La Aldea de los Muertos, es un cuento de Ruyard Kipling, publicado en 1885, cuyo titulo en inges es The Ride of Morrowbie Jukes. o La Extraña Galopada de Morrowbie Jukes. El cuento fue publicado originalmente en Quartette, el anuario de Navidad de, Civil and Military Gazette, para 1885. Tambien fue publicado en el volumen 5, de, Indian Railway Library, The Phantom Ricksaw
La Aldea de los
Muertos
de Rudyard Kipling
Era el 23 de diciembre de 1884, y en
Londres todo era alegría y animación. Todos se aprestaban a celebrar la
Navidad, en la elegante mansion de la familia Willpole. Dos enamorados
platicaban en la sala de la mansion junto al arbol de navidad y a chimenea.
Ella dijo, “Estoy muy contenta porque viniste a pasar estas fiestas conmigo,
Henry. Desearía que no tuvieras que regresar a la India.” Henry dijo, “Mi
amor, será la última vez que separaremos. En unos tres meses habré terminado mi
trabajo allá. Justo para la fecha de nuestra boda, mi hermosa y adorable futura
esposa. Este tiempo se me hará eterno.” Ella dijo, “Querido, a mí me
parece un sueño en transformarme en la señora De Jukes. No volverás a aceptar
otro trabajo lejos, ¿Verdad?” Henry dijo, “No. Estar en la India fue una
buena experiencia, pero prefiero instalarme definitivamente aquí.” Ella le
dijo, “Que alegría escucharte decir eso. Aunque viviendo a tu lado, cualquier
lugar sería el paraíso para mí.” La pareja se amaba, y las largas ausencia
de el no habían disminuido en nada aquel cariño. Un mes después, Henry estaba
en una tienda de campaña, pensando, “Este lugar es un verdadero infierno. El
calor agobiante y la soledad, llenan de angustia. Es el peor que me ha tocado.”
Henry se encontraba en una región desértica, entre Pakpattan y Mubarraktur, que
prácticamente consistía en un extenso arenal. Mientras encendía una pipa, Henry
pensó, “Fue una locura haber firmado este contrato. Ahora no tengo
alternativa, debo cumplir. ¡Ojalá pueda terminar antes!” Un hombre entró a
la tienda y dijo, “Sahib, ¿Desea una bebida refrescante? Hoy hace mas calor
que de costumbre.” Henry dijo, “Gracias Dunno, es una bendición tenerte
a mi lado. No sé qué haría sin tus servicios.” Dunno dijo, “Para mí es
un honor hacerlo, Sahib. Usted ha sido siempre muy bueno conmigo.” Henry
dijo, “Y tú, leal y honrado como nadie. Durante estos cuatro años no he
tenido la mejor queja de ti.” Dunno dijo, “Ma gustaría seguir
atendiéndolo en Inglaterra…si usted quisiera llevare…” Henry dijo, “No
dudes que asi será. Le he hablado de ti a mi prometida, y está de acuerdo en
que no debo separarme de alguien tan fiel.” Hubo una pausa, y Henry dijo, “Ahora
tráeme la bebida que me ofreciste. Me sentare afuera. Aquí hace demasiado
calor.” Dunno dijo, “Desgraciadamente no corre ni una leve brisa. Afuera
también parece un horno candente.” Efectivamente, el calor sofocante,
apenas permitía respirar. Bajo la luna, Henry pensó, “Siento como si tuviera
fiebre. La cabeza me da vueltas, y tengo una opresión en el pecho. Han sido
demasiados días de trabajo intenso, en mi deseo de terminar pronto, y regresar
junto a Ellen. Eso, y el exceso de calor estan minando mi resistencia. Tendré
que tomar las cosas con calma.” Henry permaneció sumido en sus pensamientos
largo tiempo. Henry pensó, “Empieza a soplar una suave brisa. Es una
sensación maravillosa. Ire a cabalgar un poco. Mi pobre Pornic, no ha salido a
pasear desde hace dos días.” El animal parecía poseído por una legión de demonios.
