Club de Pensadores Universales

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lunes, 22 de octubre de 2018

Guillermo Wilson de Edgar Allan Poe

     “William Wilson” es un cuento de Edgar Allan Poe, publicado por primera vez en 1839, con un entorno inspirado en los años formativos de Poe, en las afueras de Londres. El cuento sigue el tema del doppelgänger, y está escrito en un estilo basado en la racionalidad. También apareció en la colección de 1840, “Cuentos de lo Grotesco y Arabesco,” y ha sido adaptada varias veces.
     La historia sigue a un hombre de “ascendencia noble,” que se llama a sí mismo, William Wilson, porque, aunque denuncian su pasado despilfarrador, como persona, éste no acepta toda la culpa de sus acciones, diciendo que “el hombre nunca fue así ... tentado antes.” Después de varios párrafos, la narración continúa en una descripción de la infancia de Wilson, que se pasa en una escuela, “en un pueblo de Inglaterra de aspecto brumoso.”
     William conoce a otro niño en su escuela que tiene el mismo nombre y aproximadamente la misma apariencia, y que incluso nació en la misma fecha (19 de enero, cumpleaños de Poe). El nombre de William (afirma que su nombre real solo es similar a "William Wilson") lo avergüenza porque suena "plebeyo" o común, y le molesta que deba escuchar el nombre dos veces más debido al otro William.
     El niño también se viste como William, camina como él, pero solo puede hablar, a traves de un susurro. Comienza a aconsejar a William de una naturaleza no especificada, a la que se niega a obedecer, resentido por la “arrogancia” del niño. Una noche, se mete en la habitación del otro William y retrocede con horror ante la cara del niño, que ahora se parece a la suya. William abandona inmediátamente la academia y, en la misma semana, el otro chico sigue su ejemplo.
     William eventualmente asiste a Eton y Oxford, gradualmente se vuelve más pervertido y realiza lo que él denomina “travesuras.” Por ejemplo, le roba a un hombre haciendo trampa en las cartas. Aparece el otro William, con el rostro tapado, y susurra unas palabras suficientes para alertar a otros sobre el comportamiénto de William, y luego se va sin que otros vean su rostro. William está obsesionado con su doble en los años siguientes, quien frustra los planes descritos por el otro William como impulsados ​​por la ambición, la ira y la lujuria. En una carrera, intenta seducir a una mujer casada en el Carnaval de Roma, pero el otro William lo detiene; el enfurecido protagonista arrastra a su antecámara a su doble “irresistente,” que lleva ropa idéntica, y lo apuñala fatálmente.
     Después de que William hace esto, de repente aparece un gran espejo. Reflejado, William ve, “mi propia imagen, pero con rasgos pálidos y manchados de sangre:” aparentemente el doble muerto, “pero no habló más en un susurro.” El narrador siente como si estuviera pronunciando las palabras: “En mí exististe, y en mi moriste, ve ... cuán absolutamente te has asesinado a ti mismo.”
Antecedentes
     El escenario de “William Wilson” es semi-autobiográfico, y se relaciona con la residencia de Poe en Inglaterra, cuando era niño. El “pueblo de Inglaterra de aspecto brumoso” mencionado en la historia, es Stoke Newington, ahora un suburbio del norte de Londres.
     La escuela está inspirada en la, Manor House School en Stoke Newington, a la que Poe asistió desde 1817 hasta 1820. El director de Poe allí, el reverendo John Bransby, comparte el mismo nombre que el director en la historia, aunque en esta última adquiere la dignidad de ser un “doctor.” Esta escuela ha sido demolida desde entonces.
     La iglesia mencionada en la historia se inspirada en la Iglesia “Antigua” de Santa María, la iglesia parroquial original de Stoke Newington. Este edificio sigue existiendo. En la historia de Poe, la iglesia se describe teniendo una aguja gótica. La aguja, sin embargo, solo se añadió a la iglesia en 1829, unos nueve años después de que Poe hubiera abandonado la escuela.
     Además, Poe reconoció que la idea de una historia sobre la molestia que uno siente, al conocer a alguien con el mismo nombre, arruinando así un sentimiento de singularidad, se inspiró en, “Un Drama No Escrito de Lord Byron,” de Washington Irving. Al final de esta historia de Irving, el personaje principal mata a su doble con su espada, solo para ver su propia cara detrás de la máscara.
Análisis
     “William Wilson” explora claramente el tema del doble. Este segundo yo, persigue al protagonista y lo lleva a la locura y también representa su propia locura. Según el biógrafo de Poe, Arthur Hobson Quinn, el segundo y\"Yo" representa la conciencia. Esta división del "Yo" se ve reforzada por la admisión del narrador de que, “William Wilson” es en realidad un seudónimo. El nombre en sí es una opción interesante: “hijo” de "voluntad". (Will significa Voluntad, y Son, Hijo). En otras palabras, William Wilson se ha forjado a sí mismo junto con el doble que comparte ese nombre.
     Poe escribió la historia con mucho cuidado y con sutileza. Las oraciones son equilibradas, con muy pocos adjetivos, y hay pocas imágenes concretas más allá de la descripción de la escuela de Wilson. La estimulación se establece deliberadamente como pausada, y se mide utilizando un estilo formal y oraciones más largas. En lugar de crear un efecto o estado de ánimo poético, como Poe recomienda su ensayo, “La Filosofía de la Composición,” Poe está creando un relato basado en la racionalidad y la lógica.
Recepción de la Crítica
     Cuando Poe le escribió a Washington Irving pidiéndole una aprobación, solicitó específicamente una respuesta a “William Wilson,” calificándolo de “mi mejor esfuerzo.” Irving respondió: “Es manejado en un estilo altamente pintoresco, y el interés singular y misterioso está bien sostenido en toda la historia.”
     Thomas Mann dijo sobre, “El Doble: Un Poema de Petersburgo,” de Fyodor Dostoievski, el cual explora un tema de Doppelgänger similar al de Poe, que la novela de Dostoievsky, "mejoró el 'William Wilson' de Edgar Allan Poe, un cuento que trata el mismo viejo motivo romántico, pero de una manera mucho más profunda en el aspecto moral, y que resuelve con más éxito el [tema] crítico en el poema."
     Un doppelgänger es un pariente no biológicamente relacionado o doble de una persona viva, a veces retratado como un fenómeno fantasmal o paranormal, y generalmente visto como un presagio de mala suerte. Otras tradiciones e historias equiparan al doppelgänger con un gemelo malvado. La palabra “doppelgänger,” se usa a menudo en un sentido más general y neutral, y en la jerga, para describir a cualquier persona que se parezca física, o en su comportamiento, a otra persona. (Wikipedia Ingles).
Guillermo Wilson
de Edgar Allan Poe
     Edgar Allan Poe, el atormentado escritor bostoniano, ha pasado a la inmortalidad como uno de los maestros de la literatura gótica.  A continuación, ésta obra, la cual es un ejemplo claro de su estilo.
