Club de Pensadores Universales

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lunes, 7 de marzo de 2011

Graziella de Alphonse de Lamartine

      Alphonse Marie Louis Prat de Lamartine nació en Mâcon, el 21 de octubre de 1790, y murió en París, el 28 de febrero de 1869, a la edad de 88 años. Lamartine fué un escritor, poeta y político francés del período romántico.
      Nacido en el seno de una familia militar (su padre era oficial del ejército) perteneciente a la pequeña nobleza provinciana francesa, viajó durante su juventud, y en 1820 contrajo matrimonio con la inglesa Maria Birch. Su defensa de la restauración borbónica en 1814 le valió entrar en la carrera diplomática. Ocupó su primer puesto oficial bajo el gobierno de Luis XVIII, en la secretaria de la embajada francesa de Nápoles desde 1825 hasta 1828.
      En 1829 fué elegido miembro de la Academia francesa. Fué electo diputado en 1833 y 1839, y ocupó brevemente el cargo de gobernador durante las revoluciones de 1848 en Francia. Tras la caída de Luis Felipe de Orleans, fué Ministro de Asuntos Exteriores desde el 24 de febrero de 1848 hasta el 11 de mayo del mismo año.
       Durante su período como político en la Segunda República Francesa, realizó esfuerzos que finalmente condujeron a la abolición de la esclavitud y de la pena de muerte, así como también fomentó el derecho al trabajo y los programas cortos de capacitación laboral. Era un idealista político que apoyó la democracia y el pacifísmo, y su postura moderada sobre la mayor parte de cuestiones hizo que sus seguidores lo abandonáran. Tras fracasar en la elección presidencial del 10 de diciembre de 1848 se retiró de la política y se dedicó a la literatura.
       Al margen de sus dotes administrativas, Lamartine sobresalió en el panorama literario por la delicadeza de sus versos y sus excepcionales representaciones de la naturaleza. De su producción poética cabe mencionar Meditaciones poéticas (1820);

Nuevas meditaciones poéticas (1823), Armonías poéticas y religiosas (1830), Jocelyn (1836), La caída de un ángel (1838) y Los recogimientos (1839). Como historiador escribió Historia de los Girondinos y como narrador Raphaël (1848) y Graziella (1852), que recogen sus vivencias personales. Su obra tuvo especial influencia entre los integrantes del Salón Literario de 1837. En torno a él se formó un grupo de escritores vinculados al romanticísmo, entre los cuales y principalmente se hallaba Esteban Echeverría.
       Es famoso por su poema parcialmente autobiográfico, (El Lago), que describe en retrospectiva el ferviente amor compartido por una pareja desde el punto de vista del hombre desconsolado. Lamartine fué un maestro en el úso de las formas poéticas del francés. Fué uno de los muy pocos literatos franceses en combinar su escritura con su carrera política.
       Terminó su vida en la pobreza, como tantos otros literatos, el 28 de febrero de 1869, en París. Es considerado como el primer romántico francés, y es reconocido por Verlaine y los simbolistas como una importante influencia. (Wikipedia)
       Procida es un municipio italiano de 10.440 habitantes de la provincia de Nápoles (región de Campania). El territorio municipal abarca íntegramente la isla de Procida y el vecino islote de Vivara (0,4 km2), dos islas del golfo de Nápoles pertenecientes al grupo de las Islas Flégreas.
       La isla fué ocupada por Gran Bretaña en dos de las tres ocasiones entre 1799 y 1813.
       En ésta isla se filmó "Il Postino", entre otras películas.


       Cada verano, hay una elección de la Graziella ("Poco agraciada"), una joven que lleva la ropa habitual de la isla, refiriéndose a la historia contada en la novela de Alphonse de Lamartine, Graziella. (Wikipedia)

     En el verano de 1837, se dá un encuentro casual en Roma entre Alfonso y Rafael, dos amigos franceses, quienes se encontraban allí de vacaciones. Alfonso, quien es escritor, busca en Italia un tema que le permita escribir la que sea la mejor de sus novelas hasta ahora escritas. Ambos decíden continuar el viaje juntos por cuatro meses, y acuerdan ir a Napoles, ciudad que no habían visitado.
