Club de Pensadores Universales

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sábado, 27 de junio de 2026

La Aldea de los Muertos, de Ruyard Kipling

 La Aldea de los Muertos, es un cuento de Ruyard Kipling, publicado en 1885, cuyo titulo en inges es The Ride of Morrowbie Jukes. o La Extraña Galopada de Morrowbie Jukes. El cuento fue publicado originalmente en Quartette, el anuario de Navidad de, Civil and Military Gazette, para 1885. Tambien fue publicado en el volumen 5, de, Indian Railway Library, The Phantom Ricksaw

La Aldea de los Muertos

de Rudyard Kipling

Era el 23 de diciembre de 1884, y en Londres todo era alegría y animación. Todos se aprestaban a celebrar la Navidad, en la elegante mansion de la familia Willpole. Dos enamorados platicaban en la sala de la mansion junto al arbol de navidad y a chimenea. Ella dijo, “Estoy muy contenta porque viniste a pasar estas fiestas conmigo, Henry. Desearía que no tuvieras que regresar a la India.” Henry dijo, “Mi amor, será la última vez que separaremos. En unos tres meses habré terminado mi trabajo allá. Justo para la fecha de nuestra boda, mi hermosa y adorable futura esposa. Este tiempo se me hará eterno.” Ella dijo, “Querido, a mí me parece un sueño en transformarme en la señora De Jukes. No volverás a aceptar otro trabajo lejos, ¿Verdad?” Henry dijo, “No. Estar en la India fue una buena experiencia, pero prefiero instalarme definitivamente aquí.” Ella le dijo, “Que alegría escucharte decir eso. Aunque viviendo a tu lado, cualquier lugar sería el paraíso para mí.” La pareja se amaba, y las largas ausencia de el no habían disminuido en nada aquel cariño. Un mes después, Henry estaba en una tienda de campaña, pensando, “Este lugar es un verdadero infierno. El calor agobiante y la soledad, llenan de angustia. Es el peor que me ha tocado.” Henry se encontraba en una región desértica, entre Pakpattan y Mubarraktur, que prácticamente consistía en un extenso arenal. Mientras encendía una pipa, Henry pensó, “Fue una locura haber firmado este contrato. Ahora no tengo alternativa, debo cumplir. ¡Ojalá pueda terminar antes!” Un hombre entró a la tienda y dijo, “Sahib, ¿Desea una bebida refrescante? Hoy hace mas calor que de costumbre.” Henry dijo, “Gracias Dunno, es una bendición tenerte a mi lado. No sé qué haría sin tus servicios.” Dunno dijo, “Para mí es un honor hacerlo, Sahib. Usted ha sido siempre muy bueno conmigo.” Henry dijo, “Y tú, leal y honrado como nadie. Durante estos cuatro años no he tenido la mejor queja de ti.” Dunno dijo, “Ma gustaría seguir atendiéndolo en Inglaterra…si usted quisiera llevare…” Henry dijo, “No dudes que asi será. Le he hablado de ti a mi prometida, y está de acuerdo en que no debo separarme de alguien tan fiel.” Hubo una pausa, y Henry dijo, “Ahora tráeme la bebida que me ofreciste. Me sentare afuera. Aquí hace demasiado calor.” Dunno dijo, “Desgraciadamente no corre ni una leve brisa. Afuera también parece un horno candente.” Efectivamente, el calor sofocante, apenas permitía respirar. Bajo la luna, Henry pensó, “Siento como si tuviera fiebre. La cabeza me da vueltas, y tengo una opresión en el pecho. Han sido demasiados días de trabajo intenso, en mi deseo de terminar pronto, y regresar junto a Ellen. Eso, y el exceso de calor estan minando mi resistencia. Tendré que tomar las cosas con calma.” Henry permaneció sumido en sus pensamientos largo tiempo. Henry pensó, “Empieza a soplar una suave brisa. Es una sensación maravillosa. Ire a cabalgar un poco. Mi pobre Pornic, no ha salido a pasear desde hace dos días.” El animal parecía poseído por una legión de demonios. Sin detener la marcha, subió una empinada cuesta. Cuando llegaron a la cima, Henry pensó, “Cuánto camino hemos recorrido. Ese rio es el Suttey, y queda muy lejos del campamento.” Enseguida, Henry se dirigió a su caballo, y le dijo, “¡Pornic, debemos regresar!