     En un elegante barrio londinense, se encontraba situada la residencia de los señores Wilson. Ese medio día de enero de 1813, ocurría un importante acontecimiento en casa. El llanto de un niño recién nacido se escuchaba. Había nacido el primer hijo del matrimonio Wilson.  La recién hecha madre, en la cama de su recamara, cargaba al niño en sus brazos y decía, “Es un niño precioso.” Su esposo, quien estaba a un lado de la cama dijo, “Se llamará Guillermo, como mi padre.”
     El pequeño Guillermo Wilson mostró desde su tierna infancia un carácter difícil. Un día, el niño dijo a su madre, “Mamá, quiero ir a pasear. ¡Ordena que me lleven al parque!” Su madre le dijo, “Hace mucho frio, hijo, y tú has estado tosiendo.” A continuación, el niño hizo una rabieta, y, dando una patada, dijo, “¡Quiero salir!¡No deseo estar en casa!” Su madre trató de tranquilizarlo, y le dijo, “Querido, comprende que…” El niño lanzó un jarrón, gritando, “¡No!”  Su madre se levantó del sofá y dijo, “Esto merece un castigo. ¡Vete a tu cuarto!” Su madre lo tomó, y el niño gritó, “¡No, yo quiero salir!” Su madre dijo, “¡Obedéceme!” Enseguida, Guillermo gritó, “¡AHHH!¡Me pegaste!¡AYYYY!” Su madre, extrañada le dijo, “Pero…si apenas te toqué…” El niño se lanzó al suelo, revolcándose y gritando, “¡AYYYY!¡Me duele!¡Me duele!¡AYYY!” Su madre desconcertada le dijo, “Hijo, por favor, no grites así…yo no quise…”
     En ese momento, su padre llegó, “¿Qué sucede?” La señora Wilson explicó, “Quiere ir a pasear, le dije que no, lanzó el jarrón al suelo. Lo envié castigado a su recamara, y por eso grita.” Su padre se arrodilló frente al niño y le dijo, “¡Guillermo!¡Cállate!” Pero el niño seguía gritando, “¡Me pegó!¡AYYY!¡Me duele mucho!¡AYYY!”  Su padre se levantó, y dijo, “Levántate y vete a pasear.” El niño sollozaba. La madre dijo, “Pero…” El señor Wilson dijo, “¡Déjalo! Es mejor que lo lleven a parque.” Sin que sus padres lo vieran, el niño sacó la lengua y pensó, “Yo siempre hago lo que quiero.”
     Poco después, la señora Wilson se preocupaba, diciendo, “¡Dios mío!¿Qué vamos a hacer?” El señor Wilson le dijo, “¡Cálmate querida! Esta es una edad difícil. Espero que cambie cuando crezca. Lo enviaremos al colegio Bransby; tiene fama de estricto; ahí aprenderá a dominar su carácter voluntarioso e irascible.” La señora dijo, “¿Y si no lo hace? Es demasiado caprichoso. No respeta a nadie.”  El señor Wilson dijo, “Cuando vaya al colegio, tendrá que adaptarse a la disciplina, y aprenderá a obedecer.”
     Hasta ese momento, todos los intentos de los padres por refrenar los malos instintos del niño, habían fracasado. Un día, mientras el niño apedreaba a los gansos, el mayordomo le dijo, “Señorito Guillermo, no debe maltratar a los animales. Es muy malo lo que hace.” Guillermo lo enfrentó, diciendo, “¿Cómo te atreves a hablarme así?¡Yo soy hijo de los señores de la casa en que sirves!” El mayordomo le dijo, “Aunque así sea, usted no debe…” En ese momento, el pequeño le dio una patada, diciendo, “¡Cállate!” El mayordomo exclamó, “¡AYYY! Le diré a sus padres lo que me hizo.” Guillermo rió, y le dijo, “¡Ja, Ja, Ja! ¿Y qué crees que me harán? ¡Nada! Yo negaré todo y te despedirán por mentiroso.” El mayordomo pensó, “Tiene razón. Los señores no son capaces de corregir a este niño, que es la misma piel del Diablo.”
     Guillermo sabia que a pesar de su corta edad, siempre dominaba la situación. Y, a medida que crecía, abusaba de ello. A menudo sucedían escenas tales como que, en la mesa de desayuno, su hermanita decía, “¡AYYY!¡Mamá, Guillermo me dió una patada!” Y Guillermo decía, “¿Yooo?¡No es cierto!” Entonces su madre le decía, “¡Guillermo, no molestes a tu hermana!¿Cuándo aprenderás a comportarte con corrección?” Guillermo le gritó, “¡No hice nada! Siempre le crees a ella. ¡Los odio a todos!” Enseguida, Guillermo aventó un plato de comida a su hermana en la cara. Su hermana gritó, “¡AYYY!” Su madre exclamó, “¡Guillermo!¡Oh, Dios mío!”
     Por fin, para alivio de la familia, Guillermo cumplió 13 años, y con ello llegó el momento de marchar al colegio. Al despedirlo, su madre le dijo, “Pórtate bien, hijo. Ya eres grande. Obedece a tus maestros.” Guillermo le dijo, “Sí, sí. Últimamente me has repetido eso muchas veces. Ya me lo sé de memoria.” Enseguida, Guillermo se dirigió a su padre, “¡Vamos, papá! Mamá no va a terminar nunca de despedirse.” Su padre le dijo, “Sí, es mejor partir…Alicia, mañana estaré de regreso.”
     Al día siguiente, por la mañana, Guillermo se encontraba en el colegio Bransby. Un alumno se le acercó, y le dijo, “Estaremos en el mismo salón. ¿Cómo te llamas?” Guillermo le dijo, “Guillermo Wilson. ¿Y tú?” El joven le dijo, “Carlos Hallward. Soy hijo de Lord Hallward.” Guillermo pensó, “Está tratando de impresionarme, con su apellido, claro, ¿Cómo el mío es tan vulgar? Siempre lo he odiado al igual que mi nombre. Ambos son tan poco elegantes y plebeyos.” El joven exclamó, “¡Guillermo Wilson!¡Qué coincidencia!” Guillermo seguía pensando, “Éste me las pagará. Ya me encargaré de hacerle la vida miserable y de nada le servirán sus títulos.” El joven Carlos agregó, “¡Sí que es coincidencia!”
     Enseguida, Carlos señaló hacia un joven, y dijo,  “Ese compañero se llama igual que tu.” Guillermo se asombró, y le preguntó, “¿Qué dices?”  Carlos le dijo, “Que también se llama Guillermo Wilson. ¿Es tu pariente?” Guillermo contestó enfadado, “¡Claro que no! Es la primera vez que lo veo en mi vida.” Carlos le dijo, “Quizá sea un pariente lejano de esos que uno nunca se entera si no es por casualidad. En todas las familias los hay.” Guillermo le dijo en tono de advertencia, “¡No en la mía! Y no te atrevas a decir lo contrario.” Carlos le dijo, “Esta bien, disculpa. No quise molestarte.”  Sorprendido por la reacción de su compañero, Carlos se alejó. Guillermo, estando solo, pensó, “¡Es el colmo de la mala suerte!¡Llamarse igual que yo y estar en el mismo curso! No solo tendré que escuchar el odiado ‘Guillermo Wilson’ cuando me nombren a mí, sino también a él.”
