Club de Pensadores Universales

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martes, 23 de julio de 2013

Victoria Accoramboni de Stendhal




     Henri Beyle nació en Grenoble, el 23 de enero de 1783 y murió en París, el 23 de marzo de 1842, a los 59 años. Henri Beyle fué más conocido por su seudónimo Stendhal, un escritor francés del siglo XIX.
     Valorado por su agudo análisis de la psicología de sus personajes y la concisión de su estilo, es considerado uno de los primeros y más importantes literatos del Realismo. Es conocido sobre todo por sus novelas, Rojo y Negro (Le Rouge et le Noir, 1830) y La Cartuja de Parma (La Chartreuse de Parme, 1839).
     Henri Beyle utilizó diferentes seudónimos para firmar sus escritos, siendo Stendhal el más conocido de ellos. Existen dos hipótesis verosímiles sobre el origen del seudónimo: la más aceptada es que Stendhal tomó el seudónimo de la ciudad alemana de Stendal, lugar de nacimiento de Johann Joachim Winckelmann, fundador de la arqueología moderna, a quién admiraba. Una segunda hipótesis es que su seudónimo fue un anagrama de Shetland, unas islas que Stendhal conoció, las cuales le dejaron una profunda impresión.

     Marie-Henri Beyle nació en una familia burguesa. Su padre, Chérubin Beyle, era abogado en la Audiencia Provincial. Henri Beyle quedó huérfano de madre cuando contaba sólo con siete años. Su padre, que se encargó, junto a su tía, de su educación, fue encarcelado en 1794 durante el Terror por su defensa de la monarquía. Henri Beyle también mantuvo un fuerte trato con su abuelo materno, Henry Gagnon, médico de profesión, al que admiraba profundamente, y al que en alguna de sus obras llamará “padre.”
     Stendhal estudió desde 1796 en la Escuela Central de Grenoble y logró unas altas calificaciones en matemáticas. En 1799 fue a París con la idea de estudiar en la Escuela Politécnica, pero enfermó y no pudo ingresar. Obtuvo un trabajo en el Ministerio de Defensa, en el que ya trabajaba su primo Pierre Daru.
     Al año siguiente, Stendhal viajó a Italia como subteniente de dragones, acompañando a la retaguardia del ejército comandado por Napoleón. Su estancia en Italia le permitió conocer la música de Domenico Cimarosa y Gioacchino Rossini, de quien escribió una célebre biografía: Vida de Rossini. Además Stendhal también conoció las obras de Vittorio Alfieri. En 1801 Stendhal participó en la Campaña de Italia con las tropas napoleónicas, sirviendo en el Estado Mayor del general Claude Ignace François Michaud como ayudante de campo.
     En esos años, Stendhal entra en contacto con los intelectuales de la revista Il Conciliatore, y se acerca a las experiencias románticas.
     En 1802 deja el ejército, pasando a trabajar como funcionario de la administración imperial en Alemania, Austria y Rusia, pero sin participar en las batallas del ejército napoleónico. Ese mismo año pasa a ser amante de Madame Rebuffel, primera de la decena de amantes que tuvo, tan solo de las que se conocen nombre y apellidos.
     Fue a vivir a Milán en 1815, y dos años después publicó Roma, Nápoles y Florencia, toda una declaración de su amor por Italia, y donde se describe el llamado síndrome de Stendhal, que es una especie de éxtasis y mareo que se produce al contemplar una acumulación de arte y belleza en muy poco espacio y tiempo. Stendhal lo experimentó al contemplar la basílica de Santa Croce de Florencia.
     Ese mismo año viajó a Roma, Nápoles, Grenoble, París, y por primera vez a Londres. En 1821 realizó un segundo viaje a Inglaterra para recuperarse de unos reveses amorosos, e hizo un tercero en 1826, también debido a problemas espirituales de la víscera rosa. Los años siguientes los dedicó prácticamente todos a un vagabundeo por Europa.
     De nuevo en Italia, fue expulsado bajo la acusación de espionaje, y tuvo que regresar a París. Allí empezó a trabajar en un periódico, desde el que pudo "diseñar" su programa esencialmente romántico, caracterizado y mejorado con el reconocimiento de la historia como parte esencial de la literatura.
      Viajó al sur de Francia en 1830, y en 1831 a Trieste. De 1832 a 1836 fue destinado como vicecónsul de Francia en Civitavecchia, puerto de los Estados Pontificios cercano a Roma. Dos años después fue a París y a Lyon. A finales de 1837 hizo dos largos viajes por Italia.
     En 1836 obtiene un permiso para residir en París, permiso que en principio era para tres meses, pero que se alarga hasta tres años. Durante estos años alterna estancia en París con viajes por toda Europa. En 1839 viajó a Nápoles acompañado por su amigo Prosper Mérimée. En 1841 tuvo un primer ataque de apoplejía y consiguió, por motivos de salud, un nuevo permiso para ir a París.
     El 22 de marzo de 1842, Stendhal sufre un nuevo ataque en plena calle. Trasladado a su domicilio, muere en la madrugada del 23 sin haber recuperado el conocimiento. Es enterrado al día siguiente en el cementerio de Montmartre.
     En su lápida hizo escribir el siguiente epitafio: “Arrigo Beyle, milanese. Scrisse, amò, visse Ann. LIX M. II. Morì il XXIII marzo MDCCCXLII(“Henri Beyle, milanés. Escribió, amó, vivió 59 años, 2 meses. Murió el 23 de marzo de 1842”).
     Stendhal escribió numerosos ensayos y memorias, textos entre los que hoy se recuerdan las Vidas de Haydn, Mozart y Metastasio (1815), Vida de Napoleón (18171818), Historia de la Pintura en Italia (1817), Roma, Nápoles y Florencia (1817), Sobre el Amor (1822), Racine y Shakespeare(1823), Vida de Rossini (1823), Paseos por Roma (1829), Memorias de NapoleónRecuerdos de Egotismo (póstumo, 1893), Vida de Henry Brulard (18351836; incompleta, publicada en 1890), Recuerdos de un Turista (1838), Lamiel (1840; incompleta, publicada en 1889).
Pero su fama la debe fundamentalmente a sus cuatro famosísimas novelas:
     Armancia (1826). Tras un romance con la actriz Clémentine Curial, redactó esta primera novela, para la que se inspiró en su relación con Matilde Viscontini Dembowski, y que representó el primer ejemplo de novela en el que se ambientaban históricamente las vicisitudes amorosas, lo que permitía a Stendhal analizar y criticar la sociedad contemporánea.


