre otros, fueron parte de esa generación que, en sus novelas, expresaron la resistencia y alternativa cultural en Latinoamérica. 
                                 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Bárbara de la Casa Grebe de Thomas Hardy


     Thomas Hardy, nació el 2 de junio de 1840 y murió a los 87 años, el 11de enero de 1928. Hardy fue un novelista y poeta Inglés. Victoriano realista, en la tradición de George Eliot, también fue influenciado tanto en sus novelas y poesía por el romanticismo, especialmente por William Wordsworth. Charles Darwin es otra influencia importante sobre Thomas Hardy. Al igual que Charles Dickens, Hardy también fue un gran crítico de mucho de la sociedad victoriana, aunque Hardy se centró más en una sociedad en declive rural. Aunque Hardy escribió poesía durante toda su vida, y se considera a sí mismo como un poeta, su primera colección de poemas no fue publicada hasta 1898. Inicialmente, por lo tanto,  Hardy ganó fama como autor de novelas tales como, Lejos del Mundanal Ruido (1874), El Alcalde de Casterbridge (1886), Tess of the d'Urbervilles (1891), y Jude el Oscuro (1895). Sin embargo, desde la década de 1950 Hardy ha sido reconocido como un poeta mayor, y tuvo una gran influencia en los poetas del movimiento de los años 1950 y 1960, incluyendo Phillip Larkin y Jennings Isabel. La mayor parte de sus obras de ficción, publicadas inicialmente como cuentos cortos por entregas en revistas, se establecieron en la región semi-ficticia de Wessex y exploran personajes trágicos que luchan contra sus pasiones y circunstancias sociales. El Wessex de Hardy está basado en el medieval reino anglosajón y, finalmente, llegó a incluir a los condados de Dorset, Wiltshire, Somerset, Devon, Hampshire, y gran parte de Berkshire, en el suroeste de Inglaterra.
 Thomas Hardy nació en el Alto Bockhampton, una aldea en la parroquia de Stinsford al este de Dorchester, en Dorset, Inglaterra, en 1840. Su padre Thomas (fallecido en 1894) trabajó como cantero y constructor local. Su madre Jemima (fallecida en1904) fue muy leída. Ella educó a Thomas hasta que fue a su primera escuela en Bockhampton a los ocho años. Durante varios años Hardy asistió a la Academia para jóvenes caballeros del señor Last, en Dorchester. Allí Hardy aprendió Latín y demostró potencial académico. Sin embargo, la familia de Hardy carecía de posición social y de los medios para la educación universitaria, y su educación formal terminó a la edad de dieciséis años cuando se convirtió en aprendiz de James Hicks, un arquitecto local. Hardy se formó como arquitecto en Dorchester antes de trasladarse a Londres en 1862; allí se matriculó como estudiante en el Colegio del Rey de Londres. Ganó premios en el Instituto Real Arquitectos Británicos de la Architectural Association. Hardy estubo a cargo de la excavación del cementerio de St Pancras Old Church antes de su destrucción cuando el Midland Railroad, extendió su línea a una nueva terminal en St Pancras.
     Hardy nunca se sintió como en casa en Londres. Era plenamente consciente de las divisiones de clase y de su inferioridad social. Sin embargo, él estaba interesado en la reforma social y estaba familiarizado con las obras de John Stuart Mill. Hardy fue presentado también a las obras intelectuales de Charles Fourier y Auguste Comte durante este período por su amigo de Dorset, Horace Moule. Cinco años más tarde, preocupado por su salud, regresó a Dorset y decidió dedicarse a la escritura.
     En 1870, mientras estaba en una misión para restaurar la arquitectura de la iglesia parroquial de San Juliot, en Cornwall, Hardy conoció y se enamoró de Emma Lavinia Gifford, con quien se casó en 1874. A pesar de que más tarde se alejarían el uno del otro, su muerte en 1912 tuvo un efecto traumático sobre él. Después de su muerte, Hardy hizo un viaje a Cornwall para visitar los lugares relacionados con su noviazgo, y sus Poemas 1912-13 reflexionan sobre su muerte. En 1914, Hardy se casó con su secretaria Florence Emily Dugdale, quien tenía 39 años menos que él. Sin embargo, Hardy continuó con resentido por la muerte de su primera esposa, y trató de superar su remordimiento al escribir poesía.
     Hardy se enfermó de pleuresía en diciembre de 1927 y murió en Max Gate justo después de las 9 horas del 11 de enero de 1928, después de haber dictado su último poema a su esposa en su lecho de muerte, la causa de la muerte fue citada, en su certificado de defunción, como “síncope cardíaco,” con “la vejez” dada como un factor contribuyente. Su funeral fue el 16 de enero en la abadía de Westminster, y resultó una ocasión controversial porque Hardy y su familia y amigos, había deseado que su cuerpo fuera enterrado en Stinsford en la misma tumba que su primera esposa, Emma. Sin embargo, su albacea, Sir Sydney Carlyle Cockerell, insistió en que se colocarán sus restos en Rincón de los Poetas famosos de la abadía. Se alcanzó tal compromiso, por lo cual su corazón fue enterrado en Stinsford con Emma, ​​y ​​sus cenizas en el Rincón de los Poetas.
     Poco después de la muerte de Hardy, los ejecutores de su patrimonio quemaron sus cartas y cuadernos. Doce expedientes sobrevivieron, uno de ellos contiene notas y extractos de artículos periodísticos de la década de 1820. La investigación sobre estos, proporcionan una idea de cómo Hardy llevaba la cuenta de ellos y cómo los utiliza en su trabajo posterior. En el año de su muerte, la señora Hardy publicó, La vida Temprana de Thomas Hardy, 1841-1891, compilado en gran parte de las notas contemporáneas, cartas, diarios, y memorandos biográficos, así como de la información oral en conversaciones extiendas durante muchos años.
     La obra de Hardy fue admirada por muchos escritores de una generación más joven como, D.H. Lawrence, John Cowper Powys, y Virginia Woolf. En su autobiografía Adios a Todos, Robert Graves recuerda haberse reunido con Hardy en Dorset, en la década de 1920. Hardy lo recibió a él y a su nueva esposa con gusto, y fue alentado sobre su obra.

     En 1910, Hardy fue condecorado con la Orden del Mérito.

     El lugar de nacimiento de Hardy, en Bockhampton y su casa, Max Gate, ambos en Dorchester, son propiedad de la National Trust.
     La primera novela de Hardy, El Hombre Pobre y la Dama, terminada en 1867, no pudo encontrar un editor y Hardy destruyó el manuscrito, por lo que tan sólo algunas partes de la novela quedan. Él se animó a probar de nuevo con su mentor y amigo, el poeta y novelista victoriano George Meredith. Remedios Desesperados (1871) y Under the Greenwood Tree (1872) fueron publicados anónimamente. En 1873, Un Par de Ojos Azules, una novela de Hardy que dibuja el noviazgo de su primera esposa, se publicó bajo su propio nombre. El término "cliffhanger" se considera que se originó con la versión serializada de esta historia, que fue publicado en la revista de Tinsley entre septiembre de 1872 y julio 1873, en el que Henry Knight, uno de los protagonistas, se deja literalmente colgando de un acantilado.
    Hardy dijo que conoció por primera vez Wessex, en Lejos del Mundanal Ruido (1874), su próxima novela. Fue un éxito suficiente para que Hardy a dejara el trabajo arquitectónico y seguiera una carrera literaria. Durante los próximos veinticinco años Hardy produjo diez novelas más.
      Jude the Obscure, publicado en 1895, logró aún más fuertes clamores negativos del público victoriano por su tratamiento franco del sexo, y la novela se refiere a menudo como "Jude el Obsceno." Fuertemente criticado por su aparente ataque a la institución del matrimonio a través de la presentación de conceptos tales como la erotolepsia, excesiva pasión y temeridad sexual, el libro causó más tensión en el matrimonio de por sí difícil, porque Emma Hardy,  estaba preocupada de que Jude the Obscure pudiera ser leída como una obra autobiográfica. Algunos libreros vendieron la novela en bolsas de papel marrón, y el Obispo de Wakefield fue famoso por haber quemado su copia. En su posdata de 1912, Hardy, con humor, se refirió a este incidente como parte de la carrera del libro: "Después de estos [hostiles] veredictos de la prensa, su desgracia siguiente iba a ser quemado por un obispo - probablemente en su desesperación por no poder lograr que se me quemara a mí.”
   A pesar de estas críticas, Hardy se había convertido en una celebridad en la literatura Inglésa en la década de 1900, con varias novelas de gran éxito detrás de él. Aun así, se sentía repugnancia por la recepción pública de dos de sus más grandes obras, y dejó de escribir ficción por completo. Otras novelas escritas por Hardy incluyen Dos en una Torre, una historia romántica ambientada en el mundo de la astronomía. Con algunas notables excepciones, por ejemplo, la película de Roman Polanski, Tess, de 1979, una adaptación de Tess of the D'Urbervilles, y a diferencia de las novelas de Charles Dickens y George Eliot, las novelas de Hardy no piden ser filmadas o ser adaptadas para el escenario. Algunos eruditos han sugerido que esto se debe a la ausencia de un estilo abiertamente dramática por parte de Hardy.
