Club de Pensadores Universales

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lunes, 31 de octubre de 2011

El Murmullo de la Selva de Vladimir Korolenko

       Vladimir Korolenko Galaktionovich nació el 27 de julio de 1853, y murió el 25 de diciembre de, 1921, a la edad de 68 años. 
       Korolenko fue un escritor ruso-ucraniano de cuentos, periodista, activista de derechos humanos y un humanitario. Sus cuentos eran conocidos por su ruda descripción de la naturaleza basados en su experiencia en el exilio en Siberia.
      Korolenko fue un fuerte crítico del régimen zarista y de los últimos años de los bolcheviques.
       Korolenko nació en Zhitomir, gobierna de Volinia, Imperio Ruso (ahora Ucrania) y era hijo de un cosaco y un juez de distrito.
       Su tío, Vladímir Vernadsky, fue el primer presidente de la Academia de Ciencias de Ucrania.
       Korolenko fue educado en las escuelas secundarias de Zhitomir y Rivno...
     ...antes de emprender estudios terciarios en el Instituto Tecnológico de San Petersburgo en 1871...
        ...y el Colegio de Agricultura y Silvicultura de Moscú, en 1874. Korolenko fue expulsado de ambas instituciones por participar en las actividades revolucionarias del movimiento Narodnichestvo populista. 
      En 1876 se exilió brevemente a Kronstadt, ciudad portuaria rusa, situada en la isla de Kotlin, en el Golfo de Finlandia.
       Los primeros cuentos de Korolenko fueron publicados en 1879. Sin embargo, su carrera literaria fue interrumpida este año, cuando fue detenido por la actividad revolucionaria y exiliado a la región del Viatka, cerca de la ciudad de Kirov, por cinco años.
       En 1881 se negó a jurar lealtad al nuevo zar Alejandro III...
       ... y fue exiliado más lejos, a Yakutia, república del Sajá.
       A su regreso del exilio, Korolenko tenía más historias publicadas.
       El Sueño de Makar, estableció su reputación como un escritor cuando se publicó en 1885. La historia, basada en el sueño de un campesino moribundo en el cielo, fue traducida y publicada en Inglés en 1892.

     Un año despues, en 1886, publicó El Murmullo de la Selva, publicado en ingles en 1916.

        Korolenko se estableció en Nizhni Nóvgorod, ciudad en la parte europea de la Federación Rusa, poco después, y continuó publicando cuentos populares.
      Publicó una novela en 1886, que fue publicada en Inglés como El Músico Ciego en 1896-1898.
       Después de visitar la exposición de Chicago en 1893, Korolenko escribió La Historia Sin Lenguaje basada en lo que ocurre a un campesino ucraniano que emigra a los EE.UU.
      Su última historia, Un Momento, fue publicada en 1900.
Para entonces, Korolenko estaba bien establecido entre los escritores rusos.

       Él era un miembro de la Academia de Ciencias de Rusia, pero renunció en 1902, cuando Máximo Gorki fue expulsado como miembro a causa de sus actividades revolucionarias.
          Antón Chejov renunció a la Academia por la misma razón.
En 1895, Korolenko se convirtió en el editor de la revista, La Riqueza Rusa y utiliza esta posición para criticar supuestas injusticias que ocurren bajo el zar.

     También utilizó su posición para publicar las revisiones de piezas importantes de la literatura, tales como la obra de teatro final de Chéjov, El Jardín de los Cerezos en 1904.
      Vladimir Korolenko era un opositor de por vida del zarismo y reservadamente dio la bienvenida a la Revolución Rusa de 1917. Sin embargo, pronto se opuso a los bolcheviques cuando su carácter despótico se hizo evidente. Durante la guerra civil rusa que siguió, criticó tanto al Terror Rojo y como al Terror Blanco.
       Korolenko trabajó en una autobiografía: La Historia de Mi Contemporáneo.
       Korolenko abogó por los derechos humanos y contra las injusticias y persecuciones sobre la base de la clase social en su ensayo, Durante el Año de Hambre, (1891-1892), defendió el nacionalismo en su artículo, El Asunto Multanskoye, (1895-1896), y criticó el juicio anti-semita de Menahen Mendel Beilis, (titulado, Un Llamado al Pueblo de Rusia en Relación con el Libelo de Sangre de los Judios, 1911-1913).
      Korolenko murió en Poltava en la República Socialista Soviética de Ucrania el 25 de diciembre de 1921.
       Korolenko es generalmente considerado como un gran escritor ruso de finales del siglo 19 y siglo 20.
       El cantante y estudiante de Literatura ruso Pavel León, (ahora con un doctorado) adoptó su nombre artístico Psoy Korolenko debido a su admiración por la obra de Korolenko.
      Un planeta menor, Korolenko 3835, descubierto por el astrónomo soviético Nikolai Stepanovich Chernykh en 1977, fue nombrado en honor a él. (Wikipedia)

El Murmullo de la Selva
de Vladimir Korolenko
       La selva estaba agitada. Un murmullo regular sordo como el eco de campanas lejanas se escuchaba por todos sus rincones. De pronto, a través del tapiz verde que cubría la tierra, un jinete apareció a todo galope en su corcel. Era Iván Dimov, quien se dirigía a la cabaña de los guardabosques Máximo y Zajar, en medio de la maraña verde. 
    Se dirigía a prisa sabiendo que se avecinaba un huracán. Cuando llego a la cabaña el perro comenzó a ladrar. Iván bajó del caballo y dijo, “Quieto Der, ¿Ya no me reconoces?” 