     Rojo y Negro (1830), en la que ilustraba la atmósfera de la sociedad francesa en la Restauración. Stendhal representó en esta novela a un joven que es modelo de las ambiciones y frustraciones de la época, haciendo ver los problemas que se daban entre las distintas clases emergentes en los años que precedieron a Luis Felipe de Orléans.

     La Cartuja de Parma (1839). Probablemente su mejor obra, más novelesca que Rojo y negro, Stendhal la escribió en dos meses, lo que tiene el inconveniente de que va añadiendo personajes y tramas al tiempo que avanza la propia novela, pero que también la hace tremendamente espontánea y sincera. En su época sólo recibió el elogio de Honoré de Balzac.
     Lucien Leuwen (incompleta y póstuma, 1894). Representa el modo en que la Francia monárquica de Luis Felipe de Orléans se derrumba, bajo la atenta y crítica mirada de Stendhal.
Otras obras, menos conocidas, son:
El Rosa y el Verde (1837, novela incompleta)
Mina de Vanghel (1830, después publicada en la Revue des Deux Mondes)
Y los relatos cortos recogidos y editados más tarde por Henri Martineau en el volumen Chroniques Italiennes (Le Divan, París 1929), Crónicas Italianas:
Suora Scolastica. (Wikipedia)
     Vittoria Accoramboni nació el 15 de febrero de 1557 y murió a la edad de 28 años, el 22 de diciembre de 1585. Vittoria Accoramboni duquesa de Bracciano, fue una aristócrata italiana famosa por su gran belleza y su desdichado final. Su agitada vida ha servido de base para distintas obras literarias.
     Vittoria nació en Gubbio, y era la décima hija de una familia perteneciente a la nobleza menor de la ciudad. Su familia emigró a Roma en un intento de mejorar su fortuna. Su padre, después de rehusar diversas propuestas de matrimonio por Vittoria, la prometió con Francesco Peretti, persona sin gran posición social pero quien era sobrino del Cardenal Montalto, uno de los candidatos en mejor posición para convertirse en papa.
     Vittoria fue admirada y adorada por muchos de los hombres más inteligentes y brillantes de Roma. Entre sus admiradores más fervientes se encontraba Paolo Giordano I Orsini, duque de Bracciano y uno de los hombres más poderosos en Roma. En 1581, el hermano de Vittoria, en su afán de verla convertida en la esposa del duque, asesinó a Peretti. El duque Orsini fue considerado sospechoso de complicidad en el crimen, sobre todo después de estar también involucrado en la muerte de su primera esposa, Isabella de Medici. Poco después Vittoria y el duque se casaron.
     Se trató de anular el matrimonio y Vittoria fue encarcelada y solo fue liberada tras la intervención del cardenal Carlo Borromeo. En 1585 el cardenal Montalto, se convirtió en papa con el nombre de Sixto V. Sabiendo que el nuevo Papa tenía intención de castigar a los autores del crimen de su sobrino, el duque huyó primero a Venecia y de allí a Salò en territorio veneciano. Murió en esta ciudad en noviembre de 1585, legando todos sus bienes personales a su viuda. El ducado de Bracciano, el duque Orsini lo dejó a su hijo de la primera esposa.
     Vittoria, se retiró a Padua, donde fue seguida por Lodovico Orsini, pariente de su difunto marido, y agente de la República veneciana, pero en una disputa surgida, Lodovico encargó a un grupo de hombres el asesinato de Vittoria, quien fue asesinada a finales de 1585. Lodovico Orsini y casi todos sus cómplices fueron posteriormente condenados a muerte por orden de la República de Venecia.
Su historia ha servido de base a diversas obras literarias:
El drama de John Webster, "El Diablo Blanco", o "La Tragedia de Paolo Giordano Ursini" (1612).
 La novela Stendhal Vittoria Accoramboni (1837-1839)
La novela de Ludwig TieckVittoria Accoramboni (1840)
La novela de Robert Merle "l'Idole" (1987)
     Crónicas Italianas es una colección de historias de Stendhal, que consta de los textos publicados por separado y después se recogidos de forma gradual.
La serie principal fue escrita por Henri Beyle en París de 1836 a 1839. Después, renunció al cargo de cónsul de Francia en Civitavecchia (Italia), para tomar unas vacaciones previstas por tres meses, que se llevará tres años. La serie principal tiene su origen en los antiguos manuscritos italianos que Beyle descubrió y copió en 1833, mientras que aburrido en casi tres años, ofició en el pequeño puerto del Mar Tirreno.
     Estas historias del Renacimiento, violentas y apasionadas, le inspiraron, más o menos de cerca: Vittoria Accoramboni, Los Cenci, La Duquesa de Palliano y La Abadesa de Castro, publicadas en la Revue des Deux Mondes de 1837-1839 bajo anonimato o seudónimo. Estas historias se publican reunidas en diciembre de 1839 (el mismo año que publica La Cartuja de Parma), sin La Duquesa de Palliano, bajo el título general de La Abadesa de Castro por el Sr. Stendhal. Dos obras póstumas, El Exceso de Muertes, se inició en abril de 1839 y Sor Escolástica comenzada en marzo de 1842 también se basan en estos “antiguos manuscritos amarillentos con tintacomo fueron llamados por Beyle en una carta de fecha 21 de noviembre de 1835 a un librero llamado Levasseur.
     Después de la muerte de Stendhal, su primo Román Colón, quien fue su albacea, las titula "Crónicas Italianas" para las ediciones de volúmenes completos publicados por Michel Levy en 1855. En esta ocasión, su novela Vanina Vanini, publicada en 1829 en la Revue de Paris, se agrega a la serie original. Otras tres historias complementan la colección en 1947, bajo la dirección de Henri Martineau, San Francesco a Ripa, escrita en 1831, junto con, El Exceso de Muertes, y Sor Escolástica. (Wikipedia en Frances)
     Vittoria Accoramboni, duquesa de Bracciano, es una historia de Stendhal firmada y publicada en la Revue des Deux Mondes del 1 de marzo de 1837, que pertenece a la serie Crónicas Italianas.
