Club de Pensadores Universales

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lunes, 13 de febrero de 2012

Robinson Crusoe de Daniel Defoe

     Daniel Defoe, fue un comerciante Inglés, escritor, periodista y panfletista, que saltó a la fama por su novela Robinson Crusoe. Defoe se caracteriza por ser uno de los primeros defensores de la novela, ya que ayudó a popularizar el género en Gran Bretaña y junto con otros, tales como Richardson, es uno de los fundadores de la novela Inglésa. Fue un escritor prolífico y versátil, que escribió más de 500 libros, folletos y revistas sobre diversos temas, incluyendo la política, el crimen, la religión, el matrimonio, la psicología y lo sobrenatural. También fue un pionero del periodismo sobre economia.
     Daniel Foe, su nombre original, nació probablemente en la parroquia de St. Giles Cripplegate Londres. Defoe añadió más tarde el aristocrático sonido "De" a su nombre y en ocasiones se decía ser descendiente de la familia de De Beau Faux. La fecha y el lugar exacto de su nacimiento son inciertos, a menudo las fuentes, precisan las fechas de 1659 a 1661. Su padre, James Foe, aunque un miembro del gremio de carniceros, era un fabricante de velas de cebo.
     Durante la infancia de Defoe, él experimentó de primera mano algunos de los sucesos más insólitos en la historia Inglésa: en 1665, 70.000 personas fueron asesinadas por la Gran Plaga de Londres.
     El Gran Incendio de Londres (1666) golpeó duramente el barrio de Defoe, dejando sólo su casa y dos casas más a salvo.
     En 1667, cuando Defoe era probablemente de unos siete años, una flota holandesa navegó por el río Medway a través del río Támesis, y atacó a Chatham. Por el tiempo que tenía alrededor de 10 años de edad, la madre de Defoe, Annie, había muerto.
     Sus padres eran presbiterianos disidentes, por lo que Defoe fue educado en una academia de disidentes en Newington Green a cargo de Charles Morton y se cree que asistió a la iglesia unitaria en Newington Green. Durante este período de tiempo, Inglaterra no era tolerante de la religión. La controversia de la religión era un asunto político. Los católicos eran temidos y odiados. Los disidentes se negaron a cumplir con los servicios de la Iglesia de Inglaterra. Eran despreciados y oprimidos.
     James Foe quería que su hijo ingresara en el ministerio, pero Daniel Defoe prefirió otras cosas. Cuando tenía unos 18 años, dejó la escuela. Tras varios años de preparativos, entró en el negocio de calcetería.
     A pesar de Defoe era un cristiano, decidió no convertirse en un ministro disidente y entró en el mundo de los negocios como comerciante general, tratando en diferentes momentos primero la calcetería, después artículos generales de lana y el vino. A pesar que sus ambiciones eran grandes y compró tanto una finca como un barco, así como gatos civetas para hacer perfume, rara vez salía de deudas. En 1684, Defoe se casó con María Tuffley, la hija de un comerciante de Londres, y recibió una dote de £ 3.700. Con sus deudas y problemas políticos, su matrimonio era probablemente de lo más dificil. Duró 50 años, sin embargo, y juntos tuvieron ocho hijos, seis de los cuales sobrevivieron.
     En 1685, se unió a la malograda Rebelión de Monmouth, pero ganó el indulto por el cual escapó de la Audiencias Sangrientas del juez George Jeffreys.
     Guillermo III fue coronado en 1688, y Foe se convirtió inmediatamente en uno de sus aliados más cercanos y un agente secreto. Algunas de las políticas del nuevo rey, sin embargo, condujeron a un conflicto con Francia, perjudicando así las relaciones comerciales prósperas de Defoe, que se había establecido como comerciante.
     En 1692, Defoe fue detenido por los pagos de £ 700 (y su civetas fueron incautadas), aunque su total de deudas pudo haber ascendieron a £ 17.000. Sus lamentos fueron fuertes y siempre defendió a los deudores desafortunados. Pero hay pruebas de que sus negocios financieros no siempre fueron honestos.
     Después de su liberación, probablemente viajó por Europa y Escocia, y se piensa que pudo haber sido en este momento cuando comerció vino a Cádiz, Oporto, y Lisboa. Para el año de 1695 estaba de regreso en Inglaterra, con el nombre "Defoe", y sirviendo como un "comisario de la obligación de cristal," responsable de recaudar el impuesto en las botellas. En 1696, estaba operando una fábrica de tejas y ladrillos en lo que hoy es Tilbury, Essex y viviendo en la parroquia de Santa María Chadwell.

     La primera publicación notable de Defoe fue: Un Ensayo Sobre los Proyectos, una serie de propuestas de mejora social y económica, publicado en 1697. De 1697 a 1698 defendió el derecho del rey Guillermo III de un ejército permanente en el desarme después de que el Tratado de Ryswick (1697) había terminado con la Guerra de los Nueve Años (1688-1697).     
     Su poema más éxitoso, El inglés de Pura Cepa (1701), defendió al rey en contra de la percibida xenofobia de sus enemigos, satirizando el clamor Inglés de una pureza racial.
     En 1701,  Defoe, flanqueado por una guardia de dieciséis caballeros de calidad, presentó Memorial de la Legión al presidente de la Cámara de los Comunes, y posteriormente su jefe, Robert Harley.
     Demandaba la liberación de los peticionarios de Kent, que había pedido al Parlamento que apoyara al rey en una inminente guerra contra Francia.
     La muerte de Guillermo III en 1702, una vez más volvió a crear una inestabilidad política, cuando el rey fue sustituido por la reina Ana, quien de inmediato comenzó su ofensiva contra los disidentes religiosos. Blanco natural, las actividades de panfletos y políticas de Defoe dio lugar a su detención y su colocación en la picota el 31 de julio de 1703.
    Esto sucedió, principalmente a causa de un folleto titulado El Camino Más Corto con los Disidentes, O bien, las Propuestas para el Establecimiento de la Iglesia, que pretende argumentar para el exterminio de los disidentes. En él cruelmente satiriza tanto en la alta iglesia y los conservadores como a los disidentes quienes hipócritamente practican la llamada "conformidad ocasional," como su vecino de Stoke Newington, Sir Thomas Abney.
     A pesar de que fue publicado de forma anónima, el verdadero autor fue descubierto de forma rápida y Defoe fue detenido. Según la leyenda, la publicación de su poema, Himno a la Picota fue causa para que su audiencia en la picota le tiráran flores, en lugar de los tradicionales objetos perjudiciales y nocivos, y se bebiera a su salud. La historicidad de este relato es cuestionada por muchos estudiosos, aunque John Robert Moore dijo más tarde que, “ningún hombre en Inglaterra, a excepción de Defoe jamás se puso en la picota y después ascendió a la cima entre sus semejantes.” Thomas Cochrane, el décimo conde  de Dundonald y famoso oficial de la Real Naval, fue condenado a la picota, pero fue perdonado por temor a que su popularidad pudiera causar un motín.
