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viernes, 31 de enero de 2014

Historia de Dos Ciudades de Charles Dickens

Historia de Dos Ciudades
     Historia de Dos Ciudades, (1859), es una novela de Charles Dickens, ambientada en Londres y París, antes y durante la Revolución Francesa. Con más de 200 millones de copias vendidas, se encuentra entre las obras más famosas de la historia de la literatura de ficción.
     La novela describe la difícil situación de los campesinos franceses desmoralizados por la aristocracia francesa en los años previos a la revolución, la brutalidad correspondiente demostrada por los revolucionarios hacia los antiguos aristócratas en los primeros años de la revolución, y los muchos paralelismos sociales poco favorecedores con la vida en Londres durante el mismo período de tiempo. De ello se sigue la vida de varios protagonistas a través de estos eventos. Los personajes más importantes son Carlos Darnay y Sydney Carton. Carlos Darnay es un antiguo aristócrata francés que cae víctima de la ira indiscriminada de la revolución, a pesar de su naturaleza virtuosa. Sydney Cartón es un desperdiciado abogado ingles, quien se esfuerza por redimir su vida malgastada con un amor no correspondido con la mujer de Carlos Darnay. La novela de 45 capítulos fue publicada en 31 entregas semanales en la nueva revista literaria de Dickens titulada All the Year Round. De abril de 1859 a noviembre de 1859, Dickens también republicó los ocho capítulos en secciones mensuales en cubiertas verdes. Todas menos tres de las novelas anteriores de Dickens habían aparecido sólo como cuotas mensuales. La primera entrega semanal de A Tale of Two Cities corrió en el primer número de All the Year Round el 30 de abril de 1859. La última corrió treinta semanas después, el 26 de noviembre.
Sinopsis
Libro Primero: Vuelta a la Vida
     Como sugiere el título, el primer capítulo establece inmediatamente la era en la que la novela tiene lugar: Inglaterra y Francia en 1775.
     Fue el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era la época de la fe, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz, que fue la época de la oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación, teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros, todos íbamos directo al cielo, todos íbamos directo a la inversa ...

     El señor Jarvis Lorry y la señorita Lucie Manette viajan a Saint Antoine, un suburbio de París, y se reúnen con Monsieur Defarge y Madame Defarge. El señor Defarge opera una tienda de vinos que utilizan para organizar una banda clandestina de revolucionarios, que se refieren, el uno al otro, por el nombre en clave de "Jacques", que Dickens tomó de los jacobinos, un grupo revolucionario francés real.
     Monsieur Defarge era siervo del Dr. Manette antes de la encarcelación de éste último. Después de la reciente liberación del Dr. Manette, de la cárcel, Defarge se ocupa de él. La señorita Lucie Manette y el señor Lorry han sido enviados para conocer al médico liberado. Como resultado de su largo encarcelamiento, el Dr. Manette sufre una forma de psicosis, una obsesión con la fabricación de calzado, un oficio que aprendió en la prisión. Al principio, él no reconoce a su hija, la señorita Lucie Manette, cuya existencia él desconocía. Sin embargo, el doctor finalmente reconoce su semejanza con su madre, a través de sus ojos azules y un largo cabello dorado (una hebra que encontró en la manga de su camisa cuando fue encarcelado). El señor Lorry y la señorita Lucie Manette se llevan al Dr. Manette con ellos a Inglaterra.
Libro Segundo: El Hilo de Oro.
     Cinco años más tarde, dos espías británicos, John Barsad, (cuyo nombre real es Solomon Pross) y Roger Cly, están tratando de incriminar al inmigrante francés Carlos Darnay para su propia conveniencia, y Carlos Darnay va a juicio por traición a la patria, en Old Bailey. Ellos afirman falsamente, que Carlos Darnay dio información a los franceses sobre las tropas británicas en América del Norte. Sin embargo, Carlos Darnay es absuelto cuando Barsad, que afirma que sería capaz de reconocer a Carlos Darnay en cualquier lugar, es incapaz de distinguirlo de un abogado presente en la corte, Sydney Carton, que es casi idéntico a él.
     Por otro lado en París, el despreciado Marquis Saint Evrémonde ordena al conductor de su coche, conduzca de prisa, haciéndolo  imprudentemente rápido a través de las calles llenas de gente, golpeando y matando al hijo de un campesino: Gaspard. Ante el percance, el marqués simplemente lanza una moneda al aire hacia Gaspard para compensarle por su pérdida. La señora Defarge, una testigo del incidente, consuela a Gaspard. Mientras el cochero del marqués avanza, la moneda lanzada a Gaspard es arrojada de nuevo hacia el coche por una mano desconocida, golpeando al marqués. La moneda fue lanzada probablemente por la mano de Madame Defarge, enfureciendo al marqués.
     Tras el incidente, al llegar a su castillo, el marqués se reúne con su sobrino y heredero, Carlos Darnay. Por disgústo contra su familia, Carlos Darnay se despojó de su verdadero apellido y adoptó una versión inglesada del nombre de soltera de su madre, D'Aulnais. El siguiente texto muestra la filosofía del marqués, tal y como se la expresa a su sobrino Carlos:
La represión es la única filosofía duradera, la oscura razón del miedo y la esclavitud, mi amigo,’ observó el marqués,’ ‘mantendrá a los perros obedientes al látigo, tanto como este techo,’ mirando hacia arriba, ‘tapa el cielo.’
     Pero esa noche, Gaspard, quien siguió el marqués a su castillo encaramado en la parte inferior del carro, apuñala y mata al marqués mientas duerme. Gaspard deja una nota en el cuchillo diciendo: “Vaya rápido en su carro, pero a su tumba. Esto, es de JACQUES.” Después de nueve meses de darse a la fuga, Gaspard es capturado y ahorcado por encima de la fuente del pueblo.
     Ya en Londres, Carlos Darnay obtiene el permiso del doctor Manette para casarse con su hija Lucie, pero Sydney Carton confiesa su amor a Lucie también. Sabiendo que ella no le va a amar en retribución, Sydney Carton promete, “abrazar cualquier sacrificio por ti y por aquellos seres queridos por ti.”
     En la mañana de la boda, Carlos Darnay revela su verdadero nombre y quien es su familia, un detalle que el doctor Manette le había solicitado que mantuviera oculto. El Dr. Manette revierte su zapatería obsesiva. Su cordura se restaura antes de que Lucie regrese de su luna de miel y todo el incidente se mantiene en secreto de ella. Lorry y la señorita Pross destruyen el banco y las herramientas de fabricación de calzado, que el doctor Manette había traído de París.
     Es 14 de julio 1789, los Defarges ayudan a dirigir la toma de la Bastilla, un edificio que es no solo símbolo de la tiranía real, sino también una tienda masiva de municiones. Los manifestantes del Tercer Estado necesitan pólvora para los fusiles que habían tomado del Hôtel des Invalides. La Bastilla es casi vaciada de prisioneros, quedando sólo siete ancianos molestos por toda la perturbación: cuatro falsificadores, dos lunáticos y un aristócrata desviado, el conde de Solages. Defarge entra en la antigua celda del doctor Manette, “Ciento cinco, Torre Norte.” El lector no sabe lo que Monsieur Defarge está buscando hasta el libro 3, capítulo 10. Se trata de una declaración en la que el doctor Manette explica por qué fue encarcelado.
     Al pasar el tiempo en Inglaterra, Lucie y Carlos Darnay comienzan a formar una familia, un hijo (que muere en la infancia) y una hija, la pequeña Lucie. Lorry encuentra un segundo hogar y una especie de familia con los Darnays. El abogado Stryver, quien una vez tuvo intenciones de casarse con Lucie, se casa con una viuda rica que tiene tres hijos y se hace aún más insoportable mientras sus ambiciones comienzan a hacerse realidad. Sydney Carton, a pesar de que rara vez visita a los Darnays, es aceptado como un amigo cercano de la familia y se convierte en un favorito especial de la pequeña Lucie.
Libro Tercero: La Pista de una Tormenta.
Carlos Darnay, siendo llamado por un ex funcionario que ha sido encarcelado injustamente, decide volver a Francia para liberarlo. Pero poco después de su llegada, se le denuncia por ser un aristócrata emigrado de Francia y es encarcelado en la prisión de La Force en París. El Dr. Manette y Lucie, junto con la señora Pross, Cruncher Jerry, y la “pequeña Lucie,” la hija de Carlos y Lucie Darnay, llegan a París y se reúnen con el señor Lorry para tratar de liberar a Carlos Darnay. Pasa un año y tres meses, y Carlos Darnay es finalmente juzgado.
     El Dr. Manette, que es visto como un héroe por su encarcelamiento en la odiada Bastilla, es capaz de ponerlo en libertad, pero Carlos Darnay es inmediatamente detenido de nuevo. Darnay es llevado a juicio otra vez al día siguiente, bajo los nuevos cargos presentados por los Defarges y un, “fulano sin nombre,” que pronto se sabe, es el doctor Manette. El doctor involuntariamente lo condena a través de un escrito narrativo de su confinamiento a manos del padre de Carlos Darnay. Manette se horroriza cuando se utilizan las palabras de su padre, el doctor, para condenar Darnay.
     En una diligencia, la señora Pross se asombra al ver y encontrar a su hermano perdido hace mucho tiempo: Salomón Pross. Pero Salomón no quiere ser reconocido. Sydney Carton, derepente, da un paso adelante de las sombras e identifica a Salomón Pross como John Barsad, uno de los hombres que trataron de incriminar a Carlos Darnay por traición en el juicio de Old Bailey. Carton amenaza con revelar la identidad de Salomón como un británico y un oportunista que espía tanto para los franceses como para los británicos, según como le conviene.
     Carlos Darnay se enfrenta en el tribunal contra el señor Defarge, quien identifica a Carlos Darnay como el sobrino del Marqués de San Evremonde y lee la carta que el Dr. Manette había escondido en su celda en la Bastilla. Defarge puede identificar a Carlos Darnay como un Evremonde porque Barsad le dijo sobre la identidad de Carlos Darnay, cuando Barsad estaba a la pesca para obtener información en la tienda de vinos de los Defarges, en el Libro 2, capítulo 16.
     La carta narra cómo es que el Dr. Manette fue encerrado en la Bastilla por el padre de Carlos Darnay y su tío, por tratar el docotor de informar de sus crímenes contra una familia de campesinos. El marqués de Saint Evermonde, tío de Carlos Darnay, se había encaprichado con una chica campesina, a quien había secuestrado y violado. A pesar de los intentos del Dr. Manette para salvarla, ella murió. El tío entonces mató al marido de la campesina, haciéndolo trabajar hasta la muerte. El padre de la campesina fallecida, murió de un ataque al corazón al ser informado de lo que había sucedido. Antes de morir defendiendo el honor de la familia, el hermano de la campesina violada había escondido al último miembro de la familia, su hermana menor. La carta también revela que el doctor Manette fue encarcelado debido a que los hermanos Evremonde descubrieron que no podían sobornarlo para guardar silencio. El documento concluye maldiciendo a los Evrémondes, “a ellos, y a sus descendientes, hasta el último de su estirpe.” El Dr. Manette se horroriza, pero sus protestas se ignoran, por lo que no se le permite recuperar su condena. Carlos Darnay es enviado a la prisión de la Conciergerie y es condenado a la guillotina al día siguiente.
     Poco después Sydney Carton merodea en la tienda de vinos de los Defarges, cuando oye por casualidad a la señora Defarge hablando de sus planes para que el resto de la familia de los Darnay sean condenados: a saber, Lucie y la “pequeña Lucie.” Sydney Carton descubre que la señora Defarge era la hermana sobreviviente de la familia campesina atacada salvajemente por los Evrémondes. El único detalle de la trama que pudiera dar al lector alguna simpatía por la señora Defarge es la pérdida de su familia y que ella no tiene nombre (de familia). Defarge es su apellido de casada, y el Dr. Manette no conoce su apellido de soltera, a pesar de que se lo preguntó a su hermana moribunda. En la noche, cuando el Dr. Manette vuelve, destrozado después de pasar el día en muchos intentos fallidos para salvar la vida a Carlos Darnay, se ha vuelto a su búsqueda obsesiva con sus instrumentos de zapatería. Sydney Carton insta a Lorry a huir de París con Lucie, su padre, y la pequeña Lucie, pidiéndoles que se vayan tan pronto como él se una a ellos en el coche.
