Club de Pensadores Universales

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domingo, 13 de diciembre de 2015

Los Ojos Negros de Pedro A. de Alarcón

     Pedro Antonio Joaquín Melitón de Alarcón y Ariza nació en Guadix, Granada, el 10 de marzo de 1833, y murió en Madrid, el 19 de julio de 1891, a la edad de 58 años. Alarcón fue un narrador español que perteneció al movimiento realista, en el que destacó como uno de los artífices del fin de la prosa romántica.

Biografia

     Pedro Antonio de Alarcón tuvo una intensa vida ideológica; como sus personajes, evolucionó con las ideas liberales y revolucionarias a posiciones más tradicionalistas. Aunque su familia provenía de hidalgos, era más bien humilde, aunque no tanto como para no poder permitirse enviarlo a estudiar Derecho en la Universidad de Granada, carrera que abandonó pronto para iniciarse en la eclesiástica. Aquello tampoco le satisfizo y abandonó en 1853, para marchar a Cádiz, donde funda, El Eco de Occidente, junto a Torcuato Tárrago y Mateos, iniciando su carrera periodística en la dirección de éste periódico.

    Alarcón escribía desde su adolescencia, citándose a don Isidro Cepero como el instigador principal de su inquietud literaria. Su primera obra narrativa, El Final de Norma, fue compuesta a los dieciocho años y publicada en 1855. Sus inquietudes le llevaron a integrarse al grupo, que se llamó, la Cuerda Granadina.

     Se trasladó a Madrid, en 1854, molesto con el entorno reaccionario de Granada. Allí crea un periódico satírico, El Látigo, que también dirige, de cierto éxito, con ideología antimonárquica, republicana y revolucionaria. El periódico era un claro heredero de su experiencia en, El Eco de Occidente.

     En 1857, escribe, El Hijo Pródigo, drama de gran éxito. También en 1857, empieza a publicar relatos y artículos de viajes en la publicación madrileña, El Museo Universal. Más tarde, interviene como soldado y periodista en la guerra de África, recogiendo todo lo que acontecía en la campaña y en su vida allí, y que luego mandaba a su editor en una serie de artículos, que se recogieron bajo el título de Diario de un Testigo de la Guerra de África, en 1859. Este libro es especialmente apreciado por su viva y prolija descripción de la vida militar.

     Más adelante cultivó la literatura de viajes, contando, en diversos artículos, sus viajes por Italia (recogidos en, De Madrid a Nápoles, 1861) y por su Provincia de Granada natal (La Alpujarra, 1873), en los que el realismo de las descripciones contrasta con la ilusión de una prosa que narra lo cercano y desconocido. Estos artículos rebasan el interés meramente periodístico, constituyendo un ejemplo para toda la literatura de viajes posterior.

     En 1860 se casó con Paulina Contreras Rodríguez en Granada, de cuyo matrimonio nacieron cinco hijos, dos varones y tres mujeres. Los varones fallecieron en Madrid en los años de la contienda civil, al igual que dos de las hijas, casándose la única que sobrevivió, Carmen de Alarcón Contreras, con Miguel Valentín Gamazo, de cuyo matrimonio tuvieron tres hijos: María del Carmen, María del Pilar y Miguel Valentín de Alarcón, que falleció en Madrid el 4 de mayo de 2000, siendo el último descendiente directo de Pedro Antonio de Alarcón, pues murió soltero y sin que se sepa que tuviera descendencia.

     Como integrante de la Unión Liberal, ostentó diversos cargos, de los cuales el más importante fue el de consejero de estado con Alfonso XII, en 1875. Fue también diputado, senador y embajador en Noruega y Suecia. Además fue académico de la Real Academia de la Lengua desde 1877.

    Hacia 1887, convencido de que en el camino del realismo lo había dado todo, se condenó al silencio. Tal vez influyeron las críticas de sus antiguos correligionarios liberales. Por ejemplo, Manuel del Palacio escribió sobre él lo siguiente:

Literato, vale mucho;

folletinista, algo menos;

político, casi nada;

y autor dramático, cero.


Trayectoria Literaria

     Su primera obra narrativa fue, El Final de Norma, que no vio publicada hasta 1855. Comenzó a escribir relatos breves de rasgos románticos muy acusados, hacia 1852. Algunos de estos relatos breves, entroncados con el costumbrismo granadino, revelan el influjo de Fernán Caballero, pero otros demuestran la impronta de una atenta lectura de Edgar Allan Poe, de quien introdujo el relato policial con su novela, El Clavo. Sin embargo, Alarcón también compuso relatos de terror a semejanza de su modelo. Desde 1860 hasta 1874, agregó a los relatos la redacción de libros de viajes. Estos últimos son, Diario de un Testigo de la Guerra de África (1859), De Madrid a Nápoles (1861) y La Alpujarra (1873), que suponen ya un acercamiento al realismo. En 1874, publicó El Sombrero de Tres Picos, desenfadada visión del tema tradicional del molinero de Arcos y su bella esposa perseguida por el corregidor. Recogió sus artículos costumbristas en Cosas que Fueron (1871) y sus poemas juveniles en, Poesías. También intentó el teatro con su drama, El Hijo Pródigo, estrenado en 1875.
     En el Diario de un Testigo de la Guerra de África revela su talento descriptivo, presente también en los apuntes del viaje por Francia, Suiza e Italia y en, La Alpujarra, donde logra insertar la viva realidad en la historia casi legendaria de las sublevaciones moriscas, aproximándose a la novela. Entre 1874 y 1882, aparecieron sus obras más conocidas y famosas: los cuentos y las novelas cortas y extensas. Los relatos breves abarcan las Narraciones Inverosímiles, bajo el ya mencionado influjo de Poe; los Cuentos Amatorios, que se sitúan entre la sensiblería y el misterio policíaco, destacando El Clavo y La Comendadora; y las Historietas Nacionales, de honda raigambre popular y que entroncan con obras similares de Fernán Caballero y Honoré de Balzac, y van desde el tema heroico de la resistencia a los invasores franceses, hasta el populismo épico de los bandoleros, pasando por las frecuentes algaradas civiles que al autor le tocó vivir. Destacan, El Carbonero Alcalde, El Afrancesado, El Asistente y, la que algunos consideran la mejor de todas, El Libro Talonario.
     En 1875 aparece, El Escándalo, que une el tema religioso a la crítica social. Ofrece una galería romántica de personajes, desde el soñador y enigmático Lázaro, hasta el voluble Diego. De entre todos, descuellan el P. Manrique, jesuita consejero de la aristocracia, y el alocado y simpático Fabián Conde. El protagonista de la novela, víctima de sus calaveradas de joven, aprende a asumir su pasado bochornoso, lo que es mejor que pretender ocultarlo con mentiras burguesas. Prosiguiendo esa vena moralista, el autor siguió la trayectoria iniciada con dos obras más, El Niño de la Bola (1878) y La Pródiga (1880), un alegato contra la corrupción de las costumbres. Poco después publicó El Capitán Veneno (1881).

      Pedro Antonio de Alarcón es ante todo un habilísimo narrador: sabe como nadie interesar con una historia. En sus libros la acción nunca decae y, aunque el cronotopo, o marco espaciotemporal de sus novelas, suele ser de estilo realista, sus personajes son en el fondo románticos. En el curso de su producción novelística, se va convirtiendo en un moralista. Por esta misma razón, Daniel Henri Pageaux considera que, “El Sombrero de Tres Picos no es sólo una excepción, sino un milagro (...). Alarcón quiere sumergir a su lector en un doble exotismo, un Antiguo Régimen que remite a Goya, o a Ramón de la Cruz, y una Granada sonriente, buena, espiritual sin ser vulgar, alegre sin ser sensual. Y finalmente la ironía del cuentista hace al lector cómplice de una situación deleitable: la derrota del funcionario real, del poder central. ¿Qué más pedir?”

Obra

Novelas

·         El Final de Norma (1855)

·         El Sombrero de Tres Picos (1874)

·         El Escándalo (1875)

·         El Niño de la Bola (1880)

·         El Capitán Veneno (1881)

·         La Pródiga (1882).

Cuentos Reunidos

·         Cuentos Amatorios (1881)

·         "Sinfonía", "La Comendadora", "El Coro de ángeles", "Novela Natural", "El Clavo", "La Ultima Calaverada", "La Belleza Ideal", "El Abrazo de Vergara", "Sin un Cuarto", "¿Por Qué era Rubia?", "Tic... tac...".

·         Historietas Nacionales (1881)

·         "El carbonero alcalde", "El Afrancesado", "¡Viva el Papa!", "El Extranjero", "El Angel de la Guarda", "La Buenaventura", "La Corneta de Llaves", "El Asistente", "Buena Pesca", "Las DosGlorias", "Dos Retratos", "El Rey se Divierte", "Fin de Una Novela", "El libro talonario", "Una Conversación en la Alhambra", "El Año Campesino", "Episodios de Nochebuena", "Mayo", "Descubrimiento y paso del Cabo de Buena Esperanza".

·         Narraciones Inverosímiles (1882)

·         "El Amigo de la Muerte", "La Mujer Alta", "Los Seis Velos", "Moros y Cristianos", "El Año en Spitzberg", "Soy, Tengo y Quiero", "Los Ojos Negros", "Lo Que se Oye Desde una Silla del Prado".
Teatro
·         El Hijo Pródigo (1857)
Poesía
·         Poesías Serias y Humorísticas (1870)
Libros de Viajes
·         De Madrid a Nápoles (1861)
·         La Alpujarra: sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia (1873)
·         Viajes por España (1883)
Recopilación de Articulos
·         Cosas que Fueron (1871)
Otras Obras
·         Historia de mis Libros
·         Juicios Literarios y Artísticos
·         Últimos Escritos.
Los Ojos Negros
de Pedro A. de Alarcón
     Era primavera de 1738, en Cristiana, al sur de Noruega, y un grupo de nobles de aquella comarca, cabalgaban por la campiña, disfrutando la cacería del jabalí. Magno de Kimi, al frente de sus anfitriones, dos caballeros españoles, quería ser el primero en lograr aquella pieza. Montado en su caballo, uno de sus anfitriones dijo, “¡Se fue por allá!” Dando un tirón a las riendas de su caballo, Magno casi lo obligó a pararse en los cuartos traseros para seguir a su presa. Magno pensó, “¡No se me escapará!” Uno de sus anfitriones dijo, andando también a caballo, “¡Veamos quien lo atrapa primero!”
   Otro dijo, “¡No dejaremos que se nos escape el ‘escandinavo!’” Magno dijo, portando su ballesta a todo galope, “¡Adelante!” Magno se internó en el bosque, y aguzando la mirada, trataba de descubrir el menor indicio que le indicára el escondite del jabalí. Magno pensó, “Tiene que andar por aquí. Estoy seguro, no puedo haberme equivocado. Yo vi claramente cuando…¡Epa!” El animal, sabiéndose acorralado, y siguiendo su instinto de conservación, logró esquivar al cazador, pero no con mucha ventaja.

     Furioso por aquella presente persecución, el jabalí se volvió para embestir a Magno, en un momento en que éste se encontraba distraído. El ímpetu del ataque asustó al caballo, y su jinete perdió el control cayendo. Magno dijo, “¡Maldita Bestia!¡Pero no escaparás!” El caballo se alejó a todo galope, mientras Magno quedaba en el suelo, a merced del enfurecido jabalí. Afortunadamente no había perdido su ballesta, y disparó en el momento de mayor peligro, seguro de dar en el blanco. Pero falló el tiro, y haciendo gala de su habilidad, se puso fuera del alcance del animal, momentáneamente. De pie, armado solamente con su espada, esperó la nueva embestida del jabalí, diciendo, “Esta bien amigo, ha llegado el momento de la verdad.”
     Hombre y bestia se enfrentaron en tremenda lucha por la supremacía. Sin embargo, Magno de Kimi era un ser de una fortaleza y una vitalidad increíbles, y poco a poco se fue imponiendo. El golpe fue mortal. El animal se tambaleo, ya sin fuerzas, en ese momento llegaron los otros cazadores españoles. Uno de ellos dijo, “¡MAGNO!” Un último tajo puso fin a la contienda, ante el asombro de los españoles que llegaban a “rescatarlo” Uno de los anfitriones españoles, bajó de su caballo y dijo, “Vimos a tu caballo y pensamos que necesitabas ayuda.” Magno dijo, “Pues ya ven, pude arreglármelas muy bien, y yo solo.” Otro de los cazadores anfitriones dijo, “¡Eres un hombre increíble, no pensé que pudieras hacerlo!” Otro dijo, “¡Se necesita la fuerza de un toro para hacer lo que hiciste!” El líder de los cazadores españoles dijo, “¡Felicidades! Esto merece un brindis.”