     Después de sus tres días en la picota, Defoe fue a la cárcel de Newgate. Robert Harley, primer conde de Oxford y conde de Mortimer, negoció su liberación a cambio de que Defoe, cooperára como agente de inteligencia a favor de los conservadores. A cambio de su cooperación con el lado político rival, Harley pagó algunas de las deudas pendientes de Defoe, lo que mejoró su situación financiera considerablemente.
     A una semana de ser liberado de prisión, Defoe fue testigo de la Gran Tormenta de 1703, que asoló el país del 26 al 27 de noviembre. Causó graves daños a Londres y Bristol, desarraigando a millones de árboles y matando a más de 8.000 personas, la mayoría en el mar. El evento se convirtió en el tema de Defoe en, The Storm (1704), una colección de relatos de los testigos de la tempestad.
     Muchos consideraron este libro como uno de los primeros ejemplos del mundo del periodismo moderno.
     En el mismo año, Defoe fundó su periódico Una Reseña de los Asuntos de Francia, que apoyó al Ministerio de Harley, haciendo una crónica de los acontecimientos de la Guerra de Sucesión Española (1702-1714). La Reseña se publicó tres veces por semana sin interrupción hasta 1713.
     Defoe se sorprendió de que un hombre tan dotado como Harley, y sus papeles vitales de izquierda fuesen públicos, y advirtió que estaba casi invitando a un grupo secretario sin escrúpulos a cometer traición. Sus advertencias fueron plenamente justificadas por el caso de William Gregg. Cuando Harley fue expulsado del ministerio en 1708, Defoe continuó escribiendo para apoyar Godolphin, luego otra vez para apoyar a Harley y los conservadores en el ministerio conservador de 1710 a 1714.
     Después de que los conservadores perdieron el poder con la muerte de la reina Ana, Defoe continuó realizando labores de inteligencia para el gobierno liberal, escribiendo panfletos "Tory" que socavaron el punto de vista conservador.
    No todos los escritos de panfleto de Defoe eran políticos. Un folleto, originalmente publicado de forma anónima, titulado Una Verdadera Relación de la Aparición de Una Señora Veal al Día Siguiente de su Muerte a Una Señora Bargrave en Canterbury el 08 de septiembre 1705, se refiere a la interacción entre el mundo espiritual y el mundo físico .
     Este panfleto fue muy probablemente escrito en apoyo al libro de  Charles Drelincourt, La Defensa Cristiana en Contra de los Temores de la Muerte (1651). En él se describe el encuentro de la señora Bargrave con una vieja amiga, la Señora Veal, después de que ella había muerto. Se desprende de esta pieza y otros escritos, que mientras que la parte política en la vida de Defoe era bastante dominante, no era el único aspecto.
    El alcance y los datos de los escritos de Defoe durante el período comprendido entre la caída de los Tory en 1714 a la publicación de Robinson Crusoe en 1719 son muy controversiales. Defoe comenta sobre la tendencia a atribuir extensiones de autorías inciertas a él, en su apelación a  Apología al Honor y Justicia (1715), una defensa de su parte, en el ministerio Tory de Harley (1710-14).
      Otras obras, que se cree, anticiparon su carrera novelística son: El Instructor de la Familia (1715), un manual de conducta de un enorme éxito en el deber religioso, titulado, Actas de las Negociaciones de Monseñor Mesnager (1717), en el que se hace pasar por Nicolas Mesnager, el plenipotenciario francés que negoció el Tratado de Utrecht (1713) y Una Continuación de las Cartas Escritas por un Espía Turco (1718), una sátira sobre la política europea y la religión, que profesan ser escrito por un musulmán en París.
     Defoe publicó varios libros denunciando la ruptura del orden social, tales como, La Gran Ley de la Subordinación Considerada (1724), y El Asunto de Todos es El Asunto de Nadie (1725). Además también trabajó en el aspecto de lo sobrenatural, como en, La Historia Política del Diablo (1726), Un Sistema de Magia (1726), y Un Ensayo sobre la Historia y la Realidad de las Apariciones (1727).
  Sus trabajos sobre viajes al extranjero y el comercio incluyen, Una Historia General de los Descubrimientos y Mejoras (1727), y Atlas Maritimus y Commercialis (1728). Tal vez su mayor logro en la No Ficción es la magistral, Un Viaje a Través de Toda la isla de Gran Bretaña (1724-27), que proporcionó un estudio panorámico del comercio británico en vísperas de la Revolución Industrial.(Wikipedia)
     Robinson Crusoe es una novela de Daniel Defoe, que fue publicada por primera vez en 1719. En forma epistolar, confesional y didáctica, el libro es una autobiografía ficticia del personaje principal, un náufrago que pasa 28 años en una remota isla tropical, cerca de Trinidad, encontrándose con los caníbales, cautivos, y amotinados, antes de ser rescatado.
    La historia fue tal vez influida por Alexander Selkirk, náufrago escocés que vivió durante cuatro años en la isla del Pacífico llamada "Más a Tierra,"  la cual, más tarde le fue cambiado el nombre en 1966 a “Isla Robinson Crusoe,” en Chile.
     Los detalles de la isla de Crusoe, en la novela, están basados probablemente en la isla caribeña de Tobago, ya que la isla se encuentra una corta distancia al norte de la costa venezolana cerca de la desembocadura del río Orinoco, a la vista de la isla Trinidad.
     También es probable que Defoe se inspiró en la traducción latinas o Inglesa de Hayy Ibn Yaqdhan de Ibn Tufayl, una novela anterior, en donde también la historia se ubica en una isla desierta.
     Otra fuente de la novela de Defoe pudo haber sido la narración de su secuestro de Robert Knox, por parte del rey de Ceilán en su libro de 1659 titulado "Un Recuento Histórico de la Isla de Ceilán," publicado en Glasgow: James MacLehose and Sons, Editorial de la Universidad, en 1911. Aunque inspirada en un evento de la vida real, que fue la primera obra notable de la literatura, donde la historia era independiente de la mitología, historia, leyendas, o  de literatura anterior.
     Aunque comúnmente denominada como Robinson Crusoe el título del libro completo original, tal y como aparece en la portada de la primera edición es, La Vida y Extrañas Sorprendentes Aventuras de Robinson Crusoe, de York, un Marinero: Quién Vivió Veinte y Ocho años, Todos en Solitario en una Isla inhabitada en la Costa de América, Cerca de la Desembocadura del Gran Río de Orinoco; Habiendo Sido Arrojado a la Costa por un Naufragio, en el que Todos los Hombres Perecieron Menos él mismo. Con una Narración de la Forma en que fue Finalmente Liberado Extrañamente por los Piratas.