     Esa misma mañana, Sydney Cartón visita a Carlos Darnay en prisión. Sydney Cartón da un medicamento para sedar a Carlos Darnay, y Barsad, con quien Sydney Carton se ha puesto de acuerdo, se lleva a Carlos Darnay de la prisión para que escape. Sydney Carton decide hacerse pasar por Carlos Darnay, para ser ejecutado en su lugar. Lo hace por amor a Lucie. Siguiendo las instrucciones anteriores de Sydney Cartón, la familia de Carlos Darnay y Lorry, huyen de París y de Francia. En el carruaje esta un Carlos Darnay inconsciente, que lleva los documentos de identificación de Sydney Cartón.
     Mientras tanto, la señora Defarge, armada con una pistola, va a la residencia de la familia de Lucie, con la esperanza de atrapar a Lucien y encontrarla llorando ilegalmente la muerte de Carlos Darnay, un enemigo de la República, sin embargo, los residentes ya se han ido. Para darles tiempo de escapar, la señora Pross enfrenta a Madame Defarge y luchan. En la lucha, la pistola de Madame Defarge se auto dispara, matándola. El ruido del disparo y la sorpresa de la muerte de Madame Defarge, causan que la señora Pross, quede permanentemente sorda.
     La novela concluye con el guillotinamiento de Sydney Carton. Mientras está en espera de subir al cadalso, es abordado por una costurera, también condenada a muerte, que lo confunde con Carlos Darnay, pero, al acercarse, se da cuenta de la verdad. Impresionada por su valentía y sacrificio desinteresado, ella pide que se quede cerca de él y él está de acuerdo. A su llegada de ambos a la guillotina, Sydney Carton la consuela diciéndole que sus finales serán rápidos, y además irán donde no existe el tiempo ni los problemas, “en una tierra mejor donde... [Ellos] serán misericordiosamente protegidos,” y ella es capaz de cumplir con su muerte en paz. Los últimos pensamientos de Sydney Cartón son proféticos:
     Veo a Barsad, ... Defarge , El Venganza [un lugarteniente de Madame Defarge], ... largas filas de los nuevos opresores que se han levantado a la destrucción de lo viejo, pereciendo por este instrumento de castigo, antes de que se dejará fuera de su uso actual. Veo una ciudad hermosa y un pueblo brillante que surge de este abismo, y, en su lucha por ser verdaderamente libres, en sus triunfos y derrotas, a través de largos años, veo el mal de este tiempo y de la época anterior, de los cuales este es el nacimiento natural, gradualmente haciendo la  expiación por sí mismo y consumándose.

     Veo la vida por quienes yo pongo mi vida, tranquila, útil, próspera y feliz, en esa Inglaterra, que yo no veré más. La veo a Ella, con un niño sobre el pecho, que lleva mi nombre. Veo que su padre, viejo y encorvado, pero recuperado y fiel a todos los hombres, está en su consultorio, y en paz. Veo al buen viejo [el señor Lorry], su amigo de tantos años, en un plazo de diez años, enriqueciéndolos con todo lo que tiene, muriendo tranquilamente como recompensa.

     Veo que tengo un santuario en sus corazones y en los corazones de sus descendientes, por lo tanto, de aqui a generaciones. La veo a ella, una anciana, llorando por mí en el aniversario de este día. Veo a ella y a su marido, con sus vidas realizadas, yendo uno al lado del otro en su último lecho terrenal, y sé que cada uno de los dos no se considera más honrado y sagrado en el alma del otro, de lo que ambos me consideran a mí.
     Veo a ese niño que yace sobre su pecho y que lleva mi nombre, todo un hombre logrando su camino en el sendero de la vida, que una vez fue mío. Lo veo a él haciéndolo tan bien, que mi nombre se hizo ilustre allí por la luz de la suya.

     Veo las manchas que lancé sobre ella, desvanecidas. Los veo, delante de la mayoría de jueces justos y los hombres honrados, trayendo a un niño con mi nombre, con una frente que conozco y cabello de oro, a este lugar, a continuación de hermoso aspecto, sin un rastro de este día de la desfiguración, y oigo decirle al niño de mi historia, con una voz tierna y entrecortada.

     Es algo mucho, mucho mejor que yo. Es lo mejor que he hecho, el mayor descanso que jamás he conocido.
     Lucie y Darnay tienen un primer hijo al principio en el libro, que nace y muere dentro de un solo párrafo. Parece probable que este primer hijo aparece en la novela para que su hijo posterior, que lleva el nombre de Carton, pueda representar otra forma en que Cartón restituye a Lucie y a Darnay a través de su sacrificio.
Análisis
     Historia de Dos Ciudades, es una de las dos únicas obras de ficción histórica que Charles Dickens hizo. La otra es Barnaby Rudge. Tiene menos personajes y subtramas que una típica novela de Dickens. La fuente histórica primaria del autor fue La Revolución Francesa: Una Historia de Thomas Carlyle. Dickens escribió en su prefacio a Historia de Dos Ciudades, que, “nadie puede aspirar a añadir nada a la filosofía del maravilloso libro del Sr. Carlyle.”
Lenguaje

     Dickens utiliza traducciones literales del idioma francés para los diálogos de los caracteres que no pueden hablar Inglés, por ejemplo, ¿Qué demonios haces en esa galera allí? y ¿Dónde está mi esposa? --- Aquí me ves.” La edición de Penguin Classics de la novela señala que,No todos los lectores han considerado el experimento como un éxito.
Humor

     Historia de Dos Ciudades se destaca de la mayoría de las otras novelas de Dickens como la que contiene el menor humor. Eso no es sorprendente, ya que el contexto histórico y el enfoque de la novela, el Reinado del Terror francés, podría hacer ver demasiado sombría la novela como para permitir que aparescan los personajes más chiflados por los que Dickens es conocido. Aún así, Dickens, en su forma habitual, se las arregla para encontrar la oportunidad de hacer una serie de comentarios irónicos acerca de diversos aspectos de la época y del lado más oscuro de la naturaleza humana. Si un personaje cómico pudiera ser encontrado en la novela, probablemente sería Jerry Cruncher, sin embargo, su ocupación como un resurrectionista” (ladrón de tumbas) y su abuso de su mujer arroja la luz más siniestra en su carácter.
Temas
Resurrección
     En la Inglaterra de Dickens, la resurrección siempre se asentaba firmemente en un contexto cristiano. Más ampliamente, Sydney Carton es resucitado en espíritu al cierre de la novela. Así como él, paradójicamente, da su vida física para salvar a Carlos Darnay, de igual manera en la creencia cristiana, Cristo murió por los pecados del mundo. Más concretamente, “El Libro Primero, se trata del renacimiento del Dr. Manette y de su muerte en vida por su encarcelamiento.”
     Aparece la Resurrección por primera vez cuando el señor Lorry responde al mensaje realizado por Jerry Cruncher con las palabras,
“Volvió a la Vida.”
     La resurrección también aparece durante el viaje en coche del señor Lorry a Dover, ya que constantemente reflexiona sobre una hipotética conversación con el Dr. Manette: “¿Enterrado cuánto tiempo? Casi dieciocho años...”  “¿Usted sabe que usted está volviendo a la vida? Me dicen que sí.” Lorry cree que está ayudando a volver a la vida al Dr. Manette y se imagina a sí mismo, “desenterrando” al doctor Manette de su tumba.

     La resurrección es el tema principal de la novela. En los pensamientos de Jarvis Lorry sobre el doctor Manette, la resurrección es vista por primera vez como tema. También está presente como último tema: el sacrificio de Cartón. Dickens originalmente quería llamar la novela entera
Vuelta  a la Vida. Este título, en cambio, se convirtió en el título del primero de los tres “libros” de la novela.
     Jerry es también parte del tema recurrente: él mismo está implicado en la muerte y resurrección de manera que el lector no sabe todavía. La primera pieza de presagio viene en su observación sobre sí mismo: ¡Usted sería de mala manera ardiente, si el regresar a la vida estuviera de moda, Jerry!” El humor negro de esta declaración se hace evidente hasta mucho más adelante. Cinco años más tarde, una noche nublada y muy oscura, en junio 1780, el señor Lorry vuelve a despertar el interés del lector en el misterio diciendo a Jerry que es “casi una noche... para traer a los muertos de sus tumbas.” Jerry responde con firmeza que él nunca ha visto a la noche hacer eso.

     Resulta que la participación de Jerry Cruncher en el tema de la resurrección es que él es lo que los victorianos llamaban
“El Hombre Resurrección,” que, ilegalmente, desentierra cadáveres para vender a los médicos, pues no había manera legal de conseguir cadáveres para estudiar en ese momento.
     Lo contrario de la resurrección es por supuesto la muerte. La muerte y la resurrección aparecen a menudo en la novela. Dickens se enoja de que en Francia e Inglaterra, los tribunales reparten condenas a muerte por delitos insignificantes. En Francia, los campesinos están incluso condenados a muerte sin juicio, por el capricho de un noble. El marqués le dice a Darnay con placer que, “en la habitación de al lado (mi habitación), un compañero... fue apuñalado en el acto por profesar alguna delicadeza insolente respetando su hija, su hija!”
     Curiosamente, la demolición de la mesa de trabajo de zapatos del Dr. Manette por la señorita Pross y el señor Lorry se describe como “la quema del cuerpo.” Parece claro que este es un caso raro en que la muerte o la destrucción (lo contrario de resurrección) tienen una connotación positiva, ya que la “quema,” ayuda a liberar el médico de la memoria de su largo encarcelamiento. Pero la descripción de Dickens de este tipo y acto de curación es sorprendentemente extraña:
     Tan malvados la destrucción y el secreto parecen a las mentes honestas, que el señor Lorry y la señorita Pross, en el ejercicio de la comisión de su obra y en la eliminación de sus huellas, casi sentían, y casi parecían, como cómplices de un crimen horrible.
     El martirio de Sydney Carton expía todas sus pasadas fechorías. Incluso encuentra a Dios en los últimos días de su vida, repitiendo palabras de consuelo de Cristo: “Yo soy la resurrección y la vida.” La resurrección es el tema dominante de la última parte de la novela. Darnay es rescatado en el último momento y vuelto a la vida; Carton elige la muerte y la resurrección a una vida mejor que la que él haya conocido jamás: “era el rostro de hombre más lleno de paz que nunca vio allí... parecía sublime y profético.”
En el sentido más amplio, al final de la novela de Dickens prevé un orden social resucitado en Francia, surgido de las cenizas de lo antiguo.
Agua
     Hans Biedermann escribe que el agua, “Es el símbolo fundamental de toda la energía del inconsciente, una energía que puede ser peligrosa cuando se desborda de sus propios límites (una secuencia de sueño frecuente).” Este simbolismo se adapta a la novela de Dickens, en Historia de Dos Ciudades, las imágenes frecuentes de agua representan el edificio de la ira de la multitud de campesinos, una ira con la que Dickens se solidariza hasta cierto punto, pero que en última instancia encuentra irracional e incluso animal.
     Al principio del libro, Dickens sugiere esto cuando escribe: “El mar hizo lo quiso, y lo que quiso fue destrucción.” El mar representa aquí la llegada de la turba de revolucionarios. Después que Gaspard asesina al marqués, es “colgado allí doce metros de alto y se queda colgando, envenenando el agua.”  El envenenamiento del pozo representa el impacto amargo de la ejecución de Gaspard en el sentimiento colectivo de los campesinos.
     Tras la muerte de Gaspard, la toma de la Bastilla es guiada (desde el barrio de San Antonio, por lo menos) por los Defarges: “Como un torbellino de aguas que hierven en un punto central, por lo que, todo este odio circulando alrededor de la tienda de vinos de Defarge, y cada gota humana en el caldero tiene una tendencia a ser succionada hacia el vórtice...” La multitud se concibe como un mar, “con un rugido que sonaba como si todo el aire en Francia hubiera sido formado en una palabra odiada, la palabra Bastilla, el mar viviente aumentó, ola tras ola, profundidad tras profundidad, y se desbordó la ciudad...”
     El carcelero de Darnay se describe como, “insalubremente hinchado tanto en la cara como en la persona, como para parecer un hombre que había sido ahogado y lleno de agua.” Más tarde, durante el Reinado del Terror, la revolución había crecido, “mucho más perversa y distraída... que los ríos del Sur fueron sobrecargados por los cuerpos de la violencia ahogados por la noche...” Más tarde, una multitud se, “hinchaba y rebosaba por las calles adyacentes... la Carmañola los absorbió a cada uno, los apartó entre ellos.”