     Muy pronto, la fuerza de carácter de Guillermo le dio ascendiente sobre sus compañeros. Un día, Guillermo le dijo a sus compañeros, “Yo puedo saltar esa barda sin dificultad. Incluso podría hacerlo en una más alta.” Carlos le dijo, “¡Eso es imposible, no lo creo!” Otro de los compañeros que estaba con ellos dijo, “Si Guillermo lo dice, es verdad. Ha demostrado ser el mejor en deportes.” Enseguida, Guillermo enfrentó a Carlos y dijo, “¿Me estás diciendo mentiroso Carlos?” Guillermo era el mejor no solo en deportes sino también en los estudios, nadie se atrevía a competir con él, pero había una excepción. Cuando Carlos se disculpó, diciendo, “Yo solo decía…” El otro Guillermo se presentó, diciendo, “Carlos tiene razón al dudar. No es fácil para alguien de nuestra edad saltar esa altura.”
     El otro Guillermo se había convertido para él en una verdadera pesadilla. Entonces el otro Guillermo dijo, “Guillermo, demuéstrales que puedes hacerlo.” Guillermo pensó, “Otra vez este intruso metiéndose en lo que no le importa. Siempre trata de mortificarme delante de los demás.” Guillermo dijo, “Lo haré, pero no ahora, sino cuando yo quiera…¿Qué ustedes también dudan?” Carlos dijo, “¡No, claro que no!” A pesar de que sus compañeros le daban la razón, cuando estos se alejaron, Guillermo quedaba con un sabor amargo de derrota, pensando, “¡Es arrogante y desagradable! Si él no estuviera aquí, yo sería el mejor sin dificultades. Pero me iguala con facilidad y tengo que hacer un gran esfuerzo para no ser derrotado por él.”
     El rencor de Guillermo hacia su rival aumentaba día a día, pero éste parecía no darse cuenta. Un día, el maestro del curso de literatura hizo un reconocimiento, y dijo, “La mejor composición de ésta semana fue escrita por Guillermo Wilson.” Entonces Guillermo dijo, “Yo lo sabía. Siempre mis trabajos son perfectos.” Sin embargo, el reconocimiento pertenecía al otro Guillermo, quien pasó al frente, ante la sorpresa de Guillermo. El profesor le dijo, “Lo felicíto. Está excelentemente escrita.” El otro Guillermo dijo, “Gracias señor.” El profesor le dijo, “Léala frente al grupo, por favor, Deseo que todos sus compañeros la escuchen.” Guillermo pensó, “¡Maldito! Hice todo el ridículo, y todo porque tiene mi mismo nombre.”
     El otro Guillermo leía su escrito, “La amistad. ¿Qué es realmente la amistad?...” cuando Guillermo levantó la mano. El profesor le dijo, “¿Qué desea, Wilson?”  Guillermo dijo, “No escúcho señor. ¿Podría el compañero hablar más alto?” El profesor dijo, “Esta bien. ¡Wilson, levante la voz!” Guillermo sabía que su rival padecía un problema en la garganta que solo le permitía hablar en voz muy baja, casi en murmullo. Ese defecto de su homónimo, era de lo único que podía tomarse para tratar de molestarlo. Guillermo volvió a interrumpir y dijo, “Lo laménto, señor, pero sigo sin escuchar y no quisiera perderme una palabra de tan excelente composición.”
     El profesor dijo, “Wilson, le he pedido que hable más alto.” El otro Guillermo dijo, “Perdóne, señor, pero me es imposible. Si me permite, mi compañero Guillermo Wilson tiene una voz magnifica. Quizá él quiera leer, yo se lo agradecería.” El profesor dijo, “Me parece bien. Wilson, venga y lea.” Como tantas otras veces, lo que podría haber sido un triunfo para él, se transformaba en una derrota. Guillermo se levantó de su asiento, y pensó, “Nuevamente me ha vencido. Lo hace de tal forma, que nadie se da cuenta de que su intención es humillarme.”
     Cada día, el sentimiento de animosidad hacia su adversario aumentaba. Un día, un estudiante le pregunto a Guillermo sobre el otro Guillermo, quien caminaba frente a ellos, “Ese es tu hermano, ¿Verdad?” Guillermo le dijo, “No. Yo no tengo ningún hermano.” El estudiante le dijo, “Todos creen que es así, como tiene el mismo apellido...” Guillermo le dijo, “Es solo una desagradable coincidencia.” Nada le podía enfurecer más, que el insistente rumor de que eran parientes. Una vez, sentado en el comedor con sus compañeros, Guillermo pensó, “Cómo no van a pensar que somos hermanos, si cada día se parece más a mí. Creo que me imita solo por molestarme. Se viste igual, imita mi forma de andar, y hasta mis gestos. Ni siquiera mi voz se le ha escapado. Aunque no puede hablar  con mi tono, lo hace como si fuera mi eco. No comprendo cómo los compañeros, no se han dado cuenta de que me imita, y se burla de mi.”
     La continua ansiedad que le causaba la rivalidad con el otro Guillermo Wilson, le hacía actuar en forma cada vez mas despótica.  Un día, Guillermo lazó una piedra que pegó en el pizarrón, mientras el profesor anotaba, de espaldas al grupo. El maestro volteó y dijo, “¿Quién fue?” Guillermo, quien era el culpable, le dijo a Carlos, quien estaba sentado frente a él, “Carlos, échate la culpa, o te las veras conmigo.” El maestro insistió, “¡De pie el culpable!” Pero Guillermo continuó con su amenaza, “¡Obedéceme, o te arrepentirás!” Carlos dijo, “Pero…me castigarán.” Pero Guillermo le dijo, “Cobarde, es mejor que hagas lo que te digo.”
     El maestro dijo, “¡Estoy esperando!” El otro Guillermo se puso de pie, y dijo, “Yo fui, señor.” El profesor dijo, “¡Wilson! No lo esperaba de usted, que siempre ha tenido un buen comportamiento.” El otro Guillermo dijo, “Discúlpeme, yo…” El profesor dijo, “¡Venga acá! Recibirá su castigo.” Guillermo pensó, “¡Estúpido, siempre metiéndose en lo que no le importa!”  El otro Guillermo expuso las palmas de sus manos y el profesor las golpeó con una vara. ¡PLAF!¡PLAF!¡PLAF! Cuando terminó la clase, se acercó uno de los prefectos del colegio y le dijo al otro Guillermo, “¿Por qué te echaste la culpa? Tu no fuiste.” El otro Guillermo dijo, “No podía dejar que castigáran a Carlos, o a otro. Yo soy más fuerte, y puedo recibir los golpes.” Mientras los demás compañeros escuchaban, el otro Guillermo continuó, “A veces cometemos faltas sin estar preparados para recibir el castigo, y entonces se busca culpar a otro.” Guillermo pensó, “Está dando a entender que soy más débil que él. Me protege sabiendo que así me humilla.”