     Hardy critica ciertas limitaciones sociales que dificultan la vida de los que viven en el siglo 19. Considerado como un escritor realista victoriano, Hardy examina las limitaciones sociales que forman parte del status quo victoriano, sugiriendo que estas normas dificultan la vida de todos los involucrados, y en última instancia, conducen a la infelicidad. En, Dos en una Torre, Hardy intenta tomar una posición en contra de estas normas y establece una historia en el contexto de la estructura social mediante la creación de una historia de amor que cruza las fronteras de clase. El lector se ve obligado a considerar la eliminación de las convenciones establecidas para el amor. La sociedad del siglo XIX, impone estas convenciones, y la presión social las garantiza en conformidad. El idealismo del personaje de la obra, Dos en una Torre, St. Swithin Cleeve,  le enfrenta a las limitaciones sociales de su época. Él es un individuo obstinado en oponer las restricciones coercitivas de normas y costumbres sociales.
     "En una novela estructurada en torno a los contrastes, el principal de la oposición que existe entre St. Swithin Cleeve y Lady Viviette Constantine, que se presentan como figuras binarias en una serie de formas: la aristocracia y la clase baja, joven y maduro, solteros y casados, justa y oscuro, religiosos y agnósticos ... ella [Lady Viviette Constantine] es también muy convencional, de manera que absurdamente desea ocultar su matrimonio hasta que Swithin haya alcanzado el estatus social a través de su trabajo científico, lo que da lugar a ironías no controladas y trágico-cómicos malentendidos.” Harvey (108). 
    Personajes de Hardy a menudo encuentran encrucijadas, que son símbolo de un momento de oportunidades y de transición. Pero la mano del destino es una parte importante de muchas de las tramas de Hardy. Lejos del Mundanal Ruido cuenta una historia de vidas que se construyen por casualidad. "Si Betsabé no hubiera enviado el día de San Valentín, si Fanny no hubiera perdió su boda, por ejemplo, la historia hubiera tomado un camino totalmente diferente.” Protagonistas de Hardy a menudo parecen estar en las garras abrumadora e irresistible del destino.
    En 1898 Hardy publicó su primer volumen de poesía, Poemas de Wessex, una colección de poemas escritos a lo largo de 30 años. Hardy afirmó la poesía como su primer amor, y después de una gran cantidad de críticas negativas que surgieron de la publicación de su novela, Jude el Obscuro, decidió renunciar a escribir novelas permanentemente y centrar sus esfuerzos literarios en la escritura de la poesía. Después de renunciar a la forma de la novela, Hardy continuó publicando libros de poesía hasta su muerte en 1928. A pesar de todo, sí publicó una novela por última vez en 1897, esa novela, La Bien Amada, había sido escrita realmente antes de Jude el Obscuro.
     Aunque sus poemas no fueron inicialmente bien recibido por sus contemporáneos como lo fueron sus novelas, Hardy es reconocido como uno de los más grandes poetas del siglo XX. Su verso tuvo una profunda influencia en escritores posteriores, sobre todo en Philip Larkin, quien incluye muchos de los poemas de Hardy en la edición del libro Oxford Book of Twentieth Century English Verse que Larkin editó en 1973.
     La mayoría de los poemas de Hardy, como "Tonos Neutros," y "Una Cita Rota," se ocupan de temas sobre la decepción en el amor y la vida (que también fueron temas prominentes en sus novelas), y la larga lucha de la humanidad contra la indiferencia ante el sufrimiento humano. Usando patrones estilísticos similares a los que utilizó en sus novelas, Hardy en ocasiones escribió poemas irónicos, como "Ah, Estas Escarbando en Mi Tumba," en los que empleó finales torcidos en las últimas líneas o en la última estrofa transmitiendo esa ironía. Algunos, como "El Tordo Obscuro," y "Una Medianoche de Agosto," aparecen como poemas sobre la de la escritura poesía, porque la naturaleza mencionada en ellos, le da a Hardy la inspiración para escribir. Sus composiciones poéticas varían en estilo desde el drama épico de armario, de tres volúmenes, Las Dinastías, a poemas más cortos, como "Una Cita Rota." Un tema particularmente fuerte en los Poemas de Wessex es la larga sombra que las guerras napoleónicas lanzada durante el siglo XIX, por ejemplo, en "La Canción del Sargento," y "Leipzig."
     Algunos de los poemas de Hardy, tales como "El Pájaro Cegado," una polémica melancólica contra el deporte del vinkensport, utilizando el ave pinzón, mostrando su amor por el mundo natural y su firme postura en contra de la crueldad animal, expuesto en sus puntos de vista antiviviseccionistas y su pertenencia a la Sociedad Protectora de Animales.
     Varios compositores notables, incluyendo Gerald Finzi, Benjamin Britten, y Gustav Holst, han llevado poemas de Hardy a la música.
     La familia de Hardy era anglicana, pero él no fue especialmente devoto. Él fue bautizado a la edad de cinco semanas y asistía a la iglesia, donde su padre y su tío contribuían a la música. Sin embargo, él no asistió a la escuela de la Iglesia local de Inglaterra, en su lugar fue enviado a la escuela el señor Last, a tres millas de distancia. Como adulto joven, se hizo amigo de Henry R. Bastow, un miembro de la secta los hermanos de Plymouth, quien también trabajó como discípulo de arquitecto, y que se estaba preparando para el bautismo de adultos en la Iglesia Bautista. Hardy coqueteó con la conversión, pero decidió no hacerlo. Bastow se fue a Australia y mantuvo una larga correspondencia con Hardy, pero finalmente Hardy cansado dejó estos intercambios y correspondencias. Con esto concluyó Hardy sus vínculos con los bautistas.
     La ironía, sus luchas en la vida, y una mente curiosa, lo llevó a cuestionar la visión tradicional cristiana de Dios:

“El Dios Cristiano, la personalidad externa, ha sido reemplazado por la inteligencia de la Primera Causa ... la sustitución del viejo concepto de Dios como todopoderoso por un nuevo concepto de la conciencia universal. El ‘dios tribal, con forma de hombre, de rostro feroz y tiránico’ se sustituye por la ‘voluntad inconsciente del Universo,’ quien crece progresivamente consiente de sí mismo y ‘en última instancia, es de esperar, simpático.’”
    La vida religiosa de Hardy parece haber mezclado agnosticismo, deísmo y espiritismo. Una vez, cuando se le preguntó en la correspondencia por un clérigo sobre la cuestión de la conciliación de los horrores del dolor con la bondad de un Dios de amor, Hardy respondió:

"El señor Hardy lamenta que no está en condiciones de ofrecer ninguna hipótesis para conciliar la existencia de tales males, como el Dr. Grosart describe, con la idea de la bondad omnipotente. Quizás el Dr. Grosart se ayudaría  echando una vista provisional del universo por la recientemente publicada Vida de Darwin y las obras de Herbert Spencer y otros agnósticos.”
     Sin embargo, Hardy frecuentemente concebió y escribió sobre las fuerzas sobrenaturales que controlan el universo, más que la indiferencia o el capricho de cualquier voluntad firme. Además, Hardy mostró en sus escritos un cierto grado de fascinación con los fantasmas y espíritus. A pesar de estos sentimientos, Hardy retuvo un fuerte apego emocional a la liturgia cristiana y los rituales de la iglesia, especialmente como se manifestaban en las comunidades rurales, que había sido una influencia formativa en sus primeros años, así como las referencias bíblicas se encuentran entretejidas a través de muchas de las novelas de Hardy.
     Amigos de Hardy durante su aprendizaje con John Hicks, incluyen Horace Moule, uno de los ocho hijos de Henry Moule, y el poeta William Barnes, ambos ministros de la religión. Moule siguió siendo un amigo cercano de Hardy por el resto de su vida, y le presentaba los nuevos descubrimientos científicos que ponían en duda las interpretaciones literales de la Biblia, como los de Gideon Mantell. Moule le dio a Hardy una copia del libro de Mantell, Las Maravillas de la Geología (1848) en 1858, y Adelene Buckland ha sugerido que hay "similitudes irresistibles" entre la sección de "cliffhanger," de la obra, Un Par de Ojos Azules y las descripciones geológicas de Mantell. También se ha sugerido que el personaje de Henry Knight en Un Par de Ojos Azules se basó en Horace Moule.