     Durante la lucha con la señorita Pross, Madame Defarge se aferra a ella con, “más sujeción de la mano que una mujer que se ahoga.” Los comentaristas de la novela han señalado la ironía de que la señora Defarge es asesinada por su propia arma, y tal vez Dickens significa por la cita anterior la sugerencia de que tal venganza viciosa, tal como lo es Madame Defarge, destruiría eventualmente incluso hasta a sus autores.
     Tantos han leído la novela a la luz del enfoque freudiano, que han relacionando la exaltación moral del superego como algo británico, sobre el inconsciente id placentero francés. Sin embargo, en la última caminata de Carton, él ve un remolino que, “daba vueltas y vueltas sin sentido, hasta que la corriente lo absorbe, y lo llevó hacia el mar,” en su cumplimiento, mientras el impulso masoquista y moral, esta sin embargo, en una unión extática con el subconsciente.
Luz y Oscuridad
     Como es común en la literatura Inglésa, el bien y el mal están simbolizados por la luz y la oscuridad. Lucía Manette es la luz y la señora Defarge es la oscuridad. La oscuridad representa la incertidumbre, el miedo y el peligro. Es de noche cuando el señor Lorry cabalga a Dover, está oscuro en las cárceles; sombras oscuras siguen a Madame Defarge; sombrías oscuras zonas de calma ecuatoriales perturban al Dr. Manette; su captura y cautiverio están envueltos en las tinieblas, la finca del marqués se quema en la oscuridad de noche, Jerry Cruncher incursiona tumbas en la oscuridad, en segundo lugar la detención de Charles también se produce por la noche. Tanto Lucie y el señor Lorry sienten la amenaza oscura que es la señora Defarge. “Esa horrible mujer parece arrojar una sombra sobre mí,” comenta Lucie. Aunque el señor Lorry trata de consolarla, “la sombra de la manera de éstos Defarges era oscuridad sobre él.” Madame Defarge es, “como una sombra sobre el camino blanco,” la nieve que simboliza la pureza y la oscuridad la corrupción de Madame Defarge. Dickens también compara el color oscuro de la sangre a la nieve blanca pura: la sangre lleva en la sombra de los crímenes de sus excretores.
Justicia Social
     Charles Dickens fue un defensor de los pobres maltratados debido a su terrible experiencia cuando se vio obligado a trabajar en una fábrica siendo un niño. Su padre, John Dickens, continuamente vivía encima de sus posibilidades y con el tiempo fue a la cárcel de deudores. Charles se vio obligado a abandonar la escuela y comenzó a trabajar diez horas en Warren Blacking Warehouse, ganando seis chelines a la semana. Su simpatía, sin embargo, está con los revolucionarios sólo hasta cierto punto: Él condena la locura de la chusma que pronto se establece. Cuando locos y mujeres masacran a mil cien detenidos en una noche, y de prisa vuelven a afilar sus armas en la piedra de afilar, muestran, “ojos que cualquier espectador no embrutecido habría dado veinte años de vida, de petrificar con una pistola bien dirigida.”
     Se le muestra al lector que los pobres son tratados brutalmente en Francia e Inglaterra por igual. Mientras el crimen prolifera, el verdugo en Inglaterra es, “encadenado a largas filas de delincuentes diversos, ahora colgando ladrónes... ahora quemando a la gente en las manos,” o colgando a un hombre dolido por robar seis peniques. En Francia, un niño es condenado a cortarle las manos y quemarlo vivo, sólo porque no quería arrodillarse en la lluvia, ante un desfile de monjes que pasaban a unos cincuenta metros de distancia. En la lujosa residencia de Monseñor, nos encontramos con, “descarados eclesiásticos de los peores del mundo mundano, con ojos sensuales, lenguas sueltas, y vidas más flojas... oficiales militares destituidos de conocimientos militares... [y] los médicos que hicieron grandes fortunas... de trastornos imaginarios.” Este incidente es ficticio, pero está basado en una historia real relacionada por Voltaire en un folleto famoso, Un Relato de la Muerte del Chevalier de la Barre.
     Tan irritado está Dickens por la brutalidad de la ley Inglesa que describe a algunos de sus castigos con sarcasmo: “el poste de la flagelación, otra institución querida y vieja, muy humanizante y suavizante para ver en acción.” Él culpa a la ley por no buscar las reformas: “Todo lo que es, está bien.” es la máxima de la Old Bailey. La horripilante descripción del acuartelamiento (ahorcado, arrastrado y descuartizado) destaca en su atrocidad.
     Dickens quiere que sus lectores tengan cuidado de que la misma revolución que tanto daño hizo a Francia no vaya a pasar en Gran Bretaña, que (por lo menos al principio del libro) se demuestra que es tan injusta como Francia. Pero su advertencia se dirige no a las clases bajas británicas, sino a la aristocracia. Él usa reiteradamente la metáfora de la siembra y la cosecha, y si la aristocracia continúa plantando las semillas de una revolución a través de comportamiento injusto, pueden estar segura de cosechará esa revolución en el tiempo. Las clases bajas no tienen ninguna agencia en esta metáfora: ellas simplemente reaccionan ante el comportamiento de la aristocracia. En este sentido se puede decir que mientras que Dickens se compadece de los pobres, él se identifica con los ricos: son el público del libro, su “nosotros” y no su “ellos.”  “Aplasten a la humanidad fuera de forma, una vez más, bajo similares martillos, y se torcerán a sí mismos en las mismas formas torturadas. Siembren la semilla de la misma licencia rapaz y la opresión de nuevo, y seguramente producirán el mismo fruto según su género.”
     Con la gente muriendo de hambre y pidiendo al Marqués por alimentos, su respuesta poco caritativa es dejar que las personas coman hierba. Las personas se quedan sin nada más que las cebollas para comer y se ven obligados a pasar hambre mientras los nobles están viviendo pródigamente a espaldas de la gente. Cada vez que los nobles se refieren a la vida de los campesinos, es sólo para destruir o humillar a los pobres.
Relación con la Vida Personal de Dickens.
    Algunos han argumentado que en, Historia de Dos Ciudades, Dickens reflexiona sobre su recientemente comenzado romance con la actriz de dieciocho años de edad, Ellen Ternan, que era posiblemente platónico, pero ciertamente romántico. Se ha observado el parecido de Lucie Manette con Ternan físicamente. 
     Después de protagonizar una obra de Wilkie Collins titulada, Profundidades Heladas, Dickens fue primeramente inspirado a escribir Historia. En la obra, Dickens protagoniza el papel de un hombre que sacrifica su propia vida para que su rival pueda tener a la mujer que ambos aman. El triángulo amoroso en la obra se convirtió en la base para las relaciones entre Charles Darnay, Lucie Manette, y Sydney Carton en Historia
     Sydney Carton y Charles Darnay también pueden tener importancia en la vida personal de Dickens. La trama gira en torno a la similitud casi perfecta entre Sydney Carton y Charles Darnay. Los dos se ven tan parecidos que Carton salva dos veces Darnay a través de la incapacidad de los demás para distinguirlos. Carton es Darnay hecho malo. Carton sugiere con mucho:

“¿Usted gusta especialmente del hombre [Darnay]? -murmuró, ante su propia imagen [estando frente al espejo], ' ¿por qué le gustaría en especial a un hombre que se parece a ti? No hay nada en ti que gustar, ya lo sabes. ¡Ah, que confundir! ¡Qué cambio has hecho en ti mismo! Una buena razón para hablar con un hombre, para que te muestre lo que habéis caído y lo que podría haber sido! Cambia de lugar con él, y habrás sido mirado por esos ojos azules [perteneciente a Lucie Manette] como estaban, y compadecido por ese rostro agitado como estaba? ¡Vamos, y acláralo en palabras llanas! Odias al compañero.”
     Muchos han sentido que Cartón y Darnay son doppelgängers, o sea, dobles fantasmagóricos, que Eric Rabkin define como un par, “de personajes que, en conjunto, representan una personalidad psicológica en la narrativa.” De ser así, tendrían que prefigurar obras como Dr. Jekyll y el Sr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. Darnay es digno y respetable, pero aburrido, al menos para la mayoría de los lectores modernos, Carton es de mala reputación, pero magnético.
     Uno sólo puede sospechar cual personalidad psicológica es la que Cartón y Darnay juntos encarnan (si es que lo hacen), pero a menudo se piensa que es la psique del propio Dickens. Dickens podría haber sido muy consciente de que entre ellos, Cartón y Darnay compartieron sus propias iniciales. Sin embargo, él lo negó cuando se le preguntó.
Personajes
Muchos de los personajes de Dickens son “planos,” no “redondos,” en los famosos términos del novelista E.M.Forster, lo que significa más o menos que tienen sólo un estado de ánimo. En Historia de Dos Ciudades, por ejemplo, el marqués es incesantemente malo y disfruta siéndolo; Lucie es perfectamente amorosa y apoya. (Como corolario, Dickens da a menudo a estos personajes tics verbales o caprichos visuales que él menciona una y otra vez, como las abolladuras en la nariz del Marqués). Forster cree que Dickens realmente nunca creó personajes redondeados.
Sydney Carton: Un abogado Inglés de mente rápida, pero deprimido. A pesar de que es retratado en un principio como un alcohólico cínico, que en última instancia se convierte en un héroe desinteresado. 
Lucie Manette: Una señora pre - victoriana ideal, perfecta en todos los sentidos. Ella es amada tanto por Cartón como por Charles Darnay, con quien se casa, y es la hija del doctor Manette. Ella es el “hilo de oro,” después de los cual el Libro Segundo se llama. Es llamado así porque ella sostiene a su padre y la vida de su familia en conjunto, y debido también a su cabello rubio como el de su madre. Ella también vincula a casi todos los personajes en el libro.
Charles Darnay: Un joven noble francés de la familia Evremonde. Disgustado por la crueldad de su familia a los campesinos franceses, que tomó el nombre de Darnay” (después del nombre de soltera de su madre, D'Aulnais) y salió de Francia a Inglaterra. Él exhibe una honestidad admirable en su decisión de revelar al Doctor Manette su verdadera identidad como un miembro de la familia Evremonde infame. Así, también, es lo que prueba su valentía en su decisión de regresar a París con gran riesgo personal para salvar el encarcelado Gabelle.
Dr. Alexandre Manette: El padre de Lucie, mantenido como prisionero en la Bastilla durante dieciocho años. El Dr. Manette muere 12 años después de la muerte de Sydney Carton. 
Monsieur Ernest Defarge: El propietario de una tienda de vinos franceses y líder de la Jacquerie, esposo de la señora Defarge; siervo del Dr. Manette en su juventud. Uno de los principales líderes revolucionarios, que abrazan la revolución como una causa noble, a diferencia de muchos otros revolucionarios
Madame Teresa Defarge: Una revolucionaria femenina vengativa, podría decirse que la antagonista de la novela. 
Jacques Uno, Dos y Tres: compatriotas Revolucionarias de Ernest Defarge. Jacques Tres es especialmente sanguinario y sirve como miembro del jurado en los tribunales revolucionarios.
La Venganza: Una compañera de Madame Defarge referida como su “sombra” y la teniente, una miembro de la hermandad de mujeres revolucionarias en Saint Antoine, y fanática revolucionaria. (Muchos franceses y mujeres cambiaron sus nombres para mostrar su entusiasmo por la Revolución). 
El Reparador de Carreteras: Un campesino que más tarde trabaja como aserrador de madera y asiste a los Defarges. 
Jarvis Lorry: Un gerente de ancianos en el Banco Tellson y un querido amigo Dr. Manette. Señorita Pross: institutriz de Lucie Manette desde Lucie tenía diez años. Ella es ferozmente leal a Lucie y para Inglaterra. 
El marqués de San Evremonde: La cruel tío de Charles Darnay. También llamado “El Joven.” Heredó el título del “anciano” de la muerte. 
El anciano y su esposa: El hermano gemelo del Marqués de San Evremonde, conocido como “el Viejo” (que ostentaba el título de Marqués de San Evremonde en el momento de la detención del Dr. Manette), y su esposa, que le teme. Ellos son los padres de Charles Darnay. 
