Avatar,
es un relato breve del escritor francés, Théophile Gautier, publicado en doce
folletines, del 29 de febrero, al 3 de abril, de 1856 en, Le Moniteur Universelle.
Resumen de la Trama
Octave de Saville, se ha enamorado de la condesa lituana,
"Prascovie Labinska". Por desgracia, ella rechaza su cortejo, y
permanece fiel a su esposo, el Conde Olaf. Octave se vuelve poco a poco más
apático, y su alma lo abandona gradualmente. Los amigos y familiares de Octave,
que no logran comprender el origen de su enfermedad, recurren a un médico
bastante misterioso, que estuvo varios años en la India. El médico, Balthazar
Cherbonneau, como remedio, propone intercambiar la mente de Octave, por la de
Olaf, usando la magia que aprendió en la India. Para hacerlo, engaña a Olaf,
mientras está de visita, e intercambia las mentes de Octave, y el Conde.
Prascovie está asustada, por lo que parece ser un cambio en
la personalidad de su esposo, sintiendo el deseo de Octave por ella, en el
rostro de su esposo. Mientras tanto, Olaf está confundido por el repentino
cambio de cuerpos. Se da cuenta de que alguien se hace pasar por él, cuando se
le niega la entrada a su residencia.
Olaf, en el cuerpo de Octave, desafía a éste a un duelo a
muerte. No estando dispuestos a dañar sus cuerpos originales, los dos hombres
acuerdan ir a Cherbonneau, y arreglar el intercambio. Octave, habiendo
renunciado a toda esperanza de ser amado por Prascovie, no regresa a su cuerpo,
y muere. Olaf se reúne con su esposa. Cherbonneau, por su parte, decide
apoderarse del cadáver de Octave, y finge su propia muerte.
Análisis
Avatar es una novela fantástica, basada en
la metempsicosis.
La palabra metempsicosis procede del griego, es una doctrina religiosa y
filosófica, de varias escuelas orientales, y renovada por otras de Occidente,
según la cual, las almas transmigran después de la muerte, a otros cuerpos más
o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados, en la existencia
anterior. (Wikipedia en Español)
Avatar
de Teofilo Gautier
El criado entró sigilosamente a la habitacion, y se acercó a
la gran cama. “Señor, le he traído el desayuno.” El hombre en cama dijo,
“Llévatelo, Jean. No deseo comer.” Jean le dijo, “Su señora madre me
encargó que lo cuide. Yo hago lo posible, pero…” El hombre dijo, “No
tengo hambre, por favor retírate.” Jean le dijo, “Pero ayer solo tomo
una taza de caldo en todo el día.” El hombre dijo, “Mi buen Jean, nada
´puedes hacer por mí. ¡Déjame solo!” El criado lo miro tristemente, y luego
salio tan silenciosamente como habia entrado. Jean pensó, “¡Mi pobre señor!
No es justo que este asi. Era tan alegre, tan lleno de vida…¿Qué mal lo estará
matando? ¡Que desgracia para él y su familia! No comprendo porque le sucede
esto.” Como el criado, nadie entendí qué enfermedad padecía Octave de
Saville. Cuatro hombres bebían y jugaban baraja. Uno de ellos dijo, “¿Has
visto a Octave Alfred?” Otro dijo, “Si, ayer pasé por su casa. Sigue
igual, aunque los médicos no encuetaran nada malo en su organismo. Es muy
extraño.” El hombre agregó “No tóse, no tiene fiebre, su corazón marcha
bien, pero la vida se le va escapando.” Un tercer hombre dijo, “Es
increíble que un hombre como él, apuesto y con fortuna, con todo para ser
feliz, se consuma miserablemente.” El primer hombre dijo, “¡Si
pudiéramos hacer algo por el! ¿Pero qué? Cuando lo visitamos, apenas habla. Se
niega a salir. Lo único que desea es estar solo.” El segundo hombre dijo, “Su
madre esta desesperada. Hable con ella hace unos días y me conmovió su
tristeza.” Efectivamente, la baronesa de Saville vivía momentos de gran
angustia, ante el estado de su hijo, a quien le decía, “Octave, tienes que
ver a otro médico. No puedes permanecer asi, hijo.” Octave dijo, “Madre,
ya me han revisado tantos. ¿Para que visitar otros? Nada podrá hacer por mí.”
