Club de Pensadores Universales

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miércoles, 10 de julio de 2019

La Literatura Moderna Española

Los Poetas
Bécquer, Querol, Campoamor, Núñez de Arce
El Romanticismo, después del agitado periodo en que vivió por obra simultánea del ambiente y de sus personajes, dejó en España fuerte saturación lirica que no tardó en cristalizar al margen de toda disciplina de escuela. Cuatro poetas: Bécquer, Querol, Campoamor, Núñez de Arce, todos ellos de acento muy personal, representan la poesía española de la etapa posrromántica.
     Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870), sevillano, es poeta de temperamento tímido y reconcentrado, de carácter huidizo y de la más honda inspiración melancólica. Sus Rimas tienen un acento único en la lírica española: desilusión amorosa, ingratitud del ser amado, soledad de los muertos, monotonía de la vida, temas románticos, pero sentidos con un lirismo despojado de exuberancia verbal, lo que le da el carácter íntimo inconfundible.
    Obra de acento íntimo, casi toda ella “amorosa,” y vida modesta, casi oscura, de colores mortecinos. Muy joven se trasladó a Madrid, a la conquista de la gloria literaria, y allí residió casi siempre dedicado al periodismo. Su obra literaria no vio la luz reunida en volumen, hasta después de su muerte.
     La prosa de Bécquer es también obra de poeta y artista. Algunos  dan preferencia a las, Leyendas, donde los primores de estilo y el profundo conocimiento de épocas lejanas, armonizan suavemente con la fantasía creadora el autor.
     Después de Bécquer, que es la primera cumbre de la lirica posrromántica, la segunda cumbre es Vicente Wenceslao Querol (1836-1889). Aunque casi desconocido del gran público, lo acompañó la admiración de los espíritus selectos. Y hoy es como una resurrección.
     Nació en Valencia, donde residió la mayor parte de su vida. Pertenecía a un grupo de poetas que, además de hacer obra en castellano, como Teodoro Llorente, enriquecieron la lirica de lengua valenciana, y dieron impulso a la poesía de carácter regional.
La obra de Querol, tierna y humana, está en el camino de las más puras glorias de la poesía española. Canta con robustez y aliento los grandes  ideales: la religión, la patria, la mujer, el hogar.
     Entre sus poesías, reunidas con el título genérico de Rimas (1877), figuran dos composiciones: la Carta a Pedro Antonio de Alarcón Acerca de la Poesía y En Nochebuena, que Menéndez y Pelayo seleccionó para su colección de las cien mejores liricas de la lengua castellana.
     Inmensa fue en cambio, con relación a la fama de Bécquer y de Querol, la de Ramón de Campoamor (1817-1901), poeta mediocre  aunque fácil versificador, popularísimo en la segunda mitad del siglo XIX, y que se distinguió por el carácter filosófico de sus composiciones. Cultivó un género de poesía de sentimentalismo inocente, mezclado con una filosofia superficial. A veces es escéptico y zumbón. Otras aconseja y desengaña. Algunas de sus composiciones: El Tren Expreso; ¡Quien Supiera Escribir!; Lo Que Hace el Tiempo, y multitud de sus Doloras, Humoradas, y Pequeños Poemas (tres géneros por él inventados) fueron alimento popular español durante largos años. 
     La poesía de Gaspar Núñez de Arce (1834-1903) extremó la nota grandilocuente. Es el poeta de temple mas recio y de forma mas estructural del siglo XIX.
     Aunque Núñez de Arce se distinguió también como autor dramático (El Haz de Leña; Deudas de la Honra, etc.), se lo tiene principalmente como poeta lírico. Conocidísimos son sus poemas: El Vértigo; Raymundo Lulio; La Última Lamentación de Lord Byron; La Visión de Fray Martin; la Elegía a Herculano y el delicadísimo Idilio.
     Los Gritos del Combate, otras de las obras que contribuyeron a la fama de éste poeta, agrupan las composiciones que, Núñez de Arce, escribió en épocas azarosas para España y que le inspiraron, “el espectáculo de las discordias, desventuras y miserias a que debió su ruina la generosa y malograda Revolución de Septiembre.”
Núñez de Arce figuró en la rama liberal de la política.
    Fue gobernador civil de Barcelona y luego, en Madrid, redactó el Manifiesto de 26 de octubre de 1868, en que el gobierno de país exponía sus aspiraciones liberales, y sus propósitos de reorganización política. Perteneció más tarde a las Cortes Constituyentes, donde votó la libertad religiosa y contribuyó a la elección de don Amadeo de Saboya.
     En las enconadas luchas políticas de la época, siempre abogó Núñez de Arce, por la concordia, estimando que una ruptura entre españoles, había de causar la perdición irremisible de todos y el aniquilamiento  de la patria. Fue en este sentido un buen patriota y, en sus versos políticos, un gran poeta civil, digno émulo de Quintana, y enemigo por igual de la demagogia y de la tiranía.
     Aunque sin clasificación determinada, no sería justo olvidar entre los poetas líricos de la segunda mitad del siglo XIX, al salamantino, José María Gabriel y Galán (1870-1905), del que se ha dicho que es un pariente próximo de los grandes clásicos castellanos. Gabriel y Galán que fue maestro de escuela de Guijuelo, en Piedrahíta, y labrador después en unas aldea de la provincia de Cáceres llamada Guijo de Granadilla, se reveló como poeta en unos Juegos Florales; y toda su obra, fluida y espontánea, tiene el sincero acento de un gran vate bucólico. Convivió con humildes campesinos y cantó su vida y sus faenas en composiciones de exquisita belleza, avaloradas con un lenguaje de rico sabor castellano.
     Las obras de Gabriel y Galán están publicadas en varios volúmenes con los títulos de Castellanas; Extremeñas; Campesinas; Nuevas Castellanas y Religiosas. Las composiciones que se le citan como las mejores son, Los Pastores de Mi Abuelo; El Ama, inspirada en la muerte de su madre; El Embargo, de patética emoción, y El Cristo Benditu, con motivo del nacimiento de su hijo.
Los Autores Dramáticos
Retrocedamos ahora un poco en el tiempo para pasar a la poesía dramática, que, después del renacer con que había brillado merced a los grandes autores románticos, conocía una nueva etapa de depresión.
     Bretón de los Herreros y Ventura de la Vega, neoclasicistas, produjeron su obra en peno desarróllo del Romanticismo; pero cultivaron de preferencia la comedia moratiniana, y fueron dos verdaderos discípulos y continuadores del autor de, El Sí de las Niñas.
    Manuel Bretón de los Herreros (1796-1873) es uno de los autores más fecundos en su siglo, pues escribió más de 170 obras dramáticas, que abarcan casi todos los géneros, y un imponente caudal de poesías satíricas y festivas. Tradujo muchas tragedias francesas, e hizo varias refundiciones del teatro clásico castellano.
Entre sus comedias originales, muy certeras al satirizar las costumbres de su tiempo, sobresalen: A la Vejez Viruelas; Marcela o ¿Cuál de las Tres?; A Madrid Me Vuelvo; El Pelo de la Dehesa, y La Escuela del Matrimonio. Es el poeta cómico de la España del siglo XIX, el pintor de la burguesía, de 1830 a 1860. Gran artista del verso bufo, supo conciliar el lirismo con la comedia de costumbres contemporáneas, y obtuvo los efectos graciosos mas imprevistos e irresistibles.
     Ventura de la Vega (1807-1865), nacido en Buenos Aires de padre español y de madre argentina, se educó y vivió en Madrid  desde la infancia. En literatura tiene dos aspectos: el de poeta lírico, y el de autor dramático, mas importante el segundo que el primero. Como poeta representa el espíritu neoclásico de su tiempo. Reaccionó duramente contra el Romanticismo, y su ídolo literario fue Leandro Fernández de Moratín.
