Club de Pensadores Universales

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sábado, 31 de octubre de 2026

Avatar, de Teófilo Gautier

  Avatar, es un relato breve del escritor francés, Théophile Gautier, publicado en doce folletines, del 29 de febrero, al 3 de abril, de 1856 en, Le Moniteur Universelle.

Resumen de la Trama

   Octave de Saville, se ha enamorado de la condesa lituana, "Prascovie Labinska". Por desgracia, ella rechaza su cortejo, y permanece fiel a su esposo, el Conde Olaf. Octave se vuelve poco a poco más apático, y su alma lo abandona gradualmente.
   Los amigos y familiares de Octave, que no logran comprender el origen de su enfermedad, recurren a un médico bastante misterioso, que estuvo varios años en la India. El médico, Balthazar Cherbonneau, como remedio, propone intercambiar la mente de Octave, por la de Olaf, usando la magia que aprendió en la India. Para hacerlo, engaña a Olaf, mientras está de visita, e intercambia las mentes de Octave, y el Conde.

   Prascovie está asustada, por lo que parece ser un cambio en la personalidad de su esposo, sintiendo el deseo de Octave por ella, en el rostro de su esposo. Mientras tanto, Olaf está confundido por el repentino cambio de cuerpos. Se da cuenta de que alguien se hace pasar por él, cuando se le niega la entrada a su residencia.

   Olaf, en el cuerpo de Octave, desafía a éste a un duelo a muerte. No estando dispuestos a dañar sus cuerpos originales, los dos hombres acuerdan ir a Cherbonneau, y arreglar el intercambio. Octave, habiendo renunciado a toda esperanza de ser amado por Prascovie, no regresa a su cuerpo, y muere. Olaf se reúne con su esposa. Cherbonneau, por su parte, decide apoderarse del cadáver de Octave, y finge su propia muerte.

Análisis

  Avatar es una novela fantástica, basada en la metempsicosis. La palabra metempsicosis procede del griego, es una doctrina religiosa y filosófica, de varias escuelas orientales, y renovada por otras de Occidente, según la cual, las almas transmigran después de la muerte, a otros cuerpos más o menos perfectos, conforme a los merecimientos alcanzados, en la existencia anterior. (Wikipedia en Español)

Avatar

de Teofilo Gautier

    El criado entró sigilosamente a la habitacion, y se acercó a la gran cama. “Señor, le he traído el desayuno.” El hombre en cama dijo, “Llévatelo, Jean. No deseo comer.” Jean le dijo, “Su señora madre me encargó que lo cuide. Yo hago lo posible, pero…” El hombre dijo, “No tengo hambre, por favor retírate.” Jean le dijo, “Pero ayer solo tomo una taza de caldo en todo el día.” El hombre dijo, “Mi buen Jean, nada ´puedes hacer por mí. ¡Déjame solo!” El criado lo miro tristemente, y luego salio tan silenciosamente como habia entrado.
  Jean pensó, “¡Mi pobre señor! No es justo que este asi. Era tan alegre, tan lleno de vida…¿Qué mal lo estará matando? ¡Que desgracia para él y su familia! No comprendo porque le sucede esto.” Como el criado, nadie entendí qué enfermedad padecía Octave de Saville. Cuatro hombres bebían y jugaban baraja. Uno de ellos dijo, “¿Has visto a Octave Alfred?” Otro dijo, “Si, ayer pasé por su casa. Sigue igual, aunque los médicos no encuetaran nada malo en su organismo. Es muy extraño.” El hombre agregó “No tóse, no tiene fiebre, su corazón marcha bien, pero la vida se le va escapando.”
    Un tercer hombre dijo, “Es increíble que un hombre como él, apuesto y con fortuna, con todo para ser feliz, se consuma miserablemente.” El primer hombre dijo, “¡Si pudiéramos hacer algo por el! ¿Pero qué? Cuando lo visitamos, apenas habla. Se niega a salir. Lo único que desea es estar solo.” El segundo hombre dijo, “Su madre esta desesperada. Hable con ella hace unos días y me conmovió su tristeza.”
   Efectivamente, la baronesa de Saville vivía momentos de gran angustia, ante el estado de su hijo, a quien le decía, “Octave, tienes que ver a otro médico. No puedes permanecer asi, hijo.” Octave dijo, “Madre, ya me han revisado tantos. ¿Para que visitar otros? Nada podrá hacer por mí.” La baronesa le dijo, “Se de uno que hace milagros. Acaba de llegar de la india, donde estuvo durante muchos años.” Octave dijo, “Si las eminencias que hay en Paris, no han conseguido nada, él mucho menos, madre. No lo iré a ver.”
   Su madre le dijo, “Octave, el doctor Balthazar Cherbonneau, vendrá a visitarte. No fue fácil conseguir que accediera…” Octave dijo, desesperado, “No. No estoy dispuesto a…” Pero los ruegos y lágrimas de la dama, le hicieron ceder. Al día siguiente, el hombre medico llego a casa de Octave, quien dijo a verlo, “Buenas tardes, señor Barón.” Al verlo, Octave pensó, “No me gusta su aspecto, parece sacado de un cuento fantástico.”
   Despues de revisarlo, el medico le dijo, “Veo que no esta tan mal, como me dijo su señora madre, salvo por su mirada opaca y triste, y su actitud de cansancio, yo diría que está sano. Su caso no es el de un enfermo vulgar y no será necesario recetar ninguna medicina.” Octave le dijo, “Me da gusto oír eso. Me han hecho tomar tal cantidad de medicamentos, que ya no soporto uno más.”