     Ese era Magno de Kimi, fiero, valiente, y no le temía a nada. Al regresar al palacio de Cristiana, las mujeres lo estaban esperando. Una de ellas dijo, “¡Ya llegaron y traen al jabalí muerto!” Fedora, la esposa de Magno dijo, “¡Tendremos un gran banquete!¡Vamos!” Mariana, su prima, dijo, “Querida prima, tu esposo es tan magnífico como su nombre. Magno de Kimi, el Jarl reinante de la isla de Loppen. Debes sentirte la mujer más dichosa teniendo un marido como él.” Mariana no comprendió aquel titubeo de su prima, pero tampoco le importaba. Su atención estaba pendiente del hombre al que admiraba. Entonces dijo a Fedora, “¡Ven, vamos a recibirlo!”
     En ese momento, los españoles contaban la hazaña. Uno de ellos decía, “¡Magno acabó él solo con el jabalí!” Otro dijo, “¡Se enfrentó a él de pie, y únicamente con su espada!” Las mujeres al escuchar aquello se sentían fascinadas. Una decía, “¡Es todo un hombre!” Y otra, “¡Y qué hermoso es!” Otra decía, “¡Qué fuerte!¡Qué viril!” Y otra, “¡Yo me sentiría dichosa si pudiera estrecharme entre sus brazos!” Mariana dijo, “¿Ya oíste? Todas las mujeres te envidiamos, Fedora. ¡Deberías sentirte orgullosa por ello!” Fedora no pudo concluir la frase que pugnaba por salir de sus labios, y dijo, “…yo…yo…lo estoy, pero…” Entonces Magno dijo, “Querida Fedora, quisiera hablar contigo un momento. ¿Nos disculpas Mariana?” Mariana dijo, “Naturalmente, Magno. A ti no se te puede negar nada.” Magno dijo, “Gracias, nos veremos más tarde.” Sin pronunciar palabra, la pareja se alejó rumbo a sus habitaciones. Tal parecía que Magno quería estar a solas con su esposa.
     Sin embargo, en el semblante de ella, se percibía el temor, un miedo que la hacía estar siempre tensa, cuando estaba su esposo cerca de ella. Entonces Magno le dijo, “¿Qué te pasa, querida? Actúas como si fuera a hacerte daño.” Ella dijo, “No…¡Qué ideas se te ocurren, Magno!” Con la rudeza propia de los hombres de su raza, la estrechó con una pasión violenta, posesiva, autoritaria. Y ella se desmadejó entre sus brazos. Magno dijo, “Te amo, Fedora. Eres la mujer dulce,  tierna, y exquisita que yo anhelaba a mi lado, como mi esposa y madre de mis hijos.” Magno la levantó en sus brazos, y dijo, “Tendremos una larga descendencia, y mis antepasados se sentirán orgullosos de mi. ¿Pero qué pasa, amada mía?¿Porqué no dices nada?” 
     Ella dijo, “Magno, yo…” Magno la recostó en su cama, y dijo, “¡Oh, sí, ya sé! Sientes el pudor natural que te da tu encantadora inocencia, que es lo que más ámo de ti desde que nos casamos hace ya tres años. Amada mía, volvamos a nuestra Isla de Loppen, donde nadie perturbe nuestro amor. Ya es tiempo de que tengamos a nuestro primer vástago.” Fedora se había casado con Magno por decreto real, pero todavía no podía acostumbrarse a su rudeza y temía enfadarlo a cada momento. Sin embargo, en aquella ocasión se atrevió a pedir. “Magno, te suplíco que me permitas quedarme un tiempo más en Cristiana.” Fedora se puso de pie y dijo, “Me hace falta la compañía de alguien como mi prima Mariana, después de pasar tanto tiempo en aquellas soledades de La Laponia. ¡Por favor, comprende mi necesidad y no te enojes conmigo, te lo suplico!” Magno se sentó en la cama, y dijo, “No pensé que te disgustaba vivir en las heladas regiones de Hammesfert.” 
     Fedora dijo, dándole la espalda, “¡No es eso! Soy feliz de estar allá contigo, pero…” Magno la tomó de los hombros y dijo, “Está bien. No digas más. No quiero ver esa tristeza reflejada en tus hermosos ojos. Te quedarás aquí hasta que empiece el próximo invierno. Para entonces, el tiempo en Loppen estará mejor que aquí. Pero será una larga ausencia. Déjame llevar el recuerdo de tu ser en mi, hasta que volvamos a estar juntos.”
     Era un atardecer primaveral cuando Magno de Kimi se dispuso a partir, no sin antes dejar instrucciones a su fiel sirviente, Estanislao, quien le dijo, “Pero señor, yo quisiera irme con usted, puede necesitarme…” Magno le dijo, “No, te quedarás aquí, y atenderás a tu señora, la Jarlesa de Loppen.” Magno subió a su caballo, y dijo, “Cuidarás de que nada le falte, y si algo necesita, me avisarás.” Estanislao dijo, “Está bien, señor. Lo que usted ordéne.” Magno se alejó hacia al puerto, donde había quedado anclado su barco, que lo llevaría más allá del círculo polar ártico, en donde se encontraría su reino, en el último punto habitable del Continente Europeo.
     El dialogo entre las mujeres continuaba. Mariana dijo a Fedora, “¿Cómo, Magno se fue? ¿Porqué no se quedó a la próxima celebración? ¡Se ha organizado un gran baile para ese día!” Fedora dijo, “Tenía que regresar a Loppen. El invierno ha pasado, y tiene que atender a sus deberes como monarca de la isla.” Mariana dijo, “¿Y tú?¿No tienes las mismas obligaciones que él, para con tus súbditos?” Fedora dijo, “Bueno, sí, pero quise quedarme un poco más aquí. Tú no sabes lo que es vivir en aquellas lejanas tierras sola.” Mariana dijo, “No te entiendo, Fedora, ¡Estarías con él!¡Eso quisiera yo!” Fedora dijo, “Si lo conocieras tal y como es, no hablarías así.” Mariana dijo, “No importa como sea. Él te ama, se le nota en la forma de mirar.” Fedora dijo, “Pero a mí no me gusta cómo me trata. Es tan rudo, tan violento…mejor cambiemos de tema, platícame sobre el próximo baile.”
      El ambiente festivo, y la algarabía de las otras mujeres, lograron que Fedora pronto se olvidára de Magno de Kimi y de su matrimonio. Uno de los caballeros de la corte se acercó a Fedora y un grupo de mujeres, y dijo, “¿Ya saben quién se presentará en el baile? Nada menos que Don Alfonso de Haro.” Mariana dijo, “¡Ese sí que es todo un acontecimiento!” Fedora dijo, “¿Quién es ese hombre?” Mariana dijo, “¿Realmente no lo conoces?¿No has oído hablar de él?” Otra de las mujeres dijo, “Ese es un verdadero sacrilegio, tratándose de un varón de su estima.” Otra de las mujeres dijo, “Tienen que comprender que Fedora vive como si estuviera recluida en un convento, y tiene poco contacto con la vida de los nobles en toda la cristiandad.” 
     Mariana dijo, “¡Entonces tienes qué conocerlo! Es un hombre de gran valor, diestro en el manejo de las armas, héroe de todas las batallas…Pero sobre todo, con aquellas que tienen que ver con el arte de conquistar una mujer.” Otra de las damas dijo, “Es cierto, todas soñamos con ser la elegida de su corazón. Pero hasta ahora ninguna ha logrado atraparlo definitivamente, y todas las que han pasado por sus brazos, solo han sido aventuras para el. Cuando lo veas, nos darás la razón. Es un hombre apuesto y viril. Sobresale de entre todos los demás.” Fedora dijo, “Debemos prepararnos para ese gran acontecimiento.”
     En la mente de Fedora, aquel hombre había ido tomando forma, y su natural curiosidad femenina la inclinaba a saber más de él. Mariana le dijo, “¿Qué te pasa mujer? Parece como si estuvieras en otro mundo.” Fedora dijo, “¿Eh?¿A mi…? Nada. Mariana, ¿Tú conoces a ese hombre?” Mariana dijo, “¿A quién?¿A don Alfonso de Haro? Sí, lo he visto varias veces.” Fedora dijo, “¿Y a ti qué te parece?¿Opinas como las demás?” Mariana dijo, “Bueno..pues…¿Porqué no esperas a verlo por ti misma? Así podrás tener tu propia opinión. Mañana en la noche será el baile.” Al quedar sola, Fedora no pudo dejar de pensar en Don Alfonso. Había oído decir tantas cosas de él, que se sentía intrigada.
     La noche del baile se arregló con esmero. Quería estar especialmente bella pero, ¿Para quién? Fedora pensaba, “Debo causar buena impresión.” Cuando bajó al gran salón, lucía esplendorosa, y en los ojos de todos notó el efecto que causaba, a pesar de que había otras mujeres hermosas. Entre las damas, todos los comentarios circulaban en torno del mismo tema. Una de las damas dijo “Todavía no ha llegado, pero no debe tardar, me aseguraron que vendría. ¡Me siento tan emocionada que creo que me voy a desmayar!” Otra de las damas dijo, “Si lo haces perderás la oportunidad de verlo, porque aquí llega.”
     En efecto, Don Alfonso de Haro, hizo su aparición en medio de un murmullo de comentarios y saludos de los presentes. Mariana dijo, “¡Aquí lo tienes, querida prima!” Fedora lo hubiera reconocido en cualquier parte, era tal y como lo había imaginado. Mariana se dio cuenta del impacto que le causo. Mariana dijo, “Pero ten cuidado, querida prima, el juego que pretendes es peligroso.” Fedora dijo, “¿De qué estás hablando? ¡No entiendo!” Aquellas palabras se habían dicho casi en murmullo, pues Don Alfonso llegó en ese momento ante ellas.
    Besando la mano de cada dama, Don Alfonso dijo, “¡Bellísimas damas, es un placer estar nuevamente entre vosotras!” Se dirigió a Mariana y dijo, “¡Querida Mariana, luces encantadora, tal y como te vi la última vez!” Mariana dijo, “¡Gracias Alfonso, tu siempre tan galante!” Entonces se volvió hacia Fedora, y pareció como si entre los dos se hubiera establecido un poderoso magnetismo. Don Alfonso besó su mano, diciendo, “¿Puede alguien hacer el favor de presentarme?” Mariana dijo, “Mi prima Fedora, la Jarlesa de Kimi…el valiente hidalgo, Don Alfonso de Haro.” 

     Don Alfonso dijo, “¡Es un verdadero privilegio poder conocer a tan hermosa dama!¿Me concedería el honor de bailar conmigo?” Sin contestar, Fedora se dejó llevar por la fascinación que ese hombre ejerció sobre ella, desde el primer momento. Ambos parecían embelesados por una magia que solo los envolvía a ellos. El resto del mundo había dejado de existir en esos momentos. Cuando la música dejó de tocar, cesó el encanto. Entonces, Don Alfonso dijo, “Hace un poco de calor aquí, ¿Quiere que salgamos un momento?” En el jardín, el aire era suave y perfumado, e invitaba a la ensoñación. Don Alfonso dijo, “Aquí estaremos mejor.” Entonces, Don Alfonso se acercó a ella y dijo, “Pero, ¿Porqué no me ha dejado escuchar su hermosa voz? Debe ser como el cristalino canto del arroyuelo.” Fedora dijo, “¡Qué cosas tan hermosas dice!” Don Alfonso dijo, “¡Los dichos no podían ser de otra manera, su belleza es perfecta en todos sus matices!” Fedora dijo, “Por favor…me abruma con sus halagos. ¿Le dice lo mismo a todas las mujeres que conoce?” Don Alfonso dijo, “Veo que ha escuchado algunos comentarios, y se ha formado un concepto erróneo de mi. Pero yo me encargaré de quitarle esa mala impresión.”
     A partir de ese momento, don Alfonso de Haro dedicó toda su atención a la hermosa Jarlesa de la Isla de Loppen, aunque nade viera aquella relajación con buenos ojos. Pero Fedora estaba encantada con los diarios paseos al lado del hidalgo, su recia personalidad la tenía fascinada. También Alfonso había encontrado en ella algo especial que había cautivado su corazón, como jamás le había ocurrido con ninguna otra mujer. Fedora estableció comparaciones:
    Su esposo: duro, frío, violento; Don Alfonso: tierno, delicado, apasionado…y sucumbió a sus besos, irresistiblemente. Fedora no pensó en nada, ni en las consecuencias que aquella locura le acarrearía, solo deseaba disfrutar de aquel amor, mientras durára. En una ocasión, Don Alfonso le dijo, “Te adoro, Fedora. Soy el hombre más dichoso cuando estoy a tu lado.” Fedora le dijo, “Yo también te amo, y no quisiera separarme nunca de ti, pero…” Don Alfonso la interrumpió, “¡Calla! No digas nada más, sé que hay un sin fin de obstáculos entre nosotros, pero ya encontraré la forma de derribarlos para que nada nos pueda separar. Esta noche iré a buscarte a tus habitaciones. No puedo esperar por más tiempo. Necesito que seas mía.” Fedora lo abrazó, diciendo, “¡Yo también lo deseo, mi amor!”

