Club de Pensadores Universales

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domingo, 20 de diciembre de 2015

Desposado con la Muerte de Washington Irving

     Washington Irving nació el 3 abril de 1783 y murió el 28 noviembre de 1859 a los 76 años. Washington Irving fue un autor, ensayista, biógrafo, historiador y diplomático de principios del siglo 19. Él es mejor conocido por sus cuentos, “Rip Van Winkle” (1819) y “La Leyenda de Sleepy Hollow” (1820), ambos de los cuales aparecen en su libro, “El libro de Apuntes de Geoffrey Crayon, Caballero.” Sus obras históricas incluyen las biografías de George Washington, Oliver Goldsmith, y Mahoma, y ​​varias historias de la España del siglo 15.  Se trata de temas tales como, Cristóbal Colon, los Moros, y la Alhambra. Irving se desempeñó como embajador de los Estados Unidos en España, de 1842-1846.
     Washington Irving hizo su debut literario en 1802, con una serie de cartas de observación en su libro, Crónica Matutinas, escrio bajo el pseudónimo de Jonathan Oldstyle. Después de mudarse a Inglaterra, debido al negocio familiar en 1815, alcanzó la fama internacional con la publicación, “El Libro de Apuntes de Geoffrey Crayon, Caballero,”  en 1819-1820. Además, Irving continuó publicando regularmente, y casi siempre con éxito, a lo largo de su vida, y a sólo ocho meses antes de su muerte, a los 76 años, sucedida en Tarrytown, Nueva York, completó una biografía de cinco volúmenes de George Washington.
     Irving, junto con James Fenimore Cooper, fue uno de los primeros escritores americanos en lograr el reconocimiento en Europa. Por lo tanto, Irving animó autores norteamericanos, tales como Nathaniel Hawthorne, Herman Melville, Henry Wadsworth Longfellow, y Edgar Allan Poe. Irving también fue admirado por algunos escritores europeos, entre ellos Walter Scott, Lord Byron, Thomas Campbell, Francis Jeffrey, y Charles Dickens. Como el primer autor norteamericano genuinamente internacional de mayor venta, Irving defendió escritura como una profesión legítima, y ​​abogó por leyes más fuertes para proteger a los escritores estadounidenses de infracciones a los derechos de autor.
 Biografía
Primeros años
     Los padres de Washington Irving fueron, el señor William Irving, originario de Quholm, Shapinsay, Orkney, y Sarah, Sanders de soltera, inmigrantes anglo-escoceses. Se casaron en 1761, mientras que William estaba sirviendo como un suboficial de la Armada británica. Tuvieron once hijos, ocho de los cuales sobrevivieron hasta la edad adulta. Sus dos primeros hijos, cada uno llamado William, murieron en la infancia, al igual que su cuarto hijo, John. Sus hijos sobrevivientes fueron:. William, Jr. (1766), Ann (1770), Pedro (1772), Catherine (1774), Ebenezer (1776), John Treat (1778), Sarah (1780) y Washington.
     La familia de Irving se instaló en Manhattan, Nueva York, y eran parte de la pequeña y vibrante clase mercantil de la ciudad, cuando Washington Irving nació el 3 de abril de 1783. En la misma semana, los habitantes de la misma ciudad supieron del alto al fuego británico, que puso fin a la Revolución Norteamericana. La madre de Irving le dio el nombre del héroe de la revolución, George Washington. 
     A los seis años, con la ayuda de una niñera, Irving conoció a su tocayo, quien entonces vivía en Nueva York, después de su tóma de posesión como presidente en 1789. El presidente bendijo al pequeño Irving,  un encuentro que más tarde se conmemoraría en una pequeña pintura de acuarela, que todavía cuelga en su casa hoy. Los Irving vivian en la calle William, no. 131, en el momento del nacimiento de Washington Irving. La familia se mudó al otro lado de la calle al no. 128 de la William St.  Varios de los hermanos mayores de Washington Irving se convirtieron en activos comerciantes de Nueva York, y animaron las aspiraciones literarias de su hermano más joven, a menudo aportando para su manutención, mientras perseguía su carrera de escritor.
      Siendo un estudiante desinteresado, Irving prefería las historias de aventura y drama y, a la edad de catorce años, salía a escondidas fuera de clase, para asistir en la tarde al teatro. El brote de fiebre amarilla de 1798, en Manhattan, llevó a su familia a enviarlo a climas más saludables río arriba, e Irving fue enviado a vivir con su amigo, James Kirke Paulding, en Tarrytown, Nueva York. Fue en Tarrytown, donde Irving se familiarizó con la cercana población de Sleepy Hollow, con sus pintorescas costumbres holandesas y las historias de fantasmas locales.  Irving hizo varios otros viajes por el Hudson en la adolescencia, incluyendo una visita prolongada a Johnstown, Nueva York , donde pasó a través de la región de las Montañas de Catskill, el escenario de su libro, “Rip Van Winkle.” Sobre todo el paisaje del río Hudson, Irving escribió más tarde, “las montañas de Kaatskill, tuvieron el efecto más embrujante en mi imaginación de niño.”
      A la edad de 19 años, Irving comenzó a escribir cartas a la Crónica Matutina, de Nueva York en 1802, enviando comentarios de la escena social y teatros de la ciudad, bajo el pseudónimo de Jonathan Oldstyle. El nombre, que a propósito evoca las inclinaciones federalistas del escritor, fue el primero de los muchos seudónimos que Irving emplearía en toda su carrera. Las cartas trajeron a Irving alguna fama temprana y moderada notoriedad. Aaron Burr, un co-editor de la Crónica, estaba lo suficientemente impresionado como para enviar recortes de las piezas de Oldstyle a su hija, Teodosia, mientras que el escritor Charles Brockden Brown hizo un viaje a Nueva York para reclutar a Oldstyle para una revista literaria que estaba editando en Filadelfia .
     Preocupados por su salud, los hermanos de Irving financiaron una extensa gira por Europa, a partir de 1804 a 1806. Irving omitió la mayoría de los sitios y lugares que se consideraban esenciales para el desarrollo de un joven en ascenso, para el disgusto de su hermano William. William escribió que, aunque se ha mostrado satisfecho de la mejoría de la salud de su hermano, no le gustó la opción de “galopar a través de Italia ... dejando a su izquierda Florencia y Venecia a su derecha.” En cambio, Irving perfeccionó sus habilidades sociales y de conversación, lo que más tarde lo convertirían en uno de los huéspedes más importantes que el mundo demandaría.  “Me esfuerzo para tomar las cosas como vienen con alegría,” Irving escribió, “y cuando no puedo conseguir una cena para satisfacer mi gusto, me esmero por lograr que mi gusto pueda satisfacerse en mi cena.”  Durante su visita a Roma, en 1805, Irving entabló una amistad con el pintor americano Washington Allston, y casi se dejó convencer para que siguiera a Allston en una carrera como pintor. “Mi suerte en la vida, sin embargo,” dijo Irving después, “es lanzarme a algo diferente.”
Primeros Escritos Importantes

     Irving regresó de Europa para estudiar Derecho con su mentor de derecho, el juez Josías Ogden Hoffman, en la ciudad de Nueva York. Por su propia admisión, Irving no era un buen estudiante, y apenas pasó el examen, en 1806.  Irving comenzó socializar activamente con un grupo de hombres jóvenes letrados, que llamó “Los Muchachos de Kilkenny.” En colaboración con su hermano William y su joven compañero, James Kirke Paulding, Irving creó la revista literaria Salmagundi, El Salpicón, en enero de 1807. Escribiendo bajo varios seudónimos, tales como William Mago, y Lanzarote Langstaff, Irving satirizó la cultura y la política de Nueva York, de una manera similar a la revista Mad actual.  El Salpicón fue un éxito moderado, difundiendo el nombre y la reputación de Irving más allá de Nueva York. En su edición XVII, del 11 de noviembre, 1807, Irving estableció el apodo de “Gotham,” una palabra anglosajona que significa, “Ciudad de Cabra,” a la ciudad de Nueva York.

      A finales de 1809, mientras vivía el duelo la muerte de su novia, Matilda Hoffman, de diecisiete años de edad, Irving terminaba los trabajos sobre su primer libro importante, Historia de Nueva York Desde el Principio del Mundo Hasta el Fin de la Dinastía Holandesa, por Diedrich Knickerbocker (1809), una sátira sobre la historia local, y la política contemporánea propias. Antes de su publicación, Irving comenzó un engaño publicitario, semejante a campañas de mercadeo viral de hoy; colocó una sección de anuncios de personas desaparecidas, en periódicos de Nueva York, un anuncio que busca información sobre Diedrich Knickerbocker, un costroso historiador holandés, que supuestamente había desaparecido de su hotel, en la ciudad de Nueva York. Como parte del ardid, Irving colocó una noticia, supuestamente del propietario del hotel, informando a los lectores, que si el Sr. Knickerbocker no regresaba al hotel, a pagar su factura, iba a publicar un manuscrito que Knickerbocker había dejado abandonado.

     Los lectores desprevenidos siguieron la historia de Knickerbocker y su manuscrito con interés, y algunos funcionarios de la ciudad de Nueva York estuvieron lo suficientemente preocupados sobre el historiador perdido a tal grado que consideraron hacer una oferta para ofrecer una recompensa por su regreso seguro. Viajando en la cresta de la ola del interés público que había creado con su engaño, Irving, adoptando el seudónimo de su historiador holandesa, publicó, Historia de Nueva York, el 6 de diciembre de 1809, con un inmediato éxito de crítico y popular. “Que el público la tomára,” Irving comentó, “dándome celebridad, como una obra original, fue algo extraordinario y poco común en los Estados Unidos.” En la actualidad, el apellido de Diedrich Knickerbocker, el narrador ficcionalizádo de ésta y otras obras de Irving, se ha convertido en un apodo, para los residentes de Manhattan en general.

     Tras el éxito de, “Historia de Nueva York,” Irving buscó un trabajo y, finalmente, se convirtió en el editor de, La Revista Analéctica, donde escribió biografías de los héroes navales como James Lawrence y Oliver Perry. También estuvo entre los primeros editores de revista, en reimprimir el poema de Francis Scott Key, “La Defensa del Fuerte McHenry,”  que más tarde sería inmortalizado como "The Star-Spangled Banner,” o, “La Bandera de la Barras y las Estrellas,” el himno nacional de los Estados Unidos.

     Al igual que muchos comerciantes y neoyorquinos, Irving se opuso inicialmente a la Guerra Anglo-Estadounidense de 1812, pero la Quema de Washington, DC en 1814, lo convenció para alistarse.  Irving sirvió en el personal de Daniel Tompkins, gobernador de Nueva York y comandante de la Milicia del Estado de Nueva York. Aparte de una misión de reconocimiento en la región de los Grandes Lagos, no vio acción real. La guerra fue un desastre para muchos comerciantes americanos, entre ellos la familia de Irving, y a mediados de 1815 se fue a Inglaterra para tratar de salvar la empresa comercial de la familia. Permanecería en Europa durante los próximos diecisiete años. Irving fue elegido miembro de la Sociedad Anticuaria Norteamericana en 1815. 
La Vida en Europa

El Libro de Apuntes

     Irving pasó los siguientes dos años tratando de rescatar a la empresa familiar financieramente, pero finalmente tuvo que declararse en quiebra.  Sin perspectivas de empleo, Irving continuó escribiendo durante todo 1817 y 1818. En el verano de 1817, visitó a Walter Scott, comenzando una amistad personal y profesional de toda la vida. Irving continuó escribiendo: compuso el cuento, “Rip Van Winkle,” durante una sola noche, durante su estancia con su hermana Sarah y su esposo, Henry van Wart, en Birmingham, Inglaterra, un lugar que también inspiró otras de  sus obras.  En octubre de 1818, William, el hermano de Irving, le garantizó un puesto como oficial mayor de la Marina de los Estados Unidos, y le instó a regresar a casa.  Irving rechazó la oferta, optando por quedarse en Inglaterra para seguir una carrera de escritor .


     En la primavera de 1819, Irving envió a su hermano Ebenezer, en Nueva York, una serie de prosas breves que le pidió fueran publicadas como, “El Libro de Apuntes de Geoffrey Crayon, Caballero.” La primera entrega, la cual contenía, “Rip Van Winkle,” fue un enorme éxito, y el resto de la obra también sería igualmente un éxito. Fue publicada en 1819-1820 en siete entregas en Nueva York, y en dos volúmenes en Londres. “La Leyenda de Sleepy Hollow,” aparecería en la sexta entrega de la edición de Nueva York, y el segundo volumen de la edición de Londres.

     Al igual que muchos autores de éxito de esta época, Irving luchó contra los contrabandistas literarios. En Inglaterra, algunos de sus bocetos fueron reimpresos en periódicos sin su permiso, una práctica legal ya que no había ninguna ley internacional de derechos de autor en el momento. Para evitar más piratería en Gran Bretaña, Irving pagó para que las primeras cuatro entregas estadounidenses, fueran publicadas en un solo volumen, por John Miller en Londres. Irving apeló a Walter Scott en busca de ayuda para la adquisición de un editor de mayor confianza para el resto del libro. Scott le refirió a Irving su propio editor, de la poderosa casa editora de Londres, John Murray, quien accedió tomando el libro bajo el nombre de, El Libro de Apuntes. A partir de entonces, Irving publicaría simultáneamente en Estados Unidos y Gran Bretaña para proteger sus derechos de autor, siendo Murray su editor Inglés de elección.


     La reputación de Irving se disparó, y durante los siguientes dos años, llevando una vida social activa en París y Gran Bretaña, donde fue agasajado con frecuencia como una anormalidad de la literatura: Un americano recién llegado que se atrevió a escribir buen Inglés.

Bracebridge Hall y Cuentos de un Viajero

     Mientras que Irving y su editor John Murray estaban ansiosos por dar seguimiento al éxito de, “El Libro de Apuntes,” Irving pasó gran parte del año de 1821 viajando por Europa en busca de nuevo material, leyendo mucho en los cuentos populares de Holanda y Alemania. Obstaculizado por las trabas a los escritores, y deprimido por la muerte de su hermano William, Irving trabajó lentamente, y finalmente, entregó un manuscrito completo a Murray, en marzo de 1822. El libro, Bracebridge Hall, o Los Humoristas, Un Popurrí, cuya ambientación se ubica aproximadamente en la mansión,  Aston Hall, ocupada por miembros de la familia Bracebridge, cerca de la casa de su hermana, en Birmingham, fue publicado en junio 1822.