     Así transcurrieron cinco años, y durante éstos, el sentimiento de Guillermo hacia el otro Guillermo, se fue transformando en odio. Un día, el otro Guillermo y Carlos, estaban en el aula trabajando en una tarea, cuando llegó Guillermo y dijo, “Carlos, ¿Cómo te atreves a poner tus cosas en mi pupitre?” Carlos le dijo, “Perdona Guillermo, es solo un momento.” Guillermo arrojó los libros y una botellita de tinta abierta que estaban en su pupitre, diciendo, “¡Ni un segundo!¡Estoy harto de soportar tus impertinencias!” Carlos se arrodilló para recoger sus libros y papeles, diciendo, “¡Mira lo que hiciste!¡Manchaste mi trabajo!” Guillermo le dijo, “¡Así aprenderás a respetar el lugar de los demás!” El otro Guillermo enfrentó a Guillermo, y le dijo, “No debiste hacer eso, ¿Por qué le tienes tan mala voluntad a Carlos? Siempre lo estas molestando.” Guillermo le dijo, “¡Métete en tus asuntos! Nadie te ha pedido tu opinión.” El otro Guillermo le dijo, “Te lo digo por tu bien. Deberías aprender a dominar tu carácter, y tratar de tener mejores sentimientos con los demás.”
     Guillermo le dijo, “¿Quién te crees que eres para darme consejos que no he pedido? Me desagrada escuchar tu estúpida voz.” El otro Guillermo perdió la calma y le dijo, “La próxima vez que te acerques a mí, te voy a dar tu merecido. ¡Quítate de mi vista!” Guillermo le dijo, “Me das lastima.” El otro Guillermo estuvo a punto de levantar la mano, diciendo, “Te voy a …” cuando un recuerdo infantil, lo detuvo, viéndose jugando con un niño igual a él, y pensó, “¿Qué me sucedió?¿Por qué de pronto tuve la sensación de haberlo conocido antes…en otra época? Es absurdo, fue solo una ilusión, seguramente se debió a que actuó en forma diferente a como siempre lo hace.” Por su parte, Guillermo pensó, “Me habló golpeado, y sus palabras fueron directas y desagradables. Nunca antes lo había visto perder la calma.” Guillermo se retiró pensando, “¡Me voy a vengar! Le daré una lección que no olvidará.”
     Es noche, estando en su habitación, Guillermo pensó, “Es el momento. Muchas veces he tratado de hacerle daño, pero mis planes han fracasado. Esta vez no será así.” Sin hacer el menor ruido, se dirigió al dormitorio de su rival. Guillermo pensó, “Duerme profundamente. Ahora sabrá quién soy yo, y no volverá a molestarme.” Se acercó lentamente a la cama, con una vela, y pensó, “¿Qué me sucede?¿Porqué sus rasgos no me parecen los de él?¿Qué hay en ellos que me confunden? No lo veo así cuando está despierto…¡Ahora su cara es como la mía!¡Es como si estuviera viéndome en un espejo!” Guillermo se asombró aún más, y pensó, “Tiene mi nombre…los mismos rasgos…nacimos el mismo día y el mismo año…¡No, no puede ser! Lo que veo es el resultado de su insensata imitación de mi persona!” Sobrecogido de terror, salió así corriendo del cuarto. Guillermo pensó, “Tengo que irme de aquí. ¡No quiero volver a verlo! Abandonaré ahora mismo la escuela.”
     Cuando Guillermo regresó a su casa, no fue sorpresa para su padres verle llegar, acostumbrados a su voluntariosa forma de ser. Su padre le dijo, “¿Y qué piensas hacer ahora?” Guillermo dijo, “Voy a descansar un tiempo, y después, ingresar a Eton.”  Los primeros días, ya acostado en su dormitorio, a Guillermo le perseguía constantemente lo sucedido en el colegio. En sus sueños escuchaba la voz, ¡GUILLERMO WILSON! ¡GUILLERMO WILSON! ¡GUILLERMO WILSON! Guillermo gritaba dormido, “¡NOO!” Al despertar, Guillermo exclamó, “¡Fue un sueño, solo un sueño!” Poco a poco, los recuerdos se fueron debilitando y rara vez la imagen de su rival acudía a su memoria. Una mañana, mientras se afeitaba, Guillermo pensó, “¡Qué tonto fui!¿Cómo pude creer que se me parecía? Lo único que teníamos en común era el nombre.” 
     Después de varios meses de completa ociosidad, Guillermo ingresó a Eton. Allí, Guillermo se encontró a un ex compañero del colegio. Quien le dijo, “Si que me he llevado una sorpresa al verte.” Guillermo le dijo, “Yo también, Jorge. Nunca imaginé encontrarte aquí.” Jorge le dijo, “A todos nos extrañó tu desaparición del colegio. ¿Por qué te fuiste sin despedirte?” Guillermo le dijo, “Estaba aburrido y decidí regresar a casa. Ya sabes que yo no me detengo cuando quiero algo.” Jorge le dijo, “¿Te acuerdas del otro Guillermo Wilson?” Guillermo le dijo, “Sí, ¿Qué pasó con él?” Jorge le dijo, “Pues la tarde del día que abandonaste el colegio, también él se fue.” Guillermo dijo, “¡Cómo!¿ Porqué?” Jorge dijo, “Dijo que una repentina desgracia familia lo obligaba a marcharse.” Guillermo dijo, “¿De qué desgracia se trataría?” Jorge dijo, “¡No lo sé! Jamás habló de su familia. Era muy reservado. Nunca supimos realmente quien era.” Guillermo dijo, “¡Es cierto! Ni siquiera nos enteramos de donde venía o qué hacía su padre.” Jorge dijo, “Ahora que lo pienso, me extraña que no se lo hayamos preguntado, y que él no hablára de sí mismo.”
     Guillermo dijo, “Ya no tiene importancia. Hay gente que siempre pasa desapercibida.” Enseguida, Guillermo hizo una pausa, y dijo, “Hablando de otra cosa, ¿No quieres unirte a mi grupo? Te divertirás en grande.” Jorge le dijo, “No sé…ya te conozco. No me gustaría contravenir las normas de éste lugar; ya sabes que son muy estrictas.” Guillermo le dijo, “Hablas como si aún estuviéramos en el colegio. Esto es una universidad. La vida hay que gozarla, mi querido Jorge. Esta noche tendremos una partida de cartas en mi habitación, no te la pierdas.” Jorge le dijo, “¿Te das cuenta de que si nos descubren, podríamos ser expulsados?” Guillermo le dijo, “¿Por qué nos van a descubrir? Nadie se atreverá a acusarnos. El que lo haga, se las verá conmigo.” Jorge le dijo, “De todos modos, prefiero evitar problemas. Mi padre es muy disciplinado, y si me meto en líos, no me lo perdonaría.” Guillermo le dijo, “¡Allá tú! Te invité porque creí que eras un hombre, pero veo que continuas siendo un niño.” Jorge dijo, “No es eso…yo solo…está bien. ¡Iré!” Guillermo le dijo, “Así se habla. No te preocupes por nada. Sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. Si alguna vez necesitas algo.”
