Club de Pensadores Universales

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lunes, 24 de junio de 2019

Los Clásicos Españoles

Siglos XVI y XVII
     En las postrimerías del siglo XV se precipita la decadencia de la Edad Media. Todos los valores básicos de la sociedad y de la vida medieval se han ido pudriendo o agotando.
     Los pueblos han empezado a realizar sus grandes síntesis unitarias alrededor de los tronos, y el feudalismo agoniza. Derrúmbanse las viejas creencias, se inician los grandes progresos técnicos y científicos, de un vasto movimiento de ideas caracterizado por el afán de “conocer,” comienza a circular por todo el mundo, como una savia vital que vinera a vigorizar los tiempos nuevos. Tres hechos de inmenso alcance se producen en los umbrales del siglo XVI, y tuercen el rumbo de la civilización: la invención de la imprenta, la aparición de la Reforma, y el descubrimiento de América. Es el golpe de gracia al Medioevo, los tres grandes hechos que inician, La Edad Moderna. El primero representa la difusión universal del pensamiento; el segundo, el triunfo del espíritu del libre examen; el tercero, un desdoblamiento de la Tierra, de la humanidad, de sus horizontes, de sus riquezas…
     La imprenta se propagó con extraordinaria rapidez. A ello contribuyó también el descubrimiento del papel. Roma tuvo una imprenta en 1465; Venecia y Milán en 1469; París, en 1470; y, a fines del siglo XV, cincuenta y cuatro ciudades de Italia poesía la suya y se habían publicado más de diez mil ediciones.
     La imprenta llega a España poco tiempo antes de los Reyes Católicos, y las primeras prensas se establecen en la ciudad de Valencia donde, en 1474, se imprime el primer libro en español, Troves en lahors de la Verge María, colección de composiciones presentadas en un certamen poético recopiladas y mandadas imprimir en las prensas de Lamberto Palmart, por el secretario del citado certamen, y también poeta, Bernardo Fenollar.
     En 1484 se imprime, en las primeras prensas, el Regiment de la Cosa Pública, de Fray Francisco Eximenis, escritor y fraile franciscano de la lengua catalana; y de Valencia se imprime también por primera vez el, Tirant lo Blanch, original de Tirante el Blanco.
     Después se extiende por toda la España el arte de imprimir: instálanse prensas en Zaragoza, Burgos, y Alcalá de Henares, famosa ciudad universitaria ésta última donde , en 1517, se acababa la impresión de la inestimable Biblia Poliglota, maravilla del arte tipográfico del siglo XVI, que el cardenal Cisneros encargó a un grupo de humanistas y orientalistas.
    El 12 de octubre de 1492, se descubre el continente americano.
En el orden político, es el momento en que España constituye el más vasto y poderosos imperio conocido.
    Los Reyes Católicos habían forjado la unidad española, y en los primeros días de 1492, consumaban la obra de la Reconquista, tomando a Granada, último reducto de los moros. Después de los Reyes Católicos, Jiménez de Cisneros, y Carlos Quinto, 1520 es la fecha de Hernán Cortez y de la conquista de México. En ese mismo año, se da el viaje alrededor del mundo de Magallanes y de Sebastián El Cano. Todavía bajo Carlos Quinto, que preside toda la historia de su tiempo, se dan las conquistas del Perú y de Chile, con Pizarro y Valdivia (1531-1541).
    Felipe II, (1527-1598), añade a la corona de España, el reino de Portugal, y su vasto imperio marítimo. Ya no se pone el sol en los dominios españoles. España es toda la Península, y América, y los Países Bajos, y el Franco-Condado, y el Milanesado, y las Dos Sicilias.
     Estos son los limites históricos de la Edad de Oro literaria, que empieza con el siglo XVI y concluye con el siglo XVII, ofreciendo a los ojos atónitos del mundo, aquel majestuoso desfile en que figuran: Garcilaso, Fray Luis de León, Herrera, Góngora, Quevedo, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Cervantes, el padre Mariana, Santa Teresa, San Juan de la Cruz, astros mayores escoltados por una legión de ingenios, de capitanes, de exploradores, de místicos y de ascetas.
     Otro de los signos señeros de la época fue la Reforma, que en España operó efectos enteramente opuestos a su sentido, y que, por ello mismo, después de haberse beneficiado de la gloriosa llamarada del Renacimiento, se precipitó en una decadencia que ya dura cuatro siglos. Las consecuencias de la Reforma en el orden intelectual, fueron incalculables, pues desarrolló, contra la voluntad de los mismos reformadores, el espíritu de libre examen y también, en cierto modo, el espíritu de tolerancia.
     Al propio tiempo, el siglo XVI presencia ese gran fenómeno histórico, de orden intelectual y artístico, que se llama el Renacimiento. Es el momento en que Italia, cuna de ese fenómeno, irradia a toda Europa la influencia de la antigüedad clásica, y suscita en todas partes una prodigiosa eclosión de obras maestras. En Francia, en los Países Bajos, en España, los efectos de ésta influencia, de éste “renacer” de las formas, de las ideas, y del espíritu de las civilizaciones griega y romana, desbordarán ampliamente del siglo XVI, y crearán un nuevo clasicismo artístico y literario.
     Entre los humanistas de este vasto movimiento, la figura culminante fue Erasmo de Rotterdam que, en el siglo XVI, tuvo significación semejante a la que hubo de adquirir posteriormente Voltaire, en el siglo XVIII. Ésta acción, que puebla a Europa de ecos entusiastas, crea también entre los pensadores españoles de la época, un apostolado intelectual en el que se distinguen: los hermanos Alfonso (¿-1532)
  y Juan (1501?-1545) de Valdés, autor, el primero, de, Dialogo de Lactancio y un Arcediano, vívida narración del saqueo de Roma, y autor, el segundo, del mejor escrito antes de Cervantes: El Diálogo de la Lengua;
Pedro Mexía (1499?-1551), cronista de Carlos Quinto, que escribe el, Diálogo del Porfiado;
Pedro Juan Oliver, comentarista de Pomponio Mela; y otros muchos, con particular mención de Juan Luis Vives (1492-1540), que fue el más grande reformador de la filosofia de su tiempo, y que escribió en latín toda su obra.
Muchos de los primeros humanistas españoles se educaron en Italia, cuna del Renacimiento. Las relaciones intelectuales entre ésta y España,  habían sido muy intimas, efecto por un lado de la dinastía de Aragón en Nápoles, y de otro, por la presencia de un papa valenciano, Alfonso VI, en la silla de San Pedro. Escritores y poetas españoles, van con frecuencia  Italia; y viceversa.
     Las dos literaturas, e incluso, ambas lenguas, se penetran e influyen en razón de ésta intimidad intelectual que pronto cristaliza en numerosas traducciones españolas de libros italianos, y en numerosas versiones italianas de obras españolas. Las formas de la poesía, los temas capitales, saltan las fronteras y se refunden. En España, surge una revolución poética que toma el nombre de petrarquismo, o sea, de Petrarca, para calificar así la influencia ejercida por la lirica italiana, y muy particularmente por el Cancionero, la más pura gloria literaria del cantor de Laura.
La Poesía Lirica
Boscán, Garcilaso, Cetina, Castilleja, Hurtado de Mendoza, Montemayor.
     El poeta llamado a recoger ésta influencia fue, Juan Boscán (c.1490-1542), escritor catalán que produjo en castellano, y al que se debe la introducción de las formas liricas de la escuela italiana en el Parnaso de Castilla, y, muy especialmente, la adopción del metro endecasílabo y de sus principales combinaciones. Ésta reforma halló gran oposición entre los adeptos de la métrica tradicional y antigua, y acaso no habría triunfado de modo tan rotundo, a no ser porque la impulsó y afianzó con sus bellísimas obras, Garcilaso de la Vega (1503?-1536).
     Boscán era el teórico de la escuela italianizante, el precursor. Pero fueron incomparablemente mayores los vuelos de su amigo Garcilaso. Éste había nacido en Toledo, de familia ilustre, dedicándose desde su juventud, al ejercicio de las armas, y acompañando al emperador Carlos Quinto, en sus principales campañas. En los intervalos de descanso poníanse a escribir, pleno de inspiración y sentimiento. Descubrió en la lengua española, verdaderos tesoros de armonía. Su naturaleza poética, poco acorde con el ambiente militar de su existencia, se caracteriza por su dulce panteísmo, y por su placidez espiritual que parece ignorar las violencias de la pasión.
     El más ilustre biógrafo y comentarista de Garcilaso, el poeta Fernando de Herrera, su contemporáneo, dice así hablando del autor de las Églogas: “…sirvió siempre al emperador de todas las jornadas de guerra que hizo, y se halló con él cuando se puso con aquel exercito fortíssimo a la grandíssima pujança con que Solimano venia contra Viena. Después pasó a la empresa de Túnez, y allí fue herido un día en una escaramuça de dos lançadas: una en la boca y otra que le atravessó el braço derecho, de dónde nació aquel bellíssimo soneto a Mario Galeota. Acabada dichosamente esa guerra, volvió a Italia, y estuvo algunos días en Nápoles, en la cual ciudad, por su virtud y suavidad de costumbres y vida, era tan estimado de los caballeros y señores d’ella y de las damas que no pasó español más bien quisto y querido…” Interviene después en la campaña de Provenza (1536), donde las tropas del emperador se encuentra con una torre ocupada por cincuenta arcabuceros que se niegan a rendirse.
“…mandó el emperador que la batiese alguna infantería española, y abierta una boca en lo alto, le arrimaron algunas escalas. Entonces, Garcia-Lasso, mirándolo el emperador, subió el primero de todos por una de ellas, sin que lo pudiesen detener los ruegos de sus amigos. Mas antes de llegar arriba, le tiraron una gran piedra y dándole en la cabeça, vino por la escala abaxo, con una mortal herida. Indignado d’esto el emperador, mandó ahorcar todos los villanos que hallaron en la torre. García Lasso fue llevado en el campo, hasta Niça, donde murió de treinta y cuatro años, a 21 días de su herida…”
     Fue Garcilaso un innovador que consagró la adopción de las formas italianas por la musa, a veces áspera, de Castilla. Su obra fue breve: tres Églogas, algunas Elegías y Canciones, y varios Sonetos al modo de Petrarca; pero tan bellos que han quedado como modelos del soneto español.
     También apegado a modelos italianos, debe citarse a Gutiérre de Cetina (1520-1557?). Nació en Sevilla, y su vida de soldado lo llevó dos veces a México, donde murió en 1557. De verso fácil y fluído, escribió epístolas, canciones y sonetos, y cinco hermosos madrigales.
    Entre los poetas que en éste tiempo mantuvieron los fueros de la poesía tradicionalista, el más notable fue Cristóbal de Castillejo (1492?-1550); y los mantuvo principalmente frente a Boscán. Manejaba la pluma con facilidad, donaire y pureza; y entre sus obras principales figuran: Sátira Contra los que Dejan los Metros Castellanos y Siguen los Italianos; Diálogos Sobre la Vida Cortesana; y Dialogo Entre el Amor y su Pluma. Fue el más destacado adversario de los adeptos de la escuela italiana.
     Poeta que representó una transición entre las dos escuelas en disputa, fue el caballero, Don Diego de Mendoza (1503-1575), gran humanista, que en medio de su ajetreada vida de soldado y de diplomático, supo hallar tiempo para el cultivo de las letras. Estudió en Granada, su ciudad natal, en Salamanca, y en Italia, y llegó a dominar el latín, el griego, el hebreo y el árabe. Fue embajador de Carlos Quinto en Inglaterra, en Venecia, y en Roma. Asistió al Concilio de Trento como representante del emperador y, más tarde, intervino como gobernador de Siena para sofocar una rebelión de los sieneses. También asistió a la Guerra de Granada.
     La poesía le debe admirables composiciones en los dos géneros que, a la sazón, se disputaba el favor de las musas. Su mejor obra poética es la Fabula de Adonis, inspirada en Ovidio; pero Hurtado de Mendoza merece puesto aparte como prosista y, en lugar oportuno, habremos de citarlo nuevamente. Durante mucho tiempo se le atribuyó la paternidad de la famosa novela, El Lazarillo de Tormes.
     Hurtado de Mendoza conserva aún un distinguido puesto como prosista por su, Historia de las Guerras Contra los Moriscos de Granada en Tiempos de Felipe II, escrita sobre el modelo de Tito Livio, Tácito, Salustio, y otros historiadores de la antigüedad.
Jorge de Sotomayor (1520-1559), más conocido como prosista, también como poeta marca una transición entre las escuelas tradicionalistas italianizante. Publicó un Cancionero de poesías devotas y profanas.
   En este momento apuntan dos nuevos y distintos caracteres de la lirica española. Estas dos escuelas, llamadas Salamantina o Clásica, y Sevillana u oriental, agruparon dos órdenes de poetas muy destacados. Las propiedades de la tendencia salamantina son la concisión del lenguaje, y una inclinación a la pureza clásica; la tendencia sevillana emplea, en cambio, un lenguaje exuberante y pomposo, y suele sacrificar la elevación del pensamiento a la riqueza del colorido. 
Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Herrera.
Fray Luis de León (1527-1591), teólogo eminente, figura insigne de la literatura acética, gran prosista de la Edad de Oro, orador sagrado, y uno de los sabios maestros que cubrieron la gloria de la Universidad de Salamanca, fue, además, el portaestandarte de la tendencia poética salamantina. Nació en Belmonte, provincia de Cuenca, hizo sus primeros estudios en Madrid y, muy joven todavía, profesó en la orden agustina, obedeciendo a una imperiosa vocación. Tomó el hábito de monje cuando apenas contaba 17 años de edad, y en 1561, empezó a ejercer como catedrático de la Universidad de Salamanca. Por rivalidades y discordias eclesiásticas y docentes, fue objeto de una calumniosa acusación de herejía, que lo tuvo en las cárceles de la Inquisición de Valladolid desde el 27 de 1576, casi cinco años, en que un fállo del tribunal supremo del Santo Oficio, lo declaró inocente, restituyéndolo en todos sus derechos y preeminencias.
     Las cualidades eminentes de fray Luis de León como poeta, son la pureza armoniosa y equilibrada de la forma, y la honda sinceridad lírica del sentimiento. Está considerado como el más grande de los liricos españoles, y como uno de los mayores de todas las literaturas. Tuvo dotes excepcionales. Algunas de sus odas, La Vida del Campo; Profecía del Tajo, superan a las de Horacio. Tradujo con exquisita delicadeza las églogas de Virgilio, y compuso varias canciones y sonetos al modo de Petrarca. También escribió bellísimas poesías ascéticas y místicas: La Ascensión; Noche Serena; De la ida del Cielo, etc.
    Poetas también de la escuela salamantina fue el exquisito, San Juan de la Cruz (1542-1591), del que trataremos más ampliamente en Místicos y Ascetas. Según Méndez y Pelayo, la poesía de San Juan de la Cruz es, “angélica celestial y divina, y ya no parece de este mundo.” Su poesía está escrita en su mayor parte en liras, todas de carácter místico: Canciones del Alma; Llama de Amor Vivo; Devotas Poesías, y una imitación libre, “la más hermosa que haya existido nunca,” (Pfandl), del Cantar de los Cantares.
    La escuela salamantina es la sobriedad, la sobriedad de Castilla, parda, mística y austera. La escuela sevillana es de color, la exuberancia, la alada ligeresa que caracteriza a la baja Andalucía, eterna en su expresión y en su carácter. Poeta principal de ésta tendencia fue Fernando de Herrera (1534-1597), llamado el Divino y que, nacido en Sevilla de cuna muy humilde, dedicó toda su vida a los estudios literarios. Además de gran poeta, fue uno de los más sabios eruditos en su tiempo.
   Inventó giros nuevos, expresiones atrevidas, y se esforzó por dar al lenguaje poético, tanta grandeza y sonoridad como el de los poetas griegos y latinos, cuyas obras leía y estudiaba en los idiomas originales. El amor es el principal motivo de su inspiración, aunque también escribió notables composiciones de carácter patriótico y elegiáco, como las Canciones dedicadas, A la Batalla de Lepanto, y A la Perdida del Rey Don Sebastián.
     Entre sus obras de crítico y de humanista, descuellan las, Anotaciones a las Obras de Garcilaso, dechado de erudición y de estilo.
     El culteranismo, ya próximo a aparecer, se encuentra potencialmente en Herrera, el cual viene a ser, por la audacia de las innovaciones, la viveza de las imágenes, la sonoridad musical de los versos, la grandilocuencia del estilo, el antecedente inmediato de Góngora y su escuela.