La baronesa le dijo, “Se de uno que hace milagros. Acaba de llegar de la
india, donde estuvo durante muchos años.” Octave dijo, “Si las
eminencias que hay en Paris, no han conseguido nada, él mucho menos, madre. No
lo iré a ver.” Su madre le dijo, “Octave, el doctor Balthazar
Cherbonneau, vendrá a visitarte. No fue fácil conseguir que accediera…”
Octave dijo, desesperado, “No. No estoy dispuesto a…” Pero los ruegos y lágrimas
de la dama, le hicieron ceder. Al día siguiente, el hombre medico llego a casa
de Octave, quien dijo a verlo, “Buenas tardes, señor Barón.” Al verlo,
Octave pensó, “No me gusta su aspecto, parece sacado de un cuento
fantástico.” Despues de revisarlo, el medico le dijo, “Veo que no esta
tan mal, como me dijo su señora madre, salvo por su mirada opaca y triste, y su
actitud de cansancio, yo diría que está sano. Su caso no es el de un enfermo
vulgar y no será necesario recetar ninguna medicina.” Octave le dijo, “Me
da gusto oír eso. Me han hecho tomar tal cantidad de medicamentos, que ya no
soporto uno más.” El medico dijo, “No se alegre tan pronto de no tener
problemas en el hígado y en el corazón, porque no he dicho que este sano. Deme
su mano.” Octave se la tendió y el anciano la tomó entre sus dedos que
semejaban pinzas de cangrejo. Octave pensó, “A pesar de que su rostro y su
cuerpo delatan que es un anciano, sus ojos tienen la vida y frescura de los 20
años.” Despues de que miro, palpó y apretó la mano, el hombre dijo, “Querido
señor, su situación es mas grave de lo que piensa y la medicina, tal como la
practican en Europa, no puede curarlo.” Hubo una pausa, y el hombre agregó,
“Usted no tiene voluntad de vivir y su alma se va separando insensiblemente
de su cuerpo. Pero fui llamado a tiempo, pues su espíritu permanece unido a la
carne solo por un hilo. Pero no se preocupe, hermos un buen nudo.” Octave
dijo, “Doctor, no sé si podrá curarme, pero la verdad no tengo ningun
interés en ello.” El doctor dijo, “El pensamiento es una fuerza que
puede matar. ¿Qué le ha sumido en este estado? ¿Acaso ha sido engañado por una
mujer?” Octave dijo, “No, no tengo ese problema.” El doctor dijo, “Sin
embargo, leo en sus ojos, en su actitud, el nombre de la enfermedad: pesar por
un amor perdido.” Octave permaneció silencioso, y por un momento sus
mejillas enrojecieron. Sentados uno frente al otro, el doctor le dijo, “Vamos,
abra su corazón. Soy el medico de las lamas, haga su confesión.” Octave le
dijo, “¿Para qué? El contarle mis padecimientos no los va a aliviar.” Tras
una pausa, Octave agregó, “Ningún poder humano, incluyendo el suyo, puede
curarme.” El doctor dijo, “¡Quien sabe! Hay muchas cosas que la mayoría
de los mortales ignoran. Vamos, desahogue su alma.” Y el médico se acomodó
en el sillon como dispuesto a escuchar una larga historia. Octave dijo, “Esta
bien, si insiste se lo diré, pero no espere nada extraordinario. Es algo
sencillo y común.” El doctor le dijo, “Mi querido joven, solamente lo
normal es extraordinario para mí. ¿Cuál es la verdad de ese asunto?” Octave
dijo, “La verdad es que me muero de amor. Todo empezó en Florencia. Hace un
año yo me encontraba allí de vacaciones. Era entonces un joven alegre y solo
quería divertirme…” Octave comenzó a narrar, “Por la mañana visitaba
museos, iglesias, galerías de arte, empapándome de las obras maestras. Por las
tardes acudía a Cascina, donde se reunía toda la sociedad florentina a
platicar. Y por las noches, iba a los bailes y cenas donde era invitado con
gran frecuencia. Una tarde que platicaba en Cascina, con un conde ruso que
habia recorrido todos los salones de Europa. Yendo a caballo con el conde, vi
una calesa, y exclamó, ‘¿Qué magnifica calesa! Debe pertenecer a algún noble
importante.’ Antes de que el conde pudiera contestarme, vi a su ocupante. Yo
pregunté, ‘¿Quién es esa dama? Nunca vi tanta belleza reunida en una sola
mujer.’ El conde me dijo, ‘Asi opinan todos los que la conocen. Es la condesa
Prascovia Labinski, de origen lituano. Acaba de llegar a Florencia, y ha
alquilado una villa donde pasara el verano.’ Yo le pregunte, ‘¿Vive sola?’ El
conde me dijo, ‘Sí, su marido, un conde polaco, se encuentra luchando en la
guerra del Cáucaso.’ Yo le dije, ‘Me gustaría conocerla. ¿Sera posible ser
recibido en su casa?’ El conde me dijo, ‘La condesa hace una vida muy retirada,
pero los martes reciba a algunas personas, entre ellas a mí.’ Hubo una pausa, y
luego el conde me dijo, ‘Mañana es martes. Le invito a que me acompañe, si no
tiene otro compromiso.’ Yo le dije, ‘Ire encantado con usted.’ Con una ansiedad
desconocida para mí, aguardé que llegara el momento de ir a la villa de la
beldad. Al ingresar a la residencia, la bella mujer nos recibió. El conde dijo,
‘Condesa, permítame presentarle al Barón de Octave de Saville.’ La condesa me
dijo, ‘Bienvenido, Barón, considere ésta su casa.’ Yo permanecía absorbido,
deslumbrado, extático en la contemplación de su belleza, encantado con el
sonido de su voz. Al verla pensé, ‘Es perfecta. No hay en ella el menor
defecto.’ Si la radiante belleza de Prascovia me habia seducido, me sorprendió
tambien por su inteligencia. Recuerdo que el conde me dijo, ‘¿Que opina usted, barón,
acerca de lo que dice la duquesa?’ y le dije, titubeante, ‘Yo…perdón, estaba
distraído. No escuché...’ Sabia que actuaba como un tonto, pero no podía
evitarlo, y pensé, ‘Tengo que decirle cuanto la amo, todo lo que significa para
mí. No puedo callarlo más.’ Pero cuando la tenía frente a mí, me encontraba sin
ideas, sin fuerzas, sin valor. Mientras me retiraba de su residencia caminando,
pensaba, ‘Hoy perdí una gran oportunidad. Nos quedamos solos en el salón, y
solo me limite a mirarla.’ Asi transcurrió un mes. Un día que mi desesperación
llego s u limite, me presenté en su casa. Ella me dijo, ‘¡Barón, que sorpresa!
No esperaba hoy visitas. Siéntese, nos quedaremos aquí. Adentro hace demasiado
calor.’ Yo le dije, ‘Gracias, condesa.’ Un silencio embarazoso reino por unos
segundos entre nosotros. Yo pensé, ‘Es el momento. Se lo diré, y ella me
llevará al cielo, o me hundirá en el infierno.’ Tras una pausa, le dije,
‘Condesa, he venido porque necesito decirle…’ Ella me dijo, ‘Por favor, calle.
Sé lo que va a decir. Usted me ama, lo sé…No tengo nada contra usted, porque el
amor es involuntario. Otra mujer se sentiría ofendida, yo no. A mí me da
tristeza, porque no puedo amarlo, y no me agrada ser a causa de su sufrimiento.