     El formato de este libro, “Bracebridge,” fue similar al de, “El Libro de Apuntes,” con Irving, como Crayon, narrando una serie de más de medio centenar de cuentos y ensayos cortos vagamente conectados. Aunque algunos críticos pensaron que Bracebridge era una imitación menor del, “Libro de Apuntes,”  el libro fue bien recibido por los lectores y críticos. “Hemos recibido tanto placer de este libro,” escribió el crítico Francis Jeffrey en el Edinburgh Review, “que nos sentimos obligados en agradecimiento ... a hacer un reconocimiento público del mismo.” Irving se sintió relajado en su recepción, lo que hizo mucho para cimentar su reputación con los lectores europeos.


     Todavía luchando contra un obstáculo de escritores, Irving viajó a Alemania, estableciéndose en Dresden, en el invierno de 1822. Aquí Irving deslumbró a la familia real, y se unió a la señora Amelia Foster, una estadounidense que vivía en Dresden con sus cinco hijos. Irving se sintió particularmente atraído a Emily, la hija de 18 años de edad de la señora Foster, y compitió en frustración por la mano de ella. Emily finalmente rechazó su propuesta de matrimonio, en la primavera de 1823.


     Irving regresó a París y comenzó a colaborar con el dramaturgo John Howard Payne en las traducciones de obras francesas para el escenario Inglés, con poco éxito. También aprendió a través de Payne, que la novelista Mary Wollstonecraft Shelley estaba románticamente interesada en él, aunque Irving nunca se buscó a la relación.

     En agosto de 1824, Irving publicó la colección de ensayos, Cuentos de un Viajero, incluyendo el cuento, “El Diablo y Tom Walker,” bajo su personaje de Geoffrey Crayon. “Creo que hay en allí algunas de las mejores cosas que he escrito,” Irving le dijo a su hermana.  Sin embargo, mientras que el libro se vendió respetablemente, “Cuentos de un Viajero” fue rechazado por los críticos, quienes criticaron tanto al libro como a su autor. “El público debe ser guiado a esperar cosas mejores,” escribió la, United States Literary Gazette, mientras que el, New York-Mirror, declaró que Irving estaba “sobrevalorado.”  Herido y deprimido por la recepción del libro, Irving se retiró a París, donde pasó el siguiente año preocupado por las finanzas, y anotando ideas de proyectos que nunca se materializaron.

Libros Españoles
     Mientras estuvo en París, Irving recibió una carta de Alexander Colina Everett, el 30 de enero de 1826. Everett, quien recientemente había sido nombrado ministro estadounidense en España, instó a Irving a unirse a él en Madrid,  señalando que una serie de manuscritos que trataban sobre la conquista española de las Américas, recientemente se había hecho público. Irving fue a Madrid y con gran entusiasmo, comenzó recorriendo los archivos españoles con el fin de ver el material colorido.
     Con total acceso a la masiva biblioteca de historia española del cónsul estadounidense, Irving comenzó a trabajar en varios libros a la vez. El primer fruto de este arduo trabajo fue, “Una Historia de la Vida y Viajes de Cristóbal Colón,” publicada en enero de 1828. El libro fue muy popular en los Estados Unidos y en Europa, y tendría 175 ediciones publicadas hasta antes del fin de siglo. También fue el primer proyecto de Irving, que se publicaría con su propio nombre, en lugar de un seudónimo, en la portada. Irving fue invitado a quedarse en el palacio del duque de Gor, quien le dio acceso sin restricciones a su biblioteca, la cual contenía muchos manuscritos medievales. “Crónica de la Conquista de Granada,” se publicó un año más tarde,  seguido por, “Viajes y Descubrimientos de los Compañeros de Colón,” en 1831.
     Los escritos de Irving sobre Colón, son una mezcla de historia y ficción, un género que es llamado hoy, historia romántica. Irving los basó en una amplia investigación en los archivos españoles, pero también añade elementos imaginativos dirigidos a afilar la historia. La primera de estas obras es la fuente del mito duradero, que los europeos medievales creían que la Tierra era plana.
     En 1829, Irving se mudó a un antiguo palacio de Granada, La Alhambra, “decidido a quedarse aquí,” dijo, “hasta que consiga algunos escritos en curso relacionado con el lugar.”  Antes de que pudiera obtener cualquier escrito significativo, en marcha, sin embargo, fue notificado de su nombramiento como Secretario de la Legación de Estados Unidos, en Londres. Preocupado, sintió que iba a decepcionar a sus amigos y familiares si se negaba la posición, Irving abandonó España, para irse a Inglaterra en julio 1829.

Secretario de la Legación de Estados Unidos, en Londres.

     Al llegar a Londres, Irving se unió al personal del ministro norteamericano Louis McLane. McLane asigna inmediatamente el trabajo de la secretaria diaria a otro hombre, y asigna a Irving el papel de ayudante de campo. Los dos trabajaron durante el próximo año, para negociar un acuerdo comercial entre Estados Unidos y la Indias Orientales Britanicas, llegando finalmente a un acuerdo en agosto de 1830. Ese mismo año, Irving fue galardonado con una medalla de la Real Sociedad de Literatura, seguido de un honorario doctorado en derecho civil de Oxford en 1831.


     Tras el recuerdo de McLane a los Estados Unidos en 1831 para servir como secretario de Hacienda, Irving se quedó como encargado de negocios de la legación hasta la llegada de Martin Van Buren, nominado por el presidente Andrew Jackson por ministro británico. Con Van Buren en su lugar, Irving renunció a su cargo para concentrarse en la escritura, completando finalmente Cuentos de la Alhambra, que se publicó simultáneamente en los Estados Unidos e Inglaterra en 1832.


     Irving todavía estaba en Londres cuando Van Buren recibió la noticia de que el Senado de Estados Unidos se había negado a confirmarlo como el nuevo ministro. Consolando a Van Buren, Irving predijo que el movimiento partisano del Senado sería contraproducente. “No me sorprendería,” dijo Irving, “si esta votación del Senado va más hacia elevándolo a la silla presidencial.”


Retorno a América

     Washington Irving llegó a Nueva York, después de diecisiete años en el extranjero, el 21 de mayo de 1832. Ese septiembre, Irving acompañó al Comisionado de Asuntos Indígenas de Estados Unidos, Henry Leavitt Ellsworth, junto con los compañeros de Charles La Trobe y el conde Albert-Alexandre de Pourtales, en una misión de topografía en lo profundo del territorio indio. A la conclusión de su gira al oeste, Irving viajó a través de Washington, DC, y Baltimore, donde entró en contacto con el político y novelista, John Pendleton Kennedy.


     Frustrado por malas inversiones, Irving volvió a escribir para generar ingresos adicionales, comenzando con, “Un Viaje por las Praderas,” una obra que relaciona sus recientes viajes en la frontera. El libro fue un éxito popular más y también el primer libro escrito y publicado por Irving en los Estados Unidos desde “Una Historia de Nueva York,” en 1809. En 1834, se le acercó el magnate de la piel, John Jacob Astor, quien convenció a Irving para escribir una historia de su colonia poblacional de comercio de pieles, en el noroeste de América, ahora conocida como, Astoria, Oregon. Irving hizo un trabajo rápido, del proyecto de Astor, enviando el adulador relato biográfico, titulado, Astoria en febrero de 1836.  En 1835, Irving, Astor ,y algunos otros fundaron la Sociedad de San Nicolás en la ciudad de Nueva York.


     Durante una estancia prolongada en el Astoria, Irving se reunió con el explorador Benjamin Bonneville, quien intrigó a Irving con sus mapas e historias de los territorios, más allá de las Montañas Rocosas. Cuando los dos se reunieron, en Washington, DC, varios meses después, Bonneville optó por vender sus mapas y notas de apuntes a Irving, por $ 1.000.  Irving utilizó estos materiales como base para su libro de 1837, Las aventuras del Capitán Bonneville.

Estas tres obras componen la serie de libros, “Oeste” de Irving, y fueron escritas en parte como respuesta a las críticas de que su tiempo en Inglaterra y España donde lo había considerado más europeo que americano. En la mente de algunos críticos, en especial James Fenimore Cooper, y Philip Freneau, Irving había dado la espalda a su herencia de los Estados Unidos, en favor de la aristocracia Inglésa.  Los libros del Oeste de Irving, en particular, “Un Viaje a las Praderas,” fueron bien recibidos en los Estados Unidos, aunque los críticos británicos acusaron a Irving de "Un Fabricante de Libros.”


     En 1835, Irving compró una “cabaña abandonada” y sus alrededores, frente al río que rodea en Tarrytown, Nueva York. La casa, que él nombró Sunnyside en 1841,  requeriría reparación y renovación constante en los próximos veinte años. Con los costos de Sunnyside escalando, Irving aceptó de mala gana en 1839, en convertirse en un colaborador habitual de la revista, The Knickerbocker, escribiendo nuevos ensayos y cuentos bajo los seudónimos Knickerbocker y Craynon.


     Fue abordado regularmente por jóvenes aspirantes a autores, en busca de asesoramiento o respaldo, incluyendo a Edgar Allan Poe, quien buscó los comentarios de Irving en “William Wilson” y “La Caída de la Casa Usher.” Irving también defendió la literatura madura de los Estados Unidos, abogando por leyes fuertes de derechos de autor, con el fin de proteger a los escritores de la clase de piratería que había sido inicialmente infestada, en el, “El Libro de los Apuntes.” Escribiendo en la edición de enero 1840, de Knickerbocker, Irving apoyó abiertamente la legislación de derechos de autor en trámite en el Congreso de Estados Unidos. “Tenemos una joven literatura,” escribió, “que diariamente salta desdoblándose con maravillosa energía y exuberancia, que ... se merece todo nuestro cuidado de fomentar.” La legislación no pasó.  En 1841, Irving fue elegido en la Academia Nacional de Diseño, como Académico de Honor.


     Irving en esta época también comenzó una correspondencia amistosa con el escritor Inglés, Charles Dickens, y fue anfitrión del autor y su esposa en Sunnyside, durante la gira americana de Dickens, en 1842.

Ministro de España.

     En 1842, después su ratificación, por el secretario de Estado, Daniel Webster, el presidente John Tyler, nombró a Irving como Ministro de España. Irving estaba sorprendido y honrado, escribiendo, “Va a ser una dura prueba el ausentarme por un tiempo de mi querida pequeña Sunnyside, pero voy a volver a ella mejor capacitado, para llevarla cómodamente allí.”


     Mientras que Irving esperaba que su posición como ministro, le permitiera el suficiente tiempo para escribir, España estuvo en un estado de agitación política perpetua durante la mayor parte de su mandato, con un número de facciones en guerra que competían por el control de la monarca de doce años de edad, la Reina Isabel II. Irving mantuvo buenas relaciones con los diversos generales y políticos, mientras el control de España giró en torno a Espartero, Bravo, y después Narváez. Sin embargo, la política y la guerra fueron extenuantes, e Irving, lleno de nostalgia y con el sufrimiento de una piel inflamada, se fue sintiendo rápidamente desalentado:

“Me siento abrumado y a veces adolorido de las políticas miserables de este país. . . . Los últimos diez o doce años de mi vida, los he pasado entre los sórdidos especuladores de los Estados Unidos, y aventureros políticos en España, quienes me han mostrado mucho del lado oscuro de la naturaleza humana, a tal grado que empiezo a tener dudas dolorosas de mi prójimo; y miro hacia atrás con pesar, al tranquilo período de mi carrera literaria, cuando, siendo pobre como una rata, sin embargo era  rico en sueños: Yo veía el mundo a través del tamiz de mi imaginación, y era propenso a creer que los hombres eran tan buenos como yo deseaba que fueran."


     Con la situación política en España relativamente resuelta, Irving siguió vigilando de cerca el desarrollo del nuevo gobierno y el destino de Isabela. Sus funciones oficiales como Ministro Español también involucraban el negociar los intereses comerciales estadounidenses con Cuba, y después debates en el parlamento español sobre el comercio de esclavos. También Irving fue presionado al servicio, por el Ministro Estadounidense ante la Corte de St. James en Londres, Louis McLane, para ayudar en las negociaciones del desacuerdo anglo-estadounidense sobre la frontera de Oregon, que el recién elegido presidente James K. Polk, se había comprometido a resolver.
Años Finales y Muerte.

   Al regresar de España en 1846, Irving fijó su residencia permanente en Sunnyside y comenzó a trabajar en, “Edición Revisada de Autor,” de una de sus obras para el editor, George Palmer Putnam. Para su publicación, Irving había hecho un acuerdo que le garantiza el 12 por ciento del precio de venta de todos los ejemplares vendidos. Tal acuerdo no tenía precedentes en esa época. A la muerte de John Jacob Astor, en 1848, Irving fue contratado como albacea de la herencia de Astor y nombrados, por la voluntad de Astor, como el primer presidente de la biblioteca Astor, un precursor de la Biblioteca Pública de Nueva York.

     Mientras revisaba sus más importantes obras para Putnam, Irving continuó escribiendo con regularidad, publicando biografías del escritor y poeta, Oliver Goldsmith, en 1849, y en 1850 Irving trabajo sobre el profeta islámico Mahoma. En 1855, produjo, El Gallinero de Wolfert, una colección de cuentos y ensayos que había escrito originalmente para, The Knickerbocker y otras publicaciones, y comenzó a publicar, en intervalos, una biografía de su tocayo, George Washington, una obra que se esperaba, fuera su obra maestra. Cinco volúmenes de la biografía de Washington se publicaron entre 1855 y 1859.  Irving viajaba regularmente a Mount Vernon y Washington, DC, para su investigación, y entabló amistad con los Presidentes, Millard Fillmore, y Franklin Pierce.