Sin detener la marcha, subió una empinada cuesta. Cuando llegaron a la cima,
Henry pensó, “Cuánto camino hemos recorrido. Ese rio es el Suttey, y queda muy
lejos del campamento.” Enseguida, Henry se dirigió a su caballo, y le dijo,
“¡Pornic, debemos regresar!¡Detente!” En ese instante, el caballo vaciló,
y ambos cayeron a un barranco de arena. Henry gritó, “¡Porniiiiic!” Todo
sucedió antes de que Henry pudiera impedirlo. Nada más supo Henry. Y cuando
amaneció, Henry solo exclamó, “¡Aaaauch!” Bajo el sol abrazador, Henry
dijo, “¿Dónde estoy?...¡Pornic!” Henry escuchó a lo lejos el bramido de
Pornic. Aún, medio aturdido, Heny se levantó, y dijo, “Estoy en el fondo de
un embudo de arena. Si hubiera sido de piedra, no estaría vivo.” Henry
observó minuciosamente el lugar, y pensó, “Debe tener unos cincuenta metros de
ancho, por treinta de largo…¡Qué lugar tan extraño!” Enseguida, Henry
observó el barranco inclinado de arena, y pensó, “¿Qué serán esos agujeros?
Tienen aleros de caña. ¿Quién los habrá hecho, y para qué?” Henry fue a
revisar a su caballo, y pensó, “¿Serán cuevas de animales? Quizá es un criadero.
¡Qué olor tan desagradable se respira aquí! Es mejor que me vaya de aquí. El
pobre Poric tambien esta impaciente por partir.” Henry montó, e impulsó a
su caballo cuesta arriba, pensando, “Vamos Pornic, en unos minutos habremos
salido de aqui.” Pero Henry exclamó, “¡Maldición!” y junto con su
caballo se fue resbalando cuesta abajo. La segunda tentativa no tuvo más éxito
que la primera. Medio ahogado por el torrente de arena, se encontró nuevamente
en el fondo del cráter. Después de toser, y limpiarse la arena, Henry pensó,
“No hay forma de salir por allí. Tendré que buscar un camino por el curso del
rio.” Hanry montó a su caballo, y pensó, “Tiene que haber un lugar por
donde pueda abandonar este horrible sitio. Si voy por la orilla, podría…” De
repente se oyó un disparo de arma. Henry pensó, “¡Quien disparó? Estuvo a
punto de volarme la cabeza.” Henry observo un bote en medio de un lago, y
pensó, “Fue desde ese bote que está anclado en medio del rio. Pero, ¿Por
qué?” Henry avanzó un poco más en su caballo, y un hombre de turbante
volvió a disparar desde el bote. Henry pensó, “No está bromeando. Parece muy
dispuesto a matarme, si intento salir de aqui por el rio.” Tras una pausa,
Henry pensó, “Estoy en un callejo sin salida. Es imposible escalar esa pared
de arena. Si trato de irme por el rio, ese loco disparará hasta acabar conmigo
con tal de impedirlo.” Otra bala le advirtió que era urgente retroceder, y
lo hizo sin pérdida de tiempo. Enseguida, Henry exclamó, “¡Por todos los
santos, esas cuevas estan ocupadas por seres humanos!” El ruido de las
detonaciones, habia sacado de sus cuevas a unos seres de aspecto miserable. A
continuación, los seres comenzaron a emitir sonoras carcajadas. Las risas de
aquellos seres repugnantes, demostraba una burla y alegría desenfrenada. Henry,
aun arriba de su caballo, pensó, “¡Malditos miserables, ya verán!” Lléno
de colera, Henry se bajó del caballo, y avanzó sobre ellos. Henry comenzó a
golpearlos, y uno de los seres dijo, “¡Perdón Sahib!¡Por favor, no nos
pegue!¡Discúlpenos!” Después que Hanry se tranquilizó, uno de los seres a
quien habia golpeado, se acercó a él, y le dijo, “Sahib, ¿Qué hace usted
aquí? ¡Soy Gunga Dass, el telegrafista de Khalasia!” Henry se asombró, y le
dijo, “¡Gunga Dass! Pero…¡Eres tú!” La sorpresa de Henry no tuvo límites.
Recordó a Gunga cuando le habia conocido tres años antes. En aquella ocasión, Henry
recordó que Gunga le extendió la mano, y le dijo, “Sahib, estoy a sus
órdenes. Soy el nuevo jefe de esta oficina de telégrafos.” Volviendo al
presente, Henry lo miró, y pensó, “¡Qué manera de cambiar! Nada queda de su
casta, de su aspecto digno, de su orgullo. Ahora es un verdadero esqueleto. Que
aspecto tan horrible. ‘Como un hombre puede transformarse asi?” Enseguida,
Henry miró cómo Gunga se disponía a asar a un cuervo desplumado, y pensó, “No
puedo creerlo. Gunga se dispone a asar a un cuervo, ¿Sera su comida? ¡Oh, no!