Esperaba que mi frialdad le haría alejarse, pero el verdadero amor no se
desanima ante nada. Yo adóro a mi esposo, y jamás podría amar a otro hombre.’
Sentí que se quebraba el resorte de mi vida. Ella me dijo, ‘Sé que esto pasará.
Piense en otras cosas. Imagine que me he marchado para siempre, que he muerto.
Viaje, trabaje, y me olvidará.’ Yo le dije, ‘Yo sé que jamás podre olvidarla.
Nunca dejare de amarla.’ Entonces, ella me dijo, “’Si cree que sufrirá menos
viéndome, venga y siempre lo recibiré. Sin embargo, la ausencia es un remedio
mas seguro. Ya vera como dentro de un tiempo podremos estrecharnos las manos
sin peligro para usted.’ Yo le dije, ‘¡Ah, condesa, dentro de un mes, un año,
un siglo, la seguiré amando tanto o más que hoy!’” Octave terminó su
narración, y dijo, “Al día siguiente abandoné Florencia. Ni el estudio, ni
los viajes, ni el tiempo han conseguido disminuir mi sufrimiento.” Octave
bajó la mirada, y agregó, “Aguardo la muerte como una liberación, por eso le
suplico que no trate de impedirla, doctor.” El doctor le dijo, “¿Ha
vuelto a ver a la condesa?” Octave dijo, “No, pero sé que está en Paris
con su esposo. Llegaron hace unas semanas.” El doctor le dijo, “Su
narración me demuestra que no hay para usted esperanzas. La condesa nunca le
dará su amor.” Octave le dijo, “¿Ya ve cuánta razón tengo, al no querer
seguir viviendo?” El doctor dijo, “¡Un momento! He dicho que no hay
esperanzas con los medios ordinarios, pero existen poderes ocultos que la
ciencia moderna no conoce.” El doctor agregó, “Son secretos que yo
obtuve en la India. Aqlli aprendí que no somos mas que formas. Es el espíritu
el que agita la materia.” Éste preámbulo excitaba hasta el límite, la
atención de Octave, y no comprendía que tenia que ver con su amor por
Prascovia. El doctor le dijo, “Durante muchos años, estuve en ese
maravilloso país. Estudie los idiomas cultos y vulgares. Pude conversar con los
brahmanes. Estudie las esculturas simbólicas en las cámaras interiores de las
pagodas que ningun ojo profano ha visto. Leí misterios cosmogónicos. Todo ello
me permitió conocer al penitente que habia llegado al más alto grado de perfección,
el Brahma-Logum.” El doctor comenzó su narración. “Un sacerdote del templo de Tiranumalay
me indico el lugar donde podía encontrarlo. Entre a una cueva, y encontré a un
hombre en posición de loto. Al mirarlo, pensé, ‘Ese hombre parece no estar vivo.
Es solo un esqueleto.’ Me acerqué y le dije, ‘¡BRAHMA-LOGUM! ¡BRAHMA-LOGUM!’ Lo
moví, le llamé, no reaccionó, y me dispuse a alejarme, creyendo que era solo un
cuerpo sin vida, cuando, vi una bola de luz, que hacia un ruido. Yo exclamé,
‘¿Qué es esto?’ La pequeña llama paso ante mis ojos, con la fulgurante rapidez
de un rayo, y entro en su boca. De inmediato el Brahma-Logum parecido salir de
su letargo, y me dijo, ‘Lo que has visto es mi alma. He conseguido separarla de
mi cuerpo cuando yo quiera. Sale y entra de este como una abeja. He mortificado
mi cuerpo de forma tan severa con ayunos, rezos y meditaciones. Hasta que por
fin logre desatar los lazos terrestres que encadenaban mi anima. Vishnu, el
dios de las diez encarnaciones me ha revelado la palabra misteriosa que la guía
en su avatares, encarnaciones o cambios, a través de las distintas formas. Si
despues de haber hecho los gestos consagrados pronunciase esa palabra, tu alma
volaría para animar al hombre o animal que le designase. Acércate. Te voy a
legar ese secreto. Soy el único que lo posee. Yo he de partir y agradezco que
hayas venido. Escucha…” El doctor termintٴó su narración, y dijo, “Me
susurró con voz débil unas palabras. Era el último halito de un moribundo.”
Octave le dijo, “Doctor, no me atrevo a sondear en las profundidades de su
pensamiento. ¿Qué quiere decirme?” El doctor le dijo, “Que no he
olvidado las palabras del Brahma, ni la fórmula mágica que me enseñó.” Hubo
una pausa, y enseguida el doctor dijo, “La condesa Prascovia necesitaría ser
muy hábil para reconocer el alma de Octave de Saville, en el cuerpo de Olaf
Labinski.” Octave dijo, “Pero…¿Resultará?” El doctor dijo, “Sí.
El conde ha pedido una cita para verme. Se que le guía la curiosidad de las
cosas que yo hago.” Octave se levantó, y dijo, “Doctor, si realmente lo
consiguiera, de solo imaginarlo…” El doctor dijo, “Amigo mío, aunque
será la primera vez que lo intente, no tengo dudas. Espere mi llamada. Tendrá a
la condesa.” Efectivamente, la reputación del doctor Cherbonneau, habia
despertado el interés del conde Labinski, y deseaba conocerlo. Dos días despues,
el doctor Cherbonneau lo recibió, “Señor conde, me honra su visita.
