Club de Pensadores Universales

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jueves, 27 de diciembre de 2012

La Hechizada de Jules Barbey d'Aurevilly

      Jules Barbey d'Aurevilly nació en Saint-Sauveur-le-Vicomte, Normandía, el 2 de noviembre de 1808 y murió en París, el 23 de abril de 1889.  Barbey d'Aurevilly fue un escritor francés. Apodado "El Alguacil de las Letras," ayudó a dirigir la vida literaria francesa en la segunda mitad del siglo XIX. Era tanto, novelista, poeta, crítico literario, periodista y polemista.

     Nacido en el seno de una antigua familia de Normandía,
Jules Barbey d'Aurevilly estuvo inmerso desde temprana edad en las ideas católicas, contra los monárquicos y los revolucionarios. Siendo una vez Republicano y Demócrata, Barbey termina, bajo la influencia de Joseph de Maistre, uniéndose a una monarquía intransigente,  despreciando los valores burgueses del siglo. Volvio al catolicismo en 1846, convirtiéndose en defensor feroz de ultramontanismo y el absolutismo, mientras llevaba una vida desordenada y de elegante dandy. También teorizó antes de Baudelaire, de ésta actitud frente a la vida, en su ensayo, "Sobre el Dandismo y George Brummell." Sus opciones ideológicas nutren una obra literaria de gran originalidad, fuertemente influenciada por la fe católica y el pecado.
     Además de sus textos polémicos, que se caracterizan por una crítica de la modernidad, el positivismo o hipocresías de la parte católica, el enfoque de su ficción, incluso teniendo una difusión bastante limitada, mezcla elementos del romanticismo, la fantasía (o lo sobrenatural), el realismo y el simbolismo histórico decadente. Su obra muestra los estragos de la pasión carnal (Una Amante Maestra, 1851), filial (Un Sacerdote Casado, 1865; Una Historia Sin Nombre, 1882), política (El Caballero de Clave, 1864) o mística (La Hechizada, 1855). Su obra más famosa, hoy en día, es su colección de cuentos, Les Diaboliques, lanzada a finales de 1874, en la cual lo insólito y la transgresión, sumergen al lector en un universo ambiguo, en donde el autor se ha ganado el ser acusado de inmoralidad.
     Su trabajo ha sido elogiado por Baudelaire y varios escritores han elogiado su talento extravagante, sobre todo al final de su vida, pero a Hugo, Flaubert y a Zola no les gustaba su obra. Entre sus "herederos" se incluyen a Léon Bloy, Joris-Karl Huysmans, Octave Mirbeau y Paul Bourget y su visión del catolicismo ejerció una profunda influencia en la obra de Bernanos.
Raíces Normandas (1808-1816)
     Jules Amédée Barbey nació un 2 de noviembre de 1808, el Día de los Muertos, en Saint-Sauveur-le-Vicomte, una comuna francesa situada en el departamento de Manche y en la región de Baja Normandía. Jules fue el mayor de una familia de cuatro hermanos: Leon (nacido en 1809), Edward (nacido en 1810), y Ernest (nacido en 1811). Su padre, Teófilo Barbey,  perteneció a una familia cuya presencia en Saint-Sauveur está atestiguada desde el siglo XIV. La familia Barbey accede a la nobleza en 1756, cuando Vicente Barbey, abogado de Bailía de Valognes, adquiere un cargo. Su madre, Ernestine Ango, descendiente de una buena familia burguesa que se trasladó a Caen, en el siglo XVI, fue la hija del último gobernador de Saint-Sauveur.

     La infancia de
Barbey se desarrolla entre Saint-Sauveur, Valognes y el mar en Carteret, en un ambiente ultra conservador: la revolución ha afectado tanto a las dos Familias. Barbey vive a la expectativa del retorno de la monarquía, en medio de los recuerdos y las costumbres antiguas de Normandía. Jules crece entre una madre poco amorosa y un padre austero. Él estuvo atento a las historias junto al fuego de su viejo Jeanne Roussel y de Louise Lucas-Lablaierie su abuela: las hazañas más o menos míticas de su tío, el caballero de Montressel, que se ilustran en las guerras de la Chuanería, impresionaron al niño.
Los Años de Formación (1816-1830)
     En 1816, a Jules se le negó la admisión a la escuela militar. Continuó sus estudios en el Colegio de Valognes. En 1818, vivió con su tío el Dr. Pontas-Duméril, poseedor de un espíritu liberal que animaba a la emancipación intelectual y moral de su sobrino. En, Les Diaboliques, Barbey pintó a su tío disfrazado de Dr. Torty. El ex alcalde de Valognes despierta su imaginación cuando cuenta los detalles íntimos y personalidades nítidas de la ciudad; "información privilegiada" de la alta sociedad valognesa. Su primo Edelestand de Meril, un poeta erudito y filósofo, le comunica su admiración por Walter Scott, Lord Byron, Robert Burns, y su gusto por la historia y métafisica.

     En 1823,
Barbey compuso su primera obra, una elegía, A los Héroes de las Termópilas, dedicada a Delavigne y publicada un año después. Él compone la siguiente colección de versos, que en 1825 se queman a pesar de haber fallado la edición. En 1827, entró en la clase de retórica en el Colegio Stanislas en París. Allí conoció a Maurice de Guérin, con quien entabló una amistad. Después de graduarse en 1829, regresó a Saint-Sauveur con la cabeza llena de nuevas ideas políticas y religiosas contrarias a las de su familia. Él estaba muy interesado, en contra de los deseos de su padre, de una carrera de militar, pero se rinde y acuerda su derecho en la Universidad de Caen. A la muerte de su tío, Jean-Francois Barbey d'Aurevilly, se niega temporalmente, por convicción republicana, a reanudar la martícula.
El Impulso Romántico de la Juventud (1830-1836)
     A 1830, Barbey se reúne con William Stanislas Trébutien, librero de Caen y la clave correspondiente, y se enamora de Louise du Meril, la esposa de su primo Alfred. Su relación es incierta y es para Barbey, “el tiempo de su vida más miserable.” Es entonces muy marcado por la influencia de los románticos. En 1831, escribió su primera novela, El Sello de Onyx, inédita hasta 1919, y que va a volver a utilizar el desenlace en Una Cena de Ateos, entonces  la novela Léa, 1832, publicada en el Diario de Caen que fundó con Trébutien y Méril Edelestand.

     En julio de 1833,
Barbey apoya su tesis, Las Causas que Suspenden el Plazo de Prescripción, luego se trasladó a París, donde conoció a Maurice de Guérin. Fundó en 1834 el Diario Crítico de la Filosofía, la Ciencia y la Literatura con Trébutien y Meril, donde publicó algunos artículos, pocos meses, de crítica literaria. Volvió a Caen en diciembre, con la esperanza de ver a Louise y escribió allí durante la noche su novela El Anillo de Anibal, poema en prosa de inspiración Byroniana, que encuentra un comprador en 1842. En 1835, compuso otro poema en prosa, Amaïdée (publicado en 1889), y una novela, Germaine o La Misericordia, para convertirse más tarde en Esto no Muere en 1883. En 1836, escribió los primeros dos Memorandos para Guerin y rompe con su familia.

El Dandy: Asurbanipal de Aurevilly (1836-1845)
    De vuelta en París, Barbey vive de la herencia de su tío y sueña con una carrera política por leer muchas obras históricas. Él colabora en Nouvelliste, un periódico político, reuniéndose con Victor Hugo y Eugénie Guerin, los tres muy devotos de Maurice de Guérin. Sus ambiciones mundanas le llevaron a componer un perfecto personaje dandi: se aplica a “enfriarse” perfeccionado el arte de ir al baño, frecuenta a Roger Beauvoirnote y el Cafe Tortoni, cultiva la ironía, arte del epigrama y el misterio. Él lleva una vida disoluta: se une a las fiestas y diversión, en las noches sumergido en alcohol y una serie de modas. Consume láudano para conciliar el sueño y sus amigos le llaman “El Rey de lo Obsceno” o el “Asurbanipal de Aurevilly.”

     Sus charlas espirituales le valieron muchas conquistas y abrieron las puertas de los Salones. Con entusiasmo frecuenta a la marquesa Armance du Vallon, a quien se compromete a seducir. Esta batalla sostiene todos los días durante varios meses sin éxito: ella es más dandy que él. Ella inspira la novela 
larga, El Amor Imposible o “La Tragedia de Boudoir,” publicada en 1841 y que pasa desapercibida. La muerte de Guerin en 1839 le afectó profundamente. Él frecuenta el salón de tendencia  católica y legitimista de la baronesa Amaury de Maistre, sobrina política de Joseph de Maistre, y en 1842, trabajó en el Globe, un diario político que publica la revisión de su Anillo de Aníbal. Abandona la ciudad marítima de Dieppe, para la campaña del Baron Levavasseur, propietario de una fortuna considerable, que posee acciones en el Diario. En 1843, trabajó en el Monitor de Moda, bajo el seudónimo de Maximilienne Syrene, y comenzó su estudio de George Brummell. Él tiene un romance con una misteriosa Vellini, la futura heroína de, Una Amante Maestra. El Dandismo y George Brummell, apareció en 1845, publicado en treinta ejemplares. La obra es un éxito de salón. Empieza otro libro sobre el dandismo, el Tratado de la Princesa, en forma manual de seducción en aforismos, inspirado por, El Príncipe, de Maquiavelo. Se reanudará a menudo para enriquecerse, pero toda permanecera inacabado.
Su Retorno a la Infancia y al Catolicismo (1845-1851)
     Después de un intento fallido de colaborar en la, Revisión de Dos Mundos, y el Diario de los Procesos, Barbey pasó los años 1845-1846 escribiendo su obra, Una Amante Maestra. La compuso a la mitad antes de experimentar el fracaso de una inspiración fugaz. A finales de 1846, viajó a el centro de Francia en busca de fondos para un proyecto de Sociedad Católica. Pasó un mes en Forez, en la comuna francesa de Bourg-Argental, escenario de la historia futura, Historia Sin Nombre y vuelve a aparecer al final del año, a pesar de que aún no práctica la fe catolica, la lectura Joseph de Maistre, su encuentro con Eugénie de Guérin, el comercio con su hermano Leo Barbey d'Aurevilly, quien abrazó el sacerdocio, inició su conversión. La lectura de, Médicos del Día Anterior a la Familia, de Raymond Brucker, publicado en 1844, en donde el autor narra su propia vuelta al catolicismo, también pudo desempeñar un papel importante. Volver al catolicismo le renovó su inspiración: el escritor de 38 años de edad, que se siente resurguir simultáneamente, reviviendo el pasado lejano, y las nuevas impresiones de la infancia, reanuda su novela de nuevas disposiciones. Él ambienta la segunda parte de la novela, no en París, sino en Normandía, en el Carteret de su juventud.