     La novela narra que Crusoe, cuyo apellido es una palabra corrompida del apellido alemán "Kreutznaer," zarpa del Muelle Queen’s Dock, en la ciudad de Kinston upon Hull, en un viaje por mar, en agosto de 1651. Crusoe marcha en contra los deseos de sus padres, que quieren que se quede en casa y siga una carrera, posiblemente de Leyes.

     Después de un viaje tumultuoso en donde Crusoe ve a su barco naufragar en una tormenta, su pasión por el mar sigue siendo tan fuerte que pone de nuevo a la mar. Este segundo viaje también termina en un desastre cuando la nave es tomada por los piratas marroquís de la ciudad de Salé y Crusoe se convierte en esclavo de un moro. Después de dos años de esclavitud, Crusoe se las arregla para escapar en un bote con un chico llamado Xury. Más tarde, Crusoe es rescatado y entabla amistad con el capitán de un barco portugués de la costa oeste de África. El barco está en ruta a Brasil. Allí, con la ayuda del capitán, Crusoe se convierte en propietario de una plantación.
     Años más tarde, Crusoe se une a una expedición para traer esclavos de África, pero su barco naufraga en una tormenta, aproximadamente cuarenta millas de la costa mar adentro, en una isla, que él llama la Isla de la Desesperación, cerca de la desembocadura del río Orinoco, el 30 de septiembre de 1659. Sus compañeros de tripulación todos mueren, salvo él mismo, y tres animales que sobreviven al naufragio: el perro del capitán y dos gatos. Una vez superada su desesperación, va y rescata armas, herramientas y otros insumos de la nave, antes de que se rompa y se hunda. Posteriormente procede a construir una vivienda cercada, cerca de una cueva que él mismo excava. Mantiene un calendario haciendo marcas en una cruz de madera que ha construido. Él caza, cultiva cebada y arroz, deshidrata uvas secas para hacer pasas de uva para los meses de invierno, aprende a hacer alfarería y cría cabras, utilizando todas las herramientas rescatadas de su barco, así como las creadas a partir de piedra y maderas que se dan en la isla. También adopta a un pequeño loro. Lee la Biblia y se convierte en religioso, agradeciendo a Dios por su destino en el que no falta nada, con excepción de la sociedad humana.
     Años más tarde, Crusoe descubre caníbales nativos que de vez en cuando visitan la isla para matar y comer a sus prisioneros. Al principio planea matarlos por cometer tal abominación, pero más tarde se da cuenta de que no tiene ningún derecho a hacerlo, debido a que  los caníbales lo hacen sin entender que eso es un crimen. Crusoe sueña con beneficiarse de uno o dos sirvientes por la liberación de algunos prisioneros de los caníbales, cuando un prisionero logra escapar. Crusoe le ayuda a liberarse, y nombra a su nuevo compañero, "Viernes" después del día de la semana en que él apareció. Crusoe se le enseña Inglés y lo convierte al cristianismo.
     Después de que otro grupo de nativos caníbales llega a la isla a participar en un nuevo festín, Crusoe y Viernes logran matar a la mayoría de los nativos y salvan a dos de los prisioneros. Uno de ellos es el padre del viernes y el otro es un español, que informa a Crusoe que hay otros españoles naufragados en el continente. Se concibe un plan en donde el español podría regresar con el padre del viernes al continente y traer de vuelta a los otros, construir un barco y navegar hasta un puerto español.
     Antes de que regresen los españoles, un barco Inglés aparece, los amotinados han tomado el control de la nave e intentan abandonar a su ex capitán en la isla. Crusoe y el capitán del barco llegan a un acuerdo en donde él ayudará a que el capitán y los marineros leales vuelvan a tomar el barco de los amotinados. Después de lo cual, intentarán dejar lo peor de los amotinados en la isla. Antes de partir para Inglaterra, Crusoe le enseña a los ex amotinados cómo él vivió en la isla y les explica que pronto llegarán más hombres a la isla. Crusoe sale de la isla el 19 de diciembre de1686 y llega a Inglaterra el 11 de junio de 1687. Allí se entera de que su familia lo creyó muerto por lo que no había nada en el testamento de su padre para él. Crusoe decide partir de Lisboa a Brasil, con el fin de reclamar las ganancias de su propiedad en Brasil, lo que le otorgaría una gran cantidad de riqueza. Finalmente, decide renunciar a su riqueza allende a la mar en Inglaterra para evitar los viajes en el mar. Viernes viene con él y en el camino tienen que soportar ambos una última aventura, ya que luchan ahora contra cientos de lobos hambrientos al cruzar los Pirineos.
     Robinson Crusoe fue publicado el 25 de abril de 1719. Antes del final de ese año, este primer volumen ya había pasado por cuatro ediciones. Para finales del siglo 19, no había ningún libro en la historia de la literatura occidental con más ediciones, escisiones y traducciones, incluso en idiomas tales como el inuktituk, el copto y el maltés, que Robinson Crusoe. Para ese entonces existían más de 700 versiones alternativas, incluyendo versiones para los niños, principalmente con imágenes y sin texto.
     El término "Robinsonismo" fue acuñado para describir el género de historias similares a Robinson Crusoe.
   Daniel Defoe se dedicó a escribir una segunda parte menos conocida, Las Siguientes Aventuras de Robinson Crusoe, que pretendía ser la última parte de su historia, de acuerdo con el título original en la portada de su primera edición, pero una tercera parte, Serias Reflexiones durante la Vida y las Sorprendentes Aventuras de Robinson Crusoe, Con su Visión del Mundo de los Ángeles, se añadió más tarde, una serie casi olvidada de ensayos morales con el nombre de Crusoe unido para despertar interés.
     Hay muchas historias en la vida real de náufragos en el tiempo de Defoe. Se piensa por lo general que la inspiración inicial de Defoe para Crusoe fue, según se cree, un marinero escocés llamado Alexander Selkirk, quien fue rescatado en 1709 por la expedición del corsario ingles Woodes Rogers, después de vivir cuatro años en la isla deshabitada de Más a Tierra en las Islas Juan Fernández frente a la costa chilena.
    El libro de Rogers, "Viaje de Crucero," fue publicado en 1712, con un relato de la odisea de Alexander Selkirk. Sin embargo, Robinson Crusoe está lejos de ser una copia del relato de Woodes Rogers: Selkirk fue abandonado, a petición propia, mientras que Crusoe naufragó.
      Por otro lado, las islas son diferentes, y además Selkirk vivió solo durante todo el tiempo, mientras que Crusoe encuentra compañeros. Selkirk se quedó en su isla durante cuatro años, y no veintiocho, como es el caso de Robinson Crusoe. Además, gran parte del atractivo de la novela de Defoe es el relato detallado y fascinante de los pensamientos de Robinson Crusoe, así como sus ocupaciones y actividades, lo que va mucho más allá de las descripciones básicas del Selkirk de Rogers, las cuales representan sólo unas pocas páginas.
     El libro de Tim Severin, Buscando Robinson Crusoe (2002) revela una gama mucho más amplia y más plausible de posibles fuentes de inspiración, y concluye identificando al médico cirujano náufrago Henry Pitman, como el más probable.
     Empleado de James Scott, del priner duque de Monmouth, Pitman desempeñó un importante papel en la rebelión de Monmouth.
      Su breve libro sobre su huida desesperada de una colonia penal del Caribe, seguido de su naufragio y sus posteriores desventuras en una isla desierta, fue publicado por J. Taylor, y su casa editora Paternoster Row, ubicada en el tianguis londinense de libros, sobre la calle Paternoster Row, en Londres.
      Su hijo, William Taylor, más tarde publicó la novela de Defoe. Severin sostiene que, debido a que Pitman parece haber vivido en los departamentos encima de la casa editorial de su padre y que el propio Defoe era un mercero en la zona en el momento, Defoe pudo haber conocido a Pitman en persona aprendiendo de sus experiencias de primera mano, o posiblemente a través de la entrega de un bosquejo escrito.
     Severin también analiza otro caso publicado de un hombre abandonado en una isla identificado únicamente como Will, del pueblo Miskito de Centroamérica, que pudo haber sido el modelo del nativo Viernes.
     A pesar de su estilo narrativo sencillo, la novela de Defoe, Robinson Crusoe, fue bien recibida en el mundo literario. El libro es uno de los libros más publicados de la historia, y ha sido popular desde el día en que se publicó.
     El novelista James Joyce señaló que el verdadero símbolo de la conquista británica es Robinson Crusoe: “Él es el verdadero prototipo del colono británico .... Todo el espíritu anglo-sajón esta en Robinson Crusoe: la independencia viril, la crueldad inconsciente, la persistencia, la inteligencia lenta pero eficiente, la apatía sexual, la taciturnidad del cálculo.”
     En cierto sentido Crusoe intenta hacer una réplica su sociedad en la isla. Esto se logra mediante el uso de la tecnología europea, la agricultura e incluso a través de una jerarquía política rudimentaria. Varias veces en la novela Robinson Crusoe se refiere a sí mismo como el "rey" de la isla, mientras que el capitán le describe como el "gobernador" de los amotinados. Al final de la novela, se hace referencia explícita de la isla como una 'colonia.'
       La relación idealizada de amo-esclavo que Defoe describe entre Crusoe y Viernes, también puede ser vista en términos de imperialismo cultural. Crusoe representa el europeo "ilustrado", mientras que Viernes es el "salvaje" que sólo puede ser redimido de su manera bárbara de vida a través de la asimilación de la cultura de Crusoe. Sin embargo, Defoe también aprovecha la oportunidad para criticar a la histórica conquista española de América del Sur.