Góngora
     Luis de Góngora y Argote, nació en Córdoba en 1561, se educó en Salamanca, vivió en Madrid, e ingresó en el sacerdocio hacia 1606. Pasó en la corte la mayor parte de su existencia, hasta que, sintiéndose gravemente enfermo, marchó a su ciudad natal, donde falleció en 1627.
     En su obra casi toda poética, se distinguen dos épocas; una, en que predomina la poesía de tipo popular, canciones, letrillas, romances, es limpia, transparente, y diáfana. En la segunda, la época culterana, a la que se le ha reprochado oscuridad y afectación, emplea abusivamente el hipérbaton, la metáfora y los neologismos. A la primera época corresponden las letrillas, Dejádme Llorar, Ande Yo Caliente, los romances, Angélica y Medoro; Servía en Orán al Rey, etc., y algunos dramas de escaso valor. A la segunda, Soledades; Polifemo, etc.
     En pos de la corriente poética de éste periodo hemos llegado, orillando las costumbres y otros géneros, hasta mas allá del siglo XVI. La decadencia política de España se ha precipitado. A las grandes conquistas suceden las grandes catástrofes. En 1609, España inicia una nueva expulsión de los moriscos, árabes de origen o de cruzamiento, que después de varios siglos de aclimatación en la Península, son arrojados mar adentro. Una gran arte de la agricultura, especialmente en las regiones de Levante y de Andalucía, queda abandonada, dejando las comarcas yermas.
En 1640, España pierde a Portugal y en 1648, las provincias unidas de Holanda. El tratado de los Pirineos es de 1659. Y en virtud de este tratado se pierde el Artois, el Rosellón, y la Cerdeña. Y aún se pierde más, pues cuando Luis XIV contrae matrimonio con la infanta española, María Teresa, ese día España pierde definitivamente su preponderancia en Europa.
La vida interior de país, desde la Corte a las ultimas estribaciones populares, presentaba un ambiente de franca descomposición nacional.
Quevedo
Su Vida
     Nació en Madrid, en 1580, de familia noble. Su padre, don Pedro Gómez de Quevedo, era secretario de la reina doña Ana de Austria, cuarta esposa de Felipe II, después de haber desempeñado análogo cargo, durante varios años cerca de la princesa María, hija de Carlos Quinto y esposa del emperador Maximiliano de Alemania.
     De tierna edad, perdió Quevedo a su padre, pero admitida su madre, doña María de Santibáñez, como camarista, de la infanta Isabel Clara Eugenia, la hija predilecta del rey Don Felipe, logró atender con holgura a la educación del pequeño huérfano. A poco, también dejó de existir doña María, Quedando a Quevedo como tutor el protonotario de Aragón, don Agustín de Villanueva, quien le hizo cursar sus estudios, primero en Alcalá y después en Valladolid.
     Cultivó las humanidades, jurisprudencia, teología, matemática, medicina, latín, griego, hebreo, árabe, francés e italiano, sentando fama de prodigio por su capacidad extraordinaria. Bastante decir que se graduó de ciencias sagradas cuando aún no había cumplido los quince años. Su viveza de imaginación, su gran talento natural, y la solidez de su memoria, unidos a un ardiente amor al estudio, le dieron ya desde la niñez, la celebridad.
    A los veintitrés años mantenía correspondencia epistolar muy erudita con varios sabios humanistas españoles y extranjeros, entre ellos, el padre Mariana, que, además de otras delicadas tareas literarias, confiaba a Quevedo el examen y corrección de los textos hebreos; Martin de Sevilla; López de Aguilar, Jerónimo de Rivera, y Justo Lipsío, de Lovaina, que, en 1605 lo apedillaban, “el mayor y mas alto honor de los españoles.”
     Si a estos ejercicios de la inteligencia, sumamos los de la destreza corporal, tendremos el esquema de una juventud, sabia y vigorosa, que admiraba en el aula a los maestros del espíritu, y que rendía en la esgrima a los maestros de las armas.
     Las actividades intelectuales no dejaban ociosas las manos de aquel mozo de espíritu bullicioso y pendenciero. Cierto día, un desconocido insultó a una dama en presencia de Quevedo, y éste tomó su defensa, resultando un lance en que dejó muerto a su adversario. Para evitar represalias, marchó Don Francisco a Sicilia, donde lo protegió su amigo el gran duque de Osuna, virrey de aquellas tierras, que lo tomó por secretario. En Italia, Quevedo desempeñó importantes misiones diplomáticas, y fue eficaz auxiliar del duque en sus tareas de gobierno.
     Vuelto a España, lo que había sido valimiento cerca de su amigo el duque, se trocó en desgracia, pues que la de Osuna acarreó también la de Quevedo. Se te tuvo preso durante tres años y medio en la torre  de Juan de Abad, de la que era señor por abolengo. Al recobrar la libertad, volvió a la corte, y pronto tuvo que padecer Quevedo nuevas persecuciones por el desenfado de sus criticas que, como de tan portentoso ingenio, resultaban singularmente acerbas y certeras. Se lo privó de todos sus bienes y honores, y se lo tuvo en estrecha probación hasta la caída del conde-duque de Olivares (1643), que había perseguido al genial escritor con saña encarnizada.
     Puesto otra vez en libertad, pero perdida la salud, por los largos y atormentadores años de prisión, ciego del ojo izquierdo, tullido y cancerado, Quevedo pasó el resto de sus días pobre y achacoso, hasta que la muerte vino a sorprenderlo en Villanueva de los Infantes en 1645, al cumplir 75 años de edad.
Su Obra
La Obra de Quevedo, que es, ya lo hemos dicho, de inmensa variedad, se ha clasificado en los siguientes grupos:
1)   Obras ascéticas.
2)   Obras filosóficas.
3)   Obras políticas.
4)   Obras de crítica literaria.
5)   Obras satiricomorales.
6)   Obras Festivas.
7)   Novela Picaresca.
8)   Cartas.
9)   Obras Poéticas.
     Sus amigos, agruparon en parte y publicaron póstumamente, su producción en verso, con el titulo de, Las Musas o Parnaso Español, Monte en dos Cumbres Dividido con las Nueve Musas Castellanas. Había recurrido todos los géneros con admirable prestancia, descollando en la sátira; pero componiendo también numerosas poesías elegíacas, silvas serias, composiciones sagradas, romances, letrillas, sonetos, etc.
     Entre sus obras de filosofia política sobresalen: Marco Bruto; El Mundo Caduco y Desvaríos de la Edad; Política de Dios y Gobierno de Cristo. Entre sus escritos ascéticos: Vida de San pablo; Providencia de Dios;
La Cuna y la Sepultura. Entre sus obras de crítica literaria: el, Cuento de Cuentos; La Culta Latiniparda; Aguja de Navegar Cultos. Entre las obras satiricomorales: Los Sueños, su obra de mayor fama. Entre las obras festivas: las Cartas del Caballero de la Tenaza; El Libro de Todas las Cosas y Muchas Otras Mas. Escribió, además, La Historia de la Vida del Buscón, novela del género picaresco.
Nadie ha logrado igualar la genial mordacidad de sus escritos satíricos, empapados de sustancia popular española.
     En las, Cartas del Caballero de la Tenaza, en Los Sueños, se le desborda la fantasía; son obras maestras de penetración política, de sátira social, y de sarcasmo donde Quevedo no retrocede ante ninguna audacia de pensamiento y de expresión.
     Cerremos el ciclo de la poesía lirica en éste periodo mencionado, a los hermanos Lupercio y Bartolomé de Argensola, a Francisco de Rioja, a Rodrigo Caro, autor de la famosa, Canción de las Ruinas de Itálica, a Esteban Manuel de Villegas, y a Sor Juana Inés de la Cruz, poetísa mística y profana nacida en México, y a la que sus contemporáneos dieron el sobrenombre de “la Décima Musa.”
La Poesía Épica
     Abundan los poemas épicos, pero sin que su merito pueda rivalizar con la obra poética de este periodo. Los principales de esos poemas son, aparte los de Lope de Vega,
El Bernardo o Victoria de Roncesvalles, de Bernardo de Valbuena (1568?-1625), constituido por la leyenda de Bernardo del Carpio y otros motivos de la literatura caballeresca;
La Cristiada, de Fray Diego de Hojeda (1570?-1615), cuyo asunto se refiere a la historia de la Pasión de Cristo;
Conquista de la Bética, de Juan de la Cueva (1543-1610), que trata de la restauración y libertad de Sevilla por Fernando el Santo, imitación del Orlando Furioso, de Ariosto;
La Austriada, de Juan Rufo (1572?-1625?), sobre los hechos militares  de Don Juan de Austria;
y el Monserrate, de Cristóbal de Virués (1550-1609), cuyo asunto es la leyenda del ermitaño Garín.
     Pero el más notable de los poemas épicos de nuestro Siglo de Oro, es, La Araucana, de Ercilla, inspirado en las hazañas de los conquistadores españoles, y que canta la conquista del territorio del Arauco, presentando una sucesión de retratos de los principales personajes que en ella intervinieron.
La Araucana describe la gesta de Valdivia en Chile, y los sangrientos encuentros que tuvieron los audaces conquistadores con los valientes araucanos, hacia los cuales experimenta el autor, una viva simpatía.
    Alonso de Ercilla y Zúñiga (1533-1594) nació en Madrid de ilustre familia vascongada, oriunda de Bermeo. Hizo vida cortesana, figurando entre la servidumbre de Carlos Quinto y de Felipe II, y acompañó a éste en varios viajes por Europa. Con ocasión de hallarse Ercilla en Londres, se tuvo noticia de la rebelión que había estallado en el valle del Arauco; marchó a incorporase a las tropas españolas que estaban peleando en tierra americana y, una vez allí, tomó parte en la lucha contra los araucanos, distinguiéndose como guerreo valeroso.
En los intervalos de descanso, y aún careciendo a veces de medios asociados para escribir, comenzó su célebre epopeya. Algunos fragmentos debió escribirlos sobre pedazos de cuero. Una pelea que tuvo con otros caballeros y que pudo acarrearle graves consecuencias lo hizo salir de Chile en dirección de la metrópoli, hacia 1563. Nótese que apenas contaba entonces Ercilla 30 años.
     La Araucana, consta de tres partes, que se publicaron, sucesivamente, entre 1569 y 1589. La primera es la que escribió el poeta entre los azares de la campaña; la segunda y tercera parte, fueron redactadas en Madrid. Los méritos esenciales de éste poema, consisten en la belleza, realista y vigorosa, de las descripciones tanto de los personajes como del paisaje americano; y en la elocuencia y energía que denotan algunas figuras cuando hablan.
El Teatro del Siglo de Oro
     Llegamos nuevamente la teatro, género literario que constituye la verdadera síntesis de todos ellos y que lo fue, especialmente, por lo que se refiere al Siglo de Oro. La inmensa variedad de los temas que afluyeron a la escena en éste periodo, da al teatro clásico español el carácter de, una enciclopedia del momento más brillante de la historia de España.
     Hasta finales del siglo XVI, la literatura dramática, que ya hemos visto balbucear Gómez Manrique y en Juan del Encina y echar sólidos cimientos en la Celestina, fue modelando su carácter merced a un conjunto de autores que, si bien no brillan en primera fila, poseen, en cambio, la virtud de haber abierto paso a escritores como Lope de Vega, Tirso de Molina, y Calderón.
     Entre esos predecesores se distinguen: Bartolomé de Torres Naharro, que halló la senda original seguida por el drama español en el siglo XVII; el portugués Gil de Vicente a quien se deben autos, comedias, tragicomedias y farsas; Lope de Rueda, creador de los “pasos,” obritas concisas y graciosas, que anunciaban el teatro costumbrista; Juan de la Cueva, que trató de reflejar en sus obras el espíritu nacional y legendario; y Juan de Timoneda, que también escribió pasos a estilo de los de Lope de Rueda, y arregló varias comedias clásicas latinas.
     Las comedias de Bartolomé de Torres Naharro (¿-1531) ya tienen la forma, las proporciones y el desarrollo del drama regular. Cierto que la insuficiencia de éste desarrollo, la pobreza en la invención, la ausencia de peripecias, y efectos teatrales propios para excitar y aguzar el interés, acusan la infancia del arte; pero resulta curioso advertir que en algunas obras de ese autor, como La Comedia Himenea, la Comedia Tinelaria, y la Comedia Soldadesca, ya se encuentran muchos de los elementos que un siglo después se jactaban de haber creado Lope de Vega y sus congéneres.
     El marqués de la Himenea es, por ejemplo, un verdadero personaje calderoniano. Las aventuras novelescas; los príncipes y princesas que disimulan su rango bajo humildes disfraces para acercarse al objeto de sus amores; los amantes que pasan la noche bajo el balcón de sus amadas; los hermanos celosos que ansían lavar la afrenta en la sangre de los culpables, y que se calman de súbito al mágico conjuro de la palabra casamiento; los escuderos confidentes, holgazanes y respondones, todo ello ya se encuentra en las comedias de Naharro,
aunque en estado rudimentario y sin las complicadas intrigas, sin las sutilezas del lenguaje que tuvieron más tarde los dramas de Lope y de Calderón, intrigas y sutilezas que, en tiempo de Naharro, no podían corresponder al espíritu de la época, ni al estado de la lengua española.
     La influencia de Naharro fue, sin embargo, casi nula, y ello se explica porque habiéndolo conducido a Italia los azares de una vida agitada, fue en Roma, ante la corte del papa León X, donde hizo representar sus obras teatrales. A consecuencia de un naufrago había quedado cautivo de los piratas de Argel y, rescatado más tarde, se había hecho sacerdote en Italia, viviendo en Roma y en Nápoles.
     Sus obras las publicó así mismo, en Italia con el título en general de Propalladia, y no se representaron nunca en España, a donde llegaron solamente por vía impresa y muchos años después de haberse publicado.
     Otro de los precursores es Gil Vicente (1465?-1536?), llamado el “Plauto Portugués” y que tiene puesto propio en la literatura española, porque al igual que la mayoría de sus compatriotas de la época, escribió indistintamente en portugués y en castellano. La obra de Gil Vicente, músico, poeta, actor y autor, es considerable, pues consta de 43 obras  entre comedias, tragicomedias y farsas, compuestas: 11 en castellano, 12 en Portugués y el resto en un lenguaje mezcla de uno y otro.
     Estas obras, La Comedia del Burro; La Comedia de Rubena; La Romería de Agraviados; La Floresta de Engaños, se caracterizan por su fuerza cómica, así como por su valor lirico, realzado con la interpolación de cantigas populares.
     En opinión de Méndez y Pelayo, la labor dramática de Gil Vicente es la historia entera del teatro de su país que, “sin gran hipérbole, puede decirse que nació y murió con él.”
     Por otro lado, numerosas compañías de “representantes” o cómicos de la lengua daban en Valencia, Sevilla, y otras ciudades unas comedias cortas, mas a propósito para el vulgo de la época; pero éstas obritas o farsas, como se las llamaba comúnmente, no eran, en puridad, verdaderas obras literarias. Su fondo casi exclusivo consituíalo la pintura bufonesca, y a veces grosera, de los usos y costumbres de las más bajas capas sociales.
     El más celebre de los escritores que cultivaron éste género de obras, fue un autor de Sevilla, llamado Lope de Rueda (1510-1565), y que, como hemos dicho, creó los llamados “pasos,” breves pinturas realistas de gran fuerza cómica, y compuestas con gran riqueza de lenguaje, en el que abundan los giros castizos, y los dichos populares.
    Entre los más conocidos de estos “pasos” citemos el de, Las Aceitunas; el de La Carátula; el de Los Lacayos Ladrones; el de Los Criados; el de El Rufián Cobarde, y el de El Convidado.
    Discípulo, amigo y editor de éste, era el impresor y librero valenciano, Juan de Timoneda (¿-1583), que, además de dramaturgo, fue colector de romances y notabilísimo cuentista.
     Entre sus obras teatrales se distinguen el “paso” de, Los Ciegos, derivado de los de su amigo y maestro; la tragicomedia Filomena; la comedia Amelia; la farsa Rosalinda y dos comedias procedentes de Plauto: Anfitrión y Los Menechmes. Como cuentista, el interés literario de Timoneda es mucho mayor, Sobremesa; Alivio de Caminantes; El Patrañuelo.
     Aunque la mayoría de esos cuentos no son originales, Timoneda tuvo el talento de resumir perfectamente las narraciones, y ser uno de los iniciadores de éste género de nuestra literatura.