     La
Revista del Mundo Católico, diario ultramontano, cuyo editor es él, lo ocupa constantemente en 1847. Termina su novela a finales del año, pero no se puede publicar: La Revolución de 1848, interrumpe el momento de la publicación. En la confusión que siguió a los días de febrero, trata de adaptarse a la nueva situación y va a presidir un club para trabajadores durante algunas semanas. La revista dejó de publicarse y Barbey, disgustado por esto, se retiró a la soledad para preparar trabajos muy diferentes, pero todos relacionados con el pasado. Pasó el resto del año y parte de 1849 leyendo y documentándose. Revisa La Amante Maestra, mientras que prepara un gran artículo sobre Jacques II Stuart, en Los Profetas del Pasado, ensayo de filosofía política sobre, Joseph de Maistre, Louis de Bonald, François-René de Chateaubriand, Félicité de Lamennais, y Antoine Blanc de Saint-Bonnet; estos hombres superiores, “que buscan las leyes sociales donde están,” es decir, “en el estudio de la historia y en la contemplación de las verdades eternas.” Diseña su plan de retiro, en una serie de novelas totales: Occidente, donde quiere ser el, “Walter Scott de Normandía.” Ricochets de Conversación: Debajo de las Cartas de un Juego de Whist, la primera de Diaboliques, fue publicada en 1850.
El Crítico Literario y Novelista (1851-1874)
     En 1851, publicó simultáneamente, Una Amante Maestra y Los Profetas del Pasado, contrastantes obras que sorprendieron a los críticos: se comprendió mal que el mismo escritor del libro, hiciera al mismo tiempo un panfleto católico y monárquico, y una novela de costumbres y páginas sensuales y apasionadas. La publicación de Una Amante Maestra era una oportunidad para plantear el tema de la iglesia católica romana, la moral y el arte. El mismo año, Barbey se reunió con Madame Françoise de Maistre Sommervogel Emilia, la baronesa Bouglon, viuda del barón Rufin Bouglon, que él llama, “el Ángel Blanco” quien dominaría su vida por los próximos diez años. Ella encuentra el talento de su prometido demasiado feroz: por lo que se modera para, Los Caballeros de Claves, novela histórica sobre un héroe Chuan, que comenzó al año siguiente. Regresó al País, un periódico bonapartista en 1852. Inicialmente, ocupa la crítica literaria hasta que se le asigna una columna política. Se queda 10 años en este oficio. La Hechizada, la historia del regreso a su pueblo de un sacerdote Chuan desfigurado por un intento de suicidio, fue publicada el mismo año en la serie y el volumen en 1854, pero pasa desapercibida. Baudelaire, sin embargo considera esta novela como una obra maestra. Los dos hombres se encontraron en ese momento. También publica Poems. En 1855, Barbey se convierte a la práctica religiosa. Publicó con su novia Trébutien la Reliquiae de su amiga, Eugénie de Guérin, muerta en 1848, y se inicia Un Sacerdote Casado, novela frenética sobre un mal sacerdote y su hija. En 1856, durante un viaje a Normandía y su reconciliación con sus padres, él escribió el tercer Memorándum. Publica una crítica audaz contra, Las Contemplaciones, de Víctor Hugo, gloria intocable.

     En sus artículos, contribuye a descubrir a Stendhal y a rehabilitar a Balzac. También defendió
Las Flores del Mal de Baudelaire y le dedico a Madame Bovary de Flaubert una opinión favorable aunque severa. Él declaró su gusto por lo romántico y no duda en cortar en pedazos el realismo, el naturalismo y el parnasianismo: Champfleury, Jules y Edmond de Goncourt, Banville, Leconte de Lisle, y más tarde Emile Zola, estuvieron entre sus objetivos. En 1858, fundó El Despertar, una revista literaria, católica y gubernamental. Los artículos que publica le valieron la enemistad de: Sainte-Beuve, Pontmartin, Veuillot. Él sigue hablando de ello en, Una Amante Maestra: el trabajo se vuelve a publicar y crea un escándalo.

     En 1860, se mudó a la calle Rousselet, 25 en París, que será su morada hasta su muerte, que será su “Cambio de sentido de subteniente,” y publica el primer volumen de, Las Obras y los Hombres, una vasta colección de crítica que tiene la intención de tratar los pensamientos, los actos y la literatura de su tiempo. En 1862, sus artículos contra, Los Miserables crean un escándalo. Abandonó El País tras otro artículo contra Sainte-Beuve, y para trabajar unos meses en su novela de Madame Bouglon, en la comuna francesa de Labastide-d’Armagnac. En 1863, una crónica en, Le Figaro donde ridiculiza a Buloz en la Revista de Dos Mundos le valió un juicio. Él persevera y lo lleva a la Academia Francesa de la Lengua, mediante la publicación en el diario de,  Nain Jaune (Enanismo Amarillo) de, Cuarenta Medallones de la Academia, panfleto contra los miembros del Instituto. El Caballero de las Claves, aparece el mismo año, Un Sacerdote Casado apareció al año siguiente. El último Memorando se compone en 1864, durante un viaje a Saint-Sauveur.

     En 1865, abandona definitivamente
El País y regresa al
 Nain Jaune para convertirse en demócrata y anticlerical. Sus puntos de vista son diametralmente opuestos a los de la prensa, pero permitió libertad para sus comentarios. Publicó, El Tiempo Ridículo en los artículos de crítica dramática. Esta colaboración duró cuatro años. En 1867, conoció a Léon Bloy, quien rápidamente se convirtió en su discípulo. En 1869, se incorporó al periodico, El Constituciónal, donde se ocupó hasta su muerte en la crítica literaria. En los años siguientes, alternó la vida parisina y estancias más o menos prolongadas en Normandía. Al final del siglo en 1871, regresó a Valognes donde completó Les Diaboliques. Enciende la flama polémica y publica los artículos anti-republicanos.
El Alguacil de las Letras (1874-1889)
     Les Diaboliques se publicó en noviembre de 1874. Los ejemplares son inmediatamente confiscados y el autor fue procesado por ser, “un ultraje a la decencia y la moral pública y la complicidad.” Barbey implica a Arsène Houssaye y  León Gambetta y para evitar el juicio. Estuvo de acuerdo en retirar el libro de venta, y el juez concluye suspensión de juicio. La obra fue reeditada en 1883, con un prólogo de precaución añadido. Durante los años que siguieron, se acerca a la generación creciente: Bloy, Vallès, Daudet, Bourget, Rollinat, Jean Lorrain, Richepin Péladan, Huysmans, Coppée Hola, Uzanne, Octave Mirbeau... así como a los escritores ya agotados: Banville, Heredia, Taine. Edmond de Goncourt lo inscribe en las primeras listas de la Academia de los Diez (Academia Goncourt). En 1878, publicó, La Sociedad de las Medias Azules, quinta parte del volumen de Las Obras y los Hombres, dedicado a, “las mujeres que escriben, que ya no son mujeres. Estos son los hombres - por lo menos dicen - y se perdió.”
     En 1879, conoció a Louise Read, su última novia y quien se dedicará a su gloria. En 1880, publicó Goethe y Diderot, un panfleto. Una Historia Sin Nombre, otra novela en la que un monje capuchino católico que predica el infierno se cruza con una chica inocente y sonámbula, se publica en 1882 y es un éxito. Colabora con Gil Blas en 1883 y publica dos historias de incesto y adulterio: El Regreso de Valognes (Una página de la historia) y Esto No Muere, una novela escrita hace casi 50 años antes.

     También escribe el tercero y cuarto
Memorando. En 1884, publicó poemas, Los Ritmos Olvidados, sus últimos artículos de crítica. En particular acoge favorablemente la novela decadentista, A Contrapelo, de Joris-Karl Huysman. Enfermo del hígado, continúa asistiendo a los salones de la baronesa Poilly de Daudet y Hayem, donde sus conversaciones maravillan. Apoya el debut de la joven Marthe Brandes. En 1888 publicó Lea, uno de sus primeros cuentos y Amaïdée en 1889, antes de caer enfermo. Murió el 23 de abril de 1889. Las circunstancias de su muerte tendrán un valor, alrededor de los ataques violentos de su testamento. Louise Read se establece como legatario, en mayo de 1891, en el periódico Le France, bajo la pluma del Sar Péladan Josephin, y un ensayo de este último contra León Bloy y Léon Deschamps, editor de la revista La Plume. Casi toda la prensa luego da la bienvenida a la convicción de Sar en octubre de 1891. El escritor Normando fue enterrado en el cementerio de Montparnasse, antes de ser trasladado en 1926 al castillo de Saint-Sauveur-le-Vicomte. Es Louise Read, quien continuará la publicación de Las Obras y los Hombres.
Influencias y Estilos

Modelos Románticos
     En sus primeras obras, Barbey imita a los románticos. Su primer poema, A los Héroes de las Termópilas, está hecho a la manera de Casimir Delavigne, el cantor de los vencidos, a quien está dedicada. Los modelos que se utilizan a menudo son como una lámina de repujado, se crea por oposition: El Sello de 
Ónice inspirado los celos de Otelo de Shakespeare, Julia o a Nueva Eloisa de Rousseau y las teorías de Madame de Staël (Corinne). Germaine o Misericordia (Esto No Muere) es influenciado por Lélia de George Sand, El Anillo de Aníbal por Musset (Murdoch). Una Amante Maestra es “la antítesis” de Adolphe, de Benjamin Constant, y de Leone Leoni de George Sand, que toma su tema, el amor de una mujer para un amante donde de ella poco a poco descubre la depravación. Lectura de Stendhal en 1839, mientras hacía El Amor Imposible, le marca profundamente: admira la sequía y la agudeza del análisis. Los patriotas escoceses, Crónicas de Canongate por Sir Walter Scott en 1850 le inspiraron la idea de una serie de novelas sobre los Chuanes normandos, cuyo título colectivo seria Occidente.

Lord Byron
    Barbey, desde una edad muy joven, tiene una pasión por Lord Byron: “Byron y Vittorio Alfieri han envenenado demasiado los primeros diez años de mi juventud. Los dos eran mi morfina y mi emético.” Byron domina su imaginación, ningún escritor tiene una influencia sobre él tan profunda: “Es en Byron, literalmente donde aprendió a leer.” Tiene las obras completas del poeta Inglés y Childe Harold, y sabe “La Coma.”

     Los héroes de Byron son,
“figuras oscuras con la fuerza de un corazón herido,” donde “el encanto de la caída de la sombra y de la luz, es como una virtud entre muchos vicios,” con el hechizo y la influencia de sus personajes de sus novelas: Jehoel de la Croix-Jugan en La Hechizada, Monseur Jacques en El Caballero de Claves, Sombreval en Un Sacerdote Casado.

