Club de Pensadores Universales

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sábado, 7 de junio de 2014

La Señora Cornelia de Miguel de Cervantes Saavedra



     Miguel de Cervantes Saavedra, nació en Alcalá de Henares, el 29 de septiembre de 1547 y murió en Madrid, 22 de abril de 1616, a la edad de 68 años. Cervantes fue un soldado, novelista, poeta y dramaturgo español.
     Es considerado una de las máximas figuras de la literatura española y universalmente conocido por haber escrito Don Quijote de la Mancha, que muchos críticos han descrito como la primera novela moderna y una de las mejores obras de la literatura universal, además de ser el libro más editado y traducido de la historia, sólo superado por la Biblia. Se le ha dado el sobrenombre de “Príncipe de los Ingenios.”
     Las Novelas Ejemplares son una serie de novelas cortas que Miguel de Cervantes escribió entre 1590 y 1612, y que publicaría en 1613 en una colección editada en Madrid por Juan de la Cuesta, dada la gran acogida que obtuvo con la primera parte del Quijote. En un principio recibieron el nombre de Novelas Ejemplares de Honestísimo Entretenimiento.
     Se trata de doce novelas cortas que siguen el modelo establecido en Italia. Su denominación de ejemplares obedece al carácter didáctico y moral que incluyen en alguna medida los relatos. Cervantes se jactaba en el prólogo de haber sido el primero en escribir en castellano este tipo de novelas al estilo italiano:
     A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más que me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la imprenta.
     Se suelen agrupar en dos series: las de carácter idealista y las de carácter realista. Las de carácter idealista, que son las más próximas a la influencia italiana, se caracterizan por tratar argumentos de enredos amorosos con gran abundancia de acontecimientos, por la presencia de personajes idealizados y sin evolución psicológica y por el escaso reflejo de la realidad. Se agrupan aquí: El Amante Liberal, Las Dos Doncellas, La Española Inglesa, La Señora Cornelia y La Fuerza de la Sangre. Las de carácter realista atienden más a la descripción de ambientes y personajes realistas, con intención crítica muchas veces. Son los relatos más conocidos: Rinconete y Cortadillo, El Licenciado Vidriera, La Gitanilla, El Coloquio de los Perros o La Ilustre Fregona. No obstante, la separación entre los dos grupos no es tajante y, por ejemplo, en las novelas más realistas se pueden encontrar también elementos idealizantes.
     Ya que existen dos versiones de Rinconete y Cortadillo y de El Celoso Extremeño, se piensa que Cervantes introdujo en estas novelas algunas variaciones con propósitos morales, sociales y estéticos (de ahí el nombre de «ejemplares»). La versión más primitiva se encuentra en el llamado manuscrito de Porras de la Cámara, una colección miscelánea de diversas obras literarias entre las cuales se encuentra una novela habitualmente atribuida también a Cervantes, La Tía Fingida. Por otra parte, algunas novelas cortas se hallan también insertas en el Don Quijote, como El Curioso Impertinente o una Historia del Cautivo que cuenta con elementos autobiográficos. Además, se alude a otra novela ya compuesta, Rinconete y Cortadillo.
La Señora Cornelia
de Miguel de Cervantes Saavedra

     En la hermosa ciudad de Salamanca, se encuentra una de las universidades más prestigiosas de España. Allí, en el año de 1650 estudiaban Juan de Gamboa y Antonio de Inzunza, dos jóvenes de ricas y distinguidas familias. Ambos procedentes de Vizcaya, se habían hecho grandes amigos. Un día, mientras ambos platicaban bajo un árbol, Antonio dijo, “Juan, estoy harto de tanto estudio. No nací para ser abogado.” Juan le dijo, “Yo tampoco. Ya no soporto estar encerrado y en medio de tantos libros.” Antonio dijo, “¡Qué maravilloso seria poder viajar y conocer el mundo!” Juan le dijo, “Ni lo digas, que me dan ganas de partir ahora mismo.” Antonio le dijo, “¡Siempre he soñado con ir a Flandes!¡Las mujeres de allí son muy bellas!” Juan respondió, “¿Y qué nos detiene? Nos acaba de llegar la mensualidad que nos envían nuestros padres. Con eso y nuestros ahorros nos alcanzará para viajar por algún tiempo.” Antonio le preguntó, “¿Hablas en serio?” Juan dijo, “¡Claro amigo! Ambos tenemos 24 años. Es nuestra oportunidad.”Antonio respondió, “Pero…nos falta tan poco para terminar los estudios…” Juan dijo, “No pienses en eso, vamos. ¡Anímate!” Antonio dijo, “Pero, tu padre y el mío decidieron que fuéramos abogados para seguir la tradición familiar. Ni a ti ni a mí nos consultaros. Pues bien, nos iremos sin preguntarles.” Juan le dijo, “¡Así se habla!¡Adiós libros, exámenes, y noches en vela!” Antonio dijo, “Partiremos hoy mismo, pero antes escribiremos a nuestras familias comunicándoles nuestra decisión.” Juan dijo, “Y como cuando reciban las cartas ya estaremos en camino, nada podrán hacer.”
     Si meditarlo más, pusieron en práctica el proyecto y un mes después, un día, ambos dialogaban en su cuarto de posada, estando ya en Flandes, acostados cada quien en su cama. Entonces Antonio comentó, “La verdad Juan, Flandes no me parece tan atractivo como imaginaba.” Juan respondió, “Acabamos de llegar, ya veras, pronto descubriremos su encanto.” Transcurrieron los días y la ciudad tranquila como nunca, nada les ofrecía. Una día, Juan le dijo a Antonio, “Llegaron cartas de nuestros padres.” Antonio dijo, “Ya me imagíno lo que nos dirán.” Cada quien leyó su carta, y Juan dijo, “Mi padre está furioso. Lo menos que dice es que soy un mal hijo y un irresponsable.” Antonio le dijo, “No creo que esté más enojado que el mío. La verdad siento haberle dado esta tristeza.” Juan dijo, “Yo también creo que debimos reflexionar un poco antes de dejar la universidad.” Antonio dijo, “Ya es tarde. Nada sacamos con lamentarnos.” Juan precisó, “Tienes razón. Salgamos, necesitamos una copa que nos reanime.” Antonio dijo, “Me parece que ni una botella me levantara mi ánimo.”