Seguramente le habrán hablado de mis juegos de manos, y quiere tener una prueba
de mi habilidad.” El conde le dijo, “Mi curiosidad no es tan frívola,
doctor. Tengo mucho respeto por usted y lo considero un sabio.” El doctor
le dijo, “No lo soy en sentido normal que se da esa palabra. Mis estudios
estan dedicados al espíritu. Me ocupo de cosas que la ciencia desdeña, y me he
hecho dueño de las fuerzas ocultas, logrando asi efectos maravillosos.” El conde
le dijo, “¿Cómo cuales?” Cherbonneau le dijo, “Le daré un ejemplo. Piense
en la persona que quiere ver y luego inclínese sobre la fuente de cristal que está
en la mesa…” El conde obedeció, y vio que el agua perdía su trasparencia,
adquiriendo matices opalinos. El conde pensó, “Deseo ver a mi amada
Prascovia.” Cuando Cherbonneau vio la imagen del rostro en el agua, dijo, “Veo
que pensó en su esposa.” El conde exclamó, “¡Es…maravilloso!” Enseguida,
Cherbonneau tomó un tubo, y dijo, “Le mostraré todavia algo aún más curioso.
Toque este tubo.” Apenas el conde toco el metal, sintió un fuerte
escalofrió, y exclamó, “¡AHHHH!” El conde cayó al suelo. Cherbonneau
pensó, “Bueno, ya está hecho. Ahora enviaré por Octave de Saville.”
Despues de levantar al conde, empezó algunos preparativos. Lo recostó en un
sillon, y pensó, “Tiene que resultar. Es una oportunidad única para
comprobar que puedo hacer uso de ese poder enorme.” Una hora despues, Cherbonneau
decía a Octave, “He aquí su disfraz. Estoy seguro que se sentirá cómodo con él.”
Enseguida, Octave pensó, “¿Seré capaz de cambiar su cuerpo por el mío
para apoderarme de su esposa?” Cherbonneau le dijo, “Lo noto indeciso.
Si no se decide, despertaré al conde que se marchara tal y como vino.” Octave
dijo, “Doctor, estoy listo cuando quiera.” Cherbonneau le puso su mano
en el hombro, y dijo, “Su pasión no retrocede ante nada, y eso me agrada. Si
no logra la felicidad, no será culpa mía. Tiéndase en el diván.” Ambos
hombres, tanto Octave como el conde, se tendieron cada uno en su diván, uno
frente al otro. A continuación, Cherbonneau comenzó a conjurar, “Las
nociones del tiempo y el espacio se pierden. La conciencia del Yo, se borra.
Los hilos que retienen el alma, se desatan.” Durante largo rato, estuvo
haciendo varios pases, y murmurando palabras. “Estos dos cuerpos se estan
saturando de efluvios, bañándose de rayos mágicos…¡Ya lo tengo! Ahora ambos
deberán obedecer a las palabras que voy a pronunciar…” Apenas las habia
formulado, cuando de los labios de los dos hombres, salio una pequeña llamita. Cherbonneau
exclamó, “Vayan a ocupar sus nuevas residencias.” De inmediato el alma de
Octave.” De inmediato, el alma de Octave, entró en el cuerpo del conde, y
la del conde en el de Octave. El avatar se habia realizado. Cherbonneau
exclamó, “¡Lo logre!¡Nadie más en el mundo es capaz de hacerlo!” Cherbonneau
pensó, “Ahora a despertarlos. Octave estará feliz, pero no creo que al conde
le agrade mucho el cambio.” Cherbonneau hizo varios pases, y Octave, en el
cuerpo del conde, se irguió. Cherbonneau le dijo, “¿Qué le parece su nueva
morada? ¿Su alma se siente cómoda en el cuerpo del esposo de la mujer más bella
del mundo?” Octave exclamó, “¡Es increíble! Doctor…¿Tiene usted el poder de
Dios o del…demonio?” Cherbonneau le dijo, acompañándolo a la puerta, “No
tema. No hay nada satánico en esto. Si no fuera yo quien cambio las lamas,
creería que no ha ocurrido nada…y es que usted es el verdadero conde Olaf
Labinski. Ahora debe ir a su casa. Son más de las diez. Seguro que Prascovia lo
espera.” Octave, enfundado en el cuerpo de Labinski, salio a la calle, y pensó
“Allí está el carruaje del conde. Desde ahora, todo lo de él, me pertenece.”
Decidido, subió al vehículo que el cochero se apresuró a poner en marcha.
Cuando llegaron a la mansion, Octave pensó, “Esta es mi casa, y no la conozco.
Solo a unos pasos, estas, Prascovia. Su amor que creía imposible, será para mí.”
Subió la gran escalera de la entrada, y, dijo a la institutriz, “Beas
noches. ¿Dónde está la condesa?” La mujer dijo, “Haciendo su toilette
nocturna, señor conde. Le avisare que ha llegado.” Entretanto, el conde en
el cuerpo de Octave desertaba, y decía, “¿Qué ha sucedido? Me siento
mareado…” Cherbonneau le dijo, “Espero que estará satisfecho con los
experimentos que he realizado ante usted.” El conde apneas comprendía lo
que sucedía. Su mente estaba confusa, y le era difícil coordinar las ideas.
Cherbonneau puso sus manos sobre la espalda del conde, y le dijo, “Ahora no
dudará que todo lo que le expliqué, acerca del magnetismo, es verdad. Venga, lo
acompañaré a la salida.” Casi sin darse cuenta se dejó guiar, y subió al
coche que le esperaba en la puerta, sin darse cuenta de que no era el suyo. Al
mirar al cochero, dijo, “¡A casa!” El cochero dijo, “Si, señor.” Al
entrar dentro del coche, el conde pensó “Que extraña voz la de mi cochero.
No es la de siempre…” Enseguida el conde exclamó, “¿Qué es esto? ¿Por
qué visto esta ropa?” El cocheo exclamó, “¡Señor, hemos llegado!”