      Al entrar a la cabaña saludó a su abuelo, “Buenas tardes abuelo, ¿Dónde están Zajar y Máximo?” El abuelo contestó, “Salieron temprano, ¿Quién eres tú?” Iván contestó, “Pero abuelo, cada vez que vengo me hace la misma pregunta. Soy Iván Dimov.” El abuelo le dijo, “¡Ah, si, ya recuerdo! Mi cabeza ya no conserva memoria para las cosas. Hace tanto que estoy en este mundo.” “¿Nació hace mucho, abuelo?” preguntó Iván. Dijo el abuelo,“¡Muchísimo! Yo ya era un niño cuando los franceses vinieron a combatir a nuestro emperador.”
      Ambos estaban ya instalados en la cabaña, y había una hoguera encendida en la chimenea. Iván continuó la conversación, “Entonces habrá visto muchas cosas” El abuelo le contestó, “¿Yo? ¿Qué es lo que he podido ver? Nada más que selva. Siempre hay ruido en ella noche y día, invierno y verano. A veces cuando me pongo a reflexionar, me pregunto si he vivido verdaderamente. Quizá yo no he vivido jamás. El huracán se acerca. ¡Bien lo conozco! Es el demonio de la selva que se enfurece.” “¿Cómo lo sabe?” le preguntó Iván. El abuelo continuó, “Entiendo el lenguaje de los árboles. Ya no veo bien, pero tengo buen oído. ¡Escúcha! Esa es la encina que empieza a quejarse. Cuando eso sucede de seguro por la noche vendrá el demonio de la selva.” Afuera el viento soplaba.
       Incrédulo, Iván rechazó el pensamiento del anciano, “¿De qué demonio habla abuelo? ¿Acaso no es el huracán el que destroza?” “No-le dijo el abuelo-es el demonio de la selva. Y lo he visto como te veo ahora a ti y aún mejor.” Iván le preguntó, “¿Y cuando lo vio abuelo?” El abuelo le dijo, “Era un día como hoy. Primero los pinos empezaron a agitarse. Después fueron las encinas. Luego, cuando la noche hubo descendido, él estaba ahí recorriendo a selva.” “¿Y cómo es?” le preguntó Iván. El abuelo le dijo, “Como un viejo sauce que crece cerca del pantano. ¡Uf, qué feo es! Yo le vi corriendo por la selva y atacando furioso los pinos. En otra ocasión danzaba alrededor de los árboles. Si quieres ven un día de invierno y quizá tú lo veas también.” Iván incrédulo, solo pensó, “Pobre viejo. Se ve que está contento de poder charlar. Es como si la agitación de la selva lo reanimara.”
      El abuelo continuo, “El demonio de la selva es feo. A veces gasta algunas bromas pero no es malo.” Iván objetó, “¡Cómo que no! Si destruye todo lo que encuentra a su paso.” El abuelo le dijo, “Si. Es verdad. Pero sucede cuando está enojado. Solo en ese caso. En cambio aquí en la selva, los hombres han hecho cosas mucho más terribles que él. Puedes creerme.” “¿Cuáles?” le preguntó Iván. El anciano permaneció unos segundos cabizbajo, y luego habló con voz lenta: “Voy a contarte una historia que sucedió aquí mismo en esta selva. Hace ya mucho tiempo de eso. Es como un sueño vago y nebuloso. Pero cuando la selva comienza a agitarse, mi memoria se hace más clara, ¿Quieres oírla?” Iván encendió su pipa y dijo interesadamente, “Si abuelo. Con mucho gusto.”
       El abuelo comenzó a contar su historia. Sus padres murieron cuando era niño, dejándolo solo en el mundo. Un grupo de campesinos alrededor de él conversaban sobre su custodia. Ellos eran demasiado pobres para alimentar otra boca. Entonces llegó el guardabosque del señor de la comarca. Su nombre era Román, y preguntó, “¿Qué sucede?” Uno de los campesinos le dijo, “Estamos viendo qué hacer con este niño. Sus padres murieron y nadie se puede hacer cargo de él.” “¿Qué edad tiene?” preguntó Román. “Ocho años” dijo una mujer. “Pues bien. Yo me lo llevo.” Incrédulos los campesinos le dijeron, “¡Tú!” Román contestó, “¿Qué tiene de extraño? Vivo solo. No tengo parientes. Sera mi compañía.” Sin embargo, uno de los campesinos le dijo, “Pero tú no eres rico. Te casaras algún día y tendrás hijos. Este niño será una carga.” Román le contestó, “¡Casarme yo! ¡Líbreme el cielo! Las mujeres solo sirven para dar problemas.” “En eso tienes razón” reconoció uno de los campesinos. Román agregó, “No se hable más. Me llevo al chico. ¿Cómo se llama?” “Dimitri” dijo una mujer.  Román tomó al niño de la mano y se retiró diciendo, “Vamos Dimitri. Desde hoy vivirás conmigo.”
       El abuelo explicó a Iván que fue así como fue traído a la selva y desde ese día ha vivido aquí. “¿Y qué tal persona era Román?” le preguntó Iván. Respondió el abuelo, “Era un hombre terrible. Había pasado toda su vida en estos parajes y su carácter era el de una fiera. Todos le temían, y hasta el señor de la comarca le permitía muchas cosas. Él no se amedrentaba ante nada.” “Y a usted ¿Cómo lo trataba?” Le dijo el abuelo, “No me trataba mal. Era duro, pero nunca me pegó.”
       Así el abuelo continuó la historia. Román lo encerraba con llave y se iba, diciéndole, “Ya me voy, Dimitri. Regresaré por la tarde. Pórtate bien. Te dejaré comida preparada.” Dimitri pasaba allí solo todo el día, lo mejor que podía.
