Club de Pensadores Universales

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domingo, 20 de abril de 2014

Astucia de Luis G. Inclán


     Luis Gonzaga Inclán nació en el Rancho de Carrsaco, Tlalpán, en 1816, y murió en la Ciudad de México, en 1875.  Escritor mexicano. Estudió latín y filosofía en el Seminario Conciliar de México. Administró varias haciendas, las plazas de toros de Puebla, México y Michoacán. A partir de 1856 se dedicó al negocio de la imprenta. De su taller salieron libros y periódicos satíricos como La Orquesta, El Látigo y La Jarana. Fue autor de la novela, Astucia, el Jefe de los Hermanos de la Hoja o los Charros Contrabandistas de la Rama (1865); De unas Reglas con las que un Colegial Puede Colear y Lazar (1860) y Una Ley de Gallos (1872). Escribió obras en verso: Regalo Delicioso Para el que Fuera Asqueroso, Don Pascacio Romero (1874), El Capadero de la Hacienda de Ayala (1872) y Recuerdos de Chamberín (1860).
     Poseedor de una imprenta, editó El Jarabe, de Niceto Zamacois, en 1860, y el Diario de un Testigo de la Guerra de África, de Pedro Antonio de Alarcón, en 1861, y la séptima edición de El Periquillo Sarniento. Inclán es autor de Astucia, el Jefe de los Hermanos de la Hoja o los Charros Contrabandistas de la Rama (1865), una de las primeras novelas realistas mejicanas, que presenta un amplio cuadro de costumbres del México rural del siglo XIX. Además de ésta obra, publicó otras, consideradas menores, entre las que destacan, Reglas con que un Colegial Puede Colear y Lazar, y Recuerdos de Chamberín (1890).
     Inclán fue un hombre de campo, versado en la charrería. Impresor. La producción de este autor se refiere principalmente a temas campiranos. Novelista y poeta. Como impresor, de sus talleres salieron los periódicos La Cucaracha, El Cucharón, La Orquesta, El Látigo, La Patria, La Borrasca, La Justicia, El Instructor del Pueblo, La Sociedad, Doña Clara, La Tos de Mi Mamá Hojarana. Publicó en La Jarama.
     Ver Luis Inclán, el Desconocido (1969) de Hugo Aranda. Se consideran perdidas las obras los Tres Pepes Pepita la Planchadora. Astucia de Inclán y Los Bandidos de Río Frío de Manuel Payno, se consideran las dos mejores novelas mexicanas del siglo XIX.
Astucia
de Luis G. Inclán

     Había en el pequeño rancho de Las Anomas, cerca de la Villa de San Juan en Zitácuaro Michoacán, allá por el año de 1834, un muchacho rebelde y travieso que, a sus escasos doce años, sabía ya jinetear becerros, lanzar potros, manganear en campo abierto y hacer toda clase de suertes, como un charro curtido y audaz. Aunque eso sí, apenas sabía leer. Su hermana mayor le decía, “¿No te da vergüenza Lorenzo Cabello? Todos los muchachos de tu edad saben ya el alfabeto, hacen cuentas y conocen bien la doctrina. Dime ahora, ¿Quién fue el rey Salomón?” Lorenzo dijo, “¿Salomón? ¡Ah! Pos, un charro muy bragado de la villa esa de Israel, que ¡Sepa Dios onde queda!” Su hermana le dijo, “¡Basta ya no voy a esforzarme más contigo! Le diré a mi papá que no quieres aprender. A ver si con él te valen tus chistecitos.”
     La hermana mayor del muchacho que lo cuidaba desde que la madre de ambos había fallecido, salió indignada al patio, diciendo, “Oye, Tacho, ¿Onde anda mi papá? Quiero darle la queja de ese Lencho; porque ya no lo aguanto.” En ese momento una reata silbó por los aires. Y la joven quedo lazada. Lencho rió, mientras la joven dijo, “¡No Lencho!¡No!¡No me jales!¡Me vas a tirar mocoso!¡Voy a acusarte con mi papá!” El canijo no paró hasta verla atada en un poste. Lencho le dijo, “¡Júrame que no vas con el chisme y te suelto!” Y como ella se negaba a jurar, comenzó a torturarla, pero haciéndole cosquillas. Ella decía, “¡Ay!¡No!¡Ji, Ji, Ji, Ji!¡Ja, Ja, Ja, Ja!¡Cosquillas no Lencho!” Hasta que ella dijo, “¡Bueno!¡Juro no decir!¡Ya!”

    Poco después llegaba Don Juan Cabello, diciendo, “¿Qué tal se ha portado Lencho Lupita?¿Aprendió bien su lección?” Ella le dijo, “Eh…sí, sí papá. Se puso a estudiar luego de que usted salió. Y solo hasta hace ratito se fue con los peones a jinetear.” Pero don Juan Cabello conocía bien a su vástago, y poco después le decía al cura, “¡Ay, señor cura!¡En realidad ya no hallo qué hacer con él! No obedece a mi Lupe. Se aprovecha de que yo ando todo el día en la faena. Y hace solamente lo que le gusta. Eso sí, ha echado buenos músculos en la charrería. Y está por dar el estirón. Me temo que pronto tenga más fuerza que yo y se me enfrente. La verdad es que la difuntita, su mamá, hizo muy mal en consentirlo tanto.” El cura le dijo, “Bueno, yo creo que Lencho tiene buena madera, y lo quiere mucho a usted solo le va haciendo falta algo de rigor. Una mano firme, aunque suave, que le jale la rienda. Creo que tengo la solución. Si usted está dispuesto a desprenderse del muchacho y mandarlo interno para Zitácuaro, donde viviría con un maestro amigo mío.”

     Al día siguiente, Don Juan Cabello acompañado por el propio señor cura, hablaba en Zitácuaro con el mencionado profesor. El cura lo presentó, “¡Aquí Don Primitivo Cisneros ha enderezado a más de cuatro potrillos rejegos como el Lencho!” El profesor le dijo, “Mire señor Cabello, yo comienzo por dominar a los muchachitos de dentro pa’ fuera. Antes que nada exploro sus sentimientos. Me doy cuenta de que es lo que puede llegar a emocionarlos de verdad. Y luego me aprovecho de esa misma emoción, de sus mismos sentimientos, algunos de los cuales ni el mismo muchacho conoce, para hacerles actuar en su propio bien.”  