     De toda esa generación de precursores del teatro español, ya solo mencionaremos al sevillano, Juan de la Cueva (1543-1610) poeta lirico, épico y dramático que se distingue sobre todo, por éste último concepto. Su musa fue la tragedia clásica, y la historia nacional y legendaria. Algunas de sus obras están inspiradas en asuntos de Ovidio, Virgilio y otros autores latinos; otras se basan en leyendas españolas recogídas en las viejas crónicas y romances como,
     Los Siete infantes de Lara; Bernardo del Carpio; La Muerte del Rey Don Sancho; otras, en fin, no son del asunto histórico, sino de costumbres, como: La Constancia de Arcelina; El Viejo Enamorado, y El Infamador, obra ésta donde algunos críticos han creído ver la primera aparición en la escena española del tipo de “Don Juan.”
     Toda ésta labor varía, solo aquí citada en sus rasgos y figuras esenciales, toda esta obra copiosa, de caracteres tan diversos, pero cuyo caudal va tomando fuerza y consistencia, aparece en la perspectiva histórica como una preparación donde se van esbozando, poco a poco, los distintos géneros del teatro nacional.
Cuando aparece Lope de Vega (1562-1635), es como si todo este caudal viniera a confluir con el Amazonas de la dramática española.
Lope de Vega
     Él es quien viene a dar al teatro su modelación definitiva. Él quien trae a la escena todo género de temas y de asuntos sin otras limitaciones que las que dicta el interés dramático; comedias mitológicas, de historia natural y extranjera; comedias caballerescas, comedias pastoriles; comedias novelescas, de costumbres y de enredo; autos, loas, entremeses, comedias religiosas. Él, quien aclimata la comedia clásica en tres actos o jornadas, y compuesta de modo que sus diversos ritmos correspondan a las distintas situaciones. Él, quien alimenta y estimula la insaciable curiosidad del público, quien arraiga en el pueblo la pasión por el teatro.
     Fue un escritor portentoso. Su pluma infatigable recorrió con éxito y abundancia, todos los géneros literarios conocidos. Su producción resulta tan asombrosa para atribuirla a una sola vida humana, que parece cosa de fábula. Produjo cerca de 2200 obras de teatro, todas ellas en verso, y unos 20 libros de otros géneros. Se calcula que escribió unos 21 millones de versos. En sus comedias suele desarrollarse una aventura de amor que afecta a dos parejas, de un lado al caballero y a la dama, y de otro lado, al escudero y a la doncella, plan de acción cuya influencia habrá de reconocerse en la intriga clásica de la comedia hasta tiempos muy posteriores.
     No se dio paz en producir. En prosa cultivó la literatura ascética: Soliloquios Amorosos de una Alma a Dios, obra en que Lope toma su vida pasada como tema de reflexión moral y religiosa; la historia: Triunfo de la Fe en los Reinos del Japón, historia de unos mártires en aquellas tierras; la novela: La Arcadia; Pastores de Belén; Las Fortunas de Diana; El Peregrino en su Patria; La Desdicha por la Honra; La Prudente Venganza; Guzmán el Bravo;
una “acción en prosa” de gran interés autobiográfico, La Dorotea; en verso, la lírica, la épica, y la poesía religiosa y didáctica: canciones, églogas, epístolas, romances, elegías, silvas, sonetos; poemas como El Isidro; La Filomena; La Andrómeda; La Circe; La Rosa Blanca; La Gatomaquia; El Laurel de Apolo; La Mañana de San Juan en Madrid; La Selva Sin Amor; La Descripción de la Tapada; La Hermosura de Angélica, etc.
     Para muestra de la variedad y abundancia de su producción teatral, véase la clasificación que de él hizo el sabio Méndez y Pelayo, entresacando de esa línea inmensa producción las piezas más características:
I.- Piezas Cortas
a) Autos: 1. Del Nacimiento (El Nacimiento de Nuestro Salvador; El Nombre de Jesús); 2. Sacramentales (El Viaje del Alma; Obras son Amores);
b) Coloquios (En Alabanza de la Concepción; Del Bautismo de Cristo);
c) Loas y Entremeses (De la Hechicería; Del Soldadillo; Del Degollado);
II.- Comedias
a)    Religiosas: 1. Asuntos tomados del Antiguo Testamento (La Creación del Mundo y Primera Culpa del Hombre; la Hermosa Ester) 2. Asuntos tomado del Nuevo Testamento (El Nacimiento de Cristo); 3. De Vidas de Santos (Barlán y Josafat; El Serafín Humano, San Francisco de Asís); 4. De leyendas y Tradiciones Devotas (La Buena Guarda; Púsose el Sol, Salióme la Luna);
b)   Mitológicas (El Laberinto de Creta; El Marido Más Firme);
c)    Históricas: 1. Asuntos Tomados de la Historia Extranjera (El Rey sin Reino; El Gran Duque de Moscovia); 3. Asuntos tomados de la historia española (Las Famosas Asturianas; El Mejor Alcalde del Rey; La Estrella de Sevilla; Peribáñez y el Comendador de Ocaña; Fuente Ovejuna; El Remedio en la Desdicha; El Alcalde de Zalamea; El Marques de las Navas);
d)   Pastoriles (El Verdadero Amante; La Arcadia);
e)    Caballerescas (El Marques de Mantua; Los Tres Diamantes);
f)     Basadas en Novelas: 1. Orientales (La Doncella Teodor); 2. Italianas (El Anzuela de Fenisa; El Castigo Sin Venganza);
g)    De Enredo de Contextura Novelesca, o de Capa y Espada (El Piadoso Veneciano; La Moza del Cántaro; El Acero de Madrid);
h)   De Costumbres: 1. De malas costumbres (El Rufián Castrucho; La Dorotea, acción en Prosa); 2. De Costumbres urbanas  y caballerescas o aristocráticas y palatinas (La Dama Boba; El Perro del Hortelano); 3. De costumbres rurales (El Villano en su Rincón).
La nueva forma que tomaba el drama español revolucionaba enteramente su carácter. En adelante, ya no hubo una distinción absoluta entre la tragedia y la comedia. Lo serio y lo cómico pudieron coexistir en un mismo cuadro. Las obras tuvieron un desarrollo regular, un plan en tres jornadas que, seguidas cada cual de una interrupción y de un descanso, conducían la acción al desenlace, sin confusión en los episodios, y sin fatiga para el espectador.
     Así organizada, la comedia ya era apta para representar todos los tiempos y todas las costumbres. Podía acoger en su vasto dominio la historia antigua y moderna, la mitología, los cuadros de la vida privada. Los poetas dramáticos españoles  tuvieron con frecuencia, la feliz iniciativa de dedicar sus producciones a inmortalizar las gestas de sus crónicas nacionales, y le dieron, con ello, vida e interés de que carecen la mayoría de los otros teatros. Los antiguos reyes y caudillos, los héroes nacionales, los primeros jefes de grandes linajes e incluso los guerreros que se habían distinguido en épocas recientes y casi contemporáneas, salieron a escena con los rasgos que les atribuía la historia  o la tradición.
     A veces, se representaba un rasgo particular de su vida; otras veces, su vida entera. Y así como la comedia ya admitía todos los asuntos, así también pudo admitir todas las formas, desde la del drama, hasta la de la crónica dialogada. Por natural consecuencia, pudo también adoptar todos los estilos, el de la epopeya, como el de la tragedia, el de la oda, como el de la sátira. El mismo ritmo poético se modificará también según que los poetas tuvieran que hacer dialogar a sus personajes en tono más o menos grave, más o menos rápido, o presarle uno de aquellos pomposos e interminables recitados propios, para hacer brillar el talento declamatorio de un actor. Lo que buscaban principalmente los poetas dramáticos eran la variedad y la brillantez.
     Otro de los elementos constitutivos del drama español, es el del “gracioso,” personaje que figura invariablemente en casi todas las obras de nuestro teatro clásico, y cuyo papel es de suma importancia. El gracioso siempre es el escudero, el lacayo, el criado, el confidente del héroe. Es un bufón ingenioso, intrigante y de pocos escrúpulos, personaje no imaginario, sino real y tan a la moda entonces entre los príncipes y magnates, que todo lo ridiculíza y que empieza por burlarse de sí mismo, para tener el derecho de poder hacer burla de todo y de todos. Salvo la forma bufonesca, el gracioso es como el coro de las tragedias de la antigüedad. Como el coro, representa en cierto modo al público, cuyos sentimientos e impresiones probables trata de expresar.
     Todos estos rasgos, comunes al drama español, los son naturalmente también a las comedias de Lope, que vino a dar su modelación casi definitiva a esos elementos. Pero el rasgo característico del genio de Lope es su exquisita sensibilidad.
     Nadie lo ha aventajado en describir las agitaciones de alma, las emociones del corazón, las penas del amor engañado. Es, además, un excelso pintor de la mujer. Poseyó el secreto de variar hasta el infinito el carácter de sus heroínas, haciéndolas casi a todas igualmente seductoras, por una admirable mezcla de pasión, de timidez, y de gallardía, de ingenuidad y de gracejo.
Otro de los indiscutibles meritos de Lope de Vega, y que da valor real incluso a sus menores obras, consiste en que su conjunto, presenta el cuadro completo y animado de la época en que vivió. Su inmenso repertorio es una especie de enciclopedia, donde se hallan cuidadosa y minuciosamente registrados los usos y costumbres, las modas, las formas sociales e incluso, las anécdotas que en dicha época retenían la atención o distraían la curiosidad.
     Lope Félix de Vega Carpio, nació en la Villa de Madrid, en 1562, año en que Felipe II la había elegido como corte de las Españas. Su padre, Félix de Vega Carpio, hidalgo campesino originario del Valle de Carriedo, había dejado a su mujer, Francisca Fernández, para irse a Madrid en seguimiento de una “Helena” española; pero la esposa, enamorada de su marido y justamente celosa, marchó a reunírsele y a reconquistarlo. En Madrid sellaron las paces y entonces, entre las tempestades de la pasión, fue concebido el genial y apasionadísimo, Fénix de los Ingenios.
     Desde niño manifestó vocación poética muy decidida, unida a temperamento inquieto y rara inteligencia. También el padre era poeta, de poco renombre, aunque no sin valor, según afirma el propio Lope en su, Laurel de Apolo; y a ello debió, sin duda, el ser poeta desde la cuna.
     Al quedar huérfano de padre y madre, estuvo a cargo de su tío el inquisidor, Miguel Carpio que lo hizo ingresar en el Colegio Imperial de los Jesuitas; y, más adelante, pudo Lope ampliar sus estudios en la Universidad de Alcalá, merced a la generosa protección de Don Jerónimo Manrique, obispo de Ávila. En dos años recorrió Lope todo el programa que constituía la especialidad de aquel famoso centro universitario, donde el estudio de las artes y las letras alternaba, con la danza, la música y la esgrima. La teología y sus anejos enseñábanse en Salamanca, donde Lope también hubo de estudiar más adelante.
     Asimiló al vuelo vastos conocimientos, pasando ligeramente sobre las matemáticas y otras disciplinas científicas, e interesándose sobre todo por las lenguas antiguas, la historia, la filosofia, y las humanidades en general. Pero llevado de su naturaleza bulliciosa, no tardo en derivar a hacia la vida aventurera y, una vez fuera de la Universidad, hasta tuvo que incorporarse, para vivir, a una compañía de cómicos de la lengua, compartiendo sus actividades, azares y trabajos. De pronto abandona  éste género de vida trashumante, y se alista en el ejército, formando parte de una expedición a la isla Tercera. No por ello mejora su fortuna, y al regreso de ésta expedición, entra al servicio del duque Antonio de Alba, nieto del que había sido famoso gobernador de Países Bajos.
     A este momento de la vida de Lope corresponden  sus amores con Elena Osorio, hija de comediantes y que despertó en él, una pasión vehemente que duró cuatro o cinco años. La Dorotea, refleja la historia de estos amores y en ella, el personaje de Fernando es el propio Lope, y Elena la heroína. Al sobrevivir la ruptura, que fue violenta, escribió Lope una sátira contra su ex amante y otras personas de su familia y, a consecuencia de ello, fue detenido, encarcelado, procesado y condenado. Un amigo fraterno, Claudio Conde, pudo sacarlo de prisión; pero no evitar que se hiciera efectiva la condena: ocho años de destierro de la corte, y dos del reino. Dicha condena está fechada el 7 de febrero de 1588.
     Desvanecida así ésta tormenta sentimental, Lope contrajo matrimonio, en mayo del mismo año, con doña Isabel de Urbina, hija del escultor Diego de Urbina, y hermana de Diego Ampuero Urbina, regidor de Madrid. A los pocos días de celebrada esta boda, el inquieto y turbulento poeta se alistó voluntario en la Armada Invencible, saliendo de Lisboa el 29 de mayo en el galeón, San Juan.
    Durante ésta expedición militar escribió Lope, La Hermosura de Angélica, y, al regreso, en 1589, se instaló en la ciudad de Valencia, lugar que eligió para cumplir su pena de destierro. Allí pudo rehacer su hogar, pasó días tranquilos y felices con su esposa, y tuvo ocasión de cultivar la amistad de varias notabilidades de las letras, tales como Guillen de Castro, Rey de Artieda, Gaspar Aguilar, y el canónigo Tárrega, entre otros.
    Puede suponerse que fue por entonces cuando Lope de Vega empezó a escribir para el teatro, mitad por necesidad, puesto que no contaba con otra fuente de ingresos, mitad por vocación, estimulada por lo propicio del ambiente.
    Se sabe que en 1590 estuvo Lope en Toledo, y después en Alba de Tormes, acompañádo de Isabel, que murió en ésta Villa  en 1595, al dar a luz una hija, Teodora, que la sobrevivió muy poco tiempo. Estas desgracias afectaron profundamente a Lope; pero pronto aparecen en su vida nuevos avatares sentimentales. Con fecha de 1596, ya se tienen noticias de un proceso contra Lope por concubinato con doña Antonia Trillo de Armenta; y de la misma época, datan también sus amores con la comediante Micaela de Luján, con la que vivió en Toledo y en Sevilla, y de la que tuvo varios hijos, entre ellos Marcela y Lope Félix.
     En 1958 se casó en segundas nupcias con doña Juana Guardado, hija de un acaudalado comerciante de la corte. Con doña Juana vivió algo más tranquilo en Toledo y en Madrid, aficionándose de nuevo a la vida del hogar, al lado de su mujer y de su hijo Carlos Félix. Pero ésta tranquilidad también vino a disiparse con la muerte de Carlos Félix, a los siete años de edad, y con la muerte de doña Juana, del parto de Feliciana.
     Vuelto a Toledo, en busca de un retiro, Lope de Vega se entrega de lleno a su pasión dominante por el teatro, y adquiere  con sus obras popularidad inmensa. Ésta estancia en Toledo, representa para Lope una era en la que no tiene más que cosechar los frutos de su labor intelectual, y de su experiencia de la vida. Redactada la lista de las 230 obras que ya se había hecho representar, las colecciona con vistas a la publicación y, al propio tiempo, da a la imprenta otro de sus manuscritos: las Rimas; la Jerusalén Conquistada; La Filomena; los Pastores de Belén; etc.
     Para regularizar su vida privada, se ocupa de la educación de los dos hijos de María Luján, Marcela y Lope Félix, y decide ordenarse de sacerdote. En 1628 es nombrado capellán. Pero, al fin, la vida sacerdotal de Lope resulta tan poco edificante como la que había llevado anteriormente. De nuevo, en amores con doña Marta de Nevares, mujer del negociante Roque Hernández de Ayala, tales amores tornan a envolver la vida privada de Lope, en un ambiente  de escándalo. Fruto de estos amores es una hija bellísima: Antonia Clara. El negociante don Roque murió al poco tiempo; pero la dicha que empezaban a tener los dos amantes, se vio turbada por la ceguera repentina de doña Marta; después enloqueció y, aunque llegó a recobrar la razón, murió ciega en 1632, tres años antes que Lope, a los cuarenta y cinco de su edad.
     Esta desventura vino acompañada de otras dos, no menos crueles. La primera, la muerte de su hijo Lope Félix, que habiéndose hecho militar, se había incorporado como alférez en la flota del marqués de Santa Cruz, pereciendo en un náufragio. La segunda de éstas desgracias, la desesperación de Antonia Clara, raptada cuando apenas tenía diecisiete años por un galán de la Corte que algunos han supuesto fuese el duque de Medina de las Torres.
     Todas estas desdichas fueron causas a apresurar la muerte del Fénix. Estando oyendo un día la defensa de unas conclusiones de filosofia, durante una fiesta ofrecida por el rey Felipe IV al doctor Cardoso, le dio un desvanecimiento y, dos días después, el 27 de agosto d 1635, expiró cristianamente, legando todos sus bienes a Feliciana, hija de su segundo matrimonio, y a la que declaró única heredera. Más tarde, ésta reconoció como hermana a Antonia Clara, se fue a vivir con ella, y le entregó su parte de herencia paternal.