     De acuerdo con JP Hunter, Robinson no es un héroe, sino un Todos los Hombres. Comienza como un vagabundo, sin rumbo en un mar que no entiende y termina como un peregrino, cruzando una montaña final para entrar en la tierra prometida. El libro cuenta la historia de cómo Robinson se acerca más a Dios, no a través de escuchar los sermones en la iglesia sino a través de pasar tiempo a solas entre la naturaleza con sólo una Biblia para leer.

     Robinson Crusoe está lleno de aspectos religiosos. Defoe era un moralista puritano y, normalmente, trabajó en la tradición de guía moral, escribiendo libros sobre cómo ser un buen cristiano puritano, tales como El Instructor de la Familia (1727) y El Cortejo Religioso (1722). Mientras que Robinson Crusoe es mucho más que una guía moral, comparte muchos temas y puntos de vista teológicos y morales. El apellido "Crusoe" puede haber sido tomado de Timoteo Cruso, un compañero de clase de Defoe que había escrito libros de guía moral, incluyendo, Dios la Guía de la Juventud (1695), antes de morir a una edad temprana , a sólo ocho años antes de que Defoe escribiéra, Robinson Crusoe.

     Sin lugar a dudas, Cruso habría sido recordado por sus contemporáneos y su asociación con libros de guía moral está clara. Incluso se ha especulado que, Dios la Guía de la Juventud,inspiró a Robinson Crusoe, debido a una serie de pasajes de esa obra que están estrechamente vinculados a la novela de Defoe.
     La historia bíblica de Jonás es aludida en la primera parte de la novela. Al igual que el Jonás bíblico, Crusoe descuida su "deber" y se le castiga en el mar.
     Un hilo conductor de la novela es la noción cristiana de la Providencia. Crusoe se siente a menudo guiado por un destino divinamente ordenado, lo que explica su optimismo robusto frente a la aparente desesperanza. Sus diferentes intuiciones afortunadas se toman como evidencia de que es guiado por un mundo de seres espirituales benignos. Defoe también pone en primer plano el tema de la divina providencia arreglando que eventos de gran importancia en la novela, ocurran en el cumpleaños de Robinson Crusoe.
     Cuando se enfrena a los caníbales, Crusoe lucha con el problema del relativismo cultural. A pesar de su disgusto, Crusoe siente injusto juzgar moralmente la celebración de los nativos y hacerlos responsables de una práctica tan arraigada en su cultura salvaje. Sin embargo, finalmente Crusoe mantiene su creencia en un estándar absoluto de moralidad, refiriéndose al canibalismo como un "crimen nacional" y prohíbe a Viernes el practicarlo.
     En la economía clásica, la economía neoclásica y la escuela austríaca de economía, Crusoe acostumbra regularmente a ilustrar la teoría de la producción y la elección en ausencia del comercio, el dinero y los precios. Crusoe debe distribuir el esfuerzo entre la producción y el ocio y tiene que elegir entre las posibilidades alternativas de producción para satisfacer sus necesidades. La llegada de Viernes se utiliza para ilustrar la posibilidad y los beneficios del comercio.
     El tratamiento clásico de la economía de Crusoe ha sido discutido y criticado desde diversos puntos de vista.
     Karl Marx analizó a Crusoe en su obra clásica El Capital, burlándose del uso intensivo de la economía clásica en la historia de ficción. En términos marxistas, las experiencias de Crusoe en la isla representan el valor económico intrínseco de trabajo sobre el capital. Crusoe observa con frecuencia que el dinero que es rescatado de la nave no tiene ningún valor en la isla, especialmente en comparación con sus herramientas.
     Para el crítico literario Angus Ross, el punto de Defoe es que el dinero no tiene valor intrínseco y sólo es valioso en la medida en que puede ser utilizado en el comercio. También hay una correlación notable entre el desarrollo espiritual y financiero de Crusoe, posiblemente implicando la creencia de Defoe en la ética protestante del trabajo.
    El modelo Crusoe también ha sido evaluado desde la perspectiva literaria del feminismo.
     El libro probó ser tan popular que los nombres de los dos protagonistas principales han entrado en el lenguaje. Durante la Segunda Guerra Mundial, la gente que decidió quedarse y esconderse en las ruinas de la ciudad de Varsovia, ocupada por los alemanes, por un período de tres meses de invierno, de octubre a enero de 1945, cuando fueron rescatados por el Ejército Rojo, fueron llamados más tarde “Los Robinson Crusoe de Varsovia.” Robinson Crusoe por lo general se refiere a su criado: "mi hombre Viernes", de la cual el término "Hombre Viernes" (o "Chica Viernes") se originó.
     Robinson Crusoe marcó el inicio de la ficción realista como género literario. Su éxito llevó a muchas imitaciones, y las novelas de náufrago se convirtieron en libros muy populares en Europa en los siglos18 y principios del  19. La mayoría de estos han caído en el olvido, pero algunos lograron establecerse, tales como El Robinson Suizo (La Familia Robinson Suiza).
     Los Viajes de Gulliver de Jonathan Swift, publicado siete años después de Robinson Crusoe, se puede leer como una refutación sistemática de informe optimista de Defoe sobre la capacidad humana.
      El libro de Warren Montag, Lo Impensable en Swift: la Filosofía Espontánea de una Iglesia del Hombre Ingles, dice que Swift estaba interesado en refutar la idea de que el individuo precede a la sociedad, tal como la novela de Defoe parece sugerir.
     Swift, consideraba tales pensamientos, como un respaldo peligroso de la filosofía política radical de Thomas Hobbes, y por esta razón Gulliver en repetidas ocasiones se encuentra con sociedades establecidas en vez de islas desoladas. El capitán, que invita a Gulliver para servir como un cirujano a bordo de su barco en el tercer viaje desastroso es llamado Robinson.
     En el tratado de Jean-Jacques Rousseau sobre la educación, titulado, Emilio: O, de la Educación, el único libro que a Emilio, el protagonista, se le permite leer antes de la edad de doce años es Robinson Crusoe.
     Rousseau quiere que Emilio se identifique a sí mismo como Crusoe para que él pudiera confiar en sí mismo para todas sus necesidades. Desde el punto de vista de Rousseau, Emilio necesita imitar la experiencia de Robinson Crusoe, permitiendo la necesidad de determinar lo que debe ser aprendido y logrado. Este es uno de los temas principales del modelo educativo de Rousseau.
   En El Cuento del Pequeño Cerdito Robinson, Beatrix Potter dirige al lector a Robinson Crusoe para una descripción detallada de la isla (la tierra del árbol de Bong) hacia donde su héroe epónimo va. Ella describe la tierra de los árboles Bong como similar a la isla de Robinson Crusoe, “pero sin sus inconvenientes.”
     En la novela más popular de Wilkie Collins, La Piedra Lunar, uno de los principales personajes y narradores, Gabriel Betteredge tiene fe en todo lo que dice Robinson Crusoe y usa el libro para una especie de adivinación. El considera, Las Aventuras de Robinson Crusoe, el mejor libro jamás escrito, y considera a un hombre, poco leído, si ha sucedido que no ha leído el libro.
      En la novela ganadora del premio Kenneth Gardner 2002 , El Ataúd de un Hombre Rico, el autor retrata la verdadera historia de un esclavo negro americano que se escapa en un barco ballenero a Nueva Zelanda para convertirse en jefe de uno de los jefes las tribus caníbales maoríes. Se trata de una inversión racial de papeles, con el hombre negro tomando el papel principal de la figura de Robinson Crusoe.
     Novelista francés, Michel Tournier, escribió Viernes (Vendredi ou les francés Limbes du Pacifique) publicado en 1967. Su novela explora temas tales como la civilización contra la naturaleza, la psicología de la soledad, así como la muerte y la sexualidad en un recuento de la historia de Defoe, Robinson Crusoe. El Robinson de Tournier opta por permanecer en la isla, rechazando la civilización cuando se le ofrece la oportunidad de escapar 28 años después de haber naufragado.
     “Crusoe en Inglaterra,” un poema de 183 líneas, escrito por Elizabeth Bishop, imagina a un Crusoe cerca del final de su vida, recordando su tiempo de exilio con una mezcla de desconcierto y pesar. Ya no es un racista cultural, Crusoe recuerda a Viernes, ya fallecido, con nostalgia y afecto.
     La novela de J.M. Coetzee, de 1986, titulada, Foe, relata la historia de Robinson Crusoe desde el aspecto de Susan Barton, quien se convirtió en una estrella en otra de las novelas de Defoe. En esta novela Robinson Crusoe es representado como un hombre mucho menos motivado y Viernes como un mudo. (Wikipedia)
Robinson Crusoe
Por Daniel Defoe
    Esa es la historia de un hombre que vivió durante veintiocho años en una isla desierta; sin más compañía que su propia desesperación; enfrentándose  a las primordiales fuerzas de la naturaleza, teniendo por interlocutores solo a algunos animales; hasta la inusitada aparición de otra huella humana en aquel páramo. A continuación relataremos cómo fue a dar ese personaje a tan desolado lugar; las cosas que hizo para sobrevivir y la manera en que pudo conservar la razón y la cordura en tan terrible situación.
    Se trata de Robinson Crusoe, ¡El más famoso naufrago de todos los tiempos! Pero antes de pasar al trágico momento en que se vio arrojado por el destino a la isla, narraremos algo de su vida; diremos a ustedes como transcurrió su juventud y de qué manera, como si la suerte le hubiera querido tender una trampa, se vio atraído desde su edad primera por lo que significaría su perdición: el mar.
    Robinson Crusoe nació en la ciudad de York, Inglaterra; en el año de 1632. Sus padres eran comerciantes acomodados, aunque no precisamente ricos.  