 
     Una semana después, vestido con su ropa nueva, Lorenzo Cabello cabalgaba junto a su padre por el camino hacia la sierra, tras la cual se hallaba Zitácuaro. Lencho dijo, “¿A dónde vamos papá?” Su padre le dijo, “Tú no preguntes y sígueme, que si vas por donde yo te guíe te irá bien.” De pronto, Juan señaló, “¿Recuerdas esa iglesia al pie del cerro?” Lencho se persignó, diciendo, “Es la de Jungapeo, señor padre, justo donde está enterrada mi difunta madre.” Su padre le dijo, “Pues quiero que por ella me jures que te harás un hombre de bien. He decidido llevarte con alguien que te enseñará todo lo que sabe, de buen grado. Pero, tienes que decirme desde ahora, si tu estas dispuesto a aprender, dejando de lado por ahora tus juegos y tus diabluras, porque si no es así, solo perderíamos tiempo y dinero.” Para dejar reflexionar a Lencho, don Juan se apartó unos metros del camino. Entonces, el muchacho creyó escuchar de pronto la voz dulce de su madre, susurrándole al oído, “Lenchito, hijo mío. No defraudes a tu padre, ¡Obedécelo!” Y entonces, decidido, el muchacho exclamó, “¡Haga usted lo que guste, señor padre!¡Pero nunca me desprecie!”

     Fue así como Lorenzo Cabello, se quedó a vivir un tiempo en Zitacuaro, con Don Primitivo, para quien llegó a ser como un hijo, pues le decía, “Debes estudiar duro, Lencho. Para que no te avergüence que los demás muchachos te aventajen.” Sin embargo, a pesar de que la señora de la casa lo mimaba, “Tóma un taquito de tuétano, Lenchito; Pa’ que hagas estomago mientras sirvo de comer.” Lencho decía, “¡Gracias señora!” Y el maestro primitivo lo trataba con afecto, diciendo, “Bueno, muchacho, ¡Está bien ya de libros por hoy! Te llevaré a dar un paseo.” Ya en el rodeo, viendo el jaripeo, Lencho pensaba, “¡Cómo me gustaría lazar esa res brava!”  Así que un día se halló en el mercado a unos vecinos de Jungapeo. Uno de ellos dijo, “¡Mira, pero si es Lencho!” El otro le dijo a Lorenzo, “¡Oye!¿Qué haces tan lejos de tu casa chiquillo?” Y se les unió con engaños, “Me perdí en el pueblo. Y los amigo con los que vine, se han de haber regresado ya!” Uno de los vecinos lo tomó de los hombros y le dijo, “Pos, no hay quite, muchacho. ¡Te vienes con nosotros!”

     Así que como a las ocho de la noche, en casa de papá Lupe, se escuchó un tocar de puerta. La hermana mayor de Lencho dijo, “Alguien toca el portón papá.” Papá Lupe dijo, “¿Quién será a esta hora inoportuna?” La sorpresa fue tan grande como Lorenzo lo esperaba, quien dijo, “¡Papá Lupe!” Pero, lo que no se imaginó fue la reprimenda que estaba a punto de recibir. Su padre le dijo, “¿Qué has venido a hacer aquí caballerito?¿Así cumples tus promesas de dedicarte al trabajo y al estudio?” Lencho dijo, “¡Oh, señor…yo! ¡Soñé que usted estaba enfermo! Y pues…” Su padre le dijo, “Además de fálto de palabra, se ha vuelto usted mentiroso! Y yo no quiero hijos así. De manera que se vuelve por donde vino. ¡Y, cuando tóque de nuevo esa puerta que sea con la licencia de su maestro!”

     Lencho tuvo que regresar, cabizbajo y arrepentido, a Zitácuaro. Y ya no pensó más en fugarse, sino que, se dedicó con ahínco al trabajo y al estudio. Al grado que, en solo tres años, no solo igualó, sino que sobrepasó en conocimientos a los demás alumnos de don Primitivo. Un día, don Primitivo le dijo, “¡Muy bien Lencho!¡Ahora serás mi ayudante!”  Por entonces llegó a Zitácuaro, Refugio. Ella era una jovencita que había sido alguna vez compañera de juegos de Lorenzo, en San Juan, y que se había convertido de pronto en una linda muchacha. La muchacha se presentó, “¡Hola Lencho Cabello! ¿Ya no te acuerdas de mí?” Lencho dijo, “¡Oh, sí!¡Claro que me acuerdo, Refugito!” 
     Ella se hospedó también en casa de Don Primitivo y pronto los dos muchachos fueron inseparables. Lorenzo parecía entregarse, cada vez con más frecuencia, a dulces ensoñaciones, pensando, “¡Ella será la madre de mis hijos! ¡Qué linda!” Y le era muy difícil concentrarse en sus estudios. Una vez el profesor le revisó su cuaderno de apuntes, y dijo, “¡Vaya contigo muchacho!¡Mira qué garabatos! Y ¿Qué es esto?” El enamorado enrojeció hasta la raíz del cabello: Era el dibujo de un corazón cruzado por una flecha, con la leyenda, “Lorenzo y Refugio.” El profesor puso su mano en la nuca del joven y le dijo, “No te apures hijo, nada más natural a tu edad, que enamorarse. ¡Y Refugio es una linda niña! Solo que hazme favor de no gastar el cuaderno dibujando corazones. Y ponte a hacer ejercicios de caligrafía para mejorar la letra, que buena falta te hace. Y cuando te propongas una cosa sigue esforzándote hasta conseguirla. ¡No des un paso atrás!¡Y si se te presentan dificultades supéralas!”

     Entre tanto, es San Juan, Don Epitacio, tío de Refugio, y quien había quedado al cargo de la muchacha al morir los padres de ella, se hacía de palabras con el padre de Lorenzo Cabello, diciéndole, “Es qué, no entiendo cómo en el testamento de mi hermano puede figurar usted, que no es de la familia, como custodio de los bienes de mi sobrina.” Don Juan Cabello le dijo, “Pues, está escrito. Y lo ha dicho bien claro el albacea, Don Epitacio, por lo que me he limitado a cumplir.” Don Epitacio dijo, “¡Qué!¿Me cree usted capaz de disponer de Refugito?¡Ande!¡Dígalo!” Don Juan le dijo, “Yo no sé nada señor. Solo que, ni la casa donde ella vivió con sus padres, ni la cuadra de caballo finos que le dejaron, pueden ser vendidos sin mi consentimiento.” Don Epitacio dijo, “Pues, ¡Se necesita dinero para la educación de la niña! Tengo que pagar a Don Primitivo por su manutención.” Don Juan dijo, “Yo le envío todos los meses su pensión, de lo que producen las cabezas de ganado y el ranchito de Las Águilas.” Don Epitacio se encolerizó y dijo, “¡Esta usted dejándome al margen, y evitando que me meta! ¿No es así, naco majadero?” Don Juan dijo, “¡Oiga, yo!” Y el codicioso señor propinó entonces una sonora bofetada a Don Juan Cabello, cuyo reumatismo y avanzada edad no le permitían responder a la ofensa. Don Epitacio le dijo, “¡Así aprenderá no meterse en lo que no le importa!”