     La obra maestra de Ventura de la Vega es El Hombre de Mundo.
Después de ésta reacción moratiniana comenzó contra las extravagancias del Romanticismo otra reacción análoga a  la que ya se había producido en Francia: es lo que podríamos llamar la escuela de la ponderación, puesto que se caracterizaba por un mayor cuidado de la medida, del gusto, de la verdad en el arte, así como también por la tendencia a erigir el teatro en tribuna de moral. Fue el momento en que se extendió a España la influencia de Ponsard, de Augier, y de Dumas hijo, y en que comenzaban a escribir Abelardo López de Ayala y Manuel Tamayo y Baus, el momento en que aparece en la escena española la llamada “Alta Comedia.”
     López de Ayala (1828-1879), poeta de corte clásico y de tendencia moralista, intentó adaptar la forma poética de Calderón a las exigencias de tesis, y de la comedia de carácter. En, El Tanto Por Ciento (1861), cuyo éxito fue ruidoso, en un momento en que el país se abría a las empresas industriales y a las especulaciones financieras, hizo una curiosa sátira contra el agiotismo, y en, Consuelo (1878), tipo de mujer voluble en la que el amor llega a tornarse en la loca ambición, un penetrante estudio del alma femenina.
     Manuel Tamayo y Baus (1829-1898) nació en Madrid de familia de actores y, todavía niño, hizo traducciones y arreglos del teatro francés, que representaron sus padres.
Produjo relativamente poco, pero su obra es interesante y vigorosa. Aunque vivió hasta fines del siglo XIX, su carrera literaria no se extiende más que de 1850 a 1870, fecha en que dejó de escribir para el teatro y se dedicó por entero a sus tareas de director de la Biblioteca Nacional, simultáneamente con las de secretario perpetuo de la Academia de la Lengua.
    La verdadera carrera de Tamayo comenzó en 1853 con su tragedia Virginia, obra cuya inspiración y mesura, representaba una reacción contra las extravagancias a que iba derivando el teatro romántico. El éxito fue clamoroso, y se consideró la Virginia como la obra maestra de la tragedia romántica en España.
     Con La Ricahembra, escrita en colaboración con Aureliano Fernández Guerra, reanudó Tamayo la tradición nacional de la comedia histórica. La obra, evocación de la España medieval, recuerda por el sabor algo arcaico del estilo, y por el carácter de la factura poética, la vena escénica de Lope de Vega y de Tirso de Molina.
     Dos años después, en 1856, estrenó La Bola de Nieve, bonita comedia de costumbres que se eleva hasta el drama psicológico, después de haber dado preferencia a sus anteriores obras al movimiento escénico y a la acción, fue Locura de Amor, estrenada en 1855. El asunto está inspirado en la historia de doña Juana la Loca, y es un drama que, vertido a varios idiomas, se representó con gran éxito en las principales escenas de Europa, en Italia, en Alemania, en Rusia.
     Un intervalo de varios años, entre 1856 y 1862, divide en dos partes bien delimitadas la carrera literaria de Tamayo y Baus. A partir de la segunda época, el dramaturgo pasó a ser un moralista elocuente y audaz que, en nombre de su fe religiosa, trazaba el proceso de la sociedad moderna, considerando el teatro como arma polémica contra la impiedad y el vicio, como medio de resistencia a las malas doctrinas. Su arte hízose más vigoroso, más sencillo; la trama de sus obras más prieta, reduciendo todo lo posible el numero de los personajes, y aproximándose cada vez más, a los procedimientos del arte clásico. Fue también entonces cuando abandonó definitivamente el verso por la prosa por el deseo, sin duda, de traducir mas llana y sinceramente la verdad.
     A ésta segunda etapa pertenecen: Lo Positivo (1867); Lances de Honor (1863) y Un Drama Nuevo (1867), el mayor triúnfo de su carrera, una de las producciones mas extraordinarias del teatro moderno, y obra justamente  celebre por la profundidad de los caracteres, el análisis de las pasiones, y la intensidad dramática de la acción.
     En el último tercio del siglo XIX asistimos a la aparición del neorromanticismo con la obra dramática del prolífico y espectacular Echegaray, pontífice de la nueva modalidad escénica, seguido por Eugenio Sellés (El Mundo Gordiano), Feliú y Codina (La Dolores) y Joaquín Dicena (Juan José), entre otros de menor fuste.
José Echegaray (1832-1916) es el dramaturgo que más fuertemente logró subyugar al público de su tiempo con piezas de la mas distintas tendencias. Llenó, ayer, el teatro con obras que, hoy ya no se representan. A fines del siglo XIX se le tenía en Madrid, su cuna, por un genio. Hoy se le achaca, como autor dramático, mucha afectación, poca naturalidad y ninguna verosimilitud. Ambos juicios son exagerados. Por una parte, el teatro de Echegaray es artificioso, y sus personajes, fantoches que supeditan su existencia a las “situaciones” preparadas fríamente de antemano por el autor.
     Pero, con todo, no es posible negar al autor de, El Gran Galeoto, inspiración elevadísima e intensa fuerza dramática. Si hubiera tenido más ponderación al exponer las pasiones, y menos afición al efectismo escénico, nadie se atrevería a negarle el primer puesto entre los dramaturgos españoles del siglo pasado. Las más celebradas de sus obras  fueron, además de la citada, La Esposa del Vengador; O Locura o Sanidad; En el Seno de la Muerte; Vida Alegre y Muerte Triste, y Mariana (entre sus obras en verso); Mancha que Limpia; El Loco Dios, y La Muerte en los Labios (entre sus obras en prosa); Un Ciclo Incipiente (entre sus comedias).
     Tendencia digna de mención en esta época del teatro español es la restauración del sainete al estilo de don Ramón de la Cruz, género cultivado con gran fortuna, entre otros muchos autores cómicos, por Ricardo de la Vega, José López Silva, Javier de Burgos y Tomás Luceño.  
Los Novelistas
Pero el género que conoce en esta época un esplendido renacimiento es la novela, en que se revelan y brillan maestros indiscutibles, dignos de parangonarse con los mejores novelistas europeos de su tiempo.
     Después de la novela histórica al modo de Walter Scott, cultivada por Larra, Patricio de la Escosura y otros escritores de la escuela romántica, después de la plebeyesca “novela por entregas” y de los finos cuadros costumbristas de Trueba y de Fernán Caballero, la novela española se presenta briosa y triunfadora con autores como, Pedro Antonio de Alarcón, Juan Valera, José María de Pereda, Benito Pérez Galdós (figura compleja, vasta, cilópea), Emilia Pardo Bazán, y Armando Palacio Valdés. Los cuatro últimos tiene sabor naturalista. Los dos primeros vienen a ser el eslabón que une ésta novela naturalista con la de costumbres, tan finamente lograda por la autora de, La Familia de Alvareda.
     Aunque Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) descuella en la novela, tiene también interesante libros de viajes como, La Alpujarra; De Madrid a Nápoles, y El Diario de un Testigo de la Guerra de África, obras amenísimas, tal vez las mejores del género en español y las más celebradas y leídas, junto con las de Blasco Ibáñez, entre nuestras narraciones de viajes. También escribió poesías siendo la más notable de cuantas compuso el canto épico titulado, El Suspiro del Moro.
     Como novelista dejó numerosas narraciones breves y otras, más extensas, que inauguraron la etapa moderna de la novela española y se cuentan entre las mejores de nuestras obras de imaginación: El Sombrero de Tres Picos; El Capitán Veneno; El Niño de la Bola: La Pródiga. La más famosa y discutida de esta novela es, El Escándalo, admirada por su estilo, su arte en la composición y la delicadeza y exactitud sicológica. Alarcón sigue siendo un novelista de actualidad en España por lo mucho que se leen y aprecian sus producciones.