    La pareja de Satanás y el tema del ángel satánico, muy presente no solo en Byron, sino también en Vigny (Eloa), es recurrente en Barbey: Jehoel de la Croix-Jugan y Jeanne Le Hardouey (
La Hechizada), y Vellini Hermangarde (La Amante Maestra) y su hija Sombreval Calixte (Un Sacerdote Casado). Los personajes del sacerdote culpable y arrepentido, simbolizan la caída de los ángeles y Satanás. Al igual que él, pecan contra el espíritu y eligen la condenación: Jehoel de la Croix-Jugan, Sombreval, pero también el padre Riculf (Una Historia Sin Nombre), llevan, como Manfredo de Byron, una maldición y el peso de una culpa pesada.
Joseph de Maistre
     Joseph de Maistre fue uno de los más firmes partidarios de la contra- revolución, y un enemigo de la Ilustración. Es compatible con el ultramontanismo, la teocracia y el absolutismo. Barbey descubre La Noches de Saint-Pétersbourg, a finales de 1838. Él se deleita en la lectura de esta, “obra que corta la respiración por la fuerza de las ideas y las imágenes,” por la “todopoderosa metafísica.” A continuación, dedica una serie de estudios importantes: Maistre ocupa el primer lugar con Bonald,  en Los Profetas del Pasado (1851). Él rinde honores tras su publicación en 1853 de las Memorias de Mallet du Pan, luego en 1858 y 1860, con la publicación de la, Correspondencia Diplomática, finalmente en 1870 con la publicación de sus Obras Inéditas. Las complicidades de Maistre y Barbey son a la vez, tanto éticas, metafísicas, como estéticas.

     En el plano moral, Maistre resultó extremadamente riguroso y dogmático, lo que le conduce a legitimar la Inquisición y defender el papel social del verdugo. Este gusto por la postura polémica y provocadora, se refleja en
Barbey. Maistre también combate la idea, que según él, es perjudicial a la crítica, para distinguir a la persona de cualquiera de las opiniones contenidas en sus escritos. Barbey será fiel a este principio en su crítica literaria.

     La metafísica de Maistre le da gran prominencia al mal, cuyo origen es la caída del hombre. El dogma de la reversibilidad, el sufrimiento voluntario del hombre ofrecido a Dios para llamar a la misericordia y la redención de sus hermanos, es considerado por Maistre como una de las verdades más importantes del orden espiritual. Maistre sostiene la capacidad de pago de todo el sufrimiento inocente por los perpetradores del crimen: toda vida es culpable por naturaleza, todos los seres vivos se ven empañados por la caída, es posible abordar el lugar del otro, e incluso un crimen que no cometió. Esta idea de reversibilidad se encuentra en,
Un Sacerdote Casado. El cuento corto,
La Felicidad en el Crimen, ilustra otra idea maistreniana. 
     Ambos escritores comparten ciertos valores estéticos, y se oponen a la modernidad literaria: tanto Barbey d'Aurevilly como Joseph de Maistre afirman la superioridad de los clásicos y la tradición literaria de los escritores franceses del siglo XVII de su tiempo. Ambos citan a la Biblia y a los Padres de la Iglesia. Barbey hace una crítica como de Maistre de la creación de la verdad y el ideal clásico de la belleza. Por último, el estilo energético neto, salpicado de ironía del escritor Savoyardo agrada a Barbey, cuyo estilo comparte las mismas características.

     Los contemporáneos habían notado la influencia de Maistre en
Barbey. Pontmartin ironiza la paradoja de esta relación literaria entre los dos hombres que llevaron Barbey a, “pensar como el Sr. de Maistre y escribir como el Marqués de Sade.”
Barbey también se verá influido por el pensamiento de un discípulo de Joseph de Maistre, el filósofo Antoine Blanc de Saint-Bonnet, al que dedicará un capítulo en, Los Profetas del Pasado, y varios artículos elogiosos. Este es el Barbey que promoverá la metafísica a León Bloy.
Honoré de Balzac
    Fue en 1849 que Barbey d'Aurevilly descubrió, La Comédie Humaine. Inmediatamente, él dice admirar el autor, “como los Alpes.” Es responsable de la publicación de su, Pensamientos y Máximas, colección de aforismos seleccionados de su obra publicada en 1854. Se toma su defensa en 1857 en, El País, en respuesta a un ataque de la Revue des Deux Mondes. El primero de febrero, su viuda le envió una carta de agradecimiento y el medallón de su marido David d'Angers.

    Obras como
La Solterona y El Conscripto le ayudará a encontrar su camino. La lectura de Balzac le enseñó todo lo que su propia experiencia contiene de temas románticos, en especial la pintura de la vida provincial, la atmósfera de las ciudades pequeñas y sus dramas secretos. Barbey ha heredado de Balzac la estética de lo nuevo, lo que él llama “la última carta” o “realidad fantástica” vectorización implacable para un evento, (la noticia como “un atajo a la novela”) juego exterior e interior, inmerso en los misterios y engaños de la conciencia, revelando los hechos ocultos y particulares, muchos de los procesos que se encuentran en Les Diaboliques. La oralidad está muy presente en la obra de ambos autores. Permite los efectos de la reverberación y multiplicar la perspectiva. Les Diaboliques se llamaba originalmente Ricochets de Conversación, refiriéndose a “una conversación entre las once y la medianoche.”
La Novela Aurevillina






Un Escritor Normando
     Desde Una Amante Maestra, los relatos de Barbey se producen sistemáticamente en su Normandía natal. ¿Es Barbey d'Aurevilly un escritor Normando y sus novelas “novelas de la tierra”?

     Normandía, sus paisajes, sus costumbres, su historia tiene un lugar importante en sus novelas. Los pescadores en, 
Una Amante Maestra, hablan, “como pescaderos reales,” es decir, en dialecto Normando. La Hechizada, su próxima novela, a pesar de las objeciones de sus amigos Trébutien y Baudelaire, el uso del dialecto es más acentuado: nosotros no hablamos “Normando extremo de labios.” Este lenguaje se convierte en un elemento esencial de su estética: Las lenguas son “las teclas del artista”, “molde a la Ingeniería de balas en la que fluye oro.” La poesía para él, "esta en el fondo de la realidad y la realidad habla dialecto.”
     Barbey se mantiene fiel a su país. La evocación de los paisajes de esta región dan profundidad a sus novelas. El páramo de Lessay en La Hechizada, el estanque en Quesnoy en Un Sacerdote Casado, Valognes son fundamentales para la historia, y estas novelas no se encuentran en otra parte. Estos paisajes no son marcos seleccionados y adaptado a una historia, que provienen de las memorias del escritor, y no siempre son fieles a la realidad.

     La Normandía y de la vida provincial, fuertemente asociada con las impresiones de su infancia, es un activo importante de su talento:
“El primer ambiente donde los poetas se han empapado, que la educación indeleble, el verdadero origen de su clase de talento, que remodelaba en ellos el acero de Damasco, que decide el hilo y reflexiones.” Cuando regresa, él hizo el descubrimiento alrededor de1850, se convierte en gran novelista y escribe sucesivamente La Amante Maestra, Las Cartas Debajo de una Partida de Whist y La Hechizada.
Un Novelista Católico
     Barbey d'Aurevilly desarrolla su propia teoría de la novela católica en 1866 en el prefacio de La Amante Maestra reeditada después, obra en la que su catolicismo es desafiado. Barbey se defiende diciendo que, “el catolicismo no tiene nada de mojigato, de pedante, y preocupado,” que el catolicismo es, “el conocimiento del bien y del mal,” y que su propósito era mostrar, “no sólo la embriaguez de la pasión, sino su esclavitud.”

     Barbey estima que ha pintado la pasión, “tal como es y como la ha visto,” pero en la pintura no tiene, “ninguna página de su libro condenado.” Él tenía que expresar. ¿Puede un católico tocar el romance y la pasión? Barbey cree que el arte es permitido por el catolicismo, incluso es alentado y protegidos por él. Catolicismo absuelve al proceso del arte que es, “no disminuir nada del delito o pecado que se pretende expresar.” Cuando él criticó la inmoralidad de su libro, Barbey se oponen a la moral del artista, “en la fuerza y ​​la verdad de su pintura,” ser fiel y verdadero, el artista es suficientemente moral.

     Su teoría de la novela se encuentra en sus novelas católicas donde el personaje del sacerdote está omnipresente: Padre Jehoel La Croix-Jugan (
La Hechizada), Jean Sombreval (Un Sacerdote Casado), el padre Riculf (Una Historia Sin Nombre). Les Diaboliques, donde prosperan en todas las páginas malas pasiones y el sadismo son la ilustración perfecta de estas ideas.
El Trabajo Crítico
     Con veinte volúmenes de Las Obras y los Hombres, Barbey d'Aurevilly quería hacer un inventario intelectual del siglo XIX. Su crítica literaria es un gran búsqueda de la necedad. A menudo injusto, pero siempre lógico y consecuente con sus principios, sus decisiones se legitiman por el talento y el valor.
Sus víctimas son nombres ilustres: Victor Hugo, George Sand, Madame de Staël, Jules Michelet, Mérimée, Ernest Renan, Théophile Gautier, Flaubert, la Goncourt, Émile Zola. El Parnasianismo, la Sociedad de la Medias Azules, la escuela Naturalista han llevado el peso de la pluma. Él es también el autor de varios panfletos contra Buloz, la Academia Francesa, y Sainte-Beuve, a través de Goethe y Diderot. Nuevas ediciones de autores clásicos dan la oportunidad de estigmatizar la filosofía de la Ilustración, responsable del positivismo, el materialismo y la ideología dominante del progreso, que se enfrentó a su catolicismo y sus ideales.


     Más él solo ve la hora de defender a,
Las Flores del Mal (Baudelaire), Madame Bovary (Flaubert), las obras de Balzac y las de Stendhal, Esmaltes y Camafeos (Gautier), A Contrapelo (Huysmans).
Teórico del Dandismo
     Bajo el seudónimo de Maximilienne de Syrene, Barbey firma en 1843 de “impertinencia refinada” en el, El Monitor de la Moda, y un artículo titulado De la Elegancia. Sobre la base de una biografía de George Brummell acaba de publicar en Londres, extrae algunas anécdotas y toma un pretexto para escribir la historia de su propio dandismo. Dandismo y de George Brummell apareció en 1845. Reeditado y ampliado en 1861, luego en 1879, enriquecido con un texto dedicado al marques Antonin Nompar de Caumont, Lauzun, titulado, Un Dandi Antes que los Dandis.

     Desarrolla y analiza los principios de dandismo, más intelectuales que de vestido, el dandy no es,
“un traje caminando solo.” El dandismo es una forma de ser muy sutil, como resultado de un “estado de interminable lucha entre la comodidad y el aburrimiento.” El dandi es, “un soberano inútil de un mundo inútil,” y se caracteriza por la ausencia de emoción, el horror de la naturaleza, la audacia y la impertinencia, la pasión, el lujo, la artificialidad y la necesidad de individualidad.
Este ensayo es uno de tres cuestiones principales, con el,
Tratado de la Vida Elegante de Balzac y El Pintor de la Vida Moderna de Baudelaire.
 Barbey d'Aurevilly y la Posteridad
La Recepción de sus Contemporáneos
    Barbey d'Aurevilly ha sido objeto de críticas contrastantes. Casi todo el mundo está de acuerdo en que su arte es un arte de originalidad y nobleza. Sainte-Beuve le juzgó, “hombre de un talento brillante y orgulloso, y una alta inteligencia que va a lo grande,” “una pluma que podemos decir, sin lisonja, que a menudo se asemeja a una espada.” Lamartine, cuando se reunió con él, después de haberlo leído, dijo que era el “Duque de las bellas letras francesas.” Para Baudelaire, se trata de un “católico verdadero, que evoca la pasión por la victoria, cantando, llorando y gritando en medio de la tormenta, como Ajax se estrelló sobre una roca desierta.” Paul de Saint-Victor: “un polemista intratable es también el escritor de mayor orgullo y más originalidad.” Jules Vallès lo encuentra, “un talento extraño, atormentado y orgulloso.” Maupassant encontró en sus obras algunas maravillas. Edmond de Goncourt tenía reservas, pero lo incluyó en su primera lista de proyectos de La Academia.

