Club de Pensadores Universales

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sábado, 5 de marzo de 2016

Literatura Norteamericana el Siglo XX

     El realismo continua dominando la novela norteamericana al entrar el siglo XX.
     A pesar de su pesimismo y de un estilo tosco, se destaca, Theodore Dreisser (1871-1945) por la fuerza y la honestidad que revisten sus obras: La Hermana Carrie, Una Tragedia Americana
     Upton Sinclair (1878-1968) adquirió fama con su amarga novela, La Jungla, inspirada por los mataderos de Chicago.
     Los irónicos cuentos de O. Lewis, seudónimo de, William Sidney Porter (1862-1910), tienen como fondo la ciudad de Nueva York.
     Varias mujeres se han distinguido como novelistas: Edith Wharton (1862-1937), gran amiga de Henry James y casi su igual en cuanto la percepción psicológica de sus obras: Ethan Frome, La Edad de la Inocencia.
     Willa Cather (1876-1947), procedente del oeste, describe su tierra natal con honestidad intransigente en: ¡Oh Pioneros! La Muerte Viene Por El Arzobispo.
     Ellen Glasgow (1874-1945), sureña que observa con ironía la antigua aristocracia de su comarca en vana lucha contra los tropiezos del mundo moderno.
    Pero los primeros indicios de un renacimiento que iba a llevar la literatura norteamericana por nuevos rumbos, comienza a evidenciarse en la poesía. En 1912, Harriet Munro, al fundar en Chicago la revista, Poetry, proporcionó al movimiento un impulso inicial.
     Edgar Lee Masters (1896-1950),
     Vachel Lindsay (1896-1931) y, sobre todo,
     Carl Sandburg (1878-1967) se dieron a conocer en las páginas de esta revista. Estos jóvenes poetas del Medio Oeste, usan todos, el verso suelto y palabras sencillas del habla diaria, para cantar de gente sencilla en la tradición de Withman.
      El corresponsal de la revista en Europa era Ezra Pound (1885-1972), un poeta expatriado y de enormes dotes, de desbordante entusiasmo y eclécticos gustos. Fundó la escuela imaginísta; se vinculó con una de las corrientes futuristas conocida como el Vorticismo; más tarde, se dejo impresionar por unas extrañas teorías económicas, y su admiración por Mussolini, lo indujo a permanecer en la Italia hasta terminar la Segunda Guerra Mundial.
     Por sus ensayos de nuevas técnicas y formas poéticas, por su gran erudición y por sus ritmos seguros y sutiles de su verso, se lo reconoce como uno de los grandes maestros del siglo. Muchos otros poetas contemporáneos, en primer lugar T. S. Eliot, reconocen su deuda literaria con Pound.
     Thomas Stearns Eliot (1888-1965), también oriundo de Medio Oeste, estudió en la Universidad de Harvard, pero muy pronto pasó a Inglaterra y se naturalizó británico. La obra de Eliot, a pesar de la influencia que ejerció en este lado del Atlántico, pertenece más bien a la corriente de la literatura inglesa, y allí se la comenta.
     El poeta Wystan Hugh Auden (1907-1973), por lo contario, llegó a los Estados Unidos de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial y adoptó la ciudadanía norteamericana. En su juventud, encabezó en Inglaterra un grupo vanguardista, conocido como “los poetas de Cambridge.” Sus obras posteriores muestran el impacto del idioma y de los ritmos norteamericanos.
     Un poeta que se mantuvo fuera de los movimientos modernistas, pero que adquirió considerable renombre, fue Robert Frost (1875-1966). Encuentra su inspiración en las experiencias sencillas de la vida campestre en Nueva Inglaterra.
     Entre los poetas más recientes, cuya reputación crece constantemente, son dignos de mención: Wallace Stevens (1879-1966), próspero hombre de negocios y a la vez refinado poeta simbolista; escribió versos llenos de sensibilidad, que se destacan por su técnica.
