Club de Pensadores Universales

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domingo, 2 de septiembre de 2012

La Tía Mimma de Luigi Pirandello

     Luigi Pirandello nació el 28 junio de 1867, y falleció el 10 diciembre de 1936, a la edad de 69 años.  Pirandello fue un dramaturgo italiano, novelista y escritor de cuentos cortos galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1934, por su "renovación audaz y brillante del drama y el escenario". Las obras de Pirandello incluyen novelas, cientos de historias cortas, y unas 40 obras de teatro, algunas de las cuales están escritas en siciliano. Las farsas trágicas de Pirandello se ven a menudo como precursoras  del Teatro del Absurdo.
     Pirandello nació en una familia de clase alta en un pueblo con el curioso nombre de Kaos (Caos), un suburbio pobre de Girgenti (Agrigento, una ciudad en el sur de Sicilia). Su padre, Stefano, pertenecía a una familia rica involucrada en la industria de azufre y su madre, Catalina de Ricci Gramitto, era también de una descendencia de bien hacer, de una familia de la clase burguesa profesional de Agrigento. Ambas familias, los Pirandello y los Gramittos Ricci, fueron feroces anti-Bourbones y participaron activamente en la lucha por la unificación y la democracia ("Il Risorgimento"). 
    Stefano participó en la famosa Expedición de los Mil, posteriormente siguiendo a Garibaldi hasta el final a la Batalla de Aspromonte y Caterina, quien había alcanzado apenas la edad de trece años, se vio obligada a acompañar a su padre a Malta, a donde había sido enviado al exilio por la monarquía borbónica. Sin embargo, la participación abierta en la causa garibaldina y el fuerte sentido de idealismo de aquellos primeros años, se transformaron rápidamente, sobre todo en Caterina, en una decepción irritable y amargada, con la nueva realidad creada por la unificación. Pirandello finalmente asimiló este sentimiento de traición y resentimiento y lo expresó en varios de sus poemas y en su novela, El Viejo y el Joven. También es probable que este clima de desilusión inculcó en el joven Luigi, el sentido de desproporción entre los ideales y la realidad, que es reconocible en su ensayo Sobre Humorismo (L'umorismo).
     Pirandello recibió su educación primaria en casa, pero estaba mucho más fascinado por las fábulas y leyendas, en algún lugar entre lo popular y la magia, que su anciana criada, Maria Stella, solía contar a él más que por cualquier cuestión escolar o académica. A la edad de doce años, Pirandello ya había escrito su primera tragedia. Ante la insistencia de su padre, se inscribió en una escuela técnica, pero finalmente cambió al estudio de las humanidades en el Gimnasio, algo que siempre le había atraído.