     Mientras se abrazaban y se besaban, la llama del deseo los abrasaba y les era imposible ocultar su pasión. Uno de los caballeros que observaba todo, dijo pensando dentro de sí, “Tengo que avisar al Jarl, inmediatamente.” El fiel sirviente de Magno, envió un mensaje escrito que decía, “Señor, ¡Venid!¡Venid a Cristiana!¡Habéis perdido su amor…! ¡Salvad la honra! La Jarlesa Fedora os es infiel. Hay en ésta corte, desde los pocos días después de vuestra marcha, un joven extranjero, embajador y marino, bello como el ángel de las tinieblas, el cual os ha robado el corazón de vuestra esposa. El asesino de vuestra dicha es español. Tiene los ojos negros, como la noche, y negra la cabellera como la alas del cuervo que caen sobre los cadáveres. Es noble y poderoso, y se llama Don Alfonso de Haro.” Cuando la carta llegó a su destino, causó la reacción esperada en Magno de Kimi, quien dijo, “¡Malditos sean! Pero de mí no se burlarán. Les haré pagar muy cara su traición; iré inmediatamente a Cristiana.”
     A pesar de que el viaje significaba una larga travesía por mar, no le importó. El odio que habían sembrado en su corazón, fue germinando poco a poco, alimentado por el recuerdo de las palabras de aquella carta, y la imagen de su rival en aquel retrato. Galopando su caballo, para él no hubo descánso en ningún momento. El cansancio había huído de su cuerpo, y llegó a su destino como un huracán. Mariana fue la primera en verlo, y le sonrió complacida, diciendo, “¡Magno!¿Tú aquí? Esta sí que es una verdadera sorpresa.” Magno la tomó del brazo, diciendo, “¿Dónde está…?¡Dímelo, no la escondas!” 
    Mariana reaccionó, diciendo, “¡Oye!¿Qué te pasa? Si te refieres a Fedora, está en sus habitaciones.” Ni siquiera se detuvo a mirarla, subió las escaleras de dos en dos, como un endemoniado. Mariana pensó, “Que bueno que Don Alfonso de Haro tuvo que partir anoche a una importante misión. Hubiera sido una desgracia si se hubieran encontrado. Esto no me gusta nada. Aquí va a pasar algo muy grave.” El Jarl entró a la habitación de su esposa hecho una fiera. Fedora despertó alarmada, diciendo, “¡Magno!¿Qué haces aquí? ¿Cuándo llegaste?¿Porqué...?” Al ver el rostro descompuesto de su esposo, el miedo se apoderó de ella. Magno dijo, “¿Porqué te atreves a interrogarme?¿Acaso no tengo derecho de estar aquí?” Fedora dijo, “Sí…sí, mi señor…perdona…” Magno dijo, “Levántate, regresemos inmediatamente a Loppen.”

     Mientras ambos partían rumbo al puerto, Magno no la interrogó, no le hizo preguntas, no la acusó. Solo se la llevó, ante el asombro y la consternación de todos los que sabían lo que había pasado entre ella y don Alfonso. Después de un viajen por mar, Fedora divisó, mientras el barco se acercaba, la Isla de Loppen. Sobre las áridas peñas de la Isla de Loppen, asentábase un castillo que parecía riscosa excresencia de la montaña, de musgosos y viejos muros, tallados casi todos en la roca viva. Aquella guarida de buitre no había sido edificada, sino resultado de la excavación y desbaste. Era un monolito ahuecado, coronado de almenas.
     Ya dentro del castillo, Fedora miraba hacia el mar, por la ventana. Hacía apenas unas cuantas semanas que había llegado a aquel alcázar subterráneo cuando Fedora lo supo, y dijo, “¡Dios mío, estoy embarazada!” Fedora pensó, “¿Y ahora cómo se lo digo? Está tan enojado, que no sé qué pensar…pero si no lo hago, no lo podre ocultar por mucho tiempo. Además…” Sus pensamientos fueron interrumpidos por la presencia de su esposo, quien dijo, “¿Qué te pasa, querida? Te nóto preocupada, ¿Tienes algún problema?” El sarcasmo de su voz, contenía una furia infinita, y ella lo sabía. Fedora dijo, “Esposo mío, quisiera darte una feliz noticia, que alejará las dudas de tu mente.” Magno dijo, “Habla…te escúcho…”
     Fedora dijo, “Magno, vamos a tener un hijo. El heredero que tanto has deseado.” Al escuchar aquello, los músculos de su rostro se contrajeron por la ira. En ese momento hubiera querido fulminarla con la mirada. Pero no. Era preciso esperar, y así lo haría. Fedora dijo, “¿Qué pasa, Magno? ¿No te alegra la noticia?” Magno dijo, “¿Estás segura que ese hijo es mío?” Enseguida se escuchó el fuerte cerrar de la puerta de la habitación. ¡BLAM! Ya no había dudas, Magno de Kimi sabía lo sucedido en Cristianía, y ella había sido una ilusa al creer que podía ocultárselo. No se volvió a mencionar aquel asunto entre ellos, pero Fedora comenzó a inquietarse, y dijo, “Va a empezar el invierno, y todos se van.” Fedora pensó, “Nosotros también debemos prepararnos para partir.” La voz de Magno se escuchó en la otra habitación, “¿Qué estás haciendo, Fedora?¿Qué significa todo esto?” Fedora dijo, “¡El invierno está por comenzar, tenemos que irnos!” Magno dijo, “No, esta vez nos quedaremos y esperaremos a que nazca…tu hijo.”

     Era aquel el primer invierno que pasaban en el castillo de Loppen. Ibanse antes a Cristianía, donde la vida de los nobles era una fiesta continua durante los grandes fríos. Caían las primeras escarchas de 1738, era el 17 de agosto, las noches tenían ya cerca de tres horas, y la aurora boreal lucía en ellas, cerrando el arco esplendoroso de los crepúsculos simultáneos, de la mañana y de la noche. Todo anunciaba la proximidad del invierno, cuyo blanco fantasma apenas asomaba por el polo, envolviendo en su inconmensurable sudario, todas aquellas tristes latitudes. Los nobles se encerraban en sus castillos, los pobres en sus cuevas, los osos blancos entre los témpanos de hielo secular. Algunas aves hacían su nido, en las grietas de los desgajados abetos, en tanto que otras levantaban el vuelo hacia el mediodía, buscando nuevas primaveras. Los balleneros y los groenlandeses, dabanse a la vela con dirección a Europa, temerosos de quedar clavados en una mar helada. Y así habían de permanecer aquellas regiones durante ocho meses, o sea, hasta el 15 de abril, cuando comienza el derretimiento de los hielos.
     En un salón triangular tapizado y alfombrado de ricas pieles de marta y de rangifero, solos, taciturnos, sentados el uno frente al otro, llevaban 15 días de reclusión. Y de ahí no podrían salir ya en ocho meses, a causa de haber caído las primeras nieves sobre las puertas del castillo. Magno dormía. Era pequeño de talla, muy recio y fornido, moreno de cara, o más bien pardo, tirando a rojo, pero con cabellos rubios como el oro, sumamente largos y ojos de un azul tan claro como el cielo. Fedora, frente a él, parecía un niña, blanca como el alabastro, rubia también con los ojos celestes, semejantes a dos turquesas, y hermosa y triste como las siempre moribundas flores de aquellas fugaces primaveras.
     Mucho tiempo hacia que los cónyuges estaban en aquella actitud…él haciendo como que dormía y ella haciendo como que rozaba. Fedora, en cuyo rostro se veían las huellas de un dolor sin consuelo. Clavaba los ojos en las juguetonas llamas del hogar. Mas si por acaso los tornaba un momento hacia la sombría figura de Magno, no era uno sin que leve temblor la agitase. Una vez abrió Magno los ojos repentinamente, sentado en su trono, y sorprendió la tímida mirada que le dirigía su esposa, quien le dijo, “¿Dormías?” Magno dijo, “Yo no duermo nunca…¿Por qué me mirabais de esta manera?” Fedora dijo, “¡Porque os amo mucho!”

     Habían pasado otras 15 noches, Magno de Kimi  pidió su arpa escandinava, y cantó el siguiente romance a su aterrada esposa. ♪“De rodillas en la tumba. ♪En la tumba de mi padre, amor eterno. Tú me juraste…Si al juramento un día faltas, cobarde …te ruego amor mío. ♪¡No pases por la tumba de mi padre!” ♪ Magno dijo, “¿Qué hacéis, Fedora?” Fedora, dijo, “¡Rezo por el alma de vuestro padre!” Magno prosiguió su romance, ♪ “Luz de los cielos. ♪ Flor de los valles ♪ Aquí nacerán mis hijos ♪ aquí murieron mis padres. Sí, por tu desdicha. ♪ Mis hijos no nacen ♪ Si es tu seno la tumba de mis hijos. ♪ ¡No pases por la tumba de mi padre!” ♪ La angustiada Jarlesa, dejó caer el rosario al escuchar el cánto de su marido. Magno dijo, “¿Cómo os sentís señora?” Fedora dijo, “¡Bien Magno!”
    Magno dijo, “¿Tenéis todavía duda acerca de vuestro estado? ¡Vais a ser madre!...¡Oh, ventura!¡Veo cumplidos mis votos de tres años!” Fedora dijo, “Sí.” La voz terrible se convirtió en una risa de satánica furia. Magno dijo, “¡Sí! Pero no olvidéis el otro cantar escandinavo…♪ Cruza los montes un extranjero. Negros tus ojos, negro el cabello…¡Todos sus hijos tendrán de cierto negros los bucles, los ojos negros!” ♪ Al borde de la desesperación, Fedora suplicó, “¡Ah!¡Callad!¡Os lo suplico…ya no mas…” Magno dijo, “¿Conocisteis a vuestros abuelos?” Aquella tortura era más de lo que podía soportar. Fedora dijo, “¡Ah! Señor…¡Matadme de un solo golpe!¡No prolonguéis mi agonía!” Magno dijo, “¿De qué color tenía los ojos?¡Responded!” Fedora dijo, “¡Ya lo sabéis!...los tenia azules…” Magno dijo, “Y a mis abuelos, ¿Los conocisteis?¿No?¡Pues vais a conocerlos!”