     Juan Valera (1827-1905) no fue solo novelista. Su actividad intelectual recorrió con éxito diversos géneros: la poesía, el teatro, la crítica literaria.  Fue un verdadero humanista y un artista de la pluma. La más famosas de sus novelas es, Pepita Jiménez, de estilo castizo y de fina observación. Otras novelas muy estimables de Valera son, Juanita La Larga; Morsamor; El Comendador Mendoza; Doña Luz; Pasarse de Listo, y Las Ilusiones del Doctor Faustino.
     Como critico dio estudios y ensayos de alto valor estético, contándose entre los mejores uno sobre, El Quijote y la Manera de Comentarle y de Juzgarle, otro sobre Amadis de Gaula. También se citan con elogio el ensayo acerca del naturalismo que Valera tituló, Apuntes Sobre el Arte Nuevo de Escribir Novelas, y su notables, Cartas Americanas, donde se hizo eco de la literatura americana de lengua española, contribuyendo a que fueran justamente estimados en España, desde los comienzos, escritores tan eminentes como Rubén Darío, Olegario Andrade, Juan Montalvo, y otros.
     Un ilustre maestro de la novela, un admirable pintor de paisaje y de los tipos de su tierra fue José María de Pereda (1833-1905), hidalgo montañés nacido en Polanco. Culminó en la novela de carácter regional e incorporó al idioma bellísimos modismos sorprendidos en el ambiente donde se desarrollan sus principales obras: Escenas Montañesas; El Sabor de la Tierruca; La Puchera; Sotileza; Peñas Arriba; Don Gonzalo Gonzales de la Gonzalera, etc.
Benito Pérez Galdós (1843-1920) se distingue por igual en la novela y en el teatro, al que adaptó las principales de sus obras novelescas.
Nació en Las Palmas, Canarias, cursó la carrera de Derecho e hizo sus primeras armas literarias como periodista, dedicándose luego a la novela y publicando en 1870, La Fontana de Oro. Es un pensador enamorado del progreso, de la tolerancia, y de la libertad. El conjunto de su obra constituye al propio tiempo la más vasta y perfecta pintura de la sociedad española del siglo XIX.
     En sus novelas de costumbres y de tendencia social: Fortunata y Jacinta; Gloria; Marianela; Doña Perfecta; El Abuelo; El Amigo Manso; La Familia de León Roch, seduce, “la difícil facilidad” del estilo; el lenguaje llano, pero nunca vulgar; la amenidad de la fabula, que en la novelas de Galdós se identifica con el retrato de la vida misma; la descripción afortunada de medio y estudio hondo y certero de los personajes, con sus ideas y pasiones. Creó, además, un tipo excelso de novela histórica con sus famosos Episodios Nacionales, que produjo interpolándolos entre las demás obras a lo largo de toda su vida literaria. El primero de los “episodios” y uno de los más perfectos, Trafalgar, data de 1873; el último, Canovas, de 1912, esto es, cuando a Galdós, ya anciano y casi ciego, le quedaban pocos año de existencia.
Emilia Pardo Bazán (1852-1921) nació en La Coruña y fue una mujer de tipo poco corriente en la España de su tiempo. Dio muestras de extraordinario vigor intelectual en sus novelas, sus obras criticas, sus conferencias, sus nobles y esforzadas campañas por la dignificación de la mujer.
     Entre sus novelas sobresalen las de asunto gallego: Morriña; Los Pasos de Ulloa; Bucólica; una novela de acción y de fondo histórico: Misterio, que se refiere al hijo de Luis XVI y de María Antonieta; y muy bellas son también: Un Viaje de Novios; El Cisne de Vilamorta; La Sirena Negra, y La Quimera.
    Como cuentita escribió varias obras maestras: Indulto; Las Tijeras; Nieto del Cid, coleccionados junto con otros, en: Cuentos de Marineda; Cuentos de Amor; Cuentos Sacro-profanos, etc.
Entre todos estos novelistas españoles del siglo pasado, a los que aún podrían añadirse nombres como los de Jacinto Octavio Picón, por su Dulce y Sabrosa, y el del padre Luis Coloma, por sus Pequeñeces, el último en el orden cronológico es
Armando Palacio Valdés (1853-1938), asturiano nacido en la adehuela de Entralgo. Empezó su carrera literaria ejerciendo la crítica, y en 1881 publicó su primera novela: El Señorito Octavio, a la que siguieron Marta y María; El Idilio de un Enfermo; José; la popularísima, La Hermana San Sulpicio, donde con tanta gracia y soltura pinta las costumbres andaluzas; La Espuma, reflejo de la alta sociedad madrileña; Los majos de Cádiz; La Alegría del Capitán Ribot; La Aldea Perdida; etc. Trascribe la vida con naturalidad, en estilo llano y asequible, y ha creado inolvidables figuras de mujer.
Otros Géneros
     Otros géneros: La filosofia, la literatura social y política, la oratoria, la crítica literaria y erudita también tienen en éste periodo, ilustres representantes. Entre los filósofos descuellan el sacerdote don
Jaime Balmes (1810-1848), gran pensador y escritor metódico, aunque no muy correcto, autor de, El Criterio; Filosofia Fundamental; El Protestantismo Comparado con el Catolicismo; Cartas a un Escéptico en Materia de Religión. Fue el restaurador de los estudios filosóficos de España. Tuvo claro talento y extraordinarias aptitudes para la exposición  de la lógica, e influyó hondamente en la educación de su siglo, con el notabilísimo estudio de la mente humana, que es El Criterio.
Entre los escritores sociales, Concepción Arenal (1820-1893), penalista eminente que alcanzó fama universal con sus estudios sociológicos.
Francisco Pi y Margall (1824-1901), escritor político, escribió, Las Nacionalidades, doctrina federalista, e importantes estudios sobre la Edad Media.
El más grande e indiscutible artista de la palabra en esta época en que brillaron los más grandes oradores españoles de todos los tiempos, fue don Emilio Castelar (1832-1899).
Descolló ante todo como orador político, pero también cultivó la filosofia, la historia y la novela. Sus obras principales son: La Civilización de los Cinco Primeros Siglos del Cristianismo; Cartas Sobre Política Europea; Discursos Políticos y Literarios; Galería de Mujeres Celebres. Las novelas, La Hermana de la Caridad; Fra Filipo Lippi. Y las crónicas de viaje, Un Año en París, y Recuerdos de Italia.
     Joaquín Costa (1846-1911), político independiente, de ideas avanzadas y de recio patriotismo se distinguió, además, por sus trabajos de erudición literaria y por sus obras sicológicas y de económica agraria.
    También hizo estudios literarios en los que dedujo consecuencias políticas y jurídicas. Citemos, entre sus obras:  La Poesía Popular; Teoría del Hecho Jurídico, Individual, y Social; Mitología y Literatura Celtohispana; Oligarquía y Caciquismo, etcétera.
     Francisco Giner de los Ríos (1840-1915), fue un educador que dejó honda huella en numerosos discípulos que honran la avanzada cultural de la España anterior al cataclismo de 1936: Rafael Altamira, el gran americanista; Manuel Bartolomé Cossío, pedagogo insigne y uno de los “descubridores” de El Greco; el profesor Luis Zulueta; el erudito Ramón Méndez Pidal; el crítico de arte José Pijoán; el poeta Antonio Machado y muchos otros que en diversas artes y disciplinas, han dado a España, en nuestra época, dentro y fuera del país, el prestigio digno de su pasado.
     Don Francisco Giner fue el alma de la Institución Libre de Enseñanza de Madrid y un polígrafo eminente que trató de muchas materias con incomparable competencia. Además, de sus numerosas obras jurídicas y políticas sobresalen sus, Estudios de Literatura y Arte; sobre Educación, sobre Artes Industriales y Sociología.