       Así transcurrió un año y una mañana llegó a visitarlos un siervo del señor de la comarca. Su nombre era Rikov. Al llegar en su caballo, encontró a Román trabajando, y le saludó, “¡Hola Román!” Román dejó de trabajar y le dijo: “¿Qué te trae por aquí Rikov?”  Rikov le dijo, “El señor desea verte. Quiere que vayas hoy mismo a la casa grande.” “¿para qué?” le preguntó Román. Rikov le dijo, “No lo sé. Al señor no se le pregunta, se le obedece.” Román le dijo, “Pues no voy a hacer un largo camino por nada.” Rikov le dijo, “Es mejor que vayas Román. El señor te soporta muchas cosas, lo que no hace con nosotros. Muchas veces le has dicho palabras que nadie más se atrevería pero te aconsejo que no abuses. Es mejor que obedezcas y no le hagas enojar.”  Román dijo, “Está bien, está bien. ¡Vamos!”
       El abuelo continuó narrándole la historia a Iván, “Nuestro señor era malo. No tenía compasión con nadie; para él los siervos eran como animales. Me acuerdo que una vez, unos campesinos transportaban grandes vigas en sus carros.” El abuelo Dimitri contó que de pronto uno de los campesinos de la caravana gritó, “¡El Señor! Viene el señor.” 
           El caballerango que venía escoltando de frente al Señor, abriendo el paso, gritó, “¡Déjen paso! ¡Aún lado!” Los campesinos desesperados tuvieron que mover sus cargamentos del camino gritando a los caballos que jalaban los carros, “¡Arre! ¡Arre!” algunos de ellos volteando el carromato y tirando su carga. Mientras los campesinos con temor bajaban la mirada, el señor pasaba tranquilamente sin dignarse a mirarlos. Después, algunos carros eran empujados exigiendo un gran trabajo para sacarlos de la nieve.
        El anciano Dimitri continuo su relato, “La palabra del señor era ley. Cuando reía, todos estaban contentos, pero si fruncía el ceño, ¡Qué terror! Pero Román no comprendía esas cosas. Todos se extrañaban que el señor le soportara tanto. Román, Rikov y yo nos dirigimos a la casa señorial.” Cuando llegaron, el señor habló, “Román, he tomado una decisión.” “¿Sobre qué, señor?” preguntó Román. “Quiéro que te cases.” Le dijo el señor.
          Román contestó, “¿Yo? Es lo último que se me ocurriría. Si eso es todo, regreso a la selva.” El señor le contestó impacientemente, “Tú no te mueves de aquí. Quiero que te cases con Oxana. No me preguntes porque. Solo obedéceme.” Román contestó, “¡No! Que se case con ella el diablo ¡Yo no quiero!” El señor insistió, “¡Román, no me hagas enojar! Te casaras con ella hoy mismo.”
     Ante la negativa de Román, el señor ordenó que Román fuese azotado. Cuando Román era escoltado para ser amarrado a un poste, uno de los guardias le dijo, “No seas tonto. Obedece. Oxana es muy bonita.” Pero Román no cedía.
       Sin embargo, cuando lo azotes llegaron, Román tuvo que rendirse. El señor se acercó, y le preguntó, “¿Vas a obedecerme?” Román atado, rendido y herido dijo, “No vale la pena sufrir tanto por una mujer. Me casaré.” “Así me gusta. Mis deseos son órdenes. No lo olvides.” Le dijo el señor.
        En ese momento llegó Opanas Schvidsky, un cazador al que el señor estimaba mucho, quien dijo: “¿Qué sucede?¿Que hizo Román para ser castigado?” El señor le dijo, “Se negaba a casarse con Oxana. Pero ya ha entrado en Razón.” Opanas le dijo, “Mi señor. No es necesario martirizar a ese hombre. Permita que yo me case con Oxana.” Curiosamente Román dijo, “¡Ya podrías haber llegado antes! Es tuya. Yo no tengo el menor interés en ella.” Después se dirigió al señor y le dijo, “Y tú señor, debiste preguntar primero si había alguien dispuesto a ser su esposo de buena gana. En vez de eso, me mandas dar latigazos. Los buenos cristianos no obran así.” Sin embrago, el señor dijo, “¡Cállate! He decidido que sea tu mujer y la será.”
        
        Opanas insistió al señor, y le dijo, “Pero señor, yo te suplico que me la des a mí. Román no la quiere.” El señor le dijo, “Opanas, he tomado una decisión y no voy a cambiar de idea. ¡Román se casará con Oxana! Además, nadie ha pedido tu opinión, así que vete al infierno o haré que te den latigazos a ti también.” Pero Román le dijo, “Pues yo, he cambiado de parecer. ¡No me caso!”  Encolerizado, el señor le dijo, “¡Ah no! Quiero hacer tu felicidad animal. Ahora estas solo en la selva y no tengo ningún deseo de ir a tu casa. Te haremos entrar nuevamente en razón ¡Denle latigazos hasta que su dura cabeza entienda!” En cuanto lo empezaron a lastimar, Román gritó, “¡No! ¡Si me casaré!”
           El señor estaba complacido, y dijo, “Traigan a Oxana. Y tú Román, pon tu mejor cara o la asustaras.” Román le dijo, “Me voy a casar con ella porque me obliga, pero no voy a preocuparme de agradarle o no.” Cuando Oxana llegó, el señor le dijo, “Este es tu futuro esposo. Es un poco bruto, pero un buen hombre. Sé una buena mujer y no te irá mal.”       