Los funerales de Lope de Vega constituyeron una grandiosa manifestación de duelo, índice de su inmensa popularidad. Se le dio sepultura en la Iglesia de San Sebastián, donde sus restos, al cabo de los años, tal vez por olvido, o desidia, se quedaron confundidos con otros muchos, entre ellos, con los de Ruiz de Alarcón.
Mira de Amezcua, Guillén de Castro, Tirso de Molina, Ruiz de Alarcón.
     Mira de Amezcua (1574?-1644) nació en Guádix y vivió en Granada, donde fue capellán de Felipe IV. Escribió numerosos sonetos y elegías, y entre sus poesías épicas, merece citarse el poema de, Acteón y Diana. Se distinguió como escritor dramático, y su teatro, muy parecido en el estilo y en los procedimientos técnicos al de Lope, es espontáneo, y libre de convencionalismos. Cultivó diversos géneros: comedias religiosas, de costumbres, y autos sacramentales.
     Entre las primeras descuellan: El Esclavo del Demonio, su obra maestra, leyenda piadosa inspirada en la de Juan de Santárem, especie de “Fausto” portugués que en la comedia de Amescua lleva el nombre de don Gil de Portugal y que también firma un pacto con el Diablo para convertirse en esclavo de éste, si logra poseer a una mujer de la que se halla enamorado; entre sus comedias históricas: El Palacio Confuso; La Desdichada Raquel, también impresa con el título de, La Judía de Toledo; y El Ejemplo Mayor de la Desdicha; entre las de costumbres: La Rueda de la Fortuna y La Fénix de Salamanca.   
     Francisco Tárrega (1554?-1602), doctor en teología y canónigo de la catedral de Valencia, es el primero de estos autores valencianos contemporáneos y émulos de Lope. De las doce comedias que nos quedan de él merecen recordarse: El Prado de Valencia, precioso cuadro de costumbres de la época; La Sangre Leal de los Montañeses de Navarra y La Duquesa Constante, dos dramas de tono exagerado, donde resplandece la brillante fantasía del autor.
     Gaspar de Aguilar (1561-1623) es mencionado por los ingenios de la época como uno de los más célebres escritores de su tiempo. Fue secretario del duque de Sinarcas y mayordomo de los duques de Gandía. En Madrid, a donde pasó más tarde, era conocido en los medios literarios con el epíteto de “el discreto valenciano.” También dejó unas doce comedias, entre las que descuellan: El Mercader Amante; la Gitana Melancólica, y el vigoroso drama, La Venganza Honrosa.
    Ricardo de Turia, seudónimo de don Pedro Juan Rejaulde, jurisperito y oidor de la Audiencia valenciana (1578-1639), escribió cuatro comedias de las que solo una: La Burladora Burlada, resulta discreta y de apacible estilo.
    Carlos Boyl Vives de Canesmas (1577-1617), señor de Masamagrell y de los Francos de Farnals, fue poeta muy erudito y tenido en gran estima por sus contemporáneos. La única comedia que de él existe: El Marido Asegurado, es digna de parangonarse, por su ingenio, con las mejores de la época.
     Micer Andrés Rey de Artieda (1549-1613) estudió derecho, abrazándo después la carrera de las armas y sirviendo en el ejercito como capitán de infantería durante los treinta años. Estuvo en Lepanto, en Chipre, y en Navarino. En 1605 coleccionó varias de sus producciones con el titulo de Discursos, Epístolas y Epigramas de Artemidoro. Para el teatro escribió las comedias: El Príncipe Vicioso, Amadís de Gaula; Los Encantos de Merlín y una tragedia en cuatro actos, Los Amantes de Teruel, asunto reproducido más tarde por Tirso de Molina, Pérez de Montalbán, y Hartzenbusch.
   Pero el autor dramático de mayor relieve entre todos los del grupo valenciano, es el famoso don Guillén de Castro y Bellís (1569-1631), hombre de vida agitada y copiosa en aventuras. Pertenecía a distinguida familia y fue en su ciudad natal capitán del Gao de Valencia, es decir, jefe de la vigilancia montada de la costa, antes de pasar a Nápoles, donde por favor del virrey, conde de Benavente, fue gobernador de Seyano. Volvió a Valencia en 1609, y allí seguía en 1613, intentado resucitar la ya fenecida Academia de los Nocturnos con el nombre de “Los Montañeses del Parnaso.”
     Más tarde se trasladó a Madrid, donde también halló valiosos protectores, entre ellos el duque de Osuna y el conde-duque de Olivares; pero todo hubo de perderlo por su altivez y sus brusquedades. Fue gran amigo de Lope de Vega, quien le dedicó su comedia, Las Almenas de Toro, a lo que correspondió Guillén de Castro con la primera parte impresa de sus comedias; y, finalmente, obtuvo el hábito de Santiago y otros empleos y comisiones honoríficas y lucrativas. Murió en Madrid, y su reputación como poeta lirico y dramático, no tuvo otra superior que la del propio Lope.
     Escribió Guillén de Castro numerosas poesías líricas, y compuso más de cuarenta comedias de todos los géneros. En general, utilizó los asuntos históricos y caballerescos nacionales más propios para excitar la simpatía del pueblo español. También aprovechó las leyendas más populares de la época, así como los argumentos del Quijote, y de otras novelas de Cervantes, llegando a ser el maestro indiscutible de la comedia, “de capa y espada” y del “drama histórico nacional.”
     Entre sus obras, la más importante, la que le dio notoriedad universal, es, Las Mocedades del Cid, que deriva del Romancero, y en cuya primera parte inspiró Corneille su Cid, simplificándola y adaptándola al gusto francés. Fueron, pues, Las Mocedades, el primer modelo de la tragedia clásica francesa.
    Entre las otras obras de Guillen de Castro, citaremos como las mejores: El Narciso en su Opinión; El Conde Alarcos; Los Malcasados de Valencia; Engañarse Engañado; El Perfecto Caballero, etc.
     La notoriedad de Luis Vélez de Guevara (1579-1644), autor tan encomiado por Cervantes, se basa en la riqueza del caudal poético, y en la fuerza patética de sus comedias. Escribió innumerables poesías y más de 400 obras dramáticas que en su mayoría se desconocen; entre las que quedan merecen señalárse:
Reinar Después de Morir o Doña Inés de Castro, una de las mejores tragedias de la escena española; Más Pesa el Rey que la Sangre; El Caballo Vos Ha Muerto, etc. Sobresalen las de asunto histórico, por la inspiración que las aníma, y el acierto del dramaturgo en la pintura de los caractéres. Es, además, autor de la popularísima novela picaresca, El Diablo Cojuelo.
    Con Tirso de Molina (1584?-1648), seudónimo de fray Gabriel Téllez, empieza la serie de grandes autores que soslayan la dictadura moral de Lope y que, menos fogosos, caudalosos, y variados, poseen en cambio cualidades muy superiores. El “drama novelesco” aténto de preferencia a la abundancia episódica de la acción, pasa a segundo término. La escena española se perfecciona más aún: Tirso, le trae el don de crear caracteres reales; Moreto, la gracia y la naturalidad; Ruiz de Alarcón, la filosofía y la perfección de estilo; Rojas, la energía; Calderón, el arte de la distribución dramática, la sublimidad de lenguaje y de pensamiento.
     Tirso nació en Madrid, y después de estudiar en Alcalá, y de tomar el habito en su ciudad natal, profesó como fraile mercenario en el convento de Guadalajara en 1601. En 1606 ya se había dado a conocer como dramaturgo, declarándose discípulo de Lope, al que tributó siempre entusiastas elogios. En 1616 marchó a la Isla de Santo Domingo, donde permaneció dos años y, a su regreso, estuvo en Toledo y en Madrid. En 1632, se lo nombró cronista de su orden y definidor de Castilla. De 1645 a 1647, fue comendador del convento de Nuestra Señora de la Merced Calzada de Soria, donde falleció en 1648.
     A los trabajos eruditos y morales, tales como, Historia General de Nuestra Señora de la Merced; Genealogía de la Casa de Sástago; Deleitar Aprovechando, que contienen leyendas piadosas, autos sacramentales y versos devotos; Vida de Santa María de Cervellón, etc., debió el padre Téllez los honores y representación que adquirió en el curso de su carrera religiosa;
pero la obra que lo inmortaliza y le da rango de gran figura literaria a los ojos de la posteridad, es la que firmó con el seudónimo de “Tirso de Molina,” esto es, su obra de poeta cómico y festivo. En éste concepto, Tirso aventaja a su maestro Lope en la penetración psicológica, y en el estudio de los caractéres. Observa y pinta con mano segura, los más variados tipos y especialmente a las mujeres, las cuales suelen ocupar el primer plano en muchas de sus comedias.
     La obra dramática de Tirso, abarca diversos aspectos: dramas históricos como, La Prudencia en la Mujer, sobre Doña María de Molina; Próspera Fortuna de Don Álvaro de Luna; Antona García; El Cobarde Mas Valiente, sobre Martín Peláez; comedias bíblicas como, La Divina Espigadora, inspirada en la vida de Ruth, y La Venganza de Tamar, donde pone en escena las aventuras de la familia de David;
comedias religiosas como, El Condenado por Desconfiado, obra considerada por la crítica moderna como el mejor drama teológico del mundo; comedias de carácter y de intriga como, Marta la Piadosa; El Amor y la Amistad; El Vergonzosos en Palacio; Celos con Celos se Curan; Amar por Razón de Estado; Don Gil de las Calzas Verdes; La Villana y de Vallecas, y obras muchas entre las que sobresale una creación inmortal; El Burlador de Sevilla, padre de todos los, “Don Juan.”
     La perfección del estilo se aquilata en Juan Ruiz  de Alarcón (1575-1639), nacido en México de familia española. Empezó los estudios en su país natal, y los continuó en Salamanca, donde se graduó de Leyes.
     En 1608, regresó a México, ejerció durante algún tiempo la abogacía en la Audiencia de la Nueva España y, hacia 1614, volvió a Madrid, donde cultivó la literatura, mas por entretenimiento que por oficio.
     En sus obras dramáticas, atendió principalmente a difundir  doctrinas morales, y sus comedias de carácter, expresan toda esa tendencia moralizadora; contra la mentira: La Verdad Sospechosa; contra la ingratitud, La Prueba de las Promesas; contra la inconsistencia amorosa, Mudarse por Mejorarse; contra la maledicencia, Las Paredes Oyen; etc. Fue el menos fecundo de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, pues solo llegó a publicar 20 comedias, aunque debió escribir algunas más.
    La obra maestra de Ruiz de Alarcón, la que bastaría para asegurarle un lugar glorioso entre los poetas dramáticos de su tiempo, es, La Verdad Sospechosa, en parte traducida y en parte imitada por Pierre Corneille en, Le Memteur.
Calderón de la Barca
      Calderón corona el esplendor de la dramática española del gran siglo. Crea escuela propia y da nombre a su época, “la época de Calderón.” Sintetiza su tiempo. En él vienen a condensarse todas las cualidades del teatro español, las buenas y las malas. Llegó hasta el siglo XIX con una fama que avasallaba y oscurecía la de todos los grandes autores de la época clásica; en esa época, la critica lo cree inferior a Lope y a Tirso, pero actualmente muchos vuelven a él.
     Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) nació en Madrid y cursó sus primeras letras en el Colegio Imperial de los Jesuitas. Estudió luego en Alcalá y en Salamanca, y en 1620 obtuvo sus primeros éxitos literarios en un certamen poético celebrado para solemnizar la beatificación de San Isidro. Concluída su etapa estudiantil, salpicada de lances tan comunes entre la juventud española de su tiempo, Calderón ingresó en la milicia.
     Peleó en Italia y en Flandes; pero durante los diez años que comprende éste periodo de su vida, siguió escribiendo versos y comedias. Volvió a la corte, reclamado por Felipe IV para que el poeta ejercitára su ingenio en las fiestas reales, y a los 51 años se ordenó de sacerdote, buscando sin duda recogimiento para una existencia que, ya en adelante, dedicó por entéro al cultivo de las letras, hasta los 81 años de edad, en que murió.
     La obra de Calderón consta de 120 comedias, 80 autos sacramentales, y unos 20 entremeses, jácaras, loas, y obras menores. Su primera comedia: Amor, Honor, y Poder, es de 1623, y la última: Hado y Divisa de Leónido y Marfisa, de 1680.
Ésta obra abarca diversos géneros, y es como un catálogo, casi una Summa de los grandes temas sentimentales afincados en el alma del español de siglo XVXII; el honor personal basado, no en la propia conducta, sino en la de la esposa y otros familiares femeninos; el espíritu caballeresco; la fe católica ciega y obstinada; la fidelidad al rey.
Su obra de poético dramática puede clasificarse así:
1)   Comedias Religiosas, como, Los Cabellos de Absalón; Judas Macabeo; El Mágico Prodigioso; La Devoción de la Cruz.
2)   Comedias Históricas, como, El Príncipe Constante; La Niña de Gómez Arias; Amar Después de la Muerte; El Alcalde de Zalamea; La Hija del Aire; El Cisma de Inglaterra; El Médico de su Honra.
3)    Comedias de Costumbres, como, Antes Que Todo es mi Dama; Casa con Dos Puertas Mala es de Guardar; La Dama Duende; El Mayor Monstruo, los Celos; El Pintor de su Deshonra; A Secreto Agravio, Secreta Venganza.
4)    Comedias Filosóficas, como, La Vida es Sueño.
5)   Comedias Caballerescas, como El Castillo de Lindabridis; El Jardín de Falerina; Argentis y Poliarco.
6)    Comedias Mitológicas, como, Eco y Narciso; Ni Amor de Libra de Amor; La Estatua de Prometeo; El Golfo de las Sirenas
7)   Zarzuelas, como, El Laurel de Apolo; La Púrpura de la Rosa.
8)   Entremeses, como, Carnestolendas; La Casa de los Linajes; El Desafío de Juan Rana.
9)   Autos Sacramentales, como, El Gran Teatro del Mundo; La Vida es Sueño, antecedente de la comedia filosófica del mismo título; La Siembra del Señor; El Divino Orfeo; Los Encantos de la Culpa.
Los dramas religiosos de Calderón ofrecen especial interés, aparte su valor intrínseco, porque pintan la mentalidad religiosa de la época.
El Mágico Prodigioso.
     Mientras la población de Antioquía celebra con ruidoso regocijo la inauguración de un templo de Júpiter, cuyo culto vacilante se trata de reanimar, el joven Cipriano, perteneciente a una ilustre familia de la ciudad, se retira lejos de la multitud, en un apartado bosque, para entregarse a las más nobles meditaciones. Apasionado por los estudios filosóficos, un pasaje de Plinio que acaba de leer cautiva toda su atención. En ese pasaje, la divinidad está definida como la bondad suprema, como una esencia y una sustancia única, infinitamente sabia y poderosa.
    Cipriano busca inútilmente entre la mitología pagana el Dios a quien pueda aplicarse tal definición, y no lo encuentra. De pronto, se presenta ante él un desconocido. Es el demonio que, ofreciéndose a sus ojos cual un viandante extraviado, ruega a Cipriano le indique el camino de Antioquia y no tarde en hacer recaer la conversación sobre la idea que tanto preocupa precisamente al joven estudiante.
     Suscítase entre los dos una discusión teológica, y el demonio no logra vencer los argumentos de Cipriano; pero le hace conocer a la bella Justina, de la que se apasióna vívamente sin conseguir ser correspondido. Entonces, el diablo ofrece al joven, mediante el pacto de entregarle el alma, instruírlo en las ciencias mágicas, para que pueda lograr el amor de Justina. Cipriano, fascinado por ciertos prodigios y, sobre todo, arrebatado de amor, cede; pero no así Justina, que rechaza firme los halagos del poder infernal.
      Admirable escena aquella en que el poeta representa, en forma mitad alegórica, mitad real, las tentaciones que rodean a la casta doncella cristiana. Y cuando ya cree haberla conquistado para el mal, Justina, en un supremo esfuerzo de resistencia, evoca  esfuerzo de resistencia, invoca el auxilio de Dios, venciendo al diablo. Reducido éste por la resistencia de Justina a la imposibilidad de mantener la promesa hecha a Cipriano, el demonio trata de disimular su derrota engañando a su discípulo  con una ilusión.
     En el momento en que Cipriano, instruido al fin en todos los misterios de la magia, evoca el poder infernal para que éste le otorgue la posición de Justina, aparece una mujer cubierta de velos en la que cree reconocer a la que ama. Se precipita sobre ella; pero al apartar los velos que la cubren, se encuentra con un horrible esqueleto que desaparece en el acto, lanzando estas terribles palabras: “Así, Cipriano, son todas las glorias del mundo.” En éste milagro reconoce Cipriano la intervención de la divinidad. Las dudas que lo atormentaban se disipan.