      En la crítica literaria conquistó autoridad y renombre el profesor de la universidad de Oviedo, Leopoldo Alas (1852-1901), colaborador de varios periódicos madrileños donde hizo famoso el seudónimo de Clarín. También escribió varias obras de imaginación, entre ellas, La Regenta, novela que refleja la vida asturiana, y cuentos tan admirables como, Adiós, Cordera, y El Gallo de Sócrates.
     Al final de este desfile de escritores del siglo XIX hemos reservado la figura ingente de Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), sabio polígrafo nacido en Santander, y autoridad máxima de la erudición y la crítica española en la universidad Central, vacante por el fallecimiento de Amador de los Ríos. Una serie de importantes publicaciones en que el talento del escritor corría parejas con la ciencia del erudito, abrió casi inmediatamente las puertas de la Academia Española al joven profesor, y, a partir de entonces, sus profundos y certeros trabajos renovaron en parte la historia de la literatura y del pensamiento español.
     Su primera obra importante fue, La Ciencia Española, destinada a combatir las acusaciones de ignorancia dirigidas a veces contra su país; dos años después dio el inapreciable monumento, Historia de los Heterodoxos Españoles, una de las obras fundamentales para el conocimiento de la cultura española. Siguieron: Calderón y su Teatro; Historia de las Ideas Estéticas en España, considerada como su obra capital; Estudios de la Crítica Literaria; Horacio en España; Historia de la Poesía Castellana en la Edad Media; Tratado de los Romances Viejos; Juan Boscán; Historia de la Poesía Hispanoamericana, etc.
    Escribió, además, numerosos prólogos y extensos comentarios: Antología de Poetas Liricos Castellanos; Edición Monumental de las Obras de Lope de Vega; Orígenes de la Novela Española. Tradujo a Esquilo, Horacio, Cicerón y otros autores de la antigüedad clásica y entre sus poemas originales son muy notables la Epístola a Horacio, y A Mis Amigos de Santander.
    Se distinguió extraordinariamente como humanista, bibliógrafo, filosofo, critico, historiador, y además, como artista y como maestro.
    Su obra se continua en la escuela que ha dejado. En efecto, discípulos suyos fueron Bonilla y San Martin, Menéndez Pidal, Rodríguez Marín, Cejador, Cotarelo y Mori, Puyol y Alonso, Blanca de los Ríos, Navarro Ledesma, Rogerio Sánchez, etc.
La Generación del 98
    Se ha llamado “Generación del 98” a un grupo de escritores que, a raíz de los desastres marcados por la fecha a que este término alude, (1998: pérdida de Cuba, Puerto Rico, Filipinas, últimos restos del Imperio Colonial), trató de buscar en la propia entraña española, la reconstrucción ideológica con franco pesimismo y criticismo. Los intelectuales más representativos de éste grupo son, Ángel Ganivet, Miguel de Unamuno, Azorín, Pío Baroja, Ramón del Valle Inclán, Antonio Machado, José Ortega y Gasset: Unos poetas, otros novelistas, otros filósofos o críticos; los mas participando en mayor o menor grado de varias de esas cualidades; otros, grandes maestros o eruditos como Manuel Bartolomé Cossío o Ramón Menéndez Pidal.
     El hombre que condena el espíritu de la “generación del 98” es Ángel Ganivet, pensador genial y ferviente patriota, nacido en Granada en 1862 y muerto en Riga, donde era cónsul de España, ahogándose voluntariamente en 1898, el año mismo del desastre colonial. Tan profundo y original era el pensamiento de Gavinet, que Navarro Ledesma no había dudado en compararlo con el mismo Cervantes por la lozanía y la gracia del estilo, así como por su honda filosofia y por la agudeza de su sátira. Había viajado mucho por el extranjero como diplomático y supo penetrar el genio español, las causas y efectos de la situación en que había caído España al finalizar el siglo XIX; y supo también, más que ningún otro, formular las esperanzas y las necesidades del porvenir.
     Todas las obras de Ángel Ganivet merecen mencionarse, porque en la suma de ellas está contenida la ideología del genio muerto en flor, a los treinta y seis años: Granada la Bella (1996); en ese mismo año, La Conquista del Reino de Maya por el Último Conquistador Español Pío Cid, ficción novelesca donde Ganivet afirma la aptitud de los españoles para la conquista, pero no para la colonización; Cartas Finlandesas (1898); casi al mismo tiempo, Los Trabajos del Infatigable Pio Cid, crítica de la idiosincrasia española.
     A título póstumo se publicaron la siguientes: en1904, El Escultor de su Alma, drama místico en tres autos, representado por primera vez  en Granada en 1899; el Epistolario, que comprende algunas de las cartas dirigidas, por Gavinet a su amigo Navarro Ledesma; en 1905, Hombres del Norte, esbozos críticos sobre los dramaturgos escandinavos: Ibsen, Jonás Lie, y Björnson; El Porvenir de España, cartas de Gavinet sobre este tema y otras cruzadas entre él y Unamuno, que es, precisamente otra de las grandes figuras de la “generación del 98” y que estuvo unida estrechamente  a la de Ganivet por análogas inquietudes y parecidas reacciones intelectuales.
    Miguel de Unamuno, nacido en Bilbao en 1864 y muerto en Salamanca en 1937, ocupa en la vida intelectual contemporánea un puesto en primer  plano: catedrático de griego y después rector de la Universidad de Salamanca; filosofo, ensayista literario, conferenciante; poeta, novelista, cuentista. Sus obras conocerán retoños de actualidad a lo largo del tiempo, y tardaran en envejecer porque en esas obras palpitan ideas, sentimientos, problemas, inquietudes eternas. Como Gavinet, Unamuno busca la verdadera España y para ello recorre toda la península, poniéndose en contacto con las gentes del pueblo. Adquiere una visión directa de la tierra y de los hombres, y esas impresiones de peregrino intelectual, están recogidas principalmente en dos de sus libros: Por Tierras de Portugal y de España y Andanzas y Visiones Españolas. Busca a España en su libro más representativo y, meditando ese libro, escribe en 1906 su personalísima, Vida de Don Quijote y Sancho, donde las ideas se entrecruzan apretadamente, sucintado otras nuevas hasta hasta el infinito. Busca a España en las grandes figuras de la literatura clásica y produce esa hermosa serie de Ensayos donde se encuentra uno particularmente famoso, el titulado, “En Torno al Casticismo.”
     Impregnados  de su intensa inquietud espiritual, política, social, o religiosa, están los, Soliloquios y Conversaciones; Contar Esto y Aquello; Del Sentimiento Trágico de la Vida en los Hombres y en los Pueblos; La Agonía de Cristianismo. Como novelista escribió, Paz en la Guerra, novela de la fratricida guerra carlista; Niebla; Abel Sánchez; Amor y Pedagogía; Nada Menos que Todo Un Hombre. En poesía cultivó el romance y el soneto; uno de sus poemas, El Cristo de Velázquez (1920), es famoso. 
     Esta obra poética, nacida a lo largo de toda la vida del pensador, armoniza sus nostalgias y sus delicadezas de gran lírico con el vigor intelectual característico de Unamuno. Su primer libro de poesía (Poesías) data de 1907; y a éste siguieron, además del ya citado poema, El Cristo de Velázquez, el Rosario de Sonetos Liricos (1911); Rimas de Dentro (1923); Teresa (1924); De Fuerteventura a Paris (1925) y el Romancero del Destierro (1927).
     Pio Baroja (1872-1956), vascongado, es otro de los escritores de ese grupo que tan honda influencia ejerció en las letras contemporáneas de España.
     Tiene obra extensísima donde pulula un mundo de tipos extraordinarios. Entre sus novelas de asunto vasco sobresalen: La Casa de Aizgorri; El Mayorazgo de Labraz, y Zalacaín el Aventurero. Obras muy extrañas, de carácter sicológico e impregnadas de amargo humorismo, son los Inventos, Aventuras y Mistificaciones de Silvestre Paradox y el Paradox Rey. En “la lucha por la vida,” trilogía que comprende, La Busca; Mala Hierba, y Aurora Roja, describe el hampa madrileña, con un desfile de tipos no menos extravagantes que reales.