     Ambos fueron a una taberna cercana, se sentaron en una mesa, y comenzaron a beber vino. Juan dijo, “Amigo, no sabes cómo lamento lo mal que nos hemos portado con nuestros padres.” Antonio dijo, “El mío me dice que mi madre no ha dejado de llorar desde que recibió mi carta.” Juan dijo, “Somos un par de malagradecidos y…¿Eh?” Enseguida un hombre tumbó accidentalmente el tarro de vino de la mesa. Antonio se levantó y dijo, “¡Cuidado!¡Tonto, mire lo que hizo!” El hombre dijo, “¿A mí me dijo tonto?” Antonio lo empujó y dijo, “¡A ti, pedazo de bestia!” Otro hombre se levantó y golpeó a Antonio, diciendo, “¡Cómo te atreves a empujar a mi amigo!” Juan salió en defensa de Antonio, y le dio un golpe en su espalda al hombre con la silla. En un momento la pelea se generalizó. Aunque Juan y Antonio se defendían, no dejaban de recibir lo suyo. Uno de los hombres gritó, “¡Viene la guardia!” Juan dijo, “¡Antonio, huyamos! No la pasaremos bien si nos detienen.” En medio de la confusión lograron salir, pero uno de los guardias los vio y gritó, “¡Detengan a esos dos!” Juan dijo, “Corre Antonio que nos alcanzan.” Antonio dijo, “Si salimos de ésta, juro por mis antepasados que no volveré  meterme en un lio semejante.”
     Casi sin aliento ambos lograron llegar a la posada donde se hospedaban. Antonio dijo, “¡Cielos! Me duele la cara, ¡Buen puñete me dio ese tipo!” Juan dijo, “¿Y qué me dices de mi ojo? Apenas puedo abrirlo.” Antonio dijo, “Pasará por lo menos una semana antes de que podamos salir a la calle.” Juan le dijo, “En cuanto nos repongamos de éstos golpes, no iremos de aquí. ¿Estás de acuerdo?” Antonio dijo, “¡Completamente! Regresaremos a Salamanca y terminaremos nuestros estudios.” Un día, mientras ambos convalecían de sus heridas, en su alcoba descansando, Antonio dijo, “Juan, ¿Qué tal si en lugar de irnos directo a España, pasamos por Italia? Podríamos recorrer las bellas ciudades de ese país. Quizá nunca tengamos otra oportunidad para conocerlas.” Juan dijo, “Tienes razón, nos queda en el camino…¡Sí, iremos a Italia!”
    Ya ambos decididos, organizaron el viaje y en cuanto les fue posible, abandonaron Flandes, ambos a caballo. En Italia recorrieron Roma, Florencia, Pisa, Génova. Finalmente se detuvieron en Bolonia. Visitaron la Universidad de Bolonia y Juan dijo, “Ésta universidad es excelente. Su fama es reconocida por toda Europa.” Antonio dijo, “¿Y si nos quedamos a terminar aquí nuestros estudios?” Juan dijo, “Es la mejor idea que has tenido en toda tu vida. Cuando se enteren nuestros padres se pondrán felices.” Antonio dijo, “Y nuestros padres nos perdonarán nuestro anterior arrebato.” Los jóvenes no se equivocaban, porque semanas después, ambos leían sus cartas en una taberna de Bolonia. Juan leyó su carta y dijo, “Mi padre está encantado. Se siente orgulloso de mí y me envía dinero para mis gastos. Dice que debo instalarme con todas las comodidades y lujos que requiere mi apellido.” Antonio dijo, “El mío dice lo mismo. Bueno, rentaremos una casa, tomaremos criados y mediaremos el estudio con algo de diversión.”
     Ambos no tardaron en iniciar su nueva vida, haciéndose de muchas y buenas amistades. Sin descuidar el estudio, no perdían ocasión de divertirse pues eran requeridos en fiestas y reuniones. Una tarde que platicaban con unos amigos, llamados Pedro y Rodrigo, Juan les dijo, “Anoche bailé con la mujer más bella de Bolonia.” Pedro dijo, “Imposible, Cornelia Bentibolli no estuvo en la fiesta.” Juan respondió, “No me refiero a Cornelia sino a María de Ansorio.” Pedro le dijo, “¡Ah! No hay duda que es bonita, pero no se puede comparar con Cornelia.” Juan precisó, “Exageras, Pedro. No creo que otra mujer tenga los ojos, el talle y el rostro de María.” Pedro insistió, “Te aseguro que Cornelia es más hermosa. Sus ojos son dos esmeraldas, su pelo es seda pura, sus manos…” 
     Antonio dijo, “Tengo que conocer a esa beldad y comprobar si son verdad tantos elogios.”  Juan dijo, “Lo mismo digo. Apuesto a quien quiera que no es más bella que María.” Pedro les dijo, “Yo aceptaría la apuesta, pero no va a ser posible que la vean.” Juan preguntó, “¿Porqué?” Pedro explicó, “Porque está bajo el amparo y cuidado de su hermano Lorenzo Bentibolli desde que quedaron huérfanos. Cornelia es descendiente de la antigua familia Bentibolli, quienes algún tiempo fueron señores de Bolonia.” Rodrigo agregó, “Sus padres murieron hace diez años y les dejaron una gran fortuna que administra Lorenzo.” Juan dijo, “¿Y acaso eso es un impedimento para admirar a esa joven?” Pedro dijo, “Lo que sucede es que Cornelia es tan recatada que no sale jamás de su casa.” Rodrigo agregó, “Y su hermano la cuida con tanto celo, que no permite que se presente anta nadie sin estar él.” Antonio dijo, “Siendo así, ¿Cómo saben que es tan bella?” Pedro explicó, “Porque yo la vi una vez en la casa de una tía mía. Doy fe de que jamás he mirado a una mujer tan hermosa.” Juan dijo, “Yo tengo que conocerla. ¿No va a misa?” Rodrigo dijo, “Rara vez, ya que en su propiedad tienen una capilla.” Antonio preguntó, “¿Y no asiste a bailes ni fiestas?” Rodrigo explicó, “Solo en contadas ocasiones y a lugares muy exclusivos donde se reúne lo más selecto de Bolonia.” Antonio dijo, “De todas formas no descansare hasta conocer a esa beldad. ¿Estás de acuerdo Juan?”  Juan dijo, “Completamente. No sería justo que abandonáramos Bolonia sin haber visto a la flor más linda del lugar.” Pedro les dijo, “¡Allá ustedes! Les aseguro que fracasaran en su intento.”