     Irving continuó socializando y manteniéndose al día con su correspondencia bien en sus años setenta, y su fama y popularidad continuó aumentando. “No creo que cualquier hombre, en cualquier país, ha tenido alguna vez una admiración más cariñoso para él, como la que tuvo usted en los Estados Unidos,” escribió el senador William C. Preston en una carta a Irving. “Creo que hemos tenido, sin embargo un hombre que está tanto en el corazón popular.”  En 1859, el autor Oliver Wendell Holmes señaló que Sunnyside, se había convertido, “al lado de Mount Vernon, en la más conocida y más preciada de todas las viviendas en nuestra tierra.”

     En la noche del 28 de noviembre de 1859, a las 9:00 pm, sólo ocho meses después de completar el volumen final de su biografía de Washington, Washington Irving murió de un ataque al corazón, en su dormitorio en Sunnyside, a la edad de 76. La leyenda cuenta que sus últimas palabras fueron: “Bueno, tengo que arreglar mis almohadas para otra noche más. ¿Cuándo terminará esto?” Fue enterrado bajo una lápida sencilla en el cementerio de Sleepy Hollow, el 1 de diciembre de 1859.

     Irving y su tumba fueron conmemorados por Henry Wadsworth Longfellow, en su poema de 1876, “En el Cementerio en Tarrytown,” que concluye con:

“¡Qué dulce era la vida suya; que dulce una muerte!

Remolcar con regocijo las horas cansadas,

O con cuentos románticos, el corazón compartir;

Morir, para dejar una memoria como un aliento

De veranos llenos de sol y de lluvias,

Una pena y alegría en la atmósfera.”

Legado

Reputación Literaria

     A Irving se le atribuye, en gran medida, ser el primer hombre norteamericano de Letras, y el primero en ganarse la vida únicamente con su pluma. Elogiando a Irving ante, La Sociedad Histórica de Massachusetts, en diciembre de 1859, su amigo, el poeta Henry Wadsworth Longfellow, reconoció el papel de Irving en la promoción de la literatura norteamericana: “Sentimos un justo orgullo por su fama como autor, sin olvidar que, a sus otros derechos sobre nuestra gratitud, se añade también el de haber sido el primero en ganar, para nuestro país, un buen nombre y posición en la historia de las letras.”

     Irving perfeccionó el cuento americano, y fue el primer escritor estadounidense en colocar firmemente sus historias en los Estados Unidos, así como tomar del folclore alemán y holandés. También se le acredita generalmente como uno de los primeros en escribir tanto en la lengua vernácula, y sin la obligación moral o didáctica en sus cuentos, escribiendo historias, simplemente para entretener más que para educar. Irving también alentó a quienes serian posiblemente escritores. Tal como George William Curtis señaló, “no hay algún joven aspirante a la literatura en el país, que, si alguna vez se reunió personalmente con Irving, no escuchó de él, las palabras más amables de simpatía, respeto, y el aliento.”

     Algunos críticos, sin embargo, entre ellos Edgar Allan Poe, sentían que, aunque a Irving se le debía dar crédito por ser un innovador, su propia escritura era a menudo poco sofisticada. “Irving está muy sobrevalorado,” Poe escribió en 1838, “y una buena distinción puede hacerse entre su justo, y su subrepticia y adventicia reputación, entre lo que es debido al pionero exclusivamente, y lo que es al escritor.”  Un crítico para el, New-York Mirror, escribió: “Ningún hombre en la República de las Letras ha sido más sobrevalorado que el señor Washington Irving.” Algunos críticos señalaron especialmente que Irving, a pesar de ser un norteamericano, se ocuparon de alimentar sensibilidad británica y , como un crítico señaló, escribió, “para y debido a Inglaterra, en lugar de su propio país.”

     Otros críticos se inclinan a ser más tolerantes del estilo de Irving. William Makepeace Thackeray, fue el primero en referirse a Irving como el, “embajador del nuevo mundo de las letras enviado al Viejo Mundo,” una pancarta elegida por escritores y críticos a lo largo de los siglos 19 y 20. “Él es el primero de los humoristas estadounidenses, ya que es casi el primero de los escritores estadounidenses,” escribió el crítico H.R. Hawless, en 1881, “y aún perteneciendo al Nuevo Mundo, hay un pintoresco sabor del Viejo Mundo acerca de él.”

     Los primeros críticos a menudo tenían dificultades para separar a Irving el hombre de Irving el escritor, “La vida de Washington Irving fue uno de los más brillantes jamás liderado por un autor,” escribió Richard Henry Stoddard, uno de los primeros biógrafos de Irving, pero con el transcurrir de los años, y la celebridad y personalidad de Irving desvaneciéndose hasta el segundo plano, los críticos a menudo comenzaron a revisar sus escritos como puro estilo, sin sustancia. “El hombre no tenía un mensaje,” dijo el crítico Barrett Wendell. Sin embargo, los críticos reconocieron que a pesar de la falta de temas sofisticados en Irving, el biógrafo de Irving, Stanley T. Williams, pudo haber sido mordaz en su valoración sobre la obra de Irving. La mayoría acordó que escribió elegantemente.

Impacto en la Cultura Norteamericana

     Irving popularizó el apodo de “Gotham,” para la ciudad de Nueva York, más tarde usado en los cómics y películas de Batman, como el nombre de la, Ciudad de Gotham, y se le atribuye la invención de la expresión, “el todopoderoso dólar.”

El apellido de su historiador holandés, Diedrich Knickerbocker, se asocia generalmente con Nueva York y los neoyorquinos, y todavía se puede ver a través de los jerseys del equipo de baloncesto profesional de Nueva York, aunque en su forma más familiar, abreviado, leyendo simplemente Knicks. En Bushwick, Brooklyn, un barrio de la ciudad de Nueva York, hay dos calles paralelas, de nombre Irving Avenue y Knickerbocker Avenue; estas últimas constituyen el núcleo de la zona comercial de la zona.

     Una de las contribuciones más duraderas de Irving a la cultura americana está en la forma en que los estadounidenses perciben y celebran la Navidad. En sus revisiones de 1812 de, “Una Historia de Nueva York,” Irving inserta una secuencia de ensueño donde aparece San Nicolás de Bari, quien se eleva sobre las copas de los árboles, en un carruaje volador, una creación que otros más tarde disfrazarían de Papá Noel. 



     En sus cinco cuentos de Navidad en el “Libro de Apuntes,” Irving describió una celebración idealizada de costumbres navideñas pasadas de moda en una pintoresca casa solariega Inglesa, donde representó armoniosas y cálidas fiestas inglesas navideñas de buen corazón que experimentó durante su estancia en Aston Hall, Birmingham, Inglaterra, que habían sido por mucho tiempo abandonadas. Utilizó textos tales como, “La Reivindicación de la Navidad,” (Londres 1652), de antiguas tradiciones Inglesas de Navidad, que había transcrito en su diario como formato para sus historias. El libro contribuyó a la recuperación y reinterpretación de las Fiestas Navideñas en los Estados Unidos.

     En su biografía de Cristóbal Colón, Irving introdujo la errónea idea de que los europeos creían que el mundo era plano antes del descubrimiento del Nuevo Mundo. Tomado de Irving, el mito de la tierra plana ha sido enseñado como un hecho a muchas generaciones de norteamericanos.