      A los dieciocho años declaró por primera vez: “padre, deseo ser marino.”  Su familia se alarmó, pues tenía otros planes reservados para él. Su padre le dijo: “¡De ninguna manera ¡ ¡Serás abogado!” Aquella oposición no altero la vocación de Robin, quien dijo: “¡Me ahogaría, si permaneciera en York toda mi vida, como un apacible burgués! Necesito conocer otros horizontes.”
    Y una noche, Crusoe echó en una bolsa algunas de sus pertenencias y salió por la ventana de su cuarto, pensando dentro de sí: “Los siento padres míos. Tengo que seguir mi propia inclinación. ¡Adiós!” Y al día siguiente se embarcó en un velero que se dirigía a Londres.
     Sus infortunios comenzaron muy pronto, pues una terrible tormenta hizo presa del barco, una vez en mar abierto. Como el temporal arreciaba, los marineros tuvieron que tomar medidas de emergencia. En ese momento se escuchaban las voces de los marinos, gritando: “¡Hay que cortar el palo de trinquete! ¡Timonel! ¡Proa a la costa! ¡Dios quiera que no encallemos! ¡Ese seria nuestro fin!” El terror se apoderó del joven Crusoe y mientras aquello sucedia, pensó dentro de sí: “¡Esto es un castigo de Dios, por haber desobedecido a mis padres! ¡Júro que si salgo vivo de esta volveré a mi hogar en York, y olvidare el loco sueño de recorrer los mares!”
    Dios pareció escucharle. Minutos después, uno de los marineros le dijo al capitán:  “Hemos pasado la zona de peligro capitán!” El Capitán le contestó: “¡Magnifico! Estamos cerca de Winterton Ness. ¡Prepárense para anclar lo más cerca que sea posible de la costa!” Al salir el sol, Crusoe miró al cielo y dando gracias a Dios pensó: “!Cumpliré mi juramento! ¡Gracias por salvar mi miserable vida y la de mis compañeros Señor!
    Con la paga recibida como marinero por el corto trayecto, Crusoe pudo quedarse unos días en Londres. “Al menos, conoceré un poco la cuidad, antes de volver a casa.” Pero pronto se le presentó la tentación. Y mientras Crusoe caminaba por el puerto, se le acercó un mercader, quien le dijo: “¡He muchacho! ¿Buscas trabajo?” Crusoe desconcertado le dijo:“Oh, yo no…!”  El mercader insistió, diciendo:“Si te embarcas conmigo, te enseñaré el arte de la navegación; y, además, si te pones listo, te haré un próspero comerciante. ¿Qué dices? Párto esta misma noche para Guinea.”
     Robinson abrió mucho los ojos. ¡Conocer el fabuloso continente africano era uno de sus más caros sueños! Casi como hipnotizado, Crusoe dijo: “¿Guinea? ¡Oh!” Y de pronto, Crusoe se vio nuevamente en la cubierta de un barco, participando en las maniobras de partida, mientras un marinero gritaba:“¡Leven Anclas! ¡Tú, cuidado con esa amarra!”
     Esta vez, todo transcurrió beneficiosa y tranquilamente durante el viaje. En Guinea, Crusoe aprendio como un marinero se podía hacer rico comerciando con las más simples cosas. Ya en tierra, Crusoe vio como el capitán comerciaba con un nativo de Guinea. El capitán le dijo al nativo: “Si me das tus aretes de oro, tendras este espejo.” El nativo emocionado le contestó: "¡Tomar Aretes! Yo, vidrio mágico!" Para festejar por las ganancias, el capitán, Crusoe, y otro marinero se reunieron a beber.
   Reunidos los tres, el capitán tomó la palabra, y dijo:“¡Brindemos por el oro y los espejos mágicos! ¡Ja, ja, ja!”  El otro marinero también brindó:“¡Y por este magnífico ron de palma!” “Pruébalo tú también, Crusoe. ¡Ya eres uno de los nuestros!”
     Fue así como Robinson Crusoe olvidó su juramento, y decidió continuar en la navegación. Después del brindis, el capitán le dijo a Crusoe: “Bien muchacho. ¿Vendrás de nuevo al África con nosotros?” Crusoe solo contestó:“¡Desde luego que sí, capitán!” Pero en ese segundo viaje las cosas no saldrían tan bien como en el anterior, pues cuando se aproximaban a las islas canarias, el capitán desplegó su catalejo, y dijo: “¡Dios mio! ¡Un barco nos sigue!” “¡Son corsarios turcos!” “Desplegad las velas” Sin embargo, después de mirar a través de su catalejo, lo guardó diciendo: “¡Es inútil! ¡Son más veloces que nosotros! Pronto nos darán alcance. ¡Despejen la cubierta! ¡Pronto! ¡Preparen los fusiles y carguen el cañón!”
       Un marinero le dió un fusil a Robinson, quien dijo:“¿Fusiles? Es que yo no se…” Pero el marinero le dijo:“Pues tendrás que aprender, muchacho. ¡Vamos!  ¡Ponle la pólvora! ¡Eso es! Ahora ¡dispara!”
    La lucha fue terrible y el capitán cayó. Los tripulantes que no perdieron la vida fueron tomados prisioneros y conducidos por los turcos al puerto moro de Salle; donde serian vendidos como esclavos.
      Un árabe acaudalado tomó a Robinson como sirviente personal. Mientras era llevado a su nuevo amo, Crusoe pensó: “¡Estúpido de mí! Me enrolo en la marinería buscando libertad y he aquí lo que encuentro!”
     La habilidad de Crusoe para la pesca le granjeó enseguida la simpatía de su amo el moro.  Crusoe compartía tareas con un joven esclavo llamado Xury. El señor moro les daba órdenes:“Xury trae las redes. Tú y el ingles vendrán conmigo a la bahía.” El jovencito árabe era, sin embargo, maltratado frecuentemente por su amo.
      A menudo Xury era insultado y su amo le gritaba: “¡Bastado! ¡Me rompiste el sedal! ¡No sirves para nada!” Una mañana el moro dormitaba al vaivén de las olas. Aprovechando la situación, Crusoe pensó:“¡Este es el momento que yo esperaba!” Entonces, súbitamente lo arrojó al mar.
      Al hacerlo su amo despertó y dijo: “¿Qué qué? No. Por Alá no te atrevas!” Asi el amo cayó al mar. Enseguida Crusoe amagó al muchacho. “¡Ven Xury! ¡Escoge! O sigues el viaje conmigo o te hundes con tu amo en las profundidades del océano.” Asustado el esclavo suplicó, “¡Por Alá! ¡Señor ingles! ¡No me mates! ¡Te serviré!¡Seré fiel!”
     Navegaron a cierta distancia de la costa por cinco días. Crusoe le dijo a Xury: “No debemos acercarnos, pues quizá, ese moro logro llegar a la playa, y si es así, nos buscara para vengarse.” Pero el cansancio los venció a ambos y flotaban a la deriva, cuando un espantoso rugido irrumpió de pronto en la obscuridad.
       Crusoe se despertó y dijo: “¿Qué fue eso? ¡Nunca había escuchado algo así!” Xury también despertó y dijo: “¡Oh amo ingles! ¡Estamos perdidos! ¡Ese es el maldito rugido del rey de las bestias del más carnicero de los seres que habitan a selva! ¡El León!” Crusoe le dijo: “ Pues ¡le haremos frente! Esta oscuridad no me permite saber que tan cerca estamos de la costa. Pero puede haber una saliente de tierra y supongo que desde ahí nos acecha.”
     Por fortuna los primeros rayos de la aurora permitieron a los fugitivos ver como un grupo de leones hambrientos se preparaban a alcanzar a nado la embarcación. Tenias que actuar con rapidez. El primer tiro evito que una de aquellas terribles bestias alcanzara la cubierta. Y el segundo tiro atemorizo a los que le seguían. Xury exclamó: “Lo logró amo ingles! ¡Lo logró! ¡Ahora huyen hacia la selva!” Crusoe le dijo: “Estuvieron muy cerca. Tuvimos suerte de que amaneciera y que pudiéramos verles.”  Crusoe meditando pensó: “Desde niño escuché historias de leones, pero nunca había visto uno. ¡E ignoraba que pudieran nadar!” De pronto como si hubiera enloquecido, el muchacho se arrojó al mar. Crusoe le gritó: “¡Xury!¡Espera! ¡Oh!”  Mirando el burbujeo del mar, desde cubierta, Crusoe pensó: “¡Seguramente ha muerto! Pero ¿Porqué se habrá lanzado así al agua?” 
      Lo cierto es que Xury buceaba cerca del fondo, en busca del cuerpo del león muerto, cuya melena se había enredado en un cúmulo de rocas submarinas. Logró arrancar lo que quedaba de la fiera, de aquellos peñascos cuando casi reventaban sus pulmones. Cuando salió a la superficie, solo dijo, “¡Lo tengo! ¡Lo tengo!” Crusoe le ayudó a subir su trofeo a bordo. Cruose le dijo, “Pudiste ahogarte estúpido.” Pero Xury le dijo, “¡Pocos hombres tienen el orgullo de haber vencido a Simba, el león! ¡Y tu debes guardar esta piel como prueba de tu propia fuerza!”
     Crusoe adquirió poco después la costumbre de dormir sobre la piel del felino, y lo hacía cuando Xury le anunció entusiasmado, algunos días después: “¡Amo! ¡Amo! ¡Un barco se acerca! ¡Viene a rescatarnos!”  Era un velero portugués. Al menos no se trataba del moro que viniera en persecución de los fugitivos. Ambos, tanto Xury como Crusoe fueron rescatados, y el capitán de aquel barco resultó ser una excelente persona. Crusoe le dijo, “¡Algún día os pagaré por salvarme!”  El capitán le dijo, “No lo hagas Crusoe, yo solo espero que, tal como yo os he tratado, así se me trate a mi si algún día me veo en situación de desastre.”    
Veinte días después llegaban a la bahía de Todos los Santos, en Brasil. Crusoe decidió quedarse ahí y probar fortuna mientras que Xury permanecería en al servicio del capitán.
     Algunos años más tarde, y nuestro personaje poseía varias hectáreas de tierra fértil, con extensas plantaciones de tabaco y caña de azúcar. Mientras Crusoe cabalgaba viendo sus terrenos cosechados  pensaba, “¡Hice bien en salir aquella noche de York¡ A pesar de todos los sinsabores que pasé en el mar, mi llegada a este hermoso país ha sido providencial. ¡Ahora soy un hombre rico!” Pero, no tardó  aquella vida en parecérsele monótona. Crusoe pensó, “Odio admitir que extraño el peligro y el carácter impredecible del mar.” No tardó en presentarse de nuevo la tentación de abandonar aquella vida tranquila, por una nueva aventura.
    Un día dos comerciantes se presentaron para proponerle un negocio a Crusoe. Uno de ellos le explicó, “Queremos fletar un barco y hacer un viaje a Guinea. Sabemos que tú tienes experiencia en la navegación por costas africanas. Róbin, si pudiéramos contar contigo para esta expedición, te pagaríamos con un buen número de esclavos, que harían florecer esta plantación tuya hasta convertirla en un pequeño imperio.”  