¡Detente!” En ese instante, el caballo vaciló, y ambos cayeron a un barranco de arena. Henry gritó, “¡Porniiiiic!” Todo sucedió antes de que Henry pudiera impedirlo. Nada más supo Henry. Y cuando amaneció, Henry solo exclamó, “¡Aaaauch!” Bajo el sol abrazador, Henry dijo, “¿Dónde estoy?...¡Pornic!” Henry escuchó a lo lejos el bramido de Pornic. Aún, medio aturdido, Heny se levantó, y dijo, “Estoy en el fondo de un embudo de arena. Si hubiera sido de piedra, no estaría vivo.” Henry observó minuciosamente el lugar, y pensó, “Debe tener unos cincuenta metros de ancho, por treinta de largo…¡Qué lugar tan extraño!” Enseguida, Henry observó el barranco inclinado de arena, y pensó, “¿Qué serán esos agujeros? Tienen aleros de caña. ¿Quién los habrá hecho, y para qué?” Henry fue a revisar a su caballo, y pensó, “¿Serán cuevas de animales? Quizá es un criadero. ¡Qué olor tan desagradable se respira aquí! Es mejor que me vaya de aquí. El pobre Poric tambien esta impaciente por partir.” Henry montó, e impulsó a su caballo cuesta arriba, pensando, “Vamos Pornic, en unos minutos habremos salido de aqui.” Pero Henry exclamó, “¡Maldición!” y junto con su caballo se fue resbalando cuesta abajo. La segunda tentativa no tuvo más éxito que la primera. Medio ahogado por el torrente de arena, se encontró nuevamente en el fondo del cráter. Después de toser, y limpiarse la arena, Henry pensó, “No hay forma de salir por allí. Tendré que buscar un camino por el curso del rio.” Hanry montó a su caballo, y pensó, “Tiene que haber un lugar por donde pueda abandonar este horrible sitio. Si voy por la orilla, podría…” De repente se oyó un disparo de arma. Henry pensó, “¡Quien disparó? Estuvo a punto de volarme la cabeza.” Henry observo un bote en medio de un lago, y pensó, “Fue desde ese bote que está anclado en medio del rio. Pero, ¿Por qué?” Henry avanzó un poco más en su caballo, y un hombre de turbante volvió a disparar desde el bote. Henry pensó, “No está bromeando. Parece muy dispuesto a matarme, si intento salir de aqui por el rio.” Tras una pausa, Henry pensó, “Estoy en un callejo sin salida. Es imposible escalar esa pared de arena. Si trato de irme por el rio, ese loco disparará hasta acabar conmigo con tal de impedirlo.” Otra bala le advirtió que era urgente retroceder, y lo hizo sin pérdida de tiempo. Enseguida, Henry exclamó, “¡Por todos los santos, esas cuevas estan ocupadas por seres humanos!” El ruido de las detonaciones, habia sacado de sus cuevas a unos seres de aspecto miserable. A continuación, los seres comenzaron a emitir sonoras carcajadas. Las risas de aquellos seres repugnantes, demostraba una burla y alegría desenfrenada. Henry, aun arriba de su caballo, pensó, “¡Malditos miserables, ya verán!” Lléno de colera, Henry se bajó del caballo, y avanzó sobre ellos. Henry comenzó a golpearlos, y uno de los seres dijo, “¡Perdón Sahib!¡Por favor, no nos pegue!¡Discúlpenos!” Después que Hanry se tranquilizó, uno de los seres a quien habia golpeado, se acercó a él, y le dijo, “Sahib, ¿Qué hace usted aquí? ¡Soy Gunga Dass, el telegrafista de Khalasia!” Henry se asombró, y le dijo, “¡Gunga Dass! Pero…¡Eres tú!” La sorpresa de Henry no tuvo límites. Recordó a Gunga cuando le habia conocido tres años antes. En aquella ocasión, Henry recordó que Gunga le extendió la mano, y le dijo, “Sahib, estoy a sus órdenes. Soy el nuevo jefe de esta oficina de telégrafos.” Volviendo al presente, Henry lo miró, y pensó, “¡Qué manera de cambiar! Nada queda de su casta, de su aspecto