       Cuando el señor se la presentó a Román, le dijo, “No puedes negar que es bonita, eh Román. La mujer más hermosa de estos contornos.” Román solo le dijo, “Eso no me importa. Si ha de ser mi mujer pues ahora mismo quiero regresar a la selva.”
         Al volver a la cabaña, Oxana iba con Dimitri y Román continuaba lamentándose, “¡Maldita suerte! ¡Qué necesidad tengo yo de una mujer! Nunca debí aceptar pero ese diablo del señor me habría hecho matar a latigazos.” A continuación, se dirigió a Oxana, “Camina rápido o te daré tantos latigazos como yo recibí por tu culpa.” Oxana temblaba de miedo y hacia todo lo posible por complacerlo.
          Al pequeño Dimitri le parecía que ahora la cabaña estaba bonita y ordenada. Oxana y Dimitri se ayudaban en los quehaceres. Oxana era buena con Dimitri pero a Dimitri le daba tristeza que Román no la quisiera. Román era duro con ella y al llegar a la cabaña le decía, “Aún estás aquí. Tenía la esperanza de que te hubieras ido. Ya deberías haber entendido que no quiero una mujer en mi casa.” Oxana resignada permanecía silenciosa. Pero poco a poco Román se fue acostumbrado. Se veía contento y ya no reñía. Pasaron las semanas y los meses y un día, Dimitri notó que Oxana se sintió mal.
         Dimitri pensó que ella estaba enferma pero Oxana lo tranquilizó, y una noche dio a luz a un pequeño niño. Dimitri estaba feliz pero notó que el niño era muy flaco y pequeño. Oxana optimista le dijo a Dimitri, “Se pondrá fuerte. Lo cuidaré y crecerá sano y hermoso.” Pero el niño murió esa noche. Oxana lloraba y Román fríamente la consolaba diciendo, “Nada hay que hacer. Lo enterraremos bajo un árbol.” Oxana quería que el pequeño fallecido recibiera los sacramentos, pero fue en vano. Oxana pensaba que su hijo seria un alma en pena. Cuando Román preparó el pequeño ataúd de madera y estaba listo para enterrarlo, Oxana no quería dárselo. Entonces Román le dijo, “¡Vamos dámelo! Es muy tarde y mañana debo trabajar.” 
               Al regresar todos a la cabaña, Oxana no terminaba de llorar. Dimitri le rogaba que no llorara, pero Oxana estaba deshecha de tristeza. A la mañana siguiente, Oxana se arrodilló frente a la tumba de su hijo diciendo con lágrimas en los ojos, “Aquí está mi pequeño. Ni si quera hay una cruz sobre su tumba. Ni si quiera podre ponerle un nombre. Su alma nunca estará en el cielo.” En los días siguientes Román se mostraba indiferente a la pérdida del niño, y se enfurecía al ver llorar a Oxana.
         Un día Román le dijo, “¡Ya estoy harto de tanto lamento y tanta lagrima! Tendremos otros hijos y te olvidaras del muerto. De seguro será mejor que el muerto, porque nadie me saca de la cabeza que ese niño no era mío.” Oxana le dijo, “¡Román! ¡No hables así! Eres un malvado. Dios te va a castigar.” Pero Román le reclamó: “¡Qué! He escuchado cosas en el pueblo. Yo solo digo que no se si ese niño era mío o no, y tengo mis razones para dudar.”  Oxana se quedó callada y Román continuó, “Antes de venir conmigo no sé lo que tu hacías. Ahora es distinto. Estaré seguro que el próximo niño era mío. Hace poco una mujer en el pueblo me dijo: es extraño que Oxana ya vaya a dar a luz. No han pasado nueve meses desde que se casaron. Y tenía razón. Solo hace seis meses desde que nos casamos. Así que ¡Basta de llorar! Te callas o te pego.”
        Con el tiempo, la tristeza de Oxana desapareció y volvió a sonreír. Un día Román comprendió que a quería. Román abrazó a Oxana y le dijo, “Estas muy bella Oxana. Nunca pensé que te podría querer tanto.” Oxana en sus brazos le decía, “Yo también te quiero mucho. Soy muy feliz a tu lado.” Y el abuelo Dimitri siguió narrando a Iván la historia. Para Román y Oxana, la selva se había transformado en un Paraíso. Vivían muy dichosos y ellos parecían dos niños que acababan de descubrir el amor, hasta que un día estando Dimitri y Román trabajando, escucharon un sonido de cuerno.
           Dimitri preguntó, “¿Qué es eso Román?” Román le dijo, “El cuerno que anuncia que viene el señor.” No tardaron en aparecer el señor y su comitiva. Román los saludó, “Buenas tardes señor.” El señor le preguntó, “¿Cómo van las cosas Román?” Román le ayudó a bajar de su caballo y le dijo, “Normal, gracias. Y usted ¿cómo esta?” Todo mundo comenzó a reír, y uno de los acompañantes del señor dijo, “¡Ja ja ja! Este Román jamás aprenderá a tratar a su amo.
           Otro de los acompañantes se acercó a Román diciéndole, “¿Cómo te atreves a hablar así al señor?” Otro agregó, “Eres un bruto Román.” Pero el señor los interrumpió, “¡Silencio! Román. Me alegro que todo marche bien para ti. ¿Y tu mujer?” Román le contestó, “En la cabaña. ¿En qué otra parte iba a estar?” El señor dijo, “Entonces entremos. Descansáremos un momento allí.” Román agregó, “Como usted quiera.” Pero antes de entrar a la cabaña, el señor dio instrucciones, “Bogdan. Prepara todo. Vamos a comer aquí.” Bogdan era el fiel servidor del señor. Por complacer al señor, Bogdan habría sido capaz de matar a su propio padre. Bogdan dio instrucciones, “Ya escucharon al amo. ¡Vengan a ayudarme!”