     La noticia no tardó en llegar a oídos del Lorenzo: “Y el pobre Don Juan tuvo que aguantarse, porque ya ves que está muy enfermo.” Lorenzo dijo, “¡Maldito viejo! ¡Ya me las pagará!” Enseguida Lorenzo fue con su maestro y le dijo, “Maestro, ¿Me da permiso de dar una vuelta por los alrededores en el caballo Rosillo que me envió de regalo mi papá?” Don Primitivo dijo, “¡Claro!¡Claro hijo!¡Ve!” Esa noche Don Epitacio cerró su tienda a lo hora de costumbre. Y se encaminó a su casa, tarareando una cancioncilla: “♫Adiós mamá Carlota ♪ Narices de pelota♫” Entonces sintió que el Diablo se le aparecía, asustándolo de muerte, en la oscuridad de la callejuela. Era Lorenzo, quien le dijo, “¡Buenas noches viejo abusivo!” Don Epitacio se volteó sorprendido y dijo, “Ay, mamá Carlota. ¡Ah, pero si eres tú, Lorenzo!¡Qué susto me has dado muchacho!” Lorenzo le dijo, “Pues hace bien en espantarse, Don Epitacio. Porque vengo a responder por el bofetón que le acomodó a mi padre. Ya que, si sus manos ya no le obedecen, para defenderse de gentes como usted, aquí tienes las mías, que para el caso es lo mismo.” Don Epitacio le dijo, “Oye, Lencho…¡Esas son cosas de hombres! Además, el pleito es entre tu padre y yo. Tú eres muy joven.” Lorenzo le dijo, “¡De hombres! Pues, por eso…” La mano delgada y dura del muchacho golpeó como una masa el rostro del tendero. Lorenzo dijo, “¡Ahora estamos a mano, Don Epitacio! Aunque todavía no se me va el coraje.” Y al pobre señor le cayó tal lluvia de golpes, como nunca había recibido. Y aunque era hombre robusto, trató de defenderse. Quedó al fin tirado en el lodo, con una que otra costilla rota, y varias muelas campaneando. Lorenzo se retiró, pero antes le dijo, “Pa’ otra vez que quiera algo con los Cabello, ya sabe dónde encontrarme.” Ya de madrugada, y tan silenciosamente como había salido, Lorenzo volvió a Zitácuaro, pensando, “Menos mal que el maestro se duerme temprano. Así no se enterará del tiempo que estuve fuera.”

     Una semana después, en vacaciones, Lorenzo llegó a su casa. Su padre al verlo le dijo, “¡Mira en que muchachote te has convertido!¡Me alegra mucho tenerte de vuelta!” Lorenzo le dijo, después de darle un abrazo, “Oiga, Padre, ¿Qué es ese moretón que le veo en la mejilla?” Don Juan mintió, creyendo que así evitaría enojos y preocupaciones a su hijo: “¡Ah, pues nada mijo! ¡Me descuidé cuando bajaba, y montado en el tortuguillo, por allá por Tepangareo! Y una rama de árbol me azotó la cara.” Lorenzo siguió le juego a su inocente progenitor, y dijo, “¡Vaya! Pues sí que es peligrosa esa cuesta, señor Padre! Porque a Don Epitacio, lo arrastró el caballo hace unos días calle abajo, de tal suerte que por poco y estaca la zalea.” Una apenas disimulada sonrisa de satisfacción se dibujó en los labios de Don Juan Cabello, quien dijo, “¡Vaya pues con ese Don Epitafio! ¿Ya ves, hijo?¡Tan soberbio que es! Pero ¡Dios castiga sin palo ni cuarta!”

     Por la noche, algún tiempo después, Lorenzo y Refugio platicaban tras la tapia de la casa de ella. Ella le dijo, “Mi tío acaba de salir a dar la vuelta como todas las noches.”  Él le dijo, “Entonces tenemos tiempo de darnos un beso!” Ella dijo, “¡Ay, no Lencho!¡Qué beso ni qué nada!¡Eso es pa’ cuando estemos casados!” Don Epitacio iba acercándose al casino cuando sintió goterones que caían en el al de su sombrero de fieltro, diciendo, “¡Vaya!¡Comienza a llover!” Decidió regresar a su casa y acostarse temprano, pensando, “¡No sea que vaya a agarrar un resfriado!” Entretanto los novios continuaban en secreta conversación. Lorenzo decía, “Pero un besito madamas no te quita nada, mi chula.” Ella le dijo, “¡Te digo que no!” De pronto oyeron pasos. Ella dijo, “¡Es mi tío!¡Viene para acá!¡Ay, Diosito santo!¡Si me ve contigo me encierra en un convento!” Se escondieron tras una pila de ladrillos. Lorenzo dijo, “¡Aquí no nos verá! Está muy oscuro.” Apenas a tiempo lograron meterse en la penumbra. En ese instante Don Epitacio iba llegando, cantando, “¡Ay, Doña Inés!♫¡Ay Doña Inés!♪” En eso se oyó un trueno espantoso. Y un relámpago enorme iluminó la escena. Refugio dijo, “¡Ay, benditas ánimas del purgatorio!¡Creo que me vió!” Lorenzo le dijo, “¡Shshshshsh!” Don Epitacio solo dijo, “¡Hum!¡Una pareja de tórtolos que se escinden detrás de la tapia!¡Estos muchachos de hoy!¡Cerca de las diez de la noche y haciéndose arrumacos fuera de su casa!” Y, rezongando se metió en la casa, pensando, “Menos mal que mi sobrina Refugito no es de ésas! Ella, a las ocho en la cama. ¡Así es como se debe educar a los jóvenes!” Y cerró tras de sí, sin imaginar que dejaba afuera justo a su amada sobrina. Refugio dijo, “¡Ay, virgen purísima, Lenchito!¿Cómo entro ahora a la casa? ¡Mi tío cerró el portón!” Lorenzo le dijo, “¡Tú no te apures, mi reina! Nomás hay que esperar un rato, para estar seguro que Don Epitacio se fue a dormir. Entonces te ayudaré a saltar la tapia.” Otro relámpago iluminó la calle, donde Refugio y Lencho, empapados por la lluvia hasta los huesos, esperaban que pasara la tormenta. Ella le dijo, “Si alguien nos ve, me muero!”