digno, de su orgullo. Ahora es un verdadero esqueleto. Que aspecto tan horrible. ‘Como un hombre puede transformarse asi?” Enseguida, Henry miró cómo Gunga se disponía a asar a un cuervo desplumado, y pensó, “No puedo creerlo. Gunga se dispone a asar a un cuervo, ¿Sera su comida? ¡Oh, no! Tengo que irme de aquí, ahora mismo.” Henry se acercó, a Gunga, y le dijo, “Gunga, dime, ¿Cómo salir de éste lugar espantoso?” El hombre pareció no escucharlo, y Hewnry sintió que la furia volvía a dominarlo, y le dijo, “¡Te he preguntado como irme de aquí!” Guga le dijo, “Señor, hay dos clases de hombre, los vivos y los muertos. Si usted aparentemente muere, pero no lo está cuando lo llevan al templo para incinerar…entonces, viene a este lugar.” Hanry pensó, “¡Oh, no! Entonces es verdad lo que me contó un brahmín en Bombay. Me dijo que habia aquí en la India, un lugar donde eran conducidos los que, por desgracia, volvía a la vida después de un ataque de catalepsia, o de una muerte aparente. Yo me reí, creyendo que era un ciento. Pero ahora estoy en ese sitio.” A Henry le recorría escalofríos de espanto al darse cuenta de su terrible situación. Henry pensó, “No puedo quedarme aquí. Yo estoy vivo. Voy a casarme, a ser feliz. ¡Esto es una pesadilla!” Entonces Henry le dijo, “Gunga, ¿Por qué estas aqui? ¿Porque te trajeron?” Gunga le dijo, “Durante la epidemia del colera, a la gente se le llevaba a quemar, aun antes de que muriera. Y si durante el trayecto, el enfermo recobraba el ánimo, y trata de incorporarse para evitar que lo llevaran al templo, le rellenaban la boca y la nariz con fango, para que muriera. Si a pesar de ello, el deseo de vivir daba fuerzas, s ele ponía más lodo.” Gunga comenzó su relato, “Así me sucedió a mí. No quería morir y luche con todas mis fuerzas. Mientras intentaban echarme lodo en la boca, yo gritaba, ‘¡Déjenme!¡No me quemaran, estoy vivo!’ Yo como brahmín, tenía el orgullo de mi casta. Yo gritaba, ‘Suéltenme asesinos. No pueden matarme.’ Me regresaron al hospital, y cuando estuve bien, un enfermero dijo al médico, ‘Él ya no debe estar aquí. Terminará de reponerse en Okara. Tú estarás encargado de él, hasta su destino.’ Entonces viajé en tren, y en Okara, me unieron a otros dos hombres como yo. Uno de ellos me dijo, ‘¿Sabes a donde nos llevan?’ Yo le dije, ‘No, pero supongo que a un lugar donde recobraremos por completo la salud.’ Nos subieron a un carromato, y viajamos toda la noche. En la madrugada, nos hicieron descender del carro, cuando de repente, escuché a uno de los que íbamos, decir, ‘¡Nooo! ¡Es la aldea de los muertos!’ Otro de los hombres dijo, ‘No nos lancen allí. ¡Nosotros estamos vivos!’ Pero nuestro destino estaba decidido, como el de todos los muertos vivos. Asi, nos lanzaron al barranco de arena, hasta que llegamos hasta el fondo.” Gunga terminó de narrar su relato, y dijo, “Hace dos años que estoy aquí…yo era brahmín y tenía orgullo. Ahora cómo cuervos.” Henry le dijo, “¿Y no hay manera de salir de aquí?” Gunga dijo, “No. Yo he hecho toda clase de tentativas y los demás tambien. Imagínese si no querrán irse.” Gunga dijo, “Todos hemos tenido que darnos por vencidos, pues al intentar escapar, las arenas se precipitan sobre nosotros impidiéndolo.” Henry dijo, “Pero la parte del rio está abierta. Bien vale la pena exponerse a las balas…además de noche…” Gunga dijo, “Es imposible escarparse aqui. Haga la prueba y lo comprobará.” Un espantoso terror, que en vano intentó disimular, se apoderó de Henry. Henry pensó, “¿Que voy a hacer? No es posible que tenga que pasar aquí el resto de mi vida. ¡No, eso no!” La desesperación le hizo perder la calma y corrió hacia la montaña de arena, gritando, “¡No me quedareee!