     Casi arrastrándola la llevó a la galería próxima. Había en ella una larga hilera de retratos. Los señores de Kimi, parecían vivos dentro de los cuadros que los encerraban. Magno la tomó del brazo, y le dijo, “¡Estos son mis antepasados!¡Vedlos, señora! Todos tienen los ojos azules como vos y como yo, como nuestros padres y abuelos, como todos los escandinavos! ¡Comprenderéis en consecuencia que nuestro hijo ha de tener también los ojos azules!¡Ay de vos si los tiene negros, como el español Don Alfonso de Haro!” Magno dijo eso, y se alejó riendo compulsivamente, mientras que la joven caía de rodillas, sin voz ni aliento, diciendo, “¡Hijo mío…Hijo mío!¿Por qué quieres ser el verdugo de tu madre?”
     Han transcurrido cuatro meses después, Magno de Kimi estaba en su cámara, sentado, fijos los ojos en objetos que parecen querer grabarse en lo más recóndito de su alma. Aquellos objetos eran la carta y el retrato que le enviára su siervo Estanislao. Mucho tiempo permaneció contemplándolos, hasta que al fin miró un reloj que señalaba las once. Magno pensó, “Han pasado 24 horas de noche y empieza otro día de tinieblas…estamos a 22 de diciembre, dentro de 60 días, nacerá el acusador de Fedora. Su mirada de luto, su primera mirada, dará la señal de la muerte de la esposa infiel, que ya no podrá negarse la consumación de la deshonra. Llegará luego el 20 de abril: se deshelará el océano, me dará a la vela en el Thor, buscaré a través de todos los mares de universo al asesino de mi ventura…y morirá.” 
     Dos meses después, el 22 de febrero, la Jarlesa Fedora de Kimi, dio a luz un niño. El pequeño tenía…los ojos negros. Magno, con ser tan feroz, no se atrevió a matar a una mujer moribunda, ni a arrebatarle a su hijo, que estrechaba convulsivamente entre sus brazos. Magno dijo, “Os mataré después…os mataré a los dos en cuanto estéis buena. ¡Es la última prueba de amor que puedo darte!” Fedora dijo, “Magno…perdóname!” Pero él no la escuchó, y entonces ella echó una mirada sobre sí misma, y cerró los ojos con horror, era la estatua del remordimiento, y se maldijo a sí misma.
     Comenzó la primavera en la Isla de Loppen, rompiéndose las cadenas de hielo que tenían amarrado el mar al pie del castillo. Tornaron las aves al cielo, fluyeron los arroyos. Magno de Kimi se presentó ante su esposa, a quien no había vuelto a ver, y le dijo, “No me he atrevido a matarte hasta hoy, porque estas criando a tu hijo. Y no he matado a tu hijo, porque debo esperar para ello a que sea hombre y pueda defenderse. ¡No en vano soy noble!¡En algo se han de diferenciar mis acciones a las tuyas!¡Tú has manchado el nombre que heredaste, y el que yo te dí!...Yo no debo manchar el mío. Me dispongo a partir en busca de tu cómplice, a quien mataré, si Dios no me niega su ayuda. Ni uno solo de nuestros servidores quedará en ésta morada…a todos me los llevo en mi bergantín. Te déjo pues aquí sola con tu hijo. Clavaré las puertas de hierro, y cortaré el puente de modo y forma que nadie podrá entrar en tu auxilio, ni tú podrás salir a demandarlo.”
     Era la brevísima noche del 25 de abril, la aurora boreal abrasaba con su misterioso incendio, la lontananza del horizonte cuando divisó la goleta. Hacía un frío espantoso, en la isla de Loppen reinaba el silencio de las tumbas. En una ensenada estaban anclados el bergantín de Magno de Kimi, y el "Finisterre" de Don Alfonso de Haro. Magno desembarcó dispuesto a encontrar a su rival. Magno dijo a uno de sus soldados, “Tú te quedarás al mando mientras esté ausente.” El soldado dijo, “Pero señor, permítame acompañarlo, podría necesitarme.” Magno dijo, “Lo que tengo que hacer, lo haré solo. No necesito que nadie me ayude. Tú solamente obedece mis órdenes.” Enseguida, Magno pensó, “Buscaré a ese maldito. Debe estar en alguna taberna. No podrá escapar de mi venganza, ni volverá a burlarse de mí.” No fue difícil hallarlo. En aquella taberna, se reunían todos los marinos que llegaban al puerto. Magno pensó, “Lo reconoceré con solo mirarlo.” Entró a la taberna y sus ojos recorrieron el lugar, hasta que se detuvieron en un punto. Magno pensó, “¡Ahí está!¡Ese es…!¡Maldito, ríe, porque pronto vas a suplicarme por tu vida!” La furia corría por sus venas incontenible, y no se detuvo a retarlo como un caballero. Se oyeron unos tarros de metal llenos de licor caer. 
     Don Alfonso de Haro dijo, “¿Qué os pasa, señor?¿Qué buscáis aquí?” Magno dijo con voz fuerte, “¡A vos, maldito Don Alfonso de Haro, porque sois un traidor!” Don Alfonso se levantó de su mesa y dijo, “¡Mida sus palabras, caballero, que una ofensa como esa, no se la perdóno a nadie!” Uno de los hombres españoles se levantó, y dijo, “Debe estar loco, cuando se atreve a retarnos a todos, estando él solo.” Magno dijo, “¡Es a él a quien busco!¡Vengo a lavar con sangre mi honra!” Al instante Don Alfonso supo de quien se trataba, y dijo, “Un momento, caballeros. Este asunto es entre dos. Nadie más deberá intervenir.” Enseguida se dirigió a Magno y dijo, “Usted es Magno de Kimi, el Jarl de la Isla de Loppen…” Magno dijo, “Y esposo de Fedora de Kimi…la Jarlesa. Veo que la recuerda.” Don Alfonso dijo, “¿En dónde está ella?¿Qué le ha hecho?¿Porqué no vino a pasar el invierno en Cristianía?” Magno dijo, “Mi esposa está segura en nuestro castillo. Ahí pasamos todos estos meses, esperando el nacimiento de…su hijo y ahí estará encerrada hasta que yo regrése, después de haberos matado. Después volveré para arreglar cuentas con ella, y con ese hijo bastardo.” Don Alfonso tomó su espada, diciendo, “¡Eso será si yo lo permito!” Magno dijo, “Vamos, pues, a pasar de una vez por todas con este odio  que me está consumiendo . No descansaré hasta veros muerto.” Don Alfonso dijo, “Eso lo veremos.”
     Todos querían saber qué iba a suceder. Entonces Don Alfonso dijo, “Un momento, señores. El jarl y yo no queremos testigos. Uno de los dos regresará aquí, y esto habrá terminado.” Ambos se retiraron, y nadie hizo el intento de seguirlos. Sabían lo que aquello significaba para los dos hombres, y solo se especuló con el resultado de la contienda. En lo más bravo y erizado de aquella costa, levantábase un dolmen colosal, resto de los altares malditos, en los que los escandinavos daban a Odín, sangriento culto. La luna, magnifica y resplandeciente en las regiones polares, donde el sol es tan pálido y melancólico, asomó por el sudeste su blanca faz, iluminando el ara abandonada. A su fulgor, vióse a los hombres, sentado uno sobre el tronco de un pino rojo por los hielos, y apoyando el otro en el antiguo dolmen. Parecían dos blancos fantasmas, dos sombras de las victimas inmoladas antiguamente sobre aquellas peñas. Los dos empuñaban corvo sable marino. Sus anhelantes respiraciones demostraban la violencia con que habían luchado, pero ambos estaban ilesos…no porque sus fuerzas o su habilidad hubieran resultado iguales, sino porque Don Alfonso, mas diestro y ágil que el conde, lo había desarmado ya tres veces, renunciando las tres a su derecho de matarlo.
     El combate había sido furioso, tenaz, violentísimo. Magno dijo, “¡Mátame!¡Acaba conmigo de una vez, no quiero deberte nada!” Don Alfonso dijo, “Yo no quiero que mueras, sino regalarte cien veces la vida, para que me respondas en cambio de la de Fedora, puesto que me has dicho que morirá si tu mueres…” Magno dijo, “Luchemos otra vez, porque uno de los dos tiene que morir, y si no lógro matarte, ¡Yo me mataré!...me sería insostenible una vida regalada por ti.” Don Alfonso arrojó su espada al suelo, y dijo, “Me dejaré matar por tu flaca mano, o me mataré yo ahora mismo…si me juras no matar a Fedora.”
     Magno dijo, “Te júro lo contrario…¡Te júro que ella sucumbirá de todos modos! Si yo muero, nadie podrá socorrerla donde la he dejado, y perecerá de hambre. Si tu mueres, iré a matarla. Como ya te he dicho. Mátame pues…¡Quítame la vida como me has quitado la honra y la ventura!” Don Alfonso dijo, “Yo no puedo matarte…pero ni tú matarás a Fedora…Ni Fedora morirá, donde la tienes encarcelada. Córro a mi barco, y con él apresaré al tuyo. Tus marineros me conducirán a precio de oro, o por no morir a manos de los míos, a la prisión de Fedora. La libertaré y será mía para siempre.”
     Magno dijo, “¡Acépto el duelo de tus españoles contra mis escandinavos, de mi raza contra la tuya, de mi bergantín contra tu goleta! Si el infierno te dió una destreza diabólica en el manejo de las armas, si mi corazón y mi brazo han sido impotentes contra tu satánica astucia…¡No ocurrirá los mismo en el nuevo combate a que me provocas!¡Al mar, Alfonso de Haro!¡Al mar!” Don Alfonso gritó, “¡Al mar!”

     Al anochecer del día siguiente, reinaba en el mar la más formidable tormenta, pero ni aún así impidió que se llevára a cabo el feroz combate entre aquellos acérrimos enemigos. El “Thor,” comandado por Magno de Kimi, y el “Finisterre,” comandado por Don Alfonso de Haro, estaban acribillados de balas de cañón y de fusil, tan cerca el uno de otro que sus bridas se tocaban a veces ante impulsos del huracanado viento. Magno de Kimi gritó, “¡Al Abordaje!” 
     Don Alfonso de Haro gritó, “¡Al Abordaje!” El odio de los jefes de las embarcaciones lo habían transmitido a las tripulaciones que estaban ansiosas de luchar hasta hacerse pedazos. Pero la tempestad, que por momentos era más terrible, impedía el transbordo de los combatientes. Hasta que, por último, la propia fuerza del vendaval, unió a las dos embarcaciones. Se escucharon las armas y comenzó la locura cuerpo a cuerpo. Hería y se mataba con saña, sin piedad para el vencido. Una espantosa sed de sangre, se había apoderado de todos. Por su parte, Magno iba dejando cadáveres a diestra y siniestra, en busca del rostro conocido, y Don Alfonso, luchaba por su vida, pues la de su amada estaba de por medio.
     Heridos, Magno y Alfonso, se encontraron sobre la cubierta del “Finisterre” cada cual con una hacha en la mano. El enfrentamiento estaba a punto de ocurrir, cuando uno de los marinos de Magno, estando a punto de ultimar a Don Alfonso, fue sacrificado por su jefe. De momento, Don Alfonso no comprendió lo que había ocurrido, y dijo, “¿Porqué lo hiciste?¿No queréis verme muerto?” Magno dijo, “No permitiré que nadie me quite ese placer. ¡Defiéndete!” Ambos se disponían a pelear en aquel otro género de lid, cuyo éxito podía ser favorable a Magno de Kimi, cuando se oyó un grito horrible, pavoroso, fúnebre…El grito de espanto salió de cien bocas, y llegó a estremecer a los dos héroes: “¡EL MALESTROOM!¡EL MALESTROOM!” Todos repitieron éste siniestro nombre, y todos arrojaron las armas.
      Ya no había rivales ni enemigos…¡Ya no había más que sentenciados a una misma muerte, segura, infalible, próxima. Una muerte que los hería a todos de un solo tajo, que no dejaría rastro de ellos ni de sus naves, y del que únicamente los bardos tendrían noticias en el mundo. 
     En el buque de Magno de Kimi, un joven grumete preguntó a un viejo marino, “¿Qué es el Malestroom?” El hombre dijo, “El Malestroom…es un remolino del mar, un sumidero de la tierra, un abismo sin fondo, una sepultura abierta por Dios a todos los navegantes en ésta parte del océano. El Malestoorm es para un buque, lo que la culebra boa para un pájaro. ¡Lo mira, lo atrae, lo devora!¡Es un monstruo que nos enseña ya los dientes!¡Es un monstruo que nos abre sus fauces, y que dentro de pocos minutos, nos habrá tragado!¿No lo oyes rugir? Inútiles son las velas, inútil el timón, inútil el remo…¡Todo es inútil!¡Ponte de rodillas como yo y reza!¡Porque el Malestoorm es la muerte!”
     El joven grumete, como muchos otros, no pudo soportar aquello, y se arrojó al mar. Otros, los menos animosos, pedían a sus amigos que les quitasen la vida. De todas las muertes, ninguna horrorizaba tanto como el ser tragado vivo por el Malestroom. Los marinos de aquellas latitudes lo sabían. Por eso el caos, la confusión. Magno y Alfonso se miraban en silencio. Pensaban en Fedora. El remolino rugía cada vez con más fuerza…la tempestad había callado. La atracción del sumidero se sobreponía al ímpetu del huracán…el viento allí parecía esclavo del agua. 
     La mar, negra, tersa, muda, semejante a dura lamina de plomo, formaba una especie de plano inclinado sobre la cual, se deslizaban los dos buques. Ambas embarcaciones giraron con espantosa velocidad, pegadas la una con la otra, por la propia fuerza de la corriente. Poco a poco, el malestroom las iba desgajando. Aún distaba una legua de oculto abismo, pero no tardarían cuatro minutos en llegar a él. Los dos nobles, animados de súbito por idéntico pensamiento, arrojaron las hachas lejos de sí, y se dieron la mano con solemne religiosidad, y avanzando unidos por la proa del “Finisterre,” aguardaron allí la tremenda catástrofe. Magno dijo, “Quiso el destino que todo fuera de éste modo, y así lo acepto.”
     Pronto crujieron ambos buques, desapareciéndose el uno contra el otro, comprimidos por la atracción. Don Alfonso de Haro pensó, “Fedora, mi amor, si ambos vamos a morir, pronto nos encontraremos.” Abrazáronse entonces, ferozmente Alfonso y Magno, como para asegurarse cada uno, de que su rival no podría sobrevivirle ni volver a ver a Fedora.
    Un minuto después, los dos enemigos, sesenta hombres más, los destrozados restos del “Thor” y del “Finisterre,” una suprema explosión de oraciones, gemidos, y blasfemias; todo, todo se hundió para siempre en aquella espantable sima. De pronto, el silencio. Poco a poco el mar fue recobrando su forma habitual, como un gigante satisfecho de saciar su hambre. Después…nada. No quedó un solo rastro de aquella tragedia, y el lugar donde ocurrió el suceso, apenas estaba señalado por una corona de leve espuma.