     Una tarde que caminaban por la costa de Mergellina (Napoles), vieron a un fuerte anciano pescador, desenrredando una red junto a un joven (su nieto). Alfonso le dice a Rafael: “¡Mira! ¿No te parece un espectáculo digno de un cuadro?” Ambos se acercaron y comezaron una conversación con el anciano y su ayudante. Alfonso le pidió al anciano que les permitiéra trabajar con ellos, pues “su oficio dejaba una gran satisfaccion en el alma.” El anciano los aceptó como reméros de su barca. Así, Alfonso y Rafael estuvieron un mes en plena paz, en ese pueblo.
     El otoño llegó, el clima cambió, y una noche de abundante pesca fué necesario arrojar al mar la pesca obtenída, debido a una fuerte tormenta, lo cual ocasionó también que no pudieran regresar a Mergellina, sino que se siguieran hacia el cabo de Proscida, ubicado en una isla. Allí también el abuelo Andrea tenía un hogar.
     Al llegar a la costa sanos y salvos, Andrea pidió a su nieto Beppo, se adelantára para avisar en casa de su llegada junto con los extranjeros. Fué ahí cuando Graciela y Alfonso se vieron por primera vez. Para Alfonso le belleza de Graciela era tal, que consideró que aquello era una aparición.
     En la mañana siguiente, después de los comentarios negativos de la abuela respecto de los extranjeros, Graciela les sirvió el desayúno, pudiendo así Alfonso advertir más aún su belleza. Al terminar de desayunar, Alfonso y Rafael bajaron a la playa, y vieron con sorpresa cómo Andrea y su familia se lamentaban a Dios al ver su barca destrozada en la playa. La abuela lloraba y al encontrar Beppo el santo esculpido en la proa, lo levantó de la arena, y se lo entregó a a abuela quien lo tomó. La abuela lo apretó entre sus brazos y se tranquilizó. Ellos habían invertido todos sus ahorros en la barca.
     Después de observar el triste evento, Rafael y Alfonso se fueron caminando pensativos, hacia la villa de Proscida. Alfonso le dijo a Rafael: “Tenemos que cambiar la tristeza de ésta gente en alegría.” Rafael contestó: “En eso pensaba. El dinero todo lo arregla y tú y yo lo tenemos.” Ambos compraron una barca resistente y casi nueva con redes nuevas. También fueron por algunas despensas y trajeron queso y salchichón para llevar a casa.
      Cuando Rafael y Alfonso llegaron, encontráron una casa callada. Al entrar y poner las despensas en la mesa dijeron: “Hemos traído estas cosas con la intención de alegrarlos un poco. Andrea: los hombres no deben lamentar lo que pueden volver a conseguir a fuerza de trabajo y valor. Ya verá cómo la suerte le vuelve a sonreir. Hay que tener fé.”
          El anciano contestó: “Gracias. Son ustedes muy buenos.” Alfonso le dijo: “Venga. Vamos a la playa a buscar la madera. Hay muchas cosas que podran hacer con ella.” El anciano Andrea le contestó con buen ánimo: “Si. Vayamos a buscarla para confeccionar nuestros ataúdes.” Enseguida, todos se levantaron y se dirigiéron a la playa como autómatas. Andrea miró una barca nueva y dijo: “¡Qué Hermosa barca! ¿Por qué estará ahí?” Alfonso le contestó: “¡Porque es de ustedes! ¡Reemplazará a la que perdieron!”
     Cuando la familia se enteró de la buena noticia, se quedó como paralizada, y Graciela dijo: “Abuelita: Tú decias que los extranjeros eran paganos, y que nos habían traído mala suerte. ¿Qué dices ahora?” La abuela contestó: “Perdónenme. Yo dije cosas que no debí decir. Desde ahora los quiero tanto como a mis nietos.” Aquella tarde fué acaso la mas dichosa que la providencia había concedido a aquella casa.