     El pintor norteamericano John Quidor basó muchas de sus pinturas en escenas de las obras de Irving, sobre el Nueva York Holandés, incluyendo las pinturas de “Ichabod Crane Huyendo del Jinete Sin Cabeza,” 1828, “El Regreso de Rip Van Winkle,” 1849, y “El Jinete Sin cabeza Persiguiendo a Ichabod Crane,” 1858. (Wikipedia en Ingles.)       
Desposado con la Muerte
de Washington Irving
     La posada “Al Buen Sediento” estaba totalmente llena, a pesar de que se había pasado la hora de cerrar. Allí estaban los inseparables amigos Gottfried Wolfgang, y André Leclerc, discutiendo acaloradamente: “¡Eres un loco Gottfried! ¡Cásate con mi prima y lárgate de aquí, en cuanto antes con ella!” Gottfried dijo, “¿Casarme en estos tiempos? ¡Ni loco amigo!” Eran estudiantes de la Universidad que en estos momentos estaba suspendida. André dijo, “Escúcha muchacho, aquí los estudios se acabaron. ¿Quién va a clases si hay que oír al ciudadano Robespierre?” La revolución había estallado en su máximo furor, y el terror había llegado a todo Francia.  André dijo, “¿Quién ahora tiene segura la cabeza entre sus hombros? ¡Ni tú, Gottfried, que eres alemán!” Gottfried dijo, “Yo no me meto en política.” Pero André le dijo, “Ya sabes que no se necesita que sea verdad. Basta con que alguien siga y te denuncie al comité de Salud Pública. Por eso para evitarte mayores complicaciones, ¡Cásate y vete!” Gottfried le dijo, “Pero, ¿Qué no sabes las últimas novedades? ¡No se puede salir de Francia!¡Ni siquiera de Paris! Quien lo intenta, es tomado por sospechoso, y sin más, lo remiten a la conserjería. Yo como extranjero, menos pueda ahora dejar el país. Y bien, en cuanto al asunto del casorio…” André dijo, “No sabía yo que las cosas estuvieran así para los de afuera.” Gottfried dijo, “Gabrielle me gusta. Sí la quiero…pero casarme…” André dijo, “La pobre te ama como una loca.” Gottfried dijo, “Atiende, me casaría, pero no como están las cosas. ¡No hay seguridad de nada!” André dijo, “Es cierto…” Gottfried dijo, “Hasta ahora me han dejado en paz los ‘Sansculottes’ pero, ¿Mañana será igual?” André dijo, “Nadie sabe lo que pueda pensar Robespierre…”
     En ese momento, unos golpes dados a la puerta, hicieron que todos callaran y miraran hacia la puerta. André dijo, “¡Diablos! Es la contraseña, pero…” El posadero inmediatamente cubrió las luces con unas telas adecuadas, y dijo, “¡Shiittt!¡No hablen o estaremos todos perdidos!¡Pueden ser los ‘Sansculottes!’” Luego, con una sola vela en la mano, se acercó a la puerta, y dijo, “¿Quién llama?¡Y ya no es hora de servir a nadie!¡Lárguese a otra parte!”  Del otro lado de la puerta, se escuchó, “Papá Niceto, soy yo, Marcel, ‘El Sapo’” El posadero dijo, “Las asambleas prohibieron las asambleas y más de noche!” Del otro lado se escuchó, “Yo solo vine a dormir, ¡Me caigo de sueño!” Aquellas frases contestadas en tono lastimero, era una contraseña, que estaba convenida entre ellos. El posadero dijo, “Espera, ahora abro!” Todos allí eran gente de humilde cuna, gente de pueblo, pero que ya no se sentía segura entre los suyos. Al abrir la puerta, el posadero dijo, “Es Marcel. ¡Pero aún no descubran las luces!” Una ola de terror sacudía a todos. Nadie se sentía seguro. El posadero lo hizo entrar, diciendo, “¿Estás seguro que nadie te sigue?” Marcel dijo, “Ya sabes que soy precavido. En la calle no hay nadie, por ahora.” Cuando se consideraron seguros, descubrieron las luces. Un hombre dijo, “¿Por qué viniste tan tarde ‘Sapo’?”  Marcel dijo, “¡Me persiguieron!¡Tuve que esconderme en las cañerías!” Todos los presentes lo oían. Sin querer se estremecieron al pensar que ellos mismos podían ser los perseguidos. El hombre le dijo, “¿Porqué? ¿Qué hiciste?” Marcel dijo, “Estaba hablando con Tomas de Colette, en su casa.” Marcel temblaba. En su cara, aún se notaba el pánico sufrido, y dijo, “Cuando llamaron a la puerta…¡Aquel modo de llamar no me gusto nada! Y fue peor cuando hablaron…”
     Marcel empezó a relatar la escena: “No me cupo la menor duda que mi amigo estaba perdido, y yo también si llegaban a agarrarme. Le dije, ‘¡No abras!¡Vámonos de aquí!’ Tomás me dijo, ‘P-pero, ¿Yo que hecho?’De un manotazo apagamos la vela y nos dirigimos a la ventana, mientras arreciaban los golpes. ‘¡Ciudadano Tomas Durand, abre o derribamos la puerta!’ Yo dijo, ‘¡Pronto, pronto, vámonos!’ Salimos a la cornisa, ¡Dios!¡Pero jamás en mi vida he sentido tanto miedo como hace rato!¡Aún tiemblo! Yo tenía una vaga idea de huir por los tejados. Dije a Tomás, ‘Luego caeremos a otra calle…dudo que esos sanculottes nos sigan por aquí.’ Pero no contamos con las mujeres esas famosas viudas de la Guillotina que salen de donde menos se espera uno. Una de ellas gritó, ‘¡Ahí van los aristócratas!¡Los perros traidores!’ Aquellos gritos nos pudieron alas. El pánico se apoderó de nosotros.’ Entonces le dije, ‘Si seguimos por la azoteas nos irán denunciando!¡Salta a la calle!’ No puedo explicarles como lo hicimos, pero del teclado caímos a un balcón. No temimos desbarrancarnos. Temíamos a los Sansculottes. Pero vino la de malas. Tomás al llegar a la calle, se lastimó el pie. Lo ayudé a ponerse en pie. El infeliz gemía de dolor. Decía, ‘¡No puedo!¡Es imposible seguir! Yo le dije, ‘¡Vamos a casa del ‘Ratón!’ ¡Ahí nos ocultaremos!’No fuimos muy lejos. Los gritos de esas brujas malditas guiando a nuestros perseguidores, llegaron hasta nosotros. 
     Escuché sus gritos, ‘¡Por ahí van! ¡Los alcancé a ver a través del balcón!’Tomás me dijo, ‘¡Sálvate Marcel!¡Escapa tú que puedes! Tú con los amigos quizá puedas sacarme de la conserjería. ¡Vete, vete!’ Le dije, ‘Pero no puedo dejarte así!’ Él me dijo, ‘Vete si no quieres que te apresen a ti también y entonces nada podrá salvarnos!’ Comprendí que tenía razón, además, si íbamos con el ‘Ratón’ también podríamos comprometerlo. Mientras huía, solamente alcancé a escuchar, ‘¡Ahí está uno!’ ‘¡Y allá va otro!’Me dispararon pero afortunadamente su puntería no fue tan buena como su voluntad. Oí sus pasos tras de mí, pero ahora al menos sabia que sus armas estaban descargadas. No sé qué ángel bueno me dio la idea de que levantara una losa y me metiera a una atarjea. Pensé, ‘¡Sólo necesito unos segundos!¡No más!’ Sintiendo que el corazón se me quería escapar por las boca, los oí pasar sobre mi cabeza, diciendo, ‘¡Debe haberse metido en alguna parte!¡No puede haber desaparecido en el aire!’ ‘Busquemos bien!’Casi no me atreví a respirar ¡Y les juro que no me di cuenta de la peste que allí reinaba! Pensé, ‘¿Se habrán ido?¡Cómo me gustaría saberlo!’ No puedo decir cuánto tiempo pasé allí. Para mí que fueron siglos, hasta que dije en mi mente, ‘No oigo nada.’ Al fin salí. La calle estaba solitaria, y ya no se oía ninguna voz. Pensé, ‘¡Se fueron! Con seguridad se cansaron de buscarme inútilmente.’ No me quise arriesgar. Me metí en el callejón que me resultó más próximo. Pensé, ‘¡Pobre Tomás! A ese si que lo agarraron sin mucho esfuerzo.’
     Marcel, “El Sapo” terminó el relato. Otro estudiante le hizo más preguntas.  “¿Estás seguro de que a Tomás se lo llevaron a la conserjería?” Marcel dijo, “¿Y a qué otro lugar si no?” El joven preguntó, “Es cierto que allí se llena y se vacía casi todos los días.” Marcel dijo, “¡Como que la guillotina no descansa mas que de noche!¡Y a veces ni eso!” Todos los allí presentes eran estudiantes de una universidad. Era una hermandad que aún no se rompía. Un estudiante dijo, “¿Quién lo habrá denunciado y de qué?” Marcel dijo, “Eso, ¿De qué? Lo más fácil es decir que es enemigo de la Asamblea.” El estudiante dijo, “O que ha jurado matar al ciudadano Robespierre.” Marcel dijo, “¡Lo que sea! Sabemos de sobra cuál sería la sentencia, ¡La Guillotina!” Gottfried dijo, “Perdonen que me meta en sus cosas pero, ¿Puedo dar una opinión?” El estudiante dijo, “¡Claro! Ya sabes que, aquí entre nosotros, nadie te considera extraño, ni menos extranjero.” Gottfried no quería herir el orgullo de sus compañeros, dando una opinión que fuera contraria. Los apreciaba a todos, y dijo, “Lo de la denuncia debemos olvidarla. Saber en qué consiste no ayuda en nada.” Un estudiante dijo, “Es cierto. El tudesco tiene razón.” Gottfried dijo, “Lo que debemos pensar es como salvarlo de la conserjería.” André dijo, “¿Estás soñando compadre? ¡Nadie sale de ahí si no es para hacer el último viaje!” André agregó, “Me han dicho que para salvar al delfín, hijo del difunto Luis XVI, se hicieron fuertes conjuras.” Marcel dijo, “Es me han dicho a mí, pero todas fallaron.” Gottfried dijo, “Tengo una idea, es peligrosa, pero se podría intentar para salvar a tomas que confía en nosotros.” André dijo, “Compadre, tu cabeza boluda tiene ideas que no a todos se nos ocurren. ¡Échala Afuera!” Gottfried bajó la voz. Todos se acercaron para no perder palabra. “Mañana iremos a la asamblea del comité de salud pública y oiremos lo que se dice.” André dijo, “Es fácil.” Gottfried dijo, “Con lo que sea, sabremos la hora que lo sacaran de allí, y es cuando podremos intervenir.”
     Al día siguiente se mezclaron con la gente que se encaminaba al edificio donde se celebraban los juicios. Uno entre la muchedumbre gritaba, “¡Mueran los aristócratas!¡Mueran los enemigos del pueblo!” Otro gritaba, “¡A la guillotina con todos ellos!” Los estudiantes, André y Gottfried entraron agolpadamente entre os hombres y mujeres que gustaban de aquel espectáculo. Uno de la muchedumbre, gritaba frenéticamente, “¡Ja, Ja, Ja!¡Cómo me divierte ver esos cuerpos sin cabeza!¡Parecen pollos listos para ir al horno!¡Ja, Ja, Ja!” Poco después, Gottfried y André estaban acomodados en la galería. Gottfried pensó, “Me da la impresión de que todos estos son como perros rabiosos.” Gottfried había visto caer la cabeza del que fuera Luis XVI, así como la de María Antonieta. Gottfried pensaba, “Odiaban el sistema político…No me gustó que hicieran esas cosas, pero tenían una justificación.” Aquellas ideas tenía que guardárselas muy adentro, pues de externarlas, corría el peligro de subir al patíbulo. Gottfried siguió pensando, “Necesitaban cortar de tajo la posibilidad de que volviera la monarquía. Pero ahora como están las cosas ¡No hay justificación alguna!¡Ya no hay aristócratas que perseguir!¡Ahora son los de ellos mismos, sus compañeros de lucha, los iniciadores del movimiento, los que mueren!”
     Al mismo tiempo, allá en la conserjería, los prisioneros solo esperaban el momento de ser llamados a juicio. Allí estaba Tomás, atendida por otra prisionera, quien le decía, “Me llamo Claudia Silvester…mi padre llevaba legumbres al palacio del conde Provenza.” Tomas le dijo, “¿Y eso es delito?” Claudia dijo, “Ahora sí, dicen que éramos traidores a la causa del pueblo; que alimentábamos a los aristócratas.” La infeliz joven contaba su historia con voz apagada: “¿Y a quién podíamos vender lo que sembrábamos? Teníamos un puesto en el mercado…de allí se llevaron a mi padre.” Claudia ya no lloraba. Había visto morir a su padre y a su madre días atrás en la guillotina. “Mi hermano, pero yo deseaba despedirme de mis padres. ¡No me importaba morir con ellos! Mi hermano se fue…y también eso va en contra mía, pues no sé a dónde pudo haber ido.” Tomás dijo, “Pero usted, ¿Qué mal puede hacer a la republica?” 
     Claudia dijo, “No sé. Allí, cuando estaba viendo subir al patíbulo a mis padres, alguien me reconoció y me denuncio.” Tomás dijo, “¡Los Miserables!” Ella le dijo, “Me detuvieron y me trajeron aquí. Así es mejor. Pronto me reuniré con ellos. No quiero vivir.” Tomás dijo, “¡Lo lamento! No sé qué decirle.” La noche anterior Tomás había sido arrojado sin miramientos, por sus captores, a esa enorme sala prisión. Tomás le dijo, “Ya, ya deje mi pie. Al fin y al cabo pronto dejaré de padecer también.” Ella le dijo, “Quizá hagamos el viaje juntos.” Tomas le preguntó, “Pero, ¿No tiene miedo a morir?” Ella dijo, “No, sé que hay un Dios que pronto castigará tantos y tantos crímenes.” Tenía solo 21 años, pero la vida había sido dura con ella y no le guardaba ya ninguna ilusión. Claudia dijo, “Quisiera que fuera ahora mismo. Sí, ahora. Tengo miedo de vivir entre tanto canalla.” Tomás dijo, “¡Por favor calle!¡Que pueden oírla!” Ella dijo, “¿Qué más pueden hacerme que quitarme la vida? Si me quieren oír, que me oigan.” Tomás le dijo, “Es cierto, pero, ¡No puedo acostumbrarme a ver la muerte tan de cerca!”
     En ese momento, oyeron que la reja se abría, y un escolta entraba al enorme calabozo. Claudia dijo, “¡Allí están otra vez esos carniceros!¡Vienen por más!” Efectivamente allí estaba un oficial con su escolta llamando a unos prisioneros. “Carlos Bocarat. Nicol Therier.” Todos sabían que iban a esa comedia que todos llamarían juicio, sin que tuvieran oportunidad de defenderse.  “Claudia Silvester. Tomás Durant. Felipe Courier…” Tomás hacia esfuerzos para poder caminar. Su pie estaba dislocado y caminar para él era un gran tormento. Una de la muchedumbre gritaba, “¡Crimen!¡Los tribunales del pueblo no tienen su tiempo!” Salieron a la calle donde los habitantes de Paris trataban de no verlos. No deseaban reconocer a nadie. Una mujer que iba a un lado de Claudia dijo, “¿Por qué a mí?¡Yo no he hecho nada!” Claudia le dijo, “¡Valor!¡No se desanime!” Tomas dijo, “Eso que pregunta ella, nos preguntamos todos. No he cometido ningún delito, y sin embargo…” Claudia dijo, “Ya no es tiempo de preguntarse nada, sino lo que será la muerte, y lo que habrá detrás de ella.”
     Ser pariente o conocido de un prisionero, era suficiente para ser encarcelado inmediatamente. Claudia dijo, “¿Será verdad que hay otra vida después de la muerte?” Tomas dijo, “Si fuera así, ¡No quisiera reunirme con estos malditos verdugos!” Como sus palabras habían sido dichas con voz baja, un soldado intervino, y empujó con su bayoneta a Tomás, diciendo, “¡Silencio!¡Está prohibido rezar!¡Dios ha muerto!¡Entiéndanlo!” Al fin llegaron al lugar en que estaban realizando los juicios. Entonces Tomás dijo en voz alta, “Esta es la antesala de la guillotina. ¿No sería más fácil terminar cuanto antes llevándonos allá directamente?” Un soldado gritó, “¡Silencio ciudadanos!” Aquel tribunal estaba compuesto por la escoria del pueblo de Paris y de hombres disfrazados como tales. Uno de los jueces gritó, “¡Que entre Claudia Silvester!” Entre el público estaban Gottfried y André. Gottfried dijo, “Hemos visto siete acusaciones…y siente sentencias de muerte.” Pronto la hermosa joven se vio frente a esos jueces nacidos en los barrios bajos de Paris. Uno de los jueces dijo en voz alta, “Ciudadana Silvester, se te acusa de ayudar a alimentar a los malditos aristócratas y causar el hambre del pueblo. Pero hay algo más…nos han dicho que eras amante del marqués de Villelene.” Claudia dijo, “Quien dijo tal cosa, ¡Miente!” El juez dijo, “Tu hermano Michel se ha ido a reunir con los traidores que esperan imponernos otra vez a un rey.” Claudia dijo, “No sé dónde está mi hermano.” El juez dijo, “Vistos tus delitos y tus disculpas que encontramos sin sentido, vamos a sentenciarte: Serás llevada a la plaza de la Greve, y allí el verdugo te arrancará la vida. ¡Que entre otro!” Unos soldados o guardianes de la república, se llevaron a la sentenciada. Uno de los soldados le dijo, “¡A ver si eres tan estirada cuando te veas frente a la guillotina!¡Camina!”
     Gottfried y sus amigos, estando entre la multitud, se quedaron callados cuando oyeron pronunciar el nombre de su amigo: “¡Que pase Tomas Durand!” Gottfried dijo, “Ahora sabremos de qué se le acusa.” Enseguida, Gottfried dijo a André, “Es mejor que vayas a prevenir a los que están en la plaza esperando. Ya sabes lo que hay que hacer.” André dijo, “Descuida. Haremos todo lo posible.” Mientras, Tomas era llevado ante los jueces, quienes sin perder tiempo, iniciaron el interrogatorio: “Tomas Durand, se te acusa de mantener amistad con un aristócrata, y haber conspirado con él.” Tomas dijo, “No conozco personalmente a ningún aristócrata.” El juez dijo, “¡Silencio!¡Hablaras cuando se te pregunte algo!¡Ahora solo se te dicen tus delitos contra la republica!” Tomas dijo, osadamente, “Si madamas va a acusarme sin escucharme, no es juicio, ¡Es una pantomima!” 