   El medico dijo, “No se alegre tan pronto de no tener problemas en el hígado y en el corazón, porque no he dicho que este sano. Deme su mano.” Octave se la tendió y el anciano la tomó entre sus dedos que semejaban pinzas de cangrejo. Octave pensó, “A pesar de que su rostro y su cuerpo delatan que es un anciano, sus ojos tienen la vida y frescura de los 20 años.” Despues de que miro, palpó y apretó la mano, el hombre dijo, “Querido señor, su situación es mas grave de lo que piensa y la medicina, tal como la practican en Europa, no puede curarlo.”
  Hubo una pausa, y el hombre agregó, “Usted no tiene voluntad de vivir y su alma se va separando insensiblemente de su cuerpo. Pero fui llamado a tiempo, pues su espíritu permanece unido a la carne solo por un hilo. Pero no se preocupe, hermos un buen nudo.” Octave dijo, “Doctor, no sé si podrá curarme, pero la verdad no tengo ningun interés en ello.”
    El doctor dijo, “El pensamiento es una fuerza que puede matar. ¿Qué le ha sumido en este estado? ¿Acaso ha sido engañado por una mujer?” Octave dijo, “No, no tengo ese problema.” El doctor dijo, “Sin embargo, leo en sus ojos, en su actitud, el nombre de la enfermedad: pesar por un amor perdido.” Octave permaneció silencioso, y por un momento sus mejillas enrojecieron. Sentados uno frente al otro, el doctor le dijo, “Vamos, abra su corazón. Soy el medico de las lamas, haga su confesión.” Octave le dijo, “¿Para qué? El contarle mis padecimientos no los va a aliviar.”
    Tras una pausa, Octave agregó, “Ningún poder humano, incluyendo el suyo, puede curarme.” El doctor dijo, “¡Quien sabe! Hay muchas cosas que la mayoría de los mortales ignoran. Vamos, desahogue su alma.” Y el médico se acomodó en el sillon como dispuesto a escuchar una larga historia. Octave dijo, “Esta bien, si insiste se lo diré, pero no espere nada extraordinario. Es algo sencillo y común.” El doctor le dijo, “Mi querido joven, solamente lo normal es extraordinario para mí. ¿Cuál es la verdad de ese asunto?”
   Octave dijo, “La verdad es que me muero de amor. Todo empezó en Florencia. Hace un año yo me encontraba allí de vacaciones. Era entonces un joven alegre y solo quería divertirme…” Octave comenzó a narrar, “Por la mañana visitaba museos, iglesias, galerías de arte, empapándome de las obras maestras. Por las tardes acudía a Cascina, donde se reunía toda la sociedad florentina a platicar. Y por las noches, iba a los bailes y cenas donde era invitado con gran frecuencia. Una tarde que platicaba en Cascina, con un conde ruso que habia recorrido todos los salones de Europa. Yendo a caballo con el conde, vi una calesa, y exclamó, ‘¿Qué magnifica calesa! Debe pertenecer a algún noble importante.’ Antes de que el conde pudiera contestarme, vi a su ocupante. Yo pregunté, ‘¿Quién es esa dama? Nunca vi tanta belleza reunida en una sola mujer.’ El conde me dijo, ‘Asi opinan todos los que la conocen. Es la condesa Prascovia Labinski, de origen lituano. Acaba de llegar a Florencia, y ha alquilado una villa donde pasara el verano.’ Yo le pregunte, ‘¿Vive sola?’ El conde me dijo, ‘Sí, su marido, un conde polaco, se encuentra luchando en la guerra del Cáucaso.’ Yo le dije, ‘Me gustaría conocerla. ¿Sera posible ser recibido en su casa?’ El conde me dijo, ‘La condesa hace una vida muy retirada, pero los martes reciba a algunas personas, entre ellas a mí.’ Hubo una pausa, y luego el conde me dijo, ‘Mañana es martes. Le invito a que me acompañe, si no tiene otro compromiso.’ Yo le dije, ‘Ire encantado con usted.’ Con una ansiedad desconocida para mí, aguardé que llegara el momento de ir a la villa de la beldad. Al ingresar a la residencia, la bella mujer nos recibió. El conde dijo, ‘Condesa, permítame presentarle al Barón de Octave de Saville.’ La condesa me dijo, ‘Bienvenido, Barón, considere ésta su casa.’ Yo permanecía absorbido, deslumbrado, extático en la contemplación de su belleza, encantado con el sonido de su voz. Al verla pensé, ‘Es perfecta. No hay en ella el menor defecto.’ Si la radiante belleza de Prascovia me habia seducido, me sorprendió tambien por su inteligencia. Recuerdo que el conde me dijo, ‘¿Que opina usted, barón, acerca de lo que dice la duquesa?’ y le dije, titubeante, ‘Yo…perdón, estaba distraído. No escuché...’ Sabia que actuaba como un tonto, pero no podía evitarlo, y pensé, ‘Tengo que decirle cuanto la amo, todo lo que significa para mí. No puedo callarlo más.’ Pero cuando la tenía frente a mí, me encontraba sin ideas, sin fuerzas, sin valor. Mientras me retiraba de su residencia caminando, pensaba, ‘Hoy perdí una gran oportunidad. Nos quedamos solos en el salón, y solo me limite a mirarla.’ Asi transcurrió un mes. Un día que mi desesperación llego s u limite, me presenté en su casa. Ella me dijo, ‘¡Barón, que sorpresa! No esperaba hoy visitas. Siéntese, nos quedaremos aquí. Adentro hace demasiado calor.’ Yo le dije, ‘Gracias, condesa.’ Un silencio embarazoso reino por unos segundos entre nosotros. Yo pensé, ‘Es el momento. Se lo diré, y ella me llevará al cielo, o me hundirá en el infierno.’ Tras una pausa, le dije, ‘Condesa, he venido porque necesito decirle…’ Ella me dijo, ‘Por favor, calle. Sé lo que va a decir. Usted me ama, lo sé…No tengo nada contra usted, porque el amor es involuntario. Otra mujer se sentiría ofendida, yo no. A mí me da tristeza, porque no puedo amarlo, y no me agrada ser a causa de su sufrimiento. Esperaba que mi frialdad le haría alejarse, pero el verdadero amor no se desanima ante nada. Yo adóro a mi esposo, y jamás podría amar a otro hombre.’ Sentí que se quebraba el resorte de mi vida. Ella me dijo, ‘Sé que esto pasará. Piense en otras cosas. Imagine que me he marchado para siempre, que he muerto. Viaje, trabaje, y me olvidará.’ Yo le dije, ‘Yo sé que jamás podre olvidarla. Nunca dejare de amarla.’ Entonces, ella me dijo, “’Si cree que sufrirá menos viéndome, venga y siempre lo recibiré. Sin embargo, la ausencia es un remedio mas seguro. Ya vera como dentro de un tiempo podremos estrecharnos las manos sin peligro para usted.’ Yo le dije, ‘¡Ah, condesa, dentro de un mes, un año, un siglo, la seguiré amando tanto o más que hoy!’” Octave terminó su narración, y dijo, “Al día siguiente abandoné Florencia. Ni el estudio, ni los viajes, ni el tiempo han conseguido disminuir mi sufrimiento.” Octave bajó la mirada, y agregó, “Aguardo la muerte como una liberación, por eso le suplico que no trate de impedirla, doctor.” El doctor le dijo, “¿Ha vuelto a ver a la condesa?” Octave dijo, “No, pero sé que está en Paris con su esposo. Llegaron hace unas semanas.” El doctor le dijo, “Su narración me demuestra que no hay para usted esperanzas. La condesa nunca le dará su amor.” Octave le dijo, “¿Ya ve cuánta razón tengo, al no querer seguir viviendo?” El doctor dijo, “¡Un momento! He dicho que no hay esperanzas con los medios ordinarios, pero existen poderes ocultos que la ciencia moderna no conoce.” El doctor agregó, “Son secretos que yo obtuve en la India. Aqlli aprendí que no somos mas que formas. Es el espíritu el que agita la materia.” Éste preámbulo excitaba hasta el límite, la atención de Octave, y no comprendía que tenia que ver con su amor por Prascovia. El doctor le dijo, “Durante muchos años, estuve en ese maravilloso país. Estudie los idiomas cultos y vulgares. Pude conversar con los brahmanes. Estudie las esculturas simbólicas en las cámaras interiores de las pagodas que ningun ojo profano ha visto. Leí misterios cosmogónicos. Todo ello me permitió conocer al penitente que habia llegado al más alto grado de perfección, el Brahma-Logum.” El doctor comenzó su narración. “Un sacerdote del templo de Tiranumalay me indico el lugar donde podía encontrarlo. Entre a una cueva, y encontré a un hombre en posición de loto. Al mirarlo, pensé, ‘Ese hombre parece no estar vivo. Es solo un esqueleto.’ Me acerqué y le dije, ‘¡BRAHMA-LOGUM! ¡BRAHMA-LOGUM!’ Lo moví, le llamé, no reaccionó, y me dispuse a alejarme, creyendo que era solo un cuerpo sin vida, cuando, vi una bola de luz, que hacia un ruido. Yo exclamé, ‘¿Qué es esto?’ La pequeña llama paso ante mis ojos, con la fulgurante rapidez de un rayo, y entro en su boca. De inmediato el Brahma-Logum parecido salir de su letargo, y me dijo, ‘Lo que has visto es mi alma. He conseguido separarla de mi cuerpo cuando yo quiera. Sale y entra de este como una abeja. He mortificado mi cuerpo de forma tan severa con ayunos, rezos y meditaciones. Hasta que por fin logre desatar los lazos terrestres que encadenaban mi anima. Vishnu, el dios de las diez encarnaciones me ha revelado la palabra misteriosa que la guía en su avatares, encarnaciones o cambios, a través de las distintas formas. Si despues de haber hecho los gestos consagrados pronunciase esa palabra, tu alma volaría para animar al hombre o animal que le designase. Acércate. Te voy a legar ese secreto. Soy el único que lo posee. Yo he de partir y agradezco que hayas venido. Escucha…” El doctor termintٴó su narración, y dijo, “Me susurró con voz débil unas palabras. Era el último halito de un moribundo.” Octave le dijo, “Doctor, no me atrevo a sondear en las profundidades de su pensamiento. ¿Qué quiere decirme?” El doctor le dijo, “Que no he olvidado las palabras del Brahma, ni la fórmula mágica que me enseñó.” Hubo una pausa, y enseguida el doctor dijo, “La condesa Prascovia necesitaría ser muy hábil para reconocer el alma de Octave de Saville, en el cuerpo de Olaf Labinski.” Octave dijo, “Pero…¿Resultará?” El doctor dijo, “Sí. El conde ha pedido una cita para verme. Se que le guía la curiosidad de las cosas que yo hago.” Octave se levantó, y dijo, “Doctor, si realmente lo consiguiera, de solo imaginarlo…” El doctor dijo, “Amigo mío, aunque será la primera vez que lo intente, no tengo dudas. Espere mi llamada. Tendrá a la condesa.” Efectivamente, la reputación del doctor Cherbonneau, habia despertado el interés del conde Labinski, y deseaba conocerlo. Dos días despues, el doctor Cherbonneau lo recibió, “Señor conde, me honra su visita. Seguramente