     El libro de D.H. Lawrence, Estudio de Thomas Hardy (1936), indica la importancia de Hardy para él, a pesar de que este trabajo es una plataforma para el desarrollo filosófico del propio Lawrence, más que un estudio literario más estándar. La influencia del tratamiento de Hardy de sus personajes, y la propia respuesta de Lawrence a la metafísica central detrás de muchas de las novelas de Hardy, ayudó de manera significativa en el desarrollo de las novelas de D.H. Laurence, The Rainbow (1915) y Mujeres Enamoradas (1920). 
     La novela de un contemporaneo de Laurence, la primera novela de John Cowper Powys, "Madera y Piedra" (1915) fue "Dedicada con admiración devota al más grande poeta y novelista de nuestra época: Thomas Hardy." Hardy fue claramente el punto de partida para el personaje del novelista Edward Driffield en la novela de W. Somerset Maugham, Cakes and Ale (1930). 
     Obras de Thomas Hardy también ocupan un lugar destacado en el dramaturgo estadounidense Christopher Durang en Las Bodas de Bette y Boo (1985), en la que una tesis universitaria analiza Tess of the d'Urbervilles todo ello entremezclado con el análisis de las neurosis familiares de Matt.
     Bárbara de la Casa de Grebe es la segunda de diez historias cortas en la estructura narrativa de una historia dentro de otra historia. En la colección de historias cortas de Thomas Hardy, titulada Un Grupo de Damas Nobles, la historia se cuenta por el cirujano de edad. El artículo fue publicado en The Graphic, en 1890 y en forma de libro en 1891.
     Un Grupo de Damas Nobles es una colección de historias cortas, escritas por Thomas Hardy y publicadas en 1891. Contiene la estructura narrativa de una historia dentro de otra historia, en donde diez miembros de un club se cuentan, los unos a los otros, una historia cada quien sobre una dama noble del siglo 17 o 18.
     En la primera parte, antes del desayuno, se cuentan cuatro historias: La Primera Condesa de Wessex, por un historiador local. Bárbara de la Casa de Grebe, por un anciano cirujano. La Marquesa de Stonehenge, por el decano rural. Señora Mottisfont, por el miembro sentimental del grupo.
    En la segunda parte, después de la comida, se cuentan seis historias, La Señora Icenway, por un capillero. La Señora del Escudero Petrick, por el maltero rojo. Ana, la Señora Baxby, por el coronel. La Señora Penélope, por el hombre de familia. La Duquesa de Hamponshire, por el callado caballero, y La Honorable Laura, por el precipitado. 

     Hardy escribió las historias en 1890 y 1891. Las primeras seis fueron publicadas en un número especial de The Graphic. La colección completa fue publicada en forma de libro en 1891.

 Bárbara de la Casa de Grebe, fue adaptada como drama televisivo por la BBC como parte de una serie de antología titulada, Los Cuentos de Wessex, emitida el 12 de diciembre de 1973 por BBC2.
     Señor Uplandtowers, un joven que vive en una mansión en Chene Manor, ha decidido que quiere casarse con Bárbara, la hija de su vecino, Sir John Grebe. Sin embargo, ella se fuga con el bien parecido Edmond Willowes, hijo de una viuda de una familia de pintores de vidrio, y se casa con él sin el consentimiento de sus padres. Unos meses más tarde, Sir John se reconcilia con su hija y su marido. Sir John se compromete a apoyarlos financieramente y les permite vivir en Yewsholt Lodge, pero con una sola condición: Edmond tiene que ir a estudiar a Italia por un año.
     Durante su estancia en Italia, Edmond tiene un accidente. Su rostro queda gravemente desfigurado en un incendio. Cuando regresa a Inglaterra él usa una máscara. En Lodge Yewsholt se quita la máscara delante de su esposa. Bárbara se sorprende y no puede soportar mirarlo. Ella pasa la noche sola en la bañera de casa. A la mañana siguiente se encuentra una carta de despedida de Edmond.
     Varios años más tarde, cuando Edmond ha muerto, Señor Uplandtowers convence a Bárbara a casarse con él ahora. Sin embargo, ella no lo ama porque ella sigue pensando en su primer marido. Cada noche, mientras ella cree el Señor Uplandtowers está dormido, ella va a un armario en su gabinete en el que guarda una estatua que Edmond había hecho de sí mismo en Pisa. Una noche, el Señor Uplandtowers la sigue inadvertido y la ve con sus brazos alrededor de la estatua. Al día siguiente, se contrata a un escultor para desfigurar la cabeza de la estatua de la misma manera que fue desfigurada la cabeza de Edmond en el fuego. Él coloca la estatua en su dormitorio hasta que Bárbara tiene un ataque de epilepsia y le pide que retire la estatua. Ella finalmente se convierte en una amante esposa para el señor Uplandtowers.
     La historia se desarrolla en torno a 1780, en el Wessex de Thomas Hardy, más concretamente en el sur de Wessex o Dorset. Chene Manor, en realidad es Canford Manor, una casa en Canford Magna. Yewsholt Lodge fue llamado realmente House Farrs. Edmond era de Shottsford Foro, en realidad Blandford Forum.
     Un miembro de The Spectator consideró el cuento, "tan poco natural como repugnante."
     T.S. Eliot dijo que la historia, "parece haber sido escrita exclusivamente para proporcionar una satisfacción para alguna emoción morbosa."
Bárbara de la Casa Grebe
de Thomas Hardy
     Eran las dos de la tarde y en la mansión del conde de Uplandtowers, éste y su amigo Lord George Drenkhard se encontraban comiendo. George le dijo a su amigo, “Henry, ¿Porqué insistes en conquistar a Bárbara? Ella no muestra la menor inclinación hacia ti.” Henry le dijo, “Será mi esposa, George, hace mucho que lo he decidido.” George dijo, “Pero hay tantas otras jóvenes, tan hermosas y nobles como la hija de Lord y Lady Grebe.” Henry dijo, “Seguramente pero a mí solo ella me agrada. Nada cambiará mi decisión de convertirla en condesa.”   Henry dijo, “Esta noche durante el baile en la casa Grebe, le daré a entender claramente mis intensiones.” George le dijo, “Me temo que no lograrás mucho. Creo que sería mejor que…” Henry lo interrumpió, “No trate de convencerme. Ya sabes que la determinación es hereditaria en mi familia. Y creo que en mí se ha agudizado desde que murieron mis padres y heredé el título, esa ha sido mi convicción.” George le dijo, “Entonces solo me queda desearte buena suerte. Pero insisto en que Bárbara no te ama. Se le nota claramente.”
     Sin hacer el menor caso a las palabras de su amigo, horas después el conde Uplandtowers se dirigía a casa de Lord Grebe. Mientras viajaba en sus pescante, Henry pensaba, “Ya comprobará George que no me dejo vencer al primer obstáculo. Lograré lo que deseo. Bárbara es la esposa perfecta para mí. Será una condesa que sabrá poner muy en alto mi nombre.”
     Ambas mansiones distaban unas cinco millas, cuando el coche llegó a la explanada, frente a la puerta principal, Henry pensó, “El baile ya comenzó. Espero que Bárbara no haya comprometido todas las piezas.” Después de saludar a los anfitriones Henry pasó al salón y pensó, “Allá está Bárbara. No baila y su cara tiene aspecto de preocupación.” Henry se acercó rápidamente y dijo a Bárbara, “Buenas noches Bárbara. ¿Bailamos?” Bárbara dijo, “¿Bailar? Si…con gusto…” Mientras bailaba Henry pensó, “Se turbó al verme, ¿Estaría su semblante serio porque yo no había llegado?”
     Fue transcurriendo la velada. Bárbara bailó varias piezas con él, sin demostrar agrado ni desagrado. A las once se sirvió la cena y cuando los invitados regresaron al salón, dos damas comentaron, “¿Dónde está Bárbara, Lady Grebe?” Lady Grebe dijo, “Se retiró a sus habitaciones, querida Mildred, todo el día ha estado con un horrible dolor de cabeza.” Mildred dijo, “Seguramente mañana amanecerá bién.” Grebe le dijo, “Llegó un momento en que ya no pudo soportarlo. Hace días que nóto a Bárbara decaída. Estoy un poco preocupada.” Mientras tanto, Henry pensaba, “Ahora comprendo su seriedad, su actitud, como si tuviera la mente en otra parte. ¡Yo creí que era por mí!” Desilusionado, Henry entró a un saloncito, pensando, “Un coche se va. No han dado aún la una y ya se empiezan a retirar los invitados.” Inesperadamente una dama llegó y le dijo, “¡Conde Uplandtowers, qué hace usted aquí tan solo en el salón. Hay varias damas que estaban encantadas de bailar con usted.” Henry le dijo, “Será en otra ocasión, Lady Grebe, pues he decidido marcharme.” Lady Grebe dijo, “¿Tan pronto? Pero si todavía es temprano.” Henry dijo, “Otros invitados ya se han ido.”  Lady Grebe dijo, “¡Oh, no! Nadie se ha ido todavía. Usted sería el primero.” Henry dijo, “Bueno…me pareció…de todas formas voy a retirarme…ha sido una agradable fiesta Lady Grebe.”