      Una vez dentro de la cabaña el señor saludó a Oxana: “¿Cómo estas Oxana?” El señor tocó la barbilla de ella y dijo, “Te has puesto muy hermosa. No hay otra como tú en toda mi comarca.” Después se dirigió a Román diciendo, “Supongo que estarás contento con la mujer que te di Román.” Pero Opanas agregó, “Es demasiado bruto para apreciar a una mujer como esa.” Román lleno de cólera, tomó a Opanas de la chamarra, diciendo, “¿Por qué has hablado así?” Opanas le dijo, “¡Suéltame! Insisto que eres un bruto porque no sabes cuidar a tu mujer.”
           Román le dijo, “¿Y de qué tengo que cuidarla? ¿De las fieras? Bien se guardarla de ellas. Diablos no hay en el bosque, así pues, ¿Qué es lo que tengo que temer?” Opanas le dijo, “Además de bruto eres ciego.” Román le contestó, “¡Ten cuidado Opanas! No me digas esas cosas si no quieres enfurecerme.” El señor tuvo que intervenir para detener la discusión, “¡Cállense! No he venido aquí a verlos pelear. Y tú, Opanas, detén tu lengua o la pasaras mal.” Una vez dicho esto, el señor se retiró de la cabaña, no sin antes decir, “Ahora vamos a comer y al atardecer empezaremos la cacería.”
        Una vez solos, Opanas le dijo a Román, “Román, no te enfades. No hablé así para molestarte, sino para ponerte en guardia. Escucha: ¿Recuerdas que le suplique al señor que me permitiera casarme con Oxana?” Román le dijo, “Si ¿Y qué?” Entonces Opanas le dijo, “El señor no lo quiso porque le convenías mas tú para sus planes.” Román le preguntó, “¿Qué planes?” Opanas continuó, “¡Hay Román! ¡Qué cándido eres! Pero yo no voy a permitir que el amo se burle de ella y de ti.”
           Opanas agregó, “Antes que Oxana caiga en los brazos de ese miserable los mataré a los dos, te lo juro.” Román le dijo, “Oye, creo que estás loco.” Opanas le dijo, “¿Loco? Pues te diré que el señor te obligó a casarte con Oxana porque ella esperaba un hijo de él.” Román angustiado le dijo, “¿Cómo?” Opanas le dijo, “No pongas esa cara. ¿Acaso no lo sabías?” Román bajó la mirada lleno de dolor y dijo, “No. Sospechaba que el niño no era mío pero nunca creí que fuera del señor, ¡Maldito sea!” Opanas le dijo, “Por eso no consintió que me casara con ella. Él aún la desea, y si fuera mi esposa no podría tenerla otra vez.”
         Román dijo indignado, “¡Eso pretende ese canalla!” Opanas le dijo, “¿Por qué crees que vino? Recuerda lo que dijo, ‘Vives solo y yo no tengo deseos de ir a tu casa’” Román le dijo decidido, “¡Miserable! Oxana es mi mujer. Solo mía.” Opanas puso su mano en el hombro de Román y le dijo, “Yo soy tu amigo y no permitiré que se burlen de ti. Cuenta conmigo Román.” Román le dijo. “Gracias, Opanas. Nuestro señor me la va a pagar cara. Te lo aseguro.” Opanas dijo, “Pero debes de tener cuidado. Ahora ve con él como si nada supieras. Sobre todo, que Bogdan no sospeche nada.”
           Opanas agregó, “Ese perro tiene buen olfato. Ten cuidado con el vodka. El señor pretende emborracharte. Si te manda de caza, espera a que los cazadores de adelanten y luego te regresas. Yo te estaré esperando.” Román le preguntó, “¿Y si te envían también?” Opanas le dijo, “Me regresaré. Juntos nos vengaremos de todas sus maldades.” Román meditabundo dijo, “Hoy voy a cobrar una buena pieza. Cargaré mi fusil con balas de las que empleo para los osos.” Pero Opanas le dijo, “Salgamos. No quiero que se dé cuenta que tramamos algo.” Román le dijo, “Él siempre ha dicho: El tonto de Román…el bruto de Román…ya verá…ya verá…” Opanas agregó, “Ha llegado el momento de mi venganza. El señor me quitó a Oxana y yo se lo cobraré.”
             Cuando Román salió de la cabaña, el señor y sus hombres ya estaban comiendo sobre un tapete al aire libre. Uno de los hombres del señor le gritó a Román, “¡Ven acá, Román! Vamos a beber a tu salud y la de tu mujer.” El vodka del señor era tan fuerte que a la tercera copa hacia llorar y luego caía uno al suelo como muerto. El señor le dijo a Román, “Toma otra, Román. ¿Acaso no te gusta?” Román le dijo, “Es el mejor vodka que he probado en mi vida, señor.” El señor le dijo, “¡Eres un diablo! Se diría que bebes agua. Otro en tu lugar tendría lagrimas en los ojos, y tú sonríes.”
      Román le dijo, “No tengo motivos para llorar. El señor me hace el honor de venir hasta mi humilde choza. Sería una canallada si llorara.” El señor le dijo. “Entonces, estas contento.” Román dijo, “¿Y por qué no habría de estarlo?” El señor le preguntó, “¿Ya olvidaste los azotes que te tuve que dar para obligarte a que te casaras?” Román le dijo, “¡Qué me voy a olvidar! Yo era muy tonto. No sabía lo que es dulce o amargo.” Román agregó, “Los azotes son amargos y, sin embargo, los prefería a una mujer como Oxana ¡Qué bruto!” Román continuó, “Le doy gracias, mi buen señor, por haberme enseñado a comer miel.” El señor le dijo, “Bueno, para agradecérmelo mejor, irás con mis cazadores y me traerás buenas piezas.”