     Desde ese día, Juan y Antonio rondaron a toda hora la casa de Cornelia. Un día, mientras ambos hacían una ronda, Antonio dijo, “Ni una ventana abierta. Es como si nadie viviera en el interior.” Juan dijo, “¿No se habrán burlado de nosotros Pedro y Rodrigo?” Antonio dijo, “No. Hoy hablé con Rodrigo y me dijo que Cornelia tiene fama de ser la más hermosa y honrada mujer de Bolonia.” Juan dijo, “Entonces vale la pena intentar verla. No nos daremos por vencidos. Alguna vez tendrá que salir.” Pero el empeño que pusieron fue en vano, y con el pasar de los meses, el deseo fue menguando. Un día, Juan dijo, “Tengo mucho que estudiar. Hoy no iré a hacer guardia a casa de Cornelia.” Antonio agregó, “Yo tampoco. Quedé de reunirme con Joaquín para estudiar.” Así, entre estudios y entretenimientos, fueron olvidando a la famosa beldad. Una noche, Juan dijo a Antonio, “Voy a ir a caminar un poco, ¿Me acompañas?” Antonio dijo, “Aún no termíno. Véte y te alcánzo en la taberna.” Juan le dijo, “De acuerdo, pero no te tardes mucho. Quiero dormir temprano hoy.” Antonio dijo, “Descuida. Antes de un hora me reúno contigo.”
     Juan salió, y respirando el fresco aire de la noche, avanzó por las oscuras calles y de pronto, escuchó una voz, “¡Pst!¡Pst!” Juan volteó y dijo, “¿Eh?” Una mujer, envuelta en una sabana, le llamaba. Juan retrocedió unos pasos, y la mujer le dijo, “Toma Fabio. Haz como te indiqué y luego regresa. Date prisa, ya sabes el peligro en que estamos todos.” Juan, lleno de confusión, dijo, “Oiga.” Pero la mujer desapareció inmediatamente. Juan pensó, “¿Qué significa esto? No entiendo nada.” Un niño empezó a llorar, “¡Bua!¡Bua!” Juan dijo, “¡Madre del cielo!¡Lo que tengo en mis brazos es una criatura! ¿Qué voy a hacer con ella? No me atrevo a llamar y entregar y regresarla…la mujer habló de un peligro. La llevare a la casa y le pediré a la criada que la cuide mientras intento arreglar el equívoco.” Más tarde Rosa, la criada de Antonio y Juan, recibió a Juan, diciendo, “Señor Don Juan, ¿Usted con un bebé?” Juan dijo, “Deja de asombrarte Rosa, y tómalo. ¿Está Antonio aún en casa?” Rosa dijo, “No señor. Salió hace unos minutos.” Juan dijo, “Entonces vamos a mis habitaciones.”
     Minutos después, el bebe lloraba en la cama. Rosa dijo, “Jamás ví un bebé más hermoso, señor. Sus ropas son muy finas. No hay duda de que sus padres son gente de dinero y clase.” Juan dijo, “Seguro llora de hambre. Hay que darle de comer. ¿Puedes encargarte de él Rosa?” Rosa dijo, “Por supuesto señor. ¿Quién no va a querer cuidar a un querubín como este?”  Juan dijo, “No vayas a decir a nadie que yo lo traje. Te daré un dinero extra por este servicio.” Rosa le dijo, “Muchas gracias señor. Conmigo su secreto está bien guardado.” Juan le explicó, “Ese niño no es mío. Si eso es lo que insinúas, lo encontré…no vale la pena explicártelo.” Rosa dijo, “No, claro que no señor.” Juan le dijo, “Tengo que salir. No tardaré mucho. Vete a tu habitación y llévate al niño contigo.”  Rosa pensó, “Si no es su hijo, ya averiguaré  de quién es. Éste asunto me interesa.”