¡Nooooo!” A nadie pareció importarle, ni impresionarle aquella exhibición de angustia. Henry rodó hacia abajo, siendo arrastrado por la arena. Henry exclamó “¡Aaaaahh…!¡Maldición…!¿Porquéee?” Henry blasfemó, oró alternativamente, e iba del arenal rumbo a las márgenes del rio. Henry comenzó a gritarle al barquero, “¡Señor, ayúdeme…! ¡Maldición, quiero irme de aquíiii!” A continuación, Henry recibió por respuesta, una lluvia de balas, comenzó a retroceder, y dijo, “Me matarán…quizá sea lo mejor…” Henry regreso al arenal y comenzó a patear en la arena. Gunga le dijo, “Calmese, nada gana con actuar asi, solo agotarse.” Henry se dejó caer. Estaba exhausto. Ya era media mañana, y desde el día anterior no probaba bocado. Henry dijo, “Gunga, necesito comer algo. ¿Puedes conseguirme con qué aplacar mi apetito? Te pagaré.” Gunga se arrodilló junto a Henry y dijo, “Deme todo el dinero que tenga, o lo dejaré morir de hambre.” Henry pensó, “Este canalla es de cuidado. Debería de darle un par de bofetadas, para que me respetara. Pero no puedo pelearme con la única persona que podría serme útil. Mejor hago lo que quiere. Al fin, el dinero no me servirá.” Henry le dio unas monedas de oro, y le dijo, “Toma, es todo lo que tengo.”  Gunga dijo, “Diez rupias…bueno. Le traeré algo. Espere aquí.” Henry pensó, “No comprendo para qué quiere el dinero. Aquí vale menos que nada.” El hombrecillo no tardo en regresar. Gunga entrego un caso a Henry y dijo, “Tome, y que le aproveche.” Con esfuerzo, Henry comenzó a comer el pedazo de pan duro y medio acido. Henry pensó “Todos me miran con desdén, y Gunga es el peor. Se burla de mí.” A pesar de todo, Henry le hizo preguntas tras pregunta sobre aquel funesto lugar. Gunga le dijo, “Nadie ha logrado salir de esta aldea. Puede estar seguro que nunca nadie lo hará.” Henry pensó, “Lo dice por el temor que sabe, estoy padeciendo. Quiere aumentar mi terror.” Gunga acentuaba maliciosamente sus palabras, como si experimentara un placer diabólico al ver la impresión que producían. Henry le dijo, “Cuando mis criados vean que no regréso, me buscarán por cielo y tierra. No descansarán hasta encontrarme.” Henry hizo una pausa, y agregó, “Y te aseguro que ésta horrible aldea desaparecerá de la faz de la tierra después de que me hayan rescatado.” Henry apuntó con su dedo índice a Gunga, y dijo, “Además, recibirá usted lecciones de cortesía.” Gunga rió, y dijo, “¡Ja, Ja, Ja! No quedará vivo uno solo de sus criados, si se atreven a acercarse a este lugar.” Hubo una pausa de silencio, y enseguida Gunga dijo, “Usted ya es un hombre muerto. Cayó aquí por casualidad, pero eso no importa. Ya está muerto y sepultado.” Henry le dijo, “Gunga, ¿Cómo pueden sobrevivir? Es imposible que se alimenten solo de cuervos.” Gunga le dijo, “De tiempo en tiempo, arrojan provisiones. Todos luchan como fieras disputándoselas.” Henry exclamó, “¡Oh, no es posible tanta miseria!” Gunga dijo, “Ya lo vera. Usted formará parte de los que se pegan, muerden, y arañan por algo de lo que lanzan desde arriba. Pero, ¿para qué contarle lo que vera por sí mismo? Le sobrará tiempo para comprobar mis palabras.” Con satisfacción morbosa, Gunga le explicaba lo que significaba estar en ese terrible lugar. Henry pensó, “¡Dios mío, ayúdame! Es tal mi terror, que siento en el pecho un dolor como si tuviera una espada clavada.” Las horas pasaron muy lentamente. Gunga se puso de pie, y Henry dijo, “Deben ya ser como las cuatro. Deje mi reloj en el campamento. Ni siquiera puedo estar seguro de la hora.” Entonces Gunga dijo, “Voy a ir a cazar cuervos. No estaría de más que usted aprendiera. Pues tendrá que proveerse de comida.” Entonces Henry le dijo, “¿Y el dinero