     Al fin amainó el aguacero. Lorenzo colocó el caballo junto a una pila de ladrillos. Lorenzo se trepó en la silla del caballo pero de pie. Extendió su mano y dijo, “Pon un pie en el estribo, Refugio.” El pie de ella quedó sobre el de él, pisándolo. Lorenzo dijo, “Vamos a atar tu banda a mi ceñidor, así, cuando yo este sobre el muro, podré jalarte.” Pero en el momento en que Refugio llegaba al borde de la tapia, ésta cedió al peso, y se desplomó en gran parte, lanzando a los dos jóvenes hacia la acera con gran estruendo, donde recibieron, además, una tremenda lluvia de adobes despedazados. Estando ambos en el suelo, Lorenzo ayudó a Refugio y le dijo, “¡Vidita, mía! ¡Háblame!¿Te has lastimado?” Refugio trató de levantarse, pero dijo, “¡Ay Lencho! ¡Creo que me he lastimado un pie!¡Me duele mucho!¡Ay!” No quedaba otro remedio que alejarse de allí. Lorenzo la tomó, y ella dijo, “Pero, ¿A dónde me llevas Lorenzo?” Lorenzo la subió a la silla del caballo y le dijo, “Puede venir tu tío, atraído por el estruendo y descubrirnos.” Ella le dijo, “¡Ay, y creo que entonces si nos agarraría a balazos!” Lorenzo se subió al caballo también y dijo, “Por eso, mi vida. Te voy a esconder en un lugar seguro, mientras hallo cómo cuidarte y cómo resolver la situación.” Ella le dijo, “¡Pues vámonos para Zitácuaro, con el maestro Primitivo!” Él le dijo, “Eso no es posible, porque la noche esta lluviosa y oscura. Rodaríamos fácilmente por cualquier desfiladero de la sierra, con todo y cabalgadura.” Llegaron a la boca de una cueva, Refugio dijo, “¡Ay, Lorenzo, qué lugar tan horrible! ¿Y aquí me vas a dejar?” Él le dijo, “Solamente mientras voy por Don Cleofas, el curandero, para que te vende el pie.” Lorenzo la bajó del caballo y la recostó en el piso de tierra, dentro de la cueva. Entonces le dijo, “Aquí te dejo mi navaja, por si tuvieras que defenderte de algún merodeador o animal del bosque.”

     Amanecía cuando, ya Lorenzo, provisto de un cobertor y una almohada, se disponía a salir del rancho Anonas, pero…su padre le salió al encuentro, “¿A dónde vas tan temprano, m’ijo?” Él le dijo, “Eh…¡A cúrame las reumas , señor padre, si usté me da licencia! Porque no han dejado de molestarme. Quiero pasar a ver a Cleofas, para que me dé un ungüento, y luego seguirme a Purúa para tomar unos baños medicinales.” Su padre le dijo, “Pues anda con mi bendición hijo. Y cuídate mucho porque te veo mala cara.” Minutos después, don Cleofas examinaba el pie dislocado de Refugito, diciendo, “Voy a necesitar lienzos y aguardiente, para darle unas friegas.” El curandero decidió regresar al pueblo. Y, poco antes de llegar a su casa, se encontró de manos a boca con don Juan Cabello, quien le dijo, “¡Anda usté muy apurado, don Cleofas! ¿Ya vio uste a m’ijo Lencho?” Don Cleofas supuso que, si le preguntaba por el muchacho era porque Don Juan estaba enterado de todo, y le dijo, “Sí, sí, señor. Y ya le examiné su piecito a la muchacha. Precisamente vine en un galope por vendas y aguardiente para curarla.” Don Juan le dijo, “Bueno, pos no lo entretengo, ¡Vaya usté con Dios, amigo!” Don Juan se fue pensando, “¡Así que no era por las reumas que Lencho consultó a Cleofas! Sino que se trata de una pollita en apuros.” A prudente distancia, Don Juan siguió al curandero en su caballo, y le vió entrar en la cueva, pensando, “¡Así que allí la esconde!” Un rato después observó que Lorenzo se despedía de Don Cleofas, diciendo, “Gracias por todo y, por favor, no diga a nadie que Refugio está aquí.” Don Cleofas subió a su caballo y dijo, “Descuida muchacho, ¡Por mí no lo sabrán!” Aquello preocupó a Don Juan, que lo había escuchado todo, pensando, “¡Refugio!¡Caramba!¡Ahora sí que Lencho se encuentra en un aprieto! Ese soberbio de Don Epitacio va a armar un escándalo de los mil demonios si se entera…”

     Don Juan decidió ir en busca de un consejo a casa de un coronel, viejo amigo, y compañero suyo de armas durante la guerra de independencia. Su amigo coronel le dijo, “Pues, sí que esa niña y su hijo de uste se hallan en un predicamento. Pero yo le puedo ayudar si me lo permite.” Don Juan le dijo, “¿Cómo? En realidad, no se me ocurre…” El coronel lo interrumpió, “Muy sencillo, me encargo de la muchacha y la llevo a vivir a un convento. Como uste sabe, no tengo hijos. Y, para mi seria un gusto contar con una chiquilla cuya educación yo pueda sostener. Así evitaríamos un encuentro sangriento, entre ese meco de Don Epitacio y el muchacho de usted.” Don Juan aceptó. Sacaron a Refugito de la cueva, aprovechando la ausencia de Lencho. Cuando llegaron con el carruaje, ella les dijo, “¿A dónde me llevan?” Don Juan le dijo, “Cálmate chiquilla. Todo es por tu bien.” Y cuando el muchacho regresó, encontró solamente una cobija y una almohada en la tierra, y dijo, “¡La cueva está vacía! ¿Qué puede haber pasado?” Lorenzo anduvo varios días en la incertidumbre, sin saber qué hacer, e imposibilitado de preguntar a nadie, pensando, “¿Sería Don Epitacio quien la encontró? ¡No, no lo creo! Pues no hay nadie ni en su casa ni en la tienda. ¡Tal vez la hallan raptado los bandidos!”

     Pasó bastante tiempo, y ni Don Juan quiso hablar con su hijo del molesto asunto. Ni éste se imaginó que su padre sabia de la suerte que corriera Refugio. Al verlo decaído, Don Juan pensaba, “¡Pobre hijo mío! Pero ha sido mejor así, ¡Ya lo olvidará!” Cerca de un año después de la desaparición de la muchacha, Lorenzo decidió su vida, y estando desayunando con su padre le dijo, “Señor padre, me voy a dedicar al comercio de aguardiente. Yo no sirvo para el trabajo del campo ni para servir a un patrón. Bien me acuerdo que me decía el maestro Primitivo que, 'Servir es ser vil.'” Su padre le dijo, “Pero, hijo, ¿A dónde va el buey que no ara?¡No hay atajo sin trabajo!” Él le dijo, “Bueno, yo quiero trabajar pero independientemente, señor padre. Y, si me habilita usted con dos mulas viejas, un carrito, y la yegua mora Lunanca, me iré por esos caminos de Dios a buscarme la suerte.” Y Lorenzo cumplió su promesa pues, al cabo de dos años ya tenía ocho buenas mulas propias, un buen macho de silla; cargaba unos dieciséis barriles se aguardiente y se había hecho de un capitalito que ascendía a más de seiscientos pesos.