               Román le preguntó, “¿Y cuando quiere que partamos?” El señor le dijo, “Vamos a beber otro poquito; después, Opanas nos cantará algo y luego saldrán.” Román dijo, “Me parece que no se va a poder. Ya es medio tarde. El pantano está muy lejos de aquí. Además, mire el cielo. El huracán se acerca con mal tiempo. Es imposible cazar.” Uno de los hombres del señor dijo, “Román tiene razón. No tardará en empezar a llover.” Otro hombre agregó, “Será mejor que regresemos otro día.” Y uno mas dijo, “En esta época casi no hay caza y…” En ese momento, el señor lo interrumpió, y dijo, “¡Qué significa esto! ¿Se atreven a oponerse a mis deseos? ¿Se olvidan que soy el amo y señor?” Entonces los hombres dijeron. “No…no…haremos lo que usted ordene.” Sin embargo, Opanas quiso insistir, “Reflexione señor. No se manda cazar a la gente cuando amenaza el huracán y sobre todo de noche.”
       El abuelo Dimitri continuó narrándole a Iván, diciéndole que Opanas era muy valiente y que no temblaba ante nadie. Era un cosaco libre. Entonces el señor le dijo, “Opanas, no abuses del cariño que te tengo, porque si me enojo contigo, no te irá bien.”  El señor se sentó en el tapete y bebió un poco de vodka, diciendo, “Eres suficientemente inteligente para comprender que no hay que meter la nariz en una puerta entreabierta.” Opanas sentado también, tomó su guitarra y le dijo, “Tiene razón señor, y para darle las gracias por la lección que me acaba de dar, le voy a cantar algo.”
            Opanas comenzó una melodía que decía así, “¡Oh, señor nuestro, escucha esta canción que canta en mi la voz de la razón! Tú sabes que es más fuerte que el cuervo el gavilán, pero que ante la muerte, igualados están. Y si del cuervo el nido ataca el gavilán, si el nido es defendido, el cuervo ganará.” En ese momento, uno de los hombres del señor dijo, “¡Cómo te atreves, Opanas, a cantar eso!” Luego, se dirigió a otro de los hombres del señor y le dijo, “Temo que en cualquier momento estalle la ira del señor.” Pero el señor no había comprendido, y cuando Opanas terminó de cantar, dijo, “Se está haciendo tarde. Prepárense para partir y no regresen sin unas buenas piezas.”
          Luego, se dirigió a Opanas y le dijo, “Opanas, tu irás con ellos. Ya estoy harto de tus canciones. Siempre dicen la verdad, pero lo que en ellas dices, no sucede jamás.” Opanas le dijo, “Señor, nuestros ancianos afirman que las canciones siempre dicen la verdad” El señor le dijo, “Pero yo digo lo contrario. Y mi palabra es única. No olvides que soy el señor de la comarca. Ahora, toma tu caballo y márchate con los demás.”
              Pero Opanas le dijo, “Señor, regrese a su casa. El corazón me dice que va a suceder una desgracia.” El señor se rió y dijo, “¡Ja ja ja! Pareces una damisela temerosa. A mi ninguna desgracia me puede pasar.” Pero Opanas le dijo, “Señor, no tiente al destino. Hágame caso.” Entonces, el señor se levantó y empezó a patear a Opanas diciendo, “¡Basta! ¡Déjame en paz! ¡Vete o no respondo de mi! Aunque te he dado confianza, no dejas de ser mi siervo.” Luego, el señor se dirigió a sus hombres, “Y ustedes, ¿Qué esperan para marcharse? ¿Es que piensan que pueden hacer lo que les dé la gana? ¡Vamos, desaparezcan!” Enseguida se dirigió a Román, “Y tu Román, di a tu mujer que me prepare una cama para pasar la noche.” Román solo dijo, “Lo que usted ordene, señor.”
       No tardó en caer la noche y en abatirse el huracán sobre la selva. Mientras tanto Oxana angustiada cuidaba al pequeño Dimitri en su habitación. Entonces Dimitri le preguntó, “¿Por qué lloras Oxana?” Oxana le dijo, “Eres muy pequeño para comprender, Dimitri. Prométeme que no te moverás de aquí, no importa lo que escuches.” Entonces el pequeño Dimitri le dijo, “Ese ruido me da miedo Oxana. ¿Qué es?” Oxana llorando le dijo, “Es el murmullo de la selva. No temas. Estoy contigo. Ahora, cierra los ojos. Duérmete, y recuerda: Suceda lo que suceda, no saldrás de aquí. ¿Me lo prometes?” “Si Oxana” le contestó el pequeño Dimitri.
       Dimitri estaba empezando a dormirse cuando escuchó voces: “No, por favor señor, no” “Soy tu amo y debes hacer lo que yo quiera” Dimitri asustado se levantó de su cama y se asomó sigilosamente a la puerta de su recamara, solo para ver que Oxana y el señor forcejeaban, y Oxana pedía auxilio a Román, pero el señor le decía, “Román es mi siervo y debe estar dispuesto a complacerme. Lo mismo que tu.” Oxana se quiso liberar pero el señor le dijo, “Ven acá. Deberías estar agradecida que me fije en ti.” Oxana le decía, “¡Señor, se lo imploro!” Pero el señor decía, “Tú eres mía. Te casé con Román para que te cuidara para mí.”