John Barsad (nombre verdadero Salomón Pross): Un espía de Gran Bretaña, que más tarde se convierte en un espía de Francia (momento en el que debe ocultar su identidad británica). Él es el hermano perdido de la señorita Pross. 
Roger Cly: Otro espía, colaborador de Barsad. Jerry Cruncher: Portero y mensajero de Banco Tellson y secreto, el “Resurrection Man” (ladrón de cadáveres). Su primer nombre es corto, ya sea para que Jeremías o Gerald; este último nombre comparte un significado con el nombre de Jarvis Lorry.
Joven Jerry Cruncher: Hijo de Jerry y su esposa Cruncher. Joven Jerry sigue a menudo a su padre en torno a pequeños trabajos de su padre, y en un momento en la historia, sigue a su padre por la noche y descubre que su padre es un hombre resurrección, o sea, un ladrón de cadáveres. Joven Jerry admira a su padre como un modelo a seguir, y aspira a convertirse en un hombre resurrección mismo cuando crezca. 
Mrs. Cruncher: Esposa de Jerry Cruncher. Ella es una mujer muy religiosa, pero su marido, un poco paranoico, dice que ella está orando en contra de él, y es por eso que no suele tener éxito en el trabajo. Ella es a menudo abusada verbalmente y, casi tan a menudo, también físicamente, por Jerry, pero al final de la historia, parece sentirse un poco culpable por esto. 
Sr. C.J. Stryver: Un abogado arrogante y ambicioso, apadrina a Sydney Carton. Hay una percepción errónea frecuente que el nombre completo de Stryver es “C.J. Stryver,” pero esto es muy poco probable. El error proviene de una línea en el libro 2, capítulo 12: “Después de probarlo, Stryve, C.J., estaba convencido de que ningún caso más claro podría ser.” Las iniciales C.J. casi seguro se refieren a un título legal (probablemente “presidente del Tribunal Supremo”); Stryver se imagina que está jugando cada papel en un juicio en el que intimida a Lucie Manette para casarse con él. 
La costurera: Una joven mujer atrapada en el Terror. Ella precede a Sydney Carton, quien la consuela estando ambos en la guillotina. Théophile Gabelle: Gabelle es “el administrador de correos, y algún que otro funcionario de impuestos, unidos,” para los inquilinos del marqués de San Evremonde. Gabelle es encarcelado por los revolucionarios, y su carta suplicando trae a Darnay a Francia. Gabelle se “lleva el nombre del impuesto sobre la sal odiado.”
Gaspard: Gaspard es el hombre cuyo hijo es atropellado por el marqués. Luego mata al marqués y se esconde durante un año. Con el tiempo es encontrado, arrestado y ejecutado. 
Monseñor:” La denominación de “monseñor” se utiliza para referirse tanto a un aristócrata específico en la novela, como a la clase general de los aristócratas desplazados en Inglaterra. 
Un muchacho campesino y su hermana: Víctimas del Marqués de San Evremonde y su hermano. Ellos son el hermano y la hermana de la señora Defarge.
Fuente
     Mientras actuaba en Profundidades Heladas, Dickens se le dio una obra de teatro para leer llamada, El Corazón Muerto, por Watts Phillips que tenía el escenario histórico, la historia básica, y el clímax que Dickens utilizó en, Historia de Dos Ciudades. La obra fue producida mientras que Historia de Dos Ciudades comenzó por entregas en All the Year Round lo que llevó a hablar de plagio.
 Otras fuentes son la Historia de la Revolución Francesa de Thomas Carlyle; Zanoni por Edward Bulwer-Lytton, El Castillo de Spector por Matthew Lewis; Viajes en Francia por Arthur Young, y Tableau de Paris por Louis-Sébastien Mercier. Dickens también utiliza materiales de una narración de prisión durante el Terror de Beaumarchais, y los registros del juicio de un espía francés, publicado en El Registro Anual. (Wikipedia en Ingles.)
Historia de Dos Cuidades
de Charles Dickens
     Una noche tormentosa, el carruaje de correos, con tres viajeros a bordo, subía penosamente la cuesta de Dover. El cochero gritaba, “¡Vamos!¡Arreeee!” De pronto, un jinete se acercó, diciendo, “¡Eh!¡Detenéos!” Temiendo un asalto, el cochero y su ayudante apañaron sus pistolas. El cochero gritó, “Antes de acercarte más, dime quien eres y qué deseas si no quieres morir.” Descubriendo su rostro, y con voz fuerte, el intruso gritó su nombre, “¡Soy Ferry Cruncher!¡Y traigo un recado de la banca Tellsone y Compañía, para el señor Jarvis Lorry!” Enseguida uno de los viajeros reconoció la voz, diciendo, “¡No hay cuidado señores! Ferry es empleado de mi compañía, y hombre de mi confianza." Los hombres guardaron sus armas y el mensajero se adelantó para entregar un sobre, diciendo, “Tome usted, señor Lorry.” 
     Acercándose al farol del coche el caballero leyó, “Esperad a la señorita en Dover.” Y en seguida dio extrañas instrucciones al emisario: “Ve y di a los socios de la banca Tellstone que el prisionero ha resucitado.” A Ferry le pareció muy rara aquella respuesta, y dijo, “¡No entiendo señor!¡Esas palabras no tienen sentido!” Pero el viajero insistió, y dijo, “Tú solo dí a los señores exactamente esas palabras y sabrán que he recibido esta carta ¡Anda!¡Y no hagas preguntas!” Dicho esto, el mensajero desapareció en el camino, y el carruaje continuó la subida por la escarpada cuesta. Mientras tanto Ferry cabalgando reflexionaba con aire sombrío, pensando, “‘El prisionero ha resucitado’ ¡Misteriosas palabras! Si hay algo que a mí me aterra, es pensar que algún día uno de mis muertos resucitará…como no me alcanza lo que gano, tengo que pasar las noches laborando como sepulturero.” Arrebujándose en su capa, creyó sentir entonces una amenaza latente en el viento helado que surcaba la noche, pensado, “¡Oh!¡Mis muertos!¡Si pudieran hablar!¡Dios santo!¡Todo lo que dirían de mi!¡Brrr!¡La verdad es que no siembre los trato con la cortesía debida!”
  La tarde del día siguiente, el coche correo llegó por fin a Dover, y se detuvo frente a la fonda del Rey Jorge. Los pasajeros entraron a la fonda y el posadero les dio la bienvenida. Tras un momento de charla, el posadero dijo, “¿Así que viene usted de la banca Tellstone de Londres?” el caballero contestó, “Sí. Viajo hacia París por cuestión de negocios.” El posadero sonrió obsequioso, diciendo, “Entonces le daré nuestra mejor habitación. Los señores de Tellstone y compañía son frecuentes clientes nuestros. Pase, pase por aquí." Poco después tras de haberse aseado y cambiado de ropa, el caballero bajaba a la fonda, diciendo, “¡Posadero! Haga favor de darme algo de comer, y otro buen tarro de cerveza.” Acababa de sentarse a la mesa cuando una hermosa joven rubia entró en el local, haciendo que todos los parroquianos volvieran extrañados a mirarla. Levantándose algo turbado el banquero se dirigió a la recién llegada, “¡Perdone!¿Es usted la señorita Lucía Manette?” Ella pareció reconocerlo, “¿Y usted el señor Jarvis Lorry?” Jarvis dijo, “El mismo Lucía. Siéntese por favor. Celébro verle de nuevo después de 20 años.”
     Ambos se sentaron. Enseguida Lucía dijo, “Estoy realmente ansiosa por escuchar lo que tiene que decirme señor Lorry. Decía usted en su carta que era referente a…” Jarvis dijo, “A su padre, señorita. Si, en efecto.” El rostro de Lucía se ensombreció, y dijo, “¡Mi pobre padre!¡Era tan pequeña cuando murió, que casi no puedo recordar su rostro!” Entonces Lucía quiso saber, y preguntó, “¿Acaso se ha agotado el patrimonio que él y mi madre dejaron en la banca Tellstone para sostenerme todos estos años?” Pero Lorry la tranquilizó, “No, no mi querida señorita. No se trata de eso. Ellos administraron con acierto su pequeña fortuna, y aún queda a usted lo suficiente para no pasar penurias el resto de su vida.” Fue entonces que el agente de la banca le dio a Lucía Manette la asombrosa noticia, “Sucede que…¡Vuestro padre vive!” Al oír aquello, la muchacha abrió desmesuradamente los ojos y no pudo evitar dar un grito, “¡Vive!¡No puede ser!” Enseguida, por no poder resistir el golpe de tan tremenda impresión, se desmayó. En ese momento entró en la posada una robusta mujer que procedió enseguida a auxiliarla, era la señora Pross quien dijo, “¡Lucía, mi pobre niña! ¿Qué te han hecho?” Gran revuelo se armó en el lugar. El posadero dijo, “¡Pónganle un poco de alcohol en las sienes!” La mujer dijo, “¡Yo la he cuidado desde que era pequeña!¡Así que no me diga lo que tengo que hacer!” Lorry, presa de pánico, iba y venía sin saber qué hacer ni que decir. Entonces la mujer le dijo, “¿Qué le ha dicho usted a mi pobre niña para ponerla así, mal hombre?” Al fin Lucía volvió a abrir los ojos, diciendo, “¡Oh, v-vaya, e-estoy bien!” Lorry dijo, “¡Bendito sea Dios!”
     Respuesta del primer golpe emocional, Lucía se dispuso a escuchar todo lo que Lorry tenía que decirle: “¿Recuerda usted Lucía, que un hombre la trajo hace veinte años de París, sobre sus rodillas, en un carruaje? Pues aquél hombre era yo y usted una pequeña rubia y dulce que debía reunirse en Londres con su madre.”
     El tiempo retrocedió, y Lucia recordó ese momento, cuando era una pequeña niña rubia, sentada sobre las rodillas de Lorry, diciendo, “¿Porqué mi papá no viene con nosotros, monsierur?” Lorry le dijo, “E-es que…ha tenido que permanecer unos días en París, por negocios, nenita. Pero no te preocupes. Pronto estarás con tu querida mamá.” Cuando llegó su mamá, la señora Manette juzgó prudente decirle que su padre había muerto. Lucía dijo, “¡Oh, mamá!¡Yo quiero a mi papito!¡Él no puede haber muerto sin decirme adiós!”  Y apenas dos años después, ella la dejaba también, diciendo en su lecho de muerte: “D-debes ser fuerte Lucía…d-desde ahora estarás sola pero nada te faltará.” Lucía sufría diciendo, “¡Mamá, mamá!” La nana le dijo, “Cálmate, mi pequeña…yo te cuidaré. Ya no llores.” Lucía decía, “¡Soy huérfana!” Pasaron todos esos años y Lorry desde Londres se encargó de administrar el patrimonio que sus padres le legaron a Lucía, quien decía a la señora Pross,“Nana, ¡Ha llegado carta del señor Lorry! Dice que enviará el dinero para mi ingreso en el Liceo de París.” Pero lo que tanto Lucia como Lorry ignoraban es que el doctor Manette  no había muerto, sino que yacía en las mazmorras de una horrible prisión francesa. Lorry continuó narrando la historia a Manette, “Y no fue sino hasta hace unos días que nuestra banca se entero de ello; me lo notificó y me comisionó para comunicárselo y llevarla al lugar donde se encuentra ahora.” Lucía se mostró inquieta e impaciente, y dijo, “¡Oh!¡Iremos cuanto antes!¿No es verdad?” Lorry dijo, “Claro que sí, Lucía. Mañana mismo partiremos.” Sin embargo, de repente el rostro bello de la joven denotó una terrible aprehensión, y dijo, “¡Oh, Señor Lorry!¡Tengo tanto miedo!”