     Jorge, que había sido siempre un estudiante responsable, se vio pronto inmerso en la vida de disipación a la que lo arrastró Guillermo. Ambos disfrutaron yendo a casinos, bebiendo y en compañía de mujeres. Mientras abrazaba a una de ellas, Jorge dijo a sus compañeros, “¡Brindemos por las mujeres, la diversión, y la buena vida!” Sus compañeros brindaron, diciendo, “¡Salud!” Olvidando sus deberes, el grupo se entregaba a toda clase de vicios.
     Un día, de madrugada, mientras jugaban a las cartas, uno de los del grupo dijo, “Ya son las cinco de la mañana. ¿Otra vez no asistiremos a clases?” Jorge dijo, “¿Quién piensa en eso? Yo de aquí no me muevo. ¡Estoy ganando!” Así transcurrió un año, y una tarde, Jorge se acercó a Guillermo, y le dijo, “Guillermo, estoy desesperado. ¡Tienes que ayudarme !Solo a ti puedo recurrir.” Guillermo le dijo, “¿Qué te sucede?” Jorge le dijo, “Anoche jugando perdí una enorme suma. Tengo que pagar hoy, y no tengo un centavo.”  Guillermo le dijo, “Lo laménto, pero, ¿de qué te preocupas? Tu padre es rico, pídele el dinero que necesitas.” Jorge le dijo, “¡No puedo hacer eso! Si se entera de que me he dedicado a jugar, además de no darme un centavo, me desheredará.” Guillermo le dijo, “Sí que estas en un lío. Ve cómo arreglarlo, porque sin dinero no hay diversión, y tendrás que dejar nuestro grupo.”
     Jorge le dijo, “Pero…no me puedes hacer esto. Tú me dijiste que si necesitaba algo, podía contar contigo…” Guillermo dijo, “¿Yo dije eso? No me acuerdo…perdona, pero tengo que terminar de arreglarme, me espera una mujer maravillosa.” Jorge insistió, “Guillermo, ¿No te das cuenta que estoy en la ruina? ¡Tú me metiste en esto!¡Tú me indujiste a jugar!” Guillermo le dijo, “¿Yo?¿Acaso te obligue? Yo no soy responsable de lo que hagan los demás.” Jorge se alteró, y dijo en voz alta, “Te decías mi amigo, ¿No vas a ayudarme?” Guillermo le dijo, “¿Cómo? No hay nada que hacer por ti.” Jorge le lanzó un golpe en la cara, diciendo, “¡Miserable!” Guillermo cayó al suelo, y le dijo, “¡Esto lo pagarás!” Jorge le gritó, “¡Ahora me doy cuenta de lo que realmente eres!¡Un hipócrita, un sinvergüenza, un ca…! ¡Aggh!” Guillermo le asestó a Jorge un golpe en la cara.
     
     Poseídos por una fuerza animal, se trenzaron a golpes. Uno de sus compañeros llegó, y dijo, “¡GUILLERMO, JORGE!¿Se han vuelto locos?¡Deténganse!¡Deténganse! ¡Basta, no sigan!¡Vengan a ayudarme!¡Se están peleando!¡GUILLERMO, lo vas a matar!” A continuación, llegaron más compañeros a la ayuda, diciendo, “¡Déjalo!¡Déjalo!” Dos lograron detener y sujetar a Guillermo, y uno de ellos dijo, “¡Estás loco, casi lo matas!” Guillermo dijo, todavía alterado, “¡Es una basura! Se atrevió a insultarme. Quería que le diera dinero para pagar sus deudas de juego.” Ambos compañeros soltaron a Guillermo, quien dijo, frente de Jorge, “Insiste en que yo lo obligué  jugar. Anoche, mientras yo dormía, perdió juna fortuna en un ratito y según él, yo tengo la culpa.” Uno de los compañeros del grupo dijo, “Jorge, ¿Cómo puedes decir eso? Cada quien es responsable de sus actos. Guillermo es un gran compañero y te atreves a culparlo.” El compañero continuó, “¡Te creíamos un caballero pero has actuado como un patán! ¡Guillermo tuvo razón en golpearte!” Guillermo le dijo, “¡Sal de aquí, o no respondo!¡No te atrevas a volver a cruzarte en mi camino!” Jorge desapareció de Eton, y Guillermo y su grupo, continuaron con su vida de libertinaje.
     Así transcurrieron dos años, y una madrugada en que se encontraban todavía reunidos, un mayordomo se acercó a la mesa de juego, entonces Guillermo dijo, “¿Qué quieres?¿Quién te dio permiso para entrar?” El mayordomo dijo, “Señor, una persona, al parecer con mucha prisa, desea hablarle.” Guillermo se levantó de la mesa y dijo, “No espero a nadie pero iré a ver…quizá sea alguien que desea entrar al juego…” Tambaleándose , Guillermo se dirigió al vestíbulo. Enseguida Guillermo dijo, “¿Quién…quien es…usted?” A la débil luz del amanecer, apenas se podía distinguir la silueta del visitante, quien dijo, “¡Guillermo Wilson!” La voz, que era un extraño murmullo, lo despejó al instante. Guillermo recordó las escenas del colegio, con el otro Guillermo. Fueron apenas unos segundos, en los que pareció perder el sentido. Guillermo pensó, “¿Dónde está?¿Fue mi imaginación, o lo vi realmente?”
     En los días siguientes, no pudo apartar de su mente lo sucedido. Guillermo pensaba, “Era él, estoy seguro. ¿Cómo supo dónde estaba?¿Porqué se presentó así?¿Qué pretende?” Pero su preocupación por el asunto no duró mucho, ya que muy pronto otra cosa ocupó su mente. Guillermo platicaba con un compañero, quien le decía, “¿Así que nos dejas, Guillermo?” Guillermo le dijo, “Sí, me traslado a Oxford, ¡Ya me aburrí de éste lugar!” Un mes después, Guillermo desempacaba su equipaje, pensado, “Aquí sí que estaré a gusto. Con el dinero que me dan mis padres, y lo que gáne jugando, me daré vida de príncipe.” Guillermo había logrado dominar las artes del jugador profesional, y los ricos herederos que frecuentaban Oxford,  eran presa fácil para él. Mientras un grupo de ellos, cenaban juntos, uno de ellos comentó, “Anoche perdí una buena suma jugando con Guillermo. No sé qué mañas se vale para ganar siempre.” Otro de ellos comentó, “¿Qué insinúas?¿No te atreverás a decir que hace trampa? Guillermo es todo un caballero.” Otro de los comensales dijo, “No hay en todo Oxford alguien más honrado, franco y generoso que él. Le tienen envidia porque goza de una gran suerte.” Otro de los comensales dijo, “A veces hace algunas locuras, pero se deben a su gran imaginación y a las extravagancias propias de u hombre adinerado.” Defendido así por sus compañero de francachelas, que no dudaban de su honestidad, continuó su línea de conducta.