     Alguien de la multitud gritó, “¡A la guillotina!¡Que muera ese aristócrata disfrazado!” Los gritos desde la galería fueron terribles. No dejaron que los jueces prosiguieran con el juicio. Uno de la multitud gritaba, “¡Acabemos ya!¡Todos son culpables!¡Viva la Republica!¡Viva el ciudadano Robespierre!” Y en medio de aquella alegría, llena de gritos, maldiciones, y expresiones obscenas, el juez dictó la sentencia: “¡Que se lo lleven a la plaza de la Greve y el verdugo cumpla su deber!” Los gritos arreciaron cuando sacaban al sentenciado.  Uno de la multitud gritó, “¡Que lo dejen al último, para que vea a todos sus compañeros de traición, ser descabezados!¡Ja, Ja, Ja!” Otro gritó, “¡Así mueran todos los de su ralea!¡A la Greve!” Gottfried y André, también gritaban como poseídos. Deseaban poder salir sin llamar la atención. Gottfried gritaba, “¡Vamos a la Plaza!¡Quiero ver rodar su cabeza!” André gritaba, “¡Todos a la Greve!¡Quiero ver el final de éste miserable!” Entonces Gottfried gritó, “¡Que se acaben las contemplaciones!¡Abajo todos!”
     Al fin pudieron salir, pero afuera los esperaba otra parte de gente que deseaba entrar a la sala de juicios. Gottfried pensó, “¡Es a todos estos a los que deberían ajusticiar!¡Estos son los verdaderos asesinos!” Cuando se encontraron en una calleja casi solitaria, Gottfried lanzó el grito que los lanzó en plena carrera: “¡Corre!¡Ellos tienen libre la calle y nosotros no!” André dijo, “¡Así cargue el Diablo con todos esos miserables!” Allá en la fatídica plaza de la Greve, el espantoso instrumento de muerte esperaba más víctimas. Instaladas cómodamente, muchas mujeres sentadas en primera fila, sonreían satisfechas. Una de ellas dijo, “Tengo que decirlo…ninguna me causó tanta satisfacción al morir, que la austriaca.” 
     Esas mujeres eran bestias sedientas de sangre que lanzaban gritos de júbilo al ver rodar una nueva cabeza. Una mujer dijo, “¡Tan estirada! Tan orgullosa…¡Y quién la ve ahora!¡Toda llena de gusanos!” Otra dijo, “Ella nos miró como basuras…¡Sí, menos que eso! ¡No éramos nada ante sus ojos azules!¡La muy…!” Otra dijo, “Pues ésta basura, ¡La barrió a ella!¡Ja, Ja, Ja!” Súbitamente un grito las hizo enmudecer y mirar hacia el caminillo por donde llegaban las nuevas víctimas. Las seis personas sacadas de la prisión llegaban al patíbulo. Uno de los prisioneros dijo, “¡Ya, ya!¡Empieza verdugo!¡Que siga la función!” Un grupo grande de estudiantes, gritando rabiosamente contra los prisioneros, se lanzó como para destrozarlos. 
     Uno de ellos gritó, “¡A muerte!¡Son aristócratas disfrazados! ¡Son conspiradores contra la vida del ciudadano Robespierre!” Se inició una batalla campal. Los guardias trataban de defender a sus prisioneros. Uno de la muchedumbre gritó, “!A la guillotina!¡Que no escapen!” Y en medio de aquel forcejeo en que intervenía también el pueblo enfurecido, la carreta se volcó. Uno de los del pueblo gritó, “¡Fuera!¡Déjenos hacer justicia!¡Viva el pueblo de París!¡Abajo los opresores!” El zafarrancho era grande. Las grandes pasiones se liberaban, matándose los unos a los otros. Uno de los del pueblo, dijo a un prisionero, “¡Cerdo, asqueroso!¡Serás ejecutado!” El prisionero le dijo,   “¡Pero tú no lo veras maldito!”
     Los estudiantes, con una habilidad hija de una práctica  endemoniada, habían liberado a las víctimas. Uno de ellos gritó, “¡Corran antes de que se den cuenta de lo que ha sucedido!” Para facilitar los movimientos, cargaron a Tomás, que no podía correr.  Gottfried dijo a quienes lo cargaban, “¡Al escondite que hemos fijado!¡Todos juntos!¡No se separen!” Llegaron a las ruinas del palacio que había sido del desaparecido conde de Lauret. Gottfried dijo, “¡André, guíalos!¡No deben vernos los espías por aquí!” Levantaron unos escombros para descubrir un hueco. André gritó, “¡Adentro, adentro!¡Todos de prisa!” Bajaron a los sótanos del que fuera palacio. Adentro reinaba una débil claridad. André dijo, “Aquí estarán seguros. Nadie viene por aquí. ¡Ni saben que existen éstos sótanos!” Por ser el creador del plan, Gottfried se había convertido en el jefe de la partida, y dijo, “Nosotros les traeremos alimentos. ¡Pero ustedes no deben de salir de aquí por ningún motivo! Piensen que uno puede poner el peligro a los demás. ¡No salgan y menos de día!” Tomás dijo, “No lo haremos…¡Te lo aseguro Gottfried!” Enseguida Tomás dijo, “Claudia acércate…quiero que conozcas a mis amigos, a nuestros salvadores.” Claudia dijo, temerosa, “Yo…yo…” Tomás le dijo, “¡Por favor Claudia, no pienses en morir!¡Piensa en vivir, que es lo único que debemos hacer!” Claudia dijo, llorosa, “Deseo reunirme con mis padres.” Gottfried le dijo, “Si ellos murieron, ya se reunirá usted con ellos, cuando sea su tiempo. No trate de adelantarlo.” Tomás dijo, “¡Claudia! Me gustaría que tú y yo…” Entonces los ex­reos, emocionados, llorando dieron las gracias a los estudiantes. Tomás dijo, “Señores, no hay palabras para expresar lo que sentimos…¡Estamos vivos, cuando deberíamos estar muertos!” Gottfried dijo, “Olviden eso de la muerte. Piensen solo en cuidarse.”
     Gottfired se sentía confuso al oír las expresiones de aquellas personas. Tomás insistía, “¡Gracias señores, gracias a todos!” Gottfried dijo, “Ahora traten de descansar…nosotros también tenemos que esperar la noche para salir.”  Después del zafarrancho, en donde varios hombres habían muerto, así como guardias, las patrullas aumentaron. Los registros domiciliarios abundaron, buscando a los fugitivos. Dos soldados llevaban detenido a un hombre, quien decía, “¡Somos fieles a la república!¡No tenemos a ningún maldito aristócrata escondido!” Uno de los soldados dijo, “¡Vámonos!” Lo peor era que no sabían  quién había iniciado el motín, ni quién había participado en él. Otro de los soldados de las patrullas que exploraban París dijo, “¡Deben estar en algún lado! ¡No han salido de París, de eso estamos seguros! Pero ¿Quiénes?” A pesar de que había toque de queda, los estudiantes abandonaron las ruinas ya muy entrada la noche. Mientras salían, Gottfired dijo, “¡Cada quien por su lado!¡Mañana nos reuniremos en la posada, ‘Al Buen Sediento’!” Gottfried, con Marcel y André, caminaron por algunos momentos juntos. Gottfried dijo, “¡Afortunadamente los compañeros pusieron esos víveres en los sótanos! Así no necesitamos volver pronto por aquí.” Al llegar al cruce, se separaron. Era más fácil escapar uno que varios.  André dijo al despedirse, “Recuerda a Gabrielle, Gottfried. Allí te está esperando.” Gottfried dijo, “Está bién. Iré a visitarla mañana.”
     A pesar de que iba por el antíguo barrio de la universidad, no se sentía seguro. Gottfried pensaba, “Entre nosotros, entre compañeros, hay algunos que son rabiosos partidarios de Robespierre. Son capaces de defraudarnos si llegan a saber que hemos librado de la guillotina a estas gentes.” Gottfried llegó a su casa, y mientras introducía su llave en la cerradura de la puerta del edificio, pensó, “No se ve nadie en la calle, ¡Cristo!¡Cómo me siento nervioso desde que hicimos esta maniobra!” Vivía en una casa de vecindad. Ocupaba el último piso. Al llegar a la puerta de su habitación, pensó, “Yo que no quería meterme en su asuntos de política para que no me culparan…¡Ya lo hice!” Su departamento era su máximo refugio. Pocos sabían donde vivía. Gottfried pensó, “Pero la verdad es que no importa a esos jueces, si las víctimas son culpables o inocentes.” En su interior, y sin confesárselo a nadie, estaba en contra de tanto crimen, que él juzgaba sin razón. Gottfried pensó, “¡Es tanta su rabia que se matan entre ellos mismos sin compasión!¿Dónde está Dantón? Marat fue asesinado. ¿Y los otros dirigentes?¿o han caído bajo la misma cuchilla?¿Y cuándo irá a parar esto? ¡La sed de sangre del populacho es insaciable!” Gottfried hacía cálculos y estaba deacuerdo con la Revolución, pero no con el terror encabezado por Maximilien Robespierre. Gottfried pensó, “Ahora se cumplen venganzas personales, se cumplen odios y despechos…Basta tan solo una denuncia.” Súbitamente pensó en sus padres , en su pueblo, allá en Alemania. “¿Cuándo volveré allá?¿Podré hacerlo alguna vez?” 
     Le entró la nostalgia. Pensó en la novia que había dejado allá. “¡Freda! Ya no recibo tus cartas! No sé si porque tú no me escribes o porque tus escritos quedan en el camino.” Con la mente evocó la imagen de la que un día pensó sería su esposa. “Es posible que nunca más nos volamos a ver…que nunca vuelva a escuchar su voz.” Y pensando en ella, se fue quedando dormido. “Ojalá que te hayas casado…que me hayas olvidado…así no habrá sufrimiento para ti.”
     Al día siguiente, Gabrielle Romerux, prima de André, cosía unas ropas tristemente, pensando, “Antes cosía para la señorita Boret y sus familiares y yo ganaba bien para vivir.” La muchacha era costurera. Sabía bordar y hacer vestidos con mucha elegancia. “Pero ellas se fueron a Inglaterra. Ya no hay quien quiera buenos vestidos…¡Y yo me muerto de hambre!” Ahora cosía para las mujeres de unos consejeros en la asamblea nacional. “¡Con lo caro que está ahora todo! Si no fuera por mi primo André, no sé qué haría.” En ese momento llamaron a la puerta cortando de tajo sus tristes pensamientos. Gabrielle pensó, “¡Quizá sea él!¡Dios mío!¡Si viniera más seguido! Si supiera lo que siento por él...” Era Gottfried, quien sonriente le hizo una observación, “¡No debiste abrir así nada más!¿Y si fuera alguien que tu no quisieras recibir?” Gabrielle dijo, “¿Te refieres a…los sansculottes?” Gottfried le dijo, “Tu sabes que pasan cosas…” Gabrielle dijo, “¡No pienses en eso! Entra Gottfried, sabes que eres bienvenido a mi pobre vivienda.” Gottfried entregó un paquete, diciendo, “Aquí te manda André esto. Me dijo que te traerá más en cuanto pueda.” Gabrielle dijo, “¿Por qué dices que me lo manda André cuando eres tú quien lo hace?” Gottfried le dijo, “Te lo aseguro que él te lo manda.” Gabrielle dijo, “El otro día que me trajiste el arroz y el queso, al poco tiempo llegó él trayéndome una botella de vino y pan.” Gottfried le dijo, “Se le había olvidado que me mandó…” Gabrielle dijo, “Me dijo que no me había mandado nada contigo, pero le complacía que te acordaras de mi. Y ojalá que él se acordara tanto de mi como yo de él, pero no. Eso no puede ser.” Aquellas palabras fueron una revelación para el joven, quien dijo, “¡Gabrielle!¿Es que acaso estás enamorada de André?” Gabrielle dijo, “Desde hace tiempo, pero él no parece mirarme!” Gottfried dijo, “¡Esto es lo mejor que he oído en mi vida!” Ella dijo, “¿Por qué dices eso?¡No te entiendo!” Gottfried dijo, “¡Él es mi mejor amigo!¿Lo entiendes? Su felicidad me es grata.” Gabrielle dijo, titubeante, “Pero él me dijo que tú…” Gottfried le dijo, “¡Te quiero como una hermana!¡Como a la mujercita que debe ser para  amigo André!” Gabrielle dijo, “¡Gottfried!” Ambos no se fijaron que unos ojos de mujer cargados de odio, los miraba, pensando, “¡La muy puerca!¡Sabe lo mucho que me gusta ese hombre y mírala!” Se decía amiga de Gabrielle, pero solo era porque ella conocía ‘al alemán,’ que le gustaba mucho, y pensó, “Pero esto no se va a quedar así. Ella no sabe quién soy. ¡La mosquita muerta! Fingiéndose mi amiga…¡Y traicionándome a mis espaldas!”
     Ana, la mujer entró a su vivienda jadeando de rabia, pensando, “¡Gottfried será mío! Sé que no le caigo mal, y si yo me doy mis mañas…” La mujer tomó todo lo necesario para escribir, y mientras escribía, pensaba, “Vamos a ver…¿Qué debo decir para que no culpen a Gottfried?” Con trabajo, lentamente, comenzó a confeccionar el escrito, “‘Comité de salud pública’” Mientras tanto, sin sospechar la tormenta que había desatado, Gottfried y Gabrielle se seguían haciendo confidencias. Gabrielle dijo, “Sé que él me considera como una hermana. ¡Y eso es lo que menos quiero!” Ella dijo, “Somos primos, pero terceros. Somos hijos de dos primos segundos. Así que, ¡casi no hay parentesco! Pero por favor no le vayas a decir nada a André de lo que te he dicho!” Gottfried dijo, “Atiende esto, Gabrielle. Si cállo, él jamás qué cerca ha tenido la felicidad, y no la vió. No hay nada de malo que yo le abra los ojos. ¡Es la felicidad de los dos!¿Qué eso no cuenta?” Gabrielle lo abrazó, y dijo, “¡Gracias Gottfried!¡Tú si que eres como un hermano para mí!” Gottfried dijo, “Así será, ya que André para mí, es como mi más cercano pariente.”
     Nuevamente Ana al pasar, miró por la ventana y su furia aumentó, pensando, “¡Y siguen!¡Cuanto Amor!¿Qué tanto le estará diciendo la sucia?” La mujer se retiró pensando, “No pensaba hacerlo. Pero, ¡Ahora sí!¡Eso se pasó de la raya!” Al poco tiempo el alemán se separaba de la muchacha, diciendo, “Te lo traeré. ¡Pero por Dios que debes decirle lo que siente!¡No le ocultes nada!” Gabrielle dijo, “¡No, no lo haré!” Gottfried se fue y ella se quedó bailando de gusto, pensando, “¡Al fin podre borrar esa impresión que tiene André sobre mi! Si él me ama como yo, seré la mujer más feliz del mundo.” Habían jugado juntos como niños, y ya mayores, en ella había nacido el amor, y pensó, “¡Borraremos estos años que hemos pasado lejos uno del otro!¡Y para él seré la mejor de las mujeres!”
     Esa noche, tal como habían quedado de acuerdo, los estudiantes del zafarrancho estaban reunidos, estaban reunidos. André dijo a Gottfried, “¿Así que viste a Gabrielle? ¡Perfecto!” Gottfried dijo, “Pues ni tanto. Me enteré de que no es a mi a quien quiere.” André dijo, “¡Cascaras!¿Entonces quien es el escogido?¡Habla ya!” Gottfried dijo, “Otro estudiantes a quien ha amado desde tiempo atrás.” André dijo, “¡Eso no puede ser!¿Y ella me ha ocultado eso?¡Es…es el colmo!” Gottfried dijo, “Ella ha cifrado en él toda su felicidad.” André dijo, “Atiende esto compadre…creí que tú eras el hombre de sus sueños, y por eso estaba yo conforme. ¡Pero lo que es con otro, no lo voy a consentir!¡No, qué diablos! ¿Te dijo quién era?¡Quiero saber su nombre para romperle el físico!” Gottfried le dijo, “Sí, me lo dijo, es más, estuvimos hablando de él.” André le dijo lleno de ansiedad, “¿Quién?¿Quién es?¡Dímelo ya!” Gottfried le dijo, “André Leclerc…¿Lo conoces?” Aquellas palabras lo dejaron atónito. André solo dijo, “¿Y-yoooo?” Gottfried le dijo, “Sí, tú, que no has sabido ver lo que encerraba su alma para ti.” André no podía aceptar que Gabrielle, su querida prima, lo amara, y dijo, “Pero si yo…yo…” Gottfried le dijo, “¡Eres un ganso!¡Un tipo más ciego que un toro!¿Qué esperas para ir a verla?” Al escuchar aquellas palabras, André salió disparado hacia la puerta de salida, como un loco, diciendo, “¡Papá Niceto, ábreme!¡Ábreme o derribo la puerta!” Al fin André salió de la posada y Gottfried se quedó con Marcel, quien dijo, “¡Vaya tipo! Si quiere a Gabrielle de ese modo, no entiendo cómo te mandaba a ti con ella.” Gottfried dijo, “Porque él es mi hermano…¡Y eso es todo!”