le habrán hablado de mis juegos de manos, y quiere tener una prueba de mi habilidad.” El conde le dijo, “Mi curiosidad no es tan frívola, doctor. Tengo mucho respeto por usted y lo considero un sabio.” El doctor le dijo, “No lo soy en sentido normal que se da esa palabra. Mis estudios estan dedicados al espíritu. Me ocupo de cosas que la ciencia desdeña, y me he hecho dueño de las fuerzas ocultas, logrando asi efectos maravillosos.” El conde le dijo, “¿Cómo cuales?” Cherbonneau le dijo, “Le daré un ejemplo. Piense en la persona que quiere ver y luego inclínese sobre la fuente de cristal que está en la mesa…” El conde obedeció, y vio que el agua perdía su trasparencia, adquiriendo matices opalinos. El conde pensó, “Deseo ver a mi amada Prascovia.” Cuando Cherbonneau vio la imagen del rostro en el agua, dijo, “Veo que pensó en su esposa.” El conde exclamó, “¡Es…maravilloso!” Enseguida, Cherbonneau tomó un tubo, y dijo, “Le mostraré todavia algo aún más curioso. Toque este tubo.” Apenas el conde toco el metal, sintió un fuerte escalofrió, y exclamó, “¡AHHHH!” El conde cayó al suelo. Cherbonneau pensó, “Bueno, ya está hecho. Ahora enviaré por Octave de Saville.” Despues de levantar al conde, empezó algunos preparativos. Lo recostó en un sillon, y pensó, “Tiene que resultar. Es una oportunidad única para comprobar que puedo hacer uso de ese poder enorme.” Una hora despues, Cherbonneau decía a Octave, “He aquí su disfraz. Estoy seguro que se sentirá cómodo con él.” Enseguida, Octave pensó, “¿Seré capaz de cambiar su cuerpo por el mío para apoderarme de su esposa?” Cherbonneau le dijo, “Lo noto indeciso. Si no se decide, despertaré al conde que se marchara tal y como vino.” Octave dijo, “Doctor, estoy listo cuando quiera.” Cherbonneau le puso su mano en el hombro, y dijo, “Su pasión no retrocede ante nada, y eso me agrada. Si no logra la felicidad, no será culpa mía. Tiéndase en el diván.” Ambos hombres, tanto Octave como el conde, se tendieron cada uno en su diván, uno frente al otro. A continuación, Cherbonneau comenzó a conjurar, “Las nociones del tiempo y el espacio se pierden. La conciencia del Yo, se borra. Los hilos que retienen el alma, se desatan.” Durante largo rato, estuvo haciendo varios pases, y murmurando palabras. “Estos dos cuerpos se estan saturando de efluvios, bañándose de rayos mágicos…¡Ya lo tengo! Ahora ambos deberán obedecer a las palabras que voy a pronunciar…” Apenas las habia formulado, cuando de los labios de los dos hombres, salio una pequeña llamita. Cherbonneau exclamó, “Vayan a ocupar sus nuevas residencias.” De inmediato el alma de Octave.” De inmediato, el alma de Octave, entró en el cuerpo del conde, y la del conde en el de Octave. El avatar se habia realizado. Cherbonneau exclamó, “¡Lo logre!¡Nadie más en el mundo es capaz de hacerlo!” Cherbonneau pensó, “Ahora a despertarlos. Octave estará feliz, pero no creo que al conde le agrade mucho el cambio.” Cherbonneau hizo varios pases, y Octave, en el cuerpo del conde, se irguió. Cherbonneau le dijo, “¿Qué le parece su nueva morada? ¿Su alma se siente cómoda en el cuerpo del esposo de la mujer más bella del mundo?” Octave exclamó, “¡Es increíble! Doctor…¿Tiene usted el poder de Dios o del…demonio?” Cherbonneau le dijo, acompañándolo a la puerta, “No tema. No hay nada satánico en esto. Si no fuera yo quien cambio las lamas, creería que no ha ocurrido nada…y es que usted es el verdadero conde Olaf Labinski. Ahora debe ir a su casa. Son más de las diez. Seguro que Prascovia lo espera.” Octave, enfundado en el cuerpo de Labinski, salio a la calle, y pensó “Allí está el carruaje del conde. Desde ahora, todo lo de él, me pertenece.” Decidido, subió al vehículo que el cochero se apresuró a poner en marcha. Cuando llegaron a la mansion, Octave pensó, “Esta es mi casa, y no la conozco. Solo a unos pasos, estas, Prascovia. Su amor que creía imposible, será para mí.” Subió la gran escalera de la entrada, y, dijo a la institutriz, “Beas noches. ¿Dónde está la condesa?” La mujer dijo, “Haciendo su toilette nocturna, señor conde. Le avisare que ha llegado.” Entretanto, el conde en el cuerpo de Octave desertaba, y decía, “¿Qué ha sucedido? Me siento mareado…” Cherbonneau le dijo, “Espero que estará satisfecho con los experimentos que he realizado ante usted.” El conde apneas comprendía lo que sucedía. Su mente estaba confusa, y le era difícil coordinar las ideas. Cherbonneau puso sus manos sobre la espalda del conde, y le dijo, “Ahora no dudará que todo lo que le expliqué, acerca del magnetismo, es verdad. Venga, lo acompañaré a la salida.” Casi sin darse cuenta se dejó guiar, y subió al coche que le esperaba en la puerta, sin darse cuenta de que no era el suyo. Al mirar al cochero, dijo, “¡A casa!” El cochero dijo, “Si, señor.” Al entrar dentro del coche, el conde pensó “Que extraña voz la de mi cochero. No es la de siempre…” Enseguida el conde exclamó, “¿Qué es esto? ¿Por qué visto esta ropa?” El cocheo exclamó, “¡Señor, hemos llegado!” Iba a descender del