     En 1880, la familia Pirandello se mudó a Palermo. Fue aquí, en la capital de Sicilia, que Luigi completó su educación secundaria. Él también comenzó a leer omnívoramente, centrándose, sobre todo, de los poetas italianos del siglo 19, como Giosuè Carducci y Graf. A continuación, comenzó a escribir sus primeros poemas y se enamoró de su prima Lina.
     Durante este periodo, los primeros signos de grave contraste entre Luigi y su padre también comenzaron a desarrollarse. Luigi había descubierto algunas notas que revelavan la existencia de relaciones extramaritales de Stefano. Como reacción a la creciente desconfianza y falta de armonía que Luigi estaba desarrollando hacia su padre, un hombre de físico robusto y costumbres rudas, el apego a su madre siguió creciendo hasta el punto de profunda veneración. Esto más tarde se expresó, después de su muerte, en las conmovedoras páginas de la novela Colloqui con i Personaggi en 1915.
     Sus sentimientos románticos por su prima, inicialmente vistos no con buenos ojos, de repente se tomaron muy en serio por la familia de Lina. La familia exigió que Luigi abandonara sus estudios para dedicarse al negocio de azufre de modo que pudiera casarse con ella inmediatamente. En 1886, durante unas vacaciones de la escuela, Luigi fue a visitar las minas de azufre de Porto Empedocles y comenzó a trabajar con su padre. Esta experiencia fue fundamental para él y constituyó la base de historias como Il Fumo, Ciàula scopre la Luna, así como algunas de las descripciones y de fondo en la novela El Viejo y el Joven. El matrimonio, que parecía inminente, fue pospuesto.
     Pirandello entonces se registró en la Universidad de Palermo en los departamentos de Derecho y de Letras. El campus de Palermo, y sobre todo el Departamento de Derecho, era el centro en aquellos años del amplio movimiento que con el tiempo se convertiría en el Fasci Siciliani. A pesar que Pirandello no era un miembro activo de este movimiento, si tenía estrechos lazos de amistad con sus ideólogos principales: Rosario Garibaldi Bosco, Enrico La Loggia, Giuseppe De Felice Giuffrida y Francesco De Luca.
     En 1887, después de haber elegido finalmente el Departamento de Letras, Pirandello se trasladó a Roma para continuar sus estudios. Pero el encuentro con la ciudad, centro de la lucha por la unificación, en la cual las familias de sus padres habían participado con entusiasmo generoso, fue decepcionante y nada cercano a lo que él esperaba: “Cuando llegué a Roma estaba lloviendo mucho, era la noche y me sentí como si mi corazón estaba siendo devorado por una morsa, pero luego me jodi como un hombre en el baño.”
     Pirandello, que era un moralista muy sensible, finalmente tuvo la oportunidad de ver por sí mismo la decadencia irreductible de los supuestos héroes del Risorgimento en la persona de su tío Rocco, ahora un canoso y agotado funcionario de la prefectura que le proporcionó alojamiento temporal en Roma. La "risa desesperada," la única manifestación de venganza por la decepción a la que fue sometido, inspiró los versos amargos de su primera colección de poemas, Mal Giocondo (1889). Pero no todo fue negativo; esta primera visita a Roma, le dio la oportunidad de visitar asiduamente los muchos teatros de la capital: Il Nazionale, Il Valle, il Manzoni. “Oh, el teatro dramático! Voy a conquistarlo. No puedo entrar en uno sin experimentar una extraña sensación, una emoción en la sangre a través de todas mis venas ...”
    Debido a un conflicto con un profesor de latín, Pindarello se vio obligado a abandonar la Universidad de Roma y fue a Bonn con una carta de recomendación de uno de sus otros profesores. Su estancia en Bonn, que duró dos años, fue apasionada en cuanto a vida cultural. Leyó a los románticos alemanes, Jean Paul, Tieck, Chamisso, Heine Heinrich y Goethe. Él comenzó a traducir las Elegías Romanas de Goethe, compuso la Boreali Elegie a imitación del estilo de las Elegías Romanas, y se puso a meditar sobre el tema del humorismo a través de las obras de Cecco Angiolieri.
     En marzo de 1891 recibió su doctorado bajo la dirección del profesor Foerster en Filología Románica, con una tesis sobre el dialecto de Agrigento: Sonidos y la Evolución de los Sonidos en el Discurso de Craperallis. La estancia en Bonn fue de gran importancia para el joven escritor, fue allí donde él forjó los lazos con la cultura alemana que se mantendrían constantes y profundos para el resto de su vida.
     Después de una breve estancia en Sicilia, durante el cual el matrimonio planeado con su prima fue cancelado, Pindarello regresó a Roma, donde se convirtió en amigo de un grupo de escritores y periodistas, tales como Ugo Fleres, Gnoli Tomaso, Ferri Giustino y Luigi Capuana. Fue Capuana quien lo animó para dedicarse a la escritura narrativa. En 1893 escribió su primera obra importante, Marta Ajala, que se publicó en 1901 con el título de l'Esclusa. En 1894 publicó su primera colección de cuentos, Amore senza Amori. 1894 fue también el año de su matrimonio. Siguiendo la sugerencia de su padre se casó con una chica tímida, retraída de una buena familia de origen Agrigento educada por las monjas de San Vincenzo: Antonietta Portulano.
     Los primeros años de matrimonio provocado en él un nuevo fervor por sus estudios y escritos: sus encuentros con sus amigos y los debates sobre el arte continuaron, más vivaces y estimulantes que nunca, mientras que su vida familiar, a pesar de la incomprensión completa de su esposa con respecto a la vocación artística de su marido, procedió relativamente tranquila con el nacimiento de dos hijos (Stefano y Fausto) y una hija (Lietta). Mientras tanto, Pirandello intensificó sus colaboraciones con directores de periódicos y otros periodistas en revistas como La Crítica y La Tavola Rotonda en donde publicaría, en 1895, la primera parte de la Dialoghi tra Il Gran mí e Il Piccolo Me.
     En 1897 aceptó una oferta para enseñar la lengua italiana en el Istituto Superiore di Magistero di Roma, y ​​en la revista Marzocco publicó varias páginas más de Il Dialoghi. En 1898, con Italo Falbo y Fleres Ugo, fundó el semanario Ariel en el que publicó la obra de un solo acto L'Epilogo (más tarde cambiado el título de la obra a La Morsa) y algunas novelas (La Scelta). Los finales del siglo 19 y principios del 20 fueron un período de productividad extrema de Pirandello. En 1900, publicó en la revista Marzocco algunas de las más célebradas de sus novelas (Lumie di Sicilia, La Paura del Sonno ...) y, en 1901, la colección de poemas Zampogna. En 1902 la primera serie de Beffe della Morte e della Vita salió. Ese mismo año vio la publicación de su segunda novela, Il Turno.
     El año 1903 fue fundamental para la vida de Pirandello. La inundación de las minas de azufre de Aragón, en la que su padre Stefano había invertido, no sólo una enorme cantidad de su propio capital sino también la dote de Antonietta, precipitó el colapso de la familia. Antonietta, después de abrir y leer la carta que anunciaba la catástrofe, entró en un estado semi-catatónico y se sometió a un shock psicológico donde su equilibrio mental quedó profundamente e irremediablemente agitado.
     Pirandello, quien había albergado inicialmente pensamientos de suicidio, intento remediar la situación lo mejor que pudo, aumentando el número de sus lecciones en italiano y alemán. Además, Pirandello pidió una compensación en las revistas  las que había regalado sus escritos y colaboraciones. Sin embargo, en revista La Antología Nueva, dirigida por G. Cena, por su parte, la novela de Pirandello que había estado escribiendo, mientras se daba esta situación horrible (mirando a su mujer mentalmente enferma en la noche después de un día entero dedicado al trabajo) comenzó a aparecer en episodios. El título era Il fu Mattia Pascal
     Esta novela contiene muchos elementos autobiográficos que han sido fantásticamente re-elaborados. Fue un éxito inmediato y rotundo. Traducido al alemán en 1905, esta novela abrió el camino a la notoriedad y la fama que le permitió a Pirandello publicar para los editores más importantes, como Treves, con el que publicó, en 1906, otra colección de novelas cortas, Erma Bifronte. En 1908 publicó un volumen de ensayos titulados Arte e Scienza y el importante ensayo L'umorismo en donde se inició el debate legendario con Benedetto Croce que continuaría con el aumento de la amargura y el veneno de ambos lados durante muchos años.
     En 1909 la primera parte de la novela, I Vecchi e I Giovani fue publicada en episodios. Esta novela narra la historia del fracaso y la represión de los Fasci Siciliani en el período de 1893-94. Cuando la novela apareció en 1913, Pirandello envió una copia de la misma a sus padres por su quincuagésimo aniversario de bodas junto con una dedicatoria que decía que "sus nombres, Stefano y Caterina, viven heroicamente". Sin embargo, mientras la madre es transfigurada en la novela en la figura de otro mundo de Caterina Laurentano, el padre, representado por el marido de Caterina, Stefano Auriti, sólo aparece en las memorias y recuerdos, ya que, como se observó agudamente por Leonardo Sciascia, “él murió censurado en un sentido freudiano por su hijo que, en el fondo de su alma, es su enemigo.” También en 1909, Pirandello comenzó su colaboración con el prestigioso diario Corriere della Sera, en la que publica las novelas Mondo di Carta (Mundo de Papel), La Giara, y, en 1910, Non è Una Cosa Seria y Pensaci, Giacomino! (Piénsalo, Giacomino!) En este punto la fama de Pirandello como escritor fue cada vez mayor. Su vida privada, sin embargo, fue envenenada por la sospecha y los celos obsesivos de Antonietta, que comenzó a tornarse violenta físicamente.
     En 1911, mientras que la publicación de novelas y relatos cortos continuó, Pirandello terminó su cuarta novela, Suo Marito, republicada póstumamente (1941), totalmente revisada y en los primeros cuatro capítulos, con el título Giustino Roncella nato Boggiòlo. Durante su vida, el autor nunca volvió a publicar esta novela, por razones de discreción. Dentro de esta novela, hay referencias implícitas a la escritora Grazia Deledda. Pero la obra que absorbió la mayor parte de sus energías en este momento era la colección de cuentos, La Venganza de Cane, Quando il S'E capito Giuoco, Il treno ha fischiato, Filo d'aria y Berecche e la guerra. Se publicaron todos de 1913-1914 y son todos los que ahora se consideran clásicos de la literatura italiana.
     Dado que Italia entró en la Primera Guerra Mundial, el hijo de Pirandello, Stefano, se ofreció como voluntario para los servicios y fue hecho prisionero por los austriacos. En 1916, el actor Angelo Musco recitó con éxito la comedia en tres actos que el escritor había extraído de la novela Pensaci, Giacomino! y la comedia pastoral Liolà.
     En 1917, la colección de novelas cortas, E Domani Lunedì (Y Mañana, lunes ...) fueron publicadas, pero el año estuvo marcado principalmente por importantes representaciones teatrales: Così è (se vi pare) (Tienes razón (si te parece)) , i ciancianeddi Il y A cu birrita 'dell'onestà Piacere (El Placer De La honestidad). Un año más tarde, Non è Una Cosa Seria (Pero No es Nada Grave) y Gioco delle parti Il (El juego de Roles) fueron ambos producidos en el escenario. Mientras tanto, con el fin de la guerra, el hijo de Pirandello, Stefano, volvió a casa.
     En 1919, a Pirandello no le quedó otra alternativa que tener a su mujer internada en un asilo. La separación de su esposa, hacia quien, a pesar de los celos mórbidos y las alucinaciones, siguió sintiendo una atracción muy fuerte, causó un gran sufrimiento de Pirandello quien, aun en fecha tan tardía como 1924, creía que todavía podía cuidar adecuadamente de ella en casa. Antonietta, sin embargo, no podría abandonar el asilo, que era a la vez su prisión y su protección contra el resurgimiento de los fantasmas de su mente abrumada, que la hicieron ser la enemiga apasionada de un hombre, cuyo mundo era profundamente ajeno e irremediablemente distante de ella.
     1920 fue el año de las comedias, tales como Por Tutto Bene, Come Prima Facie Meglio Di, y La Morli Signora. En 1921, la Compagnia di Dario Niccomedi escenificó, en el Valle di Roma, la obra, Sei Personaggi en Cerca d'Autore, Seis Personajes en Busca de Autor. Fue un fracaso estrepitoso. El público se dividió entre partidarios y adversarios, los últimos de los cuales gritaron: "¡Asilo, asilo!" El autor, que estuvo presente en la representación de su hija Lietta, se vio obligado a correr casi literalmente fuera del teatro a través de una salida lateral para evitar a la multitud de enemigos. El mismo drama, sin embargo, fue un gran éxito cuando se presentó en Milán. En 1922 y nuevamente en Milan, Enrico IV fue representada por primera vez y fue aclamada universalmente como un éxito. La fama de Pirandello, en este punto, había pasado las fronteras de Italia, el Personaggi Sei se llevó a cabo en Inglés en Londres y en Nueva York.
     En 1925, Pirandello, con la ayuda de Mussolini, asumió la dirección artística y la propiedad del Teatro d'Arte di Roma, fundada por el Gruppo degli Undici. Él declaró públicamente que era "... un fascista porque soy italiano". Por su devoción a Mussolini, la revista satírica Il Becco Giallo solía llamarlo him P. Randello (randello significa club, italiano). Algunos círculos académicos argumentan que su relación con Mussolini fue un movimiento de su carrera calculado, dándole a su teatro publicidad y subsidios.
     Su obra de teatro, Los Gigantes de la Montaña, se ha interpretado como evidencia de su constatación de que los fascistas eran hostiles a la cultura y, sin embargo, durante una aparición más tarde en Nueva York, Pirandello distribuyó un comunicado anunciando su apoyo a la anexión italiana de Abisinia. Incluso más tarde, dio su medalla de Preimo Nobel al gobierno fascista que la fundió para Campaña de Abisinia. En cualquier caso, su apoyo a Mussolini le trajo fama internacional y una gira mundial, presentando su trabajo en Londres, París, Viena, Praga, Budapest, Alemania, Argentina y Brasil.
     Expresó públicamente su creencia apolítica, diciendo: "Yo soy apolítico, sólo soy un hombre en el mundo ..." Él tenía continuos conflictos con los líderes fascistas famosos. En 1927 rompió su carnet de socio fascista en pedazos delante de la aturdida secretario general del partido fascista. Por el resto de su vida, Pirandello estubo siempre bajo la estrecha vigilancia de la policía secreta fascista, la OVRA.
     La idea del teatro en Pirandello sufrió un cambio significativo en este punto. La concepción del actor como un traidor inevitable del texto, como en el Personaggi Sei, dio paso a la identificación del actor con el personaje que él o ella interpretaba. La compañía tomó sus actuaciónes a lo largo de las principales ciudades de Europa y el repertorio pirandelliano se hizo cada vez más conocido. Entre 1925 y 1926 la última y quizás más grande novela de Pirandello, Uno, Nessuno e Centomila (Uno, Nadie y Cien Mil), fue publicada en episodios en la revista Fiera Letteraria.
     Pirandello fue nombrado Académico de Italia en 1929 y en 1934 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Murió estando solitario en su casa, en la calle Via Bosio, Roma el 10 de diciembre de 1936.
     El arte de Pirandello surge de un clima de profunda decepción histórica y cultural. La herida causada por la traición de Il Risorgimento nunca se curó definitivamente en el alma del escritor. Pirandello agregó a un difuso sentimiento de desilusión en Italia a finales del siglo 19, un desdén sureño, por la política de la nueva Italia unificada con respecto a los problemas del sur. Pirandello adaptó el título de un discurso de F. Brunetière, Banqueroute de Science para describir la actitud que él sentía hacia Il Risorgimento: La Bancarotta del Patriottismo (La Bancarrota de Patriotismo). Esta es la frase que utilizó en su novela I Vecchi ei Giovani (El Viejo y el Joven) (1909-1913), una "populosa y extremadamente amarga," novela que parece indicar un alto brusco en la búsqueda del autor en la conciencia individual que había comenzado en Il Fu Mattia Pascal (El Difúnto Mattia Pascal).
     En I Vecchi e I Giovani, Pirandello traza un vasto fresco histórico, que se inscribe dentro de toda una tradición del sur de Italia de la escritura, comenzando con el Vicerè de Roberto. La novela, ambientada en Sicilia durante el período de la Fasci Siciliani, delinea el "fracaso ... de los ntres mitos" (del Risorgimento, de la unidad, del socialismo), reemplazándolos con un vacío "sin esperanza ... sin posibilidad de la redención." Pero a pesar de las conexiones bien documentadas y evidentes a un panorama preciso de la crisis, hay una clara impresión de que la discordancia de Pirandello con la realidad era pre-existente. El profundo descontento y malestar general, las razones de la infelicidad yacen dentro de él, como es siempre el caso, al igual que tal descontento yace "en cada persona de naturaleza introspectiva, está en cada persona de un carácter poético." Según Eugenio Montale, con respecto a lo anterior, Pirandello se refería a sí mismo. Por otro lado, es probable que sea precisamente ese desacuerdo con la realidad, lo que constituye la verdadera riqueza de artista que, a causa de su incapacidad de adaptación, debe abandonar los caminos trillados para recorrer caminos nuevos y diferentes u olvidados.