     Juan partió y al acercarse al lugar donde recibió al bebé, vio a un grupo de espadachines peleando. Juan pensó, “Allí se están batiendo, y son cuatro contra uno.” El espadachín solitario dijo, “¡Traidores, no me mataran!” Juan empuñó su espada y dijo, “Un solo hombre se defiende contra varios. Yo lo ayudaré.” Sin saber en qué causa se metía, Juan arremetió con su espada. Juan dijo al espadachín solitario, mientras peleaba, “¡Caballero lucharé a su lado contra estos cobardes y traidores!” Uno de los enemigos dijo, “Aquí no hay ningún traidor ni cobarde. Solo quien quiere rescatar la honra perdida.” No se dijo más y las espadas hablaron por ellos. El espadachín solitario fue herido. Juan dijo, “¡Atrás, mi acero vengara a mi compañero!” Pero no era bastante su valentía para atacar y defenderse. Juan se veía perdido cuando, uno de los vecinos gritó, “¡Guardias!¡Guardias!¡Aquí se matan!” La intervención de los vecinos no podía ser más oportuna. Uno de los espadachines del grupo dijo, “¡Vámonos! No es conveniente que nos vean los soldados.” Los espadachines desaparecieron en las sombras de la noche. Juan se acercó al hombre herido, y dijo, “¡Cómo!¿No está herido?” El hombre dijo, “No. Gracias a Dios la espada chocó en el peto que protege mi pecho. Caballero, mucho agradezco su intervención. Sin su ayuda seguramente habrían acabado conmigo. Dígame su nombre para saber a quién debo estar eternamente en deuda.” Juan le dijo, “Me llamo Juan de Gamboa, español de nacimiento y estudiante de derecho en esta ciudad.” El hombre dijo, “Don Juan, es usted un valiente y un hombre de bien.” Juan dijo, “¡Alguien viene!¿Serán ellos otra vez?” El hombre dijo, “No. Es mi gente. Le ruego se vaya, pues debo arreglar un asunto del que no puedo hablarle.” Juan le dijo, “Bien, ojalá pueda solucionar sus problemas, que al parecer son graves caballero.”
     Juan se alejó sin más despedida, pensando, “Es mejor que regrese a casa. Éste barrio está demasiado revuelto ésta noche. Ya veré mañana que hacer con la criatura.” Juan apresuró el paso y de pronto dijo, “¡Antonio!” Antonio le dijo, “¡Juan, que bueno que te encuentro! No vas a creer cuando te cuente lo que me ha sucedido.” Juan le dijo, “Yo también tengo novedades, y no creo que lo que me digas, sea más extraordinario que lo mío.” Antonio le dijo, “Ya veremos.” Antonio comenzó a nárrale, “Al poco tiempo que saliste, decidí seguirte y muy cerca de aquí, vi un bulto que resulto ser una mujer, la cual me dijo, ‘Señor, ¿Por ventura es usted extranjero o de esta ciudad?’ Yo le dije, ‘Soy extranjero. Vengo de España, y estudio en esta ciudad.” La mujer me dijo, ‘Gracias al cielo que no quiere que muera sin sacramentos.’ Entonces le pregunté, ‘¿Está herida o enferma, señora?’ Ella me dijo, ‘Muy mal me encuentro. ¡Por piedad ayúdeme, que apenas puedo tenerme en pie!’ Yo le dije, ‘Venga conmigo. Las llevare a mi casa. Allí podre socorrerla.’” Antonio siguió narrando a Juan, “La conduje hasta nuestra casa y la llevé a mi recamara, pensando, ‘Se ha desmayado. Tengo que hacerla volver en sí.’ Le descubrí el rostro y pensé al verla, ‘¡Oh!¡En toda mi vida he visto una mujer más hermosa que esta! ¡Es casi un ángel!’ Tratando de superar la impresión por tanta belleza, la hice oler sales y despertó diciendo, ‘Señor, ¿Usted me conoce?’Yo le dije, ‘No, nunca antes tuve la fortuna de admirar un rostro como el suyo.’ La mujer me dijo, ‘Esta belleza ha sido mi perdición y mi desdicha. Por piedad, permita que me quede aquí y no déje que nadie me vea.’ Yo le dije, ‘No temas. Nadie entrará.’ Ella me dijo, ‘¡Ayúdeme! Vaya al mismo lugar donde me encontró y si ve a dos hombres cerca de allí peleando, trate de poner paz. Porque cualquiera de las partes que salga dañada, será un dolor para mí.’ Yo le dije, ‘No llore, señora. Iré a hacer lo que me pide y no tardaré en regresar con buenas noticias.’” Antonio siguió su narración, diciendo, “La dejé encerrada y ahora me dirijo a tratar de poner paz en una pelea que ni siquiera sé dónde se efectúa.” Juan preguntó, “¿Eso es todo?” Antonio dijo, “¿Te parece poco? Tengo en mi habitación a la mayor belleza que ojos humanos han visto.” Juan dijo, “La verdad, no deja de ser extraordinario tu caso; pero ahora escucha el mío.”
     Cuando Juan terminó de contar lo que a él le había ocurrido, Antonio le dijo, “O sea que ahora tenemos en la casa una hermosa desconocida y a un bebé recién nacido.” Juan dijo, “Exactamente, y yo ardo en deseos de conocer a esa beldad.” Antonio dijo, “Le prometí que no la vería nadie y antes de regresar a la casa debo calmar la riña.” Juan le dijo, “Creo que es la misma en la que yo intervine y que ya terminó. En cuanto a la dama, no faltara oportunidad para que la vea.” Cuando ambos regresaron a casa, Antonio dijo, “¿De dónde sacaste ese sombrero?¡Tiene el cintillo de diamantes!” Juan le dijo, “¿Qué dices?¡Estás loco!¡Vaya, lo tomé creyendo que era el mío! No hay duda que los que peleaban era gente de dinero e importancia.” Antonio dijo, “Quizá la bella dama quiera aclararnos algo. Veré si se siente con deseos de hablar.” Juan no pudo evitar la curiosidad y apenas Antonio abrió la puerta, asomó su cabeza. Antonio dijo al entrar, “Señora, he cumplido su encargo.” La mujer dijo, “¡Oh. Ha venido con usted!” Antonio dijo, “¿Quién?” Ella dijo, “El duque de Ferrara. ¡Hágalo pasar, por favor!” Antonio dijo, “Disculpe señora, pero se equivoca. Conmigo no ha venido ningún duque.” Ella dijo, “Pero si acabo de ver su sombrero.” Antonio le dijo, “No es el duque quien lo porta, sino mi amigo Juan de Gamboa. Le haré pasar para que se convenza.”