       El pequeño Dimitri solo se tapaba los oídos y se preguntaba, “¿Qué pasa? ¿Porqué el señor se porta así con Oxana?” A pesar de que Dimitri había hecho su promesa, se levantó para ver lo que sucedía. Mientras tanto, Bodgan, el guardaespaldas del señor, veía fuera de la cabaña, como Opanas se llevaba el caballo del señor.
           Entonces Bodgan tocó a la puerta de la cabaña gritando, “¡Señor, señor…abra! El maldito de Opanas…” cuando inmediatamente le llegó por atrás Román, diciendo, “Primero daré cuentas de ti y después me las veré con tu amo” y lo golpeó. Entonces llegó Opanas y le dijo, “Yo me encargo de él Román. Tú ve por el perro del señor.” Román entró a la cabaña y tomó al señor del cuello. El señor le dijo, “Román, te has vuelto loco ¡Suéltame!” Román lo soltó pero le apuntaba con una escopeta.
           El señor le dijo, “¿Cómo te has atrevido? ¿Así agradeces todo lo que he hecho por ti?”  Román le dijo,  “¡Si, canalla! Tengo muy presente lo que has hecho por mí y por mi mujer.  Ahora te lo voy a pagar.” Cuando el señor vio que Opanas llegó, le dijo, “¡Opanas, defiéndeme!” Pero Opanas le dijo, “¿Defenderlo yo? ¿Por qué?” El señor le dijo, “Tú eres mi fiel servidor. Siempre te he querido y tratado como a un hijo.”
            Pero Opanas le dijo, “Si, me has querido como el palo quiere a la espalda que golpea; ahora me quieres como la espalda al palo. Te rogué que te fueras a tu casa y no me hiciste caso. Es más, me trataste como al último de tus siervos.” El señor empezó a sentir miedo, y dijo, “¡Déjenme ir! No tomaré represalias. Se los juro. ¡Por Favor!” Entonces Román dijo, “El señor pidiendo por favor. ¡El señor humillándose ante sus siervos!” Entonces el señor apeló a la sensibilidad de Oxana, “Recapaciten. ¡Oxana! Tú tienes buen corazón. Defiéndeme. No permitas que me hagan daño.” Pero Oxana le dijo, “Dios me perdone pero aunque pudiera no haría nada por usted. Se ensañó conmigo.”
                    Oxana empezó a llorar, “Yo le rogué, le imploré que no me deshonrára, que no me cubriera de vergüenza, y usted se reía, ¿recuerda?” Román perdió la calma, y dijo, “¡Basta! Ven acá. Tenemos una cuenta pendiente y la vamos a saldar.” Opanas dijo, “Ahora veras lo que se siente.” Mientras el señor era arrastrado, decía, “¡Déjenme! Es mejor para ustedes. Si me hacen daño lo pagarán con el destierro siberiano.” Pero Opanas le dijo, “No te preocupes por nosotros. Román llegará al pantano antes que los cazadores. Él conoce un buen atajo. Por lo tanto, nadie sospechará de él.” Opanas agregó, “Por mi parte, yo no tengo miedo a nada. Estoy solo en el mundo.” El señor suplicaba desesperado, “¡Opanas, por piedad!” Ya en la puerta de la cabaña, mientras Opanas y Román arrastraban al señor, Opanas le dijo, “Te pondremos bajo la lluvia para que te refresques un poco.” El señor seguía gritando pidiendo que lo soltaran. Dentro de la cabaña, el pequeño Dimitri decía, “Oxana, tengo miedo.”
       Mientras, afueras en la lluvia, el señor era atado a un árbol bajo viento y lluvia diciendo, “¿Qué van a hacer conmigo? Yo he sido siempre bueno…” Román decía, “¡Si, muy bueno! Te pagaremos con la misma moneda” Después Román tomando el látigo, le dijo, “¿Recuerdas cuando me hiciste dar de latigazos?” El señor, lleno de tristeza le dijo, “Fue por tu bien. Eres feliz con Oxana.” Entonces Román se acercó y le dijo, “Y por eso quieres destruir mi felicidad.”
    Mientras el señor era azotado a latigazos, sus lamentos asustaban al pequeño Dimitri, pero Oxana le decía, “No son alaridos, Dimitri. Es el murmullo de la selva.” Opanas tuvo que detener a Román, diciendo, “¡Basta Román!” Finalmente Román le disparó al corazón hiriéndolo de muerte.”
            Una vez consumado el hecho, Opanas le dijo a Román, “Vete, tienes que llegar antes que los otros al pantano. Diles que hace mucho que los esperas.” Román le dijo, “¿Y tú?” Opanas le dijo, “Me esconderé. Nadie podrá encontrarme y pensarán que yo lo maté.” Román le preguntó, “¿Qué hacemos con el cuerpo?” Opanas le dijo. “Nada. Lo dejaremos ahí. Yo hablaré con Oxana y le diré qué debe decir cuando vengan los cazadores. Tráelos de regreso mañana temprano. ¡Vete ya! Deja todo en mis manos.”
      Al día siguiente Dimitri salió de la cabaña y dijo, “Oxana, ¡El señor y su criado están muertos allá afuera!” Oxana le dijo, “Lo sé Dimitri. Cuando vengan los cazadores y pregunten, tú no sabes nada. Tú dormías y nada escuchaste, ¿Me entendiste?” Dimitri le dijo, “Pero yo escuché un disparo.” Oxana le dijo, “No hijo. Era el trueno de Dios en medio de la selva. Solo eso oíste.” Dimitri dijo, “El trueno de Dios…el murmullo de la selva…sí, eso debe de haber sido.” Oxana le dijo, “Olvídate de lo demás. Fue un sueño. Un feo sueño.” El pequeño Dimitri dijo, “Si, Oxana. Yo estaba dormido. Siempre que me pregunten diré que estaba dormido.”