     Al día siguiente, los extranjeros tuvieron que seguir quedándose a residir en la isla, debido al mar revuelto. Alfonso experimentó una extaña alegría al saber que tendrían que quedarse. A la mañana siguiente, Alfonso, sin poder dormir, se levantó muy de madrugada y Graciela al verlo le dijo: “¡Oh Usted aquí! ¿Qué hace levantado tan temprano?” Alfonso le dijo: “Sentí deseos de tomar el aire fresco. ¿Me acompáña a la playa? Podemos mirar el mar y platicar.” Ella le dijo: “Si quiere ver el mar, yo lo llevaré a un lugar como no hay otro para contemplarlo.” Llegaron al lugar señalado y ella le dijo: “¿Le gusta? Yo siempre he creído que cuando Dios baja a la tierra, viene a éste lugar. Cuando era pequeña, venía aqui despacito, esperando verlo, pero nunca lo logré.” Alfonso pensó para si: “¡Cuanta inocencia! ¡Cuanta ternura hay en sus gestos!”
     Desde ese día, Alfonso se levantaba temprano y platicaba con Graciela, en ese hermoso lugar. Un día, ella le preguntó: “¿Está lejos Francia de Napoles?” Alfonso le contestó: “Lo está un poco. Se necesitan dos semanas de viaje.” Después ella le dijo: “Una vez en Napoles, vi  una dama francesa muy elegante y bonita.” Alfonso le dijo: “No creo que mas hermosa que tú.” Ella le dijo: “Yo solo soy la nieta de un pescador. Ella era diferente. Vestía un traje muy fino y llevaba pintadas la boca y las mejillas.” Alfonso le dijo: “Tú no necesitas nada de eso. Tus labios son rojos como grana, y tus mejillas son rizadas como las flores de los duraznos.” “Y ¿qué hace usted en Francia?” le preguntó ella. “Soy escritor y he publicado varias novelas.” La joven lo escuchaba bebiendo cada una de sus palabras, casi sin respirar. “Vine a inspirarme a Italia. Deseo encontrar un tema que pueda llenar de emoción a quienes lo lean.”  Graciela dijo: “No comprendo bien lo que dices ¿Podrías explicármelo?” Nunca Alfonso había tenido a alguien que se mostrára tan atenta e interesada en sus palabras.
     Transcurrieron diez días. El tiempo se calmó y el mar se mostró más tranquilo. Así Alfonso, Rafael, y la familia, regresaron en la barca a Mergellina. Había llegado el tiempo de despedirse y cuando Alfonso vió la tristeza de Graciela, cambió de opinion, y le dijo a Rafael que él se quedaría todo el invierno, pues decía que la mágia que había en Napoles, le daría la inspiración para escribir su mejor novela. Rafael trató de convencérlo para que abandonára, pues sabía que esa no era la causa principal que lo detenía ahí. Después de dos día, Rafael se marchó.
     Alfonso alquiló una habitación en Napoles, y tras la partida de Rafael empezó a sentirse muy solo y triste. Un día fué a ver a la familia de Andrea para mitigar su soledad y levantarse el ánimo. Llegó al mediodía y tocó la puerta. La abuela lo recibió diciendo: “¡Qué alegría verlo! ¿Y el otro?” Alfonso contestó: “Se tuvo que marchar. Me he quedado solo en Napoles.” “Solo no” dijo la abuela, “Nosotros le queremos y ésta es su casa. Páse, páse.” Toda la familia mostró tanto agrádo al verle, que Alfonso no pudo más que sentirse felíz. Andrea dijo: “¡Creímos que ya no regresaría!” “Jamás me habría ido sin despedirme” le dijo Alfonso. Andrea dijo: “Ustedes nos trajeron buena suerte. Jamás había habido una pesca tan abundante.” La abuela continuó: “Y Graciela está trabajando. Una importante Casa de Napoles le dá coral para pulir.” Alfonso les dijo: “Me alegro que les vaya bién” La abuela le dijo: “Lo nóto triste. ¿Tiene algun pesar? Si podemos ayudarle…”  Alfonso le dijo: “Extráño a mi amigo. Me siento solo. ¿No habrá por aquí alguien que pueda rentarme una habitación?” La abuela dijo: “¡Qué está diciendo! Si desea vivir en Mergellina, aquí está su casa!” La abuela continuó: “Solo tenemos tres recámaras, pero usted puede ocupar la de Beppo. Él dormirá en la nuestra.”