El texto pertenece a la serie principal de
Crónicas Italianas, sobre la base de los manuscritos de los fondos Caetani, descubierto y copiado por Stendhal en 1833. Al igual que las otras historias de esta serie (Los Cenci, La Duquesa de Palliano, La Abadesa de Castro, El Exceso de Muertes, y Sor Escolástica), Stendhal se concreta simplemente en traducir el texto italiano. Por lo tanto, Vittoria Accoramboni comienza con una advertencia:

“Por desgracia para mí y para el lector, esto no es una novela, sino una traducción fiel de una historia muy seria escrita en Padua, en diciembre de 1585.”

     Esta historia de coquetería resulta cierta en el caso de Vittoria Accoramboni cronológicamente el primer texto de la serie, siendo cada historia más y más mala según se avanza, donde Stendhal se distancía en gran medida de los originales. Stendhal, sin embargo, no refleja las condiciones exactas en las que se entró en posesión del archivo del manuscrito, pero establece la historia de un viejo patricio de Mantua, “muy rico y avaro,” que después de haber vivido muchos negocios emocionantes, acepta dejar copia de "algunas anécdotas.” Después de una última precaución oratoria, pidiendo al lector que no vea en el texto una novela de moda, de "estilo picante, rápido," se abre la historia de Vittoria Accoramboni, la Duquesa de Bracciano.
     Vittoria Accoramboni, aristócrata nacida en el ducado de Urbino, es una joven con belleza y encanto extraordinarios, objeto de devoción de todos los que cruzan por su vida. Entre los muchos pretendientes, los padres de Vittoria deciden casarla con Félix Peretti, sobrino del cardenal Montalto, el futuro Papa Sixto V. Vittoria es adorada por su familia política. El cardenal Montalto extiende su protección y favorece a los tres hermanos de la joven. (Wikipedia)
Victoria Accoramboni
de Stendhal
     En Roma, durante el año 1582, hubo varios hechos de sangre. En algunos de ellos tomó parte un joven violento y bravo, perteneciente a una de las principales familias romanas, se llamaba Marcelo Accoramboni. Frecuentemente, luego de alguna de sus peleas de espadachines, salía huyendo de la ciudad a caballo. Sus hermanos, Octavio y Julio, ya estaban acostumbrados a recibir noticias de las autoridades, quienes en una ocasión, leyeron la siguiente declaración: “Se declara desterrado de la ciudad de Roma a Marcelo Accoramboni. Si regresa será detenido y ajusticiado.”
     La menor de los hermanos Accoramboni era Victoria, una joven de especial encanto y notable belleza, quien dijo al entrar a la sala, “¿Qué ocurre?” Julio le dijo, “¡Marcelo causará nuestra ruina!” Victoria dijo, “¿Otra vez se ha metido en líos mi querido Marcelo?” Julio dijo, “Mató a un hombre en un duelo. Huyó y ha sido desterrado por el gobernador.” Victoria dijo, “Pediremos un perdón a alguno de los cardenales, y en unos meses, Marcelo volverá a Roma.” Julio dijo, “Lo dudo, querida Victoria. Ha cometido demasiados desmanes, y nosotros hemos agotado parte de nuestra fortuna e influencias en protegerlo.” Octavio le dijo, “Yo no pienso abogar más por él.” 
Victoria dijo, “¡Es nuestro hermano Octavio!” Julio dijo, “¡También es un bandido, y el causante de nuestra ruina!” Victoria agregó, “Debemos ayudarle de todos modos.” Julio dijo, “Ya solo hay un bien que poseemos, Victoria, y ése es tu belleza, hermanita. Cásate con algún poderoso y sálvalo.” Victoria preguntó, “¿Cuál de mis pretendientes es el más poderoso?” Julio dijo, “Félix Pereti, sin duda. Pues aunque él mismo no tiene gran riqueza ni poder, su tío el cardenal Montalto, es el prelado más rico e influyente de Roma. Además, Pereti es amigo de Marcelo desde la infancia.” Victoria expresó, “Félix es guapo, joven, me hace regalos suntuosos. Tienes razón, Julio. Me casaré con él.” Octavio dijo, “¿Estás segura de los que dices, Victoria?” Victoria concluyó, “Si Octavio. Félix Pereti y su tío nos harán ricos de nuevo y salvarán a Marcelo. Debemos arreglar cuanto antes la boda.”
     Algunos días después, Félix y Victoria estaban frente al altar para oficiar su boda. El sacerdote les dijo, “Félix, los Accoramboni nos hacen el honor de otorgarte la mano de Victoria, para que la desposes. ¡Sean muy felices!” 
     La boda de Pereti con Victoria Accoramboni fue una de las más fastuosas ceremonias nupciales celebradas en Roma. El sacerdote Montalto fue muy esplendido con su nueva sobrina, y le dio un regalo. Victoria dijo, “¡Oh, esto es demasiado, tío! Con el vestido de terciopelo y la carroza bastaba.” Poco después de la boda, los esposos se instalaron en su residencia. La madre de Félix vivía con su hermano el cardenal y la pareja de recién casados, en un soberbio palacio romano. Montalto no solo fue generoso con Victoria, sino también con sus hermanos. Al poco tiempo, Julio Accoramboni se presentó ante Montalto y le dijo, “¡El duque de Urbio me ha nombrado duque, y el papa Gregorio me acaba de nombrar obispo de Fossombrone!¡Esto es obra suya, señor cardenal!” Así, Julio Accoramboni fue recibido con honores en la exclusiva corte del poderoso cardenal Alejandro Sforza, quien dijo a Montalto, “Su sobrino será uno de mis cortesanos predilectos, Montalto.” Sin embargo, el tío de Pereti hizo algo más por los Accoramboni. Fue con el gobernador  y le dijo, “Quiero pedirle que deje de perseguir a Marcelo Accoramboni, Gobernador. Yo me hago responsable por ese joven.”
     Poco después, en una casa de campo, no lejos de Roma, Marcelo Accoramboni recibía una carta, diciendo a su compañero de cuarto, “¡Puedo regresar a la ciudad, Mancino!¡Me han indultado!” Los jóvenes esposos disfrutaban, entre tanto, de la dulzura de su recién iniciada relación conyugal. Mientras la abrazaba en la cama de su recamara, Félix le decía, “¡Eres la mujer más hermosa de Roma, y del mundo Victoria!¡Y, yo soy tu dueño!¡Ah, esto es más de lo que merezco!”