     Juan, que estaba escuchando, se apresuró a pasar y la mujer dijo al verlo, “¡No, no es él! Señor, ¿porqué tiene usted ese sombrero? ¿Acaso conoce a su dueño?” Juan dijo, “Cálmese señora, y permítame explicarle.” Al ver que la bella mujer estaba a punto de desvanecerse, se apresuró a ponerla al tanto de la riña. Juan dijo, después de narrar lo sucedido, “Como ve, señora, el dueño de este sombrero está a salvo y en la pelea nadie salió herido.” La mujer dijo, “Mucho tengo que agradecerles y por ello les diré quién soy y porqué solicité ayuda.” Antonio dijo, “Señora, nada la obliga a descubrir su identidad, pero si quiere desahogar su dolor, la escucharemos y guardaremos el secreto.” Ella dijo, “Es mejor que sepan a quien tienen bajo su techo…mi nombre es Cornelia Bentibolli. Al quedar huérfana, mi hermano Lorenzo se convirtió en ni tutor y guía. Crecí en la más completa soledad, acompañada solo por las criadas, sin ver prácticamente a nadie. Hace años se caso una prima, y mi hermano y yo asistimos a la boda. Allí conocí al duque de Ferrara. Vernos y amarnos fue todo uno. Desde ese día, no sé cómo, pero los enamorados siempre encuentran la forma, nos vimos a menudo. Él me decía, ‘Cornelia, te adoro, no puedo vivir sin ti. Te necesito más que el aire que respiro.’ Yo le decía, ‘Yo también te amo con toda mi alma. Creo que mi pecho va a estallar por no poder gritar al mundo lo mucho que te quiero.’ Recuerdo que me dijo, ‘Amada mía. Toma este anillo. Desde hoy eres mi esposa.’ Yo le dije, ‘Alfonso, no puedo recibirlo sin que antes hable con mi hermano.’ Él me dijo, ‘Pero me has dicho que es inflexible. Que temes que no acepte nuestro cariño.’ Yo le dije, ‘Ya no tengo miedo. Por nuestro amor, soy capaz de rebelarme a sus mandatos.’ Él me dijo, ‘No. Él podría separarnos y seria como morir. Además, hay otro problema, mi madre.’ Yo le pregunté, ‘¿Qué sucede con ella?’ Él me dijo, ‘Desea que me case con la hija del duque de Mantua. Como está muy enferma, no me atrevo a contradecirla.’ Yo le dije, ‘Entonces todo está perdido para nosotros. ¡Oh, no! ¡Es mejor olvidarnos el uno del otro!’ Él me dijo, ‘No, mi vida. Nos queremos demasiado. Solo tendremos que esperar un poco. Mi madre se repondrá y comprenderá…y entonces ella misma me acompañará a hablar con tu hermano y é no podrá negarse a aceptarme como tu esposo. Pero entre tanto no posterguemos nuestra felicidad. Somos marido y mujer ante Dios, y el anillo sella nuestro juramento.’ Era tanto mi amor, que me convenció y me transformé en su mujer. Hasta que una noche, Alfonso me dijo, ‘¿Qué te sucede Cornelia? Te ves tan pálida, ¿Has llorado?’ Yo le dije, ‘¡Alfonso, voy a ser madre!’ Alfonso me dijo, ‘¡Amor mío, un hijo de los dos!¡Me haces el hombre más feliz del mundo!’Yo le dije, ‘¡Alfonso, no comprendes, mi hermano me matara!’Alfonso me dijo, ‘No digas eso, confía en mí. ¿Cuándo nacerá nuestro hijo?’Le dije, ‘En el mes de mayo.’ Alfonso me dijo, ‘Antes de esa fecha, estarás en Ferrona donde nos casaremos. Yo tengo que partir, porque me han informado que mi madre ha empeorado, pero regresare lo más pronto posible.’ Yo le dije, ‘Tengo tanto miedo. Presiento una desgracia.’ Alfonso me tomó y me dijo, ‘No temas, mi amor. Mi criado Fabio quedará en Bolonia. Con él comunícame cualquier problema.’
     Pero transcurrieron las semanas y Alfonso no volvió. Cuando fui a buscar a Fabio, la institutriz me dijo, ‘Mi señora, dice Fabio que la duquesa de Ferrara esta cada día peor, y que el duque no puede separarse de su lado.’ Llena de miedo, le dije, ‘¡María, Lorenzo mi hermano se dará cuenta de mi estado!’ María le dijo, ‘Ni lo diga, mi señora. Si su hermano se entera, no sé qué sería de usted y de mi.’ Le dije, ‘¡Qué caro estoy pagando haber cedido al amor!’ Llena de terror, ví acercarse el mes de mayo. Entonces le dije a María, ‘María, dí a Fabio que vaya a Ferrara y entregue esta carta a Alfonso.’ Ella me dijo, ‘Ahora mismo voy a buscarlo, mi señora.’ La respuesta no se hizo esperar, y llegó una carta de Alfonso a los pocos días. Después de leerla, le dije a María, ‘Alfonso vendrá por mí, y me llevará a Ferrara donde nos casaremos.’ María preguntó, ‘¿Cuándo señora?’ Yo le dije, ‘Pasado mañana a las 9 de la noche. Fabio estará rondando la casa todo el día por si sucede algo.’ María dijo, ‘Confiemos en todos los santos que nada sucederá.’ Pero parece que la mala suerte me persigue, pues hoy que era el día señalado, al atardecer, empecé a sentir los dolores del parto. En menos de una hora, dí a luz un hermoso niño, y le dije, ‘¡Mi pequeño, qué va a ser de ti y tu madre si llega Lorenzo!¡Nos matara a los dos!’ María dijo, ‘No, mi señora. Ya hablé con Fabio y le expliqué lo que sucede. Él llevará a un niño a un sitio seguro.’