     Otras notables novelas de Baroja son, El Árbol de la Ciencia; La Feria de los Discretos; La Ciudad de la Niebla, y La Dama Errante, además de las comprendidas en la serie que lleva por título colectivo, Memorias de Un Hombre de Acción, en que el autor, siguiendo las huellas de un personaje mitad histórico, mitad novelesco, Eugenio de Aviraneta, narra el desarrollo de las ideas liberales basándose en la historia de España del siglo pasado. Y todas esas novelas son muy amenas, nutridas de acción, sin hojarasca verbal, desbordantes de vida y movimiento: El Aprendiz de Conspirador; El Escuadrón del Brigante; Los Caminos del Mundo; Los Recursos de la Astucia; El Sabor de la Venganza; La Isabelina, etc.
     Ramón Menéndez Pidal, nacido en 1869, es el maestro por excelencia de la crítica literaria y filológica española. Firme prestigio, indiscutible autoridad asentada en una vida de trabajo consagrada a la ciencia literaria. Continúa, en cierto modo, el esfuerzo de Menéndez y Pelayo. Ha aplicado especialmente sus investigaciones a la época medieval. Autor de, La España del Cid, obra magistral sobre dicha época, y de muchos y valiosos estudios coleccionados en libros como, La Leyenda de los Infantes de Lara; Poesía Juglaresca; La Epopeya Castellana; Orígenes del Español; La Lengua de Cristóbal Colon; Gramática Histórica de la Lengua Española, etc.
José Ortega y Gasset (1883-1955), nacido en Madrid, catedrático de metafísica, conferenciante y escritor muy apreciado por las minorías selectas de todos los países de lengua española, fue, hacia 1925, el animador y el maestro de un importante núcleo de la juventud. Creó y dirigió, La Revista de Occidente. Como Gavinet y Unamuno, también consagró Ortega lo más fino y peculiar de su obra a estudiar la sicología del pueblo español.
     Descuellan en ésta obra, nutrida de ciencia y de bellezas, las, Meditaciones del Quijote, que datan de 1914; los hermosos ensayos reunidos en los nueve volúmenes de, El Espectador (publicados entre 1916 y 1917); La España Invertebrada (1923); La Rebelión de las Masas (1929).
     Otro representante característico de la “generación del 98” es José Martínez Ruiz (Azorín) pequeño filosofo arbitrario y agresivo en sus comienzos, conservador y clasicista más tarde. Y siempre pintor     excelso del alma manchega en novelas y ensayos como La Voluntad; Los Pueblos; Antonio Azorín; Castilla; La Ruta del Quijote.
     Una segunda etapa, en que éste escritor alcanza las regiones más puras del arte literario, dentro de un lenguaje impecable, sobrio y de extrema belleza, presenta obras como las novelas, Félix Vargas, y Superrealismo; Angelita (Auto sacramental); Blanco en Azul (cuentos) y los ensayos, Pensado en España, y Valencia (1941).

     Ramón del Valle Inclán (1870-1936), gallego de las Rías Bajas, fue un orfebre literario al modo de Barbey d’Aurevilly, de quien tenía el aire raro y rebelde, la fantasía caballeresca, el sello tradicionalista, el temple combativo, y la propensión a la eutrapelia. En su juventud había viajado por México y otros países de América, y estas correrías contribuyeron a estimular su brillante fantasía.
     Escribió narraciones amorosas de gran belleza; Femeninas; Epitalamio; Corte de Amor; Corte de Sándalo; Jardín Umbrío; y la creación que le dio celebridad fue la del marqués de Brandomín héroe de sus Sonatas las cuales aparecieron por éste orden; Sonata de Otoño; Sonata de Estío; Sonata de Primavera; Sonata de Invierno.
     A las sonatas siguieron otros libros magníficos, de léxico opulento, bellísimas joyas barrocas: Águila de Blason; Romance de Lobos; Voces de Gesta; El Yermo de las Almas; etc. Dió también tres novelas históricas referentes a la Guerra Carlista; Los Cruzados de la Causa; El Resplandor de la Hoguera; Gerifaltes de Antaño, y varias composiciones dramáticas que se publicaron en 1928, agrupadas bajo el titulo de, Retablo de la Avaricia, la Lujuria, y la Muerte; Ligazón; La Rosa de Papel; El Embrujado; La Cabeza del Bautista; Sacrilegio.
     Las últimas novelas de Valle Inclán (serie de El Ruedo Ibérico) quedan como un dechado de sátira histórica, cual un verdadero monumento del idioma. Consta de tres series, y cada una de tres novelas. Se destaca Tirano Banderas.  
     Vicente Blasco Ibáñez (1867-1930), valenciano, sobresale como paisajista. Aunque contemporáneo de muchos autores del 98, es completamente ajeno a ellos por su temática. Su obra, muy vasta, comprende varias épocas perfectamente delimitadas.
     A la primera época de su producción pertenecen los cuentos y novelas de carácter regional valenciano. Entre éste primer núcleo de obras hay tres fundamentales: La Barraca, novela de la huerta; Cañas y Barro, novela de la vida semilacustre de los campesinos de la Albufera; Flor de Mayo, novela  de la vida de los pescadores.
     El segundo grupo contiene las novelas de rebeldía, de proselitismo, entre las que descuellan, La Catedral, de ambiente toledano; El Intruso, (contra el jesuitismo militante); La Bodega, novela de la vida agraria andaluza, de sus señoríos y de sus parias; La Horda, novela del hampa madrileña.
La guerra europea de 1914 inspiró a Blasco Ibáñez otra serie de obras: Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis; Mare Notrum; Los Enemigos de la Mujer.
    Al margen de estos grupos de novelas, merecen citarse los admirables Cuentos Valencianos; una novela arqueológica: Sónnica la Cortesana, en la que el autor evoca a la antigua Sagunto; Sangre y Arena, novela de los toreros, y Los Muertos Mandan, novela de las Islas Baleares.
     Ha escrito hermosos libros de viaje, que condensan tal vez sus mejores dotes de escritor: En el País del Arte, (tres meses en Italia); Oriente; Los Argonautas, que aunque contiene una trama novelesca, se concreta a narrar un viaje trasatlántico con hermosas evocaciones, a manera de frescos de la epopeya del Descubrimiento; La Vuelta al Mundo de un Novelista, verdadero prodigio descriptivo, la más amena y pintoresca de las narraciones de viajes.    
Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 368 y 375.                                                                                      

domingo, 7 de julio de 2019

El Romanticismo Español

     Considerado como fenómeno histórico, el Romanticismo rebasa ampliamente los límites de éste trabajo, puesto que es su aspecto español no fuera más que refléjo de un vasto fenómeno común a las clases cultas de todos los países, y no únicamente literario. Tampoco fue una teoría concreta ni una doctrina sistematizada, puesto que no presentó caractéres homogéneos en los diversos países, cuyos medios intelectuales le fueron propicios para su desarrollo.
     En el orden literario y social, el Romanticismo no representó, en sus variadas manifestaciones nacionales, unas mismas ideas o sentimientos. De ahí que o pueda convenirle una definición estrecha, ni que pueda explicárselo desde el ángulo particular de una literatura, o de un país determinado. A semejanza del Renacimiento, fue un estado de espíritu o de conciencia que, al propagarse de uno a otro ambiente, de uno a otro pueblo, de una a otras actividades, cristalizó en formas y contenidos peculiares. Hubo un Romanticismo alemán, distinto del inglés, del francés o del italiano; todos ellos distintos entre sí y diferentes, a su vez, del Romanticismo español.