     Entretanto, Refugio salía del convento, tomada del brazo de su mentor, convertida en una hermosa señorita. El coronel le decía, “Aquí, lejos de San Juan, podrás comenzar a asistir a fiestas y saraos, sin cuidado alguno muchacha. ¡Es justo que después de tantos desasosiegos, te diviertas un poco jovencita!” No tardó mucho en aparecer un pretendiente, quien dijo, “Señor coronel, vengo a solicitar a usted en matrimonio a la señorita Refugio.” Antes de dar una respuesta, el coronel hizo un viaje especial a San Juan para hablar con Lorenzo Cabello. El coronel le dijo, “Voy a contarte algo que ocurrió hace varios años Lencho, cuando Refugio se hallaba oculta en aquella cueva.” Lencho dijo, “¿Cómo? ¡Entonces usted!”  El coronel puso al tanto al muchacho de todo lo ocurrido, y concluyó, “De esa manera tu padre y yo evitamos un enfrentamiento entre la familia de ella y tú.” Lorenzo dijo, “¡Caramba! Así que Refugio continúa en ese convento.” El coronel le dijo, “No, ella se encuentra lejos de aquí, haciendo una vida normal de sociedad. Y, precisamente hace unos días alguien me la pidió en matrimonio. Ahora, Lencho, fíjate bien lo que voy a decirte.” Puso el coronel su sombrero en un extremo de la mesa, y en el otro extremo un cofre. Y señalando al cofre dijo, “Mira muchacho, esta es Refugio. Son las joyas que le entregaron sus padres. O sea, de menos unos quince mil cuatrocientos pesos de renta. Además, una niña chulísima y encantadora, que te haría muy feliz, estoy seguro de ello.” Enseguida el coronel tocó el ala de su sombrero, y dijo, “Pero aquí se halla un hombre viejo y cansado que lo espera todo de ti: tu padre. Tienes que escoger entre una vida regalada con la hermosa Refugito, y la compañía y viril ternura que encierran los últimos años de la vida de tu viejo.” Lorenzo Cabello no lo pensó mucho, “Coronel prefiero a mi padre. Él es más importante para mí que cualquier otra persona. ¡Renuncio a esa señorita!”

     Lorenzo, pues, continuó con su comercio de aguardiente y se olvidó, poco a poco, de Refugito. Prosperaba pero no sin esfuerzo, pues además de hacer continuamente penosos y largos recorridos, tenía que lidiar con aduaneros, que en ese entonces eran una verdadera plaga. Pues el gobierno gravaba con impuestos todas las mercancías, y ya había abierto para el cobro numerosas “garitas” donde los viajeros tenias que hacer sus pagos. Lorenzo solía “regalar” a los aduaneros algunas cantidades de su mercancía para que le dejaran en paz, diciendo, “Tome esta ánfora, mi comandante, ¡Y brinde usted a mi salud!” Pero una dia, un oficial a caballo lo detuvo, “¡Eh tú!¡Alto ahí! ¿Qué llevas en esos barriles?” Lorenzo le dijo, “Ya tiene el sello oficial, señor, y yo…” 
     El oficial destapó uno de los barriles y dijo, “¡Vaya!¡Pero si es contrabando de aguardiente!¡Y del mero bueno!” Media hora después, Lorenzo maldecía su suerte en el interior de una celda, pensando, “Son unos ladrones. Me quitaron todo mi cargamento, mis mulas, mi caballo y hasta mi traje de charro.” 
     Un mes después, Lorenzo volvía a su casa derrotado y furioso, acompañado de don Alejo, un paisano de San Juan, que se había encontrado por el camino. Mientras ambos platicaban a caballo, Lorenzo decía, “¡Mi padre luchó por años contra el gobierno virreinal para hacer de éste un país libre. Y resulta que el gobierno que surgió de las guerras de independencia conserva aún las injustas leyes que autorizan los monopolios y hacen impunes a todos esos funcionarios bandoleros de las aduanas, quienes amparados por tales leyes, desvalijan a los modestos y honrados comerciantes.” Alejo le dijo, “Te veo como me vi hace algún tiempo, Lorenzo. Y, porque sé que eres un hombre valiente y entero. Te invito a unirte a mi grupo. Somos contrabandistas de tabaco, y nos llaman los hermanos de la hoja.”

     Algunos días después Lorenzo se confiaba a su padre, “No quiero ya trabajar solo. Porque así estaría de nuevo a merced de los del resguardo de aduanas. Me uniré a los hermanos de la Hoja. Juntos no podrán hacernos victimas de sus pillerías.” Don Juan guardó silencio triste. Lorenzo le dijo, “¡Oh, padre! ¡Perdóneme! Si lo que le he dicho le causa pesar, olvídelo. Me quedaré en el rancho a su lado.” Pero no era eso lo que Don Juan Cabello esperaba de su hijo, y le dijo, “¡No! ¡Irás a reunirte con esa gente, tal como prometiste a Alejo! No quiero que faltes a tu palabra.” Don Juan le proporcionó un caballo, un rifle, dos pistolas, y un mastín llamado sultán, con los cuales Lorenzo emprendió una nueva vida. Su padre le dijo, “Recuerda hijo, ‘Con astucia y reflexión se aprovecha la ocasión’” Lorenzo subió a su caballo y dijo, “¡No lo olvidaré, padre mío!”

     Unos días más tarde, Lorenzo se hallaba en la guarida de los temidos Hermanos de la Hoja, diciendo, “¡Aquí estoy para lo que gusten mandar señores!” Alejo dijo, “Tenemos por costumbre someter a una prueba de iniciación la valentía y habilidad de los recién llegados. ¿Estás listo Lencho?” Lorenzo dijo, “¡Claro que sí!¡He venido dispuesto a lo que sea!” No había terminado de hablar cuando todos se abalanzaron a él, como lobos hambrientos. Uno de los hermanos gritó, “¡A quitarle las pistolas!” Lorenzo dijo, “¡Epa!¡No va a ser tan fácil canijos!” Pepe, uno de los hermanos gritó, “¡Basta!¡Es suficiente!” Lorenzo tenía la ropa rasgada, algunos moretones y rasguños, estaba despeinado y sudoroso. ¡Pero nadie había podido arrebatarle las dos pistolas. Que su padre le regalara, en San Juan antes de partir.” 
     Pepe le dijo, “Has probado ser un charro completo. Toma mi sombrero a cambio del tuyo, que hemos pisoteado.” Alejo le dijo, “Yo te regalo mi chaqueta, pues hace girones la tuya.” El otro hermano le dijo, “Y yo la camisa le lino que me bordó mi novia.” Enseguida Pepe dijo, “Ahora, Lorenzo Cabello, ¿Juras, por lo que sea para ti más sagrado, que tus intereses serán los nuestros, que nuestras familias serán tu familia, y que defenderás con tu vida si es preciso, la de cada uno de los hermanos de la Hoja?” Lorenzo levantó su mano y dijo, “¡Lo juro!” Pepe le dijo, “Cada uno de nosotros tiene un nombre especia como miembro de nuestro grupo, para que nadie sepa el verdadero. ¿Cuál será el tuyo?” Lorenzo dijo, “¡Me llamaré Astucia¡” En ese momento, Lorenzo recordó las palabras de su padre: “Con astucia y reflexión se aprovecha la ocasión.”