     Entregué a mi hijo. Y cuando estaba esperando a que dieran las 9:00, María llegó alarmada, diciendo, ‘¡Cornelia!¡Dónde está Cornelia!’ Yo le dije, ‘¡Es Lorenzo!¡Viene furioso! María, ve a ver qué sucede.’ Temblando aguardé, y detrás de la puerta escuché a l voz de Lorenzo diciendo a María, ‘¡Ven acá traidora! Tú y tu ama pagarán por haberme deshonrado. ¿Vas a negar que las has ayudado para que se vea con el duque de Ferrara? ¿Y que ella, olvidando su nombre y su recato se entregó a él?’Entonces pensé, ‘Esta enterado de todo, tengo que huir.’”
     Cornelia terminó su narración, diciendo, “Salí de casa y fue entonces cuando me encontré con usted.” Juan dijo, “No comprendo cómo pudo enterarse su hermano.” Cornelia dijo, “Yo me confié a mi prima en cuya casa conocí a Alfonso. Lorenzo fue a visitarla. Ella se lo tuvo que haber dicho.” Antonio dijo, “¿También sabia su prima que el duque la aguardaría cerca de su casa?” Ella dijo, aún postrada en cama, “Sí. Fue una locura confiar en ella. Nunca me ha querido, pero estaba tan desesperada.” Juan dijo, “Por eso su hermano con sus hombres acudieron al lugar donde el duque la aguardaba.” Cornelia dijo, “Así es…y ahora no sé qué habrá sucedido. ¿Dónde estará mi pequeño?” Antonio dijo, “Señora, creo saber que es de su hijo. Aguarde un momento.” Juan salió y no tardó en regresar, con un niño envuelto llorando. Cornelia dijo, “¿Y ese niño?” Juan dijo, “Seguramente por las ropas sabrá quién es.” Cornelia dijo, “¡Mi Hijo!¡Mi Hijo!” Juan dijo entregándoselo, “Su criada me lo entregó confundiéndome con Fabio.” Cornelia dijo, “¡Esto es un milagro! Tiemblo de pensar que lo hubiera otra persona. ¡Dios se apiadó de mí! No sé cómo agradecerles por todo lo que han hecho.” Antonio dijo, “Aún no hemos terminado señora, pues no nos detendremos hasta verla en completa felicidad.” Cornelia dijo, “No comprendo.” Antonio dijo, “Ahora ya es muy tarde para explicarle. Debe descansar y reponer sus fuerzas.” Juan agregó, “Y no se preocupe por nada. Aquí está a salvo de cualquier peligro. Lo dicen dos caballeros españoles.” Detrás de la puerta, la criada María escuchaba pensando,  “¿Quién iba a decir que en esta casa esta nada menos que Cornelia Bentibolli y con un hijo? Este secreto vale oro. Siempre he querido tener unas tierras y dejar de servir. Tengo que sacar partido de esto.”
     Al día siguiente, Juan y Antonio desayunaban. Entonces Juan le dijo a Antonio, “Voy a hacer lo que convenimos Antonio. Espero no tardar y traer buenas noticias.” Antonio le dijo, “Yo no me moveré de aquí. Es mejor que esté alerta por cualquier eventualidad.” Juan partió, y dos horas después, un hombre le abría una puerta. Juan le dijo, “Me dijeron que aquí se aloja el duque de Ferrara.” El hombre le dijo, “Sí, pero ahora no está.” Juan preguntó, “¿Tardará mucho en regresar?” El hombre le dijo, “¡Quién sabe si lo haga! Ésta madrugada vinieron a avisarle que su madre la duquesa falleció.” Juan pensó, “Esto sí que es mala suerte. El duque no sabe que ya nació su hijo y el problema en que se encuentra su amada.”  Juan partió pensando, “Bueno, hay que comunicárselo lo antes posible. Y creo que la persona indicada para hacerlo soy yo.” Juan rápidamente regresó a la casa y le dijo a Antonio, “Partiré ahora mismo a Ferrara. Tú te quedarás a cargo de todo Antonio.” Antonio le dijo, “Vete tranquilo, que tendrán que pasar por mi cadáver antes que hacerle el menor daño a la señora Cornelia.”