     Animados por una furiosa necesidad de despejar todas las certezas falsas, Pirandello desmonta sin piedad cada punto ficticio de referencia. Este inicial, y resuelto epojé abre horizontes de desconcertante inquietud. La realidad es vista como sin orden y contradictoria e inalcanzable. Evade cualquier intento de clasificación y viola sistemáticamente el nexo obligatorio de causa y efecto que, incluso aún cuando parece ahogar en una inquebrantable concatenación la más mínima chispa de la libertad, nos permite conocer, predecir y por lo tanto dominar.
     Ya en la primera novela de Pirandello, L'Esclusa, parece claro que nada es predecible, por el contrario, cualquier cosa y todo puede suceder. No hay anclaje seguro o hechos objetivos que pueden ser correlacionados con los juicios y comportamientos. ¿Qué es un hecho para Pirandello? Sólo una simple concha vacía que se puede rellenar con un significado mutable según el momento y el sentimiento predominante. Un irrelevante grano de arena puede asumir la aplastante consistencia de una avalancha que abruma. Esto es lo que pasa con Marta Ajala, la protagonista de l'Esclusa, quien, siendo sorprendida por su marido en el acto horrible de leer una carta de un amante, es arrojada fuera de la casa a pesar de que no ha hecho nada malo. Pero ella será aceptada y tomada de nuevo, y aquí radica la genialidad humorística, esto sucede sólo después de que ella ha cometido realmente el hecho por el que fue acusada injustamente al principio.
     La oscura voluntad que domina en gran medida en la primera novela, sale a la luz en Il Turno (1902), la segunda novela de Pirandello. Aquí se manifiesta a si mismo como el accidente irracional, descuidado y malévolo, que se desvía al subvertir todos los planes humanos o programas para el futuro. Las expectativas de Marcantonio Ravi no son ciertamente ilusiones quiméricas, sino que representan la proyección normal en el futuro de lo que ha ocurrido muchas veces antes y que es de suponer, va a suceder de nuevo.
     Su atractiva hija Stellina, piensa que el sabio Marcantonio, la sacrificara a ella por un corto tiempo al casarse con el viejo pero rico don Diego, que, según todas las predicciones del sentido común, va a morir muy pronto. Stellina entonces será inmensamente rica y podrá casarse con su verdadero amor, Pepe Alletto. ¿No es el plan perfecto de Marcantonio? Pero, como todo el mundo sabe, a veces las cosas no salen según lo planeado y, en este caso, Don Diego, a pesar de un ataque de neumonía, encuentra la fuerza para sobrevivir. Sin embargo, el abogado Ciro Coppa, quien después de la anulación del odioso primer matrimonio llega a ser el segundo marido de Stellina muere de repente y de forma inesperada. Tal vez ahora  finalmente será el turno de Pepe. Pero, ¿quién puede estar seguro?
     La realidad es, en el más profundo nivel, incognoscible. Una ley secreta maneja el gran espectáculo y, a menudo diseños caprichosos de circunvoluciones y desconcertantes coincidencias, no son ciertamente explicables a la luz de una visión determinista del universo. En este confuso laberinto el hombre se pregunta a sí mismo sobre sí mismo, pero realiza el descubrimiento aterrador de la incertidumbre de su identidad. La oscuridad de la realidad externa encuentra de esta manera, en una especie de misticismo irónico y de cabeza, una correlación en el interior oscuro que pone en crisis la estabilidad misma del ser.
     Volvier los ojos de uno, hacia la conciencia de uno mismo significa ver con horror la amenaza de la desintegración, de desagregación del Yo. En 1900, Pirandello ya había leído el breve ensayo de Alfred Binet, Les Alteraciones de la Personnalité (1892) sobre las alteraciones de la personalidad. Citó varios extractos de su artículo Scienza e Critica Estetica. Las observaciones experimentales de Binet habían al parecer científicamente demostrado la extrema mutabilidad de la personalidad: un conjunto de elementos psíquicos en coordinación temporal, que puede derrumbarse fácilmente, dando lugar a distintas personalidades igualmente equipadas con voluntad e inteligencia, que cohabitan en el mismo individuo.
     Pirandello comparte la opinión de que el yo no es unitario. Lo que parecía un núcleo irreductible y monolítico se multiplica como en un prisma, el yo exterior no tiene la misma cara que el yo secreto, es sólo una máscara que el hombre inconscientemente asume con el fin de adaptarse al contexto social en el que encuentra a sí mismo, cada uno de una manera diferente, en un juego de perspectivas móviles.
     Obligado sólo por un sentido interior de necesidad, amueblado con diferentes instrumentos y con el objetivo de otras perspectivas, Pirandello se aventura por propia iniciativa, hacia un territorio que más tarde se terminan en el psicoanálisis freudiano y la psicología analítica de Carl Jung. Jung publicó su obra El Yo y el Inconsciente en 1928. En este trabajo, Pirandello intenta investigar científicamente la relación entre el individuo y la psique colectiva, entre el ser que aparece y el ser profundo. Jung llamó al ser que aparece una persona diciendo que "... el término es realmente apropiado porque originalmente persona era la máscara que usaban los actores y también se indica la parte que él representaba". El personaje es "lo que se presenta," una fachada tras la que se esconde el verdadero individuo o ser.
     Es difícil no ser sorprendido e impresionado por la sabiduría de Pirandello, quien había estado empleando estos conceptos en su arte a partir de su primera novela. Pero dentro del género de las novelas, fue con Mattia Pascal que Pirandello que inauguró la serie de personajes a quien él asignaría a la ardua tarea de buscar su propia autenticidad en este sentido heideggeriano. Pero en el vacío dejado por su presunta muerte, de hecho, Mattia rápidamente reconstruye otra persona que, sólo en apariencia es diferente de la primera, en realidad representa su grotesco doble. El viaje de Mattia, sin ningún destino preciso o utilidad práctica, puede asemejarse a la versión moderna del gran tema romántico de la vagancia.
    Pero Mattia no tiene nada en común con el alegre bueno para nada de Joseph von Eichendorff, quien con el único acompañamiento de su violín abandona el hogar paterno y abre los ojos ingenuos al transitorio espectáculo del mundo. Y él también no tiene nada de Knulp, el más moderno vagabundo de Hermann Hesse y otros personajes de este género. Él no es un hombre inocente o ingenuo, libre de todas las constricciones de la sociedad. Sus viajes no son felices, pero están llenos de los olores acres de las vías del tren y las estaciones y son un conjunto obsesivo y poco concluyente de los movimientos que al final lo llevarán de vuelta fatalmente al punto de partida.
    La disociación de Mattia del universo burgués basado en el dinero y la ganancia sólo, se manifiesta vengativamente en el ejercicio de su virilidad con Oliva la hermosa, la esposa del ávido administrador, Batta Malagna, quien había sustraído previamente de él, todas las pertenencias de Mattia. Oliva se embaraza y a través de un juego sutil de las sustracciones y adiciones grotescas todo el mundo es finalmente recompensado.
     Este no es el eros de Klein, el protagonista de la novela corta de Hesse, Klein y Wagner, publicada en 1920, la cual ofrece analogías sorprendentes con Mattia Pascal. Klein, un pequeño y miserable burócrata, exactamente igual a Mattia, huye horrorizado de su propia personalidad exterior en busca de su ser más profundo. En el camino, se encuentra con la bailarina Teresina y experimenta la franca fascinación sexual de los cabellos rubios, de los gestos en confianza y agudos, de las medias apretadas en sus piernas suaves y largas. Un tímido reservado, por otra parte, mantiene a Mattia (y su autor) lejos de la poderosa fuerza, perturbadora de Eros que se transforma en una dulce atracción enfermiza, con olor a polvos de talco, por la exangüe Adriana, sorprendida con su camisón en la casa de Paleari.
     Pirandello es un autor que no se deja tomar por sorpresa en los territorios del inconsciente, su arte no es un escape en las sombras ni representa un plano de conflicto directo con los fantasmas interiores del hombre. Sus escritos, aunque perfectamente en línea con gran parte del arte de finales del siglo 19 y principios del siglo 20, nunca se ahoga en desagregación pero lúcidamente transcrito. La atmósfera onírica y alucinatoria de las pinturas de O. Redon o de los diseños de A. Kubin son completamente ajeno a la sensibilidad de Pirandello.
  En Pirandello, el inconsciente no tiene dos aspectos, uno positivo y uno negativo, uno que puede destruir y que puede salvar. El elixir del diablo nunca puede llegar a ser el néctar de los dioses. Es por eso que el claro escrutinio de los monólogos interiores de tantos personajes (Mattia Pascal, Vitangelo Moscarda, Enrico IV, etc.) se convierten en una pura  corriente pura de la conciencia como en el Ulysses de Joyce, sino que se mueve dentro de los límites de una conciencia, humorísticamente recompuesta sólo para registrar, de manera desconcertante pero también de manera grandemente lúcida, a través de la narración, su propia derrota. El mordaz y doloroso escrito asume de esta manera la responsabilidad de representar el único hilo común de una precaria y comprometida identidad.
     El compromiso de Pirandello como narrador y dramaturgo gira en torno a la imposibilidad de la liberación. Y, a veces, la estructura narrativa y dramática en sí hace, hincapié en la quemante derrota, volviendo a conectar los puntos de partida con los puntos finales, en una especie de trágico carrusel. El carácter casi siempre ejemplifica o lúcidamente denuncia su derrota. En una Sicilia, que fue permeada por crueles prejuicios con olor a agua bendita transformada en un cenicero, personajes anti-heroicos, "poveri christi," traza el gráfica de la soledad y de la alienación. El autor les sigue en el enredado caos con esa "compasión implacable," que representa la riqueza ingrata de su visión humorística en la que se mezclan el dolor y la risa, la participación y el desapego.
     La novela Suo Marito (1911) señala un momento especialmente importante en la producción narrativa de Pirandello. La protagonista, Silvia Roncella, es un escritora. Con ella, Pirandello intenta investigar los procesos de creación artística y las relaciones entre el arte y la vida. El artista para Pirandello, lo que está muy cerca de Schopenhauer, se aleja completamente de las relaciones normales entre las cosas y de los impulsos de su personalidad individual (principium individuationis) con el fin de captar la esencia más allá de la existencia. Silvia es un verdadero artista. En ella, la actividad creadora está dictada exclusivamente por una "necesidad,"natural.
     Contrapuesta a ella esta, su esposo Giustino, que trata miles de diferentes vías con el fin de asegurar que el arte de su esposa reciba un reconocimiento concreto (¡económico, por supuesto, económico!). Es él quien pasa su tiempo charlando con los actores mientras ponen en escena dramas de su esposa, él es el que sugiere, quien estimula, quien establece relaciones con los críticos y periodistas. Sin él, tal vez nadie sabría de su esposa y de sus cualidades artísticas. Este menudo hombre es descrito por Pirandello con gran vivacidad en una niebla de lástima y desprecio. Giustino es simplemente hecho de esa manera. Él tiene que doblar todo, incluso las más altas cosas, a la dimensión de la utilidad. Silvia es lo contrario absolutamente, ella es la voz de la supremamente desinteresada creación artística y experimenta momentos de pura contemplación, cuando se olvida, se convierte en "el ojo límpido del mundo".
     La agrupación, deliberadamente no amalgamada, de lo antiguo y lo nuevo, de tormentos lúcidos de la razón y de los deseos desesperados de lugares inmemoriales de descanso, representa la cifrada característica de este sorprendente autor que ciertamente no atenúa los contrastes y contradicciones. 
La novela Quaderni di Serafino Gubbio Operatore (1925) nos introduce en el mundo del cine, un mundo con el que Pirandello tenía una relación contradictoria y problemática. Aunque estuvo fascinado por ella, la condenó como una degeneración mecánica de la actividad creadora del artista. Con el personaje de Serafino Gubbio, operador de cine, Pirandello reflexiona sobre el papel cada vez más invasor de la ciencia y la tecnología. La inseguridad del hombre moderno, la multiplicación de perspectivas, la falta de un punto único de referencia se deben, en su opinión, a la falta de una cultura positivista para responder a las necesidades y preguntas últimas del hombre. La ciencia ha corrompido los ingenuos márgenes de la religión y se fracturado la perspectiva antropocéntrica, la fuente de la seguridad para el hombre en el pasado. El hombre; la medida del universo, el libre forjador de su propio destino, que pudo hacer que Pico della Mirandola exclamara con orgullo:
   “¡Qué cosa tan divina es el hombre!" Ahora es sólo un "pequeño gusano", con la conciencia de ser tal. Y es sin duda el más infeliz de las criaturas. El “animal” de hecho, sólo sabe lo que le es necesario para vivir, el hombre tiene en sí algo "superfluo", porque él propone a sí mismo "el tormento de ciertos problemas destinados a permanecer sin resolver en este mundo," como Stefano señala con lucidez. De ahí la superioridad del hombre sobre los demás animales, porque Pirandello, siguiendo las huellas de Leopardi en el Operette Morali y el "sublime" Canto Notturno, se siente abrumado por pesadas preguntas sin respuesta.
     En estos tiempos dominados por la tecnología, sin embargo, el "superfluos" del hombre puede ser ofrecidos, en una especie de éxtasis irónico y de cabeza, a un inanimado y cruel Moloch, como le ocurre a Serafino que alcanza el estado perfecto de la indiferencia, adaptando a si mismo por completo, los mecanismos imperiosos de la cámara y llegando a ser, al final de la novela, totalmente mudos, enterrados en un aséptico “ silencio de las cosas".
     En esta extraña geografía de naufragios, un solo personaje, el muy lúcido Vitangelo Moscarda, protagonista de la última novela de Pirandello, Uno, Nessuno e Centomila, se acerca a una autenticidad sufrida. Después de la dislocación humorística inicial del personaje (todo el mundo a su alrededor  ha formado por si mismo una persona "Vitangelo,"  pero él va a fracturar malévolamente estas inconsistentes máscaras), y con la complicidad de un espejo, trata de sorprender a la cara interior de su verdadero yo. Pero el espejo no ofrece ninguna garantía de conocimiento, y el resultado es más que una duplicación tragicómica. En páginas dominadas por aguda tensión, Pirandello diseña el drama cómico de lo improbable del conocimiento de un yo interior que, como Prometeo, cambia continuamente y elude todo intento de ser comprendido.
     La alienación de uno mismo experimentada por Italo Svevo a través de los diversos "accidentes" de la existencia en su irónico libro, Zeno di Coscienza se convierte aquí en una inmersión vertiginosa en la búsqueda del profundo yo. Más allá de las deformantes estratificaciones exteriores que, al igual que las máscaras expresionistas de George Grosz o Dix Otto, rigidizar pero no expresan, el yo, privado de un núcleo, está totalmente perdido y aquí no existe si no como transformación y mutabilidad. Pirandello, en esta novela, se hace eco del punto de vista de David Hume, del yo como un conjunto de sensaciones transitorias. El monólogo interior de Vitangelo acompaña las fases de su búsqueda y su descubrimiento con un comentario interior, muy moderno en estilo, sorprendentemente dúctil en el tono y en el registro expresivo.
     Vitangelo, después de haber llevado a la crisis el yo sin vacilar hasta sus consecuencias extremas, en las páginas finales se enfoca en la liberación. Él abandona todo vínculo con la realidad. El camino hacia la autenticidad debe pasar por el itinerario de la renuncia y de la soledad. Finalmente liberado, Vitangelo se siente en todos los sentidos fuera de sí mismo. Es una experiencia que um místico conoce bien. Como Meister Eckhart lo expresó así: "En el momento en que soy esto o aquello, no soy nada ni tengo nada. Desconectate tu mismo, de manera que ya no eres, ni tienen, esto o aquello, y entonces estarás en todas partes ... cuando tú no es ni esto ni aquello, eres todo."
     Vitangelo, no "accidentalmente," sino con un acto de voluntad renaciente, reduce el yo a la sensación de sentir su propia existencia en las cosas que le rodean. El yo que permanece es el profundo yo en perpetua transformación, donde no existen barreras más entre interior y exterior: “Este árbol, que respiro sacudiendo las hojas nuevas. Yo soy ese árbol. Árbol, nube, el libro de mañana o el viento, el libro que he leído, el viento que bebo. Todos lo exterior, caprichoso.”