     Aquellos a los que se ha agotado en sus artículos por lo general le hacen cortesía. Victor Hugo lo llamó,  
“Barbey d'oro envejecido.” La leyenda dice que compuso una novela en verso en “honor” de la crítica: “Barbey d'Aurevilly gran tonto!” En su correspondencia con Flaubert le habla con franqueza como su enemigo. Juzga Les Diaboliques, “a retorcerse de risa” y considera que “no va más allá en lo grotesco e involuntario.” Zola se une y se da cuenta que tiene “dos o tres siglos de retraso.” Él condena su actitud en un tiempo del proceso contra, Les Diaboliques, cuando Barbey accedió a retirar su obra de la venta.

    Su personalidad inspira, por lo menos dos veces, a novelistas: el carácter de Franchemont, que aparece en Charles Demailly, de los hermanos Goncourt, una novela sobre hombres de letras, se inspira en él. Además, el Alguacil de las Letras es también un modelo de El Señor Bougrelon, la novela de Jean Lorrain.
Simbolista y Generación Decadente 
     Paul Verlaine deplora los sistemas, pero no puede dejar de reconocerle, “un estilo de carrera” y “una forma original.” Admira la, “profusión de imágenes a menudo exitosa y poético siempre, de la audacia a veces feliz, y nunca vulgar.” Jean Lorrain lo encuentra, “bellamente tallado” para la generación literaria de fin del siglo. Para Huysmans, él era “el único artista en el más puro sentido de la palabra, que produjo el catolicismo de la época” y un “gran novelista” y  un “novelista admirable.” En, A Contrapélo, Huysman le incluye entre sus obras favoritas de la biblioteca elitista Des Esseintes. Para Rémy de Gourmont, Barbey d'Aurevilly es, “una de las figuras más originales del siglo XIX”, “que excitara largo tiempo la curiosidad” y “por largo tiempo seguirá siendo uno de los clásicos únicos y subterráneos la vida real de la literatura francesa.”
Juicios Póstumos
     Julien Green ve Les Diaboliques con “admiración asombrada.” Paul Morand hace en 1967 el prefacio de Una Amante Maestra. Marcel Proust en El Prisionero rinde un homenaje a las novelas del escritor Normando: la prueba del genio no está en el contenido de la obra, sino en la calidad desconocida de un solo mundo revelado por el artista. En Barbey esta cualidad se manifiesta en una, “realidad oculta revelada por un material tangible,” el enrojecimiento de Aimee Spens (Los Caballeros de Touches), las costumbres y las tradiciones de su región, la historia oral, las nobles ciudades normandas, maldiciones, etc. Muchos detalles que marcan la identidad y la unidad de un artista.
Ediciones y Adaptaciones
     Sus novelas han sido una edición completa en dos volúmenes en la prestigiosa colección de las Pléyades. Su trabajo crítico se reproduce en Belles Lettres, mientras que los Archivos Karelime fueron responsables de la obra poética.
Sus cuentos y novelas han sido objeto de una decena de adaptaciones a la pantalla. La más reciente,
La Amante Maestra, presentada en Cannes en 2007, es la obra de Catherine Breillat.


     Jacques Debout adapta para el escenario bajo el título de
Sombreval, la novela Un Sacerdote Casado, creada en París el 5 de febrero de 1932. La Felicidad en el Crimen, una de las seis Diaboliques, en 2003 inspiró un comic Hauteclaire el nombre de su heroína.

     En 2012, Mathilde Bertrand reúne en un volumen las cartas de
Jules Barbey d'Aurevilly a Trebution sobre Louise Trolley, donde Trébutien está locamente enamorado. La idea fue sugerida por Barbey d'Aurevilly mismo en su carta de 4 de abril de 1857.
Museos y Obras Conmemorativas
El 28 de junio de 1925 se inaugura en el antiguo castillo de Saint-Sauveur-le-Vicomte, un museo en honor del escritor. Fundada por Louis Yver, que será el primer director, el museo se trasladó después de la Primera Guerra Mundial a casa de Robessard, a raíz de la ocupación del castillo por los alemanes. Se trasladó por tercera vez en 1989, y “se reinegró” la casa de la familia de Saint-Sauveur. Allí se reúnen los objetos más móviles y recuerdos que pertenecieron a Barbey d'Aurevilly. Su último hogar, la calle Rousselet 25 en París, está decorado con una placa. El Colegio de Saint-Sauveur-le-Vicomte y un colegio de Rouen, situado en 39, boulevard de la Marne, llevan su nombre, así como París en 1910, una avenida del parque Campo de Marte en 1907. Varios eventos se organizaron, entre ellos varios por iniciativa del Museo de Barbey d'Aurevilly, o en relación con él y con los municipios de Saint-Sauveur-le-Vicomte y Valognes, con motivo del bicentenario del nacimiento del escritor en 2008.
El Síndrome de Ferjol
En su novela, Una Historia Sin Nombre, Barbey representa a una chica joven, Lafthenia de Ferjol, que siente la necesidad de enfermarse para estar deliberadamente sangrando y evacuar grandes cantidades de sangre. Esta condición, conocida como el síndrome de Lafthenia Ferjol ha sido objeto de estudios médicos. (Wikipedia)
     La Hechizada o La Misa de la Croix-Jugan es una novela de Barbey d'Aurevilly publicada por episodios en 1852 y publicada en 1854.

Origen de la Obra.
     Esta novela, que nace con el título de “La Hechizada,” aparece en un cambio en la vida de su autor. Barbey d'Aurevilly, que había afirmado con anterioridad ser demócrata, volvió a la fe católica. Él decide huir del presente hacia el pasado, y lo hace con el fin de escapar de la realidad. Él vuelve a las fuentes y orígenes normandos. A partir de ahí, germina la semilla del proyecto de escribir crónicas Normandas. Con el tema emocionante de la guerra de los Chuanes, Barbey comenzó un cuadro pintoresco de Normandía y su historia.La Hechizada” es el primer componente de toda una crónica que bajo el título general sería Oeste, y que completó algunos años más tarde con El Caballero de Torches. En diciembre de 1849, Barbey escribió en una carta a su amigo William Stanislas Trébutien: "Este libro es profundamente Normando." La combinación del rigor histórico, la tradición oral, y elementos fantásticos, La Hechizada, cuyo primer título era, La Misa de De la Croix-Jugan, tiene lugar en las postrimerías de la Chuaneria.
Argumento.
La historia narra un acontecimiento fundamental en la historia, el compromiso del abate De la Croix-Jugan con los Chuanes. Cuando él piensa que esto es una causa perdida, intenta suicidarse y niega su humildad de sacerdote. Sobrevive a pesar de la horrible lesión facial, un signo de su rebelión. Unos años más tarde, "cuando las iglesias se abrieron," este ex monje reaparece en la abadía de Blanchelande. Es también el carácter emblemático de Jeanne Le Hardouey que representa de alguna manera la construcción de la democracia y el surgimiento del capitalismo. Siendo ella noble, ella es la esposa de Thomas, el nouveau riche, Hardouey. Jeanne le da a la obra de Barbey d'Aurevilly su título fantástico: “La Hechizada,” en un ambiente oscuro y misterioso, donde ella es sometida a un "hechizo" que sucede cuando ella ve a este abad de capucha negra. Más tarde, ella es descubierta ahogada en una cisterna de agua, o poza,  dejando una pesada pregunta en el abismo: ¿quién es el responsable de esta tragedia?
Publicación.
     La novela apareció por episodios en el Diario de la Asamblea Nacional, del 7 al 10 de enero de 1852, y en libro en 1854. Ningún artículo periodístico se publicó inmediatamente sobre la obra, pero no mucho después se comenzó a hablar con pasión sobre ella. Así, Baudelaire escribió: “Acabo de releer este libro que parecía más obra maestra la primera vez.”

Adaptaciones
     Jean Prat (director) en 1981 ofrece una adaptación para la televisión.