      Edward Estlin Cummings (1894-1962) anarquista romántico, quien incluso, inventa una serie de recursos tipográficos para expresar su brillante fantasía.
    Marianne Moore (1887-1972) cuya poesía aborda complicados problemas intelectuales de vívidas imágenes.
     William Carlos William (1883-1963), médico y poeta, que cultiva en sus versos un tono directo, conversacional, y relata sus experiencias diarias.
     Después de la Primer Guerra Mundial y antes de la Gran Depresión, nuevos valores convierten la novela en un medio para poner el tela de juicio la sociedad norteamericana.
     Sinclair Lewis (1885-1951) emplea un estilo directo, despojado, para exponer la hipocresía de la clase media en los Estados Unidos: Calle Mayor, Babitt, Arrowsmith.
     John Dos Passos (1896-1970) cultiva una técnica nueva, entre mezclando a lo largo de su narración, relámpagos de pura poesía con irónicos relatos sobre la vida de figuras públicas, y citas tomadas de periódicos. Sus novelas ponen al desnudo la corrupción que engendra una sociedad materialista: Traslado a Manhattan, y la trilogía U.S.A.
     Francis Scott Fitzgerald (1890-1940) describe la sociedad de los cafés en la era del jazz, y los desconciertos y frustraciones de sus personajes que en medio del alborozo les trae su inútil vida: El Gran Gatsby, Tierna es la Noche.
     Thomas Wolfe (1900-1938), en cuatro torrenciales novelas autobiografías, revela su propia búsqueda del significado de la vida y del alma de su país: ¡Mira Hacia Casa, Ángel! El Tiempo y el Rio.
     John Steinbeck (1902-1968) escribe un emotivo relato sobre los sufrimientos de los pobres, durante la crisis económica de los treinta: Ratones y Hombres, Viñas de la Ira.
     En cambio, Ernest Hemingway (1898-1961) se sitúa en un plano más personal. El individuo le interesa más que la sociedad, y su tema preferido, es el empeño del hombre para forjar su propio destino, en un mundo esencialmente hostil. La obra de Hemingway, reviste importancia especial por sus grandes aportes al arte de la novela. Los protagonistas, procuran expresarse en la acción, y no a través de los comentarios del autor. Su lenguaje es sobrio en extremo, utilizando un lenguaje de verbos casi exentos de adjetivos, tal como el habla de úso corriente entre gente sencilla. El Sol También Sale, Adiós a las Armas, Por Quién Doblan Las Campanas, El Viejo y el Mar.
     William Faulkner (1897-1962), otro gran novelista de la época, emplea un estilo exactamente opuesto al de Hemingway: complejo, lleno de circunlocuciones y ricamente adjetivado. Sureño, dedica su obra, casi por entero, a su región natal, este sur de los terratenientes, aún curando las heridas de su derrota de la Guerra Civil, aún buscando una forma de convivencia con los negros, por un lado, y por otro, con los blancos de las clases bajas, que ajenos a la tradición sureña e incultos, constantemente desacreditan su raza. Pero sería un error clasificar las novelas de Faulkner como estudios regionales. A fin de cuentas, sus personajes caen vencidos por su propia tortuosa conciencia y por su violenta naturaleza, más bien que por las circunstancias. Una atmosfera de catástrofe pesa sobre esas tragedias modernas, aunque de vez en cuando, Faulkner las ilumina con destellos de humor: El Sonido y la Furia, Luz de Agosto, ¡Absalón!¡Absalón!, La Ciudad.
     Otros escritores, cuya fama se funda en solidas bases, son: Katherine Annie Porter (1890-1980), una verdadera maestra del cuento: La Torre Inclinada y El Barco de la Locura, su única extensa novela, en el fondo una serie de cuentos disimiles, que se entrelazan y forman una compacta trama.