     No tardó mucho en llegar André a la vivienda de Gabrielle. No habían mediado muchas palabras entre ellos. Con su mirada se dijeron todo. Pero a él aún no se le borraba la duda de la mente, y le dijo, “¿Luego es…verdad?” Ella dijo, “¿Qué te amo?¡Sí, sí es cierto!¡Lo hago con todo mi ser!” Mientras tanto en la posada, Marcel dijo, “Gottfried…¡Y yo que pensé que tú la amabas!” Gottfried le dijo, “Él es para mí el mejor hombre del mundo, fuera de ti. ¡Es de verdad un amigo!” Mientras tanto, Gabrielle decía, “¡Tonto!¿Qué no sabias leer en mis ojos?¿Necesitaba oír mis palabas para comprenderlo?” Nuevamente unieron sus bocas en un largo beso que trataba de cubrir el tiempo perdido. Para los amantes la noche fue breve. Su amor por tanto tiempo contenido había desatado. Al amanecer André dijo, “No quisiera irme…desearía quedarme a tu lado para siempre.” Ella le dijo, “¿Y quién te obliga a dejarme?” André dijo, “Es cierto…pero entonces podríamos ir a buscar a un ciudadano que pueda casarnos.” Ella dijo, “André…Ya no hay sacerdotes, ya no hay jueces tal como nosotros los conocimos.” André dijo, “Hay otros.” Gabrielle dijo, “Las leyes que teníamos han sido destruidas. ¡Y aún no se hacen nuevas!” André dijo, “Nos queremos. Nos hemos casado ante Dios. ¡Eso es lo único que vale!” Gabrielle lo abrazó y dijo, “Es cierto…Él es testigo de nuestros juramentos. ¡Y para mí eso es más valido que la palabra de un juez actual!” André dijo, “Está bien, vida mía, será como tú dices.”
     Y cuando nuevamente la llama del amor se encendía, llamaron a la puerta: “¿La ciudadana Gabrielle Romeaux?” Ella dijo, “Sí, un momento. Ahora abro.” Cuando abrió y vió quiénes eran, palideció espantosamente. El sargento dijo, “¡Ciudadana Gabrielle Romeaux, queda detenida en el nombre de la República!” Gabrielle dijo, “¿Y-yo?¿Porqué?¡No he hecho nada!” Sin más entraron a la habitación, y el sargento que los mandaba dio otra orden, “¡Detengan a ese hombre!¡Posiblemente es un conspirador!” André dijo, “¡Déjenla a ella!¡Es inocente!” Los infelices no sabían que decir. Solo sabían que sus vidas estaban en eminente peligro. Los tomaron presos y el sargento dijo, “¡Caminen! Tenemos mucho que hacer para perder tiempo con ustedes.” Ana desde la puerta de su casa, miraba la escena muy satisfecha, pensando, “¡Y ahora ese alemancito será para mí!¡Al fin y al cabo a ella ya puedo considerarla como muerta!” De pronto surgió una pordiosera que generalmente dormía en el hueco de la escalera de esa casa, y gritó, “¡Si esa mujer es una conspiradora, esa otra que es su amiga, lo es también!” La mujer apuntaba hacia Ana. Inmediatamente el sargento ordenó, “¡Deténganla!” Ana gritó asustada, “¡No, no!¡A mí no!” La mujer confirmó su acusación, diciendo, “¡Las he visto muchas veces juntas, y hasta de noche!¡Ella debe estar en la conjura!” Ana fue sujetada por un soldado y dijo, “¡No, yo no he hecho nada!”
     Poco después los guardias llevaban a sus prisioneros a la conserjería. Gabrielle quien iba junto a Ana detenidas dijo, “Perdóneme Ana…jamás creí que mi amistad pudiera serle perjudicial.” Ana le dijo, “¡Traidora!¡Conspiradora!¡Amiga de los traidores!¡Es a ti a quién deben castigar!¡Tú eras servidora de los fugitivos y conspiradores que están en Inglaterra!” Por las palabras que decía Ana, Gabrielle supo quien la había denunciado, y dijo, “Así que tú me traicionaste…¡Tú mi amiga!” Ana le dijo, “¡Yo no soy tu amiga!¡Sí, yo te denuncie porque soy fiel a nuestra revolución!” Gabrielle dijo, “No, no fue por eso. Siempre supiste que cosía para esas señoras. ¡Hasta tú me ayudaste!” Ana dijo, “¡No, no!¡Mientes!” Gabrielle dijo, “En fin, el mal ya está ya hecho…tú misma pagarás tu pecado.” Ana dijo llorando, “¡NOOO!¡NOOO!” Gabrielle dijo, “André, esposo mío…” Cuando Ana escuchó eso, dijo, “¿Tú…tú esposo?¡Gran Dios!¡Estoy maldita!”
     Mientras tanto, Gottfried y su amigo Marcel comían en la vivienda del alemán. Marcel dijo, “Es extraño que no ha vuelto André.” Gottfried dijo, “Si lo hubiera hecho, le habría dado de golpes.” Marcel le dijo, “Pero, ¿Crees que se ha quedado con ella?” Gottfried le dijo, “Pon atención Marcel. Estudiemos el caso tal cual es. ¿Hay algo que te atraiga de la calle?¿Pasear por el Sena o por los Jardines de Versalles?” Marcel dijo, “Bueno…la verdad…”  Gottfried prosiguió sin hacer caso de la interrupción. “¿Te gusta ver sentenciar a tanto infeliz inocente, de esos crímenes que les atribuyen? ¿O te agrada asistir a las ejecuciones que se realizan diariamente en la Grève?” Marcel dijo, “¡No, Hombre! Me…¡Me sublevan!” Gottfried dijo,”¿No es más grato estar en compañía de una mujer que te ame? Soñar…¿hacerse ilusiones de algo mejor? Creo que André ha escogido lo mejor. ¡Yo quisiera estar en su lugar!” Marcel dijo, “Me has convencido Tudesco. Voy a buscar a esa mujer que me hará mejor pasar el tiempo. ¡Y me hará olvidar toda esta porquería!”
     Marcel se fue y Gottfried se vio solo, y sintiendo vagos deseos, y pensó, “Amar y ser amado. Olvidarse de todo este mundo que se ha vuelto horrible para todos…¡Sí…una mujer!…¡Sentir su amor cerca de mí! ¡Sentir sus besos y sus caricias!” De pronto, recordó algo que lo hizo estremecer. “¿Y si ella es una traidora como le sucedió a Peter Franker, mi compatriota?¡Oh, no, Por Dios!” El comité d salud pública le había mandado a su amigo esa mujer, para investigarlo. “No sé las razones pero ella lo acusó de que él estaba de acuerdo con los emigrados, y ¡Lo Guillotinaron!¡Sin embargo sé, adivino, presiento que aquí en parís esta una mujer que me está destinada!¿Dónde está? ¿Dónde puedo encontrarla?¿Lo haré algún día?” Gottfried se metió en la cama y se durmió inquieto. Unos golpes dados a la puerta lo despertaron. ¡TOC, TOC! Gottfried pensó, “¡Diablos, ya es de día!¡Ufff!¡Qué noche tan pesada!” Al llegar cerca de la puerta se detuvo. Un vago temor se apoderó de él. Gottfried gritó, “¿Quién es?” Detrás de la puerta se oyó, “¡Abre!¡Soy Louis Saint Firmin!” Uno de los compañeros mas estimados del grupo, hizo su aparición. Gottfried dijo, “¿Qué te pasa?¿Estás enfermo? Estrás pálido.” El joven Louis dijo, “Vístete de prisa. ¡Y vas a tener que pensar más que de prisa esta vez!” Gottfried inmediatamente obedeció, en esos tiempos no había titubeos. Gottfried dijo, “¿Sobre qué? Dí lo que sea para yo saber a qué atenerme.” Louis dijo, “Hoy, por no sé qué impulso, fui a ver los juicios que hace ese panadero del diablo.” Gottfried dijo, “¿Y qué con eso?¿Alguien me denuncio?” Louis dijo, “No, a ti no. ¡Pero si a Gabrielle y a André!” Aquello fue como una bomba para el estudiante alemán. “¿Qué dices?¡No, no es cierto!” Louis dijo, “¡Y hay que ver la forma de librarlos de la guillotina!¡Ya los sentenciaron!”
     Aterrorizado, sintiendo que todo su cuerpo se había helado, Gottfried siguió a su compañero, diciendo, “¡Ya deben ir en camino!¡Ya sabes que esos malditos no se detienen ante nada!” Ambos corrieron desesperadamente hacia la plaza sangrienta. Gottfried pensó, “¡Hay que salvarlos!¡Lo peor es que no lo saben los otros!¿Que podemos hacer?” Cuando llegaron, ya la multitud rodeaba como siempre la máquina asesina. Ambos estudiantes usaron toda su fuerza para encajarse como cuñas. Gottfried gritaba, “¡Paso!¡Dejen paso!” En esos momentos, André y Gabrielle, subían la escalerilla del patíbulo.  
     En cuanto los condenados llegaron, un verdugo a rostro descubierto, se acercó al primero que tenía enfrente, diciendo, “Tú serás el que sigue. ¡Vamos!” Pálidos y desencajados, Gottfried y Louis al fin llegaron a la primera fila. Gottfried pensó, “¡Demasiado tarde!¡Ya no se puede intentar nada!¡No por Gabrielle!” Olvidando toda parsimonia, André fue colocado en la báscula. El verdugo le dijo, “No pienses. Todo será muy rápido” Entonces todos pudieron oír el último grito de André, dirigido a la mujer que amaba, “¡Gabrielle!¡Recuerda!¡En vida y muerte te seguiré amando!” El verdugo soltó la cuchilla, mientras la infeliz muchacha, con voz estrangulada, también se despidió de él. “¡Pronto estaré a tu lado, amor mío!” Un par de minutos más tarde, ya se había retirado el cuerpo de André, y ella ocupaba su lugar. Ella gritó, “¡Aprisa, aprisa!¡No quiero retardarme!¡Él ya me está esperando!” Como hipnotizado, sin darse cuenta de que lloraba, Gottfried miraba la guillotina en donde estaba Gabrielle. “¡Adiós hermanos míos! Creo que pronto nos volveremos a reunir, estén donde estén…” Con ruido sordo cayó la cuchilla, pero esta vez, nadie de los espectadores lanzaron comentario alguno. Luego llegó el turno de la culpable de la tragedia. “¡Perdóoon!¡Mentí al denunciarlos!¡Eran inocentes!”
     Gottfried y Louis ya no quisieron estar ahí. Sentían una honda tristeza. Gottfried pensó, “¡Miserables!¡Asesinos! André y Gabrielle no causaban mal a nadie..¡Solo querían vivir!” Entre Gottfried y Marcel no se atrevían a comunicarse sus pensamientos. En ellos había dolor y profunda pena. Gottfried pensó, “Ya sé que él sabía que nadie tiene la vida segura. ¡Pero no es justo!” Llegaron en un punto en que se tenían que separar.  Marcel le dijo, “¿Vas a ir a la posada? Recuerda lo que te dije. Es día de que hay que llevar víveres a los que están escondidos.” Gottfried dijo, “Es verdad. Iré con ustedes a la noche.” Gottfried se sentía enfermo. André para él no podía haber muerto. A pesar de haberlo visto, su cerebro no lo admitía. Gottfried pensó, “Pocos amigos como él. Era sincero y capaz de dar la vida por otro, sin exigir nada a cambio.” Gottfried volvió a su casa. No encontraba otro lugar mejor para poder pensar. “Hoy fue él. Quizá me toque mañana.  Sí, creo que es preferible morir a vivir en esta zozobra.”
     En esos momentos, en el sótano del viejo palacio, los escapados de la guillotina hacían comentarios. Uno de ellos era Jean, un joven estudiante quien dijo, “Cambiamos una prisión por otra…” El señor Pierre le dijo, “Sí, pero ahora nadie vendrá por nosotros para llevarnos al matadero.” Otro joven, Jules, dijo, “No hay que ser inconformes. No siempre estaremos aquí.” Jean le dijo, “Sí, pero ¿cuánto vamos a estar?” Pierre dijo, “Uno de los jóvenes que nos trajeron, me dijo que nos traerían ropas para disfrazarnos.” Jean dijo, “¡Eso está mejor!” Jules dijo, “Entonces podernos irnos a…donde queramos, lejos de aquí.” Jean dijo, “Lejos de Francia. ¡Lejos de tanto crimen!” El señor Pierre dijo, “Yo fui de los que entraron en las Tullerías y luchó contra los aristócratas.” Jules dijo, “¿Entonces porque estás aquí?” Pierre dijo, “¡Fui amigo de Dantón!¡Ese es mi delito!¡Ser iniciador de la libertad!” Jean dijo, “Olvidemos eso y veamos a donde podremos irnos sin dinero. ¡Porque eso nos falta a todos.”
     Allí mismo, en medio de tanta tragedia, había nacido un nuevo amor. Tomás cargaba en brazos a Claudia, y decía, “Claudia, jamás creí que pudiera sentir por una mujer lo que siento por ti.” Claudia ya no pensaba en morir, solo estaba pendiente de las palabras del joven. Claudia dijo, “¡Tomás…!” Él le dijo, “Ya sé que puedes creer que es una locura, que es imposible que te ame como te amo.” Ella le dijo, “No sé que tienen tus palabras que me hacen desear la vida, aunque solo sea para ti.” Tomás le dijo, “¡Sí, sí, hazlo para mi, vida mía! ¡Te adoro Claudia!¡Unamos juntos lo que el cielo nos tenga permitido!” Ella dijo, “Sí, vivamos…” Nos les importaba que los otros los vieran. Unieron sus bocas en un beso lleno de ardor. Tomás le dijo, “Cuando salgamos de aquí, cuando estemos lejos, haremos nuestra casita en un rincón apartado. No quiero que vayamos a un sitio donde alguien nos reconozca y nos denuncie otra vez. Y quizá con el tiempo, venga un hijo a darnos la máxima alegría.” Ella dijo, “¡Un hijo!¡Dios santo! No había pensado en eso.” El rostro de Claudia cambió. Ya no vio cerca de ella a la muerte. Vio la esperanza de la vida. Tomas dijo, “Y tú y yo estaremos siempre, siempre unidos.” Ella dijo, “Un hijo…¡Sí, sí quiero tenerlo!” Nuevamente unieron sus labios, pero esta vez había algo más que cariño, había el fuego del amor. Olvidaron que afuera, en las calles, se les seguía buscando para sacrificarlos.
     Esa misma noche, los estudiantes volvieron a las ruinas del palacio del conde. Gottfried acompañado de Marcel, Louis y otros dos, entraron a los sótanos llevando grandes bultos. Gottfried llamó a todos, quienes dóciles, se acercaron. “Aquí hay ropas de campesinos y de la escoria de Paris, que es ahora a que reina.” Habían tapado bien los respiraderos de los sótanos para que no se filtrara al exterior ninguna luz. Gottfried dijo, “Pónganselos y…uno a uno, de dos en dos, como máximo, pueden irse de aquí.” Marcel quiso también hacer algunas recomendaciones. “Solo que si los vuelven a agarrar ¡No digan donde se escondieron!” Pierre dijo, “¡No, claro!” Gottfried dijo, “No se diga uno al otro a dónde piensa ir. ¡No lo diga a nadie!” Louis dijo, “¿Y por qué no? Ahora somos todos los escapados como hermanos.” Gottfried dijo, “Es que si alguien cae como prisionero, los sansculottes no podrán obligarlos a decir dónde están los otros.”
     Se les hicieron toda clase de recomendaciones, y al fin Gottfried se despidió de Tomás, quien estaba junto a Claudia. “Tomás, no sé si alguna vez volvamos a vernos.” Tomas dijo, “Tudesco, quiero que sepas que jamás podremos olvidarte. Claudia y yo te debemos la felicidad. ¡Qué Dios te bendiga hermano!” Claudia dijo, “Si llego a tener un hijo se llamará como tú.” Emocionada la joven besó a su salvador. Gottfried dijo, “Váyanse lejos a donde nadie los conozca ni sepa quiénes son.” Tomas dijo, “En eso hemos pensado, ¡Y ojalá que lo consigamos!” Tras las últimas recomendaciones los estudiantes se retiraron. Jean dijo, “Quisiera hacer como ellos. Huir de aquí.” Jules dijo, “¿Y a dónde iríamos? Para nosotros lo mismo da aquí que allá, sin embargo, veremos…” Y como la vez pasada, se separaron cada quien por su lado para no despertar sospechas. Gottfried pronto se vio solo. Marcel se había ido con Louis a ver si podían encontrar un medio de salir de Paris. 
     Gottfried pensó, “¿Y si vuelvo a Múnich? Allá están mis padres esperándome. Allá hay tranquilidad.” Los últimos informes que tenia no eran tranquilizadores. Aquí ya hasta no contamos con nuestro lugar de reunión. La posada ‘Al Buen Sediento’” Se sospechaba que varios espías andaban rondando el lugar. Gottfried pensaba, “Papá Niceto nos hizo llegar la noticia. Así que no hay que arriesgarse a ir por ahí.” Con cuidado mirando desconfiadamente a todos lados entro a su casa. Y pensó, “¡Qué falta me hace André! Marcel es buen amigo, pero es más alocado y no piensa igual que él.” Pero al pensar en Gabrielle su tristeza subió. “¡Tan linda, tan simpática, y ahora muerta!¡Dios!¡Con qué ganas mandaba todo al mismo suplicio!”
     Esas noche no durmió. Allí frente a la ventana lo sorprendió el amanecer. Gottfried pensó, “Es inútil que piense y que busque soluciones. Lo que tiene que ser será…si mi destino es exponer mi cuello a esa cuchilla, nadie me salvará.” Pasaron los días, pero ya para Gottfried, las cosas no eran iguales. Ahora padecía insomnio. Gottfried deambulaba por la noche pensando, “No puedo olvidar esas escenas. ¡La muerte de Gabrielle, sobre todo, la tengo aquí grabada en la mente!” Ideas peregrinas se le ocurrían para salvar a todos los que eran llevados a la conserjería. “¡No, no, eso es imposible!¡Se necesitaría un ejército ara someter a toda esa canallada!” Inconscientemente llegó hasta la plaza de la Grève. La siniestra silueta de la guillotina lo detuvo. “¡Me dan ganas de destruirla! Aunque de nada serviría pues armarían otra.” El silencio era impresionante y él se estremeció al pensar que aquel sitio era peor que un cementerio. “¿Cuántas almas de tantos sacrificados estarán vagando aquí?” En ese momento le pareció oír un lamento desgarrador. Gottfried pensó, “¿Ehhh?¿Acaso las he llamado con mis pensamientos?” Tuvo el impulso de huir al momento. 