Bibliófilos
     La Hechizada  fue ilustrada en litografías por André Minaux, a petición de la asociación Les Bibliófilos de France, en1955. (Wikipedia)
La Hechizada
de Jules Barbey d'Aurevilly
     Una mañana, durante el sexto año de la Republica francesa, un hombre vagaba por una zona boscosa de Normandía, con aire vencido y fatigado. Era un “Chuan,” o sea, uno de los rebeldes que luchaban contra los soldados de la Republica, en la desesperada defensa de la iglesia y la aristocracia que el nuevo gobierno había desbancado del poder. Acababa de tomar parte en la batalla de la Fosse, que resultó trágica y mortal para los enemigos de la Republica. Aquel hombre, apuntando su fusil hacia su cara, sentía arder en las venas la humillante desolación del vencido. Sacó un escudo que tenia los símbolos de la aristocracia francesa, por la cual había luchado tanto. La besó con veneración. Puso aquella insignia sobre su corazón, y la sujetó allí firmemente, y disparó el trabuco con el pie, quedando enseguida inerte, allí, cerca del oscuro bosque de Cerisy, como la más trágica imagen de la desesperación y de la soledad. 
     La anciana María Hecquet, que recogía setas en el bosque, había escuchado el disparo, y no tardó en descubrir al soldado suicida. Pero lejos de huir atemorizada, la mujer se aproximó, diciendo, “Es un Chuan, como mi hijo.” Después de revisarlo, pensó, “¡Aún respira!” Conmovida por la suerte de aquel desdichado, y consciente de que su hijo algún día podría necesitar la ayuda que ella estaba dispuesta a prodigar a aquel suicida, arrastró al hombre hasta su cabaña, en el lindero del bosque. Lo curó de aquellas horribles heridas que le desfiguraban el rostro por completo. Mientras el hombre yacía en cama, vendado en la cara, la anciana pensó, “Este hombre debe su vida a que las balas del trabuco, disparadas a tan corta distancia, toman direcciones diferentes. Así que le cortaron pavorosamente el rostro, pero no penetraron en su atormentada cabeza.”
  Pasaron diez días. El herido había dado algunas muestras tenues de ir mejorando. Al menos, comenzaba a comer algo. Mientras le servia comida en la cama, la anciana le dijo, “Esto te sentará bien, hijo mío.” Esa tarde, la campana de la abadía más próxima repicó, invitando a rezar el ángelus. Mientras preparaba leña, la mujer pensó, “Con los soldados vagando por aquí, y cazando a la gente religiosa, no he podido orar desde hace meses como es debido. Pero, hoy lo haré por mi desdichado huésped.” Y así lo hizo, juntando dos barrotes de leña formó una cruz, la colocó en la pared, y arrodillándose dijo, “¡Jesucristo!¡Haz que nada malo le pase a mi hijo; y que éste hombre, que ahora cuido, me salve!” Tan absorta estaba en sus rezos, que no escuchó a los cinco soldados del gobierno que se aproximaban. Los soldados irrumpieron a su cabaña, abriendo la puerta bruscamente. Entones, uno de los soldados dijo, “¡Tú, que estás de rezadora, debes tener en tu casa a algún chuan de los que estamos buscando.” La mujer dijo, “¡Yo no escondo a nadie!¡Solo tengo aquí a mi hijo, que se ha herido con la escopeta, cazando en el bosque!” Uno de los soldados dijo, viendo al hombre herido, “¿Es esa momia tu hijo?”  Los “azules” se aproximaron al enfermo con aire violento y vengativo. La anciana dijo, “¡Por favor, no le hagan daño!” El líder de los soldados dijo, “Pues, a pesar de lo que la vieja dice, estoy seguro que es un maldito chuan; y morirá pronto.” El soldado se acercó a mirarlo y dijo, “No sería interesante facilitarle la tarea de morir. ¡Más bien, podríamos dificultarle las cosas!” María gritaba impotente, “¡Credos!¡Monstruos!¡Dejen en paz a ese inocente!¡Dejen en paz a ese inocente!” El hombre tomó una charola de brasas, y dijo, “¡No es tan inocente como crees, ancianita!¡Seguramente ha dado muerte a más de uno de los nuestros, durante la batalla de La Fosse.” La anciana gritó, “¡Nooo!” Y mientras uno de aquellos hombres bestializados arrancaba las vendas al indefenso Chuan, el otro arrojaba sobre aquella cara llena de heridas y mallugaduras los tizones ardientes. Poco después, una vez que saquearon la despensa de la pobre anciana, los soldados se marcharon, satisfechos de su odiosa y cobarde hazaña. Mientras se retiraban, ya fuera de la cabaña, el líder dijo a uno de los soldados, “¡Ya no le oigo quejarse!¡Je!¡Tal vez murió más rápido de lo que creíamos!¡Je, Je, Je!” El soldado contestó, “¡Brindo por su alma!¡Salud!” mientras oro soldado reía.
     Algunos mese después, en la abadía de Blancalanda, la misma campana invitaba a misa. En uno de los primeros bancos de la iglesia, se hallaba Jeanne Magdalena de Feuardent, quien se había casado muy joven y por la decadencia económica de su aristocrática familia, con un burgués de la localidad, que no tenía por costumbre acudir a los oficios religiosos. Por fin el cura párroco y dos sacerdotes más, salieron de la sacristía para comenzar el oficio. El abate Caillemer dijo la misa ayudado por los otros dos, diciendo en forma de canto, “Dominus Bobisqum Etqum Spiritu Tuo.” Fue precisamente aquel sacerdote cubierto por un capuchón negro, quien auxilió al padre que dio la comunión a Jeanne. Cuando el padre dio la ostia y el sacerdote ayudante se acercó, la joven Jeanne pensó, “¡Dios mío!¡Su rostro está lleno de horribles cicatrices!¿Quién será ese hombre?¡Nunca lo había visto antes!” Jeanne pronto tuvo la información que deseaba, al acercarse la comadre Nonon, quien le dijo, mientras se retiraban, “Es el abate De la Croix-Jugan. Pudo haber sido obispo, pero se enroló con los Chuanes y luchó contra ellos. A eso debe las horribles heridas que le deforman el rostro. Ha venido para ayudar al padre Caillemer en Blancalanda.”
    Jeanne y la comadre Nonon salieron. Jeanne pensó, “¡Así que ese hombre se quedará desde ahora entre nosotros! Parece absurdo…pero hay una parte de mi que se alegra.” Nonon le dijo, “¡No se vaya usted por el presbiterio viejo, querida Jeanne! Dicen que esa casona abandonada está habitada por una especie de enormes gatos que se aparecen de pronto a los caminantes, y les dan las buenas noches de manera diabólica y mezquina. ¡Ay!¡Yo me moriría de miedo si se me aparecerieran!” Aquellas historias siniestras no asustaban a Jeanne, quien dijo, “Si no tomo el atajo del presbiterio, llegaré tarde a mi casa para ordenar la cena. Pero, ¡No te preocupes por mí, Nonon!¡Se arreglármelas con los fantasmas!” Jeanne se alejó decidida y rápidamente, mientras Nonon pensaba, “¡Jeanne siempre ha sido así, digna hija de ‘Luisina la del Hacha’!¡Gente que no temen a nada ni a nadie! E inclusive sienten una terca fascinación por lo horroroso.” En efecto, Jeanne recorría la parte más cercana a la Landa, que era la zona casi desértica de la península de Cotentin, en Normandía, y por tanto más desolada y fría, sin sentir ninguna aprensión, y si iba algo rápido era solo porque anochecía, y no quería llegar tarde a la cena. 
      La única presencia humana que turbaba la soledad de la Landa era un pastor nómada, de esos que abundan en las praderas del oeste de Francia, y cuyo carácter siniestro y genio levantisco, les hace misteriosos y terribles para las sencillas mentes de los campesinos, algunos de los cuales aseguran que son magos, hechiceros o adivinos. Jeanne se acercó a él, y le preguntó, “¿Hace mucho que pasaron las gentes que venían de la abadía, pastor?” Sin responder una palabra, el pastor solo lanzo una mirada llena de odio. Entonces Jeanne recordó haber visto antes aquella cara tosca y sombría. Jeanne lo reconoció, y dijo, “¡Vaya!¡Eres el mismo al que mi marido echó de casa esta mañana, negándose a que cuidaras nuestro ganado! Si vas a mi casa mañana, cuando el señor Le Hardoney, mi marido, haya salido, te daré una hogaza de pan y un trozo de queso.” El hombre dijo, “¡Dale tu pan y tu queso a los puercos!¡Un hombre que vive libre y desprovisto de cualquier cosa que obstruya sus pasos como yo, no necesita la limosna de una burguesa!” Jeanne decidió retirarse digna, pero cautelosamente. El hombre agregó, “No te tocaré, ¡Me sería fácil, en estas soledades hacerte daño y huir, sin que nadie pudiera impedírmelo!” Jeanne tomó una piedra, y el hombre dijo, “¡Déja esa piedra!¡No me acercaré siquiera a ti! Pero, ¡Mi maldición ensombrecerá tu destino, tanto como el de tu avariento marido!” El pastor entonces dijo con voz de maléfico profeta, “¡Nunca olvidaras, señora, esta tarde!¡Su sombra obscurecerá tu camino y vivirás desde ahora marcada por la pasión!” Jeanne se alejó rápidamente de él, pero aún escuchó sus rencorosas palabras, “¡Huye señora Le Hardouey!¡Huye de mi, un pobre pastor! Pero no podrá huir de tu trágico destino.”
     Poco después, Jeanne cenaba en su casa, en compañía de su marido y el cura párroco. Estando los tres en la mesa, Jeanne dijo a su marido, “¿A quién habías invitado, Tomás? Recuerdo que me obligaste poner otro cubierto.” Tomás le dijo, “Al nuevo cura, ese siniestro abate De la Croix-Jugan. ¡Pero por lo visto no somos lo bastante distinguidos como para que acépte sentarse a nuestra mesa!” Al escuchar de nuevo aquel nombre, Jeanne, sin saber porqué, sintió una punzada de angustia. El párroco dijo, “¡Oh, resulta que él estaba invitado con la condesa de Montsurvent!” El cura era un hombre glotón y aficionado al chismorreo, quien agregó, “¡Ah, pero ya que no ha venido el abate De la Croix-Jugan, podré contarles su historia trágica!” Tomás dijo, “¡Cuente, cuente, padre! ¡A mi mujer y a mí nos encantan las historias macabras!” El párroco dijo, “El abate es el cuarto hijo del marqués De la Croix-Jugan. Su familia fue una de las más antiguas y principales del Cotentin. El primogénito heredó el marquesado. El segundo y tercero fueron militares. Y él, como es costumbre, se ordenó sacerdote.” Tomás dijo, “El resto de la historia, ya la sabemos, y consiste principalmente en el enrolamiento del abate en la ‘chuaneria,’ y su trágico intento de suicido.” El párroco agregó, “¡El pobre pagó por esas terribles cicatrices el haber faltado a su ministerio participando en la guerra! Y aún hace penitencia por sus pecados.” Tomás dijo, “¡Pues vaya que es hombre temible el tal cura! Si tal error cometió contra sí mismo, ¿Qué no será capaz de hacer contra sus enemigos?” El comentario sumamente mordaz de su marido irritó súbitamente a Jeanne, quien se levantó diciendo, “¡Él es un ser humano, y como tal, sujeto a imperfecciones, aunque capaz de luchar por sus convicciones con mas valentía y honestidad que muchos de nosotros!¡Así que no tenemos derecho a comentar con ligereza su tragedia!” Jeanne se retiró de la mesa, entonces el párroco dijo, “Nunca había visto tan molesta a doña Jeanne!” Tomas dijo, “¡Je!¡E-es que mi mujer defiende siempre a los aristócratas, hagan lo que hagan!”