     Con jaripeos, coleadas, barbacoa y bailes campiranos se celebro el ingreso de Lorenzo a la asociación de los Hermanos de la Hoja. Y algunos días después el grupo se reunía para hacer planes. Pepe dijo, “Creo que ya es hora, señores, de que nombremos un jefe. Yo propongo a Chepe Botas.” El otro hermano dijo, “Pues yo voto por Alejo. Lo mejor es que nos rifemos el puesto. Al que le toque se amuela.” Todos escribieron su nombre en una papeleta. Cuando leyeron la papeleta escogida se dieron cuenta que el elegido era Astucia. Lorenzo dijo, “¡Oh, no! Yo acabo de ingresar. No tengo experiencia. Volvamos a hacer el sorteo.” Uno de los integrantes del grupo se acercó, y le dijo, “¡Nada de eso!¡La suerte ha hablado!¡Tú serás nuestro guía! Entre todos te iremos poniendo al tanto de cómo operamos. Lo demás quedará a tu criterio.” Otro del grupo gritó, “¡Viva el jefe Astucia!” Y otro gritó, “¡Muera el monopolio tabacalero!”

     Poco tiempo después, Lorenzo conocía ya todos los trucos, señales y precauciones de que tenían que valerse Los Hermanos de la Hoja para sobrevivir. Mientras cabalgaba junto con Pepe, éste le decía, “Como ya te habrás dado cuenta, Astucia, tenemos que mantener a raya a los bandidos de esta zona de los que ya hemos colgado uno que otro por desobedecer nuestras ordenes” Una mañana llegaron a Tochimilco cuando se celebraba la fiesta del pueblo. Pepe dijo a Lorenzo, “¡Vaya! Pues se encuentra aquí, por lo visto, la flor innata de los mañosos. Allá veo a Paco el Curro, con su gente por acá, al Garabato y a los Río Frío. ¡Ujuy!¡También Don Polo ha venido a los gallos! Ten cuidado manito. Y no les des la mano. Te advierto o te dejara medio manco.” Don Polo, jefe de los Charros de Tierra Caliente, se acercó, diciendo, “¿Qué hay Pepe?¿Qué milagro que se te ve por aquí?¿Quién es este charro tan ajuareado que te acompaña?” Pepe dijo, “Es Astucia, nuestro jefe, y tengo el gusto de presentártelo, Don Polo.” Don Polo dijo, “¡Vaya, pues considéreme su criado, señor Astucia!¡Soy Apolinar Reyes pa’servir a usté!” Lorenzo extendió la mano, y Don Polo la estrechó. De pronto, varios curiosos los rodearon. Uno de los curiosos dijo, “¡Ya cayó otro incauto con ese Don Polo!” Otro curioso dijo, “¡Se va arrepentir de haberle tendido la mano! Porque a ese charro le encanta probar su fuerza apachurrando los dedos de los demás.” Mientras le apretaba la mano, Don Polo le dijo a Lorenzo, “¿Qué me dice, señor Astucia? ¿Aguantará usted un apretón de los míos?” Lorenzo le dijo, “Apriete usted lo que quiera, amigo.” Don Polo creyó que sería fácil triturar aquella mano. Pero la sintió tan dura como si fuera de hierro. Hizo su mayor esfuerzo, sin lograr que Lorenzo mostrara ningún dolor. De pronto, fue Astucia quien comenzó a tensar el brazo. Una vena le inchó en la frente, por el esfuerzo. Apretó, y la mano de Polo comenzó a ponerse morada. Hasta que Don Polo dijo, “¡Basta!¡Basta!¡Lo declaro Rey, mi amigo Astucia!” Don Polo se masajeó la mano, diciendo, “¡Je!¡Qué bárbaro!¡Me dejó dormido el brazo!” Enseguida, don Polo se entusiasmó, y dijo, “¡Toquen la Diana, muchachos! ¡Este charro es un campeón!” Pepe gritó, “¡Viva Astucia!¡Vivan los Hermanos de la Hoja!”

     Un poco más tarde, cuando Pepe, Don Polo, y Astucia tomaban unas cervezas, Pepe dijo, “¡Uf!¡Miren quién está por allí!¡Es ese rastreo del Buldog, que después de haber traicionado a varios bandoleros con los que anduvo!¡Ahora está de segundo en el resguardo del tabaco!” El Buldog entretanto, contaba sus tribulaciones a un amigo: “Como le decía, compadre, ¡Esos charros malditos que se hacen llamar Los de la Hoja me tienen frito! Mis jefes exigen que los detenga, pero no me dan el suficiente bastimento para poder hacerles frente. Así que, yo mejor le saco al bulto.”

     Poco después, comenzaba el jaripeo, y el toro salía del corral, bufando amenazador. El Buldog lo esperaba con la reata en la mano, diciendo, “¡Ehhh, toooro!” Pero le falló la lazada y se enredó. Y el cuerpo del animal paso quemado el anca de su caballo y rozándole a él mismo las posaderas. Asustado, el caballo se encabritó. Y el Buldog fue a dar al suelo, provocando las risas y los chiflidos de todos los asistentes. El toro iba a embestir de nuevo, cuando un giro maestro de la reata de Astucia, lo atrapó, quien dijo, “¡Quieto, toritoooo!” Y la gente prorrumpió en aplausos, gritando uno, “¡Viva el charro!” Y otro, “¡Viva! ¡Así se hace!”