Tengo que irme de aquí, ahora mismo.” Henry se acercó, a Gunga, y le dijo,
“Gunga, dime, ¿Cómo salir de éste lugar espantoso?” El hombre pareció no
escucharlo, y Hewnry sintió que la furia volvía a dominarlo, y le dijo, “¡Te
he preguntado como irme de aquí!” Guga le dijo, “Señor, hay dos clases
de hombre, los vivos y los muertos. Si usted aparentemente muere, pero no lo está
cuando lo llevan al templo para incinerar…entonces, viene a este lugar.” Hanry
pensó, “¡Oh, no! Entonces es verdad lo que me contó un brahmín en Bombay. Me
dijo que habia aquí en la India, un lugar donde eran conducidos los que, por
desgracia, volvía a la vida después de un ataque de catalepsia, o de una muerte
aparente. Yo me reí, creyendo que era un ciento. Pero ahora estoy en ese sitio.”
A Henry le recorría escalofríos de espanto al darse cuenta de su terrible
situación. Henry pensó, “No puedo quedarme aquí. Yo estoy vivo. Voy a
casarme, a ser feliz. ¡Esto es una pesadilla!” Entonces Henry le dijo,
“Gunga, ¿Por qué estas aqui? ¿Porque te trajeron?” Gunga le dijo, “Durante
la epidemia del colera, a la gente se le llevaba a quemar, aun antes de que muriera.
Y si durante el trayecto, el enfermo recobraba el ánimo, y trata de incorporarse
para evitar que lo llevaran al templo, le rellenaban la boca y la nariz con
fango, para que muriera. Si a pesar de ello, el deseo de vivir daba fuerzas, s
ele ponía más lodo.” Gunga comenzó su relato, “Así me sucedió a mí. No
quería morir y luche con todas mis fuerzas. Mientras intentaban echarme lodo en
la boca, yo gritaba, ‘¡Déjenme!¡No me quemaran, estoy vivo!’ Yo como brahmín, tenía
el orgullo de mi casta. Yo gritaba, ‘Suéltenme asesinos. No pueden matarme.’ Me
regresaron al hospital, y cuando estuve bien, un enfermero dijo al médico, ‘Él
ya no debe estar aquí. Terminará de reponerse en Okara. Tú estarás encargado de
él, hasta su destino.’ Entonces viajé en tren, y en Okara, me unieron a otros
dos hombres como yo. Uno de ellos me dijo, ‘¿Sabes a donde nos llevan?’ Yo le
dije, ‘No, pero supongo que a un lugar donde recobraremos por completo la salud.’
Nos subieron a un carromato, y viajamos toda la noche. En la madrugada, nos
hicieron descender del carro, cuando de repente, escuché a uno de los que
íbamos, decir, ‘¡Nooo! ¡Es la aldea de los muertos!’ Otro de los hombres dijo, ‘No
nos lancen allí. ¡Nosotros estamos vivos!’ Pero nuestro destino estaba decidido,
como el de todos los muertos vivos. Asi, nos lanzaron al barranco de arena,
hasta que llegamos hasta el fondo.” Gunga terminó de narrar su relato, y
dijo, “Hace dos años que estoy aquí…yo era brahmín y tenía orgullo. Ahora cómo
cuervos.” Henry le dijo, “¿Y no hay manera de salir de aquí?” Gunga
dijo, “No. Yo he hecho toda clase de tentativas y los demás tambien.
Imagínese si no querrán irse.” Gunga dijo, “Todos hemos tenido que
darnos por vencidos, pues al intentar escapar, las arenas se precipitan sobre
nosotros impidiéndolo.” Henry dijo, “Pero la parte del rio está abierta.
Bien vale la pena exponerse a las balas…además de noche…” Gunga dijo, “Es
imposible escarparse aqui. Haga la prueba y lo comprobará.” Un espantoso
terror, que en vano intentó disimular, se apoderó de Henry. Henry pensó, “¿Que
voy a hacer? No es posible que tenga que pasar aquí el resto de mi vida. ¡No,
eso no!” La desesperación le hizo perder la calma y corrió hacia la montaña
de arena, gritando, “¡No me quedareee!¡Nooooo!” A nadie pareció importarle,
ni impresionarle aquella exhibición de angustia. Henry rodó hacia abajo, siendo
arrastrado por la arena. Henry exclamó “¡Aaaaahh…!¡Maldición…!¿Porquéee?”