La Tía Mimma
de Luigi Pirandello

     Una noche de enero en un pueblo de Sicilia, una mujer sufría los dolores del embarazo. La señora de la casa decía, “Tía Mimma, ¡Por fin llegó! Desde hace dos horas la pobre Antonia empezó con los dolores y cada vez son mas fuertes.” La tía Mimma explicó, “Tuve que atender a la mujer de Pietro Massarini. Fue una niña…” La tia Mimma empezó a trabajar y la mujer no acababa de sufrir los dolores. La tía Mimma decía, “Vamos, debes ser fuerte y no olvidar lo que dijo nuestro Señor: 'Parirás con dolor.' En cada madre los dolores redimen ante Dios el pecado original.” Poco después, fuera de la habitación, la hermana de la paciente hablaba con el futuro papá, diciendo, “No te angusties Enrico; ella saldrá bien. La tía Mimma esta a cargo de todo.” Enrico preocupado dijo, “Mi pobre Antonia. Está sufriendo mucho.”  La hermana de Antonia dijo, “Es el precio que pagamos las mujeres por un hijo.” Enrico dijo, “Si usted estuviera adentro de la habitación me sentiría más tranquilo. Por favor, vaya a ver qué sucede.” La señora dijo, “No, la tía Mimma me dijo que saliera. Igual hizo con mi madre cuando nació Antonia. No le permitió estar en el cuarto.” Cuando escucharon la voz de un niño llorar, Enrico dijo, “¡Ya nació!” Momentos mas tarde, la tía Mimma cargaba al recién nacido en sus brazos, diciendo, “Bien. Aquí está este hermoso niño, fuerte y robusto como pocos de los que he traído al mundo.” Enrico dijo, “Mi hijo…¡Soy el padre de esta criatura!” La tía Mimma dijo, “Antonia esta muy cansada. No fue un parto fácil. Hay que dejarla dormir. Cuando se despierte, ya saben: que tóme caldo de gallina.” Enrico dijo, “Lo que usted diga, tía Mimma.” Cuando entraron a la habitación la tía Mimma dio el niño a Antonia. Entonces la señora dijo, “Está muy pálida. Apenas puede abrir los ojos.” La tía Mimma dijo, “Se repondrá pronto. Así son todas las primerizas. Bueno, me voy. Estoy cansada. Hoy he traído tres niños al mundo.”
     Debido a su profesión en el pueblo, la persona más respetada, considerada y admirada era la tía Mimma. Una mañana, un trabajador madrugador del pueblo, vio pasar a la Tía Mimma y le dijo, “Buenos días tía Mimma,” ella le dijo, “Buenos los tenga usted don Emilio.” Enseguida tía Mimma encontró a Rosa, y le dijo, “¿Qué tal Rosa? ¿Cómo están los traviesillos de tus hijos?” Rosa dijo, “Muy bien, creciendo sanos y fuertes. El pequeño Mario estuvo con catarro pero ya se encuentra perfectamente.” Tía Mimma dijo, “Me alegra saberlo. Todos son como mis hijos y por todos me preocupo siempre.” Rosa dijo, “Bien lo sabemos. ¡Ay, qué habría sido de nosotras sin usted!” Tía Mimma dijo, “Pueden estar tranquilas que aún pienso vivir muchos años.” Rosa le dijo, “Pues yo creo que nuevamente la voy a necesitar.” Tía Mimma preguntó, “¿No me dirás qué…?” Rosa dijo, “Sí…no imagine que tan pronto pero…” Tía Mimma dijo, “Bueno, no te preocupes. Saldrás con bien, para eso estoy aquí.” Rosa dijo, “Gracias Tía Mimma.” Tía Mimma continuó, “Ahora voy a visitar a Roberta Casserini; anoche tuvo una linda niña.” Rosa le dijo, “Me alegro. Después de dos varones, Roberta deseaba una mujercita.”
     En tanto, en una calle cercana, dos hermanitos y dos niñas conversaban, “Luigi, dile a Lucía cuanto pagó papá por mi.” Luigi dijo, “No me acuerdo, pero fue mucho dinero…¡Más de cien onzas…!” Una de las niñas dijo, “Estas mintiendo. Nadie puede costar tanto.” Lucía, la otra niña dijo, “Pues, yo si. Mi papá no miente, además, él tiene suficiente dinero.” El hermanito mayor dijo, “También mis padres pagaron muchas onzas por mi; como soy el mayor, costé más que mis hermanos.” Una de las niñas dijo, “No lo creo, si los niños fueran tan caros, los padres no tendrían mas que uno o dos, y ustedes son ocho hermanos.” Lucía dijo, “Lo que pasa es que tu acabas de llegar a este pueblo. Quizá en donde vivías son más baratos.” Luigi dijo, “Es que estamos muy lejos de Palermo, que es de donde traen a los bebes.” Una de las niñas dijo, “¿Hay que ir a buscarlos a Palermo? No les creo.” Luigi dijo, “Allá viene la tía Mimma. Pregúntale a ella; ya veremos si después continúas dudando.”
     Los niños corrieron hacia la anciana. Entonces, uno de los niños dijo, “Tía Mimma, Lucía dice que no venimos de Palermo y que los niños no cuestan tan caros como nos han contado.” Tía Mimma dijo, “No debes hablar así, pues soy yo quien va a comprar a los niños.” Lucía dijo, “¡Usted!” Tía Mimma dijo, “Yo he ido por todos los niños de este pueblo y también por sus padres…” Lucía dijo, “¿Y va a Palermo?” Tía Mimma dijo, “Exactamente. Allí elijo al que me han encargado. A veces un niño, otras veces una niña…” Tía Mimma continuó la explicación “Uno se marcha de noche, y al otro día, los papás ya tienen a su hijo.” Lucia dijo, “Palermo esta muy lejos. No se puede ir y venir en una noche y volver. Lo sé porque una vez mi papá tuvo que ir y el viaje les tomó tres días.” Luigi dijo, La Tía Mimma va y regresa en una noche. Lo ha hecho cientos de veces, ¿Verdad Tía Mimma?” Tía Mimma dijo, “Sí, durante mas de treinta años ya he perdido la cuenta.” Pero Lucias preguntó, “Y, ¿En qué vehículo, que sea más rápido que el tren, viaja?” Tía Mimma explicó, “Voy en una carroza de marfil, tirada por dos caballos blancos, sin cascabeles.” Lucía preguntó, “¿Por qué sin cascabeles?” Tía Mimma dijo, “Para no hacer ruido.” Lucía dijo, “Y, ¿Tiene que ir en la noche?¿No le da miedo las oscuridad?” Tía Mimma respondió, “No, las estrellas y la luna alumbran lo suficiente para no perderse en el camino.”
     La Tía Mimma tenía conciencia de la santidad de su oficio; de cuanta religiosidad existe en el acto del nacimiento. Entonces continuó su explicación, “Además, siempre hay que regresar de noche y en silencio, para que nadie vea a carroza.” A los ojos de los niños, la Tía Mimma, lo cubría todo con el velo del pudor. Lucía preguntó, “¿Porqué?” Tía Mimma dijo, “Porque el niño recién comprado no puede oír ningún ruido; se asustaría y, además, no puede ver la luz del sol al principio.” También hablando con mayores, la Tía Mimma no usaba jamás una palabra que moviera o aclarara aquellos velos. Entonces Lucía preguntó, “¿Es verdad que los papás le dan dinero para que los compre?” Tía Mimma dijo, “Sí, por eso tienen que trabajar mucho. Los niños cada día cuestan más.” La Tía Mimma hablaba de ellos con los ojos abajo y lo menos que podía. Luigi dijo, “Lucía no me cree que papá pagó mucho dinero por mi.” La Tía Mimma dijo, “Flavia es una de las niñas mas caras que he comprado, porque su papá la quiso rubia y con ojos azules. Estos ricitos de oro; tu boquita de fresa; tus ojos grandes y cariñosos con que miras, preciosa mía, costaron más de 200 onzas.” Flavia dijo, “¡Más de 200 onzas!” Luigi dijo, “¿Y cuánto costé yo, tía Mimma?” Tía Mimma dijo, “Un poquito mas porque eres niño. Los niños, amor mío, son más caros porque cuando son grandes trabajan y ganan bastante como papá. A tu papá también lo compré yo. Cuando era pequeñito, claro. Se lo traje a su carroza blanca a su mamá.” Preguntó Lucía, “¿Desde Palermo?”  Tía Mima dijo, “¡Por supuesto! Allí están los bebes más hermosos, inteligentes y también los más caros.”  
     Los pequeños miraban a la Tía Mimma como si se tratara de un ser maravilloso. Lucía dijo, “¿A mí también me habrán comprado en Palermo?” Tía Mimma dijo, “Seguramente porque eres muy inteligente y bonita…adiós, niños…” Mientras la vieron partir, Flavia preguntó, “¿Será una hada, la tía Mimma?” Luigi dijo, “Yo creo que si…le pregunté a mi mamá y dijo que no lo sabe, pero que es verdad que va a Palermo a buscar niños.” Luigi preguntó, “¿Dónde guardará las carroza y los caballos?” su hermanito le dijo, “No puede ser en su casa, tiene un patio muy pequeño. Allí no cabrían.” Flavia dijo, “La semana pasada mi mamá amaneció sintiéndose mal. En la tarde la fue a visitar la Tía Mimma. Y esa tarde mis padres compraron a mi hermano. La Tía Mimma lo fue a buscar a Palermo.” Lucía preguntó, “¿Y no viste cuando llegó la carroza?” Flavia dijo, “No, porque como mi madre se sentía enferma me llevaron con mi abuela. Al día siguiente cuando volvía mi casa, mi hermano ya estaba ahí.” Luigi le dijo, “A mi me sucedió lo mismo cuando nació mi hermano. Una mañana mi padre decidió llevarme a la casa de mi tío. Una semana después, al regresar, encontré a Gino. La tía Mimma aprovechó un viaje a Palermo y lo trajo.” Lucía dijo, “Yo tengo cinco hermanos. No creo que mis padres compren otro. Mi papá no es rico.”
     Mientras los niños permanecían en su mundo de fantasía creado por la tía Mimma, una mujer del pueblo embarazada dialogaba con la tía Mimma, “Ya me siento muy cansada. Ojalá éste bebé llegue hoy.”  La tía Mimma le dijo, “Ya le he dicho que aún falta para el alumbramiento, por lo menos una semana. Tenga paciencia…” La mujer le dijo, “¡Ay tía Mimma, qué sería de éste pueblo sin usted! No hay duda que ha dedicado su vida a un oficio muy hermoso, pero también muy sacrificado. A veces debe pasar noches enteras en vela; pues no solo tiene que atender a una de nosotras, sino a dos y hasta tres.” La tía Mimma dijo, “Eso no me importa…la verdad esto de traer niños al mundo, es a veces bastante triste. Cuando el bebé llega a casa de señores adinerados, es una felicidad para los padres y también para el pequeño. Pero cuando llega a casa de un pobre, se me rompe el corazón…y son tantos los que recibo en esas condiciones.” La mujer le dijo, “La entiendo tía Mimma. En los 35 años que lleva trabajando, en el pueblo todas las madres hemos requerido de sus servicios.” La tía Mimma le dijo, “Y así seguirá siendo. Sólo he ayudado a nacer a lo niños de aquí y lo haré hasta el día de mi muerte.” La mujer le dijo, “Tía Mimma, no hable de muerte. En nadie confiaríamos como en usted. . Si faltara, creo que nadie querría ya tener hijos.”
     Así estaban las cosas hasta que una mañana un hermano y una hermana se abrazaban en la estación de ferrocarril. El hermano le decía, “¡Hermana, qué alegría verte! Me parecía que este día no iba a llegar nunca.” Ella le dijo, “A mi también, pero ya ves, aquí estoy y me quedaré a tu lado.” Poco después ambos llegaban a una casa. Al entrar, la hermana dijo, “La casa es tal como me a imaginaba, Guido, ¡Me encanta!” Guido, su hermano, dijo, “Me alegro. La compré pensando en tí.” Ella le dijo, “Hermano, no tengo con qué agradecerte todo lo que has hecho por mi. Desde que murieron nuestros padres, me has protegido y cuidado. Gracias a ti pude estudiar y obtener un título en la universidad. Ahora ya no seré una carga.” Guido dijo, “No vuelvas a decir eso. La mayor satisfacción en mi vida ha sido darte una educación completa.” Ella le dijo, “Guido, no hay otro hermano mejor que tu en el mundo. Se que puedes mantenerme, pero deseo trabajar.” Guido le dijo, “Si quieres hacerlo, no seré yo quien se oponga…pero es preciso que sepas algo…sentémonos y te lo diré…”