     Viendo su determinación la dama no insistió y poco después, mientras Henry iba en su pescante, pensó, “No hice grandes progresos con Bárbara, pero tampoco ella distinguió a otro invitado con su preferencia. Pues eso es un adelanto, pues estaban presentes todos mis posibles rivales de estos contornos. Es solo cuestión de tiempo y yo tengo la paciencia necesaria.”
     A la mañana siguiente cuando Henry bajaba a desayunar en su mansión, pensó, “Un coche acaba de llegar. ¡Qué extraño, No espero a nadie!” No había llegado al último escalón cuando la vista ya lo esperaba dentro de su casa frente a la escalera. Henry dijo, “¡Lord Grebe, qué sorpresa!” Lord Grebe le dijo, “¿Dónde está Bárbara?” Henry le dijo, “¿Qué dice?” Lord Grebe dijo, “¡Mi hija! Ayer los vi bailar juntos. Solo lo hizo con usted. Luego se retiró pretextando dolor de cabeza. Usted se marchó prácticamente de inmediato. Lo hicieron juntos, ¿verdad? ¿Dónde está ella?” Henry le dijo, “Le aseguro que no tengo idea. Venga, hablaremos en el salón.”
     Momentos después, Henry le dijo, “Ahora explíqueme con claridad porque no le entiendo.” Lord Grebe dijo, “Bárbara ha desaparecido al terminar el baile. Mi esposa y yo nos retiramos a nuestros aposentos. No pasamos a ver a Bárbara porque su camarera nos dijo que había pedido que la dejaran dormir. Incluso a ella le dispensó de sus obligaciones por el resto de la noche, por lo que la muchacha bajó a la cocina. Esta mañana al entrar la doncella a la habitación vio la cama intacta y Bárbara no estaba. Lo que significa que fingió estar indispuesta, para tener una excusa que le permitiera abandonar la fiesta. Y debe haber salido de la casa durante el primer baile después de la cena.” Henry dijo, “Así es. La ví.” Lord Grebe le dijo, señalando con el dedo: “¿Usted la vió? Pero…¿porqué no nos avisó?” Henry le dijo, “Espere. Le voy a explicar. No es que la viera exactamente.”
     Henry procedió a contarle lo que había visto desde la ventana del pequeño salón, “Eran las luces de un carruaje que se alejaba. Poco después Lady Grebe me aseguró que ningún invitado se había retirado.” Lord Grebe dijo, “¡Era Bárbara! Cuando nos dimos cuenta de su huida, pensé que usted era el culpable, ¡Ojalá así hubiera sido! Pero no, debe haberse ido con ese hombre, ¡Aún no puedo creerlo!¡Cómo pudo Bárbara hacer algo así!” Henry alterado dijo, “¿De qué hombre habla?” Lord Grebe dijo, “De Edmond Willowes. Varias veces lo encontré rondando la casa y ví a Bárbara platicando con él.” Henry dijo, “¿Willowes? ¿Quién es?” Lord Grebe le dijo, “Un joven de Melchester, hijo de una viuda, un Don Nadie, sin dinero ni apellido decente.” Henry dijo, “¡Bárbara fue capaz de huir con alguien así!¡Es…es inconcebible!”  Lord Grebe dijo, “Qué ciego he sido. Le dije a Bárbara que no me agradaba que ese joven se le acercara. Bárbara pareció aceptarlo…y solo planeaba su fuga.” Henry dijo, “Quizá aún es tiempo de detenerlos. Hay que mandar emisarios en todas direcciones.”
     Enseguida fueron a la casa Grebe y desde allí enviaron gente, pero todo fue inútil, la pareja llevaba más de diez horas de ventaja. Lord Grebe dijo, “Todo lo calcularon perfectamente. ¡Mi hija, mi querida Bárbara, hacer algo tan terrible!” Lady Grebe dijo, “Enamorarse de un don nadie, pobre, sin títulos!” Henry no sabía qué decir. A media tarde, se presentó en la mansión un mensajero y entregó juna carta. Lord Grebe la leyó y dijo, “¡Se han casado! Lo hicieron camino a Londres. Después de la ceremonia, enviaron esta misiva.” Lady Grebe dijo, “Oh, nooo!” Lord Grebe dijo, “Bárbara dice que tomó tal decisión, porque ama tanto a Edmond que no puede vivir sin él.” Lady Grebe dijo, “Casarse con un plebeyo! Toda mi familia difunta debe de estar dando vueltas en sus tumbas. Yo que desciendo de los Maundeville, Syward, Peverell, Talbot, Plantagenet, y ella tira por la borda tanta rancia aristocracia.” Lord Grebe dijo, “Ya nada podemos hacer. Dice que se siente capaz de ser la esposa de un campesino u obrero si la repudiamos. ¡Mi hija vivir así!¡Ella que siempre ha sido la luz de mis ojos!” Henry permanecía cayado. Lady Grebe dijo, “No puedo soportar la idea Edward. Ese tal Willowes es de la clase más baja que puede existir, ¡Qué horror!” Lord Grebe dijo, “Desgraciadamente así es. Su padre murió cuando él era pequeño, y la viuda tuvo que trabajar duramente para criarlo. Por lo tanto, el hijo recibió una educación mediocre.”   Lady Grebe dijo, “¡No sigas!¡Ay, creo que me voy a desmayar! Yo que siempre pensé que un príncipe era poco para ella.” Lord Grebe dijo, “¿Por qué nos ha tenido que ocurrir algo así en nuestra vejez!” Lady Grebe dijo, “Hablas por ti, yo solo tengo 41 años…me siento mal, es mejor que me retire a mis habitaciones.”
     Cuando el conde Uplandtowers abandonó la casa Grebe, una idea sorda lo consumía. Henry pensaba, “Maldita sea esa estúpida mujer…a pesar de lo que hizo no puedo dejar de amarla. Como pudo preferir a ese pobretón que a mí, un conde del mas rancio abolengo, debe estar totalmente loca.”
     Entre tanto en Londres, Edmund y Bárbara conversaban, “Es todo lo que pude conseguir, amor mío. Es muy diferente al palacio en que vivías, pero el dinero que tenia no me permitió más.” Bárbara le dijo, “No me importa donde vivamos, mientras estés a mi lado. Ningún palacio es más importante para mí que tu Edmund.” La pareja, que no se preocupaba en absoluto por la diferencia de clases, vivía su felicidad. Pero ésta fue descendiendo a medida que pasaban los días y las semanas. Un día Bárbara pensó, “¿Así va a ser el resto de mi vida?¿Cómo podré soportarlo? Yo no estoy acostumbrada a la miseria. Este lugar es horrible. Voy a morir de desesperación. La muchacha que viene a limpiar es espantosa. No la soporto.” Por primera vez, Bárbara se enfrentaba  a la dura realidad y era totalmente incapaz de aceptarla. Un día Edmund llegó y la abrazó, diciendo, “¡Bárbara, mi amor, encontré trabajo!” Bárbara le dijo, “Entonces podremos irnos de aquí, rentar una gran casa, contratar buenos sirvientes.” Edmund le dijo, “Querida, te precipitas. El sueldo no es mucho. Tendremos que seguir aquí, pero mi sueldo nos permitirá tener la seguridad de la comida.” Bárbara dijo, “¿Comida? Solo he probado papas y unas verduras horribles. Nada de lo que a mí me gusta.” Edmund dijo, “Bárbara, sé que estás acostumbrada a lo mejor. No debí permitir que huyeras conmigo. Es mi culpa, pero mi gran amor por ti…” Bárbara dijo, “Yo también te amo mucho, perdóname…es difícil para mí, pero me acostumbrare, te lo prometo.”
     Pero no era tan fácil. Dos meses después, en la Casa Grebe recibían correspondencia. Lord Grebe la recibió y llendo al salón con Lady Grebe dijo, “Sara, me acaba de entregar James esta carta. ¡Viene de Londres y es de Bárbara!” Lady Grebe dijo, “¡De nuestra hija!¡Léela por favor!” Lord Grebe leyó, “Queridos padres, estoy muy arrepentida por lo que les he hecho sufrir. Les suplico me perdonen. Mi esposo y yo estamos dispuestos a caer de rodillas con toda humildad ante ustedes, y comportarnos como hijos obedientes durante el resto de nuestra vida. Los quiero y los extraño.”  Al terminar de leer la pareja se miró un instante, y luego, Lord Grebe dijo, “Sara, deben estar en una situación precaria. ¡No puedo soportar que nuestra hija padezca hambre!” A decir verdad, el aristócrata que ya se había resignado a tan desigual boda, extrañaba a la joven con toda su alma. Lord Grebe dijo, “Le voy a escribir diciéndole que puede regresar a casa con su esposo, que no le haremos reproche alguno.” Lady Grebe dijo, “Sí, házlo. Aquí veremos las mejores posibilidades para el futuro de ambos.”