Henry blasfemó, oró alternativamente, e iba del arenal rumbo a las márgenes del
rio. Henry comenzó a gritarle al barquero, “¡Señor, ayúdeme…! ¡Maldición,
quiero irme de aquíiii!” A continuación, Henry recibió por respuesta, una
lluvia de balas, comenzó a retroceder, y dijo, “Me matarán…quizá sea lo
mejor…” Henry regreso al arenal y comenzó a patear en la arena. Gunga le
dijo, “Calmese, nada gana con actuar asi, solo agotarse.” Henry se dejó
caer. Estaba exhausto. Ya era media mañana, y desde el día anterior no probaba
bocado. Henry dijo, “Gunga, necesito comer algo. ¿Puedes conseguirme con qué
aplacar mi apetito? Te pagaré.” Gunga se arrodilló junto a Henry y dijo, “Deme
todo el dinero que tenga, o lo dejaré morir de hambre.” Henry pensó, “Este
canalla es de cuidado. Debería de darle un par de bofetadas, para que me
respetara. Pero no puedo pelearme con la única persona que podría serme útil.
Mejor hago lo que quiere. Al fin, el dinero no me servirá.” Henry le dio
unas monedas de oro, y le dijo, “Toma, es todo lo que tengo.” Gunga dijo, “Diez rupias…bueno. Le traeré
algo. Espere aquí.” Henry pensó, “No comprendo para qué quiere el
dinero. Aquí vale menos que nada.” El hombrecillo no tardo en regresar.
Gunga entrego un caso a Henry y dijo, “Tome, y que le aproveche.” Con esfuerzo,
Henry comenzó a comer el pedazo de pan duro y medio acido. Henry pensó “Todos
me miran con desdén, y Gunga es el peor. Se burla de mí.” A pesar de todo,
Henry le hizo preguntas tras pregunta sobre aquel funesto lugar. Gunga le dijo,
“Nadie ha logrado salir de esta aldea. Puede estar seguro que nunca nadie lo
hará.” Henry pensó, “Lo dice por el temor que sabe, estoy padeciendo.
Quiere aumentar mi terror.” Gunga acentuaba maliciosamente sus palabras,
como si experimentara un placer diabólico al ver la impresión que producían.
Henry le dijo, “Cuando mis criados vean que no regréso, me buscarán por
cielo y tierra. No descansarán hasta encontrarme.” Henry hizo una pausa, y
agregó, “Y te aseguro que ésta horrible aldea desaparecerá de la faz de la
tierra después de que me hayan rescatado.” Henry apuntó con su dedo índice a
Gunga, y dijo, “Además, recibirá usted lecciones de cortesía.” Gunga rió, y
dijo, “¡Ja, Ja, Ja! No quedará vivo uno solo de sus criados, si se atreven a
acercarse a este lugar.” Hubo una pausa de silencio, y enseguida Gunga
dijo, “Usted ya es un hombre muerto. Cayó aquí por casualidad, pero eso no
importa. Ya está muerto y sepultado.” Henry le dijo, “Gunga, ¿Cómo pueden
sobrevivir? Es imposible que se alimenten solo de cuervos.” Gunga le dijo, “De
tiempo en tiempo, arrojan provisiones. Todos luchan como fieras
disputándoselas.” Henry exclamó, “¡Oh, no es posible tanta miseria!”
Gunga dijo, “Ya lo vera. Usted formará parte de los que se pegan, muerden, y
arañan por algo de lo que lanzan desde arriba. Pero, ¿para qué contarle lo que
vera por sí mismo? Le sobrará tiempo para comprobar mis palabras.” Con
satisfacción morbosa, Gunga le explicaba lo que significaba estar en ese terrible
lugar. Henry pensó, “¡Dios mío, ayúdame! Es tal mi terror, que siento en el
pecho un dolor como si tuviera una espada clavada.” Las horas pasaron muy
lentamente. Gunga se puso de pie, y Henry dijo, “Deben ya ser como las
cuatro. Deje mi reloj en el campamento. Ni siquiera puedo estar seguro de la hora.”
Entonces Gunga dijo, “Voy a ir a cazar cuervos. No estaría de más que
usted aprendiera. Pues tendrá que proveerse de comida.” Entonces Henry le
dijo, “¿Y el dinero que te di? ¡Te pague para que me alimentes!” Gunga
le dijo, “Lo haré por un tiempo…¿Y luego? Al fin tendrá que cazarlos. Dé
gracias que hay cuervos para comer.” Entonces Henry vio a Gunga alejarse, y
pensó, “Con el mayor placer del mundo lo estrangularía. Pero es mejor que
oculte mi odio y resentimiento.” Una hora después, Henry comía cuervo
asado, ate la mirada irónica de Guna. Los demás habitantes de la aldea, tambien
saciaban su apetito. Henry pensó, “Todos son la viva imagen de la fatalidad.