     Llama en su socorro al Dios de los cristianos para rechazar al demonio que viene a reclamar su alma, y el demonio huye ante el terrible nombre del verdadero Dios. Cipriano va a entregarse a los perseguidores y es conducido al suplicio con Justina, a la que han sorprendido dentro de una iglesia. Y apenas caen sus cabezas, el ser infernal, descendiendo sobre el cadalso entre relámpagos y truenos, viene por orden de Dios a proclamar ante el pueblo aterrorizado la virtud de los dos mártires, recompensados ahora por una eterna felicidad.
El Alcalde de Zalamea
      La acción se desarrolla en tiempos de Felipe II, y el momento elegido por el poeta es aquel en que dicho rey, al extinguirse la familia reinante de Portugal, mandó ocupar militarmente éste país para establecer en él su dominación, basada en determinados derechos que lo hacían considerarse como legitimo pretendiente a la corona lusitana. Un cuerpo de ejército mandado por Lope de Figueroa, marcha sobre Lisboa y atraviesa Extremadura.
     Parte de las tropas se acantonan durante algunos días en el pueblo de Zalamea. Los oficiales y los soldados se alojan en las casas de los aldeanos, y Calderón traza una pintura viva y animada de la vida y costumbres militares. La originalidad del poeta resplandece en la genial manera como concibió al personaje de don Lope de Figueroa.
     Había de pintar un personaje histórico. Don Lope era uno de aquellos ilustres jefes de infantería que en el siglo XVI, pusieron tan alto el prestigio de las armas españolas. La ficción poética desaparece ante el poderoso realismo de tan magnífica figura. El cariño y el respeto que don Lope inspira, a la vez, a sus soldados, su inflexible observancia de la disciplina, los prejuicios militares que se mezclan en él a tanta rectitud y generosidad, su cortesía noble y caballeresca que domina, sin poder contenerlos enteramente, los movimientos de brusca impaciencia que le arrancan sus dolencias, constituyen el ideal del viejo hombre de armas.
     Frente a esta enérgica fisionomía, Calderón colocó otra figura no menos respetable y cuyo dibújo rivalíza en vigor con la de don Lope. Pedro Crespo, que le da el alojamiento, es un campesino rico, firme, sensato, cabal, y que, bajo las especies de una deferencia respetuosa hasta la humildad, oculta un profundo sentimiento de la independencia y el honor.
     Crespo tiene una hija de singular hermosura, Isabel, que a la llegada de los soldados ha tenido la prudente precaución de relegar a unas habitaciones apartadas; pero uno de los oficiales puestos a la ordenes de don Lope, el capitán don Álvaro de Ataide, hasta cuyos oídos ha llegado la fama de la belleza de Isabel, se propone obtener sus favores, convencido de que una campesina no puede dejar de acoger con agrado sus torpes pretensiones. Valiéndose de una astucia, consigue llegar con Álvaro hasta la habitación de la doncella, donde tiene un gran altercado con el padre y el hermano.
     El capitán para vengarse, rapta a la joven, la deshonra y la deja abandonada en el monte, donde Pedro Crespo oye de ella misma el infortunio de que ha sido víctima. Herido el capitán por el hermano de Isabel, vuelve al pueblo; y a su alojamiento acude el viejo Crespo, que acaba de ser nombrado alcalde, suplicándole, incluso de rodillas, que repare su honor con el matrimonio: Solo obtiene una respuesta despreciativa. Entonces Crespo empuña la vara de la justicia, hace prender el capitán y lo procesa. Don Lope de Figueroa reclama al preso; Crespo se mantiene firme, y cuando los soldados van a prender fuego al lugar, llega Felipe II. Éste ve la justicia que asiste a Pedro Crespo, le pide el reo para castigarlo, y el alcalde le presenta el cadáver del capitán. El rey lo nombra alcalde perpetuo de Zalamea.
La Vida es Sueño
     Segismundo, príncipe de Polonia, vive prisionero en un castillo por orden de su padre, el rey Basilio, quien así quiere evitar el cumplimiento de ciertas predicciones según las cuales, Segismundo habría de llegar un día a dominarlo y humillarlo. Para ponerlo a prueba, el rey manda que narcoticen a Segismundo, y que lo trasladen a la Corte.
     Al verse en aquel palacio desconocido, desde donde cree poder imponer su voluntad, Segismundo da tales muestras de crueldad que Basilio, juzgándolo indigno de reinar, manda que lo devuelvan a la prisión. Segismundo cree entonces que su estancia en la Corte, y su rango de príncipe, ha sido un sueño, y que lo propio ocurre con la misma vida, sueño también de fugitivas e inexplicables realidades. Pero el pueblo se laza en su favor, y le da un trono desde el que gobernará con la mayor prudencia, persuadido de que su principal cuidado, ha de consistir, en adelante, en no tener que arrepentirse, cuando suene la hora del despertar eterno, de los sueños realizados durante el sueño de la vida.
     Los Autos Sacramentales, obras religiosas en un acto, representan la contribución calderoniana a las procesiones dramatizadas que se celebraban con ocasión de la fiesta del Corpus. El género ya había tenido ilustres cultivadores, como Gil Vicente, Timoneda, Lope de Vega, y otros dramaturgos del Siglo de Oro; pero Calderón iba a eclipsarlos a todos, pues en sus manos el “auto sacramental” fue verdaderamente un género dramático, con leyes propias, y que llevaba a la escena en forma simbólica, a las más altas preocupaciones filosóficas, religiosas, y morales de toda una época.
     La fiesta del Corpus, data del siglo XIII, pero adquirió excepcional importancia en la época de la Contrarreforma, puesto que celebraba el dogma de la presencia real, cuestión violentamente atacada por los calvinistas; y un poeta católico no podía dejar de encontrar en esas representaciones que se desarrollaban al aire libre, y ante grandes muchedumbres, un medio impresionante de propaganda religiosa. En esos “autos,” Calderón hace tangible la lucha entre el ciego instinto, y la verdadera libertad, la oposición entre la inclinación hacia el infierno, y la nostalgia del paraíso, los misterios de los sacramentos, la liturgia, poniendo a contribución todo el patrimonio del catolicismo, y esforzándose por tender un puente entre el mundo visible y el espiritual.
Rojas, Moreto
     Los dos principales dramáticos de la época de Calderón, fueron Rojas y Moreto.
     El primero, Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648), nació en Toledo, y nada concreto se sabe sobre su infancia y sus estudios. Se supone que fue alumno de la Universidad de Salamanca, porque así parece desprenderse de sus comedias. En sus obras, Obligados y Ofendidos, y Lo Que Quería Ver el Marques de Villena, hay una pintura tan viva, tan fiel y minuciosa de la vida estudiantil salamantina, que se ha conjeturado, que solo un antiguo estudiante, ha podido trazarla con tal exactitud.
     También se cree, por ciertos pasajes de sus obras, que ejerció durante algún tiempo la profesión militar; pero todo ello constituyen solo puras hipótesis, y nada cierto se sabe en definitiva. La primera referencia concreta acerca de Rojas, la facilita Pérez de Montalbán, en su, Para Todos (1632), pues ya en ésta obra, se habla de Rojas como de un poeta, “florido, acertado, y galante, como dicen los aplausos de las ingeniosas comedias que tiene escritas.”
     Tenía entonces Rojas veinticinco años y, no obstante su juventud, ya gozaba de gran notoriedad, renombre tanto más lisonjero cuanto que era la época en que brillaban los nombres de Lope de Vega, Tirso de Molina, y Calderón de la Barca. Por causas indeterminadas, y en circunstancias que también se ignoran, Rojas fue víctima en 1638 de  una tentativa de asesinato.
     Dos años después, se inauguró el Teatro del Buen Retiro, de Madrid, con su comedia, Los Bandos de Verona, cuyo asunto estaba tomado de la obra de Lope, Castelvine y Monteses,
tomada a su vez por éste de la novela de Bandello, Romeo y Julieta, y en la que también se había inspirado Shakespeare para su famosos drama de igual título.
     Se sabe que Rojas tuvo una hija de María de Escobedo, mujer de un cómico también llamado, Francisco de Rojas, y de apodo, El Rapado.  Esa hija se llamó Francisca de Bezón (a) la Bezona, y fue una comediante celebre del siglo XVII. Más adelante Rojas Zorrilla contrajo matrimonio con doña Catalina Yáñez, de la que tuvo a su hijo, Antonio Juan de Rojas, que llego a ser oidor de la Audiencia de México. En 1643 recibió el hábito de Santiago, y falleció en 1648, a los 41 años de edad.
     En 1640 había publicado en Madrid la Primera Parte de sus, Comedias. Esta primera parte comprendía doce obras, entre las que se distinguen: la ya citada de, Obligados y Ofendidos, también llamada el Gorrión de Salamanca, y Donde Hay Agravios no Hay Celos, de Rojas, a la que debía seguir una Tercera Parte que no llegó a ver la luz. Y, sucesivamente, en la que se describen donosamente los matones y sus amoríos.
     En 1645, se publicó la Segunda Parte de las Comedias, de Rojas, a la que debía seguir una Tercera Parte que no llegó a ver la luz. Y, sucesivamente, fueron apareciendo en distintas colecciones numerosas piezas sueltas, muchas de las cuales se le atribuían por error.
    En cambio, García del Castañar, su obra maestra, que no figuraba en ninguna de las primeras dos partes publicadas por su autor, y sí en una colección posterior de, “Comedias de Diferentes Autores” con el titulo de, Del Rey Abajo Ninguno, llevaba por nombre de su autor el de Calderón de la Barca.
     Tales confusiones se explican por el hecho de que los asuntos de las obras teatrales del siglo XVII, pasaban de unos autores a otros, dando lugar a una profusión de versiones en que la verdadera paternidad intelectual, acababa por diluirse y evaporarse. El plagio literario era de uso corriente, y todos los poetas dramáticos hallaban natural que los asuntos pertenecieran al patrimonio común. Lo que no veían con agrado era que les atribuyesen piezas ajenas, o que las propias pasasen a aumentar el acervo de otros literatos.
     La Segunda Parte comprendía once comedias, entre ellas: la ya citada Los Bandos de Verona; Entre Bobos Anda el Juego, comedia de figurón, una de las producciones más originales del teatro español, llena de gracia, animación y travesura; Abre el Ojo, gracioso y animado cuadro de artificios de la y de la avidez de las mujeres galantes; Nuestra Señora de Atocha, en colaboración con Moreto y referente a la conquista de Madrid; El Más Impropio Verdugo por la Mas Justa Venganza, hermosa comedia inspirada en otra de Mira de Amescua.
     También escribió varias comedias en colaboración: La Baltasara, con Vélez y Coello; El Catalán Serrallonga, con los mismos; El Monstruo de la Fortuna, y La Lavandera de Nápoles, con Calderón de la Barca y Pérez de Montalbán; El Mayor Amigo El Muerto, con Calderón y Belmonte; El Pleito que tuvo el Diablo con el Cura de Madrilejos, con Vélez y Mira de Amescua; etc.
     Pero la obra que más fama le ha dado a Rojas, es el gran drama trágico, García del Castañar, conocido también con los títulos de, El Labrador Mas Honrado, y el de, Del Rey Abajo Ninguno. Es, como, La Estrella de Sevilla, de Lope; El Alcalde de Zalamea, de Calderón; o El Rey Valiente y Justiciero, de Moreto, uno de esos dramas profundamente españoles que deben en gran parte su popularidad a que están justamente considerados como la representación original y característica de las ideas y de los sentimientos nacionales.
     Con Agustín Moreto (1618-1669) cerramos el ciclo de la poesía dramática del siglo XVII. Es el más equilibrado de los autores de su tiempo. Los demás, hasta una veintena, ocupan un plano de segundo o tercer orden, Diamante, Hoz y Mota, Fernando de Zarate, hasta que con Bances Candamo, y Antonio de Zamora, se precipita la decadencia de la escuela de Calderón, cuya muerte, en 1681, señala el verdadero limite de la Edad de Oro.
     Moreto nació en Madrid, estudió en Alcalá, fue poeta de la corte de Felipe IV, y desde muy joven, escribió para la escena. Murió reinando Carlos II, en Toledo, donde ejercía desde varios años antes, las funciones de un empleo eclesiástico. Vemos que, como Lope y Calderón, Moreto acabó consagrando al servicio de la Iglesia una existencia comenzada bajo muy cortos auspicios. Parece ser que los últimos años de su vida, los dedicó enteramente a los deberes del sacerdocio, y a componer poesías sagradas.
     Fue notabilísimo como autor cómico, aunque no brilla por la originalidad. Algunas de sus obras derivan, en cuanto al asunto, de Lope, de Tirso, y de Guillen de Castro. Pero aventaja a todos los poetas dramáticos de su tiempo, por la regularidad y la técnica de sus composiciones, por la habilidad y al propio tiempo, por la sencillez, al menos relativa, que presiden casi siempre la distribución del plan, y el desarrollo de la acción. Sus intrigas son menos complicadas que las de Calderón, sus argumentos más verosímiles; y más naturales sus desenlaces. En las comedias de capa y espada, que es el género que  descolló, por el número y por la calidad de sus producciones, Moreto posee una plenitud de fuerza cómica de que siempre careciera Lope y Calderón. El arte de pintar lo ridículo, de sostener los caracteres, y de concebir situaciones cómicas, parecía ser un arte privativo de Moreto, y que no tuvo ninguno de los autores de su tiempo.
     Entre sus obras figura el célebre drama histórico titulado, El Rey Valiente y Justiciero y Ricohombre de Alcalá. Sabido es que, antes de Carlos Quinto, que instituyó los “Grandes de España,” el título de “Ricohombre” designaba a la clase más elevada de la nobleza.
     La idea primigenia, así como los principales detalles del drama de Moreto, proceden de, El Inflazón de Illescas, de Lope. Y la imitación es tan extremada que solo bastan a justificarla la incomparable superioridad de la copia y el olvido en que sumió a la obra original. Este rey valiente y justiciero es el famoso don Pedro I de Castilla, que tantos dramas ha inspirado a los trágicos españoles, y cuyo dramático carácter, raramente ha sido pintado con colores tan energéticos, del mismo modo que raramente ha presentado la escena, un cuadro tan impresionante sobre las costumbres y la vida social de aquel momento del Medioevo.
     Otra de las más notables obras de Moreto es la hermosa comedia de carácter, El Desdén con el Desdén, cuyo asunto es el de la incitación al amor, por la fingida indiferencia. También en esta composición, siguió Moreto las huellas de Lope, pues deriva de, La Vengadora de las Mujeres, y quizá también de, La Hermosa Fea, en que Lope parece querer demostrar que para triunfar en los rigores de una mujer, el medio más eficaz consiste en aparentar desdeñarla. Tal es también la idea que preside la obra de Moreto, y que éste desarrolla con innegable superioridad.
     El Lindo Don Diego, es otra de las mejores comedias de Moreto, y el carácter de su protagonista, esta tan primorosamente pintado, que el titulo de esa comedia, se ha convertido en una locución proverbial para designar la mas frívola fatuidad.
     Otras comedias notables de Moreto son: Trampa Adelante; La Ocasión Hace al Ladrón; El Parecido en la Corte; Industrias Contra Finezas; y, entre los entremeses, Las Galeras de la Honra y Mariquita.
La Novela
Cervantes
      Miguel de Cervantes Saaverdra (1547-1616) fue bautizado el 9 de octubre de 1547 en la parroquia de Santa María la Mayor, de Alcalá de Henares. Hacía 55 años que los españoles habían descubierto el continente americano. Carlos Quinto, se hallaba en su apogeo imperial, y el príncipe don Felipe, mas tarde Felipe II, era un joven de 20 años que acababa de recibir la investidura del ducado de Milán, y preparaba la sucesión a las dignidades de su augusto padre disponiendo, por deseo de éste, su primer viaje a los Estados de Alemania.
     Otras poblaciones españolas, han disputado al viejo y famoso centro universitario castellano, el honor de ser cuna de tan ilustre ingenio: Toledo, Esquivias, Sevilla, Madrid, Consuegra, Alcázar de San Juan, Lucena, y Córdoba. Fueron sus padres, don Rodrigo de Cervantes Saavedra, y doña Leonor de Cortinas. De ésta, solo se sabe que era natural de Barajas, aldehuela próxima a Madrid. En cuanto al padre, don Rodrigo, está comprobado que era de noble abolengo, pero tan decaído del antiguo esplendor que, para procurar el sustento de la familia, hubo de andar constantemente de pueblo en pueblo, y de ciudad en ciudad, ejerciendo la modestísima profesión de cirujano trashumante.