     Rasgo común a todas sus manifestaciones fue el predominio de la sensibilidad y de la imaginación sobre el frio academicismo, encarcelado en rígidas disciplinas.
     El nombre de romántico apareció por primera vez en la literatura alemana, para designar un género de poesía cuyo origen habían sido los cantos de los viejos Minnesinger, trovadores cuyo lirismo exaltaba el sentimiento cristiano, y el espíritu caballeresco.
    En Inglaterra y en Alemania, el Romanticismo fue, pura y sencillamente, la expresión de unos genios nacionales que ignoraban las coacciones “clasicistas” del siglo XVIII. En Francia y en Italia constituyó una rebelión  contra el academicismo derivado de la hipertrofia neoclásica.
     Los románticos franceses, por reacción contra esa hipertrofia que había llegado a reglamentar todas las bellezas y conquistas del Renacimiento hasta convertirlas en una colección  de fríos manuales, buscaron nuevas y exaltadas formas en su imaginación, en el color local (hay que decir , de pasada, que los románticos franceses abusaron un poco del “color local” español), en el lirismo de las literaturas nórdicas, pobladas de fantasmas extravagantes, en el seno misterioso del mundo medieval y, muy especialmente, en la propia fantasía creadora.
    El estilo, o más bien, la actitud independiente y subjetiva que había de caracterizar el Romanticismo, ya había aparecido con Goethe y Schiller en Alemania; con Macpherson, el genial mistificador de los Cantos de Ossian, Lord Byron, Young, Wordsworth y Coleridge en Inglaterra; con Alejandro Manzoni en Italia. Otro gran precursor había sido Rousseau, tipo cabal del escritor individualista, apasionado de la naturaleza y algunas de cuyas obras, Julia o la Nueva Eloísa; Las Confesiones, ya contienen los rasgos sentimentales que caracterizan el Romanticismo francés; rebeldía, amor a la naturaleza en libertad, sensibilidad exaltada, culto del yo.
     Estos pródromos del movimiento romántico francés, en el que conviene insistir porque fue el que influyó más directamente en el español, se concretan a principios del siglo XIX en la obra de Madame de Staël, que define el nuevo movimiento literario, y en la que Chateaubriand, que ya formula su teoría.
     Fue, en efecto, la autora de, De la Alemania, la iniciadora del romanticismo en Francia. Este libro, publicado en 1810, en plena dictadura napoleónica, llama la atención de los literatos franceses sobre la necesidad de renovar el espíritu de las letras, proponiendo como inspiración más fuerte y profunda las literaturas graves y apasionadas del Norte y preconizado, como Chateaubriand, el predominio de la sensibilidad y de la imaginación sobre el razonamiento y las disciplinas clásicas.
     Mas que una reacción contra estrechez de las leyes “clásicas,” más que una conquista de la libertad imaginativa, mas de una evasión ilusoria hacia las apetencias del ensueño, la poesía románticas constituye un progreso de esa sensibilidad que capta los matices de la conciencia y de la vida, aprehendiendo, como por sorpresa, lo que dormitaba en las zonas oscuras de lo inconsciente.
Romanticismo fue en España sinónimo de libertad. Y el movimiento lo mismo convino a las letras y al arte, que a los sistemas de gobierno.
     Todos los románticos de los primeros años fueron profundamente liberales. La musa hispánica cobra nuevos bríos e inaugura otro brillante periodo, sobre todo en la poesía y en la dramática, aunque por otra parte, una sola figura, la de Mariano José de Larra, basta para que la prosa también ocupe un puesto eminente.
Los Poeta Líricos.
Uno de los poetas más representativos del Romanticismo fue José de Espronceda (1808-1842), cuya vida resultó un breve, pero intenso resumen de inquietudes, de aventuras y de grandes ideales.
La juventud intelectual de la época conspira contra los viejos sistemas, padece persecuciones, conoce la cárcel y la emigración. En plena adolescencia, Espronceda se ve obligado a expatriarse. Pasa a Gibraltar, de transito para Inglaterra, y llega hasta Lisboa.
     De Inglaterra, donde se entregó al estudio de Shakespeare, Milton, y Lord Byron, marchó a Paris, tomando parte como combatiente en la llamada, Revolución de Julio. Vuelto a España, merced a la amnistía de 1833 (nótese que solo contaba Espronceda veintitrés años), se mezcló a los movimientos revolucionarios de 1835 y 1837, sufrió nuevos destierros, secretario de embajada y diputado a Cortes, distinguiéndose por su exaltación en el seno del partido progresista, donde se hizo el campeón de la democracia. Una inflamación de faringe concluyó con su tempestuosa existencia a los treinta y tres años.
     Descolló en la lirica: La Canción del Pirata; El Canto del Cosaco; El Himno al Sol; y el soberbio, Canto a Teresa, entre una abundancia de composiciones admirables. En la épica tiene fragmentos del, Pelayo, en los primeros y vigorosos vagidos de su musa: la leyenda. El Estudiante de Salamanca, segundo don Juan Tenorio, y El Diablo Mundo, poema filosófico de grandes alientos y muchas bellezas que no llego a terminar. Cultivó la tragedia, aunque con poca fortuna, en Doña Blanca de Borbón y la novela histórica de Sancho Saldaña o El Castellano de Cuéllar. Pero es en la lírica donde no admite punto de comparación con ninguno de los románticos españoles.
     Una mujer extraordinariamente dotada para las letras, Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873), comparte con Espronceda el principado de la lirica española en su época. La Avellaneda, sincera, elocuente y fervorosa poetisa romántica, nació en la ciudad cubana de Puerto Príncipe, cuando Cuba pertenecía a España; era hija de padre español y en España vivió la mayor parte de su vida, principalmente en Madrid, teatro de sus triunfos literarios.
     Representa la fusión del arte neoclásico de Quintana y de Gallego, con el lirismo de los románticos ingleses y franceses. Ente sus poesías, citase como las mejores: La Pesca en el Mar; La Venganza; Amor y Orgullo; A la Poesía. También sobresalió en la dramática. La mejor de sus obras teatrales es Balastar, y la que sigue en importancia, Alfonso Munio, drama histórico basado en la leyenda del famoso caudillo castellano del siglo XII, que con tan singular fortuna peleó contra los moros andaluces; Saúl; El Príncipe de Viana; La Verdad Vence Apariencias, y La Hija del Rey René, todas ellas de forma acabadamente romántica y muy celebradas en su tiempo. Cultivó, además, la novela de tipo histórico y social: Guatimotzín; Dos Mujeres, aunque no fue éste el género adecuando a su temperamento.
    Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), escritor elegante  y discreto, cuya pluma recorrió todos los géneros, era natural de Granada y a los veinte años ya desempeñaba una cátedra de filosofia moral que tuvo que abandonar, por agitaciones políticas al estallar la independencia. Comisionado a Gibraltar y a Londres para solicitar el apoyo de Inglaterra en ésta lucha contra la invasión napoleónica, Martínez regresó a Cádiz en 1811, y figuró como miembro de las Constituyentes de 1812.  Fernando VII lo persiguió después, como a todos los liberales españoles, desterrándolo a África.
     En 1820, Martínez de la Rosa fue elegido otra vez diputado, y en 1823 tuvo que huir a Francia, donde residió ocho años. En 1834 presidió uno de los gobiernos de María Cristina, siendo más delante embajador en París, embajador en Roma, ministro de Relaciones Exteriores, presidente del Congreso, y Presidente del Consejo de Estado. Como escritor, trató de introducir en España el matiz francés del Romanticismo con sus dramas, Aben Humeya y La Conjuración de Venecia. Es el más apagado de los románticos.