¡Y cómo no! No hay esperanzas, ni futuro. No hay nada, solo muerte.” De
repente, alguno de aquellos infelices tenía un acceso de furro y rebeldía, y se
lanzaba hacia la montaña de arena, tratando de escapar de ese lugar. El hombre
trataba de escalar en vano, gritando, “¡Quiero salir de aquiiii!” Al
verlo, Henry pensó, “Nadie se impresiona. Ni siquiera vuelven la cara para
mirar. Ya no tienen sentimientos. Estan muertos en vida.” Durante la tarde,
Henry observo por lo menos seis explosiones de desesperación, y tapando sus
ojos con sus manos, pensó, “No podré soportarlo. Ver esto, día tras día, es
demasiado.” Al ver la desesperación de Henry, Gunga se acercó y dijo, “Usted
y yo vamos a poner las cosas en claro. El dinero que me dio le alcanzara para
que lo alimente siete semanas. Después, tendrá que arreglárselas solo. Por lo
tanto, será mejor que empiece a aprender cómo hacerlo. También quiero que sepa
que estoy dispuesto a permitirle que ocupe la cueva contigua a la mía. Y le
proporcionaré heno, para que prepáre la cama. Todo eso a cambio de sus botas.”
Henry le dijo, “Muy bien, Acépto lo primero, pero…” Henry se acercó a
Gunga y le dijo, frente a su cara, “Nadie en el mundo será capaz de impedir
que te mate ahora mismo, y me quede con lo que tienes, si intentas quitarme mis
botas. Entrare en la cueva que me plazca, y me instalaré allí, ¿Qué dices?” Para
beneplácito de Henry, Gunga cambió de inmediato de actitud, y dijo, “No se
moleste. Se hará como usted quiera. Yo sólo le proponía…pero está bien…”
Tras eso, Henry pensó, “Por el momento, soy el más fuerte. Puedo imponer mis
condiciones, por lo menos un mes y medio. Tengo que conservar la salud y las
fuerzas, mientras vienen a rescatarme…si es que lo hacen…” Esa noche, en la
estrecha cueva, Henry procuró conciliar el sueño, pensando, “Es imposible.
Esto parece un ataúd y el olor no puede ser más espantoso. Tengo que irme de
aquí. Voy a intentarlo.” Al salir de la cueva, todo era silencio. Henry
miró hacia el rio y pensó, “El bote no está. Es mi oportunidad. Solo
necesito dar unos cuantos pasos, y seré libre.” Sin vacilar, Henry se
acercó a su objetivo, y se dijo, “Iré vadeando las aguas, hasta llegar a la
orilla del rio. Luego me será más fácil encontrar un camino.” De repente
Henry cayó en una trampa de la naturaleza, y exclamó, “¡Oh, no! ¡Sn arenas
movedizas, ayúdame!” Desesperado Henty luchó para que no lo tragara el
traicionero pantano. Por fin, agotado con el terror vibrando en todo su ser,
logró salir. Gunga, quien lo estaba viendo, rió y dijo, “¡Ja, Ja, Ja! ¡No
debió intentarlo! Empiece a resignarse. No tiene alternativa.” Entonces,
Henry le dijo, “Gunga, ¿Para qué está el bote de guardia, si no se puede
salir de ningun modo?” Gunga dijo, “Solo se ve durante el día, porque
hay una salida, pero nunca nadie la ha encontrado.” Gunga agregó, “No se desespere. Ya vera
como encontrará de su agrado, éste lugar cuando pasen los años, y hay comido
muchos cuervos. ¡Ja, Ja, Ja!” Sin decir nada, con paso vacilante, Henry
regresó a su cueva. Y al día siguiente, Henry salio de su cueva solo para
presenciar una sorpresa. Henry dijo, “¡Malditos, mataron a mi caballo!¡Canallas
asesinos!” Gunga le dijo, “No se enoje Sahib. El mayor bien del mayor
numero, es el principio que acatamos aqui.” Henry tuvo que soportar que el
cuerpo de Pornic fuera dividido y repartido. Henry dijo furioso, “Los
mataría a todos. ¡No son personas, son bestias!” Gunga dijo, “Le
impresionan, ¿Eh? Ya se acostumbrará. Le aseguro que…” Henry le dijo, “¡Cállate!