que te di? ¡Te pague para que me alimentes!” Gunga le dijo, “Lo haré por un tiempo…¿Y luego? Al fin tendrá que cazarlos. Dé gracias que hay cuervos para comer.” Entonces Henry vio a Gunga alejarse, y pensó, “Con el mayor placer del mundo lo estrangularía. Pero es mejor que oculte mi odio y resentimiento.” Una hora después, Henry comía cuervo asado, ate la mirada irónica de Guna. Los demás habitantes de la aldea, tambien saciaban su apetito. Henry pensó, “Todos son la viva imagen de la fatalidad. ¡Y cómo no! No hay esperanzas, ni futuro. No hay nada, solo muerte.” De repente, alguno de aquellos infelices tenía un acceso de furro y rebeldía, y se lanzaba hacia la montaña de arena, tratando de escapar de ese lugar. El hombre trataba de escalar en vano, gritando, “¡Quiero salir de aquiiii!” Al verlo, Henry pensó, “Nadie se impresiona. Ni siquiera vuelven la cara para mirar. Ya no tienen sentimientos. Estan muertos en vida.” Durante la tarde, Henry observo por lo menos seis explosiones de desesperación, y tapando sus ojos con sus manos, pensó, “No podré soportarlo. Ver esto, día tras día, es demasiado.” Al ver la desesperación de Henry, Gunga se acercó y dijo, “Usted y yo vamos a poner las cosas en claro. El dinero que me dio le alcanzara para que lo alimente siete semanas. Después, tendrá que arreglárselas solo. Por lo tanto, será mejor que empiece a aprender cómo hacerlo. También quiero que sepa que estoy dispuesto a permitirle que ocupe la cueva contigua a la mía. Y le proporcionaré heno, para que prepáre la cama. Todo eso a cambio de sus botas.” Henry le dijo, “Muy bien, Acépto lo primero, pero…” Henry se acercó a Gunga y le dijo, frente a su cara, “Nadie en el mundo será capaz de impedir que te mate ahora mismo, y me quede con lo que tienes, si intentas quitarme mis botas. Entrare en la cueva que me plazca, y me instalaré allí, ¿Qué dices?” Para beneplácito de Henry, Gunga cambió de inmediato de actitud, y dijo, “No se moleste. Se hará como usted quiera. Yo sólo le proponía…pero está bien…” Tras eso, Henry pensó, “Por el momento, soy el más fuerte. Puedo imponer mis condiciones, por lo menos un mes y medio. Tengo que conservar la salud y las fuerzas, mientras vienen a rescatarme…si es que lo hacen…” Esa noche, en la estrecha cueva, Henry procuró conciliar el sueño, pensando, “Es imposible. Esto parece un ataúd y el olor no puede ser más espantoso. Tengo que irme de aquí. Voy a intentarlo.” Al salir de la cueva, todo era silencio. Henry miró hacia el rio y pensó, “El bote no está. Es mi oportunidad. Solo necesito dar unos cuantos pasos, y seré libre.” Sin vacilar, Henry se acercó a su objetivo, y se dijo, “Iré vadeando las aguas, hasta llegar a la orilla del rio. Luego me será más fácil encontrar un camino.” De repente Henry cayó en una trampa de la naturaleza, y exclamó, “¡Oh, no! ¡Sn arenas movedizas, ayúdame!” Desesperado Henty luchó para que no lo tragara el traicionero pantano. Por fin, agotado con el terror vibrando en todo su ser, logró salir. Gunga, quien lo estaba viendo, rió y dijo, “¡Ja, Ja, Ja! ¡No debió intentarlo! Empiece a resignarse. No tiene alternativa.” Entonces, Henry le dijo, “Gunga, ¿Para qué está el bote de guardia, si no se puede salir de ningun modo?” Gunga dijo, “Solo se ve durante el día, porque hay una salida, pero nunca nadie la ha encontrado.”  Gunga agregó, “No se desespere. Ya vera como encontrará de su agrado, éste lugar cuando pasen los años, y hay comido muchos cuervos. ¡Ja, Ja, Ja!” Sin decir nada, con paso vacilante, Henry regresó a su cueva. Y al día siguiente, Henry salio de su cueva solo para presenciar una sorpresa. Henry dijo, “¡Malditos, mataron a mi caballo!