     Un día, Guillermo dijo a uno de sus compañeros, “Me dijeron que tenemos un nuevo compañero, un tal Lord Glendinning.” Su compañero le dijo, “Sí, todo un personaje. Lo que le falta de inteligencia, le sobra de dinero. ¡Es rico como un creso!” De inmediato Guillermo decidió hacerlo su presa y lo instó a jugar. Frente a él, en la mesa de juego, Guillermo le dijo, a Lord Glendinning, “Perdí otra vez. No hay duda que eres un gran jugador.” Lord Glendinning le dijo, “Nunca imaginé tener tanta suerte, quizá la próxima vez te vaya mejor, Guillermo.” Pero Guillermo pensó, “Así será. Te he dejado ganar, y ya estás  confiado. Ha llegado el momento de llevar a efecto mi plan.” Otro de los apostadores dijo, “Yo me retiré a tiempo, Jaime y Guillermo son demasiado buenos, y si no gana uno lo hace el otro.”
Días después, Guillermo decía a uno de sus compañeros, “Henry, he pensado que nos reunamos ésta noche en tu casa.” Henry dijo, “Me parece bien, avisaré al grupo.” Esa noche, el grupo cenaba en casa de Henry. Al término de la cena, Guillermo dijo, “Excelente cena, y mejor vino. ¿No lo crees así, Jaime?” Jaime dijo, “Efectivamente es magnífico.” Guillermo dijo, en voz alta, “Entonces hagámosle honor, ¡Salud!” Los demás exclamaron al unísono, al momento que juntaron sus copas, “¡Salud!”
    Cuando se levantaron de la mesa, lord Glendinning había bebido en abundancia, tal como Guillermo lo había previsto. Entonces Lord Glendinning dijo, “¿Qué tal una partida de cartas? ¿Te atreves a enfrentarte otra vez conmigo, Guillermo?” Guillermo pensó, “Es exactamente lo que estaba esperando, sabía que lo propondría, convencido de que volverá a ganar.” Se inició la partida y muy pronto los demás la abandonaron, limitándose a observar a Guillermo y Jaime. Lord Jaime Glendinning dijo, “Hoy no estoy de suerte, pero voy a recuperarme. ¡Dóblo la apuesta!” Guillermo dijo, “Está nervioso, desde que empezó a perder no puede mantener la calma.” Jaime dijo, “Dame otra carta, Guillermo. Ya dije que dóblo la puerta.” Guillermo le dijo, “No lo creo conveniente. Ya me debes una gran suma. Me parece mejor que nos detengamos.” Jaime dijo, “¡Quiero continuar! No es de caballeros retirarse cuando el adversario desea seguir.” Guillermo dijo, “Como quieras. Ustedes son testigos de que le pedí no continuar.” El plan de Guillermo estaba saliendo a la perfección.
     Jaime dijo, desesperado, “¡Perdí otra vez!¡No es posible!” Guillermo le dijo, “Tú lo quisiste. Todos son testigos de que te di la oportunidad de detenerte.” Jaime dijo, “¡Nuevamente dóblo la apuesta!” Uno de los compañeros que estaba de observador, dijo, “Jaime, ya no juegues. En menos de una hora has cuadruplicado tu deuda.” Jaime dijo, “¡Tengo que seguir!¿No te das cuenta de que he perdido demasiado?” Guillermo pensó, “Siendo tan rico, aunque la suma es elevada, no debería afectarle en esa forma.” En ese mismo momento, Henry y otro compañero, conversaban un poco distantes de la mesa de apuesta.
     Henry dijo, “Pobre Jaime, supe que su familia está en problemas de dinero. Creo que con ésto se arruinó por completo.” El otro compañero, dijo, “Me parece que Guillermo se está aprovechando de su desesperación” Esas palabras pronunciadas en voz baja, fueron escuchadas solo por Guillermo, quien no pudo impedir que sus mejillas se enrojecieran. Guillermo pensó, “Todos me miran con reproche, no tienen derecho, les consta que yo sugerí detenernos.” Enseguida, Jaime dió un golpe en la mesa y dijo, “¡Pierdo otra vez!¡Dios mío, qué voy a hacer!” En ese momento, ¡PLAF! El violento impúlso con que se abrió la puerta, apagó la mayoría de las velas.
     Enseguida se escuchó la voz de una silueta, que dijo, “Señores, disculpen mi intromisión, pero vengo a cumplir un deber y reparar una injusticia.” Al escuchar la voz, Guillermo sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. La silueta continuó, “Ignoran ustedes cómo es verdaderamente la persona que ésta noche ha ganado a Lord Glendinning. Les daré la forma de descubrirlo. Examinen sus bolsillos y sus mangas. Allí encontrarán la prueba de su deshonestidad.”
     En medio de un profundo silencio, el personaje terminó de hablar y salió tan bruscamente como había entrado. Henry detuvo a Guillermo y dijo, “¡No te muevas!¡Enciendan las velas!” Nada pudo hacer Guillermo para evitar la vergüenza a que fue sometido. Tras revisarlo, Henry exclamó, “¡Cartas…barajas arregladas!” Guillermo esperaba una explosión de indignación, pero no el silencio despectivo de sus compañeros. Henry dijo, “No es necesario buscar otras pruebas de su destreza, señor Wilson. Espero que comprenda que debe salir de aquí de inmediato.”
     Rebajado, humillado hasta el polvo, salió y esa misma noche, Guillermo abandonó Oxford. Mientras iba en el tren, Guillermo pensaba, “¡Era él!¿Porqué se interpone mi vida? ¿Por qué aparece en esa forma? ¿Qué pretende?” Con el tiempo, Guillermo se instaló en París, y gracias a su dinero, pudo frecuentar la mejor sociedad. Una noche de fiesta, Guillermo conversaba con un amigo llamado Mauricio, “¿Quién es esa dama? Nunca la había visto antes.” Mauricio le dijo, “La esposa del conde Folch. Una de las mujeres más admiradas de nuestra sociedad; acaba de llegar de un largo viaje.”