     Miguel era el cuarto hijo de los siete que hubo el matrimonio. En 1550, la familia Cervantes se trasladó de Alcalá a Valladolid; cinco años más tarde a Madrid, donde parameció hasta 1561, y luego a Sevilla, donde vivió entre los años de 1564 y 1565. No es aventurado suponer que estos contínuos cambios de residencia, realizados con escasos medios de fortuna, y teniendo que recorrer poco menos que a pie los caminos, pernoctando en típicos mesones, y conviviendo al azar de esos viajes, con gentes de toda chapa y condición, hubieron de fomentar en el ánimo del futuro creador de Don Quijote, la afición a la vida errante y aventurera, tan arraigada, por lo demás, entre sus compatriotas del siglo XVI. En Madrid fue discípulo del maestro y presbítero, don Juan López de Hoyos que, en cierta ocasión, hubo de llamarlo, “mi caro y amado discípulo.”
     Entre 1566 y 1569, siguió viviendo en Madrid y asistiendo a la escuela de humanidades dirigida por el citado profesor. Fue en ésta época, cuando Cervantes compuso sus primeros trabajos literarios, y se sabe que éstos consistieron en un soneto, cinco redondillas, y una elegía dedicada a la muerte de doña Isabel de Valois, esposa del Rey Felipe II. Tenía Cervantes veintiún años. A fines de 1569 marchó a Roma, entre la servidumbre del cardenal Julio Acqueviva, que acababa de desempeñar la nunciatura del papa en la corte española. El año siguiente, deja Cervantes un género de vida tan mal avenido con su carácter, sus bríos y ambiciones. Quiere ser soldado. Quiere intervenir personalmente en las brillantes empresas a que por entonces daban cima a las armas españolas. Y sobre todo, quiere manumitirse de la servidumbre doméstica.
     Deja, pues, Cervantes el palacio cardenal, y en 1570, se alista en la compañía del capitán Diego de Urbina, perteneciente al famoso tercio de don Miguel de Mondaca, puesto a su vez bajo las banderas de Marco Antonio Colonna, duque de Paliano. Sirve a sus órdenes en una expedición contra la Isla de Chipre y, a partir de aquel momento, lleva Cervantes vida efectiva de soldado, es decir, que interviene continuamente en acciones de guerra.
     En 1570, Miguel de Cervantes figura a bordo de la galera, La Marquesa, perteneciente a la flota española mandada por don Juan de Austria. El 7 de octubre de 1571, día memorable para la cristiandad, se da la batalla que había de llevar el nombre de Lepanto, y que decidió la suerte de la Europa Cristiana, por haber quedado deshecho el poderío naval de los turcos. En ese combate su valor queda sellado por tres arcabuzazos: dos que recibe en el pecho, y otro que le destroza la mano izquierda y hace que, al correr de los años, se le aplique el glorioso sobrenombre de, “El Manco de Lepanto.”
     Cervantes decide abandonar la milicia. Y cuando después de cinco años de ausencia, consigue embarcar en la galera, El Sol, con rumbo a su patria, tres galeotas corsarias al mando del renegado albanés, Arnaute Mamí, abordan a la galera española, reducen rápidamente su resistencia y se llevan cautivos a Argel a todos sus pasajeros y tripulantes. Cinco años y medio iba a durar éste cautiverio, del que se encuentran alusiones directas en la comedia, Los Tratos de Argel, en la novela, El Amante Liberal, y en la, Historia del Cautivo, intercalada en, El Quijote.
     Su liberación fue obra providencial. Hasta entonces había fracasado, por falta de medios suficientes, todas las gestiones realizadas por su familia, para obtener el rescate. Hallábase ya Cervantes a borde de una galera que lo iba a llevar a Constantinopla, cuando el fraile trinitario fray Juan Gil, encargado de rescatar a otro cautivo, el ilustre caballero don Jerónimo de Palafox, y siendo insuficiente la suma de 500 ducados de oro que traía para ello, tuvo la piadosa iniciativa de ofrecer dicha suma para salvar con ella del cautiverio a otro español cualquiera, cuyo precio de liberación fuese menos elevado.
     Un soldado raso como Cervantes, de nombre anónimo y de familia humilde, podía trocarse por dicha cantidad. Y así fue como por fin, pudo Cervantes, ya liberado, emprender el regreso a la península, en compañía de otros ex cautivos. Embarcaron en un buque pequeño que hacia la travesía entre África y los puertos españoles del Mediterráneo y, a fines de octubre, llegaron al puerto de Denia, desde entonces los ex cautivos marcharon a Valencia. Permaneció Cervantes algunos días en esta ciudad. Fuese  luego a Madrid para abrazar a sus familiares, y casi inmediatamente, partió para Portugal, con ánimo de incorporarse en el regimiento de don Lope de Figueroa. No logró Cervantes su propósito. Según testimonio de dos documentos identificados en el Archivo de Simancas, se sabe que en el mes de junio de 1581, el futuro autor de El Quijote, se hallaba en la ciudad de Cartagena; y en la de Lisboa en el mes de agosto. La aparición posterior en la vida de Cervantes de una hija natural llamada Isabel de Saaverda, indica que en aquellas fechas vivió una historia de amor cuyos detalles son puntos menos que desconocidos. El 12 de diciembre de 1584, Cervantes contrajo matrimonio en la villa de Esquivias, a medio camino entre Toledo y Madrid, con doña Catalina de Palacios Salazar, de la que se separó Cervantes más tarde, yéndose a vivir con su hija Isabel y con sus hermanas Andrea y Magdalena.
     La pobreza y las adversidades siguen siendo el obligado telón de fondo de su existencia. A partir de ésta época, es cuando se entrega de lleno a la literatura. Sus primeros trabajos fueron para el teatro, logrando ver representadas algunas de sus obras. Su primera novela, la Galatea, obra del genero pastoril que había puesto en boga la Diana de Montemayor, data de 1585, o sea del año siguiente al de su matrimonio.
     Después de la Galatea, tuvo éxito no correspondido a las esperanzas de su autor, compuso Cervantes unas 30 obras teatrales, entre ellas: La Batalla Naval; La Gran Turquesa; La Única y Bizarra Arsinda; El Bosque Amoroso; La Jerusalén; La Amaranda, en su mayor parte extraviadas. A éste momento pertenecen. La Numancia, y Los Tratos de Argel.
     En septiembre de 1592, un expediente instruido por ciertas irregularidades advertidas en los servicios de inteligencia donde Cervantes ejerce sus funciones, lo reduce a prisión en Castro del Rio, percance que aunque no lo priva largo tiempo de libertad, lo llena de descredito, y lo condena a llevar una vida miserable y desastrada.
     En 1594 vuelve a Madrid y, presentando como fiador a su amigo don Francisco Suárez Gasco, consigue un nombramiento de alcabalero o recaudador de tributos de Granada; pero la desgracia lo sigue acosando. Confía una parte de los fondos que maneja a un tal Simón Freire de Lima, álzase éste con ellos, poniendo la vasta mar por medio, y en 1597 aparece contra Cervantes un descubierto de 2641 reales. Un juez de Sevilla decreta el encarcelamiento, y Cervantes lo sufre hasta que, puesto en libertad bajo fianza, se traslada a Madrid para dar sus descargos.
     Vuelve libre a Sevilla, pero sin el empleo, y allí permanece viviendo de precario hasta principios de 1603 en que, a virtud de una citación relacionada con el barullo de sus cuentas, marcha a Valladolid, corte de las Españas donde asiste a la resolución de su larguísimo proceso.
     ¿Qué ha hecho Cervantes durante esta larga y aciaga temporada? Pues nada menos que escribir  el Quijote, cuya primera parte ya trae consigo manuscrita en este viaje a Valladolid.
La obra, que aparece con el titulo de, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, se imprime en Madrid en 1604, y aparece en 1605. Es el éxito editorial más extraordinario de su tiempo. En aquel mismo año, hubo de reimprimirse cinco veces: otra vez en Madrid, dos en Valencia y dos en Lisboa.
     Diez años después, tras haber visto la luz una torpe imitación del      Quijote, que llena de amargura al insigne manco de Lepanto, publica éste la Segunda Parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, y la obra es traducida inmediatamente al inglés y al francés. Hiciéronse 16 ediciones del Quijote en la vida del autor.
En la última época de su vida, Cervantes publicó, además de la segunda parte del Quijote, las Novelas Ejemplares; el Viaje del Parnaso; Ocho Comedias y Ocho Entremeses; y Los Trabajos de Persiles y Segismunda, su última obra, cuya dedicatoria escribió cuatro días antes de su muerte, acaecida en Madrid el 23 de abril de 1616.
     Contrastando con la celebridad de su inmortal creación literaria, el autor de don Quijote permaneció casi olvidado hasta el siglo XVIII, época en que un lord inglés, deseosos de obsequiar a la reina Catalina, esposa de Jorge II de Inglaterra, con la biografía del autor  del Quijote, encargó de éste trabajo al erudito don Gregoria Mayán y Siscar. Éste fue el primer biógrafo de Cervantes; y hasta entonces, 1738, un silencio de más de cien años estuvo gravitando sobre su vida, al extremo de que llegó a borrarse el nombre de su tumba. Y cuando la inmortalidad vino a aureolar el nombre egregio de Cervantes, sus restos mortales habían desaparecido, sin que ya nunca se haya logrado descubrir su paradero.
El Quijote
     La significación del Quijote se ha ido ensanchando en círculos concéntricos y su alcance intelectual ya no conoce límites. Incluso ha llegado a decirse que se trata de, “un sistema completo revolucionario en lo religioso, político, y social, digno de un filosofo racionalista; o una especia de sátira social, en que quiso dar una broma a la humanidad, haciendo que fuse aleccionada por un loco.”
     Pero para empezar a comprender el, Quijote, conviene identificarse con la idea primera de su autor, y considerarlo como una novela que, de primer intento, salía a contender en tono festivo contra los libros de caballerías. No olvidemos que Cervantes quiso componer una parodia graciosa de dichos libros, como repetidas veces declara; y que el alcance universal y profundamente humano de su obra maestra, se le dio por añadidura.
      El Quijote es una obra que resume todas las excelencias del ingenio humano. Encierra honda filosofía, fuerza cómica irresistible, ironía amarga, imaginación inmarchitable, elocuencia magnifica. Toda la grandeza y toda la vileza de la humanidad, expuestas en una sucesión de escenas y de cuadros inolvidables. Por el estilo que campea en el Quijote y que lleva el idioma a su más espléndida expresión, la lengua española se llama también, “la lengua de Cervantes.” Don Quijote y Sancho son dos creaciones inmortales que resumen los dos aspectos de alma humana, su propensión al ideal y su fondo de prudente egoísmo. Todo ello realizado dentro de esa unidad que caracteriza la obra maestra del genio.
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha.
En un lugar de la Mancha vive modestamente un hidalgo, en compañía de su ama, de una sobrina y, “de un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo, en los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza.”
     Este hidalgo dio en leer todos los libros de caballería que circulaban en su tiempo, “con tanta afición y gusto…que se le pasaban las noches de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, de poco dormir y de mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a quedar sin juicio.” “En efecto, rematado ya su juicio vino, a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de la republica, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitare en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama.”
     Limpia unas viejas armas que habían sido de su bisabuelo, fabríca una celada de cartón, se pasa cuatro días buscando el nombre que dará a su rocín, decide finalmente llamarlo Rocinante, y haya para sí mismo este nombre: don Quijote de la Mancha, que no duda ha de hacerse inmortal.
     Después de una dilatada serie de aventuras descritas con maravillosos realismo, empapadas de sustancia filosófica y en las que nunca se desmiente la gloriosa potencia idealista de Don Quijote, su hidalguía, su valor, su fe de caballero enamorado, su imperturbable espíritu de justicia, su grandeza moral, en contraste con los mezquinos egoísmos de otros personajes más o menos episódicos, el ama, el cura, el barbero, el bachiller, el último de los caballeros andantes, vuelve a su vieja casona de la Mancha recobra su “sano juicio,” abomina de sus exaltaciones, y muere.
Las Novelas Ejemplares
     Si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, habría bastado la colección de novelas cortas que llevan el titulo de Novelas Ejemplares para conquistarle un puesto eminente entre nuestros grandes prosistas.
     Todas ellas son admirables y sobresalen: La Gitanilla, finísimo cuadro de costumbres; Roiconete y Cortadillo, precioso aguafuerte de la vida del hampa sevillana; El Coloquio de los Perros, obra extraña y singular; El Amante Liberal, que pinta las piraterías del Mediterráneo en el siglo XVI; El Licenciado Vidriera, donosísimo caso de locura; y, El Celoso Extremeño, estudio de psicología pasional. Completan la totalidad de las novelas ejemplares: La Española Inglesa; La Fuerza de la Sangre; La Ilustre Fregona; Las Dos Doncellas; La Señora Cornelia y El Casamiento Engañoso.
El Persiles
     Los Trabajos de Persiles y Segismunda, fue la última obra de Cervantes; su prologo lo escribió cuatro días antes de morir. Pocos trozos de la lengua española resultan tan patéticos, dentro de las más profunda filosofia cristiana, como el fragmento donde el genio moribundo dice: “…ayer me dieron la extremaunición, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ánsias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir…”
     El Persiles, parto poco feliz de aquel ingenio portentoso, es la más endeble, por su espíritu, de todas las obras de Cervantes. Se trata de una copiosa narración de aventuras donde abundan las fantasías extrañas, y que constituye un modelo de la llamada novela bizantina. Con todo, posee hermosos episodios caballerescos y trozos de exquisito sabor pastoril. Otra de las cualidades de ésta obra poco afortunada, es el pasmoso dominio del idioma que campea en toda ella, y hace que, en algunos pasajes, supere en ese orden al mismo Quijote.
Cervantes Poeta y Autor Dramático.
     Se ha repetido hasta la saciedad que la poesía fue punto flaco en éste gran ingenio, sobre todo si se la compara con la calidad de su excelsa prosa. El propio Cervantes cuenta en el prologo de sus comedias, que un librero hubo de decirle que, “de su prosa podía esperarse mucho, pero del verso, nada.” Y pareció admitir resignadamente éste terrible fállo cuando escribió en su, Viaje al Parnaso:
“Yo que siempre me afano y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo…”
     Pero no nos hemos de contar también nosotros, entre los que han exagerado, con evidente injusticia, ésta falla de dotes poéticas. Aún dando de lado la condición de que el mismo Quijote viene a tener, en definitiva, un sublime aliento de poema, basta recordar los hermosos romances que contiene, así como los que figuran en, La Gitanilla, y la Galatea, para afirmar que Cervantes era también poeta. Obra en verso es asimismo una de las mejores tragedias del teatro universal: La Numancia. ¿Su autor? Miguel de Cervantes.
El poema de mayor extensión que escribió el padre de el Quijote, es el Viaje del Parnaso, escrito en tercetos y donde Cervantes, pasa benévola revista a numerosos poetas en su tiempo.
    Al silenciar la obra teatral de Cervantes en nuestro resumen de la poesía dramática del Siglo de Oro, no lo hicimos con la intensión desdeñosa de otros autores, en cuyo concepto el autor de La Numancia, tiene una gloria exclusiva de novelista. Solo nos ha guiado el propósito de agrupar todos los elementos de la obra cervantina, en un bosquejo de conjunto.
     Siempre fue muy aficionado Cervantes a escribir para el teatro. En el prologo de sus, Ocho Comedias y Ocho Entremeses, ya mencionado anteriormente a los émulos y continuadores de Lope de Vega, Cervantes se coloca a sí mismo en la fila de nuestros dramáticos, inmediatamente después de Lope de Rueda y de Torres Naharro.
     Mas esto ocurría al tiempo que Lope de Vega inundaba con su inmensa fecundidad e inventiva el teatro nacional, ahogando con su empuje al resto de los autores.
     Entre sus comedias descuellan: Pedro de Urdemalas, cuyo protagonista es un pícaro que vive en una tribu de gitanos por amor a una doncella; Los Tratos de Argel, que pinta las penalidades y desdichas de los cautivos cristianos, y en que Cervantes utilizó sus propios recuerdos de cautivo, así como para las escenas de, Los Baños de Argel;
El Rufián Dichoso, comedia de santos basada en la tradición de San Cristóbal de la Cruz; La Casa de los Celos, inspirada en algunos episodios del Orlando Furioso, de Ludovico Ariosto; El Gallardo Español, perteneciente al género de turcos y cristianos.
     Mucho más valor que sus comedias, tienen sus entremeses, admirables cuadritos tomados de la realidad, y en los que hay una penetración psicológica tan aguda, como en sus más afortunadas novelas. Algunos son, además, un prodigio de donaire, como, La Elección de los Alcaldes de Daganzo, fina ironía de los candidatos al mando edilicio; El Rufián Viudo, cuadro de la vida maleante; La Guarda Cuidadora, en que un sacristán y un soldado rivalizan por el amor de una fregatriz: El Retablo de las Maravillas; El Viejo Celoso; etc.