¡Canallas asesinos!” Gunga le dijo, “No se enoje Sahib. El mayor bien del mayor numero, es el principio que acatamos aqui.” Henry tuvo que soportar que el cuerpo de Pornic fuera dividido y repartido. Henry dijo furioso, “Los mataría a todos. ¡No son personas, son bestias!” Gunga dijo, “Le impresionan, ¿Eh? Ya se acostumbrará. Le aseguro que…” Henry le dijo, “¡Cállate! O te juro que te mato si continúas mortificándome.” Gunga dijo, “Es mejor que acepte su destino. Usted estará aquí hasta que muera, como el otro Sahib.” Henry lo tomo del brazo y le dijo, “¿A que otro Sahib te refieres, cerdo? ¡Habla y no te detengas para urdir una mentira!” Gunga dijo, “Su cuerpo aún está en la cueva. Es la cuarta a la izquierda de la mía.” Henry le dijo, “Dime lo que sepas de ese hombre. ¿Quién era? ¿Cuándo vino? ¿Cuándo murió?” Gunga dijo, “No diré nada…a menos que me dé algo.” La furia de Henry llegó al límite. Henry lanzó un golpe a la cara de Gunga, diciendo, “¡Toma, esto es lo que te daré!” Gunga cayó quedando uno minutos atontado. Luego, Gunga dijo, “Perdón, no se enoje. Yo no quería molestarlo. Se lo juro. Lo llevaré a donde esta ese hombre.” Gunga lo guio hasta una cueva, y apuntando hacia ella, dijo, “No sé nada de él. Quería salir de aquí, como fuera, y lo mataron los rifleros del bote.” Gunga agregó, “Yo traté de convencerlo de que no…” En ese momento, Henry le dio un puñetazo en el estómago, sin dejarlo terminar. Gunga exclamó, “¡Aaaah!” Henry le dijo, “¡Estoy seguro que le robaste todo lo que tenía, pero yo voy a averiguarlo.” Gunga se arrodilló frente a Henry. Henry le ordenó, “Entra y saca al muerto ahora mismo.” Gunga le dijo, “¡No me obligue a eso! Yo soy un brahmín de alta casta. ¡Se lo suplico, no me obligue!” Pero Henry no estaba para suplicas y lamentos. Henry comenzó a patearlo, y le dijo, “¡Entra y no salgas de ahí, sin el muerto!” Pasados unos minutos, Gunga salio con un cadáver que la arena habia momificado. Gunga dijo, “Esas cosas estaban en la cueva.” Henry llevo su mano a la nariz, y pensó, “Debe haber tenido entre treinta y cuarenta años, su pelo era rubio.” Tras revisar sus pertenencias, Henry pensó, “Una pipa, un cortaplumas, un anillo con las iniciales, B…F… una libreta y una pluma…” Henry guardo la libreta. Llevó los otros objetos a la cueva. Mientras Gunga aun cargaba el cadáver, Henry dijo, “Gunga, llevaremos al cadáver cerca del rio. Lo voy a dejar caer en el arenal movedizo. Es la única sepultura que puedo ofrecerle.” Cuando llegaron al lugar, Henry tomo el cadáver y dijo, “¡Vete, déjame solo!” Gunga dijo, “Si…si…Sahib.” Gunga se retiró, y Henry pensó, “Lo menos que puedo hacer, es sepultarlo sin que esté presente esté pícaro.” Mientras intentaba moverlo hacia el pantano, la podrida tela de la camisa del cadáver se rompió. Henry pudo ver algo, y pensó, “¡Este hombre fue muerto a quemarropa! Le dispararon por la espalda. La camisa se la pusieron después.” Henry le revisó la espalda, y pensó, “No lo asesinaron los del bote, fue alguien de la aldea. Seguramente fue Gunga Dass. Y lo debo haber hecho con la propia arma de este pobre infeliz.” Sintiendo una gran angustia, Henry arrojó el cadáver, y pensó, “¡Cuanto debe haber padecido en este lugar! Lo mismo que estoy sufriendo yo.” Cuando el cadáver desapareció, como un autómata, saco la libreta y comenzó a hojearla. Henry pensó, “Nada interesante…la escritura es prácticamente ilegible.” De pronto, Henry pensó, “Aquí hay un papel…está muy doblado…al parecer, su intención fue ocultarlo en este lugar.” Henry continuó leyendo en su pensamiento, “Cuatro fuera del montículo de las cañas. Tres a la izquierda. Nueve hacia afuera. Dos a la derecha. Tres atrás. Seis a la derecha…¿Qué significara