     Guillermo dijo, “Me agrada. Su belleza es impresionante.” Mauricio le dijo, “A pesar de tu éxito con las mujeres, no inténtes conquistarla. Madelaine es la mujer más honrada de París.” Guillermo le dijo, “Querido Mauricio, hasta las mujeres más honestas, tienen un punto débil. Yo sabré encontrar el de ella.” Mauricio dijo, “Pierdes tu tiempo, te asegúro que solo harás el ridículo.” Guillermo le dijo, “¿Quieres apostar? Antes de tres meses ella habrá caído rendida a mis brazos.” Mauricio dijo, “Acépto, pero recuerda que te lo advertí.” Guillermo no perdió tiempo y desde ese momento, se dedicó a conquistarla.
     “Madelaine, es usted la mujer más bella y adorable del mundo. Cuando la veo, mi corazón…” Madelaine le dijo, “Le he pedido que no vuelva a hablarme así. Si insiste, tendré que retirarle mi amistad.” Guillermo le dijo, “¡No, por favor! Me conformaré con adorarla, aunque jamás tenga la dicha de ser correspondido. ¡Si supiera cómo sufro!” Madelaine dijo, “Lo siento, yo jamás di motivos para…” Guillermo dijo, “Lo sé, pero en el corazón no se manda. Acépto mi destino de amarla en silencio, de venerarla como una diosa.” Madelaine le dijo, “¿Realmente me quiere tanto?” Guillermo le dijo, “Jamás lo podrá imaginar, si me permitiera, pondría el mundo a sus pies, la haría la mas dichosa de las mujeres.” Madelaine pensó, “No puedo continuar escuchándolo. A pesar de mi voluntad, hay algo en él que me perturba…que me atrae.”
     La labor de Guillermo había comenzado a dar frutos. Poco a poco había logrado inquietar a Madelaine. Una mañana, Madelaine recibió nuevamente flores y pensó, “¡Flores otra vez! Realmente me áma, y yo…¡Oh, no puede ser!¿Por qué esa necesidad deberlo, de estar a su lado?” Cuando faltaba una semana para que se cumplieran los tres meses fijados por la apuesta, Guillermo se presentó en casa de Madelaine, y le dijo, “Disculpe mi atrevimiento de haber venido, pero no podía partir sin despedirme, sin verla por última vez.” Madelaine dijo, “¡Cómo!¿Se va?” Guillermo explicó, “Sí, muy lejos. Voy a dedicar el resto de mi vida a recordarla, a soñar con una felicidad que me fue negada.” Madeleine pensó, “Se va…No lo volveré a ver…siento un dolor que me ahoga.” Guillermo dijo, “¡Madelaine, lloras! Es que acaso…¿Acaso te impórto algo?” Madelaine dijo, con lagrimas en los ojos, “Yo…” Sintiendo que tenía el triunfo en la mano, se apresuró a completar su obra. Ambos se besaron. Enseguida, Guillermo dijo, “Adorada mía, no puedo creer tanta dicha.” Madelaine dijo, “¿Qué estoy haciendo? Mi marido…Él no se merece esto.” Guillermo le dijo, “¡Olvídate de él! Tenemos derecho a ser felices, a vivir nuestro amor.”
     Madeleine caminó, le dio la espalda, y dijo, “Es imposible. Yo no podría ser dichosa sabiéndolo desgraciado. Él es bueno…” Guillermo se acercó, y la tomó de los hombros, diciendo, “No lo sabrá. Nos iremos lejos, donde nadie nos conozca.” Ella le dijo, “¡No, es una locura! Es mejor que nos separemos ahora.” Pero Guillermo le dijo, “Mi amor, ¿Desperdiciaremos la felicidad que tenemos a la mano? Te ámo demasiado para perderte.” Madelaine le dijo, con voz fuerte, “Estoy muy confundida…¡Por favor vete!” Guillermo le dijo, “Madelaine, estoy decidido a dejar París, mañana asistiré al baile que ofrecen los condes de Mornaut.” Guillermo agregó, “Si tu vas, significa que estas dispuesta a partir conmigo. Si no lo haces, es porque no me amas, y nuca mas sabrás de mi.”
     Al día siguiente, en el baile, Guillermo vio a Madeleine y pensó, “¡Ha venido! Ya sabía yo que lo haría. Es muy bella, creo que no me cansaré muy pronto de su compañía.” Guillermo se acercó a ella y le dijo, “¡Mi amor, te estaba esperando! He vivido horas de angustia, pensando que no vendrías.” Madeleine le dijo, “Guillermo, no puedo hacer lo que me pides, me siento tan infame. Mi deber…” Guillermo pensó, “Otra vez con eso. ¡Qué pesadas son las mujeres!” Guillermo le dijo, “Querida, no pienses en nada, solo en nosotros. Ven, hablaremos en el salón.” Guillermo se estaba jugando su última carta, y no pensaba perder. Guillermo le dijo, “Madelaine, ayer me sentía en la gloria. Me hiciste creer que me amabas.” Madelaine dijo, “No sé si es amor lo que siento. Tu eres como una llama a la que temo acercarme, y que a la vez me atrae.” Guillermo le dijo, “Me quieres tanto como yo a ti. No te engañes. A mi lado conocerás una felicidad que ni siquiera has soñado.” Madelaine le dijo, “¿Realmente me amas tanto?¿Podrías jurarlo?” Guillermo dijo, “Te lo juro por...” En ese momento un hombre hizo acto de presencia, y dijo, “¡Guillermo Wilson!” El sonido de esa voz lo dejó petrificado. El hombre dijo, “¿Vas a cobrar la apuesta antes de irte? Estas a punto de ganarla.” En ese momento Madeleine escuchó eso, y dijo, “¿Qué apuesta?” El hombre misterioso dijo, “La que hizo a Mauricio Leroi, de que la conquistaría, señora.”
     Madelaine enfrentó a Guillermo, y dijo, “¿Es verdad?¿Fui para ti solo un objeto que te sirvió de diversión?” Guillermo dijo, “Yo…” Madelaine continuó, “¡Es verdad!...¡Dios mío! Eres un…¡No, nada de lo que pueda decirte es suficiente!” Madelaine se retiró, y Guillermo dijo, “Madeleine escucha yo…” Cuando Madelaine se retiró, Guillermo arremetió contra el personaje misterioso, “¡Tú tienes la culpa!...¿Dónde estás, canalla?¿Porqué tienes que meterte en mi vida?” De repente, Guillermo se encontró hablando solo, “¡Regresa, cobarde!¡Enfréntate a mí!¡Dime quien eres!¿Qué pretendes maldito?” Mauricio le dijo, “¡Guillermo!¿Qué te sucede?¿Te has vuelto loco?” Mauricio continuó, y quiso cobrar su apuesta, diciendo, “¿Acaso no lograste conquistar a Madelaine? Si es así, me debes…¡Oye, qué te pasa!” Guillermo le dijo, “¡Déjame!” y se retiró.