     Allá en la isla de Loppen, la jarlesa continuaba encerrada en el castillo, ajena a lo que había ocurrido, y preocupada por su propia supervivencia. Los seis meses de plazo habían transcurrido, y los alimentos se habían terminado. El niño lloraba. La jarlesa decía, “¡Ya mi niño, no llores!¡Pronto vendrá a sacarnos de aquí!” Cuando la jarlesa lo acostó en su cuna, pensó, “¡Dios mío!¿Qué le habrá pasado a Magno?¿Encontraría a Don Alfonso…lo mataría?¿Qué ocurrió, Señor?¿Porqué no regresa? Tengo que encontrar algo de comer. No puedo dejarme  morir junto con mi hijo. ¡Lo salvaré, aunque tenga que dar mi sangre para alimentarlo!” Sin encontrar siquiera un mendrugo de pan, Fedora volvió al lado de su pequeño de los ojos negros, para tratar de tranquilizarlo. 
     Mientras lo amamantába, Fedora decía llorando, “Ya tampoco él puede comer. Estoy seca. No queda una sola gota de vida en mi para mi hijo. ¿Cómo calmar su hambre?¡Oh, Dios, ayúdame!” Desesperada, en la mente de Fedora, se agolpaban las ideas más descabelladas. Ella no estaba dispuesta a morir, ni a dejar que pereciera el fruto de su amor. Pero, ¿Cómo iba a lograrlo? La jarlesa tomó al niño en brazos, y se acercó a la ventana de la fortaleza, que daba hacia el mar. Finalmente la jarlesa dijo, “¡Oh, no…no es posible!¿Acaso mis ruegos han sido escuchados?¡Señor, mis plegarias llegaron a ti!¡Estamos salvados!¡Estamos salvados!”
Tomado de Novelas Inmortales. Año XI. No. 524. Diciembre 2 de 1987. Guión: Silvia Hernández. Adaptación: Remy Bastien. Segunda adaptación: José Escobar. 

jueves, 10 de diciembre de 2015

El Talismán de Walter Scott

     El Talismán es una novela de Sir Walter Scott. Fue publicada en 1825 como la segunda parte de sus, Cuentos de los Cruzados, siendo la primera, Los Novios.
Trama Introductoria
     El Talismán tiene lugar al final de la Tercera Cruzada, principalmente en un campo, o campamento de Cruzados, en Palestina. Las intrigas y la política partidista, así como una enfermedad del rey Ricardo, Corazón de León, han colocando a la Cruzada en peligro. Los personajes principales son el caballero escocés Kenneth, una versión ficticia de David de Escocia, conde de Huntingdon, quien regresó de la Tercera Cruzada en 1190; Ricardo, Corazón de León; Saladino; y Edith Plantagenet, pariente de Ricardo.
Resumen de la trama
     Durante una tregua entre los ejércitos cristianos que participan en la Tercera Cruzada, y las fuerzas infieles bajo el sultán Saladino, Sir Kenneth, en su camino a Siria, se encuentra con un sarraceno Emir, quien desmonta, y luego cabalgan juntos, disertando sobre el amor y la nigromancia, hacia la cueva del ermitaño Teodorico de Engaddi. Éste ermitaño está en correspondencia con el Papa, y el caballero es acusado de transmitir información secreta. Después de haber proporcionado a los viajeros un refresco, Teodorico el anacoreta, tan pronto como el sarraceno se duerme, conduce a su compañero escocés a una capilla bajo la cueva, donde Kenneth es testigo de una procesión de mujeres, y es reconocido por la señorita Edith, a quien Kenneth había dedicado su corazón y espada. Posteriormente, Kenneth es sorprendido por la repentina aparición de unos enanos, y, después de haber regresado a su lecho de nuevo a dormir, ve al ermitaño flagelándose a sí mismo, hasta que se duerme.
     Casi al mismo tiempo Ricardo, Corazón de León, ha sucumbido a un ataque de fiebre, y mientras yace en su magnífica tienda de campaña, en Ascalon, Sir Kenneth llega acompañado de un médico morisco, quien había sanado a su escudero, y que se ofrece a restaurarle la salud al rey. Después de una larga consulta, y provocando en Sir Kenneth su visita a la capilla, el médico es admitido a la presencia real; y, después de haber ingerido una solución preparada a partir de una bolsa de seda o talismán, Ricardo se deja caer sobre sus cojines. Mientras Ricardo duerme, restableciéndose de su enfermedad, Conrado de Monferrato, en secreto, confiesa al astuto Gran Maestre de los Templarios, su ambición de ser rey de Jerusalén. Entonces, con el objeto de dañar la reputación de Ricardo, incitan a Leopoldo de Austria a plantar su bandera al lado, y a la misma altura, de la bandera de Inglaterra en el centro del campamento. Cuando el rey se despierta, la fiebre ha desaparecido, y Conrado entra anunciando lo que el archiduque Leopoldo ha hecho. Saltando de su lecho, Ricardo corre al lugar y desafiante derriba y pisotea el pendón teutón. Felipe de Francia por fin lo convence para que remita el asunto al consejo, y Sir Kenneth es encargado de cuidar el estandarte Inglés hasta el amanecer, con su perro favorito como su única compañía. Poco después de la medianoche, sin embargo, el enano Necbatanus se acerca a él con el anillo de Lady Edith, como una muestra de que su asistencia es necesaria para decidir una apuesta que tuvo con la reina; y mientras Kenneth se ausenta de su puesto, el estandarte es retirado, y su perro es herido de gravedad. 
     Superando la vergüenza y el dolor, Kenneth es encarado por el médico, quien cura la herida del animal, y, habiéndole confesado a Sir Kenneth el deseo de Saladino de casarse con Lady Edith, le propone que debe buscar la protección del príncipe sarraceno, Saladino, contra la ira de Richard. El valiente escocés, sin embargo, decide enfrentarse al rey y revelar el propósito del sultán; pero no le valió, y es condenado a muerte, a pesar de las súplicas de la reina y su amada Edith; cuando el ermitaño, y luego el médico, llegan, y Richard ha cedido a sus ruegos, a Sir Kenneth simplemente se le prohíbe comparecer ante él.
     Habiendo logrado, por un discurso audaz, revivir las esperanzas caídas de sus hermanos cruzados, y reprendiendo a la reina y su parienta por haberse entrometido con el escocés, Ricardo lo recibe, pero Kenneth va disfrazado de esclavo nubio, como regalo de Saladino, con quien Kenneth había sido inducido a pasar varios días. Poco tiempo después, mientras el rey reposa en su pabellón, el “esclavo” le salva la vida, a partir de la daga de un asesino en secreto, empleado por el Gran Maestre, y da a entender que puede descubrir la afrenta del estandarte. Una procesión de los ejércitos cristianos y sus líderes se alinean o arreglan en señal de amistad a Ricardo; y mientras marchaban por delante de él, yendo Ricardo sentado a caballo, junto con el esclavo que sostiene el perro entre sus asistentes, el perro de repente se abalanza sobre el Marqués Conrado, quien es por lo tanto condenado por haber herido al animal, y traicionado por su culpabilidad exclamando: “Yo nunca tocado el estandarte.” No permitiéndosele al rey luchar contra el propio teutón traidor, el rey se compromete a proporcionar un campeón que lo sustituya, y Saladino hacer todos los preparativos precisos para el combate. Acompañado por la reina Berengaria y Lady Edith, Ricardo es recibido por el sarraceno con un séquito brillante, y Ricardo descubre, que Saladino es el médico que había curado su fiebre, y salvado a Sir Kenneth. Ricardo encuentra que Kenneth es el indicado para luchar por él en la mañana, estando el ermitaño como testigo. El encuentro tiene lugar poco después de la salida del sol, en presencia de los ejércitos reunidos. En la batalla personal entre los dos paladines, Conrado es herido y desmontado del caballo. Enseguida, Conrado es atendido por el sultán en la tienda del Gran Maestre, mientras que Kenneth, el caballero victorioso, es desarmado ante las damas de la realeza, y es presentado por Ricardo, como el Príncipe Real de Escocia. 
     Al mediodía, el sultán Saladino da la bienvenida a sus invitados a un banquete, pero, cuando el Gran Maestre está levantando una copa hacia sus labios, el enano Necbatanus pronuncia las palabras: Accipe hoc, y Saladino decapita al templario con su sable. Así, el enano explica que, escondido detrás de una cortina, lo había visto al Gran Maestre apuñalar a su cómplice Conrado, el Marqués de Montserrat, obviamente, para evitar que revelara sus maquinaciones infames. Por su parte, Conrado había comprometido su llamamiento a la misericordia, en las palabras que había repetido. Al día siguiente, el joven príncipe Kenneth se casa con Lady Edith, y es presentado por el sultán con su talismán, la Cruzada es abandonada, y Richard, en su camino hacia su casa, es encarcelado por los austríacos en el Tirol.
Temas más Importantes
     La novela presenta muchas conspiraciones, dentro de la alianza, en contra de los planes de Ricardo, Corazón de León, para completar la Cruzada. Estas conspiraciones implican figuras históricas, tales como el Maestro de la Orden del Temple y Conrado de Montserrat, quien representa la figura del histórico Conrado de Monferrato; Scott confundió la F por una larga S en sus investigaciones. Después de varias traiciones y un error casi fatal por por parte de Kenneth, su redención, y justicia para los conspiradores, se siguen a un tratado de paz.
Una característica interesante es el personaje de Saladino, retratado como un hombre virtuoso y moral, a diferencia de algunos de los nobles europeos de la historia universal, considerados como despreciables. Esta es una característica del Romanticismo, pero tal vez, también un reflejo de un creciente interés europeo sobre el Oriente.
Inexactitudes Históricas
     Sir Kenneth finalmente se revela como David de Escocia, conde de Huntingdon disfrazado, y se casa con la Dama Edith. Sin embargo, la esposa verdadera de David (casado en 1190) fue Maud de Chester, que no se menciona en la historia de Scott. Por otro lado, Edith Plantagenet es un personaje de ficción. Otra inexactitud es que David también, quien tenía casi cincuenta años en el momento de la Tercera Cruzada, es demasiado viejo al momento, mientras que Sir Kenneth aparece considerablemente más joven. (Wikipedia Ingles.)