carruaje, cuando, exaltado, dijo al cochero, “¿A dónde me has traído, animal? ¿Es esta acaso la residencia del conde Labisnki?” El cochero dijo, “Perdón, no entendí que quería ir allí, señor.” El cochero encamino al caballo a la dirección indicada. Durante el trayecto, el conde no dejaba de hacerse preguntas. “¿Por qué estoy en un coche extraño? ¿Qué me sucede? Siento que mi cabeza va a estallar.” Cuando llegaron al palacete de los Labinski, el mayordomo peleó con el conde, diciendo, “Los señores no reciben esta noche. El conde y la condesa ya se han retirado a sus habitaciones.” El conde le dijo, “¿Estás loco o borracho?” El conde lo empujó y entró. Entonces el mayordomo dijo, “Oiga, ¿Qué hace? ¡El loco o borracho es usted!” El conde le dijo, enfurecido, “¡Miserable, estas despedido! ¡Lárgate ahora mismo!” El mayordomo lo sujetó, y dijo, “¡No inténte dar un paso mas o lo sacaré a patadas!” El conde le gritó, “¿Cómo te atreves a ponerme las manos encima?” Al escuchar el escándalo, acudieron varios criados. El conde gritaba, “¡Suéltame, infame!” El mayordomo gritaba, “¡Ayúdenme! ¡Este joven ha bebido más de la cuenta! ¿Vamos a sacarlo de aqui!” El conde dijo, “¿Ustedes permiten de este canalla insulte a su señor, el honorable conde Labenski?” El mayordomo exclamó, “¡Ja, Ja, Ja!¡Cree ser el conde!¡No hay duda de que está borracho!” El conde sintió que un sudor frio le bañaba todo el cuerpo, y dijo, mientras lo empujaban, “¿Por qué no me reconocen? ¿Es que han cambiado mi cuerpo, como mi traje y el coche?” Entonces, uno de los criados dijo, “Allí viene el señor conde. El escándalo que se armó le ha traído.” Casi sin dar crédito, el conde vio acercarse su propio cuerpo. Octave dijo, “Caballero, haga el favor de retirarse. Si desea hablar conmigo, puede hacerlo en cualquier tarde, de las 12 a las 2.” Tras estas palabras, el falso conde se retiró con paso tranquilo, y el verdadero caería desmayado. Cuando volvió en sí, se encontró en una habitacion en la que no recordaba haber estado jamás. Al despertar, el criado de Octave le dijo, “¿Se encuentra mejor el señor? ¡Qué susto me lleve al ver que lo traían desmayado!” Apenas el criado se retiró, el conde saltó de la cama. Al mirarse en el espejo, pensó, “¡Este no soy yo!¡Con razón mis criados no me reconocen!¡Otro hombre ha tomado mi lugar! ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Quién soy ahora? ¿Cómo podré demostrar mi verdadera identidad? ¡Nadie me creerá!” El conde se sentó en la cama, y llevó las manos a la cara, pensando, “Y Prascovia…¿Qué va a suceder con ella? No, no es posible que ese falso conde se apodére de mi esposa.” El conde se acostó y siguió pensando en su terrible situación, hasta que cayó en un pesado sueño, parecido a la muerte. Entre tanto, apenas se llevaron al verdadero conde desmayado, Octave subió las escaleras y una criada le dijo, “La señora condesa le aguarda, señor.” El corazón casi se le salía del pecho, cuando entró en un elegante y femenino saloncito. Una institutriz peinaba a Prascovia, en el tocador. Prascovia dijo, “¡Que tarde has llegado hoy, Olaf!” De rodillas ante ella, Octave tomo la delicada mano de Prascovia, y la besó con todo el ardor de su pasión contenida. Prascovia pensó, “Los labios de Olaf, tienen un fuego desconocido. Algo inquietante y desagradable.” Por su parte, Octave pensó, “¡Por fin, ahora es mía, mía!” Embelesado, observó cómo su amada daba los últimos toques a su toilette nocturna. A través del espejo, ella lo miro sentado, y pensó, “¿Por qué me mira asi? Sus ojos tienen algo extraño. La pasión que veo en ellos, es ofensiva. Me siento incomoda ante él.” Cuando la doncella se retiró, Prascovia tuvo la sensación de estar con un desconocido, y se llenó de terror. Octave dijo, “¡Amor, te necesito, quiero amarte como nunca!” Ella dijo, “Olaf, creo que…por favor, retírate, estoy cansada. Mañana hablaremos.” Sin darle tiempo a replicar, Prascovia entro a su recamara, y cerro la puerta. Prascovia pensó, “Algo le sucede, no es el Olaf de siempre. Si lo hubiera dejado entrar, sentiría que me entrégo a un desconocido.” Por su parte, Octave sentado en el saloncito de tocador, pensaba, “¿Es que jamás va a ser mía? Mañana tendré más cuidado…quizá hice o dije algo que e oseto… Soy el conde y algo le impidió aceptarme. Me rechazó como amante, y ahora lo hace como marido.” Al día siguiente, Octave llegó al comedor a desayunar. Prascovia dijo, “Buenos días, Olaf.” Octave dijo, “Espero que hayas tenido agradables sueños, Prascovia.” Ella, fijando sus ojos en el que creía su marido, respondió en polaco, idioma que utilizaban ante los criados. Entonces, Prascovia pensó, “¿Qué le sucede? ¿Porque no me responde?” Octave pensó, “Está hablando en una lengua desconocida para mí.” Prascovia volvió a repetir la frase, pero viendo que el no comprendía, hablo e francés. “Olaf, ¿No me oyes, o no comprendes?” Octave dijo, “Es que esa endiablada lengua es tan difícil.” Prascovia dijo, “¡Difícil! ¡Como puedes decir eso, si la hablas desde