     Diez días después, Lord Grebe recibía a su hija. “¡Hijita, mi tesoro adorado!” Bárbara, le abrazó, diciendo llena de felicidad, “¡Papacito querido!” Lord y Lady Grebe estaban pletóricos de dicha por el regreso de la niña mimada. Bárbara dijo, “Papá, mamá, mi esposo. Ambos estamos muy tristes por el gran dolor que les causamos.” Y bien que lo estaban, considerando que no tenían un centavo en el bolsilloBárbara derramó una lagrima, diciendo, “Perdónenme…” Lord Grebe dijo, “¡No llores mi pequeña! Lo importante es que estas aquí. ¡Cómo te hemos extrañado!” Ya más tranquilos, pasaron a un salón y mientras tomaban el té, Lady Grebe pensaba, “¡Qué guapo es! No me extraña que Bárbara esté loca por él.” Lord Grebe dijo, “Bárbara, tu madre y yo hemos pensado en solucionar el problema que ha causado a la familia tu precipitada boda.” Bárbara dijo, “Padre, Edmond y yo aceptaremos lo que ustedes dispongan.” Lord Grebe dijo, “Bien. Edmond, por lo que se ve, es un buen muchacho, pero…con una deficiente educación.”  Edmond dijo, “Así es, señor. Mi madre no tuvo los medios para mandarme a un colegio o contratar a un perceptor.” 
     Lord Grebe dijo, “Pero, ¿Tú estarías dispuesto a aprender para poder desenvolverte en la sociedad a la que pertenece Bárbara?” Edmond dijo, “Sí, por supuesto, y pondría todo mi empeño.” Lord Grebe dijo, “Entonces partirás por un año al continente. Te acompañara un maestro. Iras a Francia, Italia, Alemania, Austria. Estudiaras idiomas, Historia, aprenderás modales, como comportarte en sociedad, en otras palabras, todo lo que es indispensable sepa un caballero. Así regresaras junto a Bárbara sin sentirte inferior, y sin que ella se avergüence cuando la acompañes a actividades sociales.” Enseguida Bárbara dijo, “Padre, ¿Yo podré ir con Edmond?” Lord Grebe dijo, “No. Tu presencia lo distraería y él debe dedicar todo su tiempo a estudiar.” Bárbara dijo, “Tienes razón, pero lo extrañare tanto.” Lord Grebe dijo, “Tú también estarás ocupada durante ese año se reparará y decorará la casa que tengo en Yewsholt.” Lady Grebe dijo, “Allí vivirán cuando regrese tu esposo, Bárbara.” Lord Grebe dijo, “Sé que es algo pequeña, solo tiene seis habitaciones, pero para una pareja joven como ustedes está bien.” Lady Grebe dijo, “Y está bastante apartada…me acostumbraré. Estoy segura que mis amistades irán a visitarnos.”
     Así, se fijó el día en que Edmond partiría y cuando la pareja se despidió, Bárbara dijo, “No dejes de escribirme. ¡Oh, querido tengo el corazón destrozado al pensar que no te veré durante un año!” Edmond dijo, “Yo también, pero cuando sea digno de ti, ya no nos volveremos a separar.” Ambos se dieron el último beso mezclado con lágrimas. Poco después, la silla de posta en que viajaba Edmond se alejaba. Lord Grebe abrazó a Bárbara, diciendo, “No llores hijita. Un año se pasa en un suspiro.” Bárbara dijo, “¡Es que lo amo tanto! Si así no fuera, jamás me hubiera atrevido a huir con él.”
     Una semana después, sintiéndose nuevamente soltera, decidió visitar a sus amistades. Tomando el té en el patio de una mansión, una de ellas le dijo, “Jamás te perdonaremos que no nos hayas invitado a tu boda, Bárbara.” Otra de sus amigas le dijo, “Fue una gran sorpresa para todas, ¿Cuándo nos presentas a tu esposo?” Bárbara dijo, “Ahora está de viaje. Ya debe encontrarse en Francia.” Una de sus amigas le dijo, “¡Recién casado y ya te abandona! ¿Qué fue a hacer a Paris?” La otra amiga dijo, “¿Fue por negocios o asuntos de familia?” Bárbara dijo, “Bueno…es un viaje necesario…de Francia irá a Italia…” Bárbara no tardó que la actitud de sus amigas hacia ella había cambiando. Un día escuchó a sus amigas conversando, y una de ellas dijo, “Escuché que el padre de Bárbara envió al flamante marido a educarse, porque no sabe ni tomar un tenedor.” La otra amiga dijo, “¡Qué horror casarse con un palurdo! Ahora está atrapada para el resto de su vida.”  Eso, unido a la ausencia de Edmond fue enfriando el amor de Bárbara. Mientras caminaba por el campo, Bárbara pensaba, “Cada día su recuerdo me es mas indiferente. No debo permitirlo. Soy su esposa. Me case enamorada. Mi debe es amarlo y serle fiel hasta la muerte. Pero apenas recuerdo su cara, su voz. No lo extraño…¡Si tuviera un retrato de él! podría mirarlo día y noche. Eso avivaría el amor que se va extinguiendo.” De inmediato, Bárbara le escribió solicitándoselo y no tardó en recibir la respuesta. Bárbara leyó, “Adorada mía, sentí gran alegría al recibir tu carta y saber que me amas cada día más…Aquí en Pisa he conocido a un escultor que me hará un visto de mármol que te enviaré tan pronto esté listo. Será mejor que un retrato, el escultor ha prometido no tardarse mucho…” Al terminar de leer la carta, Bárbara dijo, “Debió haberme mandado el retrato. La escultura tardará y yo necesito algo que me lo recuerde a toda hora.”
     Tres semanas después le llegó otra carta de su esposo. Bárbara leyó, “Querida, el escultor decidió ampliar el busto a juna estatua de cuerpo entero y de tamaño natural.” Bárbara continuó leyendo la carta en voz alta, “No me he opuesto porque ha prometido no demorar mucho, y además será como si yo estuviera contigo.” Bárbara tuvo que resignarse a no tener el retrato y para distraerse centró s atención en su futura casa. Cuando visitaba la casa, Bárbara pensaba, “Cuando esté terminada se verá muy bien. Lástima que se encuentre tan apartada.” Continuaron pasando los meses, la casa quedó lista y Bárbara parecía más resignada que contenta. Una mañana, Lady Grebe encontró a su hija leyendo una carta y le dijo, “¿Carta de Edmond?” Bárbara dijo, “Sí, dice que pasaran por Venecia. Será el último lugar que visitaran antes de regresar a Inglaterra.” Lady Grebe dijo, “Espero que este viaje haya sido productivo para su educación.” Bárbara dijo, “Estoy segura que sí. Es increíble el cambio entre sus primeras cartas y las actuales.”
     Transcurrió más de un mes sin que se recibieran noticias del ausente, y una tarde, un mayordomo irrumpió en el salón donde se encontraba Lord Grebe, diciendo, “Mi lord. Acaba de llegar esta carta para usted. Como dice urgente, me atreví a interrumpirlo.” Lord Grebe dijo, “Gracias James, hiciste bien.” Lord Grebe llevó la carta al salón donde se encontraba su hija y ambos se sentaron a leer la carta. Entonces, Lord Grebe dijo, “Es del maestro que acompaña a Edmond.” Bárbara dijo, “Léela, papá. El silencio de Edmond me tiene sorprendida.” Lord Grebe leyó en voz alta, “Lamento tener que darle una trágica noticia. El joven Edmond ha sufrido un espantoso accidente. Apenas llegamos a Venecia acudimos al teatro. Estábamos en media función cuando la gente empezó a gritar ‘¡fuego fuego!’ El pánico hizo presa del público. Todos trataban de escapar sin importar más que salvar sus vidas. Pero algunas personas caritativas y valientes se esforzaron por salvar a los que se habían desmayado o perdido el conocimiento al caer. Entre estos, Edmond, quien se porto como un héroe, arriesgando repetidamente su vida, cuando salía por quinta vez, se prendió de fuego y en segundos se transformo en una pira viviente. Lo llevaron al hospital y el doctor explicó que sus quemaduras eran muy graves. Nos dijo que tendríamos que esperar para dar o no esperanzas. Durante tres días estuvo a punto de morir, pero el doctor dijo que sobreviviría gracias a su fuerte constitución, pero que no podría asegurar como quedaría su rostro. El doctor explico que las peores heridas las tenía en la cabe la y el rostro, y dijo que haría todo lo posible por reconstruir su rostro. Cuando explique al doctor que el joven era casado, y que tenía que comunicarle lo sucedido a su familia, me dijo que lo hiciera, pero que me recomendaba esperaran a verlo hasta que las heridas hubieran cicatrizado.” Lord Grebe terminó de leer la carta en voz alta, diciendo “En este momento lo atienden los mejores médicos. Él aún no está en posibilidades de escribir, pero yo los tendré al tanto…” Al terminar de leer la carta, Bárbara dijo, “Padre, debo ir a su lado. Él me necesita.” Lord Grebe dijo, “No, Bárbara. Si los médicos dicen que debes aguardar por algo será. Seguramente Edmond tiene la misma opinión.” Cuando Lady Grebe se enteró de lo sucedido, dijo, “Hija, no será agradable para él que le veas desfigurado. Cuando se cure, entonces viajaras o él vendrá.” Lord Grebe dijo, “Tu madre tiene razón. Tu presencia podría hacer más daño que bien a tu marido.”