     Tomás Le Hardouey, sirvió al cura mas vino, tratando de disimular su turbación, pensado, “¿Qué le ocurriría a Jeanne?¡Ella no es así!” El padre Caillemer, achispado por el vino, recordó una de esas anécdotas de familia que era aficionado a contar y recontar, y dijo, “¿Le he narrado a usted la graciosa aventura que tuvo Luisina la del Hacha, madre de la esposa de usted, con aquellos bandidos?” Tomas dijo, “Sí, padre. Me la ha contado muchas veces.” El párroco dijo, “¡Oh, pues oírla una vez más no te hará daño.”
     La historia, se relaciona con Lope de Feuardent, dueño de uno de los más hermosos castillos del Cotentin, quien salió una mañana de caza, acompañado por sus caballeros. Luisina, hija de la recién muerta ama de llaves, quedó a cargo de la casa. No tardó en presentarse un mendigo, de los muchos que había por la zona, quien le dijo, “¡Patrona, dame un trozo de pan y déjame descansar un poco bajo tu techo!” Luisina sin pensarlo accedió a la súplica, diciendo, ‘Pása buen hombre. Te daré un buen plato de sopa caliente que acabo de cocinar, y un buen vaso de vino.’ El hombre entro diciendo, ‘¡Dios te bendiga!’ Mientras servia la sopa, Luisina vio por el espejo que aquel hombre no tenía buenas intenciones, y la sangre se le heló en las venas, pensado, ‘¡Tiene un cuchillo!’ Luisa dijo, ‘Voy a buscar algo más que darte.’ Luisa se colocó astutamente detrás del intruso levantando un hacha, diciendo, ‘¡Ya encontré algo digno de ti!’ Poco después llegaron los secuaces del bandido disfrazados de mendigos. Uno de ellos dijo, ‘¡Ábrenos la puerta, Jean!¡Deja ya a esa pobre muchacha!¡Ja, Ja, Ja!’ El otro dijo, ‘¡Tenemos que saquear la casa antes de que el amo vuelva!’ De pronto una ventana se abrió. El cuerpo del mendigo había sido arrojado por la ventana y presentaba una horrible herida de hacha en la cabeza. Uno de los hombres dijo, ‘¡Dios mío!¡Es Jean!¡Y está muerto!’ Aquello, y los disparos de Trabuco que Luisina hizo desde la misma ventana, hicieron que los asaltantes huyeran despavoridos, diciendo uno de ellos, ‘¡Vámonos de aquí, Pierre!¡Esta mujer está loca!’
     El cura siempre reía de buena gana cuando contaba esa historia, diciendo, “¡Lope De Fenardent se casó con Luisina al enterarse de eso!¡Ja, Ja, Ja! ¡Ten cuidado, Tomás!¡Je!¡No sea que tu mujer haya heredado el violento carácter de la madre!” A la mañana siguiente, Jeanne salió de la casa campestre. Tras una hora de camino, entró en una modesta cabaña situada a cierta distancia del pueblo. Al entrar, la única habitante de la cabaña, una anciana, exclamó con simpatía, “¡Señorita de De Feuardent!” Jeanne dijo, “¿Cómo se encuentra hoy, mi querída Clot?La anciana dijo, “Con los achaques de siempre y sacando fuerzas no sé de donde para mantenerme viva.” Aquella mujer había sido la amante de un antiguo gentilhombre, y por ello, la gente la despreciaba. La mujer, aún en su vejez, creyó notar en Jeanne algo raro, y dijo, “¿Qué le ocurre hoy? ¡Sus mejillas están rojas como el fuego!” Ella dijo, “Hay algo en mi que no descansa desde ayer en la tarde…tal vez por la maldición de un pastor.” La anciana preguntó, “¿De uno de esos pastores errantes?¡Vamos!¡Usted no ha creído nunca en que realmente tengan poderes sobrehumanos!” Entonces Jeanne contó a su amiga lo ocurrido con el hombre nómada que se encontró cerca del presbiterio viejo, y cuyas palabras continuaban atormentándola, diciendo, “¡Dijo que yo no olvidaría nunca esa tarde! Y…creo que tuvo razón. Pues, ¡ha nacido en mi una terrible obsesión!” Y ante la mirada alarmada e interrogante de Clotilde Mauduit, Jeanne murmuró, “¿Conoce usted a un hombre llamado el abate De la Croix-Jugan?” La anciana dijo, “¡Jehoel De la Croix-Jugan!¡Dios mío!¡Claro que lo conozco! Él acudía al castillo del señor de Haut-Mesnil, mi protector, cuando yo era una mujer madura, y él un jovencito. Pero…me ha dicho que comienza a sufrir una obsesión. Y, en seguida, menciona a Jehoel…además, se ha puesto muy pálida…” Jeanne parecía de pronto una criatura desvalida, avergonzada. La anciana dijo, “Si es el mismo que conocí hace años…olvídelo, criatura. Es un hombre para quien el amor no existe, solo las ideas, solo el orgullo.” Jeanne tomó a la mujer de los hombros y dijo, “No…¡No puede ser amor lo que siento Cloti!¡Usted no sabe! Apenas ayer lo vi…y, su rostro es…es…¡El de un monstruo!”
     Una vez que Jeanne hubo contado a su intima amiga la historia sangrienta del abate, ésta se mostró algo triste y melancólica, y dijo, “Así que el hermoso Jehoel atentó contra su vida, y se llenó el rostro de cicatrices! No pretenda engañarme ni engañarse a sí misma. Querida Jeanne, ¡la deformidad de una cara no puede impedir que una mujer de casta, fuerte e inconforme como usted se apasione por ese abate!” Jeanne, dijo, “P-pero…¡es un sacerdote…!” Cloti le dijo, “Cuando yo lo conocí, era solo un fraile…y ya poseía el don de perder a las mujeres…” Cloti continuó contando su historia, “Solo tomó los hábitos obligado por la tradición de su casa, los De la Croix-Jugan siempre habían consagrado al sacerdocio al último de sus hijos en cada generación. Y él solía visitar el castillo de Haut-Mesnil algunas noches, a pesar de los escandalosos hábitos de su dueño. Nosotras le llamábamos el ‘Fraile Blanco’ a aquel jovencito de cara hosca y seria que sentaba a la mesa con nuestros caballeros y con nosotras. Realmente sus vistas al castillo no eran en busca de placer, pues permanecía ajeno e indiferente a las pasiones que estallaban a su alrededor. No era fácil saber lo que bullía en aquella hermosa cabeza, y él misteriosamente desaparecía en cuanto comenzaban los bailes, las chanzas y las fiestas. Pero pronto notamos que Adelaida Malgy, una de aquellas jóvenes alocadas que vivíamos entre lujos y festines para la diversión del señor de Haut-Mesnil, se había enamorado de Jehoel. Desde la terraza del castillo, al verlo partir, pensaba, ‘¡Dios mío, qué hermoso es!¡Debo conquistarlo o me volveré loca!’ Una noche, Adelaida aprovechó la ocasión, y pensó, ‘¡No puedo esperar más!¡Este es el momento!’ La infortunada creyó que sus ardientes palabras conmoverían a aquel corazón de vidrio, y le dijo, ‘¡Te amo Jehoel!¡Quiero ser tuya!¡Haré lo que tu desees, seré tu esclava con tal de que tu correspondas a mi pasión!’ Todos sentíamos curiosidad por la manera en que aquel jovenzuelo podría responder a los requerimientos de una mujer tan hermosa. Adelaida le dijo, ‘¡Debajo de ese hábito blanco, hay un hombre!¡Y es a ese hombre a quien yo amo!’ Y con inmensa crueldad para mostrar a la pobre mujer cuanto desprecio sentía por su pasión, se puso a tocar un cuerno de caza, haciendo gran estruendo para apagar sus palabras. Y continuó haciendo sonar aquel cuerno, como un ángel vengador, para confundir y humillar a la indefensa Adelaida. Ella nunca se sobrepuso a aquello, y se dejó consumir por dentro languideciendo sin que nadie pudiera evitarlo hasta convertirse en una loca que vagaba en andrajos por las calles del pueblo.”
     Después que Cloti describió la forma en que Adelaida había muerto, murmurando en la agonía el nombre del abate, y sumida en una incomprensible desesperación, Jeanne y ella guardaron un angustioso silencio. De pronto, Cloti puso su mano huesuda y larga sobre la frente ardorosa de Jeanne, y murmuró, “¿Estás ahí Jehoel De la Croix-Jugan?” Un hombre entró a la cabaña diciendo, “¿Quién pronuncia mi nombre?¿Eres tú Cleotilde Mauduit?” El hombre llevaba una toga cubriéndose media cara. Cloti dijo, “¡Jehoel! Justo hablábamos de tu vuelta por estas tierras.” Cloti se arrodilló y Jehoel le tomo de la mano y dijo, “¡Tu eres una de las pocas personas que yo visito en todo Contentin!” Después de besar su mano, Cloti le dijo, “Ella es Jeanne, la hija del señor De Feuardent, que se casó con Luisina, ¿Recuerdas?” Jehoel dijo, “Recuerdo a Feuardent, si. Un digno y admirable gentilhombre.” Jeanne se arrodilló y le besó la mano.
     Durante más de dos horas, el misterioso abate charló con Cloti de los tiempos pasados. Jehoel explicaba, “¡Esos malditos Jacobinos han comprado los castillos, las caballerizas, los cotos de caza…!¡todo!¡Eso era lo que querían!¡Apoderarse de las riquezas que en nombre de la democracia incautaron a los nobles!¡Maldita caterva de canallas!” Jeanne temía que aquel hombre extraordinario que tanto odiaba los revolucionarios acomodaticios, que habían comprado baratos los bienes de la iglesia y los castillos, se enterara de pronto de que ella misma estaba casada con uno de ellos. Jeanne pensó, “¡Me despreciará, cuando sepa que soy la esposa de un antiguo criado de mi padre!” Pero aquel hombre no pensaba en nada que no fuera tomar venganza de aquellos odiados ‘azules,’ que tanto daño habían hecho a la gente que él más quería, y que tan cruelmente le habían tratado cuando agonizaba en casa de la anciana del bosque. 
     El tiempo se fue volando y ya era noche cerrada cuando Jeanne regresó a su casa. Tomas, su esposo, le dijo al llegar, “¡Llegas tarde Jeanne!¡Y, siempre te encuentro aquí esperándome, ¿Qué te ha retrasado?” Jeanne le dijo, “Es que, el abate De la Croix-Jugan, de quien tanto hablaba anoche el padre Caillemer, llegó a casa de Cloti, cuando yo estaba ahí. Charlamos un poco, y luego me acompañó hasta las cercanías de la casa. Lo invité a pasar pero se excusó.” Tomas dijo, “¡Seguramente ese chuan no compartiría la mesa de un ex campesino como yo!¡Je!¡Prefiere visitar a esa cortesana de la Cloti, o a la vieja condesa de Montsurvent! Por cierto que a mí no me agrada que tu visites a la tal Cleotilde Mauduit…¡Todo el mundo sabe que fue la amante de aquel libertino de Haut-Mauduit que enviaron a la guillotina!” En aquel punto, Jeanne no permitía ninguna ingerencia a su marido, y dijo, “Tanto ella como el abate De la Croix-Jugan, e inclusive ese desdichado de Haut-Mesnil fueron amigos de mi padre, ¡Y me agrada hablar con ellos! ¡La pobre Cloti pagó ya todos sus pecados, con lo que le hicieron esos salvajes en la plaza del pueblo!”