que naciste!” Octave le dijo, “Sí…pero hay momentos en que se e olvida.” Prascovia se alteróٕ y dijo, “¡Eso es imposible! No puedes olvidar el idioma de tus padres, de tu patria…” Octave dijo, “No creo que tenga tanta importancia.” Prascovia se levantó de la mesa, y dijo, “¡Olaf, no doy crédito a lo que escucho! ¿Cómo saludaras a tu madre cuando regresemos a Polonia? ¿Cómo responderás a tus vasallos…?” Entonces, Octave pensó, “Jamás se me ocurrió, que la robar su cuerpo al conde, tendría estos problemas.” La condesa ofendida, abandonó el comedor. Octave pensó, “Renuncié a mi yo, por ella, y ni siquiera con este aspecto me acepta. ¿Es que nunca me amara?” Sin saber que hacer, decidió salir. Entretanto, el mayordomo de Octave dijo al conde, quien aún no se levantaba de la cama, “Señor, ya son más de las once. Le traigo los periódicos y el correo.” El conde pensó, “No era una pesadilla. Yo ya no soy yo, soy otro hombre.” Sin una palabra, dejo que le criado le ayudara a vestirse. Se dispuso a abrir la correspondencia, y pensó, “Veré si en estas cartas encuentro alguna indicación de quien soy yo.” Despues de revisar la correspondencia, pensó, “El dueño de esta casa, se llama Octave de Saville, por lo que dice aquí el que le escribe, que es su notario.” Decidido a averiguar mayores datos, empezó a registrar cuanto mueble encontró. El conde pensó, “Según esto, Octave de Saville es un barón de buena posición.” Entonces el criado llego, y dijo, “El señor Alfred desea verlo.” Iba a contestar, pero ya el visitante habia entrado. “¡Que tal, Octave! Vengo a buscarte y no aceptaré la excusa de que estas enfermo. Iremos a casa de Gabriel Monterer.” El conde le dijo, “Gracias, pero no me siento bien. Te prometo que mañana…” Alfred le dijo. “¿Mañana? Eso es más de lo que esperaba. Lo has prometido, vendré por ti.” El conde dijo, “Está bien. No m negare.” El joven salio con el mismo ímpetu con que habia entrado. El conde pensó, “Todos me toman por Octave de Saville, pero yo soy el conde Labisnki, aunque mi aspecto sea el de ese desconocido.” El conde continuó registrando los cajones y de repente encontró algo que llamó su atención. El conde exclamó, “¡Un dibujo de Prascovia! ¿Por qué esta aquí? ¿Quién lo hizo?” El conde revisó el dibujo, y dijo, “Aquí dice: ’Nunca me amará, y yo la adóro. Qué grande es mi desdicha.’” Entonces, el conde pensó, “Octave de Saville ama a mi esposa…entonces él tiene mi cuerpo. ¿Habrá hecho un pacto con el Diablo, para apoderarse de ella?” El conde exclamó furioso, “¡Ese maldito medico tiene la culpa! Él tendrá que explicarme lo que sucede.” Sin dudarlo se dirigió a casa del médico. Cherbonneau dijo, al verlo, “¡Que gusto de verlo, Octave! Pensaba ir a visitarlo, pero es buen síntoma que el enfermo acuda al médico.” El conde le dijo, “¡No me diga Octave! Sabe perfectamente que soy el Conde Labisnki. ¡Ayer usted me robó mi cuerpo, y quiero que me lo devuelva!” Cherbonneau dejó
escapar una   sonora carcajada, “¡Ja, Ja, Ja!” El conde se molestó, y dijo, “Modére su alegría, o tendrá que arrepentirse, y no hablo en broma, lo voy a…” Cherbonneau le dijo, “¡Basta! Se va o llamo para que lo encierren en un manicomio. Todos saben que está enfermo, y nadie hará caso a sus tonterías.” El conde le dijo, “Es capaz de encerrarme sabiendo que soy el conde y que estoy cuerdo…¡Maldito!” Sabía que nada podía hacer, y abandonó la casa del médico. Mientras subía a su coche, el conde pensó, “Iré a mi palacio. Obligaré a ese hombre a que diga la verdad. ¡Tiene que devolverme mi cuerpo!”  En esos mismos momentos, Octave ingresaba a un saloncito donde Prascovia leia. Octave exclamó, “Prascovia…” Prascovia le dijo, “Espero que ya hayas recobrado la memoria, Olaf.” Octave le dijo, “Querida, tengo algo que decirte respecto a eso. Ayer fui a ver a ese médico, del que se habla tanto.” Ella le dijo, “¡El doctor Cherbonneau! Dicen que ha pasado largo tiempo en la India, aprendiendo los secretos de sectas desconocidas.” Octave le dijo, “Asi es. Realizó ante mi, un experimento asombroso, y luego me hundió en un sueño magnético, tan profundo que al despertar, me di cuenta que muchas cosas se han ido de mi memoria. El pasado flota como una nebulosa. Solo mi amor por ti permanece intacto.” Prascovia dijo, “No estuvo bien que te sometieras a la influencia de ese doctor. Espero que no vuelvas a hacerlo.” Octave le dijo, “No, por supuesto que no. ¿Comprendes ahora porque no actúo en forma normal en algunas cosas?” Prascovia dijo, “Pero supongo que lo que te sucede, será algo pasajero, porque ahora siento como si fueras otra persona.” Octave dijo, “Qierida, ¿Cómo puedes decir eso? Soy yo, tu marido que te adora. No me apartes de tu lado, porque…” El criado los interrumpió, “El barón de Octave de Saville.” El falso conde se puso blanco. Sabía que ese encuentro tenía que ocurrir, pero no lo esperaba tan pronto. El conde ingreso, haciendo su actuación, “Señora condesa, es un honor saludarla." Prascovia le dijo, "Ma agrada volver a verlo. Mi marido, el