     Mas para final de este rápido vistazo a la obra cervantina, nos detendremos un poco ante la más importante de la piezas dramáticas de Cervantes: La Numancia.
     En ella pinta con gran elocuencia la patriótica desesperación de los numantinos, y los horrores de que fue teatro la famosa ciudad de los celtíberos; Teógenes llevando a su mujer y a sus hijos al sacrificio, el pavoroso silencio que reina en la ciudad cuando Yugurta penetra en ella, y el suicidio de Viriato, último habitante de Numancia, que se arroja a los pies de Escipión, desde lo alto de la muralla, constituyen rasgos de verdadera belleza trágica.
     El interés que prevalece en La Numancia, es la suerte de la ciudad sitiada, con preferencia a las actitudes de sus héroes. Y, como Esquilo, Cervantes elimina voluntariamente todo lo que en la fábula guerrera podía constituir un cuadro aislado.
La Novela Pastoril
     En la época de Cervantes, la novela española floreció con lozanía; y el primero de estos géneros narrativos, en el orden cronológico, fue la novela pastoril, así llamada por predominar en dicho género el ambiente bucólico, poblado de personajes rústicos, aunque idealizados por sus autores, y adornados con las más brillantes galas de la cortesanía.
     La boga de este género novelesco procedía de Italia, donde un poeta napolitano llamado Jacobo Sannázaro, había compuesto su famosa Arcadia, que al ser traducida en lengua castellana por Diego López de Ayala (1547), sirvió de modelo a todas las novelas pastoriles de su tiempo.
     La primera que aparece como española es la Diana, o , Los Siete Libros de la Diana, de Jorge de Montemayor (1520?-1561), poeta y novelista portugués, natural de Montemayor o velho, cerca de Coimbra, a las orillas de Mondego, donde se educó. Pasó a España como cantor de la capilla de la infanta María, esposa casada con Felipe II, y a la muerte de su protectora, en 1545, halló protección en la infanta Juana, esposa del príncipe don Juan de Portugal.
     En 1554 volvió Montemayor con la infanta de Castilla, y en 1555 acompañó a Felipe II, en su viaje a Inglaterra, y estuvo luego en Flandes y en Italia. Murió asesinado en el Piamonte, por cuestión de amores, según quiere una leyenda sentimental. Como muchos de sus compatriotas, Montemayor prefirió la lengua castellana a la materna, para sus producciones, e incluso castellanizó su propio apellido.
     Entre sus obras figuran: La Explosión Moral Sobre el Salmo Ochenta y Seis; una epistolar sobre los reyes; y un Cancionero de poesías devotas y profanas, donde descuellan unas coplas castellanas que compuso al estilo de los grandes líricos del siglo XV. Glosó las famosas, Colpas de Jorge Manrique, y tradujo los Cantos de Amor, de Ausias March. Pero su obra principal es la, Diana. Publicada por primera vez en Valencia, hacia el año 1559. No solamente fue la Diana, el primer libro pastoril de lengua castellana, sino el más leído de todos los de la época.
La Diana
“En los campos de la principal y antigua ciudad de León, riberas del Ezla, hubo una pastora llamada Diana, cuya hermosura fue extremadísima sobre todas las de su tiempo. Ésta quiso y fue querida en extremo de un pastor llamado Sireno, en cuyos amores hubo toda la limpieza y honestidad posibles. Y en el mismo tiempo la quiso más que sí, otro pastor llamado Silvano, el cual fue de la pastora tan aborrecido, que no había cosa en la vida a quien peor quisiese. Sucedió, pues, que como Sireno fuese forzadamente fuera del reino, a cosa de su partida no podía excusarse, y la pastora quedase muy triste por su ausencia, los tiempos y el corazón de Diana se mudaron; y ella se casó con otro pastor llamado Delio, poniendo en olvido a quien tanto había querido. El cual, viniendo después de un año de ausencia, con gran deseo de ver a su pastora, supo antes que llegara como era ya casada.”
     En esta desventura lo acompaña Silvano, que cuenta los extremos que Diana hizo a su ausencia. Consuélanlos a ambos la pastora Selvagia, “con discretísimas razones” y tres ninfas refieren en verso la despedida de Sireno y de Diana. Se les unen otros enamorados igualmente rústicos y mal correspondidos, y todos se dirigen al palacio de la sabia Felicia, infalible para la curación de los males de amor.
     Después de ser agasajados con canciones, músicas y danzas, la sabia pastora les da de beber una agua encantada que, adormeciéndolos, cambia sus respectivas inclinaciones. Enamoránse Selvagina y Silvano, y cúrase Sireno al extremo de que, cuando vuelve a su tierra, ve a Diana y sigue indiferente a su antiguo amor. Todo lo ha resuelto felizmente el mágico bebedizo. Y…  “allí fueron todos desposados con las que tan bien querían, con gran regocijo y fiestas de todas las ninfas y de la sabia Felicia.”
     Muchas fueron las imitaciones o, “continuaciones,” inspiradas por la Diana de Montemayor: La Galatea, de Cervantes; El Pastor Filida, de Gálvez de Montalvo; La Arcadia, de Lope de Vega; El Siglo de Oro, de Bernardo de Balbuena; Fortuna y Amor, de Antonio Lofraso; El Pastor de Ibera, de Bernardo de la Vega; Las Ninfas y Pastores de Henares, de González de Bobadilla; El Desengaño de Celos, de López de Encino; etc.
     Pero entre todas estas imitaciones, más o menos afortunadas, la única que sobrevive gracias a su ingenio, y a una tersura de estilo que aventaja en la pintura de paisajes a su modelo, es la Diana Enamorada de Gaspar de Gil Polo (¿-1591), poeta valenciano que brilló principalmente en el género bucólico y que, en éste género, es el poeta español más parecido a Garcilaso.
La Novela Picaresca
     La artificiosa y amanerada novela pastoril, tiene, sin embargo, una gran virtud, que es justo reconocimiento: la de haber dado desarróllo a la prosa española, fecundándola para el alumbramiento de un nuevo género, el de la novela picaresca, que aparece por reacción natural contra el melindre bucólico, contra el pastor melifluo, contra el corderillo rizado y adornado con lacitos de colores. A esa falsa idealización de la vida campestre que es la novela pastoril, el genio literario de España opone por vez primera en la historia de todas las literaturas, la novela realista de tipos y costumbres. Es la “picaresca,” tipo de novela así denominada, porque siempre es un pícaro su protagonista.
     La picaresca es el movimiento, la creación de la novela satírica universal y, al propio tiempo un género genuínamente español. A partir de, El Lazarillo de Tormes, publicado hacia 1554, se hunden en el olvido la Diana y sus congéneres. El Lazarillo, obra de autor desconocido, y que ha venido siendo atribuida erróneamente a Diego Hurtado de Mendoza, se presenta como una narración autobiográfica, y es una novela llena de donaire y desenfado, en que se relatan las fortunas y adversidades, de un muchacho huérfano, que busca su vida, sirviendo  a varios ámos, a cual más miserable.
     Al ademán heroico de los libros de caballerías, y a la lagrima furtiva de la novela pastoril, la novela picaresca opone la carcajada.
En, El Lazarillo de Tormes, Lázaro, su protagonista, refiere sus aventuras a través de  todos sus oficios, ninguno de los cuales constituye un trabajo positivo: Guía de un ciego; criado de un sacerdote avaro; escudero de diversos personajes…Así recorre todas las clases sociales, para acabar de pregonero en la imperial Toledo. Es un retrato magistral del populacho de la época, escéptico, mísero, y hampón.
    La fama del Lazarillo cundió pronto por toda España, cruzando rápidamente las fronteras, y siendo traducido a las principales lenguas de Europa. Por consiguiente, y dado el espíritu literario de la época, propenso a buscar el éxito en el éxito, suscitó un vasto grupo de obras de análoga inspiración. He aquí una rápida mención de las principales novelas picarescas:
     Vida y Hechos del Pícaro Guzmán de Alfarache, considerada como la mejor en el género iniciado por El Lazarillo. Su autor es Mateo Alemán (1547-1614?), sevillano, que llevó existencia aventurera y penosa, reflejada parcialmente en esta obra.
Vida y Aventuras del Escudero Marcos de Obregón, por Vicente Espinel (1550-1624). Aunque se trata de lo fundamental de una novela picaresca, ésta obra participa fundamentalmente de la novela de aventuras, por los muchos episodios de piratas, naufragios, y cautiverios que campean en ella. Abúnda en anécdotas de la época en que se escribió, y en disertaciones sobre moral, higiene, educación, etcétera.
     El Diablo Cojuelo, sátira de las costumbres de su época, escrita por el dramaturgo, Luis Vélez de Guevara.
     En ésta obra vemos que el diablo cojuelo, libertado por el estudiante don Cleofas de la prisión en que lo tenía un alquimista dentro de una redoma, le recompensa éste servicio enseñándole a Madrid de noche, levantando los tejados de las casas, acompañándolo después por varios puntos de España, e introduciéndolo por todas partes.
     Este argumento da ocasión a Vélez de Guevara para hacer la crítica de varias clases y personajes, y para satirizar las costumbres de su tiempo.
     El Donado Hablador o Alonso Mozo de Muchos Amos, por Jerónimo Alcalá y Yáñez (1563-1632), es novela de estilo claro limpio y gracioso, escrita en forma dialogada, y bastante parecida en su estructura al Marcos Obregón. El protagonista refiere las vicisitudes de su existencia:
     Habiéndose quedado huérfano, entra a servir de criado con unos estudiantes de Salamanca y, sucesivamente, con distintas personas de toda clase y condición: un medico, un comediante, un pintoresco hidalgo de Toledo, un sacristán, unas monjas, un portugués, un pintor…Termina su vida metiéndose a ermitaño.
     Historia de la Vida de un Buscón Llamado Don Pablos, Ejemplo de Vagabundo y Espejo de Tacaños, monumento de nuestra picaresca debido a la pluma de nuestro insigne don Francisco de Quevedo. Es de humorismo intenso y amargo, y la narración variada, y de vigoroso realismo.
     La Hija de Celestina o La Ingeniosa Elena, de Jerónimo de Salas Barbadillo (1581-1635), que se distinguió en la novela satírica y costumbrista.
     Además de la indicada, escribió, entre otras: El Caballero Puntual; La Insaciable Malcasada; Don Diego de Noche y Pedro de Urdemalas. La Ingeniosa Elena, es una obra dialogada en que se describe la vida de una aventurera de la corte, que acaba en manos de la justicia.
     Aventuras del Bachiller Trapazas, y La Garduña se Sevilla, por Alonso Castillo Solórzano (1584-1648), uno de los más fecundos y notables autores de novelas cortas de la época: Jornadas Alegres; Noches de Placer; Las Harpías de Madrid, etc. El Bachiller, y La Garduña, son dos partes de una misma obra donde se narran con singular gracejo las aventuras de unos bribones que, después de andar robando cuanto se les pone a sus alcances, acaban sus días honradamente montando un comercio de tejidos.
     La Vida y Hechos de Estebanillo González, Hombre de Buen Humor, otra brillante muestra de la novela picaresca española. Se publicó 1646 y, hasta el presente, su autor ha quedado en el anonimato. La obra, que pretende ser autobiográfica, es la crónica minuciosa de un pícaro español del siglo XVII. Sobresale en la pintura de las costumbres  militares de la época; y el escenario de tanta trampa y enredo, de tanto ingenio y travesura, recorre España, Italia, Francia, y los Países Bajos.
La Novela Histórica
     Un tercer género novelesco contemporáneo a Cervantes está representado por la, novela histórica, que produjo varias obras valiosas. Distínguense entre éstas obras: la de fray Antonio de Guevara (1480-1545), titulada, Reloj de Príncipes, y más conocida con el nombre de, Libro Áureo del Emperador Marco Aurelio;
La Historia de Abencerraje y de la Hermosa Jarifa, compuesta y remozada por Antonio de Villegas (1512-1577?),  sobre una crónica antígua;
Las Guerras Civiles de Granada, de Ginés Pérez de Hita (1544-1619?), que inspiraron primeramente un drama de Calderón, después de varios escritores románticos y, ya en nuestros días, a algún otro poeta dramático, como Francisco Villaespesa, por ejemplo.
Otras obras de los tres géneros indicados, pastoril, picaresco, e histórico, podrían citarse todavía y aún otras muchas, que sin pertenecer a ellos, encajarían, sin embargo, en un cuadro general de la novela de la época, tales como, El Peregrino y Ginebra, de Juan de Segura;
Los Tres Maridos Burlados, de Tirso de Molina;
el Alivio del Caminantes, de Juan de Timoneda, y
los Apotegmas, de Juan Rufo; pero nos limitaremos a lo expuesto para abordar la obra de los historiadores y de los místicos y humanistas, dando con ello fin a este panorama de la Edad de Oro de las letras españolas.
La Historia
     En tiempos de Carlos Quinto, hacia 1540, el canónigo Florián de Campo (1495-1558) se dedicó a la compilación de crónicas, tradiciones, y noticias, y abordó el primer trabajo de historia general de España que se conoce, no publicando de ella sino los primeros cuatro libros, los cuales abarcan desde los orígenes hasta la muerte de los Escipiones.
     Ambrosio de Morales (1513-1591), cordobés, continuó la obra del anterior, mejorando los métodos de comprobación histórica. Morales había estudiado en Salamanca con su tío, el humanista, Fernán Pérez de Oliva. En 1532 ingresó en el convento de jerónimos de Valparaíso, de donde salió al poco tiempo. Se ordenó de sacerdote, y fue catedrático de retorica en Alcalá, donde tuvo por discípulo a don Juan de Austria. Su obra de historiador es abundante y sobresale entre toda ella la citada continuación: Crónica General de España, y un trabajo sobre las Antigüedades de las Ciudades de España.
     Pero le primero que logró escribir una historia general y completa de España, coordinando los hechos con rigor lógico y enriqueciendo, además, el tesoro de la Lengua Española, fue el padre Juan de Mariana (1536-1624), natural de Talavera de la Reina, y que, habiendo estudiado en Alcalá, e ingresando en la Compañía de Jesús, ocupó desde muy joven varias cátedras de teología en Roma, en Sicilia, y en Paris, hasta que, muy resentido en su salud, se retiró a Toledo hacia 1574.
     La más celebrada de cuantas obras escribió el padre Mariana es una, Historia General de España, que compuso primitivamente en Latín, con idea de que se difundiera fácilmente por el extranjero, lo que ocurrió en efecto, y con gran éxito. Entre otros de los muchos trabajos que escribió en castellano o en latín y que; le dieron renombre de humanista, se distinguen los titulados: De la Mortalidad e Inmortalidad; Discurso de las Enfermedades de de la Compañía de Jesús, y el famoso, De Rege et Regis Institutione, escrito a raíz del asesinato del Rey de Francia, Enrique III, y en que el Padre Mariana considera el tiranicidio como un correctivo, a veces justificado, impuesto a los poderes despóticos.
     Diego Hurtado de Mendoza (1503-1575), ya citado como poeta lirico del siglo XVI, es autor de un excelente modelos de prosa castellana: la, Historia de la Guerra Contra los Moriscos de Granada. Esta obra, dividida en cuatro libros, describe un alzamiento de los moriscos andaluces contra Felipe II y, relato imparcial de la lucha, pinta con vigoroso relieve a los personajes que por ambos bandos intervinieron.
     Muchos otros historiadores de sucesos particulares florecieron en ésta época, dejando rico caudal de fuentes capitales para el esclarecimiento de la Historia de España. Nos referimos aquí al más notable de todos ellos, en atención a la variedad y a la importancia literaria de su obra. Éste historiador fue un portugués natural de Lisboa, Francisco Manuel de Melo (1608-1666), que publicó numerosos libros, ora en portugués, ora en castellano, según era corriente, como ya hemos indicado, entre los escritores portugueses de su época.
    Había seguido la carrera militar en Flandes, y era maestre de campo en Cataluña, al estallar la rebelión de Portugal. Como se desconfiáse en aquella circunstancia de los portugueses, Melo fue llevado preso a Madrid; pero al poco tiempo se le puso en libertad, nombrándoselo, además, gobernador de Ostende. Pero Melo abrazó la causa del duque de Braganza, que levantaba la bandera de la independencia portuguesa, y pasó a Portugal.
     Por los amores de una dama casada de quien también andaba enamorado el rey don Juan IV, estuvo preso nueve años, hasta que se conmutó ésta pena de prisión por la de destierro en el Brasil. Vino, al fin, el indulto, y Melo marchó a Roma, donde editó sus libros. Terminó sus días en Portugal. Entre sus obras en castellano se citan las Obras Métricas. Pero su celebridad la debe a la, Historia de los Movimientos, Separación, y Guerra de Cataluña en Tiempo de Felipe IV, obra clásica de la literatura histórica española, que describe hombres, paisajes, y hechos con estilo claro y vigoroso.