     Poco después, Lucía y Lorry embarcaron rumbo a Francia. Y tras una tranquila travesía. Arribaron al puerto francés de Calais. Poco después, acompañados por la señora Pross, Lucía y Lorry llegaron al arrabal de san Antonio, en la capital de Francia. Una profunda tristeza se reflejó en los ojos de ella. Lucía pensó, “¡Oh, Dios mío!¡Cuanta miseria!” Conforme avanzaban por entre las callejuelas, las escenas de hambre y desesperanza laceraban más y más el corazón de la joven, pensando, “¡Esos niños casi desnudos jugando entre la basura!¡Qué espanto!¡Cuánto dolor!” Ambas mujeres se detuvieron, por indicación de Lorry, frente a una sucia y vetusta posada. Lorry dijo, “Aquí es. Entremos.” Lorry agregó, “¿Aún tiene miedo Lucía?” Lucía dijo, “¡Oh, señor Lorry!¡Más que nunca!” Lorry se dirigió al tabernero, “Señor Defarge, soy el enviado de la banca Tellson. Ella es Lucía Manette.” Aquel hombre grande y corpulento pareció alegrarse por la llegada de los viajeros, y dijo, “¡Oh, sí!¡Qué bueno que llegaron! Pasen, pasen.” Defarge miro entonces a Lucía detenidamente, y dijo, “¡Es usted muy parecida a su difunta madre, señorita Lucía!” Lucía dijo, “¿Conoció usted a mi madre?” 
     Defarge dijo, “¡Oh, sí! Yo serví en la casa del doctor Manette y su esposa durante varios años.” En el rostro duro y fuerte de Defarge, se dibujó una expresión de ternura, y dijo, “Cuando me casé con Teresa, el doctor Manette me regaló el dinero para poner esta posada…¡Nunca dejé de agradecérselo!” Enseguida, una voz femenina, ruda y malhumorada, le interrumpió, “¡Agradecer!¡Agradecer!¡Eres blando como la manteca!¿Qué tenias que agradecer?” Y la señora Defarge con un gran trozo de carne en una mano, y un enorme cuchillo en la otra, salió de la penumbra, diciendo, “¡Después de explotar a tu padre y a tu madre toda su vida te dan una limosna y la agradeces!¡Puafff!¡Eres un cretino Pierre!” En presencia de aquella mujer, y ante su profunda mirada de odio, Lucía, sin saber porqué, bajó los ojos. Defarge dijo, “¡Teresa, por Dios!¡No digas eso!¡Esta joven es la hija del doctor!¡Aquella niña!¿Recuerdas?” La respuesta de ella heló la sangre en las venas de todos los presentes: “Si…¡claro que la recuerdo!¡Ella debió morir; y no mi pequeña hija, que ahora tendría su edad.”
     Rápidamente para evitar que su mujer continuara en aquella agresiva actitud, Defarge señaló hacia un pasillo oscuro e invitó a los recién llegados a seguirlo, diciendo, “Bueno, bueno, será mejor que ustedes vean cuanto antes al doctor. Vengan por aquí.” Lucía se estremeció al pensar que su padre estuviera viviendo en aquel lugar inmundo. Defarge dijo, “Está aquí adentro. Enseguida abriré.” A la joven le pareció incongruente que aquel antiguo criado tuviera encerrado bajo llave a su padre, y pensó, “Pero…no entiendo. ¿Porqué le ha encerrado la puerta con llave?” Defarge dijo, ¿No le ha explicado usted a la señorita el estado en que se encuentra el doctor, señor Lorry?” Lucía exigió una explicación a aquella extraña conducta, y dijo, “Señor Lorry, ¿Qué sucede? ¡Necesito saberlo enseguida!” Ya no había tiempo para una explicación. La terrible verdad se develaba sola ante Lucía, con dolorosa claridad. Defarge dijo, “Usted misma puede verlo, señorita. Él estuvo encerrado muchos años. Su razón no resistió. ¡Ni siquiera recuerda su nombre!” Defarge se aproximó cautelosamente al anciano, diciendo, “Señor, ha venido alguien que lo sacará de aquí, y que le quiere mucho.”
     Aquel hombre, por llevar tanto tiempo prisionero, no concebía la libertad, y dijo, “La puerta…cierra…¡cierra la puerta!” Y con terrible gesto de súplica, enterrado ante la luz, pidió verse de nuevo a oscuras y enclaustrado en aquel cuarto vacio, diciendo, “¡No, no!¡Por Dios, no!¡Tiene que estar cerrada!¡Mis ojos me duelen!¡Por la virgen pura, cierren esa puerta!” Lucía miraba sollozando, con infinita lástima, a su anciano padre; al que, durante veinte años, creyó muerto, y dijo, “¡Oh, Dios!¡Haga lo que dice, señor Defarge!¡Vuelva a cerrar la puerta!”  Lucía estaba terriblemente confundida, y pensó, “Ese pobre hombre, no tiene nada en común con el padre que adoré de niña ¡Le quiero, sin embargo! Pero…¿Qué puedo hacer ahora?” De pronto, Lucía tomó una resolución, “Señor Defarge, entrégueme la llave.” Defarge dijo, “¿L-la llave señorita?” Lorry creyó adivinar lo que ella se proponía, y se alarmó profundamente. Lorry dijo, “¡Lucía, no trate usted de conseguir cosas imposibles! El doctor está enfermo. Hay que ponerlo en manos de otros médicos.” Los ojos ya secos de la joven denotaban un carácter firme y una fuerte voluntad, y dijo, “Ahora, por favor, váyase. Debo estar sola con él por unos días. Tratare de hacerle perder el miedo y aceptar de nuevo la compañía de otros.” La señora Pross se negaba a aceptar tal decisión, y dijo, “No permitiré que hagas eso, niña. Él está mal de la cabeza. Puede inclusive atacarte.” Lucía dijo, “Lo haré de todas maneras, nana. Así que no discutamos y cálmate. No me sucederá nada.”
     Viendo que era imposible hacerla desistir de su noble propósito, Lorry y Defarge se llevaron a la señora Pross. Lucía les dijo, “Cuiden solamente de traernos alimento, y ropa de abrigo. Si necesita algo, lo pediré.” Lucía permaneció en el interior de aquel maloliente cuarto, tratando de que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, y escuchando los golpecitos que su padre daba a los zapatos con un martillo, como si fuese un zapatero. Lucía pensó, “Dentro de unos minutos podre distinguir perfectamente lo que hay aquí.”  Poco a poco ella logro ver en la tiniebla. Se aproximó a su padre, y posó su mano en el hombro de él, diciendo, “No te haré daño…¿Entiendes? He venido para estar contigo, para ser otra prisionera.” Ella permaneció allí, con el anciano, comportándose realmente como una prisionera más. Durmiendo y comiendo en las rudimentarias condiciones en que él lo hacía. Mientras Lucía lo veía comer, pensó, “Se atreve a comer en mi presencia. Voy venciendo ya su aversión.” Con una enorme paciencia, Lucía logró que su padre llegara a ver y sentir su cercanía como algo normal en su vida diaria. Hasta el punto de permitirle colaborar con él en sus labores de zapatero. Viviendo días y días prisionera en aquella cárcel voluntaria, compartiendo el silencio y la penuria en que su padre dejaba transcurrir las horas, llegó a sentir una profunda ternura por aquel hombre, y por todos aquellos que, como él, hubieran sufrido cautiverio. 
     Cuando Lucía le hablaba, el doctor Manette parecía quedarse extasiado con su voz, como haciendo un sobrehumano esfuerzo por reconocerla. Lucía le decía, “¿Vas a decirme ahora cómo te llamas, compañero de celda?” Hasta que una tarde, él comenzó a repetir por toda respuesta, “105, Torre de Norte, 105, Torre de Norte…” Agotada, sintiendo que aquella tarea de volver a la razón y al mundo de los afectos a aquella alma solitaria y lacerada, era superior a sus fuerzas, Lucía lloró entonces sin desconsuelo, pensando, “¡Oh, todo es inútil!” Cuando de pronto, sintió que una mano torpe acariciaba con gran delicadeza los rizos dorados que caían sobre su frente. Lucía dijo, “¡Oh!” Vio entonces, con enorme alegría, cómo se reflejaban en los ojos del anciano, un vital sentimiento de ternura. Lucía dijo, “¡Dios mío!¡No lloraré más, no te preocupes…!¡Oh, soy tan dichosa!” Sin decir nada, él metió su mano en la bolsa interior de la raída chaqueta, como buscando algo. Lucía pensó, “Parece querer enseñarme algún objeto que guarda.” En efecto, apareció en su mano una pequeña bolsita de cuero. Lucía pensó, “¿Qué será?” Sacó de la bolsita un mechón de cabellos rizados y rubios, que contempló con gran ternura, pensando, “¡Eso quería decirme! Esos cabellos deben ser míos o de mi madre…y los ha tenido veinte años con él…” La emoción traicionó a Lucía, quien intentó abrazarlo diciendo, “¡Padre, padre mío!¡Cómo has debido sufrir!” También con lágrimas en los ojos, el doctor comparó su tesoro con los rubios rizos de Lucía, y dijo, “M-mi n-niña…mi n-niña pequeñita…”


     Desde entonces el anciano se dejó atender y cuidar por su hija, y fue poco a poco acostumbrándose a la luz. Lucía le dijo un día, “¿Lo ves? Pronto podremos salir a dar un paseo.” Un día, Lucía logró pacientemente que el doctor accediera a salir a la calle que no había visto en veinte años. Lucía lo tomó de la mano y le dijo, “Anda, ven. No tienes nada que temer. Confía en mí, Padre.” Por fin Lucía decidió que su padre podía viajar. Se despidieron de Defarge y se dispusieron a regresar a Londres, donde los Manette fijarían su residencia. Al despedirse, Lucía dijo, “Gracias por haber protegido a mi padre desde su salida de la prisión, y por haber avisado a la banca Tellsone.” Defarge dijo, “Realmente, yo siempre quise bien a la familia Manette y cuando supe que el doctor vivía, e iba a ser liberado de la torre del norte, después de veinte años de prisión, le traje a esta casa.” El tabernero parecía ser un hombre franco y sencillo. “No tardé mucho en investigar que la banca Tellstone manejaba la fortuna de la familia. Y así pude dar con usted. Me alegro que su cariño y su paciencia hayan podido hacer tanto por el doctor Manette. Creo que a su lado se curará pronto.” 
     De esa manera los Manette, Lorry y la señora Pross dejaron Paris, para volver a Inglaterra. Cinco años después vivían tranquilos en una hermosa casa londinense, donde Lorry los visitaba a menudo, y la señora Pross se ocupaba de las labores domésticas. Aquella noche, como tantas otras, Lorry llegó de visita a casa de sus amables amigos. La señora Pross dio la bienvenida a Lorry, “El doctor y la señorita Lucía le esperan en la salita, señor Lorry, pase por favor.” Lorry dijo, “Gracias, señora Briggs. Tengo que darles una noticia.” El doctor Manette estaba ya completamente curado, y Lucía vivía pendiente de él. El doctor dijo, “¡Vaya Lorry, creímos que ya no venia!” Lucía dijo, “Es cierto. Suele usted ser puntual. ¿Qué lo retrasó tanto?” Lorry explicó el motivo de su tardanza, “Recibí un mensaje de los tribunales, en que se me cita como testigo para un juicio por alta traición. Hay aquí además otra notificación para ustedes.” Al oír esto, Lucía preguntó ansiosamente, “¿Se nos cita también como testigos? ¿Y a quien se acusa como traición a la patria?” Lorry dijo, “Aun tal Carlos Darnay.” El rostro de la chica dejo traslucir súbita angustia, diciendo, “¡Carlos Darnay!¡No puede ser!” Lorry dijo, “¿Qué sucede?¿Acaso usted lo conoce?” Por la mente de la joven pasaron rápidamente escenas ocurridas durante su viaje de regreso a Inglaterra, hacia justamente cinco años. Lucía dijo, “¡Oh, sí! ¿No lo recuerda usted? Viajó con nosotros cuando retornó a Francia.”
     Lucía siguió narrando lo que recordaba, “Era un joven gentil y educado que solía charlar conmigo, mientras la señora Pross cuidaba a mi padre en su camarote.” Lucía recordó cuando aquel hombre le dijo, “Debe distraerse un poco Lucía. Me parece que se preocupa demasiado por el doctor, y si continúa así, va a enfermar usted también.” Lucía recordó, “Recuerdo que me contó que huía de su familia y había renunciado a sus bienes. Prometió que algún día me aclararía porque.” Lucía recordó cuando el hombre le dijo, “Espero que no desconfíe de mi, por haberle dicho esto. En realidad, no puedo hablarle con la sinceridad que usted se merece.” Lucía continuó narrando, “Mi corazón me decía que aquel joven no era malo, y a pesar de su misterio, confié en él.” Lucía recordó cuando le dijo, “No se preocupe señor Darnay. Yo también he sido víctima de crueles destinos. No le juzgo ahora ni le juzgare nunca.”