     Algunos meses después de la boda, Montalto aceptó que Félix y su madre dieran una gran fiesta en su palacio, con motivo del cumpleaños de Victoria. Mientras la fiesta transcurría, Montalto le dijo a Julio, “Tu hermana, no solo es hermosa, sino inteligente y de trato gentilísimo, Julio.” Sin embargo, el príncipe Pablo Orsini, amigo de la familia, y uno de los hombres más poderosos de Roma, había sido invitado. Félix lo recibió y dijo, “Celébro que haya venido príncipe.” Orsini dijo, “Y yo celébro descubrir que Victoria se ha convertido en una maravillosa señora. La última vez que la vi era solo una niña. ¿Me permites bailar con tu esposa, querido Félix?” Félix dijo, “¿Eh?¡Oh, sí, sí, claro!” Algunos de los presentes advirtiéron el súbito interés de Pablo Orsini por Victoria. Incluso el cardenal Montalto se disgustó, y dijo, “Esto no me gusta, Julio.” Julio le dijo, “¿Qué podemos hacer, Monseñor?” El cardenal se acercó a la pareja y dijo, “Lo siento, príncipe Pablo. Mi sobrina debe ayudarme a atender a los demás invitados.” Había nacido una obsesión para el príncipe, quien pensó al verla, “¡Tiene que ser mía, cueste lo que cueste!”
     Unas semanas antes de aquella fiesta, el príncipe Pablo había llegado a su palacio Romano, proveniente el campo. Al llegar por sorpresa a su recamara, alumbrándose con un candelabro, Pablo pensó, “Mi mujer cree que llegaré hasta el martes. Le sorprenderá verme tan pronto a su lado.” Y si que la mujer se sorprendió, diciendo, “¡Pablo!” El príncipe Pablo la encontró en brazos de otro hombre en su propia cama, y dijo, “¡Traidora!” Al día siguiente el príncipe Pablo Orsini se presentó ante los hermanos de la esposa adultera, que eran el gran duque de Toscana, Francisco I, y el cardenal Fernando de Médici, ante los cuales, el príncipe les dijo, “¡Quiero matar a esta mujer que ha dañado mi honra, señores!” El duque de Toscana le dijo, “Hazlo, príncipe. Estás en tu derecho.” Aquella corte familiar cumplió su sentencia. Así, ni su esposo, el príncipe Pablo, ni sus hermanos asistieron a los funerales. Uno de los curiosos que vio la ceremonia fúnebre, dijo, “¡Ese príncipe es un infame!” Otro de los curiosos le contestó, “Lo peor de todo es que nadie se atreve a poner coto a sus infamias.” 
   Cesar Palatieri era uno de los hombres de confianza del príncipe Pablo, a quien Pablo le dijo, “Duermo mal, no tengo apetito…¡Me siento enfermo, Cesar!” Cesar dijo, “¿Quiere que le traiga un medico, príncipe?” El príncipe Pablo dijo, “¡No, no! Un médico no podría hacer nada por mí.” Cesar dijo, “¿Tan grave es?” Pablo dijo, “La pasión es un grave mal, y es la pasión que siento por Victoria Accoramboni lo que me tiene así.” Cesar dijo, “¡Oh! Pues, si es eso, creo que tiene remedio, señor!” Pablo dijo, “¡Debe tenerlo, Cesar!¡No soporto más! La imagíno en mis brazos día y noche.” Cesar le dijo, “Creo que si usted hablára con Julio y con Marcelo Accoramboni, podría llegar a un arreglo.” Pablo dijo, “¿Qué clase de arreglo?” Cesar dijo, “Ya le han sacado jugo a la protección de Montalto. Ahora supongo que estarán felices de tener la de un señor tan poderoso como usted.” Pablo dijo, “Comprendo.”
     Esa misma noche, en el palacio Montalto, Félix y Marcelo charlaban bebiendo vino. Félix dijo a Marcelo, su cuñado, “¡Ja, Ja, Ja!¡Tus aventuras son tan crueles como graciosas, Marcelo!” Marcelo dijo, “Me alegra que te diviertan, Félix.” Félix dijo, “¡Brindo porque la suerte siga permitiéndote ser como eres, amigo mío!” Marcelo dijo, “Yo brindo porque haya siempre alguien tan generoso como tu tío para protegerme.”  Era ya tarde cuando Marcelo abandonó el palacio Montalto. De pronto, un hombre encapuchado le salió al encuentro, diciendo, “¡Accoramboni! Sígueme y te llevaré con alguien que desea hablar en secreto contigo.” Marcelo dijo, “¡Oh! ¿Se trata de alguna dama?” El hombre le dijo, “No, pero el tema de conversación si será una dama.” El hombre hizo un ademan y dijo, “Éste es el sitio.¡Entra!” Marcelo pensó, “¡El palacio de Pablo Orsini!¿Qué querrá de mi?”
     Dos horas después, Marcelo llegaba con su amigo Mancino, diciendo, “¡Tengo un trabajo para ti, Mancino!¡No vas a creerlo!” Tres noches más tarde, Mancino tocaba una puerta de los Montalto. El Mancino tenía una hermana que era doncella de Victoria Accoramboni. Al abrir la puerta, Mancino le dijo a su hermana, “Entrega esta carta al joven Félix, Catalina.” Catalina le dijo, “Ya se retiró a dormir. Está en su alcoba con la señora.” Mancino dijo, “No importa. ¡Es urgente!” En ese momento, Victoria pensaba, “Presiento que algo terrible ocurrirá esta noche. ¡Oh, Dios mío, protégenos!” En ese momento, Félix decía a su escudero, “¿Dónde está Marcelo?” Su escudero le dijo, “Cerca del palacio de Montecaballo, señor.” La madre de Félix se había inquietado también, diciendo, “¿A dónde fue mi hijo, Victoria?” Victoria le dijo, “No lo sé. ¡Dios tenga piedad de él y de nosotras?” Sin poder dormir, las dos mujeres decidieron aguardar a Félix en el oratorio orando. Momentos más tarde, cuando Félix subía por la cuesta de Montecaballo, se oyeron unos disparos. Unas manos asesinas emergieron de la oscuridad, diciendo, “¡Muere, Félix Peretti.”