     Ambos se sentaron en un sofá de la sala. Guido continuó, “En el año que llevo aquí, me he dado cuenta de que la gente es un poco…digamos, apegada a sus costumbres.” Ella le dijo, “Eso es natural, si así sucede en las ciudades, con mayor razón en los pueblos.” Guido le dijo, “Pues, en este caso, te perjudica. Por lo que he visto y escuchado, no va a ser fácil que te acepten.” Ella dijo, “¿Por qué? Aquí vive una mujer a la que todos llaman Tía Mimma, que es la que trae al mundo a todos los niños de este pueblo desde hace 35 años.” Ella dijo, “Si es así, debe ser alguien mayor y no le vendrá mal una ayuda.” Guido dijo, “No creo que le agrade la idea. La Tía Mima es considerada alguien muy especial en el pueblo, casi la veneran.” Ella dijo, “Es lógico y eso no me importa. No es mi intención quitarle su lugar, pero las pacientes podrán decidir con quién prefiere atenderse. Además, después de 35 años, debe estar cansada, y quizá, desea retirarse. Como no había quién la supliera, no podía hacerlo. Pero ahora he llegado yo, con mi flamante título universitario. Fui unas de las mejores alumnas. Adoro mi profesión. Es tan maravilloso ver nacer a un niño, sentirlo llorar por primera vez. Te aseguro que estoy deseosa de empezar a trabajar.” Guido dijo, “Quizá lo mejor será que hables con el médico, es un hombre muy amable. Él podría indicarte la mejor forma de abrirte paso.” Ella le dijo, “Es una buena idea, seguramente como médico me apoyará.” Guido dijo, “Espero que así sea, Elvira. Yo mismo te acompañaré para presentártelo.” Ella le dijo, “Gracias, hermano. Ya verás cómo muy pronto me habré hecho de una buena clientela.” Guido dijo, “Todo está en que sepas ganarte la confianza de las mujeres. Debes actuar con mucha cautela. Esto es muy diferente a Turín.”
     Al día siguiente, los hermanos hicieron la visita al médico del pueblo, quien los recibió diciendo, “Me da gusto que se quede en este pueblo, señorita. Y la felicito por su titulo, ¿Piensa usted ejercer su profesión?” Ella dijo, “Así es doctor.” El doctor dijo, “Ya le habrá contado su hermano que aquí tenemos una partera que atiende desde hace 35 años.” Ella dijo, “Así es. Pero no creo que eso sea problema. También me ha dicho que es una mujer mayor, y por lo tanto quizá ya desea retirarse.” El doctor le dijo, “No la tía Mimma. Además, todos los habitantes de aquí confían en ella como en sus ojos. Trajo al mundo a los que ahora son padres y madres. Los hombres la respetan; las mujeres la quieren; los niños la miran como a un ser sobrenatural.” Ella dijo, “¡Para los niños es un ser sobrenatural!¿Por qué?” El doctor dijo, “Pues la tía Mimma ha creado toda una leyenda acerca de la llegada de los bebés. Un verdadero cuento de hadas.”
     Cuando el doctor terminó de contar la historias de la carroza de marfil, los caballos blancos y los viajes Palermo, agregó, “Las madres están encantadas, pues es una forma fácil de responder, a veces las inoportunas preguntas de los pequeños.” La doctora le dijo, “Comprendo. Quizá yo no sepa inventar esas historias, pero les daré una atención esperada. Doctor no es mi intención quitar la clientela a la tía Mimma, pero sí trabajar.” El doctor dijo, “Lo entiendo. Tendrá que ganarse la confianza de las familias…es usted muy joven…” Ella dijo, “Pero no por eso menos competente. Estuve seis meses en el hospital de Turín y el jefe médico me felicitó por mi desempeño.” El doctor dijo, “Estoy seguro de que es usted muy capaz. En lo personal,, me alegro de que alguien con su preparación se quede entre nosotros. Si por mí fuer, tendría usted trabajo ahora mismo. Pero es poco lo que puedo hacer. La gente no es fácil de convencer. La tía Mimma lleva demasiados años como partera. Nadie dejaría de llamarla en el momento del alumbramiento.” La doctora dijo, “Doctor, no es mi intención quitar la clientela a la tía Mimma, pero si trabajar.” El doctor dijo, “La entiendo, tendrá que ganarse la confianza de las familias…es usted muy joven…” Ella dijo, “Pero no por eso menos competente. Estuve seis meses en el hospital de Turín y el jefe médico me felicitó por mi desempeño.” El doctor le dijo, “Estoy seguro de que es usted muy capaz, en lo personal me alegro de que alguien con su preparación se quede entre nosotros. Si por mí fuera, tendría usted trabajo ahora mismo. Pero es poco lo que puedo hacer. La gente no es fácil de convencer. La tía Mimma lleva demasiados años como partera. Nadie dejaría de llamarla en el momento del alumbramiento.” Ella dijo, “Doctor solo pido que se me de la oportunidad, y no me daré por vencida hasta que se me conseguirla.”
     Así estaban las cosas en el tranquilo pueblo, hasta que una mañana tía Mimma llegó a saludar a Ramona. “Bueno días Ramona, ¿Cómo están los niños?” Ella le dijo, “Muy bien, gracias a Dios…tía Mimma, ¿No se ha enterado de la noticia?” Tía Mimma dijo, “No, ha sucedido algo especial?” Ella le dijo, “Bueno, que llegó a vivir al pueblo la hermana de Gino Mosti, el joven arquitecto que hace un año se instaló aquí.” Tía Mimma dijo, “¡Ah! Debe ser la joven con la que me cruce hace poco en la plaza. Camina con aires de reina…y lleva sombrero. ¡Habrase visto cosa semejante!” Ramona dijo, “La misma. Es una señorita de ciudad, muy bonita, muy arreglada.” Tía Mimma dijo, “Seguro no tarde en marcharse. Aquí no hay distracciones para jóvenes como ella. Le aseguro que antes de quince días…” Ramona dijo, “No, tía Mimma. Supe que vivirá con su hermano, pues va a trabajar aquí.” Tía Mimma dijo, “¿Trabajar esa muchachita? Y, ¿en qué?” Ramona dijo, “Está diplomada en la universidad de Turín…estudió obstetricia…o, en buen cristiano, para partera.” La tía Mimma se exaltó, y dijo, “¿Qué dice? Una joven soltera ponerse a practicar semejante profesión, ¡Es cosa de santiguarse, c las dos manos, señor Dios!” Ramona dijo, “También yo casi me fui de espaldas cuando lo supe.” La tía Mimma dijo, “¡Qué desfachatez! Una chica tan joven y que sabe de esas cosas…¡No puede ser una criatura de Dios!” Ramona dijo, “Lo que es yo, no recurriría a ella por ningún motivo.” Tía Mimma dijo, “Claro que no, ¡Imagínese! No creí que viviría para ver algo semejante. Tendrá que irse. En este pueblo no hay cabida para desvergonzadas.” Ramona dijo, “Lo mismo pienso yo, tía Mimma.”
     Una semana después, tía Mimma estaba en casa de doña Estela y doña Leticia, dos damas del pueblo. Una de las mujeres le dijo a tía Mimma, “¿Le sirvo un cafecito Tía Mimma?” Tía Mimma dijo, “No gracias, nada de café. ¡Agua, necesito agua!” La mujer le dijo, “Está muy alterada tía Mimma, debe calmarse, no hay razón para que…” Tía Mimma dijo, “¡Cómo puede decirme que no hay razón!¡Ha puesto una placa en la puerta de su casa!” La otra mujer dijo, “¿Quién ha puesto una placa?” Tía Mimma dijo, “La diablesa, porque no puede ser una criatura de Dios. Una placa con su nombre y profesión.” La mujer dijo, “¡No lo puedo creer!” Tía Mimma dijo, “Como lo oye. Dice, Señorita Elvira Mosti, ¿Se dan cuenta? `Señorita, esa muchachita no tiene vergüenza. No sabe lo que es eso. Y debajo del nombre, dice: Diplomada, ¿Qué quiere decir diplomada?” Una de las mujeres dijo, “Que tiene un título, tía Mimma.” Tía Mimma dijo, “¡Ah, el título! La vergüenza titulada. ¿Quién va a llamar a esa descarada?¿Lo harían ustedes?” Una de las mujeres dijo, “¡Jamás! Imagínese permitir que alguien tan joven…¡Oh, no!¡Qué vergüenza!” La tía Mimma dijo, “Dicen que habla como un carretero…que dice a las claras todas las palabras como si fuera una cosa natural.” La otra mujer dijo, “¡Qué horror!” La mujer dijo, “Puede estar tranquila tía Mimma, estoy segura de que nadie querrá atenderse con ella.” Tía Mimma dijo, “Le confieso que no tengo ningún temor, al respecto. Cómo podría sabiendo cómo piensan las mujeres de este pueblo. Todas educadas en el temor de Dios y el respeto a las cosas santas, y ¡No hay nada más sagrado que traer un hijo al mundo. Pero ella no sabe de eso. Es capaz de decirle a los niños que no han sido comprados en Palermo…explicarles cómo los recibió la mamá…” La mujer dijo, “¡Eso no!¡No lo permitiremos! No se preocupe tía Mimma, ella se irá. Nada tiene que hacer en este pueblo.”
     Pero a pesar de la seguridad con que la tía Mimma hablaba, y las palabras de sus clientas, la joven se había transformado en una obsesión para la tía Mimma. Mientras la doctor pasaba junto a ella bien vestida, la tía Mimma pensaba al verla, “Allá viene contoneándose. Ya debería haberse marchado. Bien claro le hemos dejado ver que su presencia no es grata en el pueblo.” Como siempre que encontraba a la joven, le mostraba ostensiblemente su desagrado y mala voluntad, tía Mimma se tapaba los oídos pensando, “¡Qué estrépito hacen sus tacones! Los hace resonar como si dijeran: ¡Que paso yo…que paso yo!”  Poco después la doctora  llegaba a su casa con su hermano, quien le decía, “¿Cómo te fue esta mañana?” Ella le contestó, “Igual que siempre. Nadie vino a buscarme. Salí y ví a varias mujeres embarazadas, pero apenas respondieron mi saludo.” Guido le dijo, “Hermana, te lo advertí. Mientras la tía Mimma esté aquí, no tendrás la menor oportunidad.” Elvira dijo, “Entonces tendrá que irse…” Guido dijo, “Elvira, ¿Qué estás diciendo?” Elvira dijo, “Lo que oíste, Guido. Yo no empecé esta guerra. Fue ella, la tía Mimma, hoy la encontré cuando atravesaba la plaza. Como siempre, se tapó los ojos y dio vuelta la cara, como si yo fuera alguien indigno de mirarse. Y no solo eso. He sabido que habla pestes de mí. No me conoce Guido, jamás hemos cruzado una palabra. Yo tengo tanto derecho como ella a trabajar.” Guido le dijo, “Elvira, recuerda que es una mujer ignorante. Ella no fue a la escuela y mucho menos a la universidad como tú. El lugar que ha logrado en este pueblo es lo más importante de su vida y creo que teme perderlo, por ello te hace la guerra.” Elvira le dijo, “Si es así, peor para ella. Bien sabes que mi intención no era perjudicarla. Pero ahora deberá atenerse a las consecuencias.” Guido le dijo, “¿Qué piensas hacer?”  Elvira le dijo, “Ya lo veras querido hermano, ya lo veras.”
     Transcurrieron quince días, y una mañana tía Mimma se encontró en la calle con el doctor, y pensó, “Es la segunda vez que me topo con el doctor y al verme se da la vuelta. Estoy segura que trata de evitarme. Porque me vió. De eso estoy segura. Hay algo raro en esto. Hay algo raro en esto. ¿Por qué no quiere saludarme? ¿Porqué? Algo sucede. Mi instinto me lo dice…Noté extraña a María Caselli cuando pasé a visitarla…me pareció nerviosa. ¿Será solo mi imaginación…?”