Iba a descender del carruaje, cuando, exaltado, dijo al cochero, “¿A dónde
me has traído, animal? ¿Es esta acaso la residencia del conde Labisnki?” El
cochero dijo, “Perdón, no entendí que quería ir allí, señor.” El cochero
encamino al caballo a la dirección indicada. Durante el trayecto, el conde no
dejaba de hacerse preguntas. “¿Por qué estoy en un coche extraño? ¿Qué me
sucede? Siento que mi cabeza va a estallar.” Cuando llegaron al palacete de los
Labinski, el mayordomo peleó con el conde, diciendo, “Los señores no reciben
esta noche. El conde y la condesa ya se han retirado a sus habitaciones.”
El conde le dijo, “¿Estás loco o borracho?” El conde lo empujó y entró.
Entonces el mayordomo dijo, “Oiga, ¿Qué hace? ¡El loco o borracho es usted!”
El conde le dijo, enfurecido, “¡Miserable, estas despedido! ¡Lárgate
ahora mismo!” El mayordomo lo sujetó, y dijo, “¡No inténte dar un paso
mas o lo sacaré a patadas!” El conde le gritó, “¿Cómo te atreves a ponerme
las manos encima?” Al escuchar el escándalo, acudieron varios criados. El
conde gritaba, “¡Suéltame, infame!” El mayordomo gritaba, “¡Ayúdenme!
¡Este joven ha bebido más de la cuenta! ¿Vamos a sacarlo de aqui!” El conde
dijo, “¿Ustedes permiten de este canalla insulte a su señor, el honorable
conde Labenski?” El mayordomo exclamó, “¡Ja, Ja, Ja!¡Cree ser el
conde!¡No hay duda de que está borracho!” El conde sintió que un sudor frio
le bañaba todo el cuerpo, y dijo, mientras lo empujaban, “¿Por qué no me
reconocen? ¿Es que han cambiado mi cuerpo, como mi traje y el coche?”
Entonces, uno de los criados dijo, “Allí viene el señor conde. El escándalo
que se armó le ha traído.” Casi sin dar crédito, el conde vio acercarse su
propio cuerpo. Octave dijo, “Caballero, haga el favor de retirarse. Si desea
hablar conmigo, puede hacerlo en cualquier tarde, de las 12 a las 2.” Tras
estas palabras, el falso conde se retiró con paso tranquilo, y el verdadero
caería desmayado. Cuando volvió en sí, se encontró en una habitacion en la que
no recordaba haber estado jamás. Al despertar, el criado de Octave le dijo, “¿Se
encuentra mejor el señor? ¡Qué susto me lleve al ver que lo traían desmayado!”
Apenas el criado se retiró, el conde saltó de la cama. Al mirarse en el espejo,
pensó, “¡Este no soy yo!¡Con razón mis criados no me reconocen!¡Otro hombre
ha tomado mi lugar! ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Quién soy ahora? ¿Cómo podré
demostrar mi verdadera identidad? ¡Nadie me creerá!” El conde se sentó en
la cama, y llevó las manos a la cara, pensando, “Y Prascovia…¿Qué va a
suceder con ella? No, no es posible que ese falso conde se apodére de mi
esposa.” El conde se acostó y siguió pensando en su terrible situación,
hasta que cayó en un pesado sueño, parecido a la muerte. Entre tanto, apenas se
llevaron al verdadero conde desmayado, Octave subió las escaleras y una criada
le dijo, “La señora condesa le aguarda, señor.” El corazón casi se le
salía del pecho, cuando entró en un elegante y femenino saloncito. Una institutriz
peinaba a Prascovia, en el tocador. Prascovia dijo, “¡Que tarde has llegado
hoy, Olaf!” De rodillas ante ella, Octave tomo la delicada mano de
Prascovia, y la besó con todo el ardor de su pasión contenida. Prascovia pensó,
“Los labios de Olaf, tienen un fuego desconocido. Algo inquietante y
desagradable.” Por su parte, Octave pensó, “¡Por fin, ahora es mía, mía!”
Embelesado, observó cómo su amada daba los últimos toques a su toilette
nocturna. A través del espejo, ella lo miro sentado, y pensó, “¿Por qué me
mira asi? Sus ojos tienen algo extraño. La pasión que veo en ellos, es
ofensiva. Me siento incomoda ante él.” Cuando la doncella se retiró,
Prascovia tuvo la sensación de estar con un desconocido, y se llenó de terror.
Octave dijo, “¡Amor, te necesito, quiero amarte como nunca!” Ella dijo, “Olaf,
creo que…por favor, retírate, estoy cansada. Mañana hablaremos.” Sin darle
tiempo a replicar, Prascovia entro a su recamara, y cerro la puerta. Prascovia
pensó, “Algo le sucede, no es el Olaf de siempre. Si lo hubiera dejado
entrar, sentiría que me entrégo a un desconocido.” Por su parte, Octave
sentado en el saloncito de tocador, pensaba, “¿Es que jamás va a ser mía?
Mañana tendré más cuidado…quizá hice o dije algo que e oseto… Soy el conde y
algo le impidió aceptarme. Me rechazó como amante, y ahora lo hace como
marido.” Al día siguiente, Octave llegó al comedor a desayunar. Prascovia
dijo, “Buenos días, Olaf.” Octave dijo, “Espero que hayas tenido
agradables sueños, Prascovia.” Ella, fijando sus ojos en el que creía su
marido, respondió en polaco, idioma que utilizaban ante los criados. Entonces,
Prascovia pensó, “¿Qué le sucede? ¿Porque no me responde?” Octave pensó,
“Está hablando en una lengua desconocida para mí.” Prascovia volvió a
repetir la frase, pero viendo que el no comprendía, hablo e francés. “Olaf, ¿No
me oyes, o no comprendes?” Octave dijo, “Es que esa endiablada lengua es
tan difícil.” Prascovia dijo, “¡Difícil! ¡Como puedes decir eso, si la
hablas desde que naciste!” Octave le dijo, “Sí…pero hay momentos en que
se e olvida.” Prascovia se alteróٕ y dijo, “¡Eso es imposible! No puedes
olvidar el idioma de tus padres, de tu patria…” Octave dijo, “No creo
que tenga tanta importancia.” Prascovia se levantó de la mesa, y dijo, “¡Olaf,
no doy crédito a lo que escucho! ¿Cómo saludaras a tu madre cuando regresemos a
Polonia? ¿Cómo responderás a tus vasallos…?” Entonces, Octave pensó, “Jamás
se me ocurrió, que la robar su cuerpo al conde, tendría estos problemas.” La
condesa ofendida, abandonó el comedor. Octave pensó, “Renuncié a mi yo, por
ella, y ni siquiera con este aspecto me acepta. ¿Es que nunca me amara?” Sin
saber que hacer, decidió salir. Entretanto, el mayordomo de Octave dijo al
conde, quien aún no se levantaba de la cama, “Señor, ya son más de las once.