     Cometido el crimen, los ejecutores huyeron sin que nadie los viera. Momentos después, uno de los asesinos entraba a un salón y decía, “Señor Marcelo, señor Julio, he cumplido la misión.” Poco después Julio decía, “¡Esto puede hacer que Montalto se vuelva en contra nuestra, Marcelo! No debí secundarte.” Marcelo dijo, “Ten calma Julio. Ya no es momento para arrepentirnos.” Julio dijo, “Octavio hizo bien en no meterse.” Marcelo dijo, “Sin embargo, si Montalto sospecha de nosotros, sospechará también de él. ¡Ja!” Esa madrugada un emisario se presentaba ante el cardenal Montalto diciendo, “Siento decirle, monseñor, que su sobrino fue encontrado muerto cerca del palacio Montecaballo.” El rostro del anciano no mostró el extremo de dolor que sentía, diciendo, “¡Dios tenga piedad de su alma!” La madre de Félix comenzó a sufrir, diciendo, “¡Nooooo!¡Mi hijo!¡Devuélvanme a mi hijo!” El cardenal le dijo, “Serénate, querida hermana. Debemos tener resignación.” Enseguida, el cardenal se acercó a Victoria y le dijo, “Ya eres viuda, Victoria.” La madre de Félix se abalanzó hacia el cuerpo inerte de su hijo quien era cargado por un escudero, diciendo, “¡Félix, hijo! ¿Qué te han hecho?” Las dos mujeres lloraban ante el cuerpo de Félix. Entonces, el cardenal dijo, “¡Ya basta de llantos! Sufriremos con dignidad. Vistan ustedes mismas a Félix, con el habito religioso que le corresponde.” 

     La tarde del día siguiente, Octavio dialogaba con sus hermanos, diciendo, “¡Ese Montalto es un enigma! Fui a darle el pésame, y se veía sereno, casi indiferente.” Julio le dijo, “¿Piensas que sospecha…?” Marcelo dijo, “Claro que sospecha, pero no hará nada por el momento.” Octavio dijo, “¡Les dije que no se atrevieran a secundar a Orisini! ¡Esto es una locura que puede arruinarnos!” Marcelo dijo, “Lo único que te preocupa es poner en peligro tus nombramientos, Octavio.” Julio dijo, “¡Eres un canalla, Marcelo! Creí que Félix era amigo tuyo.” Marcelo dijo, “El oro es mi único amigo.” Julio dijo, “Y, ¿Qué le diremos a Victoria?¿Que hemos mandado matar a su marido?” Marcelo dijo, “Yo hablaré con ella, Julio.”
     La misa de cuerpo presente fue solemne y triste. Los Accoramboni oraron por el alma del difunto con fingida devoción. Marcelo pensó al ver el ataúd, “¡Adiós amigo mío!¡Te alcanzaré en el infierno!” Poco después Marcelo decía a Victoria, “Debo hablarte en privado, Victoria.” Victoria le dijo, “Ven esta noche a mi casa, Marcelo. Catalina te hará pasar a mi aposento sin que nadie se entere.” Después de la cena, en el palacio Montalto, el cardenal se levanto de la mesa y dijo, “Me retiraré a dormir temprano, pues mañana hay reunión en consistorio.” Victoria fingió estar cansada y se despidió de su suegra. Al entrar a su alcoba Victoria encontró a Marcelo, sentado en un sillón de su alcoba, y le dijo, “¡Así que ya estás aquí!” Marcelo dijo, mientras veía las lagrimas de su hermana, “Quiero explicarte porque hice lo que hice…” Victoria dijo, “¡Quería creer que no habías sido tu Marcelo. Pero, lo sabía, ¡Esto es horrible! Me casé con Félix Peretti por ti, porque tuvieras protección. ¡Y ahora te conviertes en un asesino!” Marcelo le dijo, “Tú no lo amabas Victoria. Aún tu corazón no ha sido tocado por el amor, por esa intensa furia…” Victoria dijo, “No entiendo, Marcelo, ¿Qué tiene eso que ver? ¿Lo mataste porque sabias que yo no lo amaba?” Marcelo dijo, “Hay un hombre noble, sabio, poderosísimo que te adora, hermana. Yo solo he sido su brazo. ¿Sabes por qué?” Victoria dijo, “No, no lo entiendo.” Marcelo dijo, “Porque quiero que conozcas la pasión, la pasión pura. Y, solo Pablo Orsini puede conducirte a ella.” Victoria dijo, “¡Pablo Orsini! ¡No, no! Esta vez no vas a convencerme como has hecho siempre. No aceptaré a Pablo Orsini. ¡Y no me hables de pasión! Tu única pasión es el oro. ¡Por oro mataste a tu mejor amigo! ¡Y es por oro que ahora quieres vender a tu propia hermana!” Marcelo dijo, “Si eso piensas de mi, está bien. No discutiré contigo. Me voy, hermana. Piensa en lo que te he dicho. Descubrirás que Orsini me dará oro. Sí, pero eso no será nada en comparación a lo que te dará a ti, que eres su amor. No solo te cubrirá de riquezas, sino que te llevará al mayor grado de felicidad.”  Al quedar sola en su habitación el horror y la confusión se debatían en el interior de la Victoria Accoramboni, quien pensó, “¡Oh, Dios!¿Qué debo hacer?”
     Al día siguiente, en el consistorio, el papa se dirigió al cardenal de Montalto. Uno de los guardias anunció, “¡Su santidad Gregorio XIII!” El papa fue directo hacia Montalto y dijo, “¡Me duele en el alma la pérdida que ha sufrido, hermano! Le prometo que se hará justicia. ¡El asesino de Félix Peretti será ahorcado muy pronto!” Montalto pronunció entonces unas palabras que sorprendieron tanto al papa como a los cardenales: “Le suplico que no mande realizar ninguna investigación, santo padre. Yo perdono a ese asesino.” La extraña actitud de Montalto se convirtió en la comidilla de Roma. Uno de los cardenales dijo a otro, “¡Qué raro!¡Siempre me pareció que Montalto quería a su sobrino como a un hijo.” El otro cardenal dijo, “¿No estará implicado en su asesinato de alguna manera?” El cardenal contestó, “Mas bien supongo que planea vengarlo por su propia cuenta.” La enigmática serenidad de Montalto se mantuvo sin cambio, incluso cuando el propio príncipe Pablo Orsini fue a darle el pésame, diciendo, “¡Cuánto lo siento Monseñor!” Cuando Pablo Orsini se iba retirando, dos de los presentes murmuraron entre sí. Uno de ellos dijo, “¡Toda Roma sabe que Pablo Orsini mandó matar a Félix!” El otro presente dijo, “¿Será que Montalto tiene miedo de un enemigo tan poderoso?”