     Esa tarde la tía Mimma visitaba al boticario del pueblo, “¿Qué tal tía Mimma? ¿Desea que le prepare una medicina?” La tías Mimma dijo, “No…bueno, sí…una pomada para las heridas. Le prometí a Elena Pollini que se la llevaría cuando fuera a visitarla.” El boticario le dijo, “Termíno esto y se la preparo. Si quiere se la mando dejar.” Tía Mimma dijo, “No, no, la espero…estoy muy molesta, señor Mariotti, muy molesta…” El boticario le preguntó, “¿Porqué tía Mimma?” Ella le dijo, “En la mañana encontré al doctor y me volvió la cara; no es la primera vez…hace dos días sucedió lo mismo…Pensé que no me había visto pero ¡qué va!¡Claro que me vio! Y sé el porqué de su actitud. La desvergonzada fue a visitarlo; seguro que para encomendase a él. ¡Sabe dios que mohines le habrá hecho! Como saben hacerlo esas ‘forasteruchas’…” El boticario le dijo, “Tía Mimma, no hable así! El doctor es un hombre muy serio.” Ella dijo. “¡Qué serio ni qué nada! Esa muchacha no sabe de decencia, pero si sabe cómo tratar a un viejo médico que la chochea…dos ‘carantoñas,’ dos ‘caricitas,’ y como la paja arde…los hombres jóvenes…, y en este caso, ¡También los viejos sin temor de Dios!” El boticario dijo, “¡Tía Mimma Usted no puede creer eso! La joven Mosti es una señorita que estudió en la universidad, tiene un diploma y…” Ella dijo, “¡Diploma, diploma…! ¿Para qué sirve? Lo que hace falta es la experiencia. ¡Solo eso, señor Mariotti, experiencia!” El boticario le dijo, “Y también el diploma, tía Mimma…” Ella dijo. “¿Acaso tengo yo diploma? Y hace 35 años que a todos los de por aquí, incluso a usted, los he traído al mundo. ¡Cuántos viajes he hecho a Palermo!¡Este pequeño lo traje hace siete años! A todos los he comprado sin diploma, ¿Para qué sirve el diploma?” El boticario dijo, “Está bien tía Mimma…si usted lo dice…la experiencia es importante…pero…”
     Cuando la mujer se marchó, el boticario pensó, “Si supiera lo que le espera…con razón el médico no se atreve a mirarla…y yo…mejor no digo nada…¡Ya lo sabrá…!” Una semana después tía Mimma recibía una correspondencia. Tomó el sobre y pensó, “Dijo el cartero que viene de la prefectura de la capital del distrito…a mí nunca me había llegado una carta como esta, con tantos sellos.” La tía Mimma la abrió y pensó, “Habla de un diploma…que debido al artículo 35…debo presentar un diploma…pero¡Yo no tengo ninguno…!” En ese instante llamaron a la puerta. Era un oficial uniformado, quien se presentó, “Buenas tardes. Vengo de parte del señor alcalde, quiere que vaya…” Tía Mimma lo interrumpió, diciendo, “¿Ya se siente mal su mujer? ¿Tan pronto? Según mis cálculos le faltan por lo menos dos semanas…” El oficial dijo, “No, no quiere que vaya a su casa, sino a la alcaldía.” Tía Mima dijo, “Y ¿para qué? Nada tengo que hacer allí.” El oficial dijo, “Yo no sé; vaya y usted lo sabrá.” Tía Mimma dijo, “Está bién, espere que me ponga mi manto.”
     Poco después, el alcalde recibía a tía Mimma, diciendo, “Tía Mimma, lamento molestarle…pero…ha llegado esta carta…viene de la prefectura…no sé qué hacer…le prohíbe el ejercicio de su profesión…” Ella dijo, “¿A mí?” El alcalde dijo, “Sí…porque no tiene diploma, querida tía Mimma, la ley…” Ella lo interrumpió, diciendo, “¿Qué ley?¿Es alguna ley nueva?” El alcalde dijo, “No, nueva no. Para nosotros aquí, estaba usted sola, y desde hace muchos años la conocemos; la queremos y tenemos toda la confianza en usted. Y por eso dejamos pasar las cosas; pero, ¡También nosotros hemos contravenido la ley, tía Mimma! Esas malditas formalidades, ¿Comprende?” Tía Mimma dijo, “No, no comprendo, yo lo traje a usted al mundo, también a sus dos hijos y pronto traeré al tercero…¿Cómo puedo comprender?” El alcalde dijo, “Tía Mimma, para mí esto es muy difícil…mientras estuvo usted sola no hubo problema, pero ahora ha venido la otra…Ha sabido que usted no tiene diploma, y en vista de que nadie la llama, ha reclamado a la prefectura y usted ya no puede ejercer…O tendrá que ir a Palermo, ¡Esta vez en serio! a la universidad para obtener el diploma como ella.” Tía Mimma dijo, “¿Yo?¿A Palermo?¿A mi edad?¿Después de 35 años de profesión me hace esta afrenta?¿Se necesita diploma para estas cosas?¿Que tienen que enseñarme los mejores profesores; a mí que hace 35 años trabajo en esto? Y ahora salen con que debo ir a la universidad de Palermo.” El alcalde dijo, “Desgraciadamente así es, pero son solo dos años. Pasan pronto, es puro formulismo, usted no tiene nada que aprender. Debe ir para obtener ese pedazo de papel.¡Hágalo!No se dé por vencido ante esa jovenzuela.” Tía Mimma dijo, “Pero si yo nunca me he movido de aquí. En Palermo me perdería…” El alcalde le dijo, “No diga eso. ¿Cómo se va a perder en Palermo? cuando no pasa el die en que no vaya.” Tía Mimma empezó a llorar, y dijo, “¡Oh! Nunca me imaginé que esto me pudiera suceder…nunca…”
     Tía Mimma salió de la alcaldía llorando de tal forma que partía el corazón. Enseguida se dirigió a casa de cada una de sus clientas. Allí, sentada en un sillón, en casa de una de ellas, Tía Mimma decía en lagrimas, “…y tendré que ir a Palermo…¡Aaaayyy, no puedo creerlo todavía…!” Una de sus clientas le decía, “¡Cálmese, tía Mimma! No vamos a atendernos con esa jovencita. Nosotras la esperaremos…” Tía Mimma dijo, “¿Dos años? Sé bien lo que es la vida…tendrán que recurrir a ella. A esa malvada que ha venido a transformar mi vida en un infierno.” La clienta dijo, “Yo ya tengo cinco hijos. Le prometo que el sexto no llegará si usted no está para recibirlo.”

     En todas partes trataban de darle ánimo, pero nada podía conformarla. Una de las mujeres le dijo, “Por favor, no llores más…será una experiencia nueva…a su regreso podrá contarnos cómo es Palermo.” Tía Mimma dijo, “No sé ni cómo me las arreglaré allá…sola en esa ciudad, sin conocer a nadie. ¿Porqué tenía que venir esa malvada a hacerme daño?”
     Al encontrar a los niños en la calle, tía Mimma no podía contener su desesperación, diciendo, “Mis queridos niños, me voy a Palermo…cuanto los voy a extrañar…pero tengo que ir…” Las niñas la miraban sin comprender. Una de ella dijo a sus compañeritas cuando la tía Mimma se fue, “¿Porqué esta tan triste? La tía Mimma va casi todos los días a Palermo.” La otra pequeña dijo, “Les habrá ocurrido una desgracia a los bebes que están allí para ser comprados.”