     Juan Arolas (1805-1849), valenciano, brilló en la poesía amorosa, caballeresca y oriental. Versificaba con facilidad, y se inspiró en todos los grandes románticos del momento, desde Lord Byron a Zorrilla, pasando por Lamartine y el Duque de Rivas, sin que sus obras dejáran de tener un sello de originalidad y acento propios. Arolas, que era sacerdote, pulsó sin embargo una lira sensual y voluptuosa, en la que obtuvo grandes efectos coloristas, particularmente en las, Orientales  y en las Leyendas.
Los Poetas Dramáticos.
     El grupo mas numerosos de los románticos españoles, obtuvo sus más sonados triunfos en el género dramático. Cierto que, en general, el drama romántico español exasperó, todavía más, los defectos del drama romántico francés, pero nadie puede discutir las cualidades admirables que resplandecen en algunas de sus obras señeras: la ejecución franca y vigorosa del Don Álvaro, el aliento caballeresco de El Trovador, el hechizo lírico y la fuerza dramática del Don Juan Tenorio, la sobriedad literaria y la intensidad sentimental de, Los Amantes de Teruel.
     Ángel de Saavedra, duque de Rivas (1791-1865), empezó imitando a Quintana según se advierte en algunas de las odas patrióticas de su primera época como: A la Victoria de Bailén; Napoleón Destronado, etc. Y en sus tragedias: Ataúlfo; Aliatar; Doña Blanca, obras también de primera juventud, y todas ellas de gusto y de forma neoclásicos. Al terminar sus primeros estudios, que cursó en su ciudad natal de Córdoba, abrazó la carrera de las armas y cuando estalló la guerra de la Independencia, intervino en ella como guardia de corps, siendo gravemente herido en la batalla de Ocaña. Más tarde pasó a Cádiz, ya con el grado de coronel, y en 1822 fue diputado a Cortes, formando entre los más exaltados prohombres liberales.
     Habiendo pronunciado un violento discurso contra las tendencias absolutistas de Fernando VII, tuvo que emigrar, primero a Gibraltar, y luego a Inglaterra. En 1825 pasó a Italia y no pudiendo establecerse en los Estados de la Iglesia, se refugió en Malta, donde permaneció hasta que pocos meses antes de la Revolución de Julio, se decidió partir para Francia. La modestia de sus recursos lo obligó a dar lecciones de pintura y de dibujo. Al ascender al trono María Cristina, ésta promulgó una amnistía y volvió a España en 1834, con un volumen de versos impreso en París y el manuscrito de Don Álvaro.
     El volumen de versos contenía la leyenda de, El Moro Expósito y varios Romances Históricos; y tanto la leyenda como los romances iban a quedar como instrumentos de la poesía española del siglo XIX.
     El Moro Expósito, obra romántica  al modo inglés, de argumento tradicional y legendario, puede considerarse como novela en verso y fue la primera victoria de las nuevas tendencias literarias. Se refiere a la trágica muerte de los Siete Infantes de Lara, y en esa obra campea la figura del bastardo Mudarra, el vengador de su familia, toscamente bosquejada por los cronistas o juglares antiguos.
Los Romances Históricos son famosos y constituyen un extenso panorama de la antigua historia española. Algunos pintan con gran fuerza de colores los sucesos culminantes de una época, como, El Alcázar de Sevilla; La Victoria de Pavía; Don Álvaro de Luna; El Conde de Villamediana y El Fraticida. Otros presentan un carácter típico, juntando en él los caracteres todos de la especie, como en Amor, Honor y Valor (Don Alonso de Córdoba, genuina representación de la antigua nobleza castellana) y Un Castellano Leal, sobre el conde de Benavente, que incendia su casa por haber tenido que hospedar en ella al condesable de Borbon, puesto al servicio de Carlos Quinto contra Francia, su patria.
     Don Álvaro o la Fuerza del Sino, el principal de los dramas del Duque de Rivas, se estrenó en Madrid el 2 de marzo de 1835. Su autor lo había compuesto en París, enteramente en prosa, y aspiraba a realizar algo análogo a lo que acababa de hacer Víctor Hugo con su Hernani. Alcalá Galiano lo había traducido al francés, y luego el mismo autor había versificado algunas partes, corrigiéndolo en el conjunto y entregándolo para el estréno. Un público ávido de sensaciones, entre el que figuraban  numerosos literatos y artistas admiradores de Byron y de Hugo, aplaudió con frenesí las “rebeldes” escenas de Don Álvaro. Otra parte de ese público, habituado a los estrechos moldes de las tragedias neoclásicas, titubeó, ofreciendo resistencia al éxito. Pero el triunfo de la historia de la obra, y de género, acabo imponiéndose clamorosamente.
     Otro de los principales autores románticos fue Antonio García Gutiérrez (1813-1884), poeta gaditano que había acudido a Madrid desde muy joven con la esperanza de realizar la conquista de la escena. García Gutiérrez recorrió el conocido calvario de todos los autores noveles y, acuciado por la miseria, sentó plaza de soldado. En el espacio de unas horas, éste poeta adquirió la celebridad, conoció la abundancia y saboreó la gloria gracias al éxito de su “drama caballeresco” El Trovador, primer caso en que un público español solicitó la presencia del autor en el escenario para aplaudirlo y vitorearlo. Este éxito valió a García Gutiérrez la licencia absoluta, por lo que pudo dedicarse de lleno al teatro. En 1844 emprendió un viaje a América, residiendo sucesivamente en Cuba y en Mérida de Yucatán para volver, cinco años después, a la Península. Exceptuando el tiempo en que estuvo en Londres como empleado de Comisión de Hacienda, de 1854 a 1857, dedicó el resto de su vida a las tareas literarias.
     Otros dramas de éste autor, menos espontáneos, menos juveniles que el dé su primer éxito, son: Simón Bocanegra; Venganza Catalana; El Encubierto de Valencia y Juan Lorenzo, citados entre una producción muy copiosa donde también figuran muchas comedias y varias traducciones del teatro romántico francés, entre ellas: Margarita de Borgoña; Calígula y Don Juan de Mañara, de Alejandro Dumas padre.

    También la primera obra, la obra “juvenil” de Juan Eugenio Hartzenbusch (1806-1880), es la que descuella entre todas las suyas, la que procuró a su autor, joven desconocido y de modesto origen, súbita y duradera notoriedad. Esta obra dramática que, Los Amantes de Teurel, basada en la célebre leyenda de Isabel de Segura y Diego Marsilla, dos amantes desgraciados, separados por la suerte y reunidos demasiado tarde, leyenda que ya había servido de tema a varios escritores españoles : Pedro de Alventosa (1553); Rey de Artieda (1581); Bartolomé de Villalba (1587); Juan Yagüe de Salas (1616); Tirso de Molina (1627) y Pérez de Montalbán (1638). La obra de Hartzenbusch data de 1837, un año después del estreno de El Trovador.
     Los Amantes de Teurel excitaron igual o más tumultuoso clamoreo. El poeta, antes oscuro, adquirió celebridad en una noche, siendo así mismo consagrado por el fallo de Larra, el crítico mas autorizado entonces en España, el cual habló de Hartzenbusch con entusiasmo en el último artículo que escribió, pocos días antes de suicidarse.
     Hartzenbusch, hijo de un ebanista alemán y de madre española, llegó a ser, en virtud de su esfuerzo y amor al estúdio, uno de los mejores castizos españoles, un letrado de vasta erudición. Alentado por el éxito de Los Amantes de Teurel, siguió cultivando el drama histórico, con formas poéticas muy puras y respetuosas de los hechos reales. A este género pertenecen: La Ley de la Raza (época visigótica); Alfonso de Castro; La Jura en Santa Gadea (episodio del Cid); Vida por Honor (época de Felipe IV); etc.
     Otras e sus comedias (llamadas por la critica moratinianas, porque acusan la influencia del autor de El Sí de las Niñas) son: La Visionaria; La Coja y el Encogido y Un Sí y Un No. También sobresale entre la vasta y variada labor dramática de Hartzenbusch, dos comedias de magias muy notables; La Redoma Encantada; Los Polvos de la Madre Celestina.