     Lo que sucedió después en aquel viaje, ya no fue dicho por Lucía a Lorry y a su padre pero lo recordó en aquellos momentos vivientes. Recordó cuando Darnay le besó la mano diciendo, “La ámo, Lucía. No podría soportar que usted me juzgara.” Ella no hablaría a nadie de aquella pasión dulce y violenta que vivió con Carlos Darnay, durante el resto de la travesía, diciéndole, “¡Oh, Carlos, es una locura, pero te ámo!¡Yo también te ámo!” Ni mencionaría su amargura al sentir que todo terminaba en el arribo del barco a los muelles ingleses. Carlos le dijo, “Lucía, amor mío…no puedo ofrecerte nada ahora. Soy un ser sin patria y sin bienes pero algún día la suerte me favorecerá…” Ella había aceptado desde el principio que se trataba de una relación condenada al fin. Aunque era doloroso que algo tan hermoso se rompiera. Al despedirse, Lucía le dijo, “Por favor…no hagas promesas. Todo ha sido maravilloso.” La última vez que lo vio, fue todavía en la cubierta de aquella embarcación. Mientras ella, su padre y la señora Pross bajaban al muelle. Lucía pensó, “Adiós amor mío.” Carlos pensó, “¿Sera posible que no vuelva nunca más a verla?” 
     La voz de Lorry la arrancó de sus queridos sueños, quien dijo, “Carlos Darnay…pero, ¿Cómo es posible que yo no recuerdo ni su voz ni su rostro?” Lucía se levantó entonces a servir té a su invitado, diciendo, “Es natural…usted se pasó el viaje entero enfermo en su camarote, ¿Quiere el té con crema o solo?” Lorry dijo, “Con crema querida, ¡Y es verdad!¡Aquel viaje fue espantoso para mí! Tuvieron que sacarme en camilla del barco. Sí, ahora me explico.” Llegó el día señalado para la primera audiencia. La sala del tribunal supremo de la justicia británica estaba repleta cuando el juez anuncio la apertura de la sesión. El juez dijo, “¡Que entre el acusado!” Carlos Darnay entró en el recinto, custodiado por dos guardias. La acusación fue pronunciada en voz alta: “Carlos Darnay, se le acusa de alta traición a los intereses de su real majestad, el supremo monarca de Inglaterra. Ya que usted ha venido prestando servicios a la monarquía de Francia, país con el que estamos en guerra. ¿Se reconoce usted culpable?” Antes de responder, los ojos del acusado se fijaron en los ojos húmedos y emocionados de Lucía. Carlos Darnay pensó al verla, “¡Ella!¡Ella aquí!¡Por fin vuelvo a verla, aunque sea en estas tristes condiciones!” El juez se impacientó, “¡Responda Carlos Darnay!¿Es usted o no es usted culpable?” Y el joven acusado respondió, todavía con los ojos intensamente clavados en los de la muchacha, “¡Soy inocente!¡Juro que soy inocente!” Habló entonces el fiscal, “En nombre del rey, voy a probar a ustedes que este joven de apariencia noble y delicada es en realidad un taimado malandrín que ha traicionado a Inglaterra, actuando en poder de Francia, la patria de sus padres.”
     El primero de los testigos fue llamado a declarar, y el fiscal dijo: “El señor John Barrault, que fuera amigo del acusado hasta enterarse de los planes siniestros de éste, nos dirá lo que sabe.” El testigo habló, “Fui contratado como secretario de Carlos Darnay, al ser nombrado éste ayudante del señor Barrault, fabricante y vendedor de armas de guerra. Varias veces noté que Darnay ordenaba copiar las listas del armamento que se vendía al ejército ingles, y se guardaba tales copias. Sospeché que allí había algo extraño. Y lo vigilé.” Todos escuchaban con solemne atención, “Supe que viajaba continuamente a Francia, y enviaba también con frecuencia largas cartas a sus amigos de allá. Me apoderé de sus de sus envíos, y los entregué a la corte.” El fiscal entregó al juez, como prueba del delito, un conjunto algo desordenado de papeles. El fiscal dijo, “He aquí la prueba del delito. Estos son los informes que el susodicho Darnay enviaba a Francia, conteniendo datos respecto al armamento inglés.” Varios repitieron más o menos las mismas acusaciones contra Darnay: “Yo que soy marinero, le vi en Calais hablando misteriosamente con un militar Francés.” “Sé que él vivió en Francia desde pequeño.” “Habla con desprecio del rey de Inglaterra.”
     El fiscal, de pronto, señaló a Lucía Manette, como testigo de cargo: “Suplico a la señorita que pase al estrado.” Lucía pensó, “¿Yo? ¡Ese hombre tratara de utilizarme para inculpar a Carlos!¡Y no podre hacer nada para ayudarlo!” Y en efecto, el fiscal dijo, “Usted conoció a Carlos Darnay en la travesía de Francia a Londres hace cinco años, ¿No es verdad, señorita?” Ella dijo, “Sí, es verdad. Nos conocimos en el barco.” Las preguntas eran malintencionadas, “¿Le habló él de los motivos que tenia para venir a Inglaterra?” Lucía dijo, “No…me aseguró sin embargo que eran honrados. Pero que no podía aclararme entonces en qué consistían!” El fiscal continuó con aire de triunfo, “Doctor Manette, ¿Habló el acusado con usted, respecto a su procedencia y sus proyectos?” El doctor dijo, “Lo siento…yo no lo recuerdo. En aquel entonces me hallaba enfermo de la razón.” Terminados los interrogatorios, el fiscal resumió su caso, “Creo que las declaraciones han probado suficientemente la culpabilidad de Darnay. ¡Pido para él la pena de muerte!” El grito angustiado de Lucía resonó por toda la sala: “¡NOOO!”
     Sin embargo, no todo estaba perdido. El abogado defensor de Darnay se levanto de su asiento. “¡Pido a su señoría me permita ahora el interrogar a los testigos!” Comenzó por hacer confesar a John Barrat los motivos que tenia para guardar resentimiento contra el acusado. Barrat dijo, “Bueno, si…fui despedido porque él delató ante el señor Barrault mi negligencia.” E hizo caer en irrisorias contradicciones al resto de los testigos. Uno de ellos dijo, “B-bueno…si…en realidad aquel podía ser un militar austriaco.” Otro dijo, “Su madre era francesa y quedó huérfano cuando niño, si.” Y otro dijo, “Bueno…lo que le escuché decir fue que Jorge Washington llegaría a ser un personaje histórico más importante que el rey de Inglaterra actual…” Llegó una vez más el turno de Lucía. El fiscal dijo, “Señorita, es obvio que usted no desea decir nada para inculpar a Carlos Darnay, ¿Le cree realmente usted un traídor a la patria?” Lucía dijo, “¡Oh, no señor! Llegué a conocerlo muy bien durante la travesía y es una persona de nobles sentimientos y elevados ideales.” Fue entonces que el defensor reveló los secretos de Darnay: “El joven Darnay se llama en realidad Carlos de Saint Evremont y es sobrino del Marqués de Evremont, ilustre y poderosos personaje de la corte francesa.” Mientras el defensor aclaraba el pasado de Darnay, el doctor Manette comenzaba a comportarse de manera extraña, diciendo, “Torre del Norte, Torre del Norte…105…Torre del Norte…” Afortunadamente todos se hallaban embebidos en lo que el defensor narraba con gran poder de convencimiento: “Muerto el padre de Carlos, cuando éste contaba apenas doce años de edad, él y su madre fueron a vivir con su tío.”
     El fiscal siguió narrando cuando el tío de Carlos los recibió en su llegada, “¡Claudette querida!¡Estas tan pálida! Aquí tendrás que dejarte de tristezas y divertirte como todos nosotros y este pequeño, en lugar de un ‘gentleman’ sombrío como su padre, será un alegre y galante miembro de la corte.” El fiscal siguió narrando, “La madre de Carlos ingresó, poco tiempo después, en un convento, y el pequeño quedó exclusivamente al cuidado del marqués. El marque había procreado solo una hija y era viudo. Así que tenía en mente casar a Carlos con Elvira, su heredera, cuando los dos tuvieran edad suficiente para ello. En una ocasión, el tío de Carlos les dijo, mientras comían en la mesa, ‘He contratado a una institutriz alemana para ustedes. La que tenían era inglesa. Y ahora no está de moda que los niños aprendan anglosajón.’”
     El fiscal continuó con la narración, “Carlos creció, pues en el marquesado de Saint Evremont, A él le agradaban la lectura y los paseos solitarios. Elvira, sin embargo, era una alegre y frívola criatura, entregada por completo al bullicio y los placeres de la corte, diciendo, ‘¡Ja, ja, ja! Quizá en el baile de esta noche me decida a darte el beso que me pides, Jaques…¡Oh, pero no te fíes de mi, pues tal vez me decida por Jean…¡Oh, Ji, Ji, Ji!¡Mira que cara ha puesto!’En el palacio del marquesado se daban continuamente fiestas, en las que derrochaba lujo y fastuosidad. El marqués solía invitar a su casa a los más poderosos personajes de la corte. Ella decía al verlos llegar, ‘Diviértanse, diviértanse, sonrían y bailen…para eso los he invitado.’ Y mientras tanto, la miseria y la muerte se enseñoreaban de las gentes que habitaban los barrios más tristes de París. En las tierras de labranza que rodeaban el castillo, la siembra no se realizaba porque el marqués quería tener pastos suficientes para sus caballos de raza pura. Y los campesinos morían de hambre, diciendo, ‘Esta noche, mis hijos comerán solo raíces silvestres.’ Al joven Darnay no le pasaba desapercibida la cruel indiferencia de los nobles por la suerte de los desdichados, pensando, ‘¡Oh, esta pobre gente debe odiarnos!¡Y no les falta motivos para ello!’ Fue así como Carlos Darnay comenzó a trabar contacto con algunos escritores y artistas franceses, en cuyas juntas se discutía el estado social de las cosas, diciendo, ‘Yo creo que nuestro futuro está en el enciclopedismo, que algunos escritores como Voltaire postulan.’ El joven Jean Gabelle, hijo de uno de los sirvientes del palacio, acompañaba siempre a Carlos. En una de las reuniones intelectuales Carlos le dijo a Gabelle, ‘¿Quién es aquel hombre, Jean?’ Gabelle era inteligente y rebelde. Y desde niño se había interesado en las cuestiones intelectuales. Gabelle le dijo, ‘Es Dennis Diderot, uno de los ideólogos del nuevo movimiento de ideas, al que llaman enciclopedia.’ 
“Una tarde Carlos fue invitado por su tío a ir con él hasta París, que no quedaba muy lejos de su palacio. Al subir a carruaje el tío dijo, ‘Volveremos a tiempo para la cena, sobrino.’ Los carruajes de los nobles solían correr a toda velocidad por las populosas calles de los barrios parisinos, aterrando a los transeúntes que se apresuraban a esquivar los cascos de los caballos. Y aquella tarde, como cualquier otra, los niños jugaban despreocupadamente por la calle. Uno de aquellos pequeños, de apenas ocho años de edad, fue arrollado por el carruaje de Saint Evremont. Cuando logró detener la loca carrera, era ya demasiado tarde. Asomándose por la ventanilla del carruaje, el tío dijo, ‘¿Qué sucede?¿Por qué nos hemos detenido Pierre?’El cochero dijo, ‘¡Oh, señor!¡Pobre criatura!¡La hemos arrollado!’ El padre de la criatura atropellada, con el cadáver sangrante de esta en los brazos, la presentó al marqués y a Carlos, diciendo, ‘¡Miren lo que han hecho con mi pequeño hijo!’ El marqués entonces con aire displicente puso una moneda de oro sobre el cuerpo del niño muerto, ante la mirada atónita del pobre hombre, diciendo, ‘Toma. Así podrás comer algo…de todas formas la vida no le deparaba a tu hijo más que miserias.’ Carlos no podría olvidar nunca más la mirada rencorosa y dolorida de aquel hombre, y el tío dijo, ‘¡Cochero, adelante o llegaremos tarde al palacio!’ En el momento de avanzar el carro, el joven recibió en pleno rostro un proyectil que le sangró en la mejilla. Era la misma moneda de oro que el marqués había entregado a su víctima, la cual estaba ahora manchada con su sangre. 