     Un día antes de la partida, la tía Mimma fue a la farmacia. Entonces el boticario le dijo “Tía Mimma, ¿Dónde va a vivir en Palermo?” Ella le dijo, “Aún no lo sé. Mi sobrino Pedro fue a buscar un lugar donde pueda quedarme. Él me esperará allá y se quedará tres días conmigo…para ayudarme a que me ubique en esa ciudad. Cuando él regrese me quedaré sola. ¡Ay, estoy tan asustada!” El boticario le dijo, “Valor, tía Mimma. Seguramente al principio se sentirá perdida, pero luego, Palermo no tendrá secretos para usted.”
     Al día siguiente, tía Mimma viajaba a Palermo por tren, y mientras miraba por la ventana del vagón, pensaba, “¿Estará mi sobrino esperándome? Si no es así, ¡Qué voy a hacer! Ay, señor, apiádate de mí! Yo sola en esa ciudad.” Aturdida por el viaje en ferrocarril, tía Mimma descendió en la estación. Entre la multitud, su sobrino Pedro alcanzó a mirarla, y gritó, “¡Tía Mimma…Tía Mimma…!” Ella lo vio y dijo, “Gracias a Dios que allí esta…esto es tan grande…estoy muy asustada…” Tía Mimma se dejó llevar como una niña, sintiendo que el corazón se le iba a salir por la boca, diciendo, “No me vayas a soltar Pedro; no sea que me pierda entre tanta gente.” Pedro le dijo, “No te preocupes, tía, ya te acostumbrarás. Vamos a tomar un coche y te llevaré a la posada donde vivirás.” Poco después, llegaron a la posada, y Pedro le dijo, “Aquí estarás cómoda. No es caro y queda cercas de la universidad. Mañana te acompañaré para que te inscribas. ¿Quieres comer algo?” Ella dijo, “No, solo deseo dormir y al despertar comprobar que todo esto no es más que una pesadilla.”
     Al día siguiente, una de las compañeras de universidad de tía Mimma le hacía preguntas, “Abuela, ¿Está segura que va a estudiar con nosotras?” Tía Mimma dijo, “Sí…yo…me obligan a obtener el diploma…” Ella le preguntó, “¿A usted? Pero, ¿Porqué?” Tía Mimma dijo, “Yo soy la comadrona del pueblo, la que hasta hace dos semanas compraba los niños para llevárselos a sus padres…” La muchacha dijo, “¿Comprar los niños?¿De qué habla abuela?” Entonces tía Mimma dijo, “Así explico a los pequeños la llegada de sus hermanos. Les digo que vengo a Palermo en una carroza de marfil…” Todas empezaron a reír. Una de las mujeres dijo, “Abuela, ¿Qué edad tiene usted?” Ella dijo, “Cincuenta y siete años…he traído niños al mundo desde hace 35…y ahora debo estudiar. Ya quisiera una diplomada tener mi práctica…” Una de las jóvenes dijo, “Pero usted ha ejercido fuera de la ley, ¿Cómo han podido permitírselo?” Otra joven dijo,  “Ahora verá que su práctica no es nada con los conocimientos que se adquieren aquí.” Todas comenzaron a reír. En ese momento llegó uno de los maestros, diciendo, “Buenos días. ¿Porqué tanto barullo señoritas?” Una alumna dijo, “¡Una abuela comadrona, profesor; una abuela comadrona!” El profesor que presumía de saber mantener la disciplina en la clase, tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar una carcajada, diciendo, “¡Silencio!¡A sus lugares!¡Basta de escándalo!” De inmediato, las jóvenes obedecieron y él enfrentó a la tía Mimma, diciendo, “Así que durante 35 años ha ejercido sin título, sin conocimientos. Y ahora pretende obtener su diploma.” Tía Mimma dijo, “Sí, me obligan a ello.” El profesor dijo, “Y hacen bien, pero hace dos meses que se inicio el curso, ¿Cómo se las va a arreglar para ponerse al día en las lecciones?” Tía Mimma dijo, “Con la práctica profesor…con la práctica…” Todas las muchachas rieron. El profesor dijo, “¡Silencio!...yo he hablado ya sobre el fenómeno de la gestación, y hora estamos en las leyes de correlaciones orgánicas. Usted dice que tiene práctica, pero…¿Qué es la práctica? Solo conocimientos implícitos y eso no es suficiente.” Tía Mimma dijo, “No comprendo nada de lo que habla. Dice que la práctica no sirve…entonces estos años en que yo he recibido niños ¿Qué son…?” El profesor dijo, “El conocimiento para que sea completo, necesita convertirse de implícito a explícito, es decir, que se manifieste, que salga afuera…”
     Después de ésta explicación que dejó embobadas a las estudiantes, el profesor dijo, “Vamos a ver cuánto sabe. Hábleme sobre el diámetro fetal.” Tía Mimma dijo, “¿Sobre el qué…?” Todas las jóvenes soltaron la carcajada. Obligada a contestar, la tía Mimma provocó con sus respuestas las risas de sus compañeras y no pudo contener las lágrimas. El profesor dijo, “¡Basta! Suspenderé a as que continúen riendo. Jamás en mi clase he permitido tal desorden. No disculparé otra falta de disciplina.” Cuando se hizo el silencio, el profesor soltó una severa reprimenda como si no hubiera reído también. Y dijo, “¿Y usted cómo se atreven a presentarse en tal estado de ignorancia? Es una vergüenza venir a hacer el papel de una niña llorona.” La tía Mimma solo atinó a asentir con la cabeza y luego, se levantó. Entonces el profesor dijo, “¿A dónde va? Siéntese y escuche. Tiene mucho que aprender.” El profesor continuó su clase, “Como vimos en clases anteriores, el diámetro fronto occipital…” Entonces la tía Mimma pensó, “Yo creía saberlo todo después de 35 años de ejercicio de la profesión, y ahora me doy cuenta que no se nada; que no entiendo nada…”

     Cuando terminó la clase, el profesor se acercó a la tía Mimma y le dijo, “No se desespere. Poco a poco irá comprendiendo. Ya verá que pronto todas las palabras que ahora le parecen difíciles, le serán familiares.”
     Pero a medida que transcurrían los días, se sentía más y más confundida. Mientras leía en su recamara, tía Mimma deletreaba, “Bi-bis-cro-bis-crom-i-a-biscromia-briscomial…nunca podré retener todos estos nombres.” Se aplicaba con paciencia infinita por las noches, tratando de aprender todo aquello que cada vez le parecía más incomprensible, pensando, “Nunca imaginé que las cosas que yo hacia en forma tan fácil, tuvieran tantas complicaciones.” Pero aún no había pasado por lo peor: la clase de obstetricia práctica. Entonces, en un consultorio con cama, y una paciente, y además, todas las alumnas presentes, el profesor dijo a tía Mimma, “Usted va a revisar a la paciente y me dirá cuánto tiempo le falta para el alumbramiento. ¡Empiece!” La tía Mimma dijo, “Pero…todos debes salir…no puedo hacerlo delante de estas jóvenes y usted.” El profesor le dijo, “¿Qué está diciendo? Haga lo que le digo si no quiere que la saque de la clase para siempre.” Tía Mimma pensó, “No es posible que no tengan consideración a la parturienta…yo que siempre he considerado un nacimiento como un rito sagrado.”
     Asustada se equivoca; el profesor no la deja actuar como ella sabe, sino según los preceptos y reglas que le ha enseñado, diciendo, “Muy mal. No ha hecho nada con la precisión y limpieza que tanto les he inculcado.” Así, la tía Mimma solo se siente segura en su mísera habitación, y piensa, “Voy a regresar. Ya no soy capaz de seguir recibiendo críticas, burlas. Es mejor volver al pueblo donde todos me respetan y quieren. Durante los años que trabajé, logré reunir unos buenos ahorros que me bastarán para pasar mi vejez. Viviré tranquila y descansada, mirando satisfecha a los niños y sus papás, a todos aquellos que ayudé a venir al mundo sin diploma. A los que fui a buscar en mi carroza de marfil por las noches, para que no hubiera ruido que los asustara. Pero eso significaría darme por vencida ante esa descarada, que a esta hora, de seguro debe estar ocupando mi lugar.”
     Y tía Mimma no se equivocaba, porque en esa hora, al mismo tiempo, en el pueblo, la doctora tenia una niña en sus brazos, diciendo, “Es una niña preciosa, mi querida señora.” La señora le dijo, “Gracias señorita. Ha sido usted muy buena, y me tuvo tanta paciencia.” La doctora le dijo, “Estaba usted sufriendo mucho, pero ya ve que valió la pena. Mire a su hijita, ¿No es divina?” Ella la tomó entre sus brazos y dijo, “Sí, después de dos varones deseaba tanto una niña.” La doctora se dispuso a retirarse diciendo, “Pasaré a visitarla por las tarde. Descanse y verá que en do o tres días se sentirá perfectamente.” Ella dijo, “Haré todo lo que me ha dicho. A pesar de que sentí fuertes dolores no padecí tanto durante el parto como con mis otros hijos.”
     Esa tarde en el pueblo, Guido visitó a su hermana, y al notarla cansada le dijo, “Te ves cansada, ¿Tuviste un día pesado hoy?” Ella dijo, “Sí, nacieron dos bebes. Estaba atendiendo a la mujer de herrero cuando me avisaron que la esposa del dueño de la tienda de telas, me necesitaba.” Guido le dijo, “¿Y qué hiciste?” Ella dijo, “Le mandé decir que estaba ocupada y que en cuanto terminara iría con ella.” Guido le dijo, “He sabido que la tía Mimma en un caso así prácticamente dejaba a la que atendía si la que la mandaba llamar era de mayor importancia social.” La doctora dijo. “Pero a pesar de que yo trato a todas por igual, que tengo infinita paciencia con cada una, no me siento aceptada.” Guido le dijo, “Bueno, no te puedes quejar, desde que la tía Mima se marchó a Palermo te llaman a ti.” Ella dijo, “Lo hacen porque no tienen alternativa, pero no me quieren Guido…no confían en mí, como en la tía Mimma.” Guido le dijo, “Quizá tiene razón. Tu forma de hablar, de vestir, es totalmente diferente a la de ellas. Te sienten superior y eso las cohíbe.” Ella dijo, “¡Sí, eso es! Gracias hermano; me has dado la solución. Desde mañana las cosas cambiarán.” Guido le dijo “¿Qué vas a hacer?” Ella dijo, “Ya lo veras. Te aseguro que en muy poco tiempo todo el pueblo me adorará.” Guido dijo. “No lo dudo. Eres tremenda cuando te propones algo.”
     Al día siguiente, la doctora se veía frente al espejo con una pañoleta enredada en la cabeza, diciendo, “Sí, así es…quizá un poco más floja hacia adelante…y luego el mantón…veremos que dicen ahora las señoras.”  La doctora salió a la calle diciendo, “Buenos días, señora, me da gusto saludarlas…” Una de ellas le dijo dudosa, “Buenos… días...” Y cuando la doctora se fue, una de ellas le dijo a la otra, “No puedo creerlo, pero si es la señorita Elvira, y va vestida como nosotras.¡Qué rebonita se ve!” La otra le dijo, “Siempre nos dice señoras, y habla tan bonito…me gusta escucharla y hasta estoy aprendiendo muchas de las palabras que ella dice.”

     Poco después Elvira era recibida en casa de una de sus pacientes. Ya estando ambas en la sala, Elvira le dijo, “Ayer recibí tu recado, pero no pude venir, pues tuve que atender dos partos. Ahora aquí estoy para servirla.” La paciente le dijo, “Qué diferente se ve usted así. Me siento con más confianza para decirle lo que me preocupa.” Elvira le dijo, “Tenga la seguridad que la ayudaré en todo lo que me sea posible.” La mujer le dijo, “Se trata de mi hijo. Dentro de dos mese nacerá el nuevo bebé y me preguntará de dónde vino. La tía Mimma les decía que iba a comprarlos…” Elvira interrumpió, “¡Ya sé! pues bien, yo también puedo ir a Palermo, ¿No cree?” La mujer le dijo, “Se lo agradezco. Pensé que como estudió en la universidad...” Elvira dijo, “Nada tienen que ver mis estudios con la inocencia de los niños. Y ahora, permítame explicarle algunas cosas que debe saber antes del parto.” Ella dijo, “¿No le agradecería tomar un cafecito mientras platicamos?”