     Maldiciendo su suerte, Guillermo abandonó París. Cuando iba en el tren pensó, “¿Porqué me persigue, porque? ¿Qué puedo hacer para evitarlo?¿Cómo es posible que siempre me encuentre?” A continuación Guillermo se instaló en Austria, dispuesto a seguir su vida alegre. Mientras disfrutaba en un burdel, Guillermo decía a una de las mujeres, estando borracho, “¡Ven acá! Quiero que bailes arriba de la mesa.” Uno de sus amigos rió, y dijo, “¡Ja, Ja, Ja!¡Tú si sabes tratarlas!” En ese momento, un hombre misterioso llegó al burdel y dijo, señalando con el índice , “¡GUILLERMO WILSON!” Guillermo solo exclamó, “¡Oh, No!”
     Otra vez, Guillermo salió huyendo y ahora se estableció en Alemania. Allí también en las reuniones de apuestas, surgían contiendas. En una de las reuniones de cartas surgió una controversia, cuando uno de los apostadores dijo, “¡Me retiro! Tienes demasiada suerte. Jamás pierdes, y eso me parece extraño.” Guillermo reaccionó de forma violenta, y dijo, “¿Me estas llamando tramposo?” El hombre contestó, “No lo dije, pero creo que…” Guillermo dijo, “¿Qué es lo que crees?” El hombre dijo, “¡Que no juegas limpio! Tienes as mañas de un tahúr y…”
     Guillermo lo golpeó, diciendo, “¡Te haré pagar tus palabras!” A pesar del fuerte golpe, el hombre reaccionó de inmediato y respondió la agresión.  Cuando Guillermo estaba a punto de someterlo y vencerlo, estando el hombre en el suelo, dijo, “¡Te mataré!” A continuación, un hombre misterioso, llegó de repente, y dijo, “¡GUILLERMO WILSON!” El segundo que se distrajo, fue fatal.
     Guillermo cayó tras ser empujado por su agresor, quien dijo al ver que se le caían unas cartas, “¡Miren, yo no me equivocaba!¡Es un sinvergüenza!” Otro de los hombres presentes lo pateó, diciendo, “¡Ladrón, canalla!” Furiosos se deshicieron de él, como un apestado, lanzándolo a la calle. Una vez allí, Guillermo pensó, “¿Porqué tuvo que aparecer otras vez? ¿Qué pretende?¿Cuando me dejará tranquilo?” Mientras caminaba por las calles, Guillermo se repetía esas preguntas una y otra vez, maldiciendo al hombre que se interponía en sus planes, pensando, “¡Es él, Guillermo Wilson! Aunque nunca he podido verle la cara, su voz es inconfundible. ¡Lo odio!¡Lo aborrezco!”
     Durante años, Guillermo huyó de un país a otro, y siempre su homónimo aparecía cuando menos lo esperaba. Guillermo, decía a una dama, estando en un restaurante, “Nunca me había enamorado. Creo que toda mi vida espere encontrarte. Olvida lo que digan tus padres…” En ese momento se presentaba un personaje misterioso, diciendo, señalando con el dedo y diciendo, “¡GUILLERMO WILSON!”
      En Praga, China, Egipto y Madrid, donde quiera que fuera, se presentaba su odiado y temido rival. Mientras bebía, en su apartamento, Guillermo pensaba, “¿Porqué se mete en mis asuntos?¿Qué le importa lo que yo haga? Es mi vida y puedo actuar como quiera. Por su culpa, mi honor quedó destruido en Oxford, me impidió vengarme en Viena…me avergonzó en Madrid…frustró mi apuesta en París…se burlaron de mi en Suiza…me golpearon en Alemania…” Guillermo arrojó su copa contra la pared, pensando, “¡No puedo contra él!¡Me ha esclavizado, me tiene en sus manos!” En su impotencia y desesperación, Guillermo se había entregado a la bebida, entonces pensó, “¡No me va a ganar…tengo que deshacerme de él, librarme de su odiosa persecución…¡Me libraré de ti, Guillermo Wilson! ¡Me pagarás todo lo que me has hecho!”
     Así Guillermo continuó su peregrinar de país en país, y una noche, cuando en Roma asistía a un baile de disfraces, uno de los presentes le dijo, “¿Buscas a alguien, Guillermo?” Guillermo le dijo, “Sí, a la condesa de Boglio, estamos iniciando un romance, y quedamos de vernos aquí.” El caballero le dijo, “¡Ten Cuidado! Su marido es celoso como un Otelo.” Guillermo le dijo, “Jamás me han intimidado los maridos, si supieras cuantos han sido burlados por mi…creo que allá está…” Ebrio como siempre, se alejó tras su objetivo, pensando, “La condesa me tiene loco con su belleza, me la llevaré de aquí…” Así pensaba cuando de repente escuchó, “¡GUILLERMO WILSON!”  Invadido por una rabia frenética, se volvió y vio a su rival, quien llevaba un traje igual que el suyo, diciendo, “¡Bandido!¡Maldito Villano! ¡No estarás tras de mis pasos hasta la muerte!¡Ha llegado el momento que esperaba!”
     Tomándolo fuertemente del brazo, Guillermo lo condujo a un salón solitario, diciendo, “¡Maldito, por fin caíste en mis manos! Ahora me pagarás todo lo que me has hecho.” Disfrazado de espadachín, Guillermo sacó su espada, diciendo, “¡Desenvaina, canalla! Te daré la oportunidad de defenderte antes de traspasar tu miserable cuerpo.” El otro Guillermo Wilson vaciló un instante, luego con un leve suspiro, sacó su espada y se puso en guardia.
     Enloquecido, Guillermo sentía en su brazo la energía y fuerza de una multitud…hasta que dando una estocada mortal, dijo, “¡Al fin!” El otro Guillermo exclamó, lleno de dolor, “¡AGGGH!” Guillermo continuó, “¡Muere Maldito!¡Ya no podrás ir tras de mi nuca más…nunca más!” De inmediato se escucharon unos toquidos en la puerta. ¡TOC!¡TOC!¡TOC! Guillermo dijo, “¡Maldición! Voy a asegurar la puerta. ¡No puedo permitir que nadie entre!” Rápidamente puso seguro, y cuando se volvió, en vez de encontrar a su rival, encontró un espejo ovalado en la pared. Guillermo exclamó, “¡No, no puede ser!” 
     En un primer momento, lleno de terror, le pareció verse a sí mismo en un espejo. Guillermo dijo, “¡Es él, pero a la vez soy yo!¡Su traje, sus rasgos, todo es igual a mí!” El otro Guillermo, quien ahora aparecía dentro del espejo, le dijo, “¡Has vencido y yo sucúmbo! Pero de aquí en adelante, tu también habrás muerto! ¡Has muerto para el mundo, para el cielo, y para la esperanza!” El Guillermo dentro del espejo continuó, “En mi existías tú, y mira en mi muerte, por esta imagen que es la tuya, cuan enteramente te has asesinado a ti mismo.”
     Allí quedaba Guillermo Wilson tirado, y la sombra que había tratado de inducirlo al bien toda su vida.
Tomado de Novelas Inmortales Año XIII No. 629, Diciembre 6 de 1989. Guión: Herwigo Comte. Adaptación: R. Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.