El Talismán
de Walter Scott
     Hacia 1192, en la alta Edad Media, un caballero, vistiendo en su pecho una cruz como estandarte, observaba las aguas del Mar Muerto, bajo el ardiente sol oriental. Su misión, la misma de tantos europeos, era liberar Jerusalén, Tierra Santa, ocupada por los musulmanes. El caballero pensaba, “¡Estoy solo!¡Lejos de mi Escocia!¡La extraño!” De pronto, oyó un galope que se acercaba. Pensó, “¡Por Dios! ¿Ésta espera mía será interrumpida por el ataque de un infiel?” De inmediato montó, listo para combatir, pensando, “Sí, trae su alfanje filoso…¡Pero yo, caballero de Leopardo Yaciente, he matado muchos como él!” El caballero escocés le dijo al hombre cuando se acercó, “¡Sirvo a Ricardo, Corazón de León, huye mientras puedas!” El hombre dijo, “¡Y yo a Mahoma y a Saladino!¡En guardia extranjero!” Sin más palabras el cristiano y el sarraceno se lanzaron uno contra el otro, en medio de aquellas soledades. Ambos salieron bien librados del primer choque. Enseguida, el sarraceno se preparó para una segunda embestida, y dijo, “¡Ala sabe que acabarás pronto, como está escrito!” Y el cristiano dijo, “Hablas demasiado. Mi espada cerrará tu boca.” Por desgracia, el corcel del caballero cristiano se lastimó. El cristiáno cayó, diciendo, “¡Cielos!” Enseguida, se incorporó, diciendo, “Mi caballo se accidentó. No importa. Cuando estés muerto, tu animal podrá llevarme.” El sarraceno dijo, “Ahora, el que habla de mas eres tú, cristiano.”
     Eran diestros y esquivaron los golpes que se lanzaban, como en una danza siniestra. El sarraceno cayó, diciendo, “¡Oh!” El cristiano dijo, “¡Ya estas a mi merced!” Pero el sarraceno arrebató la espada del cristiano, diciendo, “¡Caíste en mi ardid, te descuidaste y…ahora te tengo!” El cristiano dijo, “¡Ci-cierto, tu velocidad es increíble!” Al ver a su rival desarmado, el sarraceno dijo, “Has luchado bien, y no tiemblas. Quizás sea misericordioso…” El cristiano dijo, “¡Olvida eso, no quiero la piedad de un infiel!¡Vamos, hunde tu filo!¡Mi sangre lo honrará!” El sarraceno dijo, “No amigo. Eres valiente. ¿Sabes que busco a alguien así?” El cristiano dijo, “Buscas a, a…¡Aguarda! También espero a alguien.” La sorpresa llenó la expresión del oriental, quien dijo, “Sí, hermano. Es nuestra cita. ¡Soy tu guía, Sheerkohf!” El caballero cristiano dijo, “¡Ese nombre es la seña! Pero nunca pensé en un árabe, sino en un caballero cruzado…” El sarraceno dijo, “Ya ves, soy tu aliado…desde el bando rival.” El caballero cristiano dijo, “Lo que dices es complicado.” El árabe se acercó al caballo herido del cristiano, y dijo, “¡Hay demasiadas cosas que te asombran, hermano! Pero veamos la lesión de tu cabalgadura…” Después de un revisión, el árabe dijo, “La pobre bestia sufre varias fracturas. Mi acero hará que acaben sus dolores.” El cristiano dijo, titubeante, “S-sí, supongo que es lo más indicado.” El escocés musitó unas palabras mientras Sheerkohf alcanzaba con su arma el corazón de la bestia. “Adiós. fiel amigo. ¡Hemos combatido muchos años!” Luego caminaron por aquel laberinto de rocas y senderos oculto, siempre con el mar muerto a la vista. Mientras Sheerkohf caminando, guiaba a su caballo, dijo, “Ya estamos cerca Kenneth. Allí te conseguiré otro caballo.” Kenneth dijo, “Quiero evitarlo, quisiera no dudar, pero tu atuendo sarraceno me hace dudar. No sé si debo darte a ti el mensaje.” Sheerkohf dijo, “Veo que no me tienes confianza. ¡Pero cálmate, no es a mí a quien se lo darás! Mira, hemos llegado.” Sheerkohf señaló hacia una cueva. Kenneth dijo, “¿A esa caverna?” Sheerkohf dijo, “Un santuario, ya lo veras. Un lugar asombroso, escocés.” Kenneth dijo, “Seguiré tus instrucciones, aunque no me guste ir a ciegas.”
     Luego de varios pasadizos, tras entrar en la cueva, Kenneth vio a un hombre arrodillado ante una cruz, instalada en el fondo de la caverna. Kenneth dijo, “¡Un altar…cristiano! ¿Quién es el monje puesto de hinojos?” Kenneth avanzó despacio hacia aquel anacoreta, quien dijo, “¡Ah, por fin llegas, bendito sea Dios! Hijo, éste ermitaño del desierto se complace al verte.” Kenneth dijo, “Anciano, soy Kenneth y traigo un mensaje, ¿Eres su destinatario?” El anacoreta dijo, “¡No! Pero estoy preparado para recibirte, yo, Teodorico de Engaddi, a quien tienen por loco…” Kenneth le dijo, “Oí hablar de ti. ¡En Europa eres leyenda anciano!” Teodorico dijo, “¡Bah! Allá es fácil ser santo! Pero aquí…en una avanzada destinada por tierra infiel…Pero mi locura me favorece. ¡Hasta los infieles traen comida para el pobre viejo! Siéntese a mi mesa.” Kenneth dijo, “Tengo hambre. Es un honor compartir tus alimentos.” Luego, en silencio comieron el tosco pan de las caravanas de paso, y el agua fresca de los manantiales subterráneos.
     Más tarde, ya hecha la digestión, el anciano dijo, “Ahora, a la cama. Ambos están cansados.” Y cuando el monje parecía ya dormido, Kenneth notó que Sheerkohf estaba arrodillado, y pensó, “Sheerkohf dirige plegarias silenciosas a su profeta. ¡Si Teodorico lo advirtiera, se ofendería…!” Pero más tarde. Mientras el mismo Kenneth reposaba, el anciano se acercó, pensando, “Debo despertar a Kenneth, aprovechando que el árabe está sumido en sueños…¿Lo estará?” Kenneth despertó, diciendo, “¿Eh?¿Qué sucede?” Teodorico dijo, “Levántate sin ruido, debo cumplir mi parte.” Kenneth se incorporó, diciendo, “¿Su parte? No entiendo.” Teodorico dijo, “Solo sígueme. No puedo darte explicaciones.” Sin embargo, despertando, tampoco el oriental ignoró lo que hacían, y pensó, “Muy bien, anciano. Conduce a éste guerrero. ¡Las cosas van bien. Esperemos que sigan así!” Hubo un nuevo recorrido intrincado. Actuando como guía, el viejo monje guió, alumbrando el camino, y entonces dijo, “Veas lo que veas, no hables, ¿Me entiendes?” Kenneth dijo, “E-está bien. Aunque tanto misterio me abruma.” A continuación, el olor a sándalo e incienso era intenso, entonces Kenneth dijo, “¡Santo Dios!¡Un templo enclavado en la roca!¡Lleno de riquezas sagradas!” El anciano dijo, “Vendito sea su templo, amén.”
     De pronto, mientras oraban calladamente, Kenneth pensó, “¡Creí que estábamos solos, pero hay alguien ahí!” Un coro de mujeres entonó un coro religioso, y entraron varias en procesión muy lenta. Kenneth pensó, “Esa dama que deposita la copa sagrada, se ve como un ser superior, pese a su actitud pía!” Algo en la fila de peregrinas lo asombró aún más, pensando, “¡Cielos!¡Aquella otra…!¡No puede ser!” Un rostro asomó apenas, y sonrió. Kenneth pensó, “¡Es ella!¡Debo estar soñando, desvarío!” La dama, sin salir de la fila, dejó caer algo ante él. Kenneth pensó, “¿Y eso?¡Un pañuelo!¡Tan lejos de Escocia…!” Kenneth hizo el intento de tomar el pañuelo, pensando. “Dejó esto, ya se va, parece ser…para mí!” Pero escuchó la voz de Teodorico, diciendo, “Kenneth, no te muevas. Mantente quieto.” Kenneth volteó, diciendo, “Pero es que yo…ella…éste pañuelo…” Teodorico dijo, “¡Basta! Recemos a nuestro señor Jesucristo, hijo.” Teodorico levantó su tea alumbrando y dijo, “Ahora, volvamos al lecho, y no me preguntes nada.” Kenneth dijo, “S-sí, seguiré sus instrucciones…” 
     Pero luego no durmió, recordando a aquella dama, quien antes de partir rumbo a Tierra Santa, le decía, “Kenneth, te amo, sé que tal vez no regreses de esa lucha cruenta en oriente.” Y Kenneth le decía, “Volveré sano y salvo, Edith. Entonces nos casaremos.” Edith dijo, “Sí, bésame, y recuerda que estaré esperando.” Sellaron así su amor, antes de que él partiera a unirse a los ejércitos cruzados, en Tierra Santa. Ahora, en aquellas cuevas temió haber soñado, pero…apretó el pañuelo en su mano, pensando, “¡Aquí está su pañuelo! Todo fue real, y, sin embargo, tuve que suponer lo contrario…” Por fin, tras largo desvelo, consiguió dormir. Mientras tanto, en la estrellada noche árabe, las peregrinas, en sus caballos, se alejaron silenciosamente de aquel sitio.
     A la mañana siguiente, Sheerkohf llegó con un caballo, diciendo, “¡Kenneth, buen amigo! Mira, conseguí un caballo para ti. No me preguntes dónde ni cómo…” Kenneth dijo, “No entiendo mi estancia con usted, Teodorico de Engaddi, pero agradezco su hospitalidad.” Teodorico dijo, “Pronto entenderás todo…a su debido tiempo, muchacho. ¡Que Dios guíe tu augusta misión!” Ambos, Kenneth y Sheerkohf, volvieron al cabalgar y se alejaron. Y mientras los veía partir, Teodorico pensó, “Sí, hijo, ya lo sabrás. ¡Pudiste ver a Lady Edith, sin duda eso fortificará tu mente! Adiós…” Durante horas, ambos jinetes avanzaron por aquella tierra estéril, al parecer tan conocida por Sheerkohf. De pronto, Sheerkohf dijo, “¡Alto escocés! Mi instinto no falla, ni el de mi animal, que ventea los aires. ¿Será lo que me temía?” Kenneth dijo, “¡Por los cielos!¿De qué se trata, son acaso…bandidos?” Sheerkohf dijo, “Peor que eso, pero también he tomado previsiones.” Kenneth dijo, “¿Qué quieres decir?” Sheerkohf dijo, “Los caballos que montamos son pura sangre de arabia. Es tiempo de que sepas cuánto valen…¡Vamos!¡Pongamos distancia con nuestros atacantes!” Kenneth dijo, “Sí, tal vez tengas razón. ¡Vamos!”
     La persecución fue larga, pero ambos jinetes se distanciaron cada vez mas de quienes los seguían. Sheerkohf dijo, “¡Ah, los perdimos de vista!¡Alá nos guía y favorece!” Kenneth pensó, “Tienes razón…aunque haya sido Dios, no Alá.” En efecto, muy atrás cundía el desanimo. El líder bandolero decía, “¡Hemos fracasado! No habrá buenas nuevas para nuestros líderes. ¡Esos endemoniados potros del desierto…!” Mientras tanto, Sheerkohf señalaba hacia unas montañas, diciendo, “Aquí acaba mi trabajo, Kenneth. ¡Mira esos montes! Por un costado se abren a un oasis. Entrega allí tu mensaje.” Kenneth dijo, “¡Espera!¿Me explicarás cómo es que estas tu en todo esto?” Sheerkohf dijo, “Todavía no puedo hacerlo. ¡Que el profeta vele por ti, escocés, yo seguiré por otro camino!” El caballero vio, con pena, alejarse a su conductor, pensando, “He aprendido que a veces solo se trata de hombres buenos, o malos. ¡Sheerkohf es de los primeros! Pero algo turba mi mente, ¿Porqué esos encapuchados no nos alcanzaron?¡Lo que conclúyo es terrible!” Kenneth divisó un campamento cristiano en medio de un oasis, pensando, “Sus caballos eran más lentos. ¡Y no de raza árabe! Tal vez europeos. ¡Oh, es una idea que me alarma!” Kenneth se presentó ante el líder de los soldados cristianos, quien le dijo, “Caballero, tu señal.” Kenneth dijo, “Sir Kenneth, de Escocia. ¡La Trompeta guía mi destino!” El líder de los soldados cristianos le dijo, “La contraseña es correcta. Soy Sir de Vaux, te esperábamos.” Enseguida, De Vaux lo guió, y Kenneth inquieto pensó, “Me lleva a la tienda mayor. ¡Y con ese estandarte…!” Antes de que Kenneth entrara a la tienda, De Vaux le dijo, “Su majestad te recibirá. ¡Está enfermo, no lo disgustes!” Kenneth dijo, “Por Dios, nunca hubiera esperado éste encuentro.”