Thorntorn Wilder (1897-1975), cosmopolita, cuyas obras, El Puente de San Luis Rey, Los Idus de Marzo, revisten un sentido filosófico.
     Pearl Buck (1892-1973), hija de misioneros, educada en China, y autora de numerosos libros de este país, La Buena Tierra.
     Richard Wright (1908-1960) novelista negro, describe con franqueza, aunque sin rencor, la dramática situación de su raza, Hijo Nativo, Muchacho Negro.
     John Hersey (1914-1993), cuyas obras, Hiroshima, y El Muro, evocan con onda compasión el sufrimiento humano, describiendo dos de los más horribles holocaustos de la Segunda Guerra Mundial, el aniquilamiento de la ciudad japonesa, y la destrucción del ghetto de Varsovia.
     La obra de Norman Mailer (1923-2007) Los Desnudos y los Muertos, constituye una de las mejores novelas escritas sobre esa guerra.
     Entre los nuevos valores aclamados como maestros por la generación de escritores más jóvenes, cabe mencionar a Jerome David Salinger (1919-2010) cuyos protagonistas son adolecentes que juzgan al mudo adulto con intransigente honestidad: El Cazador Oculto.
     Jack Kerouac (1920-1969), héroe del mundo afiebrado de los “beats” o pseudoexistencialistas norteamericanos, que persiguen la sensación del momento para huit de la vida: Vagabundos.
     Saúl Bellow (1915-2005), cuyas obras emplean tramas absurdas y situaciones grotescas, para recalcar el problema del hombre moderno en busca de su identidad: Las Aventuras de Augie March, Henderson, El Rey de la Lluvia.
     El teatro norteamericano tiene una historia poco distinguida, hasta la aparición de Eugene O’Neill (1888-1953), quien renueva fundamentalmente el arte drámático, no solo en los Estados Unidos, sino también en otros países. Deliberadamente combina un dialogo llano y realista, con los más atrevidos recursos de la escenografía expresionista. Sus tema resultan siempre importantes, ya sean psicológicos, sociales, incluso religiosos, todos en sus manos alcanzan un sentido universal: Mas Allá del HorizonteTodos los Hijos de Dios Tienen Alas, Extraño Interludio, El Luto le Sienta Bien a Electra.
     De los contemporáneos de O’Neill, ninguno alcanzó su estatura. La abundante producción se orienta hacia el teatro de diversión.
     Constituyen notables excepciones: La Máquina de Sumar, de Elmer Rice (1892-1967) en que el actor ensaya técnicas expresionistas, y Nuestra Ciudad, una comedia de Thornton Wilder, también experimental, basada en los recuerdos de juventud. Durante la crisis económica de los treinta, los problemas sociales llegan a la escena.
     El autor más significativo de este periodo fue Clifford Odets (1906-1963), autor de, Esperando a Lety y Despiertate, y Canta, en 1935.
     Desde la Segunda Guerra Mundial, dos dramaturgos han dominado la escena norteamericana.
     Arthur Miller (1915-2005) y
     Tennessee Williams (1914-1983). La Muerte de Un viajero, de Miller, donde el autor pone al desnudo la mediocridad y las frustraciones del hombre corriente, sigue siendo su mejor obra. En sus obras posteriores, Las Brujas de Salem, y Panorama Desde el Puente, cultiva una proyección más poética y simbólica, con menoscabo para la veracidad y para el intenso dramatismo de su primer gran éxito.
     Williams, en casi todas sus obras, emplea temas del sur. La degradación social y moral de sus personajes que aun se apegan a las apariencias, y la pesadilla de las aberraciones sexuales en que se refugian ellos ante la realidad, pudiera interpretarse como símbolo de los problemas y males que agobian la vida contemporánea. Sin embargo, la impresión inmediata que deja el espectáculo, es molesta: El Zoo de Cristal, Un Tranvía Llamado Deseo, El Gato Sobre el Tejado de Cine Caliente.      
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 481 y 482.                                                                       

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