Y, como no pudo resistir la tentación, se hizo de nuevo a la mar el primero de septiembre de 1658; justo cuando se cumplían como ocho años que se había fugado de la casa de sus padres en York.
    Una vez embarcado en altamar, a los doce días cuando cruzaban la línea del ecuador, un violentísimo huracán desvió el barco de su ruta. Y contra lo esperado, el vigía gritó, pocas horas después, “¡Tierra a la Vistaaa!”  En ese momento el barco encalló. Crusoe se aferraba a uno de los mástiles de cubierta, haciendo esfuerzos sobrehumanos por resistir. Aprovechando que un bandazo del barco volvió a ponerlo horizontal, el capitán y algunos marinos subieron a los botes.
    Un grupo de marineros subieron a uno de los botes de emergencia y Crusoe fue uno de los últimos en subir. Remaron desesperadamente tratando de alejarse del barco que se hundía. El guía del bote gritó, “¡Rápido rápido! ¡O el remolino que se abrirá al hundirse, nos tragará!” De pronto, una gigantesca ola se levantó sobre las cabezas de los náufragos. El bote se volcó y todos fueron precipitados al mar. La fuerza de la corriente arrastró a Crusoe hacia las profundidades. Sin embargo, haciendo gala de gran fuerza logró salir de nuevo a la superficie. Crusoe gritaba, “¡Auxilio!” 
      Pero nadie respondió a su llamado. Crusoe estaba solo y a merced de los caprichos del mar. El oleaje volvió a arrastrarle y él trató de resistir.
        Pero de pronto, sus fuerzas parecieron abandonarle y solo se dejó llevar. Las olas haciéndose cargo de él lo arrastraron hasta una playa, donde lo dejaron dormido y se retiraron suavemente.
     Poco después las criaturas vivientes de litoral, cangrejos, comenzaron a alarmarse por la presencia de aquel aletargado sobreviviente. E incluso, algunas de ellas, buitres, le creyeron muerto. Pero una contracción de su mano entumecida por la humedad, mostró que Robison Crusoe aún tenía vida.
         Pronto, Crusoe recuperaría la conciencia. Cuando se puso de pie, Crusoe dijo, “¡Estoy vivo! ¡Solo yo de todos los tripulantes, he podido sobrevivir! ¡Gracias Señor Dios mío!” Una vez pasado el primer momento de euforia, sintió miedo. Pensando Crusoe se preguntó, “¿Qué lugar será este?” Así, decidió explorar un poco la isla.
        Mientras caminaba en la floresta, Crusoe pensó, “Si hay animales salvajes estaré perdido, pues carezco de armas para defenderme.”
     Tiempo después subió a un árbol, y mirando al horizonte pensó, “No parece haber peligro, aunque no lo sabré hasta reconocer mejor el terreno.” Esa noche durmió sobre la rama de un árbol.
     Ya por la mañana, Crusoe decidió tratar de volver al barco, el cual se encontraba encallado en unas rocas cerca de la playa. Llegó a la punta del brazo de rocas que casi tocaba el casco del buque hundido.
     Logró asirse a una cuerda que colgaba del casco. Trepó dispuesto a alcanzar la cubierta. Hasta que al fin, logró subir a cubierta. Al explorar la cubierta pudo darse cuenta de la irónica y cruel realidad. Crusoe pensó, “¡Maldición! ¡Esto está seco! ¡El barco no se hundió! ¡Si no hubiéramos subido al maldito bote, nadie hubiera muerto! Podíamos haber reparado el buque, una vez pasada la tormenta y continuar el viaje.”
     Allí en los compartimientos del barco Robinson encontró licor y bebió para adormecer el dolor, y pensaba, “¡Maldita ironía del destino!” Así, Crusoe procedió enseguida a abastecerse, pensado, “El bote fue destruido, ¡Y necesitaré una chalupa o una balsa para llevar todo esto hasta la playa!” No tuvo más remedio que construirla él mismo.
     Fue así como pudo llevar hasta la isla algunos alimentos y herramientas de primera necesidad. Una vez llegado a la orilla, dejó la balsa en la playa, no sin antes protegerla junto con los víveres, colocando grandes rocas. Mientras lo hacía, Crusoe pensaba, “Estas piedras evitaran que se la trague la marea.”
     Enseguida Crusoe tomo dos armas que había rescatado del naufragio y se dispuso a explorar la isla, pensando, “Ahora sabré qué clase de lugar es este, y si hay bestias salvajes. Tal vez hasta encuentre un poblado.” Subió a una colina, y cuando llegó a la cumbre musitó con aire desolado, “¡Una isla! ¡Estoy en una isla desierta!” 
     En cuanto a la fauna solo había visto unos enormes buitres. Cuando apuntó a uno de ellos, por primera vez desde la creación del mundo, se escuchó un diparo en aquella tierra virgen. Pero ese disparo fue inútil, pues cuando el ave cayó inerte, Crusoe pensó, “¡Bah! ¡Ni siquiera servirá para comer!”
    Crusoe, el depredador, volvió entonces a sentirse amenazado. Y para protegerse de sus supuestos enemigos, levantó una empalizada. Y en medio de ella, construyó una choza rudimentaria, aunque útil para cobijarse. Transportar todos los alimentos y demás enseres desde la balsa a la choza, construir un catre y reforzar la empalizada, le llevó unos doce días de intenso trabajo, tras de los cuales pudo descansar.   
     Al día siguiente, volvió al barco, y, registrando la cabina del capitán encontró un cofre con monedas de metal. Crusoe las contó fascinado por su descubrimiento, pensando, “Son treinta y seis libras esterlinas, en monedas de oro y plata. ¡Una verdadera fortuna!” Pero pronto Crusoe advirtió que, en el sitio en que se hallaba, aquello no tenía ningún valor, y pensó, “¿Qué podría comprar aquí, en esta isla apartada de la civilización?”
      Tomó el cofrecillo, y se dispuso a arrojarlo al mar. Pero antes de hacerlo, Crusoe dijo en voz alta, “¡Cuantos hombres habrán luchado y perdido la vida y la libertad por obtenerte, metal inútil! ¡Pero ahora iras a parar al fondo del abismo, que es a donde perteneces!” Sin embargo, el apego al dinero que se nos inculca a todos desde niños, le hizo vacilar. Por un momento Crusoe pensó en que tal vez algún día regresaría, vacilante pensó, “Y, si algún día…¡Nadie sabe lo que pueda pasar!” Y decidió guardarse aquellas monedas.
     Sin embargo, los años pasaron y Crusoe, llegó a olvidar que en el fondo de la cueva donde guardaba la pólvora que había bajado del barco y algunos enseres, granos y conservas, también se hallaba aquella pequeña e inútil fortuna. Con el tiempo, el náufrago fue mejorando su choza poco a poco.
     Sembró cebada y trigo en la parte llana de la isla. Consiguió domesticar algunas cabras y llamas. Y para no perder el sentido del tiempo, clavó un poste en forma de cruz en el lugar de la playa donde fue arrojado por las olas.
        En un madero horizontal gravó la frase, “Llegué a esta playa el 19 de septiembre de 1658.” Además, allí fue agregando marcas con su cuchillo, una por cada día que pasaba.
     Con el papel y la tinta encontrados a bordo, Crusoe comenzó a llevar un diario, y a anotar sus reflexiones: “Lunes 8 de octubre. Hoy rescate del barco a dos gatos que, junto con el perro que logró llegar nadando hasta la isla, son mi única compañía. Estoy desterrado en esta isla desierta, pero estoy vivo, y no ahogado como mis compañeros.” Crusoe continuó hasta que se le agotaron el papel y la tinta. “Esta será mi última anotación. He logrado calmar mi espíritu, resignándome a mi condición de único habitante humano de este lugar, donde quizá pase el resto de mis días. He abandonado la costumbre de mirar al mar, buscando divisar algún navío que pudiera rescatarme. ¡Que sea lo que Dios quiera!”
     Una vez terminadas sus tareas, Crusoe solías sentarse a leer la Biblia. Después, hablaba al perro diciendo, “Escucha esto perrito. ‘Yavhe creó el mundo en seis días, y el séptimo descansó. Nosotros estamos creando continuamente nuestro rudimentario mundo aquí. Ya que hemos sido arrancados a aquel otro en que nacimos. Pero si al Señor el descanso le fue necesario, a nosotros, pobres mortales, nos es imprescindible. Por eso, cada domingo, tu y yo nos dedicaremos solo a recorrer la playa, a juzgar y a glorificar al Señor por habernos salvado la vida. ¿Qué opinas?’” El can solo ladró, “¡Guau…guau!
     Pasaron los meses, y todo era placidéz. Hasta que una mañana en que Robinson trabajaba en el interior de la caverna que le servía de bodega, escuchó un estruendo. Robinson exclamó, “¡Dios Santo! ¿Qué es ese ruido? ¡Parece provenir del mismo centro de la tierra!” No solo el piso, sino las paredes y el techo mismo de la cueva comenzaron a crujir. Crusoe salió corriendo, aterrado, gritando, “¡Un terremoto! ¡Señor! ¡Sálvame de ser sepultado!”
    Justo en ese momento, parte de la colina se precipitaba  como un gajo enorme de rocas y tierra, por el acantilado. Fue tal el espanto del náufrago, que sentía como si la tierra y el mar fueran a tragárselo, y cayó desmayado. Al caer Crusoe dijo, “¡Ten piedad de mi, Señor…!¡Oh!” Poco después, gruesas gotas de lluvia le golpearon más tarde despertándolo. Sobre su cabeza, Crusoe vio como el cielo se oscurecía y las nubes formaban amenazadores remolinos. Minutos después, la isla era azotada por un violento huracán.
    Mientras Robinson corría, pensaba, “El temblor de la tierra debe haberlo provocado ¡tengo que regresar a la cabaña!” La empalizada estaba intacta, pero el techo y las paredes de la choza mostraban los efectos del temblor. Mientras Robinson llegaba entre la lluvia a la empalizada, pensaba, “¡Oh! ¡No tengo dónde guarecerme! Volvería a la Caverna. Pero, si tiembla otra vez, corro peligro de morir atrapado en un derrumbe.” Robinson tuvo que soportar a la intemperie por horas enteras el aire helado y la lluvia.
     Pasó el temporal y por la mañana el sol alumbraba débilmente. Crusoe tiritaba y sentía dolorosos calambres en todo el cuerpo. Mientras se levantaba, Crusoe decía, “¡Aaaaah! ¡C-creo que tengo fiebre!” Una vez dentro de la empalizada, apenas tuvo fuerzas para sacar la barrica de ron, de la cabaña semiderruida. Mientras la cargaba, Crusoe pensaba, “¡E-espero que esto m-me alivie!” El dolor y las fiebres duraron varios días. Crusoe caía en varios letargos.
      Y durante uno de ellos, soñó que estaba sentado en el suelo indefenso y friolento, al centro de una empalizada. Entonces una enorme nube negra se poso sobre su cabeza. Y en la nube, se dibujó poco a poco la silueta pavorosa de un hombre cuyo cuerpo ardía en todas direcciones. El hombre de fuego descendió amenazante hasta Crusoe, y con voz de trueno le dijo, “¡Estás muerto! ¡Has caído en el purgatorio que es esta isla desolada, por no haber cumplido tus juramentos y haber ofendido a Dios!” Entonces, la figura levantó una larguísima lanza, y avanzó, estando frente a Robinson diciendo, “¡Ahora morirás otra vez! ¡Y caerás en el infierno donde no tendrás salvación!”
    Entonces Robinson despertó horrorizado. Y se puso a rezar desesperadamente. “¡Dios mío! ¡Se que desobedecí tus designios al lanzarme a esta vida de aventuras en lugar de aceptar la existencia cómoda y amorosa a que me destinaban mis padres! Juré en vano mil veces y solo he recurrido a ti cuando el miedo me atenaza, como ahora. Si este lugar es en realidad mi purgatorio, déjame lavar aquí mis pecados; y procurar por la salvación de mi alma.” 
     Mientras saciaba la sed que la fiebre le producía, recordó algo que podía aliviar sus malestares, y encontrando un pequeño recipiente pensó, “¡Oh! ¡Allí esta mi cajita de tabaco! En el Brasil los indios lo usan como medicina.” Crusoe mastico algunas de aquellas hojas de tabaco y otras las dejó reposar en un poco de ron. Minutos después dormía como un bendito. Pero, al despertar, por fin la fiebre lo había abandonado. Robinson pensó, “¡Ah! ¡Me siento mucho mejor!”