conde Labenski…El Barón de Saville.” Los dos hombres se dirigieron salvajes miradas, a través de la máscara de mármol, de la buena educaron. Prascovia dijo, “Me alegro que no olvidara nuestra amistad, y que haya decidido venir a saludarme.” Prascovia agrego, acercándose a el conde, su marido, “Usted sabe que lo estimo, y lo recuerdo con aprecio. Me agradaría escuchar que ya encontró la mujer a la que ama, y que le hará feliz.” Esas palabras impresionaron, de muy distinta forma, a los dos hombres. Octave pensó, “Está confirmando lo que siempre he sabido, que nuca me amará.” El conde pensó, “Prascovia no me ha sido infiel. Jamás mirara a otro hombre. Solo un hechizo podría logarlo.” Una súbita ira se apoderó del conde, al solo imaginar esa posibilidad, y exclamó abalanzándose hacia Octave, “¡Ladron, bandido, devuélveme mi cuerpo!” Ante la escena, Prascovia exclamó, “¡Ha enloquecido!” A los gritos, acudieron los criados. A continuación, los criados sujetaron al conde, quien gritaba, “¡Canalla, ladron, mi cuerpo! ¡Quiero mi cuerpooo!” Mientras lo llevaban, Prascovia dijo, “¡Pobrecito, perdió la razón!” Octave le dijo, “Sí, se volvió loco de amor. Decididamente eres demasiado bella, Prascovia.” Dos horas despues de esta escena, el falso conde recibió una carta. Octave pensó, “Tiene el sello de Octave de Saville, o sea, mi sello.” La abrió con dedos temblorosos y pensó, “Ledia por cualquier otro, esta carta parecería escrita desde un manicomio, pero sé que usted me comprende…Algo inexplicable me obliga a escribirme a mí mismo. No comprendo de que tenebrosa maquinación soy víctima, pero usted si sabe. Mi pistola, o la punta de mi espada, le pedirán que aclare el secreto. Uno debe morir. Estoy dispuesto a matar mi cuerpo, o usted matara el suyo, en el que mi alma se indigna verse prisionera…” Octave pensó, “Dice que nombre a mis testigos para que con los de él, se pongan de acuerdo en la hora del duelo, que será mañana. En la habitación del conde, vi en un cajón muchas tarjetas de visitas. Deben ser de sus amigos. Eligiré entre ellas, a quienes pediré sean mis testigos, y tambien pediré al doctor Cherbonneau que asista.” A la vez, el conde recurriría a los amigos de Octave. Así, una vez enterado uno de ellos le dijo, “Cuenta conmigo, Octave. Me alegra que ya estes tan bien como para participar en un duelo, aunque quizá podrías solucionarlo de otra…” El conde dijo, “No. He sido ofendido, y solo la espada lavara mi honor.” Esa noche, Octave pensaba preocupado, “Quizá mañana estaré muerto, pero si hoy Prascovia viene a mis brazos, recibiré feliz la muerte.” Esperanzado y ansioso, se dirigió a las habitaciones de Prascovia. Octave toco a su puerta, y exclamó, “Está con cerrojo…Prascovia…Prascovia…” Desde el otro lado de la puerta, se escuchó la voz de Prascovia decir, “Regresa cuando sepas polaco. Ahora me parece que no eres mi marido.” Octave le dijo, “Prascovia, ¿Cómo puedes decir eso? Soy yo, el conde, el hombre que te adora.” Prascovia dijo, “No, el doctor Cherbonneau te cambio, y hasta que no lea en tus ojos que eres el mismo de antes, no te aceptaré a mi lado.” Al día siguiente, Cherbonneau llego a la residencia del conde y la condesa, y presentándose ante el conde, dijo, “He venido como me pidió. ¿Ya es hora?” El conde dijo, “Sí, vamos.” Mientras marchaban en el coche al campo de honor, Cherbonneau dijo, “Querido Octave, su aventura ya raya en lo trágico. Creo que debí haber dejado al conde durmiendo por lo menos una semana.” Tras una pasua, Cherbonneau agregó, “¿Cómo le ha ido con la condesa?” Octave dijo, “Temo que me ha reconocido, a pesar de mi metamorfosis. Me trata como un extraño. No he podido acercarme a ella más de lo que lo hice en Florencia.” Hubo una pausa, y enseguida Octave dijo, “Ya le decía yo, doctor, que no podría hacer nada por mí. Soy más desdichado que cuando me vio la primera vez.” Cherbonneau dijo, “Realmente lo compadezco. Su mal no tiene remedio.” Llegaron al bosque, donde el verdadero conde aguardaba. A los pocos minutos, uno de los padrinos dijo, “Señores, tomen sus espadas.” Los primeros ataques fueron parados con presteza por las dos partes. El conde era un hábil espadachin, pero le faltaba la fuerza de su propio brazo. Ahora contaba solo con la débil muñeca de Octave. Por el contrario, Octave, aunque menos hábil, encontraba una fuerza hasta entonces desconocida. La cólera empezó a apoderarse del conde. Con riesgo de seguir siendo Octave de Saville, quería matar al impostor. Desesperado trato de atravesar su propio cuerpo y llegar hasta el alma de su rival, pero…la vida de Olaf estaba en las manos de Octave. Cuando creyó llegada su última hora, arrojó su espada aun lado, y dijo, “No se acerquen.” Sin dar explicaciones, Octave tomó a su propio cuerpo del brazo, y lo llevó a la espesura del bosque. El conde le dijo, “¿Por qué no me mato? Sabe que uno de los dos debe morir. Regresemos a terminar el duelo.” Octave dijo, “Escuche, su felicidad está en mis manos. Puedo conservar para siempre este