     Jeanne aludía a que cuatro Jacobinos, en plena revolución, habían humillado a Cleotilde Mauduit, arrastrándola por las calles del pueblo. Mientras la llevaban, ella gritaba, “¡Suéltenme!¡Yo no he hecho mal a nadie!” Uno de los hombres que la llevaba le contestó, “Has sido la amante y defensora de uno de los aristócratas!¡Ahora veras lo que te espera en premio de ello!” La ataron luego a una estaca en el centro de la plaza. Ella gritaba, “¡Cobardes!¡Ensañarse así con una pobre mujer!” Uno de los hombres le dijo, “¡Calla, perdida!¡O te ira aún peor!” Enseguida, los hombres trajeron unas toscas y enormes tijeras de esquilar. Uno de los hombres le dijo, “¡Ya no serás la mujer más bella de Blancalanda!¡Je, Je, Je!” Y cortaron los largos y hermosos cabellos que comenzaban apenas a teñirse de gris. Desde ese momento de suprema humillación, Cloti comenzó a languidecer y a avejentarse prematuramente. Su rencor, sin embargo y su orgullo, nunca se extinguieron, aunque la parálisis empezó a atacar sus piernas. Jeanne desde su primera entrevista con De la Croix-Jugan, a quien la gente empezaba a llamar, el abate negro, visitaba constantemente y con cualquier pretexto la sacristía. 
     Y aquello no tardó en ser notado por las comadres del pueblo, pues una de ellas dijo, “¿Has visto, Nonon?¡Otra vez la señora de Le Hardouey se ha encerrado ahí con el abate!¡Eso no puede ser bueno!” Nonon le dijo, “Porque hay un interdicto de la diócesis que prohíbe al abate De la Croix-Jugan decir misa y confesar en castigo por haber dejado el convento hace años, y haberse unido a la revuelta de la chuaneria cuando la iglesia, como todos sabemos, no aprueba los derramamientos de sangre.” La mujer le dijo, “¡Así que no puede ser su confesor! Ni mucho menos su consejero espiritual.” Nonon le dijo, “¡Bueno, la verdad es que no creo que Jeanne pudiera tener ningún interés que no fuera espiritual en un hombre tan feo! Cuando muchos jóvenes apuestos de la región la cortejaban de soltera.” La mujer dijo, “Digas lo que digas Nonon…¡El diablo es astuto, y no sabemos de que se vale para hechizarnos y hacernos perder el alma!¡Y, que Dios me perdone, pero…¡Ese abate parece más un ministro de Belcebú, que del señor nuestro Dios!”   
     Lo cierto es que Jeanne no era la misma de antes y quien primero se había dado cuenta de ello era su propio marido, quien preocupado decía a la institutriz, “¿Cómo que aún no ha ordenado la señora los guisos para la cena?¿Pues desde qué hora salió?” La institutriz dijo, “¡Desde medio día, señor!” Jeanne faltaba constantemente a sus deberes de ama de casa, cuando en sus diez años de vida conyugal, Tomás no había tenido más que elogios para ella, a ese respecto. Cuando Jeanne llegó, le dijo, “¡Oh, querido, lo siento!¡Estaba en la sacristía…y se me fue el tiempo sin sentir!” Pero solo ella sabía lo profundo y negro que era el infierno que hervía en su pecho. En la soledad de su habitación Jeanne oraba ante un crucifijo, “¡Jesús mío, ayúdame a resistir!¡No debo amar a un hombre que está consagrado a ti!¡Pero…¡No puedo evitarlo!”
      Una tarde, Tomás la sorprendió llorando sin consuelo junto al pozo de agua. Al verla, le dijo, “¿Qué te ocurre vida mía?¿Porqué estas tan afligida?” ¿Que podía ella decirle a aquel hombre al que, si bien no amaba, había jurado fidelidad? Ella solo dijo, “¡Nada me ocurre!¡Nada!¡Solo quiero estar sola!” No era fácil ocultar que algo venenoso estaba minando la voluntad y la salud de aquella mujer que había sido tan fuerte y tan vigorosa. La misma servidumbre murmuraba entre ellos, y uno de los mayordomos dijo, “¡Parece una sombra!” pero la institutriz le dijo, “Dicen que ese abate feroz la ha embrujado.” Pero, ¿Qué pensaba de todo ello el propio De la Croix-Jugan? ¿Estaba consciente del drama que su propia aparición había provocado? Mientras tanto, el propio De la Croix-Jugan meditaba en su recinto, pensando, “¡Vaya!¡La señora Le Hardonay se ha retrasado!” Cuando ésta llegó, el abate le dijo, “¡La esperaba con impaciencia, señora mía!¡Me alegro que haya venido al fin!” Las palabras de aquel hombre sucintaban profundas emociones en Jeanne Le Hardouey, quien dijo, “¿M-me esperaba?” Pero a él solo le interesaba que su devota admiradora llevara secretos mensajes a otros chuanes, quienes vivían ocultos en poblaciones cercanas. Mientras Jehoel le daba el mensaje decía, “¿Cree que podrá ir mañana mismo a Coutances, y entregar esto al caballero de Touches sin que nadie se entere?” Y ella, incapaz de negarle nada salía de su casa al amanecer con el pretexto de asistir a alguna feria ganadera de la región, para cumplir los peligrosos encargos. Sin duda el abate soñaba en una nueva insurrección contra la República y conspiraba para ello exponiendo a Jeanne a ser fusilada o guillotinada, en caso de que su ingenua participación fuera descubierta.
     Jeanne mentía constantemente a su marido, quien le decía, “¡Tus caballos están agotados!¿A dónde fuiste, Jeanne?” ella le dijo, “¡Oh! A recorrer aldeas de la región para comprar algunas cosas.” La inquietud de maese Le Hardouey aumentaba día a día, pensado, “Dicen que fue a comprar…¡Y no trae ninguna mercancía!¡Dice que fue cerca de aquí, y el sudor de los caballos demuestra lo contrario! Está siempre ausente y esquiva…” La vieja Cloti era la única que se permitía aconsejar a Jeanne, diciéndole, “¡Olvide a ese hombre, niña querida!¡Usted es fuerte, sobrepóngase a la pasión que le inspiró en mala hora!¡No tiene porque sucumbir como la desdichada de Adelaida Malgy! ¡Huya de Jehoel, amiga mía! Él es un hombre cuya fuerza mata, como decía Santa Teresa del demonio, ese abate es, ‘el desgraciado que no ama.’” Pero lejos de escuchar tan sabias palabras, Jeanne seguía posesionada de aquella obsesión auto destructiva, tanto que acudió en busca de ayuda precisamente a aquellos temibles pastores brujos. Cuando encontró al pastor que le había dicho aquella sentencia, en la zona rocosa, Jeanne le dijo, “¡Te daré éste collar, esta cruz de oro que mi marido me regaló, en nuestro primer aniversario, y mi sortija de compromiso!” Jeanne había perdido el orgullo, la dignidad y la cordura. Acercándose al temible pastor nómada, Jeanne le suplicó, “¡Pero haz que Jehoel me áme!¡O bien deshaz el hechizo que hiciste caer sobre mi aquella tarde de vísperas, para que yo pueda dejar de amarlo a él!” El pastor de ovejas, procedió a darle las instrucciones. Ya con más tranquilidad, Jeanne se fue, no sin antes escuchar el recordatorio del pastor, “¡No olvides lo que te he dicho!¡Si logras que él se ponga una camisa empapada de sudor, se enamorará perdidamente de ti, por muy sacerdote que sea!” 
     Pasaron los meses, y Jeanne desconsolada fue a visitar a Cloti, diciendo, “¡Todo ha sido inútil!¡Ese maldito pastor se ha burlado una vez más de mi!¡Dios mío, me he humillado por nada!¡Jehoel De la Croix-Jugan no me ama, ni me amará nunca! Ahora que ya no tiene mensajes que enviar a sus amigos chuanes, él ni siquiera me mira y se niega a recibirme cuando acudo a la sacristía.” La verdad era que las únicas pasiones que alentaban en el corazón del abate, eran la guerra y la venganza. La esperanza de organizar un nuevo levantamiento ya le había abandonado. Jehoel pensada, “¡Esos malditos cobardes se niegan de nuevo a exponer su cabeza por la restauración de la monarquía!¡Prefieren aguantar el oprobio y esconderse!” La indiferencia del abate, que ahora ya no necesitaba a su incondicional para ninguna misión secreta, fue poco a poco minando la poca cordura que le quedaba a Jeanne, quien decía a Cloti, “¡Iré y le suplicaré!¡Me he envilecido tanto, que no puedo perder nada ya!” Cloti le dijo, “¡No haga usted locuras, querida!¡Ese hombre imperturbable sólo le corresponderá con desprecio!¡Ahórrese esa agonía!” Pero Jeanne le dijo, “¡Todo tiene que decidirse esta tarde!¡No puedo esperar más!¡Será Jehoel De la Croix-Jugan quien me prodigue la vida o la muerte!” Cloti dijo, “¡No!” Al ver que no podía detener a Jeanne, Cloti solo murmuró apretando contra su pecho aquel trozo de delantal, “¡Dios mío!¡Ayúdala!”
     Entre tanto, Tomás Le Hardouey regresaba en su caballo de cerrar algunos jugosos negocios en el pueblo de Coutances. Cuando la noche había caído se encontró con un grupo de pastores, a uno de los cuales, casi le echaba el caballo. El pastor se levantó, diciendo, “¡Eh, señor!¡Te cuidado!¡Por poco me atropellas!” Él, como hombre acostumbrado al trabajo, despreciaba profundamente a aquellos seres nómadas y bohemios. Tomás le dijo, “¡Quítate de mi camino vago, si no deseas ser atropellado!” El pastor le dijo, “¡No debes hablar así a quien puede mostrarte lo que otros te ocultan Tomás Le Hardouey!” Aquellas palabras tocaron la llaga abierta en el corazón del celoso marido de Jeanne. Tomás se bajó del caballo y dijo, “¿Porqué abrías de saber algo que los demás me ocultan, piojoso?¡Habla!¡Y aclárame el sentido de lo que has dicho!” Con una sonrisa sardónica y maligna, el pastor extrajo de su chaqueta el collar, la crucecita dorada y el anillo de compromiso, diciendo, “¿Reconoces estas prendas?” Un asombrado Tomás dijo, “¡S-son de Jeanne…de mi Jeanne!” El pastor dijo, “Eran de tu Jeanne, si, pero ahora son mías. Ella misma me las dio para pagarme un hechizo…” Tomás dijo, lleno de cólera, “¿Un hechizo dices?¿Q-qué clase de…?¡No!¡Una dama como mi esposa no puede haberte pedido nada a ti, pobre palurdo, y mucho menos eso!”
       El pastor dejaba caer gota a gota el veneno sobre los oídos y el lacerado corazón del hacendado, diciendo, “Pues…¡Era un sortilegio de amor el que quería!¡Je, Je!¡Para que al abate negro se apasionara por ella, como ella lo está de él!...¡Pero eso no es fácil!” Tomás lo tomó de las ropa y le dijo, “¡Mientes maldito vagabundo!¡Haré que te tragues tales embustes!¡No lograrás enlodar el nombre de mi mujer!” Entonces el pastor sacó un pequeño espejito y dijo, “¿Quieres ver a través de mi magia la verdad?¿Te atreverías a ello?” Y Tomás hipnotizado miró fijamente aquel espejo. Segundos después comenzaron a dibujarse en la luna de aquel objeto mágico, dos siluetas, la de un hombre y una mujer en una estancia y delante de una chimenea… El pastor le dijo, “¿Ves algo?” Tomás dijo, “S-sí…¡Comienzo a ver!¡S-son…son ellos!¡El abate y…y Jeanne!” El pastor dijo, “¿Ves lo que están asando en esa chimenea?¡Mira bien!” Tomás dijo, “U-un corazón!¡Es un corazón!” El pastor le dijo de manera sensual y acercándose a él, “Es su corazón, el de usted, maese Tomás Le Hardouey!¿No se da cuenta?” 