     Desde ese día también Elvira empezó a contar la fábula de la compra de los niños en Palermo. Cuando los niños se le arremolinaban, y una de ellos le preguntaba, “¿Yo también fui comprado y traído en la carroza de marfil?” ella decía, “¡Por supuesto! Las hadas cantaban cuando pasó junto al lago y las ondinas bailaban sobre el agua de felicidad sobre el agua de felicidad por tu llegada.” No tardó de esa forma en ganarse el afecto de todo el pueblo. En la tienda de abarrotes, tres damas charlaban. Una de ella decía, “Ayer estuvo la señorita Elvira en mi casa, ¡Qué diferente es a la tía Mimma! Quien nos decía que debíamos sufrir pues esa era la voluntad de Dios.” Otra de las damas decía, “En cambio la señorita nos explica como Dios ha dispuesto y ha querido que sea la cruz de la maternidad y en forma que se puede comprender.” Otra de las mujeres dijo, “Además, es tan comprensiva. La tía Mimma nos trataba como si no tuviéramos derecho a quejarnos. Era tan tosca.” Otra dijo, “Cuando nació mi hijo, hace dos meses, fue tan distinto de cuando tuve al mayor. Me hablaba con tanto cariño con tanta paciencia…” Una de las damas dijo, “En cambio, la tía Mima le dejó en medio de mis dolores para ir a ver a otra señora y regresó casi cuando el niño había nacido.” Otra de las damas dijo, “¡Qué preciosidad de chica! ¡Bella de cara y de corazón! Para todos tiene una palabra amable, un gesto de cariño.”

     Transcurrieron los dos años, y tía Mimma se arreglaba con un sobrero y un vestido muy vistoso, diciendo, “Por fin ha llegado el momento de regresar al pueblo. Ya veremos que dice esa muchacha cuando vea que llevo el diploma que tanto me pedían. Y llegaré de sombrero, como lo hizo ella. Tengo todo el derecho de usarlo después de haber estado dos años en la universidad. Ahora estoy al mismo nivel de esa descarada graduada en Turín: al mismo nivel de estudios y ropa.”

     Una semana después, tía Mima caminaba por el pueblo. Al ser observaba por tres damas, una de ellas dijo, “Pero, ¡si es la tía Mimma!” otra dijo, “¡Es de verla y no creerlo! Lleva sombrero…” Pero cuando tía Mimma vio a Elvira, pensó, “No puede ser, esa infame se viste como yo lo hacía, claro, seguro que así logró hacerse simpática a la gente del pueblo.” Furiosa pasó junto a Elvira que ni siquiera la miró. Poco después la tía Mimma era arremolinada por unos pequeños, a quienes dijo, “¿Ya no se acuerdan de mí? Soy la tía Mimma, la que las fue a comprar a Palermo.” Pero una de las niñas, Flavia, la pequeña de rizos de oro, le dijo, “Tú eres muy fea, en cambio la señorita Elvira es cariñosa y dulce. Fue ella quien nos trajo.” Tía Mimma le dijo, “Flavia, tú no piensas así, ¿verdad? Yo te traje en la carroza de marfil. Tu papá pagó mucho dinero por ti, pues quería que tuvieras los ojos azules.” Flavia le dijo, “Usted dijo que había pagado por mi 200 onzas y eso es mentira. Según la señorita Elvira, yo costé mas de mil liras, porque soy muy bonita.” Y después de hacerle muecas y reírse de su sombrero, los niños se alejaron. La tía Mimma viéndolos a la distancia, pensó, “¿Será posible que estas criaturas que tanto me querían y respetaban, ahora se porten como unos pillastres impertinentes conmigo?”

     En los días siguientes tía Mimma se dedicó a visitar a sus clientas dispuesta a recuperarlas. Una de sus clientas la recibió diciendo, “Me da gusto volver a verla, tía Mimma, supe que había regresado…” Tía Mimma dijo, “Y muy a tiempo por lo que estoy viendo, ¿Para cuándo tendré que ir a Palermo?” Su clienta se volteó dando la espalda y titubeante dijo, “Bueno…yo…lo lamento tía Mimma, pero ya me comprometí con la señorita Elvira…ella me atenderá…yo no sabía que usted regresaría y…” Tía Mimma dijo, “Comprendo, no se preocupe…para la próxima vez será. Al fin que tendrá otros hijos y yo iré por ellos.” La mujer dijo, “Ay, tía Mimma, espero que no lleguen más. Ya basta con esta cruz de tener hijos.” Después de escucharla, tía Mimma pensó, “Está mintiendo. No quiere comprometerse. Todas dicen los mismo…no desean que yo las atienda.”

     Al regresar a su casa, ardiendo de cólera, tía Mimma se detuvo en la farmacia. El boticario le dijo, “Cálmese tía Mimma. Se va a enfermar si continúa haciendo tantos corajes.” Ella le dijo, “Y ¿Cómo quiere que me calme ante tal traición? Si querían una comadrona como yo era antes, para que me mandaron a Palermo. Esa descarada usurpó mi vestimenta, y ya me enteré que también mis historias de ir a comprar niños a Palermo. Y mis clientas, muchas de las que yo traje al mundo, no se lo reprochan. Deberían decirle: tú obligaste a la tía Mimma a estudiar dos años en la universidad.” El boticario le dijo, “No debe tomarlo así.” Pero la mujer no era capaz de escuchar, vomitaba su furia y decepción, diciendo, “Deberían decirle que se marche, que ya he regresado, pero se encogen de hombros y se disculpan diciendo que están comprometidas con ellas. Los niños ya no me respetan, ya no me quieren. No es justo. Yo ahora se tanto como esa usurpadora que me ha robado todo.” El boticario le dijo, “Tía Mimma, está usted muy alterada. Ya verá como pronto la llaman. En este pueblo las mujeres solo saben tener hijos.” Tía Mimma dijo, “Pero quieren que las atienda ella. Es una sinvergüenza, una hipócrita cuando me ve, cruza la calle porque no se atreve a mirarme de frente. La voy a obligar a que lo haga, a ver si tiene el valor de hablarme a mí de carrozas de marfil y de comprar niños.” El boticario le dijo, “No debe molestarse por eso, al contrario, debería de alegrarse de que se sirva de su ejemplo.”  Tía Mima dijo, “¿Alegrarme? He sido traicionada. Esa ladrona quería mi clientela, mi vestimenta, mis historias…y trajo un diploma para poder robarme todo.” El boticario pensó, “Pobrecilla, nada de lo que le diga la calmara. Lo mejor que podría hacer es quedarse en su casa descansando.”

     Ya en su casa, la pobre mujer no tenia consuelo. Durante horas lloró su frustración, el dolor de sentirse rechazada, diciendo, “Dos años de humillaciones, esfuerzos, angustias…y todo para qué…para que me digan que la prefieren a ella.” Tía Mimma veía pasar los días sin que nadie solicitara sus servicios, hasta que una noche, una mujer toco a su puerta, y al abrirle, ella le dijo, “Tía Mimma, venga a mi casa. Mi hija, está a punto de dar a luz. Es su primer niño y sufre mucho. Por favor, ayúdela.” Tía Mimma le dijo, “¿Yo? ¿No me dijo usted que estaba comprometida con la ‘señorita’ Elvira?” La mujer le dijo, “Sí, pero ella atiende otro parto y no puede venir…así que…” Tía Mimma dijo, “Llaman a la tía Mimma, ¿qué se creen que soy? ¿Un trapo viejo para tapar agujeros? ¡Pues no voy!” La mujer desesperada empezó a suplicar, “Por favor. Mi hija puede morir. Por caridad, no se niegue...” Tía Mimma dijo, “Está bien. Iré. Espere un momento.” Tía Mimma se puso su sombrero, y pensó, “Ahora les demostraré lo que aprendí en la universidad. Que sé como las otra todas las reglas de la ciencia y los preceptos de la higiene.”

     Llegaron a la casa de la mujer, y la tía Mimma se dispuso a trabajar. Pero por tanto querer mostrar las reglas de la ciencia y los preceptos de la higiene, olvidó cómo traer un niño al mundo. Entonces la mujer le dijo a una de sus hijas, “Hay que ir por la señorita Elvira. La tía Mimma no sabe lo que hace. El niño no nace y están a punto de morir madre e hija.” La hija le dijo, “Es mejor traer al médico. Esa vieja loca va a matar a mi hermana.”

     Al día siguiente, tres mujeres dialogaban en la tienda de abastos. La propietaria que atendía en el mostrador les dijo, “¿Ya se enteraron de lo que sucedió anoche con la hija de doña Martina?” Una de las mujeres dijo,  “No, ¿qué pasó?” La mujer les dijo, “Casi muere en manos de la tía Mimma. Tuvieron que llamarla porque la señorita Elvira estaba ocupada y no podía atenderla. Pues resulta que la tía Mimma no aprendió nada en la universidad y lo poco que sabia se le olvidó. Estuvo a punto de matar a madre e hijo.” Una de las mujeres dijo, “¡Virgen santa, será posible! Y pensar que estuvimos en sus manos por más de 30 años.” La mujer detrás del mostrador dijo, “¡Qué suerte que llegara la señorita Elvira! Me imagino que después de esto, nadie volverá a llamar a la tía Mimma.” Una de las mujeres dijo, “Por supuesto que yo no. Yo, por lo menos, o podría confiar en ella.” La otra mujer dijo, “Y tiene el descaro de decir que la señorita Elvira le quitó el trabajo y que nosotras a traicionamos.”  La ora mujer dijo, “No hay duda que ha perdido el juicio. Pobre mujer, me da lástima.”

     Todo había terminado para la tía Mimma. Ya nadie quiso saber de ella. Todos los días caminaba por el pueblo destilando veneno, diciendo al boticario, “Allá va el burro del médico. Mire que decir que yo no sé mi profesión. Durante 35 años traje niños al mundo y luego fui a la universidad dos años. Pero claro, lo hace para favorecer a esa sinvergüenza que vino a robarme el pan. Me imagino de qué artes se habrá valido la muy ladrona.” El boticario le dijo, “Tía Mimma, no hable así. El doctor es hombre respetable.” Ella dijo, mientras se iba, “¡Ja! Era respetable hasta que esa mujerzuela llegó al pueblo, que se dejó envolver por una cara bonita y quizá por otras cosas que no soy capaz de decir.” El boticario al verla partir, solo dijo, “¡Pobre tía Mimma! Esta demasiado amargada para entender razones.”

     Después de desahogarse, tía Mimma regresaba a su casa a llorar. Así, dos mujeres dialogaban entre ellas, “La tía Mimma se ha dado a la bebida. ¡qué bajo ha caído!” La otra mujer le dijo, “No puede ser, ¿Cómo se enteró?” La mujer dijo, “Según la muchacha que le ayuda, cuando está en su casa no hace más que llorar, y ese es uno de los efectos que suele producir el vino.” La otra mujer dijo, “Es verdad. Quien lo iba a decir. Ya no se puede confiar en nadie. ¡La tía Mimma borracha!¡Qué horror!”
     En tanto, Elvira Mosti, va de casa en casa con el pañuelo en la cabeza y una actitud modesta, pero de cuando en cuando, deja escapar una sonrisa maliciosa. Entonces una de sus clientas le dice, “Se ve cansada señorita Elvira. Le damos mucho trabajo, ¿verdad?” Y ella dice, “Sí, yo esperaba que la tía Mimma me ayudara. Es una lástima que se haya abandonado. Los papás de por aquí tienen demasiado dinero para gastarlo en hijos, y día y noche me obligan a subir a la carroza de marfil para viajar  a Palermo.”     
           Tomado de Novelas Imortales, Año XVI, No. 849, febrero 23 de 1994. Guión: Herwigo Comte. Segunda Adaptación: José Escobar.