Le traigo los periódicos y el correo.” El conde pensó, “No era una
pesadilla. Yo ya no soy yo, soy otro hombre.” Sin una palabra, dejo que le
criado le ayudara a vestirse. Se dispuso a abrir la correspondencia, y pensó, “Veré
si en estas cartas encuentro alguna indicación de quien soy yo.” Despues de
revisar la correspondencia, pensó, “El dueño de esta casa, se llama Octave
de Saville, por lo que dice aquí el que le escribe, que es su notario.”
Decidido a averiguar mayores datos, empezó a registrar cuanto mueble encontró.
El conde pensó, “Según esto, Octave de Saville es un barón de buena
posición.” Entonces el criado llego, y dijo, “El señor Alfred desea
verlo.” Iba a contestar, pero ya el visitante habia entrado. “¡Que tal,
Octave! Vengo a buscarte y no aceptaré la excusa de que estas enfermo. Iremos a
casa de Gabriel Monterer.” El conde le dijo, “Gracias, pero no me siento
bien. Te prometo que mañana…” Alfred le dijo. “¿Mañana? Eso es más de lo
que esperaba. Lo has prometido, vendré por ti.” El conde dijo, “Está
bien. No m negare.” El joven salio con el mismo ímpetu con que habia
entrado. El conde pensó, “Todos me toman por Octave de Saville, pero yo soy
el conde Labisnki, aunque mi aspecto sea el de ese desconocido.” El conde
continuó registrando los cajones y de repente encontró algo que llamó su
atención. El conde exclamó, “¡Un dibujo de Prascovia! ¿Por qué esta aquí?
¿Quién lo hizo?” El conde revisó el dibujo, y dijo, “Aquí dice: ’Nunca
me amará, y yo la adóro. Qué grande es mi desdicha.’” Entonces, el conde
pensó, “Octave de Saville ama a mi esposa…entonces él tiene mi cuerpo. ¿Habrá
hecho un pacto con el Diablo, para apoderarse de ella?” El conde exclamó
furioso, “¡Ese maldito medico tiene la culpa! Él tendrá que explicarme lo
que sucede.” Sin dudarlo se dirigió a casa del médico. Cherbonneau dijo, al
verlo, “¡Que gusto de verlo, Octave! Pensaba ir a visitarlo, pero es buen
síntoma que el enfermo acuda al médico.” El conde le dijo, “¡No me diga
Octave! Sabe perfectamente que soy el Conde Labisnki. ¡Ayer usted me robó mi
cuerpo, y quiero que me lo devuelva!” Cherbonneau dejó escapar
una sonora carcajada, “¡Ja, Ja, Ja!”
El conde se molestó, y dijo, “Modére su alegría, o tendrá que arrepentirse,
y no hablo en broma, lo voy a…” Cherbonneau le dijo, “¡Basta! Se va o
llamo para que lo encierren en un manicomio. Todos saben que está enfermo, y
nadie hará caso a sus tonterías.” El conde le dijo, “Es capaz de
encerrarme sabiendo que soy el conde y que estoy cuerdo…¡Maldito!” Sabía
que nada podía hacer, y abandonó la casa del médico. Mientras subía a su coche,
el conde pensó, “Iré a mi palacio. Obligaré a ese hombre a que diga la
verdad. ¡Tiene que devolverme mi cuerpo!” En esos mismos momentos, Octave ingresaba a un
saloncito donde Prascovia leia. Octave exclamó, “Prascovia…” Prascovia
le dijo, “Espero que ya hayas recobrado la memoria, Olaf.” Octave le
dijo, “Querida, tengo algo que decirte respecto a eso. Ayer fui a ver a ese médico,
del que se habla tanto.” Ella le dijo, “¡El doctor Cherbonneau! Dicen
que ha pasado largo tiempo en la India, aprendiendo los secretos de sectas
desconocidas.” Octave le dijo, “Asi es. Realizó ante mi, un experimento
asombroso, y luego me hundió en un sueño magnético, tan profundo que al
despertar, me di cuenta que muchas cosas se han ido de mi memoria. El pasado
flota como una nebulosa. Solo mi amor por ti permanece intacto.” Prascovia
dijo, “No estuvo bien que te sometieras a la influencia de ese doctor.
Espero que no vuelvas a hacerlo.” Octave le dijo, “No, por supuesto que
no. ¿Comprendes ahora porque no actúo en forma normal en algunas cosas?”