     Como un loco, Tomás montó de un salto en su yegua, y se alejo de aquel maldito lugar, mientras el pastor al verlo alejarse dijo, “¡Je! La virtud de este espejo es hacer que la gente vea en él lo que más teme!” Al llegar a su casa, Tomás preguntó a la institutriz con desesperación, “¿Dónde está mi mujer?” La institutriz le dijo, “¡No lo sé, señor! Salió al mediodía y no ha vuelto ¡Le juro que no dijo a dónde iba!” Tomás volvió a montar en su jaca y se alejó como alma que lleva, no el Diablo, sino todo el infierno dentro. La institutriz solo pensó al verlo alejarse, “¡Dios mío!¿Qué le habrá puesto así?” Minutos después, Tomás se apeaba de un salto ante la casa del abate, gritando, “¡Sal de ahí chuan del demonio!¡Que si aquellos ‘azules’ no lograron matarte, yo te daré tu merecido!” La pobre mujer que atendía a De la Croix-Jugan abrió la puerta, diciendo, “E-el señor abate no está, maese Le Hardouey!¡Salió ayer en la tarde de Blancalanda.” Tomás entró violentamente y reconoció enseguida aquella sala, diciendo, “¡Es el mismo lugar que vi por el espejo mágico del pastor!” Mientras la mujer lo vio alejarse en su yegua, solo dijo, “¡Dios santo, ese hombre trae la muerte en la mirada!” 
     Al amanecer del día siguiente, dos mujeres caminaban en dirección al lavadero…diciéndole una a la otra, “Mire, tía Mariette, allí esta ese siniestro pastor del presbiterio viejo lavando su cuchillo.” Tía Mariette le dijo, “Yo preferiría esperar a que ese pajarraco del mal agüero se alejara de la poza para lavar en ella.” Ambas decidieron, sin embargo, aprovechar el sol brillante que prometía aquel cielo intensamente azul. La mujer dijo, “Si lavamos más tarde, no nos dará tiempo a secar la ropa.” La tía Mariette dijo, “Es verdad…¡Vamos!” Cuando ambas se acercaron, Jehoel les dijo, “¡El agua de esta poza huele a algo que se pudre, señoras!¡Mas vale que no enjuaguen con ella su ropa!” La mujer contestó, “¡Cálla pastor!¡Y no pretendas asustarnos con algunas de tus invenciones tenebrosas!” La tía Mariette dijo, “¿A-algo que se pudre…dices?” Jehoel caminó sigilosamente por el borde de la poza, o contenedor de agua, diciendo, “Aquí debe haber algo…¡Ahí está!¡Ahora puedo verlo muy claramente!¡Es un cadáver!” Cuando aquellas mujeres vieron el cuerpo inerte de la mujer en brazos del pastor, gritaron con angustia, “¡Es Jeanne Le Hardouey!” Pronto fue avisado el cura, que acudió al lugar de deceso, seguido de su corte de beatas…El cura dijo, mientras veía el cuerpo, “¡Qué desgracia, Dios mío!” Una de las beatas agregó, “¡Mi pobre y querida Juanita!” El cura preguntó a las dos lavanderas, “¿Quién la sacó de la poza?” La mujer dijo, “Uno de esos pastores errantes, señor cura, pero cuando nos volvimos, luego de tapar el cuerpo de la pobre señora, ¡Él había desaparecido!” Pronto las campanas comenzaron a tocar a muerto. Cloti llegó después a la casa de Natalie, una de las lavanderas, y preguntó, “¿Quién falleció, Natalie?” la mujer le dijo, “¿No lo sabía, señora Mauduit?!Jeanne Le Hardouey se ahogó en el lavadero, nadie sabe si alguien la mató o ella misma se arrojó  la poza!”
     A la mañana siguiente, el cortejo fúnebre salió de la iglesia, llevando el pueblo en hombros al ataúd de Jeanne, y sin que el marido de ella hubiera aparecido. Mientras tanto, una mujer avanzaba penosamente por una de las callejuelas haciendo un esfuerzo tremendo por alcanzar el cortejo, pensando, “¡Era mi única amiga! Y solo yo se que grado de dolor y desesperación sintió su corazón…” Sus piernas semiparalizadas no se movían con la rapidez que ella necesitaba. Mientras avanzaba, la mujer pensaba, “¡Dios mío, has que llegue a tiempo a besar su ataúd y a besar por ella!” En ese momento se pronunciaban ya las últimas preces por el alma de Jeanne. El padre Caillemr rezaba, “¡Requiescat in pace, por secula seculorum, amén!” Enseguida bendijo la tumba. Cuando él iba a entregar el Hisopo al primer feligrés para que todos pudiera despedir a la difunta con algunas gotas de agua bendita, una mano ansiosa y huesuda se aferró a él, diciendo, “¡Déjeme bendecirla padre!¡Por favor!” Un murmullo de asombro siguió a la aparición de aquella mujer. El padre dijo, “¡Clotilde Mauduit!” Cloti dijo, “¡Solo he venido a despedirme de mi única amiga!” Súbitamente, el rumor de sorpresa se torno en una ola de gritos injuriosos. Un hombre gritó, “¡Que se vaya esa chuana de aquí!” Otra mujer dijo, “¡Ofendes este santo lugar con tu presencia mujer perdida!” Otro hombre agregó, “¡Largo de este sitio inmunda ‘pelada’” Clotilde perdió entonces su aire humilde y contrito, para volverse desafiante y orgullosa, y responder a las injurias de la multitud, diciendo, “¡Si cuando cortaron mi pelo en la plaza, fueron ustedes una turbia de cobardes, veo que siguen siéndolo ahora! Solo la muerte de mi querida Jeanne me ha hecho volver a Dios y arrepentirme de mis pecados, padre. ¡Permítame bendecirla!”  Uno de los hombres tomó una piedra y dijo, “¡Esa sucia concubina de los condes no debe tocar el hisopo!” A aquella primera piedra, siguieron otras muchas que derribaron a la altiva y valiente mujer. Mientras lanzaban las piedras, la turba gritaba, “¡Muerte a la chuana!¡Muerte a la pecadora!” 
     Esa noche, el abate Jehoel De la Croix-Jugan regresaba como jinete en su impresionante montura negra, por la Landa de Lessay. De pronto, la jaca se encabritó, pero él logró controlarla. Jehoel se apeó, y dijo, “¡Veamos qué es lo que te asusta!” Caminó y se acercó a un bulto envuelto, diciendo, “¡Santo Cristo!¡Es Clotilde Mauduit!¡La han asesinado!” Estremecido por las huellas de violencia que había en el cuerpo de la indefensa mujer, la cubrió con su capa oscura, y pronunció algunas palabras rituales, “¡Que el Señor perdone tus culpas y te reciba en tu sagrado seno!” Poco después Jehoel entraba en su casa y enseguida la domestica le informaba, “¡Oh, señor abate, qué bueno que ha llegado!¡Ocurrieron dos terribles desgracias desde que usted se fue! Un grupo de gente enloquecida y rencorosa mató a pedradas a la señora Mauduit, en el cementerio cuando dábamos sepultura a Jeanne Le Hardouey, que se ahogó en el pozo mayor.” Ninguna de las dos tragedias pareció turbar siquiera al abate negro, quien solo dijo, “Sírvame la cena, tía Ingou. Voy a lavarme.” Mientras preparaba la cena, la tía Ingou pensó, “¡Que el señor me perdone pero este hombre debe ser de piedra. Muere la única persona en este pueblo que le recibía en su casa, y se mata por él la pobre esposa de Le Hardouey, y él solo piensa en la cena…”  
      Un mes después la gente llenaba la iglesita de Blancalanda, el día en que se celebraría una misa muy especial. El obispo había retirado ya el interdicto al abate De la Croix-Jugan, y éste volvería a oficiar. Tres mujeres murmuraban en las bancas de la iglesia, una de ellas diciendo, “¿Crees tú que ese hombre se arrepintió realmente de haber casi colgado los hábitos para hacerse chuan?¡Ja! No dudo que, si hubiera otra guerra civil, él estaría a la cabeza de su partido.” La otra mujer le dijo, “¡Ay, querida, solo Dios puede saber lo que se oculta en el alma de un hombre como el abate! Nosotras no somos nadie para juzgarlo.” La imponente personalidad de Jehoel De la Croix-Jugan hizo que los feligreses de Blancalanda oyeran aquella misa con especial devoción y recogimiento. Pero, no solo por eso la misa de ese día, primera que desde hacía diez años oficiaba el sacerdote, iba a ser inolvidable en Blancalanda. En el preciso momento de la consagración, un tiro sonó claramente en la nave de la iglesia. Jehoel De la Croix-Jugan cayó de bruces sobre las escalerillas del altar y un hilillo de sangre comenzó a manar de su cuello. La gente sorprendida y aterrada buscaba inútilmente al asesino. Uno de los hombres presentes dijo, “¿Quién ha podido ser?” Otro dijo, “¡Aún debe estar dentro de la iglesia!” El padre Caillemer se acercó al cuerpo inerte, diciendo, “¡Está muerto!” Todos salieron angustiados, intrigados llenos de espanto.
     Días después varios del pueblo cargaban el ataúd de De la Croix-Jugan, rumbo al cementerio. No se atrapó jamás al asesino, aunque todos creían adivinar quién podía haber odiado tanto al abate negro como para matarlo. La institutriz de Tomás rumoraba, “Yo estoy segura de que fue maese Le Hardouey! Aquella noche sus ojos despedían fuego…” Lo cierto es que Tomás desapareció de la región y nadie volvió jamás a verlo. Su casa, sus posesiones, todo quedó abandonado. E inclusive la abadía de Blancalanda fue clausurada por el abate Caillemer, pues consideró que se había profanado su recinto al cometerse un asesinato en la persona de un sacerdote oficiante, y precisamente en el momento de la consagración. Años después se contaba que en alguna noche tenebrosa y fría, las campanas de Blancalanda tocaban solas como llamando a misa. Algunos curiosos aseguraban haber visto entonces luz que se filtraba desde el interior de la iglesia, uno de ellos diciendo, “¡Vaya!¡Y se supone que está abandonada!” La curiosidad les hacia mirar por las rendijas de la iglesia, diciendo, “¡Caramba!¡Hay un sacerdote oficiando!” Aquel siniestro oficiante se volvía en el momento de la consagración, con el santo copón en las manos…El curioso que espiaba, decía, “¡Dios mío!¡Es él!¡Es su espectro que no tiene descanso!” Como proveniente de un eco lejano, se escuchaba el disparo. Súbitamente, la campana dejaba de sonar, la luz se agotaba y aquella iglesia volvía a ser un edificio silencioso deshabitado. La gente de Blancalanda creía firmemente que De la Croix-Jugan, al haber sido muerto sin que pudiera terminar de oficiar la misa, retornaba de cuando en cuando al lugar de su sacrificio, para volver a comenzar una y otra vez aquel oficio inconcluso, que atormentaría para siempre su alma.  
 
Tomado de Novelas Inmortales, Año VII, No. 349, Julio 25 de 1984. Guión: Dolores Plaza. Adaptación: Remy Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.