     Carlos dijo, ‘Ha sido esto lo que me ha golpeado, tío.' El poderoso marqués se indignó, diciendo, ‘¡Esos bellacos ineducados!¡Te digo que no puede uno ser benigno con ellos!¿Te das cuenta? Le doy una limosna y ahora te la arroja para herirte en la cara. ¡Hay que tratarlos con mano dura!’ La herida que aquella moneda causo a Carlos, fue mas profunda en su mente, que en su delicada piel, y dijo, ‘La muerte de ese niño…no tiene ningún sentido. Nada de esto tiene ningún sentido.’ Ante la sorpresa de su tío Carlos ordenó a su tío que se detuviera, ‘¡Para los caballos Pierre!¡Voy a bajarme!’ El marqués dijo, ‘¿A bajarte?¿Qué te sucede sobrino?’Las palabras del muchacho afrentaron poderosamente al señor, ‘Me parece infame que pases sobre el tierno cuerpo de un niño con tus caballos, y que sigas tu camino hacia palacio tan tranquilo…¿Es que no te das cuenta de que has cometido un asesinato?¡Has segado la vida de ese pequeño!¡Luego, has dado una limosna a su padre. Lo que solo ha servido para humillarlo más. ¡Yo no quiero ser cómplice de tal infamia!’ En aquel momento Carlos volcó toda la ira acumulada durante años, contra la indiferente tiranía de su pariente más cercano, diciendo, ‘Por tu culpa han muerto muchos de los campesinos del marquesado. Ya que les impides sembrar para dar el pasto a tus caballos. Solo piensas en las intrigas de la corte, y en las pequeñas miserias de los cortesanos, cuando a tu alrededor la gente sufre y muere por tu estúpida ambición.’ 
     Ante la furia de Carlos, el marqués solo respondió con sarcasmo a todas sus acusaciones, ‘De manera que me reprochas que cuide mis propiedades y mi poder, que sea enemigo de la vulgaridad de la plebe…Tú, que vives de mi pan y mi palacio!¡Va!’Las palabras soberbias del tío encerraban una terrible amenaza, diciendo, ‘Todo lo que has dicho te convierte en mi enemigo. Reservaba para ti lo mejor de mi herencia. Incluso, la mano de mi hija. Has disfrutado de una inmejorable educación, de comodidad y de afecto dentro de mi casa. Has disfrutado de mi fortuna, pero no deseas compartir mis culpas…¡Muy cómo de tu parte, Carlos! Pero has de saber que el poder y la culpa van en un solo paquete. Y que has elegido el vacio, la miseria. ¡Y mi enemistad para siempre!’Carlos se bajó del carruaje y mientras se alejaba el carruaje, aún escuchó la voz de su tío, ‘Has bajado de mi carruaje…¡Y te quedaras ahí en la calle!¡A ver si en ella encuentras la paz y la justicia que buscas!’ Fue así como Carlos dejó para siempre el apellido Saint Evremont para llamarse solo Darnay, como su padre. Y emprendió la travesía para Inglaterra, huyendo de la venganza de su tío.”
     El abogado defensor terminaba así de narrar la historia de Carlos Darnay, “Por eso no pudo decir, en aquel barco, a que se dedicaría en Inglaterra. Ya que contaba con hallar a algunos amigos de su padre. Pero ignoraba la suerte que le aguardaba.” El defensor ayudó a Lucía a bajar del estrado, diciendo, “Creo que todo lo que he dicho, y lo cual puede comprobarse, además de la falta de moral y convicción de los testigos del fiscal, anulan la causa contra Carlos Darnay. Gracias por su testimonio, señorita.” Pero en ese momento, sin que nadie le diera tiempo de detenerlo, el doctor Manette, enloquecido, saltó sobre Carlos Darnay, dispuesto a matarlo, diciendo, “¡Tú!¡Maldito carcelero!¡Tú acabaste con mi vida!¡Y así acabaré con la tuya!” Lograron separar al doctor de Darnay, pero aún la mirada del ex prisionero seguía siendo de intenso odio hacia el muchacho. El fiscal detuvo al doctor diciendo, “¡Por Dios, doctor, cálmese ya!” El doctor dijo, “¡Fue él!¡Fue él quien me encerró en la torre!¡Saint Evremont!¡Fue él!” Lucía no pudo resistir la idea de que su padre hubiera vuelto a perder la razón, y cayó desmayada en medio de la sala. Un joven alto y delgado, muy parecido a Carlos Darnay, levantó en brazos a la muchacha, y salió con ella fuera de la sala.
     Cuando ella volvió a abrir los ojos, dijo, “¡Carlos!” Pero no se trataba de Darnay. El hombre dijo, “L-lo siento señorita Lucía…soy Cartone, ayudante del defensor.” Lucía se incorporó y Cartone le ofreció un vaso de agua, diciendo, “No entiendo, ¡Usted se parece tanto a Carlos!¿A dónde me ha traído?” Cartone dijo, “Estamos en un saloncito del tribunal. No se preocupe. Su padre está siendo atendido.” En esos momentos, el alterado doctor Manette, era conducido por Lorry y un par de enfermeros hacia una clínica. Mientras el fiscal ayudaba a llevarlo, dijo, “Tendrá que volver al tratamiento, ¡Qué Barbaridad!” Cartone y el abogado defensor de Darnay se hicieron cargo de Lucía. El abogado defensor le dijo, “Carlos ha sido absuelto, señorita Manette. Siento mucho lo de su padre. Ahora, si nos permite, la llevaremos a su domicilio.” Lucía no dejaba de admirar de admirar el extraño parecido que había entre Sydney Cartone y Carlos Darnay, diciendo, “¿Son ustedes amigos o parientes de Carlos?” El abogado defensor le dijo, “No señorita. Yo soy defensor de oficio y Cartone es mi ayudante.” 
     Ella estaba lejos de imaginar que aquel joven tan semejante a su amado era en realidad un ser brillante, superdotado, que se veía obligado a realizar un trabajo arduo y difícil con el que el otro salía a lucirse. Desde niño, su extremada sensibilidad, le había hecho parecerse débil y ser el blanco de los abusos de los demás. Un niño solía decirle, “¡Lo que pasa es que eres un cochino tartamudo!” Él decía, “¡N-no e-es ci-cierto!” Los demás niños reían. Estudió la carrera con enormes penurias. Solía trabajar durante el día de mesero en una taberna, tras haber estudiado la noche entera. Todo para que ya siendo abogado, encontrára colocación solamente como ayudante de un defensor de oficio que le hacía realizar toda la tarea, para luego salir airoso, gracias al talento y al esfuerzo de Cartone en los tribunales. Mientras su patrón abogado se iba con una dama, le decía, “Hasta la vista amigo. Procura terminar eso hasta mañana.” Cuando Cartone conoció a Carlos Darnay, le pareció estar ante una imagen idealizada de sí mismo, como si se encontrára por fin con la realización de los que siempre había querido ser, pensando, “¡He allí lo que yo pude haber sido, de haber nacido en el seno de la aristocracia!” Desde ese momento sintió una gran simpatía por su doble, y se propuso salvarlo de cualesquier acusación que hubiera caído sobre él, pensando, “No sé porqué siento una gran confianza en este joven, tan semejante a mí.” 
     Al despedirse, Cartone, siendo llevado por un impulso irresistible tomó la mano de Lucía y la besó. Lucía pensó, “¡Oh, por un momento me pareció estar frente a Carlos!” Pero el inevitable tartamudeo de Cartone sacó bruscamente a la joven de su ensueño, “No-nos ve-ve-veremos pronto se-señorita Manette,” Ella dijo, “¡Oh, sí, sí, claro!” Posteriormente, al hallarse sola en su alcoba, Lucía se echó a llorar, pensando, “¡Oh, Dios mío!¡Volveré a encontrar a Carlos y descubrir al mismo tiempo que por causa de él o de su familia mi padre perdió la razón!” Darnay por su parte, caminaba triste por una calle de Londres, pensando, “Lucía…la he hallado de nuevo, y la he perdido definitivamente. Nunca me perdonará por pertenecer a la familia Saint Evremont.”

     Mientras tanto, en Francia estallaban las revueltas populares que comenzarían con la toma de la Bastilla y culminarían con una verdadera revolución. Los Defarge, tras de la toma del poder por los revolucionarios, formaban parte de un tribunal popular. Una de las mujeres rebeldes dijo a la multitud, “El castillo de Saint Evremont ha sido devastado y yo misma busque al marqués por todas partes, pero el muy canalla había huido.” Los vecinos del arrabal de San Antonio ignoraban que el astuto marqués, avisado del peligro, se había disfrazado de mendigo, y había logrado llegar hasta Calais, donde embarcó para Italia, pensando mientras subía al barco, “¡Je!¡Logré burlar a eso miserables!” Pero también ignoraban que aquel barco, en el que el tirano creía estar a salvo de la muerte, naufragó en mar abierto, sin que uno solo de sus tripulantes quedara vivo. Sedientos de venganza, las víctimas del marqués habían ideado un plan para cebarse en Carlos Darnay. Una mujer de la multitud dijo, “Nos queda el sobrino consentido del marqués. Está en Inglaterra pero le haremos venir, comunicándole que Gabelle está preso, y le necesita.” Otro de los de la multitud dijo, “¡Sí!¡Sí!¡Que venga!”
     En Londres, Lucía Manette atendía a su padre postrado en cama, diciendo, “Bebe esto papá. Te hará bien” El doctor, postrado en cama solo decía, “Torre del Norte 105, Torre del Norte 105.” Sydney Cartone visitaba frecuentemente la casa de los Manette, diciendo. “¿Có-cómo si-sigue el doctor Lu-Lucía?” Ella le dijo, “Igual Cartone, pero quédese, y hágame compañía. Le ofrezco un poco de té.” La amistad entre los dos jóvenes fue haciéndose cada vez más estrecha. Sentados a la mesa, tomando el té, ella le dijo, “Te confieso que aún amo a Carlos Cartone, pero no se…creo que nos separa la desgracia que su tío le causó a mi padre.” El amor pleno y desinteresado de él conmovía hondamente a Lucía, quien decía, “Tú tiene casi la misma cara de Carlos, pero tu mirada es más triste y tu sonrisa tímida y amarga.” Y cuando aquella corriente de mutua comprensión se hacía más y más intensa, la voz de la señora Pross resonó en la estancia, “¡Lucía!¡Tu padre te llama!”
     Lucía fue ante su padre, quien yacía en cama. Tomando una mano de su hija entre las suyas, el doctor, que parecía haber recobrado la lucidez, comenzó a hablar, lenta y pausadamente, “Hija…he recordado. Al fin he recordado todo.” El doctor comenzó a narra su historia, “Todo comenzó un día en que recibí un mensaje del marques de Saint Evremont, rogándome atender a su esposa que había caído enferma. Después de leer la carta, yo te dije a ti, que eras una chiquilla, ‘Siento dejarte sola ahora que tu madre ha ido a Londres, hijita, pero tengo que salir.’ La señora marquesa agonizaba y, ahogada por la culpa, me habló en sus últimos momentos de la infinidad, de crímenes cometidos por su temible esposo, diciendo, ‘Dígalo usted al rey, doctor. Es necesario que alguien ponga fin a este infierno.’ Salí de esa recamara tras expirar la marquesa, reflexionando respecto a los horrores que ella me había narrado, y a la necesidad de denunciarlos, pensando, ‘Tiene razón. ¡Esto es inaudito!’ Entonces varios hombres me sujetaron violentamente, diciendo uno de ellos, ‘¡Dése preso, doctor Manette!’ Y yo solo dije, ‘¿Eh? P-pero…¿qué se propone?
Apareció entonces ante mí, el causante de tantos infortunios, diciendo, ‘Esta usted acusado de asesinar a mi esposa, doctor…no se resista. Tengo cien testigos que pueden jurar que usted la envenenó.’ Traté de resistirme a aquella nueva infamia, pero era inútil. Atado de mano le dije, ‘¡No puede hacer esto!¡Diré a todo el mundo respecto a sus crímenes y a su tiranía!’El hombre solo dijo, ‘¡Ja, Ja, Ja!¡Usted no dirá nada, doctor!¡Ahora es mi prisionero!’ Fui entonces encerrado en lo alto de la torre del norte del castillo de Evremont, precisamente en una celda que no sé porque, tenía el número 105, grabado con letras doradas en el marco de la puerta. Así pase 20 años de mi vida, en la oscuridad, comiendo pan y bebiendo agua inmunda, sin hablar con nadie, sin asomarme nunca al exterior. Un día, un pobre zapatero remendón fue arrojado en mi celda. Fue el único compañero de prisión que tuve en todo ese tiempo. Me enseñó el oficio de zapatero que podía ejercer en aquella oscuridad, y murió al poco tiempo, dejándome otra vez completamente solo. Creo que perdí la razón cuando los carceleros sacaron el cuerpo de aquel hombre de la celda, y supe que el resto de mi vida lo pasaría en aquel espantoso horror.’