     Algunos meses después, los Hermanos de la Hoja bajaban con su cargamento por la cuesta de las lajas, gritando uno de ellos, “¡Arreee, mulaaa!” En eso, un campesino de la zona los detuvo, diciendo, “¡Eh, señor Astucia! Los del resguardo vienen por la loma, para caerles en la hondonada! Son como veinticinco y los comanda un tal Buldog.” Lorenzo dijo, “¡Pronto!¡Pongan unas cinco o seis estacas y amárrenles cuerdas delgadas que atraviesen el camino!” El Buldog daba instrucciones entretanto: “Vamos a bajar ahora para sorprenderlos a media cuesta y que no se nos escapen. Ellos y sus mulas rodarán por el desfiladero y desde éste momento les digo que, lo que cada uno agarre será parte de su paga.” Y dio la orden, “¡Sobre ellos muchachos!¡Viva el resguardo!¡Avancen!” Y arrancó seguido de sus hombres en una loca carrera. Diciendo, “¡A la cargaaa!” Pero cobarde como era, antes de estar demasiado cerca del enemigo, jaló las riendas, y dejó pasar a su batallón por delante, gritando, “¡Vamos!¡Vamos!¡De prisa!” Así que fueron los incautos que le siguieron, quienes, al tropezar sus caballos con las cuerdas, cayeron al precipicio. Algunos quedaron colgando. Otros no pararon hasta tocar el fondo. Al ver esto, el Buldog se dispuso a huir en su caballo, pero Lorenzo le salió al encuentro, diciendo, “¿A dónde va comandante?” Los de la Hoja le pusieron una cuerda al cuello para colgarlo. Pepe le dijo, “¡Así aprenderás a no pasarte de listo, amiguito!” Y el Buldog se asustó tanto que cayó inconsciente del caballo, antes de que lo colgaran. Pepe dijo, “¡Vaya!¡No aguanta nada!”

     Cuando despertó, el Buldog aún tenía la reata alrededor del cuello, pero nadie le había hecho daño. El Buldog dijo, “¡Estoy vivo!” Y con la reata había un pañuelo con un solo nombre escrito: “Astucia.” El Buldog aventó la reata con el pañuelo amarrado, diciendo, “¡Maldito charro ese! Ya me humilló en el jaripeo. Ahora, me hizo perder a mis hombres y casi me mata pero, ¡Ya me las pagará!”

     El Buldog puso innumerables trampas a los de la Hoja, pero, siempre salió perdiendo. Hasta cuando decidió emboscarlos en el Pinal del Paso del Muerto. Y se apostó allí con sus hombres mientras un tal silvestre hacía pasar por el lugar con engaños a Astucia, diciendo, “¡Adió, aquí estaban mis mulas, jefecito! Se han de haber desperdigado. Voy a buscarlas.” No bien el supuesto vendedor de tabaco hubo desaparecido, y una bala rozó el ala del sombrero de Lorenzo. Pepe, que vigilaba desde la loma, vio que un hombre se alejaba a galope, pensando, “¡Seguro que ese fue el que hizo el disparo!” Pepe tomó su carabina e hizo fuego. El hombre que era uno de los del Buldog, cayó muerto. Y de todos puntos del cerro surgieron hombres armados de ambos bandos. Uno de un bando gritaba, “¡Mueran los traidores!” Otro de otro bando gritaba, “¡Viva el resguardo!¡A la carga!” Comenzó la balacera. Y el Buldog iba a disparar con su pistola, cuando una bala de Tacho, el más joven de los charros, le voló el arma de la mano. Entonces el comandante Buldog corrió hacia su caballo, pero un gran perro mastín le salió al encuentro obstaculizando su paso. El comandante le lanzó una piedra al perro. Entonces, el comandante alcanzó su pistola que traía en la alforja, y le disparó a Astucia en una pierna, diciendo, “¡Muere!¡Charro maldito!” Pero en el momento, el perro Sultán, repuesto de la pedrada, se lanzó al cuello del comandante.

     Y mientras los charros atendían a su jefe herido, Pepe le dijo, “¿Dónde te dio, hermano?” Lorenzo dijo, “¡Fue solo un rozón en el muslo, no se preocupen!” Mientras tanto, el mastín ponía fin a la infame carrera del Buldog, con otra terrible tarascada. Alejo dijo, “¡Caramba!¡Lo mató!” Pepe dijo, “¡Ya estas vengado Lorenzo!” Tras la muerte del que creían su peor enemigo, Los de la Hoja creyeron que podrían por tiempo indefinido, continuar su comercio en paz. Pero los monopolistas del tabaco no se habían dado por vencidos. Uno de ellos, el señor Higueras, dijo, “Tenemos que acabar con esos viles contrabandistas, que reducen nuestras ganancias abarcando gran parte del mercado interno.” El general, presente con ellos, dijo, “No se preocupe, señor Higueras. Con el dinero que usted y sus asociados destinaron para el resguardo. Aumentaremos el número de recluta, y les daremos la batalla definitiva.”