      Félix no había dejado ningún testamento, así que Victoria debía volver a casa de sus hermanos, pues no tenía derecho a reclamar bien alguno. Montalto se despidió de ella con un abrazo. Victoria dijo, “Le agradezco que me permita llevar conmigo los regalos, las joyas, los vestidos…¡Es usted muy generosos conmigo, Monseñor!” Montalto dijo, “Ve con Dios, querida Victoria.”  
     Cuando Victoria llegó a casa de sus hermanos, éstos le dieron la bienvenida. Julio la abrazó, diciendo, “Ésta es tu casa, nuevamente.” Octavio dijo, “¡Bienvenida queridísima Victoria!” Pero Marcelo pensó, “No por mucho tiempo.” Esa misma noche, durante la cena entre los cuatro hermanos, Marcelo dijo, “El príncipe Pablo Orsini me espera. ¿Qué debo informarle Victoria?” Victoria se levantó y le dijo, “¡Eres un monstruo, Marcelo!¡No quiero que vuelvas a hablarme de ese señor!” Victoria corrió hacia las escaleras, entonces Marcelo, queriendo detenerla le dijo, “Antes de que te encierres en tu aposento, debes oírme. El gobernador y la guardia sospechan que tú estabas enterada, y que colaboraste en el asesinato de Félix.” Victoria dijo, “¡Eso es mentira!” Marcelo dijo, “Lo sé. Pero ellos no van a convencerme fácilmente. Mientras estaban con Montalto, no se atrevieron a tocarte, y me temo que ahora…” Victoria dijo, “Marcelo, ¿no permitirás que me envíen a la cárcel, verdad?” Marcelo dijo, “Lo siento querida, pero no soy yo el indicado para evitarlo. En este momento, ni nuestros hermanos ni tú tienen protección de nadie que sea realmente poderoso. ¿Qué debo decirle al príncipe Pablo Orsini?” Victoria dijo, “¡Oh, Dios!¡Déjame en paz!” Julio intervino, diciendo, “Es suficiente, Marcelo. Di al príncipe que espere. Ella cederá.”
Victoria pasó el día siguiente ocupada en menesteres domésticos. Tenía la esperanza de que todo lo ocurrido fuera un mal sueño del que se pudiera despertar. Hasta que por las tarde, Julio dio el aviso, “El príncipe Pablo ha venido a verte, hermana.” Cuando Orsini y Victoria estuvieron juntos, Orsini le dijo, “Debe usted estar muy conmovida y confusa por todo lo que ha ocurrido, Victoria.” Victoria dijo, “Sí, lo estoy.” Orsini le dijo, “Lo cierto es que aquella noche en el palacio Montalto sentí que la pasión por usted me envolvía y me convertía en un hombre capaz de todo, hasta de matar por tenerla conmigo!” Orsini la miró a los ojos y le dijo, “¡Daría todo lo que poseo por un beso suyo!” Victoria dijo, “Pues yo, todo lo puedo darle es…un beso. No poseo más.” Orsini se hincó, e imploró, “¡Ámeme Victoria!¡No deseo más!¡Nadie puede hacerme feliz sino usted!” Victoria se conmovió y dijo, “Levántese príncipe. No quiero verle humillado.” Antes de que Pablo Orsini se incorporara, Victoria se inclinó para darle un beso en la mejilla. Aquel beso había embelesado aún más a Pablo Orsini, a la vez que había despertado una honda ternura en el corazón de Victoria. Cuando él abandonó el palacio Accoramboni, ya era de noche. Al despedirse, Pablo dijo, “Volveré mañana.” Victoria dijo, “Mañana…” Victoria fue  a su recamara portando un candelabro con velas encendidas. Al verle a la distancia, Marcelo pensó, “¡Increíble! Orsini la ha conquistado.”
     Victoria pasó buena parte de la mañana siguiente en la ventana mirando hacia afuera. Al atardecer llegó Pablo Orsini, y tras una breve conversación, Victoria le pidió que la llevara a vivir con él. Cuando Victoria subió al carruaje, Julio y Octavio observaban desde lejos. Julio dijo, “Todo ha salido mejor de lo que esperábamos.” Habían pasado solo tres días de la muerte de Félix. Montalto se encerró a rumiar su odio y su vergüenza cuando se enteró. Esa misma semana el gobernador recibió una extraña carta. El mismo gobernador fue a visitar a Montalto y leyó la carta, “Monseñor, César Palantieri, quien fue desterrado de Roma hace poco, por un hecho de sangre, se acusa de haber dado muerte a vuestro sobrino por diferencias que había entre ambos.” Monseñor dijo, “Ya he dicho al santo padre que deseo dejar ese asunto por la paz.” El gobernador dijo, “Pero el papa insiste en que se investigue. Hemos detenido a Domenici de Aquaviva, apodado el Mancino. Ibamos a torturarle, pero no hubo necesidad. Lo ha confesado todo.” En la cámara de tortura el Mancino dijo, “Los que ejecutaron a Félix Peretti fueron Machione de Gubbio y Pablo Barca, hombres a sueldo de un gran señor cuyo nombre es…” El monseñor interrumpió diciendo, “¡No quiero saberlo, gobernador! Le suplico que deje así las cosas. No continúe removiendo el asunto ni implicando a más gente en la muerte de mi sobrino. Hablaré con el papa.” El gobernador solo dijo, desconcertado, “Pe-pero.”
     Montalto habló, en efecto, con el papa, y, el día del cumpleaños del cardenal, el Mancino fue liberado con la única condición de que abandonára Roma. Ese mismo día Victoria recibió una orden escrita el papa. El soldado leyó, “Se le prohíbe abandonar el palacio Orsini, señora, quedará usted en prisión domiciliaria.” Victoria dijo, “¿Escuchaste eso, Pablo?¡Si yo no he hecho nada!” Pablo dijo, “No te preocupes querida, Gregorio XIII no se atreverá a tocarte.” Esa misma noche, mientras todos cenaban en el palacio Orsini, Pablo dijo, “Quiero comunicarles que me desposaré con Victoria en cuanto tenga la autorización del papa, hermanos míos.”  Marcelo dijo, “¡Vaya!” Al terminar de cenar, Marcelo fue con Octavio a aparte y le dijo, “¡Jamás creí que Pablo la deseara por esposa! Nuestra hermana es de condición inferior a Orsini. Además, está el sucio asunto de su viudez.” Octavio dijo, “¡Pablo está loco por Victoria!”