     Es el escritor dramático de mejor plan entre todos los de su época. Tenía temperamento reflexivo aplicado a estilo de severa elegancia. Refundió muchas obras de los clásicos españoles (Lope, Tirso, Calderón, Rojas) así como los extranjeros  Alfieri, Dumas, Molière, y Voltaire. Escribió excelentes artículos de costumbres y de crítica literaria; y ordenó y preparó la edición moderna de numerosos autores del Siglo de Oro.
     José Zorrilla (1817-1893), nacido en Valladolid, es, ante todo, el poeta de la leyenda nacional. Sobresale en la poesía narrativa y es, además, el padre del más popular y vibrante de todos los “don Juan”; Don Juan Tenorio, muy discutidos por la crítica de entonces y de ahora; pero obra hermosísima por la musicalidad de sus versos, y por el arrogante carácter de su protagonista: difícilmente se encontraría en el teatro español, una obra más aplaudida y representada y con personajes tan característicos y tan bien dibujados, como don Juan, don Luis Mejía, doña Inés, el comendador, Ciutti o Brígida. Entre las producciones dramáticas de Zorrilla, sobresalen: El Puñal del Godo; El Zapatero y el Rey; Traidor, Inconfeso y Mártir.
     Fue Zorrilla poeta extraordinariamente fácil, improvisador bohemio y genial; El Puñal del Godo, lo escribió en dos días y por apuesta. El célebre Tenorio en veintiún días.
     Entre sus libros de versos, citemos, Cantos del Trovador; Recuerdos y Fantasías; Granada; Flor de los Recuerdos; Leyenda del Cid. Simbolizó la llamada postrera de la poesía romántica que en él ya acabó siendo pura declamación adornada con incomparables riquezas musicales, no igualadas ni de lejos por ninguno de sus émulos. Las grandes cualidades de Zorrilla prolongaron arterialmente la vida del Romanticismo, que ya vivió agonizante hasta la terminación del siglo XIX.
Críticos, Escritores de Costumbres, Novelistas.
Si al reseñar en Romanticismo español hubiéramos atendido a un orden cronológico riguroso, la primera figura que se nos habría impuesto en la de Mariano José de Larra (1809-1837), que hizo celebre su seudónimo de Fígaro.
     Nació en Madrid en plena invasión napoleónica. A los veinte años publicó, El Pobrecillo Hablador, periódico satírico redactado íntegramente por él con el seudónimo de “El Bachiller Juan Pérez de Munguía.” Éste ensayo (critica ingeniosa y amarga de la sociedad española) fue breve, el eco ruidosísimo, y El Pobrecillo Hablador, no tardó en sucumbir a las persecuciones del gobierno.
Larra preservó en la ruta del periodismo, y ya con el seudónimo de “Fígaro” hizo critica en diferentes publicaciones de la época, alternando las flechas certeras, de sus artículos satíricos con producciones de índole diversa.
     Mientras tanto, la vida intima de Larra, que siempre ha sido amarga, se agria más aún. “Fígaro” casado y con hijos, sustenta una pasión amorosa al margen de su hogar. Ésta pasión parece dominarlo en absoluto. La mujer amada deja de corresponderle. Lo rechaza una y otra vez. Larra intenta un supremo esfuerzo de conciliación. La entrevista es negativa. Y el gran escritor, dándolo todo por perdido, vuelve a su casa, se refugia en su despacho y se mata. Este final absurdo, exacerbación de un temperamento y de un ambiente que resolvía a pistoletazos los conflictos del corazón, arrebata a la España del siglo XIX su mentalidad más poderosa. La obra comenzada bajo tan hermosos auspicios se interrumpe cuando se anuncia lo más robusto de su fluir. Ni siquiera alcanza el genio de Larra su plena madurez. ¡El pistoletazo romántico le quita la vida a los veintiocho años!
     Junto a Larra, en su aspecto de escritor costumbrista, reclaman un puesto otros dos escritores que representan el antecedente inmediato de la nueva novela de costumbres que iba a hacer su repatriación en la literatura española: Mesonero Romanos  y Estébanez Calderón.
     Ramón de Mesonero Romanos (1803-1882), madrileño colaboró en la revista Cartas Españolas, y en 1836 fundó y dirigió el famosos Semanario Pintoresco Español. Sus cuadros de Madrid, muy elogiados por Larra, están coleccionados en sus libros: Panorama Matritense; Escenas Matritense; y Tipos y Caracteres. Fue también historiador notable en, El Antiguo Madrid, donde describe y evoca muchos lugares y sucesos de la Villa y Corte, y en sus interesantes, Memorias de un Setentón, de gran amenidad y valor anecdótico. Utilizó el seudónimo, que popularizó, de “El Curiosos Parlante.”
     A Serafín Estébanez Calderón, que se hizo conocer con el seudónimo de “El Solitario” (1799-1867), debemos una serie de Escenas Andaluzas que son admirables por la brillantez, la fidelidad y la gracia con que pintan el ambiente popular de aquella región española.
     Los representantes de la novela de costumbres en el periodo romántico, aunque algo al margen de ese movimiento literario que dominó a su época, fueron Fernán Caballero y Antonio de Trueba.
     Fernán Caballero (1796-1877), seudónimo de doña Cecilia Bohl de Fáber, era hija del erudito hispanista alemán de igual apellido y de madre gaditana. Nació en Suiza; pero pasó casi toda su vida en Andalucía y, por sus gustos y educación, fue una verdadera andaluza. Creó nuevamente en España la novela de costumbres, eclipsada desde el siglo XVII, dándole un tinte religioso y moralizador. Casi todas sus obras son trasunto admirable del ambiente andaluz y abundan en escenas trazadas con encantadora naturalidad. Entre sus novelas descuellan: La Gaviota; Clemencia; La Familia de Alvareda; Dos Almas de Dios. También coleccionó cuentos y poesías populares: Cuadros de Costumbres: Cuentos Oraciones y Adivinas; Cuentos Populares. Es escritora vigorosa y colorista que ejerció indudable influencia en el resurgimiento de la novela.
     Antonio de Trueba (1819-1889), natural de Montellano, escribió a estilo de Fernán Caballero cuentos y narraciones en donde describe en prosa o en verso y con emoción intensa, aunque siempre con sencillez y delicadeza, paisajes y tipos de las provincias vascongadas, su país: El Libro de los Cantares; Fabulas de la Educación; Covadonga; Cantos Infantiles. En prosa compuso varias series de cuentos: Cuentos Populares; Nuevos Cuentos Populares; Cuentos Campesinos; Cuentos del Hogar; Cuentos de color de Rosa; etc., de lectura fácil y amena y de sencilla composición.
     Pero el Romanticismo español tuvo también su gran torrente literario, su Alejandro Dumas, que tal fue Manuel Fernández y González (1821-1888). También tenía “fabrica” de novelas. Los ayudantes de don Manuel eran jóvenes amanuenses que seguían muy de cerca el dictado del maestro y que si alguna vez añadían algo de su cuenta (como hubo de hacerlo Blasco Ibáñez siendo muchacho) era cuando el novelista cabeceaba unos sueñecitos, rendido por el cansancio, abrumado por una vida  imaginativa desordenada y portentosa.
     Fue, además, poeta muy desordenado. Pero su fecundidad era asombrosa, pues escribió o dictó unas 300 novelas, Men Rodríguez de Sanabria; El Alcalde Ronquillo; Los Monfíes de la Alpujarras; El Cocinero del Rey; etc., además de algunos dramas y poesías.   
     Tomado de : Enciclopedia Autodidacta Quillet, Tomo I. Editorial Cumbre S.A. México 1977. Grolier. Pags. 364 y 368.