O te juro que te mato si continúas mortificándome.” Gunga dijo, “Es
mejor que acepte su destino. Usted estará aquí hasta que muera, como el otro
Sahib.” Henry lo tomo del brazo y le dijo, “¿A que otro Sahib te
refieres, cerdo? ¡Habla y no te detengas para urdir una mentira!” Gunga
dijo, “Su cuerpo aún está en la cueva. Es la cuarta a la izquierda de la
mía.” Henry le dijo, “Dime lo que sepas de ese hombre. ¿Quién era? ¿Cuándo
vino? ¿Cuándo murió?” Gunga dijo, “No diré nada…a menos que me dé algo.”
La furia de Henry llegó al límite. Henry lanzó un golpe a la cara de Gunga,
diciendo, “¡Toma, esto es lo que te daré!” Gunga cayó quedando uno
minutos atontado. Luego, Gunga dijo, “Perdón, no se enoje. Yo no quería
molestarlo. Se lo juro. Lo llevaré a donde esta ese hombre.” Gunga lo guio
hasta una cueva, y apuntando hacia ella, dijo, “No sé nada de él. Quería
salir de aquí, como fuera, y lo mataron los rifleros del bote.” Gunga
agregó, “Yo traté de convencerlo de que no…” En ese momento, Henry le
dio un puñetazo en el estómago, sin dejarlo terminar. Gunga exclamó, “¡Aaaah!”
Henry le dijo, “¡Estoy seguro que le robaste todo lo que tenía, pero yo voy
a averiguarlo.” Gunga se arrodilló frente a Henry. Henry le ordenó, “Entra
y saca al muerto ahora mismo.” Gunga le dijo, “¡No me obligue a eso! Yo
soy un brahmín de alta casta. ¡Se lo suplico, no me obligue!” Pero Henry no
estaba para suplicas y lamentos. Henry comenzó a patearlo, y le dijo, “¡Entra
y no salgas de ahí, sin el muerto!” Pasados unos minutos, Gunga salio con
un cadáver que la arena habia momificado. Gunga dijo, “Esas cosas estaban en
la cueva.” Henry llevo su mano a la nariz, y pensó, “Debe haber tenido
entre treinta y cuarenta años, su pelo era rubio.” Tras revisar sus
pertenencias, Henry pensó, “Una pipa, un cortaplumas, un anillo con las
iniciales, B…F… una libreta y una pluma…” Henry guardo la libreta. Llevó
los otros objetos a la cueva. Mientras Gunga aun cargaba el cadáver, Henry
dijo, “Gunga, llevaremos al cadáver cerca del rio. Lo voy a dejar caer en el
arenal movedizo. Es la única sepultura que puedo ofrecerle.” Cuando
llegaron al lugar, Henry tomo el cadáver y dijo, “¡Vete, déjame solo!” Gunga
dijo, “Si…si…Sahib.” Gunga se retiró, y Henry pensó, “Lo menos que
puedo hacer, es sepultarlo sin que esté presente esté pícaro.” Mientras
intentaba moverlo hacia el pantano, la podrida tela de la camisa del cadáver se
rompió. Henry pudo ver algo, y pensó, “¡Este hombre fue muerto a quemarropa!
Le dispararon por la espalda. La camisa se la pusieron después.” Henry le
revisó la espalda, y pensó, “No lo asesinaron los del bote, fue alguien de
la aldea. Seguramente fue Gunga Dass. Y lo debo haber hecho con la propia arma
de este pobre infeliz.” Sintiendo una gran angustia, Henry arrojó el
cadáver, y pensó, “¡Cuanto debe haber padecido en este lugar! Lo mismo que
estoy sufriendo yo.” Cuando el cadáver desapareció, como un autómata, saco
la libreta y comenzó a hojearla. Henry pensó, “Nada interesante…la escritura
es prácticamente ilegible.” De pronto, Henry pensó, “Aquí hay un papel…está
muy doblado…al parecer, su intención fue ocultarlo en este lugar.” Henry
continuó leyendo en su pensamiento, “Cuatro fuera del montículo de las
cañas. Tres a la izquierda. Nueve hacia afuera. Dos a la derecha. Tres atrás.