     El papa reaccionó violentamente al recibir la solicitud de Orsini, diciendo, “¡Jamás se casaran por la iglesia mientras yo sea pontífice!” Victoria Accoramboni y el príncipe continuaron viviendo juntos. Hasta que una mañana a principios del año de 1585, Marcelo llego al comedor y dijo a Victoria y Pablo quienes desayunaban, “¡Ha muerto Gregorio XIII! Ya pueden ustedes casarse.” El 24 de abril se celebro la boda de Victoria y Pablo Orsini. De los hermanos de la novia solo uno no asistió, Octavio Accoramboni, obispo de Fossombroni, quien no había dado su autorización. Por una ironía del destino, en ese mismo momento, en la catedral principal, el ex cardenal Montalto era coronado como el nuevo papa con el nombre de Sixto V. Esa tarde, Pablo Orsini, como cualquier cortesano de Roma, fue a besar los pies de su santidad, diciendo, “Sois el representante de Dios. Espero vuestra bendición.” Dos cardenales notaron que Montalto no aceptaba de buen agrado ese gesto. Uno de ellos dijo, “¡Cómo lo mira, con que odio!” El otro le dijo, “¡Se ha negado a darle la bendición!”
     Esa noche, en el palacio, Pablo Orsini dijo a Julio y a Marcelo, “¡Se han acabado los juegos! Montalto esperaba llegar al trono de San Pedro para declararme la guerra. Y es el enemigo más peligroso que puedo tener.” Pablo Orsini recurrió al cardenal de Médicis, hermano de su primera esposa, y embajador de España, para lograr una entrevista privada con el nuevo papa. Una vez ante él, Pablo se arrodilló y dijo, “Su santidad, tanto mi persona como mi dinero, y mis tierras están a vuestro servicio. Os lo digo de corazón.” El cardenal de Médicis dijo, “Espero que, en los sucesivo, vuestra conducta esté más de acuerdo con vuestro linaje, príncipe. Empezad por arrojad de vuestras posesiones a los bandidos y desterrados de Roma que las infestan.” Pablo dijo, “¡Oh, sí, su santidad, lo haré!” El cardenal de Médicis le dijo, “Recordad que os perdóno lo que habéis hecho contra Félix Peretti y el cardenal Montalto; pero no tendré piedad si os atrevéis a desafiar a Sixto V.” 
      Pablo Orsini no solo vació su casa de desterrados sino que él mismo partió con Victoria a los baños de Albano, cerca de Padua, tierra dependiente de la republica de Venecia de aquel entonces. La situación había minado la salud de Pablo. Ya instalados en el palacio Victoria le dijo, “Me preocupa tu salud, Pablo. Estas muy pálido.” Pablo dijo, “Mejorará aquí, querida. Tomaré un descanso.” Enseguida, Pablo dio una orden, “César, ve y renta para nosotros tres palacios. El de la calle Zecca, en Venecia, el de Foscarini, en Padua, y el que está cerca del lago Garda, en Salo.” Cesar le dijo, “Los señores de Venecia te ofrecen dinero para reclutar un pequeño ejército de dos o tres mil hombres que, al mando tuyo, sirva para proteger sus intereses en la republica Pablo.” Pablo le dijo, “Diles que no acepto, Cesar. Mi salud no es buena. Además, tengo compromisos con el rey de España.”
     El príncipe y su esposa se instalaron, por una temporada, en el castillo de Salo. Allí Pablo Orsini llamó a un notario y dictó su testamento, diciendo, “…y dejo a la señora Victoria Accoramboni cien mil piastras en joyas, y…” Dos días después Pablo Orsini cayó en cama, enfermo. El doctor dijo a Victoria, “No debe comer nada, pues le apliqué una sangría.” En cuanto el médico se fue, Pablo dijo, “Me siento mucho mejor, Victoria. Manda que me traigan cena.” Victoria dijo, “Pero Pablo…” Pablo insistió, “Por favor, querida…¡Me muero de hambre!” Victoria dijo, “Está bien , está bien. Pero cóme moderadamente.” Pablo no comió moderada sino espléndidamente. Terminada la comida, Pablo Orsini perdió el conocimiento y, dos horas antes de ponerse el sol, falleció. Victoria se arrodilló ante su lecho y dijo, “¡No, dios mío!¿Porqué me castigas de este modo?” 
      Después de los funerales, Marcelo y la corte de Orsini acompañaron a Victoria al palacio Foscarini de Padua. Victoria lloraba consternada. Marcelo se encargó de apurar la lectura del testamento. Antes de la reunión de lectura, el notario dijo, “Los albaceas serán los cardenales Farnesio y De Médicis, señora. Aguardaremos a que lleguen.” Además de los albaceas, asistieron a la ceremonia el hijo de Pablo Orsini, Virginio, y el príncipe Luis Orsini, su más cercano pariente. El notario leyó, “…el legado de mi esposa Victoria será en total, de sesenta mil piastras en efectivo, además de joyas, muebles y objetos de valor. Se le comprará un palacio en la ciudad que ella elija, y se equipará con el servicio y el lujo necesarios para su bienestar.” Al escuchar la lectura, el príncipe Luis dijo, “¡Es demasiado para una cualquiera que mandó matar a su marido para casarse con mi primo!” Virginio le dijo, “Mi padre la adoraba, Luis.” Poco después, en las caballerizas, el príncipe Luis objetó a Victoria, “¡Los caballos no están dentro de los bienes inmuebles que hace mención el testamento!” Victoria le aclaró, “Siento contradecirle príncipe, pero Pablo se refiere precisamente a ellos.” Victoria se encolerizó y les dijo, “¡No discutiré más con usted!” Luis dijo, “¡Esta mujer me saca de quicio! Esta mujer me exigió le devolviera la vajilla de plata que tu padre me dio en prenda del dinero que me debía. ¡Es el colmo!¡No permitiré que se quede con todo!”