     Durante los años siguientes continuó con sus habituales tareas de supervivencia. Y se fabricó una sombrilla. Cuando su ropa se gastó, se vistió con pieles de animales, cazados para obtener alimento. Mientras su perro ladraba, Robinson le decía, “¡No me veo muy elegante que digamos! ¿Eh? ¡Jajajajaja!” También encontró un nuevo amigo con quien charlar: un perico amaestrado, a quien llamaba “Poll.” Crusoe le daba de comer maíz y le decía, “Ahora di, ¿Quién es el rey de esta isla?” El perico decía, “¡Robin! ¡Robinson Crusoe es el rey!” Crusoe solo reía y decía, “¡Ja Ja Ja! ¡Muy bien Poll! ¡Tú eres el único de mis súbditos al que le está permitido dirigirme la palabra!”    
 Crusoe llevaba ya quince años en aquél lugar cuando halló la primera huella de pisada humana impresa en la arena. Pero en lugar de alegrarse, se sintió invadido por el pánico.
     Miró en torno suyo como un perseguido y luego corrió a refugiarse. Una vez allí, las más locas y absurdas cavilaciones invadieron su ánimo, pensando, “¡El Diablo! ¡Solo el diablo pudo haber dejado esa huella! ¡Ningún ser humano ha llegado hasta aquí, excepto yo!”
     Desesperado tomó la Biblia y la abrió al azar, buscando una respuesta. Entonces leyó “Invócame a mí, tu único Dios, en los momentos de aflicción. Y yo te libraré del mal. Y tú me alabarás.”  Entonces se serenó y pudo pensar con claridad, “¡Oh, soy un tonto de remate! ¡Esa huella es mi pie! Seguramente pasé antes por allí y quedó plasmada en la arena sin que me diera cuenta.”
      Entonces, Crusoe regresó a la playa para confirmar su teoría, pero cuando superpuso su pie en la huella, notó que ésta era más grande, y pensó, “¡Oh! ¡No puede ser mía! ¡El pie que la dejó es mucho más grande que mi pie! Seguramente se trata de salvajes que viven en algún islote cercano; y han venido a la playa sin que yo lo advirtiera.”
     Crusoe se consoló de su temor haciendo lo único que estaba a su alcance para prevenir un posible ataque: Levantó una segunda empalizada. Así, durante dos años más, vivió con la zozobra constante de ver aparecer al enemigo. Tomando su rifle en sus manos, Crusoe concluía, “¡No debo gastar pólvora!” Después pensaba, “Comeré desde hoy solo pescado. Así no tendré que disparar. Además, eso delataría mi presencia en la isla.”
      Un día que Crusoe recorría la playa oeste, divisó una canoa. Enseguida se ocultó tras las rocas terriblemente asustado, pensando, “¡Seguramente viene hacia acá! ¡Y no será la primera vez que visitan este lugar! Lo que ocurre es que, ni ellos saben de mi existencia, ni yo me había enterado de la suya, porque fui arrojado en por el mar justo en el extremo opuesto de la isla; punto que afortunadamente ellos no frecuentan.”
       Pero la embarcación nativa se alejó sin tocar el litoral. Y sintiéndose a salvo por el momento, Crusoe pudo acercarse a la playa y reconocer el terreno, ¡Encontrándolo sembrado de huesos humanos! Crusoe solo pensó, “¡Estos nativos son caníbales! ¡Y aquí ha habido más que un horroroso festín!”
     Crusoe volvió a su refugio, y llegó a olvidarse de su horroroso descubrimiento, ocupado como estuvo durante los siguientes cinco años, en hacer más y más confortable su solitaria existencia.
    Un día, mientras caminaba con su perico al hombro, se sintió alegre y pensó, “¡Vaya! Creo que a fin de cuentas, el no tener quien lo gobierne a uno puede ser agradable.” Pero, en ese momento, un ruido proveniente del mar lo sacó de sus plácidas reflexiones.
      Crusoe solo dijo, “¡Dios mío! Eso fue…¡Un cañonazo!” Cuando llegó a la playa, corriendo muy exaltado, vió cómo un buque se hundía. Mientras corría viendo al horizonte, pensaba, “¡Es una nave española! Ha encallado entre los arrecifes!” Y la esperanza de contar al fin, con una compañía en su destierro, se apoderó de él. Crusoe pensaba, “¡Oh Señor! ¡Que queden sobrevivientes!”
    Corrió entre las rocas de la saliente, gritando y agitando los brazos como loco, “¡Aquí aquí! ¡Eh, del barco! ¡Eh!” Pero pasaron las horas. El barco se hundió completamente. Anocheció. Y no hubo señales de que quedaran sobrevivientes. Robinson pensó, “¡Oh es inútl! ¡Seguramente han muerto todos!”
    Crusoe regresó a la cabaña, sintiendo más que nunca en sus espaldas el peso de la soledad. Crusoe solo pensaba, “¡Si al menos hubiera quedado alguno! ¡Seria mi compañero de desgracias!”
    Al día siguiente Crusoe halló el cuerpo inerte de un joven grumete llevado a la orilla por las olas. Al verlo pensó, “¡Pobre muchacho! ¡Intentó nadar hasta aquí! Tal vez vió y oyó mi señal, pero la marea lo arrastró en sus remolinos." Crusoe le dio cristiana sepultura. Mientras colocaba una cruz de madera, Crusoe dijo, “¡Descansa en paz, compañero!”
       Al llegar con el corazón constreñido por la tristeza a su refugio, escuchó a Poll decir, “¡Robin! ¡Robinson Crusoe! ¿Dónde estás? ¿Pobre Robinson Crusoe!” Crusoe le lanzó el arma, diciendo, “¡Calla de una vez, maldito pajarraco!”
     Llevaba Crusoe más de veinticinco años de vida solitaria, cuando aproximándose a la playa oeste, pudo escuchar los gritos y ver la danza ritual de un grupo de jóvenes salvajes alrededor de una fogata. Mientras los observaba a lo lejos, Crusoe con su arma, pensó, “¡Son ellos! ¡Han vuelto!”
     Crusoe también observó con su catalejo, a dos nativos semidesnudos que estaban atados de pies y manos. Los demás danzaban en torno a una hoguera profiriendo espeluznantes gritos. Mientras los observaba con su catalejo, Crusoe pensaba, “¡Esos dos deben ser prisioneros!” Uno de aquellos cautivos fue brutalmente asesinado y sus aullidos de dolor, erizaron los cabellos de Robinson.
Crusoe asustado pensó, “¡Debo irme de aquí!” Pero, recordó que esta vez venia armado, sin embargo pensó, “¡Son demasiados! Además, si los ataco delataré mi presencia en la isla, y los otros me buscarán.” Cuando volvió a enfocar su catalejo hacia la playa, pensó, “¡Dios mío! ¡Lo han asado y se lo están comiendo!”
       El lente le permitió captar todo el terror que expresaba el rostro del otro joven cautivo, cuya suerte sería similar a la del primero. ¡Aquel pobre ser cuyas carnes y huesos crepitaban entre las llamas y serian abandonados después del banquete en aquella playa pavorosa!
     De pronto, aprovechando que sus captores se hallaban distraídos, el joven se puso en pie de un salto y echó a correr. Los caníbales de inmediato salieron en su persecución. Para espanto de Crusoe, el fugitivo corría en dirección a su escondite. Crusoe solo pensó, “¡Dios mío! Me descubrirán!” Crusoe logró ocultarse tras un árbol, justo a tiempo. Inesperadamente uno de los perseguidores recibió un tremendo culatazo. El segundo recibió una descarga de su mosquete. La lanza del tercero voló por los aires, al tiempo que Crusoe le disparaba con su mosquete.
     Así, el último de los perseguidores se desplomó sin vida a unos pasos de él. Al mismo tiempo, la lanza se clavaba en el tronco del árbol, muy cerca de la cabeza de Crusoe, quien solo pensó, “¡Uf! ¡Faltó muy poco!” Entonces Crusoe se aproximó al fugitivo que, paralizado por el terror que los disparos le habían producido temblaba encogido entre unas matas. Crusoe le dijo al acercarse, “¡Eh, tú! ¡Ven acá! ¡Estas a salvo!”
     Crusoe adivinando el motivo del miedo que causaba dejo su mosquete en el suelo. Mientras Crusoe lo colocaba lentamente en la tierra, lo miró fijamente y le dijo: “Bien, mira. No voy a hacerte daño.”  Enseguida Crusoe le sonrió y le acarició su cabeza, diciendo: “Soy amigo. ¿Comprendes?” Entonces el joven se postró en el suelo, y puso su cabeza sobre los pies descalzos de Robinson. Robinson solo dijo: “¡Bien! ¡Bien! Sé que estas agradecido.”   
         Robinson llevó al muchacho a su casa y le dio de comer y beber. Una vez allí Crusoe le dijo: “Te llamarás Viernes; pues según mi calendario, hoy es tal día de la semana.”  Al nativo le costó trabajo comprender el idioma en un principio. Robinson le decía: “Yo, Robinson Crusoe. Tu, Viernes. ¡Llámame amo! Será mejor.” Viernes se convirtió muy pronto en interlocutor y discípulo de Robinson, quien al fín, había encontrado en la isla un compañero de su misma especie.
      Con el tiempo, cuando Viernes aprendió a hablar el idioma, Crusoe le preguntó: “¿Porqué iban a comerte esos hombres Viernes?” Viernes le contestó: “¡Oh! Ser costumbre guerrera. Ellos vencer tribu mía y tomarnos prisioneros. Luego, comernos para tener más fuerza y ser mejores guerreros.”  Crusoe se quedó estupefacto y lleno de sorpresa le preguntó: “¿Quieres decir que si los de tu tribu los hubieran vencido a ellos, tú hubieras comido su carne?”  Viernes solo le dijo: “¡Oh, Si! Yo haber comido antes prisioneros en esta isla, porque su playa es sagrada para nosotros.” Aquel comentario atemorizó a Crusoe, quien dormía mal, y cuando lo hacía, era con su mosquete entre los brazos. Mientras Crusoe dormitaba, viendo en la obscuridad a Viernes dormir, pensaba: “¡Él podría tratar de comerme!”
      Un día que Crusoe durmió más de la cuenta, despertó y preocupado pensó: “¡Mi mosquete! ¡Mi escopeta! ¿Dónde están?”  Salió y vio a Viernes arrodillado ante las armas. Crusoe exclamó: “¡Viernes! ¿Qué haces?” Viernes le dijo: “¡Tú ser Señor del trueno. Yo rendir homenaje a tus bastones de poder.” Crusoe tomó las armas y no le creyó. Viernes se explicó: “Yo ser parte de su espíritu porque tu haber salvado mi vida!” Viernes continuó con su explicación: “Gentes de tribu mía solo matar enemigos y no comer gente blanca y barbada como tú y como los hombres que viven en mi aldea. Yo no hacerte daño nunca.”  Cuando Crusoe escuchó eso, lleno de sorpresa le preguntó: “¿Hombres blancos y barbados viven en tu aldea?” Viernes le contestó: “Sí. Ellos llegaron del mar. Su gran canoa hundirse hace muchas lunas.” Crusoe pensó: “¡Seguramente son los sobrevivientes del naufragio que presencie hace unos años!” Entonces, Crusoe hablo y dijo: “Viernes, me ayudaras a construir una canoa, lo más grande posible. Con ella tal vez podamos salir de aquí, y me guiarás a tu lugar de origen.”