     Lucía lloraba conmovida al escuchar las palabras de su padre, diciendo, “¡Cuánto has sufrido!¡Cuánto!” El doctor dijo, “Querida…ahora que lo he recordado todo claramente de nuevo, creo que debo decirte algo más.” El doctor sabía que lo que tenía que decir, alegraría el corazón de si hija, “Ese joven Carlos Darnay…no tiene culpa alguna de lo sucedido.” Al sentir que sus emociones más secretas eran descubiertas por su padre, Lucía enrojeció. Su padre dijo, “Sé que lo amas y no es justo que le guardemos rencor por un crimen que él no cometió.” En ese preciso instante, Cartone recibía un mensaje que ponia en su rostro gran excitación, diciendo, “¡No puede ser!” Bajó entonces Lucía del aposento de su padre, radiante por la felicidad, y al ver a Cartone le dijo, “¡Cartone!¿Se va usted?” Tartamudeando más que de costumbre por la emoción, él trató de explicarle, “Pre-preso de nuevo…él e-está pre-preso  en Francia.” Ella no sabía aún de que se trataba, y dijo, “¡Por Dios, no le entiendo!¿Quién está preso?” Le extendió entonces el mensaje que había recibido, diciendo, “to-to-me…le-lea.” Ella dijo, “si.” La carta lo decía claramente. Se trataba de Carlos Darnay, “Viaje inmediatamente a Paris. Darnay nos llama. Está preso de los revolucionarios. Repórtese en el despacho.” Cartone comprobó con tristeza el intenso dolor que aquel mensaje producía a su amada Lucía, pensando, “¡Su corazón pertenece a Carlos!¡No hay para mi ninguna esperanza!” Enseguida, una generosa promesa salió de sus labios, “Lucía…no quiero verla tan triste…no se preocupe. Yo le salvaré. Sé que usted le ama. Y yo haré lo que sea por lograr que ustedes vuelvan a reunirse y sean felices.” Los ojos de ella estaban, una vez más, llenos de lagrimas, diciendo, “Hágalo, Cartone…¡Por lo que más quiera salve a Carlos Darnay!” El abogado se alejó de aquel lugar, con las palabras de ella clavadas en el corazón, pensando, “¡Por lo que más quiera!¡Claro que sí!¡Lo que más quiero eres tú Lucía!”
     En Paris, Carlos Darnay se enfrentaba a las ansias vengativas de las victimas de su tío. Y una de sus más furibundas acusadoras, era la robusta señora Defarge, quien le decía, “Este refinado caballerito es el heredero de Saint Evremont...y, por tanto, debe morirse en la horca.” La mujer comenzó a hablar al jurado de los motivos de su resentimiento, “Mi hija… mi pequeña hija de solo tres años, murió por culpa del maldito marques.” La mujer narró la historia, “Una noche, mi niñita enfermó y el único médico de los alrededores la atendía, diciendo, ‘Hay que vigilarla, mujer. Es muy pequeña, y si viene una complicación no lo resistirá.’ Entraron entonces los esbirros del marqués, diciendo uno de ellos, ‘Doctor, la pequeña Elvira está enferma. Tiene que venir enseguida al castillo.’ Supliqué al doctor que permaneciera al lado de mi hija, diciendo, ‘Por favor doctor…no la déje. Usted mismo dijo que corre peligro. El marque puede enviar por otro médico para la pequeña Elvira.’ El doctor trató de hacerles ver que estaba atendiendo a una enferma, pero se lo llevaron a rastras, en mi presencia. El doctor decía, ‘No…esperen. Debo quedarme aquí…¡Suéltenme!’ Uno de los hombres dijo, ‘¡Usted vendrá con nosotros!¡Y no hay nada más que decir!’ Al poco rato mi pequeña murió. El médico regresó algo más tarde, pero ya no había nada que hacer. Solo le dije al doctor, ‘¡Ese marqués está loco! Elvirita solo tenía un poco de gripe, y yo…¡Oh Dios mío!’ El día que prendimos fuego al castillo de Evremont, fui tan feliz como cualquiera de ustedes. Llevé a Elvira hacia una de las más lujosas salas, diciendo, ‘¡Ahora padecerás, como padeció mi hija, que debiera tener tu edad!’ La niña me decía, ‘¡Suélteme!¡Por Dios, tenga piedad de mi!’Me aseguré de que aquella jovencita presuntuosa no escapara a su destino. Le cerré la puerta con llave diciendo, ‘¡Más vale que te resignes a morir!’ La niña gritaba, ‘¡Abra, por piedad!¡Déjeme salir!’Aún escuché sus gritos de auxilio cuando bajé para escapar del fuego, que ya invadía el castillo.” 
     El padre de aquel niño muerto por los caballos de Evremont, en plena calle, también señaló como culpable a Carlos: “Tú al menos vengaste la muerte de tu hija! Pero mi pobre Pablo fue arrollado por el carruaje del marqués…¡Y éste hombre iba con él!” Un coro de voces furiosas de alzó gritando improperios contra el acusado: “¡A la horca!¡Muera el heredero!¡Hay que acabar con esta estirpe de asesinos!” Fue entonces que llegaron Cartone y el defensor a la asamblea, diciendo, “¡Señores!¡Por Dios!¡Orden!¡Justicia para el acusado!¡En Francia nadie ha querido defender a Carlos Darnay! Pero yo estoy dispuesto a hacerme cargo de su caso.” La gente miró con suspicacia a los recién llegados. Pero todos volvieron a sentarse. El defensor dijo, “Debo solicitar a la asamblea que se dé una oportunidad al acusado…” Los ánimos volvieron a exaltarse. Uno de la multitud dijo, “¿Acaso el marqués nos dio alguna vez una oportunidad para no morir de hambre?” Otro gritó, “¡No le daremos a ese bastardo oportunidad de volver a tiranizarnos!” El defensor trató de imponerse aludiendo a las leyes, “Señores, les recuerdo que esto es un juicio…no un lugar para ventilar rencillas y decidir venganzas.” De pronto, un cuchillo de cocina, que nadie supo nunca de dónde provino, atravesó la espalda del defensor, quien dijo, “¡Y-yo…!¡Aaagh!”Al ver esto, Cartone decidió salir rápidamente de aquel lugar.
     Mientras tanto, en Londres, Lucía Manette recibía dos cartas. Al verlas, dijo, “¡Las dos vienen de París!¡Dios mío!” Una de ellas era del propio Defarge, “Comunicamos al doctor Alejandro Manette y a su hija Lucía, que el descendiente único del Marqués de Saint Evremont, Carlos Darnay, ha sido condenado a muerte. Por tanto, la infamia de que fueron víctimas, ha quedado vengada. S. Defarge.” Temblando sin poder casi leer por el dolor, Lucía abrió la otra misiva, “Carlos no morirá. Voy a hacer algo casi imposible. Sonría, y no me olvide.”
     Darnay, en una mazmorra, esperaba el cumplimiento de su sentencia, pensando, “mañana, al amanecer, todo habrá cesado. Deseo que llegue el momento. ¡Esta esperanza es horrible!” El tiempo transcurría con lentitud perversa. En un pasillo cercano, dos sombras se agazapaban. Una era Cartone, quién permaneció en la oscuridad mientas la guardia iba a ser relevada. La otra era del, quien llevó comida y bebida al prisionero, diciendo, “Tome esto, Darnay. Debe comerlo ahora, pues tengo de retirar enseguida las vasijas.” Carlos Darnay regreso las vasijas al relevo, y dijo, “¡Gracias guardia, he bebido ya!” Uno de los guardias que era calvo dijo, “Procúre descansar. Mañana terminará todo!” El relevo se sentó en el banco, mientras el calvo se alejó con su mojada peluca en la mano. El relevo le dijo, “Tomaré tu lugar Pipo.” Cartone aguardaba el momento de realizar sus planes. Pipo dijo, “Hasta mañana.” El relevo dijo, “Que duermas bien.” Fue entonces que la sombra se puso en movimiento. Entonces el relevo dijo al ver la sombra, “Debe estar ya dormido. El soporífero que le di es potente.” La sombra dijo, “Ahora te encargaras de que sea llevado al barco, con rumbo a Londres, como hemos convenido.” Así el plan de Cartone se consumió. Cartone dio unas monedas al guardia y dijo, “Toma, y llévatelo ahora mismo.” El  guardia dijo, “Mis amigos se encargaran de lo demás, descuida.” Lo imposible había sido realizado. A pesar de la fuga, había aún un prisionero en la celda de los condenados a muerte. Cuando el guardia cargó en su lomo a Carlos Darnay, narcotizado, Sydney Cartone pensó al verlo, desde su nueva celda, pues había tomado su lugar, “Allá va él, que es quien puede hacer dichosa a mi amada.”
  Al amanecer Cartone sería sacrificado en lugar de Darnay. Y Carlos, muchas horas después, despertaba en la cubierta de un barco, diciendo, “¡Oh, mi cabeza! P-pero…¿Qué es esto?¿Dónde estoy?” Un marino ingles le ofrecía, y le decía, “Esta usted en la goleta ‘Dorian,’ que llegará a Londres dentro de unos días. Beba si quiere. Le hará bien. Al parecer un milagro le ha salvado de morir en la guillotina, amigo.” Darnay no podía comprender, y dijo, “Si…yo debía morir…debía haber muerto al amanecer, pero ¿Cómo llegue hasta este barco?” El marino le extendió entonces un misterioso lacrado, y dijo, “Tóme. Quien pagó porque le trajéramos a bordo, nos dio esto para usted. Supongo que en éste sobre encontrará respuesta a sus peguntas.” Carlos leyó y releyó varias veces aquellas cartas, conmovido hondamente por su contenido, y dijo, “Solo nos vimos unos cuantos días, ¡Cómo pudo llegar a estimarme tanto!”  Carlos leyó, “Siento que al morir en su lugar, vivo al menos un poco de la vida que me hubiera gustado vivir. He podido, al menos una vez en mi experiencia, hacer gala de la generosa nobleza que quise tener siempre. Reúnete con Lucía. Házla feliz. Ella te espera. No hay ya rencores que obstruyan la felicidad de ustedes. No me recuerden con tristeza, sino con amor. Cartone.”
     Lleno de nuevas esperanzas, Darnay bajó de aquella embarcación en los muelles ingleses, pensando, “Nunca creí que volvería a ver las casas y las gentes de Inglaterra.” Poco después tocaba la puerta de la mansión de los Manette. El doctor Manette en persona le recibió, ya completamente restablecido, diciendo, “Pase, pase, Darnay. Acepte mi mano de amigo.” Pasaron a sentarse ambos. Entonces el doctor dijo, “Recibimos apenas esta mañana la carta en que se nos anunciaba su llegada…mi hija aún no sabe que usted se ha salvado.” Sydney Cartone había enviado también aquella misiva, dirigida a Lucia, para explicarle cómo era que había salvado a Carlos Darnay.  Darnay pudo constatar  que aquel hombre, que sufriera tanto a causa de su tío, había recuperado por completo el uso de sus facultades, y no animaba hacia él animadversión alguna. El doctor dijo, “Lucía no tardará en llegar…” Y en efecto: “Papá…esa capa que hay en el recibidor…¡Oh, Dios mío!” Los jóvenes se lanzaron, espontáneamente, uno en brazos del otro. Lucía dijo, “¡Carlos!¡Era verdad, has vuelto!” Carlos dijo, “¡Ha sido un milagro Lucía!”
     La boda se celebró pronto. Y ese mismo día, Lucía y Carlos dejaron caer en el mar dos hermosas azucenas en memoria de Cartone, el más dulce, humilde y generoso de los amigos.
Tomado de Novelas Inmortales, No. 190. Año IV Julio 8 de 1981. Adaptación: Dolores Plaza. Segunda Adaptación: José Escobar.