     El legendario Ricardo Corazón de León, se incorporó, diciendo, “¡Ah, Kenneth el Escocés, me anunciaron que te acercabas!” Kenneth dijo, “S-su alteza serenísima…” Ricardo dijo, “¡Bah! ¡Nunca me gustó el protocolo! Relájate y siéntate a mi lado.” Kenneth se sentó a un lado del lecho del rey, y dijo, “Soy portador de ésta carta. Al entregarla, doy fin a mi compromiso, majestad.” Mientras el Paladín de la Tercera Cruzada leía, Kenneth pensó, “¡Jamás soñé que él serías el destinatario!” Ricardo dijo, “Es un documento de paz, Kenneth. ¡Puedo decírtelo! Saladino ofrece un tregua…y un médico para mi salud. La guerra ha sido terrible, y ni la cruz ni la media luna quieren ceder. ¡Pero hay que evitar derramamientos inútiles de sangre! Respeto a Saladino. Mi oponente, es un leal enemigo. Ahora dime, ¿tuviste inconvenientes mientras venias?” Kenneth dijo, “No, salvo al final, me guió un sarraceno amistoso, y visité un curioso monasterio secreto. Al principio luche con Sheerkohf, hasta saber que era mi contacto. Luego, al venir unos jinetes, quisieron atacarnos, pero los dejamos atrás. ¡No eran árabes!” Ricardo le dijo, “¿Comprendes?¡Pasan cosas extrañas aquí! Pronto cumplirás una misión peligrosa, ahora retírate y descansa.” Kenneth dijo, “Su majestad…”
     Mientras un guía lo conducía a la tienda dispuesta para él, Kenneth notó la desconfianza general. Y pensó, “¿Qué pensarán? ¡Es posible que yo los disguste! De pronto yo, un recién llegado, recibo del rey la confianza que ellos en años, no han logrado. ¡Bueno, solo debo hacerme digno de ella!” Kenneth notó a un gran perro mastín que descansaba. Se le acercó, y dijo a su guía, “¡Ah, qué lindo animal! Tengo varios en Escocia. ¿De quién es?” El guía dijo, “De un caballero ingles que murió en batalla, sir. Desde entonces el perro, llamado Roswal, vaga por el campamento, comiendo lo que le dan… ” Kenneth dijo, “¡Trae buena carne, guardia, para él y para mí!” Mientras el guardia iba y regresaba, Kenneth le dijo al mastín, “¡Uniremos nuestras soledades!¿Qué dices amigo? ¡Ah, ya veo que coincidimos Roswal!¡Una nueva sociedad!” Distraído, alegre con el animal, Kenneth no advirtió a dos hombres, que lo observaban con odio. Uno de ellos dijo, “Conrado de Montserrat, ahí está ese sujeto. ¡No debería ser así!” Conrado dijo, “Alteza, mis hombres lo siguieron, pero el caballo que montaba parecía volar.” El hombre dijo, “¡Soy el Gran Maestre de la Orden Templaria, y no acépto que se desobedezcan mis órdenes! No sabemos para qué lo convocó Ricardo, ni qué mensaje le traía. ¡Pero sé que el odiado monarca esperaba una tregua con los infieles…tregua que no nos conviene!” Conrado dijo, “Un maldito árabe le dio ese buen caballo al extraño.” El Gran Maestre dijo, “¡No acépto excusas! Tampoco el veneno que le hiciste servir, acabó con Ricardo. ¡Es fuerte como un elefante! ¡Nos conviene la guerra, no la paz! Los templarios sabemos que muchos nobles y príncipes que están en decadencia económica, se enriquecen con la conquista y los botines. ¡No importa la sangre que se derrame! Pero ese perro con corona concierta una paz…negociada con Saladino, el Infiel. ¡Es inaudito!¡Voy a evitar eso como sea! Sé que lo atenderá un médico oriental, no podremos impedirlo. ¡Pero escucha, tengo un nuevo plan, Conrado!” Conrado dijo, “Dígamelo, Gran Maestre. Ansío borrar mi reciente fracaso.” De ese modo, el Marqués de Montserrat, y el temido líder de los templarios, aparentemente fieles a Ricardo, Corazón de León, siguieron conspirando contra el monarca.
     Esa noche, el campamento cristiano se preparaba para descansar en un aparente clima de calma. Sin embargo, el peligro se cernía. Un hombre acechaba con un cuchillo en la obscuridad, pensando, “¡Esa es la tienda de Sir Kenneth! Debo acercarme en silencio y matarlo.” Kenneth, el escocés, estaba con aquel mastín. Kenneth dijo, “Ya te conozco Roswal. Tuviste un dueño inteligente. Te enseñó a cazar y a vigilar y a entender a tu amigo…” El mastín gruñó, “¡GRRRR!” Kenneth dijo, “¿Qué pasa?” Kenneth tomó su espada y se puso de pie, en alerta. Y dijo, “Calla y no hagas nada, por ahora. ¡También he oído algo, afuera!” Tras apagar la vela, y con espada en mano, se deslizó listo para resistir, conteniendo al perro. A continuación, hubo una lucha en la penumbra. Kenneth dijo, “¡Ah, te tengo asesino!” Kenneth lo sometió, y dijo, “¡Escoge, te entregas o hago que mi amigo clave sus colmillos en tu yugular!” El hombre dijo, “¡Oh, no!¡Detén a esa fiera!” Kenneth dijo, “¿Quién eres?¡Tendrás que decírmelo todo!” El hombre dijo, “Lo-lo diré…aunque…me cueste caro…!¡Yo…la orden fue…!¡OOGH!” El desdichado no llegó a contar nada. Un certero flechazo en su cuello acabó con él. Kenneth lo revisó, diciendo, “¡Santo Dios, un tiro de ballesta desde la oscuridad!” Enseguida llegaron soldados. Kenneth siguió revisando y pensó, “No hay nada en sus ropas. ¡Todos en el campamento tienen ballesta, y son seiscientos hombres, será imposible dar con el asesino!” Kenneth dijo a uno de los soldados, “¿Lo conoces?” El soldado dijo, “Es Barrett, un infeliz, desgraciado hace tiempo. ¡Por fin le han dado su merecido!¡No habrá más asaltos y pillajes de robos suyos!” De pronto, la voz de un hombre se oyó, “Inclínate forastero ante el Gran Maestre Templario.” Kenneth dijo, “Mis respetos señor, pero no me inclino ante nadie.” El Gran maestre dijo, “Eres irrespetuoso, ¿Eh?¡Cuídate, tal vez alguien te acuse de haber atacado al pobre Barrett!” Kenneth le dijo, “Él me atacó a mí. ¡Nadie me acusará falsamente, señor!” Gran Maestre le dijo, “Por ahora, dejémoslo. Soy un templario, no lo olvides.” El siniestro personaje se alejó. Kenneth pensó, “¡Un hombre poderoso, como su orden! ¿Es posible que tenga que ver con lo sucedido? Hum…” Preocupado, Kenneth llamó al perro, y se preparó a pasar la noche, custodiado por el fiel animal.
     En la tienda de Conrado de Montserrat, el mismo pensaba, portando una ballesta “¡Maldición, ése infeliz fracasó y tuve que matarlo! Pero su muerte no perjudica nuestra causa. Barret era conocido como ratero. Su final era más que posible. ¡Además, el plan de mi señor no era ése, solo quise anticiparme y dar fin al escocés!” El noble se recostó, y pensando, solo se consoló con una idea fija, “Muy pronto, sustituiré a Ricardo, como líder de la cruz, apoyado por la Órden Templaria! La hora se acerca…” Complacido con aquel deseo, que casi era un delirio, el marqués se durmió sin la mejor idea de culpa por el crimen que acababa de cometer.
     A la mañana siguiente, Kenneth, montado en su caballo, y su mastín, paseaban en campo abierto. Kenneth dijo, “Retocen amigos míos. ¡Ambos han cuidado de mi! Es curioso, solo dos animales merecen toda ésta confianza…” Kenneth bajó de su caballo y pensó, “Siento que Su Majestad soporta demasiadas presiones…¡Un momento! Oigo ruidos de cascos.” De pronto, vio que no eran cascos, sino pesuñas. Un hombre con atuendo de árabe del desierto, se acercaba montado en un camello. Kenneth pensó, “Es un anciano árabe montado en un camello…Debe ser el médico que espera Su Majestad.” El viejo miró largamente a Kenneth, mientras pasaba. Kenneth pensó, “¡Qué raro! Esos ojos…que además parecían decirme algo…¿Porqué se me hacen conocidos?” Luego, Kenneth se desentendió de aquello, y jugó con su caballo y perro, diciendo, “¡Corran amigos!¡Venzamos al viento!¡Jaaaa!” Mientras tanto, el anciano árabe alcanzaba la aldea cristiana. Cuando Conrado de Montserrat vio su llegada, dijo a Gran Maestre, “¡Mire, Alteza, debe ser el médico musulmán!” Gran maestre dijo, “Mala cosa, Conrado, ¡Advertí al rey que un árabe podía matarlo con sus pócimas, pero no me hizo caso!” Conrado dijo, “Todo está listo para hoy mismo, Alteza.” Gran Maestre dijo, “Ricardo muestra con esto, desconfiar de los suyos. ¡Hay que actuar de prisa o nos pondrá en dificultades!”
     En ese momento, en la tienda real, el médico árabe era recibido. Ricardo dijo, “He oído de ti, anciano. ¡Saladino es hombre sincero! No le temo a un médico suyo aunque sea infiel.” El anciano médico dijo, “Majestad, la Luna Llena me ilumina. ¡Curaré su mal!” Ricardo dijo, “Hazlo cuanto antes y te pagaré bien.” El médico dijo, “Con todo respeto, necesito que el caballero se retire.” De Vaux se alteró, y dijo, “¿Crees que lo haré, perro infiel? ¡Vigilaré que atiendas bien a su majestad!¡Si lo dañas de algún modo, cercenaré tu cabeza!” Ricardo dijo, “¡Oh, De Vaux, sé que lo harías!¡Pero déjanos solos!” El buen De Vaux salió a regañadientes, y dijo, “Si pasa algo, grite Majestad. Vendré de inmediato.”  Cuando quedaron solos, Ricardo dijo, “Sé de tu fama, El Akim, y de lo mucho que Saladino te aprecia.” El Akim dijo, “Si no fuera así, no atendería a un monarca como usted. Solo con ver sus ojos, sé lo que ha sufrido. ¡Tiene las entrañas casi destrozadas! Pero sé cómo curarlo.” Ricardo dijo, “Alimentos en mal estado, tal vez. ¡Suele ocurrir!” El Akim dijo, “Es la guerra, majestad. ¡En su confusión, los héroes traicionan, y los mediocres a veces son paladines!” Ricardo dijo, “Sabias palabras, viejo. ¿Cuál es tu medicina?” El Akim dijo, “Ciencia milenaria, alteza. Agua pura santificada en la Kaaba, por oraciones de diez mil años…y esto.” Ricardo dijo, “¿Qué es?” El Akim dijo, “Un objeto mágico, o Talismán, alteza. Varias dinastías de sultanes lo han usado. Su efecto es maravilloso, y ahora Saladino, el piadoso, me autoriza a usarlo en usted.” El Akim hizo una maniobra, y dijo, “¡Listo! Ahora usted beberá el agua sagrada, majestad.” Ricardo dijo, “Trae aquí. Necesito recuperar mis fuerzas.” El árabe esperó, mientras Ricardo bebía aquel liquido. Ricardo dijo, “No estuvo mal, pero siento un sopor…” El Akim dijo, “El efecto debido, majestad. Ahora duerma unas horas y despertará totalmente curado. Yo velaré su sueño. Mi medicina obrará durante él.” Ricardo dijo, “S-sí, El Akim…mi cabeza pesa…yo…”
     Un poco después, De Vaux entró a la tienda real, diciendo, “¿Qué sucede, el rey está mal?” El Akim dijo en voz baja, “Bajemos la voz, caballero. Su reposo es un letargo medicinal.” De Vaux dijo, “Espero que lo sea, árabe. Mientras tanto, te vigilaré.” Así pasaron las horas, mientras el campamento seguía su rutina, y el sol empezaba a ponerse. Y en la tienda mayor, El Akim decía, “¡Ya despierta! Veamos los efectos…” Ricardo dijo, “¡Ah, siento que dormí una eternidad! Me siento bien.” El Akim dijo, “Está usted curado, majestad. Una segunda dosis mañana, hará el resto. ¡Loado sea Alá!” Mientras tanto, afuera de la tienda, un soldado espía pensaba, “¡Santo Dios, debo denunciar lo sucedido!” De Vaux fue puesto en contacto con el guardia. Al saber la noticia que le dio el guardia, De Vaux dijo, “¿Qué es tan importante como para turbar a un monarca que convalece?” El soldado dijo, “Sir, las banderas de la causa cristiana…flamean a la misma altura que la del rey en la Plaza de Armas.” De Vaux dijo, “¿A la misma altura?¡Por Dios, es una afrenta grave! Ante todo, regresa. Junta a varios hombres y reprime cualquier conato de duelo.” El soldado dijo, “¡Esta bien! Déje eso a mi cargo.” Enseguida, en la tienda real, Ricardo dijo, “¡De Vaux, oí la voz de ese guardia!¿Acaso me equivóco?” De Vaux dijo, “E-es cierto, alteza…Banderas a la misma altura…” Ricardo se levantó, y dijo, “¡Ayúdame  vestir, arreglaré esto personalmente!” El Akim dijo, “Cuidado majestad. Recuerde que aún está débil.” Ricardo dijo, “Calla y espera aquí, El Akim. ¡Hare que nadie olvide quien es el paladín de la causa cristiana!” El Akim dijo, “Alá sea con usted…”