Prascovia dijo, “Pero supongo que lo que te sucede, será algo pasajero,
porque ahora siento como si fueras otra persona.” Octave dijo, “Qierida,
¿Cómo puedes decir eso? Soy yo, tu marido que te adora. No me apartes de tu
lado, porque…” El criado los interrumpió, “El barón de Octave de
Saville.” El falso conde se puso blanco. Sabía que ese encuentro tenía que
ocurrir, pero no lo esperaba tan pronto. El conde ingreso, haciendo su
actuación, “Señora condesa, es un honor saludarla." Prascovia le
dijo, "Ma agrada volver a verlo. Mi marido, el conde Labenski…El Barón
de Saville.” Los dos hombres se dirigieron salvajes miradas, a través de la
máscara de mármol, de la buena educaron. Prascovia dijo, “Me alegro que no
olvidara nuestra amistad, y que haya decidido venir a saludarme.” Prascovia
agrego, acercándose a el conde, su marido, “Usted sabe que lo estimo, y lo
recuerdo con aprecio. Me agradaría escuchar que ya encontró la mujer a la que
ama, y que le hará feliz.” Esas palabras impresionaron, de muy distinta
forma, a los dos hombres. Octave pensó, “Está confirmando lo que siempre he
sabido, que nuca me amará.” El conde pensó, “Prascovia no me ha sido
infiel. Jamás mirara a otro hombre. Solo un hechizo podría logarlo.” Una
súbita ira se apoderó del conde, al solo imaginar esa posibilidad, y exclamó
abalanzándose hacia Octave, “¡Ladron, bandido, devuélveme mi cuerpo!” Ante
la escena, Prascovia exclamó, “¡Ha enloquecido!” A los gritos, acudieron
los criados. A continuación, los criados sujetaron al conde, quien gritaba, “¡Canalla,
ladron, mi cuerpo! ¡Quiero mi cuerpooo!” Mientras lo llevaban, Prascovia
dijo, “¡Pobrecito, perdió la razón!” Octave le dijo, “Sí, se volvió loco
de amor. Decididamente eres demasiado bella, Prascovia.” Dos horas despues
de esta escena, el falso conde recibió una carta. Octave pensó, “Tiene el
sello de Octave de Saville, o sea, mi sello.” La abrió con dedos
temblorosos y pensó, “Ledia por cualquier otro, esta carta parecería escrita
desde un manicomio, pero sé que usted me comprende…Algo inexplicable me obliga
a escribirme a mí mismo. No comprendo de que tenebrosa maquinación soy víctima,
pero usted si sabe. Mi pistola, o la punta de mi espada, le pedirán que aclare
el secreto. Uno debe morir. Estoy dispuesto a matar mi cuerpo, o usted matara
el suyo, en el que mi alma se indigna verse prisionera…” Octave pensó,
“Dice que nombre a mis testigos para que con los de él, se pongan de acuerdo en
la hora del duelo, que será mañana. En la habitación del conde, vi en un cajón
muchas tarjetas de visitas. Deben ser de sus amigos. Eligiré entre ellas, a
quienes pediré sean mis testigos, y tambien pediré al doctor Cherbonneau que
asista.” A la vez, el conde recurriría a los amigos de Octave. Así, una vez
enterado uno de ellos le dijo, “Cuenta conmigo, Octave. Me alegra que ya
estes tan bien como para participar en un duelo, aunque quizá podrías
solucionarlo de otra…” El conde dijo, “No. He sido ofendido, y solo la
espada lavara mi honor.” Esa noche, Octave pensaba preocupado, “Quizá
mañana estaré muerto, pero si hoy Prascovia viene a mis brazos, recibiré feliz
la muerte.” Esperanzado y ansioso, se dirigió a las habitaciones de
Prascovia. Octave toco a su puerta, y exclamó, “Está con cerrojo…Prascovia…Prascovia…”
Desde el otro lado de la puerta, se escuchó la voz de Prascovia decir, “Regresa
cuando sepas polaco. Ahora me parece que no eres mi marido.” Octave le
dijo, “Prascovia, ¿Cómo puedes decir eso? Soy yo, el conde, el hombre que te
adora.” Prascovia dijo, “No, el doctor Cherbonneau te cambio, y hasta
que no lea en tus ojos que eres el mismo de antes, no te aceptaré a mi lado.”
Al día siguiente, Cherbonneau llego a la residencia del conde y la condesa, y
presentándose ante el conde, dijo, “He venido como me pidió. ¿Ya es hora?”
El conde dijo, “Sí, vamos.” Mientras marchaban en el coche al campo de
honor, Cherbonneau dijo, “Querido Octave, su aventura ya raya en lo trágico.
Creo que debí haber dejado al conde durmiendo por lo menos una semana.”
Tras una pasua, Cherbonneau agregó, “¿Cómo le ha ido con la condesa?”
Octave dijo, “Temo que me ha reconocido, a pesar de mi metamorfosis. Me
trata como un extraño. No he podido acercarme a ella más de lo que lo hice en
Florencia.” Hubo una pausa, y enseguida Octave dijo, “Ya le decía yo,
doctor, que no podría hacer nada por mí. Soy más desdichado que cuando me vio
la primera vez.” Cherbonneau dijo, “Realmente lo compadezco. Su mal no
tiene remedio.” Llegaron al bosque, donde el verdadero conde aguardaba. A
los pocos minutos, uno de los padrinos dijo, “Señores, tomen sus espadas.” Los
primeros ataques fueron parados con presteza por las dos partes. El conde era
un hábil espadachin, pero le faltaba la fuerza de su propio brazo. Ahora
contaba solo con la débil muñeca de Octave. Por el contrario, Octave, aunque
menos hábil, encontraba una fuerza hasta entonces desconocida. La cólera empezó
a apoderarse del conde. Con riesgo de seguir siendo Octave de Saville, quería
matar al impostor. Desesperado trato de atravesar su propio cuerpo y llegar
hasta el alma de su rival, pero…la vida de Olaf estaba en las manos de Octave.
Cuando creyó llegada su última hora, arrojó su espada aun lado, y dijo, “No
se acerquen.” Sin dar explicaciones, Octave tomó a su propio cuerpo del
brazo, y lo llevó a la espesura del bosque. El conde le dijo, “¿Por qué no
me mato? Sabe que uno de los dos debe morir. Regresemos a terminar el duelo.” Octave
dijo, “Escuche, su felicidad está en mis manos. Puedo conservar para siempre
este cuerpo que le pertenece, lo admito. Si regresamos al duelo lo matare. El
conde es mejor espadachin que Octave. Pero esa muerte desgarraría el corazón de
mi madre. Nunca conseguirá, si yo me opongo, volver a tener su individualidad.