      Tres días después, el secretario del duque avisaba de la llegada de Juan, diciendo, “Señor duque, un español de nombre Juan de Gamboa insiste en verle, a pesar de que le hemos dicho que está usted de duelo.” El duque pensó, “Juan de Gamboa…es el hombre que me salvó la vida.” El duque dijo, “Que pase.” Juan entro y dijo, “Señor duque, comprendo su dolor y lamento tener que molestarlo pero es cosa de vida o muerte.” El duque le dijo, “Estoy en deuda con usted y si en algo puedo servirle cuente con ello.” Juan le dijo, “No soy yo quien lo necesita, sino una dama a quien le ha dado palabra de matrimonio.” El duque dijo, “¡Cornelia!¿Qué le ha sucedido?” Juan explicó, “Esa hermosa joven está desesperada, pues ante el mundo aparece engañada y deshonrada.” El duque dijo, “Yo no he engañado a Cornelia, pues la tengo por mi esposa.” Juan dijo, “Pero no han pasado ustedes por la iglesia.” El duque explicó, “Es verdad. La enfermedad de mi madre me impedía hacer público el casamiento. Ella deseaba que otra mujer fuera mi esposa y su gravedad no me permitía contradecirla. Pero la noche en que usted me ayudo, yo iba por Cornelia y en su lugar apareció su hermano. Usted ya sabe cómo terminó la riña. Volví desesperado a mi alojamiento y en la madrugada me avisaron de la muerte de mi madre. Hoy pensaba regresar a Bolonia. Cornelia está a punto de ser madre y tengo que estar a su lado.” Juan lo interrumpió, “La dama ya dio a luz duque.” El duque se exaltó, y dijo, “¡Cómo!” Juan le dijo, “Hace tres días nació un hermoso niño y la providencia ha querido que ambos estén bajo mi cuidado y el de un amigo.” Acto seguido, Juan le contó todo lo que había sucedido. Enseguida, el duque le dijo, “Estoy doblemente en deuda con usted. No solo salvó mi vida, sino también a la mujer que amo y a mi hijo.” Juan le dijo, “No solo es obra mía. Mi amigo Antonio mucho ha tenido que ver en esto.” El duque le dijo, “Quiero partir ahora mismo para Bolonia. Mientras usted descanse, amigo.” Juan le dijo, “De ninguna manera. Siempre me ha gustado terminar lo que empiezo.”
     Y mientras ellos se dirigían a todo galope a Bolonia, en la casa donde estaba alojada Cornelia, Antonio decía a la criada, “Rosa, ¿A dónde vas?” Rosa, cubierta con un manto, le dijo, “Yo…a la iglesia. Hace cuatro días que no me confieso.” Antonio le dijo, “Vete, pero no tarde que la señora Cornelia puede necesitarte.” Ella le dijo, “Ahora ella duerme. Me daré prisa y estaré aquí antes de que ella despierte.” Al salir a la calle, la mujer no tomo el camino a la iglesia, y pensó, “Ha llegado el momento de hacerme un buen montón de oro. No vale menos todo lo que sé.” Rosa se dirigía a la casa del hermano de Cornelia. Poco después, un sirviente abrió la puerta y dijo, “El señor Bentibolli no recibe a nadie.” Rosa le dijo, “Estoy seguro que me atenderá. Dígale que le traigo noticias de su hermana Cornelia.” El hombre se asombró y le preguntó, “¿Qué dices?¿Qué sabes de ella?” Rosa le dijo, “Solo al señor se lo diré. Vamos, ve a anunciarme que no tengo tiempo que perder.”  El criado Pedro veloz corrió a donde su amo. Una vez que le explicó, el duque empuñó su mano y dijo, “Haz pasar a esa mujer, Pedro, ¡Ha, Cornelia, cuando sepa donde esas, pobre de ti!”
     Cuando Rosa entró, el duque le preguntó, “¿Qué sabes de mi hermana?” Rosa le dijo, “Mas de lo que el señor se imagina, pero como se trata de una dama tan principal he sido discreta. ¡Pobre doña Cornelia, su imprudencia fue muy grande!” El duque dijo, “¡Déjate de rodeos y dime qué sabes!” Rosa le dijo, “Señor, usted ve que ya soy vieja. He trabajado toda mi vida y a pesar de ello no tengo ahorrada ni una moneda. Aunque sé guardar  un secreto como una tumba, nadie me ha premiado nunca por ello.” El duque le dijo, “Sí, comprendo. Quieres dinero, ¿verdad?” La mujer le dijo, “Si su bondad lo permite y cree que merezco algo por haber cuidado de su hermana y sobrino…” El duque dijo, “¿Entonces sabes dónde estás? ¡Dímelo!” Rosa dijo, “Lo llevare con ella pero antes arreglemos el negocio.” El duque dijo, “¿Cuánto quieres?” Rosa dijo, “Como es mucho lo que se, creo que merezco  lo suficiente para comprar una casita en donde pasar el resto de mi vida.” El duque se dio la vuelta, dando la espalda a Rosa, y busco algo en un estante, diciendo, “Tú no mereces nada pero te daré una bolsa de oro, pues necesito arreglara cuentas con Cornelia.” Rosa dijo, “Señor, yo solo quiero servirle.” El duque arrojó la bolsa al suelo y dijo, “¡Toma! Ahora llévame con ella.” Rosa se arrodilló para recoger el dinero y le dijo, “Sí, señor. Lo guiaré hasta la casa. Y entraré primero y luego usted tocará la puerta. Así yo quedo libre de sospechas. Nunca he sido una traidora y si vine a hablarle es porque…” El duque dijo, “Querías dinero. ¡Déjate de palabrería a vamos!”
    Poco después Antonio decía a Rosa, “¡Ah, ya regresaste!” Rosa le dijo, “Me quedé a rezar por la señora y su hijo…iré a ver si ya despertaron.” Inmediatamente alguien tocó la puerta con fuerza. Antonio pensó, “¡Vaya, qué manera de anunciarse! Debe ser Juan que regresa con buenas noticias.” Apenas abrió la puerta diciendo, “Que se le…” cuando el duque lo interrumpió, “¿Dónde está Cornelia?” Antonio le dijo, “¿Cornelia? No sé quién es y…” El duque entró precipitadamente y empujando a Antonio dijo, “¿Ah, no?” Antonio le dijo, poniéndose enfrente de él, “¡Espere! No tiene ningún derecho a…” El duque se detuvo y le dijo, “¡Déjame pasar! Cuando termine con ella me encargaré de ti.” Antonio dijo, “No voy a permitir…” El duque le dio un golpe en la cara diciendo, “¡Toma, por encubridor!” Antonio cayó al suelo. El duque le dijo, “¡Y aún no termino contigo!”