     En el centro del campamento había una gran confusión. Un soldado decía, “¡Por Dios, correrá sangre ante ésta ofensa!” Y otro, “¡Caballeros, deténganse!¡Haya paz!” El primero dijo, “¡Solo el estandarte de su alteza ha de imponerse!” Y el segundo, “¡Vuelvan a sus tiendas!¡Mantengamos la disciplina!” En ese instante, llegó Ricardo, diciendo, “¡Yo arreglaré esto!¡No despierten mi ira, paladines!” Enseguida, Ricardo miró hacia las astas, y dijo, “¿Es posible, mis cruzados?¡Por Dios, alguien crea confusión al poner dos banderas tan altas como la mía!” Sir Vallón dijo, “¿Por qué no, alteza? Somos de toda Europa, la causa cristiana tiene muchos líderes.” Ricardo dijo, “¡Silencio, Sir Vallón!¡Oigan mi punto de vista! ¡Ante todo, pongan esos pabellones al nivel adecuado, para que el mío figure en lo más alto!” Uno de los soldados dijo, “Así lo haremos, majestad.” Enseguida, Ricardo dijo, “¡Amigos!¿Acaso presumí nunca de ambición?¡Al contrario, en la batalla lúcho codo a codo con ustedes! Otros monarcas se ponen a cubierto, pero yo me expongo en la vanguardia. ¿Quién lo negaría? Otro soldado dijo, “Es cierto, alteza. Por eso te queremos.” Ricardo dijo, “¡La Liga Cristiana aceptó mi comandancia, por una necesidad de Fe y organización!¡Pero sé que hay quienes tratan de socavar ambas cosas!” Ante aquellas palabras, todos aceptaron conmovidos. Ricardo dijo, “¡Proclamo la causa de Gregorio VIII!¡Dispúto con Saladino el Santo Sepulcro, y moriré por ello!¡El estandarte real será respetado en tal carácter, caballeros!”
     Por otro lado, Gran maestre dijo a Conrado, “El León vuelve a rugir. ¡Maldita sea!” Conrado dijo, “Gran Maestre, tenderos que llevar el plan hasta el fin. Podría fortalecerse como su salud hasta Europa…” Gran Maestre dijo, “¡Solo necesitamos que se resquebraje su mando, Conrado!” El templario acabó dando una orden terminante, “¡Ahora actuarás personalmente…y sin fallas, yo mismo te acusaré de todo: El veneno, la ballesta, y los estandartes!¡No lo olvides duquecito!” Mientras tanto, ignorando lo sucedido, Kenneth el escocés, regresaba en su caballo y con su perro  al campamento. De pronto, una mujer se apareció, diciéndole, “¡Pst!¡Caballero, sígueme, alguien debe verte en secreto!” Kenneth dijo, en voz baja, “¡Una encapuchada, como las de aquel templo,…Roswal, tú y el caballo quedaran aquí. ¡Aquí!¿Me oyes?” Dejando atrás a sus amigos, siguió a la extraña guía, pensando, “Esto me inquieta, pero…no puedo echarme atrás…” Enseguida, la mujer encapuchada volteó, y dijo, “Kenneth, caballero del leopardo yaciente, ¿Sabes quién soy?” Kenneth dijo, “¡Por Dios!¡Salve su majestad!” Era Berengaria, reina y esposa e Ricardo. Kenneth se arrodilló ante la reina, quien dijo, “Hijo, nuestra entrevista será breve. Hay poco tiempo. Tanto yo como mi séquito vinimos por dos razones a éstas tierras: Peregrinar al Templo de Enggadi, donde ya nos viste, y estimular a nuestros hombres. Todo ello es secreto, se nos cree sacerdotisas sin importancia, así corremos menos peligro. ¡Pero Edith viene conmigo Kenneth! Saladino la ha visto, y la pretende como una condición para la paz. ¡Allí la tienes, vuestro amor está bajo amenaza!” La monarca los dejó sólos, y se abrazaron con pasión. Edith dijo, “¡Querido mío, no podía seguir sin verte!” Después de largo tiempo de separación, sus labios volvieron a encontrarse, cálidos y amorosos. Kenneth dijo, “Su majestad, la reina, acaba de contarme todo.” Edith dijo, “¿Qué haremos?¿Acaso huir en la noche?” Kenneth dijo, “No, Edith. Mis servicios son requeridos por el rey. Irnos significaría alta traición.” Edith dijo, “Te conozco. Morirás antes de hacer en ello. ¿Qué haremos?” Kenneth dijo, “Ya sabes la costumbre caballeresca. Convencer a Saladino de que eres mía…y disputarte en un torneo.” Edith dijo, “¡Oh, tengo entendido que él es invencible!¿Será el final para ambos?¡Oh, cuanta angustia!” Kenneth dijo, “Confía en mí, Edith. Ahora debo irme.” Se besaron con ardor, mientras desde cerca, Berengaria los observaba, pensando, “Dios les bendiga a ambos. ¡Yo, Berengaria, reina y esposa de Ricardo, haré cuanto pueda por ustedes!” El joven se alejó de su amada. Berengaria dijo, “Ven, querida. Volvamos a nuestra tienda…y recemos por él…por ellos…”
     Poco después, Kenneth llegaba a su propio habitáculo.  En ese instante, De Vaux le dijo, “¡Kenneth, te esperaba, traigo una misión para ti!” Kenneth dijo, “¡Habla, estoy dispuesto a obedecer.” De Vaux dijo, “Es orden directa de Su Majestad. Hay desconfianza en el campamento. Algunos conspiran… ¿Comprendes? Por eso se te esperaba a ti, leal y no involucrado en intrigas, para encomendarte misiones de riesgo.” Kenneth dijo, “Cuando se me llamó, supe que seria así. ¿Qué sucede?” De Vaux dijo, “El pabellón real flamea en la plaza de armas….y necesita una guardia especial. ¡Tú lo harás esta misma noche!” Kenneth dijo, “Muy bien. Iré con Roswal, el mastín.” De Vaux dijo, “Estarán solos. Si hay peligro, grita y acudiremos.” Kenneth dijo, “No será necesario, De Vaux. Sé defender una plaza fuerte.” Tras armarse convenientemente, el caballero acudió con su perro a su puesto de vigilancia. Pasaron horas, mientras el campamento dormía, y el escocés reflexionaba, pensando, “Edith…solo un favor de Rey podría salvar nuestro amor…” De pronto, Kenneth pensó, “¡Cielos, Roswal se alarma, debo ver de qué se trata!” Algo se hundió en el flanco del mastín, horadando sus carnes. ZUC. Era una flecha. Kenneth se acercó al animal herido y dijo, “¡Te han herido! Debo detener tu hemorragia…y descubrir al culpable!” Pero el peligro estaba más cerca de lo que él suponía. Kenneth era golpeado, estando de espalda, en la cabeza, con el puño de la espada de Conrado, quien decía, “¡Todo sale a pedir de boca!” Pero el mastín, aún lastimado, reparó en su atacante. Confiado en sí mismo, Conrado se retiró yendo hacia el asta, y mientras movía las cuerdas de la bandera, pensó, “Ahora, a mancillar éste pabellón. ¡Pronto el rey sabrá que su mando se acaba!” Enseguida, la enseña fue despedazada. Conrado pensó, “¿Quién es capaz den hacer esto?¡Cualquiera, eso pensarían! Ricardo pierde su reino, que será mío.” El conspirador huyó en silencio, pensando, “Gobernaré yo, solo a las órdenes de los Templarios…y toda Europa sabrá que la guerra continúa.”
     Más tarde, mientras amanecía, De Vaux y unos soldados llegaron a asistir a Kenneth y Roswel. De Vaux dijo, “¡Llévenlos con su majestad, el hombre fue golpeado y el perro está herido!” Fueron recibidos enseguida. De Vaux dijo, “Kenneth dice haber sido golpeado.” Ricardo, el monarca, dijo, “Hijo, has de saber que fallaste en tu vigilancia y lo que esto significa.” Kenneth dijo, “¿El descrédito? ¡Prefiero morir, majestad!” El viejo árabe, El Akim, interrumpió aquel dialogo, “Con el permiso de su alteza, quisiera curar a este animal, su herida no es profunda. Y le recuerdo que acábo de restablecer su salud.” Ricardo dijo, “Si, te debo mucho, El Akim, haz lo que quieras con ese perro. ¿Pides algo más?” El Akim dijo, “A éste hombre, que ahora desacreditas, en Bagdad, tal vez merezca una nueva vida! Será tu única paga…” Ricardo dijo, “Llévalo contigo, aquí queda degradado.” El Akim dijo, “Está sano, me iré con él…pero quiero decirte algo a solas.” Ricardo dijo a Kenneth, “¿No oíste, escocés?¡Espera afuera y agradece que no te haya colgado de un poste!” Afuera, Kenneth cedió a un llanto amargo, sufriendo su derrota, pensando, “¡Vencido y repudiado!¡Edith, ya no te merezco!”
     Mientras tanto, adentro, el rey y el médico conversaban largamente, en voz muy queda. Más tarde, el hombre tragó lagrimas amargas, al ser visto con burla por aquellos hombres rudos, a quienes pudo haber vencido en torneos y justas anteriores.  De tantos rostros, uno le llamó la atención. Kenneth pensó, “¡Por Dios!” Era un rostro burlón, severo, y cruel que no olvidaría. Kenneth, montando en su caballo, pensó, “¿Quién es ese hombre?¡Me gustaría saberlo!” Despacio, el médico oriental y el caballero medieval se alejaron del campamento. Luego de horas de camino, se detuvieron a descansar. El Akim dijo, “El perro está bien. La herida es leve, no hay peligro de infección.” De pronto, el joven Kenneth, necesitó contar toda su aventura del campamento cristiano: “…y la vi. ¡Allí estaba mi amada, que puede llegar a ser de Saladino. Pensé disputársela al líder sarraceno, pero ahora ni eso merezco. ¡Cuidé mal la ciudadela encomendada!” El Akim dijo, “Bien, joven amigo, sé tu historia. ¿Estás listo para una revelación que no esperabas?” Kenneth dijo, “¿Una revelación? No entiendo señor.” Una metamorfosis sucedió ante el asombro del escocés. El Akim se quitó su barba y se descubrió la cabeza, diciendo, “Mira, yo no soy El Akim, ¿O ya has olvidado que yo, Sheerkohf fui tu guía?” Kenneth dijo, “¡Pe-pero amigo…tú…!¿Eres médico…?” Sheerkohf dijo, “¿Y por qué no? En mi país, los secretos curativos son avanzados, he salvado muchas vidas. Tú monarca sanó gracias a lo que sé, y a éste talismán bendecido de la Kaaba. ¡Pero sigamos el viaje amigo!” Kenneth dijo, “Estoy asombrado. ¿Aún habrá más sorpresas como ésta?” Sheerkohf dijo, “Las habrá, ahora avancemos, estamos cerca.”
     Cuando alcanzaron la cima de la meseta… Sheerkohf dijo, “Mira Kenneth. ¡Esa es Kaf, la ciudad en la que en estos días reside Saladino! Vamos a mi hogar.” El oriental dio a Kenneth un atuendo árabe y adecuado, para no despertar sospechas y recelos en aquel medio. Llegaron a un edificio y Sheerkohf dijo, “Es el palacio el sultán. Él te recibirá pues daré instrucciones a sus consejeros. ¡Debes entrar solo!” Kenneth dijo, “¿No es mejor que me acompañes, si le conoces?” Por toda respuesta, el sarraceno se volvió y se alejo. Poco después, vinieron por el escocés, y en perfecto inglés se le dieron instrucciones. “Sígueme, europeo, nuestro magnánimo conductor te espera.” Al recorrer el exquisito palacio, admiró sus riquezas y vio a su muchas mujeres. Kenneth pensó, “¡He oído sobre esto, pero verlo es como soñarlo!” Entró por una puerta lateral, a espaldas del trono. En el trono había un hombre sentado, a quien Kenneth vio de espaldas, y entonces, un mensajero dijo, “¡Oh, predilecto Alá, el visitante ha llegado!” El hombre dijo, “Me honraré en recibirlo.” Cuando Kenneth se aproximó a ponerse de frente y verlo, dijo, “Su alteza…¡Oh, no, no, debo estar enfermo!” Kenneth dijo, “¡Ja! No, Kenneth, te dije que habría más sorpresas. ¡Soy yo, el mismísimo Saladino!” Kenneth dijo, “Pero entonces, todo lo que conté, las conversaciones con Ricardo…” Saladino dijo, “…es un plan que le propuse, y él aceptó. Yo lo ayúdo contra sus rivales internos, y tú harás lo mismo.” Kenneth dijo, “¿Pero cómo…?”  Saladino dijo, “Lo visitaré oficialmente y tú irás conmigo. ¡Toma el Talismán, es tuyo, con su ayuda podrás triunfar!” El monarca árabe dijo unas palabras sentenciosas: “En cuanto a Edith…será tuya, si vences, de lo contrario la haré mi esposa. ¡Un trato justo, hermano!”
     Dos días más tarde, Ricardo Corazón de León recibió en su campamento, con honores, al célebre caudillo. Al verlo llegar en su caballo y con su  comitiva, Ricardo dijo, “¡Salve sultán de la media luna!” Saladino descendió de su caballo y dijo, “Para una larga paz, alteza, le traigo un obsequio.” Ricardo dijo, “¿Acaso esa litera, con lo que pueda traer adentro?” En eso, la litera mostró parte de lo que contenía. Roswal, el animal enfurecido, se abalanzó sobre Sir Conrado. Saladino, quien se hacía pasar por El Akim, dijo, “¡He ahí el traidor que buscas, alteza, un perro no se olvida de su atacante!” Ricardo dijo, “¡Matare a quien mancillara nuestro estandarte!” Saladino, haciéndose pasar por El Akim, dijo, señalando hacia Kenneth, “Alguien debe lavar tu culpa, alteza. ¡Ahí lo tiene!” Ricardo dijo, “¡Me parece justo!¡Son dos caballeros!¡Se enfrentaran al amanecer!” Kenneth dijo, “¡Gracias majestad, defenderé con arrojo vuestra causa!”
     Al día siguiente, la trompeta vibró, anunciando el comienzo de la justa, en el campo de honor. Sir Kenneth, caballero del Leopardo Yaciente, y Sir Conrado, Duque de Montserrat, se aprestaron a matar o morir. Ricardo, Corazón de León, sentado desde el trono, dio su anuencia oficial, y dijo, “¡Caballeros, luchen, y que triunfe el mejor!” En medio del silencio resonaron los cascos de las cabalgaduras, al lanzarse unos sobre otros. En el primer choque, las lanzas golpearon los escudos. ¡CLANGGG! Girando sus cabalgaduras, prepararon el segundo embate. Las lanzas apuntaron al centro del blanco, que los escudos trataban de convertir en zonas blindadas. Fue un choque violento, y Sir Conrado, perdió el equilibrio. Tras caer en el suelo, Conrado se incorporó, y dijo, “¡Eres noble Kenneth, esperas que me ponga de pie!” Kenneth dijo, “¡Defiendo la causa de lo justo, duque!¡En guardia!” Por un momento, con sus espadas, intercambiaron golpes sin sacarse ventajas. En eso, el escocés pareció caer vencido. Conrado levantó su espada y dijo, “¡Debo aprovechar ahora!” Pero Conrado cayó en la trampa que su diestro rival le tendiera, y lo traspasó con su espada, diciendo, “¡No, Conrado, es tu fin!” Conrado exclamó, “¡A-A-AARGH!” Conrado cayó desfalleciente, y dijo, “¡Antes de morir…confesaré mis culpas!” 
     Kenneth dijo, “¡Hazlo, duque, debes purificar tu alma enseguida!” Un soldado se acercó y dijo, “¡Restañemos su herida, quizás aún se salve…” Gran Maestre se acercó y pensó, “¡No, nada debe decir, o estaré perdido! Mi puñal lo acallará para siempre.” Pero el malvado no vio al propio Saladino quien estaba listo para actuar, y levantando su espada dijo, “¡Templario, noté tu maniobra, el traidor eres tú!” Saladino clavó su espada en la espalda del Gran Maestre. Ricardo se acercó, y dijo, “Hermano oriental. Yo hubiera hecho lo mismo con el conspirador Templario.” Saladino dijo, “Kenneth es tu héroe, Ricardo, Lady Edith ya no me pertenece.”
     Días después, la paz fue concertada, y el mismo Gregorio VIII casó a la pareja, mientras colgaba del cuello del escocés el talismán árabe. Felipe Augusto, de Francia, y Ricardo Corazón de León, de Inglaterra, firmaron con Saladino una paz que duraría diez años, hasta 1202, año en que el papa Inocencio III, proclamaría una nueva cruzada, y recomendaría la disputa de la Tierra Santa de Jerusalén…
      Tomado de Novelas Inmortales, Año XII, no. 615, agosto 30 de 1989. Guión: Raúl Prieto Cab. Adaptación: R. Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.