esto? No comprendo nada. Tengo la impresión de que es una clave. Pero, ¿de qué?” De pronto, Henry levantó la vista, y vio a Gunga observándolo con avidez. Gunga le dijo, “¿Lo encontró…? ¿Me dejaría verlo…? Juro que se lo devolveré.” Henry dijo, “¿De qué hablas? ¿Qué me vas a devolver?” Gunga le dijo, “Eso que tiene en la mano nos servirá a los dos. Yo no pude encontrarlo. Por eso maté al hombre, por ese papel.” Henry pensó, “Él fue, y me lo dice con toda tranquilidad.” Henry apretó las mandíbulas, y mantuvo la calma. La moral no conserva todos sus fueros en el mundo de los muertos que ven. Entonces Henry dijo, “No comprendo una sola palabra. ¿Qué quieres que te dé?” Gunga dijo, “El papel. ¿No comprende lo que significa? Allí está indicado el camino para escapar.” Henry dijo, “¿Cómo? ¿Hablas en serio?” Gunga le dijo, “Lea en voz alta. ¡Le suplico que lo haga! Estoy seguro de que allí lo escribió.” Henry obedeció, y comenzó a leer la carta en voz alta, “…cuatro a la derecha…seis a la…” Gunga marcaba algo en la tierra, con su dedo, y entonces dijo, “¡Sí es! La medida es el tamaño de la escopeta sin la culata. Yo tengo los dos cañones.” Gunga hizo una pausa, y luego dijo, “Mire, cuatro cañones desde este lugar hacia afuera. ¿Entiende? Después a la izquierda.” Gunga continuó, “Ahora comprendo lo que hacia ese hombre, noche a noche. Durante un año trabajó buscando la única ruta que hay para escaparse. Me dijo que lo haríamos juntos, pero yo tuve miedo de que me dejara. Además, no conviene que cualquiera pueda escapar. Yo solo que soy un brahmín, puedo tener ese derecho. Pero él habia ocultado bien ese papel, y por más que lo busqué, no pude encontrarlo. Y ahora usted lo tiene. Podemos irnos esta misma noche. Allí está indicado por donde debemos pasar para evitar la arena movediza. Ese hombre fue estudiando el terreno, pulgada por pulgada.” Entonces, Henry le dijo, “¿Por qué no escapó, si tenía la ruta?” Gunga dijo, “Él me habia dicho, que aún le faltaba un pedazo por revisar, que en una noche lograría hacerlo. No lo creí. Estoy seguro que esa noche se iba a marchar dejándome. Y por eso lo maté. Pero entre usted y yo es diferente. Ambos nos necesitamos. Usted tiene el papel, y yo los cañones de la escopeta, que son la medida.” Henry dijo, “Gunga, seremos libres. Podremos irnos. ¡Oh, Dios! ¡Casi no lo puedo creer! Es maravilloso.” El resto del día se hizo eterno, para Henry, quien veía pasar las horas con una lentitud atormentadora. Al caer la tarde, Henry vio como el bote con los guardias se alejaba. Henry pensó, “Mañana ya no estaré aquí. Seré nuevamente un vivo entre los vivos.” Luego, los infortunados habitantes de la aldea, fueron entrando en sus cuevas. Henry pensó, “Este lugar debe desaparecer. Me encargaré de ello cuando salga de aqui. Esta pobre gente debe volver a la vida.” A las diez de la noche, la luna como un disco de plata, alumbraba la silenciosa aldea. Entonces Henry dijo a Gunga, “Es el momento, Gunga. Ve por los cañones de la escopeta.” Cuando Gunga regresó, ambos se pusieron en marcha. Entonces, Henry dijo, “Espera, voy a leer, para ver donde tenemos que empezar a medir.” Avanzando, sin mirar que habia una rama en su camino, con la que se podía tropezar, Henry dijo, “Debemos tener cui…¡Aaagh!” Gunga se agachó a recogerlo, y de inmediato, como un relámpago, su mente se iluminó, y tomó la gruesa rama para agredir a Henry. Henry gritó, “¡Gunga, nooo!” Pero era tarde para evitarlo. Gunga asestó un fuerte golpe con la rama en la nuca de Henry. Mientras Henry yacía tendido en el suelo, Gunga tomo el pedazo de papel, y dijo, “¡Es mío!