     Una mención merecen, así mismo, Francisco de Moncada (1585-1653), con su, Expedición de Catalanes y Aragoneses contra Turcos y Griegos, inspirada en un pasaje de la Crónica catalana de Ramón Muntaner, y Jerónimo de Zurita (1512-1580) por Los Anales de la Corona de Aragón.
     Otro grupo de historiadores son los que se ocuparon preferentemente del descubrimiento, exploración, conquista y colonización del Nuevo Mundo, y a los que se ha dado el nombre genérico de, “historiadores de Indias.” Entre los primitivos historiadores del descubrimiento, a quien hay que citar inmediatamente es a Cristóbal Colón, por sus Cartas del Descubrimiento, diseños e impresiones sobre las nuevas tierras y sus habitantes.
     Hernán Cortes (1485-1547), es otra gran figura de la grande historia, que tiene igualmente un puesto en la historia particular de la literatura, por sus, Relaciones y Cartas de la Nueva España, escritas con espontaneidad, sencillez y hondo sentido político, cual correspondía a un hombre que, lejos de ser un espíritu vasto e inculto, como se ha dicho, había estudiado con provecho en Salamanca, y conocía las humanidades.
    Las Relaciones y Cartas, de Hernán Cortes son un modelo en su género, aunque reflejan el estilo de Cesar en sus, Comentarios a la Guerra de las Galias.
    Después de estos dos grandes primitivos, aparece un grupo de historiadores, entre los que cuentan: Gonzalo Fernández de Oviedo (1478-1557), autor de una, Historia General y Natural de las Indias, muy útil por los datos auténticos que acertó a recoger;
Francisco López de Gómara (1511-1557?), que escribió otra obra análoga, todavía más culta y literaria;
Bernal Díaz del Castillo (1492-1581?), con su, Verdadera Historia de los Sucesos de la Conquista de la Nueva España, encaminada a combatir algunos puntos de la de López de Gómara;
Francisco Cervantes de Salazar (1515-1575), con su,
Crónica de la Nueva España, que es el relato de más valor histórico en lo concerniente al examen y apreciación de los hechos;
fray Toribio de Benavente, o de Motolina, (¿-1586), fraile franciscano, misionero en México, Guatemala, y Nicaragua, autor de unos valiosos Memoriales y de una importante Historia de los Indios de la Nueva España;
y el notabilísimo Inca Garcilaso de la Vega (1539-1616), autor de varias obras históricas entre las que descuellan los Comentarios Reales. El inca Garcilaso, natural de Cuzco, Perú, era hijo de Garcilaso de la Vega, primo del poeta de este nombre y de una india peruana, pariente próxima de Atahualpa, el último de los incas.
Místicos y Ascetas
     En este rápido recorrido en zigzag, que venimos realizando al través de los clásicos españoles y de los diversos ideales que vivificaron el Siglo de Oro, aún nos queda por recorrer aquella etapa en que el lirísmo de Castilla ardió en brasas espirituales, para expresar el más hondo sentimiento de la época, el que se mantuvo hincado en los ensueños españoles, con el más intenso y dilatado fervor, el sentimiento religioso, tan maravillosamente expresado por los místicos y ascetas castellanos.
Santa Teresa de Jesús
     La literatura mística de Castilla culmina con una mujer, una monja de la orden del Carmelo, transfigurada en Santa.
Fue la más apasionada y original de todos los escritores religiosos españoles. Fray Luis de León, es el apartamiento del ruido mundano; San Juan de la Cruz, el éxtasis; Malón de Chaide, la ciencia teológica. Pero Santa Teresa es luz, llama, fuego, trasporte, delirio; y su estilo literario toda la sencillez, la espontaneidad, la fragancia, el casticismo del habla popular de Castilla la vieja en el siglo XVI.
     En 1515, nace en Ávila de familia noble, Teresa de Cepeda y Ahumada, castellanísima de nacimiento y de abolengo. Gran lectora de libros de caballerías, a los catorce años empieza a escribir un libro de ese género, en colaboración con su hermano Rodrigo. Otro de los proyectos infantiles de ambos hermanos, consiste en morir mártires en Tierra Santa.
     En 1534, profesa Teresa en el convento de la Encarnación de Ávila, toma el hábito de la orden del Carmelo, con el nombre de Teresa de Jesús, y pronto cae en unos éxtasis en los que cree ver y hablar a su Divino Esposo. Dotada de naturaleza activa y arrebatadamente religiosa, la joven profesa no tarda en concebir y acometer la reforma de la orden donde acaba de ingresar, reforma consistente en que había de profesarle la regla primitiva con todo su rigor. Su alma, ávida de sacrificios, le hace desear ardientemente la mortificación y la mas total ofrenda al Cristo crucificado.
     Éste celo intenso de reforma, crea a Teresa de Jesús, desde temprano, graves contrariedades. En 1562, estando en Toledo, escribe su, Vida, por orden de su director, el dominico padre Ibáñez. En ese mismo año, funda en Ávila el convento de San José, primero de carmelitas descalzas, donde ingresan cuatro novicias. La hostilidad contra Teresa aumenta. Entre calzados y descalzos estallan las discordias.
     Es denunciado a la institución el, Libro de su Vida. Las calumnias de todo género se acumulan contra la animosa reformadora, y sus superiores quieren enviarla a Indias. En 1778, el nuncio monseñor Sega confina a Teresa de Jesús en Toledo, y la califica de “Fémina inquieta y andariega.” Mientras tanto queda absuelta del peligroso proceso que le había instruido el Santo Oficio y, en 1580, la reforma de los carmelitas descalzos se consolida por decisión del Rey Felipe II, el cual resuelve formar con ellos una “provincia” aparte. Juan de la Cruz también ingresa en las filas de los reformadores.
     Ya había fundado la madre Teresa diecisiete conventos, corriendo la península de uno a otro extremo: Medina del Campo, Malangón, Toledo, Beas de Segura, Sevilla, Burgos…En 1582 se detiene en Alba de Tormes, al azar de sus infatigables andanzas religiosas, y es allí donde la sorprende la muerte, a los 67 años. La “fémina inquieta y andariega” fue beatificada en 1614 y canonizada en 1622.
     Santa Teresa ha dejado en la mística española una estela de divinidad. Ella misma decía de sus escritos: “Cuando el Señor da espíritu pónese con facilidad y mejor; parece como quien tiene un dechado delante, que está sacando de aquella labor…” Escritos llanamente compuestos y que nunca hubiera dado a luz sin las instancias de sus superiores religiosos.
     Descuellan el, Libro de las Siete Moradas o Castillo Interior, y el titulado, Camino de Perfección. Es el primero la obra más importante de Santa Teresa, tanto como lo que atañe al estilo y a la calidad de la prosa, como por la profundidad de pensamiento; obra que bajo el poético artificio de una vasta alegoría, describe el recogimiento interior a través de los siete castillos del alma, hasta que ésta se abisma en la presencia intima y tangible de la Dignidad.
    El Camino de Perfección, es una serie de consejos que la Madre Teresa da en forma familiar a sus hijas, las carmelitas descalzas y, especialmente, a las de su primer convento de San José, de Ávila, para que alcancen la perfección espiritual en la vida monástica. Estos consejos siempre se ciñen a loar la pobreza, la oración y el amor al prójimo, la mortificación y al humildad.
     El resto de sus obras comprende el ya citado Libro de su Vida, que su autora llamó, Libro de las Misericordias de Dios; los Conceptos del Amor de Dios Sobre Algunas Palabras de los Cantares de Salomón; el Libro de las Relaciones, que puede considerarse como una ampliación al de su Vida; el, Libro de las Fundaciones, donde relata las que realizo a lo largo de sus trabajos de reformadora; las Cartas, el más espontáneo ejemplo del hermoso estilo de la santa, y las Poesías.
San Juan de la Cruz
     San Juan de la Cruz (1542-1591), representa una pasión religiosa, más estilizada. Se le llama el Doctor Extático, porque a través de sus obras aparece el continuo éxtasis ante el amor divino; y su nombre siempre va unido  al de santa Teresa, no solo por el carácter ardiente de su fe, sino también por haber sido su más eficaz colaborador en las reformas y fundaciones de la orden carmelita.
    Era hijo de un tejedor de Fontiveros, provincia de Ávila, y se llamaba Juan de Yepes. Como de joven no había manifestado ninguna disposición para aprender un oficio, ingresó de enfermero en el hospital de Medina del Campo. Era un adolescente . En 1563 pasó al convento de frailes carmelitas de la misma ciudad y, al años siguiente, profesó con el nombre de fray Juan San Matías. Marchó luego a Salamanca, donde estudio hasta 1567.
     Poco después encuentra a la madre Teresa de Jesús en Medina del Campo, y se resuelve a ser su compañero en la reforma de la orden monástica a que ambos pertenecen. Funda en Duruelo el primer convento de descalzos, y es entonces cuando fray Juan San Matías cambia este nombre, por el de Juan de la Cruz.
     A consecuencia de las crecientes y ásperas discordias entre “calzados” y “descalzos” se le reduce a prisión en la ciudad de Toledo; pero se fuga y huye a Almodóvar. Y cuando sobreviene el triunfo de los reformadores, Juan de la Cruz ocupa elevados cargos, llegando a ser Definidor General de la Orden, prior de Granada, y vicario en Andalucía, después de haber intervenido en la fundación de numerosos conventos. En 1591 se retiró a la Peñuela, en la provincia de Jaén, y a fines de ese mismo año, se extinguieron sus días en Úbeda, en medio de arrobamientos y de éxtasis celestiales.
    San Juan de la Cruz muestra en sus obras el camino de la vida mística: La Subida del Monte Carmelo; La Noche Oscura del Alma; El Cántico Espiritual Entre el Alma y Cristo su Esposo, poema sublime éste último en que la belleza y la ternura, se unen a un exquisito sentimiento lírico de la naturaleza. Los comentarios en prosa con que San Juan de la Cruz acompañó las cuarenta canciones del Cantico Espiritual, glosan el profundo sentido de esos versos, que no tienen par en ninguna literatura.
Fray Luis de Granada, Malón de Chaide, Fray Luis de León.
    Más propiamente ascético que místico es fray Luis de Granada (1504-1588), uno de los representantes españoles de la oratoria religiosa. Sus obras fundamentales son: la Guía de Pecadores; El Libro de la Oración y de la Mediación; la, Introducción del Símbolo de la Fe; y el Memorial de la Vida Cristiana. La elocuencia del padre Granada se basa en la unción y no en la amenaza de los castigos de Dios. Guía, persuade, absuelve, siguiendo de cerca la verdadera doctrina de Cristo. El lenguaje aunque algo ampuloso por su naturaleza oratoria, cuaja un estilo lleno de primores.
     Pedro Malón de Chaide (1530?-1589) es un escritor elegante, torrencial y nutrido de ciencia teológica, cuya obra maestra es el, Libro de la Conversión de la Magdalena, juzgado por Méndez y Pelayo, como, “el libro más brillante, compuesto y arreado, el más alegre y pintoresco de nuestra literatura devota.” 
     La obra en prosa de fray Luis de León (1527-1591), que nos sale ahora al paso como moralista y escritor ascético, comprende dos libros inmortales: Los Nombres de Cristo, diálogos filosóficos donde el escritor toca la cumbre del arte literario, y,
     La Perfecta Casada, tratado moral donde se exponen los deberes de la mujer en estado de matrimonio. Ambas obras son un dechado de forma y de pensamiento.
    Fray Luis de León compuso además, dos glosarios de las Sagradas Escrituras: El Libro de Job, y el Cantar de los Cantares. Pero en su tiempo, más que como poeta y como gran prosista castellano, fue admirado y conocido por sus cualidades de maestro y por sus obras latinas, especialmente por sus tratados teológicos: De Fide; De Caritate; De Creatione Rerum; etc.
     Otros notables místicos ascetas pueden mencionarse para completar esta sucinta exposición de la literatura religiosa en el Siglo de Oro; Cristobal de Fonseca (1550?-1628), por sus Sermones, muy celebres en su tiempo; Eusebio de Nieremberg (1595?-1658), escritor sagrado de gran fecundidad;  fray Diego de Estrella (1524-1578), autor de, La Vanidad del Mundo; fray Juan de los Ángeles (1536-1609), escribió los famosos, Diálogos de la Conquista del Espiritual y Secreto Reino de Dios y la venerable sor María de Agreda (1602-1655), consejera privada del rey Felipe IV, y autor de, La Mística Ciudad de Dios.
      Quédanos para el final el célebre maestro Miguel de Molinos (1628-1696), sacerdote aragonés cuya obra, una de las manifestaciones heterodoxas del místico español, preconiza un “quietismo” fundamental cuya aspiración consiste en la comunión mística con Dios, mediante el hundimiento en la nada.
Humanistas y Filósofos
     Entre los humanistas y filósofos de este periodo, aparece una pléyade de muy diversos escritores, que animados de la gran fuerza espiritual y del ansia de saber, característicos del Renacimiento humanista, dieron considerable impulso a la prosa didáctica española. A falta de sistemas que, como en otros países, disciplinasen y coordinasen el pensamiento, España, fiel a su fisionomía de siempre, produce un tipo particular de pensador, de moralista, de ensayista, de satírico, de recio y original personalidad. A veces, esos humanistas constituyen grandes cumbres aisladas como Quevedo. Otras veces, forman parte de una constelación brillantísima, como Lope de Vega y los poetas dramáticos de su tiempo.
     Tres hombres se destacan entre la pléyade de humanistas y filósofos del Siglo de Oro, aparte de los ya mencionados por otros conceptos en el curso de ésta exposición: el padre Francisco de Vitoria, Saavedra Fajardo, y Baltasar Gracián.
     Francisco de Vitoria (1486?-1546), cuyo verdadero nombre era el de Francisco de Gamboa, sufrió en la vasta fama de que había gozado en vida, un prolongado eclipse que ya empieza a despejarse . Durante tres siglos, XVII, XVIII, XIX, quedó enteramente oscurecido, al extremo de no mencionárselo ni en las Universidades. Hoy empieza a exhumarse y estudiarse su obra filosófica, llena de sabiduría, a juzgar por los manuscritos que se conservan y que llevan el titulo de Relecciones, nombre que daban los profesores de Salamanca a los resúmenes de fin de curso.
El acervo biográfico del Padre Vitoria es todavía escaso: nació en la capital alavesa, estudio artes y teología en París. Profesó en la orden de predicadores, y fue lector durante la segunda mitad de su existencia en Salamanca, donde murió. Está considerado como el creador del Derecho internacional.
     Mucho más adelante aparece Diego de Saavedra Fajardo (¡584-1648), escritor, político, y diplomático cuyas, Empresas, condensan su existencia de embajador en diferentes cortes europeas e impugnan vigorosamente las ideas expuestas en, El Príncipe, de Maquiavelo. La Republica Literaria, otra de las obras maestras de Saavedra Fajardo, es una hermosa pieza, correcta y castiza, de crítica literaria.
     Baltasar Gracián ( 1601-1658) es un polígrafo. Las singulares fluctuaciones de la fama de éste ilustre escritor, que fue poeta, moralista y filosofo originalísimo, aconsejan detenerse un poco ante su nombre. En el curso de los años que median entre la época actual y aquella en que floreció el gran ingenio aragonés de la primera mitad del siglo XVII, no anduvieron los críticos muy acordes al juzgarlo. Mientras que los contemporáneos y sucesores hasta fines de dicho siglo, agotaban en su honra los mas frenéticos elogios, los preceptistas e historiadores de dos siglos después no vacilan en presentarlo como un imitador de los extravíos de Góngora, cual un ejemplo de corrupción y mal gusto literarios. Ya hoy parece que se aprecia a Gracián en la medida justa de sus méritos.
     Tanto en España como en varios países extranjeros, hay una gran reacción en su favor. Sus obras se reimprimen y se releen.
Entre las obras de Baltasar Gracián sobresalen: El Héroe; El Discreto; el Oráculo Manual y Arte de Prudencia, colección de 300 máximas; Agudeza o Arte del Ingenio; y El Criticón, su obra maestra, además de numerosas composiciones poéticas de las que solo mencionaremos, Las Selvas del Año.
     Baltasar Gracián es, en orden al tiempo, el último de los grandes clásicos españoles, y, en orden al mérito, uno de los primeros escritores de su país, acaso el que por su estilo y por su contenido más merezca la comparación con don Francisco de Quevedo.      
 
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 338 y 360.