     Aquel quejido le parecía natural. Gottfried pensó, “Es mejor que me vaya más que volando…” Con gran esfuerzo se contuvo. Sus pies le parecían pesados como plomo. “¿Y si es alguien que está en apuros?¡Y yo cobardemente quiero huir!” Avanzó. Sus ojos giraban a los lados, temiendo ver repentinamente a todas esas almas en pena que había evocado. “¡Es alguien que llora!¡Y es una mujer!” Al fin llegó al pie del cadalso y en medio de la penumbra adivinó la figura de la mujer que lloraba. Cuando Gottfried la vio, pensó, “¡Y yo estaba temblando de miedo, solo porque esta infeliz lloraba!” La mujer gritó, “¡Dios mío poderoso!¡Aaahhh!” Ya repuesto decidió acercarse a ella. Gottfried le dijo, “Señora, no debe estar aquí sola. Es mejor que vuelva con sus amigos.” La mujer dijo, “Yo no tengo amigos, ¡No tengo a nadie!” Gottfried dijo, “Si me permite, yo la acompañaré o la llevaré a donde usted me indique.” Ella dijo, “No tengo a dónde ir…¡Ya todo terminó para mí!¡Mi lugar está en la tumba!” La voz apagada y sumamente dulce de la joven motivó el mayor interés del estudiante, quien dijo, “No soy rico, pero si me permite y puede tener confianza en mi, la llevaré a mi casa que desde ahora es suya.”
     Ella aún sollozaba. Su voz estaba llena de lagrimas. Gottfried dijo, “Pues vámonos de aquí. Este lugar está maldito. ¡Es una plaza que por sí sola causa espanto! Apóyese en mi brazo. La casa no está muy lejos y si no le importa caminar…” Ella dijo, “No…para mí ya solo queda eso, caminar y caminar…” Él no se atrevía a preguntarle nada. No quería otra vez remover su dolor. Gottfried dijo, “La noche es fría. ¿Me permite ponerle mi capa? Así no sentirá el viento que corre.” Solícito, la abrazó. Ella dijo, “¿Para qué hace usted esto? No sabe quién soy…” Gottfried le dijo, “Eso es lo de menos. Adivino en usted una mujer en desgracia, y eso es suficiente para mí.” Notó que ella había dejado de llorar. Ella dijo, “Mi compañía puede resultarle peligrosa.” Gottfried dijo, “Si por ayudarla me pasa algo, me estará bien empleado. En este tiempo todos deberíamos ayudarnos unos a los otros, y no vernos como enemigos.” Ella dijo, “Enemigos…” Al fin llegaron a su casa, y él la ayudó a subir, pues la notaba débil, casi desfalleciente. Gottfried dijo, “Aquí nadie vendrá a buscarla. Nadie sabrá que vive en esta humilde vivienda.”
     En cuanto entraron, él encendió la luz, y dijo, “Por favor, acomódese. Ahora encenderé el fuego de la chimenea.” Ella dijo, “Ya es muy tarde.” Gottfried dijo, “¿Le importa el paso del tiempo? Si no tiene a dónde ir…” Ella dijo, “El tiempo carece de importancia para mí.” Gottfried estaba maravillado. Jamás antes había visto a una mujer más hermosa que aquella. Gottfried dijo, “Perdone pero si quiere dormir, allí está la alcoba. Yo dormiré aquí.” Ella dijo, “No, no tengo sueño.” Cuando el fuego estuvo bien encendido, él le sonrió por primera vez a la muchacha. “¿Quiere comer algo? Tengo pan y queso y un poco de jamón, así como vino.” Ella dijo, “Quiero que sepa a quien ha recibido en su casa y el peligro que corre al hacerlo.” Gottfried dijo, “Olvide eso, y hablemos de cosas más gratas.” Ella dijo, “No puedo olvidar. ¡Es imposible hacerlo!¡Sufro tanto!” Gottfried calló. La mirada de la joven parecía perderse entre las llamas de la chimenea. “Hace algún tiempo era feliz…vivía con mis padres y ellos pensaban en casarme. ¡Estaba llena de ilusiones!¡Iba a conocer el amor!¡Iba a tener mi propia familia!” La voz de la joven se hizo más opaca. “Pero de pronto, todo termino…El rey fue apresado con la reina y los príncipes.” Ella volvió a sollozar. Gottfried no sabía qué decirle. No encontraba palabras de consuelo. “¡Empezaron las persecuciones! Y mis adres con mis hermanos y conmigo tuvimos que escondernos.”
     Ella empezó su relato con voz estrangulada por sus sollozos. “Uno de mis hermanos enganchó los caballos a un coche, y él mismo nos llevo a una casa que estaba abandonada. Era de noche y en la calle no se veía ni una alma. Mientras ayudaba a mi madre a bajar del carruaje, mi hermano dijo, ‘¡Por favor mamá, de prisa que pueden descubrirnos!’ Mi hermano Jacobo era impaciente y autoritario con mi padre, el conde Felipe de Arignon, y dijo, ‘Entren a casa, ¡Y no enciendan por ningún momento la luz!’ Mis hermanos menores, Belinda y Jaime, estaban muy asustados pero no lloraban. Mientras los bajaba del carruaje, mi padre dijo, ‘¡Apúrense y sin ruido sigan a su mamá, ahora los alcanzo!’ Cuando estuvimos en la casa, Jacobo espantó a los caballos. ‘¡Aaaah!’ Mi padre había mandado arreglar un poco la casa, a escondidas de todos los vecinos.” Seguimos a mi hermano, quien dijo, ‘Síganme…sujétense de las manos. En la parte de atrás podremos encender luz y preparar algo de comida.’ Todos teníamos miedo. Habíamos sabido que todos los amigos de mi padre, estaban ya en la conserjería. Mi hermano dijo, ‘Todo está listo padre. Nadie verá nuestra luz, ni escuchará aquí nuestras voces.’ Mi padre habló con voz emocionada, ‘Escuchen todos bien lo que voy a decirles. Nos buscan para llevarnos…a la muerte. No podemos abandonar Paris ahora. ¡Si lo intentamos seremos apresados al momento por los rebeldes! Aquí no tendremos comodidades, ni libertad…pero al menos viviremos.’ Mi madre dijo, ‘¡Dios mío!¡Qué situación!’ Mi padre continuó, ‘Esperemos que los grandes señores que han salido de Francia puedan volver con un ejército poderoso. ¡Esa es nuestra única esperanza!’ Mi madre dijo, ‘Pero no podemos vivir por mucho tiempo aquí!’ Mi padre dijo, ‘Aquí hay víveres para mucho tiempo. Seis meses es un tiempo razonable.’ Mi madre dijo, ‘¿Y si alguien nos descubre?’ Mi padre dijo, ‘¡Nadie saldrá de ésta casa ni tampoco irá a los patios de día! Todo se hará pero de noche, ¿Está claro?’ Mi madre dijo, ‘¡Qué situación!¡Qué situación, Dios mío!’
     Para mi madre sus últimos hijos eran su tesoro, y temía que cayeran en manos rebeldes. Los tomó y les dijo, ‘¡Recemos hijos, recemos para que el altísimo se conduela de nosotros!’ Empezó a pasar el tiempo. Aquella casa convertida en nuestra prisión nos ahogaba. Yo pensaba, ‘¿Qué será de mis primos y demás parientes?¿Podrán salvarse o…?’ No conocía el monstruoso aparato, pero mi padre había hablado de la guillotina. Entonces pensaba, ‘¿Estarán ya muertos?¡Sí, sí están muertos!’ Aquellos pensamientos me hicieron gemir, y eso hizo que viniera mi madre: ‘¡Lucille!¿Qué es lo que te pasa?¿Por qué lloras?’ Le dije, ‘¡Vamos a morir mamá!¡Sé que vamos a caer en manos de esos hombres!’ Ella me dijo, ‘¡No, no!¡Tu padre no lo permitirá!’ Yo le dije, ‘¿Dónde están nuestros parientes?¿Por qué no vienen a ayudarnos?; Mi madre dijo, ‘Ellos…’ Mi madre calló, y yo comprendí. ‘¿Lo ves? Ellos eran poderosos, tenían servidumbre y modos de huir.’ Mi madre me dijo, ‘Algunos pudieron hacerlo. ¡Eso si es verdad!’ Le dije, ‘Pero nosotros, sin ya tener coches, ni caballos, ¿Cómo podremos hacerlo?’ Mi madre me dijo, ‘Tu padre está buscando la manera. Hay que tener confianza.’ Mi padre salía por las noches a buscar noticias y también víveres, porque se nos habían terminado. El que estaba acostumbrado a que todo se lo hicieran, ahora era el mandadero y el cargador. Una noche mi padre ya no volvió. Mi madre dijo, ‘¡Deben haberlo apresado!¡Alguien debe haberlo reconocido!¡Lo traicionaron!’ Mi hermano dijo, ‘No lo creo. Iba muy bien disfrazado.’
      Mi madre amaba profundamente a mi padre. Llevaban muchos años de casados. Un día dijo, ‘¡Voy a buscarlo!¡No puedo resistir mas esta espera!’ Mi hermano dijo, ‘Tú mamacita te quedas aquí. Yo iré a buscarlo y te lo traeré, ya verás.’ Poco después estaba vestido como un revolucionario, y dijo, ‘Por favor ¡No se muevan de aquí, hasta que vuelva con mi padre!’ Jacobo partió. Me quedé con mi madre, quien apenas podía contenerse, y llorando dijo, ‘¿Qué le habrá pasado a tu padre? Nunca se había tardado tanto.’ Le dije, ‘Quizá haya tenido alguna dificultad, mamá.’ Nos pasamos la noche en vela. Descubrimos una ventana para saber a qué hora salía el sol. Mi madre dijo, ‘¡Y no vienen!¡Ahora hasta tu hermano está faltando!’ En esos momentos oímos la voz de Jacobo. ¡Era un grito horrible de alarma!: ‘¡LOS SANSCULOTTES VIENEN TRAS DE MI, ESCÓNDANSE!’ Fue un movimiento instintivo. Mi madre cargo a mi hermanito y yo a mi hermana. Mi madre dijo, ‘¡Al escondite!¡De pisa!’ Había una habitación secreta y hacia ella nos dirigimos. Yo entré pero mi madre entonces pensó en Jacobo, y lanzó un alarido de terror: ‘¡Mi hijo!¡Lo van a apresar esos hombres!¡Detén a tu hermano, Lucille!¡Voy por Jacobo!’ Ella apretó el resorte que cerraba la puerta secreta, y no se fijo que Jaimito iba tras de ella: ‘¡MAMÁ!’ 
     Mi hermanita espantada por los gritos de mamá, quiso también seguirla, gritando, ‘¡Mamá!’ Le grité, ‘¡No, no espera! ¡Espera, déjame correr el ropero!’ Ella gritó, ‘¡Mamá!¡Yo voy con mi mamá!’ Por sujetarla no me fije del pesado mueble que cerraba la habitación secreta, y me golpeé. Cuando desperté no podía imaginar cuanto tiempo había estado inconsciente. Pensé, ‘¿Qué me pasó?’ Bruscamente me acordé de todo, ‘¡Belinda y Jaimito salieron tras de mamá!’ Para mi tan solo habían transcurrido algunos segundos, sin embargo, ya no había luz de día. Pensé, ‘¿Cómo es posible?¡Si apenas acaba de suceder todo!’ De pronto comprendí, ¡Habían pasado muchas horas desde que recibiera el golpe!’ Grité, ‘¿Mamá?¿Dónde estás mamá?’ Cuando menos lo esperaba, tropecé con el cuerpo de mi hermanita. Tenía una espantosa herida en el pecho. ‘¡Belinda!¡Belinda!¡No por dios!’ No podía imaginarme cómo había sido aquello. ¡Belinda si apenas contaba con siete años!’ Tomé su carita y grité, ‘¡Hermanita…!¡Misericordia señor!’
     El recuerdo de mi madre y Jaimito me hizo reaccionar. ‘¡Mamá!¡Contéstame por favor!’ No encontré a nadie más vivo en la casa, y no dudé ya en contenerme. Pensé, ‘¡Deben haberlos llevado a la conserjería!¡Allí están todos!’ Corrí, corrí sin detenerme hasta que casi ya no pude respirar. Pensé, ‘Debo reunirme con ellos. ¡Si han de morir, quiero hacerlo yo también!’ Pero no sabía dónde estaba la conserjería. Jamás me lo habían dicho. Yo no tenía a dónde ir. Toda esa noche camine sin poder encontrar el camino a la conserjería. Así llegó el día. Siguiendo a la gente que corría, súbitamente me encontré en esa plaza espantosa. Entonces la vi. ¡Allí estaba la máquina infernal!¡La que segaba tantas vidas!’ Pensé, ‘¡Santo Dios!’Me quedé allí  clavada. No podía apartar mis ojos de ese maldito instrumento. Un grito de triunfo de la multitud me hizo fijarme en los que subían al patíbulo. ¡ los reconocí! Grite, ‘¡Papá!¡Mamá!¡Gran Dios, Jacobo!’”
     Lucille terminó su relato. Las lagrimas corrían incontenibles por sus pálidas mejillas. Lucille dijo, “No sé cómo pude ver cuando uno tras otro, fueron colocados tras esa cuchilla diabólica.” Sus últimas palabras ya casi Gottfried no pudo oírlas.  Lucille se llevó las manos a la cara y dijo, “Todos…todos están muertos.” Pero Gottfried, “Perdóname, me parece que nada me ha dicho sobre su hermanito Jaime.” Ella dijo, “Él…Él estaba muerto casi a la entrada de la casa que nos sirvió de refugio.” Gottfried dijo, “¡Ohh!” Lucille, bajó la mirada con tristeza, diciendo, “Tenía…tenía la cabeza hundida por un terrible golpe.” Gottfried le dijo, “Entonces usted debe reponerse de tanta tragedia. ¡Debe sobreponerse!¡Por algo está usted hoy conmigo! Yo casi aquí no tengo nada. Mis padres no han podido enviarme dinero pero lo que tengo es suyo.” 
     Gottfried la tomó de los hombros y le dijo, “Mis amigos serán sus amigos. ¡Verá que todos la querrán y encontrará en ellos a sus amistades perdidas!” Lucille dijo, “Gracias…” Gottfried dijo, “Yo seré su familia. Seré para usted lo que quiera, con tal de que se olvide del pasado. Diga que tratará de irse, que estará aquí…Lucille, ¡Dígalo, por favor!” Lucille dijo, “Si usted lo quiere, me quedaré.” Gottfried le besó la mano y dijo, “¡Lo deseo con toda el alma!” Lucille dijo, “Ahora…ahora quisiera descansar un poso, solo un poco. A todo esto no me ha dicho su nombre, y yo ya acepté su hospitalidad.” Gottfried dijo, “Soy Gottfried Wolfgang, de Múnich, Alemania. Vine aquí a estudiar lenguas muertas.” Lucille dijo, “Gottfried, lo que ha hecho usted por mi esta noche, jamás lo olvidaré.” Gottfried dijo, “¡No diga eso!¿Es acaso que piensa dejarme?” Lucille dijo, “No, mientras yo pueda…pero si acaso nos separamos, no será por mi voluntad.”
     Ella entró y cerró la puerta, y él se quedó allí parado, mirándola como si aún pudiera verla, pensando, “¡Es una auténtica aristócrata!¡La hija del conde de Arignon! Comprendo que esa chusma haya guillotinado a su familia…pero, ¿Cómo es que ella ha podido salvarse? Ella no se ha ocultado…¡Antes al contrario, se ha mostrado a todos los vientos y ellos no la han visto!¡Cómo sea! Si la han dejado viva, me complace infinitamente.” Súbitamente hizo recuerdos de algo que tiempo atrás se le había ocurrido. “¿Será la mujer que el destino me tenía reservada? Si fuera así…¡Le doy las gracias mas cumplidas!” Y pensando en su hermosa hospedada, se fue quedando dormido, pensando, “Antes de que le causen daño…estaré muerto…”
     Al día siguiente, Marcel se acercó a la posada, ‘Al Buen Sediento’ pero espantado. Vio allí a los sansculottes. Y pensó, “¿Qué habrá pasado? ‘Papá’ Niceto está bien parado con los del comité..” Con cuidado, no sabiendo que era lo que buscaban allí los esbirros, se fue acercando, pensando, “Nunca se habían metido con esta posada, que saben es centro de los estudiantes.” Llegó cerca de una de las criadas, y en voz baja la interrogó. “¿Qué ha pasado Loretta?” Ella le dijo, “Buscan a los fugitivos del otro día, de la guillotina.” Marcel le dijo, “¿Aquí?” Ella le dijo, “Están buscando casa por casa…agarraron a uno de ellos y le hicieron confesar muchas cosas.” Marcel palideció. Si alguien decía que los estudiantes los habían salvado esta vez ellos estarían perdidos. Loretta dijo, “Y ahora dicen que los otros están escondidos y que van a encontrarlos sea como sea.” Marcel ya no quiso saber más. Paso a paso, como fingiendo indiferencia, se fue alejando, pensando, “¿Quién sería? ¡Maldición!¡Es lo peor que podía sucedernos!¡Ellos saben los nombres de algunos de nosotros. ¡El mío, por ejemplo, y el de Gottfried!” Pensó en Louis Saint Firmin, cuya casa le quedaba más cerca. “¡Ya no puedo volver a mi casa!¡No, que diablos!¡Es posible que ya me estén esperando allí! Hay que ponernos de acuerdo y…¡Volar cuanto antes de aquí, antes que perdamos la cabeza!”
     A esa hora Gottfried terminaba de poner bajo la mesa un pedazo de tela con mantel, y las viandas, pensando, “Espero que le guste…que esté contenta.” Con una sonrisa de felicidad, como no la había tenido en mucho tiempo, llamó a la puerta de la habitación, diciendo, “¡El desayuno está servido, señorita!” Casi al momento, la puerta se abrió. Ella dijo, “No salí antes, por creer que usted dormía todavía.” Gottfried dijo, “Y yo no llamé antes por dejarla dormir un rato más.” El estudiante al verla tan pálida, tan vaporosa, se sintió atraído hacia ella. Lucille dijo, “Gracias por pensar en mi…” Gottfried dijo, “No he podido borrarla de mi mente desde que la vi anoche. Su imagen me acompañó toda la noche…Me pareció tenerla junto a mi todo el tiempo.” La llevó a la mesa y un poco cohibido, avergonzado, anunció sus carencias. “No tengo leche, pero tengo vino y queso…” Ella dijo, “Para mí está bien.”    
      Cuando se acomodaron, él empezó a hacer recomendaciones: “Es mejor que no salga de esta vivienda y que no se deje ver ni por los vecinos.” Ella dijo, “Gottfried, anoche me dijo que usted deseaba ser toda mi familia, mi todo.” Gottfried dijo, “¡Lo deseo con toda mi alma!” Ella dijo, “Para eso no siendo usted un pariente, solo queda que sea usted mi esposo.” Gottfried dijo, “No soy…no soy de su categoría. Usted es noble.” Ella le dijo, “Para dos seres que se aman, que han sido unidos por el destino, no hay clases sociales, ¡Solo amor!” Gottfried la tomó y le dijo, “Lucille, no me atrevía a decírselo, pero, ¡Sí te amo con toda el alma!¡Con todo mi ser!” Y él, sediento de esos labios tan hermosos, los besó, sintiendo que en la caricia entregaba su alma.