  

     Pasaron varios meses de arduo trabajo y la embarcación ya estaba casi lista. Pero una mañana, el nativo Viernes llegó corriendo y muy alarmado de la playa Oeste, gritando: “¡Amo! ¡Desgracia! ¡Desgracia! ¡Venir varias canoas!” Un grupo de salvajes desembarcó poco después arrastrando consigo a un barbado prisionero. Cuando desde lo lejos, Crusoe los vio, dijo: “¡Es un hombre blanco!” Viernes agregó: “Ser de lo que vivir con mi tribu.” Esta vez Crusoe no lo pensó mucho. Él y Viernes, a quien había enseñado a usar armas, bajaron por la ladera de la colina, dispuestos a impedir a sangre y fuego, el banquete caníbal. Los nativos intentaron hacerles frente pero sus lanzas era inútiles ante el poder de las armas de fuego. Los dos nativos que quedaban, salieron corriendo a las canoas donde ya sus compañeros, que aun no habían desembarcado se disponían a partir. Crusoe gritó y dijo: “¡No debemos dejarlos ir, Viernes! ¡O volverán con refuerzos y acabaran con nosotros!”

     Crusoe y Viernes se apoderaron de una de las embarcaciones derribando a tres nativos. Enseguida, se lanzaron al mar con la canoa y pronto dieron alcance a la última de ellas, matando a dos nativos que la conducían. Viernes saltó enseguida a la segunda canoa y dio de pronto un grito de alergia. Y es que allí maniatado y algo débil por los maltratos sufridos, se hallaba el padre de Viernes quien sonreía agradecido. Viernes exclamó lleno de emoción, “¡Ser padre mío! ¡Tú, yo, impedir que lo comieran!”

     Poco después, ya había cuatro hombres en la cabaña de la isla. Los cuatro estaban sentados en una mesa. Viernes frente a su padre, y Crusoe frente a un prisionero español blanco rescatado. Mientras comían, Crusoe se dirigió al hombre blanco: “Así que usted es español.” El hombre contestó, “Sí, señor. Mis compañeros y yo viajábamos de Rio de la Plata a la Habana, cuando nuestro barco encalló.” El hombre continuó, “Los indios de una islas cercana nos adoptaron y nos dieron protección. Pero a causa de las guerras entre tribus, hemos estado en continuo peligro.”  Crusoe entusiasmado le dijo, “¡Pues ha llegado la hora de vuestra liberación y de la mía! Eso si aceptas seguir al pie de la letra mi plan y quieres venir al Brasil con Viernes y conmigo. ” El hombre exclamó, “¡Oh Señor! ¡Haremos todo lo que digáis! ¿Por qué al Brasil? La Habana esta mucho más cerca.” Crusoe le contestó con determinación, “¡Oh no! Un inglés como yo sería fácilmente apresado por los curas católicos que odian a los protestantes y condenado a la pira de la inquisición! ¡Si salgo de este lugar iré a Brasil, o a ninguna otra parte!”
     Aceptada la proposición de Crusoe, el caballero español y el padre de Viernes, salieron en una de las piraguas con rumbo a una isla vecina. El viejo nativo se quedaría allí. Otros náufragos españoles regresarían para recoger a Crusoe y a Viernes. Ese era el plan. Después de despedirlos, Crusoe y Viernes regresaron. Mientras regresaban, Crusoe habló y dijo: “Entretanto volvamos al trabajo, Viernes. La canoa debe ser agrandada y mejorada para soportar la travesía hasta el continente.”
     Pero no había pasado más de un mes cuando llegó Viernes gritando, “¡Amo! ¡Amo! ¡Ellos regresar! ¡Regresar en gran canoa!” Crusoe incrédulo dijo: “¡No puede ser!  ¡Estoy seguro que no se trata de nuestros amigos!” En efecto, un navío ingles se había detenido a prudente distancia de la costa, y once hombres remaban en un bote hacia la playa. Crusoe presintiendo que algo no andaba bien, pensó, “¡Ellos podría ser mi definitiva salvación! Sin embargo…¡Debo tener cuidado!” Enseguida le dijo a Viernes, “¡Ocúltate conmigo tras las rocas Viernes! Ten tu arma preparada y no hagas ningún ruido.”
     Enseguida otro de los guardias tuvo una idea, “¡Eh, Jack! Atémoslos a este árbol y exploremos un poco el terreno, para asegurarnos de que nunca podrán escapar de aquí.” Una vez que ataron a los tres prisioneros, los marineros se dispersaron hacia el interior de la isla. Entonces Robinson se aproximó sigilosamente a los hombres atados en el árbol. Y les habló sin que pudieran verle: “¡La hora de vuestra salvación ha llegado caballeros!” Los tres hombres enmudecieron por el terror. Uno de los prisioneros exclamó, “¡Dios mío! ¡Quién podrá ser!” Otro agregó, “¡El diablo debe ser el único habitante de esta isla!” Cuando vieron aparecer tras las rocas la extraña figura de Robinson Crusoe, su terror no disminuyó. Uno de los prisioneros preguntó, “¿Q-Quién eres…? ¿Un ángel, un enviado de Dios, o un demonio?” Robinson sonrió y dijo, “¡Je! ¡Cualquiera sabe que un ángel no se presentaría en estas ropas! Y aún menos el demonio, que según se dice es muy vanidoso.”
      Viernes entonces cortó las cuerdas que les ataban al árbol. Entonces un prisionero dijo, “¡Oh! ¡Dios te ha enviado! Seas quien seas.” Crusoe habló, “ Yo soy el rey de esta isla, y él es Viernes, mi compañero y esclavo. Llevo más de veintiocho años aquí. Este lugar pues, me pertenece.” Un prisionero habló, señalando al mar, “Pues yo soy el capitán de aquel barco y mis hombres se han amotinado contra mí. Y ahora pretenden abandonarme, a mí y a mis únicos dos fieles en este lugar que llamas tu reino y que a mí me parece un desolado e inhóspito país.” 

     Minutos después los amotinados llegaban de inspeccionar la isla y se llevaban la sorpresa de que los prisioneros ya no estaban amarrados al árbol y habían sido liberados. En medio de la sorpresa, Crusoe salió inesperadamente de su escondite y tomó a uno de los amotinados por el cuello derribándolo. Y antes de desenfundar sus pistolas, otros dos amotinados caían bajo las balas del capitán, al que Crusoe había proporcionado ya armas y pólvora. Otros dos se rindieron enseguida. Los cinco amotinados fueron amarrados, y el capitán les perdonó la vida, aunque les mostró cómo podían volverse en contra suya las reglas de su sucio juego, cuando les dijo, “Ahora seréis vosotros quienes os quedareis para siempre en la isla.”
     Pero en ese momento, sonó un cañonazo, y el capitán volteando hacia Crusoe le dijo, “¡Son los del barco que extrañan la tardanza de sus compañeros!” Entonces, y como por arte de magia, los prisioneros cambiaron de bando. El líder de los prisioneros habló y dijo, “¡Capitán! ¡Si nos perdonáis la vida, y no nos dejáis abandonados aquí, os ayudaremos a recuperar el barco!”
     Minutos después los marineros amotinados en el barco veían llegar al bote lleno de tripulantes sin sospechar que se fraguaba un plan para derrocarlos. Uno de los marineros dijo, “¡Eh! ¡Ya se acercan! ¡Ya vienen!” El otro marinero preguntó, “¿Eres tu Gordon?” Mientras subía a cubierta ayudado por unas sogas, el llamado Gordon entretuvo a los tripulantes con su charla. Gordon les dijo, “¡Ah! Nos pusimos a explorar la isla. Es un lugar interesante…” Mientras, por el otro lado de la cubierta del barco otro bote había llegado y estaban también subiendo con sogas a cubierta. Eran el capitán y los aliados. Entonces uno de los marineros en cubierta le pregunto a Gordon, “Oye, faltan Hawkins y Ross ¿Qué sucedió con ellos?” En ese momento aparecía inesperadamente el capitán y le disparaba al hombre, diciendo, “¡Esto! ¡Que es lo que sucede a los traidores!”
     Al verse rodeados los miembros de la tripulación tiraron las armas. El capitán amotinado quiso refugiarse en su cabina. Pero un tiro certero del legítimo comandante del barco le atravesó la cabeza, pasando a través de la escotilla. Una vez que todo estuvo bajo control el capitán le dijo a Crusoe, “¡El barco es suyo, Crusoe! Usted me salvo la vida y ahora le cedo el puesto de capitán.” Crusoe le contestó, “Solo le pido dos cosas: que nos lleve a Viernes y a mí a Brasil, donde poseía hace años una hermosa plantación que debo recuperar, y que antes pasemos a la isla cercana a esta, donde recogeremos a tres náufragos españoles a quienes prometí ayuda.”  El capitán dijo, “Concedido.” Lo peor de los amotinados son dejados en la isla, para que vivan una vida solitaria como la que vivió Crusoe.
     Cuando regreso por sus cosas para ya nunca regresar a la isla, Crusoe no olvido su Biblia ni al ya viejo y cabizbajo papagayo, y se llevo consigo las monedas de oro y plata que había rescatado del naufragio. Crusoe le dijo al papagayo, “Vamos Poll. Ha llegado la hora de partir.” También Crusoe visito por última vez las dos tumbas que había en el pequeño cementerio de la isla: la del grumete y la de su perro. Al mirar las cruces Crusoe pensó, “¡Tal vez vuelva algún día por aquí, amigos míos.” Antes de partir, Crusoe orienta a los amotinados el cómo sobrevivir en la isla. Además les dice que otros marineros llegaran próximamente a la isla.
     Así, con la ayuda de un bote, Crusoe se dispuso a marchar por fin de aquel lugar que había habitado por tantos años, no sin sentir un toque de nostalgia. Mientras subía al bote, Crusoe pensó, “¡Me había acostumbrado a mi solitaria libertad!” Enseguida miro hacia la playa y pensó, “Ahora, ¿Podré acostúmbrame de nuevo a la agobiante vida de la civilización?” Ya una vez en cubierta, la fresca e inocente sonrisa de Viernes le dio ánimos. Viernes le preguntó, “¿Tú contento ahora, amo Crusoe?” Crusoe lleno de emoción le preguntó, “¿Permanecerás siempre conmigo, Viernes?” Viernes le dijo, “¡Siempre! Yo ser parte de ti ¡Estar donde tu estés!”
     Crusoe dejó la isla el 19 de diciembre de 1686 y arribó a Inglaterra el 11 de junio de 1687. Una vez allí, Crusoe descubre que su familia, creyéndolo muerto, no dejó nada en el testamento de su padre para él. Entonces, junto con Viernes, Crusoe parte para Lisboa con el fin de reclamar las ganancias de sus propiedades en Brasil, las cuales le han concedido una gran fortuna. Así, Crusoe renuncia a su bienes en Inglaterra con el fin de evitar viajar a través del mar. Finalmente Crusoe sufre una última aventura con Viernes cuando luchan ambos con cientos de lobos hambrientos mientras cruzan los Pirineos.
    
Tomado de Joyas de la Literatura, No. 8, 15 de febrero de 1984. Novedades Editores, S.A. de C.V. Adaptación: R. Bastien. Guión: Dolores Plaza. Segunda Adaptación: José Escobar.

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