     Si algún duda tenia la joven, terminó de convencerse al llegar otra carta del maestro. Después de leer la carta Lady Grebe dijo a su hija, “Dice que Edmond no quiere que vayas, que se sentiría muy desgraciado si lo ves como esta.” Bárbara dijo, “No quiero aumentar su dolor. Aguardaré hasta que pueda regresar a Inglaterra.” Transcurrió un mes y Edmond pudo escribir a su esposa. Después de leer la carta, Bárbara dijo a Lady Grebe, “Edmond me cuenta que es un milagro que no perdiera totalmente la vista…da gracias que conserva la visión de un ojo.” Lady Grebe dijo, “Ha de ser muy duro para ti, hija, que el físico de Edmond, lo único que justificaba tu irreflexiva elección…que ese físico le haya sido arrebatado de un modo tan brutal, privándote de toda excusa de tu proceder ante el mundo. Ahora, más que nunca, desearía que te hubieras casado con otro.” Bárbara dijo, “¡Oh, mamá, cómo puedes decir eso! Yo amo a Edmond y no porque tenía un hermoso rostro. Yo lo quiero no importa como esté.” Lady Grebe dijo, “No voy a creer que realmente te enamoraste de ese Don Nadie!” Lord Grebe dijo, “¡Calla Sara…! No llores hijita, Edmond se curará y todo estará bien.”
     Pero como Lady Grebe continuaba con este tipo de comentarios, Bárbara decidió trasladarse a su casa. Bárbara pensaba, “Aquí estaré tranquila. Podré aguardar pacientemente a Edmond, a quien debo amor, lealtad, y fidelidad.” Por lo apartado del lugar, Bárbara pasaba días y días en que solo veía a su servidumbre, y una tarde, recibió una carta y después de leerla pensó, “¡Edmond regresa! En una semana estará aquí. Eso significa que ya esta perfectamente bien.” El día señalado Bárbara ansiosa se dirigió a la posada a tres millas de distancia. Mientras esperaba sentada, Bárbara pensó, “Aquí necesariamente pasará la silla de posta en que viaja. Qué sorpresa se llevará al verme.” Transcurrió el tiempo, llegaban y se iban carruajes, pero Edmond no aparecía. Bárbara pensó, “No debí venir. Cómo no pensé que algo podía retrasar su viaje. Ahora cómo regresaré a casa.” Nerviosa buscaba una solución cuando un carruaje se acercó, y el cochero dijo, “¡Señora Wilowes, usted aquí y sola!” Bárbara le dijo, “Conde de Uplantowers, me encuentro en una situación muy incómoda.” Acto seguido le contó su problema. El Conde de Uplantowers le dijo, “Así que su esposo regresa. La felicito. Es comprensible que deseara venir a esperarlo.” 
     Bárbara dijo, “Estoy muy angustiada. No se cómo habrá quedado después del accidente…hace tanto que no lo veo.” El conde de  Uplantowers le dijo, “Pronto obscurecerá. Si lo desea, yo puedo llevarla hasta su casa.” Bárbara dijo, “¿Lo haría? Se lo voy a agradecer tanto.”
     En el camino, la plática fue embarazosa en principio, pero luego la joven perdió toda reserva, y dijo, “Debo confesar que tengo miedo. Me doy cuenta que prácticamente no conozco a Edmond. Él y yo somos tan diferentes.” Su nerviosismo al hablar era lógico, después de tanto tiempo de permanecer prácticamente sola y sin tener a quien confiarse. El Conde de Uplantowers le dijo, “Pero usted debe haberla amado mucho para decidir casarse con él. ¿Acaso ya no lo quiere?” Bárbara dijo, “Sí…por supuesto…aunque no se…a veces me parece que es un desconocido…” Las bien dirigidas preguntas de él la hacían decir cosas que no se atrevía a confesarse a sí misma. Entonces Bárbara dijo, “Quizá actué precipitadamente. Yo estaba segura que no podría vivir sin él.” Cuando llegaron a la casa, Bárbara se despidió, diciendo, “Le agradezco mucho su atención.” El Conde de Uplantowers dijo, “Fue un placer servirla…¡Qué diferente hubiera sido todo para usted si se hubiera casado conmigo!” Bárbara sorprendida no supo que responder, y se alejó antes de que reaccionara, pensado, “No debí de hacer tantas confidencias al conde…¿Qué pensará de mí? Fui muy imprudente. Siento que he cometido una gran deslealtad hacia Edmond. Yo lo amo y dedicaré el resto de mi vida a él.”
     A las diez Bárbara despidió a los criados y ella permaneció aguardando como si se hubiera impuesto una penitencia. De pronto, Bárbara escucho un ruido, y pensó, “Un coche se ha detenido junto a la puerta. Debe ser Edmond. ¡Dios, que todo salga bien, te lo suplico!” Bárbara fue a abrir y al abrir la puerta exclamó, “¡Edmond!” Edmond le dijo, “¡Bárbara, mi esposa adorada, por fin vuelvo a verte!” Ambos entraron en la casa. Bárbara ya había notado que Edmond llevaba puesta una máscara, entonces dijo, “Edmond, ¿Eres tú de verdad?¿Por qué llevas máscara?” Edmond dijo, “La uso para ocultar mi faz de las miradas curiosas de la gente.” Bárbara dijo, “Entonces tu cara…” Edmond dijo, “No quedó como antes…amor mío, ¿Crees que te afectara mucho ver mi rostro cuando me la quite?” Bárbara dudó y dijo, “Yo creo que…no…lo que te ha ocurrido es una desgracia para ambos…estoy preparada para enfrentar lo que sea.” Edmond dijo, “¿Estás segura?” Bárbara dijo, “Sí. Eres mi marido…puedes…puedes quietarte la máscara.” Edmond dijo, “Querido, temía tanto este momento, ahora sé que tu amor es más grande que cualquier cosa en el mundo.” Edmond se volvió para quitarse la máscara, pero Bárbara exclamó, “¡Oh, noooo!¡Nooooo!” Edmond se había descubierto su rostro desfigurado. Entonces exclamó, “Soy demasiado monstruoso, ¿verdad? No me soportas. ¡Malditos los médicos que me salvaron!” Bárbara se cubrió los ojos. Edmond le dijo, “¡Bárbara mírame! Dí que me odias, que no me soportas y te librarás de mí. ¡Mírame! ¿Podrás vivir conmigo?¡Mírame!” Bárbara dijo, “No puedo…No te odio…Estoy tan impresionada…yo…yo no puedo.” Aterrorizada Bárbara huyó del salón como si lo hiciera del demonio. Edmond dijo, “Mi última esperanza ha muerto. Soy un monstro. Nadie querrá vivir a mi lado.”
     Al amanecer, Bárbara se había quedado dormida llorando, despertó y dijo, “¿Dónde estará Edmond? Dios, dame fuerzas. No quiero herirlo, pero es superior a mi…no puedo mirarlo…” Bárbara salió a buscarle, pero en el salón solo encontró una carta. Bárbara leyó, “Comprendo y no culpo tu reacción. Me voy y jamás regresaré, a menos que pueda hacerlo con mi rostro de antes.” Bárbara apretó la carta y se la llevó al pecho, diciendo con lágrimas, “¡Que mala, que cruel he sido…! Pero no podía volver a mirarle, creo que moriría si tuviera que hacerlo nuevamente.” Llena de remordimientos Bárbara fue a la casa de sus padres a explicar lo sucedido. Entonces Lady Grebe dijo, “Hija no te culpo. Hay cosas imposibles de soportar. Edmond no debió regresar. Su actitud fue muy egoísta.” Lord Grebe dijo, “Mi pequeña, te quedaras con nosotros. El tiempo te ayudará a olvidar esta horrible experiencia.”
     Bárbara ya no regresó a su casa. Los mese fueron pasando, sin que se tuviera la menor noticia de Edmond. Bárbara pensaba, “¿Qué será de él? ¿Dónde estará? Su sufrimiento debe ser terrible…me siento tan triste al recordarlo…” Pero el corazón humano es tan mudable como las hojas de los árboles y poco a poco se fue olvidando. Un dia en la mesa del comedor, Lady Grebe desayunaba con Bárbara. Entonces Lady Grebe le dijo, “Ya hace un año que Edmond se marchó. Confío en que jamás regrese.” Bárbara dijo, “¿A qué vendría? Ya nada puede haber entre él y yo.”