     En la recamara de Cornelia, se escuchabas todo lo que sucedía. Cornelia dijo, “¡La voz de mi hermano!¡Virgen Santa ampáranos!” Cuando el duque entró al cuarto, Cornelia dijo, “¡Dios, ten misericordia de mi!” Lorenzo dijo, “Bien haces en pedirla, porque yo no la tendré.” Lorenzo la tomó y levantó su mano. Cornelia dijo, “¡Lorenzo piedad!” Lorenzo le dijo, “¡Maldita has destruido nuestro honor, mancillando el nombre de nuestros padres!” Lorenzo le dio un golpe, diciendo, “¡Tú y ese bastardo merecen la muerte!” Cornelia se arrodilló y le dijo, “¡Nooo, mi hijo no! Él no es culpable!” Lorenzo le dijo, “¡Es un hijo de la deshonra, del engaño!” Cornelia se cubrió la cara con las manos diciendo, “Lorenzo, por la memoria de nuestros padres.” Lorenzo tomó su espada, diciendo, “¡No los nombres! ¡No tienes derecho! Cuando termine contigo, iré a buscar a ese canalla. Solo mereces la muerte y eso tendrás.” Lorenzo levantó su espada, cuando escuchó una orden, “¡Detente!” Cornelia dijo, “¡Alfonso!” Lorenzo volteó, y dijo, “¡Maldito, cómo te atreves! Pagarás…” Alfonso le dijo, “¡Lorenzo de Bentibolli, yo el duque de Ferrara no permito que maltrates a mi esposa! Cornelia y yo estamos casados por un juramento que hicimos ante la cruz, y ahora un sacerdote bendecirá esa unión.” Alfonso tomó a Cornelia de los hombros y le dijo, “Cornelia, adorada mía, perdóname por no haber estado contigo en los terribles momentos que has tenido que pasar.” Cornelia le dijo, “¡Oh, Alfonso, qué importa ya nada…! Nuestro hijo…” Alfonso dijo, “¡Hijo, qué inmensa emoción siento al ver en ti al futuro duque de Ferrara!” Cornelia dijo, “¡Míralo, es igual a ti!” Alonso abrazó a Cornelia y dijo a Lorenzo, “Lorenzo, nunca fue mi intención faltar a tu honor. Amo y respeto a Cornelia por sobre todas las cosas de este mundo…Pido tu bendición para que junto con la del sacerdote, el señor permita que nuestra unión este llena de felicidad.” Cornelia tomó al niño en sus brazos, y dijo, “Lorenzo, perdóname y acepta a mi hijo que ninguna culpa tiene de las faltas de sus padres.” Expectantes los presentes aguardaron la respuesta del caballero. Lorenzo dijo, “Cornelia, en nombre de nuestros padres, te bendigo al igual que a este hermoso niño.” Entre lágrimas se fundieron en un abrazo. Mientras tanto, Juan le dijo a Antonio, “Antonio, ¿Cómo se enteró el hermano de Cornelia que ella estaba aquí?” Antonio le dijo, “Esa pregunta me la estoy haciendo desde que entró como un tromba y me aturdió de un puñetazo.”
     Esa misma tarde, un sacerdote unió a Cornelia a Alfonso después de la ceremonia. Tras el brindis, Alfonso dijo, “Mañana temprano partiremos a Ferrara, donde Cornelia será recibida con todos los honores que le corresponden.” Cornelia dijo, “Me siento tan feliz…¡Ah, antes de partir quiero gratificar a Rosa, que me cuidó con tanto espero.” Lorenzo se entristeció y dijo, “Esa mujer no merece premio sino castigo. Fue ella quien vino a delatarte a cambio de dinero” Antonio dijo, “¿Escuchaste Juan? Rosa nos traicionó. Ordenaré que vayan por ella y la traigan.” Ambos fueron por la criada, pero el sirviente les dijo, “Señor, no está. Ni ella ni sus cosas.” Juan dijo. “¡Huyó! Ya no podemos castigarla como se merece.” Lorenzo dijo, “No se preocupen. Ya debe estar lamentando su mala acción. Me pidió cambio de su delación una bolsa de oro. Y yo l dársela, sin darme cuenta, tomé una llena de mondas de cobre.” Antonio dijo, “Bien merecido se lo tiene. Vamos a brindar por la felicidad de los esposos.” Lorenzo también levantó su copa y dijo, “Porque siempre la suerte, salud, y dicha los acompañen.”
     Al día siguiente, Alfonso y Cornelia se despidieron. Alfonso dijo, “Siempre les estaremos agradecidos. Ojalá pronto decidan visitarnos en Ferrara.” Antonio dijo, “Sí, nos agradaría, pero en unos meses terminamos nuestros estudios y regresaremos a España.” Esa tarde, Antonio dijo a Juan, “Juan, me siento muy contento de haber ayudado a Cornelia. ¡Qué mujer tan hermosa, creo que jamás veré otra igual!” Juan dijo, “Si, es muy bella…y merece por siempre la dicha que ahora goza.” Antonio dijo, “Tienes razón…sabes, ya quiero regresar a casa. ¡Qué alegría tendrán nuestros padres cuando nos vean!” Juan dijo, “Y con nuestros títulos…nos casaremos, formaremos un hogar…tendremos hijos…” Antonio dijo, “Creo que vas demasiado aprisa, amigo. Por lo pronto te invito a beber algo y luego nos ponemos a estudiar.” Juan dijo, “Excelente idea…¡Ah qué divertido va a ser cuando le contemos esta aventura a nuestros hijos…¡A mi primera hija le pondré Cornelia!”
Tomado de Novelas Inmortales, Año XV No. 722, Septiembre 18 de 1991. Guión: Herwigo Comte. Adaptación: C.M. Lozada. Segunda adaptación: José Escobar.  
         

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