     Alfonso compró los muebles y con ayuda de Graciela transformó completamente la habitación. En los días siguientes, Alfonso inició una vida como jamás hubiera imaginado que existiera. “No hay nada como ésta paz,” pensaba. “Aquí está el verdadero sentido de la vida. Pero sobre todo está Graciela. Ella es la luz que ilumina mis días…su risa…su voz…su dulzura…la ámo…si, la ámo.” Alfonso no esperó para decírselo. La encontró en la plaza tan hermosa como siempre. Le pidió que le acompañára a la playa, y ella aceptó gustosa, pues la acababan de felicitar por su trabajo. Después de mirarla por un tiempo, Alfonso le dijo que ahora sabía porqué se había quedado en Napoles: Era por ella, porque la amaba. Ella le contestó que también lo quería, desde la noche que lo vió por primera vez en Proscida cuando llegó con su abuelo. Al besarse, ambos sintieron que todo en su alrededor desaparecía, y solo ellos dos existían en la tierra.
     Alfonso escribía como nunca antes. Las ideas fluían en su mente, y ambos, él y Graciela, salían a dar paseos. Una tarde, Alfonso notó a Graciela muy callada, y le preguntó: “¿Qué tienes?” Graciela contestó mirando hacia el mar: “Mas allá del horizonte está Francia. No se si podré resistir el día que te marches.” Alfonso le dijo: “No pienses en eso. Yo no podría vivir sin ti.” Pero ella le dijo: “A pesar de elllo, tu deberás irte, pues allá estan tu familia y tus amigos.” “Mi amor: No te lastimes-le dijo Alfonso-no llores. No lo puedo soportar. ¿No ves que súfro al verte así?” Ella le dijo: “Perdóname. Es que te quiero tanto, tanto…”
     Pasaron dos meses y los abuelos observaban a la pareja, pero no decían nada. El día de las fiestas del patrón del pueblo, Alfonso fué con ella a misa. Ya en la tarde, ambos fueron a una reunión con fogata en la playa. Allí, los muchachos pidieron a Graciela que bailára. Cuando Alfonso la veía bailando, pensaba: “Es demasiado hermosa. No parece real.” Cuando Graciela terminó de bailar, fué hacia Alfonso con tal adoración que todos lo notaron.
     Poco tiempo después, un hombre llamado Juan se acercó y le dijo a Graciela: “Graciela: Tú proscitana ¿qué haces con un extranjero? Ya me contaron que vive en tu casa ese señorito de ciudad, que no tardará en marcharse una vez que le des lo que las mujeres decentes solo entregan al marido, si no se lo has dado ya.” En ese momento, Alfonso le dejó ir un golpe a Juan. Graciela quiso detenerlos, pero un hombre le dijo: “Nadie debe meterse cuando dos hombres arreglan ofensas a golpes.”
     Después que Graciela curó a Alfonso, Alfonso le preguntó: “¿Qué tiene él que ver contigo?”  Ella le dijo: “Nada. Me pretende, pero jamás le he hecho caso. Nunca he tenido novio ni he amado a nadie que no seas tú.” Así, recostado en su habitación, el incidente hizo reflexionar a Alfonso. Consideró que la amaba demasiado, y no permitiría que se dudára de su honestidad. Así que decidió casarse con ella, y pensó que mañana le compraría el anillo. Inesperádamente en ese momento, alguien llamó a la puerta de la casa. Era más de media noche. Preocupado al escuchar, Alfonso se levantó para averiguar quién llamaba a esa hora. Era Rafael, quien llegó a su habitación guiado por Andrea. Rafael miró a Alfonso y le dijo: “Vengo a buscarte. Tu madre está enferma y te llama. Si muere, tú serás el culpable. Un coche nos aguarda. Alfonso, es precíso partir ahora mismo. ¡Ve por tus cosas!” En ese precíso instante, Graciela apareció y dijo: “¡No!”
       Alfonso la tomó de sus brazos y le dijo: “Graciela. Debo ir a Francia, pero regresaré, te lo júro, y ya no volveré a irme.” Graciela no pudo soportar, y se desmayó. Cuando volvió en sí, lograron que se durmiera. Rafael le dijo a Alfonso: “¡Vamonos! Ella está bien. Ve a ver a tu madre y luego podrás regresar.” Alfonso le dijo: “Tienes razón. Es mejor que me márche ahora. Si la veo otra vez, no podré hacerlo.