¡Solo mío! Nadie debe escapar de aquí, solo yo lo lograré. ¡Nadie más, nunca lo hará!” Y mientras Henry quedaba sin sentido en el suelo, Gunga seguía las instrucciones del papel en voz alta, “…tres a la izquierda…debo ir con mucha precaución…tengo tiempo hasta el amanecer.” Cuando Henry volvió en sí, trató de incorporarse, y dijo, “Mi cabeza…¡Oh, no…Gunga! ¡El maldito me dejó aquí para siempre!” Henry comenzó a llorar, y dijo, “Dios mío, apiádate de mí. Envíame la muerte ahora mismo, no quiero vivir aquí…¡Por favor!” Con paso vacilante, Henry se dirigió a las cuevas, pensando, “Malvado granuja. Ya debe de estar libre…libre…” De repente, Henry escuchó una voz lejana desde lo alto, “Sahib…Sahib.” Henry pensó, “Esa voz…estoy soñando…es la de Dunno.” Henry levantó su cabeza hacia la cima del monte de arena, y gritó, “¿Dunnoooo?” un hombre lanzó una cuerda desde arriba, diciendo, “Sí, Sahib. He traído una cuerda. Póngasela debajo d ellos brazos. Lo sacare de allí.” Acto seguido, Henry vio descender la cuerda de piel, con un nudo corredizo en el extremo. Dunno le gritó desde arriba, “¡Rápido, Sahib! No hay tiempo que perder.” Momentos después, Dunno empujaba con fuerza, jalando la cuerda, diciendo, “¡Aaaaggg! ¡Ya falta poco, Sahib!” Medio asfixiado, Henry llegó a la superficie. Henry dijo, “¡Dunno. Me has salvado…yo…” Dunno le dijo, “Sahib, tenemos que alejarnos lo antes posible de aquí. Tengo listos dos caballos.” Ambos montaron, y mientras avanzaban, Henry dijo, “¿Cómo supiste donde estaba?” Dunno le dijo, “Al ver que no regresaba, Sali a buscarle. Al amanecer, vi las huellas de Pornic, que me llevaron hasta la aldea de los muertos. Fui a avisar a los otros criados, pero se negaron a ayudarme. Dijeron que serian castigados, si alguien se enteraba de ello. Decidí rescatarlo yo solo. Temía tanto no logarlo. Por suerte, lo vi a la luz de la luna.” Henry dijo, “Dunno, nunca podre agradecerte lo que has hecho por mí. Estuve a punto de suicidarme.” Dunno dijo, “Habia oído hablar de ese lugar, pero jamás me habia acercado. Todo el mundo le tiene pavor.” Henry dijo, “Y con toda razón, Dunno. Es el mismo infierno. Allí, hasta el mejor hombre se transforma en una bestia.” A continuación, Henry le contó de Gunga Dass. “Debi de haber imaginado lo que haría. Por ese papel mató a un hombre. Además, no quería que nadie más que él huyera. Pero yo no me quedaré tranquilo, hasta que esa espantosa aldea desaparezca. Esa increíble que exista un lugar como ese.” Dunno dijo, “Es una costumbre que viene de tiempos inmemoriales, pero que ya debería abolirse, Sahib.” Entre tanto, Gunga seguía buscando la salida de la aldea, siguiendo las instrucciones del papel. Estando frente al inicio de un gran pantano, Gunga dijo, “Hasta aquí llegan las señales. Tenía razón cuando dijo que le faltaba estudiar un pedazo. Pero no es mucho. Si voy con cuidado, llegaré al río. Aún tengo tiempo suficiente.” Logró avanzar como un metro cuando, Gunga exclamó, “¡Aaaah!” Las aguas lodosas del pantano, empezaron a tragarlo, poco a poco. Gunga gritaba, “¡Aaaaaah!¡Socoroooo!” Habia matado a un hombre, y traicionado otro por nada. Jamás logro abandonar la Aldea de los Muertos. Henry Jukes fue el junco que logró escapar del espantoso lugar donde enviaban a los muertos que no mueren, pero que ya no viven. Sentado ya dentro de su tienda, Henry pensó, “Mañana mismo empezaré esa tarea. La aldea tiene que desaparecer. No pueden matar a la gente en vida.” Cuando Henry abandonó la India, lo hizo con la satisfacción de saber que la aldea de los muertos, ya no existía.

Tomado de, Joya de la Literatura. Año X. No. 189. noviembre 1, de 1992. Guión: Herwigd Compte. Adaptación: Emmanuel Hass. Segunda Adaptacion: José Escobar.      

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