Nadie creerá lo que usted diga, y lo tomaran por loco. Seguramente habrá
revisado mis papeles, y ya sabe que amo a su esposa con un amor desesperado.”
El conde dijo, “Sí.” Octave dijo, “Para acercarme a ella, he usado
éste terrible método. El doctor Cherbonneau cambio nuestras almas de envoltura.
Pero ha sido inútil. Voy a devolverle su cuerpo. Prascovia no me ama. En la
forma del marido ha reconocido el alma del amante. Iremos con el doctor a su
laboratorio.” Sin poder articular palabra, el verdadero conde lo siguió. Al
regresar ambos al grupo, Octave dijo, “Caballeros, hemos intercambiado
explicaciones que hacen inútil continuar el duelo. Las agradecemos que hayan
venido.” Octave, el conde, y el doctor Cherbonneau, subieron a un carruaje,
y Octave dijo, “Doctor, voy a poner a prueba, una vez más su ciencia. Hay
que reintegrar nuestras almas a sus domicilios habituales.” Tras una pausa,
Octave agregó, “Espero que el conde, no le guarde rencor y comprenda…” El
conde dijo, “Mi alegría de recobrar mi cuerpo, es mayor que el desagrado de haber
sido despojado de él. Nada tiene que temer, doy mi palabra.” Poco despues, ambos
hombres descansaban en sus respectivos divanes. Cherbonneau condujo primero el
alma del conde a su cuerpo. Cherbonneau dijo, “Ve a tu morada, que te espera
ansiosa.” Mientras, el alma de Octave, empezó a alejarse, feliz de verse
libre, y no parecía querer volver a su prisión. Entonces Cherbonneau dijo, “Regresa,
entra en el cuerpo que te pertenece.” Pero el pequeño resplandor, se negaba
a volver a este valle de miserias. Cherbonneau exclamó, “¡No, no te vayas!”
A pesar de todos los esfuerzos del médico, la pequeña llama se desvaneció. Cherbonneau
pensó, “Se ha marchado. Nada puedo hacer. Ya está fuera del campo de
atracción.” Enseguida, Cherbonneau pensó, “Despertaré al conde, y luego
veré cómo arreglar éste desgraciado asunto.” En cuanto el conde abrió los
ojos, se levantó del diván, y exclamó, “¡Soy yo…soy yo otra vez! ¡Que
alivio! Gracias, doctor, gracias.” Como temiendo otra mala jugada, el conde
salio prácticamente corriendo. Entonces, Cherbonneau miró el cuerpo de Octave
sobre el diván, y pensó, “¿Y ahora qué? El alma está tan lejos, que es
imposible hacerla regresar, y aquí quédo, yo con éste cuerpo vacío.” Tras
una pausa, Cherbonneau pensó, “Puedo disolverlo en un baño corrosivo, pero
cuando Octave no aparezca, se harán investigaciones.” De pronto, una idea
luminosa atravesó por su mente. Tomó un papel y una pluma. Cherbonneau comenzó
a escribir mientras hablaba en voz alta, “No teniendo familia, ni herederos,
lego todos mis bienes…” Luego miro en el espejo su rostro arrugado y empezó
a murmurar las palabras del Brahma-Logun, En un segundo su cuerpo cayó como
fulminado por un rayo, y el de Octave se irguió fuerte, alerta, y vivo. Cherbonneau,
ya en el cuerpo de Octave, dijo al mirar su cuerpo tendido en el suelo, “Pobre
jirón humano, me has sido de gran ayuda, y te abandono nos sin sentirlo., pero
ya estas viejo y gastado.” De repente, le llego una euforia, y exclamó, “Hare
tantas cosas sin el temor de morir mañana. ¡Adiós, voy a tomar posesión de mi
nueva existencia! Ma habia acostumbrado a ti, despues de vivir tantos años
juntos, pero con esta joven envoltura, podre estudiar, trabajar…” Entre
tanto, el conde habia llegado a su palacete. “Querida Prascovia..."
Ella le dijo, "¡Olaf, hablas otra vez polaco!" Ella lo abrazo,
y le dijo, “Amor mío, eres tu. Tus ojos miran como siempre. Ya no te siento
extraño.” El conde dijo, “Quizá estaba diferente, pero ya no volverá a
suceder, te lo aseguro.” Cuando el amor es verdadero, ni el mejor disfraz
puede engañarlo, y esas dos almas habían nacido una para la otra. Dos días después,
Octave de Saville, animado por el espíritu del viejo doctor, recibía una
esquela. Al leer la misiva, pensó, “Me comunican la muerte del doctor
Cherbonneau, y me ruegan asista al sepelio. ¡A mi propio entierro!”
Revestido de su nueva apariencia, acompañó a su antiguo cuerpo a su ultimas
morada. Mientras veía su propio entierro, pensó, “Si supieran que he
escuchado todas las alabanzas que me dedicaron, que estoy mirando como me
entierran.” Al día siguiente, Octave leía el periódico. “Ayer fue
enterrado Balthazar Cherbonneau. El eminente medico fue encontrado muerto en su
estudio. Su deceso se atribuye a la fatiga intelectual excesiva. Dejo un
testamento en el que lega todos sus bienes al señor Octave de Saville…” El
avatar se habia cumplido hasta el último detalle. “¡Ja, Ja, Ja! Soy joven,
soy rico, y cuando Octave envejezca…¡Ja, Ja, Ja!”
Tomado de, Joyas de la Literatura. Año XVIII. Numero
147. Febrero 1º, de 1991. Adaptacion: Remy Bastién. Guión: Herwidg Comte.
Segunda Adaptacion: José Escobar.
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