     Antes de partir, Alfonso le dijo a Andrea: “Dígale que regresaré. Dígale que no dúde de mi cariño. Vendré en cuanto mi madre esté bien de salud.” Andrea le contestó: “Espero que ella pueda resistir ésta separación. ¡Pobre de mi nieta!”
     Veinte días después, Alfonso estaba en París, y al ver a su madre le dijo: “Madre: Te veo muy bién, ¿Qué no estabas enferma?” “Hijo-le dijo ella-estube mal del corazón, pero Rafael me prometió que regresarías y eso me ayudó a mejorar. ¡Qué felicidad que estás aquí! Tus hermanos te han extrañado mucho al igual que Camila.” Alfonso le constestó: “¿Camila? No entiendo porqué” “Alfonso-le dijo su madre-Camila te áma. ¡Bien lo sabes! Desde que eran niños estaban destinado a ser marido y mujer.” Alfonso se impacientó y le dijo: “¡Madre! Eso es un arréglo entre su madre y tú. Yo no he sido consultado.” Ella le dijo: “Pero si hasta antes de irte a Italia, ¡todos los consideraban novios!” Alfonso le dijo: “Todos estaban equivocados, porque tú, Camila y su madre lo hacian creer así.” Su madre le constestó: “No compredo que te sucede. En todo caso, espero no hayas olvidado tu educación y caballerosidad. Camila y sus padres vendrán a cenar ésta noche. ¡La pobrecita está tan felíz con tu regréso!”
     Esa noche, Alfonso recibía a la familia de Camila, quien se alegró de ver a Alfonso. Camila estando a solas le dijo a Alfonso: “Es maravillosos volverte a ver. Si supieras ¡cuanto te extrañé!”  Pero Alfonso no le ponía atención, pues comparándola con Graciela, Camila no lo impresionaba. Unas horas después, Alfonso pensaba: “Qué diferente es Graciela a Camila. Mi madre no la aceptará como nuera. Tendré que encontrar el momento apropiado para decírcelo.” Pero como si doña Luisa, su mamá, lo presintiéra, no le daba un momento de respíro, entre reuniones y compromisos sociales. Y así trascurrieron tres meses.

       Un día, Rafael le preguntó a Alfonso porqué estaba tan triste, y Alfonso le dijo: “Voy a regresar a Napoles. París y todo lo que hay en él, no significan nada para mi. Me marcharé a Napoles y me casaré con Graciela. Si me he quedado es porque quería estar seguro que no era un entusiásmo pasajero. Su recuerdo me persigue día y noche. Solo a su lado sere felíz.” “Pero Alfonso- le dijo Rafael- ¿Te das cuenta que es un cámbio total a tu vida? Graciela tiene otra educación, otras costumbres.” “Lo se- le dijo Alfonso-pero si el precio para tener a Graciela es renunciar a ésta vida de vanidad, de orgullo, de soberbia, ¡lo págo gustóso!” Alfonso continuó: “¡Rafael! Graciela puede aprender muchas cosas. Yo se las enseֹñaré. Pero su dulzura, su amor, su inocencia solo ella me las puede dar.” Rafael le dijo: “Es tu vida. Creo que cometes un grave error. ¿Ya lo sabe tu madre?” “No-le dijo Alfonso-pero se lo diré hoy mismo. Pienso marcharme éste mismo fín de semana.”
     Esa misma noche doña Luisa, su madre, se disgustó, y le dijo: “¿Estas loco? Casarte con la hija de un pescador. ¡No, no puedo creerlo! ¡No lo permitiré!” “¡Madre!-le dijo Alfonso- no estoy pidiendo permiso. Solo te comuníco que me márcho y que me casaré.” En ese precíso instante, su madre se desmayó. El médico vino, y después de atenderla dijo: “La señora está muy delicada. No debe pasar la menor molestia. Hay que dejarla descansar.”