       Así, el abuelo Dimitri siguió narrando a Iván: “Cuando los cazadores regresaron, se llevaron el cuerpo del señor y de Bodgan. Por mucho tiempo se investigó su muerte. Todos dijeron que Opanas lo había matado. Nadie sospechó de Román.” Iván le preguntó, “¿Y qué sucedió con él? ¿Lo detuvieron?” El abuelo Dimitri le dijo, “No. Durante un tiempo se escondió en la selva. Después reunió una banda y se dedicó a asaltar los castillos señoriales. Odiaba a todos los señores y no perdonaba a ninguno. Su solo nombre causaba terror en todas partes pues dejaba solo destrucción por donde pasaba. Aunque Opanas se encontraba fuera de la ley nunca dejó de visitarnos. Román lo recibía como a un hermano muy querido.”
       Una mañana, el pequeño Dimitri y Román estaban cortando madera. Entonces, Dimitri vio llegar a Opanas a caballo, y emocionado dijo, “¡Viene Opanas!” Román dejó el hacha diciendo, “¡Opanas, querido amigo!” Román lo recibió con un abrazo y dijo, “Entremos a la cabaña. Oxana estará feliz de verte.” Opanas le dijo, “Yo también a ella.” Luego, Opanas saludó a Dimitri, y le dijo, “¡Cómo has crecido! Pronto serás un hombre.” Román dijo, “Cuando yo muera, se quedará en mi lugar. Dios no ha querido la dicha de un hijo.” Pero Opanas le dijo, “Ya verán. No te desesperes. Tú y Oxana son jóvenes.” Ramón le dijo, “Ojalá tengas razón.”
          El abuelo Dimitri continuó narrando a Iván, “Yo admiraba a Opanas, era tan valiente. Me alegraba mucho cada vez que llegaba. Un día llegó Opanas y a Oxana le dio mucho gusto recibirlo. Cuando Opanas la vio le preguntó dónde estaba Román. Oxana le dijo que vendría hasta la tarde. Después, cuando Oxana vio cansado a Opanas le ofreció darle de comer para que después descansara. Yo le ofrecí a Oxana ayudarle en la cocina, pero ella me dijo que no, y que me fuera a caminar pues ella me llamaría si me necesitaba. Salí para ir a sentarme triste en un tronco. Yo no decía nada pero presentía que en todo eso había algo que no era bueno. Tiempo después Oxana tuvo un niño. Román estaba feliz. Cuando Román lo cargaba en brazos, decía, ‘es igualito a Oxana. El niño más hermoso de la tierra.’ Pasaron los años. El niño creció, se casó y tuvo dos hijos: Zajar y Máximo. ¿Se ha fijado en ellos? Son muy bien parecidos, ¿verdad? Cualquiera que haya conocido a Román y Opanas vera a quien se parecen. Y eso es lo que sucedió hace muchos años en la selva.”
              Enseguida se oyó el ladrido de un perro, e Iván dijo, “Alguien viene. El perro esta avisando.” Zajar entro a la cabaña y dijo, “¡Uf, qué tiempo!” Después, entro Máximo y al ver a Iván le dijo, “¡Señor Iván, usted aquí! De haber sabido que vendría, habríamos regresado antes.” Iván les dijo, “No se preocupen. Quería cazar, pero creo que no elegí un buen día.” Zajar le dijo, “Quédese esta noche. Si mañana mejora el tiempo, lo acompañaremos.” Máximo dijo, “Voy a preparar la cena. Algo caliente nos vendrá bien a todos.” Después, Zajar se dirigió al abuelo Dimitri, diciendo, “Viejo, ¿Cómo pasó el día?” Dimitri le dijo, “Como siempre. Acompañado de mis recuerdos.” Zajar le dijo, “¡Ah! Me imagino que le constaste al señor la historia de nuestro abuelo.” Después Zajar se dirigió a Iván y le dijo, “Siempre sucede lo mismo. Cuando la selva empieza a agitarse se acuerda de el pasado.”
         Máximo atizando el fogón agregó, “No le haga caso. Es como un niño. Yo no creo mucho en su historia.” Iván se quedó mirando a Máximo, y pensó, “Román me dijo que Oxana y Román tenían el pelo y los ojos negros, y la piel dorada. Zajar y Máximo tienen el pelo rubio, los ojos azules y la piel blanca. No pueden ser descendientes de Román. Entonces el hijo de Oxana era hijo de Opanas…¡Buen amigo tenia Román! ¿Y cómo Román nunca se dio cuenta? O quizá lo supo…ese es un misterio que nunca se podrá aclarar.”
      Máximo interrumpió las meditaciones de Iván, diciendo, “Venga. Debe tener hambre.” Los cuatro se sentaron en la mesa, y mientras cenaban se escuchó el sonido de un ventarrón, entonces, Dimitri, el abuelo, dijo, “Oxana, ¿Qué es lo que gime en la selva?” Máximo le dijo a Iván, “No le hagas caso. Cuando hay tempestad, llama a Oxana, que hace mucho que está en el otro mundo.” El abuelo Dimitri dijo, “No es nada. Es el murmullo de la selva, el murmullo de la selva…” Afuera, el ruido del agua, ahogaba los ruidos del viento y el gemido de  los altos pinos, sacudidos por la tormenta.        
     Tomado de Novelas Inmortales, Año XI. No. 569 Octubre 12 de 1988, Novedades Editores S.A. de C.V. Guión: H. Comte. Adaptación: R. Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.

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