     Fue asi que una noche, en la Barranca de la Viuda, cercana a Tlaxcala, setenta hombres del resguardo, auxiliados por cien soldados de seguridad pública de Puebla, tendían una emboscada a los contrabandistas. Uno de los soldados, escondido tras unos matorrales le decía a otro, “Según nuestro soplón por aquí han de pasar, con un rico cargamento.” El primero en caer fue un arriero al que llamaban el Fandango. Enseguida, Astucia y Pepe, se dieron cuenta que estaban rodeados. Lorenzo dijo a Alejo, “¡Maldición!¡Hay dragones y capotes amarillos por todas partes! Nuestra única salvación está en la barranca. Si bajamos con reatas, tal vez salvemos la vida. Aunque eso si…perderíamos todo el cargamento.” Alejo dijo, “¡Juramos defender a riesgo de lo que fuera, nuestros intereses!” Pepe dijo, “¡Y no dejarnos despojar por esos malditos ladrones del resguardo!” Otro de los charros levanto su arma y dijo, “¡Si sucumbimos, que sea sin dar un paso atrás!” Otro gritó, “¡A pelear como los hombres!” Alejo gritó, “¡Uno para todos y todos para uno!” Lorenzo levantó su rifle y dijo, “Bien mis valientes, pues ¡A dar la batalla!”
     La lucha era a muerte, y une verdadera lluvia de balas lleno de ecos terribles la barranca. Chepe Botas fuer alcanzado en el pecho. El tapatío corrió hacia él. Pero fue tocado en la cabeza por una bala. Y ambos quedaron allí muertos, uno junto al otro. Fueron cayendo así los de la Hoja, uno a uno sin remedio. Alejo se tocó el pecho y dijo, “¡Diosito!” cayendo herido en el suelo. Astucia se acercó, arrastrándose hasta donde Alejo agonizaba. Y aún le oyó decir, “Lencho, solo quedas tú para velar por nuestras familias ¡vive!” Y en el momento en que Alejo expiraba, el machete de un dragón cayó sobre la espalda de charro Astucia. Y varias pistolas vomitaban, ejecutando vilmente a Lorenzo Cabello. Poco después la Barranca de la Viuda se llenaba de zopilotes. Y los soldados cabalgaban hacia Huamantla, después de haber masacrado a los Hermanos de la Hoja. Llevaban el cuerpo tasajeado de Lorenzo sobre una mula. Una de los soldados a caballo dijo, “¡Lo colgaremos en la plaza para escarmiento de aquellos que quieran hacerse contrabandistas!” Pero cuando llegaron, un tremendo aguacero bañaba la ciudad. Dejaron los animales a la intemperie y se metieron al primer alberge que vieron. El cuerpo del charro Astucia resbaló, sin que nadie lo advirtiera, y cayó. De manera que, al pasar por allí, el doctor y su ayudante vieron el bulto. El doctor dijo, “¡Vaya que hay heridos en el cuartel!¡La balacera debe haber sido tremenda!” El ayudante dijo, “¡Mire doctor!¡Allí hay un hombre tirado!” El doctor dijo, “¡Válgame!¡Con todas estas heridas tiene que estar muerto!” 
     Lo llevaron a la casa del facultativo, y cuando lo pusieron sobre un sofá, Astucia abrió los ojos y murmuró, “¡A-Agua!” El doctor dijo, “¡Dios mío!¡Es increíble!¡Esta vivo!” Y pasaron los años y el gobierno fue derrocado, comenzó a regir entonces el sistema federal en el país. Fue entonces que llego al Valle de Quencio cercano a Morelia, un funcionario de la naciente republica, que presentó a los hacendados del lugar sus credenciales: “Coronel Astucia, Jefe de Seguridad Pública.” Uno de los hacendados le dijo, “Hemos solicitado al gobernador, durante años, que nos enviara efectivos para combatir a las bandas de ladrones que pululan por la zona.” Otro hacendado le dijo, “¡Esperamos que sea usted capaz de cumplir con esta misión!” Lorenzo dijo, “No tenga cuidado, señor, lo haré. ¡Como que me llamo Astucia!” 
     Y en efecto, posteriormente Astucia hablaba con los bandidos, negociando, “¡Muy bien señores bandidos!¡Mis hombres y yo les daremos a escoger! Se van del valle y se olvidan de que existe, o los colgamos aquí mismo en este bosque.” Muy pronto hubo paz y sosiego en aquel lugar. Tres escuadrones de infantería y doscientos hombres a caballo formaban la fuerza de la seguridad pública. Y los hacendados, por primera vez, pagaban gustosos sus impuestos. Uno de ellos decía, “¡Lo ha logrado coronel Astucia!¡Aquí está mi aportación!” Otro le dijo, “¡Usted y sus muchachos bien lo valen!” Pero tales impuestos no llegaban a las arcas del estado y esto termino por inquietar a los funcionarios de Morelia, uno de los cuales, el gobernador mismo, dijo, “¡Hace más de un año que no recibimos nada del valle de Quencio! Que una comisión vaya a investigar por qué.”
     Pronto, la comisión investigadora estuvo de regreso. El informante dijo, “Un tal coronel Astucia, al que usted nombró jefe de seguridad pública, es el responsable, señor gobernador.” El gobernador dijo, “¿Coronel Astucia?¿Jefe de seguridad? Pero, ¡Yo no le nombré tal cosa! Ya que, ¡Ni siquiera lo conozco!” Aunque, la indignación del gobernador amainó al enterarse de la benéfica labor de Astucia, cuando el informante le dijo, “Ha construido un cuartel, dos fuentes. Y ahora destina lo de los impuestos al levantamiento de una pequeña escuela.” El gobernador dijo, “¡Caramba! Pues al parecer se trata de un hombre hábil y honrado. Yo que creí que se trataba de un ladrón.” El funcionario le dijo, “Las gentes de esa zona están contentas. Y le felicitan a usted por haberles enviado al primer funcionario hábil y honesto que han tenido, según dicen. Además, se me ha dicho que el tal coronel Astucia podrá su nombre de usted a la escuelita.” El gobernador dijo, “¿Mi nombre? ¡Je!¡Sí que es astuto ese Astucia!”
     Algunos meses después, se celebraba una gran fiesta en el valle de Quencio. Había jaripeo. Había tacos, baile, música y cohetes. El invitado de honor era el gobernador del estado de Michoacán, quien cortó el listón inaugural de la escuela recién terminada, la cual en efecto llevaba su nombre. Enseguida, en su momento, el gobernador susurró al oído de Lorenzo Cabello, “Deme ese nombramiento falso que se fabricó, compadre.” Lorenzo creyó que ese era el fin, pensando, “¡De nada valió la fiesta!¡Seguro va a fusilarme!” Pero no tenía más opción que entregar el documento. Pero entonces, el gobernador sacó un pliego de su bolsillo y se lo entrego, diciendo, “Aquí tiene usted. Ahora su nombramiento es legal y auténtico, firmado de mi puño y letra como jefe de seguridad, amigo mío. Hombres audaces, hábiles y con las agallas de usted, son los que necesita nuestro gobierno. ¡Enhorabuena!” Y las gentes del Valle de Quencio, sin sospechar siquiera que aquel falso jefe de seguridad  acababa de ser ratificado en su puesto, continuaron la fiesta, coleando reses, lazando caballos, haciendo figuras con las reatas y lanzando al cielo luces de bengala.
Tomado de Joyas de la Literatura, Año 1, No. 9, 15 de marzo de 1984. Adaptación: R. Bastien. Guión: Dolores Plaza. Segunda adaptación: José Escobar.

7 comentarios:

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  2. Muy buena sinopsis de la formidable novela de Luis G. Inclán, y excelentes las ilustraciones elegidas.
    Ojalá que a quienes la lean (la sinopsis) se les antoje y se animen a leerla (la novela) y a disfrutar del lenguaje campirano de mediados del siglo XIX mexicano.
    Gracias, José Escobar.

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    1. Ojalá Osverol. Saludos fraternales. Felicidades!

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  4. MI NOMBRE ES ANTONIO CABELLO BARRAZA ME CONTO UN TIO QUE EL ABUELO DE MI PADRE, LLEBO POR NOMBRE LORENZO CABELLO LLEGO A UN PUEBLITO MUNICIPIO DE SANTIAGO PAPASQUIARO DGO,AHI EN SAN ANDRES ATOTONILCO DGO TUBO A ANTONIO CABELLO LOPEZ BASILIO, DANIEL. MARIA DEL REFUGIO CABELLO LOPEZ ESTE SEÑOR ESTRAÑO TUBO OTRA HIJA Y REPITO EL NOMBRE DE MA. DEL REFUGIO Y LO ESTRAÑO ES QUE EL GOBIERNO LE QUEMO SU BIBLIOTECA PERSONAL QUE CONTABA EN SU CASA.

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  5. es un excelente libro este de Astucia. yo he leído dos veces el tomo uno y estoy por la mitad del segundo tomo que solo logré encontrar en version digital en Amazon.

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  6. les recomiendo la edición de Manuel Sol del FCE son dos tomos, pues es la edición que mas respeta el lenguaje campirano. Atte. Beatríz Inclan P. una descendiente de él.

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