     Cuando el doctor se marchó, los hermanos de Alfonso le dijeron a Alfonso: “¡Cómo te has atrevido a dar tal disgústo a mamá! Si muere, tú seras el culpable.” Su hermana le dijo: “Siempre has sido el preferido de ella, y ¡Mira cómo te comportas! Supongo que no te marcharás estando ella tan grave.” Alfonso no tuvo mas alternatíva que permanecer en París para beneplácito de la madre.
     Un día, Antonieta hizo una visita a doña Luisa, la mamá de Alfonso, y cuando entró a la recámara y la vió, le dijo: “¡Te ves excelente Luisa! No comprendo porqué te niegas a salir y permanecer aquí encerrada.” “¡Hay Antonieta!-le constestó doña Luisa-¡Qué no hace una madre por sus hijos! Es la única forma en que puedo lograr que Alfonso no regrése a Italia. ¡Si tengo que permanecer así el resto de mi vida, lo haré, pero te asegúro que no sera necesario. Sufriré otro atáque y entonces le pediré que se case con Camila. No podrá negarse estando yo a punto de morir. Después de la boda, sanaré rápidamente. Alfonso ha sido siempre un soñador, pero yo le haré poner los pies sobre la tierra.” “Eres terrible-le dijo Antonieta- ¡Hasta el pobre de Rafael creyó en tu enfermedad. Ahora compréndo porqué fué a buscarlo a Italia. En ese precíso instante, Alfonso pegó un oído a la puerta de la recámara, cuando escuchó a su madre decir: “Querida: Ya te he dicho. Una madre recurre a todo cuando se trata de sus hijos.” Alfonso pensó dentro de sí: “Todo era una mentira y me he quedado dos meses sintiéndome culpable y sufriendo por Graciela. Me iré hoy mismo.”  
     Sin siquiera despedirse, Alfonso abandonó París. Ya en el camino pensaba: “¡Qué sorpresa se llevará Graciela! ¡Que largos han sido estos meses lejos de ella!” El viaje se hizo eterno y por fín, cuando llegó a la casa de la familia de Andrea, tocó la puerta. Andrea abrió y le dijo: “¿Usted?” Alfonso le dijo: “He regresado como les prometí. ¿Dónde está Graciela?” El viejo Andrea sin decir una palabra le hizo pasar. Alfonso le preguntó: “¿Que sucede? ¿Porqué me mira así? ¿Qué sucede?” “Graciela murió-dijo la abuela-no pudo resistir su partida. Se marchitó como una planta a la que se le niega el agua.” “¡No! ¡No puede ser!-dijo Alfonso-Graciela no puede estar muerta!” “Ella dejó esto para usted-dijo el abuelo-por si algún día regresaba.” Anonadádo, casi sin darse cuenta, abrió la carta. Conforme leía, una lagrima se le escapaba: “El doctor dice que moriré antes de tres días. Quiero decirte adiós antes de que las fuerzas me abandónen. Si tu estubieras aquí, yo viviría, pero hágase la voluntad de Dios…yo te hablaré desde el cielo. Mi alma te acompañará toda la vida. No quiero que sufras por mi. Tienes mi amor. No importa donde esté. Gracias por la enorme felicidad que me diste.”
     Junto a la carta estaba un paquete. Al abrirlo, tomó en sus brazos sus trenzas, y pensó: “Sabía cuanto amaba su pelo. Tiene su aroma. Si cierro los ojos, puedo sentirla junto  mi.” Después volvió en sí y dijo: “¿Dónde esta? ¿Dónde la enterraron?” “En Proscida-dijo el abuelo-ella lo quizo así.”
     A la mañana siguiente, Andrea lo llevó a su tumba. Alfonso lloraba, y estando frente a su tumba, Andrea le dijo: “Esta es su tumba. Dijo que quería estar frente al mar para así poder mirar hacia Francia.” Alfonso desgarrado decía llorando: “¡Oh Dios! ¿Porqué, porqué?-y pensaba dentro de sí-Amor adorado. Aquí me quedaré cerca de tí. No nos separaremos nunca más como te lo prometí.”
     Con el transcúrso de los años, Alfonso se transformó en uno de los escritores más famosos de Europa. Pero nunca volvió a salir de Proscida. Al morir, pidió ser enterrado junto a la tumba de Graciela. Así, sus cuerpos estarían unidos, como lo habían estado siempre sus almas.                
Adaptación: José Escobar.

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