Seis a la derecha…¿Qué significara esto? No comprendo nada. Tengo la impresión
de que es una clave. Pero, ¿de qué?” De pronto, Henry levantó la vista, y
vio a Gunga observándolo con avidez. Gunga le dijo, “¿Lo encontró…? ¿Me
dejaría verlo…? Juro que se lo devolveré.” Henry dijo, “¿De qué hablas?
¿Qué me vas a devolver?” Gunga le dijo, “Eso que tiene en la mano nos
servirá a los dos. Yo no pude encontrarlo. Por eso maté al hombre, por ese
papel.” Henry pensó, “Él fue, y me lo dice con toda tranquilidad.” Henry
apretó las mandíbulas, y mantuvo la calma. La moral no conserva todos sus
fueros en el mundo de los muertos que ven. Entonces Henry dijo, “No
comprendo una sola palabra. ¿Qué quieres que te dé?” Gunga dijo, “El
papel. ¿No comprende lo que significa? Allí está indicado el camino para
escapar.” Henry dijo, “¿Cómo? ¿Hablas en serio?” Gunga le dijo, “Lea
en voz alta. ¡Le suplico que lo haga! Estoy seguro de que allí lo escribió.”
Henry obedeció, y comenzó a leer la carta en voz alta, “…cuatro a la
derecha…seis a la…” Gunga marcaba algo en la tierra, con su dedo, y
entonces dijo, “¡Sí es! La medida es el tamaño de la escopeta sin la culata.
Yo tengo los dos cañones.” Gunga hizo una pausa, y luego dijo, “Mire, cuatro
cañones desde este lugar hacia afuera. ¿Entiende? Después a la izquierda.” Gunga
continuó, “Ahora comprendo lo que hacia ese hombre, noche a noche. Durante
un año trabajó buscando la única ruta que hay para escaparse. Me dijo que lo
haríamos juntos, pero yo tuve miedo de que me dejara. Además, no conviene que
cualquiera pueda escapar. Yo solo que soy un brahmín, puedo tener ese derecho.
Pero él habia ocultado bien ese papel, y por más que lo busqué, no pude
encontrarlo. Y ahora usted lo tiene. Podemos irnos esta misma noche. Allí está
indicado por donde debemos pasar para evitar la arena movediza. Ese hombre fue
estudiando el terreno, pulgada por pulgada.” Entonces, Henry le dijo, “¿Por
qué no escapó, si tenía la ruta?” Gunga dijo, “Él me habia dicho, que aún le
faltaba un pedazo por revisar, que en una noche lograría hacerlo. No lo creí.
Estoy seguro que esa noche se iba a marchar dejándome. Y por eso lo maté. Pero
entre usted y yo es diferente. Ambos nos necesitamos. Usted tiene el papel, y
yo los cañones de la escopeta, que son la medida.” Henry dijo, “Gunga,
seremos libres. Podremos irnos. ¡Oh, Dios! ¡Casi no lo puedo creer! Es
maravilloso.” El resto del día se hizo eterno, para Henry, quien veía pasar
las horas con una lentitud atormentadora. Al caer la tarde, Henry vio como el
bote con los guardias se alejaba. Henry pensó, “Mañana ya no estaré aquí. Seré
nuevamente un vivo entre los vivos.” Luego, los infortunados habitantes de
la aldea, fueron entrando en sus cuevas. Henry pensó, “Este lugar debe
desaparecer. Me encargaré de ello cuando salga de aqui. Esta pobre gente debe
volver a la vida.” A las diez de la noche, la luna como un disco de plata,
alumbraba la silenciosa aldea. Entonces Henry dijo a Gunga, “Es el momento,
Gunga. Ve por los cañones de la escopeta.” Cuando Gunga regresó, ambos se
pusieron en marcha. Entonces, Henry dijo, “Espera, voy a leer, para ver
donde tenemos que empezar a medir.” Avanzando, sin mirar que habia una rama
en su camino, con la que se podía tropezar, Henry dijo, “Debemos tener cui…¡Aaagh!”
Gunga se agachó a recogerlo, y de inmediato, como un relámpago, su mente se iluminó,
y tomó la gruesa rama para agredir a Henry. Henry gritó, “¡Gunga, nooo!” Pero
era tarde para evitarlo. Gunga asestó un fuerte golpe con la rama en la nuca de
Henry. Mientras Henry yacía tendido en el suelo, Gunga tomo el pedazo de papel,
y dijo, “¡Es mío!¡Solo mío! Nadie debe escapar de aquí, solo yo lo lograré.