     En ese tiempo, el conde de Uplandtowers, después de enterarse de lo ocurrido, acudía con gran frecuencia a la casa de Grebe. Cuando Bárbara lo recibía, el conde le decía, “Cada día estas más hermosa Bárbara. Eres la viuda más joven y bella de Inglaterra.” Bárbara le dijo, “¿Viuda? Yo no sé si Edmond ha muerto.” Edmond dijo, “Según la ley, ya puedes considerarte así, pues tu esposo no ha dado la más leve señal desde que se marchó.” Bárbara dijo, “Es verdad, ¿Qué habrá sido de él?” Edmond dijo, “Olvida que lo conociste y piensa en el futuro. Un futuro que yo te ofrezco lleno de felicidad.” Bárbara dijo, “¿Tú?” Edmond dijo, “Te amo, siempre te he amado. ¿Por qué crees que no me he casado? Bárbara, acepta ser mi esposa.” Bárbara dijo, “Yo…no sé…estoy sorprendida…por favor, permite que lo piense.” Edmond dijo, “Hazlo, pero no te tomes mucho tiempo. Hace tanto que aguardo, prométeme que me darás pronto una respuesta.” Bárbara dijo, “Está bien, te lo prometo.”
     Esa noche cuando Bárbara comentó el asunto con sus padres en el comedor, Lord Grebe dijo, “No me extraña, Henry, el conde de Uplandtowers, siempre te ha amado.” Lady Grebe dijo, “Es un gran partido. Serás condesa. Bárbara, tienes que casarte con él.” Bárbara dijo, “Es que yo no lo amo.” Lady Grebe dijo, “¡Amor! Amabas a Edmond al extremo de fugarte con él y mira en lo que quedó tu amor.” Lord Grebe dijo, “Hija no debes desaprovechar esta ocasión, Henry debe amarte mucho para olvidar lo pasado.” Lady Grebe dijo, “Es lo mejor para ti. Con esta boda borrarías la mancha que echaste sobre nuestro nombre. Es tu deber limpiarla, Bárbara.” Instigada por sus padres, Bárbara terminó por ceder. Henry fue aceptado por Bárbara y comenzaron a hacer planes. Entonces Henry dijo a Bárbara, “Dadas las circunstancias hemos acordado con tus padres que la boda se efectúe en la mayor intimidad.” Bárbara dijo resignada, “Me parece que es lo correcto.” Entonces Henry dijo, “Querida, no te noto muy entusiasmada. Llevamos dos meses de novios y jamás me has dicho que me amas.” Bárbara dijo, “Yo no soy muy efusiva. No esperes mucho de mí, Henry.” Henry dijo, “Tendré paciencia. Después de casados, estoy seguro que las cosas cambiaran. Yo te amo mucho, Bárbara.” Edmond quiso darle un beso, pero la joven era un verdadero témpano de hielo que ninguna caricia lograba fundir. Bárbara dijo, “Creo que ya es hora de que nos sirvan el té.” Henry pensó, “¡Ese maldito Edmond! No voy a creer que también con él era así. Si huyó con él, era porque lo amaba. No me quiere.”
     Los pocos asistentes a la boda pudieron comprobar que la novia se veía pálida, seria, sin el menor asomo de felicidad. La pareja se instaló en la mansión del conde y no tardaron en empezar los problemas. Un día, sentados en el comedor, Henry dijo, “No has dicho una palabra durante toda la comida. ¿En qué estas pensando?” Bárbara dijo, “¿Yo…? En nada…simplemente paladeaba este delicioso budín de chocolate.” Henry pensó, “A mí no me engaña, su cuerpo está aquí, pero su mente…jamás lograré que me ame.” Henry despechado, se comportaba con gran dureza con ella. Bárbara pensaba, “Siempre está reprochándome, tratándome con palabras hirientes. Y dice amarme, si así fuera su Actitud seria diferente.”
     Con el pasar de los meses el distanciamiento entre ambos fue aumentando. Una tarde la doméstica llego con una carta, diciendo. “Señora condesa, un servidor de la casa de sus padres ha traído esta carta que llegó allá para usted.” Bárbara la tomó y dijo, “Está a nombre de la señora Bárbara Willowes, quien la escribió o sabe que me he vuelto a casar.” Bárbara leyó, “Distinguida señora, deseo informarle que la estatua de su esposo hace ya mucho que esta lista, como nada he sabido de él, le ruego me indique qué hacer con ella, ya que el señor Willowes no me dio instrucciones al respecto. Tampoco me canceló totalmente el trabajo. Aguardo su respuesta confiando en que ésta no tardará…” Bárbara terminó de leer la carta y dijo, “Ahora mismo le escribiré a ese escultor enviándole el dinero, y pidiéndole que me mande la estatua. Es lo menos que puedo hacer por el hombre que tanto amé y con el que fui feliz como nunca en toda la vida.”
     Dos días después Bárbara recibió otra carta. Después de leerla, Bárbara pensó, “Edmond murió hace un año. Me lo comunica un primo de él que se acaba de enterar. Dice que falleció a causa de los sufrimientos que tuvo que soportar y la depresión que embargaba su espíritu. Pobre Edmond. Yo tuve la culpa. Debí de ocultar el horror que me produjo su aspecto.” Desde ese instante todos sus pensamientos estuvieron dedicados al ausente amor. Bárbara decía en su soledad, “¡Qué hermoso fue nuestro amor! Qué feliz me sentía entre sus brazos. Con cuanta suavidad y delicadeza me trataba.” Había desaparecido de su mente el hombre desfigurado para solo recordar al apuesto adonis. Andando en los jardines, Bárbara veía las rosas y pensaba, “Nos amábamos tanto. No puedo soportar la idea de jamás volverle a ver.”
     Transcurrió un mes y una mañana un criado llegó con una noticia para Bárbara, “Señora condesa, llegó una gran caja a su nombre. Tiene una etiqueta que dice escultura.” Henry dijo, “¿Encargaste tú una, Bárbara?” Bárbara dijo, “No…es una estatua del pobre Edmond. Thomas, recíbela.” Thomas, el criado dijo, “Sí, señora condesa.” Cuando el criado se retiró, Bárbara explicó al conde Henry, su esposo, lo sucedido con la escultura, diciendo “La pondré en un lugar donde no te moleste, ¿Qué te parece?” Henry dijo, “No me molestará la pongas donde la pongas.” Cuando terminaron de desayunar fueron a ver la obra y cuando estuvieron frente a ella, Bárbara dijo, “Es como si estuviera vivo frente a mí.” Henry pensó, “Era extraordinariamente apuesto. Ahora entiendo porqué Bárbara perdió la razón por él.” Henry pensó que unos terribles celos hacían presa de él. Miró a Bárbara y pensó, “Está embobada contemplándolo. Jamás a mí me ha mirado así.” Finalmente Henry dijo, “¿Vas a quedarte toda la mañana adorando esa escultura?” Bárbara dijo, “¡Oh…! Yo solo pensaba que el artista es muy bueno.”
     Bárbara y Henry salieron juntos de la galería donde estaba la estatua. Pero en la tarde cuando Henry regresó de visitar unas fincas encontró que Bárbara aún estaba en la galería mirando la escultura. Henry le dijo, “¿Qué haces?” Bárbara dijo, “Estoy mirando a mi marid…la estatua.  Está muy bien hecha, ¿no te parece?” Henry le dijo, “¡No!¿Qué vas a hacer con ella? No puede quedarse aquí el resto de nuestras vidas.” Bárbara dijo, “Tienes razón, ya encontraré un lugar apropiado.” Al día siguiente el conde de Uplandtowers partió de viaje por una semana, cuando regresó, noto que la estatua no estaba ya. Entonces se dijo a sí mismo, “La estatua no está. ¿Qué habrá hecho Bárbara con ella? Sea lo que sea es mejor ignorar el asunto.” La pareja continuó su vida rutinaria, pero de pronto el conde empezó a notar algo extraño en su esposa. Al mirarla pensaba, “Su rostro refleja una especie de éxtasis, de felicidad celestial y reservada. ¿A qué se deberá? Parece como si estuviera en otro mundo donde se siente dichosa y en paz.” Henry la observaba continuamente, sin poder descubrir nada. Pero una noche, Henry notó que Bárbara no estaba en su cama, Henry pensó, “Bárbara…¿Porqué se habrá levantado…? Quizá no podía dormir…” Henry no dio mayor importancia al asunto, pero días después volvió a despertar, notando que tampoco estaba en su cama. Henry pensó, “Nuevamente no está a mi lado.”  Henry iba a levantarse cuando sintió pasos y algo lo indujo a permanece como si durmiera en el lecho. Entonces Henry vio venir a Bárbara  con un candelabro exclamando un “ay” de dolor. Henry pensó, “¿Dónde estaba?¿Porqué suspira en esa forma? Creo que ha tomado la costumbre de abandonar el dormitorio cuando yo duermo. Pero, ¿por qué? Tengo que descubrirlo.”