     En la noche, Louis y Marcel, llegaron a la casa donde vivía Gottfried. Poco después cuando se hubieron identificado, Gottfried les abría. Marcel dijo, “¡Vístete como rayo! Nos vamos de Paris. ¡Ya nos andan buscando los del comité!” Louis dijo, “¡Agarraron a uno de los que salvamos!” Gottfried corrió al instante a la alcoba, diciendo, “No nos iremos solos. Tengo a alguien aquí, que irá con nosotros.” Marcel dijo, “Pero…” 
     Gottfried entro a la habitación y encontró a Lucille dormida, y dijo, “¡Lucille, despierta, nos vamos!” Gottfried se sujetó la mano y la sintió helada, sin vida, y entonces gritó, “¡LUCILLE!¡LUCILLE!” Y al tomarla entre sus brazos, la sintió floja y con ese frio tan especial de los muertos. A los gritos de Gottfried acudieron sus amigos. Marcel dijo, “¡Santo Cielo!¿Cómo pudo llegar ésta mujer hasta aquí?” Louis dijo, “¿La conoces?” Marcel dijo, “¡Era la hija del conde de Arignon, que fue guillotinada hace dos días!¡Yo la vi ejecutar!” Marcel quitó la cinta del cuello de la joven, y Gottfried, lanzó un alarido espantoso. 
     La cabeza de Lucille rodó por la almohada. “¡NOOO!¡LUCILLE!” No pudo resistir la impresión. Se había desposado con la muerte. Cuando Gottfried volvió a tomar conciencia de sí mismo, se vio en un cuarto desconocido junto a sus amigos. Gottfried dijo, “¿Q-que pasó? ¿Cómo llegue aquí?” Marcel le dijo, “Pues te diré, sufriste una impresión y has pasado dos semanas entre la vid y la muerte. Pero tu mal nos ayudó a todos para poder salir de Francia en una humilde carreta de paja.” Gottfried dijo, “¿Cómo? No entiendo?”Marcel dijo, “Para salir de Paris, dijimos que estabas enfermo de viruela.” Louis dijo, “¡Y nadie quiso verte!” Marcel dijo, “Así, con la amenaza de la viruela, llegamos a la frontera y la pasamos.” Gottfried preguntó, “¿Pero de verdad tengo ese mal?” Marcel dijo, “No, pero después de que se fue Tomas con esa extraña muchacha, te pusiste mal.” Gottfried dijo, “Entonces Lucille.” Marcel dijo, “¿Te has vuelto loco? No conocemos a nadie de ese nombre. La muchacha de Tomás se llama Claudia.” Gottfried  dijo, “Entonces…entonces creo que tuve un mal sueño.” En ese momento, entro Freda, la prometida de Gottfried, y los padres del estudiante. Freda dijo, “¡Gottfried al fin te vuelvo a ver.” Su madre dijo, “¡Hijo de mi alma!” Marcel había mentido a su amigo. Prefería dejarlo en la creencia de que aquel hecho inexplicable había sido un mal sueño. Frida dijo, “Ahora que has vuelto, nos casaremos, ¡Y ya nunca más nos separaremos!”
Tomado de Novelas Inmortales Año III No. 130. Mayo 14 de 1980. Adaptación: Mario De la Torre Barrón. Segunda Adaptación: José Escobar.

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