¡Nadie más, nunca lo hará!” Y mientras Henry quedaba sin sentido en el
suelo, Gunga seguía las instrucciones del papel en voz alta, “…tres a la
izquierda…debo ir con mucha precaución…tengo tiempo hasta el amanecer.”
Cuando Henry volvió en sí, trató de incorporarse, y dijo, “Mi cabeza…¡Oh, no…Gunga!
¡El maldito me dejó aquí para siempre!” Henry comenzó a llorar, y dijo, “Dios
mío, apiádate de mí. Envíame la muerte ahora mismo, no quiero vivir aquí…¡Por
favor!” Con paso vacilante, Henry se dirigió a las cuevas, pensando, “Malvado
granuja. Ya debe de estar libre…libre…” De repente, Henry escuchó una voz
lejana desde lo alto, “Sahib…Sahib.” Henry pensó, “Esa voz…estoy soñando…es
la de Dunno.” Henry levantó su cabeza hacia la cima del monte de arena, y
gritó, “¿Dunnoooo?” un hombre lanzó una cuerda desde arriba, diciendo, “Sí,
Sahib. He traído una cuerda. Póngasela debajo d ellos brazos. Lo sacare de allí.”
Acto seguido, Henry vio descender la cuerda de piel, con un nudo corredizo en
el extremo. Dunno le gritó desde arriba, “¡Rápido, Sahib! No hay tiempo que
perder.” Momentos después, Dunno empujaba con fuerza, jalando la cuerda,
diciendo, “¡Aaaaggg! ¡Ya falta poco, Sahib!” Medio asfixiado, Henry
llegó a la superficie. Henry dijo, “¡Dunno. Me has salvado…yo…” Dunno le
dijo, “Sahib, tenemos que alejarnos lo antes posible de aquí. Tengo listos
dos caballos.” Ambos montaron, y mientras avanzaban, Henry dijo, “¿Cómo supiste
donde estaba?” Dunno le dijo, “Al ver que no regresaba, Sali a buscarle.
Al amanecer, vi las huellas de Pornic, que me llevaron hasta la aldea de los
muertos. Fui a avisar a los otros criados, pero se negaron a ayudarme. Dijeron
que serian castigados, si alguien se enteraba de ello. Decidí rescatarlo yo
solo. Temía tanto no logarlo. Por suerte, lo vi a la luz de la luna.” Henry
dijo, “Dunno, nunca podre agradecerte lo que has hecho por mí. Estuve a
punto de suicidarme.” Dunno dijo, “Habia oído hablar de ese lugar, pero jamás
me habia acercado. Todo el mundo le tiene pavor.” Henry dijo, “Y con
toda razón, Dunno. Es el mismo infierno. Allí, hasta el mejor hombre se transforma
en una bestia.” A continuación, Henry le contó de Gunga Dass. “Debi de
haber imaginado lo que haría. Por ese papel mató a un hombre. Además, no quería
que nadie más que él huyera. Pero yo no me quedaré tranquilo, hasta que esa espantosa
aldea desaparezca. Esa increíble que exista un lugar como ese.” Dunno dijo,
“Es una costumbre que viene de tiempos inmemoriales, pero que ya debería abolirse,
Sahib.” Entre tanto, Gunga seguía buscando la salida de la aldea, siguiendo
las instrucciones del papel. Estando frente al inicio de un gran pantano, Gunga
dijo, “Hasta aquí llegan las señales. Tenía razón cuando dijo que le faltaba
estudiar un pedazo. Pero no es mucho. Si voy con cuidado, llegaré al río. Aún
tengo tiempo suficiente.” Logró avanzar como un metro cuando, Gunga exclamó,
“¡Aaaah!” Las aguas lodosas del pantano, empezaron a tragarlo, poco a
poco. Gunga gritaba, “¡Aaaaaah!¡Socoroooo!” Habia matado a un hombre, y traicionado
otro por nada. Jamás logro abandonar la Aldea de los Muertos. Henry Jukes fue
el junco que logró escapar del espantoso lugar donde enviaban a los muertos que
no mueren, pero que ya no viven. Sentado ya dentro de su tienda, Henry pensó, “Mañana
mismo empezaré esa tarea. La aldea tiene que desaparecer. No pueden matar a la
gente en vida.” Cuando Henry abandonó la India, lo hizo con la satisfacción
de saber que la aldea de los muertos, ya no existía.
Tomado de, Joya de la Literatura. Año
X. No. 189. noviembre 1, de 1992. Guión: Herwigd Compte. Adaptación: Emmanuel
Hass. Segunda Adaptacion: José Escobar.
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