cuerpo que le pertenece, lo admito. Si regresamos al duelo lo matare. El conde es mejor espadachin que Octave. Pero esa muerte desgarraría el corazón de mi madre. Nunca conseguirá, si yo me opongo, volver a tener su individualidad. Nadie creerá lo que usted diga, y lo tomaran por loco. Seguramente habrá revisado mis papeles, y ya sabe que amo a su esposa con un amor desesperado.” El conde dijo, “Sí.” Octave dijo, “Para acercarme a ella, he usado éste terrible método. El doctor Cherbonneau cambio nuestras almas de envoltura. Pero ha sido inútil. Voy a devolverle su cuerpo. Prascovia no me ama. En la forma del marido ha reconocido el alma del amante. Iremos con el doctor a su laboratorio.” Sin poder articular palabra, el verdadero conde lo siguió. Al regresar ambos al grupo, Octave dijo, “Caballeros, hemos intercambiado explicaciones que hacen inútil continuar el duelo. Las agradecemos que hayan venido.” Octave, el conde, y el doctor Cherbonneau, subieron a un carruaje, y Octave dijo, “Doctor, voy a poner a prueba, una vez más su ciencia. Hay que reintegrar nuestras almas a sus domicilios habituales.” Tras una pausa, Octave agregó, “Espero que el conde, no le guarde rencor y comprenda…” El conde dijo, “Mi alegría de recobrar mi cuerpo, es mayor que el desagrado de haber sido despojado de él. Nada tiene que temer, doy mi palabra.” Poco despues, ambos hombres descansaban en sus respectivos divanes. Cherbonneau condujo primero el alma del conde a su cuerpo. Cherbonneau dijo, “Ve a tu morada, que te espera ansiosa.” Mientras, el alma de Octave, empezó a alejarse, feliz de verse libre, y no parecía querer volver a su prisión. Entonces Cherbonneau dijo, “Regresa, entra en el cuerpo que te pertenece.” Pero el pequeño resplandor, se negaba a volver a este valle de miserias. Cherbonneau exclamó, “¡No, no te vayas!” A pesar de todos los esfuerzos del médico, la pequeña llama se desvaneció. Cherbonneau pensó, “Se ha marchado. Nada puedo hacer. Ya está fuera del campo de atracción.” Enseguida, Cherbonneau pensó, “Despertaré al conde, y luego veré cómo arreglar éste desgraciado asunto.” En cuanto el conde abrió los ojos, se levantó del diván, y exclamó, “¡Soy yo…soy yo otra vez! ¡Que alivio! Gracias, doctor, gracias.” Como temiendo otra mala jugada, el conde salio prácticamente corriendo. Entonces, Cherbonneau miró el cuerpo de Octave sobre el diván, y pensó, “¿Y ahora qué? El alma está tan lejos, que es imposible hacerla regresar, y aquí quédo, yo con éste cuerpo vacío.” Tras una pausa, Cherbonneau pensó, “Puedo disolverlo en un baño corrosivo, pero cuando Octave no aparezca, se harán investigaciones.” De pronto, una idea luminosa atravesó por su mente. Tomó un papel y una pluma. Cherbonneau comenzó a escribir mientras hablaba en voz alta, “No teniendo familia, ni herederos, lego todos mis bienes…” Luego miro en el espejo su rostro arrugado y empezó a murmurar las palabras del Brahma-Logun, En un segundo su cuerpo cayó como fulminado por un rayo, y el de Octave se irguió fuerte, alerta, y vivo. Cherbonneau, ya en el cuerpo de Octave, dijo al mirar su cuerpo tendido en el suelo, “Pobre jirón humano, me has sido de gran ayuda, y te abandono nos sin sentirlo., pero ya estas viejo y gastado.” De repente, le llego una euforia, y exclamó, “Hare tantas cosas sin el temor de morir mañana. ¡Adiós, voy a tomar posesión de mi nueva existencia! Ma habia acostumbrado a ti, despues de vivir tantos años juntos, pero con esta joven envoltura, podre estudiar, trabajar…” Entre tanto, el conde habia llegado a su palacete. “Querida Prascovia..." Ella le dijo, "¡Olaf, hablas otra vez polaco!" Ella lo abrazo, y le dijo, “Amor mío, eres tu. Tus ojos miran como siempre. Ya no te siento extraño.” El conde dijo, “Quizá estaba diferente, pero ya no volverá a suceder, te lo aseguro.” Cuando el amor es verdadero, ni el mejor disfraz puede engañarlo, y esas dos almas habían nacido una para la otra. Dos días después, Octave de Saville, animado por el espíritu del viejo doctor, recibía una esquela. Al leer la misiva, pensó, “Me comunican la muerte del doctor Cherbonneau, y me ruegan asista al sepelio. ¡A mi propio entierro!” Revestido de su nueva apariencia, acompañó a su antiguo cuerpo a su ultimas morada. Mientras veía su propio entierro, pensó, “Si supieran que he escuchado todas las alabanzas que me dedicaron, que estoy mirando como me entierran.” Al día siguiente, Octave leía el periódico. “Ayer fue enterrado Balthazar Cherbonneau. El eminente medico fue encontrado muerto en su estudio. Su deceso se atribuye a la fatiga intelectual excesiva. Dejo un testamento en el que lega todos sus bienes al señor Octave de Saville…” El avatar se habia cumplido hasta el último detalle. “¡Ja, Ja, Ja! Soy joven, soy rico, y cuando Octave envejezca…¡Ja, Ja, Ja!”  

Tomado de, Joyas de la Literatura. Año XVIII. Numero 147. Febrero 1º, de 1991. Adaptacion: Remy Bastién. Guión: Herwidg Comte. Segunda Adaptacion: José Escobar.

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