     A la noche siguiente, Henry permaneció alerta y cuando noto que Bárbara se levantó, pensó, “Se está levantando. En cuanto salga la seguiré.” Henry tomo un candelabro y fue tras ella, entonces vio cómo Bárbara extendía sus brazos hacia la escultura, diciendo, “Edmond, amor adorado, cada día que pasa te amo mas. Tú das sentido a mi vida. Pienso en ti a todas horas. Mi corazón, y mi mente están contigo. Edmond, siempre  te perteneceré.” Enseguida, Bárbara besó la estatua. Henry, sin que Bárbara notara su presencia, pensó, “Es aquí donde mi esposa expresa sus sentimientos, donde entrega el amor que a mí me niega. Voy a arreglar esto y pronto.” Al día siguiente Henry se levantó muy temprano, y se dirigió al pueblo de Shottsford a hacer una visita. Cuando Henry fue recibido, el hombre le dijo, “Me dice mi criada que desea hablar conmigo, conde de Uplandtowers, ¿en qué puedo servirle?” Henry dijo, “Sé que usted fue quien acompañó al difunto Edmond Willowes en un viaje por diferentes países.”  El hombre le dijo, “Así es, ¡Pobre joven qué desgracia cayó sobre él! Después del incendio era un verdadero monstro.” Henry dijo, “Mi esposa quedó muy afectada después de haberlo visto. Fue algo muy duro para ella.” El hombre dijo, “Lo imagino. No tenía que hacer un gran esfuerzo para demostrar el horror que me causaba.” Henry le dijo, “Mi interés en esta visita es saber sobre el caso para ayudar a Bárbara  que sufre terribles pesadillas.” Henry agregó, “¿Podría decirme cómo quedó la cara de Edmond?” El maestro le dijo, “Espantosa. Se la dibujaré para que se dé una idea exacta del horrible aspecto que tenia.” Cuando el maestro le pasó el boceto, Henry dijo, “¡Un verdadero moustro! Ni nariz, ni orejas, no labios.”
     Poco después, Henry se marchó, pero antes de regresar a su casa se detuvo en un pueblo cercano para arreglar un negocio con un hombre. Al despedirse del hombre, Henry le dijo, “Lo espero mañana a las diez. Recuerde que lo que haga debe permanecer en estricto secreto.” El hombre le dijo, “Señor, por lo que me va a pagar, seré una tumba.” Al día siguiente, como todos los jueves, Bárbara salió temprano a visitar a sus padres. Apenas se había marchado, Henry entro con el hombre que visitó para el negocio y le dijo, “Sígame, le explicaré exactamente lo que deseo.” El hombre le dijo, “Estoy a sus órdenes señor.” Poco después el hombre trabajaba bajo la supervisión del conde de Uplandtowers. Henry continuó dando instrucciones: “Debe quedar exactamente como el dibujo, y cuando termines quiero que colores la cara para darle mayor vida.”
    Seis horas después el hombre había terminado su trabajo. Henry se acercó a la escultura y pensó, “Una estatua debe representar a un hombre tal como era en vida, y éste era el aspecto que tenia Edmond.” Al llegar la noche, Henry pensó, “Qué sorpresa te vas a llevar, querida mía. No me perderé tu reacción por nada del mundo.” Minutos más tarde Bárbara descubría la estatua, exclamando, “¡Ahhhh!” Luego se desplomó en el suelo como un saco. Henry abrió la puerta de la galería gritando, “¡Bárbara, Bárbara!” Cuando logró hacerla volver en sí, Henry dijo, “Te asustaste, ¿Verdad querida? Solo fue una broma. Las esposas no deben andar tras fantasmas de amor desaparecidos. Ahora respóndeme con sinceridad, ¿Aún o amas?” Bárbara dijo, “¡No, no!¡És horrible!¡Nooo!” Henry le dijo, “¿Estás segura?” Bárbara dijo, “¡Sí, estoy segura!¡Por favor, quiero dormir, quiero olvidar!”
     Pero el conde no estaba convencido y al día siguiente, al desayunar en el comedor, Henry dijo, “Bárbara, quiero la verdad, ¿Continúas amando a Edmond?” Bárbara dijo, “Bueno…yo…” Henry dijo, “Tu titubeo significa que aún lo quieres. ¡Por todos los diablos!” Bárbara dijo, “No quiero mentirte ni tampoco deseo enfurecerte mas.” Henry la tomó del brazo y le dijo, “Creo que necesitas volver a verle.” Bárbara dijo, “¡Nooooo! Por piedad, no me hagas volver a mirarle.” Pero Henry estaba fuera de sí mismo, debido a los celos y al su furia. Henry la guió casi empujándola diciendo, “Un par de dosis más y estarás curada.” Bárbara dijo, “Henry, te lo suplico, no me obligues. ¡No quiero!” Henry la forzó frente a la estatua y dijo, “¡Mírala!” Bárbara dijo, “¡Nooo!” Mientras Bárbara huía, Henry dijo, “Este es el mejor remedio. Llegara un instante en que lo odiará y solo me amará a mí.” Esa noche, en la recamara de Henry y Bárbara había un ropero nuevo en la habitación. Bárbara dijo, “Y ese ropero, ¿tú lo hiciste poner ahí?” Henry dijo, “¿Quién más? Guardo en él algo muy especial. Acuéstate y te lo mostraré.” Con sonrisa diabólica, Henry abrió las puertas del ropero y al ver Bárbara que la escultura se encontraba ahí, exclamó, “¡Noooo…! Por favor sácala de aquí.” Henry le dijo, “La quitaré cuando me quieras un poco y eso todavía no sucede, ¿verdad?” Bárbara se llevó las manos a la cara diciendo, “No lo sé…creo que…¡Henry te lo suplico, quítala! No puedo soportarla.” Henry le dijo, “Tonterías. Uno acaba acostumbrándose a todo ¡Mírala!” Henry se enfureció, diciendo, “¡Mírala, te lo ordeno!” Pero Bárbara dijo, “Nooo, no puedo.”
    La pobre mujer, temblando con los ojos dilatados,  se fijó en el objeto de su horror, entonces dijo, “Por piedad cierra esas puertas.” Henry le dijo, “Querida, ya no tendrás que levantarte. Soy complaciente, podrás contemplarla desde la cama.” Firmemente decidido a imponer sus feroces métodos, Henry continuó con su estrategia a la noche siguiente, diciendo, “Obedéceme y mírala.” Bárbara dijo, “Henry, te lo imploro, no puedo más, haré lo que tú quieras, Llévatela y seré tu esclava.” Henry la abrazó, diciendo, “¿Me quieres?” Bárbara le dijo, “Sí, te adoro, te lo juro.” Enseguida Henry le preguntó, “¿Lo odias a él y a su rostro?” Bárbara dijo, “¡Sí, síii.” Desesperada, Bárbara se lanzó al cuello de su verdugo, besándolo y sollozando a la vez. Sin embargo, Henry pensó, “No es así como quiero que me ame. Él aún está en su corazón pero lo sacare de allí.”
     La tercera noche, cuando la escena se había iniciado como de costumbre, Henry la tomó del brazo y le dijo, “Veo que ya n o te angustia mirarla. No me dirás que amas a ese monstruo, porque eso es tu Edmond.” Bárbara miraba con ojos muy abiertos aquella horrenda fascinación. De pronto, Bárbara comenzó a reír, “¡Jajajajajaja!” Las terribles carcajadas resonaban en la habitación y por primera vez en su vida, el conde tuvo miedo, diciendo, “Bárbara, ¿Has enloquecido?¡Cállate!” Como si obedeciera, se hizo un profundo silencio, tan repentino como se había roto. 
     Bárbara se desplomó. Henry la tomó, diciendo, “Bárbara, ¿Qué sucede?¡Respóndeme!” Al tomar su pulso, Henry descubrió que estaba muerta. En ese instante salió a la luz todo el amor que era capaz de sentir aquel hombre perverso y cruel. Con ojos llenos de lágrimas y asombro Henry dijo, “Bárbara, no puedes dejarme, jamás me dijiste que me amabas y yo hice lo imposible por conseguir tu cariño.” Llevando flores a su tumba, el conde dedicó el resto de su vida a venerar el recuerdo de la mujer a quien tanto había amado y a quien tanto hizo sufrir. La pobre Bárbara había sido amada por dos hombres, pero ella jamás sintió verdadero amor, solo conoció una ilusión que la llevó a la tumba.                                           
       Tomado de Novelas Inmortales, Año 15, No. 756, mayo 13 de 1992. Guión: Herwigo Comte. Segunda adaptación: José Escobar.