     La noche siguiente, que rea 24 de diciembre, un grupo de hombres armados penetro en el castillo de Victoria Accoramboni. Desde el balcón de su recamara, Victoria salió y dijo, “¿Qué ocurre aquí? ¿Cómo se atreven a entrar en mi casa?” Enseguida, un hombre entró a su alcoba con un cuchillo en mano. Al verlo, Victoria dijo, “¡Conde Paganello!¿Qué puedo hacer ahora por usted?” El conde dijo, enterrando el puñal, “Algo muy sencillo, ahora hay que morir, mi señora Victoria.” Aquel asesino aún agregó mientras su víctima desfallecía en aquel lúgubre abrazo, la siguiente pregunta, “¿Os toca mi puñal el corazón?” Entre tanto, otros asaltantes se dedicaban a buscar a los hermanos de Victoria. Hallaron a Julio en un salón y uno de ellos lo hirió con puñal diciendo, “¡Muere, Accoramboni!”
      A los pocos días, Luis Orsini fue citado por el tribunal supremo de Padua y penetró en el recinto acompañado de cuarenta hombres, diciendo, “¿De qué se me acusa?” El juez le dijo, “¿Sabe usted algo respecto a la muerte de Victoria Accoramboni, y su hermano Julio?” Luis Orsini contestó, “Algo sé…pero no mucho más de lo que saben todos, señoría.” Lo dejaron libre, y Luis pidió autorización a la corte para enviar una carta a Virginio Orsini, en la que aseguró le comunicaría lo concerniente al asesinato de su madrastra. Pero cuando iba galopando en su caballo, dos hombres lo detuvieron. Uno dijo, “¡Alto, en nombre de la corte de Padua!” El otro dijo, “¡Entréganos la carta que llevas!” Cuando la carta fue llevada ante una autoridad y un notario, el hombre que la leyó dijo, “¡Caramba! Luis Orsini le comunica a Virginio que él mandó matar a Victoria, como le había ofrecido.” Al día siguiente en el poblado de San Marcos, cerca del cual se hallaba el castillo donde Luis Orsini se había refugiado, un vocero leía a los aldeanos lo siguiente, “Se pagarán dos mil ducados a quien entregue vivo o muerto al príncipe. Habrá además, quinientos ducados para quien atrape a alguno de los hombres de dicho príncipe. Aquellos de ustedes que tengan armas, pueden reunirse cerca del castillo Orsini con la guardia apostada allí. A los que no tengan armas, se les dará lo que necesiten.”
     Todos los hombres de San Marcos tomaron parte en el asalto. Un grupo de ellos levantó barricadas cerca del río, para impedir la huída de los habitantes del castillo. Luis Orsini se preparaba a resistir el asalto cuando recibió a dos enviados de la corte, uno de los cuales le dijo, “Habrá misericordia para vos, si os rendís enseguida, príncipe.” Luis dijo, “Lo haré, si se retiran los guardias que han puesto alrededor de mi casa.” Los caballeros emisarios consultaron a la magistratura, y poco después, uno de ellos gritó a Luis, quien lo miraba y escuchaba desde  la almena del castillo, “La corte dice que si no te rindes inmediatamente, tu casa será arrasada, príncipe.” Luis Orsini gritó, “¡Prefiero la muerte a verme humillado de tal modo!” Desde abajo gritaron, “Entonces, ¡Que empiece la batalla!” La caballería tendió el cerco mientras los arcabuceros hacían fuego. En el castillo, desde las almenas, también dispararon los arcabuces cuando Luis dio la orden. La servidumbre del castillo comenzó a fundir trastos de estaño y cristales de las ventanas para fabricar balas. Poco después, el primer cañonazo de los sitiadores derribó la pared tras la cual se defendían valerosamente Pandolfo Leupratti, uno de los hombres de confianza del príncipe. Uno de los sitiadores se introdujo entre los escombros y cortó la cabeza del infeliz Pandolfo que se hallaba inmovilizado por sus heridas. El hombre llevaba la horrible cabeza cortada gritando, “¡Mi recompensa, mi recompensa!”  Otro de los Orsini, el coronel Lorenzo, salió de la casa con varios hombres, dispuesto a abatir a los sitiadores, pero un mocito lo mató con un arcabuz. Sin embargo, otros desvalijaron al muerto y le cortaron la cabeza, diciendo entre ellos, “¡Yo cobraré la recompensa!¡No, yo!” De pronto, el mayordomo de Orsini dio la señal de retirada hondeando un manto blanco. Poco después, Luis Orsini daba instrucciones a sus hombres, “Me presentaré a la corte. No se rindan hasta que les envíe un escrito y una señal.” 
      Los hombres de Marcelo Accoramboni escoltaron a Luis Orsini hasta la prisión. Al ver el reducido número de hombres de Marcelo Accoramboni, Luis dijo, “¡Vaya! Si hubiera seguido peleando los hubiera vencido.” Poco después, los del castillo recibían una carta escrita por Luis Orsini, y el anillo de éste, mostrados ambos por un vocero quien gritó, “¡Abajo las armas!” El juicio se celebró de inmediato. Las pruebas fueron contundentes. El juez dijo, “Queda usted sentenciado a muerte príncipe.” Luis Orsini fue estrangulado dentro de la prisión y se entregó su cuerpo a los padres jesuitas, para que le dieran cristiana sepultura. Poco después, dos de sus hombres, fueron ahorcados en plaza pública. Dos días más tarde, los guardias condujeron al capitán Splendiano y al conde Paganello al lugar del suplicio. La gente gritaba, “¡Entregenos al asesino de Victoria Accoramboni! ¡Nosotros lo ejecutaremos!” Cuando se hallaban en la horca, la gente de desbordó, gritando, “¡Matemos a Paganello!¡Arránquenle el corazón!” Se dice que alguien logró clavar a Paganello un puñal en el corazón, y que su muerte fue sangrienta y dolorosa. En total fueron 36 los ajusticiados. No quedó con vida ninguno de los seguidores del príncipe. Un hombre anciano presente dijo a una joven, “No ha habido en Padua una ejecución semejante!” La joven dijo, “Los asesinos fueron castigados.”
     Fue así como la belleza de una mujer y la codicia de sus hermanos causaron, en la Italia del siglo XVI, la muerte de muchos hombres que se vieron arrastrados por sus pasiones, por luchar unos contra otros.           
     Tomado de Novelas Inmortales Año XVI No. 672. Octubre 3 de 1990. Guión: Dolores Plaza. Adaptación: Remy Bastien. Segunda Adaptación: José Escobar.         

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